IV. ¡Fuera Mekorot!y ¡no! a la patrimonialización

(…) El acaparamiento de tierras y la invasión agroindustrial que son un brutal “refinamiento” de las condiciones de despojo, devastación, deshabilitación y expulsión, que emulan o sirven de modelo a la brutalidad ejercida por ejércitos, grupos de paramilitares o sicarios contra la gente inerme. Se incendian los bosques, se privatizan los manantiales, las represas y los torrentes, se destruyen las casas o se prohíben los modos de habitar los territorios, las técnicas antiguas, los saberes ancestrales, la relación con los signos de la lluvia, el viento o las nubes, la humedad del suelo y la temperatura. A cien años del asesinato de Emiliano Zapata recordamos la consigna de ¡Tierra y Libertad!, que la tierra es de quien la trabaja y que junto con los montes y aguas debe ser cuidada y cultivada por los pueblos. Es urgente detener el acaparamiento de tierras y los nuevos latifundios agroempresariales. (…)

(…) Si algo caracteriza este siglo XXI es que la confusión no reconoce fronteras de clase, ni etnografía ni color de piel. La derecha quiere a todo mundo igualado en la ignorancia, la ceguera y el miedo. Estas condiciones no son meramente condiciones culturales, porque tienen un peso político, una carga de explotación, despojo y brutalidad que va del rincón más cerrado de una fábrica, del taller casero de alguien que trabaja maquilando algún componente en una cadena de suministro, o en una parcela en la pendiente de una loma, hasta los rascacielos que estallan con los misiles. Hasta los hospitales y escuelas que se desploman dejando a infancias inertes, asesinadas.

La guerra es permanente y busca que los ricos más ricos se apoderen de todo. Hoy es más claro que nunca que el cercamiento medieval de los ámbitos comunes de las comunidades recrudeció la búsqueda de poder y control, la apropiación de todo lo concebible. Y la Naturaleza lo sufre aunque no haya gente, que siempre hay, y pese a que hoy hay un refinamiento en la contabilidad de las bajas provocadas por la guerra, “la naturaleza no tiene lugar en la contabilidad de la guerra, no tiene registro, no construye una agenda de contención y definitivamente, no de reparación”, como dice Esperanza Martínez en uno de los textos del número. (…)

(…) Luca Ferrari, del Centro de Geociencias de la UNAM, explicó que la fractura hidráulica es una forma extremadamente onerosa de obtener pocos recursos energéticos. Hay que abrir 100 pozos de fracking para producir lo mismo que uno de petróleo. Además, la vida útil de esos pozos es muy breve: al tercer año sólo producen 10 por ciento de lo que se extrajo el primer año. Para compensar la caída de producción se abren pozos nuevos todo el tiempo, por lo cual la ocupación de territorio –y la contaminación– es muy alta. Debido al rápido declive, no es una respuesta a largo plazo, quizá sólo para una década, estimó Ferrari. Requiere enormes volúmenes de agua, cientos de sustancias químicas tóxicas y gran despliegue de infraestructura y técnicas específicas que no se manejan en México, por lo que la explotación la deberán hacer empresas extranjeras, las mismas que producen gas con fracking en Estados Unidos y lo exportan a México. La inversión que se requiere es muy alta, por lo que no es económicamente viable; solamente funciona con subsidios. Ya sucede así en Estados Unidos e igual será en México.

Sesenta por ciento del gas en México va para la industria, sobre todo para la de exportación; no es para cubrir necesidades de la población. Urge revisar a qué y a quiénes se dedica la energía y cómo cubrir las necesidades de México con fuentes renovables que no generen más dependencia.

Beatriz Olivera Villa, de Engenera AC, explicó que, además de pozos, se requieren una gran cadena de infraestructura, muchos lagos contaminantes de aguas residuales tóxicas, centros de procesamiento, transporte y gasoductos, por lo que la inversión necesaria para los pozos de fracking proyectados es de dos a cuatro veces el total del presupuesto de Pemex. ¿Quién pagará esto?

Manuel Llano Vázquez, de Cartocrítica, agregó que el uso de agua para el fracking es de entre 8 y 80 millones de litros anuales por pozo, volumen que aumenta cada año, al inyectarse cada vez a mayor profundidad. La demanda de agua para los prospectos de fracking en México va de 50 a 100 por ciento del agua disponible en esas cuencas y acuíferos; en zonas áridas es más de la que existe disponible. Es agua limpia que se contamina con compuestos químicos, muchos de ellos tóxicos, cancerígenos o radiactivos.

Yolanda Pica, experta en agua y toxicología, de Contratox, explicó que no existe nada “sustentable” en el fracking. Las nuevas técnicas consisten en la posible reinyección de aguas residuales; esto sólo es posible en un rango de 40 a 70 por ciento y no dejan de ser tóxicas. Agregó que esas técnicas se desarrollaron para optimizar la ganancia, no la sustentabilidad, y si no son rentables, las empresas no las aplicarán.

Andrés Barreda, de la Facultad de Economía y de Renacer, explicó que el fracking nunca fue una técnica neutra: fue desde el origen un instrumento creado por Estados Unidos como arma geopolítica para sobreponerse a su crisis de acceso al petróleo. Está subsidiado con inmensas cantidades de dinero público para asegurar las ganancias de las empresas que lo controlan en Estados Unidos, que serán las mismas que lleguen a México, ya que México no tiene la capacidad. Avanzar el fracking en México es subsidiar a las empresas que ya devastaron Texas y otros estados y transferir a nuestro país los costos ambientales y sociales. No es aumentar la soberanía energética ni nacional, sino lo contrario, es favorecer a empresas estadunidenses, aumentando exponencialmente los impactos en comunidades envenenadas y creando nuevas zonas de sacrificio. (…)

La Jornada
Fuente: https://www.biodiversidadla.org/Revista2/128 

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