3) Agosto-2026
Los nac&pop se empeñan en institucionalizar defensas comunalizadas de territorios. Las concilian con:
Qué Trabajo
De subsunción total en el Capital hasta el extremo de arriesgar la vida personal, de envenenar todo lo existente, de producir e inventar maquinaria destructora de la naturaleza, de exterminar poblaciones humanas, de ejercer la manipulación social o la genética, etc.
Comprobamos a la “soberanía” como concepción dominante sobre solución a problemas fundamentales. Se debe a los nac&pop que distorsionan las experiencias presentes e históricas promoviendo así la continuidad del capitalismo, con lo cual sugieren e imponen la normalidad de un sistema basado en la explotación de los trabajadores para enriquecimiento ilimitado del 1% expropiador y expoliador.
Recordemos a Lula como trabajador metalúrgico y cómo se convirtió en presidente al servicio de la burguesía local e imperialista. Pensemos sobre:
Brasil ante el nuevo mapa de la soberanía
17 de agosto de 2026
Por Alejandro Marcó del Pont |El tábano economista
(…) La defensa de Brasil comienza, naturalmente, en sus fronteras, pero no termina en ellas. La Amazonia, el Atlántico Sur, las plataformas del Presal, los puertos, las rutas marítimas, los cables submarinos, los satélites y las redes de energía forman un sistema indivisible de soberanía. El país que pierde el control de esas infraestructuras puede conservar formalmente su bandera y sus instituciones, pero habrá perdido parte de su capacidad efectiva de decisión.
La Amazonia constituye el núcleo más visible de esta ecuación. Es territorio, reserva ambiental, fuente de agua, espacio de biodiversidad, corredor fluvial, depósito de minerales y frontera estratégica. La defensa amazónica no puede ser entendida sólo como presencia militar en áreas remotas. También requiere infraestructura, comunicaciones, satélites, radares, investigación científica, protección de las comunidades, control de los ríos y capacidad de fiscalizar actividades ilegales y operaciones de actores externos.
Durante mucho tiempo, la geopolítica de los recursos estuvo dominada por el petróleo. Las guerras, las alianzas y las intervenciones del siglo XX se organizaron en buena medida alrededor del acceso a los hidrocarburos. El siglo XXI agrega una nueva dimensión: la geopolítica de los minerales, los datos, la energía y la inteligencia artificial.
El interrogante central no es, sin embargo, si Washington desea “controlar” Brasil en el sentido clásico de la palabra. La pregunta más rigurosa es qué mecanismos de presión puede utilizar Estados Unidos para influir sobre las decisiones brasileñas. Esos mecanismos pueden incluir comercio, aranceles, sanciones, inversiones, inteligencia, cooperación militar, litigios tecnológicos, regulación financiera, controles de exportación y acceso privilegiado a cadenas de minerales críticos y elecciones.
La iniciativa estadounidense Pax Silica revela esta transformación. No es una nueva versión formal de la Pax Americana ni una doctrina general de paz. Es una arquitectura de seguridad económica y tecnológica impulsada por el Departamento de Estado, orientada a organizar cadenas “seguras” de minerales críticos, energía, semiconductores, manufactura avanzada, centros de datos e inteligencia artificial de EEUU. Su objetivo declarado es reducir vulnerabilidades y construir una red de socios confiables en torno a los componentes materiales de la economía digital.
La propuesta china WAICO —World Artificial Intelligence Cooperation Organization— responde a la misma disputa desde otra perspectiva. Se presenta como una organización internacional de cooperación y gobernanza de la inteligencia artificial, abierta al Sur Global y orientada a la soberanía de los datos, la cooperación tecnológica, la reducción de la brecha digital y el desarrollo de códigos abiertos. Brasil figura entre los países que participan de esta iniciativa, según la información difundida por Agência Brasil.
Pax Silica y WAICO no son equivalentes exactos. La primera se concentra en la seguridad de la infraestructura material de la inteligencia artificial, minerales, energía, semiconductores, manufactura y capacidad de cómputo. La segunda se orienta hacia la gobernanza, los estándares, la cooperación y las normas de uso de la tecnología. Una organiza una red selectiva de cadenas de suministro; la otra ofrece una plataforma multilateral de cooperación tecnológica.
Pero ambas forman parte de una misma transformación histórica, la competencia entre Estados Unidos y China. La idea es que ya no se disputa sólo mediante portaaviones, bases militares o alianzas formales. También se disputa mediante chips, datos, algoritmos, cables, puertos, minerales, energía y estándares regulatorios. Brasil no enfrenta únicamente el dilema de exportar a Washington o a Beijing. Enfrenta la posibilidad de quedar incorporado a cadenas de valor diseñadas por otros sin controlar sus eslabones decisivos.
La presión estadounidense no empuja necesariamente a Brasil hacia China. Lo empuja hacia una política de cobertura estratégica, diversificación y autonomía sectorial. Brasil no debería sustituir una dependencia por otra. La cooperación con China puede ofrecer infraestructura, tecnología y mercados; la cooperación con Estados Unidos puede facilitar inversiones, acceso financiero y transferencia de capacidades en determinados sectores. Pero ninguna de las dos relaciones debe convertirse en una delegación de la soberanía nacional.
La comparación con India resulta útil. India enfrenta una competencia directa con China. Comparten frontera, disputan territorios, rivalizan por el Himalaya, el océano Índico, Pakistán y las rutas asiáticas. Brasil no enfrenta a Estados Unidos en una frontera terrestre ni en una disputa militar equivalente. Pero ambos países comparten un problema estratégico: son potencias regionales que intentan evitar que una potencia mayor organice unilateralmente su entorno.
India responde mediante capacidades militares, alianzas flexibles, industria nacional, tecnología espacial, vínculos con Rusia, cooperación con Estados Unidos y participación simultánea en BRICS y otras instituciones. Brasil debe adaptar esa lógica a sus propias condiciones. No necesita copiar el dispositivo militar indio, pero sí aprender que la autonomía sólo es creíble cuando está respaldada por capacidades.
En el caso brasileño, esas capacidades deberían incluir vigilancia amazónica, control del Atlántico Sur, protección del Presal, defensa cibernética, satélites, drones, radares, guerra electrónica, industria de minerales críticos, producción de semiconductores y seguridad de las infraestructuras digitales. También debería incluir una diplomacia regional capaz de transformar el peso brasileño en influencia efectiva.
La cuestión venezolana es también una cuestión electoral. Lula necesita defender el principio de no intervención y, al mismo tiempo, demostrar que la política exterior produce resultados. Condenar a Washington sin cambiar el desenlace puede ser presentado por la oposición como impotencia. Confrontar abiertamente con Estados Unidos puede ser presentado como irresponsabilidad económica y aislamiento internacional. La crisis obliga al gobierno brasileño a mostrar que la defensa nacional no es una consigna abstracta, sino una política concreta.
El documento del IPEA sobre la Amazonia y el Atlántico Sur sostiene que Brasil necesita una capacidad autónoma de actuación para preservar sus intereses, aunque deba cooperar con sus vecinos. Ese principio debería orientar el ciclo 2026-2030. Autonomía no significa aislamiento; cooperación no significa subordinación. Brasil debe poder cooperar con Estados Unidos sin transformarse en un auxiliar de su estrategia hemisférica y con China sin convertirse en un proveedor cautivo de recursos.
Brasil se encuentra ante una oportunidad y un riesgo. Su escala territorial, sus recursos, su mercado y su diplomacia le permiten convertirse en una potencia de equilibrio entre Estados Unidos y China. Pero esos atributos sólo adquirirán valor estratégico si se traducen en capacidades nacionales y regionales. De lo contrario, la Amazonia seguirá siendo un territorio inmenso administrado desde lejos, el presal, una reserva energética vulnerable, los minerales críticos una riqueza exportada sin industrialización y los datos una nueva materia prima controlada por empresas extranjeras.
La pregunta final no es si Brasil debe elegir entre Washington y Beijing. Debe elegir entre dependencia y autonomía. Entre ser objeto de la competencia tecnológica y geopolítica o convertirse en sujeto de ella. Entre aceptar que otros definan el futuro de América del Sur o asumir la responsabilidad que corresponde a la principal potencia regional.
La defensa nacional brasileña ya no puede limitarse a custodiar fronteras. Debe proteger la capacidad de decidir. Y esa capacidad se juega, al mismo tiempo, en Venezuela, en la Amazonia, en el Atlántico Sur, en las minas, en los puertos, en las redes digitales, en los satélites, en los centros de datos y en la política exterior. La soberanía del siglo XXI no se pierde únicamente cuando un ejército cruza una frontera. También se pierde cuando una nación descubre que sus recursos son propios sólo en el papel, mientras las decisiones fundamentales se toman en otra parte.
Fuente: https://rebelion.org/brasil-ante-el-nuevo-mapa-de-la-soberania/
Repitamos a Alejandro Marcó del Pont: “La defensa de Brasil comienza, naturalmente, en sus fronteras, pero no termina en ellas. La Amazonia, el Atlántico Sur, las plataformas del Presal, los puertos, las rutas marítimas, los cables submarinos, los satélites y las redes de energía forman un sistema indivisible de soberanía. El país que pierde el control de esas infraestructuras puede conservar formalmente su bandera y sus instituciones, pero habrá perdido parte de su capacidad efectiva de decisión”.
Nos recuerda al Frente Amplio por la Soberanía (en menores dimensiones como quedaron los sueños de Víctor De Gennaro de ser Lula) focalizado en estatizar la administración del río Paraná para distribuir riquezas con origen en el saqueo a costa del hambre en crecimiento constante y el envenenamiento de todo lo existente.
Debido a conservar la lógica del Capital, el Frente niega la hidrovía Paraguay-Paraná como esencial a la “República Unida de la Soja”, así Syngenta denominó a Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina a principios de siglo.
En contraste la lógica del Trabajo, recuperado en su historia humanizante, atiende las necesidades y aspiraciones de los pueblos de esos cuatro países. Tal unión será clave para frenar, luego erradicar, al sistema global de agronegocios que concentra y transnacionaliza tanto la economía como el territorio y liquida la salud de la naturaleza, incluyendo la humana. Pero, también, la adopción conjunta del destino común aprecia el análisis de los pueblos andinos que concluye sobre los Derechos de la naturaleza o funcionamiento-evolución básico a la vida planetaria. De manera que enfoca al Paraná como componente de la Cuenca del Plata y esto hermana a los pueblos correspondientes en el manejo integral de la Cuenca en acuerdo a necesidades de todos ellos y a la salud de ella. Ya que la reciente gran sequía del caudaloso Paraná respondió -ante todo- a la deforestación de la Amazonía, El Pantanal, El Gran Chaco y a la desintegración de su red de extensos humedales interconectados.
En Argentina es clave y urgente salir de la focalización en el fuera Milei, en leyes y en las elecciones o en el Fuera FMI. El desafío es asumir -en unión cada vez más extensa con otros pueblos- la lucha contra el exterminio de palestinos y futuro inmediato de todo el Abya Yala.