2)Mayo-2026
Enfoques contrapuestos sobre disputa del presente-futuro mundial. El de Claudio Katz señalándola en la competencia de China con EE.UU. vs. El de quienes asumimos como causa común de los pueblos a la resistencia palestina.
2) ENFOQUE DEL NAZI FASCISMO PARA EXTERMINAR A PALESTINA
Es planteo de significados e implicancias para el Sur Global que Israel-EE.UU. con apoyo integral de la instituida como comunidad internacional (y en vivo y directo) desarrollen tanto el genocidio como la des-territorialización de los palestinos y lo expandan en Medio Oriente.
-Situémonos en el origen del, y la condena a constituirnos en, Sur Global mediante el «extractivismo». Nos ayuda Horacio Machado Aráoz cuyo texto* dividimos creando subtítulos en forma de preguntas.
a) ¿Por qué la lucha para erradicar los extractivismos debe asumirse anticapitalista y decolonial del poder, del saber y del ser?
(…) En términos geopolíticos, el extractivismo funciona como mecanismo estructural de reproducción geográfica de la dependencia. Eso significa que la diferencia entre economías primario-exportadoras y economías industriales no es “temporal”, de etapas o fases de “maduración”, sino que es geográfica, posicional. Las economías industrializadas lo son a costa de las economías-commodities.
Las diferencias que hay entre unas y otras en términos de productividad del trabajo, composición orgánica del capital y desarrollo tecnológico, no se explica por razones microeconómicas sino por variables geopolíticas, esto es, por el control y la capacidad de disposición que los núcleos geopolíticos de la acumulación tienen sobre los flujos de materiales y energía, las normas y condiciones de regulación y organización de los intercambios en la economía mundial. Esto significa que la industrialización es un “bien posicional” (Altvater, 2014: 22), es decir, se trata de una posición de dominación,[7] un lugar de privilegio que las economías centrales ostentan en términos de control y “capacidad de atracción de capitales y recursos con cargo a las áreas de apropiación y vertido del Sur” (Naredo, 2006: 33).
Así, cuando analizamos la división internacional del trabajo, no sólo en términos de intercambio (desigual) de mercancías, sino, sobre todo, como flujos de materia y energía y, en definitiva, como estructura de relaciones de poder, se hace evidente que la misma funciona como un dispositivo estructural de reproducción (y profundización) de las desigualdades (económicas, ecológicas y de poder) que se abre en el suelo del sistema-mundo-del-capital, como producto de esa abismal fractura colonial originaria: la fractura entre las economías centrales-industriales-imperiales y las economías-commodities de las zonas coloniales.
Así como señalamos que esto no constituye ninguna novedad histórico-política; lamentablemente, tampoco lo es en términos científicos. Al menos desde fines de los 60 las ciencias sociales críticas han advertido que la dinámica de la acumulación capitalista funciona en base a un “desarrollo geográfico desigual”[8] donde la especialización productiva entre economías primario-exportadoras y economías industrializadas constituye un dispositivo central de “desarrollo del subdesarrollo” (para decirlo en la terminología de la época) (Frank, 1965). Estos planteos antecedentes fueron luego profundizados y ampliados por los desarrollos de la geografía critica (Santos, 1979 y 1996; Harvey, 1975, 1985 y 2001; Smith, 1984) la economía ecológica y la ecología política para analizar lo que llamamos los efectos del extractivismo.
Desde estas perspectivas se evidencia que la diferencia que hay entre las economías primario-exportadoras y las industrializadas no es sólo del perfil de especialización productiva y del tipo de inserción en el mercado internacional, sino fundamentalmente del modo de acumulación prevalente: mientras que en las economías industrializadas predomina la típica acumulación por valorización, en las economías primario-exportadoras lo que prevalecen son distintas formas de acumulación por despojo.
Y más específicamente, la acumulación por despojo que acontece en unas regiones es la que hace posible y provee las condiciones físicas de posibilidad de la acumulación por valorización que predomina en otras.[9] Unas y otras están integradas orgánicamente (ecológico-geográficamente) por la matriz extractivista global.[10] Las consecuencias de ello, en las zonas de saqueo, se manifiestan en: obstáculos estructurales para la industrialización y la acumulación endógena; transferencia sistemática de excedentes financieros (plusvalía social) y ambientales (plusvalía ecológica); pérdida de la capacidad de control y disposición del propio territorio (alienación territorial).
En consecuencia, atendiendo a su naturaleza, revisando sus orígenes y sus efectos, desde los propios conocimientos sociales disponibles, era de advertir que apostar al extractivismo para salir de la dependencia y luchar contra el imperialismo, constituye un gravoso desvarío político. En un viejo escrito de 1971, Richard Wolff señalaba: “el imperialismo capitalista moderno comprende una serie de políticas de las empresas privadas, complementadas por el apoyo inducido de sus gobiernos, que buscan desarrollar fuentes seguras [y baratas] de materias primas y alimentos, mercados para sus manufacturas y salidas tanto para inversiones en cartera como para inversiones directas” (Wolff, 1971: 21).
Aunque la principal beneficiaria haya sido la República Popular China y no Estados Unidos, no se puede desconocer hasta qué punto la vorágine extractivista desatada en las primeras décadas del 2000 ha realizado directamente los objetivos del imperialismo.
b) ¿Cómo actuaron todos los gobiernos progresistas al no ser anticapitalistas?
En definitiva, por ingenuidad, conveniencia o dolo político, los gobiernos progresistas apostaron en su momento a “aprovechar” las cotizaciones extraordinarias de las commodities. Expandieron y aceleraron el crecimiento primario-exportador bajo el supuesto de acrecentar los recursos fiscales para “redistribuir la riqueza” y también capitalizar el “efecto inclusivo” de la reactivación económica (vía empleos, salarios y consumo). Las reformas estructurales que postularon hacer, fueron centralmente canalizadas a mega-obras de infraestructura (IIRSA-COSIPLAN), directamente ligadas a incrementar el perfil y el flujo primario-exportador. Al hacerlo, profundizaron e intensificaron, en realidad, el geosociometabolismo extractivista.
Es decir, protagonizaron una ola de recolonización y agravamiento de los mecanismos expropiatorios inherentes a la acumulación periférico-dependiente. En el marco de una retórica “anti-imperialista”, consolidaron en realidad, los mecanismos del imperialismo ecológico-geográfico del capital; esto es, intensificaron el despojo de vastas mayorías a gran escala espacio-temporal y, como contracara, la apropiación desigual del mundo; la concentración oligárquica del poder de control y disposición de las energías vitales de la Tierra.
Extractivismo y dominación de clase
Si la relación entre extractivismo y dependencia procura mostrar los extravíos del progresismo en el plano internacional y de “lucha contra el imperialismo”, acá, al poner la mirada en la relación entre extractivismo y dominación de clase, intentamos explicitar sus yerros hacia el interior de nuestras sociedades; el despropósito que implicó pretender “superar las desigualdades sociales”, “luchar contra la pobreza”, mediante la profundización del extractivismo.
Esta “ilusión” refleja en realidad un equívoco mucho más viejo y más generalizado (por lo demás, sumamente gravoso en términos políticos), y que tiene que ver con la dura persistencia de los presupuestos antropocéntricos y productivistas dentro de la vieja izquierda. En función de tales, se ha concebido que la explotación de la tierra no tiene nada que ver con la explotación de la fuerza de trabajo, o incluso más todavía, que profundizar el control y la explotación de la naturaleza es una condición necesaria para suprimir las condiciones de opresión de la clase trabajadora.
Sobre esa ontología binaria, la vieja izquierda ha imaginado la emancipación como una vía meramente acumulativa y evolucionista, donde se supone que el “desarrollo de las fuerzas productivas” (lo que, en términos concretos, significa la ecuación tecnológica de la producción capitalista en su conjunto) es lo que está destinado a crear las “condiciones objetivas” para una revolución socialista. A su vez, la idea de revolución se concibe como un cambio restringido a la “propiedad de los medios de producción”, sustituyendo la propiedad privada, el comando capitalista, por el control obrero.
Aun cuando esta izquierda sigue pensando en términos de luchas de clases, esa idea está centralmente fijada en la propiedad sobre los medios de producción; se piensa que la “socialización” de los mismos pasa simplemente por sustituir una clase por otra (en realidad, en las experiencias históricas, el “control obrero” ha significado, de hecho, control estatal).
Y más allá de la enorme distancia que hay entre estatización y socialización, esta concepción nunca ha llegado a pensar el cambio como la necesidad de redefinir y reorientar radicalmente el proceso productivo como tal.[11] No se cuestiona el carácter del así llamado “avance tecnológico” ni, mucho menos, el imaginario productivista/bienestarista de un crecimiento perpetuo que llegaría a alcanzar una sociedad de consumo de masas (al fin y al cabo, el mismo espejismo que promete el “desarrollo” capitalista).
Para peor, frente a los ya gravosos supuestos e implicaciones de esa izquierda ortodoxa, la “izquierda progresista” ha venido a profundizar más aún el nivel de extravíos, al plantear el problema social no como una cuestión de injusticia sino como “desigualdad”; abandonando la lucha de clases por la “lucha contra la pobreza” y corriendo el centro de gravedad de las disputas desde el ámbito de la (propiedad de los factores de) producción al de la circulación. Para el imaginario progresista, de lo que se trata es de “superar el neoliberalismo” y eso significa apenas asegurar algunos mecanismos redistributivos que logren superar la pobreza e ir ensanchando progresivamente las clases medias. Para ellos se trata de crecer para “generar empleos”; aumentar los salarios para expandir el consumo popular. Y mientras tanto, la rueda de la destructividad inherente a la maquinaria de la producción capitalista se intensifica.
Para esas viejas izquierdas (tanto la ortodoxa como la progresista) el extractivismo (mientras asegure el crecimiento) no sería un problema, o sería un problema menor, temporal, secundario, subsanable en un futuro (incierto), una vez que se hallan logrado las metas sociales fijadas. Aunque hay grandes diferencias entre unas y otras, para ambas la explotación de la naturaleza es un problema distinto, “ambiental” y, por tanto, a lo sumo, un mal menor frente a lo que se plantean como problemas “sociales” o “políticos”.
La relación con la naturaleza se sigue pensando –en los mismos términos que el pensamiento hegemónico del capitalismo ecotecnocrático– como una “externalidad” que a lo sumo hay que procurar restringir y/o mitigar lo más posible; pero el ideario sigue siendo el de la “explotación racional/sustentable”. Como si el acto de explotar fuera social y políticamente inocuo; como si la fuerza de trabajo no fuera “una fuerza de la naturaleza que forman parte del propio cuerpo [humano], sus brazos, sus piernas, su cabeza y sus manos…”. Como si no fuera que a través del mismo movimiento (trabajo) por el cual “actúa sobre la naturaleza exterior y la cambia, cambia también, simultáneamente su propia naturaleza…” (Marx, 1867).
c) ¿Cuáles son los fundamentos para analizar el problema del “extractivismo” como “político” y no, como “ambiental”?
Así, cuando vamos a la raíz de la cuestión, cuando vemos que el fondo del problema es concebir una naturaleza humana como si no fuera Naturaleza, se despeja el camino para visualizar la naturaleza de las relaciones que hay entre explotación de la Tierra y explotación de los cuerpos; entre extractivismo y estructura de clases. Se visualiza que el problema de la cuestión social no es apenas un problema de desigualdades (de ingresos, de consumo) sino de opresión y de explotación; de una clase por otra.
Porque el ser humano es naturaleza específica, es decir, es una expresión de la biodiversidad de la Tierra, así entendida como Naturaleza total, genérica, es que no puede haber explotación de la una sin que ello no implique explotación de la otra.
La cuestión social (tal como se entendió históricamente en la tradición del pensamiento crítico) no es una cuestión de “pobreza” sino de injusticia, de explotación; no es apenas un problema “distributivo” ni tampoco (sólo) de la “propiedad de los medios de producción”. Es un problema que está incrustado en el modo de producción social de la vida. El problema que procuramos hacer visible está en el plano de cómo concebimos y realizamos la producción social de nuestra propia existencia; de nuestra vida como individuos, como sociedad, como especie; y de cómo, en definitiva, al producir nuestro modo de vida, determinamos subsecuentemente, ipso facto, el modo, las condiciones y probabilidades de (in)existencia de nuestra propia especie, de todas las demás especies y del planeta entero.
Así, como planteamos, el problema del “extractivismo” no es “ambiental” es político. Remite a un modo de producción de la existencia basado en el despojo sistemático de vastas mayorías, como condición y medio de producción de un sistema de apropiación destructiva de la naturaleza (de la naturaleza genérica/Tierra y de la naturaleza específica/organismos humanos vivientes). Imaginar el extractivismo como vía, no ya de superación de la explotación, sino apenas de las desigualdades, es un planteo radicalmente absurdo, pues, como señalamos, el extractivismo es la forma propiamente capitalista de apropiación/producción de la Naturaleza (Smith, 1984; Moore, 2013; Machado Aráoz, 2016). Es decir, remite a un patrón oligárquico de apropiación y de producción de la naturaleza; que no es apenas materia inerte, objeto o recurso de producción, sino que es el flujo, la trama y el proceso de la vida como totalidad (Capra, 1996).
d) ¿En qué se basa el desarrollo del capitalismo?
Como mecanismo histórico-estructural de despojo de los medios de vida, el extractivismo es lo que crea las condiciones de posibilidad de la apropiación y explotación de la fuerza de trabajo. Remontándonos al acontecimiento histórico originario, la expropiación –como detonante de la acumulación– consiste en la destrucción abrupta de un régimen de apropiación social de la tierra como bien comunal, para la instauración de otro completamente nuevo (el régimen de apropiación privada). Ese proceso supone la ruptura del vínculo orgánico que en las economías morales[12] articula tierra y trabajo como fuentes primordiales de toda riqueza (qua valores de uso). Esa ruptura es lo que provoca, en un mismo acto, la mercantilización de la tierra y de los cuerpos-de-trabajadores-expropiados.
Vale decir, el despojo es el acto político fundamental que, al mismo tiempo que concentra la tierra (medios de vida) en manos de unos pocos, arroja a las multitudes despojadas al emergente “mercado de trabajo”: hace de sus necesidades de subsistencia, el dispositivo coercitivo que pone a disposición su energía productiva (capacidad de trabajo) a merced de la misma minoría apropiadora de la tierra. Concentración de la tierra/naturaleza y poder de disposición de la fuerza de trabajo son dos ‘caras de la misma moneda’.
Como lo planteara Marx, la expropiación de la tierra es el punto cero de la estructuración de una sociedad de clases. Una sociedad clasista no es apenas una sociedad donde a su interior caben diferentes estratos sociales con niveles de ingreso y consumo desiguales; se trata de una sociedad donde la clase propietaria concentra el poder de disposición sobre la capacidad de trabajo (y por tanto, del sentido de la vida) del conjunto de la sociedad. En definitiva, el despojo/explotación de la tierra es el cimiento de una sociedad clasista; lo que crea las condiciones de posibilidad para hacer de la explotación el mecanismo estructural de organización del modo de vida y reproducción social de los individuos sujetos a tal régimen.
Ahora bien, si este planteo general sobre la relación de continuidad intrínseca e insoslayable entre explotación de la Tierra (naturaleza genérica) y de los cuerpos-de-trabajadora/es, pone en evidencia la contradicción entre extractivismo y sociedad igualitaria, al analizar las modalidades histórico-geográficas específicas de los distintos modos de organización de la explotación, se visualizan las particularidades concretas de los regímenes de clase.
En este sentido, el análisis del extractivismo (comparando y contrastando las zonas de extracción con las zonas de procesamiento y control de los flujos de materia y energía) es interesante para comprender las conexiones y diferencias que, en términos de estructura (y modos de explotación) de clases, se dan entre países primario-exportadores y países industrializados. (…)
*De los extravíos de la vieja izquierda al Postextractivismo: Independencia, Justicia, Democracia, Humusidad
10 septiembre, 2021. Texto incluido en el libro «América Latina en tiempos revueltos. Claves y luchas renovadas frente al giro conservador» editado por Libertad Bajo Palabra (México), Excepción (Bolivia) y Zur (Uruguay).