IV. PROPUESTA DE HORACIO MACHADO ARÁOZ

Recuperando el metabolismo con la naturaleza de los humanos.

(…) La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como “cambio de políticas/políticas redistributivas”, “cambio de gobierno” o “toma del Estado”, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio.

Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria; un cambio geosociometabólico hacia un nuevo régimen de relaciones sociales, donde en lugar de la apropiación privada de los medios de vida, sea restituida su carácter y condición de Bienes Comunes.

Porque lo común, es el horizonte de la Naturaleza; lo que tenemos en común, lo que somos. Es la condición de producción de la Vida en sí (Gutiérrez, 2015; Gutiérrez, Navarro y Linsalata, 2016; Navarro, 2013).

Necesitamos pensar la revolución, la emancipación no como masificación del consumo, sino como comunalización de los medios de vida; comunalización no apenas de la “propiedad” sino del proceso de producción de la existencia en su totalidad, desde su raíz. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Esto implica avanzar hacia la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar no es sólo suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”, sino también des-privatizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios.

Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra; es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.

Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica.

Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.

En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana”. (Marx, Karl, 1981[1867]: 1045).

La cuestión ecológica, en definitiva, nos incita a pensar que para avanzar en la democratización de la vida social; necesitamos partir de un patrón de justicia con la Madre Tierra. Y esa tarea demanda transitar hacia otra Era Geológico-antropológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica. Eso sería sí, caminar a una Era realmente Antropocénica; es decir, una Era donde la Humanidad se asuma y viva como humusidad, como humus que somos, hermanada/os en nuestro vínculo filial con la Madre-Tierra.

Claro, somos conscientes de que esto constituye un fenomenal desafío ideológico, existencial y emocional para toda la humanidad. Pero también, deberíamos ser capaces de advertir que, en medio del desquicio capitalista, hay ya muchas com-unidades humanas que no han perdido el rumbo; o lo están re-encontrando; comunidades biológicas y políticas que viven (y viven bien) bajo otro régimen sociometabólico. Las alternativas no sólo están en los papeles; hay alternativas vivas, re-existentes.

Referencias (…)