2) Junio-2026
URGENCIA DE SUPERAR PREDOMINIO DE LOS ESTATISTAS ANTE CRIMINALIDAD DE:
De la comunidad de negocios lícitos e ilícitos entre capitales y estados imperialistas con los locales.
Legalidad-legitimidad de la gran burguesía/Bloqueo de la lucha de clases/Alternativas emancipatorias
Legalidad-legitimidad de la gran burguesía
Examinemos por qué existe desencuentro mayoritario con la situación verdadera de país y mundo. Tengamos en cuenta qué nos esclarecen desde EE.UU.:
Condiciones sociales e institucionales
que coadyuvan al control oligárquico (I)
10 de noviembre de 2022
Por Fernando M. García Bielsa| Rebelión
En Estados Unidos el poder de los grandes grupos económicos ha estado blindado y se ve secundado por los políticos de profesión, los gobiernos de turno, por el andamiaje militar y de seguridad y por todos los mecanismos ideológico-culturales que le dan robustez, aun en el marco del progresivo proceso de declinación de la nación estadounidense.
De entre el conjunto de factores y rasgos de un país tan complejo que explican su estabilidad bajo un claro control oligárquico, debemos jerarquizar el acople existente entre los sistemas eleccionario, de partidos y mediático, de forma tal que garantizan resultados siempre favorables a los intereses imperiales y de negocios, y con capacidad de manipular los miedos y las expectativas de las masas, crear la ilusión de un desempeño democrático y explotar las múltiples contradicciones y recelos existentes en la sociedad.
Mientras tanto, en un país con una tradición de violencia endémica y generalizada, las abundantes carencias y notorias desigualdades, hasta el momento, no se han desbordado significativamente. El propio Daniel Bell señalaba que “ha habido bastante más violencia en Estados Unidos pero con menos efectos políticos e ideológicos que en Europa”.1
En un orden federalista, con diversos niveles de descentralización, y múltiples intereses sectoriales y regionales, polarizado en colisiones de todo tipo – y con una minoría negra numerosa y relativamente poco asimilada, unido al arribo constante de inmigrantes carentes de derechos legales –, ocurre que la resistencia a nivel político se mantiene subsumida. Las razones de ello son complejas y diversas.
Múltiples consecuencias se derivan de la etapa del boom económico posterior a la Segunda Guerra Mundial cuando el producto bruto nacional crecía más del 9% anual y la economía de Estados Unidos se colocó claramente por sobre los demás países. Internamente, en ese clima de desmovilización militar, crecimiento económico y cambios demográficos, gran importancia social e ideológica tuvo la expansión de los suburbios que condujo a la homogenización de la vida cultural y política, y a la consolidación de la base social del sistema imperante.
Ese proceso tuvo consecuencias tanto positivas como negativas. Entre estas la expansión de la segregación racial cuando los afroamericanos fueron confinados a vivir en zonas con infraestructuras decadentes, mientras que millones de ciudadanos blancos se mudaron a los suburbios, tanto como una manera de evitar convivir en barriadas y escuelas integradas, así como resultado del mejoramiento de sus niveles de vida.
Para muchos también se les hacía posible acceder con una vivienda propia a su parte en el “sueño americano”, gracias a la expansión económica y a la emisión gubernamental de préstamos con bajos intereses, hipotecas accesibles y otros estímulos. A la vez se multiplicaron los centros comerciales y el consumo masivo.
Como otros muchos, el crítico social John Keats señalaba por esos años de post guerra que la vida suburbana vino a destruir tanto las relaciones interpersonales como comunitarias, y se expandió el individualismo y un comportamiento impulsado por la competencia en la obtención de bienes de consumo.2
Aquel primitivo contrato social de la postguerra se rompió a principios de los 70, cuando se produjo un estancamiento de los ingresos medios reales. Otro tanto le sucedió a ese “contrato social” entre la clase trabajadora norteamericana y sus gobernantes cuando se derrumbó el castillo de naipes de Wall Street en 2008.
Hace unos años, el prestigioso académico Richard Falk señalaba: “Parece extraño que esta combinación de proceso democrático y descontento público no se transforma y se expresa en un movimiento radical de masas de algún tipo. Por el contrario, en general, los sectores desfavorecidos aparecen como desalentados y débiles; incluso las agrupaciones sindicales no han actuado para proteger sus intereses en el plano político y económico. El descontento de derecha, aunque mejor organizado, también ha sido mayormente marginalizado”.3
Ciertamente, la estabilidad del sistema político, digamos durante el último siglo, se debe en primer lugar a su todavía privilegiada posición en lo económico a nivel global, con su moneda como principal instrumento del comercio y de las reservas mundiales, que le permite trasladar muchas de sus contradicciones y tensiones al exterior y tener allí buena parte de sus bases de sustentación. La profusión de riquezas de Estados Unidos es pagada por el resto del mundo. Los capitales estadounidenses que se mueven alrededor del planeta retornan al país.
El marco constitucional
Un elemento notable es la misma estructura constitucional con la que el país fue diseñado de manera consiente hace 230 años por los ‘padres fundadores’ para proteger los intereses de la clase propietaria y para hacer muy difíciles los cambios democráticos. Se establecieron, entre otras, formas indirectas de representación y lograron que el principio de la voluntad de la mayoría quedara trabado de manera firme mediante un sistema que otorga capacidad de veto a las minorías enriquecidas y hace menos probable la ocurrencia de acciones rápidas y sustantivas por parte del pueblo. Para ello son claves los sesgos estructurales en favor del sistema de dos partidos, la separación de poderes y la fuerza de los llamados “derechos de los estados”.
La estructura misma de la rama legislativa tiene un efecto moderador sobre lo que los parlamentarios generan, no solo por el hecho de estar separados en dos cámaras, sino porque el intrincado laberinto en que funciona por etapas y compartimentos el Congreso le otorga ventajas a aquellos quienes desean evitar las reformas y los cambios. Con el bipartidismo, con las decenas de subcomités que trabajan los proyectos legislativos y sus prolongadas audiencias, los grupos de presión (abrumadoramente pro empresariales y conservadores), tienen más oportunidades de bloquear, mutilar o moldear a su gusto los proyectos en discusión y los fondos que se autorizan.
El efecto moderador opera incluso sobre congresistas con intenciones progresistas o reformistas cuando comienzan y se ven obligados a moverse en un terreno muy complicado de viejas reglas de juego, procedimientos establecidos, y jerarquías internas de larga data. Un verdadero dédalo de vertientes donde además para lograr algún resultado legislativo hay que entrar en acomodos, complejas relaciones interpersonales, y evitar sucumbir cuando se estará sometido a fuertes presiones institucionales.
Elementos esenciales del statu quo son mantenidos a través del ejercicio de la fuerza en sus diversas formas, así como a través de la hegemonía ideológica y por un constante proceso de cooptación de muchos de los elementos más activos y mejor educados de todos los sectores de la sociedad.
Parte de esa labor se desarrolla a través de una consolidada red de fundaciones filantrópicas y entidades llamadas ‘no lucrativas’, que ejercen un poder e influencia considerable a partir de recursos de los sectores corporativos. Son entidades que sintonizan en mayor o menor medida con los imperativos políticos dominantes y canalizan fondos para instituciones, proyectos y fines que en su casi totalidad coadyuvan a las políticas favorecidas por el sistema. No pocas de ellas patrocinan simultáneamente operaciones o proyectos tanto de los demócratas como de los republicanos.
Es conocido que muchas de las principales fundaciones constituyen la manera más conveniente y creíble de transferir grandes sumas de dinero a los proyectos encubiertos (de la CIA y otros) sin descubrir la fuente a sus receptores, sean estos grupos juveniles, sindicatos, universidades, editoriales, etcétera.
Otro elemento retardatario y contrario a los cambios políticos en el país es cierta sensación de impotencia que genera la apariencia inalterable del sistema político, resistente a la reforma y todavía regido por una venerada Constitución adoptada por una minoría más de dos siglos atrás. Un sistema sumamente indirecto, que tiende a ir en detrimento de la representatividad de las mayorías.
Las cuestiones fundamentales no son discutidas públicamente e incluso no son decididas por los órganos de gobierno electos o sujetos a escrutinio ciudadano. Caso notorio es el Sistema o Junta de la Reserva Federal, entidad autónoma donde se decide el grueso de la política financiera y económica del país, o como ocurre también con todo un grupo de entidades reguladoras y ministeriales cuyo personal permanente ha dominado buena parte de la conducción de los asuntos de gobierno durante décadas.
Son parte de lo que ha sido denominado Estado en las sombras o Estado profundo, es decir, estructuras burocráticas de poder permanentes, no visibles, profundamente arraigadas las cuales, sin constituir un todo coherente, participan con cierta autonomía en la aplicación de las políticas del gobierno de turno y mantienen el control de instituciones esenciales, incluidos los servicios de inteligencia y de seguridad, y buena parte del flujo noticioso de los poderosos multimedia que definen lo correcto y lo incorrecto de las cuestiones en juego.4
Ingeniería del consentimiento
Luego tenemos la alta visibilidad y presencia de los políticos neoliberales y de los expertos conservadores quienes predominan en los medios corporativos de difusión lo cual hace muy difícil que visiones alternativas tengan mucho impacto. Los medios de prensa conservadores, más allá de lo que se piensa, dictan buena parte de la agenda y de los enfoques que adoptan y prevalecen en la mayor parte del resto de los medios de difusión en Estados Unidos.
La mayoría de los titulares son engañosos y confusos, pero esa confusión beneficia a los cabilderos (grupos de presión) corporativos en Washington, los cuales emplean a un ejército de personas para influir en las estructuras legislativas y de toma de decisiones, y no perder oportunidad para evitar se frene el gasto militar o de obstruir la expansión de Medicare, los programas Green New Deal y casi cualquier otro impulso que pueda hacer de aquella una sociedad menos bárbara.
Buena parte de la intelectualidad coopera al clima de desmovilización. Se trata de un sector liberal, supuestamente progresista, generalmente críticos de los excesos del capitalismo pero tolerados por la élite del poder, los cuales en definitiva coadyuvan a desacreditar verdaderas alternativas, a mantener a capas desafectas de la población dentro de los causes del sistema vigente, y a marginar y denunciar aquellos quienes piensan y funcionan de manera independiente.
Resulta habitual que los políticos, los sectores profesionales y de las llamadas clases medias se acomoden a la economía capitalista, a un estado-nación militarizado, se acomoden a una cultura del status impulsada por el mercado.
Los oligopolios mediáticos ejercen una influencia nefasta sobre el conjunto de la vida social. Cuentan tales medios de comunicación con una expandida capacidad de modelar la conducta humana y de generar respuestas emocionales. Manejan el flujo y el contenido de la información en función del statu quo, de apabullar la disidencia, y han hecho de la manipulación sus modus operandi. Más que la mentira utilizan el engaño, las falacias, la patraña oculta entre medias verdades, y sobre todo la supresión de las noticias y otras formas de censura.
Generalmente actúan con eficacia y profesionalismo, pero con un sesgo neoliberal muy marcado en función de los grupos de poder y en complicidad con los mismos, dado que tienen con ellos interconexiones económicas y políticas (solo seis corporaciones poseen el 90% de los medios), además de que el gobierno actúa como una maquinaria informativa o desinformativa con capacidad para sentar la pauta.
El ya citado periodista Chris Hedges señala:
“Los medios de comunicación apoyan ciegamente la ideología del capitalismo corporativo. Alaban y promueven el mito de la democracia estadounidense… Prestan deferencia a los líderes de Wall Street y Washington, sin importar cuán pérfidos sean sus crímenes. Veneran servilmente a los militares y las fuerzas del orden en nombre del patriotismo…. Y llenan la mayoría de sus agujeros de noticias con chismes de celebridades, historias de estilo de vida, deportes y trivialidades. El papel de los medios de comunicación es entretener o repetir como loros la propaganda oficial a las masas. Las corporaciones, propietarias de la prensa, contratan periodistas dispuestos a ser cortesanos de las élites y los promueven como celebridades”.5
Esos grandes medios corporativos privados no solo han sido incorporados como parte del aparato ideológico del Estado, sino que también se han integrado a las luchas partidarias de la élite dominante y coadyuvan al habitual quehacer sórdido y envilecido que predomina en la política del país.
Función de primer orden les corresponde, junto a los medios de difusión (en sí mismos, un monopolio corporativo), al sistema educacional y a las universidades que son instituciones básicas del país y esencialmente instrumentos para la reproducción cultural de la sociedad y de las ideas prevalecientes – aunque puedan también servir eventualmente como centros desde donde se genere la crítica radical del sistema. Y por supuesto la llamada industria del entretenimiento que se traduce en un casi total control monopólico de las ideas, las imágenes y la información.
Gran peso tiene en ello ese portentoso sector, simbolizado por Hollywood, pero que abarca un sinnúmero de entidades y vertientes, donde se mezclan – o se deslindan – muchas creaciones artístico-culturales genuinas y valiosas, con la manipulación y la creación de mitos de los cuales está necesitado el sistema político. Es de público conocimiento que el Pentágono tiene capacidad de censura en el sector y financia muchas de sus producciones.
En ese sentido Hollywood es posiblemente el arma de propaganda más poderosa que haya existido, con capacidad de manipulación consciente de los hábitos y las opiniones de las masas, lo que en la actualidad se complementa y se multiplica a través de las vertientes de las super empresas que dominan las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones.
Las llamadas “industrias culturales” de EE.UU. resultan dominantes en el mundo y la C.I.A. ha utilizado el arte como un arma durante la Guerra Fría y hasta la actualidad. Las impresionantes y de por si atractivas y diversas creaciones culturales del más alto nivel que han surgido del pueblo estadounidense, y sus múltiples expresiones (en el campo de la música, la literatura, las artes plásticas, el cine y la televisión) han sido instrumentalizadas por los gobiernos de ese país y sus agencias de inteligencia como basamento para un extenso y costoso despliegue de influencia cultural y política a nivel global. No pocos artistas de categoría fueron utilizados involuntariamente en esa guerra cultural, para vender el ‘American way of life’ y una estrecha visión de la cultura.
La mayoría de los estadounidenses ha considerado a su país como símbolo y encarnación de la libertad. Se crea un clima de opinión favorable al statu quo, al sistema imperante o, mejor dicho: a la representación idealizada del mismo. Junto al dinero, la imagen es parte del poder corporativo. Dos tercios de los 1 700 diarios locales principales (aproximado), que representan el 80% de la circulación total son controlados por cadenas oligárquicas.
Con los métodos más sofisticados se moviliza la opinión ciudadana en favor de conceptos vacíos o se desvía su atención de las cuestiones que realmente tienen significado. Es parte de lo que algunos han llamado la ‘ingeniería del consentimiento’, la cual llega a ser calificada, incluso, como la esencia de la democracia.
(Primera parte de dos)
Notas: (…)
Fuente: https://rebelion.org/condiciones-sociales-e-institucionales-que-coadyuvan-al-control-oligarquico/
Insistamos en descubrir cuánto compartimos con los estadounidenses leyendo:
Condiciones sociales e institucionales
que coadyuvan al control oligárquico (II)
19 de noviembre de 2022
Por Fernando M. García Bielsa| Rebelión
El “todos contra todos” de la economía de mercado
Además de lo apuntado en la primera parte de este artículo el orden social establecido en Estados Unidos se estabiliza considerablemente por un sistema económico que a la larga afecta y mantiene en inseguridad a todos los trabajadores. El sistema se asienta en alto grado en la actitud del todos contra todos, tanto en un arriesgado laberinto empresarial, como en las decenas de millones que luchan por su sobrevivencia individual y por mantener sus puestos de trabajo o de quienes se encuentran endeudados, bajo el peso de obligaciones económicas que fueron reforzadas con las tarjetas de crédito y luego a través de hipotecas.
Aunque se reconoce la existencia de altos niveles de vida, según encuestas, el 78% de los ciudadanos dice vivir al día, ajustados a lo que cada vez reciben en sus salarios; mientras tanto solo un 26% de ellos tiene ahorros. Hoy, más de 100 millones de estadounidenses viven con deudas médicas por un total de casi $200 mil millones.1
Mientras los trabajadores, incluyendo sectores de las llamadas clases medias bajas, devienen más dependientes de los nuevos productos y servicios para sobrevivir de un día para el otro, mayor es la necesidad de una fuente de ingresos para pagar por ellos y menor la propensión a atender asuntos de gobierno, con lo que se aprieta aún más el agarre y dominio del capitalismo sobre sus vidas.
Como algunos han planteado, el consumismo es la forma moderna de cohecho que permite al capitalismo regular la democracia. El consumismo erosiona sobremanera el sentido de ciudadanía y, junto a las ataduras de los créditos, se ha logrado contagiar y aumentar la dependencia de vastos sectores de las clases explotadas. Más que como trabajadores, es como consumidores que los estadounidenses conforman sus juicios sobre los asuntos políticos. Muchos se ven atrapados compulsivamente tras los bienes materiales incluso superfluos, lo cual deviene en un factor más que anula los ideales sociales del individuo y lo transforma en un ser acrítico, conformista y fácilmente manejable mediante las técnicas de manipulación de masas.
Hay un irresistible atractivo por la novedad y la conveniencia, dado su creciente abaratamiento y hasta por la seducción de poseer algo que previamente era un lujo que solo los ricos se podían dar. Toda esa dependencia se hace más marcada dado que el sistema va lanzando hacia el mercado más aspectos de la vida antes marginales a la economía. La lógica del beneficio ha ido extendiéndose hacia áreas de la sociedad hasta ahora bastante respetadas (la cultura, la educación, la religión, la protección social…). Esa mercantilización de la vida se está convirtiendo en el único modo racional de afrontar la subsistencia.
Hay de hecho toda una serie de factores económicos, políticos y tecnológicos que se refuerzan mutuamente en esos sentidos, máxime cuando las propias bases de apoyo a las opciones progresistas o de cambio están atrapadas por el sistema, por el statu quo, y dependientes del mismo en sus necesidades básicas.
La sociedad estadounidense está enlazada por innumerables hilos de intereses, y los entes de poder se benefician de que, entre las ‘virtudes’ de la economía de mercado, está la capacidad de la misma para diluir la identificación de causas y responsables de los problemas.
Sumemos a todo lo anterior la fuerte tradición de “liberalismo individualista” enraizada en la conciencia y la imagen de país de oportunidades y de una supuesta movilidad social en ascenso, que se calzó sobre todo en los años del auge de post guerra y con un libreto ampliamente divulgado e interiorizado incluso por las clases bajas. Ahora bien, encuestas recientes registran una pluralidad de estadounidenses que han perdido fe en que mediante el esfuerzo y el trabajo bajo el capitalismo mejorarán sus vidas.
Otro factor a considerar es la movilidad real – en alto grado debida a la inseguridad de empleo – que frecuentemente impulsa a las personas a cambiar de medio ambiente y región, a desvincularse de sus pares, de sus raíces y limita su posibilidad de adquirir una conciencia de clase.
Como parte del declive del país en varios ámbitos, se debilitó el tejido social. Muchas organizaciones, instituciones religiosas y los sindicatos vieron desplomarse significativamente la cantidad de sus miembros. La gente se ha atomizado y se ha vuelto vulnerable.
Junto a ello está la ilusión de las soluciones individuales y el confuso concepto de las “clases medias”: vasto sector de personas – mayormente fuerza de trabajo con salarios altos–, que no quieren ni desean clasificar de otra manera, y que devienen depositarios de buena parte de la ideología del sistema y con aspiraciones y temores que los hacen fácil de manipular.
El sistema absorbe, diluye y coopta las opciones alternativas
Un elemento importante ha sido la capacidad que ha mostrado el régimen para absorber, e incluso dar cabida en su seno distorsionándolos, las demandas y movimientos en pro la igualdad y los derechos. Sectores del feminismo llegaron a insertarse y hacerse parte de la corriente prevaleciente en la sociedad, pero al propio tiempo devinieron más estrechos de miras y más bien centrados en enarbolar derechos individuales.
Los movimientos que buscaban cambiar o reformar el sistema redundaron en la inclusión de pequeñas élites, sin que el país emergiera realmente más comprometido con la igualdad formal en la esfera pública y aún menos equitativa en términos económicos, debido a los cambios efectuados hacia una mayor desregulación y libre mercado.
Consideremos también el impacto de la descentralización. Tal como se manifiesta en EE.UU., la misma oscurece y limita de hecho la apreciación de conjunto sobre la naturaleza de los problemas socioeconómicos y sociopolíticos; desvía la atención y despolitiza al ciudadano. La devolución a ciertas colectividades regionales y locales de responsabilidades organizativas y administrativas fragmentan la preocupación social y la alejan de los asuntos políticos globales y sustanciales. Como conjunto sin distinción de origen o de clases, la llamada “comunidad” disuelve los antagonismos en una multitud de pequeños problemas locales y crea la ilusión de un ejercicio directo del poder.
Por otro lado, el sistema se sostiene en el ámbito federal de un inmenso país, en el que los ataques contra algunos de sus puntos (instituciones, ideas, símbolos) no le producen gran daño a la totalidad, únicamente se forman agujeros y grietas puntuales o locales. “Para mantener la estabilidad interna solamente es menester controlar el “abanico de deseos”… de manera que no surjan grandes bloques sociales con deseos incompatibles, opuestos. La tecnología de la manipulación de la conciencia cumple esa tarea. La lucha por el grado de satisfacción de los deseos es completamente aceptable, pues no socaba la esencia de la sociedad”.2
Esa esencia de la sociedad, burguesa y elitista, fue conformada así por los llamados padres fundadores al redactar la Constitución, en la que insertaron precauciones diseñadas para fragmentar el poder sin democratizarlo. De ahí la separación entre los tres poderes y su débil sistema de límites y balances; la legislatura bicameral; las elecciones escalonadas con lo cual trataban de diluir el impacto de los sentimientos populares y las coyunturas. Asimismo el principio mayoritario fue estrechamente amarrado por un sistema de vetos de la minoría, que hacen menos probable la ocurrencia de acciones y de un curso político de matriz popular
James Madison decía que a la mayoría desposeída no se le debe permitir concertarse en una causa común contra el orden social establecido y que la unidad del sentimiento público también se evitaría aprovechando el ámbito extenso del país y el relativo aislamiento geográfico de sus comunidades.
Aquiescencia ciudadana ante una siempre cambiante colección de ‘malignos’ enemigos
El miedo a ‘los rojos’ en la guerra fría y luego ante la ‘amenaza del terrorismo’ confunde y manipula a las mayorías ciudadanas, que ‘buenamente’ han venido cediendo muchos de sus derechos.
El activista por la paz, ex parlamentario y periodista germano-israelí, Uri Avnery, recientemente fallecido, señalaba que la cultura estadounidense está basada en el mito del Oeste salvaje, el ‘Wild West’ con sus tipos buenos y tipos malos, en la justicia mediante la violencia y, dado que esa nación está compuesta por inmigrantes de todo el mundo, su unidad parece estar requerida de mostrar la amenaza de algún enemigo malvado y poderoso.
Las masivas protestas contra la guerra en Vietnam marcaron profundamente los círculos de gobierno en Washington, cuyo pánico detrás de la escena produjo el reconocimiento de que se hacía necesario hacer grandes inversiones en propaganda doméstica para asegurar el apoyo público a futuras aventuras imperiales o al menos su confusa aquiescencia. El agudo analista Robert Parry aludía (diciembre de 2014) al abarcador proyecto que se desarrolló para mantener a la gente temerosa y dócil, y para conformar lo que llaman ‘administración de las percepciones’. Y dice “Ello permite entender cuan atrapado en sí mismo se encuentra el pueblo estadounidense en una guerra contra una siempre cambiante colección de ‘malignos’ enemigos”.3
Al respecto, un papel directo lo tiene la maquinaria de propaganda del Pentágono con un presupuesto para esos fines de más de $600 millones; más que el conjunto de todas las demás agencias federales. Ellos producen cortos noticiosos, filmes, documentales y originan muchas de las noticias y el enfoque que luego aparece en la prensa comercial e incluye una capacidad de manipulación en estricta correspondencia con los objetivos de la Estrategia de Seguridad y Defensa de Estados Unidos.
Según el historiador Greg Grandin (New York University) la guerra proyectada como un ‘espectáculo’ ha contribuido a que una ciudadanía relativamente activista y preocupada por la paz y los derechos – como durante la era de Vietnam – se haya convertido en una audiencia mayormente pasiva, o sujeta a una histeria bélica.
Con posterioridad a la derrota en el Sudeste asiático, el manejo a la vez selectivo y descarnado de la información, y la dinámica entre lo secreto y lo espectacular de los hechos de gobierno – bien sean las agresiones y asesinatos extralegales con los ‘drones’ o las revelaciones acerca de la tortura y el espionaje doméstico masivo –, ha devenido casi un teatro colectivo y cínico, donde las esencias criminales son subsumidas y todo deviene un asunto “técnico” y de procedimientos.
Ello se despliega en una sociedad vulnerable a la manipulación por toda una serie de factores de carácter histórico, demográficos, económicos y políticos que permitieron aplastar las luchas obreras y han mantenido a la mayoría de la ciudadanía en un marco de apatía e individualismo, sujeta a inseguridades y temores, y con grandes segmentos marginados y/o cooptados. La manipulación de las diferencias y resentimientos raciales y anti inmigrantes coadyuva a relegar la identificación de clase e impedir la confluencia entre los oprimidos o los desafectos.
Gracias al continuo legado de la institución de la esclavitud, la maligna y perniciosa ideología y prácticas de “supremacía blanca” inhibe la cohesión social entre la población del país.
Mientras, infinidad de conflictos políticos se canalizan y diluyen por medio de legalismos, dilaciones y enrevesados procedimientos judiciales, afectados por el soborno creciente y el poder del dinero. Es específicamente estadounidense la forma en la que la institución judicial interviene en la vida política de los ciudadanos y actúa en función de vaciar los conflictos de su contenido político. A través de toda una serie de manipulaciones, muchas luchas y problemas económico-sociales, selectivamente, son transformados en casos criminales.
Predominio y alternancia entre dos partidos oligárquicos
Ha quedado establecido convincentemente que, por el financiamiento oligárquico ilimitado de las campañas, las elecciones están compradas en buena medida, tanto para el Congreso como para la presidencia, y que también son predecibles y viciadas las decisiones que luego adoptan la gran mayoría de los funcionarios electos de esa manera.
Según señala Noam Chomsky, muchos y muy serios estudios académicos acerca de la relación entre las actitudes de la gente y las políticas públicas demuestran que “para la formulación de éstas importa bien poco lo que el público piensa”. El 70% de las personas de más bajos ingresos en alto grado “están carentes de capacidad de ser tomados en cuenta. Sus actitudes no tienen influjo sobre las políticas y posiciones de sus propios representantes”. La influencia aumenta según la escala de ingresos.4
Un bien fundamentado estudio, por ejemplo, es el desarrollado por los reconocidos científicos Martin Gilens (Princeton) y Benjamin Page (Northwestern University). De acuerdo a sus conclusiones “los ciudadanos ordinarios virtualmente carecen de ascendiente alguno sobre lo que hace el gobierno de Estados Unidos”. Luego de examinar datos relacionados con más de 1,800 iniciativas políticas diferentes de finales del siglo XX y principios del XXI, Gilens y Page llegaron a la conclusión de que las élites adineradas y bien conectadas son las que consistentemente dirigen el rumbo del país, al margen de y en contra de los deseos de la mayoría, y sin importar cuál de los dos principales partidos tenga el control de la Casa Blanca o del Congreso.5
Es característico de la política en el país su fragilidad estructural y su volatilidad emocional. El propio sistema electoral manipulado y de limitadas opciones ocasiona el desenfoque y desmovilización periódica de los sectores progresistas, que en los años de elecciones – y en el período preelectoral – son empujados a enfilarse y apuntar sobre los ‘síntomas’ de la política, los temas de la coyuntura, la agenda que dicta el sistema, y no sobre la estrategia y las sustancias de la lucha.
En síntesis, los últimos años se han incrementado las desigualdades, se evidencian serias fracturas sociales y se ha producido un marcado descredito de las instituciones. Hay una multiplicidad de conflictos y grupos que presionan por sus demandas, incluyendo actos de violencia organizada, todo lo cual deviene en fuente permanente de tensiones estructurales. Sin embargo, finalmente, hasta ahora, casi todo se canaliza dentro de los causes del sistema, en marcos institucionales o semilegales, sin que tal descontento se convierta en una real alternativa política fuera del desprestigiado sistema bipartidista.
Fuente: https://rebelion.org/condiciones-sociales-e-institucionales-que-coadyuvan-al-control-oligarquico-ii/
Bloqueo de la lucha de clases
Subrayemos que la creencia mayoritaria en la democracia y las leyes vigentes es fundamental para eludir la evidencia sobre la actual barbarie del acaparamiento de territorio ejecutando el exterminio de los palestinos (en extensión al Líbano) con apoyo integral de la oficializada como Comunidad Internacional. Homar Garcés (en Rebelión 8/06/2026) nos advierte:
(…) En el horizonte mundial comienza a delinearse el control de los monopolios corporativos sobre las naciones y las instituciones del Estado, con Estados Unidos sirviendo de vanguardia, con la finalidad principal de brindarle un mayor margen de acción y de ganancias exorbitantes a sus empresas, sin intervencionismo estatal que las regule. (…)
Sin más ideología que la basada en el autoritarismo y el odio hacia todo lo que represente progresismo, cambio o revolución, sus representantes quieren imponer una visión del mundo, ajustada a lo que sería la lógica del capitalismo neoliberal en su versión más extrema; para lo cual no dudan en destruir los cimientos de la democracia liberal que ha perdurado desde el estallido de la Revolución Francesa de 1789 y plantean el surgimiento de un nuevo orden mundial, reemplazando al instituido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la Organización de las Naciones Unidas.(…)
Constatemos que defensa y recuperación de territorio por la nación mapuche nos interpela abajo y a la izquierda a asumir la unión de las luchas por justicia social con las socioecológicas en base a significar los respectivos territorios de vida y de trabajo. Sin embargo, es imperativo que tanto las primeras como las segundas hagan el viraje desde su actualidad de exigir a instituciones en vigencia hasta la confrontación con el Capital y su Estado conforme expanden la comunalización territorializada y confraternal.
El pueblo mapuche no se rinde
13 de junio de 2026
Txema García / Rebelión
Hay pueblos y territorios sobre los que la Historia parece avanzar siempre con botas militares. El Wallmapu —el territorio ancestral mapuche extendido entre el sur de Chile y Argentina— es uno de ellos. Desde hace más de cinco siglos distintos poderes han ido cambiando de bandera, de himno, de uniforme y de lenguaje, pero no de objetivo: apropiarse de la tierra, extraer sus riquezas y convertir en mercancía todo aquello que para el pueblo mapuche nunca lo fue.
Primero llegó el imperio inca que les intentó conquistar. Luego, la espada y la cruz de la corona española. Después los ejércitos republicanos. Más tarde el ferrocarril, las grandes haciendas, las empresas forestales, las petroleras, las hidroeléctricas y ahora el capitalismo verde disfrazado de transición energética. El extractivismo cambia de rostro, pero rara vez cambia de lógica.
Y, sin embargo, el pueblo mapuche sigue ahí. Esa es quizá la primera cuestión que incomoda al poder desde hace siglos: los mapuches nunca desaparecieron. Ni siquiera fueron completamente conquistados por el Imperio español. Mientras gran parte del continente americano caía bajo dominio colonial, los mapuches resistieron durante siglos al sur del río Biobío. Frente a esa resistencia mapuche, la monarquía española tuvo que firmar parlamentos y tratados con ellos reconociendo de facto una cierta autonomía territorial. No eran una nota al pie del Imperio. Eran un problema militar, político y territorial permanente.
Y quizá precisamente por eso las jóvenes repúblicas de Chile y Argentina decidieron más tarde completar lo que la Corona española no había conseguido terminar. Lo hicieron, además, en nombre de palabras solemnes: progreso, civilización, nación y modernidad.
La historia latinoamericana está llena de ironías sangrientas. Mientras las nuevas élites criollas proclamaban libertad frente al colonialismo europeo, emprendían simultáneamente campañas militares brutales contra los pueblos indígenas que obstaculizaban la expansión del nuevo capitalismo agrario y la construcción de los Estados nacionales. En Chile aquello recibió un nombre extraordinariamente perverso: “Pacificación de la Araucanía”. Pacificación. Como si la ocupación militar, el desplazamiento forzoso, el robo de tierras y la destrucción sistemática de comunidades enteras pudieran describirse con un lenguaje administrativo casi higiénico.
En Argentina el proceso se llamó “Conquista del Desierto”. Otro prodigio del lenguaje colonial. Porque el desierto nunca estuvo vacío. Había pueblos viviendo allí desde siglos antes de la llegada de los estados dictatoriales a los que llaman modernos. Había cultura, espiritualidad, comercio, memoria y formas complejas de organización comunitaria. Lo que realmente había que “desertizar” era la presencia indígena para abrir paso a millones de hectáreas destinadas al gran latifundio ganadero y al negocio agroexportador.
La modernidad latinoamericana se construyó muchas veces sobre esa paradoja brutal: llamar progreso a la eliminación del otro. Desde entonces el territorio mapuche se convirtió en una gigantesca zona histórica de sacrificio. Primero fue la tierra fértil. Después la madera. Más tarde las represas hidroeléctricas. Luego el petróleo y el gas. Ahora los monocultivos forestales y el turismo de lujo.
Cada época trae su vocabulario económico de moda, pero el mecanismo profundo permanece intacto: extracción de riqueza hacia afuera y desplazamiento de comunidades hacia los márgenes. Porque el extractivismo no consiste solamente en sacar recursos naturales de un territorio. Consiste también en extraer dignidad, memoria, autonomía y capacidad de decisión a quienes habitan ese territorio. Y el Wallmapu lleva siglos funcionando como un laboratorio perfecto de esa maquinaria.
Hoy el pueblo mapuche constituye el grupo indígena más numeroso tanto en Chile como en Argentina. Se calcula que más de dos millones de personas se reconocen como mapuches entre ambos países, aunque las cifras varían según censos y criterios de autoidentificación. Su presencia se extiende desde la región chilena de la Araucanía hasta amplias zonas de la Patagonia argentina, incluyendo provincias como Neuquén, Río Negro y Chubut.
Pero reducir el conflicto mapuche a un asunto étnico o identitario es una simplificación interesada. Lo que existe allí es una disputa mucho más profunda sobre el significado mismo del territorio. Para el modelo económico dominante, la tierra es un recurso explotable, divisible, privatizable y rentable. Para buena parte de la cosmovisión mapuche, en cambio, el territorio no es una mercancía sino una continuidad espiritual, comunitaria y ecológica de la vida. El río, el bosque, los cerros y los animales no forman simplemente parte de un paisaje explotable: forman parte de una red viva de relaciones donde el ser humano no ocupa necesariamente el centro absoluto.
Y esa diferencia filosófica resulta profundamente subversiva para un capitalismo que necesita convertirlo todo en activo económico. Por eso el conflicto nunca desaparece. Solo cambia de formato. En Chile, enormes empresas forestales han sustituido bosques nativos por millones de hectáreas de monocultivos de pino y eucalipto destinados a la industria maderera. Allí donde antes existían ecosistemas biodiversos y fuentes naturales de agua, hoy sobreviven territorios empobrecidos hídricamente y comunidades arrinconadas.
En Argentina, el avance del fracking en Vaca Muerta ha impactado directamente sobre territorios mapuches en Neuquén. La promesa oficial vuelve a ser la misma de siempre: desarrollo, empleo, progreso energético, modernización nacional. Pero bajo esas palabras reaparece el viejo mecanismo colonial: territorios indígenas convertidos en zonas sacrificables para alimentar mercados globales.
El subsuelo genera riqueza. Las comunidades absorben el impacto. Y cuando esas comunidades protestan, recuperan tierras o cuestionan el modelo extractivo, entonces el lenguaje vuelve a activarse. Ya no se habla de pueblos originarios sino de “grupos violentos”, “radicalizados”, “terroristas” o “enemigos internos”.
La criminalización del pueblo mapuche constituye una de las grandes operaciones políticas y mediáticas de las últimas décadas tanto en Chile como en Argentina. Las imágenes se repiten: militarización, allanamientos, niños aterrorizados en comunidades rurales, dirigentes perseguidos judicialmente, campañas mediáticas construyendo enemigos funcionales para justificar la represión.
El asesinato en Chile en 2018, de Camilo Catrillanca, comunero mapuche asesinado a sus 24 años de un tiro por la espalda perpetrado por fuerzas policiales simbolizó para muchos esa violencia estructural del Estado sobre el pueblo mapuche. En Argentina, la desaparición y muerte en 2017 de Santiago Maldonado, un joven de 28 años, que era un artesano solidario con la causa mapuche u cuyo cadáver fue encontrado en el río Chubut 77 días después de su desaparición (los gendarmes implicados en su desaparición fueron sobreseídos) son solo dos pequeñas muestras de la feroz represión que enfrenta este pueblo. O la más reciente del pasado mes de mayo de la muerte atropellado por un camión de Álvaro Quinchanao Hueche, activista mapuche durante “una acción de resistencia y sabotaje en contra de la industria forestal”.
Lo que revela todo esto es hasta qué punto el conflicto territorial se ha convertido en una batalla por el relato público. Porque el verdadero objetivo no consiste solamente en controlar territorios. Consiste también en controlar la legitimidad moral de quienes los defienden. Por eso resulta tan importante construir la imagen del mapuche como amenaza.
El capitalismo extractivo necesita enemigos internos que expliquen cualquier obstáculo al crecimiento económico. Necesita presentar toda resistencia como irracionalidad, atraso o extremismo. Y necesita hacerlo porque en el fondo sabe algo incómodo: que las comunidades indígenas cuestionan precisamente la lógica profunda sobre la que se sostiene el modelo.
No discuten solamente un proyecto forestal o petrolero concreto. Discuten la idea misma de que la naturaleza exista únicamente para ser explotada. Y ahí reside quizá el núcleo más importante de todo este conflicto histórico. Porque mientras el mundo habla de crisis climática, transición ecológica y sostenibilidad, los pueblos indígenas llevan siglos advirtiendo exactamente sobre eso mismo: que una civilización construida sobre la destrucción ilimitada del territorio termina destruyéndose también a sí misma.
Pero incluso ahora, en plena emergencia climática global, el sistema parece incapaz de abandonar su pulsión extractiva. Solo la maquilla. La fiebre del litio, por ejemplo, se presenta hoy como parte imprescindible de la transición energética mundial. Sin embargo, muchas de esas explotaciones vuelven a instalarse sobre territorios indígenas y ecosistemas extremadamente frágiles. El colonialismo fósil amenaza con transformarse simplemente en colonialismo verde. Cambian las fuentes de energía. No necesariamente las relaciones de poder.
Mientras tanto, decenas de miles de mapuches sobreviven entre la precariedad rural, la migración urbana, la discriminación histórica y la pérdida constante de territorio cultural y material. Porque el extractivismo no destruye únicamente ecosistemas. También fragmenta comunidades, rompe lenguas, desplaza memorias y erosiona lentamente formas enteras de entender la vida.
Y aun así, el pueblo mapuche continúa resistiendo. Resiste en las recuperaciones territoriales. En el mapudungun enseñado a los niños. En las ceremonias espirituales. En las mujeres que sostienen comunidades enteras. En los jóvenes que migran a ciudades hostiles sin dejar de reivindicar su identidad. En quienes siguen defendiendo que el territorio no puede reducirse a una cifra de rentabilidad.
Tal vez por eso el conflicto mapuche incomoda tanto. Porque obliga a formular una pregunta que el capitalismo contemporáneo preferiría evitar: ¿cuánto territorio necesita destruir una sociedad para seguir llamándose civilizada? Quizá ahí, precisamente ahí, reside la verdadera disputa histórica. No entre civilización y barbarie, como durante siglos intentaron hacernos creer las élites latinoamericanas, sino entre dos modelos radicalmente distintos de relación con la tierra.
Uno entiende el planeta como almacén de recursos. El otro como espacio vivo del que el ser humano forma parte. Y mientras esa contradicción siga abierta, el Wallmapu continuará siendo mucho más que un conflicto local. Seguirá siendo uno de los grandes espejos incómodos de nuestro tiempo.
Desde Euskal Herria, pueblo que conoce en su propia carne lo que significa defender una lengua, un territorio y una identidad frente a quien pretende borrarlos, no podemos permitirnos el lujo de mirar hacia otro lado. La solidaridad con el pueblo mapuche no puede ser un gesto protocolario o una declaración de buenas intenciones firmada en un acto cultural. Tiene que ser concreta: apoyar a organizaciones mapuche para darlas visibilidad, exigir a nuestras instituciones que nombren públicamente a los más de ciento cincuenta presos políticos mapuche, presionar a las empresas española, francesas y vascas que operan en sus territorios y abrir los medios de comunicación a sus voces. Los pueblos que no se solidarizan con quienes luchan por lo mismo que ellos no merecen llamarse libres.
Txema García, periodista y escritor
Fuente: https://rebelion.org/el-pueblo-mapuche-no-se-rinde/
Reparemos en otro fundamental bloqueo a la lucha de emancipación social que realizan desde décadas las izquierdas electoraleras. Responde, creo, ante todo a su rechazo de la autocrítica y de estudio del presente como complejo de procesos contextualizados del país y del mundo.
“Abajo el gobierno” y la toma del poder por la clase obrera
12 de junio de 2026
Rolando Astarita
En una nota anterior sostuvimos que el acceso de los socialistas al gobierno (al poder Ejecutivo) no es sinónimo de la toma del poder por la clase obrera (aquí). En esta nota ampliamos el argumento, poniendo la atención en la consigna de “Abajo el Gobierno” (“Fuera Milei”), y la convocatoria a constituir comités de apoyo a Myriam Bregman y al FIT-U.
La consigna “Abajo el Gobierno”
Los partidos que integran el FIT-U están levantando, como consigna central para la movilización y organización de las masas, la consigna de “Fuera Milei”. Parece casi de sentido común, dado el carácter ferozmente anti-obrero del gobierno de LLA, el estancamiento económico, el descontento y el abismo de miseria y degradación al que están sometidas las masas. Pero el asunto no es tan simple, exige cierta reflexión. Es que habitualmente el recambio en la cabeza del Poder Ejecutivo actúa de conveniente fusible para la continuidad del Estado y del modo de producción capitalista. Nuestra historia reciente es ilustrativa: a la caída de Alfonsín le siguió el gobierno de Menem. A la caída de Menem le siguió De la Rúa. A la caída de este le siguieron Duhalde y Kirchner; a CFK le siguió Macri; a Macri el gobierno de Alberto Fernández y de nuevo CFK; a estos, Milei. En todos los casos la izquierda agitó el correspondiente “fuera el gobierno”. Pero no por eso el movimiento obrero avanzó en conciencia de clase u organización.
De hecho, los recambios en el Ejecutivo sirvieron para recrear esperanzas que desembocaron en nuevos callejones para las masas.
Dinámicas parecidas han ocurrido a nivel de las provincias. Tal vez el caso más significativo sea lo ocurrido en Jujuy, en los 1990. Las luchas de los empleados municipales y del pueblo jujeño, bajo la dirección del combativo Perro Santillán, provocaron la caída de varios gobiernos provinciales, sin que surgiera por ello alguna alternativa superadora. También lo podemos ver en algunos países de la región: en Ecuador hubo 12 presidentes en los últimos 30 años. Peor en Perú: desde 2000 a junio 2026 fueron 12.
De nuevo, los recambios en el Poder Ejecutivo funcionaron como válvulas de seguridad del régimen. También en Bolivia hoy está planteada la posibilidad de que las movilizaciones contra el gobierno de Paz sean canalizadas hacia un recambio en las alturas para que nada cambie sustancialmente. (…)
La cuestión central
El tema, pues, es con qué reemplazar al gobierno al que se llama a derrocar. En otros términos, no basta con decir que los socialistas están en condiciones de gobernar. En particular, la relación entre un ejecutivo socialista y el aparato del Estado es crucial. Nunca se insistirá lo suficiente en que un gobierno “obrero y socialista” que conviva con el aparato estatal burgués y la economía capitalista no es un gobierno “obrero y socialista”, sino un gobierno “obrero capitalista”. Y en ese caso, continuará imperando la mecánica del recambio del fusible “poder Ejecutivo”. Por eso no basta con poner el término “trabajadores” para definir el carácter de clase de un eventual gobierno de Bregman y asociados. La diferencia ente un gobierno obrero revolucionario y un gobierno obrero-burgués es programática, estratégica. Lo que cuenta es qué medidas se toman contra el Estado burgués (las fuerzas armadas en primer lugar), y cómo se genera y desarrolla el poder obrero, básicamente los consejos, los comités de fábrica, o alguna forma similar de organización. (…)
Cuestiones que habría que aclarar
La convocatoria a conformar comités unitarios de apoyo a Bregman y el FIT-U está atravesada por polémicas, prácticas sectarias y algunos importantes malentendidos.
Un primer problema es que no se debe confundir un frente unido por reivindicaciones elementales, de lo que son comités de apoyo a un partido, o a un Frente de partidos, como es el FIT-U (un frente de cuatro organizaciones trotskistas). Para explicar lo que queremos decir, tomamos el caso del activismo y la militancia obrera del Garrahan. Los trabajadores están siendo atacados por el gobierno de Milei. Ante esa situación, lo fundamental es unir fuerzas. O sea, se impone reunir y organizar a los trabajadores que coincidan, al margen de diversas posturas políticas e ideológicas, en el objetivo de frenar la ofensiva reaccionaria y anti-obrera. Todo aquel que esté dispuesto a dar esa pelea debe ser bienvenido a la unidad de acción, al frente obrero. Por eso, es un error sectario llamar, como hacen algunos dirigentes, a formar comités del FIT-U para encarar esa lucha. Un comité del FIT-U agrupa a los que están de acuerdo con el programa trotskista (al menos en sus posiciones fundamentales). El Frente Único obrero, en cambio, reúne a los trotskistas y no trotskistas que estén dispuestos a luchar por las demandas que unifican.
En segundo lugar, es preciso aclarar que los comités en apoyo al FIT-U no sustituyen a los consejos (soviets) y demás organismos de doble poder de masas. Estos históricamente han surgido como expresión de la voluntad de la clase obrera. No pueden ser el resultado de una construcción “desde arriba”, y menos cuando se lo intenta hacer desde organizaciones o partidos minúsculos.
En tercer lugar, habría que precisar qué se entiende por comités “unitarios”. En el caso del FIT-U, lo “unitario” para el PTS parecen ser las reuniones y actos de sus militantes y de los simpatizantes de Bregman, conducidos por los dirigentes del PTS. En cambio, lo “unitario” para PO e IS parecen ser los comités integrados por quienes adhieren, o simpatizan, con el programa del FIT-U.
En cuarto término, es necesario clarificar qué rol tiene la consigna “Fuera Milei” en relación a las tácticas y actividades inmediatas. Planteamos el tema a partir de lo ocurrido con la manifestación del 10 de junio contra los cierres de empresas y despidos. Es que, según informó Prensa Obrera (PO) esta movilización fue organizada por un Plenario Obrero convocado a partir de la asamblea general del gremio del Sutna (neumático). O sea, la parte más consciente y avanzada del movimiento obrero. Sin embargo, la demanda “Fuera Milei” –siempre ateniéndonos a lo que informa PO-, no figuró en la convocatoria.
Para terminar, una reflexión sobre simpatías y lucha de clases
La actualidad de las discusiones en torno a los comités de apoyo al FIT-U y la eventualidad de un salto en el plano electoral tienen por sustrato la simpatía que despierta Myriam Bregman en buena parte de la ciudadanía. Las encuestas la ponen entre los dirigentes de mejor imagen positiva. Esta ubicación de Bregman ha llevado a algunos militantes del FIT-U a decir que podría estar produciéndose un giro a la izquierda de las masas que tradicionalmente han votado al peronismo.
Pues bien, lo primero a advertir es que, a la luz de la experiencia histórica, habría que ser prudentes en estas caracterizaciones. Después de todo, ya en 1946 Victorio Codovilla, del PC, hablaba del giro a la izquierda de las masas peronistas, y desde entonces el dictum se repitió en las más variadas circunstancias. Pero por otra parte, y más importante, es necesario reflexionar acerca del contenido político e ideológico de las simpatías no socialistas por una candidata socialista. Lo explicamos con un ejemplo: cuando Bregman y el PTS salieron a defender, con argumentos “antiimperialistas” a CFK (Cristina no es chorra y corrupta sino una víctima de Trump y Washington), los militantes kirchneristas aumentaron su simpatía por la candidata del FIT-U. La cuestión sin embargo es ¿esos militantes nacionales y populares giraron a la izquierda, o son Bregman y el PTS los que giraron hacia el peronismo izquierdista? ¿Cuál es el contenido de clase de esos “giros”? Preguntas similares pueden suscitarse en torno a otros temas. Por ejemplo, en relación a los sectores del peronismo que se sienten interpretados por el discurso de los trotskistas que llaman a defender la industria nacional; o que se identifican con las “soluciones en píldoras reformistas” del tipo de las propuestas de Sobrero.
Vinculado a esta cuestión está la caracterización de la lucha de clases. Nuestra idea es que, por ahora, estamos lejos de algo que se acerque siquiera a una situación revolucionaria (o prerrevolucionaria). En relación a la profundidad del ataque que se está desarrollando contra la clase obrera y los sectores populares, la respuesta ha sido débil, por no decir extremadamente débil. Las luchas son defensivas, en su mayoría contra los cierres de empresas y los despidos. La baja de salarios y jubilaciones, el aumento de la precariedad e informalidad laboral, el ataque a la salud y la educación públicas, la ofensiva contra el derecho de huelga, para citar solo algunos de los ítems principales, no han encontrado, por ahora, resistencia seria. Se evidencia incluso en el bajo cuestionamiento a las direcciones sindicales burocráticas por parte de las bases. No negamos que esto pueda cambiar en un futuro más o menos cercano, pero el hecho es que, por ahora, no ha ocurrido.
Para bajar el documento: https://docs.google.com/document/d/1lXTH9FLQbfk_7xJnmApM6sRR7JUp07ANLolF5wRMD9w/edit?usp=sharing
Fuente: https://rolandoastarita.blog/2026/06/12/abajo-el-gobierno-y-la-toma-del-poder-por-la-clase-obrera/
Alternativas emancipatorias
Reflexionemos sobre el proceso histórico de Colombia para situarnos como en el gobierno progresista de Gustavo Petro suceden:
Elecciones, crisis y salida de la crisis
11 de junio de 2026
Por Edgar Fernández | Rebelión
La forma álgida del debate electoral en el país se asocia directamente a los fracasados intentos por salir de la crisis estructural que se viene arrastrando, cuando menos, desde inicios de los ochentas. Debido a su profundidad, la salida no se resuelve nombrando un nuevo partido en la presidencia, o con algunas transformaciones en el régimen político, aunque tales cambios parecen apuntalar las apuestas en una dirección específica. Aún con esto, algunos procesos electorales son entendidos como eventos definitorios, y en consecuencia se disputan con exacerbada pasión.
Para ilustrar estas afirmaciones, nos aventuramos a un rápido recorrido por cuatro grandes momentos de la historia republicana y sus procesos políticos, para señalar cómo el régimen de tipo ultraconservador se ha renovado y ajustado, de tanto en tanto a las necesidades de la acumulación de capital, y desde allí ubicar la identidad entre el trumpismo y la campaña de Abelardo De la Espriella.
- Los “orígenes”: la crisis de fines del XIX
Hacia mediados del siglo XIX la muy joven república de Colombia se orientó por el cauce liberal radical, dando lugar a una organización política altamente descentralizada. Tal orden encuadraba con la producción agropecuaria para la exportación, realizada en las grandes haciendas donde imperaba la “ley gamonal del fuete”. Pero vino la crisis mundial de los ochenta, cayeron las exportaciones y el tinglado interno se desbarajustó.
La salida llegó de mano de las formas conservadoras, que lograron una recentralización del orden político en nombre de “dios, la patria y el orden”. Tales ideas se plasmaron en la Constitución de 1886 donde el catolicismo se elevó a valor ordenador de la sociedad, en torno al cual debía girar la familia, la educación y la economía; más o menos en el mismo orden que actualmente defiende De la Espriella. Es decir, se era profundamente conservador y retrógrado en términos culturales y políticos, pero liberal en términos de comercio, aun cuando al Estado se le adjudicaba cierta función para propulsar la economía hacia un capitalismo todavía esquivo para el “país”.
La victoria de los conservadores y su hegemonía política perduró hasta 1930, aaunque la construcción de país todavía debía pasar por el desangre de múltiples guerras, entre ellas la de los Mil Días, punto en el cual los liberales radicales fueron definitivamente derrotados.
- Liberales vs conservadores: 2.0
La crisis mundial que se inició en 1929 y se extendió en los primeros años de los treinta, vino a facilitar el cambio en el puesto de mando. Sin embargo, también fue apuntalada por la profunda crisis moral y política de los conservadores, quienes para sostenerse no dudaban en realizar masacres en masa, como lo hicieron en 1928 en las bananeras. Pero además, ese cambio vino empujado por un capitalismo industrial creciente, que reclamaba un espacio y en especial formas de apoyo para consolidarse, vertiente que fue bien interpretada por los liberales, que ya habían hecho su curso de moderación en las dos décadas pasadas.
De esa manera, desde lo económico, las clases con poder se identificaban en la urgencia de consolidar el capitalismo, pero se diferenciaban sobre cuál debía ser el soporte principal para facilitarla: el libre comercio externo y la vieja hacienda o la industria manufacturera orientada al consumo interno. La disputa entre las dos visiones de las élites se extendió durante las siguientes dos décadas, presentándose bajo sus ropajes culturales y políticos como una lucha de vida o muerte entre: conservadores amantes de la constitución, del orden y de Dios o, los liberales-masones y comunistas. Insignes representantes de los partidos fueron Laureano Gómez y Alfonso López Pumarejo, en su orden, quienes hilvanaron ardorosos discursos, que al tornarse creencia entre las masas terminaron en violencia desenfrenada.
Laureano siempre fue un vehemente defensor de una ideología que podría resumirse en la fórmula: Dios, patria, familia, orden y Estado, es decir, fiel escudero de los “valores fundacionales” de la Constitución de 1886. Bajo tales fundamentos se identificó a plenitud con la dictadura de tipo fascista de Francisco Franco en España (1936-1975), en medio de la cual literalmente se “destripó a la izquierda”, mediante la cárcel, la tortura y asesinato descarado de más de 300 mil militantes de izquierda, alentando incluso prácticas totalmente vejatorias en su contra. Es decir, actuó en nombre de su tradición, y gobernó en consecuencia sosteniendo en una mano el crucifijo, mientras con la otra enterraba el puñal.
Y no recordamos esto en vano, porque Laureano en su posición de anticomunista promocionó las bandas de pájaros o paramilitares. Una herencia cultural y política legada como padre a Álvaro y Enrique Gómez, y pareciera que también como abuelo a Enrique Gómez Martínez, jefe político de Abelardo De la Espriella, quien en forma directa está promocionando el resurgimiento del paramilitarismo, al plantear que los reservistas entren a funcionar como bandas de choque y control en varias áreas y temas en el país.
Por su lado, en López Puramejo se encarnó, por así decirlo, la necesidad del reformismo progresista del momento, a través del cual la burguesía industrial se abrió paso en el país. Se le recuerda tanto por las tibias reformas de los años treinta, como por haber reculado en pleno, ante el ataque de los conservadores en 1936. Petro, no pocas veces, se ha parangonado con Pumarejo, en especial cuando ha afirmado que el país requiere más capitalismo, frase en la cual sintetiza su progresismo.
Nótese entonces, que en el comparativo entre perspectivas y personajes pareciera levantarse una especie de paradoja temporal o histórica. No es que el país lleve varias décadas que no logra mirar hacia adelante, sino que, por el contrario, como los cangrejos avanza políticamente y culturalmente hacia atrás, en su creciente aturdimiento por lograr una salida a su crisis.
- La crisis en curso y su postergación
La crisis actual tiene sus raíces temporales en los inicios de los ochentas, cuando se “fundió” el motor de impulso capitalista que fue la industria manufacturera. Desde entonces, el capitalismo descansa cada vez más en formas cuasi-parasitarias que sostienen la ganancia mediante modalidades asociadas a la superexplotación de la mano de obra y de las potencias naturales: narcotráfico, contrabando, explotación petrolera, minería, construcción, ganadería y agricultura extensivas. Todas estas actividades se apalancan en la apropiación privada del presupuesto nacional, lo cual debe entenderse en una doble vía. Por un lado, la evasión y elusión de impuestos (100 billones) y la corrupción directa sobre el presupuesto de gasto (50 billones). Por otro lado, el acceso privilegiado a negocios como salud (100 billones aanuales), pensiones (45 billones aanuales) y el servicio bancario de la deuda pública (110 billones aanuales), sin contar el acceso privilegiado a otros contratos con el Estado.
Es decir, ante la ausencia de un capitalismo competitivo y vigoroso, ha sido bienvenido un capitalismo rentista, de élites, mafias, politiqueros y paracos. Se trata de una forma retrógrada que logra sostenerse, a su manera, mediante su anclaje en la política. Por eso la disputa electoral se convierte en una cuestión de vida o muerte para algunos sectores capitalistas, especialmente aquellos que dependen de esas rentas.
- La constituyente neoliberal
La crisis era más que evidente a fines de los ochenta, de modo que, tras una pugna encarnizada con tres candidatos asesinados -dos de ellos de izquierda (Jaramillo y Pizarro)-,las fuerzas se “decantaron” por la salida de ultraderecha, en cabeza de Gaviria. “Curiosamente” como parte de la salida de la crisis se desarrolló la constituyente, de la que en forma mágica brotó una Constitución neoliberal. Se dijo que con ella, el Estado se adaptaba y modernizaba supuestamente mirando al futuro, cuando en realidad sólo se reencauchaban las viejas reglas del libre comercio del siglo XIX.
En el discurso justificador se afirmó que la economía es sinónimo de competencia, por tanto, no debía ser estorbada con criterios normativos o de ética. Es decir, que los negocios son negocios y en ellos sólo importa la ganancia, con lo cual sus impactos sobre la pobreza o empleo son más bien colaterales. Además, se impuso ideológicamente como norma que el Estado es ineficiente y por tanto impede el sano crecimiento de la empresa privada. En consecuencia, debía reducirse lo máximo posible, implicando el cierre de ministerios y la venta a precio de sus empresas.
Fue así que, a cuenta de modernizar y salir de la crisis, extensas propiedades de la nación fueron saqueadas y entregadas a precio de ganga al capital privado. Empresas del sector eléctrico, de la minería, salud, pensiones, educación, tierras, comunicaciones o banca fueron el botín con el que se sostuvo temporalmente la élite capitalista nacional o extranjera. Lo triste es que la magia del neoliberalismo no hizo más que acentuar la crisis, presentando entre 1998 y 1999 su peor racha, mientras en medio de ella varios cientos de miles de familias perdieron sus ahorros y viviendas.
En ese contexto, la medicina de choque -que ya era evidente que estaba acelerando la muerte y sufrimiento del paciente- vino a ser reduplicada bajo el reforzamiento de la ultraderecha, mediante la forma del uribismo, que en la práctica era una nueva versión de laureanismo. Bajo el paraguas de la seguridad democrática se prometió acabar la guerra en cien días, no obstante, ocho años después la guerra continuaba siendo una realidad inocultable. Siendo eso sí, uno de los resultados centrales que se afectaron sensiblemente fueron los derechos de los trabajadores, diezmados a fin de incrementar las ganancias capitalistas. Ese cambio drástico fue posible mediante la extensión de los paramilitares y los falsos positivos, que impusieron el nuevo orden bajo la ley la motosierra y el fusil.
Curiosamente esta vez la medicina parecía obrar tal como lo predicaban los ideólogos de la economía, a pesar de que el procedimiento consistía en mutilar al paciente. No obstante, sólo se trató de una casualidad que respondía a una coyuntura internacional, por cuanto los precios de las materias primas presentaron un tremendo ciclo de crecimiento favorable en sus precios. Así, durante 2003 a 2014 pareció que la crisis era cosa del pasado y que la fórmula de la prosperidad era: neoliberalismo + paramilitares.
- El rebrote de la crisis
Tratándose de salud existe cierto miedo al rebrote de una enfermedad, en tanto que las medicinas ya no obran en el cuerpo como antes. Esto fue lo que sucedió en el periodo 2015-2019, cuando volvió a ser evidente que la crisis apenas se había paliado mediante la baja los salarios y con los altos precios de las materias primas. Sin más saber e inventiva, la burguesía se mantuvo aplicando las viejas fórmulas, incluso en el difícil periodo de la pandemia.
Fue así que el cúmulo de problemas reventó con toda su fuerza en las protestas de 2019 y 2021, en tanto los costos fueron cargados con más saña sobre las condiciones de vida del proletariado y demás sectores populares. El hartazgo se hizo protesta, y la protesta se transformó en propuesta de cambio; en una agenda que planteó reformas sustantivas y transformadoras en áreas cruciales como empleo, pensiones, salud, educación, tierras, alimentos, energía y medio ambiente. De este hilo, por así decirlo, es que se colgó en forma oportuna Petro, convirtiéndola en su progresismo de factura liberal, la que fue puesta en la escena política como si se tratará de una alternativa realmente factible como salida a la crisis.
Entre fines de 2022 y 2023, esa iniciativa pareció tener ciertas probabilidades de avance, cuando parte de la gran burguesía dio señas de ceder en sus ventajas, ante el temor de que el país se encaminara hacia transformaciones radicales. Pero, a poco que el movimiento social cedió en sus formas de lucha y fue domesticado para esperar que los cambios provinieran del Congreso, en esa misma medida fue creciendo el reacomodo de la burguesía y su ultraderecha.
De aquí, que en principio sólo impusieron recortar las aspiraciones de reformas, luego avanzaron a imposibilitarlas, y desde allí se lanzaron a cercar y quebrantar al mismo gobierno progresista, con lo cual reprodujeron la misma fórmula que le habían aplicado a López en 1936. Con ello, el resultado ha sido que la crisis sólo tendió a crecer y expandirse, pero ahora ventajosamente la ultraderecha encuentra la oportunidad de endosársela al gobierno progresista, toda una lobotomía social que pretende presentar los problemas como si vinieran de hace cuatro años.
- La actual disputa
Es así, que la crisis sólo se ha postergado y en medio de ella la respuesta neoliberal y liberal-progresista han demostrado en la práctica que no funcionan para alcanzar una salida real. Por eso, la pregunta es la misma, ¿cómo salir de ella?
Es en este punto donde el país intenta ser arrastrado nuevamente a caminar de para atrás, al ser tirado por otro reencauche de la vieja ultraderecha, esta vez disfraza de salvadora de la patria. Esta intención es la que contiene el programa de De la Espriella, si así le puede llamar a su iniciativa de “país milagro”, en cuanto por un lado mantiene la línea de librecambismo de factura neoliberal, manteniendo al país como fuente de materias primas básicas para los EEUU. Pero, el credo neoliberal se complementa con el rancio discurso laureanista de dios-patria, familia y Estado, por supuesto promovido al calor de la represión y el anticomunismo, condición básica bajo la cual pretende renovar las bandas paramilitares usando para ellos descaradamente a los reservistas.
Este contexto ideológico le permite su identidad y articulación con la ampliación de la hegemonía estadounidense que adelanta Trump. Es así que la corriente MAGA descansa en la patria norteamericana, a la cual le juró lealtad De la Espriella en 2022, y a partir de ese principio rector hacen depender las relaciones comerciales (proteccionismo) y políticas con el exterior. Pero a esa condición se le suma un conservadurismo cultural expresado en la defensa de los valores cristianos y de la familia nuclear patriarcal, procurando someter a las mujeres a las más antiquísimas relaciones de servidumbre y atacando en consecuencia las diferencias de identidad, como si se tratara de darle realidad al “Cuento de la Criada”, ideas que se sintetizan en la corriente “Alt-right”.
En consecuencia, como muchas personas lo están aclarando, De la Espriella es un espantajo prefabricado, según las necesidades del capital y del imperio. De aquí que su discurso de defensa de la patria solo consista en una gran estafa, porque en realidad quiere reversar al país al nivel de colonia. Y en ese propósito Donald Trump ha sido muy explícito, no sólo sobre Venezuela, sino también sobre Colombia, tal como lo revela su mapa donde fija lo que son sus áreas y fronteras de su seguridad nacional, que inician en Groenlandia y terminan en la amazonia de Colombia.
Por estas razones, es fundamental que el Pacto Histórico, como proyecto y partido, decida si se mantendrá unido y fuerte junto al pueblo colombiano. A la vez, resulta importante que aproveche la ventana de oportunidad que se abrió después el 31 de mayo, en tanto la derecha ya se aproximó a sus límites en votos. De aquí que el Pacto pueda ampliar su votación hacia el centro, pero también hacia el campo popular, si sabe unirse a otras organizaciones y movimientos sociales para ganarse a las grandes barriadas, donde habitan las mayorías del proletariado sobrante.
Para que esto suceda con mayor efectividad, también es necesario, a la vez que una oportunidad, que el movimiento social y popular se fortalezca en este contexto. Y esto sólo será realmente posible en la medida que un auténtico programa de transformación social sea anclado entre las masas proletario populares. En este sentido, se ha elevado una propuesta que juzgamos coherente con lo que debe ser una postura progresista, en el sentido de valerse de la reforma, pero en un sentido transformador; la que descansa en el impulso de una nueva estructura productiva sobre la base de una Economía de Fondos Públicos, que articule y desarrolle grandes cadenas de producción con carácter social, en áreas como alimentos y agricultura, insumos agropecuarios, vivienda, cuidado de la primera infancia y la tercera edad, entre muchas otras[1].
A todo ello, es necesario y vital que se retome y fortalezca la senda de la lucha que traía el movimiento social hasta 2022, porque sólo de esta manera pueden plantarse cara a los atropellos y barbaridades que con fiereza se preparan.
[1] https://www.centropraxis.co/_files/ugd/ce68dd_310f11bc75b84acb828adac5fe8c806c.pdf
Fuente: https://rebelion.org/elecciones-crisis-y-salida-de-la-crisis/
Continuemos análisis sobre el proceso histórico de Colombia en nexo con todo nuestro continente para situarnos en el presente de Argentina, todo el Abya Yala y el mundo.
El huevo de la serpiente parda en la actual Colombia
8 de junio de 2026
Por Alberto Pinzón Sánchez | Rebelión
(…) En 1946 se inician como modelo en Colombia (Colombia siempre ha sido el “modelo”) las dictaduras falangistas conservadoras y abiertamente anticomunistas de Ospina Pérez y Laureano Gómez, que organizan la conferencia Panamericana de Bogotá de 1948 (comienzo de la OEA) y, a su vez, origen de la ejecución por parte de los servicios secretos estadounidense del líder popular de izquierda Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948, que da paso al conocido “Bogotazo” y, a la cacería de sus seguidores llamados despectivamente “nueveabrileños” y comunistas. Cacería a muerte, que se transforma en la guerra civil de la llamada violencia bipartidista de Colombia, con la que se lleva el capitalismo moderno al campo colombiano, y, en 1953, abre el camino a la dictadura militar anticomunista del generalísimo Rojas Pinilla.
Derrocado este en 1957, se continua el Estado plebiscitario del estado sitio permanente de la dictadura del partido único del Frente Nacional liberal-conservador, creado en Colombia en 1957, por el pacto de Sitges, España, entre el exdictador falangista de 7 años atrás Laureano Gómez, con el ex secretario de la OEA Lleras Camargo, que como reacción da comienzo a las guerrillas de resistencia comunistas, camilistas y maoístas, hasta el día de hoy, constituyendo el llamado “conflicto histórico social y armado de Colombia”.
Para una mayor ampliación del significado del “Estado plebiscitario” del estado de sitio permanente creado en Colombia en 1957, mediante el pacto oligárquico de Sitges, se puede consultar mi ensayo escrito en 2019, en el portal de la asociación Jorge Freytter en el siguiente enlace https://freytter.eus/article/75 .
En 1950, se reinstala en Nicaragua al célebre «Tachito» Somoza con su sanguinaria guardia pretoriana de paramilitares; seguido en 1952 por la colocación en el poder de las bien conocidas dictaduras militares de agentes de la CIA con sus matones y “tonton macoutes”: Batista en Cuba, Pérez Jiménez en Venezuela y Duvalier en Haití. Dos años más tarde (1954) se derrocó en un sangriento putsch invasivo, ejecutado directamente por el ejército estadounidense, al socializante Jacobo Árbenz en Guatemala y se instala el terror del coronel Castillo Armas. Ese mismo año, también se pone al general nazi Stroessner en Paraguay, quien instaurará una dictadura de 35 años de duración.
Cuatro años después de sucedida la Revolución Cubana, en 1964, se da un cambio de calidad en el modelo dictatorial latinoamericano, durante lo que pudiéramos llamar la tercera ola dictatorial latinoamericana, iniciada en Brasil, con lo que sería el modelo general de las dictaduras terroristas y contrainsurgentes de la Seguridad Nacional. Modelo expandido por toda Nuestramérica a partir de la dictadura de 20 años de Castelo Branco, Costa Silva, Garrastazu, Geisel y Figueiredo. En 1968, mediante un putsch palaciego sube en el Perú el general Velasco Alvarado, seguido en Bolivia por el sanguinario general Banzer (1971), y por el mayor Rodríguez Lara en el Ecuador en 1972. Al año siguiente (1973) se inicia la feroz dictadura uruguaya de 12 años de duración, de Bordaberry, Demichelli, Aparicio Méndez y Álvarez.
Modelo replicado unos meses más tarde, aquel fatídico 11 de septiembre de 1973, en Santiago de Chile que derrocó al eterno Salvador Allende y colocó en su remplazo a su jefe militar encargado de la defensa constitucional, el simulador nazi Pinochet, quien estableció “manu militari” el neoliberalismo depredador en Nuestramérica. A su vez, en 1976, se instala en la Argentina la implacable e inhumana dictadura militar de 7 años de Videla, Viola, Galtieri y Bignone, que, es derrocada por un gran movimiento de masas en 1985, dando a la opinión pública internacional la falsa impresión, de que se había concluido el ciclo de los tan repudiables regímenes fascistas instaurados por el Imperialismo y sus agencias de inteligencia.
Sin embargo, la realidad era muy otra: Al finalizar 1989 vendrá en el centro desarrollado del Noratlántico la caída del muro de Berlín, con el proclamado triunfo neoliberal definitivo a nivel global y fin de la Historia; seguido por una aceleración vertiginosa de la última revolución tecnológica digital, informática y robótica, que hizo instantánea la movilidad, por todo el globo terráqueo del capital financiero depredador, el aparecimiento de mafias y roscas neoliberales en la instrumentalización del Poder global-nacional, con su perfeccionamiento institucional ajustado y reorganizado para el mercado, a la acumulación de capital por el despojo de millones y a la depredación territorial y minera contemporánea.
En Nuestramérica, nos dan a conocer estos desarrollos, con la cruel invasión militar a la isla de Granada en 1983 para derrocar al comunista Maurice Bishop, que fue seguida en 1989 en Panamá, para derrocar a Noriega.
Como el capitalismo no se detiene y la historia tampoco, para comienzos del siglo XXI, hacen aparición plena las grandes potencias de Rusia y China, así como una serie de otras potencias de mediano desarrollo, como India, Pakistán, Turquía, Irán, Corea, y países del Sur pacifico, que entran a disputar a la tríada imperialista (USA-Europa-Japón) la hegemonía unilateral única y su geopolítica de control territorial exclusivo, forzando al sistema global del imperialismo defender sus patios traseros.
En el 2009, veinte años después de la caída del muro y del fin de la historia, se anuncia públicamente una profunda y grave crisis financiera, que se ha prolongado peligrosamente hasta el día de hoy, en forma de una verdadera multi-crisis que compromete a toda la civilización. Se da también como hecho social y político global el desmonte del Estado del bienestar en el centro capitalista desarrollado, acompañado del desplome del “centrismo social-demócrata, social-cristiano y liberal”. Y, basado en la última tecnología cibernética y comunicacional asistimos al resurgimiento de partidos parlamentarios xenófobos y neo fascistas, que han empezado a llenar el vacío político dejado por el centrismo, y a ganar las elecciones en varios países de la Unión Europea.
Siguiendo el continuum establecido por Gramsci, confirmado por la ciencia social moderna, de crisis económico social profunda, crisis de hegemonía imperialista, guerra por el reparto del mundo, ascenso de masas revolucionarios y reacción contrarrevolucionaria de carácter fascista.
Podemos visualizar actualmente en Nuestramérica que, nos encontramos en una verdadera contraofensiva del hegemón imperialista en declive, quien ante el apremio global ha optado por hacerse fuerte en lo que considera su patio trasero natural, dominado y explotado sin ninguna dificultad desde 1822 (hace 202 años), cuando impuso a sangre y fuego la famosa doctrina Monroe. Y ha recurrido a otro avance cualitativo de sus intervenciones en el extranjero, actualizándolas con la última tecnología para la dominación social: “Los golpes blandos fascistas “de cuarta generación”, donde o se combinan la diplomacia, la agresión militar y el lawfare o guerra legal, para reemplazar a presidentes elegidos incómodos al poder imperialista, por algún corrupto sirviente local del capital financiero global. (…)
Bibliografía citada
Fuente: https://rebelion.org/el-huevo-de-la-serpiente-parda-en-la-actual-colombia/
Generalicemos involucramiento en defensas y recuperaciones de territorio por la nación mapuche que nos interpelan abajo y a la izquierda a asumir la unión de las luchas por justicia social con las socioecológicas en base a significar los respectivos territorios de vida y de trabajo. Sin embargo, es imperativo que tanto las primeras como las segundas hagan el viraje desde su actualidad de exigir a instituciones en vigencia hasta la confrontación con el Capital y su Estado conforme se va expandiendo el entrelazamiento implícito en la comunalización territorializada y confraternal.