Urge independizarnos de izquierdas electoraleras (I)

Desde décadas fetichizan el capitalismo en el pago de servicios de la deuda pública externa y en el FMI.

Beverly Keene | 22/12/2025 en Huella del Sur cuyo artículo «Extractivismo es deuda, deuda es extractivismo: desde la recolonización hacia la resistencia»

a) (…)No alcanza con el ajuste y austericidio permanente, ni con las reformas laborales, fiscales y previsionales prometidas. Se exige la entrega lisa y llana de nuestra soberanía y derechos, de los resortes centrales de nuestra economía incluyendo los bienes naturales y comunes, y de toda ilusión de participación y control popular sobre nuestro presente y futuro.

Al rescatar por tercera vez en seis meses el fallido programa económico del Gobierno de Javier Milei, EE.UU. y los grandes prestadores de capital aprovecharon al máximo el indignante mangazo argentino. Salieron de la semi-sombra para incidir abierta y decisivamente en los planos económicos, políticos y electorales de nuestro país, agitando exitosamente viejos espejitos de colores.

Dejaron en claro los intereses estratégicos que persiguen al “ayudar” a la Argentina ante la imposibilidad de juntar las divisas para pagar la estafa de la deuda: litio, uranio, tierras raras, agua, condiciones privilegiadas para esas mismas especuladoras y empresas, el fortalecimiento de su alianza ultraderechista, la contención de su principal rival geopolítico, China. Mientras en el mar Caribe, desplieguen un nuevo show de pistolas modernas para quienes no se dan por aludidos.(…)

b) (…)Del golpe y el Fondo, a la financiarización, la deuda y la reprimarización

(…) Desde entonces se ha continuado profundizando ese mismo proceso, priorizando la especulación y la reprimarización y multiplicando por 10 la deuda pública reclamada al país (454 MMD al 30.9.25). Con altibajos sin duda, idas y venidas varias, y con la aparición de nuevos actores que concentran mucho poder – como los fondos privados de Black Rock, Vanguard, Templeton y otros – y que unen bajo una misma estrategia de ganancias a la especulación financiera y el control directo de activos.

Pasamos por la década perdida de los 80, la década menemista neoliberal y privatizadora de los ´90, el colapso de 2001 y la década kirchnerista pagadora, hasta llegar a los años de Macri, Fernández y Milei. Pero anteponiendo siempre, sin cuestionar ni sancionar a los responsables, la demanda de pago de una deuda eterna cuya ilegitimidad e incluso ilegalidad han sido ampliamente establecidas, a las obligaciones de cumplir primero con los derechos de los pueblos y de la naturaleza.

El fallo del Juicio Popular a la Deuda y al FMI, realizado en 2020 por la Autoconvocatoria por la Suspensión del Pago e Investigación de la Deuda, fue contundente al respecto. Luego de constatar cómo, incluso, se endeudara al país para recibir asistencia técnica para reformar las leyes en beneficio de las empresas extractivistas, destacó “los acuerdos tramposos mediante los cuales, por ejemplo para pagar más deudas en dólares, se empuja al país que debe usar más agroquímicos y seguir desmontando, a los efectos de producir más; o tenga que permitir que se contaminen las aguas con la minería que usa arsénico, cianuro y otras sustancias tóxicas, produciendo… verdaderos ecocidios por goteo.”  No pueden aceptarse de ninguna manera, concluye el fallo, “acuerdos económicos como las deudas públicas y acuerdos con el FMI, que impliquen derivaciones en perjuicios de lesa humanidad y de lesa naturaleza para nuestro pueblo y nuestro ecosistema como país y planeta.”(…)

El RIGI, el Fondo y los bancos multilaterales(…)

«La razón progresista ha instalado también una gravosa confusión teórico-política sobre el neoliberalismo. Circunscribiéndolo a las políticas del Consenso de Washington, ha omitido sus orígenes en los años ’70 y sus continuidades en la última década a través del Consenso de Beijing. Al definir sus programas de gobierno como una “lucha contra el neoliberalismo”, la izquierda progresista ha coadyuvado a instituir la naturalización (ya por aceptación, ya por resignación) del capitalismo. Evidentemente, “neoliberalismo” no es un modo de producción ni una formación social, sino una fase histórica del capitalismo, definida por un específico régimen de acumulación cuya característica central está dada por el predominio de procesos de acumulación por despojo34. En este sentido, la especificidad de esta fase neoliberal no tiene que ver con el “achicamiento” del Estado, ni necesariamente con políticas de ajuste, sino que se trata de una fase de intensificación de las dinámicas de mercantilización mediadas por múltiples y crecientes recursos de violencia. La intensificación de la mercantilización supone una expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital, lo que acontece incluso por medio del intervencionismo activo del Estado35.

Como expresan Duménil y Lévy, el rasgo distintivo del neoliberalismo es “el reforzamiento del poder de la clase capitalista”36, ahora estructurada en una compleja trama institucional que involucra a grandes corporaciones transnacionales, Estados y organismos multilaterales, todos los cuales funcionan bajo la subordinación estricta del capital financiero, al que responden como sus resortes gerenciales.

Como hemos señalado en otros trabajos37, este avance del poder de clase no es ajeno al estallido político de la crisis ecológica global. No esasualidad que ésta coincida con los orígenes del neoliberalismo, ni que haya sido América Latina el primer territorio de experimentación neoliberal. Frente a la crisis de la economía material en los ’70, se inicia también el neoliberalismo como proyecto geopolítico imperial específicamente dirigido a afrontar los desafíos de la acumulación, en una era signada por el agotamiento crítico de los recursos. Justamente, la crisis de los ’70 devela en qué medida el crecimiento económico y la estabilidad política de los países centrales (procesada vía expansión del consumo) dependió históricamente del imperialismo ecológico, a través del cual subsidiaron el metabolismo de sus sistemas urbano-industriales. Para las grandes potencias, el desafío ecológico se tradujo en un mero desafío geopolítico: “se resumió en cómo compensar y garantizar el abastecimiento permanente de materia y energía [desde los países del Sur], en una etapa histórica en la que el colonialismo [formal] ya no se sustenta ni moral ni políticamente”38. De tal modo, a la par de las nuevas dinámicas y tecnologías espaciales del capital (financiarización, electronificación, desregulaciones, relocalizaciones selectivas, concentración vertical de sectores y ramas, control de cadenas globalizadas de valor por parte de holdings y grandes corporaciones combinadas con una mayor fragmentación social y territorial del trabajo)39, se desencadena un proceso (en curso) de securitización de materias primas, militarización de territorios40, expansión del poder corporativo privado sobre bienes y servicios ambientales, mercantilización creciente de entidades, fenómenos y procesos de la naturaleza y, en general, la reconfiguración semiótica de los problemas y conflictos ecológicos bajo el paradigma hegemónico de la “economía verde”.»

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