Qué Trabajo

Noviembre 2020

De futura cooperación en la recuperación del de campesines e indígenas para alimentación sana y equilibrios ecológicos.

 


 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía / Ecocida y genocida /Alternativas emancipatorias

 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía

 

 

Destaquemos la centralidad de los extractivismos. Concentran y transnacionalizan tanto a la economía como al territorio de Argentina. Implican retroceso del país a especializarse en exportar commodities y sumirse más en subdesarrollo o mayor pobreza estructural, atraso científico técnico respecto a atender necesidades e intereses populares, sometimiento al sistema mundo capitalista. Y no es sólo por el gobierno de Macri sino por toda la democracia fiel a lo instaurado por el contubernio de capitales y estados imperialistas con los locales mediante terrorismos paraestatal y estatales en los setenta. Aún más, la democracia restringida se empeña en viabilizar el acelerado acaparamiento gran capitalista de bienes comunes sobre todo derrotando las luchas de les expoliades, lo concreta por maceración ideológica, desinformación, desnutrición y superexplotación laboral.

 

Córdoba: industria que retrocede;

agro y desempleo que avanzan

10 de octubre de 2020

El desempleo llegó a casi el 20% en el Gran Córdoba en el segundo trimestre de 2020, superando la media nacional. El dato fue difundido por el INDEC la semana pasada, y días después, el organismo presentó el indicador de personas bajo la línea de pobreza que llegó al 40%. Con particular incidencia en las infancias. Datos alarmantes pero que sin embargo tienen interpretación a la luz de la dinámica económica provincial y nacional de los últimos años.

 

Por Observatorio de Trabajo, Economía y Sociedad.

Desempleo, informalidad y pobreza en Gran Córdoba

En el segundo trimestre de 2020, es decir, ya en el marco de la pandemia, el desempleo en el aglomerado del Gran Córdoba ascendió al 19,1%. Esto implica un aumento de 8,3% respecto al primer trimestre de 2020 y un 6% respecto a igual trimestre de 2019. La desocupación podría agravarse si tenemos en cuenta que la mitad de las personas que perdieron sus empleos no pudieron iniciar una búsqueda laboral por las limitaciones que impone la pandemia, es decir que a fines de la encuesta, no son desocupadas. Es así que aproximadamente 50 mil personas pasaron a ser consideradas inactivas, lo que se refleja en una caída de la tasa de actividad que pasó del 46,9% al 43,4%.

Sin embargo, este desempleo no afecta a toda la población por igual. El 87% de la disminución del empleo nacional es explicada por caídas en el sector informal. Si bien todavía no fueron publicadas las bases de microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), en la presentación realizada en el marco de las Jornadas Virtuales de Economía Crítica y Feminista, ya alertábamos que esta situación de falta de empleo era particularmente complicada en las mujeres y en jóvenes. En el Gran Córdoba estos sectores se veían con tasas por encima de la media en términos de desempleo y en términos de informalidad laboral. Tomando en cuenta la desigualdad por género, el desempleo en mujeres es creciente desde el año 2010, pasando de 10,6% a 14,6% para el primer trimestre de 2020. Mientras tanto el desempleo en varones es más bien constante y registraba antes de la pandemia una incidencia de 8,2%.

Por último, el INDEC también anunció que el 40% de la población del Gran Córdoba, alrededor de 635 mil personas, no pueden superar el nivel mínimo de ingresos requeridos para satisfacer necesidades cotidianas. Y un 8,1% no llega ni siquiera a alcanzar la canasta básica alimentaria. Lisa y llanamente, no puede cubrir lo más esencial, que es comer.

La situación se agudiza en el marco de una crisis mundial y nacional que todavía no encuentra salida y es agravada por el Covid-19. Pero hace años que en Córdoba asistimos a cambios en la producción y el empleo que pueden brindarnos algunas pistas para entender cómo llegamos al hoy.

El agro avanza, la industria retrocede

La tensión manifiesta sobre el empleo y la actividad cordobesa es producto de largos años de estancamiento y desarrollos dispares. Mientras que a comienzo de siglo, la dinámica productiva y de empleo era liderada por la expansión industrial, a lo largo de la segunda década se evidencia un declive del sector industrial y el protagonismo se traslada hacia el sector agropecuario.

Este cambio de enfoque productivo tiene implicancias directas sobre el trabajo. El sector agropecuario, enmarcado en las prácticas del agronegocio actual, no tiene la misma capacidad de generación de empleo que ofrece la industria. Es por esto que si evaluamos el producto total cordobés para el año 2018 (último registro estadístico), se observa que si bien la actividad agropecuaria explica el 17% de la producción, sólo participa del 5% del empleo. Llevamos este análisis a la industria y observamos que esta es responsable del 15% del producto y participa del empleo en 20%. En síntesis, la relación empleo/producción es muy superior en la industria que en la actividad agropecuaria.

Este ascenso en la dependencia del sector agropecuario responde a problemas económicos estructurales de Córdoba y Argentina, así como a políticas deliberadas de las diferentes administraciones. En Córdoba los gobiernos de De La Sota y Schiaretti han implementado diferentes políticas para beneficiar al sector agropecuario en detrimento de los otros.

En términos presupuestarios se destaca que gran parte de los subsidios económicos son dirigidos a esa actividad. Hacia 2010 el gasto en servicios económicos destinados al sector agropecuario eran 3 veces superiores a los que iban hacia la industria, sin embargo para finales de la década esa diferencia se amplió a 10 veces. También existen diferentes fondos que permiten mejorar la infraestructura necesaria para la producción y circulación de bienes ligados al sector agropecuario. El Fideicomiso para el Desarrollo Agropecuario y el fortalecimiento de la cadena de valor agroalimentaria que es financiado con el 60% del impuesto inmobiliario rural es la muestra más cabal de esto. Los productores pagan el impuesto inmobiliario (dicho sea de paso, el monto de este impuesto está desactualizado hace años) y parte de eso vuelve a esos mismos productores en obras de infraestructura.

El sector agropecuario sigue sumando puntos, mientras un montón de otros sectores cada vez son más dejados de lado. La pandemia vino a mostrar una de las partes más olvidadas de Córdoba.

Tensiones que se revelan y multiplican

Desde hace semanas se asiste a cada vez más muestras de hartazgos en diferentes sectores de la población cordobesa por la situación general. Las manifestaciones de pequeños propietarios de locales gastronómicos, de empleados de aerolíneas, transportistas, etc., se cruzan con reclamos por el cese de los incendios en zonas rojas de bosque nativo y la salud, así como la vida, sigue estando en el centro de las miradas. Marchas en contra del gobierno nacional y sus medidas, reclamos docentes nacionales y provinciales, crecimientos masivos de contagios y trabajadoras de la salud con malas condiciones laborales. ¿Qué se nos viene para adelante? ¿Qué reclamos tomarán formas de políticas públicas? ¿Qué hará el gobierno de la provincia, los sindicatos y cámaras empresariales? Nada de esto está claro pero sí es evidente que la situación económica y sanitaria es realmente complicada en la provincia y llegó el momento de tomar medidas de fondo.

Más noticias..

Fuente: https://www.anred.org/2020/10/10/cordoba-industria-que-retrocede-agro-y-desempleo-que-avanzan/

 

 

 

Sepamos que en este siglo se ha agudizado la lucha por expropiación de las semillas nativas y criollas que es fruto del trabajo colectivo  durante milenios y es base de la soberanía alimentaria. Es tiempo de descubrir qué campo avanza y cómo el otro campo a solidarizarnos requiere ruptura con el capitalismo y no la conciliación ejercida por las actuales dirigencias de campesines y pequeños-medianos productores.

 

 

Las leyes de semillas, aniquilan la soberanía y

autonomía alimentaria de los pueblos

 

Grupo Semillas1

 

 La semilla fundamento de la cultura y soberanía alimentaria de los pueblos Desde cuando las primeras poblaciones humanas crearon la agricultura, las semillas se han constituido en un componente fundamental de la cultura, de los sistemas productivos, de la soberanía y la autonomía alimentaria de los pueblos, y son en un eje de conexión e interacción entre los agricultores y agricultoras con la biodiversidad y sus territorios ancestrales. Las semillas, son un patrimonio colectivo de los pueblos, consideradas como un don o un bien sagrado, que es el resultado del trabajo colectivo y acumulado de cientos de generaciones de agricultores, que las han domesticado, conservado, mejorado, criado, intercambiado y utilizado desde épocas ancestrales; y las actuales generaciones las hemos recibido en préstamo de nuestros antepasados, para que se las entreguemos a nuestros hijos.

 

En este proceso múltiples grupos humanos en diferentes regiones han mejorado y adaptado variedades a un amplio rango de ambientes, condiciones de suelos, climáticas, sanitarias y requerimientos culturales, productivas y socioculturales. Los agricultores han seleccionado las características de las variedades criollas de forma integral en la especie y en el sistema productivo tradicional; es decir las numerosas variedades nativas y criollas que hoy día tenemos, son el resultado de procesos de selección orientados hacia la ampliación de la base genética de la especie; lo que en realidad se ha constituido en un seguro, que les permite a las semillas la adaptabilidad a las condiciones adversas en un seguro para los agricultores que les permite que sus cosechas sean diversificadas y no dependan de unas pocas semillas.

La característica fundamental de estas semillas es que son de todos, caminan libremente acompañado de los pueblos que las han protegido y no tienen un dueño definido, porque son patrimonio de los pueblos. Las comunidades indígenas, campesinas y afrocolombianas siempre han ejercido los derechos colectivos sobre las semillas para su uso, manejo, intercambio y control local; derechos que son de carácter inalienable, inajenable, e imprescriptible; es por ello que para estas comunidades es inaceptable que cualquier forma de vida y específicamente las semillas, pueda ser controlada monopólicamente mediante la aplicación de patentes o protección de obtentores vegetales. Por el contrario, las semillas producidas en los centros de fitomejoramiento convencional, se basan en el estrechamiento de su base genética de la especie, a partir de la selección de variedades que expresan de unas características específicas, ya sean obtenidas por métodos de convencionales para obtener híbridos o variedades certificadas o mediante la manipulación genética para obtener semillas transgénicas. El resultado de esta forma de manipulación, se ha denominado “semillas mejoradas”, pero en realidad estas se deberían llamar “semillas de alta respuesta” a insumos, porque funcionan en condiciones optimas y dependientes de un modelo tecnológico para los cuales fueron desarrolladas. Es por ello que los agricultores campesinos las consideran “semillas desmejoradas”, que no se adoptan para sus condiciones ambientales, productivas y culturales.

 

Este sistema de mejoramiento genético y protección de semillas, se basa en el desarrollo de semillas que sean nuevas, estables, homogéneas y distinguibles, pero el mejoramiento que hacen los agricultores locales se basa en fundamentos diferentes, puesto que no consideran que sus semillas sean nuevas, homogéneas y claramente distinguibles; razón por la cual no caben en el sistema de protección institucional; esto no significa que no tengan que ser reconocidas, valoradas, protegidas por parte del Estado y por las entidades gubernamentales; por el contrario se debe garantizar el derecho de las comunidades locales para su libre uso, manejo y control de sus semillas. Semillas como instrumento de control y dominación.

 

Las empresas semilleras y biotecnológicas en las últimas décadas han identificado el rol y el enorme valor que tienen las semillas en el control de la agricultura mundial. Son consientes que quién controle las semillas y los paquetes tecnológicos asociados, va a controlar los sectores productivos y el sistema alimentario. Se calcula que el posible valor de mercado de todos los alimentos que consume la humanidad, ese mercado que se podría crear, es más grande que cualquiera que conozcamos en la actualidad, es muchísimo mayor que el petróleo, es mayor que la industria automotora, incluso si estos dos aspectos se juntaran. Pero gran parte de ese mercado potencial no está aún en manos del capital y hoy el objetivo del capital es primero, forzarnos a comprar los alimentos y luego, por supuesto, controlar ese mercado de alimentos cuando todos estemos forzados a comprarlos. Las empresas para poder controlar el sistema productivo y el mercado global alimentario necesita terminar con esa capacidad de los campesinos y los indígenas de ser independientes y, en ese proceso, terminar con la producción independiente de alimentos es un paso fundamental. Es necesario también terminar con las semillas independientes, con las semillas no controladas por las grandes corporaciones (GRAIN, 2010)2 .

Actualmente el mercado de semillas comerciales está controlado por un puñado de empresas transnacionales, El ETC Group, 20083 , calcula que diez empresas controlan el 77% del mercado de semillas; de estas solo tres; Monsanto, Dupont y Syngenta, controlan el 47% del mercado. Señala además, que el 82% de estas semillas están patentadas, de las cuales el 79% corresponde a cultivos agrícolas, el 17% a vegetales y flores y el 4% a pastos y leguminosas forrajeras. Hoy más que nunca las empresas biotecnológicas de Estados Unidos y Europa, están presionando a sus gobiernos, para que impongan en todo el mundo leyes que permitan ampliar el control global de estos mercados Para lograr este objetivo, actualmente en el mundo se están imponiendo políticas y marcos legislativos que están cambiando estructuralmente las relaciones de poder y definen quienes controlan los territorios, los recursos naturales los sistemas productivos.

Uno de estos cambios fundamentales es en los sistemas de propiedad intelectual aplicados sobre todas las formas de vida, y sobre los conocimientos asociados a su uso y manejo; a través de la adopción de tratados, acuerdos y leyes sobre propiedad intelectual y de patentes que desconocen los derechos de los países de origen de la biodiversidad y desconocen especialmente los derechos de los pueblos sobre estos patrimonios colectivos. En muchos países del Sur se están modificando las leyes de semillas, adecuándolas a las necesidades de la industria y del comercio, que buscan entregar a un puñado de empresas el control de toda la cadena de la agricultura y la alimentación. Incluyen además de las normas de protección de variedades vegetales y patentes; también normas de control y certificación de la agricultura orgánica, que incluyen el registro y certificación obligatoria de semillas y normas de bioseguridad que facilitan comercio semillas transgénicas. Estas leyes buscan regular la comercialización de semillas, y definen que semillas se pueden vender y cuáles no. Pero en el fondo lo que pretenden es romper el sistema de semillas criollas conservadas por milenios y que han generado la autonomía de los pueblos, buscan que las variedades tradicionales no puedan circular libremente, aniquilan la diversidad genética en el mercado y generan pérdida del poder de los agricultores (GRAIN, 2005)4 . Este cometido ya se ha logrado en gran parte en los países industrializados, en donde solo es legal el uso de semillas protegidas y certificadas, y los agricultores han perdido el control de sus semillas criollas; es así como en estos países actualmente es ilegal que los agricultores conserven y comercialicen sus semillas.

 

El dolor de cabeza para las empresas semilleras, es que aún no controlan todo el mercado de semillas; y sueñan con que en el mundo solo se utilicen unas pocas semillas propiedad de estos monopolios; pero el obstáculo que aun ven, es la complejidad ecosistémica y cultural de nuestros países, expresada en una enorme biodiversidad que ancestralmente esta incrustada en nuestros sistemas tradicionales de agricultura, y que hace muy difícil homogenizar y controlar totalmente el sistema de semillas y alimentario en nuestros países. Durante varias décadas las empresas semilleras han logrado imponer sus semillas híbridas y han generado la pérdida de gran parte de las semillas nativas y criollas en los países del Sur, pero no han logrado aniquilarlas y tampoco uniformizar la complejidad cultural y productiva de los millones de agricultores, quienes se resisten a dejar que les arrebaten sus semillas.

Hoy más que nunca la mayoría de agricultores y agricultoras son consientes que la única opción que tienen para poder permanecer en sus territorios y poder seguir produciendo en el campo, es mediante el control local de sus territorios, de sus semillas y de sus medios productivos; de tal forma que les permita fortalecer su autonomía y soberanía alimentaria. Los agricultores actualmente saben que el día que dejen perder sus semillas, quedaran esclavizados de las empresas que decidirán a nombre de las poblaciones rurales y urbanas, que se produce y que se consume. Es evidente la profunda crisis por la que atraviesan los sectores productivos agropecuarios en Colombia, en donde en los últimos veinte años hemos pasado de ser un país autosuficiente en la producción de alimentos a ser un importador de la mayor parte de la alimentación básica, es una vergüenza que un país con el potencial productivo como Colombia para el año 2009 se importo 9,5 millones de toneladas de alimentos, de estos por ejemplo 3.300.000 toneladas de maíz5 .

 

Pero a pesar de esta crisis, la mayor parte de lo que queda de la producción nacional de la alimentación básica, todavía está en manos de los pequeños agricultores. Es así como ellos siembran el 70% del área cultivada de maíz, el 89% de la caña panelera, el 80% del Fríjol, el 75.5% de las hortalizas y 85% de la yuca, entre muchos otros productos, que garantizan lo que queda de la soberanía y la autonomía alimentaria.

 

Las leyes de semillas, acaban con la agricultura local y la soberanía alimentaria. El gobierno de Colombia en su afán de cumplir con los requisitos impuestos por Estados Unidos y la Unión Europea en el marco de los Tratados de Libre Comercio, que desesperadamente quiere suscribir, esta adecuando la legislación nacional en todos los ámbitos del comercio, para crear las condiciones que requieren los inversionistas para ampliar el control global de los sectores productivos estratégicos. Uno de los ejes fundamentales que son prioritarios en estas negociaciones, es la adecuación y homologación de las normas de propiedad intelectual que se aplican en los países del Norte. Es de especial interés las leyes sobre biodiversidad y conocimientos asociados, por el gran potencial que representan los recursos genéticos presentes en países megadiversos como Colombia. También las transnacionales biotecnológicas y semilleras les interesa poder ampliar el control monopólico de las semillas, como un instrumento para dominar toda la cadena productiva agrícola. En el país desde hace varios años viene adecuando estas normas de propiedad intelectual y también implementando normas de certificación semillas, sanitarias y para el control de la producción agroecológica, y normas de bioseguridad para cultivos transgénicos. Adicionalmente en el marco de los tratados de libre Comercio, que esta suscribiendo Colombia con Estados Unidos y la Unión Europea, se compromete el gobierno a adecuar las leyes en estas materias, acorde a los estándares implementados en estos países. El objetivo es acabar con la agricultura independiente, acabar sobre todo con la producción de alimentos independiente y llegar a que sólo haya agricultura de contrato. Todas ellas en su conjunto buscan cumplir con los requerimientos y la presión de las empresas, que pretenden controlar las cadenas productivas agrícolas y alimentarias. Entre estas normas se destacan(…)

 

1 Grupo Semillas: german@semillas.org.co - www.semillas.or

Fuente: www.biodiversidadla.org/.../Las+leyes+de+semillas%2C+aniquilan+la+ soberanía+y+autonomía+alimentaria+de+los+pueblos.pdf

 

En consecuencia, la «reforma agraria integral» como único camino de la construcción de poder territorial de los pueblos y comunidades contra el acaparamiento gran capitalista local e imperialista de bienes comunes mira hacia:

 

Agroecología para la soberanía alimentaria

Tierra, semillas y territorios libres de violencias

Agosto 2020

 

ACCIÓN POR LA BIODIVERSIDAD

 

 

Nuestra historia como pueblos está, en gran parte, relacionada al camino de las semillas agrícolas, que vienen siendo seleccionadas, mejoradas, conservadas e intercambiadas por las mujeres desde hace más de 10.000 años. Alrededor de las semillas se construyeron comunidades, mercados y, más tarde, ciudades. Decimos que ellas son la base de nuestra alimentación y, por eso, quien controla la semilla controla toda la cadena de producción y comercialización de alimentos.

 

A partir de la instauración de la agricultura industrial, las semillas nativas y criollas y sus saberes están en peligro. Tras la denominada Revolución Verde -impuesta por el agronegocio en la década de 1960- se fueron creando mecanismos para que las familias agricultoras dependan de las semillas corporativas, bajo el discurso que anunciaba que no era posible alimentar al mundo sin semillas híbridas o, como las publicitaban, “mejoradas”. Luego, se las modificó genéticamente para ser “más productivas”, tóxicas a los insectos, y resistentes a los agrotóxicos; lo que permitió a las empresas adueñarse de las semillas por medio de los derechos de propiedad intelectual, ya sea a través de leyes de semillas o de su patentamiento. Cuando decimos que quien controla la semilla controla toda la cadena de producción de alimentos, hacemos referencia a que, al convertir la semilla en un eslabón productivo, las corporaciones definen qué se produce y cómo se produce en cada región, determinando qué alimentos llevamos a nuestras mesas y a qué precio, desconociendo -además- las prácticas que los pueblos realizan y realizaron a lo largo de su historia.

 

La construcción de una «agroecología de base campesina» requiere que las semillas agrícolas mantengan su camino de la mano de quienes históricamente las crearon, cuidaron y multiplicaron. Para ello es necesario, en primer lugar, que se eliminen todos los obstáculos que impiden su libre circulación, cultivo y multiplicación. Pero también es fundamental que se recupere su valor simbólico, político y cultural, como “corazón de la Soberanía Alimentaria”.Las semillas son patrimonio de los pueblos y, por lo tanto, no pueden pensarse como mercancías. Necesitan del cuidado de lxs agricultorxs, que son quienes las defienden y quienes, al compartirlas y sembrarlas, las mantienen vivas. Este cuidado es una de las estrategias más antiguas de la humanidad; por eso, las semillas sólo pueden ser libres en tanto y en cuanto los pueblos y comunidades que las defienden y mantienen puedan gozar de los bienes que las semillas nos brindan.

 

“Nosotros creemos que las semillas son una creación colectiva que tiene que ver con la historia de los pue-blos, especialmente de las mujeres. Las semillas que tenemos hoy son herencias, son un legado que nos han dejado las comunidades indígenas, campesinas y agricultoras, producto de un largo proceso de domestica-ción. Millones de guardianas de semillas a lo largo de miles de años crearon la diversidad de alimentos que consumimos. Esto parece tan obvio, pero en general, en la sociedad, las semillas están bastante ocultas. Es una de las dimensiones ocultas de este capitalismo que hoy se construye y que tanto daño hace a la naturaleza y a los pueblos. Nosotros, los que vivenciamos esa relación que establecimos con la semilla, con la tierra, con el viento, con la lluvia, sabemos que esa semilla tiene incorpo-rados todos esos elementos de la naturaleza junto con conocimientos, afectos, visiones, formas de vida que se ligan con el ámbito de lo sagrado”.Alicia González, del Centro Ecuménico de Educación Popular (CEDEPO) - Argentina.(...)

Construcción de un feminismo campesino

Cada uno de los alimentos que llega a nuestra mesa está producido y sostenido por una trama de relaciones sociales. Muchas veces, estas relaciones están cargadas de violencia y opresiones. La agroecología que queremos apunta a construir vínculos más justos, más solidarios, más cooperativos, para que todos los ámbitos de producción y reproducción de la vida sean sostenibles y saludables. Pensar este tipo de relaciones nos lleva, necesariamente, a pensar en las opresiones instauradas por el sistema patriarcal; sistema del que también forman parte los ámbitos rurales. La realidad de las mujeres está atravesada por múltiples violencias, de índoles física, económica y simbólica. Ante estas si-tuaciones, el diálogo y la escucha entre compañeras comenzó a crecer y a naturalizarse, generando debates y fomentando la organización como forma de enfrentar estas violencias en forma conjunta. Así, fue quedando en evidencia que lo que le pasa a una es parte de un relato colectivo que da cuenta de un problema estructural, y no solo de experiencias individuales.

“Nosotras empezamos trabajando el eje de violencia pero después empezamos a trabajar otras cuestiones. Nos fuimos dando cuenta de que la violencia doméstica es producto también de un sistema económico, que la agricultura aplica la misma violencia que se ejerce sobre nosotras, sobre nuestros cuerpos. La agricultura del agronegocio, la agricultura basada en los agrotóxicos, ejerce esa misma violencia sobre la naturaleza y empezamos a identificarlo en el sistema de producción de alimentos, desde lo más cotidiano y lo más llano [...] Nosotras veíamos que el modelo de producción nos envenenaba, pero éramos una voz marginada, si bien tra-bajamos siempre en las quintas [...] Las mujeres trabajadoras de la tierra somos mano de obra fundamental en las quintas y sin embargo, la mayoría de las veces, somos marginadas de la decisión de cómo producir”. Rosalía Pellegrini, referente de la Secretaría de Génerode la UTT - Argentina.

 

La doble carga de tareas que representan el trabajo productivo y el sostenimiento de las tareas de cuidado, sumada a la desvalorización de los saberes en torno a la salud, al uso de plantas medicinales y al manejo de cultivos que históricamente han realizado, son aspectos que forman parte de un sistema que subordina a las mujeres, y que se expresa de forma violenta. Afortunadamente, esta forma de opresión está siendo cada vez más cuestionada y, poco a poco, reemplazada por nuevas configuraciones.

 

Teniendo en cuenta este panorama, destacamos el rol de las mujeres rurales, quienes, históricamente, han cuidado y com-partido las semillas, los saberes de plantas medicinales, el suelo y la salud a la vez que, paradójicamente, son quienes menos participación tienen a la hora de decidir qué producir, cómo producir y cómo administrar los ingresos que reciben por sus producciones. Cuando decimos que la agroecología no puede pensarse de manera aislada, damos cuenta también de este proceso de visibilización de las desigualdades sufridas por las mujeres rurales. Hablamos de la urgencia de la plena conquista de derechos, en defensa de su autonomía, de la biodiversidad y, en definitiva, de sus saberes.

 

Es necesario un cambio de paradigma en las relaciones, y con ello también el cambio en la forma de producir alimentos, cargada de violencia y dominación hacia las mujeres y diversidades sexuales. Sin lugar a dudas, el feminismo campesino y po-pular es una respuesta colectiva a estas problemáticas. “Cuando estamos hablando de feminismo, al igual que cuando hablamos de soberanía alimentaria, nosotras hablamos de derechos: de los derechos de las mujeres, de los derechos de la madre tierra, de los derechos de campesinas y campesinos. Entonces ¿cómo hacemos una mixtura, desde nuestros derechos, que nos de un marco frente a la sociedad a la que aspiramos?”. Francisca “Pancha” Rodríguez, de ANAMURI - Chile.(...)

Las citas textuales de este cuadernillo pertenecen a entre-vistas de la serie #QuéAgroecologíaNecesitamos, que reco-ge experiencias de productorxs, organizaciones campesinas y socioambientales, y medios de comunicación alternativos. Las entrevistas forman parte del cuadernillo “Construyendo una agroecología para alimentar a los pueblos” que está disponible en www.biodiversidadla.org

Fuente: www.biodiversidadla.org/.../Agroecología+para+la+Soberanía+Alimentaria. pdf

 

 

 

 Ecocida y genocida

 

Dejemos de naturalizar nuestro modo de vida y trabajo. La pandemia debería habernos interpelado sobre porqué existe emergencia alimentaria desde 2002 y se la prorrogó hasta 2023, también sobre el deterioro y la contaminación de los alimentos.

 

Reflexionemos acerca de:

 

¿Por qué la cría intensiva de animales

puede poner en jaque la medicina moderna?

11 de octubre de 2020

 

A partir de su descubrimiento y desarrollo en el Siglo XX, los antibióticos han logrado la cura de enfermedades y han aumentado significativamente la esperanza de vida. Sin embargo, su uso masivo tanto a nivel hospitalario como en la cría de animales para consumo, así como los residuos que se trasladan al ambiente, dieron lugar a un fenómeno que está poniendo en serio riesgo la salud de la humanidad: la resistencia antimicrobiana. La organización React Latinoamérica convocó un panel de especialistas para presentar las diferentes dimensiones de un problema que puede comprometer el éxito de las terapias contra el cáncer, las cirugías con prótesis o los trasplantes de órganos. 

 

Por Analí López Almeyda (Desinformémonos)

Con la moderación de la periodista argentina Soledad Barrutti, la organización React Latinoamérica transmitió en vivo el panel “Cría intensiva de animales y resistencia bacteriana a los antibióticos”. Seis especialistas de Perú, Ecuador, Reino Unido y Argentina trazaron un mapa para comprender porqué, en un futuro cercano, podríamos quedarnos sin medicamentos para el tratamiento de una gran cantidad de infecciones y cuál es la relación de este grave problema de salud pública con el modelo de producción agroindustrial y la contaminación que provoca en el ambiente.

Todo lo que es vulnerado aprende a resistir

“La propagación de las enfermedades infecciosas transmitidas de animales a humanos, llamadas zoonosis, así como la resistencia de las bacterias hacia los antibióticos, son dos asuntos que han contribuido a generar conciencia de que estamos conectados con las otras especies ya sea de manera  visible o invisible”. Con estas palabras comenzó su exposición la pediatra especializada en infectología, Carola Cedillo.

“En la actualidad resulta imposible negar el impacto de las intervenciones y actividades humanas sobre la salud del planeta. Esto se manifiesta objetivamente en el calentamiento global, en la contaminación del suelo, del aire, del agua y también de los alimentos. Todo esto impacta directamente a la salud de los seres humanos y a otras especies, incluyendo el aumento de la resistencia de las bacterias a los antibióticos”, advirtió.

Pero ¿qué es la resistencia antimicrobiana? Cedillo la definió como “la capacidad de las bacterias para sobrevivir a concentraciones de antibióticos que inhiben a otras de la misma especie. Es decir que los antibióticos pierden la eficacia ante estas bacterias”. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la resistencia a los antimicrobianos se produce cuando los microorganismos, sean bacterias, virus, hongos o parásitos, sufren cambios que hacen que los medicamentos utilizados para curar las infecciones dejen de ser eficaces.

“El mundo está compuesto por varios millones de especies que conviven e interactúan. Entre ellas encontramos los microorganismos y los microbios, muchos de ellos necesarios para la vida humana y los suelos”, explicó la especialista. Y agregó: “Solamente un 1% de las bacterias son patógenas, es decir que causan enfermedad”. Los antibióticos son medicamentos que han contribuido a combatir las bacterias patógenas y han aumentado la esperanza de vida. Sin embargo, en palabras de la infectóloga, “todo ser que es vulnerado aprende  a resistir y esto también ocurre con las bacterias”.

En este sentido, “se ha generado un aumento acelerado de la prevalencia de la resistencia hacia los antibióticos en medio de un ataque que hemos dado constantemente a través del abuso de los mismos en la salud humana y de los animales”.

“El problema que hoy tenemos es que el uso masivo de antibióticos en salud humana y en crianza de animales para el consumo, la industria agropecuaria y los residuos de la industria farmacéutica aceleran los procesos de resistencia”, continuó su explicación Cedillo. La OMS asegura que infecciones comunes como la neumonía, la tuberculosis, la septicemia, la gonorrea o las enfermedades de transmisión alimentaria, son cada vez más difíciles —y a veces imposibles— de tratar, a medida que los antibióticos van perdiendo eficacia. Y advierte que de no tomarse medidas urgentes, en un futuro las lesiones menores volverán a ser potencialmente mortales.

En la misma línea, la médica ecuatoriana alertó: “Si no hay un cambio radical en el uso de antibióticos, la resistencia antimicrobiana se convertirá en una amenaza para la humanidad”.

¿Por qué se usan antibióticos en la cría intensiva de animales?

La veterinaria Francesca Schiaffino fue la segunda panelista del encuentro virtual que tuvo lugar el pasado 23 de septiembre. En su exposición presentó la clasificación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sobre los usos de los antibióticos en animales.

Según este organismo, existen tres propósitos terapéuticos para el uso de antibióticos en la cría de animales: el tratamiento, que es la administración de antibióticos debido a una infección activa en un animal o grupo de animales; la metafilaxis, que es la administración de antibióticos debido a una infección activa en uno o más animales dentro de un grupo (tratamiento y prevención); y la profilaxis, que es la administración de antibióticos a animales sanos pero en riesgo (prevención). Pero existe además un propósito no terapéutico para el uso de antibióticos, y es el de la promoción del crecimiento; es decir, la administración de antibióticos en dosis sub-terapéuticas para incrementar la tasa de crecimiento o ganancia del peso de los animales.

Al respecto, Soledad Barruti había manifestado que “en la medida en que los animales son criados más intensamente, los antibióticos van siendo un insumo necesario no solo para promover el engorde sino también para mantenerlos con vida o para tratar las infecciones recurrentes”. En este sentido, subrayó que “toda vez que se trata a los animales como cosas y se los mete en granjas industriales, se vuelve necesario crear ambientes artificiales que permitan esforzar sus cuerpos para que lleguen a dar lo que el sistema desea de ellos”.

Cuando se administran antibióticos a los animales –explicó Schiaffino-  mueren las bacterias susceptibles y sobreviven las bacterias resistentes. Estas bacterias son diseminadas a través de los productos alimenticios derivados de estos animales, a través de otros alimentos contaminados a través del agua, a través de superficies contaminadas y a través de las heces que estos animales dejan en el ambiente. Las personas consumimos estas bacterias a través de la comida contaminada o del ambiente y nos enfermamos, ya sea con un cuadro leve, moderado o mortal.

¿Cómo llegan los antimicrobianos desde la producción animal al ambiente?

El tercer panelista de la jornada fue Lucas Alonso, doctor en Ciencias Exactas e investigador del CONICET.

Alonso aportó datos de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE), según los cuales, entre el 52% y el 75%  de los antibióticos que se producen y se venden a nivel mundial se destinan al uso veterinario. “Se han reportado hasta 110.000 toneladas de estos compuestos en un año. Sin embargo, no hay datos de muchos países a nivel individual. En Argentina no hay datos de las cantidades de antibióticos que se destinan a la producción animal”, destacó.

En cuanto a la clasificación de los usos de los antibióticos, Alonso remarcó también que, si bien algunos son terapéuticos, hay además usos preventivos que “tratan de contrarrestar las condiciones de hacinamiento y baja higiene que tienen estos sistemas intensivos de cría, ya sea de pollos, bovinos o cerdos”. Y subrayó que existen también usos para la promoción del crecimiento cuyo fin es acelerar los tiempos de producción y comercialización y que por lo tanto, no responden a un uso del antibiótico como una herramienta de salud.

En cuanto a cómo llegan los antimicrobianos de la producción animal al ambiente, Alonso destacó que gran parte de lo que el animal consume no es metabolizado y se elimina al ambiente a través de las excretas. “Hay estudios que indican que en China, para 36 antibióticos, se utilizaron en 2013 unas 92.700 toneladas de antibióticos; de las cuales 46.000 fueron excretadas por animales”, apuntó. Y agregó que “las excretas pueden alcanzar, por derrame, cuerpos de agua cercanos. También se utilizan como abono para los campos agrícolas. De estas dos maneras se genera contaminación por antibióticos a nivel ambiental”.

Una investigación realizada desde el Centro de Investigación del Medioambiente de la Universidad Nacional de La Plata ha demostrado que los sitios de cría -tanto de pollos, de vacas como de cerdos- terminan contaminando los cursos de agua que se encuentran alrededor. “Los cursos de agua presentan los niveles más altos de contaminación por antibióticos porque reciben la excreta cruda que es la que tiene la mayor carga de antibióticos”, explicó Alonso, uno de los responsables de ese trabajo.

El científico remarcó que en Argentina existen escenarios donde los ríos y cursos de agua se encuentran rodeados de feedlots y granjas de crías de pollos. Fue justamente en esas zonas donde se encontraron las mayores concentraciones de antibióticos. Es de destacar que la investigación tomó muestras de más de 100 ríos  y arroyos de la región pampeana, donde se concentra esta producción animal.

Además de estudiar los cursos de agua, se analizó el uso de excretas como fertilizante sobre los suelos agrícolas, y se encontró que a partir de esta aplicación y desde el suelo, los antibióticos pueden moverse hacia los ríos y arroyos, así como filtrarse en el suelo hasta alcanzar aguas subterráneas. De esta manera, la fertilización con enmiendas animales dispersa a nivel regional la problemática de los antibióticos, ya que las excretas se cargan en camiones y se llevan a otras zonas de la región pampeana donde haya suelo agrícola.

Este grupo de científicos de la UNLP pudo comprobar además, que los antibióticos quedan retenidos en el suelo, a un nivel superficial, y esto aporta un potencial de acumulación a los cultivos que después se den a lugar en ese suelo.

Mutar para ser mejor

“Tenemos una exposición alimentaria que debería ser discutida de manera urgente”, reclamó Damián Marino, otro de los miembros del Centro de Investigación del Medioambiente de la Universidad Nacional de La Plata. “Hay datos que preocupan, porque los antibióticos presentes en los suelos se toman desde las raíces y se traslocan a las plantas que consumimos: lechuga, tomate, espinaca”.

“Hoy tenemos las resistencias antimicrobianas instaladas en los ambientes y en las personas, y tenemos también presencia de plaguicidas. Tenemos grandes empresas empujando el mercado, teniendo cautivos a los productores. Y una agricultura familiar en jaque que hay que defender”, analizó el especialista en contaminación ambiental.

Ante este escenario, Marino aseveró que “la salida es el cambio de modelo”. ¿Cómo lograrlo? “Con políticas de Estado orientadas a reducir el uso de antibióticos de a poco y a desconcentrar los sistemas de producción; con desarrollo de tecnologías e investigaciones y sobre todo, promoviendo otro sistema de cría que no sea antibiótico-dependiente”.

En el mismo sentido, Barruti finalizó con un llamado a considerar que existe cantidad de evidencia sobre las alternativas productivas ofrecidas por la agroecología, cuyos principios fundamentales son la diversidad productiva y una alimentación basada en la soberanía alimentaria.

El encuentro fue organizado por ReAct Latinoamérica junto a ReAct Norteamérica, la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina, el Instituto de Salud Socioambiental de la Universidad Nacional de Rosario y otras organizaciones adherentes. Se transmitió el 23 de septiembre de 2020 a través de las redes sociales de ReAct Latinoamérica.

Analí López Almeyda. Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) con posgrados en Comunicación de Riesgos y en Género y Salud. Trabajadora de la salud y editora de ComAmbiental.
Fuente: https://www.anred.org/2020/10/11/por-que-la-cria-intensiva-de-animales-puede-poner-en-jaque-la-medicina-moderna/

 

 

Consideremos la insalubridad del empleo y las condiciones de vida en la localidad pero también el tipo de comida chatarra que se produce así como el acaparamiento enorme de tierra y de agua, energía... En fin, termina por colapsar a la economía regional.

 

 

“Este convenio con China nos coloca

aún más lejos de

la deseada Soberanía Alimentaria”

 

21 de julio de 2020

La periodista y autora del libro “Malcomidos” Soledad Barruti, advierte sobre el tratado que se esta negociando entre Argentina y China, en el cual nuestro país pasaría de producir 6/7 millones de cerdos por año a 100 millones. Este incremento podría transformarse en un desastre de proporciones inimaginables para nosotros, con un impacto similar a lo que fue la incorporación de soja trasgénica. “No podemos aceptar que, en nombre de la reactivación económica o en el altar de las exportaciones, la Argentina se convierta en una factoría de cerdos para China (o para quien sea). Los criaderos industriales de animales ilustran un modelo agroindustrial cruel e insustentable que no sólo genera focos de contaminación en el plano local y regional sino también se convierten en incubadoras de nuevos virus altamente contagiosos y, por ende, en fábricas de nuevas pandemias”.

Por ANRed

La periodista y autora del libro “Malcomidos” Soledad Barruti, advierte sobre el tratado que se esta negociando entre Argentina y China, en el cual nuestro país pasaría de producir 6/7 millones de cerdos por año a 100 millones.

Mediante una carta explica las potenciales consecuencias que puede acarrear esta forma de producir alimentos. Asimismo solicita adhesiones para evitar un acuerdo que según Barruti “podría transformarse en un desastre de proporciones inimaginables para nosotros.; similar a lo que fue la incorporación de soja trasgénica que convirtió el campo en un experimento a cielo abierto donde se arroja un 1400 por ciento más de venenos que hace 25 años, a los bosques en versiones cada vez más reducidas de sí mismos, y a nuestra alimentación en la de la tierra de los malcomidos”.

Reproducimos la carta

Julio de 2020

La actual pandemia por Covid-19 que tiene en vilo a toda la humanidad está estrechamente vinculada a cuestiones socioambientales y productivas, que están invisibilizadas. Al igual que ocurrió con el ébola, la gripe aviar y la porcina, el SARS y otras zoonosis, se trata de un virus que emergió por alguna de estas causas: hacinar animales para su cría industrial y/o su venta, y desintegrar ecosistemas acercando a las especies entre sí.

En los criaderos industriales, los animales son sometidos a aplicaciones de una cantidad de antibióticos y antivirales para prevenir las enfermedades y engordarlos rápidamente. Por ende, estos centros industriales se convierten en un caldo de cultivo de virus y bacterias resistentes. Una vez que un microorganismo muta, se fortalece y puede provocar nuevas infecciones con daños incalculables. Como consecuencia, hay que tomar medidas como el confinamiento de una gran parte de la población mundial o la matanza de miles de millones de animales.

Dos años atrás China sufrió un fuerte brote de Gripe Porcina Africana (PPA). Este virus -G4 EA H1N1-, altamente contagioso, afecta a los cerdos alterando de muchas formas su vitalidad. Para evitar su propagación en ese país, se estima que se habrían sacrificado aproximadamente entre 180 y 250 millones de cerdos (de modos sumamente crueles como quemarlos o enterrarlos vivos), lo que disminuyó la producción entre un 20% y 50 %.

Hace poco tiempo, la revista científica PNAS publicó sobre el potencial pandémico actual de la Peste Porcina, y su peligrosidad fue advertida también por la Organización Mundial de la Salud: el G4 EA H1N1 podría mutar y resultar infeccioso para los humanos.

Erradicar la Peste Porcina y a la vez garantizar a su población el consumo de esa carne es una preocupación para China. Para alcanzar sus objetivos el gobierno de ese país autorizó a muchas de sus empresas a invertir en otros territorios, y a aumentar las importaciones de carne de cerdo (si bien no fue oficializado en qué cifra, se estima que será al menos un 75% más para este año).

En este contexto, el 6 de julio pasado la cancillería argentina difundió la comunicación entre el Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Felipe Solá, y el ministro de Comercio de la República Popular China, ZhongShan, donde se anuncia una “asociación estratégica” entre ambos países, referida a la producción de carne porcina y se anuncia una “inversión mixta entre las empresas chinas y las argentinas” para “producir 9 millones de toneladas de carne porcina de alta calidad”, lo que “le daría a China absoluta seguridad de abastecimiento durante muchos años”.

Para entender la magnitud de lo que significan 9 millones de toneladas de carne tengamos en cuenta que éstas representarían 14 veces el total de lo producido por el país en todo el 2019.

No podemos aceptar que, en nombre de la reactivación económica o en el altar de las exportaciones, la Argentina se convierta en una factoría de cerdos para China (o para quien sea). Los criaderos industriales de animales ilustran un modelo agroindustrial cruel e insustentable que no sólo genera focos de contaminación en el plano local y regional sino también se convierten en incubadoras de nuevos virus altamente contagiosos y, por ende, en fábricas de nuevas pandemias.

El riesgo para la salud colectiva es innegable, pero corre el peligro de ser desatendido, como lo fue en 1996 con la introducción de soja transgénica. Entonces Felipe Solá era Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca y aprobó la introducción de esas semillas que solo crecen en combinación con un paquete de venenos aumentando el uso de agrotóxicos en un 1400 % en casi 25 años de agronegocio transgénico. Esa soja que hoy ocupa el 60 por ciento de la tierra cultivada del país, que empuja el desmonte en las provincias del norte volviéndonos uno de los 10 países con más deforestación del mundo, y que luego es exportada a países como China para alimentar animales como los cerdos.

El modelo agroindustrial dominante se presenta como el único generador de divisas y garante de bienestar en un discurso publicitario jamás cumplido que viene impulsado por las grandes corporaciones y poderes globales. Lo hacen ocultando las graves consecuencias que generan y negando las alternativas que impulsan diferentes organizaciones sociales y experiencias interdisciplinarias, que alientan otro paradigma productivo, sano y agroecológico.

Este convenio con China nos coloca aún más lejos de la deseada Soberanía Alimentaria. Nuestras tierras ahora no solo estarán ocupadas por los granos transgénicos que se exportan para alimentar animales, sino también por los galpones que encierran a esos animales, que luego terminan exportándose, mientras la producción alimentaria local, de economías regionales y producción de alimentos sanos, sigue marginalizándose. Por último, estas granjas impulsarían además una mayor demanda de soja, exacerbando un modelo agroindustrial con elevadas consecuencias sociosanitarias y ambientales.En estos tiempos de pandemia, desigualdades y crisis socioecológica, resulta fundamental avanzar en un pacto ecosocial y económico, a través del aprovechamiento del enorme territorio nacional, realizando una mejor y más justa redistribución de la tierra, de la riqueza, de los medios de producción y la comercialización, de la mano de un modelo sano, agroecológico, solidario y soberano.

Fuente: https://www.anred.org/2020/07/21/este-convenio-con-china-nos-coloca-aun-mas-lejos-de-la-deseada-soberania-alimentaria/

En consecuencia, la construcción de la  «reforma agraria integral» mirando hacia la soberanía alimentaria debe partir de generalizar el compromiso de una creciente mayoría de les diverses de abajo con hacer al viraje del modo de producción desde la programación del incesante aumento lucrativo a la atención por la satisfacción de calidad de las necesidades populares. Significa incorporarse al pronunciamiento del ¡basta! de hacer negocio con la salud de la naturaleza y humana.

 

Observatorio del derecho a la alimentacióny a la nutrición

Reconectando los alimentos, la naturaleza y los derechos humanos para superar las crisis ecológicas. Suplemento

El mundo hoy

La rápida propagación del coronavirus SARS-CoV-2 a principios de 2020 es solo otra señal más de que los seres humanos están devastando el planeta. La pandemia de COVID-19 nos obliga a replantear nuestra relación con el res-to del mundo viviente en un contexto de crisis múltiples e interconectadas.El calentamiento global y la dramática pérdida de diversidad biológica son claras manifestaciones de la crisis ecológica que amenaza a la humanidad y al planeta. Los ecosistemas locales están registrando tasas de degradación sin precedentes. Esta situación está vinculada a una crisis socioeconómica marcada por la intensificación de las desigualdades y la concentración de recursos en manos de una élite poderosa. También está anclada en la destrucción de nuestros tejidos sociales, lo que desencadena la migración, las guerras y la hambruna. Mientras tanto, el auge del autoritarismo y de la po-larización política está exacerbando la violencia contra las comunidades y las personas en todo el mundo, especialmente los hombres de raza no blan-ca y todas las mujeres. En resumen, existe un estrecho vínculo entre la forma en que las sociedades (mal)tratan y explotan tanto a los humanos como a la naturaleza.

 

Las amenazas existenciales de hoy tienen sus raíces en una separación artificial entre la humanidad y el resto de la naturaleza, tal y como puede verse desde el comienzo de la modernidad. Esta separación es el fundamento del pensamiento y la acción occidentales modernos, especialmente desde la “revolución” científica que protagonizó Europa en los siglos XVI y XVII. Se manifiesta con mayor fuerza en el capitalismo y el patriarcado, como formas de organizar nuestras economías y sociedades, y perpetuar las desigualdades. De hecho, el capitalismo se basa en la premisa de que puede dominar y explotar la naturaleza para generar ganancias. Como consecuencia, el capitalismo ha alterado radicalmente el mundo natural y continúa destruyendo ecosistemas.

 

La idea de que el capitalismo puede hacer con la naturaleza lo que se le antoje se impone al resto del mundo a través del imperialismo, el (neo)colonialismo y la globalización. Hoy vemos nuevas fronteras de explotación: a través de las llamadas economías “verde” y “azul”, la naturaleza ha sido re-definida como un conjunto de servicios ecosistémicos a los que se atribuye valor monetario. La tierra, el agua, los bosques, la pesca y la biodiversidad se transforman en activos que permiten que las grandes empresas y las finanzas globales generen ganancias.Además, este espejismo de separación se ve en la desconexión entre el de-recho internacional de derechos humanos y el derecho ambiental. Los tex-tos fundacionales de los derechos humanos apenas hacen mención de la naturaleza, mientras que las leyes ambientales ignoran los derechos de las personas y las comunidades para proteger el medio ambiente. Sin embargo, acontecimientos recientes tanto en el campo de derechos humanos como en el de derecho ambiental muestran una mayor conciencia y preocupación por las complejas relaciones entre las sociedades humanas y su entorno na-tural. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pue-blos Indígenas (DNUDPI) y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y Otras Personas que Trabajan en Áreas Rura-les (UNDROP) son hitos importantes: reafirman que las personas y la natu-raleza están estrechamente conectadas.

¡Actuemos!

Para abordar las profundas crisis que enfrenta la humanidad hoy en día, debemos superar la separación entre los seres humanos y el resto de la na-turaleza. En ningún otro ámbito es más evidente nuestra interconexión que en los alimentos. A través de la alimentación y la digestión, la naturaleza se transforma en personas. Además, la producción de alimentos y la disponibi-lidad de alimentos nutritivos, saludables y culturalmente adecuados depen-den de ecosistemas funcionales y biodiversos, así como de la capacidad de la humanidad para cooperar con los seres vivos: plantas, animales, insectos y microorganismos. Los alimentos y sus valores sociales y espirituales tam-bién son cruciales para el tejido social de nuestras comunidades y, por lo tanto, fundamentales para nuestra naturaleza humana como seres sociales. Especialmente en tiempos de pandemia, los alimentos nutritivos nos man-tienen saludables y nos permiten responder a amenazas, como patógenos y enfermedades.

 

Conectar los problemas

El calentamiento global, la extinción masiva de especies y la pandemia de COVID-19 ponen claramente en evidencia que necesitamos reorganizar nuestra relación social con la naturaleza. Todas estas crisis están profunda-mente interconectadas y, por lo tanto, debemos abordarlas conjuntamente si queremos superarlas.Recientemente, los gobiernos han comenzado a reconocer cada vez más que la protección de la dignidad humana está indisolublemente vinculada a la preservación de la naturaleza y viceversa, y que la gestión sostenible de los recursos de la tierra y la promoción del conocimiento, la innovación y las prácticas locales son cruciales para abordar el cambio climático. Del mis-mo modo, los gobiernos están comenzando a admitir que las prácticas de gestión agroecológica de los pueblos indígenas y las personas productoras de alimentos a pequeña escala son contribuciones clave para garantizar el funcionamiento de los ecosistemas. Estos avances se deben principalmente a la presión de los movimientos sociales, los pueblos indígenas y las organizaciones de la sociedad civil. ¡Pero debemos ir más lejos! Como movimientos y organizaciones sociales, debemos hablar sobre el cambio climático en nuestras luchas por la tierra; y sobre la salud humana en la lucha por la protección de los ecosistemas. Como personas, podemos unirnos a este esfuerzo global y ayudar a conectar los puntos compartiendo estos temas en nuestras comunidades y movimientos, así como también con nuestras familias y amistades.

 

Movilización para proteger los derechos de la población rural

Un paso crucial para cerrar la brecha entre la humanidad y la naturaleza es apoyar los derechos de aquellas personas y comunidades que saben cómo proteger los ecosistemas. Estas incluyen los pueblos indígenas y las personas productoras de alimentos a pequeña escala, como el campesinado, la población pesquera, los pastores y pastoras y las personas que habitan en los bosques.

No olvidemos que las mujeres deben estar en el centro de esta lucha: en muchos lugares, las mujeres son blanco de discriminación estructural y exclusión a pesar de su conexión especial con las semillas, los bosques y las plantas silvestres. La DNUDPI, la UNDROP y otros instrumentos internacionales nos brindan la oportunidad de reinterpretar los instrumentos actuales del derecho ambiental y climático desde una perspectiva de derechos humanos. Esto es crucial para poner en primer plano los derechos de los pueblos, grupos y comunidades que dependen directamente de ecosistemas funcionales.

 

Para abordar el cambio climático y el rápido declive de la biodiversidad, las personas responsables de formular políticas y otros actores y actoras deben crear las condiciones en las que los pueblos rurales puedan desempeñar un papel fundamental de custodia de la biodiversidad y de gestión de los ecosistemas. Esto significa que sus sistemas de gestión y producción deben ser plenamente reconocidos y protegidos, incluidos sus sistemas de tenencia y semillas. Es posible movilizarse de diferentes maneras: desde participar en manifestaciones callejeras para apoyar los derechos de los pueblos indígenas y las personas productoras de alimentos a pequeña escala, hasta utilizar la UNDROP y la DNUDPI como herramientas para involucrar en la lucha a las personas responsables de formular políticas locales y nacionales. Los recientes avances en los espacios de derecho internacional y gobernanza, como el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de la ONU, también presentan nuevas oportunidades para unir los derechos humanos y las preocupaciones ecológicas. Los movimientos y las organizaciones deberían aprovechar estas oportunidades, en el ámbito local y global, para exigir políticas que aseguren la salud de los ecosistemas. El reconocimiento del derecho humano a un entorno saludable podría ser un punto de partida prometedor donde la naturaleza, o el “medio ambiente”, no es simplemente algo funcional “al servicio de nuestra supervivencia”.

 

Abogar por la transformación

 

El capitalismo no puede seguir haciendo lo que le plazca con la naturaleza, al menos no sin provocar crisis profundas que amenacen la supervivencia humana. No hay una alternativa: debemos transformar radicalmente nuestras sociedades. Nuestros sistemas alimentarios son un punto de entrada perfecto. Las organizaciones de comunidades productoras de alimentos a pequeña escala y los pueblos indígenas han propuesto la soberanía alimentaria como una forma eficaz de remodelar en profundidad los sistemas alimentarios y las relaciones de poder. La soberanía alimentaria puede desencadenar una transfor-mación social más amplia y profunda, especialmente a través de economías circulares localizadas. En el contexto de una crisis ecológica, la agroecología es una propuesta esencial para la transformación y para la producción de alimentos en armonía con la naturaleza. Este enfoque innovador se basa en la coevolución de las comunidades humanas con su en-torno natural, y se opone a la dominación, explotación y destrucción de la naturaleza evidentes en el sistema alimentario industrial.

 

Pero la agroecología también es mucho más que eso: desafía las estructuras de poder existentes y propone formas de superar la exclusión y la explotación de ciertos grupos de la sociedad, en particular las mujeres, los pueblos indígenas, las personas de color, así como el campesinado, los pastores y pastoras, las comunidades pesqueras a pequeña escala y otras personas rurales. Debemos situar la agroecología en el centro de nuestra estrategia para transformar la sociedad.

 

Converger nuestras luchas

 

Las comunidades rurales están en la primera línea de las luchas por la justi-cia social. Los movimientos sociales de personas productoras de alimentos a pequeña escala, pueblos indígenas y organizaciones de base están alzando sus voces. Implementan soluciones reales, antiguas y nuevas. Más recien-temente, han surgido nuevos movimientos, que han unido sus voces a las luchas en curso, especialmente por la justicia climática. El campesinado que lucha por la tierra y las semillas; los pueblos pescadores, por sus territorios; los pueblos indígenas, por la autodeterminación; los movimientos juveni-les, por reducir radicalmente las emisiones de gases de efecto invernadero... Cada lucha es única, pero todas están interconectadas.Todas estas luchas constituyen la fuerza de los crecientes movimientos en todo el mundo. Lograr un cambio sistémico depende de nuestra capacidad para acoger esta diversidad, construir alianzas fuertes y hacer que las voces de las personas sean escuchadas en todos los espacios donde se tomen decisiones.

 

- Para descargar el suplemento de la edición #12 del Observatorio del Derecho a la Alimentación y a la Nutrición en PDF, haga clic en el enlace a continuación:

 

Suplemento #12 del Observat...

(1,62 MB)

Observatorio de Derecho a la Alimentación de España

Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Recomendamos/Reconectando-los-alimentos-la-naturaleza-y-los-derechos-humanos-para-superar-las-crisis-ecologicas

 

 

 Alternativas emancipatorias

 

Confirmemos nuestras observaciones, experiencias y reflexiones sobre la potencialidad emancipatoria de los feminismos más en rebelión contra el orden patriarcal, eclesiástico y capitalista. Apreciemos el capítulo 11 del:   

 

Libro de Silvia Federici

Reencantar el mundo.

El feminismo y la política de los comunes

20 de octubre de 2020

 

Publicado por Red latina sin fronteras

 

La lucha de las mujeres por la tierra y

el bien común en América Latina

Nuestro extracto del capítulo 11. Páginas 203 a 220

(…)

Como defiendo en este artículo, las mujeres son las principales protagonistas del cambio. Sin duda, el activismo de las mujeres es hoy en día la fuerza de cambio social más importante en América Latina. En 2017, 70.000 mujeres de distintas zonas de la región se reunieron en Chaco, Argentina, para celebrar el 32º Encuentro Nacional de Mujeres, que se celebra cada año en la semana del 11 de octubre, en el que debatieron sobre lo que hay que hacer y las estrategias que hay que adoptar para cambiar el mundo.

Estas movilizaciones masivas que aparecen en un momento en el que la política institucional latinoamericana está experimentando un realineamiento no son ninguna sorpresa.

Las mujeres tienen un papel clave en las luchas sociales porque ellas son las más afectadas por la desposesión y la degradación medioambiental y sufren directamente en su vida cotidiana los efectos de las políticas públicas. Son las mujeres quienes se ocupan de las personas que enferman a causa de la contaminación generada por el petróleo o porque el agua que emplean para cocinar, lavar y limpiar es tóxica; ellas no pueden alimentar a sus familias porque se está perdiendo la tierra y se está destruyendo la agricultura local.4

Por eso las mujeres se ponen en primera línea para luchar contra las corporaciones transnacionales de la minería y el agronegocio que invaden las zonas rurales y devastan el medio natural. Como señala la activista e investigadora ecuatoriana Lisset Coba Meja, las mujeres encabezan la lucha para defender el agua en la región amazónica.5

También son las principales oponentes contra la extracción de petróleo porque saben que afecta a sus actividades productivas y, en palabras de la activista ecuatoriana Esperanza Martínez, de Acción Ecológica, «exacerba el machismo»; el salario que pagan las petroleras a los hombres que trabajan para ellas ahonda la desigualdad de género, estimula el consumo de alcohol e intensifica la violencia contra las mujeres.6

Sus palabras encuentran eco en las quejas de muchas mujeres amazónicas que están luchando contra la extracción petrolera. «No podemos alimentar a nuestros hijos con petróleo», dice Patricia Gualinga, líder kichwa de Sarayaku, un pueblo de la selva amazónica. «No queremos alcoholismo, no queremos que haya prostitución, no queremos que los hombres nos golpeen. No queremos esta vida que, por más que nos den escuelas, letrinas o casas con zinc, no nos hace sentir dignas».7

Durante los últimos años, esta postura de oposición ha confrontado directamente a las mujeres con el entonces presidente de Ecuador, Rafael Correa, una confrontación que alcanzó su culmen el 16 de octubre de 2013, cuando un centenar de líderes de las organizaciones de mujeres indígenas partieron de sus tierras en la selva en dirección a Quito, con sus hijos en brazos, para responder a la decisión de Correa de abandonar su plan de conservación y emprender la extracción de petróleo en el Parque Nacional de Yasuní, que alberga uno de los ecosistemas más diversos del planeta. Ellas seguían el ejemplo de las miles de mujeres que, el año anterior, marcharon a la capital para defender el agua de sus territorios ante el proyecto de explotación minera pactado por el gobierno de Correa con la empresa china EcuaCorriente. Pero, en una muestra de arrogancia e insolencia, coherente con su reputación de haber sido el presidente más misógino de Ecuador, Correa se negó a recibirlas.8

En Bolivia, las mujeres también han puesto en entredicho el «progresismo» del gobierno y, en especial, la defensa de la Pachamama (madre naturaleza) proclamada por Evo Morales; en 2011 y 2012 lideraron las marchas contra la construcción de una autopista que, según tenía planeado el gobierno, atravesaría el Parque Nacional Isiboro Sécure, situado en territorio indígena.

Como pasa a menudo, las mujeres aportaron la infraestructura necesaria para las marchas, desde alimentos hasta mantas, y organizaron la limpieza de los campamentos instalados a lo largo de la carretera de tal modo que se asegurara que los hombres que participaban en las marchas hicieran su parte.9

Las mujeres campesinas / indígenas, junto con redes feministas como la Marcha Mundial de Mujeres, también estaban en el núcleo de la Cumbre de los Pueblos, un encuentro de movimientos sociales que se celebró en Río de Janeiro en junio de 2012, con ocasión de Río+20, la Conferencia de la ONU sobre el Desarrollo Sostenible que se celebró veinte años después de la Cumbre de la Tierra de la onu, celebrada en 1992.10

Una de las características de estos nuevos movimientos de mujeres es que reflejan un proceso de radicalización política. Las mujeres son cada vez más conscientes de que su activismo no solo tiene que proteger la vida de sus comunidades ante la actividad de las compañías transnacionales y luchar por la soberanía alimentaria o, por ejemplo, en contra de la manipulación genética de las semillas creando un banco de semillas. También tiene que convertir el modelo de desarrollo económico en un modelo respetuoso con los seres humanos y la tierra. Saben que los problemas a los que se enfrentan no surgen solo de una política concreta o de las empresas, sino que tienen su origen en la lógica mercenaria de la acumulación capitalista, la cual, incluso cuando promueve una «economía verde», está convirtiendo la limpieza del medio ambiente en un nuevo campo para la especulación y la obtención de beneficios.

Otro rasgo de esta radicalización es que las mujeres rurales / indígenas están asimilando progresivamente las cuestiones planteadas por el feminismo popular, tales como la devaluación del trabajo doméstico, el derecho de la mujer a controlar su cuerpo y su capacidad reproductiva o la necesidad de resistir la creciente violencia que sufren. Es un proceso que no se ha desencadenado por consideraciones ideológicas, sino por las propias contradicciones que las mujeres han ido experimentando en su vida cotidiana, incluso en las organizaciones en las que participaban.11

Un caso típico es el de las mujeres zapatistas, cuyo papel crucial en la despatriarcalización de sus comunidades es cada vez más evidente. Como bien documentan las obras Compañeras, de Hilary Klein (2015), y Des-ordenando el género / ¿Des-centrando la nación?, de Márgara Millán (2014), las mujeres han marcado el rumbo del zapatismo desde sus primeros días de existencia; ellas se unieron a los primeros grupos que se formaron en las montañas de Chiapas cuando el movimiento daba sus primeros pasos con el objetivo de cambiar sus condiciones de existencia además de luchar contra la opresión institucional. Gracias a su iniciativa, y a partir de sus ideas y demandas, el movimiento adoptó la Ley revolucionaria de mujeres en 1993, una ley que, como señala Klein, «dada la situación de las mujeres indígenas en la Chiapas rural de esa época, fue un posicionamiento radical y […] conllevó una serie de cambios drásticos».12

Los diez artículos que componen la ley establecen el derecho de la mujer a participar en la lucha revolucionaria de la forma que desee, según su capacidad; el derecho a decidir el número de hijos que quiere tener y criar; el derecho a elegir a su pareja y a no casarse; a participar en los asuntos de la comunidad y a ocupar cargos de autoridad, si es elegida de manera libre y democrática; a ocupar posiciones de liderazgo en la organización y tener rango militar en las fuerzas armadas revolucionarias.13 Dicho en palabras de Klein, la aprobación de esta ley fue un «punto de inflexión» que «transformó la vida pública y privada en las comunidades zapatistas».14 De todas formas, las mujeres se dieron cuenta de que su trabajo no terminaba ahí. Una vez se promulgó la ley, algunas mujeres recorrieron los territorios zapatistas para promover su aplicación e imponer la prohibición del consumo de alcohol en territorio zapatista, convencidas de que era una de las principales causas de la violencia dirigida hacia ellas.15

Otra señal del auge de la conciencia feminista es la aparición de una nueva postura crítica entre las mujeres indígenas, que están cuestionando las estructuras patriarcales que gobiernan sus comunidades, especialmente la transmisión de la tierra, que a menudo tiene lugar por filiación patrilineal. Esta «inclusión diferenciada»16 tiene consecuencias importantes, como señala Gladys Tzul Tzul, académica / activista de la zona de Totonicapán, en Guatemala, porque afecta «[a]l registro de la propiedad familiar, la potestad sobre los hijos y el significado simbólico de tener hijos fuera del matrimonio».17 Por ejemplo, las mujeres que se casan fuera de sus grupos étnicos se exponen a que sus hijos queden excluidos del acceso a la tierra en propiedad comunal del clan. El desafío, dice Tzul Tzul, es cambiar esta costumbre sin recurrir a la propiedad individual de la tierra que legitima la tendencia a privatizar la tierra, la estrategia que defiende el Banco Mundial desde la Conferencia de Beijing de 1995.

Una de las estrategias que han empleado las mujeres de los movimientos indígenas para poner fin a su marginación ha sido la creación de espacios autónomos para mujeres. Un ejemplo es Hijas del Maíz, definido como «un punto de encuentro de las mujeres que son parte de organizaciones y comunidades indígenas y campesinas de la costa, sierra y Amazonía ecuatoriana».18 «En estos tiempos ha cambiado […] la vida de los pueblos», afirma Blanca Chancosa, una de sus fundadoras. «[Los hombres] han migrado […] [y] quienes se han quedado […] han sido las mujeres. Esto ha obligado a que las mujeres debamos conocer más para poder avanzar […] Esto hace que nos veamos con la necesidad de un espacio de mujeres, donde podamos discutir desde nuestra mirada».19 Una estrategia similar para tener autonomía e impulsar la participación social de las mujeres ha sido la formación de movimientos campesinos integrados exclusivamente por mujeres. Un ejemplo es el Movimento de Mujeres Campesinas de Brasil que, según Roxana Longo, «recupera la teoría y la práctica del movimiento feminista».20 Creado en 1983, cuando las poblaciones rurales empezaron a sentir los efectos negativos de la «Revolución Verde»,21 esta alianza de mujeres relacionadas de diversas formas con el trabajo agrícola ha luchado para cambiar la identidad social de las mujeres campesinas para que se las reconozca como trabajadoras y conseguir que tengan derecho a la Seguridad Social?. 

En 1995, el movimiento formó una red nacional de grupos de mujeres campesinas y mujeres pertenecientes a movimientos campesinos mixtos que consiguió la baja pagada por maternidad y luchó en defensa de la sanidad pública.22 También participó en acciones de protesta contra la actividad de las corporaciones transnacionales ante la certeza de que su presencia supondría el fin de sus comunidades.

Conforme ha aumentado la participación política, las mujeres han ido cobrando conciencia de su necesidad de educarse de manera autodidacta y formarse en política. Estos elementos son comunes hoy en día en muchas organizaciones de mujeres, en tanto se enfrentan a fuerzas sociales cuya lógica se formula a nivel internacional y exige el conocimiento de la política internacional. Sumadas a la autoconfianza que se desarrolla con el activismo social, estas prácticas generan nuevas formas de subjetividad que contrastan con la imagen de las campesinas que propagan las instituciones internacionales ancladas al pasado, que solo tienen conocimientos desfasados en vías de extinción.

Desde luego, a las mujeres campesinas de América Latina no les preocupan solamente sus derechos de cultivo locales o el bienestar de sus familias. Participan en asambleas, desafían al gobierno y a la policía y se consideran las guardianas de la tierra, ya que es más difícil captarlas a ellas que a los hombres, que a menudo son seducidos por el salario que prometen las corporaciones transnacionales; un salario que les otorga más poder sobre las mujeres, alimentando una cultura del macho que instiga a la violencia contra ellas.23

Un factor que alienta el papel de las mujeres como guardianas de la tierra y la riqueza comunal es la preponderancia de su papel en la preservación y transmisión de los saberes tradicionales. Como «tejedoras de memoria»,24 según lo expresa la teórica / activista mexicana Mina Navarro, ellas constituyen un importante instrumento de resistencia porque el conocimiento que nutren y comparten produce una identidad colectiva más fuerte y genera cohesión frente a la desposesión.25 La colaboración con los nuevos movimientos de mujeres indígenas, que traen con ellas una visión del futuro moldeada por la conexión con el pasado y un fuerte sentido de continuidad entre el ser humano y la naturaleza, es crucial en este contexto. Aludiendo a las «cosmovisiones» que tipifican las culturas indígenas en América Latina, algunas feministas han acuñado el término «feminismo comunitario», donde el concepto de lo común se entiende como la expresión de una concepción específica del espacio, el tiempo, la vida y el cuerpo humano. Como explica Francesca Gargallo en Feminismos desde Abya Yala (2013), las feministas comunitarias, como la feminista xinka Lorena Cabnal, de Guatemala, han aportado conceptos nuevos como cuerpo-territorio, que contempla el cuerpo en un continuo con la tierra, en la que a menudo se entierra la placenta de los recién nacidos, y ambos poseen una memoria histórica y están igualmente implicados en el proceso de liberación.26 

Sin embargo, aunque defiendan su origen ancestral, las feministas comunitarias rechazan el patriarcalismo de muchas culturas indígenas tanto como el que fue implantado por los colonizadores, que ellas describen como «fundamentalismo étnico».27

La lucha de las mujeres y la producción de los comunes urbanos

La lucha que se produce en las zonas rurales continúa en la ciudad; los hombres y mujeres desplazadas de la tierra crean nuevas comunidades en las zonas urbanas. Toman los espacios públicos, construyen refugios, caminos y tiendas de alimentos, todo ello mediante el trabajo colectivo y la toma de decisiones comunal. Una vez más, las mujeres han asumido un rol de liderazgo. 

Como ya explico en otro texto,28 en las periferias de las megaciudades en expansión de América Latina, en áreas ocupadas principalmente por medio de la acción colectiva y a pesar de la crisis económica permanente, las mujeres están creando una economía política nueva, basada en formas cooperativas de reproducción social, estableciendo su «derecho a la ciudad» y sentando las bases para nuevas formas de resistencia y recuperación de tierras.29

La socialización de las actividades reproductivas, como comprar, cocinar y coser, ha sido igual de importante. La historia de estas actividades es larga. En Chile, después del golpe de Estado militar de 1973, las mujeres de los asentamientos proletarios, paralizadas por el miedo y sometidas a un programa de austeridad brutal, pusieron en común su trabajo y sus recursos. Empezaron a comprar y cocinar juntas en equipos de veinte o más mujeres en los barrios en los que vivían. El acto de juntarse y rechazar el aislamiento al que las estaba forzando el régimen de Pinochet transformó sus vidas cualitativamente, les dio autoestima y acabó con la parálisis inducida por la estrategia de terror del gobierno. También reactivó la circulación de información y conocimientos, que es esencial para resistir. Y transformó el concepto de lo que significa ser una buena madre y esposa, contribuyendo a que se redefiniera en salir fuera de casa y participar en las luchas sociales.30 El trabajo de reproducción social dejó de ser una actividad puramente doméstica e individual; el trabajo doméstico salió a las calles junto con las ollas31 grandes y adquirió una dimensión política.

Esta nueva dimensión no pasó desapercibida a las autoridades, que llegaron a considerar la organización de comedores populares una actividad subversiva y comunista. Para responder a esta amenaza y a su poder, la policía montó redadas para acabar con las ollas comunes en los barrios. Algunas mujeres que participaban en el comedor popular rememoran:

Sara: Con 300 personas participando, era difícil ocultar lo que pasaba. Llegaron y volcaron los puestos de comida, nos obligaron a parar de cocinar y se llevaron presas a todas las líderes […] Vinieron muchas veces, pero el comedor siguió en marcha […]

Olga: Vino la policía: «¿Qué tenemos aquí? ¿Un comedor comunal?

¿Y por qué lo hacen si saben que está prohibido?». «Porque tenemos hambre». «¡Paren de cocinar!». Dijeron que era algo político.

Los porotos estaban a medio cocer y tuvimos que tirarlos todos […]

La policía vino muchas veces, pero conseguimos mantener la cocina abierta, una semana en una casa, la siguiente en otra.32

Existe el consenso general de que esta clase de estrategias de supervivencia potenciaron los sentimientos de solidaridad e identidad y demostraron la capacidad de las mujeres para reproducir sus vidas sin tener que depender totalmente del mercado, contribuyendo a mantener con vida el movimiento popular que había puesto a Allende en el poder durante la etapa previa al golpe de Estado. Cuando llegó la década de 1980, el movimiento ya era lo bastante fuerte como para organizar una resistencia potente contra la dictadura.

Las formas de reproducción social colectivas también han proliferado en Perú, Argentina y Venezuela. Según el teórico social uruguayo Raúl Zibechi, en los años noventa, solo en Lima había ya 15.000 organizaciones populares que distribuían vasos de leche o desayunos entre los niños y organizaban comedores populares y juntas vecinales.33

En Argentina encontramos a las piqueteras, mujeres proletarias que, junto a sus hijos y muchos hombres jóvenes, asumieron un importante papel en respuesta a la catastrófica crisis económica de 2001, la cual paralizó el país durante meses. Cortaban carreteras, montaban campamentos e instalaban barricadas ?piquetes? que en ocasiones aguantaban más de una semana. 

Parafraseando a Zibechi cuando escribe sobre las famosas Madres  de la Plaza de Mayo,34 podemos decir que las piqueteras «comprendieron la importancia de ocupar el espacio público». Reorganizaron sus actividades de reproducción social en la calle; allí cocinaban, limpiaban, cuidaban de los niños y mantenían relaciones sociales, y en ese proceso transmitieron una pasión y una valentía que fortalecieron y enriquecieron la lucha.35 El testimonio de la investigadora de ciencias sociales cubana Isabel Rauber es muy significativo:

Desde el primer momento, desde los primeros piquetes […] la presencia de las mujeres y de sus hijos? en los piquetes es fundamental. Determinadas a no volver a sus casas con los brazos vacíos y sin nada para «poner en la olla», las mujeres van a los piquetes a defender la vida con uñas y dientes. Decididas a lograr los objetivos propuestos, se incorporan desde el inicio y garantizan protagónicamente la instalación y la vida diaria en los cortes, que frecuentemente duran más de una jornada. Si hay que armar las carpas para instalar campamentos, hacer guardias rotativas, contribuir con la preparación de los alimentos ?junto con los hombres, claro?, hacer las barricadas y quedarse en ellas para defender las posiciones tomadas, allí están las mujeres.36

Lo que subraya Rauber y yo diría que se puede aplicar a muchas de las luchas actuales de las mujeres en América Latina y en otros lugares?, es que, conforme el neoliberalismo despliega un ataque genocida sobre los medios de subsistencia de los pueblos, el rol de las mujeres en la lucha cobra una importancia superior.

Esta lucha debe nacer de las actividades que reproducen nuestra vida porque, en palabras de un hombre militante citadas por Rauber: «Todo empieza en la vida cotidiana y después se traduce en términos políticos. Y donde no hay cotidianidad, no hay organización, y donde no hay organización, no hay política».37

Este punto de vista se confirma en un artículo de Natalia Quiroga y Verónica Gago sobre el movimiento de las piqueteras; ellas afirman que la crisis económica de 2001 indujo a una «feminización de la comprensión de la economía y, con ella, un activo descercamiento de los recursos para la reproducción».38 Cuando la economía oficial colapsó y cerraron muchas empresas e incluso los bancos, lo que impidió a los ciudadanos retirar sus ahorros, surgió una economía diferente, «femenina». Se inspiraba en la lógica del trabajo doméstico, pero estaba organizada en colectivo y en espacios públicos de un modo que visibilizaba el carácter político y el valor social del trabajo reproductivo. Conforme las mujeres ocupaban las calles y llevaban sus ollas y sartenes a los piquetes y a las asambleas de barrio, conforme se organizaban las redes de intercambio y cooperativas de distinto tipo, fue emergiendo una economía de subsistencia que permitió sobrevivir a miles de personas y, al mismo tiempo, redefinió qué es el valor y dónde se produce, identificándolo cada vez más con la capacidad para gestionar colectivamente la reproducción de nuestra vida, cuyos ritmos y necesidades reconfiguran el espacio y el tiempo urbano.

Aunque, desde entonces, las piqueteras se han desmovilizado, sus lecciones no han caído en el olvido. Por el contrario, lo que fue una respuesta a una crisis inmediata se ha convertido en una realidad social extendida y ahora forma parte de un tejido social más duradero. Como ha documentado Marina Sitrin, años después de la rebelión de 2002, las asambleas de barrio y las formas de acción colectiva y cooperación nacidas en los piquetes siguen existiendo.39 

En las villas de Buenos Aires podemos ver claramente cómo la resistencia al empobrecimiento y a la desposesión que dio vida a los piquetes puede tornar en la creación de un mundo nuevo.40 Allí hay mujeres que viven en una situación tal que cada momento de sus vidas se convierte en una cuestión de acción política, ya que a ellas nada les es debido y nada está garantizado; hay que obtener todo mediante la negociación o la lucha y hay que defender todo continuamente. El agua potable y la electricidad se tienen que contratar con el Estado, al igual que algunos de los materiales necesarios para pavimentar las calles y evitar que la lluvia las convierta en ríos de barro. Pero las mujeres que luchan para conseguir estos recursos no esperan, y de hecho no permiten, que el Estado les organice la vida. Cooperando entre ellas, decididas a no dejarse vencer y a escapar del empobrecimiento social y económico, están creando espacios nuevos que no pertenecen a nadie, en los que tomar colectivamente las decisiones que afectan a la reproducción de la vida cotidiana, incluyendo la provisión de servicios a todas aquellas personas que contribuyen. Zibechi describe la situación de Villa Retiro Bis, una de las 21 villas de Buenos Aires:

Hay vecinas que almuerzan en el comedor popular […] por la noche estudian en la primaria o en el bachillerato, atienden en el centro de salud y se socializan en la casa de mujeres […] Es cierto que son espacios precarios, que tienen algún vínculo con el mercado o el Estado, pero esos vínculos son mínimos, marginales. Lo central es que son emprendimientos que se sostienen por la ayuda mutua, la autogestión, la cooperación y el hermanamiento de la gente.41

Cuando yo visité esa misma villa en abril de 2015, las mujeres, que formaban parte de la Corriente Villera Independiente, estaban orgullosas de lo que habían conseguido. «Todo lo que estás viendo», me dijeron, «lo hemos construido con nuestras manos». Y lo que pude ver al caminar por las calles que ellas habían ayudado a pavimentar, al visitar los comedores populares en los que servían cientos de comidas cada día, trabajando por turnos, al acudir a una actuación del Teatro del Oprimido que ellas habían organizado,42 es que este espacio que recorrían era su espacio, no el territorio ajeno que solemos atravesar, en el que no tenemos  agencia ni medios de control. Cuando, antes de mi visita, la ciudad de Buenos Aires construyó un muro para evitar que la villa siguiera extendiéndose, las mujeres inmediatamente lo derrumbaron en parte porque, como ellas dijeron: «Queremos poder movernos libremente y nos negamos a estar encerradas».

Mientras que la crisis de la agricultura de subsistencia generada por la política neoliberal a menudo ha tenido como resultado la formación de campamentos parcialmente autogestionados, como los que encontramos en las villas, en Bolivia el fenómeno más común ha sido la proliferación de un sinnúmero de puestos callejeros que han ocupado áreas urbanas y las han transformado en «ciudades mercado», principalmente a través del «trabajo incesante de miles y miles de mujeres».43 Haciendo frente al desplazamiento de los territorios rurales y al empobrecimiento de sus comunidades, muchas mujeres proletarias han sacado de sus casas el trabajo reproductivo y «los puestos de los mercados se han ido transformando […] en su espacio cotidiano de vida», donde «cocinan, cuidan a sus hijos, planchan, ven televisión, se visitan entre sí… todo en medio del bullicio de la compraventa».44

Como indica María Galindo, de la organización anarcofeminista boliviana Mujeres Creando, la lucha por la supervivencia de las mujeres bolivianas ha quebrado el universo del hogar y la vida doméstica, ha acabado con el aislamiento que caracteriza al trabajo doméstico para convertir la figura de la mujer encerrada en casa en una imagen del pasado. Ha surgido una cultura de resistencia en respuesta a la precarización del trabajo y la crisis del salario masculino. Las mujeres se han apropiado de las calles y han convertido «las ciudades en espacios domésticos de abaratamiento del costo de vida de toda la población»45 donde pasan la mayor parte del tiempo vendiendo mercancías (alimentos, productos de contrabando, música pirateada, etc.), organizándose con otras mujeres y enfrentándose a la policía en un proceso en el que están «reinventando sus maneras de relacionarse con la sociedad».46

Mujeres Creando ha contribuido en esta nueva apropiación femenina del espacio público con la apertura de un centro social, La Virgen de los Deseos, que María Galindo describe como «una máquina reproductiva» por las múltiples actividades que se desarrollan allí. Este ofrece servicios pensados especialmente para las mujeres de la calle, como una guardería, la venta de comida, una emisora de radio a través de la cuál las mujeres difunden noticias sobre sus luchas o denuncian los abusos que sufren, y la publicación de materiales de formación en política.

Podría parecer que la venta callejera de productos no es una actividad radical, pero cualquier persona que esté familiarizada con las intrincadas relaciones sociales que hay que crear, particularmente en nuestra época, para poder ocupar el espacio público en formas ajenas a las autorizadas por el Estado, sabe que esta impresión es errónea. Las mujeres que constituyen la mayoría de los vendedores ambulantes tienen que realizar una serie considerable de negociaciones y transacciones políticas para crear las condiciones que les permiten pasar la mayor parte del día en la calle, garantizar la seguridad de su mercancía ?especialmente de los ataques de la policía? y trabajar juntas en paz, coordinando el uso compartido del espacio y el tiempo, así como las actividades de limpieza, y acordando los precios. Una vez culminado, este esfuerzo genera un contrapoder que las autoridades no pueden ignorar. Por esa razón, los gobiernos organizan campañas de «limpieza» en todos los rincones del planeta, recurriendo al argumento de la mejora de las condiciones sanitarias y el embellecimiento urbano para acabar con aquellas presencias que desafían sus planificaciones urbanas y que por su forma de ocupar el espacio público y su propia visibilidad suponen una amenaza a la autoridad gubernamental.

Un ejemplo de los riesgos a los que se exponen los ambulantes es la criminalización de la Unión Popular de Vendedores y Ambulantes 28 de Octubre,47 una organización establecida en la ciudad mexicana de Puebla y que fue declarada enemigo público por el entonces presidente Enrique Peña Nieto. La mayoría de los hombres en posiciones de liderazgo están en la cárcel o amenazados de muerte, en un país con una triste fama por su alta cifra de asesinatos políticos, por lo que son las mujeres de 28 de Octubre las que llevan a cabo el trabajo político en la actualidad.

Actúan como madres, esposas y vendedoras ambulantes, cuidan de los presos y de sus hijos mientras trabajan durante horas y horas, y a todo ello suman el trabajo de organización política. Un escenario propicio para una vida de preocupaciones constantes, sin tiempo para el descanso o esparcimiento alguno. Sin embargo, como suele ocurrir en las organizaciones de mujeres, sus palabras traslucen el orgullo por lo que están consiguiendo y por el crecimiento personal y colectivo que están experimentando en su forma de entender el mundo, su capacidad para resistir ante la intimidación y su respeto por sí mismas y por otras mujeres.

En las palabras de estas mujeres se ve la posibilidad de un mundo diferente, en el que el compromiso con la justicia social y la cooperación confluyen en una nueva concepción de la política que es la antítesis de la comúnmente aceptada. Una muestra de esta diferencia son las prácticas organizativas adoptadas por las mujeres de 28 de octubre, que se inspiran en el principio de horizontalidad y en una insistencia en la toma colectiva de decisiones, que a menudo se lleva a cabo en asambleas en las que puede participar todo el mundo.

¿Serán capaces, estos nuevos movimientos de mujeres, de resistir el ataque de la expansión de las relaciones capitalistas? ¿Tendrán poder para responder a los intentos de recolonización de sus tierras y comunidades? Estas preguntas no tienen una respuesta evidente. Lo que está claro, sin embargo, es que en momentos de crisis aguda, cuando los mecanismos de la economía capitalista colapsan, las mujeres dan un paso adelante y, mediante el esfuerzo colectivo, garantizan las formas básicas de reproducción social y derrumban los muros de miedo que encerraban a sus comunidades. Cuando una crisis política y económica se «normaliza», muchas veces la economía alternativa creada por las mujeres se va desmantelando poco a poco, pero siempre deja tras de sí nuevas formas de organización comunal y un horizonte de posibilidades más amplio.

En definitiva, como ha señalado a menudo Raúl Zibechi, en las villas de Argentina, México o Perú, igual que ocurre en las comunidades campesinas / indígenas y afrodescendientes de América Latina, se está gestando un nuevo mundo y una nueva política.

Se trata de un mundo que otorga una nueva vitalidad al tan maltratado concepto de lo común, al tiempo que lo resignifica: no es solo una riqueza a compartir, es un compromiso con el principio de que esta vida que tenemos tiene que ser una vida digna de ser vivida. En su centro, como ha escrito Raquel Gutiérrez, está la reproducción y cuidado de la vida material y la reapropiación de la riqueza producida de forma colectiva, organizada de una forma que es subversiva porque se basa en la posibilidad de «articular la creatividad y la actividad humana para fines autónomos».48

Promotora de un grupo de estudio, investigación y escritura integrado por académicas / activistas de la Universidad Autónoma de Puebla, México, actualmente Gutiérrez es una de las principales promotoras en América Latina de la articulación de las experiencias que he descrito, en toda su capacidad de recuperar las prácticas, conocimientos, valores y visiones sedimentadas por generaciones de comunidades indígenas y su continua producción de nuevos significados y formas de existencia. Su trabajo, al igual que el del grupo de mujeres con las que ha colaborado

Mina Lorena Navarro, Gladys Tzul Tzul, Lucía Linsalata, es parte importante de la lucha, como ejemplo de «común del conocimiento», pues trabajan en el contexto académico; pero de una forma contraria a los principios impuestos por la academia a la producción de conocimiento, debido a su empeño en dar voz a esa poderosa pero casi invisible madeja de afectos y emociones que forman la substancia y el suelo en el que se producen las relaciones comunitarias. Esta clase de trabajo es ahora más indispensable que nunca, en tanto visibiliza cuán arraigadas son las relaciones que generan común en nuestra vida afectiva, cuán esenciales son para nuestra supervivencia y la valorización de nuestra vida, al tiempo que nos da fuerza y coraje ante el ataque más violento y brutal que ha lanzado el capitalismo sobre todas las formas de solidaridad social desde el apogeo de la colonización. Estos trabajos demuestran que el hacer común es un aspecto indispensable de nuestras vidas, uno que no puede destruir la violencia y que siempre vuelve a aparecer en nuestra existencia como una necesidad. 

https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2020/10/16/silvia-federici-libro-reencantar-el-mundo-el-feminismo-y-la-politica-de-los-comunes/

Fuente: https://rebelion.org/reencantar-el-mundo-el-feminismo-y-la-politica-de-los-comunes/

 

En consecuencia, el desafío de llevar a cabo la «reforma agraria integral» es crucial para la reestructuración socioeconómica, política e institucional de todo el país sin fronteras ni muros. Comencemos por valorar:

 

El marxismo de José Carlos Mariátegui

20 de noviembre de 2020

 

Por El Diario Internacional

Es considerado el primer intelectual marxista de América Latina que ha trascendido su época. Sus múltiples escritos tienen una validez histórica, y además son base para un análisis de clases de la sociedad peruana y latinoamericana plenamente vigente.

Pero Mariátegui (Moquegua 1894 – Lima 1930) no sólo fue un gran intelectual del proletariado, sino que fundó el Partido Socialista del Perú, que años después devino en Partido Comunista del Perú. A pesar de sus limitaciones físicas fue capaz de sentar las bases para el desarrollo del movimiento comunista en su país.

Fue el primero que aplicó el marxismo al análisis de la sociedad peruana, inclusive en el campo cultural (donde desarrolló una exhaustiva labor de frente, desde la memorable y generacional revista Amauta que fundó y dirigió hasta su temprano fallecimiento).

Con base en la teorización marxista, el correspondiente análisis de las fuerzas de producción y las relaciones sociales que la sustentan, coligió que el problema principal de la sociedad peruana y las clases oprimidas en su época (en su mayoría, de las comunidades indígenas) era el problema de la tierra:

«El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú. Esta liquidación debía haber sido realizada ya por el régimen demo-burgués formalmente establecido por la revolución de la independencia […].La supervivencia de un régimen de latifundistas produjo, en la práctica, el mantenimiento del latifundio. Sabido es que la desamortización atacó más bien a la comunidad. Y el hecho es que durante un siglo de república, la gran propiedad agraria se ha esforzado y engrandecido a despecho del liberalismo teórico de nuestra Constitución y de las necesidades prácticas del desarrollo de nuestra economía capitalista

Mariátegui caracterizó la sociedad peruana como ‘semifeudal’, porque arrastraba lastres del sistema feudal. Analizó cómo en el sistema agrario subsistían cadenas de producción y servidumbre desde la época colonial. Por ello, concluyó Mariátegui, que el campesino no se podría emancipar si no se liberaba del yugo del sistema latifundista.

 

Por otro lado, en sus escritos, recopilados en el tomo Defensa del Marxismo, Mariátegui ejecuta una defensa abierta del trabajo teórico–político de Marx frente a cuestionamientos planteados sobre todo desde la Socialdemocracia. En concreto, se enfrenta al belga Henri de Man que sostenía que el marxismo no daba respuesta a las necesidades socio-sicólogicas de los trabajadores, y que el sicoanálisis de Sigmund Freud representaba un mejor instrumento para el análisis de la infelicidad colectiva. Ante lo cual, el marxista peruano le replica que el marxismo no se opone a los aportes de Freud, y por el contrario denuncia la infelicidad del proletariado a partir de la enajenación del trabajo asalariado en el capitalismo (algo tan vigente hoy en día, en pleno año de la pandemia del coronavirus y los forados estructurales que ésta ha acentuado con mayor gravedad entre los sectores populares a nivel mundial).

En esos y otros debates con sus contemporáneos, Mariátegui se revela como un profundo conocedor de los textos y prácticas de Marx, Engels y Lenin. Los cita y recurre a sus análisis de las relaciones sociales de producción de la sociedad capitalista. En este mismo sentido, el Amauta reclama la necesidad de una transformación democrático-popular, la cual supone el uso de la violencia revolucionaria. En este sentido, Mariátegui era conciente de los costos de una revolución: «Pero es que no hay revolución mesurada, equilibrada, blanda, serene, plácida. Toda revolución tiene sus horrores».

Al mismo tiempo, en Defensa del Marxismo, Mariátegui deshace la acusación sobre un supuesto determinismo marxista en el sentido que la sociedad se rige por leyes, y que el final inexorable es el comunismo. El marxista peruano sostiene que, para llegar a tal transformación, hace falta siempre la acción del proletariado y las demás clases trabajadoras mediante la lucha revolucionaria:

«Marx no podía concebir ni proponer sino una política realista, y por esto, extremó la demostración de que el proceso mismo de la economía capitalista, cuanto más plena y vigorosamente se cumple, conduce al socialismo; pero entendió, siempre como condición previa de un nuevo orden, la capacitación espiritual e intelectual del proletariado para realizarlo, a través de la lucha de clases.»

Otro de los conceptos centrales con que Mariátegui caracterizó la sociedad peruana de su tiempo es el de ‘semicolonial’. A comienzos del siglo XX, Mariátegui estaba convencido de la necesidad de la lucha contra el imperialismo, principalmente yanqui, como parte del programa de la liberación del pueblo peruano. Asimismo, desechó la idea que la burguesía y pequeña burguesía peruanas se embarcasen en un proyecto antiimperialista, porque se hallaban ligadas económica y culturalmente al imperialismo norteamericano (de ahí su pronto y radical deslinde con el Apra que fundó Haya de la Torre):

«La condición económica de estas repúblicas [latinoamericanas] es, sin duda, semicolonial, y, a medida que crezca su capitalismo y, en consecuencia, la penetración imperialista, tiene que acentuarse este carácter de su economía. Pero las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se siente lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional.»

El devenir político, a lo largo del Siglo XX y lo que va del XXI, le da la razón. Sin embargo, como ocurre con casi todos los revolucionarios, la intelectualidad y agentes de la gran burguesía intentan adocenarlos y apropiarse de ellos, desde una memoria social construida para sus intereses y objetivos de clase. Lo mismo hacen los revisionistas peruanos: aquella izquierda acostumbrada a rendirse ante las migajas del poder imperante y que, acomodada entre los mullidos asientos parlamentaristas, desenvuelve un largo camino de traición contra los intereses y luchas históricas del pueblo. Como presagiando este fenómeno, Mariátegui lanzó sus dardos contra los revisionistas que ya hacían de las suyas por nuestras tierras:

En tal sentido, uno de los mejores tributos que le podemos hacer a revolucionarios como José Carlos Mariátegui es usar el marxismo como instrumento de análisis y acción para la liberación de nuestro país, así como de América Latina, del yugo del gran capital y el Imperialismo. Porque el marxismo es eso: crítica del capitalismo, al mismo tiempo que acción revolucionaria para abolirlo y la construcción simultánea del socialismo.

http://www.eldiariointernacional.com/spip.php?article4503

Fuente: https://rebelion.org/el-marxismo-de-jose-carlos-mariategui/

 

 

 

 

Comuniquémonos entre les diverses de abajo analizando juntos realidades sociales e internacionales que prueben la incompatibilidad del Capital Estado con la democracia, la vida y la salud tanto humana como de la naturaleza. De cómo la justicia social y la ecológica son posibles  si dejamos las falsas soluciones e ilusiones que el sistema inculca y elaboramos de mancomún cómo rediseñar cada uno de nuestros trabajos y ámbitos cotidianos en función de ir haciendo a comunalidades confraternales.

 

 

La recuperación verde y

el reciclaje insustentable del capitalismo

 20 de octubre de 2020

Por Eduardo Camín

CLAE

Uno de los pocos aspectos positivos que podemos rescatar de estos tiempos difíciles es que se ha fortalecido nuestra comprensión de cuán inextricablemente está relacionado el medio ambiente con nuestras vidas cotidianas, incluido el mundo del trabajo.

Y hemos visto cómo muchas investigaciones centraron la atención en las enfermedades zoonóticas, las que se transmiten de animales a los seres humanos.

La transmisión de enfermedades como la Covid-19, el ébola, el SRAS y el MERS, demuestran lo que puede suceder cuando no tratamos a la naturaleza con suficiente respeto, y cómo esto puede socavar no sólo nuestra salud sino también, a largo plazo, nuestras sociedades y nuestro futuro.

Frente a tal perspectiva, avizoramos en el horizonte de los desafíos actuales, una tendencia o un pretexto, en el marco del sistema de la ONU y sus organismos internacionales, con un sinnúmero de informes, que nos convocan aprovechar la oportunidad que nos ofrece la reconstrucción pos-covid19 para reequilibrar nuestra relación con el medio ambiente, generar empleos sostenibles, un crecimiento inclusivo y sistemas sociales equitativos. ¡Vaya tarea!

El informe conjunto de la OIT y el Banco Interamericano de Desarrollo, El empleo en un futuro de cero emisiones netas en América Latina y el Caribe, señalaba que se podría crear millones de puestos de trabajo en la región con más biodiversidad del planeta. Hacia hincapié en que la transición hacia un modelo económico basado en cero emisiones netas de carbono podría crear 15 nuevos millones de empleos (netos) para la región de aquí a 2030.

 Esto representaría 22,5 millones de nuevos empleos en los sectores de la agricultura, la producción de alimentos de origen vegetal, las energías renovables, la silvicultura, la construcción y la manufactura, mientras que se destruirían 7,5 millones de empleos en la electricidad a partir de combustibles fósiles y la producción de alimentos.

Pero sabemos por experiencia que los empleos en los sectores verdes emergentes no serán automáticamente empleos decentes, aunque estén reglamentados por políticas adecuadas, ya que en el sector agrícola hace lustros que persisten déficits de trabajo decente.

Desarrollo sustentable, prácticas insustentables

Los diversos cambios en el mundo no son iguales ni por su carácter ni por su orientación. Unos se caracterizan por el paso de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, que representan un movimiento en línea ascensional, un movimiento progresivo, basado en una dialéctica determinada por la ciencia.  

Otros, al contrario, llevan a la simplificación y desintegración de los objetos materiales complejos, representan un movimiento descendente regresivo y por ende anticientífico.

Muchos de los principales dirigentes del núcleo central del capitalismo actúa en oposición a la previsión científica, la actitud de muchos gobiernos frente al covid-19 nos dejan escalofriantes enseñanzas. Algunos se manejan con las profecías, los horóscopos y presagios religiosos que carecen de toda base científica, eso si, sustentados y amplificados por las redes sociales.  
Los presagios de esta índole se basan en los deseos de unas u otras personas, en el afán de ajustar el futuro a sus objetivos e intereses. 
Por eso sorprende que los que ahora proponen una economía verde, un desarrollo sustentable son los que hasta ahora han apostado justamente al desarrollo insustentable.

No deja de sorprender la habilidad para seguir con una economía destructora de recursos y, al mismo tiempo, hacernos creer que con sus tecnologías puedan resolver las consecuencias y evitar el desastre que se perpetua.

Nuevas estrategias, falsas ilusiones

Se presentan algunos de los dispositivos propuestos para lidiar con el desbarajuste ecológico sin perturbar al capitalismo. Existe un importante número de activistas y pensadores ambientalistas fieles a esta causa,  bien intencionadas, preocupadas por la salud del planeta, y la mayoría también están preocupada por los problemas de justicia social.

También existen personas al interior de los organismos, que entienden perfectamente los problemas ecológicos y sociales que el capitalismo ocasiona, pero creen firmemente que éste sistema debería ser reformado, generándose un problema conceptual que no pueden sortear
Incluso, el número creciente de individuos que critica al sistema económico capitalista y sus “fallas de mercado” frecuentemente termina con “soluciones” que apuntan a un capitalismo con “rostro humano” y no-corporativo fuertemente controlado, en lugar abandonar los límites del capitalismo.  

Un sistema que tiene una única meta, la maximización de ganancias nunca podrá tener un alma, nunca podrá ser verde, y, por su propia naturaleza, debe manipular y fabricar ilusiones.  Por lo tanto, son incapaces de pensar, ni promover, un sistema económico con diferentes objetivos y procesos de toma de decisiones, uno que ponga el énfasis en las necesidades humanas y ambientales, en oposición a las ganancias.

En realidad, su perspectiva se reduce a una denuncia y exigencia a los representantes políticos capitalistas para que tomen medidas urgentes o a abrazar las propuestas de los llamados “partidos verdes”, pero sin apuntar decididamente contra los intereses y la propiedad de los máximos responsables de esta situación: las grandes corporaciones y multinacionales capitalistas.

El problema mayor es la aparición en ese espacio de organizaciones ambientalistas y de desarrollo, promovidas o cooptadas por las empresas transnacionales, por fundaciones que actúan como mandatarias de estas o por agencias gubernamentales que defienden políticas de seguridad nacional, o el mismo Banco Mundial, que tratan de sumar adeptos a sus propuestas.

Víctimas…  no responsables  

En amplios sectores prima la lógica de que para solucionar la crisis ecológica el eje central está en los cambios de los patrones de consumo individual, centrando su atención en el “consumo irresponsable”.  

Obviamente la producción capitalista, generadora de patrones y ciclos de consumo a escala planetaria, moldea a los “consumidores” y en esta medida el comportamiento humano individual colabora con la crisis ecológica, por lo cual es deseable promover que estos patrones se modifiquen generando consciencia ambiental.

Pero la realidad es que la influencia que pueden ejercer los cambios del comportamiento individual sobre el carácter funesto de la producción capitalista sobre el medio ambiente es en muchos casos irrelevante y, especialmente, muy desigual.

La lógica de centrar la iniciativa del movimiento ambiental en los cambios de comportamiento individual conlleva fundamentalmente a dos problemas estratégicos. Por un lado, promueve una estrategia ilusoria que favorece una concepción individualista, difuminando o directamente ocultando cuál es el “centro de gravedad” sobre el que hay que denunciar el capitalismo globalizador, y sus grandes corporaciones capitalistas.

Por otro lado, termina fortaleciendo el discurso reaccionario de que “la gente es responsable de la crisis” que va unido a medidas para hacer pagar la crisis ambiental a la clase trabajadora y los sectores más pobres de la sociedad; un discurso que al mismo tiempo que preserva el sistema y beneficia a los capitalistas, impide incorporar a la lucha a los sectores sociales capaces de enfrentarla.

Frente a la crisis ambiental, el problema central no es la “división” entre quienes contaminan y quienes no lo hacen, sino entre la mayoría social que ya está pagando los costos de la crisis y los capitalistas que la generaron.
La resolución de la crisis ecológica no puede darse dentro de las lógicas del sistema actual. No hay esperanzas de éxito en las diversas sugerencias, o en la acumulación de informes sin futuro.

El sistema capitalista mundial es insustentable por su búsqueda insaciable de una acumulación sin fin de capital tendiente a una producción que debe expandirse continuamente para obtener ganancias; por su sistema agrícola y alimentario que contamina el ambiente y no garantiza el acceso cuantitativo y cualitativo universal de comida; por su desenfrenada destrucción del ambiente; y su continua reproducción y aumento de la estratificación de riqueza dentro y entre los países.

Para esto es necesario un sistema económico democrático, razonablemente igualitario, y capaz de poner límites al consumo lo que significará sin lugar a duda que las personas vivirán con un nivel de consumo menor del que se denomina, algunas veces en los países ricos, el estilo de vida de la “clase media”.

Tal vez los informes deberían insistir, en generar un estilo de vida más sencillo, a pesar de ser “más pobre” materialmente, puede ser más rico cultural y socialmente al reconectar a las personas entre sí y con la naturaleza, y al tener que trabajar menos horas para proveer las cosas esenciales para la vida.  

Eduardo Camín. Periodista uruguayo acreditado en ONU-Ginebra. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

http://estrategia.la/2020/10/16/la-recuperacion-verde-y-el-reciclaje-insustentable-del-capitalismo/

Fuente: https://rebelion.org/la-recuperacion-verde-y-el-reciclaje-insustentable-del-capitalismo/

 

 

 

Aprovechemos, como lo hizo el bloque dominante, el 2020  para atrevernos a romper con la normalidad que nos oprime y poner andar lo que hemos ido elaborando durante décadas de resistencia al avasallamiento de los derechos de los pueblos e individuos y los de la Naturaleza.

 

 

 

 

El hartazgo pandémico y la «nueva realidad»

14 de noviembre de 2020

Por Homar Garcés (Rebelión)

Si hay algo que ha revelado (si es que cabe el término, dado que existe desde hace bastante tiempo) el brote y la expansión de la pandemia del Covid-19 a nivel mundial, aparte de la evidente fragilidad de la salud humana y de las deficiencias del sistema público que debiera funcionar adecuadamente en cada nación para garantizar este derecho a todos sus ciudadanos por igual, es la profunda brecha económica y social que divide a ricos y pobres.

Una cuestión que es reconocida por economistas y legos en la materia, ya que la misma constituye el resultado visible e inmediato de lo que ha sido, desde finales del siglo XX hasta ahora, la imposición del capitalismo neoliberal.

Para muchos analistas, lo que mucha gente llama la nueva normalidad, en el caso que acabe la pandemia del Covid-19, no será una vuelta atrás sino el establecimiento de nuevas realidades al servicio de los grandes capitales, teniendo como fondo la supresión de los niveles de democracia existentes y, como secuela de ello, la minimización y/o eliminación del Estado de bienestar tradicional. Por lo pronto, estas nuevas realidades han hecho despuntar el trabajo online a distancia (incluyendo la educación formal), lo que se traduce en un enorme ahorro de costos laborales para las grandes empresas al liberarse de la cobertura de protección social a que tienen derecho sus trabajadores. A esto se suma la incidencia grave que produce en las nuevas generaciones las medidas adoptadas en cada nación contra la propagación del coronavirus.  

«Los datos -escribe el periodista uruguayo Eduardo Camin en su artículo “COVID-19, el virus del capitalismo y la explosión histórica del desempleo”- van demostrando que serán las y los jóvenes entre 15 y 24 años, quienes serán uno de los rangos etarios más golpeados por el desempleo y la precarización laboral. Ya se comienza a hablar de “generación de confinamiento”, principalmente porque son quienes han visto interrumpidos sus procesos de educación, formación y capacitación, pérdidas de empleo, reducciones de jornadas y remuneración y además tienen mayor dificultad para conseguir un nuevo empleo. Este sector además es el que ha mantenido altas tasas históricas y estructurales de desempleo, previo a la pandemia». Esto último es una cuestión que ha sido escasamente abordada, obviando los cambios que ella entraña, pero que, de una u otra manera, tendrá sus repercusiones históricas en la «nueva normalidad» de la que se habla actualmente.

Las cifras en ascenso de trabajo informal y/o empleo por cuenta propia, sin dejar de mencionar la explotación de miles de trabajadores carentes de derechos laborales en procura de mantener un mínimo de condiciones de vida junto con sus familias, condena a la mayoría de los países a mantenerse en un grado de subdesarrollo quizá mayor al experimentado en el siglo pasado; sin resultados positivos significativos en materia de crecimiento económico y menos aún en la reducción de la desigualdad social. 

Para otros, la «nueva normalidad» post pandemia podría desmontar todo el ensamble de la globalización capitalista al promoverse la tendencia -adelantada por Israel y Estados Unidos- de países amurallados, con restricciones fronterizas estrictas que dejan ver un sesgo xenófobo y racista, lo que implica que el Norte global se encerraría fronteras adentro, limitando incluso su intercambio comercial con el resto del mundo.

En otra perspectiva, esta misma situación podría crear condiciones para que haya un autogobierno social, lo que equivaldría asegurar para todos la integralidad y la sostenibilidad de la vida. La presencia cada vez masiva de pueblos y nacionalidades indígenas, de movimientos feministas, de comunidades campesinas y disidentes, y de diversos movimientos populares y ecoambientales en la escena pública hace presagiar que esto último sea factible y no simple utopía. Será preciso que la organización y la autoridad  comunitaria, la reciprocidad, la ayuda mutua y el trabajo colectivo  que, vistas y practicadas, son acciones colectivas que cuestionan los valores legitimadores de los sectores dominantes, se conviertan -casi nada- en los pilares de un nuevo tipo de civilización. El hartazgo pandémico de millares de personas en la actualidad sería entonces la señal del comienzo de una «nueva normalidad», no la que importa al mercado capitalista sino la que todos debiéramos anticipar y crear en nuestro común beneficio.

Fuente: https://rebelion.org/el-hartazgo-pandemico-y-la-nueva-realidad/