3) Septiembre-2026
La desperonización
abre caminos de
emancipación social.
Porque es decolonización del poder, de los saberes y del ser social e individual cuya existencia nos somete a:
Qué Trabajo
En subsunción formal y real al Capital, liberarlo implica erradicar la subordinación política e ideológica de los trabajadores a la CGT, a las CTA y a los referentes de la economía popular que enraízan el vigente bloqueo peronista de la lucha de clases desde 1944 como Estado Corporativo.
Destaquemos cómo desconoce esta realidad esencial a la independencia de clase de los trabajadores y a la ruptura de la conciliación con el sistema-opresor que está implícita en la vigente democracia desde diciembre de 1983, el intelectual entrevistado por los medios alternativos, comunitarios para orientarnos abajo a la izquierda.
Entrevista a Claudio Katz
«Hay que construir la izquierda para derrotar a Milei»
3 de octubre de 2026
Indymedia Argentina
Tras la repercusión de la Marcha de la Bronca, Claudio Katz analizó el rol de la izquierda en la coyuntura actual, donde juegan cada vez más fuerte dos variables: el retroceso de Milei y un potencial estallido económico.
Las incógnitas sobre el peronismo, la apuesta del establishment a perpetuar el esquema de ajuste, explotación laboral y saqueo del país que logró establecer durante la actual gestión, la impunidad de la Corte Suprema y la agresividad del imperialismo estadounidense en la región son datos ineludibles del escenario presente ante los cuales la izquierda deberá plantearse nuevas tácticas y compromisos, consideró Katz, si quiere llegar al gobierno y disputar el poder
Indymedia: – ¿Cómo ves el papel de la izquierda luego de la Marcha de la Bronca?
Claudio Katz: – Está cumpliendo un papel muy positivo ante todo en la acción callejera. La marcha fue un éxito por la concurrencia y el impacto de un acto político, que traspasó la resistencia social y democrática a los atropellos de Milei. Contrastó frontalmente con la capitulación de la CGT que deja pasar el ajuste.
La movilización alcanzó el nivel más alto de una convocatoria de la izquierda. Superó lo conseguido con la “Plaza del No” en los años 90 y con las grandes concentraciones que en el pasado articulaba el PC. Exhibió un nivel de politización muy superior a las marchas piqueteras e ilustró nuevamente cómo gravita la izquierda en las coyunturas de inmovilidad del peronismo.
Esa indefinición del justicialismo se vio por ejemplo cuando ganó Alfonsín, durante el neoliberalismo de Menem o en la época de Alianza. Actualmente, vuelve a aflorar por momentos y por eso hubo cierta presencia de militantes o simpatizantes del peronismo en la marcha. Igualmente te diría que el dato más significativo fue la centralidad de Myriam Bregman. La movilización consolidó su protagonismo y la consiguiente incidencia de la izquierda en las próximas elecciones.
Indymedia: – Pero cuál es la proyección electoral efectiva de Myriam, porque las encuestas resaltan una imagen muy positiva sin equivalencia en la intención de voto…
Claudio Katz: – Hay infinitas especulaciones sobre esa relación y no tiene mucho sentido obsesionarse con el tema, cuando falta más de un año para la elección. El número de votos que lograría el FIT-U depende de escenarios muy abiertos con dos variables centrales: el retroceso de Milei y un potencial estallido económico, que podría repetir lo ocurrido tantas veces en la Argentina.
Nadie sabe si el gobierno podrá sostener el tipo de cambio hasta el 2027. La recesión, la pobreza y el endeudamiento podrían desencadenar el mismo tipo de rebelión que sepultó a De la Rúa o la protesta masiva que derrotó a Macri. No cabe duda que la izquierda estará en la primera línea de ese eventual estallido. (…)
Hagamos memoria sobre cómo las izquierdas partidarias se comportaron respecto a la antineoliberal rebelión popular desde 19y20 de diciembre de 2001 hasta mediados del 2002 en que el presidente de facto Eduardo Duhalde, ante el fracaso de imponer amedrentamiento desplegando terrorismo de estado, convocó a elecciones. Las aceptaron rápidamente sin reparar que el gobierno acababa de asesinar a Darío Santillán y a Maximiliano Kosteki en medio de realizar la Masacre del Puente Pueyrredón. Abandonaron la pelea entre sí en el movimiento asambleario y a éste ya sin haber hecho nada por situar los desafíos implícitos en el antineoliberalismo. Se afirmaron electoraleras desde ese sumarse a posibilitar el gobierno del saqueo y la destrucción de las condiciones mayoritarias tanto de vida como de trabajo.
Prosigamos el análisis de Claudio Katz descontextualizado de la historia reciente de las fuerzas integrantes del FIT-U y de la historia y presente del Partido Justicialista en sus distintas actualizaciones.
(…) Pero en cualquier caso su crecimiento dependerá de lo que suceda con el peronismo y en ese campo hay varios cursos posibles de división o cohesión y de amoldamiento conservador o resurgimiento progresista.
Por el momento se verifica una gran fractura en el justicialismo, entre corrientes de adaptación y crítica al modelo que la clase dominante apuntala con Milei. En general predomina la postura de no decir nada a la espera de lo que más conviene. Pero mientras tanto, un fascista como Cúneo participa del espacio de Kicillof, que a su vez emite mensajes de adaptación tipo Alberto Fernández y elude comentarios básicos de denuncia del genocidio de Palestina. Pero lo que haría como presidente es un misterio. Conviene recordar que nadie imaginaba el giro progresista de Néstor y Cristina antes del 2001 y sería un error ignorar la recomposición que logró el peronismo al calor de la gestión kirchnerista.
Indymedia: – ¿Por qué importa ese dato?
Claudio Katz: – Porque conforma el escenario en el que actúa la izquierda. Desconociendo ese hecho es muy difícil desenvolver estrategias para derrotar a Milei, revertir el ajuste y reconquistar los derechos populares. Ese camino transita por llegar al gobierno y disputar el poder, mediante frentes comunes y acuerdos de lucha con los sectores dispuestos a reconstruir el país, apostando a un gobierno que en sus primeros días de gestión revierta de un plumazo todo lo hecho por Milei.
Ese es el eje el debate actual. Si derogaremos o no de inmediato las leyes laborales, el RIGI, los Glaciares o la impunidad de la Corte Suprema poniendo fin al remate y a la entrega de nuestros recursos. Yo creo que todas las discusiones sobre la forma en que la izquierda amplía su espacio deben partir de esa estrategia. Hay que construir la izquierda para derrotar a Milei, mediante una gran variedad de tácticas y compromisos. El voto contra la derecha en un eventual balotaje no es un tema inmediato, pero es un ejemplo de esos rumbos. (…)
Fuente: https://rebelion.org/hay-que-construir-la-izquierda-para-derrotar-a-milei/
Diferenciémonos por completo de Claudio Katz. Se trata de construir la emancipación social o post capitalismo que nos exige, abajo a la izquierda, comenzar mediante:
-La desobediencia a la democracia vigente desde diciembre de 1983 que no sólo prohíbe autodeterminación de los pueblos de Argentina sino también privilegia el régimen latifundista convertido en régimen extractivista.
-La derrota del Pacto de Paz Social que, en diciembre de 2019, firmaron todas las centrales sindicales y los referentes de la tramposa economía popular con todas las cámaras patronales y el Estado patronal. No olvidemos ni perdonemos a, menos reconciliémonos con, esas representaciones de los trabajadores que permitieron 4 años de crecientes ajustes e inflación del gobierno FF y también los 3 años del co-gobierno de Lla-PJ de aceleración e intensificación de los extractivismos. De manera que hicieron posible la correspondiente maximización de la “Miseria Planificada”, planificada por el establishment durante su genocida dictadura de los setenta y actualizada para el exterminio total de la vida humana/no humana, así como de sus condiciones de existencia.
Las CTA han llegado a tal grado de decadencia que, en agosto de 2025, convocaron a rogar por pan y trabajo en el Santuario de San Cayetano. Nos limitan a exigir trabajo digno o decente y salario justo cuando tales reclamos nunca se satisficieron porque el capitalismo se basa en la expoliación laboral y hoy está en guerra total contra los pueblos.
Contra la ofensiva mundial y local del Capital, el poder decidir sobre el destino común o soberanía nos desafía, abajo a la izquierda, a construir la independencia de clase de los trabajadores o sea a la ruptura con el peronismo en sus distintas corrientes.
Atendamos a Horacio Machado Aráoz*para no restringirnos a fuera Milei.
Horacio Machado Aráoz: «El desarrollismo es una ceguera ideológica que expresa la colonialidad bifronte (de dos caras), que por izquierda y por derecha, siguen creyendo que el “modo de vida imperial” de los privilegiados (países «desarrollados») es el único horizonte deseable de vida digna para los seres humanos. La izquierda (de modo ingenuo o cínico) cree que se puede “repartir” esa “riqueza” extractiva. La derecha no tiene empacho en decir la verdad: ese mundo (el de los llamados ricos) es para pocos, para cada vez más pocos. Lo que unos y otros no ven, obnubilados por el brillo de las mercancías, es que esa supuesta “riqueza” está manchada de sangre; adviene como producto de la violencia depredadora de los suelos y de los cuerpos.
Desde el ecologismo popular sostenemos que no hay un extractivismo “bueno” y un extractivismo “malo”; que el problema no es apenas la “redistribución de la riqueza”; ni siquiera alcanza con “expropiar” y poner los medios de producción bajo “control obrero” (como algún sector propone). El problema es qué entendemos por “riqueza” y cómo la producimos.
Un modelo colonial
Buena parte de sectores progresistas o de izquierda ⎯de buena o mala fe⎯ si bien dicen estar a favor de “cuidar la naturaleza”, sostienen que les “importan más los pobres”. Frente a la urgencia del “hambre”, los problemas del extractivismo pueden “esperar”. Anteponiendo la “prioridad de lo social”, piensan que el extractivismo es un problema sólo “ambiental”.
Pero, más que una categoría “ambientalista”, el extractivismo es un concepto político: alude a un patrón oligárquico de apropiación y explotación de la Naturaleza. El concepto de extractivismo no se circunscribe a las economías primario-exportadoras; no tiene que ver (solo) con formas extremas de explotación de la naturaleza ni se trata de características pasajeras de ciertas sociedades nacionales. Es algo más estructural y global: tiene que ver con la forma originaria y fundacional a través de la cual el capitalismo ha concebido la Naturaleza y con el modo de relación que ha impuesto sobre la Tierra como condición para su desarrollo y expansión.
Pensar la Naturaleza (la exterior a nuestros cuerpos y la propia naturaleza humana) como un mero objeto de explotación para el enriquecimiento de unos pocos, reducir el mundo a puros «recursos mercantilizables», eso es el extractivismo. El crecimiento infinito (del capital, de la producción y el consumo de mercancías) a costa de la destrucción de las mismas fuentes de vida (el agua, el suelo, la biodiversidad, la atmósfera): eso es lo que alienta y sustenta el extractivismo.
Sus orígenes se remontan al “descubrimiento” (invención/invasión) y guerra de conquista operada por los primeros estados guerreros en nuestro continente, llamado “América” por error y prepotencia.
En términos históricos el extractivismo está en la base del colonialismo y del capitalismo. Este no pudo expandirse y mundializarse como sistema hegemónico sin la guerra de conquista colonial perpetua y el expolio extractivista de las economías colonizadas, proceso que continúa hasta nuestros días. La revolución mineral de los metales preciosos detonada en el Potosí (1545) desencadenó el surgimiento y la estructuración de toda una institucionalidad: la formas modernas de la guerra, la conformación del Estado territorial moderno, el sistema internacional de «naciones», vale decir, la división racial y geográfica de territorios y poblaciones, el tráfico de mercancías y cuerpos.
En términos de economía política (relaciones de poder que organizan y controlan el flujo de materiales), la plata y el oro extraídos de América sirvieron para intensificar y cambiar cualitativamente la naturaleza del tráfico mercantil entre Europa y China. Eso implicó también el desarrollo y la expansión del tráfico de cuerpos humanos esclavizados desde África hacia las Américas. A su vez, la carne humana esclavizada alimentó las plantaciones extractivistas que proveyeron las materias primas básicas requeridas por la naciente “revolución industrial”: azúcar, algodón, lana, cueros, tasajo, cacao, maderas nobles, frutos y productos tropicales, pieles, grasa de animales y un largo etcétera.
Fue así que se echó a andar la locomotora moderna del “progreso”; lo que Karl Polanyi llamó “el molino satánico” de la producción capitalista. Esa locomotora se alimenta en base a la expansión continua e ininterrumpida de las fronteras extractivistas. Vale decir, del expolio asimétrico sobre los territorios y pueblos marcados como zonas de sacrificio. La maquinaria de la acumulación capitalista mundial solo funciona a fuerza de la continua apropiación y depredación de reservas de energía, fuerza de trabajo y materias primas que obtiene de las economías coloniales.
El capitalismo no solo “está dividido jerárquicamente entre un centro y una periferia de naciones que ocupan posiciones fundamentalmente diferentes en la división internacional del trabajo, y en un sistema mundial de dominación y dependencia”, sino que además es esa división estructural la que hace posible “el crecimiento del centro del sistema a tasas insustentables”, cuyo costo inexorable es “la continua degradación ecológica de la periferia”.
Queda claro la relación antagónica, inversamente proporcional, que existe entre extractivismo y soberanía; extractivismo y justicia social; extractivismo y democracia.
Más dependencia y pobreza
El extractivismo es la dimensión ecológico-económica del imperialismo. Es el vínculo ecológico-geográfico que integra asimétricamente a los países de la mera extracción con los lugares que concentran el control, la disposición y el consumo de las riquezas naturales. Desde la época de las carabelas, hasta la actual, de empresas transnacionales y tratados de libre comercio, la división internacional del trabajo entre economías primario-exportadoras y economías industrializadas traza una geometría del poder a nivel mundial donde las primeras soportan el peso ecológico-material del “desarrollo” de las segundas.
Las cadenas geográficas de materias primas que circulan desde el Sur Global hacia el Norte industrializado son precisamente las cadenas que nos atan a un régimen estructural de dependencia. Las desigualdades de esa matriz de intercambio no son solo “económicas” (la transferencia sistemática de excedentes), sino que son desigualdades ecológicas, políticas y biopolíticas: desigualdades en términos de condiciones materiales de vida, de horizontes de futuro y de posibilidades de autonomía.
La profundización del extractivismo es la profundización de la dependencia. Por más que eventual y circunstancialmente, durante algunos cortos períodos, la exportación de materias primas pudieran hacernos parecer que sobre esa vía nos “estemos desarrollando”. El último boom de las commodities vivido bajo la fiebre del Consenso de Beijing (primeras décadas del siglo xxi) nos da una contundente prueba de ello. Tras ese boom, hemos “despertado” no solo como sociedades más pobres, sino también más vulnerables y dependientes.
Un tremendo extravío de la razón progresista ha sido pensar que la salida del neoliberalismo era apuntar a un “capitalismo con rostro humano”, un desarrollo del capitalismo nacional y “popular”, respetuoso de la diversidad y de la justicia social.
La vieja izquierda cree que es necesaria la explotación de la naturaleza para acabar con la explotación de la fuerza de trabajo (como si los cuerpos de trabajadores y trabajadoras no fueran naturaleza). Para peor, la izquierda progresista abandonó la lucha contra la injusticia y se concentró en la lucha contra la pobreza: un lema y objetivo emblemático de la derecha, del Banco Mundial.
Menos democracia
El extractivismo es la base material de los regímenes autoritarios. Es la negación radical de la democracia. La apropiación oligárquica de la tierra es la negación básica y absoluta de la soberanía popular, es la base material de un régimen político de pocos y para pocos.
Como apropiación oligárquica de los medios de vida, como patrón de poder, el extractivismo es la imposibilidad manifiesta de un “gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. El extractivismo es expropiación económica-ecológica que se proyecta como expropiación política: como negación de las condiciones más básicas y elementales de autodeterminación y soberanía popular. Bajo el extractivismo ⎯sea de derecha o de izquierda, con «redistribución» o sin ella⎯ los territorios son sustraídos de la órbita de la soberanía popular y pasan a ser puro campo abierto a libre disposición del capital.
Como enseñan nuestros pueblos, aún arraigados y con los pies sobre la tierra, luchar contra el extractivismo es radicalizar nuestras luchas por un horizonte de autonomía, de justicia social y democracia real. Democratizar la tierra para democratizar la sociedad, para restituir la paz y la libertad entre sus hijes.
* Integrante del Colectivo de Investigación de Ecología Política del Sur (Citca) – Conicet Universidad Nacional de Catamarca.
Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/extractivismo-como-politica-de-estado/
Prosigamos elucidando junto a Horacio Machado Aráoz* para no centralizar nuestra lucha contra la ultraderecha e ir hacia contribuir al protagonismo deliberativo de los pueblos sobre cómo encaminar la creación de sus respectivos buenos vivires en contraposición con la sociedad de consumo.
«(…)Extractivismo y dominación de clase
Si la relación entre extractivismo y dependencia procura mostrar los extravíos del progresismo en el plano internacional y de “lucha contra el imperialismo”, acá, al poner la mirada en la relación entre extractivismo y dominación de clase, intentamos explicitar sus yerros hacia el interior de nuestras sociedades; el despropósito que implicó pretender “superar las desigualdades sociales”, “luchar contra la pobreza”, mediante la profundización del extractivismo.
Esta “ilusión” refleja en realidad un equívoco mucho más viejo y más generalizado (por lo demás, sumamente gravoso en términos políticos), y que tiene que ver con la dura persistencia de los presupuestos antropocéntricos y productivistas dentro de la vieja izquierda. En función de tales, se ha concebido que la explotación de la tierra no tiene nada que ver con la explotación de la fuerza de trabajo, o incluso más todavía, que profundizar el control y la explotación de la naturaleza es una condición necesaria para suprimir las condiciones de opresión de la clase trabajadora.
Sobre esa ontología binaria, la vieja izquierda ha imaginado la emancipación como una vía meramente acumulativa y evolucionista, donde se supone que el “desarrollo de las fuerzas productivas” (lo que, en términos concretos, significa la ecuación tecnológica de la producción capitalista en su conjunto) es lo que está destinado a crear las “condiciones objetivas” para una revolución socialista. A su vez, la idea de revolución se concibe como un cambio restringido a la “propiedad de los medios de producción”, sustituyendo la propiedad privada, el comando capitalista, por el control obrero. Aún, cuando esta izquierda sigue pensando en términos de luchas de clases, esa idea está centralmente fijada en la propiedad sobre los medios de producción; se piensa que la “socialización” de los mismos pasa simplemente por sustituir una clase por otra (en realidad, en las experiencias históricas, el “control obrero” ha significado, de hecho, control estatal). Y más allá de la enorme distancia que hay entre estatización y socialización, esta concepción nunca ha llegado a pensar el cambio como la necesidad de redefinir y reorientar radicalmente el proceso productivo como tal.[11] No se cuestiona el carácter del así llamado “avance tecnológico” ni, mucho menos, el imaginario productivista/bienestarista de un crecimiento perpetuo que llegaría a alcanzar una sociedad de consumo de masas (al fin y al cabo, el mismo espejismo que promete el “desarrollo” capitalista).
Para peor, frente a los ya gravosos supuestos e implicaciones de esa izquierda ortodoxa, la “izquierda progresista” ha venido a profundizar más aún el nivel de extravíos, al plantear el problema social no como una cuestión de injusticia sino como “desigualdad”; abandonando la lucha de clases por la “lucha contra la pobreza” y corriendo el centro de gravedad de las disputas desde el ámbito de la (propiedad de los factores de) producción al de la circulación. Para el imaginario progresista, de lo que se trata es de “superar el neoliberalismo” y eso significa apenas asegurar algunos mecanismos redistributivos que logren superar la pobreza e ir ensanchando progresivamente las clases medias. Para ellos se trata de crecer para “generar empleos”; aumentar los salarios para expandir el consumo popular. Y mientras tanto, la rueda de la destructividad inherente a la maquinaria de la producción capitalista se intensifica.
Para esas viejas izquierdas (tanto la ortodoxa como la progresista) el extractivismo (mientras asegure el crecimiento) no sería un problema, o sería un problema menor, temporal, secundario, subsanable en un futuro (incierto), una vez que se hallan logrado las metas sociales fijadas. Aunque hay grandes diferencias entre unas y otras, para ambas la explotación de la naturaleza es un problema distinto, “ambiental” y, por tanto, a lo sumo, un mal menor frente a lo que se plantean como problemas “sociales” o “políticos”. La relación con la naturaleza se sigue pensando –en los mismos términos que el pensamiento hegemónico del capitalismo ecotecnocrático– como una “externalidad” que a lo sumo hay que procurar restringir y/o mitigar lo más posible; pero el ideario sigue siendo el de la “explotación racional/sustentable”.
Como si el acto de explotar fuera social y políticamente inocuo; como si la fuerza de trabajo no fuera “una fuerza de la naturaleza que forman parte del propio cuerpo [humano], sus brazos, sus piernas, su cabeza y sus manos… ”. Como si no fuera que a través del mismo movimiento (trabajo) por el cual “actúa sobre la naturaleza exterior y la cambia, cambia también, simultáneamente su propia naturaleza…” (Marx, 1867). (…)
En consecuencia, en nuestras sociedades, la sobre-explotación intensiva de la naturaleza es el rasgo estructural en torno al cual se ha estructurado un patrón de acumulación basado correlativamente en la super-explotación de la fuerza de trabajo, como rasgo o modalidad de realización de la plusvalía en el capitalismo periférico-dependiente (Marini, 2008). Aquí, la acumulación es estructuralmente dependiente de sucesivos ciclos de profundización y ampliación de las fronteras extractivistas. Su “desarrollo” ha estado históricamente sujeto y condicionado a ciclos extraordinarios de descubrimiento/explotación y/o cotización/valorización de materias primas, siguiendo los ritmos espasmódicos del mercado mundial (vale decir, de la demanda de los países industrializados). (…)