Qué Abya Yala

Mayo 2020

Con «contrarreforma agraria integral» por ocupación económica y territorial de grandes capitales locales e imperialistas.

 

 

 

Historia y presente/ Ofensiva del sistema mundo capitalista / Alternativas emancipatorias

 

Historia y presente

 

El término Abya Yala es en sí mismo un símbolo de identidad y respeto hacia las raíces de los pueblos originarios; y en ese sentido, el poema Abya Yala Wawgeykuna (Hermanos Americanos), originario del pueblo Quechua de Argentina, hace un llamado a la unidad de los pueblos a mantener presente su origen y a continuar su camino siguiendo las huellas de sus ancestros. Tal como su título indica, Abya Yala Wawgeykuna.

 

Artes, saberes y vivencias de indígenas americanos, el libro que sostienen en sus manos es un tributo a la filosofía de ese poema, pues intenta plasmar el pasado y el presente de distintos pueblos originarios: sus modos de vida, sus manifestaciones artístico-culturales, sus creencias... y al fin y al cabo, su identidad. Leer

 

Comprobamos que hoy nuestro Abya Yala está completamente subsumido en «contrarreforma agraria integral» por ocupación económica y territorial de grandes capitales locales e imperialistas. Que, desde años, están en crisis de rentabilidad en todo su sistema mundo. También en los '70 lo estaban pero en la actualidad han hundido a la humanidad en crisis civilizatoria. En ese entonces su contubernio instauró el neoliberalismo mediante terrorismo de estado y dictadura genocida. La democracia que le continuó no sólo fue a favor de honrar la estatización de la deuda de ese contubernio y a favor del acaparamiento expropiador de bienes comunes (sociales y naturales) sino también privilegió conservación-afianzamiento del Estado policial militarizado por sobre el Estado social. Sin embargo, hoy se propagandiza en el mundo como alternativa al sistema mirando por el lucro del 1% de la humanidad en nombre de ser realistas ante la correlación de fuerzas a:

 

"La movilización de masas desde abajo bien podría exigir que el Estado proporcione ayuda a gran escala a los millones de trabajadores y familias pobres en vez de insistir en la inmediata reapertura de la economía. Pero la CCT y sus agentes políticos buscan a toda costa evitar que las masas pidan un Estado de bienestar social como respuesta a la crisis. Por eso promueven la revuelta reaccionaria contra el confinamiento avivada por Trump y la ultraderecha".

"Los grupos gobernantes no pueden sino sentirse asustados por el creciente descontento de las masas. La crisis erosiona la hegemonía capitalista y tiene el potencial de despertar a millones de personas de la apatía política. El proyecto neoliberal está agotado y a duras penas se podrá resucitar. Para bien o para mal, se reconstruirá el mundo. Hemos entrado en un periodo de cada vez mayor caos en el sistema capitalista mundial. Fuera de una revolución, hemos de luchar ahora para evitar que nuestros gobernantes conviertan la crisis en una oportunidad para resucitar y profundizar el orden neoliberal moribundo cuando pase la tormenta de la pandemia. Se trata de clamar en nuestra lucha por algo en línea de un “Nuevo Pacto Verde” (“Green New Deal”) a escala global como programa interno mientras se acumulan las fuerzas para un cambio más radical del sistema. Las fuerzas progresistas y de izquierda tienen que situarse para hacer retroceder al impulso ultraderechista y neofascista. Se concentran los nubarrones. Se están trazando las líneas de batalla. Se aproximan convulsiones. Está en juego la batalla por el mundo postpandemia".

La crisis capitalista es más mortal

que el coronavirus

29 de abril de 2020

Por William I. Robinson (Rebelión)
El confinamiento decretado en Estados Unidos y en muchos países del mundo para hacer frente a la pandemia de COVID-19 ha paralizado la economía capitalista y, por tanto, ha demolido el proceso de la acumulación de capital.

El hecho de que esta parálisis económica arroje a decenas de millones de trabajadores a una crisis de supervivencia es totalmente fortuito para la preocupación de la clase capitalista transnacional (CCT) de reanudar de inmediato la maquinaria lucrativa, ya que el capital no puede permanecer ocioso sin dejar de ser capital. El impulso de reavivar la acumulación explica que en muchas ciudades norteamericanas se hayan producido manifestaciones públicas de la ultraderecha para exigir el levantamiento de la cuarentena, al igual que los sectores más reaccionarios del capital promovieron el Tea Party a raíz del colapso financiero de 2008, movimiento que a su vez se movilizó en apoyo al trumpismo.

Si bien las protestas parecen espontáneas, de hecho han sido organizadas por las agrupaciones conservadoras estadounidenses, entre ellas la Fundación Heritage, FreedomWorks (Obras de Libertad) y el Consejo Americano de Intercambio Legislativo (conocido como ALEC por su sigla en inglés), que reúne a los directores ejecutivos de las grandes corporaciones junto con los legisladores derechistas locales de todo Estados Unidos. El mismo Presidente Trump enardeció a los manifestantes mediante una serie de tweets, entre ellos uno que declaraba “LIBERAR a VIRGINIA, y proteger su gran Segunda Enmienda, que está bajo asedio”. El llamado a defender dicha enmienda de la Constitución norteamericana, que garantiza el derecho a portar armas, prácticamente constituía un llamado a la insurrección armada. En el estado de Michigan seguidores armados de Trump bloquearon el tráfico para impedir el paso a la ayuda. Días atrás  Trump adujo tener poder “total” – la clásica definición de totalitarismo – para levantar la cuarentena.

A pesar de su retórica populista, el trumpismo ha servido bien a los intereses de la CCT en implementar un programa de neoliberalismo en esteroides que va desde la reforma impositiva regresiva y la amplia desregulación y privatización hasta una expansión de los subsidios al capital, recortes al gasto social y represión sindical. Trump – él mismo, miembro de la CCT – retomó donde dejó el Tea Party a raíz del colapso financiero de 2008 y forjó una base social entre aquellos sectores de la clase obrera mayoritariamente blancos que anteriormente habían gozado de ciertos privilegios, como empleo estable y bien remunerado, y que en años recientes han experimentado una aguda desestabilización socioeconómica y movilidad descendente frente a la globalización capitalista. Al igual que el Tea Party que le precedió, Trump ha sabido desviar la cada vez mayor ansiedad social que sienten estos sectores desde una critica radical al sistema capitalista hacia una movilización racista y jingoísta contra chivos expiatorios como los inmigrantes. Estas tácticas trumpistas han convertido dichos sectores en fuerzas de choque para la agenda capitalista ultraderechista que los ha llevado al borde de un proyecto verdaderamente fascista.

La cada vez mayor crisis del capitalismo global ha acarreado una rápida polarización política en la sociedad global entre una izquierda insurgente y fuerzas ultraderechistas y neofascistas que han logrado adeptos en muchos países del mundo. Ambas fuerzas recurren a la misma base social de los millones de personas devastadas por la austeridad neoliberal, el empobrecimiento, el empleo precario y relegación a las filas de la humanidad superflua. El nivel de polarización social global y de desigualdad no tienen precedentes en estos momentos. El 1 % más rico de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del planeta mientras el 80 % más bajo tiene que conformarse con apenas el 4.5 % de esa riqueza. Mientras se extiende el descontento popular contra esta desigualdad, la movilización ultraderechista y neofascista juega un papel crítico en el esfuerzo por parte de los grupos dominantes de canalizar dicho descontento hacia el apoyo a la agenda de la CCT, la misma disfrazada en una retórica populista.

Es en este contexto donde los grupos conservadores en Estados Unidos se han empeñado en organizar una respuesta ultraderechista a la emergencia sanitaria y la crisis económica, abarcando una mayor dosis de subterfugio ideológico y también una renovada movilización de sus fuerzas de choque que ahora exigen el levantamiento del confinamiento. La movilización de masas desde abajo bien podría exigir que el Estado proporcione ayuda a gran escala a los millones de trabajadores y familias pobres en vez de insistir en la inmediata reapertura de la economía. Pero la CCT y sus agentes políticos buscan a toda costa evitar que las masas pidan un Estado de bienestar social como respuesta a la crisis. Por eso promueven la revuelta reaccionaria contra el confinamiento avivada por Trump y la ultraderecha.

Independientemente de las diferencias políticas en el seno de sus filas, la CCT se ha empeñado en trasladar la carga de la crisis y el sacrificio que impone la pandemia a las clases trabajadoras y populares. Para este fin ha podido contar con el poder del Estado capitalista. Los gobiernos del mundo han aprobado nuevos rescates masivos para el capital mientras se escurren de esta piñata unas migajas para las clases trabajadoras. El gobierno estadounidense inyectó una cantidad inicial de 1.5 mil millones de dólares a los bancos de Wall Street en tanto que la Casa Blanca prometió que su respuesta a la pandemia “estaría plenamente centrada en liberar el poder del sector privado”, es decir, que la ganancia capitalista va primero y la misma impulsaría la respuesta a la emergencia sanitaria. Acto seguido aprobó un paquete de estímulo de 2.2 mil millones de dólares cuyo componente mayor fue rescates a las corporaciones. En Europa los gobiernos miembros de la UE aprobaron paquetes fiscales similares, al igual que hizo la mayoría de los gobiernos en el mundo, que abarcaban la misma combinación de estímulos fiscales, rescates corporativos y cantidades muy modestas de ayudas públicas.

Los gobiernos estadounidense y europeos prometieron al menos 8 mil millones de dólares en préstamos y subsidios a las corporaciones privadas, aproximadamente el  equivalente a todas sus ganancias en los últimos dos años, lo que la revista The Economist calificó del “rescate más grande de la empresa privada en la historia”. Se trata de la lucha de clases desde arriba. Mientras estos mil millones de dólares se acumulan en la parte superior del pirámide social, la crisis desatada por la pandemia dejará a su paso más desigualdad, más tensión política, más militarismo y más autoritarismo. La Organización Internacional de Trabajo advirtió que centenares de millones de personas podrían perder su empleo, en tanto la agencia internacional Oxfam calculó que hasta 500 millones están en riesgo de caer en la pobreza. Aún más ominoso, el Programa Mundial de Alimentos advirtió sobre “una hambruna de proporciones bíblicas” y calculó que hasta 130 millones de personas podrían morir de hambre por el posible colapso de las cadenas de abastecimiento de alimentos, lo que la organización calificó de “la peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial”.

Se avecinan convulsiones sociales y políticas

El carácter clasista de la pandemia queda al desnudo. Al virus no le importa la clase, etnia o nacionalidad de sus portadores humanos pero son los pobres, los marginados y las clases trabajadoras los que no gozan de las condiciones para protegerse del contagio ni pueden asegurar la atención médica en caso de contaminación. Pueden morir millones de personas, no tanto por la infección viral sino por la falta de acceso a los servicios y recursos de soporte vital. La CCT intentará aprovechar el desempleo y empobrecimiento masivo para reforzar su poder de clase mediante mayor disciplina y austeridad a medida que pase lo peor de la pandemia y la economía global se hunda en depresión. Las clases dominantes utilizarán la pandemia como cortina de humo para consolidar un estado policial global. Por último, la crisis capitalista desatada por el coronavirus será mas mortal para los trabajadores empobrecidos que el mismo virus.

Aun cuando se mantienen el gasto deficitario y el estimulo keynesiano mientras dure una depresión económica, la experiencia de 2008 nos muestra que los gobiernos recuperaron los costos de los rescates mediante una mayor austeridad, en tanto los bancos y las corporaciones utilizaron los fondos de dichos rescates para volver a comprar acciones y emprender una nueva ronda de actividades depredadoras. La estrategia de la CCT parece ser una repetición de 2008, ahora a una escala mucho mayor, dirigida a inyectar cantidades masivas de dinero al sistema bancario privado. A cambio no se impone a los bancos ninguna obligación de utilizar dicho dinero para reinvertir en la economía real o para algún bien social. A raíz del colapso financiero de 2008 los bancos simplemente convirtieron los miles de millones que recibieron en concepto de rescates en especulación en el casino financiero global y para apropiarse de más activos y recursos en todo el mundo.

Además de la movilización de las fuerzas ultraderechistas y neofascistas también se han movilizado sectores populares y las clases trabajadoras. Aunque no sea posible tumbar el sistema, la única salida a la crisis del capitalismo global será revertir las cada vez mayores desigualdades mediante una redistribución de la riqueza y del poder hacia abajo. La lucha por dicha redistribución ya ha comenzado en medio de la pandemia. En Estados Unidos, al igual que en otros países, los trabajadores han emprendido una ola de huelgas y protestas para exigir condiciones de seguridad mientras que los inquilinos hacen llamados a huelgas de alquileres. Los militantes del movimiento a favor de la justicia para de los inmigrantes han rodeado los centros de detención para pedir la liberación de los detenidos, los trabajadores automotrices han salido en huelgas salvajes para obligar a cerrar las plantas, los desamparados han ocupado casas deshabitadas y los trabajadores sanitarios han emprendido protestas ruidosas para exigir los equipos necesarios para realizar su trabajo en condiciones de seguridad.

Los grupos gobernantes no pueden sino sentirse asustados por el creciente descontento de las masas. La crisis erosiona la hegemonía capitalista y tiene el potencial de despertar a millones de personas de la apatía política. El proyecto neoliberal está agotado y a duras penas se podrá resucitar. Para bien o para mal, se reconstruirá el mundo. Hemos entrado en un periodo de cada vez mayor caos en el sistema capitalista mundial. Fuera de una revolución, hemos de luchar ahora para evitar que nuestros gobernantes conviertan la crisis en una oportunidad para resucitar y profundizar el orden neoliberal moribundo cuando pase la tormenta de la pandemia. Se trata de clamar en nuestra lucha por algo en línea de un “Nuevo Pacto Verde” (“Green New Deal”) a escala global como programa interno mientras se acumulan las fuerzas para un cambio más radical del sistema. Las fuerzas progresistas y de izquierda tienen que situarse para hacer retroceder al impulso ultraderechista y neofascista. Se concentran los nubarrones. Se están trazando las líneas de batalla. Se aproximan convulsiones. Está en juego la batalla por el mundo postpandemia.

William I. Robinson es profesor de sociología en la Universidad de California, Santa Bárbara.

Fuente: https://rebelion.org/la-crisis-capitalista-es-mas-mortal-que-el-coronavirus/

 

 

Podríamos pensar que desde EE.UU. podría haber ese análisis y prédica conciliadora con el Capital Estado de quienes se oponen a la ultraderecha y al neofascismo. Pero de modo insólito se lo publicita  como superación por el Estado 'nacional' (bajo presión popular) de la crisis estructural y civilizatoria del sistema mundo capitalista. Incluso se habla de 'ciudadanos' que en este siglo se vuelve discriminatorio en extremo.

 

¿Un segundo «New Deal»

también para Latinoamérica?

14 de abril de 2020

Por Juan J. Paz y Miño Cepeda (Rebelión)

En su Historia del Siglo XX, el historiador marxista británico Eric J. Hobsbawm (1917-2012) sostiene que este “corto” siglo (no coincide con el cronológico) se inició con la Revolución Rusa de 1917, esencialmente porque se abrió la posibilidad de un nuevo sistema, distinto al capitalismo. Siguiendo su concepto, podría decirse que para América Latina el siglo XX-histórico se inició con la revolución mexicana de 1910 y particularmente con su Constitución del año 1917, porque esos procesos marcaron el lento camino de superación del régimen oligárquico, comenzó la cuestión social y despegó definitivamente el capitalismo, aunque a distintos ritmos entre los países.
 
En ese siglo se ubica la “crisis de los años 30”, estudiada ampliamente en la pionera obra The Great Crash 1929 (1954) del economista norteamericano John K. Galbraith (1908-2006). Para él, la crisis se originó en cinco factores: 1. La pésima distribución de la renta: el 5% de la población, con rentas más altas, concentraba una tercera parte de la renta nacional (“el rico no puede comprar grandes cantidades de pan”); 2. Muy deficiente estructura de las sociedades anónimas: creación de holdings y trusts, dedicados a la especulación e interesados en acrecentar rentabilidades; 3. Pésima estructura bancaria: de modo que la quiebra de un banco arrastró a otros; 4. Dudosa situación de la balanza de pagos; 5. Míseros conocimientos de la economía de la época: los empresarios, asesores y economistas del presidente Herbert Hoover (1929-1933) contribuyeron a agravar los problemas, porque se manejaban con dogmas sobre reducción de impuestos, salarios, ajustes presupuestarios, condiciones de mercado, renunciando a políticas económicas de Estado. 
 
Las crisis en varios países de América Latina venían de antes. Exportadores primarios, con algún producto base, sus economías tuvieron serias dificultades cuando la I Guerra Mundial (1914-1918) cerró los mercados europeos. El giro hacia los EEUU fue renovador; pero el “gran crash” sorprendió a la región en condiciones débiles y contribuyó al derrumbe de sus propias economías, que dependían tanto de productos importados como de la demanda externa. Cayeron café, azúcar, algodón, cereales, salitre, petróleo, arrastrando a todos aquellos países que obtenían sus mayores recursos de las exportaciones. El cacao ecuatoriano había entrado en crisis desde 1920 y ella se prolongó tres décadas. Pero si en los mismos EEUU había “míseros conocimientos” de la economía, en prácticamente toda Latinoamérica las soluciones procuraron movilizar las fórmulas tradicionales, manteniendo reprimidos los salarios de quienes lo ganaban, pues hay que recordar que la mayor parte de la población de los países latinoamericanos era rural, con campesinos e indígenas todavía sujetos a diversas formas de servidumbre. Eran soluciones oligárquicas, ni siquiera “capitalistas”.
 
El cambio, para los EEUU, la solución vino con el presidente Franklin D. Roosevelt (1933-1945), quien fue el primero en abandonar los dogmas del mercado libre y del empresariado inversionista, e imponer la acción directa del Estado, con el programa que pasaría a denominarse “New Deal”: más impuestos, políticas públicas, inversiones, control de emisiones, direccionamiento de créditos, fijación de tasas de interés, regulaciones sobre empresas; junto a políticas como la seguridad social, pensiones jubilares, subsidios para desocupados, incremento de salarios, prohibición de despido de trabajadores, recursos estatales para movilizar el trabajo. Fueron acciones de gobierno tildadas de “comunistas” por los ortodoxos y de “deplume a los ricos”, por parte de los gerentes de las corporaciones. Pero la crisis cedió, los EEUU iniciaron la construcción de una economía social y Roosevelt fue reelecto por tres ocasiones más, hasta su muerte, en 1945.

 

Sin embargo, hay un rasgo poco conocido sobre estas políticas, destacado por Mario Rapoport y Florencia Medici, en su interesante artículo “Corazones de Izquierda, Bolsillos de Derecha: El New Deal, el Origen del FMI y el fin de la Gran Alianza en la Posguerra”: Roosevelt fue pionero en consultar con académicos y profesores universitarios, pero solo escogiendo a los de línea progresista y marginando a los ortodoxos. Formó así un primer “Brain Trust” integrado por Raymond Moley, Rexford Guy Tugwell, y Adolf A. Berle Jr., todos profesores de la Universidad de Columbia, a quienes se unirían, más tarde, Henry A. Wallace, Jacob Viner (Universidad de Chicago) e incluso Harry Dexter White, Lauchlin Curri, Henry Morgenthau Jr. y Cordell Hull. 

Entre ellos había posiciones críticas a los empresarios por sus conductas especulativas, cuestionamientos al dogma de que el interés individual capitalista provoca crecimiento y bienestar social, desconfiaban de las soluciones monetaristas; Wallace no ocultó sus simpatías por la URSS; Currie y White eran vistos con sospechosa actitud hacia el comunismo. En 1944 White fue, junto a John M. Keynes, un promotor de la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), bajo la idea de implantar un “New Deal” mundial. Después de la II Guerra Mundial (1939-1945) Keynes pasó a influir en forma determinante sobre el pensamiento económico, que dio continuidad a la línea del fortalecimiento de las capacidades de la demanda, con actuación reguladora de los Estados.

La crisis de los años 30 no tuvo iguales soluciones en América Latina. Un país como Ecuador, inauguró con la Revolución Juliana (1925-1931) una serie de políticas coincidentes, en mucho, con el New Deal y anticipándose a él. Eran medidas necesarias para liquidar el régimen oligárquico y el dominio de la “plutocracia”; pero instituciones como el Banco Central, que también fue creado en Brasil, Bolivia, Chile y Colombia, requirieron la influyente presencia de la Misión Kemmerer, la cual tuvo el propósito de generalizar, en América Latina, el mismo esquema de la Reserva Federal norteamericana. 

En Brasil, la política “populista” de Getulio Vargas (1930-1945 y 1951-1954), la de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940) o la de Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955 y 1973-1974), bien pueden ser comparadas con las del New Deal de Roosevelt, pero tuvieron sus propios fundamentos en las necesidades antioligárquicas, la industrialización capitalista, el nacionalismo y la atención favorable a la creciente “cuestión social”.

De aquella época, cuando se produjo la primera crisis mundial de la era imperialista, hasta el presente hay, sin duda, una distancia histórica que se acerca a un siglo. Pero la inédita crisis actual, provocada por la pandemia del coronavirus, ha arrasado, nuevamente, con los dogmas del mercado libre, la empresa privada desregulada y el retiro del Estado. 

En Europa se argumenta a favor de recuperar los “Estados de bienestar”; en los EEUU, muy tibiamente y a regañadientes, se logra entender el papel de los Estados por encima de las grandes empresas y se vuelve a hablar sobre la necesidad de otro “New Deal”, en lo que ha persistido el senador demócrata y excandidato presidencial Bernie Sanders. En América Latina, son precisamente las respuestas neoliberales, que han sido convertidas en políticas de Estado por gobiernos conservadores, las que han quedado destruidas.

Como en los años treinta, la pandemia mundial del presente renueva una lección histórica: ya no es posible acudir a los políticos tradicionales ni a los criterios de banqueros, inversionistas o empresarios interesados en el rendimiento exclusivo de sus negocios, y mucho menos a los economistas neoliberales. En América Latina se volvió urgente diseñar una nueva economía social y equitativa, que apunte a redistribuir la riqueza, fortalecer al Estado y sus servicios, contar con los ciudadanos, afectar a las elites, y crear un sistema de solidaridad latinoamericana e internacional, basada en el bien humano común.

Blog del autor: www.historiaypresente.com  

Fuente: https://rebelion.org/un-segundo-new-deal-tambien-para-latinoamerica/

 

 

 

Podemos explicar la falta de pensamiento crítico desde las diversidades de abajo y a la izquierda porque esta última tiene partidos políticos e intelectualidad orgánica que se contentan de ser como son sin diálogos constructores ¡ya! de la democracia directa por atención y/o suscitación del autoconciente protagonismo de los pueblos. Por lo general se manejan con conceptos erróneos como democracia representativa vs. dictadura o progresismo vs. neoliberalismo. Menosprecian que el Estado no está por fuera de la unidad orgánica que conforma el modo de producción capitalista y que éste une a los poderes locales con los imperialistas en la súper explotación tanto de los trabajadores como de la naturaleza.  También caracterizan a gobiernos K sin examinar:

 

 

Fuga de capitales y

acumulación en tiempos K
28 de septiembre de 2010
 

Por Rolando Astarita

En su estudio, publicado en mayo de 2007, sobre la evolución de la fuga de capitales en Argentina, los investigadores de CEFIDAR, Jorge Gaggero, Claudio Casparrino y Emiliano Libman comenzaban diciendo que “el fenómeno denominado fuga de capitales ha estado presente en la historia económica reciente de Argentina, particularmente durante el período que comienza con las reformas económicas encaradas desde 1976 por la última dictadura militar, y parece finalizar con el agotamiento y crisis del denominado modelo de la convertibilidad”. Esto es, el fenómeno habría correspondido al largo período de hegemonía del modelo neoliberal (los años de la dictadura militar, el período de alta inflación de los ochenta y luego el menemismo privatizador), y habría finalizado hacia la caída del gobierno de De la Rúa.

Esta afirmación parece encajar bastante bien con la idea de que a partir de 2002, y más precisamente con la presidencia de los K, se habría pasado a un modelo productivo. Se supone que en un modelo productivo el excedente (esto es, la plusvalía), se reinvierte a fin de ampliar la acumulación del capital. Es que un proceso de desarrollo se caracteriza por lo que Marx llama la reproducción ampliada del capital. Una parte importante de la plusvalía vuelve a entrar en el circuito de producción, para generar más plusvalía, ampliando a su vez la escala de la producción. En este proceso la inversión tiene la primacía; en la medida en que se expande la producción de bienes de producción y bienes de consumo, aumentan el empleo, generándose más plusvalía, que se reinvierte para seguir expandiendo las fuerzas productivas. Naturalmente, para que esto suceda al interior de un país, es necesario que la plusvalía se reinvierta en el mismo.

Pues bien, un nuevo estudio generado en CEFIDAR, “La fuga de capitales II, Argentina en el escenario global (2002-2009)” sostiene que entre 2007 y 2009 salieron del país casi US$ 44.000 millones, lo que equivale a casi el 93% de las reservas acumuladas por el Banco Central. En otras notas hemos sostenido que bajo el gobierno K no se han producido cambios relevantes, o cualitativos, en la estructura productiva. Ahora, el dato sobre la persistencia de la fuga de capitales, reconocido por un instituto semi-oficial, apunta a la misma conclusión. Una parte importante del excedente termina en el exterior. En términos de Gaggero et al., no se utilizan “los excedentes económicos generados localmente en el fortalecimiento de la estructura productiva y social”. Es un síntoma de que no se supera la estructura atrasada y dependiente, y también una causa, ya que la fuga de capitales va en detrimento de la acumulación ampliada interna.

Inversión débil

Efectivamente, la contrapartida de la fuga de capitales es una inversión que se mantiene débil; en particular, en relación con un crecimiento del producto que ronda el 8% anual. La participación de la inversión en el PBI es notablemente más elevada que en la crisis 1999-2002, pero solo algunos puntos porcentuales más elevados que en la década de 1990, como se puede advertir en el siguiente cuadro:

Puede apreciarse que en el primer semestre de 2010, si bien aumentó con respecto a 2009, la inversión se mantuvo más baja, en términos de PBI, que entre los años 2006-2008, y algo más elevada que en los noventa. Pero es un nivel muy por debajo de economías que crecen a tasas de 8 o 9%. En los países asiáticos de alto crecimiento la participación de la inversión en el PBI supera el 25 y aun el 30% del PBI.

En estos momentos, y a pesar de que en Argentina muchos sectores industriales tienen capacidad cercana al tope, los capitalistas invierten poco en ampliación de plantas. En todo caso, en algunas ramas como plásticos, petroquímicos y agroquímicos, hay inversión en capacidad de almacenamiento, pero no en capacidad de producción. Esto explica también que en algunas ramas haya aumentado la importación para abastecer la demanda interna.

La debilidad relativa de la inversión en ampliación de capacidad también se refleja en la dinámica del empleo. A pesar del crecimiento del PBI, el empleo formal en el sector privado creció 1,5% entre el segundo cuatrimestre de 2009 y el segundo de 2010. En cambio, el número de horas trabajadas aumentó 7,5% en el mismo período (datos SEL). Lo cual revela que se está utilizando capacidad instalada.

Pero además, el aumento de la inversión en bienes durables durante el primer semestre estuvo determinado principalmente por la compra de equipos de transporte, entre los que figuran los aviones incorporados por Aerolíneas Argentinas. No es aumento de la capacidad productiva básica. Y dos tercios de esa demanda de inversión se dirigieron a las importaciones. Lo cual también está acorde con lo que planteamos en otra nota, acerca de que la balanza comercial industrial de Argentina sigue siendo altamente deficitaria. Dejemos anotado también que en los primeros 8 meses de 2010 el crecimiento de la industria estuvo liderado por el sector automotores (la fabricación de vehículos en agosto fue 49,8% superior al año anterior) y acero (27,7% superior, datos INDEC). Aquí hubo una sostenida demanda por parte de Brasil (el real se apreció y hay un fuerte crecimiento), además de la recuperación de la demanda interna. Las otras ramas crecieron a tasas sensiblemente menores, lo cual agudiza la heterogeneidad del desarrollo. La demanda de consumo está impulsada por sectores relativamente acomodados de la sociedad; lo cual tiene por base la alta desigualdad en la distribución del ingreso.

En consonancia con lo anterior, el crédito al consumo estuvo aumentando a lo largo del año a una tasa mayor que el crédito a la actividad productiva.

Otro impulsor clave del crecimiento es el agro. La producción de granos alcanzaría en la campaña 2010-2011 los 90 millones de toneladas, lo que exige inversiones importantes. Las inversiones durables proyectadas en el agro rozarían los US$ 1500 millones, y las inversiones en capital constante circulante (utilizando la terminología de Marx; comprende semillas, riego, insecticidas y funguicidas, herbicidas y fertilizantes) superaría los US$ 3750 millones (datos CREA y Comisión de Enlace; no desmentidos por la Secretaría de Agricultura, u otros organismos oficiales).

El agro y la minería, además, siguen siendo pilares de las exportaciones. De conjunto casi el 90% del aumento de las exportaciones en el último año se explican por la soja, el maíz, automotores (a Brasil) y minería. El resto de las exportaciones apenas crecieron. Paradójico para un modelo que se califica de “industrialista” por oposición al “agro exportador”.

Infraestructura estancada

La debilidad de la inversión repercute en la infraestructura. Recordemos que la matriz energética del país es en base a gas. El hecho es que (datos del Instituto Argentino de la Energía General Mosconi) las reservas de gas a fin de los noventa eran de 30 años, y en 2010 son de 7,8 años. Las reservas de petróleo en 2000 eran de 488 millones de metros cúbicos, y en 2010 son de 380 millones. En la década de 2000 se terminaron 484 pozos y en la década de 1990 el doble. Argentina ahora importa energía.

La inversión en infraestructura ferroviaria continúa estancada. Lo mismo sucede con las inversiones requeridas para obras de saneamiento ambiental; el caso del Riachuelo, donde ni siquiera se ejecutan los créditos que ya están concedidos, resulta emblemático.

Tradicionalmente los regímenes o gobiernos que se consideraron industrialistas, pusieron énfasis en desarrollar la infraestructura productiva. Con todos los problemas que podían surgir, se intentaba avanzar en un desarrollo de las fuerzas productivas articulado en esas inversiones. No parece que el gobierno K siga esa tradición. Pero no se pone a discusión la canalización improductiva de la plusvalía.

Bicicleta financiera

Sin embargo, no todo fue fugas de capitales en 2010. En el segundo trimestre, por ejemplo, ingresaron US$ 328 millones. Aunque no fueron a la producción, sino al sector financiero, que está ofreciendo una bonita rentabilidad en dólares. Es que las tasas de interés pasivas para plazos fijos en pesos a 30 días rondan el 9%, y las tasas para depósitos superiores a los 60 días están en 10,4%. Dado que el Banco Central mantiene fijo el valor del dólar, y además el gobierno asegura que seguirá planchado en 2011 (esto es, creciendo muy por debajo de la inflación), constituye un buen negocio para inversores extranjeros traer divisas para colocarlas en depósitos en pesos, y volver al dólar una vez hecha la diferencia.

El Ministerio de Economía en este respecto está encerrado en una lógica que deriva del propio modelo de desarrollo, que se articuló casi exclusivamente en torno a mantener el tipo de cambio real alto. Es que si ahora se quiere elevar el tipo de cambio –y la ventaja competitiva cambiaria se ha erosionado a esta altura– daría más impulso a la inflación. De ahí que esté retrasando el tipo de cambio, como ancla para la inflación (cualquier parecido con las políticas ortodoxas de freno de inflación no es casualidad). En los últimos 12 meses el dólar apenas aumentó un 3%, muy por debajo de la inflación. Lo cual genera una creciente apreciación en términos reales del peso, y también da lugar a la alta rentabilidad financiera que comentamos. Los pequeños ahorristas (un universo conformado por no pocos asalariados) en tanto ven erosionado sus ahorros ante una inflación que ronda el 25% anual, y las tasas que reciben, de entre el 9 y 10%. Estos sectores mantienen saldos líquidos para comprar en el mercado interno, a diferencia de los capitalistas dinerarios que valorizan sus tenencias en términos del dólar o el euro. Objetivamente esto representa una nueva transferencia al capital.

Agreguemos que los bancos siguen constituyendo uno de los sectores más rentables de la economía. Según datos que proporciona el BCRA, la rentabilidad, medida por el return on equity, está en el 21,2% en la primera mitad de 2010.

Desigualdad en la distribución e inversión inmobiliaria

Repasemos un momento las “coordenadas” fundamentales. Con la recuperación económica, hubo una recuperación de las ganancias del capital, y de las rentas en general. Continúa, por otra parte, la desigualdad en la distribución del ingreso, y un sector importante de la clase obrera está a nivel de pobreza. El desempleo informal alcanza al 36,5% de la fuerza laboral, y el salario promedio de estos trabajadores es $1100 mensuales (IDESA). En las empresas de hasta 25 trabajadores, el salario promedio es $2286 (ídem). Los beneficios del capital, subrayamos, son altos. Según Débora Giorgi, el nivel de rentabilidad de las inversiones extranjeras en los últimos cuatro años promedió el 10,1%, contra el 4,6% del período 1992-2002. Sin embargo, la inversión de mantiene baja. ¿Dónde va entonces la plusvalía? Ya vimos que una parte se canaliza hacia el exterior. Otra porción va a la compra de bienes durables, como el automóvil. Y otra porción se invierte en el sector inmobiliario. Según el sitio Reporte Inmobiliario, las operaciones de compra – venta en 2010 aumentaron, en Capital Federal, un 23% con respecto a 2009 (aunque todavía se mantienen a un nivel más bajo que en 2008). Pero este aumento de la demanda no puede derivar de los asalariados. Entre 2001 y 2010 el precio de los departamentos, en pesos, creció 512%, por encima de lo que aumentó el costo de la construcción (424%). En 2001 hacían falta 75 sueldos para adquirir un departamento promedio (76 metros cuadrados). En 2010 hacen falta 125 sueldos (estudio del Instituto de Análisis Fiscal, citado en La Nación 26/9/10). Para construir una vivienda tipo en 2001 hacían falta 44 salarios, y actualmente 58. Los créditos hipotecarios son prohibitivos para la mayoría de la población. Sería un error entonces atribuir el aumento de la demanda de vivienda en 2010 a los asalariados. Todo indica que una parte de las plusvalías (entre ella, la renta agraria) se está canalizando al sector inmobiliario. Los precios de las viviendas aumentaron en términos de dólares entre el 15 y 20%. Pero la construcción residencial no amplía la capacidad o la infraestructura productiva.

En definitiva, tenemos un fuerte flujo de plusvalía que va al exterior; que se vuelca al consumo suntuario; o al sector inmobiliario residencial. Lo cual evidencia, lo subrayamos, la persistencia de características típicas del atraso.

Cuestiones relacionadas con la fuga de capitales

Gaggero et al., destacan una serie de características de la salida de capitales sobre las que vale la pena reflexionar un momento.

En primer lugar, la mayor parte de los capitales se invierten en activos financieros del exterior, y no directamente en actividades productivas. Destaquemos también que las inversiones en propiedad inmobiliaria en el exterior también podríamos considerarlas inversiones “de cartera”, ya que obedecen a una lógica de valorización financiera. En una economía desarrollada, el aumento del stock de activos externos tenidos por los residentes locales implica una salida por el lado de la cuenta de capitales, pero una entrada (igual a la tasa de interés internacional × el stock de bonos o activos financieros) por el lado de la cuenta corriente. Sin embargo, en un país subdesarrollado como Argentina, este flujo de entrada por lo general es pequeño, dado que las ganancias se reinvierten en el exterior.

En un plano más general, la existencia de fuertes stocks de activos financieros en manos de residentes argentinos es indicativa de que una parte importante (posiblemente mayoritaria) de la clase dominante está íntimamente vinculada al capital financiero internacional. Pueden discrepar con tal o cual política del FMI, o disgustarse con el comportamiento de algún banco, pero “a la hora de la verdad” se confían los ahorros a estas instituciones. Así como las operaciones financieras. Por ejemplo, el gobierno de la provincia de Buenos Aires acaba de colocar un bono a cinco años entre inversores internacionales con una tasa de 11,75% anual (mucho más alta que otros países de la América Latina), con la colaboración del Deutsche Bank y Merrill Lynch.

Por otra parte, la evolución en el largo plazo del stock de deuda demuestra que la misma sirvió para financiar la fuga de capitales durante años. En  1974 la deuda externa era de US$ 7600 millones, y el capital fugado era prácticamente la mitad, US$ 3800 millones. En 1982 las cifras eran US$ 44.000 y US$ 34.000 millones, respectivamente. En 1989 la deuda era de US$ 65.000 millones y los capitales fugados sumaban US$53.000 millones. A fines de 2001 la deuda era de US$ 140.000 millones y el stock fugado de US$ 138.000 millones (Gaggero et al).

Este hecho demuestra que la burguesía argentina no está “sometida”, ni es “el país” el que es “explotado” por los “banqueros y financistas del Norte”, sino que estamos ante negocios que obedecen a la lógica de la valorización de los capitales, y la conservación de esos valores en los lugares que se consideran más seguros.

Sin embargo hay una diferencia importante entre los 2000 y la década de 1990, y es que durante la presente década la fuga de capitales no estuvo financiada con deuda, sino con reservas genuinas, provenientes del superávit comercial. Esto es, se produjo lo que se llama una “transferencia real” de valores al exterior. La deuda externa también se paga con superávit, y no tomando más deuda, como sucedía en la década de 1990. Por eso la relación entre deuda y PBI disminuyó. Actualmente es del 40%, contra el 140% en 2001.

En conclusión, hay un fuerte crecimiento, y cierto aumento de la participación de la inversión con respecto a los niveles promedio de los noventa, pero sin que pueda hablarse de algún cambio estructural. Una parte fundamental del excedente sigue saliendo del país; aunque a diferencia de la década de los noventa, ahora esa salida está financiada por el superávit de cuenta corriente. Otra parte del excedente se vuelca a bienes de consumo, o al sector inmobiliario. La salida de capitales sigue poniendo en evidencia la estrecha vinculación de la clase capitalista argentina con el capital mundializado, particularmente con el capital financiero.


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Fuga de capitales en tiempos K

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2010/09/28/fuga-de-capitales-y-acumulacion-en-tiempos-k/

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Fuga de capitales y atraso económico

10 de febrero de 2018

Por Rolando Astarita

En entradas anteriores señalé que uno de los principales problemas que dificulta el desarrollo en Argentina es que una parte sustancial del excedente (esto es, de la plusvalía) no se reinvierte productivamente en el país, y sale al exterior. Por ejemplo, en polémica con los K-economistas, escribí en septiembre de 2011:

“… en los 2000, y a igual de lo sucedido en períodos anteriores, otra parte fundamental del excedente ha estado saliendo al exterior, sea bajo la forma de remesas de utilidades, pagos de intereses y salidas de capitales que se colocaron en inversiones inmobiliarias y de cartera. La diferencia con los 90 es que esa salida de capitales, en lugar de financiarse con deuda, se financió con buena parte de los excedentes de la balanza comercial. (…) [Entre 2003 y 2010] las salidas netas por pagos de intereses, utilidades y dividendo… fueron por 63.192 millones de dólares. Y los activos externos (incluyen inversiones inmobiliarias, depósitos en el exterior, tenencia de moneda extranjera y diversas inversiones de cartera) del sector privado pasaron de 118.008 millones de dólares en 2003 a 172.888 millones [en 2011]” (aquí).

En otra nota, aproximadamente un año después:

“Desde el punto de vista del desarrollo capitalista, la raíz de los problemas en la economía argentina reside en que una parte sustancial del plusvalor no se reinvierte productivamente. En parte se utiliza en gastos improductivos (incluidos gastos estatales), o construcción inmobiliaria. Y otra se coloca en el exterior, ya sea porque las multinacionales no reinvierten sus ganancias, o porque la burguesía argentina saca los capitales. Los teóricos de la dependencia, y en general los autores de izquierda, tradicionalmente explicaron el atraso de los países coloniales y semicoloniales por la extracción del excedente que realizaban las potencias y sus empresas, aliadas a las oligarquías locales. Pero hoy, en Argentina, la remesa de utilidades por parte de las grandes transnacionales es solo una parte del problema, porque existe una enorme masa de riqueza, propiedad de la clase capitalista criolla, que está acumulada en el exterior (algunos la ubican en 160.000 millones de dólares, pero puede ser superior); esto es, no se reinvirtió, ni se reinvierte, para ampliar las capacidades productivas. En este punto, el esquema explicativo “imperio-colonia” hace agua, ya que esa transferencia del excedente fue un acto libre de los capitalistas argentinos. (,,,) Esta debilidad de la acumulación de capital explica entonces por qué el problema económico en Argentina se manifiesta como carencia, como falta (de energía, de transporte, de producción con valor agregado, etc.) y no como “exceso” (aquí).

Pero no  es solo Argentina. La transferencia de plusvalía al exterior es un fenómeno que afecta de conjunto a los países atrasados. En este respecto, es ilustrativo el informe “Financial Flows and Tax Havens: Combining to Limit the Lives of Billions of People”, de diciembre de 2015, elaborado por el Centre for Applied Research, Norwegian School of Economics. Global Financial Integrity (GFI). En lo que sigue resumo las principales cuestiones que plantea, y presento luego una reflexión sobre el significado de la fuga de capitales.

Presentación del estudio del GFI

Se trata del estudio más abarcativo de los flujos financieros globales que impactan en los países en desarrollo. El GFI reconoce dos tipos de flujos, los que se registran en la balanza de pagos y los que no se registran, y son en gran medida ilícitos. Sobre las transferencias registradas, se analizaron 151 países en desarrollo, a lo largo de 33 años, el período 1980-2012.

El GFI define Transferencia Neta de Recursos (NRT por sus siglas en inglés) como los flujos netos registrados hacia o desde un país, menos las salidas de capital ilícito. La balanza de pagos proporciona un marco estadístico unificado para medir las transferencias registradas, que son principalmente financieras. Cuando se calcula el neto de las transferencias hacia afuera a través de la fuga de capitales con las transferencias registradas en la balanza de pago, se obtiene el balance NRT. Esto es, el balance de la NRT no toma en cuenta las entradas de capital provenientes de actividades ilícitas.

Las fugas de capital juegan un papel de primer orden, y consisten principalmente en flujos ilícitos. Según el estudio, las salidas ilícitas representan el 82% de toda la NRT desde los países en desarrollo.

Existen dos formas principales de fugas de capitales. Por un lado, las filtraciones no registradas en la balanza de pagos. Precisemos qué son las filtraciones en la balanza de pagos: cuando la fuente de fondos de un país (flujos de IED entrantes por no residentes en exceso de los flujos de IED salientes por los residentes, más el neto de nueva deuda externa contraída por sobre el repago de viejos préstamos) excede el uso de los fondos (tales como financiar el déficit de cuenta corriente y/o aumento de las reservas), el exceso tiene que haberse filtrado por fuera de la balanza de pagos de una forma no registrada. La otra vía de fuga de capitales son las malas facturaciones del comercio (subfacturación de exportaciones, sobrefacturación de importaciones) o refacturaciones realizadas en paraísos offshore.

En cualquier caso, el cálculo de los flujos no registrados presenta muchos problemas. Tengamos presente que entre esos flujos se encuentran, en primer lugar, los que tienen origen en actividades de tipo criminal, tales como tráfico de drogas, tráfico de personas, comercio de órganos, falsificación (medicamentos, electrónica, cigarrillos, ropa, calzado) y contrabando. Con respecto a los flujos provenientes del crimen, no queda claro si existen transferencias netas hacia o desde los países en desarrollo. Como adelantamos más arriba, el GFI, de todas maneras, no considera las entradas de capital en los países en desarrollo que son producto de estas actividades.

En segundo lugar está la falsificación de facturas de comercio. Los datos del comercio bilateral muestran refacturación de transacciones, habitualmente realizadas a través de entidades offshore, pero no revelan mala facturación dentro de los mismos documentos intercambiados entre exportadores e importadores. El tercer rubro es la propiedad intelectual y servicios, ya que solo el comercio de mercancías está comprendido en el análisis de datos de la mala facturación. Se considera, de forma conservadora, que la propensión a mal facturar en servicios es la misma que en bienes. Otra dificultad importante es China, ya que es el mayor exportador tanto de capital lícito como ilícito y porque los flujos financieros a través de Hong Kong son problemáticos.

Los principales resultados del estudio

Cuando se toman en cuenta las transferencias registradas, entre 1980 y 2012 salieron de los países en desarrollo 2,97 billones de dólares (aproximadamente 90.000 millones de dólares anuales, en promedio). Debido a que China tiene grandes superávits en cuenta corriente y salidas de capital y activos de reserva asociados a esos superávits, cuando se excluye a China las transferencias netas acumuladas pasan a ser de aproximadamente un billón de dólares (o unos 32.000 millones de dólares por año, en promedio).

En cuanto a las fugas de capitales, para el período 1980-2012 de todos los países en desarrollo fue de 13,37 billones de dólares; son 405.000 millones por año, en promedio. Las salidas de capital desde los países atrasados a lo largo de los 33 años correspondieron más o menos de forma pareja a filtraciones en la balanza de pagos y mala facturación en el comercio. Como porcentaje del PBI aumentaron desde 3,7% en 190-1984 a 6,4% en 2000-2004, llegando a un pico de 7,2% en vísperas de la crisis financiera. Luego bajaron, pero de todas formas en 2012 eran del 6,2%. La fuga de capitales acumulada, excluyendo China, para el período bajo estudio fue de 10,6 billones de dólares; representaban el 4,9% de sus PBI en la primera mitad de los 1980. Antes de la crisis financiera, en 2008, representaban el 8,3%. Cayeron durante la crisis, pero en 2012 representaban el 6,4% del producto.

Si se suman las transferencias registradas, la transferencia neta de recursos fue negativa por más de 16,3 billones para el conjunto de los países en desarrollo. Es un promedio anual de 495.400 millones de dólares. La provisión neta de recursos aumentó desde un promedio de 15.800 millones por año en la primera mitad de los 1980 a 503.800 millones en la primera mitad de 2000. El drenaje declinó cuando la crisis financiera, en 2009; pero luego volvió a aumentar, llegando casi a los 2 billones de dólares en 2012.

Por otra parte el estudio del GFI estima que el total de activos en paraísos fiscales de los residentes en países adelantados y en desarrollo pasaron de 18,1 billones de dólares a finales de 2005 a 30,8 billones en 2011. Los activos de los residentes –ajustados por inflación- crecieron, entre 2005-2011, a una tasa anual del 5,9%, en tanto los activos de los residentes en países en desarrollo crecieron al 12,2% anual. En promedio las tenencias de los residentes en países en desarrollo representaban el 12% del total de los activos en los paraísos fiscales. Los activos en paraísos fiscales del sector privado de los países adelantados pasaron de 16,8 billones en 2005 a 28,1 billones en 2011. Los activos de los residentes en países en desarrollo pasaron de 1,2 billones en 2005 a 2,6 billones de dólares en 2011. Los paraísos fiscales offshore juegan un rol central, ya que facilitan los flujos financieros provenientes del crimen, la corrupción y la evasión fiscal.

 ¿Explotación de países, o explotación de clase?

Una de las tesis más extendidas entre el progresismo y la izquierda –incluidos los marxistas- sostiene que los países atrasados son explotados por parte de los países adelantados. Esta explotación tendría su expresión más clara y definida en las transferencias de plusvalía desde los países atrasados hacia los adelantados (o “desde el Sur al Norte”). La bandera de la “liberación nacional” tiene como fundamento último esta idea. Cuando se afirma que Argentina, por ejemplo, es explotada por los países adelantados, se está afirmando que, de alguna manera, el conjunto de la población argentina padece esa explotación. De ahí que se haya llegado a afirmar que las burguesías de los países atrasados son “semi-oprimidas”, o “semi-explotadas”, y que sus fracciones “nacionales e industrialistas” tendrían un “interés objetivo en la liberación nacional”. Fue, y sigue siendo, el argumento de los partidos Comunistas y otras variantes stalinistas, para proponer los “frentes nacionales” de colaboración de clases.

En otras notas he criticado esta tesis, planteando que las burguesías de los países atrasados participan en pie de igualdad con las burguesías de los países adelantados de la explotación de la clase obrera, tanto nativa como a nivel global. Cuando hablo de “igualdad” no estoy diciendo que globalmente el capitalismo de los países atrasados tenga el mismo poder económico que el capitalismo de los países adelantados; ni que los Estados de los países atrasados tengan el mismo poder militar y geopolítico que los Estados de los países adelantados. Simplemente estoy diciendo que la relación no es la del tipo “metrópoli-colonia”, sino la que existe entre capitalistas con iguales derechos formales, y que como tales participan de la tajada que les corresponde de la plusvalía, según sus fuerzas económicas relativas.

Pues bien, el informe del GFI refuerza mi argumento contrario al nacionalismo radical y al nacional-marxismo. Es que la fuga de capitales –la principal forma de transferencia de riqueza hacia los países adelantados- no ocurre por alguna imposición manu militari o imperial, sino es el resultado de las decisiones de amplias franjas de las clases dominantes de los países atrasados. Más precisamente, sea que esa fuga se realice vía filtraciones en la balanza de pagos, o mala facturación, no puede llevarse a cabo si no hay un comportamiento de clase. Esto significa que abarca empresas de todo tipo, rentistas, bancos y otras instituciones financieras, así como amplias capas de la alta burocracia estatal de los países atrasados. Es la clase capitalista “del Sur” (o una porción significativa de ella) la que decide colocar sus fondos en los paraísos fiscales, o en bancos e  inversiones inmobiliarias en el extranjero. Agreguemos que, al menos en el caso de Argentina, la fuga de capitales fue financiada con deuda externa, tomada por el mismo capitalismo nativo, y el Estado (véase “La fuga de capitales. Historia, presente y perspectiva”, de J. Gaggero, C. Casparino y E. Libman, Cefidar, Documento de Trabajo N° 14, mayo 2007).

La salida de capitales es un factor clave a la hora de explicar el atraso económico de países del “tercermundo”. Pero no ha caído del cielo; está orgánicamente vinculado a la lógica de la ganancia y a la seguridad que puedan tener los capitalistas de los países atrasados para sus inversiones.

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Fuga de capitales y atraso económico

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2018/02/10/fuga-de-capitales-y-atraso-economico/

En consecuencia, la «reforma agraria integral» se contrapone al Estado componente de la unidad orgánica que conforma el modo de producción capitalista. Recordemos:

A 61 AÑOS

La revolución cubana de 1959
1 de enero de 2020

 

Facundo Aguirre
IG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

La Revolución cubana cumple 61 años. Quizás la mayor gesta protagonizada por los pueblos latinoamericanos. La única que triunfó y cambió las bases económicas y sociales, expulsando al imperialismo que la mantenía en el atraso y la miseria para las grandes mayorías, expropiando a los grandes monopolios y capitalistas. La única que, solo de esta manera, pudo conquistar entre otros muchos derechos, el pleno empleo, la tierra para quienes la trabajan, salud y educación gratuitas y universales, al igual que la vivienda.

El proceso iniciado el 1ro de enero, significó en apenas 3 ó 4 años un cambio de base y radical para un pueblo que, a excepción de la capital, vivía asolado por la desocupación masiva, el analfabetismo, la desnutrición y la muerte por enfermedades curables; donde la dependencia y sumisión al imperialismo yanqui era tal que La Habana era conocida como un “gran burdel” donde los marines y ricos estadounidenses se divertían a sus anchas con total impunidad. El triunfo en la Batalla de Bahía de los Cochinos, acción cumbre de las milicias revolucionarias, demostró que todo aquello había terminado definitivamente y que no es tan fácil derrotar a un pueblo insurrecto por más maquinaria militar que tenga el enemigo.

Por su profundidad, la revolución cubana se convirtió en el mayor símbolo de la lucha de todos los pueblos latinoamericanos y aún más allá de nuestro continente por lo que la seguiremos defendiendo incondicionalmente contra cualquier agresión imperialista, empezando por el criminal bloqueo económico que ha causado estragos y aún hoy mantiene Estados Unidos sobre la isla incluso habiendo decenas de resoluciones de la ONU contra el bloqueo.

En homenaje a aquella gesta reeditamos la siguiente nota de Facundo Aguirre escrita para el aniversario de 2015.

El 1° de enero de 1959 las fuerzas del Ejército Rebelde encabezadas por Fidel Castro ingresan victoriosas en Santiago de Cuba y el dictador Fulgencio Batista huye hacia EE.UU. dando inicio a la única revolución triunfante en América Latina que terminó con la expropiación de la burguesía y los terratenientes. Una semana más tarde, el 8 de enero, una huelga general derrotó las maniobras de la dictadura que buscaba birlarle la victoria al M26 mediante la creación de una junta militar. El Ejército Rebelde es recibido por grandes multitudes en La Habana.

La revolución puso fin a la dictadura de Fulgencio Batista, que había llegado al poder el 10 de marzo de 1952, encabezando un golpe conocido como el “madrugazo”. Contó además con el apoyo firme del Ejército, el imperialismo y la burguesía. En aquel tiempo Cuba enfrentaba una grave situación por la caída de la demanda del azúcar, motor de la economía local, y la apertura de una fuerte crisis social. Cuba vivía en la degradación social producto de la dominación imperialista. La Habana era un gran burdel donde se divertían los norteamericanos y hacían grandes negocios los integrantes de la mafia.

En 1958 la mortalidad infantil se situaba en los 60 niños por cada 1000 nacidos vivo, el analfabetismo era superior al 30% y la falta de vivienda asolaba a los habitantes de las ciudades. En el campo los terratenientes explotaban despóticamente a una masa gigantesca de campesinos despojados y peones rurales.

Los partidos opositores –entre ellos el estalinista Partido Socialista Popular- se mantuvieron pasivos frente al nuevo gobierno y declamaron su oposición sólo de palabra, sin mover un dedo contra la dictadura. Las primeras confrontaciones vendrán de los estudiantes y la juventud pequeñoburguesa. Apoyándose en este sector, el entonces dirigente del Partido Ortodoxo, Fidel Castro, intentará provocar una insurrección asaltando el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. Pese al fracaso, la repercusión de esta acción y el alegato de su defensa en el juicio conocido como “La historia me absolverá”, hacen de Fidel una figura popular. Liberado al poco tiempo, conformará el Movimiento 26 de Julio (M 26).

El 2 de diciembre de 1956 el Granma desembarca en las costas cubanas y los miembros del grupo guerrillero son emboscados por el Ejército. De los 82 miembros originales de la expedición se reagrupan una veintena dando origen a la leyenda guerrillera de la Sierra Maestra. Lo cierto es que el Movimiento 26 de Julio era un extendido movimiento de oposición, con peso en las ciudades y apoyo de masas. Su programa original, tal como se expresa en el Manifiesto de la Sierra Maestra, era restaurar la Constitución de 1940 y realizar una tímida reforma agraria. Sobre esta base el M26 impulsa una política de alianza policlasista con el resto de las fuerzas opositoras con las que firmará el Pacto de Caracas. Paralelamente, la lucha de clases de obreros y campesinos irá horadando las bases de la dictadura de Batista. En 1955 los trabajadores del azúcar en las ciudades de Santiago, Camagüey y Las Villas llevan adelante una violenta huelga reprimida duramente por la dictadura. Los zafreros en breve tiempo pasaron de exigir salarios a gritar a viva voz ¡abajo el gobierno criminal!. En 1957 una huelga general tiene epicentro en la ciudad de Santiago, tras el asesinato de Frank Pais, popular dirigente urbano del M26. Según relata Ernesto “Che” Guevara, esta huelga “… sirvió para que nos diésemos cuenta que era necesario incorporar a la lucha por la liberación de Cuba al factor social de los trabajadores inmediatamente comenzaron las labores clandestinas en los centros obreros para preparar una huelga general que ayudara al Ejército Rebelde a conquistar el poder”. Luego de derrotar el cerco militar sobre la Sierra Maestra, a fines de 1958, las columnas del Ejército Rebelde dirigidas por el Che y Camilo Cienfuegos propinan una fuerte derrota al ejército batistiano en el combate de Santa Clara, lo que acelera su descomposición. Una huelga general de cinco días posibilita la entrada de los insurgentes a La Habana en enero de 1959 y la posterior instauración del gobierno provisional de Manuel Urrutia Lleó, antiguo Presidente de la Corte Suprema.

La revolución liquidó al Ejército dejando su lugar a las milicias del Ejército Rebelde integradas por peones rurales, obreros y campesinos, que acompañarán al nuevo poder. Esta situación asusta a la burguesía y al imperialismo que en un principio miraban con buenos ojos al movimiento de los “barbudos” de la Sierra, pero que ante el avance de la revolución comienzan a boicotear al gobierno. Los roces del nuevo gobierno con el imperialismo comenzaron muy pronto alrededor de los tribunales revolucionarios y la reducción de alquileres y tarifas. La relación se tensará aún más a partir de mayo de 1959 cuando se promulga la Ley de Reforma Agraria. En julio de 1959 Urrutia expulsa de la jefatura del Ejército a Fidel. La movilización obrera y campesina lo restituyó en su cargo, lo que obligó a la renuncia de Urrutia. El poder queda en manos exclusivas del Ejército Rebelde.

“Una revolución de contragolpe” fue la forma en que Ernesto Guevara definió a la revolución cubana, describiéndola como un proceso de ataques y contraataques. La actitud hostil de la burguesía y el imperialismo radicalizó la revolución empujando al gobierno a la ruptura con la burguesía, mientras la movilización de las masas tomaba su propia dinámica.

Seis mil obreros de la Cuban Electric Company van al paro por aumento de los sueldos, los de la petrolera Shell Oil y los 21 ingenios azucareros que sufrieron retrasos en la zafra también salen por reclamos salariales. El programa democrático burgués original del M26 es superado ampliamente por la dinámica de las fuerzas enfrentadas. El 29 de junio de 1960 se interviene la Texaco y el 1º de julio, la Esso y la Shell (en este mismo mes EE.UU. suspende la compra de azúcar a Cuba como presión económica). En agosto son nacionalizadas todas las compañías norteamericanas de los sectores petrolero, azucarero, telefónico y eléctrico. En octubre se nacionaliza la banca (nacional y extranjera) y casi 400 grandes empresas (centrales azucareros, fábricas, ferrocarriles) y se sanciona la Ley de Reforma Urbana dando la propiedad de su vivienda a miles de inquilinos. EE.UU. continúa presionando en todos los terrenos y Cuba comienza a recostarse en la Unión Soviética. En enero de 1961 los norteamericanos rompen relaciones oficiales y en abril organizan la invasión de los exiliados cubanos (a partir de entonces gusanos), armados por la CIA, a Bahía de los Cochinos. Las milicias populares derrotan la incursión en pocos días y se proclama el carácter socialista de la revolución.

La revolución de 1959 enseñó que para lograr la liberación nacional, el fin del latifundio y la resolución del problema de la vivienda mediante la reforma urbana, hay que combatir a las burguesías criollas, destruir su aparato represivo, expulsándolas del poder político y expropiando sus propiedades. En su momento esta realidad significó un golpe ideológico tremendo al estalinismo de los PC latinoamericanos que predicaban la revolución por etapas y la vía institucional dentro del régimen burgués. A contrapelo de experiencia histórica hoy en día el chavismo –y los partidarios de castrismo- predican el mismo tipo de pensamiento derrotado en su momento por la revolución cubana: la colaboración con las burguesías nacionales y progresistas.

A pesar de sus enormes conquistas, la revolución cubana no dio lugar a un Estado basado en el gobierno democrático de los consejos de obreros, campesinos y milicianos, sino que se creó un estado obrero deformado y burocrático que impuso el dogma del socialismo en un sólo país y el dominio bonapartista del partido único, ahogando las libertades populares y bloqueando el camino de la revolución en América Latina. Cuando el castrismo adhirió al socialismo estrechó su alianza con el estalinismo cubano y el Kremlin, lo que implicó, que luego del reflujo de la marea revolucionaria, avanzara la burocratización asfixiante del régimen político.

A 56 (60, NdE) años de una victoria fenomenal de las masas obreras y campesinas de América Latina, La revolución cubana esta acosada por su crisis y la tendencia creciente a la restauración capitalista impulsada por la propia burocracia dirigente, encabezada por Raúl Castro. El reciente acuerdo alcanzado con el gobierno de Barack Obama, ponen fin a una política del imperialismo de distintos niveles de agresión, pero no significa un abandono de sus objetivos contrarrevolucionarios, sino la búsqueda de los mismos por otros medios. La Iglesia Católica ya ha recibido un adelanto restauracionista como pago por sus favores diplomáticos, más de una docena de propiedades expropiadas le fueron devueltas.

La revolución cubana nunca pudo desarrollar su potencial emancipador por el ahogo del régimen burocrático. Su política internacional termino colaborando con el desvío de revoluciones como la chilena o la nicaragüense y apoyando a los tanques soviéticos en Praga (1968) o el golpe de Jaruzelsky en Polonia (1981). La política de la burocracia, junto al criminal bloqueo norteamericano, mantuvo a Cuba en el atraso económico del monocultivo de azúcar. León Trotsky denunciaba a fines de los ’30 que la burocracia soviética, defendía el estado creado por los bolcheviques a su manera, hundiéndolo estratégicamente. En 1989, negativamente, la historia le dio la razón. En Cuba, si las masas obreras y campesinas no logran defender sus conquistas con una política independiente, la historia amenaza con repetirse.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/La-revolucion-cubana-de-1959

 

 

 

Aprendamos de los golpes de estado a Salvador Allende y a Evo Morales que la democracia no es un marco vacío a disposición de los diversos agentes políticos, sino que la democracia tiene un “sesgo de clase”.

 

Respecto a las elecciones en Bolivia Jhonny Peralta Espinoza advierte: " el problema a resolver es cómo logramos que la explosión popular democrática se imponga a esa minoría que es la derecha; el asunto tiene que ver con las formas del ejercicio del poder; si bien los movimientos sociales tuvieron un rol importante en el proceso de cambio, el poder se ahogó en un “principio de clausura”: escuchamos a los demás, pero nosotros, las cúpulas, tomamos la decisión. Sin embargo, nadie puede negar que la resistencia al golpe cívico militar policial fue producto de la auto organización popular, no hubo ninguna instancia orgánica que coordinara acciones políticas, y los muertos fueron los que fueron, gente humilde, luchadora y con convicción".

 

 

 

Bolivia en la hora de su definición (y III)

Revolución vs. barbarie

11 de mayo de 2020

 

 

Por Jhonny Peralta Espinoza (Rebelión)

Cuando Rosa Luxemburg escribió que “la dictadura consiste en el modo en que la democracia se utiliza y no en su abolición”, quería decir que la democracia no es un marco vacío a disposición de los diversos agentes políticos, sino que la democracia tiene un “sesgo de clase”, por ejemplo Murillo, con su ideología reaccionaria, […]

Cuando Rosa Luxemburg escribió que “la dictadura consiste en el modo en que la democracia se utiliza y no en su abolición”, quería decir que la democracia no es un marco vacío a disposición de los diversos agentes políticos, sino que la democracia tiene un “sesgo de clase”, por ejemplo Murillo, con su ideología reaccionaria, plantea meter aviones de guerra al Trópico [1], militarizar zonas donde se incrementa el coronavirus [2]; lo que queremos decir es que los contenidos y las formas de la democracia lo deciden los sujetos que la enarbolan. He aquí una diferencia sustancial entre el gobierno de Añez, Mesa, Camacho y Tuto y el gobierno del proceso de cambio, los contenidos no lo deciden un grupo de personas asesorados por la CIA, sino los deseos y aspiraciones de las mayorías nacionales; y las formas de legitimar la democracia no lo definen ni Trump ni Bolsonaro, que reconocieron al día siguiente al gobierno golpista[3], sino los levantamientos de la plebe. Esta es la paradoja de la democracia, que por un lado es la dictadura de la única minoría peligrosa que son los ricos, y por otro lado, es la dictadura popular que se refleja en la participación protagónica de las masas.

Hay un acuerdo general de que el capitalismo se acerca a grandes problemas, en particular este gobierno nos va a llevar a una crisis política económica y social de incalculables e impredecibles consecuencias, frente a esta situación el campo popular no tiene una respuesta coherente para decir qué hacemos, repetir los discursos de la cultura de la complementariedad, etc. y la agenda 20-25 que solo busca la mayor eficiencia en la economía, significan reivindicar un capitalismo eficiente con rostro simbólico indígena, tareas necesarias, pero insuficientes, porque implica seguir en el camino de ser moralistas: lo políticamente correcto.

Entonces el problema a resolver es cómo logramos que la explosión popular democrática se imponga a esa minoría que es la derecha; el asunto tiene que ver con las formas del ejercicio del poder; si bien los movimientos sociales tuvieron un rol importante en el proceso de cambio, el poder se ahogó en un “principio de clausura”: escuchamos a los demás, pero nosotros, las cúpulas, tomamos la decisión. Sin embargo, nadie puede negar que la resistencia al golpe cívico militar policial fue producto de la auto organización popular, no hubo ninguna instancia orgánica que coordinara acciones políticas, y los muertos fueron los que fueron, gente humilde, luchadora y con convicción.

Ahora, para ganar la batalla electoral y construir, poco a poco, poder popular pasa por comprender que no estamos luchando por una “síntesis dialéctica” para lograr un reconciliación forzada con el enemigo de clase; contamos con un contingente de compañeros forjados en el enfrentamiento en noviembre y con autoridad moral; hay mucha gente que se ha indignado ante la derecha reaccionaria y que aspira a tener un significado y un sentido en sus vidas, mediante la oportunidad de luchar por algún tipo de orden social donde ellos tengan trabajo, cultura, educación, oportunidades; siguen presentes con su memoria larga las mujeres y los hombres de las comunidades; sin olvidarnos de las masas que viven en las periferias, en los suburbios, que conforman la economía informal y carentes de servicios de salud, son estos hombres y mujeres donde es posible que surja la revolución y que ya no se ajustan a la vieja determinación marxista del sujeto revolucionario proletario, que no son proletarios a la vieja idea marxista (que eran los más pobres, los más numerosos y creaban riqueza en beneficio de otros, etc.), esto nos demuestra que esas características ya no están reunidas en un solo sujeto.

Hicimos este recuento para comprender que hay un nuevo eje de la lucha de clases y que existe la posibilidad de que esas amplias masas se transformen en revolucionarias; la experiencia nos enseña que los comunistas siempre fueron totalmente “no-dogmáticos”, dispuestos a parasitar cualquier problema, o sea a tener los pies en la tierra, recuérdese la consignas movilizadoras de las revoluciones rusa y china: “tierra y la paz” y “liberación nacional y la unidad contra la corrupción”.

Lenin fue sarcástico con aquellos que buscaban alguna garantía para hacer la revolución, gente sin audacia que decía: es demasiado pronto, no hay que arriesgarse o que la mayoría de la gente no está madura; a esto denomino lo “políticamente correcto”, a esa visión por etapas, progresivo, de la revolución, y a la que Lenin se oponía por completo, enfoque que fue reinstaurado por Stalin con la visión de los estadios “inferiores” y “superiores” del comunismo.

Hoy nos enfrentamos a una derecha que desea imponer un Nuevo Orden de largo alcance y lo que nos debe preocupar, no es tanto lo reaccionarios que son los Añez, Mesa, Camacho y Tuto, sino por qué una parte de la clase media le abrió el espacio a la derecha fascista, y esto significa un fracaso de la ideología; por qué se ha creado una “clase simbólica” conformada por artistas, académicos, periodistas, etc. que es el coro de esta política retrógrada, racista y violenta.

Por eso planteo la necesidad de un acto revolucionario dentro de un proceso democrático electoral, en el cual desde un pensamiento crítico a esa forma del ejercicio del poder democrático representativo pasado, ahora debemos responder a la tareas de elevar el descontento social y político a niveles superiores, si podemos construir nuevas formas de conciencia social en las periferias, si los comunidades con autonomías indígenas aportan a la refundación del país, creo que ahí radican los gérmenes del futuro.

La victoria electoral la estamos labrando lentamente en base a dos factores importantes, las amplias mayorías perciben que el tiempo de la pobreza será una realidad con cualquier gobierno de Añez, Mesa, Camacho o Tuto, y por tanto la justicia social  se derrumbará. Pero estos dos factores no necesariamente están conectados, para darnos cuenta que nuestro día a día se vuelve injusto, tiene que haber una cierta libertad ideológica; y esta libertad es amenazada constantemente por la represión, la persecución, la sanción, la judicialización por parte del gobierno golpista; si esa libertad disminuye, el pueblo lentamente no será consciente de la situación de injusticia y desigualdad en que se encuentra.

Si la libertad ideológica se va debilitando, esta realidad infame la asumiremos como una situación normal y el poder de los déspotas como algo naturalizado; así se ahondará la despolitización, donde cada individuo se dedique a su trabajo y este es el camino de la rendición. Por eso estamos obligados a construir el acto emancipatorio como resultado no de un solo agente o movimiento social, sino de una explosiva combinación democrática de diferentes conglomerados sociales. Este es el desafío ético político de reconocernos a nosotros mismos en esta figura, sin camarillas, ni mesianismos, que frente al horror y terror de este Estado reaccionario, la recuperación de la democracia se constituye en la respuesta más revolucionaria ante los sectores extremistas de la derecha que buscan una salida violenta a esta crisis política, como lo hicieron en octubre; no podemos permitir que se cierren los espacios democráticos, porque de ser así vendrá el arrasamiento de todos los derechos conquistados.

Lamentablemente las reglas del juego han cambiado sustancialmente, la derecha tiene un programa, fuerzas sociales, instituciones, medios de comunicación y el apoyo, para nada inofensivo, del imperialismo yanqui. El campo popular debe luchar contra las fuerzas conservadoras y reformistas internas, que expresan una cultura política retrógrada, así como también con esa izquierda más tradicional, que conciben la política como tutelaje, y que tienen nula confianza en las iniciativas del poder popular, como por ejemplo la iniciativa de los compañeros del trópico que compartieron sus productos con nuestros hermanos más necesitados, como la auto convocatoria de la noche del cacerolazo y el petardazo, hay que volver a las calles y a las plazas para defender nuestros derechos fundamentales, porque nuestra autoridad moral va más allá de esa derecha que nos grita: salvajes, terroristas, maleantes, narcotraficantes, tiranos, corruptos, etc. Solo con estas formas de acción política, nuestras luchas democráticas, poco a poco, se vincularan al problema del poder.

Hay que superar esas visiones deterministas de las “necesidades objetivas” y las “fases” obligatorias para rebelarnos e intentar la revolución;  siempre queda un espacio para un acto emancipatorio, pero si seguimos teniendo miedo a tomar el poder es que no valoramos en su justa dimensión nuestra causa y más pesa el miedo al desastre catastrófico. Pero es mejor el desastre provocado por la fidelidad a nuestras convicciones y principios, que tener el desierto con un gobierno antinacional. No hay dónde perderse, la única pregunta auténtica que deben responderse el binomio, los candidatos al legislativo y cada militante del MAS es si toleramos esta “naturalización” de este autoritarismo, de esta prepotencia, de este totalitarismo al que nos quieren llevar los Añez, Mesa, Camacho y Tuto; y cómo salimos de este desastre para nunca más volver.

Lo que quise demostrar, es que en última instancia la victoria electoral contundente debe ser el reflejo de la acción política de militantes que estén a la altura del reto que les plantea la historia, con un programa renovado, con formas y contenidos de campañas electorales que marquen diferencia, acompañados de miles de mujeres y hombres forjados en la lucha y con nuevos liderazgos, solo así se puede abrir un horizonte estratégico que de una vez por todas resuelva el destino histórico de nuestra Nación.

Notas:

[1] https://www.paginasiete.bo/seguridad/2020/4/24/murillo-metamos-aviones-de-guerra-al-chapare-253652.html

[2] https://www.infobae.com/america/agencias/2020/04/10/gobierno-boliviano-militariza-santa-cruz-su-region-con-mas-coronavirus/

[3] https://www.infobae.com/america/america-latina/2019/11/13/estados-unidos-reconocio-a-jeanine-anez-como-presidenta-interina-de-bolivia/

https://www.clarin.com/mundo/gobierno-jair-bolsonaro-reconocio-jeanine-anez-presidenta-legitima-bolivia_0_FhHcn78e.html

Jhonny Peralta Espinoza. Exmilitante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka

Fuente: https://rebelion.org/revolucion-vs-barbarie/

 

  Ofensiva del sistema mundo capitalista

 

Persistimos en personificar a gobiernos y al sistema capitalista e imperialista. De suerte que quienes nos identificamos de izquierda revolucionaria perdemos oportunidades de suscitar la ruptura mayoritaria con la creencia que cambiando a presidentes y parlamentos se podrá conseguir justicias social y ecológica.

 

Es hora de destapar a los llamados poderes fácticos o reales en su criminalidad de lesa humanidad y en su expoliación 'normal' a les inmigrantes.

 

Los vuelos del coronavirus

Estados Unidos deporta hacia

América Latina y el Caribe

a migrantes con Covid-19

4 de mayo de 2020

Por Jorge Elbaum

El Cohete a la Luna

El gobierno de Donald Trump declaró la emergencia nacional el 13 de marzo pero desde febrero aplica un programa de deportación de latinoamericanos residentes en Estados Unidos, algunos de los cuales fueron trasladados compulsivamente a diversos países pese a ser portadores del virus.

La oficina de Inmigración y Control de Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE) realizó desde mediados de marzo 72 vuelos de destierro hacia 11 países de América Latina y el Caribe, incluidos Brasil y Ecuador, dos de los Estados más contaminados de la región. En un pormenorizado relevamiento realizado por Jake Johnston para el Centre for Economic and Police Research (CEPR), con sede en Washington, se registran los vuelos de destierro pese a su expreso camuflaje digitado por parte de las autoridades del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC por su sigla en inglés), encargado de coordinar los vuelos.

Desde el 15 de marzo hasta el 24 de abril, la ICE efectivizó 21 deportaciones a Guatemala; 18 a Honduras; 12 a El Salvador; 6 a Brasil y 3 a Nicaragua, Ecuador, Haití y República Dominicana, respectivamente. Dado que la CDC implementó los traslados bajo secreto federal, Johnston consignó los mismos gracias al auxilio de un soporte tecnológico de relevamiento aéreo en el que se visualizan la totalidad de los vuelos, incluso en temporadas de clausura aérea.[1] Desde que se llevaron a cabo dichos destierros, varios de los países receptores denunciaron haber recibido pasajeros infectados con Covid-19 en forma compulsiva e inconsulta.

La mayoría de los vuelos detectados en el informe del CEPR partieron de dos aeropuertos: Brownsville, situado en Texas, y Alexandria, en Louisiana. Ambas pistas son administradas por la corporación GEO Group, una de las más grandes empresas privadas que gestiona prisiones estaduales y federales [2]. Luego de los 72 vuelos, las autoridades sanitarias de Brownsville y Alexandria informaron que 11 empleados de ambos aeropuertos han sido internados por ser portadores del virus. Por su parte, las autoridades guatemaltecas informaron, la última semana, que 40 casos confirmados de Covid-19 ingresaron al aeropuerto internacional de La Aurora provenientes de Alexandria. Luego de que el gobierno de Guatemala planteara su desconcierto por el traslado forzado de personas afectadas y clausurara el aeropuerto, las autoridades de Washington respondieron con un comunicado, el último 10 de abril, en el que amenazaban con la imposición de sanciones contra cualquier país que “niegue o demore injustificadamente la aceptación de extranjeros» [3].  Las autoridades guatemaltecas estiman que el 20 % de los casos confirmados de Covid-19 en el país son el resultado de la devolución no planificada de migrantes, cuya virosis se ha expandido fundamentalmente por la capital de ese país.

El 20 de marzo de 2020, el CDS –oficina federal de monitoreo epidemiológico de los Estados Unidos– encargó a la agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) la expulsión de miles de personas migrantes previamente detenidas. Según el informe oficial de dicho organismo, se llevaron a cabo 2.985 deportaciones en los primeros 11 días de abril. Entre esos deportados, 375 habían dado positivo en los testeos previos a su extradición impuesta. El informe subraya, además, que luego de detectar que muchas de esas personas se encontraban infectadas, se decidió interrumpir los controles para evitar evidencias de que se estaba exportando la virosis. Uno de los deportados, trasladado intempestivamente desde Houston a Nuevo Laredo, en México, provocó la inmediata infección de 13 habitantes de esa ciudad [4]. Se especula que los trasladados hacia Ecuador contribuyeron a la propagación de la enfermedad, cuya letalidad se constituyó en ese país en la más grave del mundo en términos relativos [5].

Exportación de la peste hacia patio trasero

Relevamiento de los vuelos realizados desde el 3 de febrero hasta el 24 de abril contratados por la agencia gubernamental de migraciones de Estados Unidos hacia destinos en América Latina y el Caribe.

La expulsión de migrantes haitianos, llevada a cabo desde mediados de marzo, provocó un contagio generalizado. Dicha situación motivó la airada protesta de 27 miembros del Capitolio, quienes demandaron la interrupción de las deportaciones a Puerto Príncipe, antes de que las mismas generaran un catástrofe de proporciones, dadas las  deficitarias condiciones de atención sanitaria que posee el país caribeño [6]. El supremacismo xenófobo impulsado por Trump no se limitó únicamente a la exportación virológica, sino que se amplió al negarle la ayuda estatal de 1.200 dólares, conocida como CARES, aprobada en el Congreso para  enfrentar la cuarentena instituida por la pandemia, a 15 millones de desempleados. Dicho aporte tampoco podrá llegar a quienes poseen un reconocimiento de residencia provisorio, que pagan sus impuestos de forma directa en el marco del Individual Taxpayer Identification Number (ITIN). La exclusión alcanza, además, a 1 millón de inmigrantes que se encuentran en el país bajo los programas de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA).

La lógica brutal del neoliberalismo de exportación –combinado con supremacismo doméstico– fue puesta en evidencia el último 22 de abril por la alcaldesa de Las Vegas, Carolyn Goodman, quien propuso reabrir los casinos y dejar que el libre mercado determinara quién está más apto para sobrevivir y quién en riesgo de enfermarse. Esta misma impronta, atizada por el trumpismo, es la que llevó el último viernes a que grupos armados ingresaran al Capitolio de Michigan, mientras se discutía la extensión de declaración de emergencia en el Estado, para exigir el fin de la cuarentena. La gobernadora demócrata Gretchen Whitmer considera prematuro darle fin al distanciamiento social obligatorio dado que ese Estado es uno de los más afectados por la pandemia con 41.379 casos confirmados de coronavirus y 3.789 muertes en una población de 9 millones de habitantes [7].

El sociólogo franco-brasileño Michel Lowy caracterizó las políticas de Trump y Bolsonaro como generadoras de crímenes de lesa humanidad, sustentadas en un fundamentalismo de mercado. En referencia a Trump y Bolsonaro, refiere que ambos utilizan una retórica falsamente nacionalista pero se subordinan al capital monopólico financiarizado [8]. “Lo que Bolsonaro tiene en común con el fascismo clásico es el autoritarismo, una preferencia por las formas dictatoriales de gobierno, el culto al Jefe («Mito») Salvador da Patria y el odio a la izquierda y al movimiento obrero”. Según Lowy, los cuestionamientos e impedimentos realizados por ambos Presidentes contra las cuarentenas y los ejercicios de distanciamiento planificado, suponen un claro acto de genocidio: “Por un delito equivalente –subraya el sociólogo franco-brasileño– varios dignatarios nazis fueron ahorcados por el Tribunal de Nuremberg».

El desplazamiento forzado de migrantes, la contaminación inducida y/o planificada a través de personas infectadas con el virus, la asfixia económico-financiera sobre la población más vulnerable al interior de los Estados Unidos (específicamente entre los denominados latinos y la población afrodescendiente), la intensificación del bloqueo a Venezuela y Cuba –en momento de álgida emergencia sanitaria– y la cotidiana subestimación por quienes luchan desde la ciencia contra la pandemia, actualiza la recordada frase de Vasili Grossman: “Una vez que el espíritu del hombre se somete al fascismo, se pasa a creer que la esclavitud –ese mal absoluto portador de la muerte— es pasible de convertirse en valor legítimo”.

[1]https://bit.ly/35hPFGV

[2]https://bit.ly/2VUs0cI

[3]https://bit.ly/2KLd7mm

[4]https://bit.ly/2Sq3Moh

[5]https://nyti.ms/3aRS8Jh

[6]https://bit.ly/3f9K0HI

[7]https://bit.ly/2Yqj7cf

[8]https://bit.ly/2YiRfHf

Fuente: https://rebelion.org/estados-unidos-deporta-hacia-america-latina-y-el-caribe-a-migrantes-con-covid-19/

 

 

Sumemos a la personificación, las disyuntivas binarias en la simplificación de los análisis de la realidad social e internacional que apartan a las mayorías de deliberar y tomar decisiones acordes con solucionar sus problemas en común.

 

 

La pandemia de Covid-19 acalla a muchos defensores del mercado

mientras se exaltan bondades como la sanidad pública

Verdades en tiempos de coronavirus

4 de mayo de 2020

Por Eduardo Montes de Oca (Rebelión)

Según los defensores del capitalismo, la caída del socialismo en la Unión Soviética y en su “área de influencia” significó la demostración concluyente de la superioridad del primero, de lo ineluctable de la desigualdad  y del “darwinismo social”. Así que la selección natural no representaría patrimonio exclusivo del reino animal, porque en definitiva, y aunque no se exprese en voz alta, discurrían algunos, “homo homini lupus” (“el hombre es el lobo del hombre”), como consideraba el filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes, cuyo Leviatán difundió, con un trueque sintáctico, la frase “lupus est homo homini” (“lobo es el hombre para el hombre”), plasmada por el comediógrafo latino Plauto (250-184 a. de C.) en la obra Asinaria.

Menuda contribución a la más reaccionaria de las visiones, la ofrecida por el derrumbe de un modelo que, bastardeado por factores subjetivos y objetivos, cometió, entre otros, los errores de autonomizar, gradualmente, los fueros gubernamentales con respecto a la sociedad, en detrimento del control popular, y durante un lapso nada desdeñable infringir el postulado marxista  de que la revolución no se debe (no se puede) ceñir a un país, o a pocos –yerro estalinista–, dado que una formación que copa al mundo, de eslabones la mar de interconectados, interdependientes, únicamente se alcanzará a barrer mediante una enorme ola, que se esperaba comenzaría en las naciones con mayor desarrollo de las fuerzas productivas  –previsión negada por una praxis a la que Lenin se entregó en cuerpo y alma– y se propagaría a todo el planeta. De ahí, en buena medida, la solidaridad militante de guías extraordinarios como Fidel Castro y Ernesto Guevara, por solo mencionar a dos de ellos.

Ahora, los heraldos del galopante neoliberalismo de las últimas décadas, apoyados en el fracaso de los contrarios, lograron convencer a una considerable parte de las masas en los cuatro puntos cardinales –evoquemos aquí el ya sobado concepto de “hegemonía” de Antonio Gramsci– de que la formación asentada en la maximización de las ganancias estaba exenta de finitud en el tiempo; sí, que perduraría por los siglos de los siglos. Por ende, Fukuyama dixit, asistíamos al “fin de la historia”. Pero “trompicones”  como la inequidad, la continuidad y la agudización de las crisis cíclicas, la recesión siempre en acecho… andaban ya apuntalando conciencias, algo que quizás se acabe de catalizar con el nuevo coronavirus, el cual ha puesto en una balanza, desperezando el debate, dos maneras de concebir y armar la realidad. Incluidas en sobresaliente lugar las evidentes diferencias entre la sanidad pública y la privada, derivadas del papel otorgado al Estado. En este contexto, precisemos que no en todos los sitios donde mayorea la búsqueda de plusvalía campean por sus respetos la desregulación, la competencia en la esfera, pero países tales los nórdicos constituyen la excepción que confirma la regla. Y observemos que en ellos el cacareado bienestar se ha debilitado. Desaparecida la URSS, ¿con quién emular entonces?

Socialismo vs capitalismo

En una apasionada apología del Estado, extraña a quienes intentan aplicar las prefiguraciones de Marx sobre la paulatina desaparición de esa institución sin situar dialécticamente su necesaria permanencia en el ámbito del capital desbocado, que intenta quebrar talanqueras nacionales para su reproducción, Manolo Monereo irrumpe en El Viejo Topo sin medias tintas, con crudas aseveraciones:

“Las fronteras son un signo de libertad y de existencia de un Estado que es algo más que una estructura de poder; genera identidad, seguridad y horizonte de sentido; también es capacidad de gestión, de hacer frente a las crisis asegurando la eficacia, la movilización de recursos y su empleo eficiente. Un Estado fuerte es esto, garantía de la soberanía frente a las oligarquías internas y frente a las grandes potencias de un orden mundial jerarquizado y en perpetua lucha por el poder”.

Anotemos al pasar que diversos comentadores se permiten la reserva ante la opinión manifestada por la fuente sobre la extinción de la “globalización”, por el mero hecho, interpretamos, de que, por un lado, la internacionalización de mercados, de capitales, se erige en conditio sine qua non del presente statu quo; y, por el otro, el comunismo, que sí podría advenir, si los terrícolas nos lo proponemos –y no gracias a un determinismo ya sobrepujado entre los epígonos del Prometeo de Tréveris–, supone la interrelación más acentuada y expansiva, el logro de una humanidad sin lindes étnicas, de género, de clases… O sea, una mundialización otra, la de la solidaridad.

Sin embargo, los postreros acontecimientos hacen coincidir plenamente con el articulista en que el descomunal contagio, lejos de debilitar a China, poner de relieve sus contradicciones y fortalecer en última instancia a EE.UU. en su puja estratégica, que apenas solapa una guerra económica de ingentes proporciones, atizó en el gigante asiático una respuesta espectacular, la cual ha develado “qué tipo de Estado es, qué instrumentos tiene y cuál es su eficacia sistémica. Delante de nuestros ojos hemos visto en tiempo real un conjunto de decisiones políticas organizadas, ordenadas y en cascada, movilización de recursos de enormes dimensiones, planificación de acciones y coordinación de administraciones desde una disciplina social estricta. Una administración pública se mide en las crisis y hemos visto una burocracia eficiente capaz de auto enmendarse en la propia implementación de las decisiones”.

Más aún: “Los 1.400 millones de chinos continentales han podido percibir […] un gobierno que genera seguridad, protección y garantía para el porvenir. Se suele hablar de la legitimidad de origen y de la legitimidad de ejercicio, pero se olvida la legitimidad por los resultados que refuerza y actualiza las otras dos. Es un viejo tema de la cultura política china, a saber: que no hay gobierno duradero y estable sin el consenso de la sociedad en su conjunto. Lo que seguramente no será del todo entendido es que detrás de un Estado fuerte está el control sobre la libre circulación de capitales, la socialización real de la inversión y un aparato financiero bajo dominio público. Se ha hablado de China como capitalismo de Estado. Habrá que matizarlo y ver hasta qué punto este país es algo más que el fracaso de la vía China al socialismo. Samir Amín –me acuerdo mucho de él– nos decía, una y otra vez, que la transición al socialismo había que pensarla como un proceso histórico de larga duración, pleno de contradicciones, de avances y retrocesos y de sonoros fracasos”.

Y tras insistir en un futuro nivel más alto de la pugna económica y del incremento de la liza estratégico-militar, así como sentenciar que “soñar con un orden internacional democrático y justiciero sin transformar las relaciones sociales de eso que llamamos capitalismo imperialista es quedarse en las afirmaciones huecas”, en su momento el analista previó lo que se cumple hoy como destino, más que premonición: “Veremos a China ayudando a los demás países a salir de la crisis del coronavirus, a enviar especialistas, medios y experiencia. China nunca ha tenido ambiciones imperiales. Sabe que su hegemonía se basará en su capacidad para organizar un mundo multipolar que asegure un nuevo orden fundado en la soberanía de los estados, en la no injerencia y en relaciones económicas justas y sostenibles. La historia se acelera y nos cambiará”. O sea, nos cambiará el socialismo actuante.

Socialismo que ha ganado puntos incluso entre convencidos del “régimen liberal” tales la agencia EFE, que reconocen, con estereotipos y conceptos inherentes a su ideología, lógicamente, que tras el coronavirus el orbe ya no será como era, atendiendo a “todos los expertos, cuyos pronósticos” para la era “postCOVID-19” apuntan a un rol “claramente determinante” de la potencia hoy emergente, en tanto “Estados Unidos genera más dudas por la manera en que está afrontado la crisis. Mientras las debilidades del sistema sanitario estadounidense se hacen patentes con un aumento imparable de casos, China ha logrado dar la vuelta por completo a la percepción negativa que se tenía de este país cuando la pandemia comenzó a extenderse por su territorio. No solo ha frenado el brote, lo que le permite exhibir imágenes de una incipiente vuelta a la normalidad, sino que ofrece ayuda técnica y material al resto del mundo para combatir con mayor eficacia la acelerada expansión de la enfermedad […]. Tras cada movimiento que da China está su propio modelo económico y de organización social, una concepción totalitaria que, para este tipo de crisis, se demuestra mucho más eficiente a la hora de tomar decisiones”.

Empero, quedarnos con este ejemplo devendría pábulo para que escépticos, descreídos y conservadores concordaran en que el mero vigor financiero, tecnológico, económico, contribuye a mover armónicamente los recursos en una cruzada contra la muerte que haya paradigma en el cada vez más admirado “dragón”. Por eso, proyectémonos, sin chovinismo, hacia esa minúscula tierra que apuntala día a día una aseveración acuñada, con eco largo: “Cuba salva”.

Lo que verdaderamente vale

Indiscutiblemente, no se trata de holgura de recursos. El archipiélago, que semeja por sus dimensiones geográficas un breve trazo en el planisferio, y se encuentra bloqueado, imposibilitado del desarrollo integral que su pujanza moral y su vocación de igualdad precisan, ha obtenido paradigmáticos niveles de salubridad  –sin detenernos en cifras, entre los más altos porcentajes de médicos en el orbe y de camas hospitalarias por habitantes en toda la región, por orear solo dos indicadores–,  aparte de elementos concomitantes tales una educación sobresaliente en América Latina y el Caribe, y más allá, conforme a serios organismos como la Unesco.

Recordemos grosso modo que la Mayor de las Antillas se esmera en el despliegue de una inteligencia biotecnológica, pongamos por caso, que ha facilitado la producción autóctona del interferón Alfa 2B, utilizado con éxito en la fraterna China para combatir la COVID-19, y que, al momento de escribir estas líneas, era demandado por 75 naciones con el mismo objetivo.

No nos atrevemos a asegurar que la pandemia no cause grandes estragos aquí –embestidas de natura suelen escapar a los más  radicales y bien pergeñados antídotos–. Pero sí que se librará (ya se libra) la más ardua batalla, coordinada estatalmente, con la colaboración del pueblo, contra una contingencia que en lugares como el “revuelto y brutal Norte”, para calificarlo con Martí, ha  hecho confesar a más de un entrevistado –Telesur da fe de ello– que cuando los ricos enferman del coronavirus tienen sus médicos particulares, mientras los pobres hacen largas filas en los supermercados sin salvaguarda alguna. Y he ahí algo diferente: el “simple” resguardo trasuntado en nasobucos, de fabricación artesanal los más –en otros lares esperan por una industria que no da abasto–, un “distanciamiento social”, digamos más bien una distancia física interpersonal, garantizado por la autodisciplina, y en su defecto por una Policía encargada de orientar y aconsejar más que de reprimir… Y claro que lo distinto no radica en las dilatadas colas, porque con ellas los cubanos nos topamos –somos veteranos– hace seis décadas, de resultas de un cerco que “aprieta pero no ahoga”, como la “muchedumbre” suele afirmar de Dios. Al menos a nosotros no nos ha asfixiado, gracias a nuestra soberana voluntad.

A una voluntad que, en el plano político, ha cristalizado en el envío durante décadas de brigadas de personal de salud a los cuatro recodos del globo, ora para restañar la sangre vertida en un conflicto desatado contra el Tercer Mundo por el imperialismo; ora para aliviar las contusiones, fracturas, heridas de un terremoto, un huracán; ora para frenar una infección tan terrible como el ébola…; y se ha traducido asimismo en alfabetizadores, maestros, técnicos situados en territorios que nunca habían visto colmados los anhelos de progreso. Y por qué no, en combatientes que no han vacilado ante el peligro al concurrir al pedido de las víctimas de una vesania armada.

Sobre estos asuntos reflexionaba en cubainformacion.tv Pedro García Jiménez, coordinador provincial en Córdoba de Izquierda Unida, quien elogiaba el sonado espaldarazo a Lombardía, donde los isleños se baten con una dolencia que ha hallado en Italia nido propicio de morbilidad, y de letalidad, como consecuencia de la cantidad de población envejecida, por tanto vulnerable, de acuerdo con diversos especialistas, a los que otros agregan los perjuicios ocasionados por una estrategia neoliberal aplicada a una salud pública antaño más eficiente y pródiga.

Mercado excluyente y desbocado

Comulguemos con Cecilia Zamudio (cubainformacion.tv) en que  el creciente contagio “pone de manifiesto la perversión del sistema capitalista (por si a alguien le faltaba alguna evidencia)”, pues en este, orientado hacia la concentración de las riquezas, basado en la explotación de los asalariados y en el saqueo de la naturaleza, “donde la sanidad es percibida como una mercancía”, la mortalidad de las epidemias se multiplica, en razón de la precariedad del acceso a los tratamientos. En algunas naciones, como los Estados Unidos, los costos médicos resultan exorbitantes; “por ejemplo, los tests para coronavirus cuestan más de 3000 dólares para un paciente sin seguro privado (al menos 27.5 millones de personas están sin cobertura)”. Y en “los países en los que todavía queda algo de sanidad pública (luchada por las y los trabajadores), vemos como los hospitales están desbordados, dados los recortes efectuados en las últimas décadas (desde la caída de la URSS, los supuestos ‘Estados de Bienestar’ capitalistas han venido desmantelando los servicios públicos para agigantar las fortunas de los que capitalizan en base a la privatización de la sanidad, la educación, etc)”.

Remarca la articulista que “cuando una epidemia se encuentra con un sistema de salud pública debilitado por la lógica capitalista de privatizar todos los servicios para beneficio de un puñado de multimillonarios en desmedro de la población, sus efectos llegan a ser muy graves, impactando particularmente las vidas de la clase explotada, cobrándose vidas que se hubieran podido salvar. Cuando una epidemia se encuentra con un sistema de salud pública inexistente, que es lo que impera en la mayoría de países devorados por el saqueo capitalista, esta causa una mortandad descarnada, como pasa en decenas de países en los que anualmente mueren centenares de miles de personas por enfermedades curables”.

Lo cierto es que, a juzgar de Atilio Boron, en La Haine, se han  movido las placas tectónicas económico-sociales de alcance universal y ya nada será como antes. Ingente desafío, acota el conocido intelectual de izquierda, para quienes desean construir un mundo mejor, porque la catástrofe ofrece una oportunidad única, inesperada, de imperdonable desaprovechamiento. Por lo que, exhorta, la consigna de la hora para todas las fuerzas anticapitalistas es concienciar, organizar y bregar hasta el fin, “como quería Fidel”. Y tomando en cuenta, subrayemos, que el hombre no es lobo del hombre si se borran las estructuras que condicionan esa máxima.

 

Fuente: https://rebelion.org/verdades-en-tiempos-de-coronavirus/

 

 

Descubramos que dependemos de la salud planetaria y ésta es aniquilada por los extractivismos cuyo desarrollo es impulsado por China también. También que los bienes comunes se distinguen de los públicos, estos últimos son apropiados por los gobiernos y por eso, quienes luchamos por el binomio indisoluble de las justicias social y ecológica los vemos des-apropiados y propios de las comunidades confederadas de manera plurinacional e internacional.

 

 

¿La pandemia del pensamiento único?

9 de mayo de 2020

Por Darío Aranda

Lavaca

No negar ni minimizar los peligros del virus. Cumplir con las recomendaciones para el cuidado de la salud. Rechazar el negacionismo de Trump y Bolsonaro. Escuchar a médicos y científicos. Pero, ¿quiénes son «los especialistas»? ¿Hay que obedecer ciegamente a la Organización Mundial de la Salud? ¿Se trata de una opción binaria «salud o economía»? ¿Es imprescindible y sano el “aislamiento social obligatorio”? ¿Quién y cómo se van a cuantificar las consecuencias sociales en los sectores populares? ¿Por qué se invisibilizan las causas de las pandemias? ¿Sirve que los medios cuenten los muertos en tiempo real? Como en la guerra el miedo se impone, la disidencia se castiga y el pensamiento único se contagia. Investigadores, epidemiólogos, médicos, científicos, periodistas, economistas e indígenas se permiten plantear preguntas, aristas silenciadas y otros caminos posibles en tiempos pandémicos.

¿Economía o vida?

“En Argentina instalaron una falsa opción, como dijo el Presidente: «Si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida». Pero una cuarentena puede contemplar la salud y la economía al mismo tiempo, en beneficio de ambas. ¿Cómo? Con una cuarentena selectiva de entrada. Limitada a los susceptibles. Porque es un principio básico de la epidemiología exponer a los no-susceptibles y no exponer a los susceptibles”, explicó a inicios de abril con didáctica docente Mario Borini, exprofesor titular de Salud Pública y docente de Epidemiologia en la Facultad de Medicina de la UBA.

   Su escrito apunta a los principios básicos de la epidemiología: al comienzo de la epidemia el aislamiento físico podría haber incluido a unos cinco millones de personas (4,5 millones son mayores de 65 años) y el resto, cerca de 40 millones de habitantes, podría haber mantenido sus actividades habituales, familiares, laborales, siempre con una política social para que la población mantenga los cuidados básicos de limpieza de manos, distancia física de metro y medio, barbijos y uso de protección en el personal de salud.

   Borini se hace la pregunta retórica de por qué el Gobierno no hizo lo epidemiológicamente obvio. Y él mismo responde: “Porque el sistema de salud está desquiciado. Mientras se prioriza declamativamente la salud, no hay capacidad para atenderla ni prevenirla de otra forma que descargando el gasto y la angustia en la población, cuyas condiciones habitacionales y laborales hacen insufrible la cuarentena y el parate económico”.

Borini explica que hay un conocimiento propio de las “ciencias de las poblaciones”, donde figura la epidemiología, pero también la estadística, la demografía y las ciencias sociales, que hoy no son escuchadas por el gobierno nacional ni por los provinciales. Resalta que se impuso una mirada relacionada a pruebas de laboratorio propias de la infectología-virología-inmunidad, sin tener en cuenta el marco de referencia social que debe existir ante cualquier epidemia. “La mirada impuesta está vinculada a lo que propone la industria de medicamentos (…). Además hay conflictos de intereses, como la OMS financiada por laboratorios comerciales y la Fundación Gates. Y ese conflicto de intereses penetra al ‘comité de expertos’ (del gobierno nacional), con Pedro Cahn de la Fundación Huésped, que es financiada por laboratorios comerciales”, cuestiona Borini.

   Menciona como contra-ejemplos a la Argentina a cuatro países asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán), con cuarentenas selectivas, “pese a que los tres últimos superan a Argentina en el número de casos”. Y también señala a Suecia, con trece veces más muertos que Argentina con Covid-19: “Sus autoridades consideran que ‘es tan peligroso salir como quedarse en casa’ y que es indigno imponer a su población una cuarentena total”. Precisa que Costa Rica no hizo cuarentena y tiene la menor tasa de mortalidad de América Latina. “Alemania, con cuarentena parcial, tienen una tasa de ocho fallecimientos por millón de habitantes, que es ocho veces menor a la de Bélgica, con cuarentena total, nacional y obligatoria”, explica.

   Plantea que Argentina, con esta política ante la pandemia, no prioriza a la población respecto a la salud y la economía, sino que se prioriza el sistema de salud, “que a la espera de la epidemia no atiende ni siquiera en los consultorios habituales”.

   “El sistema de salud no tiene capacidad porque durante siete décadas hubo reducción de camas de internación en relación al crecimiento de la población, retaceo de terapias intensivas y respiradores, obsolescencia tecnológica, caída presupuestaria, desabastecimiento de insumos, no reemplazo de personal (por fallecimiento, jubilación, renuncia), magros salarios (…) Por eso se apeló en Argentina a la cuarentena total, para evitar el bochorno de la desatención masiva”, aseguró Borini.

   Sostiene que instalar camas de emergencia en “lugares impropios” como Tecnópolis es una muestra más de la “miseria que supimos conseguir” para el sistema de salud. Y alerta por las consecuencias de la cuarentena obligatoria: “De persistir con esta dicotomía entre salud y economía se profundizarán el empobrecimiento de la población y la extranjerización de la economía, con su grave y evitable efecto boomerang sobre la salud física, mental, social y ambiental, que habría que medir con el mismo ahínco que se pone en contar los casos afectados por el Covid-19”.

¿Contar muertos?

Otra voz disidente es la del virólogo y doctor en farmacología molecular Pablo Goldschmidt que cuestionó que decenas de países paren sus actividades por el Covid-19. Recordó que definir una enfermedad como “pandemia” no quiere decir algo grave sino un mal que sucede en muchos países. “El Covid-19 es muy contagioso, sí, como el resfrío, que es como muere la gente en los geriátricos. Antes no los contaban, ahora sí. Hubo más de medio millón de casos de neumonía en el mundo el año pasado. Hay un millón de personas que se pueden agarrar meningitis en África, y se transmite por la saliva, y los aviones van y vienen. Y a nadie le importa nada. A mí, cuando algo hace mucho ruido como con el corona… Se está teatralizando mucho. Desde el primer día dije que las cuentas no daban, como cuando apareció la gripe H1N1”, destacó.

   Goldschmidt es autor del libro La gente y los microbios, donde analiza el rol de las bacterias, virus, hongos, protozoos y priones, “seres invisibles” que afectan gravemente la salud, pero también son vitales para la existencia del pan, quesos, bebidas fermentadas y medicamentos. Cuestiona a la universidad británica Imperial College de Londres, fuente inicial de datos epidemiológicos de donde la Organización Mundial de la Salud (OMS) basó sus proyecciones de posibles muertes: 2,2 millones en Estados Unidos y 500.000 en el Reino Unido.

   El portal de noticias Infobae es el más leído de Argentina. En su encabezado contabiliza en tiempo real los contagiados, fallecidos y recuperados, en el mundo y en Argentina. Para el país contabilizan 241 muertos. Los diarios destacan mapas online para ubicar las provincias y ciudades con más afectados. Los canales de noticias informan con un “urgente” o “último momento” cada nuevo fallecimiento.

   Desde el primer fallecimiento, el 7 de marzo, Argentina contabiliza un promedio de 4 muertes por día. Muy lejos de las 31.916 muertes por neumonía e influenza del 2018, según el informe oficial “Estadísticas vitales”, del Ministerio de Salud de la Nación, un promedio de 88 fallecimientos por día.

   Al momento de escribir este artículo se contabilizan 244.229 fallecidos en el mundo por coronavirus. Mario Borini, médico de la UBA, recordó que en el mundo hay anualmente entre 400.000 y 600.000 muertos por gripe común (y está subdiagnosticada). Según la propia Organización Mundial de la Salud, cada año mueren 6,5 millones de personas por la contaminación del aire. «Sólo una de cada diez personas respira un aire que está en los límites establecidos por la OMS. Los otros nueve respiran aire que es nocivo para su salud», afirmó en conferencia de prensa María Neira, directora del departamento de Medioambiente y Salud del organismo.

   Ningún portal de noticias, ningún canal de televisión, ningún funcionario contabiliza en tiempo real esos fallecimientos.

   Abordar la contaminación del aire implica poner en cuestionamiento el modelo económico contaminante, que es la base del capitalismo.

Desocupación y pobreza

   La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) emitió un informe sobre el futuro de la región luego de la pandemia: “Sus efectos generarán la recesión más grande que ha sufrido la región desde 1914 y 1930. El PBI caerá más de 5 por ciento en 2020. Se prevé un fuerte aumento del desempleo”.

   La Organización Internacional del Trabajo (OIT) publicó el 29 de abril su reporte titulado “El Covid-19 y el mundo del trabajo” en el que advirtió que “casi la mitad de la población mundial podría llegar a perder los medios de vida”. Afirmó que el efecto pandemia y la suspensión de actividades tendrán un “efecto devastador”.

   “Casi 1.600 millones de trabajadores de la economía informal, esto es, casi la mitad de la población activa mundial, corre peligro inminente de ver desaparecer sus fuentes de sustento”, advirtió la OIT. Y prevé la pérdida de 305 millones de empleos a tiempo completo.

   Julio Gambina, economista de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas (Fisyp), explicó que Argentina terminará este año con una pobreza de entre 40 y 42 por ciento, con un desempleo de hasta el 12 por ciento y con irregularidades del empleo en torno al 40 por ciento. También alertó sobre la fuerte presión que habrá para mayor flexibilización laboral y reforma previsional.

   Gambina se caracteriza por sus opiniones económicas y sociales que privilegian a los sectores populares; quizá por eso no suele ser consultado en los grandes medios de comunicación y sí en los medios alternativos, comunitarios, cooperativos. Es un referente crítico al neoliberalismo y a los organismos financieros internacionales.

   “El debate entre salud y economía es falso, mezquino y miserable, que escamotea la discusión del qué hacer en la coyuntura y más allá en el tiempo para superar los problemas del presente”, afirmó Gambina. Y llamó a discutir el modelo productivo y de desarrollo, el sistema financiero y la inserción internacional del país. “La situación de emergencia habilita esta discusión, evitada por años de oscurantismo y hegemonía desbordante de ideología y política neoliberal”, destacó.

 

Salud y ambiente

   El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) alertó en 2016 sobre el aumento mundial de las epidemias zoonóticas. Señaló que 75 por ciento de todas las enfermedades infecciosas emergentes en humanos son de origen animal y que dichas afecciones están estrechamente relacionadas con la salud de los ecosistemas (Fuente).

   El Instituto de Salud Socioambiental (Inssa) funciona en el marco de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Rosario. Se trata de un grupo de docentes y graduados que realizan desde hace nueve años una práctica educativa inédita llamada “campamento sanitario”, en el marco de la materia Ciclo Práctica Final, que consiste en instalarse durante una semana en una ciudad y, censo mediante, conocer y sistematizar los problemas de salud de la población. Ya llevan realizados 40 campamentos y detectaron incremento de abortos espontáneos, malformaciones congénitas, enfermedades oncológicas y aumento de los casos de mujeres que no pueden completar sus embarazos a término. Perfiles epidemiológicos vinculados al modelo agropecuario con uso masivo de agrotóxicos.  

 

Ante el coronavirus, emitieron un comunicado de análisis: “Las graves consecuencias de esta pandemia, desnudan la fragmentación, desfinanciación y vaciamiento que ha sufrido el sistema público de salud producto de las políticas neoliberales y la consecuente mercantilización de la salud”. Apoyaron la decisión de medidas que ponen el foco en la urgencia, pero remarcaron que solo “son acciones encaminadas a gestionar la enfermedad”, sin abordar políticas de fondo para un sistema de salud que permita enfrentar pandemias.

 

   El Inssa afirma que la crisis producida por la Covid-19 no representa un hecho aislado o fortuito, sino que emerge de condiciones que el mismo ser humano generó, por sus acciones u omisiones, ante la falta de un pensamiento crítico, previsor y solidario y se suma a varias zoonosis precedentes: SARS-CoV (2002), gripe aviar (2005), gripe A-H1N1 (2009), el MERS-CoV (2012) y el ébola (2014), “pudiendo todas ellas ser consideradas como enfermedades prevalentemente antropogénicas”.

   Afirma que es necesario buscar las causas de las pandemias en el modelo extractivo (agronegocio, minería, explotación petrolera), que provocó un deterioro progresivo en la salud de las comunidades y redujo la capacidad de la respuesta inmunológica humana ante diferentes agresiones. “Los modos de producción explotan nuestros territorios, con la consecuente contaminación del agua, aire y suelo con agrotóxicos, microplásticos, metales pesados y gases tóxicos, imponen la deforestación con corrimiento de la frontera agrícola, la explotación animal en condiciones deplorables, constituyen un medio de cultivo ideal para la génesis de mutaciones virales (…) Si no nos reconocemos como parte de un todo viviente, dinámico y naturalmente cíclico, será complejo salir fortalecides de esta crisis”, advierten los investigadores y docentes del Instituto de Salud Socioambiental.

   Se ha publicado mucho sobre la relación pandemias y ambiente. Matías Mastrangelo y Guillermina Ruiz escribieron un artículo que condensa las acciones humanas que repercuten en la salud de millones de personas. Titulado “Cinco formas en las que transformando el ambiente creamos una pandemia”, aborda el tráfico de fauna, la destrucción de ecosistemas naturales, la extinción de especies silvestres, y el cambio climático global y urbanización-globalización. Explican los cinco ejes de forma detallada y concluyen: “Nuestras formas de producir y consumir son grandes responsables de la pandemia, por sus impactos sobre la salud del ambiente, de la cual depende la salud humana. Es necesario gestionar mejor a la salud ambiental y humana, como una sola salud, la salud planetaria”.

 

OMS y empresas

   “Lo recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS)”. “La OMS determinó que…”. “Hay que seguir los lineamientos de la OMS”.

   Funcionarios, políticos de distintos colores, periodistas de pelaje variopinto y, claro, mucho panelista televisivo/radial hace propios los dichos de la Organización Mundial de la Salud para justificar la cuarentena, seguir ciertas “recomendaciones”, hacer o no hacer determinada acción. Incluso gobiernos (desde municipales a nacionales) establecen políticas de “cuidado” según lo diga el organismo internacional.

   “LA OMS gestiona la pandemia financiada por farmacéuticas y multimillonarios”, escribió Miguel Jara, periodista español especializado en temas de salud, alimentación y ecología. Recordó, en base a información de la propia OMS, que el mayor financiamiento del organismo internacional proviene de la Fundación Bill & Melinda Gates (dueños de Microsoft) y de las grandes empresas farmacéuticas.

   La Fundación Gates aportó en un año 185 millones de dólares, precisa Jara. Lo que significa 95 veces más que España. Le siguieron en aportes las multinacionales GlaxoSmithKline -GSK- (7,7 millones de dólares), Novartis (6,9 millones), Sanofi Pasteur (6,1 millones) y Merck (2,4 millones). Jara remarca que se trata de las principales compañías fabricantes de vacunas.Es sabido que en el actual modelo económico quien paga es el que manda”, sentencia.

   Recuerda el antecedente de 2009, ante la gripe A, “nos decían que mataría a más de 100 millones de personas”, los laboratorios recibieron un trato preferencial para obtener la vacuna: desde apoyos económicos de gobiernos hasta evasión de protocolos de control (en la etapa de experimentación). Destaca que la británica GlaxoSmithKline (GSK) obtuvo la vacuna llamada “pandemrix”.

   “La vacuna provocó una multitud de cuadros de narcolepsia, una enfermedad del sistema nervioso”, cuestionó Jara y afirmó que ante el Covid-19 se están haciendo las cosas mal. “Nuestra salud no puede dejarse en manos de organismos mundiales que gestionan pandemias subvencionados por los fabricantes de los principales remedios para esas pandemias”, resumió.

   La Red por una América Latina Libre de Transgénicos (Rallt) difundió el 8 de abril un artículo de Sharon Lernet titulado “las grandes farmacéuticas se preparan para lucrar del coronavirus”. Quien a su vez cita a Gerald Posner, autora del libro Farmacéuticas: avaricia, mentiras y envenenamiento de América.

   “Las compañías farmacéuticas ven a Covid-19 como una oportunidad de negocio única en la vida (…) La crisis global será potencialmente un éxito de taquilla para la industria en términos de ventas y ganancias. Cuanto peor es la pandemia, mayores son sus ganancias”, resumió Posner.

   La investigadora detalla cómo las compañías logran millonarios financiamientos estatales y luego fijan precios exorbitantes para sus medicamentos. Precisa que, solo en 2019, la industria farmacéutica gastó en Estados Unidos 295 millones de dólares en “cabildeo”, eufemismo de lobby, manejo de influencias. La cifra es más del doble de lo que invierten las petroleras. “La industria farmacéutica es también muy generosa en sus contribuciones de campaña a legisladores, tanto demócratas como republicanos”, describe Posner.

   El martes 21 de abril el presidente Alberto Fernández recibió en la residencia de Olivos a las grandes compañías farmacéuticas, nucleadas en la Cámara Argentina de Especialidades Medicinales (Caeme). “Los directivos de los laboratorios se comprometieron a mantener las fuentes laborales y manifestaron su ‘compromiso con las políticas del Estado nacional’ para contener la pandemia del Covid-19”, señala la noticia del diario Página12. También remarca que las empresas realizarán una donación de 14 millones de pesos para la construcción de dos hospitales.

   Entre las empresas que se reunieron con el Presidente estuvieron las multinacionales GSK, Pfizer, BMS, AbbVie y MSD. “Durante el encuentro se destacó la importancia de potenciar todas las actividades referidas a la investigación y desarrollo en la ciencia y en la industria farmacéutica, en particular en tiempos extraordinarios como los actuales, y en general como una manera de mejorar la calidad de vida de la población”, señala el artículo del diario.

 

Ciencia todopoderosa

“Los especialistas determinaron que…”. “Los científicos recomendaron…”. “Las políticas que deben seguirse, según el comité de expertos, son…”.

 

La casta política, y mediática, repite al unísono que se deben seguir acciones determinadas por un grupo muy reducido de especialistas en determinadas materias, casi siempre con una mirada biologicista por sobre lo social.

 

“La pandemia nos ha permitido ver en acción, con plenos poderes, a una nueva forma de autoridad mundial. Una autoridad fundada en razones científico-técnicas, no políticas, que imparte sus órdenes mediante protocolos de actuación y no mediante leyes o normas. Puede ser difícil saber qué voluntades inspiran a los protocolos de la OMS, pero algo es seguro: no es la voluntad democrática de los pueblos, que no han sido consultados, ni siquiera a través de sus parlamentos. No obstante, la mezcla de miedo, respeto a la autoridad científica, y la prédica constante de los medios de comunicación, legitiman y convierten a esos protocolos y recomendaciones médicas en mandamientos sagrados”, alertó el periodista uruguayo Hoenir Sarthou.

   Su crítica apunta también a las consecuencias sociales del parate mundial. Su planteo, a diferencia de Donald Trump o Jair Bolsonaro, es por izquierda y preocupado por los sectores populares: “¿Cuántos niños y adultos, además de los que mueren cada año, morirán de hambre este año y el que viene a consecuencia de este inédito mandato de detención “sanitaria” del mundo? ¿Alguien habrá hecho el cálculo? ¿Habrá comparado esos números con los de potenciales muertes por el virus?”.

   Alicia Massarini es doctora en ciencias biológicas, investigadora del Conicet y crítica del rol de la ciencia hegemónica, representada en Argentina por, entre otros, Lino Barañao y Rodolfo Salvarezza (ex y actual ministro de Ciencia). Cuestiona el rol de la ciencia como una voz de “autoridad” y llama a debatir la representación social, el imaginario, que recae sobre la ciencia como portadora de la verdad. “La ciencia es un pilar del sistema capitalista”, resume.

   Aclara que, ante la pandemia, no hay una sola opinión científica. No hay un consenso. Y lamenta que en Argentina se esté dando un enfoque “reduccionista” del rol del saber científico frente al virus. “La idea de que los gobiernos sean asesorados por llamados ‘especialistas’ le imprime una enorme pobreza al análisis. Porque en general se trata de epidemiólogos, médicos y virólogos. Se dejan fuera otras especialidades muy necesarias y pertinentes, como sociólogos, geógrafos y psicólogos. Una serie de especialidades que aportarán dimensiones indispensables ante este problema”, propone.

   Massarini, que es parte de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (Uccsnal), afirmó que hay falta de “transparencia” en las decisiones políticas basadas en supuestos argumentos científico-técnicos. Llamó a la necesidad de “abrir un debate político”, donde la ciencia sea una opinión más, interdisciplinaria pero sin ser la verdad que defina lo que necesita o qué debe hacer la población.

   “Estamos en un escenario que se requiere una democratización del conocimiento científico, dando cuenta de las limitaciones, teniendo en cuenta los contextos, que promueva nuevos conocimientos, junto a los actores sociales que forman parte del problema a abordar. No nos podemos quedar solo con el saber científico; hay otros saberes que tener presentes, hay que tener criterios éticos y todo debe ser parte de un debate político amplio”, propuso.

   Sobre las causas de la pandemia, no tiene dudas: “Es el avance del neoliberalismo, la mercantilización de la vida, la destrucción de ecosistemas. Las causas profundas están siendo invisibilizadas cuando se habla de un murciélago de China o un ‘virus invisible’”. Ante todo, llamó  a “no caer en el pensamiento único, no a la malvinización del problema”.

   Mario Quinteros es un dirigente del Pueblo Diaguita de Tucumán. Escribió una carta abierta que difundió por redes sociales: “La crisis que estamos viviendo está lejos de ser solamente una crisis sanitaria (…) Es una crisis sistémica de la globalización”.

Señala que el futuro implica necesariamente cambiar las normas para no repetir los males producto de “la expansión de la economía que fuerza a una homogeneización, degradando el equilibrio en nuestras sociedades, impactando en ella y en nuestros cuerpos”.

“Esta crisis mundial debe llevarnos a pensar otros mundos posibles, donde se busque restablecer el equilibrio que enuncia el Sumak Kawsay (el “buen vivir” de los pueblos indígenas, piedra basal de su cosmovisión ancestral, propuesta política, cultural y social)”, propone.

   Los pueblos indígenas plantean desde hace años el agotamiento del actual sistema de producción-consumo, exigen el respeto al territorio, que repercutirá en beneficio de la salud de la población. Quinteros llamó a la “construcción de otra normalidad, plural y diversa, que convoque a las sociedades del mundo a recuperar el equilibrio perdido detrás de la homogeneización, el derroche y la expropiación que provoca el extractivismo”.

Artículo publicado el 7 de mayo de 2020 en la Cooperativa La Vaca

Fuente: https://rebelion.org/la-pandemia-del-pensamiento-unico/

En consecuencia, la «reforma agraria integral» como poder territorial y laboral de los pueblos es fundamental para contribuir a la salud de la Madre Tierra que es la nuestra. Les permitirá erradicar los extractivismos que es el principal modo capitalista de producción en los países sometidos por el contubernio de capitales y estados imperialistas con los locales. Para desenmascarar a estos poderes, aclaremos:

Neoliberalismo y crítica marxista

26 de diciembre de 2016

 

Por Rolando Astarita

 

En realidad, en ningún momento negué el neoliberalismo. Simplemente defiendo una caracterización de ese fenómeno distinta de la que sostiene la mayoría de la izquierda. En particular, sostengo que lo distintivo del neoliberalismo no fue la mayor o menor participación del Estado en la economía; y que es equivocado interpretarlo en términos de ascenso del capital financiero sobre otras formas del capital.

Traté este asunto en varios lugares. Por ejemplo, en El capitalismo roto, donde critiqué la tesis de la financiarización; o en la nota reciente sobre keynesianismo (aquí). También incorporaré el tema en la segunda edición (corregida y aumentada) de Keynes, poskeynesianos y keynesianos neoclásicos, que espero se publicará en 2017.

“El ascenso desde mediados de la década de 1970 del neoliberalismo -englobando con este término al conjunto de doctrinas que desembocan en el nuevo consenso neoclásico keynesiano- ha sido interpretado por buena parte del pensamiento progresista y de izquierda como un asalto del sector financiero a los puestos de mando del capital.

 

Nuestra interpretación es diferente. Consideramos que el «neoliberalismo» expresa una política de todo el capital, no solo de una de sus fracciones. Esto es, el apoyo que tuvieron, y tienen, las políticas recomendadas por monetaristas, nuevos clásicos, nuevos keynesianos y similares excede en mucho al capital financiero. Los ataques a los derechos sindicales; los ajustes que implican caídas del salario; las legislaciones para flexibilizar las relaciones laborales; la reducción o supresión de subvenciones a los desempleados; el empobrecimiento de pensionistas y jubilados; las ofensivas contra los inmigrantes, fueron medidas que apuntaron a restablecer la rentabilidad del capital de conjunto. Por esta razón fueron apoyadas a nivel global no solo por los bancos y financistas, sino también por las cámaras empresarias de la industria, el comercio, el agro, la minería, el transporte, más amplios sectores de las clases medias y de las patronales pequeñas y medianas.

Por otra parte, las privatizaciones, las aperturas comerciales y las libertades para el movimiento transnacional de los capitales tuvieron como efecto someter de manera más abierta y plena a todas las economías a la ley de la ganancia. Y esta orientación fue alentada por capitales industriales, comerciales, agrarios, junto al capital financiero. Incluso las fracciones más débiles de los capitales nacionales buscaron insertarse en esta mundialización del capital.

 

La reacción neoliberal, a su vez, fue acompañada por una movilización reaccionaria en la política, la cultura y la ideología. En muchos ámbitos se impuso la consigna “que gane el mejor y el más fuerte”, que por lo general son los más ricos. Se rechazaron los movimientos críticos y las culturas contestatarias; resurgieron movimientos racistas y xenófobos; y se exaltaron valores conservadores burgueses. Todo ello contribuyó a que el trabajo fuera subsumido de forma más completa al capital de conjunto, sin distinciones. Por eso pensamos que el neoliberalismo expresa el programa de la clase capitalista global frente a la crisis de rentabilidad que estalló en los 1970, y la posterior profundización de la mundialización del capital.”

 

Lo esencial: aumento de la tasa de explotación

En esta descripción el tema de si el gasto del Estado tuvo más o menos intervención en la economía no tiene mayor relevancia para la caracterización de las políticas que se aplicaron en los países capitalistas en las últimas décadas. Lo esencial es que el programa del capital pasó por aumentar la tasa de explotación del trabajo. Lo cual explica también por qué el neoliberalismo tuvo la adhesión de prácticamente todas las facciones del capital; naturalmente, el aumento de la tasa de explotación del trabajo es la raíz de la hermandad del capital.

En este respecto, en la nota en la que analizo el libro de Piketty (aquí) señalé que hay mucha evidencia empírica del aumento de la participación de los beneficios en el ingreso a nivel global; eso es, hubo una tendencia al aumento de la relación beneficios / salarios, que nos da un proxy a la tasa de plusvalía. Escribí:

“Según Kristal (2010), y para 16 países industrializados, la relación W/Y aumenta en promedio en la posguerra y hasta los 1970, pero baja desde el 73% en 1980 al 60% en 2005. Sostiene que en las dos últimas décadas los aumentos de productividad superaron a los aumentos salariales.

Por otra parte, de acuerdo a Karabarbounis y Neiman (2013) la participación de los salarios ha estado declinando a nivel global desde 1980: tomando su participación en el valor bruto añadido de las corporaciones, habría caído un 5% en los últimos 35 años, desde el 64% al 59%. De 59 países con al menos 15 años de datos entre 1975 y 2012, 42 muestran tendencias decrecientes en la participación del trabajo. La tendencia se verifica también en China, India y México. Blanchard y Giavazzi (2003) también encuentran la caída de la participación de los salarios en los países desarrollados en las últimas décadas. Otra manera de ver el aumento de la participación de los beneficios en el ingreso es a través de la distancia entre los ingresos de los CEO de las grandes corporaciones (plusvalía) y los salarios promedio. En EEUU, en 2013, la paga de los altos ejecutivos es 343 veces mayor que la de la media de los empleados y 774 veces mayor que la de aquellos que menos cobran. En 1983 la diferencia con la media era 46 veces (Executive Paywatch, de la AFL-CIO).

También el “Informe mundial sobre salarios 2012-2013” de la OIT muestra la esta dinámica. En 16 economías desarrolladas la proporción media del trabajo disminuyó del 75% del ingreso nacional a mediados de los 1970 a 65% en los años previos de la crisis de 2007. En Japón la participación del salario en el ingreso pasó del 68,4% en 1970 al 79,93% en 1977, para bajar al 54,5% en 2010. En EEUU pasó del 71,98% en 1970 al 63,27% en 2010; y en Alemania fue del 69,75% en 1970 al 63,66% en 2010. A su vez, en 16 economías en desarrollo y emergentes, disminuyó del 62% del PBI en los primeros años de los 1990 al 58% justo antes de la crisis.

Por otra parte, la evolución de la plusvalía relativa parece clara. Según la OIT, el índice de productividad del trabajo (producto por trabajador) en las economías desarrolladas, con base 100 en 1999, se había elevado a 114,6 en 2011; en tanto que el índice de los salarios, en el mismo período, había aumentado a 105,9. En EEUU la productividad real por hora en el sector empresarial no agrícola aumentó 85% desde 1980 a 2011, y la remuneración salarial lo hizo el 35%. En Alemania, en las dos últimas décadas, la productividad se incrementó cerca del 25%, pero los salarios reales permanecieron sin cambios. Esto está indicando que la tasa de plusvalía aumenta, aun cuando aumenta la canasta de bienes salariales. Incluso en China, a pesar de que los salarios se triplicaron en la última década, el PBI aumentó a una tasa superior, de manera que W/Y disminuyó” (W: salario; Y: ingreso).

Subrayamos entonces que la cuestión de si el Estado tuvo más o menos participación en las economías capitalistas es secundaria a la hora de definir en qué consiste el neoliberalismo. Más importante aún es que no tuvo un papel neutral en la ofensiva contra el trabajo. Contra lo que piensa el sentido común del izquierdismo progresista, el Estado no está por fuera de las relaciones de clase; no se lo puede pensar haciendo abstracción de su carácter de clase. De hecho, a lo largo de las últimas décadas el Estado contribuyó  (y sigue haciéndolo) al fortalecimiento de las posiciones del capital frente al trabajo. Así, por ejemplo, las empresas que se mantienen bajo control estatal se rigen cada vez más según la lógica de la rentabilidad: compiten con empresas privadas, cotizan en bolsa, establecen relaciones con el mundo financiero según las reglas del mercado, subcontratan trabajo y lo precarizan, y remuneran a sus ejecutivos como cualquier otra empresa capitalista. De la misma manera, cada vez más en reparticiones del Estado encontramos trabajo precarizado y trabajadores con derechos laborales mínimos. Todo apunta a la misma conclusión: el Estado no está por fuera de la unidad orgánica que conforma el modo de producción capitalista.

Por eso, el punto de partida del análisis deben ser las relaciones entre las clases sociales fundamentales de la sociedad moderna. Y por eso también, y contra lo que imaginan los ideólogos del reformismo pequeño burgués, el aumento de la explotación del trabajo es perfectamente compatible con la no reducción o el aumento de la participación del gasto estatal en el producto. Más aún, la participación del gasto social en el producto ha tendido a aumentar, en el promedio de los países de la OCDE, entre 1980 y 2015. Las razones de por qué sucedió así deberán investigarse, pero de nuevo esto no impidió el aumento de la tasa de explotación (en Argentina esta cuestión tiene particular relevancia a la hora de caracterizar a la política del gobierno de Macri). En otras palabras, el aumento del gasto público no está en contradicción con la ofensiva del capital desde mediados de los 1970.

Textos citados

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2016/12/26/neoliberalismo-y-critica-marxista/#more-7151

 

 

Ampliemos y profundicemos nuestra concepción de salud pública para no identificarnos con el confinamiento nuestro sin comprender e involucrarnos en la injusticia social que sufre casi la mitad de la población de Argentina y más aún las de otros países. Damián Verzeñasi nos explica: la contaminación ambiental "conlleva un deterioro progresivo en la salud de las comunidades y reduce la capacidad de respuesta inmunológica humana ante diferentes agresiones, tanto a nivel individual como colectivo".

"Hemos construido sociedades que no son capaces de garantizar una alimentación adecuada para sus pueblos, y con ello pierden el primer y esencial elemento sustancial para el cuidado de su salud y la recuperación de la misma ante diferentes injurias".

Nos pregunta:

¿Seremos capaces de asumir el desafío de una construcción colectiva de nuevas lógicas de producción y reproducción, económicamente sustentables, biológicamente estables, políticamente horizontales, socialmente integradoras de la diversidad, en comunión con el territorio y la salud de la Madre Tierra?

"En la búsqueda colectiva de respuestas, nacerán nuevas preguntas que nos animen a seguir caminando, tratando de hacer de éste un mundo más saludable…"

 

 

 

El Titanic, la salud y

otras reflexiones pandémicas

 

20 abril 2020

Por Damián Verzeñasi

“El mundo que se paralizó ante la presencia de un microorganismo con especial predilección por las vías respiratorias, que se aprovecha de quienes tienen sus sistemas inmunológicos comprometidos, es el mismo mundo que sigue sin reconocer que quizás el mayor impacto negativo en la salud de las víctimas directas de este virus sean las condiciones de vida que precedieron la aparición del COVID-19” explica el médico Damián Verzeñassi en estas reflexiones enviadas a lavaca.org.

Verzeñassi plantea una analogía con la situación del Titanic, donde estar en el mismo barco no significaba acceder a los mismos recursos. Señala una serie de condicionantes para comprender la situación actual: la influencia del extractivismo, la contaminación y la destrucción de la naturaleza sobre los procesos de salud individuales y colectivos. La falta de alimentación adecuada. Los transgénicos, la industria de alimentos ultraprocesados y plagados de químicos. Las carnes de animales criados en condiciones de hacinamiento con antibióticos y ansiolíticos. La contaminación del aire, las aglomeraciones urbanas y las poblaciones con sus sistemas inmunológicos deprimidos. Ideas y preguntas para repensar el sistema de alimentación, el sistema de salud y nuevas lógicas de producción económicamente sustentables.

Verzeñassi es profesor titular de Salud Pública y Director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. Dirige además la carrera de Medicina en la Universidad del Chacho Austral, y fue el inspirador de los Campamentos Sanitarios que relevaron (y revelaron) la situación de salud en más de 30 comunidades argentinas. El texto completo de sus “Reflexiones pandémicas”.

Analizar el metabolismo sociedad-naturaleza es clave para poder comprender la génesis antrópica de la proliferación de mutaciones microbiológicas que ponen en alerta a la población humana.

El mundo microbiano se reorganiza permanentemente para resistir y sobrevivir a las drásticas transformaciones que los modelos de producción y reproducción socio-económica dominantes en las sociedades humanas, imponen a los territorios.

La crisis pandémica actual, también permite evidenciar la determinación de los modelos de producción extractivista sobre los procesos salud-enfermedad de los sujetos tanto en la dimensión individual como en la colectiva.

El extractivismo, en todas sus facetas, conlleva a la explotación extensiva de los territorios, con la consecuente contaminación del agua, aire y suelo. Agrotóxicos, microplásticos, metales pesados, gases tóxicos, deforestación y corrimiento de la frontera agrícola, explotación animal (que constituye el caldo de cultivo ideal para la génesis de este tipo de mutaciones virales, como ya quedó demostrado con la gripe aviar, la gripe porcina y el SARS), son evidencias incontrastables de la alteración que hemos generado a los procesos metabólicos del planeta, a partir de la instalación y globalización de los modos de producción extractivistas.

Todo ello conlleva un deterioro progresivo en la salud de las comunidades y reduce la capacidad de respuesta inmunológica humana ante diferentes agresiones, tanto a nivel individual como colectivo.

Hemos construido sociedades que no son capaces de garantizar una alimentación adecuada para sus pueblos, y con ello pierden el primer y esencial elemento sustancial para el cuidado de su salud y la recuperación de la misma ante diferentes injurias.

Los modos de comer han cambiado drásticamente en los últimos 40 años en nuestras sociedades, de la mano de la creciente migración hacia los conurbanos, así como de la disminución de las granjas y áreas de producción de alimentos, cuyos territorios fueron ocupados por plantaciones de transgénicos adictos a venenos que para sostenerse contaminan y dañan a quienes viven en sus cercanías (y no tan cerca).

Productos ultraprocesados, en los que abundan colorantes, conservantes, aromatizantes, y otras sustancias cuyas siglas no nos permiten ni siquiera adivinar su origen, han ocupado el lugar de los alimentos tradicionales que se servían en las mesas de los hogares de hace 40 años atrás.

Los animales, cuyos derivados terminan en nuestros organismos, son engordados a base de transgénicos, ansiolíticos, antibióticos, en condiciones de hacinamiento propios de campos de concentración, obligados a comer sin descanso. ¿Qué es entonces lo que comemos y cuanto de eso puede realmente acompañar a nuestro organismo para nutrirse y desarrollar un sistema inmunológico adecuado?

El mundo que se paralizó ante la presencia de un microorganismo con especial predilección por las vías respiratorias, que se aprovecha de quienes tienen sus sistemas inmunológicos comprometidos, es el mismo mundo que sigue sin reconocer que quizás el mayor impacto negativo en la salud de las víctimas directas de este virus sean las condiciones de vida que precedieron la aparición del COVID-19.

Según la propia OMS, ya en 2012 la contaminación atmosférica fue responsable de la muerte de 7 Millones de personas a nivel planetario [1].

El asbesto, contaminante pandémico si los hay, tiene un amplio prontuario de daños en la salud, fundamentalmente a partir del daño de las vías respiratorias, con un historial judicial en varios países, fundamentalmente Italia, donde pueblos enteros fueron contaminados por este material a partir de su extracción para la fabricación de tanques, chapas y otros elementos con fibrocemento y terminaron ante los tribunales exigiendo se les indemnice por el daño generado.

Quienes vivimos en Rosario, además de la contaminación del aire urbano por las emanaciones de gases de vehículos, estamos expuestos a los gases que llegan con el humo del cordón industrial, al que estacionalmente se le suma el humo de los incendios intencionales en las islas frente a la ciudad, resultado del uso de ese humedal como espacio para la cría de ganado (que ha sido expulsado de los campos por los transgénicos adictos a venenos.

¿Cuánto facilitará el daño que el covid-19 pueda hacer en los rosarinos, el humo que respiramos hasta el 7 de marzo, producto de la quema intencional de las islas entrerrianas, que los gobiernos locales y regionales fueron incapaces de evitar o sancionar?

Si el 92% de las personas que viven en ciudades no respiran aire limpio, y por lo tanto con el acto más primitivo de la existencia, el respirar, incrementan su riesgo a padecer patologías que ponen en riesgo sus salud y su vida, ¿no será que nuestros modos de vida son claves para incrementar el daño que pueda generar un virus respiratorio?

Las ciudades (donde vive hoy más del 50% de la población del mundo), se han transformado en aglomeraciones de personas en edificaciones para nada saludables. El sol es prácticamente un privilegio, y el hacinamiento es una constante de la mano de la desaparición de los espacios públicos a manos de la especulación inmobiliaria. ¿Cómo dejar que entre el sol en nuestras casas, tal como recomiendan los expertos en tiempos de virus respiratorios, en ciudades donde los edificios de altura han ocupado cada centímetro de terreno urbano?

El volumen y la característica de la basura que generan nuestros modos de consumo, supera la capacidad del planeta para metabolizarlo y en muchos casos es un proceso imposible.

Aire contaminado, comida que engorda pero no siempre es alimento, viviendas que parecen más cajas de zapatos que hogares, sistemas inmunológicos deprimidos, son sin dudas un combo ideal para cualquier patógeno que circule entre nosotros.

Ante la preocupación que manifiestan nuestros Gobiernos por el COVID-19, los medios de comunicación masiva llenan sus espacios con cifras de testeados, infectados, recuperados y muertos, pantallas en rojo con cortinas sonoras que alarman… una sociedad confinada y literalmente aislada en sus propios domicilios, no tiene tiempo (paradójicamente) para pensar que significan en términos de salud los más de 7862 casos de dengue que ya se confirmaron en Argentina desde el 1 de enero hasta el 25 de marzo, los 12 feminicidios en los primeros 14 días de cuarentena, los muertos por desnutrición en las comunidades de pueblos originarios, la terrible fragmentación del sistema de atención de enfermedades que tiene nuestro país, qué significa la extraordinaria bajante actual del rio Paraná, porqué en lo que va de este siglo ya hemos asistido a la aparición de, al menos, cuatro mutaciones virales 2 de las cuales provocaron pandemias, o que estará ocurriendo con nuestros sistemas inmunológicos cada vez menos capaces de defendernos, por enumerar algunos temas que coexisten con la crisis pandémica y son elementos coexistentes en la situación sanitaria que vivimos.

El Principio Precautorio es desempolvado de los textos jurídicos para justificar políticas de Aislamiento Obligatorio contra un virus, en el mismo decreto que se habilita a los fumigadores, a la minería a cielo abierto, a las curtiembres, a las madereras, a seguir contaminando y destruyendo nuestros territorios. Contradicciones de difícil explicación, que desnudan con claridad la ausencia de análisis más allá de las “curvas epidemiológicas” que adolecen de lecturas críticas y miradas más allá de los números de “casos”.

Evidencia dolorosa de cuán lejos estamos de aprovechar la crisis generada por este nuevo virus para repensar los modos de organización, producción y reproducción de nuestras sociedades.

Quienes entendemos a la Salud como el derecho a luchar por una vida digna, así como una condición esencial para la libertad (individual y colectiva), vemos con preocupación la exacerbación de rasgos autoritarios, intolerantes y discriminatorios que florecieron al calor de esta crisis pandémica que, usando un virus como vector, contagia miedo, desconfianza y desazón en una sociedad en la que ya sobresalía como rasgo el culto a la meritocracia, al individualismo, al sálvese quien pueda.

En este contexto, cabe la pregunta: ¿quién fue responsable de la tragedia del Titanic? ¿El iceberg que se puso en su camino, el vigía que no avisó a tiempo, el capitán que sobreestimó sus capacidades, la banda que no paró de tocar dando la falsa idea de que no pasaba nada, el fabricante que puso botes salvavidas solo para los camarotes caros, el que sobrevendió los pasajes?

Si fuese cierto que estamos atravesando una tormenta todos en el mismo barco, no deberíamos olvidar que en él hay varios pisos, y en los más profundos viajan los que tienen menos posibilidades de llegar a los botes salvavidas, por sus condiciones objetivas y en algunos casos, porque puede haber quien piense en poner cadenas a las puertas, impidiéndoles salir a cubierta y generando así la falsa sensación de que “hay botes para todos” entre los que viajan en los pisos más altos.

Ante la actual situación entendemos que, más allá de la necesidad de atender la urgencia que emerge por la aparición del COVID-19, urge avanzar en la generación y fortalecimiento de vínculos solidarios que nos permitan visualizar colectivamente estrategias de superación de esta crisis, que va más allá de una cuestión microbiológica.

Debemos estimular y recuperar un sistema inmunológico a nivel colectivo, que nos ayude a resolver los problemas estructurales que hacen a nuestros territorios (y a nuestros cuerpos), vulnerables a diversas enfermedades.

Recuperar inmunológicamente a nuestras sociedades implica reconstruir lazos y redes solidarias, de cooperación y ayuda mutua, que respeten y se nutran de las diversidades para hacer más resistentes las tramas.

¿Y si pensamos nuevos escenarios de producción y distribución de alimentos (comida sana, sin venenos, ni transgénicos) dignificando a quien los genera y garantizando el acceso a toda la comunidad, desde los principios del comercio justo y la soberanía alimentaria?

¿Qué pasaría si en lugar de salidas a partir de aislarnos, optamos por generar redes que nos encuentren desde el cuidado solidario, con lógicas de acompañamientos y recuperación de saberes y haceres colectivos?

¿Nos animaremos a construir un sistema de atención de la salud, alrededor de la ética del cuidado, desde la integralidad, con trabajadores bien remunerados y comprometidos con la defensa del derecho a la vida digna, sin hegemonías, desde la horizontalidad, que entienda la integralidad de la vida y por tanto la Salud de la Madre Tierra como una Sola Salud?

¿Aceptaremos replantear las estructuras curriculares e institucionales de nuestras universidades y carreras de la salud, para redimensionar el peso de lo socioambiental, de la epidemiología, de la salud pública y colectiva, del pensamiento crítico en la formación de profesionales?

¿Seremos capaces de asumir el desafío de una construcción colectiva de nuevas lógicas de producción y reproducción, económicamente sustentables, biológicamente estables, políticamente horizontales, socialmente integradoras de la diversidad, en comunión con el territorio y la salud de la Madre Tierra?

En la búsqueda colectiva de respuestas, nacerán nuevas preguntas que nos animen a seguir caminando, tratando de hacer de éste un mundo más saludable

Nota:

[1]  https://www.who.int/mediacentre/news/releases/2014/air-pollution/es/

La Vaca.org

Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Documentos/El-Titanic-la-salud-y-otras-reflexiones-pandemicas

 

 

Alternativas emancipatorias

 

 

Necesitamos multiplicar espacios en común de deliberación sobre qué nos comunican quienes viven atacados en forma directa por los extractivismos y quienes componen asambleas de resistencia a ese avasallamiento totalitario y total de derechos humanos y de la naturaleza en todo el Abya Yala. Debemos demostrar que nos domina "una matriz productiva primario-exportadora que es plenamente funcional a los intereses de los grandes grupos económicos. Una matriz que ha dejado a pueblos enteros sin agua, que ha reducido notablemente sus expectativas de vida, con niños y niñas con sus pulmones contaminados por metales. Esta matriz se ha ido profundizando en los últimos años y conduce a un desastre social y ambiental que, de no revertirse, puede adquirir proporciones espantosas".

 

La rebelión popular en Chile y

las nuevas institucionalidades

16 de abril de 2020

Por Miguel Mazzeo

Especial para ContrahegemoniaWeb - Entrevista a Juan Carlos Muñoz, militante popular chileno.

Miguel Mazzeo: Estamos en Buenos Aires, a fines de enero de 2020. La idea es que nos cuentes como se fue desarrollando la rebelión popular en Chile desde el inicio hasta aquí. Pero más que hacer una descripción, lo que te pedimos es que la caracterices. Pero antes, como paso previo: ¿podrías dar cuenta del contexto más general de la rebelión popular?

Juan Carlos Muñoz: Es sumamente relevante comentar el contexto global, decir algunas cosas sobre el escenario en el que se suceden los últimos acontecimientos en Chile. Tenemos un telón de fondo que es de lo más complejo. En primer lugar tenemos una crisis ecológica. La misma, en Chile, se expresa de manera evidente en las diversas luchas socio-ambientales, especialmente en las llamadas “zonas de sacrificio”. La crisis ecológica se manifiesta como crisis energética, crisis del agua; en la expansión del monocultivo de pino y eucalipto. En fin, la crisis ecológica responde a una matriz productiva primario-exportadora que es plenamente funcional a los intereses de los grandes grupos económicos. Una matriz que ha dejado a pueblos enteros sin agua, que ha reducido notablemente sus expectativas de vida, con niños y niñas con sus pulmones contaminados por metales. Esta matriz se ha ido profundizando en los últimos años y conduce a un desastre social y ambiental que, de no revertirse, puede adquirir proporciones espantosas.

Te señalo todo esto, porque a nivel mundial Chile tenía la tarea (formal), desde el punto de vista de la institucionalidad burguesa global, de realizar la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático (COP 25), donde se iban a tocar temas vinculados a la crisis ecológica. La Conferencia tuvo lugar en España, pero bajo la presidencia Chile, en el mes de diciembre. Lo más importante es que, dada la situación chilena como mar de fondo, quedó en evidencia la imposibilidad de la matriz económica vigente a escala global de resolver las cuestiones esenciales para la humanidad y para los seres vivos; para el mundo en su conjunto.

Luego, al igual que el conjunto de los sectores más dependientes en el Tercer Mundo, en el Sur Global, o como se quiera denominar, somos parte también de esta lucha inter-imperialista por la disputa de los bienes comunes, o los “recursos naturales”. Una disputa que también se da por la mano de obra a través de las diversas estrategias orientadas a la profundización de la precarización del trabajo, cosa que en Chile ha impactado en múltiples formas. Por ejemplo, los niveles de precarización, tanto en el trabajo formal como en el informal, han ido en aumento sostenido desde la década del 90 hasta la fecha. Los niveles de destrucción de trabajo de mejor calidad se han sostenido también debido a la incorporación de tratados internacionales, de acuerdos con empresas transnacionales, o también por la adopción del modelo de negocios en el campo previsional, donde los aportes de los trabajadores y las trabajadoras formales de Chile se vuelcan a la especulación con títulos y similares. Generando así liquidez para las grandes transnacionales, pero pensiones de miseria para los trabajadores y las trabajadoras.

Este modelo transnacional está vinculado, además, a una disputa geopolítica, especialmente en América Latina. La voracidad del capital por apropiarse de los bienes comunes, de los recursos naturales, ha posicionado a Chile y a su burguesía dentro de un concierto internacional donde Sebastián Piñera revestía como uno de los líderes del Grupo de Lima con el fin de facilitar la militarización y la represión en Venezuela. Como el gran líder de la burguesía chilena, cuando ganó Jair Bolsonaro en Brasil, corrió a arrodillarse a sus pies, señalando descaradamente que ese era el camino a seguir y que esperaban muchos recursos y apoyos para que, más adelante, en las elecciones próximas, la derecha más rancia pudiera proyectarse no por cuatro años, sino ocho años más.

Esta convulsión latinoamericana de disputas generales, o el discurso de “chilezuela” que en un momento se esgrimió harto acá (y también en Argentina) caló hondo para generar harto miedo, harto temor, y de esta manera mantener la dominación a la cual está acostumbrada la burguesía aún durante toda esta crisis generalizada: ecológica, laboral, previsional, etcétera.

MM: ¿Ese es, pues, desde tu punto de vista, el escenario más general de la rebelión de Octubre: la crisis sistémica, la crisis global del capitalismo, en sus especificidades chilenas?

JCM: Sí, ese es el escenario previo, contemporáneo y, lo más probable, el posterior. A menos que se cambie radicalmente el modelo y las instituciones que lo gobiernan. El 18 de octubre, cronológicamente, comienza principalmente por la acción directa de los y las estudiantes secundarios. Por el anuncio del gobierno de aumentar a $ 30 el valor del boleto del metro chileno. Los y las estudiantes, que si bien no iban a ver aumentada su tarifa, son hijos e hijas del pueblo y, por tanto, comprenden que siendo tan precario el salario y tan elevado el costo del transporte y tan indignas las condiciones de los trabajadores y las trabajadoras en general, llegaron a la conclusión de que era mucho, que preferían evadir, y el grito era claro: “evadir, no pagar, otra forma de luchar”.

Por tanto, los y las jóvenes empiezan a saltar los torniquetes, a reventar las vallas dos semanas antes del 18 de Octubre. Todos los sectores más atentos a las formalidades burguesas, mas “institucionalistas”, empiezan a decir que: “esa no es la forma de protestar”, que “no es la manera”, que “hay otros cauces”. La ministra de Transporte les dijo: “¿qué alegan ustedes, si no les van a subir la tarifa?”. Todo, de manera vertiginosa, comenzó a tomar otras connotaciones. El gobierno decide cerrar estaciones y las militariza. La mañana del 18 la situación tomó decididamente otro cariz. Los estudiantes rompen las vallas. Piñera convirtió las estaciones en cuarteles. Literalmente. Hubo gente que saltó a la línea, siendo que estaba electrificada. Uno podría pensar que $ 30 tal vez no es mucho para la economía familiar, pero para los sectores más precarizados, sí.

A su vez, durante esa semana, hubo declaraciones “poco felices” de algunos ministros. Uno dijo que la gente llegaba a los consultorios a las 5 de la mañana para hacer vida social. Otro, el de economía, que iba a subir todo, excepto las flores, así que recomendaba regalar flores a las esposas. O sea, había un desprecio explícito de las clases dominantes en relación a la precarización que está padeciendo la gran mayoría de la sociedad chilena. Hubo una sensación generalizada de indignación frente a la burla de las clases dominantes y el gobierno.

Decían, también, que para mejorar la inversión y el desarrollo, y así llegar a un mejor puerto, iban a bajar los impuestos a los más ricos, para luego, al otro día subir el monto del transporte público, utilizado exclusivamente por los sectores populares. Entonces, para relatar cronológicamente, al pasar las horas, cerraban estaciones. 1, 2, 5, 8. Y de repente, Piñera –y aquí hay un error de la clase dominante– cierra las líneas del metro general alrededor de las 3 o 4 de la tarde. Lo interesante es que, al momento de cerrarlas, la gente que sale del trabajo en lugar de ponerse en contra de los manifestantes se suma a las manifestaciones. Las tácticas gubernamentales tendientes a generar enfrentamientos entre los diversos sectores del pueblo no funcionaron. Entonces la gente camina por horas protestando en contra del alza, en contra del gobierno, al tiempo que, también, termina siendo reprimida.

Los estudiantes que estuvieron todo el día movilizándose, trabajadores y trabajadoras que no podían utilizar el transporte público, sumado al nivel de represión tan alto, generó una respuesta mucho más importante que la esperada. La violencia callejera fue ininterrumpida. De un momento a otro, entre las 5 de la tarde hasta las 9 o 10 de la noche, hubo quema sostenida de estaciones de metro. Alrededor de unas 7 u 8 estaciones de la línea más importante. Movilizaciones donde, efectivamente, las fuerzas especiales en Santiago no pudieron hacer nada, porque como te digo el metro es la manera más rápida de conectar la ciudad, y por lo tanto, todo los trabajadores y las trabajadoras que se tenían que mover del centro a las periferias estaban en las calles, en las manifestaciones que se movieron por todos los lugares de la ciudad. Esto impidió que los órganos de represión pudieran contener la rabia, la ira, la indignación de la gente.

MM: Ahí es cuando aparece Piñera… cuándo en su discurso retoma los tópicos característicos de la Doctrina de la Seguridad Nacional, cuándo dice que Chile está siendo atacado por enemigos poderosos…

JCM: Exacto. Los acontecimientos lo obligan a poner la cara y a dar ese discurso donde habla de los “enemigos poderosos”. Un discurso de guerra, porque dijo explícitamente que Chile estaba en guerra. Un discurso en el que dice que sacará a los militares a la calle y donde, además, anuncia el toque de queda. En paralelo se conocen los audios dónde su esposa habla de la “invasión extra-terrestre”. Eso puso en evidencia el profundo desconocimiento que las clases dominantes y el gobierno tienen respecto del pueblo chileno. El poder político apareció como algo totalmente ajeno al conjunto de la sociedad.

La descripción de ese día demuestra, por una parte, que el gobierno, desde el punto de vista político, es incapaz de comprender la magnitud de la crisis que se está viviendo en el pueblo. Una crisis que querían y quieren resolver con medidas neoliberales: paquetes de subsidios, paquetes de disminución de ciertas deudas; pero todo a cargo del erario fiscal sin tocar a las empresas privadas. ¿Y por qué te señalo esto? Porque cuando hablan de un enemigo poderoso, cuando dicen que Chile está en guerra, la única guerra que se tiene es con el pueblo. Chile no está en guerra con ninguna potencia externa. Chile no está en guerra con ningún ejército extranjero. Por lo tanto, las clases dominantes llevan a cabo su guerra contra el pueblo chileno, y como corresponde a una guerra, no apelan a las reformas, a la política. Responden como se responde en una guerra: con militares.

Los militares actuaron desde el primer día violando sistemáticamente los Derechos Humanos. Fíjate que en menos de tres semanas se violaron todos los protocolos habidos y por haber. Se violaron los Derechos Humanos de manera sostenida, y estoy hablando sólo de tres semanas, no de una guerra de años y que, por tanto, empezó a desgastarse y a saltearse los protocolos. Acá estamos hablando que en menos de tres semanas violaron, mutilaron, asesinaron, torturaron, secuestraron, hirieron, detuvieron ilegalmente, golpearon a personas el día uno, el día diez, el día veinte, el día de ayer. Ya, a tres meses del inicio, no ha habido un solo día del año sin que se produjera algún incidente violatorio de los protocolos y, por supuesto, de los Derechos Humanos.

MM: Está muy claro. El represivo ha sido uno de los aspectos que más difusión ha tenido, especialmente en los primeros días. ¿Podrías retomar la narración cronológica de los acontecimientos? Digo, porque es evidente que hubo un “in crescendo”, que, al igual que el inicio mismo de la rebelión, tampoco fue previsto. Nadie barajaba la posibilidad de una permanencia tan larga en el tiempo del estado de movilización popular.

JCM: Sí, retomo lo cronológico. El viernes a la madrugada el gobierno lo que hace, es llamar a todas las “fuerzas del orden” de distintas regiones importantes y las mueve a Santiago para el día sábado. Asumiendo que la movilización iba a continuar. El metro sólo existe en Santiago. Los $ 30 sólo existen en Santiago, pero el sábado se movilizó todo Chile. Entonces ya ahí, se deja ver que las movilizaciones no eran solamente por los $ 30. Sino que eran en solidaridad con el pueblo de Santiago que estaba siendo reprimido brutalmente y que se estaba movilizando. Era, pues, una movilización nacional en contra de la respuesta del gobierno que fue sacar a los militares, establecer el toque de queda y llamar a la guerra. Era una movilización política, porque el hastío respecto de la precarización laboral, de la destrucción del ecosistema, etc., daban cuenta de la rabia, la indignación, la ira acumulada de la gente, que estaba dispuesta a salir a la calle, dispuesta a hacer todo: a manifestarse, a cortar la rutas, a quemar símbolos y elementos del poder como bancos, empresas transnacionales; símbolos del capital que han significado precarización y degradación para la gente de forma permanente, como las empresas mineras en el norte, también.

Es decir, tienes un viernes de caos y represión brutal, y tienes un sábado de solidaridad, que pasa a ser acción concreta y que, además, se traduce en que el gobierno nuevamente se vio descolocado y donde los sectores políticos aferrados a la institucionalidad liberal, también se vieron desbordados y no sabían ni podían actuar.

MM: Hay una imagen muy difundida de que la rebelión chilena es una especie de rayo en un día soleado. Que Chile era una especie de “santuario” del neoliberalismo, con una sociedad civil popular pasivizada, subjetivamente ganada por la lógica del mercado. Que en Chile “no pasaba absolutamente nada”, o que no pasaban cosas demasiado importantes desde el punto de vista de las resistencias al neocolonialismo y al neoliberalismo, desde el punto de vista de las luchas populares, salvo algunas manifestaciones particulares, bien localizadas; y que, por lo tanto, los acontecimientos de octubre eran algo totalmente inesperado. Yo tengo una imagen un poco distinta. Tiendo a reconocer un proceso previo de lucha, organización y resistencia de las clases subalternas y oprimidas de Chile, un proceso de larga duración, subterráneo, tal vez no muy perceptible para algunos y algunas pero muy importante, determinante te diría. ¿Cuál es tu visión al respecto?

JCM: Yo creo que ha habido una combinación. Por un lado las contradicciones objetivas del mismo modelo, que por sus características hizo que el escape no se haya podido resolver rápidamente por las vías institucionales tradicionales. Por otro lado, el 2018 fue un año de harta lucha, caracterizado por el movimiento de mujeres, el socio-ambiental y el mapuche.

Quiero recordar que en octubre de 2018 la policía por medio del Comando Jungla (que es un Comando de elite militarizado que fue creado por Piñera, reforzado en Colombia con inteligencia estadounidense entre otras cosas) mató a Camilo Catrillanca. Y esto significó un levantamiento del pueblo mapuche que duró uno o dos meses, con la notoria incapacidad del Estado chileno de poder contenerlo. También hubo movilizaciones en el 2019, lideradas por estudiantes. Movilizaciones de profesores y profesoras que duraron 60 días, del movimiento “No más AFP”, del movimiento de mujeres. Movilizaciones tan grandes como las del 2011 o 2016. Las más grandes después de la del 2016, que fue histórica, porque superó a la de 1983 que fue muy significativa porque se dio en el contexto de la votación en contra del dictador.

El movimiento estudiantil siguió movilizándose, pero los movimientos territoriales fueron mucho más activos todavía. Las agrupaciones y colectivos siempre propusieron una lógica distinta de movilización, al mismo tiempo que demostraron que la lucha es en la calle, y es del conjunto del pueblo. Si bien desde la década del noventa, con la profundización del modelo neoliberal, podría verse a este movimiento de la sociedad como minoritario, lo cierto es que en forma ininterrumpida se fue conformando un sujeto colectivo con capacidad de llevar adelante demandas programáticas. Y esto no es un asunto menor. El 2019 no llego solo.

La diferencia uno la ve en la magnitud, en la cantidad de gente, en las formas de luchas. Y eso es lo importante. El abanico de los sectores en lucha es inabarcable. Desde pequeños grupos, hasta organizaciones más grandes que pasaron a la acción directa cuando antes no se atrevían, no querían o no podían.

El pueblo, en la calle, sobrepasó a un conjunto de instituciones. Fueron sobrepasadas las burocracias sindicales, fueron sobrepasados los partidos que intentaban capturar la sed del movimiento popular; fue sobrepasada la institucionalidad inoperante e incapaz de procesar las demandas populares; y fueron sobrepasados, también, ya desde el punto de vista de la acción callejera, la policía militar y los aparatos de policía y seguridad.

Este viejo topo son los movimientos feministas, las comunidades mapuche, el movimiento estudiantil. Si uno hoy le pregunta a una persona qué piensa del modelo chileno, te lo va a explicar a partir de lo que fue su vida; pero fue sólo después del 18 de octubre, luego de ver su vida reflejada en el otro, en la otra, en otra ciudad, en otra región; sólo ahí comprendió que su condición estaba ligada a otros factores más generales, más “estructurales”, y que del cambio de esos factores dependía que se modificara su condición particular. Comprendió, en pocos días, algo que suele demandar más tiempo.

Para darte un ejemplo, donde yo vivo una reivindicación importante es el proyecto energético. A las reuniones si llegaban 500 personas, aplaudíamos. Lo normal eran 50, 100 personas. Ahora bien al día cuatro de la del 18 de octubre (si es rebelión, revuelta o insurrección, lo hablaremos más adelante) llegaron 20 mil personas. Eran 20 mil personas conscientes de que el modelo estaba mal, que los milicos tenían que volver a los cuarteles; conscientes de su capacidad política; y que a pesar del toque de queda, de los militares en calle y con fusiles, la gente iba a marchar igual. Y fueron niñas, niños, abuelas, abuelos, jóvenes.

MM: ¿Y a qué atribuís esta pérdida del miedo? Porque, entre otras cosas, algo que se puede percibir muy bien es que el grado de represión que está implementando el gobierno es desmesurado. Como te decía, es uno de los aspectos que más ha trascendido a escala internacional. Es un aspecto que, además, hace que la derecha muestre su verdadera faz, que se la caiga la máscara “democrática”.

JCM: En primer lugar, porque es tan precaria la vida que no tienes mucho que perder. En segundo lugar, la gente vio en los estudiantes una manera de luchar que le dio esperanza.

MM: ¿A qué te referís con “una manera de luchar”?

JCM: A la acción directa. La gente decía: “este es el momento, todos afuera”. Además de la “Primera Línea”, que es sumamente relevante, todas las formas de luchas tienen a la calle como escenario principal. Entonces, se hace presente la conciencia que reconoce la importancia de la lucha, pero que reconoce también la importancia de ponerle el cuerpo a la lucha. Conciencia y acción van juntas. Así se traspasaron muchas barreras, situaciones que hasta hace muy poco parecían inmodificables.

Otro dato que considero relevante: a diferencia de lo que ocurrió con las dictaduras o con los gobiernos de derecha que hubo en América Latina hace algunas décadas, el tema digital ha ayudado mucho. Que tu celular pueda mostrar inmediatamente información de una represión, que puedas saltear los canales oficiales, que puedas subvertir lo que dicen los medios de comunicación de masas, eso impidió lo que durante la dictadura, me imagino yo, en la dictadura en el 70 y en el 80 en Chile, fueron el encubrimiento, las diversas operaciones, la invisibilización de los temas importantes, que se pasaran la pelota de una institución a otra para no asumir responsabilidades; entonces, la falta de información contribuía a agravar la represión.

MM: La institucionalidad de base –pienso que es más correcto pensar en “institucionalidades”– a la que, de algún modo, hacés referencia ¿Surge desde los primeros momentos? ¿Cuáles serían las instituciones de base más características del proceso iniciado el 18 de octubre de 2019?

JCM: Diría que hay cuatro “institucionalidades” funcionales a la protesta callejera y una quinta que sería la más fuerte desde el punto de vista político. La primera, que es innegable, y que hay que dejarlo bien claro es la Primera Línea. Lo que normalmente se conocía como los “capucha”, “los encapuchados”, es la línea de autodefensa, de acción más directa contra la represión. Pero se le dio una característica distinta. La segunda, son los grupos de ayuda de salud. Que no sólo ayudan a la Primera Línea sino a todos los manifestantes en general. Una tercera tiene que ver con los órganos y los espacios de derechos humanos que se levantaron y se multiplicaron por diferentes lados. Agrupaciones de, por ejemplo, abogadas feministas, abogados ambientalistas, laboristas, abogados propios de derechos humanos; y Escuelas de derecho, desde el estudiantado, no desde las propias Escuelas. Una cuarta que tiene que ver con todo el apoyo logístico y comunicacional de medios digitales populares, prensa, radios, etcétera. El uso de la tecnología que te había señalado antes está en articulación con estos medios. Entonces, los medios más utilizados por la gente han sido los medios contrahegemónicos que se han ido levantando antes y después del 18 de octubre. Y también grupos que ayudan con comida. Piensa que las marchas duran 7, 8 horas.

La quinta institucionalidad, que creo que es la más relevante de todas, son las asambleas auto-convocadas, las de mujeres, las ambientales, las territoriales.

MM: Entonces, buscando una forma de expresarlo que, a la vez, tenga capacidad de síntesis: ¿se puede decir que las primeras cuatro institucionalidades son “ad hoc”, casi espontáneas, que están vinculadas al despliegue de la propia movilización, y esta quinta no?

JCM: La quinta institucionalidad es y no es parte de la movilización. Pero déjame que hable de Unidad Social, para después profundizar.

«Unidad social» es, primero, un espacio que intenta ser multisectorial, que articula movimientos sociales e instituciones, gremios, sindicatos. Y esto se está tratando de hacer ya desde el año 2018 y logra cuajar durante el primer semestre de 2019. ¿Quiénes componen Unidad Social? ¿O quienes la componían? Tenemos a los movimientos de profesores, la CUT, movimiento de salud, el movimiento feminista, el movimiento estudiantil secundario, la coordinadora “No más AFP”, y otros sindicatos aledaños y también el movimiento territorial de Santiago.

«Unidad Social» es parte de la movilización, pero está vinculada a otra forma de institucionalidad. Básicamente porque está liderada por el Partido Comunista, por sectores que son y eran del Frente Amplio, como el Partido Humanista, Convergencia Social o Revolución Democrática. Muchos sectores han denunciado que Unidad Social vació de pueblo a los sectores que la componían. Para ser bien concretos, si vemos a la coordinadora “No más AFP”, que hace un tiempito, desde el 2016, tenía la capacidad de convocar mucha gente, cuando en el 2018 pasó a la táctica más electoralista, buscando obtener incidencia institucional, perdió inserción popular y, de alguna manera, contribuyó a frenar el avance del movimiento.

Ahora sólo tienen reuniones de coordinación de operación y articulación logística política en Unidad Social. Dejaron de lado a su propia base. Entonces, un día están ahí, conversando con un operador político de un partido para poder coordinar una acción. Ya no hacen parte de la discusión colectiva e enriquecedora de lo que se podía o no se podía hacer, de la situación del pueblo. Y así pasó en todos los niveles, en todas las organizaciones que participan en Unidad Social.

Entonces fue duramente criticado el Partido Comunista, criticada Bárbara Figueroa. Han hecho actividades después del estallido y no llegaban a 4 mil personas. Y la gente, cuando hablaba Bárbara Figueroa, la abucheaba. ¿Cómo puede ser que una de las máximas dirigentas de Unidad Social, de la CUT, cuando le habla al pueblo que en teoría debería aplaudirla, la abuchea?

Se planteaba, entonces, que Unidad Social estaba embobada por los partidos políticos, que era burocrática, que al final rendía cuentas a los de siempre. Hace unas semanas se va el movimiento feminista señalando lo mismo y desde el inicio la ACES (Asamblea de Coordinadoras de Estudiantes Secundarios) que se retira prontamente de dicho espacio burocrático. Entre medio se supo que Unidad Social, en nombre del pueblo, estaba negociando con el ministro del Interior, quien es uno de los responsables directos de la represión salvaje.

MM: Entonces, ¿Unidad Social intenta asumir la representación de todo el movimiento y eso genera un gran repudio y un gran rechazo?

JCM: Es repudiado, pero además el bloque dominante sabe que Unidad Social no tiene capacidad de representación.

MM: Pero las clases dominantes, el bloque hegemónico, prefiere a Unidad Social como interlocutora… por cierto, ¿no podría decirse que hasta intenta construirla como la gran interlocutora, reconociéndole un grado de representación que en verdad no tenía?

JCM: Por supuesto. Es más, los diarios hegemónicos ubicaron a Unidad Social en ese lugar, ya no lo hacen más. La consideraron como gran interlocutora del gobierno en un momento.

Yo te diría que lo único positivo que tenía Unidad Social era la Unión Portuaria de Chile, que cuando llamaban a huelga paraban todos los puertos de chile. Pero no paraba nadie más. Los trabajadores fiscales iban a marcar tarjeta y salían más temprano de la pega, porque los dejaban salir más temprano y se iban a la marcha. Pero no tenía sentido, no había huelga productiva.

Esta potencialidad que Unidad Social tiene, yo diría que es más bien acotada, sectorializada y vinculada a principalmente a la Unión Portuaria. Hoy es evidente que varias organizaciones populares se alejan de Unidad Social. En varias regiones se rechaza a Unidad Social, En varias regiones se levantaron asambleas provinciales donde llegaban 500 o 1000 delegaciones de otros lugares.

MM: ¿Esa es la quinta institucionalidad verdad? ¿Descartada Unidad Social como un espacio con capacidad antagónica, las asambleas son un espacio que sí propone una institucionalidad alternativa a la del sistema?

JCM: Sí, lo normal son las asambleas territoriales, populares, de mujeres, socio-ambientales, pero van a depender del carácter que se le vaya dando y del nivel de articulación. Por ejemplo, hace poco hubo una coordinadora de Asambleas Territoriales de todo Santiago, a la cual llegaron alrededor de 1000 personas.

MM: No me queda claro el modo de organización de las Asambleas. ¿Son territoriales todas?

JCM: Todas tienen un anclaje territorial, pero se superponen y además lo territorial no implica necesariamente alguna forma de localismo. Porque algunas fueron levantándose de forma espontánea y otras direccionada. Por ejemplo, en un momento se empezó a señalar que la única manera de responder políticamente, con la manera más inteligente era construir Asambleas del Pueblo. Eso se da en los primeros días de la movilización. Y eso se trabó, porque había que levantar asambleas en los barrios, en las ciudades, en los pueblos; y eso derivó en algunos casos en la construcción de Asambleas Comunales Populares y, en algunos lugares, eso llevó a articular a nivel provincial las asambleas que se estaban haciendo en comunas, buscando dotarlas de una visión más global. Pero después se asumió que, efectivamente, todavía faltaba tiempo y que había que seguir discutiendo en cada Asamblea, porque la gente no se conocía, había tenido una o dos reuniones entre medio de las marchas.

Cuando se plantea el carácter territorial de una asamblea es porque están referenciadas con espacios concretos, pero no porque discutan sólo lo territorial, se discute la multisectorialidad desde ese territorio.

No hemos podido llegar al punto de que el sindicato se vea en la asamblea, alguna junta si está en la Asamblea, algunos centros de alumnos si están en la Asamblea. Pero la Asamblea, en sí misma, es una nueva institucionalidad levantada por los propios pueblos. Una institución paralela, pero además con una visión de totalidad constante, porque quiere discutir todos los problemas: el trabajo, el feminismo, lo socio-ambiental, la generalidad de las situaciones de los seres vivos, y bajo esta perspectiva es la que se organiza.

Algunas, obviamente, le dan más énfasis a algunas cosas que a otras. Porque además se veía como algo más concreto en el lugar donde uno está viviendo; ejemplo, cómo echar a las hidroeléctricas, a la forestal, cómo expulsar a las empresas que contaminan, cómo construir otras cosas, levantar parques comunitarios, nuevos espacios. Es decir, una mirada general con una bajada local. Yo diría que estas Asambleas son… te lo voy a llevar a un lugar más genérico: hay una disputa por la direccionalidad del pueblo; disputa directa o indirecta entre cuatro sectores, primero, las Asambleas; segundo, Unidad Social; tercero, los sectores de la izquierda institucional o el reformismo, es decir el PC, el Frente Amplio (que quisieron, pero no pudieron hacerlo); el cuarto sector, los sectores conservadores y de la derecha que quisieron, más que dirigir al pueblo, destrabar el conflicto para encauzarlo institucionalmente, tarea en la que han avanzado un poco pero que no han logrado concretar aún. Digo que la capacidad de una direccionalidad con carácter emancipatorio radica en las Asamblea del Pueblo, en las Asambleas Comunales.

MM: Yo estoy absolutamente de acuerdo. El problema respecto de la direccionalidad que le puedan imprimir las Asambleas al proceso es el siguiente: percibo una contradicción entre las características de la Asamblea, la “esencia” de la Asamblea y el concepto de direccionalidad única. ¿Cómo lo compatibilizás? Porque estás haciendo referencia a una situación en la que la potencia de un movimiento, su vitalidad, depende de su carácter descentralizado, pero al mismo tiempo estás planteando la necesidad de una acción centralizada. En concreto, volvés sobre el tema luxemburguista del movimiento y la institución ¿Es posible que las Asambleas adquieran algún grado de centralización sin malograrse como instancias de autogobierno popular, es decir, como instancias emancipatorias? ¿De cara a lograr avances en el marco de un proceso emancipatorio, puede prescindirse de la centralización?

JCM: Yo creo que más que una decisión centralizada, lo que va a existir es una direccionalidad concreta como resultado de la articulación del conjunto de las Asambleas donde los temas en común y las acciones en común se puedan centralizar bajo la forma de un plan de lucha.

MM: ¿Entonces vos decís que las Asambleas podrían llegar a un plan de lucha en común? Pero… ¿desde qué lugar? ¿Cómo se nutre eso?

JCM: Ya ha ocurrido que muchas Asambleas se han ido reuniendo y generando Asambleas mayores. En algunos lugares se ha puesto de manifiesto una tendencia a conformar Asambleas comunales donde decanten varias Asambleas pequeñas. Con la aspiración a que en algún momento todas las comunales decanten en una provincial y ésta en una regional y la regional en una nacional. Eso es lo teórico. Pero en algunos casos, en algunas comunas, hay una comunal y nada más; en otras hay 30 Asambleas y no hay ninguna comunal; en otras, ha habido 20 Asambleas y además una comunal.

Hay algo que conviene destacar, a diferencia de los otros sectores que quieren disputar la direccionalidad del movimiento, estas Asambleas sólo aparecen después del 18 de octubre, entonces tienen menos historia. Creo que lo que lo ideal es que estas Asambleas Populares, puedan lograr estabilidad y una permanencia en el tiempo, pero que además puedan ir elaborando colectivamente ese plan de lucha, porque eso va a significar un nivel más maduro para lo que va a venir en este primer semestre del año 2020.

El pueblo ha creado un mecanismo de articulación de diferentes sectores que han estado por fuera de la institucionalidad burguesa. Y es algo nuevo para el pueblo (hay que remontarse a casi 50 años atrás para encontrar algo similar). Y ese mecanismo tiende a generalizarse en diversos ámbitos populares. Por ejemplo, hace unas semanas hubo un encuentro plurinacional de mujeres que luchan, donde llegaron mil delegadas. Entonces, esos mecanismos de articulación se han hecho cotidianos. La diferencia es que en las Asambleas la participación fue multitudinaria desde el inicio, aunque ha ido desgastándose, y tenemos gente que ya no participa, que está de acuerdo, pero está cansada.

Yo te diría que este es el momento de una tensa calma, pero la gente sigue en la calle. Ayer mismo atacaron un cuartel de policía. En el sur se quemaron unos camiones; y además la actividades en la zona 0 y otros lugares. Pero estos meses han sido más suaves que diciembre, noviembre y octubre.

MM: ¿Cuáles son las posibilidades de qué el gobierno, en realidad: el régimen político chileno, pueda canalizar institucionalmente este proceso popular en un tiempo relativamente breve?

JCM: Lo está intentando. Desde noviembre hasta la fecha no ha hecho otra cosa. Eso y reprimir. ¿Cómo lo ha intentado hacer? Principalmente tratando de vincular desde la UDI, que es un sector de la ultraderecha, fascistoide, hasta sectores del Frente Amplio, como por ejemplo Revolución Democrática, con el fin de firmar un acuerdo que ponga a todas estas fuerzas políticas a la espera de un cronograma constituyente. Confiando en que eso pueda parar la movilización, sacar al pueblo de las calles. Sería la institucionalización del proceso. Los famosos “acuerdos por la paz” que hablaban de terminar con la violencia, paralelamente hablaban de un gran “pacto social”, algo muy parecido a lo que pasó en 2006 cuando la movilización de los “Pingüinos”.

Prácticamente todos los sectores que participan de la vida institucional del país, están de acuerdo en que hay que participar. Especialmente la derecha.

Entonces, la agenda constituyente se lanzó en paralelo con lo que Piñera llamó “la agenda social”, que son puros remedios neoliberales para los problemas neoliberales. Los negocios del modelo neoliberal se mantienen. No se toca nada importante. Y por otro lado, también está la agenda de la represión, que parándose en el discurso que defiende las instituciones te dice: “debes ir a tu casa para llegar al proceso constituyente”.

MM: ¿Ahora, los partidos reformistas, o los que se dicen de izquierda están de acuerdo con este proceso?

JCM: Al inicio sí.

MM: ¿El único sector que repudió este proceso, que en buena medida parece una trampa, fueron las Asambleas?

JCM: No. El Partido Comunista y un sector del Frente Amplio llamaron a rechazar los “acuerdos por la paz” en un inicio. Sería interesante analizar eso. El PC, que creó Unidad Social, llamó a rechazarlos. El presidente del PC dijo “yo los rechazo, porque nos llamaron tarde al acuerdo”. También por el tipo de acuerdo. No participaron en su “cocina”. Al pasar los días lo fueron asumiendo como línea de acción y lo normal es que se entrampen en dicho proceso en todas sus estructuras.

M: ¿La denuncia principal provino, entonces, de las Asambleas?

JCM: Generalmente lo denunciaron. Por ejemplo, donde estaba yo, hubo una declaración pública de rechazo y denuncia del mismo. Porque significaba acordar con un gobierno asesino. Pero aun habiendo rechazo, en un momento se instaló alguna expectativa en torno a que, con el plebiscito, se lograría cambiar sustancialmente el modelo. Eso tiene un vicio por sí mismo, porque la materialidad no se cambia con lo jurídico y por qué, por lo demás, la discusión no es por la característica del modelo ni nada de eso, sino el cascarón jurídico. Y además la estructura de quorum para poder resolver los temas de fondo es tan compleja, que aunque se llegase con normalidad a todo ese proceso constituyente, sería una reforma de la Constitución muy lavada, donde los temas realmente importantes no estarían presentes.

El mecanismo legal permitiría que la derecha tenga el peso suficiente para frenarlo. Habría un empate, y eso generaría una Constitución apenas retocada, que no podría llegar a darle marco constitucional a ciertas normativas que, en teoría, están tratando de buscar, especialmente el sector progresista, vinculado al PC. Un poco con la idea de generar unas condiciones que, en el marco del Estado de Derecho, permitan avanzar gradualmente en reformas. Una especie de etapismo en versión actualizada.

MM: ¿Una reedición de las viejas concepciones de los Partidos Comunistas en Nuestra América durante buena parte del siglo XX?

JCM: Por eso digo, el gobierno, la derecha, han tratado de aglutinar a los “defensores de la institucionalidad”, han tratado de dividir y cooptar por ahí. Otros sectores rechazaron esto. Hablo de las Asambleas, el movimiento estudiantil.

MM: ¿Cuál sería entonces el camino alternativo? ¿Cuál sería la propuesta de las Asambleas?

JCM: Aquí hay una zona más gris. Por ejemplo hay sectores que abiertamente dicen que para resolver cualquier cosa, lo primero es cárcel y castigo a los responsables de la represión… Una condición sine que non para poder seguir conversando. Estos sectores, en paralelo, levantaron su propuesta de una Asamblea Popular Constituyente. Pero ignorando el proceso plesbicitario para, de esa manera, pactar un espacio propio de discusión, construir un órgano popular legítimo que represente los intereses del pueblo, de la clase.

Otro sector, el mayoritario por desgracia, está en la encrucijada de “yo no quiero esto, pero si no participo tal vez el resultado sea peor”, entonces están en ese dilema, que no quieren pero participan. Ahí la burguesía logró generar confusión.

Y aquí te quería mencionar algo, ese viernes a la tarde-noche del acuerdo, murieron manifestantes asesinados por las “fuerzas de seguridad”, y ellos dijeron de llenar toda la plaza Dignidad de blanco, como diciendo que la paz ya está lograda. Todos sabemos que esa operación tuvo la venia de la policía, porque nadie podría haber tapado todo de blanco, la rotonda principal del transporte, sin la venia de los carabineros. Pero pasan las horas y la gente comienza a congregarse, y los medios comienzan a decir que la gente comenzó a congregarse para celebrar la paz, etc. Pero luego se dan cuenta que la gente lo rechazaba, que cantaba consignas en contra; y luego cuando llega más gente, en el momento de la represión, asesinan a un manifestante. Entonces a horas del acuerdo de paz, reprimen y asesinan a otra persona.

Eso ya eclipsó todo posible acuerdo por la paz. Esto se suma a lo que más adelante fue la agenda represiva de Piñera: leyes anti-saqueos, anti-disturbios, anti-barricadas, anti-encapuchados, más capacidad para sacar fuerzas militares a la calle. Los sectores del Frente Amplio aprobaron en general, no en particular, las leyes represivas en un momento, eso deterioró su imagen frente al pueblo. Cada vez se le cree menos al FA.

La situación se parece al cuento del rey que está desnudo. Toda “la corte” le dice a Piñera, que la cosa va bien, que vamos avanzando, pero al final del día el pueblo no le deja de gritar en la cara a la corte y al rey que sus leyes no les interesan y que van a seguir en la calle.

La complejidad está dada porque hay un rechazo de los sectores más conscientes al plebiscito, porque hay una propuesta en algunos planos, en temas como los Derechos Humanos, que van en paralelo con este asunto de una Asamblea Constituyente Popular pero, en general, no es mayoritario en la población que estando en la calle no participa de las Asambleas o que, estando en las Asambleas, todavía no asume una posición más activa o más ofensiva desde el punto de vista de negar el plebiscito. Un elemento de la coyuntura que es distinto respecto de la situación del 15 de noviembre, es que, cada día que pasa, se ve con mayor posibilidad que Piñera se vaya. Y eso podría significar, dadas las características de Chile como república hiper-presidencialista, que si renuncia el presidente o lo hacen renunciar, el Congreso debería ponerse de acuerdo sobre quien va a ser su reemplazante, y ahí va empezar una cacería.

MM: ¿Pero eso no es lo que, probablemente, haría la clase dominante para descomprimir la situación? Digo, forzar la renuncia de Piñera pero asegurarse la continuidad, colocando una figura de reemplazo propia, o no tan propia, pero terriblemente condicionada.

JCM: Podría ser. La dimisión de Piñera podría venir forzada desde el lado de la clase dominante. Igualmente la clase política se tendría que poner de acuerdo respecto de la figura que lo sustituya y la pregunta sería: si ya no hay presidente, la casta política, el Parlamento y la institucionalidad vigente que carecen de legitimidad ¿ellos son los indicados para designar en nuevo presidente?

MM: ¿Y sí se plantea una transición y se fija un calendario electoral?

JCM: Eso la gente lo está viendo. La elección anticipada, pero además puede ser por medio de un plebiscito. La otra posibilidad es que Piñera dimita, a partir de la lucha y la movilización popular, a partir del accionar de un movimiento que logre modificar el itinerario constituyente. Sería la dimisión de Piñera, pero no porque la burguesía le quite el respaldo, sino porque el pueblo lo expulsó, lo obligó a dimitir. Eso significaría también una gran presión sobre el aparato institucional, una presión para renovarse, para modificarse. Se haría visible el contraste con la capacidad del pueblo para designar sus propios representantes o, mejor, para autogobernarse, y, por lo tanto, estamos hablando de otro escenario.

En ese caso, efectivamente, el itinerario constituyente no tendría ningún sentido, porque el mismo pueblo designaría sus propias directrices. Ese para mi es el mejor escenario, pero el más difícil de configurar.

La otra opción, que también es posible, es que Piñera, con muy bajos niveles de aprobación, pueda llamar a los militares. Esa es una opción abierta. Es una opción nada descabellada, porque él no va a querer irse así nomás. No olvidemos que él también es una de las personas más ricas de Chile. No está fuera del club. Entonces puede decir: –ustedes me quieren sacar a mí, entonces yo saco a los militares y así me blindo. Eso también es una opción. Porque hay que recordar algo que es muy importante para el caso de Chile, como al igual que para gran parte de América Latina: los ejércitos fueron formados con una doctrina de enemigo interno, adoctrinados militarmente por el Estado norteamericano bajo la lógica de la escuela francesa. Bajo esa lógica, los militares tienen una doctrina antipopular permanente, la característica principal de los altos mandos es su convicción de defender los intereses de la burguesía.

El año pasado se filtró un audio del Comandante en Jefe que derivó en un acuerdo con la oficialidad, en una reunión secreta. Eso es complejo en sí mismo, porque no puede haber ninguna reunión privada con toda la oficialidad, estamos a hablando de 100, 200 personas, el alto mando, como te decía. Los militares temen que el poder político modifique el sistema pensiones militares, y están dispuestos defender sus intereses con uñas y dientes. ¿Esto en que se traduce? En que están dispuestos a todo con tal de defender sus privilegios. Entonces el alto mando militar es parte del bloque dominante.

Los milicos, con tal de defender sus intereses, están dispuestos a seguir presionando como un actor político más dentro de la política general. Lo digo, porque ya son parte activa de la vida política. Estaban como reserva, pero ahora son parte activa de las decisiones políticas. Están ganando mucho espacio. Por ejemplo, a partir de las iniciativas del gobierno tendientes a utilizar a las Fuerzas Armadas para resolver situaciones de “infraestructura critica”. Nadie sabe muy bien que es la “infraestructura critica”. Pero, claramente, podría significar que los militares, con esa autoridad, efectivamente, pueden marcar ciertas pautas políticas, porque ya están en las calles. El general en Jefe dijo “yo no voy a salir a la calle si no me dan todas las garantías”, piden garantías para reprimir, quieren tener vía libre para violar los derechos humanos, con la certeza de que no van pasar por ningún tribunal. Esto significa que están dispuestos a reprimir al pueblo, a matar al pueblo, siempre y cuando lo civiles que los sacan no los lleven a la cárcel.

Además, todos los sectores están blindando al presidente, desde sectores de izquierda hasta sectores de derecha. Si bien Piñera es un inoperante y no ha sabido responder a la coyuntura, toda la institucionalidad: el partido socialista, la socialdemocracia liberal, etc., todos esos sectores han blindado la figura de la presidencia más que la del presidente. Han planteado que el presidente no se puede ir, pase lo que pase. Entonces, están diciendo que, a pesar de la acción de un presidente, de que el pueblo no lo quiera, aun así no se puede ir.

MM: Puede que sea un tema secundario, un debate menor, pero me gustaría conocer tu posición frente a las diversas caracterizaciones de los acontecimientos chilenos. Yo vengo hablando de rebelión popular sin problematizar demasiado el concepto, pasando por alto algo muy importante: la caracterización de un movimiento, de una acción popular masiva no es un tema menor porque de ella se derivan tareas políticas concretas. Si la caracterización es inexacta, puede que se falle en la política. ¿Vos qué pensás, se trata de una revuelta, una rebelión, un levantamiento?

JCM: Diría que las características de una rebelión tienen un contenido de direccionalidad política superior… Por eso, yo prefiero levantamiento, en el sentido de que hay un fuerte movimiento popular con lucha directa, no lucha armada estrictamente hablando, pero hay un sentido común compartido por el pueblo que motiva el levantamiento. Puede parecer una minuciosidad teórica, pero la diferenciación conceptual no deja de ser importante como tú lo señalas. ¿Podremos aprovechar las condiciones del levantamiento popular para dar lugar a condiciones prerrevolucionarias? Sin dudas el levantamiento popular genera una situación muy favorable para la construcción del poder popular comunitario.

MM: ¿Se discute en las Asambleas el tema del poder?

JCM: En algunas sí.

MM: ¿A qué aspectos remiten esas discusiones sobre el poder?

JCM: Lo que se discute mucho es el modelo, la cuestión productiva…

MM: Pero eso no es la cuestión del poder…

JCM: Eso es lo máximo que se puede discutir. Piensa que tienes personas con experiencias muy diversas. El 80% nunca ha participado de nada y de un momento a otro se encuentran discutiendo sobre sus vidas, sobre la vida del resto y hacia dónde quieren ir, o sea, de golpe, se ven a sí mismos y a sí mismas como actores y actrices, como protagonistas de la historia. Todo en menos de dos meses. Este tiempo histórico, estos tres meses en Chile, equivalen a veinte años o más de historia.

Volviendo al tema del poder. En las asambleas no se ha planteado rigurosamente. Hay acuerdo general en que a la Primera Línea hay que defenderla, que la autodefensa es necesaria. No es la cuestión del poder, pero la anuncia. Y cuando grita la gente ese cántico argentino, que se grita mucho en chile: “ya van a ver, las balas que nos tiraron van a volver”; pero imagínate, que eso lo cantan niños, niñas, abuelos, jóvenes, adultos; y eso nos lleva pensar que la violencia política es un hecho, y que el pueblo sabe quién es su enemigo, y ese grito se esparce por todo Chile. Aquí hay algo distinto respecto de las movilizaciones del 2006, 2008, 2011, 2016, 2011. Antes éramos unos y unas 3 mil o 4 mil capuchas. Ahora son 100 mil, 200 mil.

M: ¿Y el Estado? ¿Cómo se lo visualiza? Te hablo del Estado, no del gobierno, de este u otro gobierno.

JCM: Hay muchas personas que te dirían que esperan que el Estado resuelva sus problemas y que por tanto, hay que pasar de una economía de libre mercado a un Estado de derecho y benefactor. Pero también hay sectores especialmente ligados al mundo feminista y socio-ambiental que discuten el mismo carácter del Estado. La juventud también discute el carácter del Estado, porque es un Estado represor, etc. etc. Hay sectores que debaten sobre el control comunitario, sobre el poder popular, sobre la autogestión, pero todavía no han logrado configurar un discurso potente sobre un nuevo Estado. Sobre un tipo de Estado popular, que no sea una mala copia de los Estados de los países desarrollados. Es una confusión absurda pensar que un Estado periférico y dependiente como el de Chile pueda convertirse en un Estado como el de Suiza. Eso no tiene sentido. Eso no va a pasar nunca. Aunque hay sectores de izquierda que aspiran a algo parecido a eso.

MM: ¿Cómo caracterizas a la Primera Línea? ¿Quiénes la componen?

JCM: La Primera Línea yo diría que tiene, principalmente, juventud popular y, además, sectores más conscientes de la lucha política. Cuando digo juventud popular, me refiero a personas que van de 14 a 30, 40 años, de barrios bien periféricos de las ciudades. Hombres y mujeres que están acostumbrados y acostumbradas a pelear con los pacos, que están acostumbrados y acostumbradas a poner el cuerpo. Había niños y niñas que estaban de entrada. También había grupos de estudiantes universitarios y profesionales jóvenes que también están acostumbrados a la lucha callejera, que tenían un acervo cultural y político más potente. Es importante destacar que, en torno a la Primera Línea, existe toda una logística urgente y espontánea, personas dedicadas a proveer escudos, a organizar centros de acopio, de salud, de proveer elementos para prevenirse de las lacrimógenas, etc. Las “fuerzas de seguridad” no se imaginaban, no le pasaba por la cabeza, que el pueblo pudiera levantarse y organizarse tan rápido. No se imaginaban que de un momento a otro, el pueblo pasara de 0 a 100. La Primera Línea es una cadena humana de organización popular…

MM ¿Una especie de espontaneidad que logra organizarse muy rápidamente, que inmediatamente genera sus propios soportes materiales, comunicacionales, etc.? ¿Una especie de vanguardia espontánea que, con su sola irrupción pública, produce su propia retaguardia?

JCM: Así es. La Primera Línea es, literalmente, una línea; pero desde el punto de vista más general, es parte de un conjunto popular que tiene diferentes tareas. En Santiago puede ser más clara la diferencia entre la Primera Línea y el conjunto más extenso, porque en algunos lugares las fuerzas represivas están en una calle, entonces estás peleándote con los pacos y en otros sectores hay gente que está en la marcha o en la concentración. En las regiones, por cuestiones de escala, el escenario principal está disperso y es toda la gente la que está peleando. Entonces hay características distintas. En Concepción es toda la plaza la que está rodeada, entonces es toda la plaza la que está peleando.

MM: ¿Cómo vislumbras los próximos meses, que escenarios posibles te imaginás para Chile?

JCM: Lo primero. Hace dos semanas, el 6 de enero, el gobierno tenía… es tan pobre su capacidad política que su primera tarea fue asegurar que se realizara una prueba para estudiantes secundarios para entrar a la universidad. Esa fue su primera tarea: –“nosotros nos vamos a asegurar que se haga la prueba”, porque los estudiantes secundarios habían dicho –“nosotros no vamos a permitir que se haga esta prueba”. Entonces, el Estado y la institucionalidad completa salieron a reprocharles a los estudiantes “las formas”.

Es tanta la incapacidad política del gobierno que no puede resguardar los locales donde se iba a hacer la prueba y lo que hizo fue tirarle toda la culpa a los estudiantes. Este gobierno ni siquiera puede impedir que el pueblo le boicotee una simple prueba de ingreso universitario, y eso fue hace dos semanas.

Una encuesta reciente, realizada por empresarios muy poderosos de Chile, por un ámbito que reúne a los sectores de la derecha, muestra que la institucionalidad está desplomada, que la imagen pública de los partidos políticos, del parlamento, de la presidencia es muy negativa. La mayoría de la gente está de acuerdo con una nueva constitución, no necesariamente con el itinerario constituyente. La mayoría de la gente dice que los carabineros violaron los Derechos Humanos, que los militares también. La gente está bien dispuesta a los cambios profundos y lo más sombrío es que la institucionalidad y el poder no quieren saber nada. Esa encuesta fue lapidaria. Pero aun así, con esa información en sus manos, el gobierno ha logrado pasar leyes represivas.

Vos me preguntabas que va a pasar más adelante. Si yo me pongo en sus zapatos, pienso que ellos deben intuir que, más adelante, va a haber más movilización, y por tanto se están preparando todos los instrumentos que van a necesitar de aquí en adelante. Están reconociendo que va a haber más movilización. Los meses de verano vienen siendo menos calmos de lo que se suponía, con movilizaciones de los secundarios, con movilizaciones a las embajadas de Chile en varios países de la región.

MM: ¿Y los sindicatos?

JCM: Aunque sobrevuela la amenaza de una huelga general, el sindicalismo clásico no tiene que ver acá. Los mineros siguieron trabajando, ganaron más plata. Las forestales siguieron trabajando, ganaron más plata. Los únicos que pararon dentro del sector estratégico primario exportador, fueron los trabajadores portuarios. Los otros sectores siguieron trabajando. Si llamaban a huelga, no iba nadie.

Son los jóvenes y los sectores más precarizados los que imponen la agenda política, los que pueden poner en jaque, nuevamente, a la presidencia, a la institucionalidad, al bloque dominante. Los que pueden poner en riesgo el proceso constituyente que impulsa el bloque dominante, e impulsar un proceso donde se cambie fundamentalmente el modelo. El modelo económico-social pero también el modelo político. Aquí hay que resaltar la función de la asamblea y de todos los espacios de configuración de un contrapoder, de un poder contra-hegemónico.

MM: ¿Cuáles serían para vos los aspectos más relevantes de la rebelión popular, o el levantamiento popular en Chile? ¿Qué elementos te resultan más significativos de cara a otras experiencias políticas populares de impugnación al sistema que puedan iniciarse la región?

JCM: Yo creo que son relevantes los niveles de aprendizaje que se puedan obtener de la experiencia chilena. Porque, tal como habíamos hablado en el inicio: en Chile se ha logrado desmoronar y sacar la piedra angular del modelo. Además ya nadie puede decir que cree en el modelo chileno, porque son evidentes las consecuencias que trae.

Pero además este proceso disruptivo ocurre en un momento político internacional desfavorable para los sectores populares. Lo que está pasando en varios países de la región, con gobiernos de derecha o muy moderados. Ahora bien, eso también hace que la experiencia chilena pueda influir en la región e impulsar procesos de resistencia popular a las políticas neoliberales y en general, al capitalismo, en diversos grados. Eso también lo saben los sectores dominantes y por eso están muy interesados en resolver cuanto antes la “cuestión chilena”. El gran desafío para el pueblo latinoamericano es articular las luchas a nivel continental. Así como el pueblo chileno ha construido, desde abajo, en la lucha, articulaciones y vínculos enriquecedores con el pueblo mapuche, con el wallmapu, lo ideal sería replicar esto a nivel más grande. El gran desafío es coordinar movilizaciones en un plano regional, siguiendo, de alguna manera, el modelo del 8 de marzo.

Debemos pensar un escenario más grande. Nuestra lucha es contra un modelo transnacional. En todas partes luchamos contra el capitalismo, contra el colonialismo, contra el patriarcado. Luchamos contra un bloque dominante de carácter global, y por tanto la tarea no es solamente del pueblo chileno sino de los pueblos periféricos en su conjunto.

La experiencia chilena es muy importante porque, sobre todas las cosas, ha generado una conciencia respecto de la capacidad del pueblo de subvertir la realidad, con creación heroica. Es cierto, todavía estamos en el periodo embrionario o de gestación, habría que ver si esto puede lograr consolidarse y generar un proyecto y un modelo alternativo.

Lo que sí, en términos de temporalidad, hay una generación completa de menores de 35, 40, que ya tiene la lucha pegada en el cuerpo. Y esto no va a parar hasta que se cambie el modelo. Si no se cambia hoy día, va cambiar mañana, eso va depender del pueblo.

El escenario más complejo sería que la burguesía asuma una actitud más astuta y acepte algunas demandas y luego coopte e integre subordinadamente a diversos sectores. Que la mayoría diga: –ya con esto estoy un poco mejor y me quedo quieta. Pero hasta el momento vivimos en un interregno donde la burguesía no es capaz de conceder nada, y por tanto aumenta la ira popular, pero la ira popular no puede transformarse en un proyecto alternativo capaz de cambiar radicalmente el modelo económico social y político, es decir, avanzar en una dirección que supere el neoliberalismo, el capitalismo, el patriarcado y que favorezca el autogobierno popular.

Fuente: https://contrahegemoniaweb.com.ar/la-rebelion-popular-en-chile-y-las-nuevas-institucionalidades

En consecuencia, la «reforma agraria integral» no podemos exigirla al Estado del Capital que ha sido garante y promotor de la ocupación económica territorial por transnacionales y transnacionalizados. De ahí el imperativo de plantearnos:

 

¿Transformaciones y/o transiciones?

Post-extractivismo y pluriverso

Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No 473, correspondiente a marzo 2012 y que trata sobre "Extractivismo: contradicciones y conflictividad” -

Por Arturo Escobar

Profundamente inmersa en la historia de la modernidad occidental desde la Conquista, la región conocida como América Latina y el Caribe podría estar al borde de una transición sustancial.  Es pronto para decir si las transformaciones en curso equivaldrán a una transformación dentro del espacio cultural-político definido por la euromodernidad –es decir, transformaciones dentro de un solo universo, así sea multicultural- o un paso adelante hacia un verdadero cambio de modelo cultural –un Pachakuti, o transición hacia el pluriverso inter-cultural.

 

Según Blaser (2007) el momento actual en el continente debe ser visto en términos de una doble crisis: la crisis del modelo desarrollista neoliberal de las últimas tres décadas; y el fin de la hegemonía del proyecto modernizador iniciado con la Conquista, es decir, la crisis del proyecto de traer la modernidad al continente.

 

Dado este doble contexto, el argumento general es el siguiente: Las actuales transformaciones socioeconómicas, políticas y culturales en América Latina sugieren la existencia de dos proyectos potencialmente complementarios, pero también contradictorios: a) modernizaciones alternativas, basadas en un modelo de desarrollo anti-neoliberal y tendientes a economías mixtas, potencialmente solidarias y postcapitalistas, y a una forma alternativa de modernidad (una modernidad satisfactoria, en palabras de García Linera, es decir, más justa e incluyente).  Este proyecto tiene su origen en el fin de la hegemonía del proyecto neoliberal, pero no se compromete significativamente con el segundo aspecto de la coyuntura, es decir, la crisis de la euromodernidad; b) proyectos de transición de modelo de sociedad, potencialmente decoloniales, basados en un conjunto diferente de prácticas (por ejemplo, comunales, indígenas, híbridas y, principalmente, pluriversales e interculturales), tendientes a una sociedad postliberal (una alternativa a la euromodernidad).  Este segundo proyecto surge del segundo aspecto de la coyuntura y pretende transformar al liberalismo y al desarrollo.  Valga establecer dos precisiones.

 

  • Primero, considero que ambas opciones son importantes y que ambas de algún modo se están dando a nivel tanto de los estados como de los movimientos sociales; mientras que a nivel del Estado predomina la orientación hacia la modernización alternativa, la segunda opción no está del todo ausente para el caso de algunos de los gobiernos progresistas, como por ejemplo en el caso del Buen Vivir y los derechos de la naturaleza en Ecuador.  Sin embargo, es de anotar que la gran mayoría de las movilizaciones de izquierda continúan siendo claramente modernizadoras.  La segunda opción estaría representada por algunos movimientos sociales y  diversas formas del pensamiento.  De ahí la importancia de analizar estas opciones a nivel de a) el Estado; b) los movimientos sociales; y c) los nexos entre ambos.  Teóricamente hablando, planteo esta interrogante: ¿es posible ir más allá del capital como expresión dominante de la economía, de la euromodernidad como construcción cultural dominante de la vida socio-natural, y del Estado como expresión central de la institucionalización de lo social?  Si esta hipótesis es válida, podríamos hablar de tres escenarios: postcapitalista, postliberal y postestatista.  Tal cosa requeriría una radical transformación del monopolio de la economía, del poder y del conocimiento, que hasta hace muy poco ha caracterizado a las sociedades modernas/coloniales.  Un criterio básico para responder a estas preguntas y determinar el carácter de los cambios es saber hasta qué punto están siendo cuestionadas las premisas básicas del modelo de desarrollo.

 

  • Segundo, entiendo el post que antepongo a capitalista, liberal y estatista de un modo muy específico, similar al caso del postdesarrollo.  El postliberalismo apuntaría a un espacio/tiempo en el que la vida social no estuviese completamente determinada por los constructos de la economía, el individuo, la racionalidad instrumental, la propiedad privada y demás factores que caracterizan al liberalismo y a la modernidad.  No es una situación a la que se haya de llegar en el futuro, sino algo que está en permanente construcción.  De manera semejante, “postcapitalismo” implica considerar a la economía como constituida por diversas prácticas capitalistas, capitalistas alternativas y no capitalistas, tales como se concibe en la economía social y solidaria; supone un estado de cosas en el que el capitalismo ya no es una fuerza económica hegemónica (así sea dominante en muchos casos), en que la dimensión ontológica de ‘la economía’ no está completa y ‘naturalmente’ ocupada por el capitalismo, sino por un conjunto de economías: solidaria, cooperativa, social, comunal, etc. que no pueden ser reducidas al capitalismo.  En otras palabras, el prefijo post indica la noción de que la economía no es esencialmente ni naturalmente capitalista, las sociedades no son naturalmente liberales y el Estado no es, como habíamos creído, el único modo de establecer y regular lo social.  Esto no quiere decir que el capitalismo, el liberalismo y las formas estatales dejen de existir; significa que su centralidad discursiva y social ha sido parcialmente desplazada, permitiendo así ampliar la gama de experiencias que son consideradas alternativas válidas y creíbles a lo que hoy predomina (Santos 2007).

 

Hablar de “post”, finalmente, debe entenderse como parte de una estrategia epistémica y cultural de ampliar los espacios para pensar de otro modo sobre la realidad socio-natural –quizás una estrategia provisional.  El gran desafío está en visibilizar lo “no-liberal/no-capitalista/no-estatal” en sus propios términos.  Este proceso –no solo de descolonización epistémica sino de verdadera re/construcción de mundos y conocimientos de otro modo--  desborda el panorama actual de las ciencias sociales modernas, incluyendo las vertientes europeas del pensamiento crítico.  En otras palabras, el proyecto de mundos y conocimientos de otro modo se vislumbra en los bordes o límites de la teoría crítica, pero solo avanzará a medida que construye otros lenguajes y otras formas del saber (aunque incorpore aspectos de dichas teorías críticas de alguna manera).

 

Transformación o transición

 

Si esta interpretación tiene validez, podríamos concluir que América Latina se encuentra en una encrucijada fundamental: entre proyectos de transformación social y económica, alternativas a las que han predominado en el continente durante la mayoría de su historia, pero que tienen lugar de todas formas dentro el espacio/tiempo cultural definidos por la modernidad dominante; y proyectos de transición cultural o, mejor, de transiciones hacia modelos de vida diferentes a los modelos occidentales modernos que definen la globalización, el desarrollo, la economía y el progreso.  De hecho, el concepto de «transición» está surgiendo con fuerza a nivel mundial, particularmente a raíz de la crisis combinada de energía, clima, alimentación y pobreza (transiciones hacia sociedades post-petróleo, bajas en consumo de energía, sustentables, y hacia la soberanía alimentaria con producción local y autonomías locales, en particular), pero también en términos culturales y espirituales. 

 

La mayoría de estos discursos de la transición están animados por una preocupación profunda por la vida.  Al hacer visibles los efectos perniciosos de las ideologías del individuo y del mercado,  estos discursos vuelcan la atención sobre la necesidad de reconstruir las subjetividades y la economía, con frecuencia en tándem con aquellas sociedades donde los regímenes del individuo y la propiedad privada no han llegado a controlar por completo la práctica social. 

Estos discursos igualmente propenden por economías diversas centradas en la vida, cual es el caso de muchas visiones de la economía social y solidaria.  El énfasis de algunas de las visiones de transiciones en la espiritualidad, nos recuerda de la exclusión de esta importante dimensión por nuestras academias e izquierdas tan profundamente seculares.  La importancia de reconectar naturaleza y cultura, por último, significa que los discursos de transiciones ubican en el centro del proceso la necesidad de reconectarse con todos los seres vivientes, humanos y no humanos.   Todos estos factores apuntan hacia el surgimiento del pluriverso. [1]

 

Ahora bien, es de anotar que las implicaciones prácticas de este análisis son por demás complejas.  Aunque los gobiernos progresistas están haciendo esfuerzos importantes de transformación social, y han sin duda contribuido a la introducción del Buen Vivir (BV) y los Derechos de la Naturaleza (DN) como metas de acción social, las limitantes y tensiones para avanzar las dimensiones más radicales de la agenda son evidentes. Aparte de la encarnizada defensa de los órdenes establecidos por parte de las viejas y nuevas derechas y los intereses imperialistas, las tensiones y contradicciones de los proyectos transformadores son enormes.  Debido al peso histórico del liberalismo y el imperativo modernizante, el Estado está mejor capacitado para controlar o gobernar de acuerdo al modelo  desarrollista, que para potenciar las energías de los movimientos sociales.  En general, el modelo de desarrollo continúa causando estragos en el entorno natural debido a su dependencia de la acumulación, alimentada por la explotación de los recursos naturales (por ejemplo, hidrocarburos, soja, caña de azúcar, palma aceitera, minería).  De allí que a los modelos económicos de la mayoría de los gobiernos progresistas se les denomine ‘neo-extractivistas’ (Gudynas 2011).  Pero las posibilidades históricas derivadas de los discursos y acciones de algunos movimientos y –en menor medida- de algunos estados, no dejan de ser reales.

 

'Extractivismo sensato'

 

El compromiso con el BV y los DN impone como primer paso ineludible una estrategia para superar estrategias de desarrollo basadas en el extractivismo.  Como el Consejo Latinoamericano de Ecología Social, CLAES, expresa en su trabajo sobre transiciones post extractivistas, esto no significa abandonar por completo el uso de los recursos naturales, lo cual sería imposible, ni toda forma de extractivismo.  La propuesta de CLAES es bastante útil para pensar sobre las condiciones para el BV y los DN como verdaderas alternativas al desarrollo (e.g., Gudynas 2011), más allá de una política de redistribución de ingreso a partir de las ganancias de la exportación, o de una postulación del extractivismo como necesario para combatir la pobreza (asistencialismo), ignorando su alto impacto ambiental local, continental, y global.   Es una propuesta de transformación radical en términos de estrategias sociales y ambientales que permitan diversificar las cadenas productivas. 

 

La propuesta de CLAES considera una transición de un ‘extractivismo depredador’ (estilo de desarrollo actual), a un ‘extractivismo sensato’, en el cual se cumplirían las normas ambientales de toda actividad explotadora (por ej., la minería),  para finalmente pasar a un ‘extractivismo o extracción indispensable’ que se refiere a aquellas actividades que son genuinamente necesarias, que cumplen condiciones sociales y ambientales, y están directamente vinculadas a cadenas productivas nacionales y regionales, para nutrir redes de consumo verdaderamente enfocadas en la calidad de vida (Gudynas 2011).  El resultado sería una alternativa de desarrollo con menos consumo de energía y huella de carbono, mejor calidad de vida, y centrada en las necesidades nacionales y continentales antes que globales. 

Sobra decir que las exigencias para este proceso son complejas, incluyendo mayor democracia participativa, visiones plurales de la economía, sistemas de valoración múltiples (no solo en términos de indicadores económicos estándar), disminución en el consumo de materia y energía, y estrategias de “desacople”  selectivo de la economía mundial.[2]  La producción de alimentos –y todo el sector agrícola—deberán ser una esfera primordial en esta transición; en general, puede decirse que la “re-localizacion” de la producción de alimentos en base a sistemas orgánicos, biodiversos y descentralizados es uno de los aspectos considerados de mayor importancia en los discursos de la transición.[3] 

 

La transición al post extractivismo con estrategias de erradicación de la pobreza, conservación y derechos de la naturaleza, e integración regional autónoma frente a la globalización.

 

La dimensión cultural de la transición es clara a muchos niveles, por ejemplo en el cuestionamiento de la idea de que el consumo creciente significa mejorar la calidad de vida (Gudynas 2011).  Pensar en el Buen Vivir y los derechos de la naturaleza significa embarcarse en estrategias ontológico-políticas de transición hacia el pluriverso.  Hablar del pluriverso significa: revelar un espacio de pensamiento y de práctica en el que el dominio de una modernidad única haya quedado suspendido a nivel epistémico y ontológico; donde esta modernidad haya sido provincializada, es decir, desplazada del centro de la imaginación histórica y epistémica; y donde el análisis de proyectos descoloniales y pluriversales concretos pueda hacerse honestamente desde una perspectiva des-esencializada.  

 

Las alternativas a la modernidad tienden hacia formas de organizar la economía, la sociedad y la política –formas otras- que brindan, si no mejores, al menos otras oportunidades de dignificar y proteger la vida humana y no humana y de reconectarse con la corriente de la vida en el planeta.

 

- Arturo Escobar, antropólogo colombiano, es profesor en el Departamento de Antropología de la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill, Estados Unidos

 

Referencias bibliográficas:

Blaser, Mario.  2007.  ‘Bolivia: los desafíos interpretativos de la coincidencia de una doble crisis hegemónica’, in Reinventando la nación en Bolivia: Movimientos sociales, Estado y poscolonialidad, eds K. Monasterios, P. Stefanoni & H. D. Alto, La Paz, CLACS0/Plural, pp. 11-21.

Boff, Leonardo.  2002.  El Cuidado Esencial.  Madrid: Editorial Trotta.

Gudynas, Edaurdo.  2011. “Más allá del nuevo extractivismo: transiciones sostenibles y alternativas al desarrollo”.  En El desarrollo en cuestión. Reflexiones desde América Latina", F. Wanderley, ed. Oxfam y CIDES UMSA, La Paz, Bolivia, 2011, pp. 379- 410

Hathaway, Mark, and Leonardo Boff. 2009. The Tao of Liberation: Exploring the Ecology of Transformation. Maryknoll, NY: Orbis Books.

Hinkelammert, Franz, y Henry Mora.  2008.  Hacia una economía par la vida: preludio a una reconstrucción de la economía.  Cartago, Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.

Santos, Boaventura de Sousa. 2007.  The Rise of the Global Left.  London: Zed Books.

Shiva, Vandana. 2008. Soil, Not Oil. Environmental Justice in an Age of Climate Crisis. Cambridge: South End Press.

 http://alainet.org/publica/473.phtml.


[1] Las obras de los teólogos de la liberación Leonardo Boff y Franz Hinkelammert incluyen muchos de los elementos de los discursos de transición, tales como la crítica al capitalismo, la espiritualidad, la ecología, la defensa de la vida, y la necesidad de cambio de modelo cultural.  Son obras ejemplares en este sentido.  Ver, por ej., Boff (2002); Hatthaway y Boff 2009), Hinkelammert and Mora (2008). 

[2] La noción de desacople de CLAES hace eco de las propuestas del delinking de Samir Amin de los setentas, aunque con una perspectiva ecológica que no aparecía en Amin, y enfatizando el desacoplamiento del bienestar del crecimiento económico.

 

[3]Véase por ejemplo el trabajo de Vandana Shiva (2008) y la Vía Campesina (ver www.viacampesina.org)
Fuente: https://www.alainet.org/es/active/53567

 

 

De las conductas gubernamentales y mediáticas ante el Covid-19 se originan la actual maximización de la paranoia e hipocresía propias al control del sistema mundo sobre la humanidad. Frente a esta catastrófica hegemonía cultural e ideológica nos urge reflexionar sobre qué Federico Mare y Ariel Petruccelli nos advierten:

"Desde luego que aquellas personas que consideren poco probable una alternativa socialista, una quimera perimida del siglo XX corto, no tienen por qué embellecer formas específicas del capitalismo, ni se hallan condenadas a brindar explicaciones poco consistentes de los procesos actuales. Sin embargo, es esto lo usual en el panorama intelectual contemporáneo.

Y sin embargo, las agudas contradicciones del capitalismo se hallan en la base de todo cuanto está aconteciendo en el mundo en estas últimas décadas. La inviabilidad de un crecimiento económico infinito en un planeta finito es algo evidente".

 

Hoy urge hacernos cargo, abajo y a la izquierda, de las agudas contradicciones del capitalismo. Estas nos retan a asumir las disputas de territorios y trabajos al Capital Estado con articulación en forma de «reforma agraria integral» anticapitalista, antiimperialista, antirracista, antipatrialcal y decolonial. Para el poder de los pueblos de crear sus buenos vivires convivires.

 

 

 

Covid-19, estructura y coyuntura,

ideología y política

18 de mayo de 2020

 

 

Por Federico Mare y Ariel Petruccelli (Rebelión)

La crisis desatada por la pandemia del COVID-19 tiene desconcertadas a las autoridades públicas de todos los países. No es para menos, habida cuenta su magnitud (escala global, gravedad de efectos), su complejidad multidimensional (crisis sanitaria, pero también económica, política y social), y la oscuridad que rodea a su etiología y cura (la medicina sigue investigando el origen de la mutación viral y buscando desesperadamente una vacuna). Se lo reconozca o no, lo cierto es que nadie sabe con certeza cómo salir del atolladero; atolladero al que tampoco se sabe muy bien –la verdad sea dicha– cómo diablos se llegó. Prácticamente la totalidad de lxs economistas ya se atreve a vaticinar que la recesión resultante de todo esto superará con creces a las de 2008 (crisis de las hipotecas) y 1973 (crisis del petróleo).

No solo eso: una buena mayoría se atreve a pronosticar que muy probablemente equipare a la Gran Depresión de los años 30, hasta ahora la peor crisis en la historia del capitalismo. E incluso no son pocas las voces alarmadas que prevén una superación de ese récord recesivo, a la luz de la velocidad pasmosa de la caída que registran casi todas las variables macroeconómicas (producción, comercio, consumo, ahorro, inversión, nivel de empleo, salarios, recaudación fiscal, crédito, exportaciones e importaciones, turismo, remesas, flujo de transporte, etc.). En su informe de abril, criticado por su exceso de optimismo, el FMI hablaba de una caída del PBI global cercana al 3%, que no es poco… La OMC, más realista, ha augurado un desplome de casi 9%. Al ritmo que venimos, es poco probable que esta parálisis productiva, comercial y financiera no derive en algo igual o peor que la Gran Depresión.

 

Sirvan estos dos datos como botones de muestra: 1) en Estados Unidos, la mayor economía del planeta, 33 millones y medio de personas (casi un 15% de la PEA) se quedaron sin trabajo en menos de dos meses; 2) el tráfico internacional de bienes y servicios, durante 2020, podría experimentar una caída mayor al 30%. Si bien no se ha llegado aún a los niveles históricos de la Gran Depresión (desempleo del 25% en EE.UU. y caída del comercio mundial no inferior al 50%), vamos camino a eso, y de manera más acelerada que en los meses siguientes al crack del 29.

Por lo demás, según puede observarse, nadie sabe muy bien cómo recuperar la economía capitalista de su propia debacle. Todo lo que hay son conjeturas vagas, difusas. Conjeturas que parecen expresar más un apriori ideológico y desiderativo que un análisis realista y riguroso de la presente coyuntura: neoliberales pidiendo obcecadamente más mercado y menos estado (como si no hubiésemos tenido ya suficientes dosis tanáticas de laissez faire), y neokeynesianxs pidiendo ilusamente menos mercado y más estado (como si el capitalismo tardío de hoy, hiperglobalizado e hiperconcentrado, permitiera volver sin más a los viejos tiempos del Estado-nación benefactor de Posguerra)… Lo cierto es que ni unxs ni otrxs sacan los pies del plato. Sus razonamientos empiezan y concluyen dentro de la lógica capitalista, que aceptan con entusiasmo o resignación.

 

El desconcierto en este terreno es equiparable, por magnitud, al del crack de 1929 y los comienzos de la década del 30. Pero con tres importantes diferencias cualitativas que es conveniente subrayar.

  • La primera: por entonces había una alternativa realmente existente al ordenamiento capitalista de la economía y el estado. Con todos sus defectos, la URSS era una realidad concreta (esos defectos, además, no habían mostrado aún su peor cara, ya que el estalinismo recién estaba dando sus primeros pasos).

  • La segunda: el capitalismo se hallaba en plena expansión, sin que los límites ecológicos a su «progreso indefinido» se hubieran tornado palpables, y sin que la situación se hallara próxima a una catástrofe civilizatoria.

  • La tercera: no hubo nada parecido a la actual pandemia: ninguna emergencia sanitaria ni ola de pánico o paranoia que se asemeje a lo que estamos viviendo hoy, al menos a escala planetaria.

 

La crisis de los 30 fue esencialmente económica, producto de la dinámica intrínseca del capitalismo: grosso modo, un cóctel de sobreproducción primaria-industrial y burbuja financiera. Nada aseguraba a priori que el orden burgués pudiera salir a flote de la crisis. Era perfectamente posible que sucumbiera en medio de una oleada revolucionaria, y la primavera española del 36 pareció por un momento dar algún crédito a ese optimismo o pesimismo (según el cristal ideológico con que se la mire). Pero, si por el contrario lograba domar a la clase trabajadora y controlar políticamente la situación, el sistema del capital podía retomar su crecimiento. Eso fue lo que pasó, como sabemos. Tanto el nazifascismo como el New Deal rooseveltiano, y sus respectivos parientes, consiguieron salvaguardar el statu quo burgués combinando en distintas proporciones la represión y la cooptación, el garrote y la zanahoria.

 

Aquella crisis indicaba que la expansión ilimitada del capital afrontaba dificultades internas, por decirlo de algún modo. Pero no había claros límites externos. La actual crisis ecológica pone sobre la mesa el problema de los límites externos, los límites naturales –más que sociales– de la acumulación ilimitada de capital. Sin embargo, en el capitalismo actual no hay nada propiamente externo. La naturaleza como límite exterior de la acumulación de capital es una concepción a la vez correcta y unilateral.

  • Es correcta porque evidentemente el medio natural, aunque ampliamente socializado, es algo diferente a las dimensiones más puramente sociales de la realidad (como el sistema financiero).

  • Pero es unilateral porque ningún sistema social puede desarrollarse al margen del entorno natural, por fuera del medio ambiente; y porque la naturaleza se ve crecientemente influida por el factor antrópico, por procesos económicos, demográficos, políticos y culturales (la contaminación, el extractivismo minero y forestal, los agronegocios, la superpoblación, el consumismo, el uso omnipresente de materiales plásticos, las guerras, los accidentes nucleares, las migraciones, etc.).

Los límites interiores y exteriores arriba mencionados deben ser tomados, pues, en un sentido relativo, cum grano salis. Naturaleza y sociedad son parte de una misma realidad integrada, interconectada, donde caben hacer distinciones analíticas mas no separaciones tajantes, al menos no a esta altura del devenir humano. En los últimos decenios, la ecología cultural y la historia ambiental han hecho aportes científicos decisivos al enfoque holístico, que inhabilitan cualquier mirada segmentada a la vieja usanza.

 

* * *

 

Ahora bien, ¿cuán endógena o exógena debemos considerar a la pandemia actual? ¿Es un fenómeno más natural que social, o más social que natural? Si exceptuamos las explicaciones de tipo conspirativo –como aquella que reclama que el virus fue creado en laboratorios y esparcido accidental o incluso deliberadamente por China (Trump fue uno de los difusores de esta teoría), la representación dominante en la mayoría de los países, y en la mayor parte de los grandes medios de comunicación, concibe la emergencia del COVID-19 como un fenómeno natural: una desgracia imprevisible, una calamidad inevitable. De acuerdo a esta visión, las autoridades no tendrían ninguna culpa retroactiva, ninguna responsabilidad respecto al origen de la pandemia, y únicamente deberían ser evaluadas de aquí en adelante, por la eficacia o ineficacia de su respuesta sanitaria.

Tanto el enfoque conspiranoico a lo Trump, como la visión fatalista de la desgracia natural, coinciden en un aspecto clave: lo que cuenta es la política. Ya se trate de la malicia o irresponsabilidad de quienes desparramaron el virus, o ya se trate de la eficiencia o desidia con que afrontaron el problema los gobiernos, el foco está puesto en lo subjetivo, en lo agencial. No hay factores objetivos y estructurales fundamentales, o, si los hay, son del orden de lo inalterable: la vida de los virus sería ajena al control y la responsabilidad humanas, salvo en el caso de los virus creados ex professo, maquiavélicamente, en laboratorio.

Pero es precisamente en este punto donde se revela, inconfundible, el núcleo ideológico capitalista de esta representación. Hace ya décadas que se viene alertando sobre el riesgo de proliferación descontrolada de nuevos y viejos virus producto del calentamiento global, de la desforestación acelerada que deja a las especies silvestres cada vez menos espacio, obligándolas a interacciones inusuales; y de esa moderna caja de Pandora que son las granjas de aves de corral y de ganado vacuno, porcino, etc., criado en condiciones de hacinamiento horrendas, que sobreviven en base a antibióticos y antivirales. Empresas y gobiernos son responsables del problema, por acción u omisión. Pero claro: de eso no se habla, fuera de algunos ámbitos militantes minoritarios (veganismo, antiespecismo, ambientalismo, ecosocialismo).

 

Desde que la especie homo sapiens, en su largo devenir evolutivo, produce y reproduce cultura, su existencia ha tenido siempre algo –mucho o poco– de artificialidad contra natura. Pero esta tensión, este conflicto, en la modernidad capitalista, con la Revolución industrial, alcanzó niveles insospechados. Ni hablar en las décadas más contemporáneas de la sociedad de consumo, la globalización y el extractivismo a gran escala… Entrado el siglo XXI, la relación naturaleza-capital ha alcanzado un grado tal de antagonismo, de incompatibilidad radical, de destructividad, que solo pareciera posible describirla adecuadamente en términos de metáfora bélica, como ha hecho recientemente, por ej., Mónica Cragnolini en un artículo para el libro colectivo La fiebre (ASPO, 2020), donde la autora recupera el concepto de ontología de guerra para pensar el fenómeno del biocapitalismo.

 

Si el COVID-19 resulta ser, como parece, una zoonosis (transmitida o no por los murciélagos), habrá llegado la hora de plantearse muy seriamente, a fondo y con urgencia, el problema de la cría industrial de animales, ya no solo por elevadas razones éticas (lucha contra el maltrato animal, repudio de la violencia especista antropocéntrica), sino también por elementales razones de salud pública, e incluso –permítasenos agregar sin ninguna exageración distópica o apocalíptica– por estrictas razones de supervivencia. Porque la del coronavirus dista mucho de ser la primera pandemia o epidemia zoonótica que se origina en alguna mutación viral ligada a la ganadería intensiva de mercado. Es solo la última de la lista: mal de las vacas locas, SARS, gripe aviar, gripe porcina… Incluso el VIH-sida y el ébola podrían tratarse de zoonosis, y acaso también la gripe española que tantos estragos causó allá por 1918. En el siglo XXI, la proliferación de enfermedades letales de origen animal se ha vuelto un flagelo crónico. Las zoonosis no son, pues, una anomalía externa al orden económico burgués. Podemos y debemos considerarlas productos típicos del capitalismo tardío y de su irracionalidad civilizatoria.

Sin embargo, de esto casi no se habla. Autoridades y medios de comunicación, gobernantes de diferente signo político y empresarios de todas las tendencias, parecen coincidir en algo: lo pasado, pisado. Sucede que progresistas declaradxs y neoliberales confesxs avalaron por igual, sin grandes diferencias, el imperativo del crecimiento económico permanente, la expansión sin freno de la frontera agraria a costa de la biodiversidad, y la aplicación despiadada del régimen fabril a la actividad ganadera. Tuvieron varias advertencias con anterioridad (gripe aviar, gripe porcina y otras zoonosis), además de innumerables estudios científicos y documentos elaborados por pueblos originarios y organizaciones ecologistas, pero hicieron caso omiso de ellos. El show productivista-consumista debía seguir… Y la verdad es que nada invita hoy a creer que COVID-19 les haga recapacitar, por mucho que se esté hablando –en broma distendida o con morbo sensacionalista– de la sopa de murciélago de Wuhan. Su adhesión al capitalismo se mantiene incólume. Unxs y otrxs evitan reflexionar, como si se tratase de un tabú, sobre la cada vez más evidente ligazón entre zoonosis y capitalismo.

* * *

Hay, sin embargo, una verdadera batalla de relatos en la cual, a un lado y al otro del espectro ideológico del capital, se esgrimen explicaciones igualmente inconsistentes del éxito o fracaso sanitarios a la hora de afrontar la crisis pandémica. Las mismas medidas, o medidas muy semejantes, son aplaudidas si las implementa un gobierno de determinado signo político, y condenadas si las pone en práctica un gobierno de signo contrario. Día tras día, la población es intoxicada con noticias relativas al número o proporción de contagios y muertes, y con acusaciones o elogios a las autoridades de turno. Parecería que la supervivencia de la especie dependiera pura y exclusivamente de decisiones políticas tomadas con celeridad. Y los datos incómodos son dejados a un lado, pues ahora es momento de actuar, y de actuar rápido. Quienes hoy gobiernan, deben sentirse algo así como Churchill en 1940, ofreciendo blood, toil, tears and sweat, y lidiando con los bombardeos masivos de la Luftwaffe en medio de la Batalla de Inglaterra; o bien, el presidente Whitmore (Bill Pullman) en la película Día de la Independencia, enfrentando una invasión de monstruosos alienígenas procedentes del espacio exterior.

 

Sin embargo, un examen atento de los números de la pandemia no justifica tanto tremendismo, como ya explicamos en otro escrito (Pandemia: paranoia e hipocresía global en tiempos de capitalismo tardío http://la5tapata.net/pandemia-paranoia-e-hipocresia-global-en-tiempos-de-capitalismo-tardio). Si se cotejan con serenidad las estadísticas de la OMS, el coronavirus sigue estando lejos –muy lejos, a decir verdad– de otras causas de mortalidad como el cáncer, las cardiopatías, los accidentes de tránsito y de trabajo, las enfermedades propias de la pobreza y la periferia (cólera, tuberculosis, malaria), los asesinatos, el VIH/sida y los suicidios.

A escala global, el COVID-19 revela marcadísimas diferencias geográficas. Las cifras sugieren más bien la incidencia de patrones geopolíticos de larga duración (estructurales), antes que la eficacia o torpeza de decisiones políticas circunstanciales. Las tasas de mortalidad por millón de habitantes varían de manera casi increíble de una región a otra. Dentro de cada región, en cambio, los resultados suelen ser bastante parecidos, aunque las políticas desarrolladas para afrontar la pandemia hayan sido profundamente diferentes de un estado a otro. Si bien se podría sostener que ciertos gobiernos han sido más eficientes para contener la pandemia que otros, rara vez la mejor o peor performance de un estado de cierta región se acerca a las performances típicas de otra región. Hay saltos regionales curiosamente marcados.

Examinemos los datos. África y la India, los dos grandes núcleos de la pobreza global, tienen unas tasas que van de 0 a 2 muertes por millón de habitantes. En el polo opuesto, la Europa occidental y Norteamérica (EE.UU. y Canadá) tienen en casi todos los casos más de 100 defunciones por millón de habitantes, con Bélgica encabezando el raking (+700), y con pocos países por debajo de los 100 decesos. Las naciones de Europa oriental se ubican uniformemente –casi sin excepción– entre 10 y 40 muertes. El Asia oriental tiene tasas de entre 2 y 10 defunciones por millón de habitantes. América Latina oscila, en general, entre 4 y 40.

 

¿Qué sucede al interior de estas regiones? Empecemos por Asia oriental. Las tasas de Corea del Sur son parecidas a las de China y Japón, a pesar de que los tres estados aplicaron medidas muy diferentes: confinamiento total (aunque sólo en las provincias más afectadas), en China; detección temprana en base a tests masivos, en Corea; confinamiento muy parcial junto a extremas medidas de higiene, en Japón.

Geográficamente cercanos, los dos países más grandes y desarrollados de Oceanía, Australia y Nueva Zelanda, presentan prácticamente la misma baja mortalidad (aproximadamente 4 víctimas fatales por millón de habitantes), no obstante el hecho de que sus gobiernos optaron por estrategias divergentes (Australia, cuarentena parcial; Nueva Zelanda, confinamiento total). Sus tasas de contagio también son similares. Ambos países consiguieron aplanar sus curvas exitosamente, aunque transitando distintos caminos sanitarios.

 

Si la pandemia parecería haber sido contenida en todos estos países, no sucede lo mismo en Europa occidental y Norteamérica. Allí las muertes por millón de habitantes se cuentan, en casi todos los estados, de a varios centenares. Solo parecerían estar por debajo de esas cifras, y aun así parcialmente, los países nórdicos. Las severas políticas de cuarentena total no impidieron a Italia, España y Francia ubicarse entre los países más afectados, acaso por haberlas implementado tardíamente (¿la implementación tardía habrá servido de mucho, o solo para mostrar que se hacía algo y/o aliviar un poco las conciencias?). El confinamiento drástico solo pareciera poder compensar los ingentes sacrificios económico-sociales que demanda cuando se lo pone en práctica de modo muy incipiente, antes de que se dispare la curva de contagios. Inversamente, la ausencia casi total de aislamiento en Suecia y Holanda no las catapultó al tope de las naciones más afectadas: sus tasas de mortalidad son significativamente inferiores a las de los tres países mediterráneos (entre un 20 y 45% más bajas).

 

Europa oriental presenta otra realidad, un cuadro mucho menos sombrío que la Europa del oeste: su cantidad de defunciones por millón de habitantes oscila entre 10 y 40. Nuevamente, con relativa independencia de las medidas sanitarias adoptadas: por ejemplo, un confinamiento bastante estricto en Ucrania, y actividades prácticamente normales en Bielorrusia, arrojan cifras semejantes: 9 y 14 muertes por millón, respectivamente. Lo mismo cabe decir de Polonia y Rusia. La vecina eslava de Alemania, cuarentenada sin dilaciones a mediados de marzo, ha registrado 21 decesos por millón de habitantes, mientras que la potencia euroasiática presidida por Putin, cuarentenada con cierta demora a fines de marzo, exhibe –paradójicamente– una tasa incluso más baja: apenas 13.

 

La relativa levedad del COVID-19 en la Europa del Este otrora comunista obedece a varios factores estructurales: posición periférica en el tráfico global de personas y mercancías, pirámides de población más jóvenes, menor densidad demográfica y acaso también (es una hipótesis que están investigando varixs especialistas) un umbral más alto de inmunidad colectiva asociado a la continuidad, hasta hoy, de la BCG en las cartillas de vacunación universal y obligatoria (en la mayoría de los países desarrollados de Europa occidental y otras partes del mundo, esa política sanitaria se abandonó en el último tercio del siglo pasado, a medida que la tuberculosis fue dejando de ser un problema sanitario).

Pasemos ahora a América Latina. Argentina y Brasil pueden ser considerados, poco más o menos, como las dos antítesis mundiales en la reacción al coronavirus. Argentina estableció la cuarentena más severa y precoz –en términos relativos– que cualquier otro país: encierro total antes de que hubiera circulación comunitaria del virus. Brasil ha tenido, junto a Estados Unidos, el presidente que más irresponsablemente tomó la pandemia, con un nivel de ceguera y negacionismo rayano en la estupidez homicida.

 

Sin embargo, Argentina –con 6,59 defunciones por millón de habitantes– supera con creces el 1,47 de la India, o las cifras aún más bajas de muchas naciones africanas; en tanto que Brasil, con medio centenar por millón, se encuentra a gran distancia de las mortandades pluricentenarias de España, Italia, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Con un confinamiento mucho menos severo, Uruguay presenta una tasa de mortalidad inferior a la de Argentina, aun teniendo mayor densidad poblacional.

Ecuador es, por lejos, el país latinoamericano con mayor cantidad de decesos por millón de habitantes, y, de hecho, el único que supera la barrera centenaria (120). Paraguay, por el contrario, es uno de los menos afectados de toda la región (no llega siquiera a 2).

Sería intelectualmente poco serio atribuir semejante disparidad al grado de pericia sanitaria y responsabilidad social de sus respectivos gobiernos de turno, que –dicho sea de paso– implementaron la cuarentena con escasos días de diferencia. Claramente la explicación pasa por otro lado. Ecuador es el país con mayor densidad demográfica de toda Sudamérica, mientras que Paraguay es uno de los menos densamente poblados. Ecuador, debido al puerto de Guayaquil (donde la pandemia precisamente causó más estragos), es parte del circuito marítimo internacional del Pacífico. Paraguay, por su ubicación mediterránea y periférica, es una de las naciones más aisladas del continente.

En Asia, la cantidad de decesos por millón de habitantes es muy baja. Se ha hablado mucho de China, por ser el foco original de la pandemia, y también de Corea del Sur y Japón, por su –al parecer– riesgosa proximidad al coloso oriental. Pero, al final, solo se trató de mucho ruido y pocas nueces... En Japón y Corea del Sur, la mortandad ha sido escasa, tanto en términos relativos como absolutos. En China, es cierto, murieron más de 4.600 personas, pero tratándose del país más populoso de todo el planeta, esa cifra representa un porcentaje extremadamente exiguo (algo que los medios de comunicación occidentales suelen pasar por alto, por preferir erróneamente, en general, las comparaciones numéricas absolutas a las relativas).

 

Ninguno de los tres países más importantes del Asia oriental supera el umbral de 5 muertes por millón de habitantes. La distancia con Europa occidental y Norteamérica es sideral. India, el segundo país más poblado de Asia y del mundo, tiene una tasa inferior a 2… En el Sudeste Asiático, el Asia central y la Siberia rusa el panorama es similar. También en Medio Oriente, con dos únicas excepciones, muy parciales: Irán y Turquía, con 80 y 46 defunciones por millón de habitantes, guarismos que siguen estando bastante lejos de aquellos que exhiben los países occidentales más castigados por el flagelo del COVID-19.

 

¿África? Sin lugar a dudas, es el continente menos impactado por la pandemia (dejando de lado la Antártida, desde luego). Muchas naciones africanas tienen tasas inferiores a 1 ó 2. El rango de las más afectadas (Sudáfrica, Camerún, Egipto, Marruecos, etc.) oscila apenas entre 3 y 5. El único país que rebasa el techo decenal es Argelia, con tan solo 12 víctimas fatales por coronavirus cada millón de habitantes. Igual que Asia, el continente africano ofrece un panorama sumamente uniforme, sin diferencias destacables entre sus regiones (Magreb, África subsahariana, etc.).

 

Sin embargo, también en Asia y África se imponen diferentes tipos de restricciones sanitarias, y ciertamente no faltan allí las medidas draconianas como la cuarentena. Medidas que, dadas las condiciones socioeconómicas tan vulnerables de la mayoría de esos países, podrían provocar una catástrofe humanitaria mucho peor que el COVID-19. En su artículo “India’s Starvation Measures” (New Left Review, n° 122, mar-abr. 2020), N. R. Musahar alertó:

El confinamiento ha descargado el peso de la pandemia casi totalmente sobre los hombros de las personas pobres y marginadas. Queda claro, por los videos en las redes sociales de gente común expresando su enojo e impotencia, que la mayoría ve la cuarentena como una calamidad mucho mayor que el propio COVID-19. Esto podría ser en parte porque el impacto pleno de la epidemia aún no llegó, mientras que los efectos mitigadores de la cuarentena han sido patéticamente inadecuados.

 

Pero sus argumentos no pueden ser descartados a la ligera. La población joven de la India y el sesgo fuertemente etario de esta enfermedad implican que las tasas de mortalidad del coronavirus podrían ser algo más bajas que en Occidente, especialmente entre las comunidades más pobres con una esperanza de vida generalmente más baja. Dicho brutalmente, los trabajadores podrían morir de hambre para, básicamente, salvar de la agonía a ancianos de clase media.

Y para quienes dudan de que la posibilidad de inanición sea real, vale la pena señalar que el jefe de gobierno de Kerala, ampliamente elogiado por su respuesta a la pandemia, sintió la necesidad de reafirmar explícitamente al pueblo que él no permitiría que nadie muriera de hambre a causa del confinamiento.

 

Musahar tiene razón. A veces, como reza el refrán, el remedio puede ser peor que la enfermedadEsto se aplica no solo al subcontinente indostánico, sino también, en líneas generales, al África, y también a numerosos países asiáticos y latinoamericanos del «Tercer Mundo», donde abundan los problemas estructurales como la pobreza e indigencia, la subnutrición, el hacinamiento, el desempleo, la precarización y la informalidad laboral.

 

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¿Cómo explicar estas disparidades regionales a nivel global? Evidentemente, la variable clave es la cantidad de población con afecciones respiratorias o pulmonares preexistentes. Este tipo de afección es la primera causa de muerte en los países más pobres. Y es, por el contrario, una causa de mortalidad muy secundaria en los países más ricos. Digámoslo crudamente: en los países pobres la gente que tiene enfermedades respiratorias o pulmonares se muere en masa como consecuencia de la combinación de tales dolencias con problemas de nutrición y de escasez o inexistencia de tratamientos médicos adecuados (vacunas, aparatos respiratorios, antibióticos, etc.).

 

Al ingresar en estos países, el COVID-19 halla pocas víctimas potenciales. Los países ricos, por el contrario, poseen una masa enorme de habitantes –en términos absolutos y/o relativos– con trastornos pulmonares o respiratorios que sobreviven en base a vacunas, intervenciones médicas habituales y un estado de medicación permanente. Al penetrar en las naciones más prósperas, el COVID-19 se topa con cantidades ingentes de víctimas potenciales: la gente con inconvenientes respiratorios o pulmonares abunda, y a diferencia de lo que ocurre con otras neumopatías, los sistemas de salud carecen de vacunas preventivas para la enfermedad del coronavirus, no sabiendo bien cómo tratarla; circunstancia muchas veces agravada porque, como los problemas pulmonares o respiratorios no son ni los más frecuentes ni los más importantes, no hay mucha práctica en afrontarlos (algo que ha explicado con claridad el virólogo argentino Pablo Goldsmith).

 

La segunda variable decisiva –luego de la enfermedades respiratorias o pulmonares preexistentes– es la ancianidad. Sin embargo, como parece sugerir el caso de Japón (que posee tasas de mortalidad por millón muy alejadas de las europeas y norteamericanas, aunque su pirámide poblacional es incluso más regresiva que la italiana), el quid de la cuestión no pasa tanto por la cantidad en sí de adultxs mayores, sino, más bien, por sus condiciones de salud y habitabilidad. Todavía no hay estudios precisos, pero todo indicaría que Japón consigue llegar a niveles de longevidad iguales o superiores a los de Europa occidental dependiendo menos de la farmacopea: su elevada esperanza de vida parecería ser consecuencia de una vida más saludable (por lo menos a nivel nutricional), antes que de intervenciones médicas masivas. A esto se le suman las pautas de cohabitación: el mayor número de víctimas fatales del COVID-19 se halla en los geriátricos: la mitad en Europa, casi dos tercios en España. Entre los ancianos y ancianas que viven con sus familias se registran menos casos letales. La masiva concentración de mayores de 65 años –principal grupo de riesgo– en asilos u hogares comunitarios constituye un alarmante caldo de cultivo, pero tal fenómeno se halla bastante más extendido en Occidente que en Oriente.

 

La insularidad y/o el aislamiento relativo respecto a los grandes circuitos internacionales son también factores de peso, como parecen sugerir los casos de Australia, Nueva Zelanda, Paraguay, Bolivia, Japón, Mongolia y Madagascar, entre otros. Menos tráfico de bienes y personas, menos viajes de negocios o estudios, menos turistas que vienen de visita o que regresan del extranjero, fronteras más fáciles de cerrar y vigilar, ausencia o lejanía de países vecinos, etc. En el extremo opuesto, tenemos al norte de Italia, España, París, Londres, Nueva York… grandes mecas del turismo global. La geografía también tiene su incidencia.

 

Imposible obviar la importancia de los recursos sanitarios –materiales, humanos y tecnológicos– preexistentes a la crisis pandémica: cantidad de hospitales, camas, respiradores, ambulancias, laboratorios, personal médico y de enfermería, kits de testeo, insumos varios, etc. Aquellos países desarrollados donde el sistema de salud pública ha sufrido grandes recortes y privatizaciones, resultaron más vulnerables: Italia y Estados Unidos, por caso.

 

Otros dos elementos a tener en cuenta son la densidad demográfica y el hacinamiento urbano. Por obvias razones, todo fenómeno de concentración humana (grandes metrópolis, asentamientos precarios, cárceles, asilos, etc.) conlleva cierto riesgo sanitario frente al COVID-19 y cualquier otra enfermedad de tipo contagioso. No es casualidad que Nueva York, San Pablo, Montreal y Guayaquil sean algunas de las comarcas americanas más afectadas por la pandemia. Tampoco es casualidad que, dentro de la Argentina, Buenos Aires encabece con holgura el ranking de morbilidad y mortalidad.

 

También el factor climático podría tener cierta influencia indirecta. Dado que el COVID-19 afecta especialmente a las personas con afecciones pulmonares o respiratorias, el invierno resulta más riesgoso que otras temporadas. La gran disparidad entre los hemisferios norte y sur podría deberse, al menos en parte, a esa circunstancia.

Agreguemos a la lista el factor cultural: formas de saludo, hábitos de higiene, etc. En muchas sociedades asiáticas (Japón por ej.) ha primado tradicionalmente un mayor distanciamiento corporal. La gente no estila saludarse con besos, abrazos o apretones de mano. Las personas se quitan el calzado para entrar a sus casas o departamentos, y están acostumbradas desde hace mucho tiempo a utilizar preventivamente barbijo ante el menor síntoma de resfrío o fiebre. En Italia y España, por el contrario, tales costumbres brillan por su ausencia.

 

Y no se pueden descartar cuestiones de índole genética (mayor o menor predisposición a contraer la enfermedad según el ADN), ni otras hipótesis en estudio como la masividad y continuidad de ciertas políticas de vacunación. Esto último, por ej., podría llegar a explicar, quizá, las bajas tasas de contagio y mortalidad en el «Tercer Mundo», los países comunistas y poscomunistas, Japón y Corea del Sur, donde la BCG ha perdurado en las cartillas obligatorias hasta el día de hoy, o por más tiempo que en EE.UU. y Europa occidental.

 

¿Qué importancia habría que atribuir a las medidas específicas adoptadas por las autoridades ante la pandemia ya desatada? Contrariamente al sentido común imperante, habría que concluir que relativamente poca: las condiciones estructurales preexistentes han mostrado una influencia mucho mayor. Ha sido la celeridad de la respuesta, antes que una forma específica de la misma, lo que parece haber tenido cierta influencia positiva en la contención de la pandemia. Y quedan por verse los efectos colaterales o no deseados de las medidas sanitarias más draconianas, que en algunas regiones podrían ser dramáticos.

 

En cualquier caso, no hay explicaciones generales unicausales de la pandemia, al menos no que resulten empíricamente satisfactorias. Aquí se ha propuesto un modelo más complejo, multicausal, donde diversos factores se refuerzan o contrarrestan de forma variable. Un modelo multicausal que, empero, asume la existencia de una jerarquía u orden de importancia –no absolutamente uniforme, pero sí bastante general– entre los distintos factores intervinientes.

 

Las medidas tomadas por los gobiernos de turno ante la pandemia ya desatada, sin desmerecer su importancia ni desconocer su utilidad –o perjuicio–, no pueden modificar esas condiciones objetivas preexistentes a la crisis sanitaria. De ahí la relativa heterogeneidad interregional –y también homogeneidad intrarregional– que ha exhibido el coronavirus en su dinámica expansiva, con relativa independencia de las políticas de emergencia implementadas, más o menos similares o diferentes en tiempo y forma. Las acciones coyunturales pueden paliar o empeorar el cuadro, pero no pueden borrar de un plumazo los límites y las presiones estructurales.

 

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Las diferencias pandémicas entre el mundo occidental, por un lado, y Asia oriental, por otro, están siendo objeto de interpretaciones ideológicas en el viejo y negativo sentido de la palabra «ideología»: falsa conciencia con escasa atención a las evidencias empíricas. Se habla de una cultura más colectivista y autoritaria, sustentada en la tradición confuciana (China, Japón, Corea del Sur, Taiwán, etc.), contrapuesta a una cultura más individualista y liberal (oeste europeo, EE.UU. y otros países anglosajones). Las preferencias pueden variar, pero el contraste parece ser aceptado como una evidencia tanto por los que deploran el ascenso del autoritarismo policial-digital chino (variante casi distópica del biopoder), como por quienes saludan las decididas políticas comunitarias de salud montadas por los fuertes e interventores estados del lejano este asiático.

Por lo demás, Australasia exhibe guarismos similares a los del Asia oriental. Los países del Pacífico occidental, pese a sus enormes disparidades demográficas, políticas e histórico-culturales, celebran por igual su éxito frente a la amenaza pandémica, con el mérito adicional de haber logrado una rápida contención en la mismísima región donde surgió el COVID-19. Tanto la gigantesca, autoritaria y confuciana China, como la pequeña, liberal y anglosajona Nueva Zelanda, hoy pueden ufanarse de haber vencido al coronavirus.

Es notable que Byung-Chul Han, a la hora de explicar la disparidad del impacto pandémico entre Europa occidental y Asia oriental, haya elegido reciclar el choque de civilizaciones, cuando dos países «blancos» bastante próximos al Lejano Oriente, Australia y Nueva Zelanda, ponen totalmente en entredicho su tesis culturalista. No solo eso: Australia y Nueva Zelanda son estados de ascendencia británica, es decir, países occidentales donde el individualismo y el liberalismo tienen mayor arraigo histórico que en otros donde ha primado, por ejemplo, la cultura latina, como Italia, España, Francia y Portugal. Siguiendo el razonamiento del filósofo coreano, la Europa mediterránea debería haber tenido una mejor performance sanitaria que la Australasia anglosajona, pero esto es ostensiblemente falso, incluso en el caso lusitano, el menos desfavorable. La cohesión comunitaria no parece ser un aspecto tan fundamental… Dentro del mundo islámico, ¿cómo se explicaría entonces que el ultrafundamentalista Irán duplique la tasa de mortalidad por coronavirus de Turquía y Bosnia-Herzegovina, las naciones musulmanas más occidentalizadas?

También han sido objeto de polémica otros casos contrastantes. El presidente argentino Alberto Fernández comparó recientemente la situación de Noruega y Suecia, creyendo ver en ellas una confirmación de lo acertado de su severa política sanitaria frente a la pandemia: el ASPO (aislamiento social, preventivo y obligatorio), un confinamiento masivo y total muy precoz que ya ronda casi los dos meses. Noruega –con una cuarentena relativamente temprana– y Suecia –donde hasta los bares continúan abiertos– presentan tasas de mortalidad por millón de habitantes ciertamente diferentes: 43 contra 325. Sin embargo, es cuanto menos dudoso lo que esa comparación demuestra, o deja de demostrar. Después de todo, la mortalidad proporcional que exhibe con orgullo la cautelosa y mesurada Noruega de Solberg no está lejos de aquella que ostenta con escándalo el irresponsable y desquiciado Brasil de Bolsonaro; en tanto que la tasa de la permisiva Suecia es muy inferior a las de España, Italia y Bélgica, tres países que han optado por la vía más estricta del confinamiento. Por otra parte, ¿por qué habríamos de asumir, contra toda evidencia hasta el momento, que las tasas de mortandad por millón de habitantes en América Latina tienden a ser análogas a las de Europa occidental? Hasta ahora, viendo el panorama en conjunto, los datos estadísticos muestran casi uniformemente lo contrario. Las excepciones parciales sirvan para matizar, no para validar o refutar.

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Nadie sabe a ciencia cierta cuál es la efectividad de las medidas tomadas. Los tan marcados contrastes regionales más bien parecen mostrar –como dijimos– que el impacto de la pandemia se ve más determinado por condiciones estructurales preexistentes que por las decisiones coyunturales y acciones urgentes de quienes gobiernan. Las comparaciones Argentina-Brasil y Noruega-Suecia parecerían indicar que las medidas de confinamiento total pueden reducir significativamente el impacto de la pandemia, pero dentro de claros y bien diferenciados parámetros regionales (el peor resultado latinoamericano difiere poco del mejor resultado europeo-occidental). Y el parangón entre Japón y China, o Rusia y Bielorrusia, ponen en duda la eficacia de la cuarentena estricta respecto a otras estrategias de contención más flexibles pero inteligentes.

Por otra parte, es un hecho que el confinamiento tiene consecuencias sociales y económicas. Y aquí también son marcadas las diferencias regionales. En India y Filipinas, por ejemplo, la cuarentena ha colocado a millones de personas al borde de la inanición. No es lo mismo la suspensión de actividades económicas en países centrales desarrollados y ricos –capaces de brindar cierta cobertura a su población más desfavorecida–, que en estados subdesarrollados y pobres de la periferia: en estos, la pandemia bien puede devenir en hambruna. Tampoco es equiparable el impacto de la parálisis económica para empresas que han acumulado grandes capitales, que para trabajadores sin capacidad de ahorro: en el primer caso, peligran las ganancias; en el segundo, la propia supervivencia.

Lo mismo cabe señalar en relación a otras variables macroeconómicas, como los niveles de desempleo, precarización e informalidad, o el PBI per cápita y la distribución de la riqueza. La Noruega que ha invocado Alberto Fernández tiene una espalda que Argentina de ningún modo posee. Las sociedades escandinavas, prósperas y poco desiguales, pueden hacer sacrificios materiales y esfuerzos sostenidos en el tiempo que sus pares latinoamericanas –con enormes bolsones de desocupación, subempleo, pobreza y marginalidad– no están en condiciones de afrontar, por lo menos sin que medie una auténtica revolución (el gobierno argentino retrocedió en chancletas tras lanzar una tímida propuesta de establecer un gravamen del 1% a las grandes fortunas. En paralelo –y claro contraste– estableció sin mucho ruido un recorte del 25% a los salarios en los sectores privados paralizados). La Argentina que dejó Macri, endeudada hasta el cuello y en aguda recesión, tiene índices de pobreza/indigencia e informalidad cercanos al 40%, que no cesan de incrementarse debido a la crisis pandémica. El mentado quedate en casa es una meta imposible, o suicida, para amplios sectores sociales de la Argentina y del resto del «Tercer Mundo».

En tal sentido, la antinomia salud-economía tiene mucho de falaz. ¿La salud de quiénes? ¿La gente pobre, caída del sistema? ¿Los sectores medios y altos, bien integrados a la sociedad de consumo y el empleo formal? ¿De qué hablamos cuando hablamos de economía? ¿De la rentabilidad empresarial o de la subsistencia popular? La burguesía, igual que los medios y economistas que le son funcionales, solo se preocupan por las ganancias. Su egoísmo de clase es repudiable. Pero también merecen crítica aquellos gobiernos que, como el de Alberto Fernández en Argentina, enarbolan un talibanismo sanitario despreocupado por las condiciones materiales de existencia de la gente humilde, sobre la premisa equivocada –implícita más que explícita– de que economía es sinónimo de afán de lucro y riqueza concentrada.

Defender la economía no necesariamente es hacerle el juego a la derecha neoliberal, como dicen algunos sectores del progresismo (sectores que, dicho sea de paso, poco y nada hacen, en términos prácticos, para que se les cobren más impuestos a las personas más ricas, con los cuales poder financiar la actual emergencia sanitaria y social). Se puede –y se debe– defender la economía como aquello que hace posible la reproducción vital de las clases trabajadoras y las mayorías populares. Está muy bien que nos importe más la salud pública que el enriquecimiento privado, el bienestar general más que la codicia corporativa. Lo que no está bien es que no nos importen las consecuencias ruinosas de la cuarentena prolongada sobre el trabajo y la subsistencia de los sectores más vulnerables, para los cuales la estabilidad de ingresos y la capacidad de ahorro son cuentos de hadas.

Entre el no hacer absolutamente nada de Trump y Bolsonaro al inicio de la pandemia, y la cuarentena draconiana e indefinida del talibanismo sanitario, hay una enorme gama de opciones que, desgraciadamente, no están siendo objeto de ningún debate público. Hay que tener mucha estrechez mental para asociar mecánicamente el cuidado de la economía a la defensa del lucro privado. El cuidado de la economía bien puede pasar por el establecimiento de una renta básica ciudadana, una reforma progresiva del sistema tributario, o incluso por expropiaciones al capital. Al poner esto sobre el tapete se torna transparente que no es exactamente la estrechez mental lo que lleva a la asociación economía-lucro. Lo que subyace es, en realidad, el compromiso sustancial con una economía basada en la propiedad privada sobre los medios de producción, el mercado y la acumulación capitalista: eso es lo que impide pensar alternativas económicas de otro tipo.

 

La contraposición entre salud y economía que hoy se asume masivamente es, pues, un espantajo. Aunque suene inverosímil en medio del pánico mundial por el COVID-19, el principal problema sanitario de la humanidad es, por lejos, el hambre, junto con la falta de agua potable. Que los millones de niños y niñas que, año tras año, mueren de desnutrición (o de problemas colaterales como las enfermedades diarreicas), no generen angustia social en la comunidad internacional, ni sean causa de drásticas medidas políticas y económicas, dice mucho del mundo en que vivimos… tanto como el pánico desatado por una pandemia que, hasta ahora, no supera los 300 mil decesos. La cifra puede parecer impresionante, pero en verdad no lo es. Para ingresar al sombrío ranking de las diez causas de muerte más importantes a nivel global, aunque más no sea en el décimo puesto, el coronavirus debería al menos cobrarse un millón y medio de víctimas fatales en 2020. Para hacerlo, la mortandad de los dos cuatrimestres próximos debería triplicar la mortandad acumulada durante el primer cuatrimestre del año, algo sumamente improbable, dado que, en casi todos los países, la curva de contagios tiende a aplanarse.

 

En la sociedad posmoderna del espectáculo, el rigor lógico y empírico, los análisis sobriamente mesurados, las comparaciones respetuosas del principio de proporcionalidad y el examen en contexto son arrojados a la basura. Las cifras absolutas son preferidas a las relativas (casi nadie habla de Bélgica, pero se sigue hablando de China), los argumentos especulativos y anecdóticos campean por doquier, y las aprobaciones o descalificaciones a priori –ideológicas– resultan mejor valoradas que los datos y las evidencias.

 

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La inmensa mayoría de los gobiernos, igual que el grueso de la opinión pública intoxicada por los mass media, parecen empeñarse en creer que la pandemia es una calamidad terrible que puede ser contenida si las autoridades hacen lo adecuado. No hay ninguna duda de que esta es la situación subjetiva hoy imperante. Sin embargo, los crudos datos objetivos cuentan otra historia. La mortandad del COVID-19 está muy por debajo de la del cólera, la malaria, el sida, la desnutrición… y la lista sigue. Incluso en los estados más afectados por la pandemia, las cifras no son catastróficas.

 

Italia ha superado los 30 mil decesos a causa del coronavirus. La cifra absoluta es impresionante. Pero pocas veces se recuerda que en 2019 murieron en ese país casi 650 mil personas, unas 2 mil por día. Aun en el improbable caso de que todos los decesos por COVID-19 no hubieran tenido lugar sin la pandemia (esto es, si a los 650 mil fallecimientos que habría aproximadamente en condiciones normales adicionásemos 30 mil), la tasa de mortalidad general de Italia aumentaría aprox. un 5% en relación a 2019. Oscilaciones de ± 5 % son usuales en las tasas de mortalidad general, sin que medie ningún evento excepcional. En España, por ej., de 2013 a 2014 hubo un aumento del 7 % en la cantidad de decesos. El fenómeno no motivó ninguna discusión pública. Y tratándose del COVID-19, los casos de Italia y España son bastante extremos, muy por encima de la media mundial.

La comparación con la pandemia de 1918 –tan traída y llevada por estos días– desmiente en realidad el alarmismo paranoico en que vivimos. La mal llamada gripe española causó entre 20 y 50 millones de muertes sobre una población mundial de unos 1.850 millones de habitantes. Tomando la más baja de estas cifras, para que el COVID-19 alcance un guarismo equiparable debería provocar no menos de 80 millones de decesos. Argumentos escépticos de este tenor, basados en la estadística comparada y el método lógico de la reductio ad absurdum, podrían invocarse a granel.

 

¿Por qué entonces, si las cifras de la actual pandemia no son –en términos relativos y absolutos– tan descomunales, tan excepcionales, la humanidad se encuentra en una situación sin precedentes? Uno de nosotros intentó una explicación más exhaustiva en el artículo La política del terror http://www.laizquierdadiario.com/La-politica-del-terror, publicado en La Izquierda Diario. Baste aquí con recordar que la clave del asunto parece ser que el coronavirus ha afectado especialmente a países y clases sociales normalmente invulnerables a las grandes causas de mortandad mundial, y en particular, invulnerables a las temidas y temibles enfermedades contagiosas. La disparidad abismal del impacto de las enfermedades contagiosas entre los países de más bajos ingresos (donde son principalísima causa de muerte) y los países de ingresos más elevados (donde son un problema sanitario menor) explica tanto el poderoso efecto subjetivo de la actual pandemia en las clases acomodadas y las naciones ricas (que se topan con un riesgo inusual para ellas, pero muy corriente entre las clases pobres y los estados subdesarrollados), como su baja incidencia factual en Asia y África.

Si el pánico generado no se corresponde con las cifras objetivas, la eficacia de las medidas gubernamentales tampoco concuerda con los relatos oficiales u oficiosos. Esas cifras tampoco parecen encajar con las explicaciones más difundidas, basadas en una presunta omnipotencia de las políticas de emergencia improvisadas por las autoridades, o en interpretaciones especulativas inspiradas en algo parecido al «choque de civilizaciones». No hay panaceas sanitarias in extremis, y las tesis culturalistas a lo Toynbee o Huntington oscurecen más de lo que aclaran.

 

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Más allá de los fuegos de artificio retóricos, el sustrato ideológico de las interpretaciones imperantes sobre la presente crisis pandémica es lo que podríamos llamar el juego de las pequeñas diferencias, y la hiperpolitización de las explicaciones de los procesos de larga duración. Paradójicamente, mientras el rango de las alternativas políticas se angostaba en extremo tras la caída del Muro de Berlín, las explicaciones politicistas cobraban nuevos bríos. Al capcioso «no hay alternativa» thatchereano, se replicó con algo así como hay muchas alternativas mínimamente diferentes entre sí. La estructura capitalista de las relaciones de producción fue considerada un dato inalterable, irreversible, tanto por la ortodoxia neoliberal como por sus detractores progresistas o populistas. Tras la debacle del socialismo real, quienes asumieron implícita o explícitamente –de buena o mala gana– que ya no había ningún horizonte posible más allá del sistema del capital, empezaron a detectar sutiles diferencias dentro del capitalismo. Esas diferencias por supuesto que existían. Pero el verlas como enormes y sustanciales fue una consecuencia de la desaparición del comunismo en el abanico de las posibilidades históricas. Ante una alteridad civilizatoria radical como lo fue la Unión Soviética y sus satélites, las diferencias entre el capitalismo yanqui, renano o nipón parecen meros matices escasamente relevantes.

Nadie sabe si un nuevo sistema alternativo al capitalismo podría triunfar en el futuro. En todo caso, las fuerzas socialistas –o genéricamente anticapitalistas– son indudablemente débiles en la actualidad. Por ello, desde el estricto punto de vista del análisis de situación, el no contar con la probabilidad de una opción por fuera de la sociedad burguesa no podría ser intelectualmente reprochable, por aquello del pesimismo de la inteligencia –o de la realidad– que reclamaban Gramsci y Mariátegui. Sin embargo, la eliminación de una alternativa anticapitalista del horizonte de lo posible –o lo inmediato– ha contribuido a que, quienes asumen esa conclusión, caigan con suma facilidad en errados análisis y discutibles diagnósticos. Desde luego que aquellas personas que consideren poco probable una alternativa socialista, una quimera perimida del siglo XX corto, no tienen por qué embellecer formas específicas del capitalismo, ni se hallan condenadas a brindar explicaciones poco consistentes de los procesos actuales. Sin embargo, es esto lo usual en el panorama intelectual contemporáneo.

Y sin embargo, las agudas contradicciones del capitalismo se hallan en la base de todo cuanto está aconteciendo en el mundo en estas últimas décadas. La inviabilidad de un crecimiento económico infinito en un planeta finito es algo evidente. Esta imposibilidad lógica tiene ya manifestación empírica: los desastres ecológicos de toda índole. Pero el compromiso con un régimen social fundado en el imperativo del progreso material indefinido es la piedra basal de todos los estados hoy existentes.

No es de extrañar entonces que, en el discurso público mayoritario, a un lado y otro de las fronteras ideológicas internas del capital (conservadores y progresistas, liberales y populistas, ortodoxos pro-mercado y heterodoxos estatistas), se omita o minimice la vinculación de la pandemia actual con la problemática ambiental, se hable lo menos posible de la relación del capitalismo con esta última, y se contraponga burdamente salud y economía. Por lo mismo, tampoco es de extrañar que, en la polarizada Argentina de la grieta, la política del ASPO dispuesta por el gobierno nacional peronista sea apoyada –y replicada con celo a nivel local– por las tres provincias radicales (Mendoza, Jujuy y Corrientes), y también por CABA, controlada por el macrismo, las cuatro jurisdicciones opositoras de centroderecha.

Las diferencias regionales expuestas en el presente texto –algo que estalla en la cara de cualquiera que mire los datos– son sistemáticamente ignoradas. El abordaje típico se concentra en un nivel político superficial, ignorando pertinazmente tanto los fenómenos estructurales de larga duración, como la posibilidad agencial de cambiar las estructuras socioeconómicas: posibilidad siempre abierta, aunque con disímiles circunstancias y grados de factibilidad. En consecuencia, lo que predominan son flacos análisis. Flacos porque deben omitir datos obvios (como las escandalosas diferencias regionales), descartar preguntas reveladoras (¿por qué, por ej., hay tanta alarma con el COVID-19, cuya tasa de mortalidad se halla muy lejos de las de la desnutrición, el cólera, o el paludismo?) y evitar el cruce de variables o dimensiones (como ecología y capitalismo).

 

El resultado de todo esto es una pésima discusión pública de los problemas, junto a un desconcierto generalizado que no reconoce fronteras geopolíticas ni sociales. La humanidad parece ingresar al ojo de la tormenta de una crisis civilizatoria con los ojos vendados. Solo que, a diferencia de la diosa Temis, su balanza está descalibrada; y su espada, sin filo.
Fuente: https://rebelion.org/covid-19-estructura-y-coyuntura-ideologia-y-politica/