III. EL PORQUÉ DEL OBRAR PROGRESISTA

HORACIO MACHADO LO EXPLICA Y PROPONE EN:

De los extravíos de la vieja izquierda al Postextractivismo:
Independencia, Justicia, Democracia, Humusidad

10 septiembre, 2021

Horacio Machado Aráoz

(…) la principal responsabilidad política que le cabe al progresismo latinoamericano en esta ola de derechización de nuestras sociedades tiene que ver con haber provocado la reactivación de la vieja y perimida fantasía colonial desarrollista; de haberla expandido y transformado en amplias mayorías electorales, e incluso, de haberla inoculado en el imaginario político de vastos sectores del campo popular.

Contradiciendo los más valiosos aportes del pensamiento crítico, haciendo caso omiso de la propia historia de lucha de los pueblos y los sectores históricamente oprimidos por el patrón de poder moderno-colonial, los gobiernos progresistas volvieron, una vez más, a apostar por el “desarrollo” como vía de superación de las desigualdades histórico-estructurales. Con sus discursos y sus prácticas, re-habilitaron la creencia en un capitalismo “serio” que, conducido y regulado por el Estado, desde la defensa del “interés nacional”, podría sacarnos del “subdesarrollo”.

El colmo de los extravíos fue (y es) apelar a la profundización del extractivismo como vía de “salida del neoliberalismo”; imaginar la redistribución estatalista de la renta primario-exportadora como una vía válida y necesaria para la “eliminación de la pobreza”, la superación de la dependencia, y hasta para la creación de sociedades más igualitarias y democráticas. Eso sí que constituye la expresión de un oxímoron en estado superlativo. Y pone de manifiesto, la magnitud de los extravíos políticos de la vieja izquierda.

Ahora bien, en las raíces de ese extravío cabe situar a los presupuestos antropocéntricos, productivistas, cientificistas y tecnocráticos, estadocéntricos, de la vieja izquierda. Tales presupuestos siguen operando como un pesado lastre epistémico-político que inhabilita a percibir los verdaderos desafíos políticos de nuestro tiempo. Esa vieja izquierda sigue siendo tributaria de lo que hoy, en un estricto sentido científico, constituye un anacronismo epistemológico (además de ser contradicción manifiesta con una concepción histórico-materialista del mundo).

Nos referimos a una ontología binaria que sigue pensando lo humano, no como centro del universo (pues eso implicaría verlo anudado a los flujos de relaciones que nos constituyen como seres vivientes de carne y hueso) sino fuera de él; como si los humanos fuéramos realmente seres extra-terrestres; o sea, entidades que podríamos estar por afuera y por encima de la Tierra; ajenos a la Naturaleza y con la cual sólo tendríamos una relación utilitarista, instrumental, de uso y explotación, así sea “racional” o le pongamos al lado el adjetivo comodín de “sustentable” (hay que explicitar que “explotación sustentable” es otro oxímoron?).

Desde esa ontología binaria es que la vieja izquierda ha consentido la profundización y ampliación del extractivismo en América Latina (y para peor, se muestra predispuesta a seguir haciéndolo). Se piensa que el extractivismo es sólo un “problema ambiental”, frente al cual se antepone la presunta prioridad de “lo social”. Las respuestas progresistas a las críticas del extractivismo siempre fueron por esa vía (falaz) de argumentación: que antes que cuidar la Naturaleza, “primero” está “la liberación del ser humano”; que, por más que haya que “cuidar el ambiente”, lo prioritario es “superar las condiciones de pobreza” en la que viven realmente sumergidas inmensas mayorías de nuestros pueblos. Para esa lógica de razonamiento quienes “anteponen” la “cuestión ambiental a la social” expresan en realidad demandas “postmateriales”, que responden más bien a intereses y posiciones de las “clases acomodadas” o al menos, “insensibles” a las condiciones de vida de las “clases bajas”. Por fin, otra vía de justificación del extractivismo ha sido la de (des)calificar las críticas como expresiones de un romanticismo utópico, como posturas absolutamente carentes de realismo y de sentido político de las urgencias (varios intelectuales dichos de izquierda han usado el término de “pachamamismo”[1] en este sentido).

Y la verdad, es que nada nos parece más material, más realista, más urgente y prioritario, pero también más revolucionario y más radicalmente comprometido con la causa de les condenades de la Tierra, que la causa del ecologismo; del ecologismo popular. Porque esa causa es precisamente la causa de la lucha contra la explotación de la Tierra; que es lo mismo que decir la lucha contra la explotación en la Tierra; la lucha, a secas, contra la explotación. Porque, desde la perspectiva de la Ecología Política del Sur, se entiende que el grito de la Tierra es el grito de los pobres (Boff, 1995).

La depredación de la Tierra, el habitus depredador propio de la subjetividad capitalista-patriarcal hegemónica, es la forma primordial de toda explotación; está en las raíces de un régimen de relaciones sociales, un patrón de poder-saber-ser, que hace de la opresión y la depredación (de las fuentes de vida) el medio indispensable de la acumulación (de valor abstracto); la base y el fin de un modo de existencia pensado único, postulado como “superior”, como la “cumbre de la evolución humana”, cuando, en realidad, se trata del gravoso derrotero histórico de degradación de la vida /des-humanización que bajo la hegemonía del Capital hemos venido trazando como especie, en los últimos quinientos años.

Analizar y comprender esto es clave para re-pensar radicalmente el sentido de la existencia y reorientar el rumbo de nuestras aspiraciones emancipatorias. Se trata, primero, de entender que no es cuestión de “anteponer” lo ambiental a lo social, sino de comprender que no hay nada de lo social que esté por afuera de la Naturaleza y, recíprocamente, que no hay nada de lo que hagamos con o sobre la Naturaleza que sea políticamente inocuo. Esto significa sencillamente que no es posible escindir o disociar la explotación de la Naturaleza, respecto de toda y cualquier forma de explotación social, de unos seres humanos sobre otros.

Por tanto, ninguna lucha contra la explotación (sea explotación clasista, colonial, racista, patriarcal o lo que sea) se puede librar a costa de la explotación y la depredación de la Naturaleza.

Es en ese sentido y desde esa perspectiva que planteamos que el problema del extractivismo no es apenas un problema “ambiental”, sino que se trata de una cuestión eminentemente política; de una problemática ontológico-política cuyo planteamiento nos desafía, primero, a reconocer y luego, a poner en crisis y a rediscutir la naturaleza de la politicidad que se construye a partir de un modo determinado de relacionarnos con la Tierra; de concebir y producir nuestra existencia.

Con la intención de contribuir a deconstruir y desandar las consecuencias e implicaciones de esa ontología binaria, en lo que sigue de este texto procuraremos dar cuenta de la contradicción radical y manifiesta que existe entre extractivismo y emancipación social. En particular intentaremos explicitar y dar cuenta de los vínculos existentes entre extractivismo y dependencia; entre extractivismo y dominación de clase; y entre extractivismo y supresión de las condiciones elementales de la democracia. Por último, intentaremos mostrar por qué pensar el post-extractivismo emerge como una condición necesaria, indispensable y urgente para afrontar la crucial crisis ecológico-civilizatoria en la que, como especie, nos hallamos inmersos.

Extractivismo y dependencia (…)