1)Abril-2026
Construcción, abajo a la izquierda, de objetivos emancipatorios vs.
las luchas que siguen orientadas hacia la inclusión social. Diferenciemos:
1)Autodeterminación vs. Soberanía
SITUACIÓN / CRISIS CIVILIZATORIA / ALTERNATIVAS
Recordemos que la mayoría de los diversos de abajo ocupamos algunos de los principales espacios públicos para rechazar el neoliberalismo y la democracia representativa. Fue a fines del 2001 hasta mediados del 2002 ya que las izquierdas partidarias dominando las asambleas barriales, al achicarlas con sus competencias entre sí por acaudillar, aceptaron el llamado a elecciones de Eduardo Duhalde-PJ. Adhirieron pese a ser presidente de facto y a su reciente despliegue de terrorismo de estado que fusiló a Darío Santillán, asesinó a Maximiliano Kosteki e hirió a muchos piqueteros.
En esa movilización y deliberación masiva nos pronunciamos por el “que se vayan todos” desde el reconocernos capaces de autodeterminación. Pero, el kirchnerismo promoviendo el Consenso de Beijing o nuevo patrón neoliberal de acumulación durante más de una década, nos demostró que son insuficientes el manifestarse con ¡basta de neoliberalismo! y la voluntad de las diversidades de abajo en hacerse cargo del destino común.
Comprobamos en el presente que la agenda política es instalada por los nac&pop, los progresismos y en forma testimonial, las izquierdas electoraleras o reformistas. Se han unido en la acción de fomento del ¡fuera Milei! Con lo cual no sólo fetichizan al neoliberalismo hoy desplegando su nazi fascismo para acaparar las tierras del Sur Global. También niegan la criminalidad de Cristina Fernández, el Kirchnerismo y el Partido Justicialista. A causa de esta impunidad, Kicillof -en nombre del derecho a tener futuro- se candidatea de presidente. Por cómo ha gestionado hasta ahora promoverá la continuidad en el agravar la desertificación que genera el establishment al expropiar y mercantilizar los bienes comunes tanto sociales como naturales.
¿Cómo constituye su poder representativo? Parte del Kirchnerismo vertebrado por el PJ que desde diciembre de 1983 fue exitoso en garantizar el desarrollo del neoliberalismo al bloquear la lucha e independencia de clase mediante Estado Corporativo y terrorismos paraestatales. Y procura unidad con: -la existente heterogeneidad del PJ pese al exterminio programado e iniciado por Perón para homogenizarlo de derecha nazifascista; -las izquierdas electoraleras; -las iglesias evangelistas.
Existe otra vertiente peronizada que induce al patrioterismo. A ese fanatismo demagógico le suma la tergiversación que, como Perón, asocia «soberanía» con Juan Manuel de Rosas cuando fue representante máximo de la oligarquía terrateniente de Buenos Aires, la más poderosa por usufructuar del puerto y de la entrega a Gran Bretaña. Soslaya cómo la oligarquía terrateniente se origina e historia el carácter dependiente del capitalismo de Argentina.
Niega tanto el carácter de sistema mundo del capitalismo como a la división internacional del trabajo que nos destina a suministro de bienes comunes naturales desde el llamado “descubrimiento” y nos coloniza. Aún más, fragmenta la realidad cuando defiende la soberanía frente al apoderamiento del lago Escondido por Lewis o la refiere a estatizar el control sobre el Río Paraná. Respecto a lo último, menosprecia los derechos de la naturaleza que son las condiciones básicas para la existencia de vida.
Recordemos, además, que el espacio Carta Abierta y Nicolás Casullo definieron que las resistencias de las asambleas de vecinos autoconvocados contra la megaminería a cielo abierto debían cesar para priorizar el enfrentamiento entre la derecha y el gobierno K. Lo cierto que esta lectura binaria de la realidad argentina encubrió (como el bipartidismo lo hizo en los períodos anteriores de la democracia restringida) al creciente poder y enriquecimiento del establishment o sea de las corporaciones imperialistas a causa de elites locales que se contentan con ser socias menores.
Todavía hoy persiste, tanto en el progresismo como en las izquierdas, un desconocimiento de la centralidad del régimen extractivo en la reestructuración socioeconómica que consolida la recolonización del Abya Yala. Tampoco dan relevancia a los ecocidios-genocidios que esas expropiaciones sistémicas perpetran.
Reparemos por qué guiar la lucha de diversidades de abajo hacia la soberanía es anacrónico e incluso reaccionario no sólo por oponerse a la construcción horizontal del antagonismo irreconciliable con el Capital y su Estado ecocidas-genocidas sino también por relativizar la crisis civilizatoria en que el sistema mundo capitalista hundió a la humanidad. Por un lado, destaquemos cómo hasta la soberanía de EE.UU. se desbarranca:
Arrogancia militarista y sin ataduras,
para conservar los restos de su anterior dominio
13 de abril de 2026
Por Fernando M. García Bielsa | Rebelión
Para comprender la naturaleza y el curso actual de la política estadounidense, en particular de su proyección hacia el exterior hay que atender la conexión que existe entre la impronta dejada por tradición violenta en que se forjó esa nación, con la propensión al uso de la fuerza y al belicismo propios de la fase imperialista cuando intenta con obstinación mantener su predominio global.
Estados Unidos ha permanecido en un estado en guerra permanente los casi dos siglos y medio de su existencia como país independiente, con recurrentes grados de violencia en diversos ámbitos, y con un agresivo expansionismo. Ello ha marcado la conformación de esa nación y sus modos de vida, entremezclados con una acendrada creencia de ser ellos un pueblo superior y escogido por Dios.
Esa conjunción –entre la propensión histórica a la violencia y al uso de la fuerza con las urgencias imperiales del presente -, se corresponde y tiene su razón de ser en la maraña de poderosos intereses corporativos que se alimentan con el negocio de la producción armamentista y la proyección bélica. Se trata de una economía de guerra muy arraigada e importante para una parte de la población y para una amplia gama de emprendedores y suministradores de servicios e insumos en las distintas regiones.
En la sustentación y sintonía que todo ello se encuentran poderosos intereses basados en la obtención del lucro, la explotación rentable de la guerra y las pretensiones de dominación globales agresivas del país.
La forma en que está conformada la economía estadounidense, el peso que tiene la industria armamentista, las empresas de alta tecnología y el sector militar en su sentido más amplio, propicia la natural imbricación con la elite financiera y con una amplia retahíla de intereses creados, tanto internacionales como a lo largo del país. Se establece a estas alturas una sujeción obligada y aparentemente indetenible hacia el gasto militar y su constante aumento, asi como con una política exterior agresiva.
Tal situación aparece acoplada con la necesidad y el intento de preservar su estatus geopolítico y de contrarrestar su declinación y perdida de hegemonía.
La economía de EEUU, se basa en un alto porcentaje, en la guerra, en la industria militar, la cual es como cualquier tipo de industria: hay producción. hay almacenamiento, hay caducidad, hay innovación tecnológica, se alimenta de una red de suministradores, genera fuentes de trabajo a lo largo del país, pero llega el momento en al cual ese armamento se tiene que utilizar, su producción se tiene que vender y revender, sus stocks se tienen que renovar…
Y si no hay guerras, si no hay conflictos en el mundo, esa producción se estanca y sus almacenes ya no tienen esa liberación, no se despejan, no hay nuevos pedidos, y eso quiere decir que se paraliza la producción no hay innovación, ni aplicación de las nuevas tecnologías, etc. Todo ello tiene una gran y multifacética repercusión en la economía y en el sistema político…
El objetivo planteado a fines de la II Guerra Mundial de mantener una amplia superioridad militar para disuadir a sus adversarios, pronto devino un fin en sí mismo y ha condicionado la carrera armamentista por más de setenta años, incluso después que el fin de la Unión Soviética los puso en entredicho. Sin dudas, es mucha la influencia y los intereses que se benefician de un presupuesto militar que ya alcanza el millón de millones de dólares cada año.
El espectro político interno –complejo y degradado como está – le es todavía, relativamente favorable. La proyección de su política internacional y militar cuenta con un respaldo abrumador desde la elite y desde ambos partidos dominantes, apoyados en poderosos medios de información oligárquicos y en la manipulación de la cultura y la ideología de las masas.
Actualmente, al menos transitoriamente, se ha producido cierto giro ante la carencia de apoyo popular a la guerra, y la oposición activa tanto al genocidio en curso en Gaza, como a la que se ha generado contra Irán.
Aun así, los ideólogos y estrategas yanquis, los diseñadores de políticas, pasan por encima de la opinión pública, y siguen construyendo e instalando – una y otra vez – la imagen demoniaca de supuestos enemigos externos, al tiempo que enarbolan el concepto de «seguridad nacional» que tiene una ubicuidad y un peso enorme en Washington.
Imponen esa narrativa por sobre el hecho de que, en el plano estratégico y geográfico, Estados Unidos vive en un entorno de seguridad extremadamente favorable gracias a su ubicación territorial, a la preponderancia del dólar en las finanzas internacionales, así como a su arsenal nuclear seguro.
Con prontitud otras supuestas amenazas a la seguridad nacional fueron articuladas e infladas, y sirvieron de base para reforzar una voluntad bipartidista ampliamente mayoritaria en pro del gasto militar. Cada año se asignan recursos y cifras superiores, mientras que buena parte de la propia infraestructura económica del país se desmorona, y el monto de la deuda pública sobrepasa, ya ampliamente, al cuantioso Producto Interno Bruto de la nación.
Los cálculos geopolíticos y el peso de la economía militar
Seguir por ese curso aparentemente ilógico se impone principalmente dado el enorme peso económico, político, mediático y cultural del llamado «Complejo Militar-Industrial», extensa red de entidades públicas y corporaciones privadas, principalmente alimentada con fondos del presupuesto federal, ramificada a lo largo del país, de la cual dependen miles de subcontratistas y cientos de miles de puestos de trabajo. La industria de armamentos y el intrincado mundo de entidades asociadas, grupos financieros, tanques pensantes y complejos mediáticos tienen un peso de primer orden en los centros de poder del país.
En ello confluyen –y brindan apoyo – los intereses de un buen número de grandes transnacionales y otros capitales cuyas tasas de ganancia se alimentan con la explotación de los recursos naturales en zonas remotas del planeta que sirven como bases de sustentación del imperio.
Esto se refleja en la disposición de la amplia mayoría de la elite y del cuerpo político nacional, y no solo de los legisladores asociados a ese entramado de intereses, de apoyar con entusiasmo el aumento del gasto militar, la política exterior agresiva, las aventuras bélicas y el uso en ellas de subalternos locales o mercenarios, con miras a reducir la presencia de sus tropas sobre el terreno. En lo que se ha dado en llamar como un enfoque de “realismo ofensivo”, el imperio se siente obligado, sí o no, a contrarrestar el poderío ruso y el avance múltiple de China.
Es una situación que tiene efectos y que emplaza la política exterior del país, su naturaleza imperialista, su arrogancia y resistencia a acomodarse ante los cambios geopolíticos en curso, y los intereses económico-financieros en juego en diversos confines del planeta, los cuales se constituyen parte importante de sus bases de sustentación.
Ello se afianza, además, en el hecho de que, en las estructuras de diseño de políticas, tanto en el Pentágono como en el Departamento de Estado y en el Consejo de Seguridad Nacional, se ha cimentado la presencia creciente de elementos de ultraderecha y, con ellos, una casi absoluta primacía de enfoques y estrategias militaristas. Parten de considerarse por encima de ataduras morales, religiosas u otras en la conducción de sus políticas, con las que pretenden conservar los restos de su anterior dominio.
Tales círculos de gobierno, con dosis de fanatismo e insolencia, tienen una forma altanera de pensar, y dicen: gobernaremos el planeta, seguiremos siendo los policías del mundo, y nos aseguraremos que nunca surja un rival de consideración para Estados Unidos. Y consideran que tienen el derecho de hacerlo dado que – según un antiguo mito, son una nación “predestinada” e indispensable, con la “responsabilidad de proteger” y liderar.
Esos enfoques no son coyunturales ni dependen de quien encabece este o aquel gobierno de turno, pero se hicieron más evidentes con Donald Trump en la presidencia, quien incluso declaró estar limitado solo por sus propios criterios y que no necesita las leyes internacionales.
Esos funcionarios empoderados que diseñan la política exterior actúan con arrogancia hegemónica, desde la creencia que su poder es ilimitado. Generalmente pasan por alto el contexto y los intereses de sus adversarios y, pero aun, subvaloran las capacidades con que estos cuentan.
A la par con ello, se ha producido una reducción del debate interno, y se han fortalecido los sectores de línea dura, quienes generalmente dominan buena parte de la repercusión en los medios. Es una fórmula perfecta que explica muchos de sus descalabros en política exterior, pero también, lamentablemente, el caos y la muerte que generan.
De modo que la política exterior del país padece ahora de altas dosis de aventurerismo. El acontecimiento más reciente, la agresión a Irán, después de desoír múltiples advertencias, ha sido calificada por muchos como uno de los mayores errores de política exterior en la historia estadounidense. Se demuestra que no basta la superioridad militar.
Con la marcada y abierta inclinación de Washington por usar la fuerza para imponer sus pretendidas prerrogativas sobre el resto del mundo, la naturaleza imperial y guerrerista de Estados Unidos se ha vuelto aún más evidente.
Ante el argumento que pretende negar el estatus imperial de Estados Unidos dado que su poder en el mundo no depende de un dominio territorial directo, el sociólogo italiano, Marco D´Erasmo, señala que ese país se ha provisto y despliega una estructura piramidal, una jerarquía de sometimiento –voluntario o no- y que impone grados de soberanía decrecientes bajo su todavía privilegiada posición de hegemonia global: sobre sus congéneres anglófonos, sobre sus asociados de la alicaída Europa y, con mayor saña, mediante su accionar agresivo hacia el resto del mundo. Todo asentado, además, en su predominio financiero, sobre las reglas del comercio establecidas y en su poderío militar.
Con ello logran diversos grados de adherencia y/o de sometimiento, pero encuentran también, de manera creciente, desafíos y resistencia a los dictados imperiales.
Declinación imperial y pérdida de hegemonía
Washington ha pretendido compensar el relativo declive económico del país, persistiendo en una estrategia de ampliación del alcance planetario (e incluso extraterrestre) de su presencia militar. Son renacidos sueños geopolíticos de dominación global. En definitiva, siempre han cultivado la ilusión de que el poderío militar es el testimonio de la grandeza nacional y que mediante la fuerza son capaces de lograr todo lo que se propongan.
Tales sueños están cada vez más alejados de la realidad, no solo ante los desafíos externos y el impresionante ascenso de China, sino debido a elementos de su realidad interna causantes de la declinación, tales como la desindustrialización, el notable crecimiento de la deuda pública; la nociva gravitación del capital especulativo, la creciente desigualdad económica y estancamiento del proceso de movilidad ascendente que deterioran el consenso democrático; la obsolescencia de las infraestructuras y otros.
Pese a esa realidad, y ante un orden mundial cambiante y multipolar, los grupos de poder y el gobierno yanquis se muestran belicosos y se han volcado a fortalecer su tradicional línea de confrontación; se aferran e intentan conservar su supremacía, con carácter permanente y expandiendo sobremanera la proyección de su poderío militar.
Esa especie de compulsión de apoyarse en la fuerza también busca aplastar las dudas acerca de su actual estabilidad y poderío, y respecto a la percepción de que existe un serio deterioro de la capacidad y posición de predominio estadounidense.
Como fue esbozado por el Pentágono, el plan de Estados Unidos es más dinero, más agresión y más vigilancia interna. En lugar de adaptarse juiciosamente a su declive relativo, forjándose un nuevo lugar en el emergente mundo multipolar, los líderes estadounidenses han perseguido la fantasía de un dominio infinito. En respuesta a ese proceso de apariencia inexorable, Estados Unidos pretende seguir actuando y hacer más de lo mismo que ha estado causando su declive.
Descubramos que los oligopolios más poderosos tampoco poseen soberanía asegurada.
La logística bajo fuego y
el fin de la inmunidad de la nube
13 de abril de 2026
Por Alejandro Marcó del Pont| El tábano economista
El estrecho que partió al mundo en dos mitades: una de hormigón, otra de silicio (El Tábano Economista)
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que los estrategas militares y los analistas de riesgos se ganaban la vida diseñando escenarios de catástrofe con una probabilidad inferior al quince por ciento. La Reserva Federal de Dallas, por ejemplo, tenía sus propios modelos. Un bloqueo sostenido del Estrecho de Ormuz era una rareza estadística, una hipótesis para académicos aburridos y aseguradoras paranoicas. Llegó marzo de 2026 y la rareza se hizo carne, misil y dron. El mundo despertó a una evidencia que debería haber sido obvia desde los años ochenta. El principal pasillo energético del planeta es un cuello de botella ridículamente vulnerable y nadie, ni el Consejo de Cooperación del Golfo, ni la Quinta Flota, ni los megaproyectos de inteligencia artificial estaban realmente preparados para lo que significaba cerrarlo. (…)
La novedad aquí no es la inteligencia artificial en la guerra; eso ya existía. La novedad es que la infraestructura que la hace posible ha dejado de ser territorio neutral. Durante años, las grandes tecnológicas operaron bajo un pacto tácito. Sus servidores eran como las aguas internacionales, un espacio aparte donde los conflictos no entraban. Ese pacto se rompió el primero de marzo, y no hay manera de volver a soldarlo. La analista Jessie Moritz, de la Universidad Nacional Australiana, lo ha expresado con claridad: “Ningún país quiere poner sus centros de datos en un entorno inestable”. Y los ataques han demostrado que la región del Golfo ya no es un entorno estable.
No lo era antes, por supuesto, pero la ficción de estabilidad era lo suficientemente cómoda para que empresas como Amazon, Google y Microsoft invirtieran miles de millones en megaproyectos como el centro de datos ‘Stargate’ de Abu Dabi, respaldado por OpenAI, NVIDIA y Oracle. Ahora esos proyectos están bajo revisión, y las aseguradoras están añadiendo cláusulas de riesgo de guerra que duplican las primas.
Los países del Golfo, por su parte, han entendido el mensaje más rápido de lo que sus burocracias suelen permitir. Su estrategia de “nubes soberanas” —centros de datos propiedad estatal, operados bajo jurisdicción nacional, con redundancias físicas y criptográficas diseñadas para resistir tanto ataques cinéticos como cibernéticos— ha pasado de ser una ocurrencia de mercadotecnia a una prioridad estratégica. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos están acelerando la construcción de sus propias infraestructuras de nube, no tanto por soberanía digital como por simple supervivencia física. Porque han comprendido que los datos son el nuevo petróleo, pero también que el petróleo, cuando arde, quema todo lo que encuentra a su alrededor.
El bloqueo de Ormuz, en definitiva, ha sido un catalizador de un cambio de época que ya estaba gestándose pero que necesitaba una chispa. Los Estados del Golfo están construyendo a toda prisa la arquitectura logística que siempre debieron tener, demostrando que la adversidad puede forzar una integración y una modernización que la política y la desconfianza mutua habían hecho imposibles. Pero su incapacidad para defender esos centros logísticos por sí solos subraya una verdad incómoda: siguen dependiendo de un paraguas de seguridad externo que se está viendo superado y cuestionado desde todos los frentes.
Para Asia Oriental, la crisis es un crudo recordatorio de que la globalización basada en pasillos marítimos vulnerables tiene fecha de caducidad. Su respuesta —diversificación, carbón, renovables, reconfiguración de alianzas— no es una reacción de pánico, sino el esbozo de un nuevo orden energético que dejará al Golfo más pobre y más solo.
Y para el resto del mundo, el ataque a los centros de datos de AWS es el verdadero parteaguas. La guerra de la inteligencia artificial ha comenzado, y sus efectos ya son tangibles no en laboratorios ni en simulaciones, sino en apagones de iCloud y colapsos bancarios. La infraestructura digital, ese bien civil que creíamos separado de los conflictos, es ahora un objetivo de primer orden.
Las grandes tecnológicas se enfrentan a una nueva realidad geopolítica en la que su neutralidad ha quedado en entredicho, sus activos físicos están en el punto de mira y su modelo de negocio —basado en la ubicuidad y la confianza— se tambalea. El siglo XXI prometía ser el siglo de la información. Ha resultado ser, también, el siglo de los pasillos estrechos, los drones suicidas y los centros de datos en llamas. Bienvenidos.
Fuente: https://rebelion.org/la-logistica-bajo-fuego-y-el-fin-de-la-inmunidad-de-la-nube/
Advirtamos que el kirchnerismo se esmeró, junto al espacio Carta Abierta, en construir hegemonía para hacer posible la legitimación de la ocupación y devastación de los territorios mediante el tan elogiado crecimiento económico e inclusión social a la cual se redujeron las izquierdas electoraleras, claudicando de encaminar el cambio social.
No sólo indujo la creencia mayoritaria en que estábamos en un presente promisorio y participábamos de una gesta patriótica. Sino también, ante las graves consecuencias del modelo extractivo, reforzó la obediencia debida a Él o Ella e instaló una visión fragmentada de los problemas en que se ocultan las causas profundas de los mismos para analizarlos o mostrarlos, muchas veces de manera sensacionalista, pero siempre aislados y producidos casi como ‘fenómenos naturales’.
Analicemos qué significa e implica la visión estado céntrica. A fin de no seguir entrampados en la convicción que el Estado es el sujeto del cambio social y no recapacitar sobre cómo durante 40 años legalizó y legitimó al establishment expropiar y mercantilizar los bienes comunes tanto sociales como naturales, al mismo tiempo del crecimiento en la explotación de la naturaleza, los trabajadores y los pueblos de Argentina. En suma, hizo a su actual dictadura ‘democratizada’ por el balotaje de diciembre de 2023 que el PJ montó.
Introducción*
El mundo necesita una sacudida
Diego Castro y Huáscar Salazar
(…) Las luchas de impugnación al neoliberalismo –con intensidades variables por país– abrieron los tiempos de los gobiernos progresistas. Estos permitieron cierta redistribución material, con mejoras relativas de las condiciones de vida de las personas. Sin embargo, en ninguno de los casos aportaron a los procesos políticos de profundización de la autodeterminación política de los pueblos, todo lo contrario. (…)
El modo de regulación política de los progresismos supuso un cierre estatal y capitalista, con diferentes intensidades por país. Por consiguiente, no extraña que en ese terreno se hayan recreado las derechas que década y media atrás habían perdido toda legitimidad y apoyo popular.
El resurgir y fortalecimiento de las formas sistémicas, responde a un doble movimiento de las derechas. Las externas a los progresismos y la de los propios sectores, prácticas y formas políticas de derecha que desde siempre habitan en su interior.
Una vez más, como ya sucediera en el siglo pasado, la creencia en la autonomía relativa del Estado ha jugado una mala pasada a los intereses transformadores. Recreada la básica estrategia de los dos pasos (tomar el Estado y cambiar el mundo), vemos que los límites emergen nuevamente (aunque esta vez como farsa). Tal es así que, pese a la retórica empleada en tiempos de descomposición, opciones pretendidamente transformadoras pasaron a festejar el crecimiento económico como fin en sí mismo, ocultando la indudable acumulación capitalista, el despojo, la desigualdad y la destrucción de medios de vida. Algunos fueron más audaces e incluyeron pretensiones programáticas a este movimiento, sosteniendo que había que “salir del extractivismo con extractivismo”. El caldo de cultivo para las derechas se fue componiendo en el mismo proceso de fortalecimiento de los progresismos, el de sus vetas más conservadoras, aunque parezca paradójico. (…)
Por momentos, la recomposición de las derechas se presentó como la dinámica principal y unívoca, y la impotencia se cerraba nuevamente en la política binaria de oficialismo y oposición, de el menos malo o el más malo. Esta vez con roles alternados entre derechas y progresismos. Nuestra mirada, como cualquier pretensión antisistémica, desencajada. fuera de juego.
En este sentido, también consideramos fundamental hacer un esfuerzo por desentrañar la forma en que se produce la gestión de la política estadocéntrica que, en este momento en particular, ha adquirido una agresiva dinámica totalizante y cuya expresión es la polarización social, tan extendida en la América Latina del presente. Una polarización que desde el imaginario dominante de la política estatal se posiciona como jerárquicamente superior, y se convierte en mecanismo de desorganización de las formas políticas centradas en la reproducción cotidiana de la vida –la política de lo común–.
El problema es que cada vez se hace más evidente como esos dos polos que en apariencia están radicalmente contrapuestos, se convierten en los apoderados y regentes de un mismo patrón de acumulación que impulsan y recrean. Aunque lo hacen a partir de una gestión de las instituciones del Estado y, principalmente, desde un discurso que es diametralmente diferente. Así pues, quizá sea útil ir más allá de la polarización y de las formaciones aparentes que encubren contradicciones políticas, sociales, ambientales, culturales que simplemente no están siendo disputadas ni interpeladas.
Para ello, sin embargo, es importante plantear una crítica respecto a cierta racionalidad de izquierda que se ha impuesto como hegemónica. Es una racionalidad harto contradictoria con cualquier sentido mismo de la crítica, una episteme que conlleva una particular manera de interpretar el mundo realmente existente.
Aun cuando se parte de grandes, abstractas y complejas teorías sobre la sociedad, lo cierto es que, en el momento de mirar al mundo concreto, las premisas de intelección son inquietantes: inmediatizar, simplificar, jerarquizar, justificar/silenciar y repetir. Todo esto colocando a la política que emana del Estado en un lugar de privilegio, aunque no se tenga la capacidad de incidir sobre ella.
Se inmediatiza porque el contexto histórico deja de importar; los acumulados de violencia, de luchas, de resistencias se vuelven secundarios respecto a un presente que se nos impone como el fin en sí mismo, en el que hay que escoger entre el “mal menor” y el “mal mayor”.
Se simplifica la realidad y se la identifica desde una o muy pocas de sus aristas, por lo general aquellas que son más fáciles de asimilar desde un sistema de credulidades que se da por sentado como universal. Credulidades que, entendidas como lo plantea la filósofa Marina Garcés en Nueva ilustración radical, devienen en sustrato de dominación “porque implica[n] una delegación de la inteligencia y de la convicción”. Desde esta lógica suelen ser suficientes los discursos maniqueos y las “palabras mágicas” –como las denomina Silvia Rivera Cusicanqui–, pese a que los hechos presentan una complejidad mucho más amplia y tupida.
Desde ahí se jerarquiza, en el sentido de que aquel argumento inmediatista, simplificado y polarizante se considera como universal, aquello que debe organizar la intelección de la realidad que se intenta comprender… y nada más importa, ni siquiera lo que condujo a esa situación –un procedimiento epistémico bastante colonial, por cierto–. Posteriormente se construye un argumento que justifica esta lectura de la realidad, sus violencias y sus silencios, operando como una nueva credulidad. Cualquier otra crítica es menospreciada, deslegitimada y catalogada por la tan célebre y miope acusación de “hacerle juego a la derecha”.
Lo llamativo es que cuando estos procesos terminan implosionando o degradándose, la opción de esta izquierda –pese a la evidencia– es volver al punto de partida y repetir el procedimiento. Así sucesivamente. Es así que, al final de cuentas, esta dinámica deriva en una situación muy compleja, una en la cual prima la confrontación y la violencia, pero en la que, al mismo tiempo, se pone en disputa muy poco. Las determinantes del antagonismo social quedan indemnes, al tiempo que la sociedad se desgasta y se desactivan muchas de sus potencialidades transformadoras, pero en todo ello el capital se despliega con bastante soltura.
*******
Las rebeliones en Chile y Ecuador, así como las luchas anti extractivas y feministas airean y renuevan el escenario de estos largos meses. Estas experiencias se presentan como protagonistas testarudas de que lo político no es un hacer que únicamente se inscribe en las instituciones del Estado. De que merecemos una vida digna de ser vivida y que su tejido está permanentemente en movimiento. Por momentos aparenta desaparecer, como un río que se seca, pero en el mundo invisible y subterráneo de lo popular resiste la vida, toma impulso, hasta que brota a borbotones, se hace torrente y desborda los cauces, así como lo ilustra Adriana Herbas en la potente portada de este libro.
Estas luchas están posicionando coordenadas de transformación en el presente. Luchas que –desde la racionalidad anteriormente aludida– suelen ser minimizadas o consideradas secundarias porque, en última instancia, no ponen la toma del poder estatal o la influencia sobre estado en el centro de su accionar.
Son luchas que colocan la vida –y la posibilidad de su reproducción– en el centro, lo que en el presente les permite desentrañar y evidenciar con mayor claridad la dinámica de poder y la configuración de un mundo que intenta totalizar el valor de cambio, de ahí su carácter profundamente antagonista frente al estado de cosas de este mundo.
La dimensión estatal simplemente no es el punto de partida ni tampoco el de llegada. Las luchas feministas, quizá con más fuerza en ámbitos urbanos, son las que en este sentido han tenido un despliegue muy potente en los últimos años. Como dice Raquel Gutiérrez en su texto, “estamos alterando la textura del mundo y por lo mismo su orden entra en crisis. Entra en crisis la resignación y el silencio que se transmutan en desobediencia y voz pública: se sacuden las casas, las escuelas, los centros de trabajo y las mismas organizaciones sociales –sindicales, territoriales, por afinidad…– que antes nos contenían”.
Y qué incomodidad generan, en especial cuando son capaces de exponer la manera en que muchas de las luchas de la gran izquierda están asentadas en un conjunto de relaciones de poder que no solo restan fuerza, sino que terminan actualizando y recreando (aunque de otra forma) el orden dominante.
Por otro lado, las luchas territoriales, que principalmente afrontan pueblos indígenas –aunque no únicamente–, continúan impulsando la reconfiguración de la gestión social de diversos espacios geográficos, la concreción de gobiernos autónomos con capacidad de decisión sobre esos espacios que actualmente están siendo asediados por diversos proyectos extractivos, motivados por la lógica de acumulación incesante de capital.
¿Vida o capital? esa es la distinción que con tanta claridad ponen sobre el tablero las luchas territoriales. Dice Silvia Federici, en su Calibán y la Bruja que “el mundo necesita una sacudida”.
Las cosas no pueden seguir igual, tampoco la manera de hacerles frente y, menos aún, la forma en que las significamos. Aunque lo parezca, afirmar lo anterior no es un cliché, es algo que hay que tomarse muy en serio si no queremos que nuestros esfuerzos –la energía que millones y millones de personas despliegan para cambiar su realidad– muchas veces termine siendo canalizada hacia derroteros que acaban reproduciendo un orden bastante parecido al que fue puesto en cuestión. Pero para ello no hay vacunas, ni planteamientos abstractos capaces de inmunización. Las poderosas fuerzas de la reproducción del orden son desafiadas en las luchas abiertas de manera concreta, situada.
Desde distintos ángulos, los textos acá expuestos son trabajos que, de manera explícita o implícita, intentan “sacudir” perspectivas, descentrarlas de los enfoques canónicos, cuestionar sus a priori epistémicos y poner atención en temas que, aunque muchas veces incómodos, permiten desentrañar, entender y cuestionar lo que viene sucediendo en América Latina (y de alguna manera en el mundo).
*América Latina en Tiempos Revueltos. Claves y luchas renovadas frente al giro conservador, ZUR, Excepción y Libertad bajo palabra, Montevideo, Cochabamba y Morelos, 2021
Fuente: chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://libertadbajopalabraz.wordpress.com/wpcontent/uploads/2021/04/americalatina-en-tiempos-revueltas-final.pdf