2) Agosto-2026
Los nac&pop se empeñan en institucionalizar defensas comunalizadas de territorios. Las concilian con:
Qué Democracia
De legalización y legitimación, durante 43 años sin interrupción alguna, al establishment transnacional y transnacionalizado enriquecerse por expropiación y mercantilización de los bienes comunes tanto sociales como naturales, también por creciente explotación de la naturaleza, los trabajadores y los pueblos de Argentina.
Los nac&pop prosiguen desde 2022 su Campaña Plurinacional por iniciativa popular de proyecto de ley sobre acceso al agua potable y segura como derecho universal, que la falta de pago no autoriza el corte del servicio. Disponer que el uso del agua para la vida, para todas las vidas, es prioridad absoluta ante cualquier concesión para obras o procesos productivos que puedan ponerla en riesgo, la licencia social es requisito previo para autorizar cualquier uso. Obligar al Estado y funcionarios a protegerla y sanearla, garantizando los preceptos constitucionales y legales vigentes y a la participación popular informada y vinculante en toda actividad que pueda afectarla; a preservarla para el uso tradicional de las comunidades campesinas y para su convivencia con los Pueblos Originarios.
Fundamentan que las corporaciones derrochan nuestro bien sin ningún control. Por eso esta ley propone que se garantice la protección del agua en todos sus aspectos, ya sea la lluvia, los humedales, los acuíferos, los ríos, los salares, los mares, etcétera.
Explican que la Campaña recurrió a este instrumento constitucional, ya que entienden que el respaldo a la ley debe provenir de la misma sociedad y ello consecuentemente debe impulsar a los congresistas a darle la importancia que la problemática merece. En el Plenario de 2026 lo señalan como esencial a la democracia participativa.
- En suma, la Campaña desprecia 43 años de legalización y legitimación –sin interrupción alguna- al establishment enriquecerse por expropiación y mercantilización de los bienes comunes tanto sociales como naturales, también por creciente explotación de la naturaleza y los trabajadores, los pueblos e individuos de abajo.
Tampoco repara que Mekorot tiene una extensa relación con el Estado nacional y los gobiernos provinciales, con planes de manejo de agua que no se hicieron públicos, y ya asesora a AySA. Su presencia ha sido celebrada por los gobiernos que se sucedieron desde, al menos, 2007, cuando el gobierno de Chubut firmó un primer convenio con la compañía israelí, cuya especialización es el apartheid hídrico para la población con el fin de atender al gigantesco consumo de agua dulce por todos los extractivismos.
«Eduardo “Wado” de Pedro, ministro del Interior durante el mandato de Alberto Fernández (Frente de Todos). Fue él quien encabezó el viaje de funcionarios a Israel en 2022 y la firma de los convenios de Mekorot en 2023. “Hay un vínculo muy estrecho entre el CFI, que está presidido por una persona muy cercana a Wado De Pedro y muy cercana al titular de la Cámara de Comercio Argentino Israelí (CCAI), Mario Montoto”, señala Ferreyra y añade: “Hay un tándem político que banca muy fuerte a esta empresa”.
Luego de que Mekorot se despegara de la posible compra de AySA, De Pedro, ahora como senador, presentó dos iniciativas legislativas para frenar la privatización. “Estas propuestas buscan garantizar que el agua siga siendo un derecho y no un negocio”, expresó De Pedro en sus redes sociales. Algo contradictorio con su rol en la gestión al frente del Ministerio del Interior»
Nota de Ana Chayle que entrevista a Silvia Ferreyra, integrante de la campaña Fuera Mekorot
REFLEXIONEMOS SOBRE EL GRAVÍSIMO DESVIO DE LA MIRADA MAYORITARIA que concretan nac&pop. Hagámoslo mediante el siguiente artículo advirtiendo que
“La sequía es la manifestación más visible de un problema mucho más profundo: la degradación de los sistemas naturales y sociales que sostienen el agua, la alimentación y la vida”.
La sequía no empieza cuando deja de llover
13 de agosto de 2026
Por Pablo Alcalde | Climática
La degradación de los ecosistemas, la mala gestión de los recursos y los efectos del cambio climático están convirtiendo la sequía en una amenaza creciente para la alimentación, la salud y la estabilidad de comunidades enteras.
Cuando pensamos en una sequía solemos imaginar un paisaje agrietado, embalses vacíos y campos sedientos bajo un sol implacable. Pensamos en la falta de lluvia. Y, sin embargo, la sequía rara vez empieza ahí.
La sequía es la manifestación más visible de un problema mucho más profundo: la degradación de los sistemas naturales y sociales que sostienen el agua, la alimentación y la vida. Es el síntoma de una enfermedad que llevamos décadas alimentando mediante decisiones políticas, económicas y ambientales que han debilitado la capacidad de los territorios para adaptarse a un clima cada vez más extremo.
Por eso, hablar de sequía únicamente como un fenómeno meteorológico resulta insuficiente. La lluvia importa, por supuesto. Pero también importan la gestión de los acuíferos, la protección de los bosques, el estado de los suelos, las políticas agrarias, la planificación urbana, las infraestructuras hidráulicas o el uso que hacemos de los recursos naturales.
El agua no es simplemente un recurso que sale de un grifo. Forma parte de un ciclo complejo que conecta lluvia, suelos, ríos, acuíferos, ecosistemas, producción de alimentos y comunidades humanas. Cuando ese ciclo se deteriora, la vulnerabilidad aumenta. Y cuando llegan las sequías, sus consecuencias se multiplican.
El cambio climático está alterando profundamente ese equilibrio. Las lluvias son más irregulares, los episodios extremos más frecuentes y las temperaturas más elevadas. Sin embargo, el problema no es únicamente climático. También es político.
Durante años hemos gestionado el agua como si fuera un recurso inagotable. Hemos permitido la sobreexplotación de acuíferos, la degradación de ecosistemas fundamentales para regular el ciclo hídrico y modelos de desarrollo que consumen más agua de la que muchos territorios pueden sostener. A menudo, las decisiones a corto plazo han pesado más que la sostenibilidad futura.
Las consecuencias son visibles en todo el planeta. La desertificación avanza, las cosechas se vuelven más inciertas, los medios de vida se debilitan y millones de personas ven comprometido su acceso al agua y a los alimentos. Lo que comienza como una crisis ambiental termina convirtiéndose en una crisis alimentaria, económica y social.
Y aquí aparece una de las mayores paradojas de nuestro tiempo. Quienes menos han contribuido al calentamiento global suelen ser quienes sufren sus impactos con mayor intensidad. Comunidades rurales del Sahel, agricultores de zonas áridas de América Latina o familias desplazadas por conflictos y crisis climáticas afrontan una realidad que apenas han contribuido a generar.
Mientras los países industrializados acumulan buena parte de la responsabilidad histórica de las emisiones que han alterado el clima, millones de personas en el sur global soportan las consecuencias más duras: pérdida de cosechas, inseguridad alimentaria, desplazamientos forzosos y un aumento constante de la vulnerabilidad.
No se trata únicamente de una crisis ambiental. Es una cuestión de justicia.
La inseguridad hídrica y alimentaria no son fenómenos aislados. Están profundamente vinculados a la desigualdad, a la pobreza y a la fragilidad institucional. Allí donde fallan la gobernanza, la inversión pública o la protección de los recursos naturales, las sequías golpean con más fuerza.
Por eso, las soluciones tampoco pueden limitarse a esperar la próxima lluvia. Necesitamos proteger los ecosistemas que regulan el agua, restaurar suelos degradados, gestionar de forma sostenible los acuíferos, reforzar los servicios de agua, saneamiento e higiene y apoyar a las comunidades más expuestas a los impactos climáticos. Necesitamos políticas públicas que miren más allá de la emergencia y apuesten por la resiliencia.
Y también necesitamos asumir una responsabilidad colectiva. Como ciudadanía podemos exigir a gobiernos y empresas decisiones coherentes con la magnitud del desafío, apoyar iniciativas que protejan los recursos naturales y revisar modelos de consumo que ejercen una presión creciente sobre ecosistemas cada vez más frágiles.
La sequía seguirá formando parte de la historia de la humanidad. Lo que no es inevitable es que continúe transformándose en hambre, desplazamiento y sufrimiento para millones de personas. Porque la pregunta ya no es si lloverá más o menos. La verdadera pregunta es si seremos capaces de construir sistemas más justos y resilientes para que nadie tenga que pagar el precio de una crisis que no ha provocado.
Pablo Alcalde, responsable de Agua, Saneamiento e Higiene en Acción contra el Hambre, con motivo del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía.
Fuente: https://rebelion.org/la-sequia-no-empieza-cuando-deja-de-llover/