2)Abril-2026

2)Decolonialidad del
«poder-saber-ser»
vs. «Patria o Colonia» 

LUCHA DE CLASES/CAPITALISMO/DECOLONIALIDAD

Irán: ejemplo de soberanía, valentía, dignidad y hermandad

 11 de abril de 2026

Por Pablo Jofré Leal| Hispantv

Irán va a la mesa de negociaciones en Paquistán, con la claridad que, el dedo en el gatillo debe estar presto, que la experiencia de tratativas con el régimen estadounidense hace de la cautela y la desconfianza una conducta necesaria. Pero… también con el convencimiento que hoy Asia Occidental no es el mismo previo al 28 de febrero del 2026 y que el mundo reconoce en la conducta soberana de la República Islámica de Irán la manera en que hay que conducirse frente a las potencias hegemónicas y arrogantes, como solía sostener el mártir Seyed Ali Jamenei.

En pleno desarrollo de la agresión contra Irán, por parte de la alianza imperial sionista desde el 28 febrero pasado y con la desesperación de los gobiernos de Trump y Netanyahu, el gobierno de Irán señaló que, a la hora de avanzar en algún plan de cese al fuego o una hoja de ruta encaminada para ese fin, el planteamiento de los llamados 15 puntos del inquilino de la Casa Blanca era inaceptable y fuera de cualquier discusión. Claridad y firmeza (1).

A través de la agencia oficial Irna, las autoridades iraníes confirmaron que no aceptarían una pausa transitoria de los combates, exigiendo, en su lugar, un compromiso que garantice el término definitivo de las escaladas ofensivas en la región y con esa dirección estratégica Irán entregó, vía la mediación de Paquistán,  un documento que se estructura en un decálogo de exigencias que implica ir más allá de aquello que se suele denominar “cese temporal del fuego” y avanzar el áreas estratégicas para el futuro de la región. (…)

Entre los diez puntos presentados, destacan la creación de un protocolo de navegación segura por el estrecho de Ormuz, el fin de las sanciones económicas internacionales y un plan de reconstrucción para el país tras los severos daños estructurales causados por la agresión de alianza entre Washington y Tel Aviv. Un claro ejercicio de soberanía, que fortalece a la revolución islámica: una señal que no debe interpretarse como como una señal de compromiso con sus enemigos, sino como un reflejo de confianza en el país en la defensa de sus intereses de su soberanía, su integridad territorial, una historia milenaria según se expresa desde Teherán.

El Consejo de Seguridad de Irán entregó una declaración pública donde señala que el país ha logrado una gran victoria y obligado al régimen estadounidense a aceptar la propuesta del gobierno iraní de los 10 puntos. Este importante organismo del estado iraní afirmó también que se ha aceptado un alto al fuego de dos semanas, pero “la guerra no ha terminado. Negociaremos con Estados Unidos en Islamabad, capital de Paquistán, a partir del viernes 10 de abril. Seguimos preparados para la acción, y si el enemigo comete el más mínimo error, responderemos con toda nuestra fuerza” si hay victoria habrá celebración si no, se continuará la lucha.

Recordemos que previó a este llamado a negociar el mandatario estadounidense, en lo que es su conducta belicista y verborragia crónica señaló que el martes 7 de abril a las 20:00 «Toda la civilización morirá esta noche, para no volver jamás” si acaso Irán no abría el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz. El pueblo iraní respondió saliendo por miles a las calles, para formar así cadenas humanas para proteger sus instalaciones eléctricas, energéticas, puentes, centrales nucleares. Un acto valiente, admirable, que ha elevado más alto la resistencia y lucha de la revolución islámica.

Las Fuerzas Armadas de Irán han señalado con vehemencia que, pese a  la tregua concordada y la desinformación emanada, tanto de Washington como sus proxys europeos y sionista “con iniciativa, gestionamos y controlamos de forma inteligente el estrecho de Ormuz” comunicado emitido en conjunto entre el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Irán y el Cuartel General Central de Jatam al-Anbia, un día después de que Irán y Estados Unidos alcanzaran un alto el fuego de dos semanas, mediado por Pakistán, tras 40 días de guerra.

Se espera con ansias los resultados de las conversaciones en Islamabad, con todo lo que significa las presiones del sionismo israelí y los grupos de coacción judío sionistas en Estados unidos y países como Francia, Gran bretaña y Alemania, sostén del régimen genocida de Netanyahu y los suyos. Las señales desde Washington son contradictoras, muestra del duro golpe que le ha proporcionado Irán a la alianza imperial sionista. Hoy, el punto de fricción es El Líbano y la exigencia iraní que se suspendan los ataques contra la nación árabe.

Irán lo ha señalado públicamente y se expresa en carteles alusivos “Irán no abandonará a El Líbano”. Irán en su trayectoria revolucionaria, en cada defensa de la patria ha dado un ejemplo permanente de Soberanía, Valentía, Dignidad. Y hoy, más que nunca, de hermandad con sus aliados regionales.

En una nota emitida la noche del miércoles en su cuenta en X, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, Esmail Baqai (6) puso en entredicho los comentarios de la vocera de la Casa Blanca, quien en una rueda de prensa anuncio que el Líbano no forma parte del alto el fuego alcanzado entre Estados Unidos e Irán. Para el gobierno iraní, dicha afirmación es inaceptable y una muestra que, aún antes de reunirse en Paquistán, el incumplimiento prematuro de los acuerdos es visible.

Una afirmación de la funcionaria de la administración Trump desmentida incluso por el primer ministro de Paquistán Shehbaz Sharif, quien ha señalado expresamente que el cese a la agresión contra El Líbano es parte del acuerdo de alto el fuego entre Irán y Estados Unidos. Lo evidente para el mundo es que Irán es un país en el cual se puede confiar, incluso en los momentos más apremiantes y prueba de ello es mantener en difíciles condiciones la defensa a ultranza de su soberanía, al mismo tiempo que no olvida, ni abandona a quienes son sus aliados. Una prueba superlativa de la dignidad de todo un pueblo.

Notas: (…)

Fuente: https://rebelion.org/iran-ejemplo-de-soberania-valentia-dignidad-y-hermandad/

Con la colonialidad identificamos nuestro lugar en un patrón global de poder que define nuestra identidad colonial como punto de partida desde donde podemos empezar a redefinirla, pero ya nunca más a través del espejo distorsionador del eurocentrismo, sino en el reflejo de nuestras propias experiencias, de la historia de dominación y liberación que define quién somos y quién podemos ser.

Descolonizando nuestra identidad podemos finalmente plantearnos alcanzar los horizontes utópicos que han animado esa historia crítica, ya que esa búsqueda afanosa de identidad es sintomática de pueblos ansiosos por conquistar su libertad. Una libertad que solo puede ser resuelta en la democratización, en el control por los pueblos de su propia existencia social, y por ende, de la definición de su propio ser. “La utopía de la liberación social, así como de la identidad, no pueden ser resultas la una sin la otra” (Quijano, 2014: 740).

Especialista en comunidades costeras desmonta
el mito del estancamiento salmonero

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20 de abril de 2026

Por Chile Rebelión

El verdadero trasfondo del debate no es un supuesto estancamiento económico, sino el límite político a la capacidad de una industria para seguir expandiéndose sin contrapesos ecológicos ni territoriales, particularmente cuando comunidades de pescadores artesanales y pueblos originarios exigen participar en la definición de los usos del espacio costero.

Rodrigo Díaz, asesor en pesca artesanal, advierte que la industria ha triplicado sus exportaciones en 15 años, y que el verdadero conflicto radica en la tensión entre la acumulación privada y los derechos territoriales, ecológicos y de los pueblos originarios en el borde costero.

Frente al recurrente discurso que advierte sobre un «estancamiento» de la industria salmonera chilena, Rodrigo Díaz, asesor especialista en Pesca Artesanal y Comunidades Costeras, plantea una lectura radicalmente distinta. En su columna, el experto sostiene que las cifras desmienten cualquier paralización, revelando que el verdadero debate no es económico, sino político y territorial, tensionado por los límites que la propia industria busca traspasar en el borde costero.

Díaz basa su análisis en datos contundentes: las exportaciones del sector saltaron de US$ 2.059 millones en 2010 a US$ 6.552 millones en 2025, lo que representa un crecimiento acumulado del 218,2% en quince años. «Estamos frente a una industria que ha mantenido un peso estructural en la economía exportadora chilena», destaca el especialista, quien además recalca que el salmón se consolidó en 2025 como el segundo producto más exportado del país.

Para el asesor en pesca artesanal, el discurso del «estancamiento» no denuncia una crisis real, sino la «frustración de una expectativa de expansión indefinida». Según su análisis, este lenguaje funciona como una presión política para deslegitimar cualquier regulación que limite el avance del sector sobre el mar. «Sirve para convertir cualquier regulación, cualquier resguardo ambiental o cualquier derecho territorial indígena en un supuesto obstáculo para el desarrollo», escribe Díaz.

El punto de quiebre, explica el especialista, se encuentra en el creciente reconocimiento del borde costero como un espacio de múltiples usos —donde conviven la pesca artesanal, las comunidades y la conservación— y no como un vacío disponible para la acumulación privada. En este escenario, la Ley 20.249, que crea el Espacio Costero Marino de los Pueblos Originarios (ECMPO), emerge como una pieza clave. La normativa, que busca resguardar el uso consuetudinario y las tradiciones de las comunidades costeras, es vista por ciertos sectores como una amenaza. «La Ley 20.249 se vuelve incómoda porque introduce una pregunta que el expansionismo salmonero preferiría evitar: ¿quién decide sobre el mar y en función de qué intereses?», cuestiona Díaz. El especialista concluye que el verdadero trasfondo del debate no es un supuesto estancamiento económico, sino el límite político a la capacidad de una industria para seguir expandiéndose sin contrapesos ecológicos ni territoriales, particularmente cuando comunidades de pescadores artesanales y pueblos originarios exigen participar en la definición de los usos.

Fuente: https://rebelion.org/especialista-en-comunidades-costeras-desmonta-el-mito-del-estancamiento-salmonero/

«el extractivismo es una dimensión estructural (ecológico-geográfica) y una función constitutiva del sociometabolismo del capital como sistema-mundo, los regímenes extractivistas son las formaciones coloniales-periférico-dependientes de aquél; tales regímenes dan cuenta de la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia32.

Eso significa que mientras en su conexión hacia afuera cristalizan un vínculo de dependencia estructural, hacia el interior esos regímenes están en la raíz de la estructuración oligárquica de las formaciones sociales emergentes33

*Crítica de la razón progresista. Una Mirada marxista sobre el extractivismo/colonialismo del Siglo XXI” por HORACIO MACHADO ARAOZ. Revista Actuel Marx. Intervenciones N° 19, segundo semestre 2015

Alertémonos sobre cómo al confiar en el Estado (por fetichizarlo en “soberanía”) permitimos que continúe perfeccionando su guerra contra los pueblos del Abya Yala.

Reconfiguración del Estado y
privatización de la seguridad

 

21 de abril de 2026

Por Sandra Kanety Zavaleta Hernández | ALAI

El delicado proceso que vive Ecuador en la actualidad, que implica entre otras cuestiones la privatización de la seguridad, pasa por la reconfiguración del Estado bajo las lógicas neoliberales y también por la proyección de los intereses estratégicos de Estados Unidos en la región.

Bajo el subterfugio de la seguridad, que se ha situado como monotema nacional, en el marco del “conflicto armado interno” que el mismo Noboa declaró en 2024, pretextando la lucha contra el narcoterrorismo y el crimen organizado, el país enfrenta no sólo el aumento de la violencia sino la erosión del poder estatal y el aumento de la dependencia extranjera privada (mercenaria) para enfrentar la crisis; y no sin consecuencias importantes.

Como se sabe, uno de los pilares fundamentales del Estado moderno es el monopolio legítimo del uso de la fuerza armada. Sin embargo, la creciente privatización de la seguridad ha fragmentado dicho monopolio pues, lo que antes parecía ser una función exclusiva del Estado, hoy se comparte con actores privados, que en muchas ocasiones tienen mayor poder e influencia que un país y que operan bajo lógicas del capital, del mercado y no de interés público.

De hecho, el aumento de la participación de privados en conflictos y guerras está estrechamente ligado al proceso de privatización motivado por el neoliberalismo; es decir que su protagonismo como actores en las dinámicas securitarias responde a estrategias y políticas propias de esta nueva etapa del capitalismo.

Si bien la utilización de entes privados y el desplazamiento de funciones estatales en cuestiones referentes a la seguridad tiene larga data, será en los noventa del siglo pasado, década que evidenció los efectos negativos de la implementación de las primeras políticas neoliberales, que su participación aumentara de la mano de la reconfiguración del orden internacional de la postguerra fría.

En otras palabras, el aumento de corporaciones, tropas o recursos provenientes del capital privado vino acompañado de la rearticulación y expansión global del sistema de acumulación capitalista -frente a la implosión de la Unión Soviética y del socialismo con ella-; del (relativo) cambio del paradigma tradicional de seguridad -que transitó de un arquetipo unidireccional (estadocéntrico) y unidimensional (militar) a uno que incorporó a otros actores y otras cuestiones en sus dinámicas y definición-; y de la disminución de presupuestos militares, armamento y ejércitos -y el consecuente excedente de tropas, equipamiento militar y arsenales-, producidos masivamente en el marco de la confrontación capitalismo vs. socialismo. (..)

Por otro lado, la privatización de tareas estatales relativas a la seguridad, defensa y usos de la fuerza armada conlleva, casi naturalmente, a la militarización de los procesos securitarios, lo que requiere, a su vez, de la adopción de lógicas, lenguajes y estructuras propias del ámbito militar en la gestión de problemáticas sociales o económicas, por ejemplo. Siendo así, al tiempo que el Estado pierde soberanía frente a actores privados a los que ha cedido el control de capacidades estratégicas, también adopta mecanismos propios de la militarización (como regímenes de excepción o de guerra) que inevitablemente repercutirán negativamente en la población, sobre todo en grupos que, a menudo, son objeto de políticas securitarias que reproducen más violencia.

En América Latina y el Caribe existen más de 16,000 empresas militares y de seguridad privadas que emplean aproximadamente a 2.4 millones de personas. Algunas de estas corporaciones llevan a cabo tareas de entrenamiento o equipamiento pero otras, en especial las estadounidenses, son contratadas en la región para asistir a las fuerzas de seguridad pública, combatir el crimen organizado e incluso a “grupos terroristas”.

En el caso particular de Ecuador, uno de los países con mayor tasa de homicidios en la región, la crisis de seguridad asociada al narcotráfico, pandillas y (des)control de las rutas de tráfico de cocaína hacia Europa y Estados Unidos, ha llevado al país a la adopción de una estrategia securitaria apoyada en la militarización de la seguridad pública, que incluye el despliegue de fuerzas armadas para combatir las amenazas y la utilización de fuerzas privadas de seguridad. Durante el 2025, por ejemplo, en la región latinoamericana la media de homicidios fue de 17.6 por cada 100,000 habitantes, lo que se tradujo en 5% menos que la registrada el año anterior. No obstante, la tasa de homicidios de Ecuador aumentó un 31% con respecto a 2024 y alcanzó un máximo histórico el año pasado, al llegar a 50.9, lo que significó pasar de ser el segundo país más seguro del continente en 2017 al más inseguro y violento en 2024.

Si bien lo anterior ha sido utilizado como parte de una narrativa estatal que justifique la estrategia de seguridad militarizada de Daniel Noboa, que incluye una alianza del gobierno ecuatoriano con fuerzas armadas privadas bajo el mando de Erik Prince, exmilitar estadounidense y fundador y dueño de la compañía privada Blackwater (hoy Academi), cierto es que la violencia en Ecuador está en aumento. No sobra decir que, esta poderosa corporación militar ha estado involucrada en diversos conflictos armados en el mundo y en controversias que incluyen el asesinato de civiles, como en la Masacre de Nisour en Bagdad, Irak, en 2007, cuando fuerzas de Blackwater contratadas por Estados Unidos abrieron fuego contra civiles iraquíes, dejando como resultado 17 muertos y 20 heridos.

La estrategia entre Noboa y Prince anunciada en 2025 (que aún es poco clara pero que tiene como objetivo fortalecer las capacidades en la lucha contra el narcoterrorismo, entrenar a la fuerza pública y proteger el espacio marítimo ecuatoriano), no sólo se ha mostrado insuficiente para erradicar el narcotráfico y la violencia generada por pandillas, sino que devela un cambio significativo en la política de seguridad de este país latinoamericano, si consideramos que la estrategia entre el Estado y las fuerzas asociadas a Blackwater está acompañada de una reforma constitucional que elimina la prohibición del establecimiento de bases militares y fuerzas armadas o de seguridad extranjeras en el territorio, lo que responde, por un lado, a la profundización de la lógica neoliberal que promueve el adelgazamiento del Estado en áreas estratégicas y, por otro, a la importante posición que guarda Ecuador para garantizar los intereses extraterritoriales de EE.UU.

Su ubicación, situada entre Colombia y Perú, primer y segundo productores de cocaína en el mundo, respectivamente, vuelve a Ecuador un territorio clave dentro del sistema de flujo del narcotráfico global. El Puerto de Guayaquil en el Pacífico, que es el más importante del país debido a que por él transitan el 85% de importaciones varias y petróleo, hace del territorio un importante nodo logístico para el tránsito de cocaína que va hacia Europa y Estados Unidos; convirtiéndolo a su vez en un punto estratégico para los grupos del crimen organizado.

El control de rutas de tráfico de la mano de la “cooperación” con un país “aliado”, que no tiene bases militares permanentes en su territorio pero que el gobierno, dirigido por un empresario de nacionalidad estadounidense, sí pretende la reinstalación de la base en Manta, una antigua base de Estados Unidos, y la instalación de otra en las Islas Galápagos, se vuelve parte fundamental de los intereses de seguridad de la potencia.

Lo que se está viendo en Ecuador forma parte así de una importante reestructuración del poder hemisférico en el que EE.UU. tiene gran injerencia con resonancias peligrosas para este país andino. La cesión de la tarea estratégica de la seguridad a alguien como Prince, quien es parte de redes político militares vinculadas al complejo militar estadounidense, implica indudablemente la proyección de los intereses geopolíticos estadounidenses en América Latina. pero también involucra una rearticulación doméstica significativa.

Para empezar, la participación de empresas militares privadas en asuntos públicos conduce a la erosión de la soberanía. Cuando el Estado, que es por antonomasia el garante de la seguridad, delega funciones estratégicas que implican tareas de inteligencia, entrenamiento, operaciones militares, etc. a contratistas privados, se hace patente una fragmentación de la estructura de poder institucional que puede conducir a la privatización de los conflictos o la guerra y a la incapacidad de garantizar el orden.

Al mismo tiempo, la mercantilización de la seguridad transforma lo que tradicionalmente ha sido visto como un derecho en un bien que depende de la capacidad monetaria para adquirirlo, llevando a la securitización neoliberal en donde se prioriza la gestión empresarial de riesgos y amenazas sobre la garantía de los derechos y el cumplimento de las obligaciones del Estado. Reducir las funciones sociales propias del aparato estatal puede conducir, por ejemplo, al fortalecimiento de aparatos de control y vigilancia.

Por otro lado, cuando el Estado se vuelve menos social y más policial se normalizan regímenes de excepción y sus mecanismos inherentes como la represión, la vigilancia, el disciplinamiento, la violación sistemática de derechos, la contrainsurgencia o la falta de rendición de cuentas pues, a diferencia de las fuerzas armadas estatales, que pasan por un proceso de regulación jurídica, las privadas operan sin transparencia alguna.

Como muestra de lo anterior, baste decir que desde que Noboa asumió la presidencia (finales del 2023) ha firmado 17 decretos que normalizan el estado de excepción. El toque de queda impuesto recientemente en Guayas, Los Ríos, Santo Domingo de los Tsáchilas y El Oro, provincias con 6.5 millones de habitantes (35% de la población) y en las que suceden más de la mitad de los homicidios nacionales), es ejemplo de ello. La operación, que incluyó el despliegue de 75,000 militares bajo una maniobra conjunta entre el gobierno y fuerzas estadounidenses, tuvo como resultado la detención arbitraria de 253 personas sin que, al día de hoy, se sepa cuántas efectivamente están vinculadas al crimen organizado.

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 560: https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/04/ALenMovimiento_560_abril2026-1-43-46.pdf

Sandra Kanety Zavaleta Hernández: Internacionalista. Doctora en Ciencias Políticas y Sociales y Profesora de Tiempo Completo del Centro de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores en México, Nivel II.

Fuente: https://rebelion.org/reconfiguracion-del-estado-y-privatizacion-de-la-seguridad/

Irán, la transición sistémica y
la crisis del occidentalismo

9 de abril de 2026

Por Antonio Romero Reyes | Rebelión

La partida del ajedrez geopolítico que se está librando en el Oriente Medio no atañe a la quiebra ni tampoco tiene que ver con el “derrumbe” del sistema capitalista: se trata de la suplantación del tipo de capitalismo que venía rigiendo los destinos del mundo (el capitalismo occidental, anglosajón y eurocéntrico) por otro tipo de capitalismo que por su procedencia geográfica o connotación geopolítica podríamos designar como capitalismo euroasiático. Se trata de un reordenamiento y reorganización del mismo sistema capitalista globalizado.

Lo de Irán estaría expresando justamente el parto, no sin dolor para todo el mundo, que significa el alumbramiento de un nuevo orden multipolar, centrado principalmente en Asia y más específicamente en China, que en términos prácticos se ha convertido en la nueva factoría del mundo (en una palabra, el “asiacentrismo”). No se está dirimiendo una ruptura respecto de la civilización del capital; lo que se está disputando es el liderazgo geopolítico de la transición sistémica del capitalismo.

En resumidas cuentas, se trata de la disputa entre un tipo de capitalismo que representa el Occidente colectivo (EE.UU., Unión Europea, Japón e Israel), en franca decadencia, contra otro tipo de capitalismo proveniente desde Eurasia (la “alianza” de la República Popular China y la Federación Rusa), en franco ascenso, junto a sus aliados de los BRICS que EE.UU. busca socavar con evidente desesperación.

Irán es el “dolor de parto” de la multipolaridad

Después del sorpresivo ataque inicial del 28 de febrero, traicionando a las mismas negociaciones promovidas por el señor Trump, por parte de las fuerzas expedicionarias norteamericanas  y de sus incondicionales aliados israelíes, la respuesta militar iraní está permitiendo apreciar una estrategia realmente inteligente para manejar y conducir el conflicto; en comparación a lo que habían planificado y previsto los dos estados agresores (un estado imperial en declive y el otro con aspiraciones de hegemonía absoluta en Oriente Medio), cuyos altos mandos militares y liderazgos políticos se basaron en escenarios de simulación construidos con IA, así como en supuestos sociopolíticos que en los hechos resultaron ser irreales e inviables.

Irán es el país históricamente más importante del mundo árabe-musulmán; un Estado con un pasado imperial (el imperio persa), con una civilización que se remonta a miles de años, un país con un territorio extenso que equivale al tamaño de Europa y con una población que profesa profundamente una religión (el Islam) que le da el sentido vital a sus vidas. La República Islámica de Irán, además de estar librando una dura lucha existencial y de resistencia, por la defensa de su soberanía, por su derecho a existir como Estado y como civilización1/, también viene librando una suerte de guerra de liberación justamente en virtud de aquella estrategia militar inteligente, siendo enfocada como una guerra asimétrica que es valorada y reconocida por diversos analistas de la geopolítica internacional, incluyendo a norteamericanos y occidentales.

¿Cómo llamar correctamente a este conflicto sin parangón respecto a las agresiones anteriores en este siglo, ocasionadas impunemente por Estados Unidos e Israel contra otros países de la misma región? Los medios occidentales lo vienen designando como “guerra con Irán”, “guerra en Medio Oriente”, “guerra de Irán y Estados Unidos”, “guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán”. En todos los casos, la palabra común que se antepone es “guerra” cuyas verdaderas causas son deliberadamente abstraídas, ocultadas o tergiversadas. Se designa a los países beligerantes y hasta se menciona aquella región del planeta donde tal “guerra” tiene efectivamente lugar, para dar la falsa impresión de que se trata de un conflicto focalizado, para tranquilizar así al público y a la población del resto del mundo, especialmente el público occidental, que consume las noticias de sus medios corporativos.

Sin embargo, no se trata de un conflicto focalizado solamente en Oriente Medio, ni los países beligerantes, reales y potenciales, son únicamente tres. Esta “guerra” tampoco representa un “choque de civilizaciones” como Huntington profetizaba, aunque el componente cultural esté innegablemente presente, sin ser el “determinante en última instancia” del conflicto. Recurriendo a una metáfora de Marx, lo de Irán está representando, en este preciso momento de la historia del capitalismo, el parto doloroso no del tránsito del capitalismo al socialismo (o “comunismo”) en todo el mundo, sino de la agónica y temeraria unipolaridad hacia la plena emergencia de la “multipolaridad”.

En los términos marxistas clásicos, esta guerra “en”, “con”, “de” o “contra” Irán encierra una lucha por el control y la superexplotación de las fuerzas productivas mundiales, lo cual incluye ciertamente los recursos de la naturaleza (energía fósil y sus derivados en primer lugar), las tecnologías más avanzadas, el conocimiento científico altamente especializado y por supuesto la fuerza de trabajo, sus recursos y productos. Esto se conjuga con lo que Samir Amin identificaba como las cinco grandes concentraciones monopólicas, sin las cuales no se puede entender el imperialismo contemporáneo o lo que él denominó la “mundialización polarizante”; concentraciones monopólicas que son el sustento fundamental de lo que surgió como “unipolaridad” tras el fin de la Guerra Fría. Citando al economista marxista egipcio, las cinco grandes concentraciones son2/:

(i) el monopolio de las nuevas tecnologías; (ii) el del control de los flujos financieros a escala mundial; (iii) el control del acceso a los recursos naturales del planeta; (iv) el control de los medios de comunicación; (v) el monopolio de las armas de destrucción masiva.

En Irán se está jugando la partida quizás decisiva del tablero geopolítico (o las últimas cartas) por parte de un orden agonizante, que ha venido siendo dominado por un solo estado hegemón después de 1945 y que se hizo global (unipolar) tras el “derrumbe”, por autodisolución, de la URSS en 1991. En función de las grandes concentraciones monopólicas de Amin, el alicaído dominio unipolar se sostiene fundamentalmente en dos de los monopolios que todavía conserva, que –tal como se viene observando— vienen siendo activa e intensamente utilizados con lo del genocidio palestino en Gaza, así como en los crímenes de guerra y de lesa humanidad en la región.

Esos monopolios son el control mundial de los medios de comunicación y el arsenal de armas de destrucción masiva, que se constituyen en los soportes principales para restituir e imponer la unipolaridad en todo el mundo. En la medida que, en Irán y por extensión en todo el Oriente Medio, la “guerra” que se está desatando trasluce la mencionada disputa, es asimismo una lucha por la perpetuación de un patrón de poder con el cual Occidente basó su hegemonía durante 500 años, el patrón de la modernidad-colonialidad, y del cual depende la restitución de la supremacía estadounidense.

La transición sistémica: hacia un nuevo “centro” del orden mundial capitalista

Como fue mencionado anteriormente, China es la nueva factoría de producción del sistema capitalista, o está a pocos pasos de serlo. Está ganándole la carrera tecnológica y económico productiva a los EE.UU. y por extensión a todo el bloque occidental. Esto se puede fácilmente constatar en las estadísticas que publican diversos organismos internacionales (ONU, FMI, Banco Mundial), en revistas de economía y finanzas, artículos y reportajes periodísticos, así como en los comentarios sustentados con cifras que hacen los especialistas en las redes. La creciente fortaleza financiera de China, su posicionamiento internacional como segunda potencia económica, su liderazgo en el Asia-Pacífico, así como su creciente poderío militar, son consecuencia de la capacidad de dirección que los liderazgos políticos chinos, desde los tiempos de las grandes reformas después de Mao Tse Tung, han mostrado en la organización y manejo de la economía de su país. En China es la política proveniente de un partido único la que gobierna su mercado interno.

En el mundo occidental, así como en gran parte del Sur global y dependiente, son los intereses económicos (ocultos o no) de las grandes corporaciones y de las elites privadas multimillonarias las que gobiernan a través de las representaciones políticas. Hay un gran debate que sigue abierto, y por ende irresuelto, entre las corrientes marxistas y de izquierda que, en síntesis, versa sobre el tipo de régimen económico que impera en China: ¿se trata de un “capitalismo de Estado” de nuevo tipo, o es más bien un caso especial de “economía mixta”? ¿Fueron correctamente planteados de esa manera los términos del debate? No es el propósito del artículo desarrollar este asunto.

De lo que quisiéramos más bien llamar la atención aquí es que, de acuerdo al lenguaje económico convencional, el ascenso vertiginoso de China es la contrapartida de la acelerada pérdida de competitividad y, en consecuencia, del declive económico inevitable de los EE.UU., aunque todavía no se pueda decir lo mismo en el terreno militar. La pérdida de hegemonía norteamericana, fuera del mundo occidental, no se puede entender sin considerar tal hecho3/.

Recurriendo en cambio a la crítica marxista, el proceso fundamental que discurre detrás de aquel “hecho” es el progresivo agotamiento de la capacidad de generar plusvalor en el “primer mundo”, afectando innegablemente los ciclos de acumulación/reproducción de capital y al mismo crecimiento económico en el Norte global. En pocas palabras, se trata de lo que Norbert Trenkle, uno de los representantes de la crítica del valor, llamó la “crisis del trabajo abstracto”4/, cuando trasladamos este señalamiento teórico a las arenas de la geopolítica. Allí se encuentra la explicación esencial del “declive”, que asimismo fue advertida mucho tiempo antes por pensadores y estudiosos de varias corrientes críticas que se basaron en la crítica de la economía política de Marx5/.

El ascenso de China y la aparición de los BRICS ha trastocado profundamente las relaciones entre países y estados que desde el siglo pasado conocemos como sistema Centro–Periferia; es decir, un sistema interestatal de relaciones de explotación, dominación y conflicto en el marco del capitalismo histórico, donde el colonialismo y la colonialidad están y siguen estando muy presentes, desde los orígenes de este modo de producción. Hoy, en el primer tercio del siglo XXI, el “centro” ya no es solamente uno ni es único (el llamado “occidente colectivo”: EE.UU., Unión Europea y Japón), tampoco es homogéneo en sus intereses; al constituirse en la nueva “factoría del mundo”,

China está desempeñando el rol que en su momento le correspondió a Inglaterra en el siglo XIX y a Estados Unidos en el XX. La “periferia” de hoy tampoco es la misma del siglo XX, pues se ha ampliado y diversificado; no concierne solamente a lo que antes conocíamos como “tercer mundo” (países pobres y excolonias, subdesarrollados o “en vías de desarrollo”); la periferia también incluye a las poblaciones migrantes y “marginales” que habitan en grandes concentraciones en las grandes ciudades del norte y del sur globales.

Estados periféricos y poblaciones periféricas conforman hoy en día el Sur global, cuya importancia geopolítica radica en ser fuentes de valor respecto de las necesidades del capital y del funcionamiento sistémico del capitalismo: esas fuentes son los recursos naturales del planeta (energía fósil, minerales, tierras raras, cursos de agua, biodiversidad) y la mano de obra como “ejército industrial de reserva”. Todo esto se halla en posesión y aún bajo la “soberanía” del Sur global.

El Sur global, especialmente sus recursos naturales, constituye el motivo no declarado de la disputa entre un centro capitalista en declive y otro en plena emergencia. De esta disputa surgiría el nuevo orden mundial, o al menos se daría un paso decisivo en esa dirección. La conflagración que viene dándose en Irán es, de acuerdo con la opinión de un conocido experto, “el verdadero punto de inflexión del siglo XXI” (49m48s)6/.

El Factor BRICS

En una extensa entrevista sobre los nuevos problemas que el siglo XX le hereda al siglo XXI, a la manera de un ejercicio de prospectiva histórica, el historiador marxista británico Eric Hobsbawm (1917-2012) reconocía que, tras el fin de la guerra fría y el “hundimiento” de la URSS7/:

[El] destino político de la zona del mundo que se extiende desde las fronteras de Rumanía hasta las de China es dramáticamente incierto. Esto no había sucedido al acabar las dos guerras mundiales. Así pues, la gran cuestión del siglo XXI es qué sustituirá efectivamente el viejo sistema de poderes que regía el mundo.

La incertidumbre política señalada por Hobsbawm se fue resolviendo en el sentido de que, en el transcurso del primer tercio del presente siglo, hemos presenciado el resurgimiento de Rusia y el ascenso de China. La Federación Rusa, bajo la conducción de Vladimir Putin, ha logrado constituirse en potencia regional con relación al resto de Europa, así como en superpotencia nuclear (la mayor parte del arsenal heredado de la URSS estaba en posesión de Rusia). La República Popular China, en cambio, conducida por el PCCh y el liderazgo de Xi Jinping, ha consolidado su posición de segunda superpotencia económica en el mundo, adquiriendo además la condición de principal potencia regional en el Asia-Pacífico. China y Rusia entablaron asimismo una alianza estratégica en base a la cual fueron generando un bloque geopolítico alternativo, que se formó en el 2010 (los países BRICS) como un espacio compartido entre países miembros para el intercambio comercial, el uso de un sistema de pagos alternativo al dólar y otras áreas de interés (tecnología, información y defensa).

De esta manera, la alianza China-Rusia junto con los BRICS fue emergiendo rápidamente y proyectándose como un sistema o bloque de poder emergente. Su proyección era tal que no solamente entraba en directa competencia y rivalidad con el bloque occidental y, por consiguiente, en disputa con las políticas de las últimas administraciones norteamericanas (Biden y Trump). En los términos de la “gran cuestión” que preocupaba a Hobsbawm, los BRICS con la alianza China-Rusia en su interior, fueron vistos como una amenaza y un potencial sustituto del “viejo sistema”. La expansión de la OTAN hacia el este de Europa, incorporando estados que pertenecieron a la desaparecida órbita soviética, la guerra en Ucrania, el régimen de sanciones contra Rusia y países aliados (Cuba, Irán, Venezuela); la “guerra de aranceles” contra China y la disputa por la tecnología del 5G, impulsadas ambas por el primer gobierno de Trump antes de la “pandemia mundial” del 2020-2021; estos y otros acontecimientos, hasta el actual conflicto regional en Oriente Medio, se inscriben y deben interpretarse considerando aquel contexto; contexto sin el cual tampoco se puede entender el auge de las derechas y de los neofascismos. La presencia del PCCh, el rol del liderazgo chino en los BRICS, el eje Moscú-Pekín como centro neurálgico de decisiones geopolíticas, y los BRICS mismos, fueron ideológicamente barnizados por la propaganda occidental como si se tratara otra vez del “fantasma del comunismo”. La forma quizás más extrema de este embarnizamiento fue expresada por parte de políticos e ideólogos de las corrientes anarco capitalistas en América Latina, especialmente en Argentina (Javier Milei, Agustín Laje).

La crisis del occidentalismo y de su orden capitalista internacional

Si dejamos de lado el “factor BRICS”, el capitalismo occidental atraviesa por una gran crisis existencial, estructural y sistémica de larga duración, una «onda larga», un «ciclo Kondratieff» que ya viene durando alrededor de 50 años, desde los años 70 del siglo XX, y que llegó a su clímax en el 2007-2008 con el estallido de la burbuja financiera hipotecaria, propagándose rápidamente desde el centro financiero de Nueva York hacia el resto del mundo. Esta crisis de larga duración no logró ser resuelta por los grandes poderes que controlan el mundo desde Occidente, instalándose una suerte de impasse de alcance estructural que se fue agravando a lo largo de los años y con cada crisis que el capitalismo generó (1974-1975, 1979-1980, 1982-1983, 1997-1998, 2000-2001, 2008 en adelante).

En los setentas y ochentas tales crisis tuvieron que ver con el petróleo y la deuda externa; pero de los noventa en adelante se fueron acentuando los rasgos especulativos y financieros. Cada una de ellas tuvo relación con el problema del declive de la hegemonía norteamericana y, asimismo, con las cada vez más agudas dificultades para contrarrestar la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia en el conjunto del sistema.

Todas y cada una de las crisis mencionadas fueron la expresión fenoménica de fallas geológicas profundas en el funcionamiento del sistema capitalista como un todo. De ahí el acelerado progreso técnico que tuvo lugar desde aquellos años setentas, para contrarrestar la tendencia señalada. Se desató en los países capitalistas tecnológicamente más avanzados una desenfrenada carrera por el liderazgo tecnológico, como el nuevo nicho de la acumulación de capital, lo cual fue especialmente facilitado con la pérdida de posiciones de la URSS (por ejemplo, su rezago en la carrera militar y espacial) y su colapso final a inicios de los 90. La carrera tecnológica implicó previamente una “alianza estratégica” de los principales Estados capitalistas con sus empresas multinacionales, permitiendo así una considerable revolución de las fuerzas productivas a escala planetaria y de tal magnitud (en áreas como biotecnología, tecnologías de la información y comunicación, Big Data, informática, nanotecnología, tecnología de materiales, procesos industriales basados en la robotización y automatización, así como en muchas otras), que trastocó radicalmente la lógica de funcionamiento del capitalismo.

La carrera tecnológica agudizó los procesos de concentración y centralización del capital en todas partes; manifestándose de diversas maneras, en términos de fusiones entre las grandes empresas, el surgimiento de transnacionales y mega corporaciones, la financiarización de las economías y los mercados internacionales, las famosas “alianzas público-privadas” para los grandes proyectos de infraestructura, así como para el comercio internacional, los acuerdos de libre comercio, etcétera. Todo esto fue acompañado con la reorganización de las “reglas de juego”, la recomposición de las estrategias y alianzas de poder, los nuevos tratados internacionales; una reingeniería o rediseño global de las economías, sistemas financieros y finanzas del Estado (vía privatizaciones y venta de empresas públicas en la periferia del sistema) en cada país, siendo esto validado a escala internacional (mediante préstamos condicionados), a fin de favorecer preferente y prioritariamente a las grandes corporaciones. De esta manera fue como la conducción neoliberal del sistema capitalista logró restablecer sobre nuevas bases la acumulación de capital y la tasa de ganancia, aunque por un tiempo, bajo el paraguas de un nuevo patrón de poder que fue disfrazado con el discurso de la “globalización de los mercados”, las oportunidades de hacer nuevos negocios, el “emprendedurismo” y otros cuentos de hadas con los cuales se lograba ilusionar con el supuesto “progreso”, el “crecimiento económico”, y el “chorreo” para los más débiles, que ocasionaría el “libre mercado”.

El neoliberalismo fue uno de los impulsores decisivos del capitalismo global, junto con las políticas de los estados occidentales, principalmente Estados Unidos e Inglaterra, desde donde se desató en los años ochenta la llamada “contrarrevolución neoliberal”. Las propias mega corporaciones contribuyeron a ello, con sus estrategias de penetración (mediante grupos de presión y lobbies) en los estados centrales del sistema, así como en los organismos reguladores internacionales, para obtener marcos normativos y reglas de juego favorables con relación al comercio, las finanzas, las inversiones y el medio ambiente.

Todo aquello se fue agotando y llegando a su límite desde la implosión de la burbuja financiera, del 2008 en adelante. Como escribió Paul Krugman, un renombrado economista del establishment y Premio Nobel de Economía 20088/:

ahora, como entonces [Krugman está comparando la crisis de 1997-98 con la de los años 30 (AR)], la medicina económica convencional no ha demostrado ser efectiva, quizás ha sido incluso contraproducente.

Salvando la distancia del tiempo, eso es exactamente lo que ocurre en la actualidad (en el primer tercio del siglo XXI): cualquier política económica puede ser efectiva en el corto plazo (un salvavidas para los grandes capitalistas), pero revela su inoperancia con graves consecuencias sociales en el mediano y largo plazo. No solamente está en crisis el capitalismo sino también la teoría económica que le sirve de “caja de herramientas”. A diferencia de Bretton Woods, el keynesianismo ya no puede proporcionar herramientas para reorganizar, en las condiciones actuales, el funcionamiento del capitalismo global, para sacarlo de su crisis. Menos todavía puede hacerlo el neoliberalismo que lo sucedió en los años 70, actuando y gestionando la economía de los países, así como del conjunto del sistema mundo, como la tecnocracia de los grandes y mega capitalistas. Todo el desorden y el caos generalizado que se observa actualmente, fue ocasionado bajo el paraguas del paradigma neoliberal.

Notas (…)

Fuente: https://rebelion.org/iran-la-transicion-sistemica-y-la-crisis-del-occidentalismo/

 Decolonizar es el desafío central de hoy

 

El desalojo: Doña Hilda Arenas

Por Antonio Dagata

Hay violencias que no hacen ruido porque aprendieron a vestirse de legalidad, a caminar con papeles en la mano y a pronunciar la palabra «procedimiento» como si fuera una forma de orden, mientras en realidad van empujando vidas enteras hacia la intemperie, y así la historia de Doña Hilda Arenas no aparece como un hecho aislado sino como la superficie visible de un proceso mucho más antiguo, que se hunde en el territorio del Cerro Nevado, en el sur de la provincia de Mendoza, donde la tierra no era todavía una propiedad sino una forma de vida, un modo de sostenerse en el mundo, cuando los Acosta Arenas habitaban ese paisaje sin más respaldo que el trabajo cotidiano, criando animales, resistiendo el clima, aprendiendo el pulso duro del viento y de las estaciones, sin imaginar que décadas después ese mismo suelo iba a ser leído desde otro idioma, el idioma del papel, del registro, de la firma, donde lo vivido no alcanza si no está inscripto.

La familia lleva en ese territorio una presencia que supera los ciento cincuenta años. «Nacimos ahí, nuestros abuelos y bisabuelos también», dijo Adrián Acosta, hijo de Doña Hilda, al medio local La Huella Información Diario Digital. Ciento cincuenta años no son décadas: son genealogías, son nombres que se repiten sobre la misma tierra, son muertos enterrados cerca, son animales criados en la misma ladera durante generaciones. Y sin embargo nada de eso alcanzó.

En los años noventa comienza a instalarse ese otro relato, el que afirma que la tierra tiene dueño, que existen registros, que hay una cadena de papeles que ordena lo que la memoria sostiene de otra manera, y en ese punto se produce el quiebre real, no el del desalojo en sí mismo, sino el choque entre dos formas irreconciliables de entender el territorio, una basada en la permanencia vivida y otra en la legitimidad documental, y la familia intenta sostenerse dentro de un sistema que nunca la pensó, apelando a leyes de arraigo, recurriendo al derecho indígena, intentando traducir su historia en argumentos administrativos, como si la vida pudiera convertirse en expediente, pero el derecho civil no reconoce generaciones ni afectos ni permanencias, solo reconoce inscripciones, y en ese desfasaje siempre hay una pérdida anticipada.

La Organización Identidad Territorial Malalweche, que nuclea a más de veinte comunidades originarias del sur provincial, acompañó el proceso judicial e intentó frenarlo. La comunidad de Doña Hilda, el Lof Yanten Florido, agotó todas las instancias disponibles: apeló a la Ley de Arraigo de Puesteros, al derecho indígena, a la Ley 26.160 de Emergencia Territorial Indígena. Los jueces de primera instancia llegaron a aplicar esa protección. Pero la Primera Cámara de Apelaciones Civil de San Rafael, integrada por los jueces Darío Bermejo, Sebastián Marín y Raúl Bonino, revocó ese fallo y ordenó el desalojo. La Suprema Corte de Justicia de Mendoza confirmó la medida, rechazando el recurso extraordinario de la comunidad en un fallo dividido donde solo el juez Palermo planteó que existían interrogantes vinculados a derechos de comunidades vulnerables que merecían ser atendidos. Los demás no encontraron razones para detenerse.

El expediente avanza entonces con una lentitud segura, casi indiferente, acumulando notificaciones, resoluciones, silencios institucionales y ausencias que pesan tanto como las decisiones explícitas. Uno de esos silencios tiene nombre y dirección: el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, el INAI, realizó el Relevamiento Territorial del Lof Yanten Florido, reconoció formalmente la existencia de la comunidad, pero lleva dos años sin entregar la Carpeta Técnica ni emitir la resolución final que hubiera blindado jurídicamente a las familias. Gabriel Jofré, werkén de la organización Malalweche, lo explicó con precisión: «Eso es el INAI que está hoy, día cada vez peor.»

El Estado reconoció a la comunidad y luego se detuvo ahí, en ese punto exacto donde el reconocimiento podría haberse convertido en protección. Tampoco ayudó el juez federal de San Rafael, Eduardo Puidéngola, ante quien la comunidad presentó el 27 de noviembre de 2024 un pedido urgente de amparo. Puidéngola demoró más de un año en responder, y cuando lo hizo rechazó no solo ese amparo sino varios más, todos juntos, en un solo paquete de medidas. Malalweche calificó esa respuesta como «política, para nada técnica ni jurídica», y señaló que el juez federal de San Rafael podría ser cómplice al demorar deliberadamente una medida que hubiera evitado lo que finalmente ocurrió.

Hasta que la firma aparece y el territorio deja de ser vivido para convertirse en objeto ejecutable. Y el 17 de abril de 2026, en el puesto conocido como El Lechuzo, en las inmediaciones del Cerro Nevado, Doña Hilda, de más de setenta años, queda sola frente a una escena que ya no pertenece al lenguaje jurídico sino al cuerpo mismo de las cosas. La soledad no fue casual: los ejecutores de la medida eligieron ese momento con precisión, cuando su hijo Adrián se encontraba fuera del hogar asistiendo a una intervención quirúrgica oftalmológica. Esperaron que los hombres de la casa no estuvieran. Desde Malalweche lo llamaron por su nombre: una emboscada. La policía de la provincia de Mendoza ejecutó la orden de expulsión y las pertenencias de toda una vida fueron abandonadas a la intemperie, sobre el asfalto de la ruta. Dentro del puesto quedaron gallinas, perros y otros animales que los agentes no permitieron retirar. Al regresar de la operación, Adrián encontró a su madre en la calle y el mobiliario descartado a la orilla del camino, como si setenta años de vida pudieran reducirse a eso: objetos sobre un asfalto, bajo el viento del sur mendocino.

Detrás de la orden hay un actor que la investigación periodística fue identificando con claridad: un empresario que, según denuncias de organizaciones civiles, es el mismo que impulsó otro desalojo violento apenas un año antes, también contra una mujer mayor, en el puesto llamado La India Muerta, en la misma zona.

El patrón se repite con precisión: mismo territorio, misma lógica, mismo perfil de víctima. El werkén Jofré había advertido meses antes que la modalidad era sistemática: «buscan desalojar por persona, por familias, y después afectan al resto.» No es un conflicto aislado sino una estrategia de desplazamiento gradual, que avanza familia por familia, puesto por puesto, aprovechando la fragmentación de las defensas y la complicidad de un sistema judicial que, en palabras de la propia organización Malalweche, actúa con «perfil político e ideológico para favorecer a su casta social y empresarial.»

En este contexto más amplio, no puede ignorarse que la zona del Nevado es territorio de interés para actividades extractivas, y que la derogación del decreto que prorrogaba la Ley de Emergencia Territorial Indígena incrementó dramáticamente la vulnerabilidad de estas comunidades frente a exactamente estos procesos.

Todo puede ser legal, todo puede estar firmado, todo puede estar dentro de la norma, pero hay algo que se quiebra igual cuando la legalidad necesita arrasar para sostenerse, porque deja de ser justicia y se convierte en procedimiento sin espesor humano, en estructura vacía que no contempla edad, historia ni soledad, y entonces emergen las preguntas que no entran en ningún expediente: quién decide en qué momento una vida deja de alcanzar, quién define que, ciento cincuenta años de habitar no son suficientes para sostener un lugar, quién establece esa frontera invisible entre lo que cuenta y lo que no cuenta.

El Estado que estuvo ausente durante décadas —que no entregó la Carpeta Técnica del INAI, que no respondió los amparos en tiempo, que no aplicó las leyes que él mismo votó— apareció con precisión el 17 de abril cuando llegó el momento de ejecutar la orden, como si su única función posible fuera hacer efectivo lo que antes no supo o no quiso impedir. Y en ese gesto se vuelve evidente que no se trata solo de una casa sino de un tiempo entero que es expulsado, de una continuidad histórica que se corta sin posibilidad de retorno, de una forma de vida que queda fuera de los códigos porque los códigos fueron escritos sin ella.

Así la tierra deja de ser territorio para convertirse en disputa, en expediente, en mercancía potencial, mientras lo vivido queda del otro lado como resto, y lo más inquietante es la normalidad con la que estos procesos se repiten en silencio, como si fueran parte de una maquinaria que no necesita justificarse demasiado para seguir funcionando, porque el desalojo no solo expulsa cuerpos, expulsa historias, borra genealogías, reordena el mapa como si la memoria nunca hubiera existido, y en ese borramiento lo que se pierde no es solo un lugar sino una forma entera de mundo. Otras cinco familias de comunidades mapuche del sur de la provincia se encuentran, según informó Jofré, en la misma situación. La modalidad ya tiene forma: agotar instancias, demorar amparos, esperar el momento de máxima vulnerabilidad, ejecutar.

Y frente a todo esto no hay lugar para la indiferencia ni para la comodidad de mirar desde lejos como si se tratara de un caso aislado que no toca a nadie, porque lo que ocurrió con Doña Hilda Arenas en el puesto El Lechuzo el 17 de abril de 2026 no es un episodio cerrado sino una señal encendida en el territorio, una advertencia brutal de cómo la legalidad puede convertirse en herramienta de expulsión cuando pierde de vista a las personas y se reduce a puro procedimiento. Por eso no alcanza con la pena ni con la queja dispersa: hace falta señalar con nombre a cada responsable institucional, judicial y administrativo involucrado, exigir explicaciones, revisión de procedimientos y detener este avance que convierte la tierra en mercancía y la vida en obstáculo, porque si la sociedad se acostumbra a ver cómo una mujer de más de setenta años es expulsada de su historia sin reacción alguna, entonces no es solo Doña Hilda la que pierde su lugar, sino que somos todos los que empezamos a perder el nuestro sin darnos cuenta, y ahí esta historia deja de ser una noticia y se convierte en un espejo incómodo que obliga a decidir si vamos a habitar el silencio o si vamos a interrumpir, de una vez, el ciclo del despojo.

“La experiencia histórica indica, que no hay otro camino que la descolonización de la identidad, la socialización radical del poder, y la democratización de la vida en comunidad, devolviendo a las gentes mismas, de modo directo e inmediato, el control de las instancias básicas de su existencia social, para que seamos nosotros, los pueblos, quien definamos quién somos y quién vamos a ser, porque “ha llegado la hora de dejar de ser lo que nunca hemos sido, que no seremos y que no tenemos que ser”.

ANÍBAL QUIJANO EN EL LABERINTO DE
LA IDENTIDAD LATINOAMERICANA*

 

Richard Morales *

Centro de Estudios Latinoamericanos «Justo Arosemena»

www.redalyc.org/

 

Resumen:

El artículo explora el debate de la identidad latinoamericana desde la obra de Aníbal Quijano, quien con la introducción de la categoría de Colonialidad del Poder, logra desentrañar la forma como la dominación colonial sobrevive al fin del colonialismo, a través de la imposición de un patrón mundial de poder que clasifica como inferiores a los pueblos de Latinoamérica sobre la base del criterio de raza. Ese descubrimiento le permite a Quijano abrir las puertas a la des/colonialidad del poder, un proyecto emancipatorio para redefinir nuestras identidades recuperando el control sobre las instancias básicas de nuestra existencia social.

* Título original «Descolonizar la identidad, democratizar la comunidad: Aníbal Quijano en el laberinto de la identidad latinoamericana. La larga noche de los 500 años». Ponencia presentada en el Conversatorio sobre la obra de Aníbal Quijano, el 9 de septiembre de 2016, organizado por la Biblioteca Simón Bolívar de la Universidad de Panamá y el CELA.

Richard Morales finaliza su ponencia de 2016:

(..)Nacionalizar y democratizar nuestras comunidades, pero no desde la homogeneidad del arriba, sino desde la heterogeneidad del abajo, redefiniendo nuestras identidades desde las prácticas cotidianas privadas y públicas de sobrevivencia, que se constituyen en portadoras de una nueva lógica, de una nueva racionalidad, de una nueva forma de organización y práctica política que nace en la heterogeneidad de la vida.

Identidades que son viva expresión de la diversidad, generadas desde un público que articula esa diversidad de privados en una red bajo el control mismo de quienes la habitan para deconstruir y reconstruirla a diario. Este nuevo público articula un privado que no se reduce a seres aislados en competencia permanente, sino entre diversas solidaridades privadas que comparten un tejido común público que la vincula en un todo. Y ese público tiene como base de su identidad a aquellos que fueron relegados, su humanidad negada, reducidos por la colonialidad del poder a objetos de dominación.

Democratizar el poder

El provenir de la cotidianidad de la vida, implica un devolver el control sobre los ámbitos de existencia social a quienes viven esa cotidianidad, a los pueblos, como un proceso de redistribución o socialización radical del poder de carácter inherentemente democrático. Es la trayectoria de una radical devolución del control sobre el trabajo/ recursos/ productos, sobre el sexo/recurso/productos, sobre la autoridad/ instituciones/ violencia, y sobre la intersubjetividad/ conocimiento/ comunicación, a la vida cotidiana de la gente. (Quijano, 2014: 827)

Al ser una desconcentración/socialización del poder, rompe con la hegemonía colonial del patrón de poder, efectivamente un proceso de des/colonialidad del poder, como condición de posibilidad para la democratización de la vida en común.

Democratizar la vida

Descolonizar el control sobre las condiciones necesarias para la vida, (Hinkelammert y Mora, 2013) transmuta las posibilidades de sobrevivencia no solo de la humanidad, sino de la naturaleza, de todo aquello que la colonialidad del poder había reducido a objeto a ser dominado y explotado, ya que “no se puede defender la vida humana, sin defender al mismo tiempo y en el mismo movimiento, las condiciones de la vida misma en esta tierra”. (Quijano, 2014: 856)

Es un reconocimiento que esa democratización es camino al buen vivir. Reivindicar hoy a los condenados de la tierra, es reivindicar también a la naturaleza, a la vida misma en todos sus sentidos.

De ese modo, la defensa de la vida humana, y de las condiciones de vida en el planeta, se va constituyendo en el sentido nuevo de las luchas de resistencia de la inmensa mayoría de la población mundial. (Quijano, 2014: 856)

Dentro de este paradigma que va orientando nuestras luchas, el buen vivir seria entonces “un complejo de prácticas sociales orientadas a la producción y reproducción democrática de una sociedad democrática”. (Quijano, 2014: 847)

En la des/colonialidad del poder todo ser objetivado recupera su condición de sujeto, de vida, con todos los medios restituyéndose como fines en sí mismos. Bajo una racionalidad liberadora, que tiene la preservación y ampliación de la vida como lógica constitutiva y fundante, la razón moderna al pre- tender instrumentalizar y destruir la vida, se vuelve profundamente irracional.

La vida descolonizada, como última instancia de la organización de toda comunidad, cobra un nuevo sentido, cuya sobrevivencia es ya la única lógica racional.

Escapar del laberinto, destruyéndolo

¿No hemos pasado nuestra historia fingiendo ser lo que nunca fuimos? ¿Y no es esto, exactamente, lo que urdió el oscuro laberinto que forma nuestra cuestión de la identidad? (Quijano, 2014: 741)

La des/colonialidad del poder es el presupuesto y punto de partida, para trascender la modernidad, desmantelar el capitalismo y superar la colonialidad, los principales obstáculos a la verdadera emancipación de nuestros pueblos y así empezar a “aprender a liberarnos del espejo eurocéntrico donde nuestra imagen es siempre, necesariamente, distorsionada”. (Quijano, 2014: 828)

Es tiempo, en fin, de dejar de ser lo que no somos.

Mientras continuemos sometidos por la idea de raza, de identidades diferenciadas en superiores e inferiores ficticios, toda independencia, toda revolución, toda liberación, será imposible, porque continuaremos atrapados en el laberinto de la identidad en el que la colonialidad nos encerró.

La des/colonialidad del poder para descolonizar nuestras identidades, un proceso de siglos que nació y se ha desarrollado en la lucha y resistencia histórica contra el patrón global de poder. Identidades diversas que han encontrado su eje común no en una nueva homogeneidad aplanadora de las diferencias, sino en el encuentro de heterogeneidades que comparten una historia de comunes aspiraciones liberadoras contra la dominación, explotación y discriminación; en la búsqueda de una verdadera igualdad y libertad en el control democrático sobre nuestras condiciones de existencia.

Ante el intento del patrón global de poder, aquel que ha imperado desde la invasión y conquista de América, de responder a su crisis raigal mediante la reconcentración del poder, nosotros debemos plantear la des/colonialidad del poder, en esencia el reconocimiento de la igualdad social de individuos heterogéneos y diversos, donde las diferencias no sean ya fuente o argumento de desigualdad social, y donde las identidades serían el producto de las decisiones libres y autónomas de individuos libres y autónomos. (Quijano, 2014: 857)

Por eso, es en el aprendizaje histórico de la resistencia a largo plazo, que estamos caminando en la emergencia de una identidad histórica nueva, histórico/estructuralmente heterogénea como todas las demás, pero cuyo desarrollo podría producir una nueva existencia social liberada de dominación/ explotación/ violencia. (Quijano, 2014: 859)

Identidades que nosotros mismos definimos, donde son los propios pueblos quienes se clasifican en función de sus experiencias e historias, y esto solo es posible en la medida tenemos control del poder, porque solo quien tiene poder escribe su propia historia.

La experiencia histórica indica, que no hay otro camino que la descolonización de la identidad, la socialización radical del poder, y la democratización de la vida en comunidad, devolviendo a las gentes mismas, de modo directo e inmediato, el control de las instancias básicas de su existencia social, para que seamos nosotros, los pueblos, quien definamos quien somos y quien vamos a ser, porque “ha llegado la hora de dejar de ser lo que nunca hemos sido, que no seremos y que no tenemos que ser”. (Quijano, 2014: 741)

Bibliografía

Bautista, Juan José, 2013, Hacia una crítica-ética de la racionalidad moderna, La Paz, Rincón Ediciones.

Dussel, Enrique, 1994, El encubrimiento del otro: Hacia el origen del mito de la modernidad, La Paz, Plural Editores.

Dussel, Enrique, 2011, 1977, Filosofía de la Liberación, México, Fondo de Cultura Económica.

Ejército Zapatista de Liberación Nacional, 1996, “Cuarta Declaración de la Selva Lacandona”, en http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/1996/1996_01_01_a.htm

Grosfoguel, Ramón, 2013, “Racismo/sexismo epistémico, universidades occidentales y los cuatro genocidios/epistemicidios del largo siglo XVI”, en Revista Tabula Rasa, Bogotá, Nº19 julio-diciembre.

Bibliografía

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Dussel, Enrique, 2011, 1977, Filosofía de la Liberación, México, Fondo de Cultura Económica.

Ejército Zapatista de Liberación Nacional, 1996, “Cuarta Declaración de la Selva Lacandona”, en http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/1996/1996_01_01_a.htm

Grosfoguel, Ramón, 2013, “Racismo/sexismo epistémico, universidades occidentales y los cuatro genocidios/epistemicidios del largo siglo XVI”, en Revista Tabula Rasa, Bogotá, Nº19 julio-diciembre.

Hinkelammert, Franz y Henry Mora Jiménez, 2013, 2005, Hacia una economía para la vida: preludio a una segunda crítica a la economía política, Heredia, Editorial Universidad Nacional de Costa Rica.

Quijano, Aníbal, 2014, Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder, Buenos Aires, CLACSO.

Santos, Boaventura de Sousa, 2009, Una epistemología del Sur: La reinvención del conocimiento y la emancipación social, México, Siglo XXI.

Notas

* Título original «Descolonizar la identidad, democratizar la comunidad: Aníbal Quijano en el laberinto de la identidad latinoamericana. La larga noche de los 500 años». Ponencia presentada en el Conversatorio sobre la obra de Aníbal Quijano, el 9 de septiembre de 2016, organizado por la Biblioteca Simón Bolívar de la Universidad de Panamá y el CELA.

https://www.redalyc.org/journal/5350/535055492009/html/
Fuente: https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2024/05/08/anibal-quijano-seguimos-siendo-lo-que-no-somos/

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