Qué Democracia

Agosto 2020

Con muy corrupta casta política actuando según la dictadura militarizada de oligopolios.

 

 

Legalidad-legitimidad de la gran burguesía/Bloqueo de la lucha de clases/Alternativas emancipatorias

 

 

Legalidad-legitimidad de la gran burguesía

 

Tenemos, abajo y a la izquierda coherente con su comunismo (por mirar a poderes comunales-plurinacionales e internacionales y a los bienes comunes), que cuestionar a Juan Manuel Rosas como amigo de indígenas y como defensor de la soberanía nacional.

A 140 años de su fallecimiento

Rosas: el caudillo que gobernó

para la élite terrateniente

14 de marzo de 2017

La figura de Rosas en la historia nacional continúa en debate. Su poder constituyó un fuerte impulso a favor de la oligarquía terrateniente marcando una etapa de acumulación del capital agropecuario.

Por Hernán Perriere

En los últimos años la figura de Juan Manuel de Rosas cobró identidad con el establecimiento del feriado nacional por el Día de la Soberanía, en referencia al suceso de la Vuelta de Obligado y también por el revisionismo restablecido por el kirchnerismo como ideología gubernamental. La vuelta al relato de la historia liberal que busca implantar el macrismo pone en tensión ambas visiones.

Frente a la historia mitrista liberal surge como consecuencia de la crisis capitalista de 1929 una nueva visión histórica. Los revisionistas cuestionan a la historiografía liberal imponiendo otros próceres e hitos de la historia nacional entre ellos Rosas. Ambas corrientes historiográficas fundamentan su concepción en una mirada orientada a la interpretación de diversos sectores de la clase dominante.

Rosas fue gobernador de la provincia de Buenos Aires (1829-1832/1835-1852), la legislatura le asignó todo el poder político, militar y el manejo de las relaciones internacionales. De esta manera, Rosas organizó la llamada Confederación Argentina en acuerdo con las provincias federales, frente al centralismo porteño. Su poder constituye un engranaje político e ideológico en favor de la oligarquía terrateniente del territorio bonaerense.

La acumulación del capital agropecuario

Así lo expresa Milciades Peña. Durante el gobierno de Rosas, los estancieros de Buenos Aires y en menor medida los del litoral acrecentaron y consolidaron una acumulación de tierras, vacas y peones. Esta elite acumuló capitales también por la producción ganadera, los saladeros y la pequeña industria del cuero, la sal y el tasajo. El gobierno de la Confederación Argentina expresó el poder de una clase capitalista nacional, los terratenientes.

Durante su gobierno la ganadería creció un 60% en el territorio nacional como también lo hicieron las ventas de carnes al exterior. Se eximió a los propietarios rurales del pago de impuestos. Rosas impulsó a la marina mercante para el control de los ríos del litoral y decreta la Ley de aduanas (1835) que prohíbe la entrada de producciones extranjeras que retrasen el mercado interno. A su vez acrecentó el régimen de puerto único (Buenos Aires).

Peña, discute desde esta afirmación con la concepción populista que Puiggros quién niega que bajo el gobierno de Rosas se haya desarrollado una producción capitalista. No solo afirma que durante la etapa rosista hay una acumulación capitalista sino que esta se basaba en relaciones sociales de producción asalariadas. La persecución y control de los vagabundos y de los gauchos tuvo la finalidad de incorporarlos forzosamente al sistema productivo basado en el modelo estanciero-saladeril.

La política contra el indígena tuvo el mismo sentido, la incorporación de tierras para la producción. Para esto estableció una doble política de negociación, cuidado y consideración con las “tribus amigas o aliadas” y persecución y muerte para las que no se sometieran a su mando.

Orden y disciplina al servicio de la elite terrateniente

Se consolidó un gobierno totalitario al servicio de la clase terrateniente. Como buen caudillo, se apoyó en las montoneras a la vez que las domesticó para evitar rupturas de los sectores populares y mantener el orden generalizado. Para esto articuló diversas estrategias de control.

La ideología católica fue utilizada para mantener el orden social, así fue como Rosas funda numerosas iglesias en la campaña y en 1831 dicta un decreto que establecía la obligatoriedad de asistir a la misa parroquial, para esto se cerrarían las pulperías, tiendas, los preceptores escolares estaban obligados a asistir con los niños todo esto bajo control policial.

El orden se mantenía bajo la Mazorca, a quien Di Meglio, define como un grupo parapolicial integrado mayoritariamente por empleados de la policía en actividad, cuya finalidad es controlar las prácticas políticas de los opositores. Persecución y muerte es su legado. La Mazorca fue utilizada como ejemplo para la organización de las distintas fuerzas para policiales como la Triple A en el tercer gobierno de Perón.

En los últimos años la figura de Juan Manuel de Rosas cobró identidad con el establecimiento del feriado nacional por el Día de la Soberanía, en referencia al suceso de la Vuelta de Obligado y también por el revisionismo restablecido por el kirchnerismo como ideología gubernamental. La vuelta al relato de la historia liberal que busca implantar el macrismo pone en tensión ambas visiones.

Frente a la historia mitrista liberal surge como consecuencia de la crisis capitalista de 1929 una nueva visión histórica. Los revisionistas cuestionan a la historiografía liberal imponiendo otros próceres e hitos de la historia nacional entre ellos Rosas. Ambas corrientes historiográficas fundamentan su concepción en una mirada orientada a la interpretación de diversos sectores de la clase dominante.

Rosas fue gobernador de la provincia de Buenos Aires (1829-1832/1835-1852), la legislatura le asignó todo el poder político, militar y el manejo de las relaciones internacionales. De esta manera, Rosas organizó la llamada Confederación Argentina en acuerdo con las provincias federales, frente al centralismo porteño. Su poder constituye un engranaje político e ideológico en favor de la oligarquía terrateniente del territorio bonaerense.

Vuelta de Obligado, la gesta kirchnerista y la defensa británica

En 1845 dos potencias imperialistas, Francia y Gran Bretaña deciden intervenir en la costas del río Paraná para forzar la libre navegación de los ríos y fortalecer la relación comercial con Corrientes y Paraguay. Si bien Rosas, defendió los intereses británicos en el río de la Plata, no estaba dispuesto a permitir la intervención militar de las potencias. En la Vuelta de Obligado sobre el río Paraná se intentó impedir el paso de los buques extranjeros.

Este hecho histórico se recuerda el 20 de noviembre y bajo el gobierno el kirchnerismo a propuesta del historiador José María Rosa se declaró como Día de la Soberanía por la Ley 20.777. Entre sus fundamentos se señala: “es reconocida como modelo y ejemplo de sacrificio en pos de nuestra soberanía, contribuyendo la citada conmemoración a fortalecer el espíritu nacional de los argentinos, y recordar que la Patria se hizo con coraje y heroísmo”. El kirchnerismo utilizó al revisionismo y a la figura de Rosas para justificar sus negocios capitalistas. Rosas fue reivindicado como “defensor de la soberanía nacional” tanto por la derecha como por la izquierda peronista.

Esta gesta considerada heroica estaba muy lejos de anular la dependencia económica que la elite terrateniente tenía con la potencia británica. Peña señala que Rosas fue, un inmejorable amigo de Inglaterra y su gobierno contribuyó a robustecer la oligarquía anglocriolla: “ya sabemos que los ingleses constituían unos de los principales grupos propietarios del país (de las 293 estancias bonaerenses, 79 eran de ingleses). Rosas aceleró ese proceso”. Otras decisiones afirman esta orientación: el recibimiento con honores en su llegada a Inglaterra en su exilio, en 1840 en plena crisis financiera ordena pagar una cuota a la Baring, en el tratado Arana-Southern de 1849 no se negocia la ocupación de Malvinas por Gran Bretaña desde 1833.

La oligarquía porteña y los estancieros del litoral habían acumulado capitales y buscaban nuevos horizontes en el mercado mundial. Estos de a poco le quitaron su apoyo. En el litoral surge una fuerza en defensa del libre comercio tras la figura de Urquiza. Apoyado por Brasil y Uruguay. Luego de la derrota de Caseros, Rosas embarcó hacia Inglaterra. Muere en Southampton, Reino Unido el 14 de marzo de 1877.
Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Rosas-el-caudillo-que-goberno-para-la-elite-terrateniente

 

 

 

Destaquemos la legalidad-legitimidad del entrelazamiento de intereses de la militarizada oligarquía terrateniente bajo liderazgo del general Rosas con Gran Bretaña, la potencia hegemónica del colonialismo de esa época. Ambas se unen para la expoliación de trabajadores y naturaleza.

 

 

A 140 años de su fallecimiento

¿Quién fue Juan Manuel de Rosas?

14 de marzo de 2017

El 14 de marzo de 1877 fallecía, en la ciudad inglesa de Southampton, Juan Manuel de Rosas. ¿Quiénes eran sus aliados y adversarios? Un breve recorrido a través de algunos documentos de su época.

Por Liliana O.Caló

Como ocurre con los consagrados héroes nacionales solo mencionar su nombre evoca casi automáticamente actitudes favorables y disidentes. Ese efecto, sin embargo, no es producto del curso azaroso de la historia sino que sintetiza el peso y uso del pasado en el presente.

A modo de repaso... recordemos

Rosas fue gobernador de Buenos Aires desde 1829 hasta 1852, con un breve interregno, y estuvo al frente de las relaciones exteriores y de guerra de la entonces llamada Confederación Argentina integrada por Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos, Corrientes, Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Catamarca, Córdoba, La Rioja, San Juan, San Luis y Mendoza.

Su ideario federal no se transformó en realidad ni económica ni política pues al frente de la provincia más rica aseguró que los recursos se mantuvieran en ella y el poder político y militar de Buenos Aires hicieron lo suyo para evitar la aparición, por un lapso de casi dos décadas, de un proyecto alternativo.

Como su mejor representante contó con el apoyo brindado por los grupos terratenientes bonaerenses, los primeros de su clase pero no excluyentes, vinculados más directamente a las fuerzas productivas del país (asentados en la gran propiedad de la tierra) fuente genuina que hizo viable el ejercicio y la centralización política durante sus mandatos y la base indispensable que le permitió maniobrar en determinados momentos frente a la política colonialista británica y francesa en nuestras tierras.

Hegemonía que suscitó, además, el apoyo de los sectores del “bajo pueblo”, condición necesaria para la configuración social anhelada por los “amigos del orden” bonaerense, luego de la experiencia conflictiva de la década del 20. El título de “Restaurador de las Leyes e Instituciones” con el que asume en 1829 rendía homenaje a esa labor, restaurar la “ley y el orden” que había caracterizado al gobierno de Martín Rodriguez (1820).

Se restablece con Rosas el orden político que la revolución colonial, las guerras civiles y la ruptura del orden económico virreinal habían dislocado. En este punto el legado rosista llega a su clímax, al sentar las condiciones sociales/legales elementales para la subordinación de la fuerza de trabajo en la consolidación de la acumulación originaria del capitalismo colonial, especialmente bonaerense, combinando “la persecución al gaucho en cuanto gaucho y dándole protección en cuanto peón de estancia”.

La exaltación nacionalista de buen patrón o las críticas sarmientinas y liberales sobre su régimen político deben ser interpretadas como tramas políticas de una clase en formación, como lecturas identitarias de la retrógrada clase terrateniente argentina.

Volver a las fuentes

La historiografía argentina ha vuelto una y varias veces sobre Rosas, con fines y usos no sanctos como parte del juego sucio del uso público del pasado. En la actualidad, la apuesta política del oficialismo parece alejarse de las polarizadas polémicas de los últimos años para ubicar a los personajes de la historia oficial en un relato de acontecimientos, reverencial de ciertos valores morales, contextualizados en un lugar vacío o neutralizado. Nada más necesario, entonces, redescubrir a Rosas recurriendo al ejercicio historiográfico de volver a las fuentes y reconstruir parte de su trayectoria a través de su propio testimonio y el de los actores de su época. Veamos.

Rosas y la Iglesia o “Religión o muerte”. A propósito de su trágica decisión de fusilar a Camila O’Gorman y al cura Guitierrez en agosto de 1848, Rosas reafirma en una carta su autoridad e ideario conservador apelando a la religión (su fe católica) en los siguientes términos, “ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman; ni persona alguna me habló en su favor. Por el contrario, todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mi responsabilidad, ordené la ejecución.” (Intercambio con M. Terrero)

Consentimiento y orden. Respecto a la necesidad de disciplinar y controlar a las masas rurales y urbanas Rosas relata al representante Santiago Vázquez, agente del gobierno Oriental en Buenos Aires, los errores que todos los políticos y gobernantes cometían en relación con el pueblo: “Me pareció, pues, desde entonces, muy importante conseguir una influencia grande sobre esa clase para contenerla, o para dirigirla; y me propuse adquirir esa influencia a toda costa; para esto me fue preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios de comodidades y de dinero, hacerme gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían; protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin, no ahorrar trabajo ni medios para adquirir más su concepto”.

Disciplina y terror. El patrón de “Los Cerillos” alertaba con clara conciencia de clase la necesidad de hacer valer el orden político en la estancia y en la república, “así como cuando queremos fundar un establecimiento de campo, lo primero son los trabajos preparativos de cercados, corrales, desmontas, rasar, etc.; así también para pensar en constituir la República, ha de pensarse antes en preparar los pueblos acostumbrándolos a la obediencia y al respeto de los gobiernos” (Rosas, Instrucciones a los mayordomos de estancias, 1819).

El disciplinamiento del gaucho/peón y la liquidación y pacificación de los indios y la obligatoriedad del respeto a la propiedad, quedaría registrado en sus “Instrucciones a los mayordomos de estancias”: “Todo animal ajeno sea caballo o vaca o lo que fuere no debe usarse, ni ensillarse, ni por chanza. El peón o capataz que ensille un caballo ajeno o haga uso de un animal ajeno, sea de la clase que sea, comete un delito tan grande, que no lo pagará con nada absolutamente; y en el caso de cometer ese delito, será penado con echarlo, (...) y a más será castigado según lo merezca”.

Y como señala el historiador Di Meglio, en el ámbito urbano recurrió a métodos que combinaban el control tradicional de la policía sobre la plebe con el “terror” y la actuación de la Mazorca, un órgano parapolicial para la eliminación del disenso y de la competencia política de los opositores.

La oligarquía argentina está con Rosas. “Arana, Albarracín, Alcina, Balcarce, Basavilbaso, Capdevila, Costa, Estrada, Elizalde, Gorostiaga, Iraola, Leloir, Laspiur, Lezama, Medrano, Marcó del Pont, Navarro, Oromí, Casares, Pinedo, Pirán, Pedriel Riglos, Roxas y Patrón, Rocha, Santa Coloma, Saénz Peña, Segurola, Uriburu, Unzué, Victorica, Anchorena, Álzaga, Alvear, Benegas, Castex, Díaz Vélez, Güiraldes, Guerrico, Huergo, Lezica, Llavallol, Lahite, Lastra, Martínez de Hoz, Obligado, Piñeiro, Peralta Ortiz de Rosas, Sáenz Valiente...” (M. Peña, tomado de Adolfo Saldías)

Un pragmático estanciero bonaerense. Respecto a la organización nacional Rosas aseguró el interés de su clase, “Ya dije a usted que yo no soy federal, nunca he pertenecido a semejante partido, si hubiera pertenecido, le hubiera dado dirección, porque, como usted sabe, nunca la ha tenido. (...) En fin, todo lo que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto, porque no soy para gobernar”. (Confidencias de don Juan Manuel de Rosas...)

A propósito del bloqueo de Francia y Reino Unido a Buenos Aires en 1847, el conde Walewsky, comisionado francés retrata a Rosas: “Si él hubiera creído desde un principio que Francia e Inglaterra estaban dispuestas a hacerle seriamente la guerra, jamás hubiera tratado de sostener la lucha (...). El general Rosas sabe muy bien que, si abandona Buenos Aires, no podría volver más, porque, habiendo desaparecido el prestigio de su fuerza, surgirían por todas partes los enemigos más encarnizados para exterminarlo. Por eso aceptaría todas las condiciones posibles antes de correr el riesgo de ser arrojado de su capital”.

Southaumptom. Los ingleses constituyeron uno de los principales grupos propietarios de la época, exceptuados del servicio militar y el privilegio de prensa propia, el “British Packet” 1826/1859, libre del control gubernamental. En 1831 ante la muerte de Jorge IV y en 1837 la de Guillermo IV, Rosas decretó duelo provincial presentando saludos oficiales a la reina Victoria. Según explica Henry Southern al ministro inglés Palmerston: “Rosas siente una marcada predilección por el carácter inglés (...) siempre ha sido estimado y apreciado por los ingleses, entre quienes ha hecho muchas amistades e incluso conexiones duraderas”.

Durante la etapa final de su vida, exiliado luego de la derrota de Caseros (1852) en el Reino Unido, se verá impactado por el nuevo clima de ideas liberales y positivistas y la expansión de la propaganda socialista que desafiaban la religión y al capitalismo, pero serán las acciones violentas de las masas insurrectas de la Comuna de París (1871) las que despertarían su más firme condena y sentido reaccionario.

 “Una sociedad de guerra”. Como un fantasma que recorre Europa, Rosas define a la I Internacional como “sociedad de guerra (...) y de odios, que tiene por base el ateísmo y el comunismo; por objeto la destrucción del capital y el aniquilamiento de quienes lo poseen, por medio de la fuerza brutal del gran número, que aplastará todo de cuanto intente resistirle. (...) no es necesario demostrar largamente que son la negación de todos los principios sobre los que descansa la civilización” (Raed, José, Rosas. Cartas confidenciales a su embajadora Josefa Gómez). Y recomendaba, para contrarrestar su influencia, la autoridad de poderes extraordinarios, una especie de Santa Alianza integrada por las naciones de la cristiandad, regida por la dictadura temporal del Papa.

Despreciable plebe. Frente a la insolencia y la conflictividad de la plebe representada en el movimiento obrero inglés insiste, “cuando hasta en las clases vulgares desaparece cada día más el respeto al orden, a las leyes y el temor a las penas eternas, solamente los poderes extraordinarios son los únicos capaces de hacer cumplir los mandamientos de Dios, de las leyes, y respetar al capital y a sus poseedores” (Rosas, Southaumptom, 1872).

Fuente: https://www.laizquierdadiario.com.uy/Quien-fue-Juan-Manuel-de-Rosas

En consecuencia, abajo y a la izquierda coherente con su comunismo (por mirar a poderes comunales-plurinacionales e internacionales y a los bienes comunes), consideremos que la puesta en práctica de la «reforma agraria integral» debe confrontar con el régimen latifundista hoy consolidado como extractivista que impone:

Colonialismo, violencia de Estado y

prisión política mapuche

 14 de agosto de 2020

Por Edgars Martínez Navarrete (Rebelión)

No todos los presos en Chile valen lo mismo. Mientras a un tercio de la población penal del país (13.321 reclusos de un total de 39.677) les fue concedida la modificación de la modalidad cautelar o de cumplimiento de condena, logrando salir a la calle por decreto judicial desde el 18 de marzo del presente año, el Estado ha decidido mantener encarcelados a los más de 30 presos políticos mapuche en distintos centros penitenciarios.

Algunos de estos, en medio de la crisis pandémica, ya llevan tres meses en huelga de hambre. Como si fuera poco, unos de los beneficiados con esta medida fue Carlos Alarcón Molina, policía que se encontraba en prisión preventiva acusado del asesinato de Camilo Catrillanca en noviembre de 2018.

El gobierno de Sebastián Piñera ha sido indiferente a las demandas de los presos mapuche en huelga de hambre. Pese a que las peticiones de estos últimos son la articulación de una mesa de negociación con el ministro de justicia y la reglamentación del Convenio 169 de la OIT con referencia a la prisión indígena, es decir, cuestiones estipuladas en el marco básico de la ley, el gabinete ha preferido hacer oídos sordos y agravar el estado de salud de los comuneros en las cárceles chilenas. 

Además de una excesiva pérdida de peso debido a la huelga de hambre, los presos mapuche están extremadamente expuestos a contagiarse de COVID-19 ante el debilitamiento que ha sufrido su sistema inmune. Alejados de sus territorios e impedidos de ser visitados por sus autoridades culturales, el estado de salud de los huelguistas corre un inminente riesgo vital. Un caso extremo de esto es del machi (autoridad espiritual mapuche) Celestino Córdova, al cual se le ha prohibido volver a su espacio sagrado (Rewe) para renovar las fuerzas espirituales propias que necesita una autoridad como él.

Junto con tal indiferencia, a la vez, otra de las estrategias de fragmentación que el gobierno ha ejercido para debilitar el movimiento de apoyo a los presos son los traslados arbitrarios que pretenden derivar a ciertos imputados a centros penitenciarios alejados de sus territorios de origen. La prisión preventiva que cumple Tomás Antihuen Santi en Concepción, a más de 150 km de su hogar, y la amenaza de trasladar a los 11 presos mapuche de Lebu a Concepción (misma distancia) es una muestra concreta de esta práctica divisoria ya que las familias y las comunidades son los principales soportes espirituales, morales y materiales de los huelguistas.

No obstante, frente a tal situación los presos mapuche y sus familias no están solos. En medio de la crisis pandémica actual, durante las últimas semanas se han multiplicado por todo el territorio nacional distintas acciones de respaldo a sus demandas. Tomas de carretera, manifestaciones en las principales ciudades del país, la multiplicación de acciones de sabotaje al capital forestal y la ocupación de distintas instalaciones gubernamentales y regionales en el sur de Chile han sido parte del repertorio de protesta articulado por comunidades y organizaciones mapuche que insisten en que el gobierno debe abrir una vía democrática de comunicación para resolver las demandas de los huelguistas. En estas acciones mujeres y niñas/os mapuche han sido fuertemente reprimidas por parte de la policía chilena, pasando incluso días enteros retenidas en diversos centros penitenciarios.

Pero no tan sólo la policía o los militares, que siguen desplegados en el Wallmapu supuestamente por la “crisis pandémica”, se han encargado de reprimir al movimiento de apoyo a los presos. Ante la ocupación que hicieron comunidades y lov mapuche a las municipalidades de Curacautín, Victoria, Ercilla, Traiguén y Collipulli en la IX región como medida de presión durante la madrugada del 2 de agosto del presente año, decenas de personas convocadas por terratenientes y dirigentes de los sectores forestales y agroexportadores de la zona golpearon a las familias, quemaron sus vehículos y, en complicidad con la policía, desalojaron agresivamente las instalaciones. Para coronar, destruyeron espacios sagrados que las comunidades mapuche mantenían en las ciudades para reunirse y realizar diversas actividades. De manera evidente, estos niveles de violencia no fueron criminalizados por el gobierno con la misma mano dura con que se trata al mapuche o al pobre. Incluso, tales actos se justificaron mediáticamente por la derecha nacional y los grupos cómplices del neoliberalismo, quedando hasta el momento impunes ante la justicia.

Los responsables políticos de tal escenario y quienes reditúan de estos actos racistas no son precisamente sus ejecutores inmediatos, quienes actúan como cómplices consientes de la violencia patronal, sino las elites económicas y supremacistas blancas que han mantenido la acumulación de capital, la explotación y el despojo con base en un sistema colonial que históricamente ha socavado las condiciones de vida tanto de mapuche como de los sectores populares chilenos, acrecentando jerarquías raciales, violencias entre oprimidos y enfrentando a sectores con base en imaginarios eurocéntricos. Una contienda entre pobres, encubierta como “étnica”, que beneficia a los poderosos.

No es menor que tales niveles de violencia se hayan producido días después de la visita del Ministro del Interior Víctor Pérez Varela a la zona, viaje en el cual, además de perfilar las nuevas medidas de contrainsurgencia y represión contra el movimiento mapuche, se reunió con  personajes como Gloria Naveillan, dirigente de la Agrupación Paz y Reconciliación en la Araucanía – APRA-, famosa terrateniente anti-mapuche quién incitó explícitamente, según audios filtrados en redes sociales, a reunirse la madrugada del 2 de agosto para linchar a las familias que mantenían tomadas las municipales de la Araucanía.  

Pese a este contexto de violencia, que muestra la profundidad real del problema en el sur del continente, se ha demostrado a nivel mundial el respaldo que tienen las justas peticiones de los presos políticos mapuche. Las distintas redes de solidaridad nacional e internacional han enviado mensajes de apoyo a estos y a sus familias, exigiendo al Estado de Chile la implementación de lo estipulado en el Convenio 169 de la OIT y exponiendo el peligro que corren los comuneros al estar presos en adversas condiciones de hacinamiento. A través del medio de comunicación mapuche AUKIN (en Facebook), se han concentrado y reproducido decenas de comunicados y videos enviados desde diversas partes del mundo, entre los cuales figuran mensajes del Congreso Nacional Indígena (México), del municipio autónomo de Cherán (México), de la Ongi Etorri Errefuxiatuak Araba (País Vasco), del pueblo Nasa (Colombia), de organizaciones populares en Argentina, Italia y Chile, del movimiento internacional de solidaridad con Kurdistán y de colectivos feministas comunitarios de Bolivia, junto a muchos otros.

Cada hora que pasa es fatal para el estado de salud de los presos políticos mapuche. A casi tres meses del inicio de la huelga de hambre, la indolencia de Sebastián Piñera demuestra el carácter racista y represivo del Estado chileno. Tal como ha sido la tónica frente a la resistencia de los pueblos indígenas y a la revuelta popular de octubre, la cual tuvo a Piñera en la mira de los órganos internacionales como artífice de una crisis de Derechos Humanos, somos testigos de cómo el gobierno está próximo a mancharse las manos nuevamente con sangre mapuche. 

Edgars Martínez Navarrete, antropólogo y militante de la causa Mapuche autonomista.

Fuente: https://rebelion.org/colonialismo-violencia-de-estado-y-prision-politica-mapuche/

 

 

Advirtamos cómo el capitalismo aprovechó la pandemia. Teran Mantovani nos explica: "Esto claramente allana el camino para la consolidación de lógicas de una situación extraordinaria o de emergencia, que permite poner en suspenso la democracia y sirve de pilares a la normalización y permanencia de regímenes de excepción. Es la bio-política en su máxima expresión, que ya venía precedida de normativas de emergencia y nuevas doctrinas de seguridad nacional, formas de militarización de la sociedad y los territorios, generalizadas al conjunto de la población en nombre de la ‘lucha contra el terrorismo’, el narcotráfico y el crimen organizado, grupos armados irregulares, contra el desborde de la migración y contra el ‘vandalismo’ en las protestas (recuérdese el año pasado en América Latina la relación entre protestas y estados de excepción). Y valga la pena añadir: estas lógicas están también en consonancia con el auge de las extremas derechas en varias partes del mundo, que desde patrones racistas y nacionalistas, pueden adjudicar la situación a ‘infecciones extranjeras’, una política migratoria permisiva y la necesidad de economías autárquicas (de nuevo, ¿otro factor para decirle adiós a la globalización?)".

 

 

El Coronavirus más allá del Coronavirus: umbrales, biopolítica y emergencias

 

Por Emiliano Teran Mantovani 

 

"La actual pandemia podría causar más daño, o bien podría ser superada. No lo sabemos hasta el momento. Pero parece que todo esto que está ocurriendo, nos dice muchas cosas más. Por eso también necesitamos tratar de interpretar qué expresa esta pandemia, más allá de ella misma; qué significado tiene en este preciso tiempo (geo)político; qué nos dice del particular mundo que hoy enfrentamos".

 

(..)Pandemia COVID-19: bio-política de la ‘emergencia’ y sus paradojas

La saturación máxima que provoca la pandemia del COVID-19 ha generado diferentes respuestas de los Estados, cada una con resultados diferentes (pensemos en los casos de China, Corea, Italia o España). Lo que vemos desarrollarse, en general, es la progresiva adopción de estrictas medidas de cuarentena por parte de los Estados a nivel mundial, sostenido por una advertencia por parte de expertos y asesores científicos de que el virus alcanzará a buena parte de la población mundial, y de que la vida social en el planeta será notablemente trastocada por muchos meses.

Esto claramente allana el camino para la consolidación de lógicas de una situación extraordinaria o de emergencia, que permite poner en suspenso la democracia y sirve de pilares a la normalización y permanencia de regímenes de excepción. Es la bio-política en su máxima expresión, que ya venía precedida de normativas de emergencia y nuevas doctrinas de seguridad nacional, formas de militarización de la sociedad y los territorios, generalizadas al conjunto de la población en nombre de la ‘lucha contra el terrorismo’, el narcotráfico y el crimen organizado, grupos armados irregulares, contra el desborde de la migración y contra el ‘vandalismo’ en las protestas (recuérdese el año pasado en América Latina la relación entre protestas y estados de excepción). Y valga la pena añadir: estas lógicas están también en consonancia con el auge de las extremas derechas en varias partes del mundo, que desde patrones racistas y nacionalistas, pueden adjudicar la situación a ‘infecciones extranjeras’, una política migratoria permisiva y la necesidad de economías autárquicas (de nuevo, ¿otro factor para decirle adiós a la globalización?).

Férreos y drásticos controles sociales en el caso de China, Taiwán, Japón, Corea y posteriormente y menor medida Italia y España, se han expresado en cosas como la prohibición oficial de salir de casa; el establecimiento de reportes por persona (nombres, temperaturas corporales, movimientos y viajes, contactos con personas, etc) para luego ser procesados en forma de ‘Big Data’; la realización de tests express que, por ejemplo para el caso de Corea, suponía realizar a una persona un raspado nasal en un ‘drive in’ para determinar si la persona estaba infectada; entre otras medidas, que en casos como el chino, incluyeron el uso del ejército.

Pero precisamente, por esta dinámica de saturación máxima de la pandemia del COVID-19, se presenta una primera paradoja que conviene resaltar: el éxito que ha tenido China para detener el crecimiento del contagio ha abierto canales de legitimación a esta bio-política de alta intensidad (¡mirad el ejemplo chino!). El arrinconamiento societal que genera la posibilidad de un desbordamiento de la pandemia global puede hacer ver plausible y viable una sociedad de control bajo estos criterios de bio-seguridad. Así que esto nos pone ante un escenario no sólo de imposición política sino de un cierto consentimiento de un sector de la sociedad. Pero, ¿qué alternativas existen a este formato de gobernanza biopolítica, en este contexto pandémico?

Si el transitar de la crisis civilizatoria nos ha llevado a este tiempo de umbrales, de eventos extremos, de emergencia permanente (recuérdese la ‘emergencia climática’), ¿nos dirigimos hacia un capitalismo administrado como un ‘capitalismo del desastre’ permanente? ¿Cómo podría funcionar la democracia (o su posibilidad) en un régimen como ese?

Hay una segunda paradoja o tensión a resaltar: la política de estrictas medidas de cuarentena es absolutamente contraria a la necesidad de movilidad y dinamismo que tienen los mercados. El encierro social es una necesidad pero a la vez es un suicidio económico para el capitalismo. Los gobiernos del mundo se debaten entre la debacle epidemiológica y la económica. Y aquí cabe resaltar la que hasta hace unos días fuese la política del Gobierno británico liderada por Boris Johnson, ante la pandemia de COVID-19: una especie de bio-liberalismo, ‘dejar hacer, dejar morir’. Sir Patrick Vallance, Jefe de los asesores científicos del gobierno, anunciaba para la cadena Sky News el pasado 13 de marzo, que había que lograr la “inmunidad del rebaño”  dejando que el 60% de la población británica se contagiara con el COVID-19, sin colocar mayores restricciones sociales a la movilidad y la actividad. Esto supondría que unos 40 millones de personas deberían como mínimo contagiarse a lo largo del tiempo para lograr dicho objetivo, estimando el Gobierno que al menos el 1% moriría (unas 400.000 personas).

Esta escalofriante política ponía de relieve, de forma descarnada que, en realidad entre el resguardo de la vida y el crecimiento del PIB, el gobierno de Johnson prefiere lo segundo –y ya ha dicho recientemente que “haría lo que fuese” para proteger la economía del Coronavirus. Pero sobre todo, revela una forma instrumental de representar la vida de millones de seres humanos, dentro de la categoría cuantitativa de  ‘población’. Tanto los regímenes de férreo control como estos bio-liberalismos, comparten esta noción instrumental de la vida humana, en la cual esta se traduce en un número funcional: 50.000, 500.000 o 5.000.000 de personas; 0,5; 5% o 15%. Todo depende de para qué sirva o no sirva. ‘Población’ borra rostros, historias personales, diversidades, para ser simplemente asunto operativo de Estado. Pero en todo caso, lo resaltante es que se mantiene la premisa biopolítica foucaultiana de “hacer vivir, dejar morir”, ahora en el marco de un tiempo de eventos extremos. Para este bio-liberalismo, lo que se revela es una lógica socio-darwinista de abandono a la muerte (‘a su suerte’) de una parte de la sociedad (seguramente, la parte más anciana y enferma).

Esto nos lleva a una tercera y última paradoja que nos gustaría destacar: la decisión estatal de quiénes se confinan, quiénes trabajan, quiénes viven y quiénes mueren en este tiempo de umbrales está en clara contradicción con las pulsiones de vida que se expresan desde abajo. Si hemos dicho que el encierro, la cuarentena, es una necesidad, al mismo tiempo esta es socialmente insostenible en el tiempo. Para los miles de millones de precarizados del mundo, es inmediatamente inviable. Para otros, representa una parálisis de anhelos, sociabilidades, descontentos, proyectos. Parálisis que se da justo cuando millones en el mundo se habían estado movilizando por el hartazgo de la situación en sus países (recordemos Chile, Irak, Libano, Hong Kong, Ecuador, Catalunya, etc). ¿Qué ruta pueden seguir estas pulsiones? ¿Pero qué pasa también con esos otros que se rehúsan a ser los daños colaterales, las bajas estadísticas de esta bio-política de la ‘emergencia’ (que pudiesen ser nuestros abuelos, los sabios, los maestros de la comunidad, o bien nuestros hermanos o colegas, afectados por una u otra enfermedad)?

Difícilmente la parálisis y el confinamiento puedan disolver los descontentos sociales que han emergido y emergen como síntoma de la decadencia de este sistema imperante. Esto lo saben los grandes administradores de esta bio-política de la emergencia. Por eso, el Gobierno de Johnson también retrocede en su política de la “inmunidad del rebaño”; por eso el Presidente francés Emmanuel Macron, un neoliberal, ante la pandemia gira en su discurso y plantea que la salud pública es un bien precioso que debe estar fuera de las leyes del mercado; por eso otros gobiernos retroceden en políticas de recortes a las clases trabajadoras.

Las tres paradojas mencionadas anteriormente en realidad se inscriben en una paradoja mayor: nada está garantizado, nadie puede ya garantizar el control de la situación. El sistema capitalista se estremece en su propia constitución. Nunca en su historia el capitalismo había tenido tantas grietas.

 

¿Qué hacemos nosotros?

El confinamiento social de la cuarentena, pero también las calles vacías o semi-desiertas, los mercados truncados, el confinamiento de los más pobres a una extraña precarización socio-económica ralentizada, nos abren el camino hacia otras temporalidades, otros ritmos, otras sociabilidades, otras apreciaciones y sensibilidades. Nunca parecía estar tan a la mano una oportunidad de despliegue de la otredad de esas lógicas y ritmos diferentes a los del sistema capitalista. La centralidad, ante los desafíos que representa esta paradoja colapso/oportunidad, parece estar en una política de lo común, del cuidado, de la reproducción de la vida, ante este capitalismo que se va quedando al desnudo. Ese camino se ha abierto ante nosotros, sin que eso necesariamente represente una garantía de éxito.

Pero fuera de ese espacio particular, en el espacio de la arena política, siguen prevaleciendo los tiempos del capital, de la pandemia, de la biopolítica de la emergencia, del cambio climático. Este sigue siendo el espacio colectivo del descontento, de las luchas, de las demandas sociales, de la transformación. ¿Cómo conectar ese resguardo, ese ‘distanciamiento social’ con la necesidad de re-encuentro, de exigencia al poder, de asunción de poder? Mientras que cuidamos de la vida en ese espacio particular, hay que seguir exigiendo, demandando cosas como una radical redistribución de las riquezas existentes para que se dirijan a la asistencia universal en la salud pública; la suspensión del cobro de la deuda externa de los países del Sur Global, suspensión de los impuestos a los más pobres y recuperarlos de los sectores más ricos; socializar los conocimientos científicos; respetar a la naturaleza y detener el avance de la mercantilización y las últimas fronteras de vida en el planeta; y un largo etcétera.

Hay que convertir la emergencia global en la emergencia de otro sistema que tribute a la vida y a los pueblos. Si el colapso sistémico nos va llevando a escenarios impensables, hay que, como lo reivindicara un famoso lema del mayo del 68, ser realistas y pedir lo imposible. Otro mundo diferente a este, ahora.

Emiliano Terán Mantovani: Sociólogo de la Universidad Central de Venezuela. Master en Sostenibilidad Social, Económica y Ambiental (especialización en Economía Ecológica) por la Universidad Autónoma de Barcelona y Doctorando en Ciencia y Tecnología Ambiental por la misma Universidad. Hace parte del Grupo de Trabajo Permanente sobre Alternativas al Desarrollo, organizado por la Fundación Rosa Luxemburg. Miembro de la Coordinación General del Observatorio de Ecología Política de Venezuela.

Observatorio de Ecología Política de Venezuela

Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Documentos/El-Coronavirus-mas-alla-del-Coronavirus-umbrales-biopolitica-y-emergencias

 

 

 Bloqueo de la lucha de clases

 

Tenemos la izquierda coherente con su comunismo (por mirar a poderes comunales-plurinacionales e internacionales y a los bienes comunes), que contrastar dos realidades contemporáneas que no podrían coexistir si no fuera por la creencia masiva en el liderazgo de un componente de la casta política. En efecto, cuando los pueblos estamos sumidos en el sistema mundo capitalista, el poder Ejecutivo se hace cada vez más unipersonal y autoritario en su creciente establecimiento de decretos y acuerdos casi secretos. Es que el/la Presidente encubre el avance de la dictadura del contubernio de capitales y estados imperialistas con los locales ante sus intereses lucrativos en completa contradicción con las necesidades y aspiraciones de las minorías que componen la gran mayoría del país-continente. Marcelo Colussi sostiene ( lo que, creo, caracteriza a toda la democracia vigente):   "En el capitalismo, el presidente de turno (¿gerente?, ¿administrador?, ¿capataz?) no es sino un mandatario de los grandes poderes económicos. Si lo olvidamos, olvidamos que la historia es la dinámica de luchas de clases sociales enfrentadas y chocando continuamente".

 

Pepe Mujica era un buen presidente….

8 de agosto de 2020

Por Marcelo Colussi (Rebelión)

https://mcolussi.blogspot.com/

 

El uruguayo Pepe Mujica fue un buen presidente. Así lo marcan las encuestas. Pero, ¿qué significa ser un “buen presidente”? ¿Lo es, por ejemplo, Andrés Manuel López Obrador en México, quien luego ya de un tiempo en el gobierno no evidencia un notorio desgaste como pasa con otros dignatarios, o Nayib Bukele en El Salvador, aceptado ampliamente por el manejo que dio en su país a la pandemia de COVID-19? ¿Quizá Vladimir Putin en Rusia, que sigue teniendo un amplio margen de aceptación popular que le permite eternizarse en el Kremlin? Hoy por hoy, según la preferencia del electorado, tanto Angela Merkel en Alemania como Emmanuel Macron en Francia no gozan de la mayor popularidad. ¿Son “malos” mandatarios entonces? ¿Y qué decir de Salvador Allende en Chile, amado por muchos, pero desplazado del poder con un sangriento golpe de Estado que le costó su vida? ¿No era un “buen” presidente entonces? Del mismo modo puede preguntarse por Hugo Chávez, o más aún por su sucesor, Nicolás Maduro: ¿está “manteniendo” la Revolución Bolivariana o es el artífice del actual “desastre” venezolano?

Es creencia repetida hasta el cansancio que los presidentes, los mandatarios en sentido amplio, en este engendro confuso y perverso que se nos presenta como “democracia” en el marco de los sistemas capitalistas (pretendidamente: gobierno del pueblo), son los que mandan. Eso es lo que machaconamente nos dice la ideología dominante, repetida hasta el cansancio a través de todos sus mecanismos de aculturación: escuela, medios masivos de comunicación, iglesias, sentido común.

Esta idea, absolutamente cargada de una ideología antipopular, mezquina y entronizadora del individualismo, ve la historia como producto de “grandes hombres”. Vale la pena, al respecto, repasar esa maravillosa poesía del dramaturgo alemán Bertolt Brecht “Preguntas de un obrero que lee”. Allí, mofándose de esa creencia centrada en los “grandes” personajes, entre otras cosas se pregunta: “César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera cocinero?

La historia es una muy compleja concatenación de hechos, siempre en movimiento, donde el conflicto, el choque de elementos contrarios es lo que la dinamiza. De ahí que un pensador decimonónico, hoy tratado (infructuosamente) de “pasado de moda” -en realidad, más vivo que nunca: Carlos Marx- pudo decir que “la lucha de clases es el motor de la historia”. Aunque cierto pensamiento conservador, de derecha, pueda horrorizarse ante esa formulación y pretenda seguir viendo en esos “grandes hombres” (¿no hay grandes mujeres también?) los factores que mueven la humanidad -por lo que llama al “pacto social”, a la “negociación de las diferencias”-, con los pies más sobre la tierra uno de los actuales super archimillonarios del mundo: el financista estadounidense Warren Buffet (con alrededor de 90,000 millones de dólares de patrimonio), dijo sin tapujos: “Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando.” Y que no anide la más mínima duda: ¡Warren Buffet es de derecha, no es un marxista! Pregunta complementaria, que debe dirigir toda nuestra reflexión en el ámbito de lo sociopolítico: ¿son los millonarios quienes producen sus millones, o son las grandes masas trabajadoras quienes los hacen? ¿De dónde viene la riqueza? Lo dice Marx sin cortapisas en la Crítica del Programa de Gotha, de 1875: “Como el trabajo es la fuente de toda riqueza, nadie en la sociedad puede adquirir riqueza que no sea producto del trabajo. Si, por tanto, no trabajó él mismo, es que vive del trabajo ajeno y adquiere también su cultura a costa del trabajo de otros”.

Debe quedar claro de una buena vez por todas que la historia no la hacen los personajes, no depende de “una persona” en particular; la historia la hacen las grandes mayorías en su dinámica social. Los personajes, como diría Hegel, son parte de un infinito teatro de marionetas. Los personajes pueden contar: no es lo mismo un pusilánime pelele como George Bush hijo (marioneta de otros poderes, sujeto con severos problemas psicológicos personales) que un estadista como Vladimir Putin (con el que se podrá coincidir o no, no importa, pero que tiene un peso decisivo en la Rusia post soviética), o que Fidel Castro, por ejemplo, o que un líder carismático como Mahatma Ghandi. Pepe Mujica, el “presidente más pobre del mundo”, como se le ha dicho, es muy buena persona. Cuando fue mandatario de su Uruguay natal, no andaba pavoneándose en banquetes de gala con ropa costosa ni relojes de oro de afamadas marcas. ¿Cambió el país por eso? Sería ingenuo creer que sí.

Álvaro Arzú, hombre fuerte de la política guatemalteca por varias décadas y conspicuo exponente de la oligarquía nacional, acaudalado millonario que no necesitaba el sueldo de funcionario público para vivir, no es lo mismo que el presidente Jimmy Morales, comediante de segunda devenido gobernante por avatares del destino. Pero esos “hombres” no deciden todo, en absoluto. Los mandatarios, en las democracias capitalistas, son una expresión de los verdaderos factores de poder, quienes detentan la propiedad de los medios de producción: tierras, empresas, banca. ¿Quién da las órdenes a quién? Si nos quedamos con la idea -falsa y equivocada- de “grandes hombres”, o de que los presidentes son, efectivamente, quienes mandan, no entendemos lo que es la marcha de la historia.

Veamos algunos ejemplos para graficarlo: un país pobre como Guatemala, una potencia económico-político-militar como Estados Unidos, o un país socialista como Cuba.

En Guatemala regresó en el año 1986, luego de años de sangrientas dictaduras militares, esto que se llama “democracia”. Ya han pasado numerosos gobernantes desde entonces, “elegidos democráticamente”: Vinicio Cerezo, Jorge Serrano Elías, Álvaro Arzú, Alfonso Portillo, Oscar Berger, Álvaro Colom, Otto Pérez Molina, Jimmy Morales, más dos que llegaron por mecanismos administrativos: Ramiro de León Carpio y Alejandro Maldonado. ¿Algún cambio para las grandes mayorías populares? ¡Ninguno!: continúa el 60% de población en condiciones terribles de abandono, sigue el analfabetismo, el país sigue siendo un exportador neto de materias primas, la clase dominante se mantiene como la oligarquía más rica de la región, la más anticomunista y la menos modernizante. A inicios del 2020, antes que comenzara la pandemia de coronavirus, llegó uno nuevo: Alejandro Giammattei; ¿podía esperarse algo nuevo con él? Más allá de la esperanza, sana y razonable, que se puede tener ante cualquier cambio de cara, la realidad lo indica: sigue la pobreza, la exclusión de los pueblos originarios, el patriarcado, la corrupción y la impunidad. La crisis sanitaria, manejada muy incompetentemente (más de 2,000 muertos con 17 millones de habitantes contra 88 en Cuba socialista, con 12 millones) potenció el calamitoso estado socioeconómico, que siguió siempre sin mejoras, inalterable. El 60% de población en situación de pobreza, el 50% de niñez desnutrida o el 15% de analfabetismo no lo corrige “una” persona, más allá de la buena voluntad que pueda tener (y parece que ningún presidente la tiene). Son los detentadores de otros poderes, que no necesitan sentarse en la silla presidencial, los que deciden las cosas: la rancia oligarquía “de linaje”, heredera de los privilegios coloniales, más un empresariado moderno surgido en el siglo XX, al que habría que agregar una pléyade de “nuevos ricos” hechos a la sombra del Estado contrainsurgente de las últimas décadas, y sobre ellos, el representante del gobierno imperial de Estados Unidos, que hace del subcontinente latinoamericano su zona de influencia “natural”.

Veamos otro ejemplo: Estados Unidos. Tomemos los últimos presidentes de estas décadas: John Kennedy, Lindon Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, James Carter, Ronald Reagan, George Bush padre, Bill Clinton, George Bush hijo, Barack Obama, Donald Trump. ¿Qué cambió en lo sustancial para el ciudadano estadounidense medio (Homero Simpson), o para nosotros en Latinoamérica, su virtual patio trasero? Nada. Estados Unidos, no importa con qué gerente, siguió siendo una potencia rapaz, belicista, imperialista. Desde la Casa Blanca nadie jamás pidió perdón por el lanzamiento de dos bombas nucleares contra población civil en Japón ni por el destrozo inmisericorde de Vietnam. La actitud imperial se mantiene incólume con cualquiera de ellos.

Quien toma las decisiones finales -en general, en las sombras, sin que el gran público lo sepa, y mucho menos pudiendo incidir en ello- son las grandes corporaciones ligadas a los principales rubros económicos: el complejo militar-industrial (que inventa guerras a su conveniencia, lo cual le genera muchísimos dólares por minuto de ganancia), las compañías petroleras, los megabancos, la industria química, la narcoactividad (que no es cierto que sea un negocio solo de narcotraficantes latinoamericanos: ¿quién la distribuye y lava los activos en el Norte?), y últimamente, los negocios ligados a las nuevas tecnologías digitales.

Veamos el ejemplo de Cuba socialista: murió el dirigente histórico de la revolución, el Comandante Fidel Castro, y ya consolidado el proceso socialista, no hubo cambios como lo esperaba ansiosa la derecha internacional y los furiosos “gusanos” anticomunistas de Miami. El pueblo cubano, defensor de su revolución, es quien mantiene altivo el proceso.

Conclusión: pese a lo que la ideología individualista presenta, debe quedar claro que la historia la hacen las masas, las grandes mayorías, los pueblos en su movimiento. Los conductores son una expresión de ese movimiento. Pepe Mujica era un “buen tipo”, bienintencionado sin dudas; pero eso solo no alcanza para lograr cambios reales. En el capitalismo, el presidente de turno (¿gerente?, ¿administrador?, ¿capataz?) no es sino un mandatario de los grandes poderes económicos. Si lo olvidamos, olvidamos que la historia es la dinámica de luchas de clases sociales enfrentadas y chocando continuamente.

Fuente: https://rebelion.org/pepe-mujica-era-un-buen-presidente

 

Estamos, como humanidad, en una inflexión histórica que desafía a romper con la normalidad de las emergencias social y ecológica-climática, también de agravamiento de la pobreza estructural y el hambre. Nuestra disyuntiva puede ser hiperpresidencialismo o poder constituyente del pueblo empoderado por realizar el cambio de los regímenes político y de propiedad. Por supuesto, lo último será posible siempre y cuando haya unión de las diversas autoorganizaciones en lucha contra los varios avasallamientos de derechos humanos.

 

 

“Hiperpresidencialismo” y

Poder Constituyente del pueblo

9 de agosto de 2020

Por Leopoldo Lavín Mujica (Rebelión)

Cuando un gobierno de derecha neoliberal utiliza el vocablo “populista” para atacar a sus opositores sabemos perfectamente de qué está hablando y de qué se trata. En un contexto histórico dónde el riesgo de polarización social se ha transformado en amenaza política real para los intereses estratégicos de la oligarquía dominante, y cuando los diversos análisis señalan que el responsable actual y directo de la situación de ingobernabilidad que está a la vuelta de la esquina es el Gobierno de Sebastián Piñera, el conflicto verbal entre las partes es la manera de ocultar el conflicto real.

No olvidemos que en Chile gobierna la extrema derecha del consenso neoliberal, pero que éste va desde la derecha ultra hasta sectores de la reciente alianza “progresista” que gobernó Chile, es decir la Nueva Mayoría. Y que el Chile que hay que cambiar para vivir en un país bueno y adaptado a los desafíos de los tiempos presentes es el de las viejas instituciones que fueron modeladas por ese acuerdo histórico espurio llamado “la transición”. Pacto que fue fraguado entre las fuerzas concertacionistas de la época y las herederas del pinochetismo en sus diversas variantes, y con el único fin de preservar los “pilares del modelo”. En este diseño político, es imposible obviar esta realidad, las direcciones sindicales han mantenido una suerte de “paz social” congruente con los intereses de los grandes poderes económicos. 

Bien sabemos que el esquema de “pacificación” social a sangre y fuego fue coronado por una Constitución del 80 neoliberal e impuesta de manera anti democrática para proteger el orden económico injusto fraguado por los Chicago boys. La tarea sucia la hizo Pinochet. De allí, de esas antiguas correlaciones de fuerzas entre “interlocutores legítimos”, en la que el pueblo estuvo ausente y pasmado, vienen ese vestigio de la dictadura que es el régimen político de “hiperpresidencialismo”, las leyes laborales antisindicales y patronales, las AFP (*), la desigualdad social, económica y también política. Pero los tiempos cambian. Desde el 18/O las correlaciones entre las fuerzas políticas tienden a redefinirse. El actor popular pesa en ellas pues se rebeló y clamó dignidad en la práctica ante tanta mentira organizada.

Ese es el Nudo Gordiano que hay que cortar. Porque quienes gozan del poder de tratarse bien entre ellos e imponer leyes consensuadas son esas castas privilegiadas de un pasado que pesa. En definitiva, son éstas las responsables del descalabro sanitario y de penuria general. Y desde una mirada histórica retrospectiva global, también de la represión brutal del pueblo ciudadano cuando éste entró en estado de rebelión el 18/O.

¿Cómo olvidar que desde mediados de los 90 fueron los sectores populares con sus luchas y movilizaciones por fuera del sistema los que impusieron en la escena política la prioridad de lo público y social, por sobre lo privado y el Capital?

Y como ya es la norma, ahora, la crema y nata del núcleo de la vieja elite concertacionista ampliada intentará acarrear agua para su molino ante la crisis que anida el régimen político. Es muy posible que cuenten con esas fuerzas que han revelado su ser profundo: ser prótesis ortopédicas para el sistema al momento de lograr acuerdos anti democráticos y votar leyes criminalizadoras contra el movimiento social. La táctica que bosquejan es proponer la solución del “régimen parlamentario” para copar con discursos el escenario futuro. De manera de canalizar el descontento y la energía popular hacia una solución cocinada en la casta política y ofrecida como panacea al pueblo.

Así quieren escamotear las verdaderas tareas prioritarias en tiempos de pandemia y crisis económica global y nacional. Pues hoy se trata de resolver las reivindicaciones populares urgentes y al mismo tiempo darle a Chile verdaderas instituciones políticas adaptadas a los desafíos de los tiempos presentes y futuros salidas de la voluntad popular, pero ejercida como Poder Constituyente democrático y abierto a los posibles.

La historicidad de Chile está a flor de piel y fluye

Las fuerzas opositoras parlamentarias, cuando eran poder ejecutivo, fueron tan presidencialistas o más que la derecha; también utilizaron negativamente ese poder para impedir los cambios constitucionales necesarios y para reforzar a su pinta el consenso neoliberal. Hoy, los políticos de la casta quieren limitar el debate al “presidencialismo” (sería la fuente de todos los males) versus el “parlamentarismo” (modelo imitativo de otras democracias también en crisis de representación que sería depositario de todas las virtudes). Sería la solución para ellos. 

Para que estas movidas de entretención sean posibles, los oposicionistas (ex Concertas, NM y Frente Amplio) quieren pasar por alto un hecho notable en la política del enfrentamiento entre las clases sociales. No quieren sacar las conclusiones de un dato de relevancia histórica: fue toda la oligarquía empresarial la que se cuadró con Piñera para defender a las AFP, y contra el retiro del 10% en momentos en que medios electrónicos declaraban al Presidente inapto por razones de “dolencia mental” para gobernar. (Lea aquí el editorial de elmostrador.cl).

Lo mismo hizo el gran poder económico oligárquico al blindar antes a Piñera. Fue cuando el primus inter pares decidió declararle la guerra a su propio pueblo. Justo antes de que se lo entregara en bandeja al virus…

Fue esta poderosa oligarquía empresarial la que movió los hilos para el cambio de gabinete y llamó a Desbordes a que se pusiera definitivamente del lado de la demanda de Orden y dejara de bailar en la cuerda floja. El que fuera el comodín de las oposiciones para justificar alianzas con las fuerzas de derecha “humanistas” se les fue, y los dejó colgados. Al mismo tiempo que Evópoli quedó al desnudo y sin el ropaje liberal y valórico, casi “progre”. Blumel se puso sin problemas el de bruto represor. Y Briones el de neoliberal conservador de la vieille école.  

El “hiperpresidencialismo” como maniobra ideológica

El documento publicitado en El Mercurio el 13 de julio pasado, cuyo objetivo no declarado era blindar a Piñera y a su Gobierno, atestigua del hecho: fue firmado por la flor y nata de la gran burguesía oligárquica para defender el pilar AFP del modelo, pero de alcance mayor. Fueron el presidente de la CPC, Juan Sutil, junto con Ricardo Ariztía (SNA), Manuel Melero (CNC), Diego Hernández (Sonami), Bernardo Larraín (Sofofa), Patricio Donoso (CChC), José Manuel Mena (ABIF), Peter Hill (CCS), Joaquín Villarino (Consejo Minero), Rafael Cumsille (Confederación de Nacional del Comercio Detallista) y Juan Pablo Swett (MNE), y otros más.

De ahí que Nicolás Eyzaguirre, el ex de Hacienda de Bachelet y ex funcionario del FMI, junto a otros apunten al “hiperpresidencialismo” como factor de crisis, y no al orden económico neoliberal y a los dueños del poder y la riqueza como responsables de la situación social de precariedad y carencias del pueblo de Chile. Así evitan enfrentarse con la clase social propietaria de las riquezas a la que sirven.

Si en la Constitución existiera el mecanismo de plebiscito revocatorio del presidente (de iniciativa ciudadana), y también del personal parlamentario, ya se habría resuelto el problema. Pero nunca lo han querido plantear. Porque a la casta política en su conjunto no le conviene. Y si hubiera mecanismos plebiscitarios ciudadanos y democráticos para nacionalizar empresas y bienes comunes privatizados (como el agua) en situaciones catastróficas, lo mismo.

Si el proceso constituyente es una oportunidad para avanzar en el cambio del régimen político y del sistema de propiedad es a condición que sectores organizados del pueblo: los trabajadores, los movimientos sociales de mujeres; ecologistas, estudiantiles, pobladores, pueblo mapuche, deudores del CAE y de otros servicios públicos asuman ser poder constituyente e impongan una Asamblea Constituyente Soberana (y no el remedo cocinado el 15 de noviembre pasado con “convención constitucional” ¡donde la derecha neoliberal obstaculizará la redacción de una constitución democrática y popular con el poder de veto de 1/3 de los votos que les hicieron los oposicionistas del congreso!). (Lea aquí entrevista al historiador Felipe Portales).

Un proceso constituyente liderado por un verdadero poder constituyente popular y movilizador del pueblo opositor, sin sectarismos, puede ser portador de las demandas de estos años — ya expuestas claramente durante la Rebelión Social del 18/O — es la condición sine qua non que podría abrir paso a un proceso de ruptura con la actual institucionalidad y el orden económico del capital explotador y depredador. Para construir una nueva institucionalidad democrática con bienes comunes y públicos universales, sin AFP, de acceso igualitario, ecológica y sin poderes supra políticos de facto, como el de la Oligarquía que truena y reina porque tiene a quien gobierna.

(*) Lea aquí los nombres de concertacionistas y de las derechas al servicio de las AFP.  

Fuente: https://rebelion.org/hiperpresidencialismo-y-poder-constituyente-del-pueblo

En consecuencia, nosotres, la izquierda coherente con su comunismo (por mirar a poderes comunales-plurinacionales e internacionales y a los bienes comunes) debemos esforzarnos en elaboraciones conjuntas de las diversidades de abajo sobre cuestionamientos a la realidad del país-continente y a sus interpretaciones del progresismo e izquierdas afines. Implica que tratemos de superar los monólogos sobre todo para propiciar la reflexión crítica y la deliberación de toma de decisiones sobre lo común por parte de una creciente mayoría.

 

La inflexión histórica en que estamos como humanidad entera reclama desprenderse de análisis como el siguiente en que se descontextualiza el Estado de modo temporal y espacialo sea se lo abstrae del sistema mundo capitalista y del capitalismo local. También se psicologiza tanto las relaciones del último con las diversidades de abajo como los comportamientos de eses subalternes. Lo principal es que se ignora cómo la pandemia es usada por el sistema para aumentar opresión-represión de los trabajadores y pueblos con la participación activa de gobiernos-estados. En el Abya Yala, los poderes dominantes la usan para expandir los extractivismos.

 

La pandemia y el colapso en

la legitimidad de los Estados

15 de agosto de 2020

Por Isaac Enríquez Pérez (Rebelión)

Cuando menos desde 1968, con el inicio de la crisis ideológica del liberalismo, el Estado contemporáneo experimenta –con distintas intensidades, según la latitud del mundo y su grado de desarrollo y de densidad institucional– un desencanto entre los ciudadanos respecto al Estado y una pérdida de fe respecto a sus capacidades institucionales y operativas para resolver los problemas públicos más acuciantes que laceran la vida cotidiana de sus poblaciones. Hacia la década de los ochenta –en el contexto de la crisis estructural del capitalismo–, en naciones como las europeas y los Estados Unidos se desvaneció el Estado de bienestar –que entre otras cosas facilitaba el acceso universal a la sanidad pública– derivado del pacto social de la segunda posguerra entre el sector público, el capital y la fuerza de trabajo. En tanto que en el Sur del mundo, el ideal del desarrollo nacional se extravió en el largo y oscuro túnel del fundamentalismo de mercado y de la austeridad fiscal; de tal forma que el Estado desarrollista fue diezmado del horizonte de las decisiones públicas y del imaginario social de las élites político/tecnocráticas. El fin de la sociedad salarial (noción introducida por el economista francés Michel Aglietta) y el ascenso de las incertidumbres ante la metamorfosis del salariado (teorizado ello por Robert Castel), aceleraron en las últimas décadas estos procesos de reestructuración y transformación de los Estados.  

Todo ello socavó los mecanismos de legitimidad y consentimiento en torno a la idea de Estado como forma de organización social y como macroestructura institucional capaz de atender las necesidades y urgencias de las sociedades. La pandemia del Covid-19 no solo torna inoperantes y postrados a los Estados (https://bit.ly/2BZBegv), sino que disuelve sus funciones tradicionales en el mar de la confusión, el desconcierto, la imprevisibilidad y la improvisación ante la avanzada de una crisis epidemiológica global que no solo tiene implicaciones sanitarias, sino alcances civilizatorios que –a partir de las decisiones públicas y corporativas– precipita ya un cambio de ciclo histórico (https://bit.ly/2Nqyc6X) y que es parte de una larga crisis sistémica y ecosocietal desdoblada en múltiples manifestaciones. Esto es, la pandemia tornó disfuncionales a las decisiones públicas y las condujo por la sinuosidad de lo reactivo, más que por el recto sendero de lo proactivo. 

Desde España, Gran Bretaña e Italia, hasta Estados Unidos, pasando por Brasil, Ecuador y México, los Estados fueron rebasados por la avanzada del coronavirus SARS-CoV-2. Y ello tiene su génesis en la retracción del sector público en amplios campos de la vida social y, en especial, en la provisión de los servicios de salud y de los cuidados. El signo de ello es el sistemático desmantelamiento de los sistemas sanitarios y la privatización de facto de la atención médica ante la insuficiencia, ineficiencias, corruptelas y restricciones presupuestales en la provisión de los servicios públicos. 

Los mismos Estados no escapan al vértigo de la incertidumbre y a sus múltiples manifestaciones en las sociedades contemporáneas. Si bien se instaló un patógeno invisible, expansivo, ubicuo y letal, que –según se arguye– tomó por asalto a la humanidad, la realidad es que su génesis e irradiación no se comprenden sin las decisiones (u omisiones) específicas tomadas desde los Estados durante las últimas décadas.  

Las enfermedades no son fortuitas, sino fruto de patrones de consumo, estilos de vida, negligencias, hábitos y excesos que le endilgamos al organismo humano. Ello marcha a la par de la normalización, el encubrimiento y el negacionismo. Entonces se instaura un sistema de gestión de la enfermedad, de cuidados paliativos y de postergación de la muerte, que se traduce en grandes negocios hospitalarios y farmacéuticos, pero que también se configura como dispositivo de control de la mente, el cuerpo y la intimidad. Y aquí entra la negligencia histórica del Estado al privilegiar una medicina curativa y paliativa por encima de la medicina preventiva. Durante décadas, fue desdeñada, castigada presupuestamente la atención primaria a través de la especialidad de la medicina familiar y comunitaria. De tal modo que se privilegia la atención a los síntomas y efectos de la enfermedad y no las causas últimas, pese a que existen altas dosis de conocimiento y estudios sistemáticos en torno a las causas y manifestaciones de padecimientos crónico/degenerativos y otros como la depresión y los trastornos mentales.  

En el manejo de la actual crisis sanitaria, los sistemas de salud pierden de vista que estas afecciones respiratorias –según la mirada de la naturopatia y de especialistas con los cuales conversamos–  responden a amplios procesos de adaptación y de reconfiguración del sistema inmunitario que crea nuevas defensas para el organismo. Y que dichos procesos naturales llegan a ser letales para aquellos organismos debilitados e invadidos por co-morbilidades. Estas afecciones respiratorias agudas tienen relación con estados emocionales de miedo, ansiedad, angustia y tristeza, que tienden a debilitar el sistema inmunitario y a exacerbar la exposición de los organismos debilitados a un sinfín de padecimientos. No menos importante en el curso de estas enfermedades es la exposición del organismo humano a contaminantes atmosféricos; a productos agropecuarios provenientes de procesos de producción intensivos; a la práctica cotidiana de hábitos alimenticios precarios que mal nutren y generan desnutrición; así como a la masificación del uso de tecnologías que emiten potentes radiofrecuencias que modifican las funciones de las células, tejidos y órganos. De ahí la estrecha relación causal de la actual pandemia con los patrones de producción y consumo, la degradación de la atmósfera y la contaminación de los suelos y el agua (https://bit.ly/3fCNJfz).  

La pandemia del Covid-19 evidencia que los Estados sucumbieron ante la industria mediática de la mentira, para que ésta manejase la crisis epidemiológica global desde una óptica descontextualizada, fragmentaria y circular, privilegiando la obsesión por el dato y la trivialización de la muerte.  

Tanto los Estados como los mass media gestionan la pandemia como si fuese un “estado de guerra permanente” tras el asedio de un «enemigo invisible» cargado de una letalidad sobredimensionada. Y es allí donde las concepciones y las significaciones en torno a la crisis sanitaria hacen del Estado más un gestor reactivo que una entidad capaz de resolver los problemas públicos y sus causas últimas.  

En su manejo desde el Estado y los mass media, el coronavirus SARS-CoV-2 fue sobrecargado de significaciones excesivas y llevado al banquillo de los acusados como el causante principal de todo flagelo social, incluido el maremágnum de la inducida crisis económico/financiera y de desempleo –crisis que evidencian también las ausencias estatales y la incapacidad premeditada para regular los mercados. El virus es visto como una entidad ajena o exógena a la humanidad –como un extraterrestre o alienígena invasor que nos alcanzó por sorpresa–, y con ello los tomadores de decisiones se descargan de responsabilidades. Entonces, se pierde de vista la totalidad y se descontextualiza la lógica de sistema complejo que adopta la pandemia. En ello, los Estados son, en buena medida, responsables ante la irradiación masiva de noticias falsas (fake news) desde sus tribunas y ante las decisiones erráticas –intencionales o no– tomadas por sus policy makers.  

El virus es sólo una parte del todo, y aunque tiene relaciones sistémicas con la totalidad, se pierde de vista que es solo una de las dimensiones de este hecho social total materializado, simbolizado y sintetizado en la pandemia. Las fuerzas, factores y circunstancias que le dan forma a la crisis epidemiológica global, tienen un mayor alcance y profundidad que la estricta manifestación biológico/sanitaria del coronavirus SARS-CoV-2. Sin embargo, la misma confusión epocal torna a los Estados y a sus gobernantes y policy makers en entes estupefactos y petrificados en sus concepciones sobre la realidad social.  

El colapso en la legitimidad de los Estados también hunde sus raíces en la pérdida de soberanización en torno a la producción de insumos y productos sanitarios. El complejo del llamado big pharma es tan poderoso como el complejo militar/industrial al manejar –hacia el año 2018– ingresos por 1,2 billones de dólares (https://bit.ly/2PmDK3j). Así, la industria farmacéutica no solo se desinteresa de la investigación básica para desarrollar nuevos antibióticos y antivirales que no sean rentables, sino que coloca a los Estados en una situación de dependencia respecto a sus designios y de desnacionalización en materia de decisiones estratégicas. En nombre de la búsqueda del antídoto y de la erradicación de la nueva peste, el big pharma se apresta –en connivencia con los gobiernos y los organismos internacionales– a desplegar un sofisticado dispositivo de control del cuerpo y de mesianismo aséptico que engarza con el higinismo como nueva ideología y con la emergencia de un Estado sanitizante.  

El mantra de la vacuna como elixir salvador ante el asedio y amenazas del “enemigo” imaginario, abrirá cauces que no serán controlados por los Estados en cuanto a su investigación, experimentación, producción, comercialización, distribución y provisión. Muy probablemente, el uso masivo de la vacuna contra el Covid-19 estará acompañado de amplias dosis de conflictividad internacional, y ello pondrá en predicamento los alcances de los Estados e, incluso, su misma legitimidad.  

Omisos los Estados en la regulación de la industria farmacéutica y de la industria mediática de la mentira, no solo se instaura el miedo, sino también la obscenidad por el dato; el cerco de la muerte convertida en ficción; así como la vulnerabilidad que coloca a la humanidad en la indefensión y en la urgencia de protección, aún a costa de sacrificar las libertades fundamentales.    

Y es aquí donde hace acto de presencia el confinamiento global ordenado por los Estados, aún sin valorar del todo su viabilidad y sus efectos negativos directos e indirectos en otras esferas de la vida social –principalmente en la monumental crisis de desempleo que ya ronda los 400 millones de parados en el mundo. El distanciamiento físico se tornó distanciamiento social y atomización de la sociedad. Si bien el coronavirus SARS-CoV-2 se transmite por vía mucoso/respiratoria, más no cutánea, sanguínea, sexual o genital, el asalto a la intimidad y a la libertad alcanzó altas dosis de control y dominación. No sólo se limita la movilidad, sino que se impone la censura al contacto, a la cercanía, a la convivencia, y al ejercicio de la intimidad a seres gregarios que, de antemano y como juicio sumario, son asumidos como foco de infección y como fuentes potenciales de riesgo y atentado contra los demás. Si bien, históricamente, las cuarentenas y confinamientos son efectivos para frenar la irradiación de agentes patógenos, la realidad es que estas decisiones públicas son simples paliativos temporales que no resuelven las causas de los problemas sanitarios, sino que solo postergan o dosifican el cauce propio y natural de la enfermedad y de la convivencia de los organismos humanos con los virus y bacterias. A su vez, estas decisiones públicas gestan otros problemas relacionados con el aislamiento: pensemos en la emergencia de padecimientos emocionales que atacan y debilitan el sistema inmunitario de los individuos al ser presas del miedo y la angustia, y la masificación de otras enfermedades que no son atendidas por los sistemas sanitarios al privilegiar la atención al Covid-19.  

De ahí el talante biopolítico de la gran reclusión y su uso como dispositivo de control en aras de sembrar pánico y urgencia de protección estatal. La apuesta con estas decisiones públicas, entonces, es por restablecer la legitimidad perdida por los Estados en las décadas previas.  

Sin embargo, el tema de la legitimidad carente no se detiene aquí. En plena pandemia, el manejo realizado por los Estados y la acción colectiva global muestra fisuras monumentales difíciles de encubrir o silenciar. Por ejemplo, con el ascenso del llamado filantrocapitalismo, figuras corporativas como Bill Gates –quien, por cierto, no fue elegido como líder a través del voto por los ciudadanos– se erigen como supuestas autoridades en materia de epidemias y vacunas, asumiendo que su voz revela la verdad última en el contexto de la crisis epidemiológica global. Aficionado a las ideologías conservadoras neo-malthusianas que apuestan a la reducción de la población mundial, Gates defiende las bondades de las campañas de vacunación y, con ello, los intereses empresariales del big pharma. Evidenciando todo ello la ausencia de estadistas con presencia y peso mundial, así como el extravío de las élites político/tecnocráticas para encauzar la pandemia en el marco de una acción colectiva global y multilateral. No menos importante es la crisis de bienes públicos globales tras no asumir los Estados la investigación, producción y distribución en torno a las vacunas.  

No menos importante es el ocultamiento de información por parte de entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS) respecto a expertos que intervinieron en la gestión de la crisis de la influenza A/H1N1 durante el 2009/2010 y que, a su vez, sostuvieron vínculos financieros con laboratorios farmacéuticos como Roche y Glaxo, suscitándose un conflicto de intereses de considerables magnitudes (https://bit.ly/3fjZ7NA) en torno a esta gripe porcina.   

Durante los últimos meses, varios ministros, jefes de gobierno y epidemiólogos oficiales, a nivel mundial, reconocen –uno tras otro– la sucesión de fallos y errores en la gestión de la pandemia del Covid-19 por parte de los Estados. Desde el socialdemócrata gobierno sueco, que se limitó a la laxitud en sus recomendaciones sanitarias para no parar las actividades económicas y de esparcimiento en los meses previos, apelando con ello a la responsabilidad cívica de los ciudadanos, pero que devinieron dichas medidas en una alta tasa de mortalidad per cápita, reconoció en voz de su epidemiólogo principal Anders Tegnell los fallos en su estrategia sanitaria (https://bit.ly/2DdEqpg); inaugurándose con ello una comisión de investigación respecto a este tratamiento de la crisis pandémica (https://bit.ly/3go6c0L). Hasta gobiernos conversadores como el de Chile, que reconoció errores en las proyecciones relativas a contagios y muertes (https://bit.ly/2Dabu1A). Por no mencionar, pese a los confinamientos estrictos, las negligencias médicas presentadas en asilos o residencias de ancianos en países como Italia, Francia y España; así como la saturación de los hospitales, la carencia de material sanitario y la baja calidad en la atención brindada a las personas mayores en este último país (https://bit.ly/2BTf7IE), en el marco de lo que se definió como una escalada de errores estratégicos, tácticos y operativos (https://bit.ly/3gkKxqr). 

La confusión abierta entre los líderes políticos, los especialistas sanitarios y los mass media –que, por cierto, se asumen expertos en epidemias–, también contribuye a ahondar esta crisis de legitimidad de los Estados. Es el caso de los Estados Unidos y de Brasil, que hacia el 31 de julio concentraron, respectivamente, 4 696 297 y 2 708 876 de infectados, y 156 621 y 93 616 muertos por Covid-19 (primero y segundo lugares a nivel mundial en ambos rubros), son evidencia del manejo pernicioso de la pandemia por parte de los múltiples intereses creados. Desde el cumplimiento irregular de los confinamientos, y la proclamación, por parte de Donald J. Trump y de Jair Bolsonaro, de la relajación de la cuarentena. Hasta las actitudes y comentarios confusos de ambos mandatarios y la consecuente distorsión y magnificación mediática de sus dichos; los desacuerdos y confrontaciones de ambos presidentes con gobernadores y alcaldes; el anuncio de antídotos contra el Covid-19 como la hidroxicloroquina, que es objeto de cruentas disputas entre la administración Trump y el complejo del big pharma y la industria de la vacunación –y cuya cara visible es representada por Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID, por sus en inglés)– que corrompieron un estudio científico para sabotear el uso de esta sustancia activa y para entronizar a la vacuna como la única alternativa (https://bit.ly/30loeuQ); así como la constante remoción de ministros de salud en el caso del país sudamericano. Son todos ellos factores que agravan la crisis sanitaria en estas latitudes y socavan toda posibilidad del Estado para contener el padecimiento y evitar el colapso de su legitimidad. 

La debilidad y fragilidad institucional en naciones como México, evidencia que la pandemia no solo exacerba la crisis de Estado en una sociedad subdesarrollada como ésta, sino que –pese a la eficaz campaña de comunicación social que acompaña la atención pública al Covid-19– marca la pauta para que afloren intereses creados y facciosos que no consideran las necesidades y urgencias de la población. Hechos como la alteración en los certificados de defunción –robados, por cierto– de las causas de muerte para consignarlas como no provocadas por el Covid-19 (https://bit.ly/316PNaM); el retraso en las campañas de vacunación que –tras imponerse los designios del nuevo coronavirus– dejó a 700 mil niños de entre cero y nueve años sin sus dosis correspondientes y expuestos a padecimientos que se creían erradicados (sarampión, neumococo, etc.) (https://bit.ly/39Qja4O); así como los riesgos a que se expone la población con el uso determinados tipos de gel desinfectante que contienen metanol (https://bbc.in/2Drfw5z), son evidencia de la impunidad, de esa ausencia del Estado y de su incapacidad en la preservación de la integridad física de los ciudadanos.      

A grandes rasgos, este colapso en la legitimidad de los Estados no solo tiene que ver con sus funciones estrictamente operativas en la provisión de servicios básicos y en la reivindicación de los derechos sociales, sino que se relaciona también con el destierro del pensamiento utópico (https://bit.ly/30kbnsV) y con la incapacidad de las élites políticas e intelectuales para imaginar, pensar y (re)pensar el futuro y la construcción de escenarios alternativos que ventilen las decisiones públicas. Los procesos decisionales están expuestos y se encuentran preñados de variados intereses creados que se distancian de las necesidades y urgencias de los ciudadanos, y que se empalman con la indiferencia y desinformación de amplios contingentes de la población. La construcción y (re)invención de una cultura política ciudadana que sea un contrapeso real ante las élites políticas y empresariales es un imperativo impostergable de cara  a la crisis civilizatoria que se agrava con la pandemia. Y ello atraviesa por el acceso, de parte de los ciudadanos, a información verídica que aliente amplios procesos formativos y de deliberación, que les oriente y conduzca en la demanda de la satisfacción de sus derechos fundamentales.     

Isaac Enríquez Pérez, Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Fuente: https://rebelion.org/la-pandemia-y-el-colapso-en-la-legitimidad-de-los-estados/

 

 

Generalicemos la decisión de confrontar con los poderes establecidos a partir de su militarizada dictadura genocida y precedida por el gobierno constitucional Perón-Perón que llevó a cabo terrorismo paraestatal y estatal como lo fue el Operativo Independencia. Es llevar a cabo ese enfrentamiento por construcción de democracia real y efectiva. Es situarlo en el campo de acción donde nuestra victoria será posible y fructífera para las transformaciones imprescindibles hacia los «buenos vivires».

"Ya lo dijeron en su momento Fidel y Chávez en los escenarios mundiales, no se trata de simples reformas, cambios de gobiernos, o un capitalismo más humano, tampoco de una evolución de la modernidad hacia la posmodernidad, de cambiar aparentemente para que nada cambie, se trata de cambiar el sistema mundo, se trata de aprovechar este momento de inflexión histórica para impulsar una revolución mundial que transforme la sociedad y la humanidad toda porque en ello nos estamos jugando la vida como especie".

 

El problema es el sistema mundo moderno-colonial

La pandemia no es más

que una consecuencia

3 de agosto de 2020

Por Oswaldo Espinoza

La pandemia de la Covid-19 representa sin lugar a dudas el acontecimiento histórico más importante de los tiempos contemporáneos, su alcance e impacto en la sociedad y la ilusión compartida de una realidad inmutable e infinita que llamamos normalidad, convierten este hecho en un momento de inflexión para el destino de la especie humana; sin embargo, la pandemia no es la causa de las calamidades presentes del mundo; de hecho no es más que un producto del sistema mundo moderno-colonial sustentado en el modelo de producción capitalista, en la racionalidad positivista, en la cosmovisión antropocéntrica de la teología de la dominación y en la reproducción constante de los patrones hegemónicos y coloniales.

Ignacio Ramonet, desde su cuarentena en Cuba, reflexiona sobre la pandemia y el sistema mundo, derrumbando algunos de los mitos que rodean al fenómeno de la pandemia al tiempo que expone el potencial de la misma para un iniciar un proceso de cambio societal, sin dejar de alertar sobre los riesgos inherentes a este momento de incertidumbre histórica.

Para entender la relación entre la pandemia y el sistema mundo del que se desprende, es necesario conocer que el sistema mundo moderno colonial ha establecido e impuesto su cosmovisión como la única lógica para la existencia humana, negando y produciendo como inexistentes todas las otras formas históricas y alternativas que existieron y existen en la inmensa diversidad y riqueza de la humanidad; sobre todo hay que leer ese sistema desde dos dimensiones trascendentales para comprender como es que la lógica moderna del sistema mundo produjo la pandemia.

Por una parte encontramos la forma de relación entre la especie humana y la naturaleza, y por otra parte los patrones de relación entre los seres humanos; en el primero de los casos la cosmovisión judeo-cristiana establece a través del mito creacional del génesis, una lógica del hombre como la cima de la creación divina y a la naturaleza la coloca bajo su señorío y dominio, es decir que la lógica relacional humano-naturaleza se establece bajo la premisa de la propiedad, con la tierra y todas sus creaturas al servicio del hombre que puede disponer a voluntad de la misma; esta lógica se traduce en un modelo de explotación de los recursos naturales hasta el agotamiento y su destrucción final que invariablemente obligaba a la expansión y búsqueda de nuevas tierras y recursos derivando en el colonialismo

El modelo de producción capitalista no hace más que llevar esta lógica de relación al extremo, expandiéndola y multiplicando sus efectos; así encontramos que, como expone Ramonet, la expansión del modelo de producción capitalista invade y destruye sistemáticamente ecosistemas naturales, rompiendo los equilibrios biológicos establecidos y aumentando el contacto y la exposición entre los seres humanos y organismos vivos tradicionalmente aislados de la actividad humana, incrementando el potencial de contagio de virus zoonóticos, que se transmiten de animales a humanos como en el caso de los SARS, familia a la cual pertenece el SARS COV-2 causante de la Covid-19; súmese a ello la superpoblación, la interdependencia, la extinción de especies de control biológico, la domesticación masiva y consumo indiscriminado de otras especies de origen silvestre, y el resultado será el coctel perfecto para el surgimiento de nuevas pandemias tan o más letales que la Covid-19.

La otra lógica relacional del sistema mundo moderno-colonial es la que establece las relaciones entre los seres humanos a partir de patrones de dominación y explotación fundamentadas y racionalizadas a través de la naturalización de las diferencias como jerarquías que establecería a una minoría de la especie como superior y por lo tanto como la más preparada para gobernar y dirigir los destinos del resto de la especie; básicamente, esta población “naturalmente superior” viene a estar representada por los hombres blancos, europeos y sus descendientes directos, positivistas, cristianos y capitalistas, de ahí que los patrones de dominación sobre los que sustenta la modernidad sean sus propios mitos racionalizados: El patriarcado, racismo, colonialismo, y capitalismo.

La otra cara de esta lógica consiste, en consecuencia en la producción sistemática de las grandes mayorías de la especie humana como naturalmente inferiores, barbaros, atrasados; cuando no declarados como primitivos o simplemente inexistentes; de esta forma las grandes mayorías de la humanidad se ven privadas de su propia historia, se les prohíbe su identidad, no se les reconocen sus conocimientos, ven estigmatizadas sus creencias y cosmovisiones y finalmente se les niega la posibilidad de soberanía y autodeterminación, junto con su derecho a determinar y construir su propio destino.

Esta lógica relacional profundamente injusta y desigual produce una enorme brecha abismal entre una minoría privilegiada que gobierna el sistema mundo y las grandes mayorías, ignoradas, explotadas, victimizadas, excluidas y producidas como inexistentes. La pandemia no produjo la brecha abismal pero, como bien apunta Boaventura de Souza Santos, sí la desnuda y la revela en toda su magnitud, no por nada, si bien el virus no distingue raza ni clase social, las condiciones de vida de los sectores desfavorecidos terminan potenciando el riesgo de contagio y limitan enormemente el tratamiento y lucha contra la enfermedad; la contundencia de tales afirmaciones se evidencian en las cifras de contagio y letalidad entre la población latina, emigrante y afrodescendiente en EEUU, hoy por hoy centro de la pandemia mundial.

Sin lugar a dudas que las condiciones en las que viven las grandes mayorías de excluidos de la sociedad, de los olvidados de la tierra, contribuyeron innegablemente a la rápida expansión de la enfermedad por el mundo y sobre todo en el sur global; vivir hacinados, con bajas condiciones de salubridad, escasos ingresos, trabajos de alto riesgo, bajos niveles de nutrición, limitado acceso a la atención médica y escasa protección social, impiden cumplir con el distanciamiento social y las demás medidas de prevención sanitarias al tiempo que potencian exponencialmente los efectos de la pandemia.

La pandemia parece estar dejando claro en la conciencia colectiva que algo debe cambiar en el mundo; por otra parte la mayoría de los analistas, estudiosos e intelectuales coinciden en que nada será igual después de la pandemia; no obstante la historia ha demostrado que luego de las grandes crisis la humanidad hace lo posible por olvidar y retomar lo antes posible su forma de vida y recuperar la “normalidad”, el asunto es que el problema es precisamente que esa normalidad se sustenta en un sistema mundo que se basa en unas lógicas que producen simultáneamente la destrucción de la naturaleza y la explotación injusta de la mayoría de la humanidad por un pequeño sector privilegiado de la especie que se asume soberbiamente como naturalmente superior; si bien ambas lógicas han sido perfectamente racionalizadas por la modernidad, resultan completamente irracionales desde el punto de vista de la creación y reproducción de la vida y representan un camino suicida sin retorno para la extinción de la especie humana; para superar esta ruta autodestructiva el mayor obstáculo es que la modernidad ha hecho tan bien su trabajo de racionalización de sus mitos que ha convencido a las grandes mayorías que el sistema mundo moderno colonial es el mejor de todos, es más, se trata del único posible, no ha existido, ni existirá otro mejor o alternativo; por lo tanto, la humanidad parece estar inclinada a olvidar y volver a la normalidad que conoce por más injusta y ecocida que esta pueda ser, porque en la psique colectiva no existe alternativa.

Aunque la tendencia descrita es real, al parecer algo parece estar operando en la conciencia social en el marco de la pandemia, quien escribe publicó hace un tiempo que la pandemia del coronavirus al tiempo que cubría con mascarillas los rostros de la humanidad, hacia caer las máscaras del sistema mundial, y es ese proceso de develación y exposición cruda de las verdades ocultas detrás de la ilusión de la “normalidad” cotidiana, lo que brinda la oportunidad de aprovechar la pandemia como un momento de inflexión histórica con el potencial de provocar una nueva sociogénesis con conciencia planetaria que nos saque de la ruta de colisión con la extinción autoinflingida; esa dosis de realidad en la que los buenos del cine que salvan al mundo de todo tipo de amenazas, desde extraterrestres, asteroides, plagas, desastres naturales y los malosos villanos, de repente se revelan como ladrones, egoístas y oportunistas, incapaces de brindar solidaridad pero muy dispuestos a aprovechar la coyuntura para bloquear, sancionar, atacar a los pueblos del mundo del que supuestamente se autodenominan líderes y protectores; realidad que irónicamente también muestra a la “liga del mal”, los demonizados villanos, exportando ayuda, solidaridad, atención y asistencia sin condiciones e incluso desde la propias carencias y necesidades prestando cooperación con quienes históricamente los han calificado de inferiores, enemigos y malvados.

Contrario a la pretendida exclusividad de la modernidad como único sistema mundo posible y deseable, existen alternativas, ancestrales y contemporáneas, previas y emergentes a la modernidad, formas otras de entender al mundo y la humanidad, lógicas realmente racionales y sustentables de concebir las relaciones de los seres humanos con la naturaleza y las relaciones entre los miembros de nuestra especie; lógicas para la creación y reproducción de la vida; se trata de cosmovisiones originarias que lejos de establecer a la naturaleza como propiedad al servicio del hombre la asumen como madre, dadora de vida, proveedora de recursos y protectora de sus hijos; desde esta perspectiva los modelos de producción abandonan la explotación hasta el agotamiento y la destrucción porque a una madre no se la usa y abusa hasta matarla, a una madre se la ama, se le cuida y se la protege; junto a una cosmovisión diferente, están las alternativas contemporáneas y emergentes como la agroecología y la permacultura, la fusión entre tradiciones milenarias e innovaciones tecnológicas sustentables puede producir no solo una lógica alternativa de relación humano-naturaleza, sino también nuevos modelos productivos que favorezcan la reproducción de la vida.

De la mano de una mayor conciencia planetaria, tiene que surgir una nueva ecología social, que parta de los reconocimientos más allá de las diferencias, según Santos, se trata de reconocernos como diferentemente iguales e igualmente diferentes, distintos en identidad cultural, colores, costumbres, historias, creencias y prácticas sociales, pero iguales en valor, capacidad y derechos; la ecología de los reconocimientos implica el derrumbe de la pretendida naturalización de las diferencias de la modernidad a través del combate colectivo contra los patrones de dominación que las sustentan, como el racismo, el patriarcado, la teología de la dominación, la pretendida exclusividad y universalización del conocimiento eurocéntrico, el colonialismo/neocolonialismo y el capitalismo y globalismo neoliberal, así mismo exige la reivindicación de la historia, memoria e identidad de los pueblos sistemáticamente excluidos, explotados y producidos como inexistentes, reconocer su sabiduría, sus conocimientos contextualmente e históricamente válidos, reconocer y aprender de sus prácticas sociales y políticas más participativas e incluyentes que el modelo liberal representativo. Una nueva sociogénisis es posible, reducir la brecha hasta desaparecerla es alcanzable, se trata de hacer, en palabras de Alí, más humana la humanidad.

Lamentablemente, como advierte Ramonet en su trabajo, en la pandemia también están gestándose otros fenómenos que nos pueden llevar en la dirección contraria; de esta forma el miedo colectivo, el temor generalizado a la enfermedad, exacerbado hasta el paroxismo por los medios y las redes sociales, está haciendo que la gente esté dispuesta a renunciar a su libertad general, a su privacidad individual e incluso a sus derechos políticos, laborales y sociales, de repente el estado aparentemente condenado a reducirse a su mínima expresión antes de la pandemia podría emerger de esta como un mítico Leviatán renovado o el gran hermano de la ficción, un ente que con la excusa de proteger oprima, controle y vigile en formas supuestamente olvidadas y hasta hace muy poco inconcebibles en la actualidad; esto no quiere decir que el fortalecimiento del estado y el hecho de que este retome funciones que había abandonado y cedido ante el sector privado, como la salud, no representen una necesidad bienvenida, pero lo cierto es que el fantasma fascista también puede estar rondado.

A la par de las posibles implicaciones del fortalecimiento del estado, otros actores privados y trasnacionales están posicionándose para aprovechar la pandemia y la pos pandemia con peligros tanto o más preocupantes que los del nuevo Leviatán, esta amenaza se presenta como una Hydra de múltiples cabezas, sin patria, sin compromisos más allá que los intereses de las minorías multimillonarias a las que pertenecen, la industria farmacéutica, el complejo industrial militar, las 5 grandes de internet, las agroquímicas y los gigantes del sector energético, entre otros, todos preparándose para capitalizar el miedo y consolidar más que nunca el sistema mundo con su lógica autodestructiva mientras dure; ahora bien ellos también tienen en mente mecanismos para estirar la bonanza y disfrutarla un poco más, una de ellas es la disminución de la población mundial, a través de la desaparición de los débiles, los viejos, los improductivos, los descartables, los inferiores, una especie de purga social con muchas vías para su realización; más allá de las teorías conspirativas y de la incertidumbre del origen de la enfermedad, lo cierto es que la pandemia, y según los expertos las que seguirán si nada cambia, sirve muy bien a este propósito.

Ya lo dijeron en su momento Fidel y Chávez en los escenarios mundiales, no se trata de simples reformas, cambios de gobiernos, o un capitalismo más humano, tampoco de una evolución de la modernidad hacia la posmodernidad, de cambiar aparentemente para que nada cambie, se trata de cambiar el sistema mundo, se trata de aprovechar este momento de inflexión histórica para impulsar una revolución mundial que transforme la sociedad y la humanidad toda porque en ello nos estamos jugando la vida como especie.

Referencia

Ramonet Ignacio. (2020). “La Pandemia y el Sistema Mundo”. La Habana. Disponible en: https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/04/25/ante-lo-desconocido-la-pandemia-y-el-sistema-mundo-7878.html

https://www.alainet.org/es/articulo/208162

 

 Alternativas emancipatorias

 

Tenemos quienes estamos, abajo y a la izquierda coherente con su comunismo (por mirar a poderes comunales-plurinacionales e internacionales y a los bienes comunes), que intercambiar con una creciente mayoría del país-continente para reflexionar sobre planteos situacionales como:

 

Entre la providencia y el autogobierno

El futuro de la estrategia antineoliberal en Argentina

 11 de agosto de 2020

Por Brian Kreschuk (Rebelión)

Introducción

El siglo XXI ha entrado en turbulencia permanente. Los débiles pilares en donde se asentó la utopía neoliberal comienzan a quebrarse. La extrema concentración de la riqueza se pone de manifiesto ahora al alcance de todos. La crisis del 2008 no hizo más que alertar a propios y ajenos que el corazón del ciclo de acumulación está arrítmico y que cualquier sobrecarga pondría en peligro todo el sistema. Ante esto, rápidamente brotaron desde las academias burguesas cientos de teorías de salvataje; léase: Redistribución vía impuesto a las grandes fortunas, renta básica, propuestas de un capitalismo ecológico, revivir al Estado de bienestar, entre otras. También han hablado aquellos que se regocijan en la depredación. Para garantizar la actualidad del modo de racionalidad económica no se necesitaba más que acelerar la conflictividad de clase y elevar a una fase de violencia antidemocrática el dominio. De esta forma emerge en el siglo XXI una nueva etapa del neoliberalismo: la del fascismo neoliberal y la legalización del despojo. Su modo de vida, sus estrategias de progreso individual, sus consumos, invalidan tanto la disidencia como el fracaso. Sobre mis vías o el odio.

La pandemia del Covid 19 al parecer dejará secuelas profundas tanto a nivel estructural como en los modos de vida. La conflictividad inherente pasará a violencia constante y el mundo ya no será igual para los de arriba y para los de abajo.

En Argentina el gobierno peronista del “frente de todxs” desde un principio ha advertido los límites del actual modelo económico. Su discurso antineoliberal se mostró como el elemento más dinámico para consolidar su oposición al gobierno de Macri. Sin embargo, es muy prematuro vaticinar una estrategia clara, sobre todo sabiendo que el ejercicio del poder por parte del peronismo valida la extensión de la racionalidad capitalista. Así lo demostró profundizando el modelo agroexportador y rentístico, habilitando al cercamiento del espacio público, la megaminería y poniendo a la propiedad en el centro de su modelo de Estado.

Sin embargo este artículo no intenta discutir en clave periodística con los discursos anti-neoliberales que giran alrededor de los partidos y movimientos sociales en Argentina. Aquí tenemos la intención de poner de manifiesto dos formas de pensar la estrategia contra el neoliberalismo en la actualidad, que se expresan tanto a nivel local como internacional.

El elemento central de nuestra afirmación será que para combatir al neoliberalismo en toda la extensión de su racionalidad no alcanza con el instinto conservador del Estado de la providencia sino que es necesaria la adopción del principio político de lo común y la democracia radical por vías del autogobierno y el combate contra toda forma de propiedad.

Un nuevo neoliberalismo entre nosotros

Lo que empezó como una alternativa a la crisis económica del estado bienestar en Europa se desarrolló abruptamente en todos los ámbitos de la vida social occidental. Desde un punto de vista estructural el neoliberalismo supo cómo disciplinar notablemente al trabajo. Romper la mayoría de sus cercos históricos de derecho y desarticular su organización. Desordenar su experiencia en los lugares de trabajo y enfermar las expectativas de un mundo obrero. El consenso de Washington del cual el Chile de Pinochet fue el primer ensayo, tuvo la claridad histórica para iniciar un periodo de acumulación depredador, ingresando elementos de la vida social antes no explorados por el capital como la educación, la salud, las cajas previsionales, los genes y el conocimiento, entre otros elementos tragados por agujero negro del capital (Harvey, 2007).

La institucionalidad estatal rápidamente se transformó para agilizar el nuevo movimiento histórico. Reformas laborales, nuevos códigos civiles, incluso constitucionales abrieron paso a la flexibilización, a la mundialización financiera, a barrer trabas a la circulación de capital y a redireccionar el grueso de la financiación estatal al sector privado. (Dardot y Laval, 2015)

En la dimensión cultural la búsqueda de un nuevo hommo económico, el ser de la ontología de los negocios del que nos habla Fisher (Fisher, 2016), pasó a ser el fetiche neoliberal. Hacer del ser humano una empresa, la vida en su conjunto una empresa. Es así que tomaron fuerza la figura del emprendedor y el inventor. Esta gran trampa, esconde sobre todo, las limitaciones para integrar a amplias capas de la población mundial sin trabajo estable y el no poder cumplir la promesa contra la escasez. Por ello recae sobre los sujetos individualizados la responsabilidad de la búsqueda de la prosperidad económica. Este elemento clásico del pensamiento liberal que aparece en la idea de “pionero”, se ha profundizado en el discurso dominante, ya no solo por la gracia del concepto, sino por la necesidad de abonar una salida argumentada a la crisis neoliberal. El sistema en crisis ya no puede incorporar, al menos en esta dinámica de acumulación y concentración, a esa masa de desocupación estructural, que en una parte sobrevive en la informalidad y en la otra es mantenida con ayudas de subsistencia por los Estados nacionales o programas internacionales financiados por el FMI o el Banco Mundial. Evidentemente esto está claro para los intelectuales y sobre el neoliberalismo mucho se ha dicho. Sin embargo es importante entender claramente que en esta etapa del neoliberalismo el individuo se ve afectado de modo estructural por no poder vender su fuerza de trabajo, pero desde el punto de vista de la racionalidad del nuevo neoliberalismo y con esto el elemento cultural de la vida social, la afección de devenir en fracaso, pasa a convertir a los sujetos en víctimas de la violencia estatal, mediática, empujado a la marginalidad, a ser golpeado por el racismo y en algunos casos a la ilegalidad. El nuevo neoliberalismo y con esto, la crisis del modelo económico, pone una sola puerta de entrada, si no entras, el sistema descarga su violencia. Por ello afirmamos junto a otros investigadores que nos encontramos frente a un neoliberalismo recargado, en su mayoría de odio y fascismo.

Hoy, en el año 2020 vemos con claridad que el sistema ha encontrado límites insuperables. El calentamiento global ya no es la predicción malintencionada de una novela distópica. Es una realidad incuestionable. El planeta no puede sostener el nivel de producción y consumo o el actual modelo de desarrollo (Gonzalez Reyes, 2020). Los recursos energéticos escasean y el paso a los renovables por utilidad, tiempo, costos y recursos no es una opción válida para el capitalismo (Gonzalez Reyes, 2020). El nivel del mar es un peligro ineludible para muchos países en los próximos años y las pandemias como vimos recientemente ponen en jaque la articulación económica internacional y la seguridad sanitaria de los ciudadanos. El nivel de crecimiento económico estimado para la próxima década vaticina un escandalosos 3% y no hay quien no espere un crecimiento exponencial de la desocupación y por lo tanto una disminución de la extensión del capital. Las economías que sobreviven en su mayoría por el nivel de deuda se exponen a la explosión inminente de sus burbujas. La guerra económica internacional imperialista re-ordena a los países bajo una incertidumbre constante. En síntesis, el neoliberalismo está en fase de guerra económica, esto abre la puerta a la aplicación espontánea de políticas de excepción o de la construcción de una ingeniería legal contra la excepción, dos caras de un movimiento contra la democracia (Dardot y Laval, 2017) Un ejemplo claro de esto en argentina es la actividad constante del gobierno por decreto (Mauricio Macri en solo cuatro años ejecutó 70 DNU), la judicialización de la política o el papel activo de los aparatos de inteligencia con fines persecutorios y corruptos.

Pero ante este escenario oscuro, la estrategia compleja del neoliberalismo, lejos de ser conservadora ha demostrado hacer cualquier cosa para la ampliación de la racionalidad capitalista y ha diferencia del fascismo de Estado total, el fascismo neoliberal que expresan Trump, Bolsonaro, Moreno, Yanez, Salvini, Abascal, Le Pen y el neoliberalismo depredador de cara lavada de Macron, Merkel o Lacalle Pou, despliegan en esta etapa todas las estrategias que sean necesarias para radicalizar el modo de vida de racionalidad económica total. Este contexto de crisis y guerra para estos no es un problema. Ellos ejercen el poder desde la crisis, o mejor dicho, utilizan la crisis como modo de gobierno (Dardot y Laval, 2017). Así como de los laberintos se sale por arriba, de la crisis neoliberal se sale radicalizandose, auto expandiéndose, sobreviviendose contra todo. El neoliberalismo construye su existencia en la ilimitación, todo es comparable, cuantificable, apreciable, destruible. La vida en su totalidad puede y debe ser capitalizada.

Los estados nacionales cada vez más debilitados en su intención genealógica de economías patrióticas, se han puesto al ritmo de las actuales relaciones de fuerza, toda su legitimidad y su estructura institucional al servicio del despojo. Con ello las democracias cada vez más flacas se juegan la vida entre lo mediático y la resistencia interna de grupos que defienden lo poco que queda del Estado social.

La burguesía y el Estado argentino desde su subordinación lógica a los grandes capitales, desde la década del 70 han desarrollado las modificaciones que la nueva etapa del capitalismo demandaba para la ampliación de la tasa de ganancia y la racionalidad neoliberal. Es así que, dictaduras, reformas laborales, constitucionales, privatizaciones, integración por consumo y todas aquellas leyes que favorecieron a la circulación financiera y la extensión de la lógica de la propiedad privada, como la ley de semillas, la ley de educación superior, los cercamientos del espacio público, la ley anti-terrorista, entre otras. También impedir el ejercicio de la democracia vía poderes populares alternativos ha sido un elemento clave de la gobernanza argentina en todas sus variantes políticas. Institucionalizando en el Estado movimientos, cooperativas, fábricas recuperadas, centros culturales o simplemente reprimiéndolos (Mazzeo, 2014). La burocracia de los técnicos, la burguesía industrial, los nuevos enriquecidos desde el Estado y la nobleza de los profesionales al gobierno, son sin dudas el patrón central de la gestión estatal en Argentina.

Los gobiernos llamados por algunos populares, han sabido ejercer una fuerte redistribución del ingreso, sin embargo su espíritu conservador y su carácter ineludible de clase, no ha temblado un segundo al descargar la represión cuando las contradicciones propias del capitalismo como la dinámica de la acumulacion, son desfavorables y la expresión resistente del pueblo se les manifiesta. En toda latinoamérica los gobiernos populares fortalecieron sus aparatos represivos, su legalidad contra la protesta, y han operado desde la cooptación y la persecución a las formas de poder disidentes. Es en este aspecto que nos vamos a detener en el próximo punto. La Lógica de gobierno neoliberal se nos presenta en esta etapa recargada, y ante esto emergen dos variantes que queremos exponer que se expresan como alternativa para combatirlo.

El estado de la providencia

Como punto inicial en el desarrollo de este apartado es necesario echar un poco de luz acerca de la conceptualización del estado como “providencial” o “de la providencia” y debatir acerca del dominio de “lo común” por parte del Estado. En términos genealógicos el concepto de providencia puede rastrearse en la mayoría de las tradiciones religiosas. El cristianismo como doctrina central en Latinoamérica sostiene que es Dios el creador y además el coordinador de cada uno de los sucesos del mundo. El verdadero director de orquestas del universo. No hay poder que no venga de Dios. La providencia divina se caracteriza por el acto de “dar” pero también de gestionar el “Don”. En nuestro caso hacemos uso de su acepción en la sociología y la teoría política. Retomando las palabras de Boaventura De Sousa Santos nos referimos al Estado de la Providencia cuando hablamos de aquel que detenta el uso legítimo de la organización social para garantizar un equilibrio entre trabajo, estado y capital(De Sousa Santos, 1987). Esto lo hace por medio de la solidaridad social y la solidaridad de clases.

Es desde este lugar que funda su modelo de gobierno. Seguridad social, cajas previsionales, impuestos al salario o de modo no velado, de trabajador a no trabajador, de joven a viejo, de rico a pobre, entre otros. En el Estado providencial esta cuestión de la solidaridad es central ya que como bien advierten Dardot y Laval “mientras que en un principio la solidaridad fue una exigencia socialista y una práctica proletaria que cuestionaba a la propiedad, luego se convertirá en asunto de estado que permitirá estabilizar la situación (de conflictividad)” (Dardot y laval, 2015). Es evidente que en esta concepción es necesaria la separación espectacular de la práctica política en manos de los profesionales del bien y del mal, o del despojo y la beneficencia. La solidaridad lejos de igualar es pretendida como el Estado Providencial para equilibrar el conflicto. El Estado aparece como el único garante de la solidaridad social. “Es la idea que la solidaridad desde el Estado no le debe nada a una práctica instituyente popular, por el contrario es dispensada por una providencia administrativa(..)en el fondo de lo social estatal lo que hay es una negación de lo común como actividad de los miembros de la sociedad. Es este Estado benevolente y bienhechor quien fija las reglas de la reciprocidad y el apoyo mutuo y del reparto de la producción” (Dardot y Laval, 2015). De esta manera lo que tenemos es una sociedad beneficiaria del don del Estado pero excluida de participar en nuevas instancias válidas de deliberación.

En Argentina la fuerza organizada que representa el peronismo es la expresión consciente de una estrategia providencial para el ejercicio del poder estatal. El acuerdo de clases, los pactos sociales son siempre su modo de gobierno. La complejidad de dicha organización no nace de ninguna manera de su cuerpo doctrinario, tampoco del ejercicio de sus políticas de Estado. Hasta el más inútil de los sociólogos podría encontrar sostenidas regularidades en su forma de gobernar. La verdadera dificultad para pensar el peronismo recae en las múltiples capas de poder que expresan los diferentes niveles de gobernabilidad. Desde versiones barriales hasta las más altas cabezas de la oligarquía. Todas cumplen un rol a la hora de equilibrar un movimiento que ya lleva 75 años de existencia. Por esta extensión el peronismo puede metabolizar diferentes ideologías y movimientos políticos. La hegemonía como no puede ser de otra forma está en manos de la burguesía industrial y la oligarquía pero elementos más radicales de la izquierda luchan internamente para defender e impulsar políticas sociales y fortalecer la democracia nacional, con un sueño que lo erotiza, que tiene que ver con poder ganarle en algún momento la pulseada a las dirigencias burguesas e impulsar al peronismo en un camino anti-capitalista. Sin embargo, más allá del anhelo de un peronismo radicalizado a la izquierda, es de suma importancia pensar como el desplazamiento a la izquierda de un gobierno popular podría combatir al neoliberalismo.

Desde un punto de vista doctrinario pensar en una roja reconversión peronista no es más que una expresión de deseo, que muy pocos en el siglo XXI se atreverían a sostener. Estratégicamente el centro doctrinario del peronismo es la conciliación de clases, el ejercicio providencial de la política, la pretensión de exclusividad en la ejecución del don. En definitiva, y a sabiendas que en este razonamiento le estamos dando al estado más poder que el que tiene, el anti neoliberalismo peronista es solo una buena obra de teatro.

Sin embargo sabemos que existe una izquierda dispuesta a gobernar con el peronismo, nutriendo el movimiento con sus filas organizadas y colaborando en términos de representación, de lo beneficioso que resulta en términos comparativos, el peronismo en el poder. Esta izquierda que sin dudas enuncia sus expectativas revolucionarias no puede escaparle al despliegue de una lógica providencial por al menos dos motivos: El primero porque su pragmatismo lo ha hecho definir una teoría del Estado conservadora y providencial. El segundo punto es la falta de una estrategia de ruptura sistémica. En relación a su teoría del Estado, estos han adquirido una visión utilitarista, esto es, consideran válido el desvío de la lógica instituida de la institucionalidad por medio de la gestión. Y en este proceso de una gestión popular configuran estrategias de intervención para la redistribución de la solidaridad social orientada a resolver los problemas sociales, es decir, hacen suya las ideas básicas de la forma providencial de Estado. Sin embargo, desde nuestra lectura, el Estado no es en ninguno de los casos la expresión institucionalizada de los intereses colectivos, sino la expresión institucionalizada del conflicto. y para peor, su forma histórica diseñada por la lucha de clases, siempre ha sido y así lo será hasta su disolución, enemiga de lógicas de deliberación no contenidas en su imaginario como institución.

El Estado es terreno cómodo para los enemigos de lo común siempre, hay pocos grises en este plano. Las relaciones de fuerza nunca han sido favorables en Argentina para la clase trabajadora en el plano institucional. Bajo el falso debate entre Estado ausente o Estado Presente, no hacen más que validar la idea de que para mejorar la calidad de vida de las personas es necesaria una mayor participación del Estado en la gestión de la solidaridad social. Acá es donde se juegan su programa político y nos muestran las limitaciones en el plano estratégico. Tanto para el peronismo de izquierda como para la izquierda popular luchar contra el neoliberalismo es sobre todas las cosas luchar por una ampliación del dominio estatal en la orientación redistributiva de la solidaridad social. Esto en términos inmediatos podemos etiquetarlo como una medida progresista. Sin embargo no puede ni pretende ninguna modificación ni en el sistema político ni en la estructura productiva. No ataca la propiedad ni el capital. Por lo tanto es simplemente andamiar la desigualdad en la conciliación y garantizar la normal continuidad de los modelos de racionalización y desarrollo que el neoliberalismo impone. Incluso el pedido programático de aumentar la propiedad estatal por medio de expropiaciones y nacionalizaciones, no hace más que cambiarle el vestido a la propiedad. Es por esto que una estrategia de ruptura desde la providencia constituye un esfuerzo simplemente conservador. El Estado es terreno del enemigo. siempre lo será. Ocupar las instituciones solo sirve en el caso que se quiera fortalecer la nueva institucionalidad popular. Gobernar para la ruptura desde las instituciones es simplemente un absurdo.

Un punto central para comprender la confusión estratégica en la que cae la izquierda providencial nace de pensar que lo instituido y formalizado en la institucionalidad puede modificarse por su forma de uso. El acto instituyente es previo al uso y lo instituido no puede ser destituido. Solo por medio de una práctica consciente de institución puede ser transformada la sociedad. (Dardot Y Laval, 2015). Esto es, solo por la generación de nuevas prácticas que desafían las viejas lógicas y prácticas, podemos conseguir la transformación, el nuevo escenario para la significación, en definitiva, un nuevo sujeto social. Un nuevo mundo implica intervenir las instituciones, pero para arrancar su lógica y configurar nuevas. Su simple gestión tendrá muy cerca las fronteras de lo instituido, de su racionalidad.

En el despiste de mirar la institución y no lo instituidolo que entonces se significa es el sistema de reglas que rige una colectividad más que el acto mismo de legislar, la agrupación social cuya cohesión es asegurada por un poder de coerción más que el acto de transmitir o conferir dicho poder, el establecimiento de una instrucción más que el acto de instruir (Dardot y Laval, 2015).El esfuerzo entonces de la estrategia providencial está puesto en modificar los resultados y no el acto. Viajar por los carriles de lo instituido y no en los de la creación de algo nuevo.

El imaginario sin dueño que representa la representatividad política está instituido, la propiedad y el uso legítimo de la violencia física y simbólica están instituidas. ¿Realmente cree una estrategia providencial que es posible cambiar el mundo desde un eterno acto de resistencia mediante la pasividad gestora dentro de las instituciones actuales? evidentemente si. Desconociendo que activan la puesta en práctica de una resistencia reaccionaria, si, una resistencia estéril y contraproducente para una revolución social.

De esta manera sostenemos aquí que no es posible detener el avance de un neoliberalismo recargado con las herramientas del Estado. El neoliberalismo como modo de vida necesita de la ampliación constante de su racionalidad en las prácticas culturales de los sujetos individualizados. Las nuevas tecnologías de comunicación, plataformas, avances sobre la territorialización del trabajo y todas aquellas tácticas desplegadas para una profundización de la alienación social, deben ser contra-atacadas con nuevos caminos para la subjetivación social, que conviertan a la experiencia de vivir de forma radicalmente opuesta a la abstracción neoliberal. Encaminar un nuevo mundo hacia el valor de uso contra el imperio del valor de cambio.

A continuación expondré elementos retomados de la corriente de los comunes y reflexiones que podrían echar luz en el camino del desarrollo de una estrategia antineoliberal.

Comunes y autogobierno

La izquierda a nivel mundial se encuentra en un momento opaco en términos estratégicos. Los manuales se agotaron en las puertas del siglo XXI y la deriva ha llevado a muchos de los revolucionarios a la impotencia o la renuncia de sus objetivos de máxima. Algunos han optado por ser bomberos de crisis, otros encuentran el regocijo en la caridad crónica, también hay quienes han convertido la historia de la lucha de clases en un recetario doctrinario. Por último están los que se rindieron o que cambiaron de bando. En este contexto desértico de las vanguardias, los pueblos como siempre dan muestra de sus propias capacidades para luchar. Es así que desde los años 90´ vemos la emergencia de organizaciones y movimientos que descolocan a la ciencia de izquierda y plantean nuevas salidas al capitalismo.

Con la caída del muro como sabemos, muchos sostuvieron la idea de que ingresamos en una etapa de eternidad para el sistema capitalista. Sin embargo en el nuevo escenario de fuerzas que se comenzaba a esclarecer, emergen nuevos movimiento, organizaciones, protestas, demandas al calor de un mundo en transición. Es aquí donde se vislumbra el brote de un paradigma contra la globalización, el avance de la propiedad, la creaciones de espacios comunes de deliberación, todos bajo la idea de que otro mundo era posible y este no podía comprarse ni venderse. Esto tomó forma de movimientos en todo el mundo desde la década del 90. Seattle, Portugal, el EZ, Piqueteros, Cochabamba y las luchas por el agua. Más acá, Los Indignados españoles, las ocupaciones de Wall Street, de la plaza Sintagma o Estambul, todas estas luchas desafiaron las recetas históricas de la izquierda con formas de acción y demandas propias del momento histórico. Una verdadera evolución terapéutica han traído estos movimientos al pensar sus luchas desde el presente y aceptar que las condiciones históricas para la lucha habían cambiado. Lejos de sostener la inexistencia del sujeto de clase o algún otro disparate como el que podría advertir el individualismo metodológico, estos movimientos supieron renovar sus repertorios políticos visibilizando más opresiones, nuevos lugares en donde el capital estaba avanzando como el conocimiento o los espacios públicos, reivindicando la creación de nuevos elementos para la organización como los consumos, el internet y también la transformación del sistema político en nuevas instituciones para la deliberación popular como por ejemplo bajo el lema de democracia real, etc.

Sería difícil sintetizar en dos páginas todo lo producido en términos de nuevos movimientos sociales en las últimas tres décadas, sin embargo lo importante para nosotros es que de este momento histórico particular emerge para muchos intelectuales una corriente que conocemos como “los comunes”. Este paradigma hace referencia a una lucha constante contra el predominio del modelo de mercado, la globalización y la ampliación de los derechos de propiedad (Dardot y Lava, 2015). A diferencia del periodo previo donde la clase obrera fabril era el elemento más dinámico de las luchas sociales, ahora los nuevos movimientos al frente de la resistencia y la ofensiva pasan por el desarrollo de un anticapitalismo más extendido hacia toda la vida social. Evidentemente esto lo convierte en un contrincante para el capital más complejo, pero mucho más ecléctico. Motivado por demandas que en muchas ocasiones no pueden traducirse en una organización popular duradera. En nuestro caso consideramos válido advertir la existencia de regularidades en estos nuevos movimientos relacionadas a los tipos de demanda, como el agua, el conocimiento, el espacio público y prácticas políticas, tales como el horizontalismo o maneras asamblearias. Sin embargo sostenemos que lo común en ellos no nace de ninguna manera desde el objeto a defender o de los resultados esperados con sus luchas, sino más bien de la propia relación entre las necesidades insatisfechas de los sujetos, del conflicto y su práctica política. Del despliegue de una Praxis creativa orientada a la libertad. Un acto consciente de instituir algo nuevo. Esto es lo que se expresa en los nuevos movimientos. Compartimos con Dardot y Laval la idea de que lo común se ha convertido en un principio político singular, y que sostener a los comunes en plural implica correr el foco de la práctica política a la naturaleza de lo que se demanda.

Es decir, no es la condición natural del agua y su uso compartido lo que impulsa una estrategia de lo común, es el despliegue de una actividad política común lo que se posa sobre el agua para defender su uso compartido. Lo común pasa de esta forma de ser adjetivo a sustantivo. Abandona su cárcel como complemento de un bien o de los bienes, para tomar cuerpo en la singularidad de la práctica común.

Entendemos como común el principio político por el cual los sujetos establecen relaciones de cooperación y co-obligación, involucrando directamente la satisfacción de sus necesidades con su actividad de deliberación. No existe común si este no se desarrolla dentro de una relación de actividad compartida. Un principio que no es más que el corazón de la democracia y solo puede ser ejercido mediante la negación de una institucionalidad providencial y opresiva y a través de la creación de nuevas instituciones o transformando las actuales por vías del autogobierno. Abonar una estrategia de fortalecimiento y ensanchamiento de la actual institucionalidad Estatal, no es más que una práctica conservadora, llevada a cabo en terreno enemigo y que al fin y al cabo configura para el desarrollo de nuevas instituciones populares, un movimiento reaccionario (Dardot y Laval. 2015). En Argentina todavía vuelan por el aire algunos discursos y organizaciones que pregonan contra el neoliberalismo formas de autogobierno como por ejemplo la vieja guardia anarquista, organizaciones de herencia piquetera y espacios autonomistas. Sin embargo esta izquierda no es más que el pataleo estéril de grupos que se sienten inmunes a la contradicción. El caso más paradigmático en Argentina es el Anarquismo, que pasó de ser el movimiento más dinámico, creador de cientos de instituciones populares que aún prevalecen, impulsor de los ejes centrales del derecho obrero a principios del siglo XX y que hoy está casi desaparecido. En las últimas dos décadas han desfilado varias organizaciones que lo único que pudieron conseguir es la autoafirmación de su condición de anarquistas. Una bola de nieve doctrinaria que los redujo a ser parte de la izquierda de la efeméride. Perdidos en la infertil discusión de los niveles de organización, esto es, política, movimiento, sociedad, convirtieron a sus organizaciones en embudos donde depositar su doctrina, pero sin retorno para que la sociedad los transforme. De esta manera su lugar en la historia actual es la extrema marginalidad. Una verdadera lástima debido a la compatibilidad del desarrollo histórico de la cultura política anarquista en Argentina y la cultura Argentina. Fue y será su carácter conservador y doctrinario el que los frena como una foto en la historia. Para este sector le llegó el tiempo de rediscutir su teoría política, para hacer sobrevivir al menos su impronta revolucionaria y aportar lecturas históricas fundamentales como el papel del federalismo, la democracia radical y la centralidad de debatir la autoridad y la burocracia.

Acercarse a la corriente de los comunes podría ser una puerta interesante desde donde reconvertirse. Sin duda alguna el esfuerzo conservador de una izquierda providencial frente a estos sectores es ampliamente más progresivo. Lo importante para nosotros en este caso es poder plantear el porqué de nuestra afirmación acerca de que solo una estrategia de lo común y el autogobierno puede oponerse a la racionalidad neoliberal.

Como hemos advertido más arriba, el neoliberalismo es un modo de vida, una racionalidad social generalizada, un imaginario social sin amo llamando a Castoriadis (Castoriadis, 1983). El cual ha hecho de la empresa capitalista el modelo de pensamiento de la sociedad occidental. Para su supervivencia necesita auto expandirse. Y el elemento central de su expansión es la ampliación de la lógica de la propiedad y el valor de cambio a todos los ámbitos de la cultura.

El capital con todas sus instituciones pone a bailar sobre sus rieles al conjunto de la sociedad. A partir de esta garantiza la continuidad de sus lógicas, expande su racionalidad, activa su modo de vida. En definitiva, permite el constante acto de instituir. Con esto queremos decir que, una vez institucionalizada la actividad instituyente permite su permanente reproducción. Por eso no es suficiente administrar las instituciones actuales, ya que estas encierran lógicas, formas de racionalidad, toda una ingeniería de derecho de usos y obligaciones, que cualquier dirección, que sus prácticas políticas tomen, encontrarán el límite de lo instituido. Por ejemplo, las lógicas de representatividad política que encierra el Estado no se modifican en ninguno de los casos por quien represente el poder. Estas vuelan en el fondo garantizando un tipo de racionalidad alienante que tiene que ver o con el despojo de las posibilidades para deliberar o con la renuncia de la voluntad de deliberación.

La estrategia providencial piensa desde las categorías instituidas, desconfía de lo nuevo, de lo genuinamente nuevo, porque su voluntad no debe rebasar los límites de lo posible.

Una estrategia anti neoliberal, contra neoliberal o por la positiva para los más sensibles, de mundo nuevo, necesita partir desde la generación de una práctica consciente de ruptura y de institución. Acá empieza el camino para dilucidar la lucha. Solo a través de la creación de nuevas prácticas de institución o prácticas de transformación de las actuales instituciones podemos hablar de activar nuevos senderos sociales. Esto se da por el hecho de que limitarse a trabajar dentro de la institucionalidad estatal o activando tácticas de salvataje individual desde el emprendedurismo no hacemos más que revalidar la actividad de institución ya institucionalizada. La praxis que no es más que la lucha consciente por la autonomía debe configurar, sin una intención de control exhaustivo sobre los resultados, prácticas de lo común que reúnan a la actividad social real de los sujetos con su práctica política.

Contra la racionalidad neoliberal, contra el imaginario social de empresa o Estado total se debe presentar una racionalidad nueva del derecho de uso y la inapropiabilidad, apoyarse en el imaginario de lo común existente en la sociedad para instituir lo común. Formas de organización que basen su razón de ser en la cooperación y la co-obligación. Tener claro que toda práctica de lo común es una práctica instituyente por el hecho de que un nuevo orden y nuevas lógicas se configuran al calor de las síntesis de las prácticas de lo común (Dardot y Laval, 2015) El corazón de la democracia se juega en instituir lo común.

Ahora bien, de qué manera una estrategia de lo común puede materializarse contra el neoliberalismo.¿Cómo escaparle a un simple ocio intelectual y al regocijo de una verdad de papel?

En primer lugar es necesario desterrar la necesidad de un control exhaustivo sobre la relación entre praxis y resultado. Es decir, abandonar la racionalidad cientificista de los partidos tradicionales que validan sólo aquellas luchas iniciadas, supervisadas o de las que participan a partir de una relación táctico-estratégica concebida en el laboratorio partidario. Para combatir al imaginario sin dueño del neoliberalismo es primordial desarrollar una práctica política consciente y orientada a la autonomía de los grupos o clases pero configurada en la lucha real y concreta. En síntesis, una práctica política de lo común nace, se desarrolla, se transforma y resulta de la propia actividad de coparticipación y co-obligación que activan los sujetos. Masticar en casa la lucha y escupirla en la realidad es una operación direccionada a la frustración. Entiéndase bien. Esto no quiere decir que no sea necesario la existencia de partidos, organizaciones y movimientos que se nutran de realidad y las teorías para interpretar y dirigir las luchas de lo común. Esto quiere decir que estos espacios políticos se sometan a los resultantes de las propias luchas. Hemos asistido a la frustración y fracaso de cientos de miles de militantes y organizaciones por no comprender que se trabaja sobre la realidad y no metiendo un programa político a la fuerza.

En segundo lugar, una estrategia de lo común debe saber que los comunes están ahí afuera, desarrollando cotidianamente en el seno de las sociedades en múltiples expresiones. Luchas juveniles, ecologistas, animalistas, obreras, feministas, y cientos más. En la actualidad por la propia lógica de rebaño que enhebran los partidos no existen coordinaciones claras de los comunes. Una tarea central es generar la identificacion y la coordinacion de esas luchas. Hacerlas parte de un itinerario lo más compartido posible. Esto solo se puede hacer si se respeta una visión de bajo control sobre la actividad general. Si se piensa en dirigir la diversidad desde la centralidad, no se avanzará un solo paso. Las prácticas de lo común que se ponen de manifiesto en las luchas de grupo o colectivos son siempre prácticas instituyentes, por el hecho de construir su actividad desde la cooperación y la co-obligación, enfrentadas de esta manera a las lógicas de representatividad profesional, progreso individual o ganancia privada. Crean nuevos modos de ser en el mundo. Los comunes no son por naturaleza anti capitalistas, son comunes en tanto y en cuanto desafían con su racionalidad una racionalidad instituida. En el caso de una estrategia antineoliberal y por lo tanto anti capitalista, lo común se enfrenta desde la institución de modos de vida democráticos, por los derechos de uso y desde la inapropiabilidad.

En tercer lugar, una estrategia de lo común y el autogobierno debe orientar todos sus esfuerzos a la formalización de las prácticas instituyentes de los comunes, convertirlas en instituciones. Esto permitirá la economización de esfuerzos y garantizará la actividad instituida. Si miramos al interior de la escena política popular Argentina las únicas instituciones de largo plazo fueron sindicatos, clubes de fútbol, bibliotecas, mutuales, centros culturales y alguna que otra cooperativa. Seguramente me olvide de muchas. Creadas en su mayoría a principio de siglo, partieron de una praxis instituyente de derecho de uso, de derecho laboral, de cooperación financiera, de co-obligación política. Estas sobrevivieron por su carácter de institución. Más allá de sus condiciones actuales. Siempre hay que tener claro lo que dijimos más arriba acerca de que lo instituido nace de una praxis concreta pero esta praxis es permanente y por lo tanto las instituciones pueden modificarse o no. Entonces, si la praxis de lo común es una práctica instituyente los grupos deben formalizarla. Y no se trata de crear una cáscara a la que llamar institución “tal” y ponerla en un edificio. Se trata de elevar a la categoría de derecho a lo instituido. Y acá un punto central en la estrategia contra el neoliberalismo. Es fundamental identificar los lugares donde este se reproduce con mayor velocidad en términos de derecho. Para decirlo de otra manera, si lo que se quiere es hacer retroceder se necesita apuntar a su corazón, para nosotros: La propiedad Privada y el valor de cambio.

Primero Proudhon (Proudhon, 2005) y luego Marx (Marx, 1978) tenían bien claro que era el régimen de propiedad el que permitía estructurar las relaciones contradictorias en el capitalismo y su abolición era el objetivo central de una sociedad nueva. La propiedad privada rige sobre la obligación y participación social estableciendo canales muy estrechos para afrontar la vida. Es decir, la propiedad está detrás del modo de vida occidental, lo guia. Desde la materialidad, hasta las espectativas bailan al ritmo de la propiedad. Y no importa el carácter formal de su presentación, estatal, pública o comunitaria. La propiedad es una lógica de apropiación de los recursos del mundo, materiales, naturales e intelectuales que actúa instituyendo, desde su aparición, modos de vida. El neoliberalismo es la etapa más avanzada de expansión de la propiedad en la historia humana. Es en este modo de vida donde explota la ley del valor (Bifo, 2007), se derrama sobre absolutamente todo lo que pueda ser valorizado. La propiedad a través del derecho instituido debe en el neoliberalismo convertirse en el espíritu del sujeto contemporáneo. Esto permite y da pie a que sea el valor de cambio de todo lo valorizable el elemento más dinámico de su lógica. Apropiación y transaccionalidad de todo lo existente. Contra los que consideran que la propiedad Estatal es diferente, es simplemente porque asocian lo público a lo estatal y con ello lo común a lo estatal. Una confusión histórica en el pensamiento social que pone al Estado en un lugar de defensa de lo común. Pero como advertimos más arriba, cambiar de mano la propiedad no modifica su lógica instituida, por lo tanto no puede instituir la novedad.

Para luchar contra el neoliberalismo debe primar la lógica de la inapropiabilidad de lo existente, anteponiendo el derecho de uso, las lógicas del valor de uso por sobre el valor de cambio. Los comunes pueden luchar para elevar a categoría de derecho la inapropiabilidad. Un ejemplo de esto son las demandas de remunicipalización del agua impidiendo constitucionalmente la apropiación estatal o privada de los recursos acuíferos municipales. Son solo los sujetos participantes en el consumo y producción de los recursos los que se ven afectados por la co-obligación y la coparticipación, por lo común instituido. Esta es una guía para la ruptura y la transformación social.

Solo haciendo retroceder a la propiedad se hará retroceder al neoliberalismo. La democracia es el caballo de batalla contra este. El autogobierno de los pobres, el espíritu de lo nuevo. Y como la propiedad se expresa en todos los ámbitos de la vida, es tarea de los revolucionarios crear las estrategias para atacar sus puntos de reproducción más dinámicos. Por ejemplo el derecho obrero ha sido un freno a la expansión, que en los últimos años ha retrocedido considerablemente. Es momento para recuperar terreno y sobrepasar las lógicas de la propiedad al interior de los espacios de trabajo. Una demanda indudablemente revolucionaria es democratizar los procesos de producción. Si hasta ahora son las lógicas gerenciales las que organizan el trabajo y las leyes llegan hasta las puertas de la fábrica ya que no regulan la organización interna, es necesario que sean los propios trabajadores junto a las patronales los que establezcan reglas de convivencia, protocolos de decisión, horarios. Sin afectar la ganancia privada, pero democratizando el proceso productivo y así rompiendo con lógicas gerenciales enemigas de lo común y opresivas para los trabajadores. Así. hay cientos de ejemplos en donde puede progresivamente ir combatiendo lógicas, modos de vida que la racionalidad neoliberal necesita para su constante expansión. Estamos en tiempos de guerra, el neoliberalismo la despliega y por ello se necesitan prácticas políticas orientadas a la ruptura con el sistema y una praxis de institución de lo común.

A modo de cierre

Transitamos tiempos de guerra, de un neoliberalismo fascista, recargado de odio y dispuesto a activar su espíritu de ilimitación para avanzar con su racionalidad sobre todo lo que existe. Convertir a los sujetos individualizados en empresas, incorporarlo todo al proceso de valorización. Destruirlo todo si es necesario. Los Estados nacionales ya no cuentan con las armas para defenderse de su condición subordinada a los capitales internacionales y las resistencias providenciales se vuelven reaccionarias frente al intento de creación de un mundo nuevo, de un sujeto social diferente. Para luchar contra el neoliberalismo es necesario la institución de nuevos lugares para constituirse como sujetos, nuevas lógicas, una racionalidad que ataque los puntos neurálgicos donde se reproduce el capital.

Para ello la alternativa de lo Común se vuelve una herramienta más que interesante, no solo por su actividad de institución sino también porque existe en la sociedad un imaginario de lo común, por lo tanto una clave positiva para una praxis transformadora. Lo común frente al neoliberalismo se nos presenta como una alternativa política y de representación. Los postulados centrales de un gobierno de los pobres, esto es, la democracia, pasa por el establecimiento de oponer a la racionalidad de empresa total y representación vía experticia política, una nueva racionalidad de lo común, de la co-obligación y cooperación social dentro cada actividad donde los sujetos intervienen directamente. En definitiva, una praxis de institución de lo común sólo posible a partir del autogobierno social. Una estrategia antineoliberal debe desplegarse con urgencia contra la propiedad y el valor de cambio, contraponiendo la inapropiabilidad y el derecho de uso. Ya no son tiempos de defensa, por el simple hecho de que queda muy poco que defender y demasiado por construir.

Por último vale despabilar, que en este rincón no hablan Weberianos, sino la búsqueda, el intento por pensar. Compitiendo solo con nuestra angustia y dispuestos a equivocarnos para no ser como los dinosaurios aferrados a un mundo en retirada o como la brillantina de una izquierda pop.

Es necesario re-instaurar en la escena de los movimientos sociales en Argentina un nuevo auge de debates estratégicos, repensando y trayendo al frente problemas centrales relacionados a la creación o debate de ciertas categorías de pensamientos. Autoridad, institución, gobierno, revolución, entre muchas otras se presentan bajo déficit en el debate político argentino, tragado despiadadamente por las pujas coyunturales. La academia ha sabido cómo enfriar las pasiones de los escritores, sus códigos internos y la pretensión de una pureza científica no han hecho más que generar un ejército de perfeccionistas fríos y poco productivos. Es tiempo de activar una impronta rebelde en la escritura, oficiosa, libre del peso de la profecía ejemplar y respetando las únicas dos reglas para escribir que existen en la historia de la humanidad: tener algo para decir y decirlo.

Bibliografia:

Berardi Bifo, F .(2007). Generación Post-Alfa. Buenos Aires: Tinta Limón

Castoriadis, C. (1983). La institución imaginaria de la sociedad. España: Tusquets.

Dardot, P y Laval, C. (2015). Común: Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. Barcelona: Gedisa.

Dardot, P y Laval, C. (2017). La pesadilla que no acaba nunca: El neoliberalismo contra la democracia . Barcelona: Gedisa.

De Sousa Santos, B. (1987, Sept) O Estado, a sociedade as politica sociais: O caso das politicas de saude. Revista de Crítica de Ciencia sociais. N°23.

Fisher, M. (2017). Realismo Capitalista: ¿No hay alternativa?. Buenos Aires: Caja negra.

Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

Gonzalez Reyes, L. (2020). Colapso del capitalismo mundial y transiciones hacia sociedades eco-comunitarias: Mirando más allá del empleo. País Vasco: Inguro Gaiak.

Mazzeo, M. (2014). Piqueteros: Breve historia de un movimiento popular argentino. Buenos Aires: Quadrata.

Marx, K. (1978). El capital: Crítica a la economía política. México. FCE.

Proudhon, J. (2005). ¿Que es la propiedad? Investigación sobre el principio del derecho y el gobierno. Buenos Aires: Libros de anarres. 

Brian Kreschuk es investigador en la Universidad Nacional de Quilmes

Fuente: https://rebelion.org/el-futuro-de-la-estrategia-antineoliberal-en-argentina/

 

En consecuencia, nosotres, la izquierda coherente con su comunismo (por mirar a poderes comunales-plurinacionales e internacionales y a los bienes comunes) debemos esforzarnos en elaboraciones conjuntas de las diversidades de abajo sobre cuestionamientos a la realidad del país-continente y a sus interpretaciones del progresismo e izquierdas afines. Implica que tratemos de superar los monólogos sobre todo para propiciar la reflexión crítica y la deliberación de toma de decisiones sobre lo común por parte de una creciente mayoría.

 

Brian Kreschuk nos interpela a superar nuestra concepción de lo común como bienes. Y nos aclara porqué:

"El elemento central de nuestra afirmación será que para combatir al neoliberalismo en toda la extensión de su racionalidad no alcanza con el instinto conservador del Estado de la providencia sino que es necesaria la adopción del principio político de lo común y la democracia radical por vías del autogobierno y el combate contra toda forma de propiedad".

Agrega:

"Es decir, no es la condición natural del agua y su uso compartido lo que impulsa una estrategia de lo común, es el despliegue de una actividad política común lo que se posa sobre el agua para defender su uso compartido. Lo común pasa de esta forma de ser adjetivo a sustantivo. Abandona su cárcel como complemento de un bien o de los bienes, para tomar cuerpo en la singularidad de la práctica común.

Entendemos como común el principio político por el cual los sujetos establecen relaciones de cooperación y co-obligación, involucrando directamente la satisfacción de sus necesidades con su actividad de deliberación. No existe común si éste no se desarrolla dentro de una relación de actividad compartida. Un principio que no es más que el corazón de la democracia y solo puede ser ejercido mediante la negación de una institucionalidad providencial y opresiva y a través de la creación de nuevas instituciones o transformando las actuales por vías del autogobierno".

 

 

Comprobamos que el principio político de lo común ya está andando en el mundo. Emiliano Teran Mantovani nos descubre que: "Todos, de una u otra forma, diciendo ¡Ya Basta! Basta a la precarización neoliberal, a los ajustes económicos, a las desigualdades y la exclusión, al autoritarismo y el estado de excepción, basta de ser condenados a un mundo sin futuro".

 

Que al afirmarnos desde "Somos posibilidad en la asunción de nuestro derecho a existir, en la potencia de nuestra pulsión de re-existir; somos raicillas en las grietas de un sistema senil y decadente. Estamos vivas y vivos".

 

 

Derecho a existir, pulsión de re-existir

Protestas populares y sentidos de lo común en tiempos de pandemia en América Latina

 30 de mayo de 2020

 

Por Emiliano Teran Mantovani (Rebelión)

Derribar la clausura de un ‘mundo muerto’: rutas de fuga, revuelta y re-existencia en América Latina

La pandemia del nuevo coronavirus ha saturado absolutamente todo. Incluso la memoria, que ya venía siendo atropellada y convulsionada permanentemente por el eterno presente de esta sociedad hiper-informada, inundada de datos, imágenes, video-cápsulas, memes y múltiples acontecimientos impactantes.

Así que, como un acto para recobrar el aliento, como quien sofocado se quita el tapabocas para tomar una bocanada de aire fresco, hagamos nuevamente memoria de vida, recordemos los meses y semanas atrás, que determinaron todo 2019: calles calientes, millones de voces; marchas, piquetes, pancartas, consignas, pañuelos, enjambres, multitudes. Corazones latiendo, rabia, anhelo, hartazgo, esperanza. Chile, Ecuador, Colombia, Haití, Perú, Honduras, Puerto Rico, Venezuela, Costa Rica, Bolivia, Nicaragua; y fuera de las tierras del Abya Yala, Hong Kong, Francia, Irak, Líbano, Catalunya, Argelia, Zimbabwe.

Todos, de una u otra forma, diciendo ¡Ya Basta! Basta a la precarización neoliberal, a los ajustes económicos, a las desigualdades y la exclusión, al autoritarismo y el estado de excepción, basta de ser condenados a un mundo sin futuro.

Pero las ondas de esta vibración socio-política mundial terminaron chocando con las ondas de la pandemia global 2020, siendo esta última otro resultado de la expansión neoliberal y colonizadora del capital. Además de los millones de contagios y los cientos de miles de fallecidos, la pandemia ha generado una parálisis de buena parte del sistema; un shock concreto en las dinámicas globalizadas (a escala macro, meso y micro), y un shock simbólico, al provocar un considerable impacto en las perspectivas y expectativas de las sociedades. Y sobre todo, nos revela que no estamos sólo ante una enfermedad muy contagiosa, sino que en realidad todo este sistema capitalista en decadencia es una máquina de intoxicación de la vida, una máquina de patologización de cuerpos y ecosistemas; que es el vector fundamental de la insalubridad global que experimentamos.

Ciertamente nos encontramos ante una situación muy complicada y enigmática. Pero para algunos, entre derechas e incluso izquierdas, y ante las fuerzas de saturación y parálisis que provoca la pandemia, parece haberse olvidado el actor social, el mundo de los de abajo, la micro-política; parece que los han ubicado en una especie de campo de invisibilidad, de desmerito, de imposibilidad. Como si estos actores sociales dejaran de contar en el curso de los acontecimientos actuales y futuros; como si la política ahora fuese un estadio vacío donde sólo juegan el poder de las corporaciones transnacionales, la geopolítica tradicional y el Estado (que gestiona la biopolítica, el estado de excepción, la sociedad de control o incluso para algunos, un nuevo y ‘posible’ welfare state).

Visto así, ese es un mundo muerto. Un mundo de comandos, de tránsitos lineales, sin agonismo popular, sin sustancia y de dominio espectral irremediable. Un mundo desde el cual nos negamos a pensar, buscando en cambio resaltar las múltiples rutas que trazan las resistencias de las fuerzas vivas, las pulsiones de vida de los de abajo: alimento y horizonte, salud y comunidad, oxígeno y dignidad. Vida, tanto desde su perspectiva productiva y reproductiva cotidiana, hasta en su sentido ontológico y filosófico.

Estas rutas de escape/reproducción/emancipación se encuentran hoy obstaculizadas, militarizadas, contagiadas. Pero hay que derribar la clausura de posibilidades que propone el ‘mundo muerto’, y señalar al menos tres expresiones cruciales de la política –o la otra bio-política– de estas fuerzas vivas: la primera, que lo que emergió y rugió desde los pueblos en 2019 sigue hoy latiendo, sigue hoy respirando. Y sobre todo, que el problema de fondo, lo que ha originado las protestas, sigue sin resolverse. Hay por tanto, no sólo una materialidad sino también una ontología de la revuelta.

La segunda, que durante el tiempo de la cuarentena y la crisis de la pandemia de Covid-19, también se han desarrollado procesos que han sido poco visibilizados y difundidos –para algunos ‘invisibles’– y que han consistido en la construcción de soluciones desde los de abajo para los de abajo, así como un énfasis del trabajo hacia adentro por parte de comunidades, organizaciones y movimientos sociales en los territorios, orientándose hacia el fortalecimiento de la autonomía y la autogestión.

Vale resaltar experiencias de redes de alimentación solidaria entre territorios, como la ‘Minga de la Comida’, propuesta por el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), que llevan alimentos para el intercambio y así ayudar a aliviar la situación de las familias vulnerables de Popayán y de comuneros indígenas que no han podido regresar a sus territorios; otras de estas redes se producen no sólo en algunas partes de Colombia, sino en regiones de otros países, como ocurre en Ecuador, y en Bolivia, siendo principalmente alimentos recolectados del campo que se aportan para familias pobres en las ciudades. Sistemas de trueque urbano y campesino de diverso tipo se han también establecido para enfrentar los efectos socio-económicos de la pandemia, como en el caso de Cochabamba en Bolivia o en varias regiones de México. En Brasil, organizaciones sociales como el Frente Brasil Popular y el Frente Pueblo Sin Miedo (que agrupan a cientos de organizaciones brasileñas) crearon una plataforma no sólo de solidaridad alimentaria, sino también para apoyar con artículos de limpieza y un fondo de emergencia para trabajadores informales. Cabe también señalar las experiencias de las ‘ollas comunitarias’ en Chile –como la de la comuna popular de Puente Alto, en Santiago, que asiste a 5.000 habitantes–, en Cali (Colombia), en varios municipios de Guatemala o en Buenos Aires, lugares del conurbano y otros puntos del interior de Argentina; o las de las Asambleas territoriales en Valparaíso (Chile), desde las cuales se han impulsado cosas como campañas de desinfección colectiva de espacios públicos, fondos solidarios, cuadrillas de seguridad alimentaria o la elaboración de manuales de pan. Aunque en primera instancia estas experiencias descritas no se orientan a confrontar a los poderes constituidos, tienen una importancia constitutiva para los procesos de fortalecimiento de las iniciativas populares y territoriales, y sobre todo, marcan claramente la ruta de una respuesta social ante la pandemia.

La tercera expresión contiene las posibilidades de horizonte y expansión de estas fuerzas, y se resume en la siguiente disyuntiva vital: es cierto que la pandemia tiene un poderoso efecto paralizante, pero en realidad todo esto es mucho más paradójico. Mientras busca confinar, desmoviliza y genera miedos, al mismo tiempo potencia escenarios de movilización, al profundizar drásticamente todas las contradicciones y causas que habían generado las protestas y descontentos. Más precariedad, más desigualdad, más estado de excepción. Esta contradicción fundamental es un muy claro ejemplo de lo que es este tiempo paradójico de colapso/oportunidades que vivimos en la actualidad.

Algunos, entre derechas e incluso izquierdas, ven con malos ojos los llamados a la movilización. Es verdad que la pandemia ha generado enfermedad, sufrimiento y muerte en los sectores populares, con la muy dolorosa pérdida incluso de referentes y líderes sociales como Ramona Medina (de la Villa 31 en Buenos Aires) o el cacique Messías Kokama, uno de los principales líderes de la Amazonía brasileña. Pero lo que resulta más dramático es precisamente que la pandemia de COVID19 no tiene el monopolio de la muerte, ni de la infección, ni de la precarización. Que esta pandemia es en realidad el síntoma de una constelación de males y enfermedades que aquejan y acechan a la mayoría de la población, para la cual la lucha es una cuestión cotidiana y fundamental para la sobrevivencia, para la reproducción de la vida. Y especialmente por eso, la pandemia vulnera más cuando se conjuga con esos otros males sociales, como la pobreza, la desnutrición, la falta de agua o el racismo. Que esto que muchos han llamado la ‘normalidad’ que existía previamente, en realidad era una pesadilla para millones de personas en la región, y principalmente en todo el Sur Global.

Por eso la cuarentena en América Latina para una parte de la población, desde sus inicios sencillamente no se podía cumplir (y aún no se puede), o bien no se podía sostener por mucho tiempo, sobre todo para quienes se buscan la vida en el día a día. Por eso se fueron evidenciando múltiples micro-protestas territoriales, a medida que se ampliaba la precariedad (morir de Covid o morir de hambre). Por eso en las últimas semanas, el escenario de movilizaciones retoma vuelo, como ha ocurrido en Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Venezuela, o en Córdoba (Argentina) –lo que ciertamente ocurre mientras otras tantas se producen por parte de sectores conservadores y de extrema derecha en nombre de las libertades económicas–, mientras se reavivan las protestas de Irak, Líbano, Hong Kong, India, entre otras.

La ecuación es muy complicada y nos encontramos ante un proceso de reorganización del sistema tal y como lo conocemos. Pero esta re-organización no ocurre ni ocurrirá de manera unilateral, estable, lineal e irresistible por los designios del gran capital y los Estados potencia. Esta nueva coyuntura se produce al interior de un sistema global que es en realidad más frágil que nunca, mucho más vulnerable y mucho más inviable. Lo que está en crisis es todo un orden histórico civilizatorio y esto nos ha traído a un tiempo límite, de umbrales ecológicos, económicos, energéticos; a un tiempo de eventos extremos donde la turbulencia es la normalidad. Así que nada está garantizado, nadie puede ya garantizar el control de la situación. Todo, absolutamente todo, está en disputa y el muy diverso campo popular juega, y es onda de choque en esta crisis.

En el corto plazo, por un lado, ante la agudización de las contradicciones y factores causales del descontento, podríamos presenciar una nueva ola de protestas en la región encabezada por la revuelta de los precarizados, provocada por el mundo extremo que va dejando la pandemia. Eso podría abrirnos a una nueva correlación de fuerzas que eventualmente podría allanar caminos a nuevas posibilidades y alternativas populares.

Por otro lado, en el devenir y transitar de esta crisis, las particulares condiciones que se desarrollan abren un campo de redefinición de lo común, de la autogestión, de lo público, de la gobernanza, que tendría importantes repercusiones. Estamos al interior de ese proceso.

Sentidos y dilemas de la revuelta, el antagonismo y lo común

Tenemos hoy muchísimas más preguntas que respuestas. ¿Cómo reproducir una vida digna, cómo transitar una vía alternativa, ante tal nivel de insalubridad global, ante tal nivel de precariedad de las condiciones de vida en el planeta, de las democracias, ante los sistemáticos bloqueos de alternativas? En este mundo en emergencia, de tiempos ajustados, parece que tendremos que ir caminando y resolviendo estas preguntas sobre la marcha. Pero, además de resolver las cuestiones básicas de la reproducción de la vida, seguiremos necesitando comprender y dotar de sentido la existencia, la revuelta, la re-existencia; la transformación socio-ecológica; nuestra forma de ser y estar en la Tierra. No parece bastar el antagonismo puro, mucho menos hoy cuando extremas derechas protestan, ocupan calles, se rebelan, se presentan como ‘anti-sistemas’ y piden un ‘cambio’; o bien cuando el crimen organizado o el narcotráfico insurgen, desafían a los poderes formales o crean violentas economías que logran incluir a parte de los sectores sociales más vulnerados, ganando adeptos entre ellos.

De manera que, el propio antagonismo, la forma y los significados que pueda tener, está en disputa. Es en este sentido que resaltamos el valor del proyecto y horizonte de lo común. Sobre todo en la medida en la que el antagonismo se enraíza en la acción colectiva, en el re-encuentro de los iguales y las diversidades, en la re-articulación integral de nuestros modos de ser y estar con las tramas de la vida, lo cual es fundamental ante un mundo que sufre los terribles efectos de la fragmentación. Lo común hoy, es una posición crítica ante la crisis, ante la posible nueva ola de privatización y mercantilización corporativa; ante el avance de las extremas derechas y sus posturas radicalmente anti-Vida; ante la idea de que el humano es un ‘virus’ depredador y no en cambio esta cultura moderno/occidental colonizante; ante la lógica del ‘sálvese quien pueda’ y la competencia feroz; ante la marginación económica e institucional del mundo de los cuidados; pero también, ante los nuevos Leviatanes de la emergencia o los posibles avances de un nuevo estadocentrismo ‘social’ que recanalice el potente descontento popular hacia una nueva ilusión de cambio desde arriba.

Sin embargo, esta idea de lo común como proyecto y horizonte no se presenta sólo como un lugar filosófico desde donde pensar ese antagonismo, sino tal vez principalmente como un modo de hacer: es una política productiva porque pone en el centro y punto de origen la transformación y la re-existencia en el aquí y en el ahora; no se sienta a esperar mediaciones, sino que territorializa ese otro mundo que imagina. Esto tiene un valor tremendo precisamente porque, en un mundo caótico y muy incierto, de grandes perturbaciones, es la comunidad el principio de orden. Comunizar es hoy un factor vital, pues se trata de tejer y re-tejer la comunidad, desgarrada por décadas de neoliberalismo y violencia neocolonial; es repotenciar la noción de interdependencia a partir de una política común del cuidado (y más en estos tiempos de insalubridad global y capitalismo enfermo); es por tanto, generar resiliencia y sumar en la correlación de fuerzas; es reconocernos en un nosotros-común entre iguales, que es esencialmente diverso (no un común homogéneo), y recomponer nuestra relación simbiótica con la naturaleza (el común con la trama de la vida ecológica), trascendiendo el antropocentrismo y dando cuenta que el planeta Tierra es en realidad la casa común.

Pero ante este sentido del antagonismo y del re-existir, la gran pregunta que ha surgido es cómo se reproduce ese común ante dinámicas de distanciamiento social, o bien en contextos de caos, conflicto armado o eventos ambientales extremos. Es la gran pregunta sobre lo común en el antropoceno. Algunos parecen haber declarado la muerte de lo común ante los escenarios actuales. Pero esta idea/clausura es muy limitada, por varias razones: primero, plantea una visión normativa y rígida que, ante ciertas condiciones, parece proponer que lo común está o no está, sin reconocer que más bien este se encuentra en permanente producción, adaptación, reformulación y flujo. No se trata pues de una forma pura a la cual se llega, sino, como hemos mencionado, es básicamente un referente, un lugar para pensarnos y sobre todo un modo político de hacer (que ciertamente también podría institucionalizarse). Lo segundo, hay numerosos ejemplos de cómo, en contextos adversos, lo común ha podido persistir, como ha ocurrido en comunidades que resisten en conflictos armados (teniendo como casos emblemáticos las experiencias kurdas y varias del sur de México) e incluso se reajustan para fortalecerse a partir de ellos. Lo tercero, en relación con lo segundo, nos señala que justamente en períodos de profunda crisis, lo común es un componente fundamental para allanar el camino para lograr salidas y alternativas, trazando un horizonte de restitución, autocuidado, sanación y recomposición vital; y cuarto y último, se trata también de reconocernos en las dinámicas propias de la trama de la vida y los ecosistemas, que son eminentemente cooperativas y simbióticas, es decir, que lo común nos constituye como parte de este tejido de vida en la Tierra.

La otra gran pregunta que surge tiene que ver con los alcances y límites de las iniciativas sociales, desde abajo, ante enormes desafíos como las pandemias de la globalización neoliberal o los grandes eventos ambientales del antropoceno. ¿Cómo nos sanamos ante un virus como este y una pandemia que en buena parte sale de nuestras manos, ante lo cual  pareciese que las grandes tecnologías y las instituciones estatales y privadas están mejor provistas para enfrentarlo? ¿Cómo se enfrentan grandes inundaciones, o algo de las dimensiones del cambio climático, desde los pueblos, sin que esto suponga una dramática y extraordinaria exposición social a tales peligros? Estas fundamentales preguntas nos remiten ineludiblemente a una discusión sobre la relación con el Estado y con lo público que, por su densidad, no podemos abarcar aquí. Pero sí quisiéramos plantear una idea: la protesta, organización y movilización social como una proyección del campo popular en la política global. Esto implica no ver única y necesariamente la contraposición pura y compartimentalizada de lo común, el Estado y lo privado (estos asuntos no pueden ser abordados en blanco y negro), sino también las relaciones conflictivas y ‘transfronterizas’ entre estos ámbitos, que en la medida en que la protesta y organización popular ganan terreno, posibilitan la transformación de la política en ámbitos más amplios que lo local.

Sobre esta idea de lo común como una política multi-escalar, de la proyección del campo popular en la política global, nos parece vital resaltar tres aspectos

No hay pizca de simplicidad en estos asuntos y, como ya hemos dicho, el tiempo de pandemia y reestructuración sistémica nos podría también abrir a nuevos tiempos de “Estadolatría” (Gramsci), bio-paternalismo y euforia estatal que legitimen que dicha reestructuración favorezca en el fondo mayores formas de explotación, expolio y despojo, y que las dinámicas suicidas que nos llevaron a esta situación crítica actual no sean afectadas. De ahí que es crucial poder respondernos a la pregunta, ¿cómo abordar una política no-estadocéntrica en estos tiempos? ¿Cómo lo común puede reproducir una política desde las autonomías en semejantes circunstancias?

El tan mentado frenazo de emergencia a la locomotora benjaminiana ha ocurrido. El futuro es hoy y la posibilidad de un giro radical de todo el orden civilizatorio se ha abierto. Algunos se organizan para una “nueva normalidad”. ¿Cuál es su posición ante el curso de lo que acontece?

Somos posibilidad en la asunción de nuestro derecho a existir, en la potencia de nuestra pulsión de re-existir; somos raicillas en las grietas de un sistema senil y decadente. Estamos vivas y vivos.

Caracas, mayo 2020

*Emiliano Teran Mantovani es sociólogo venezolano y ecologista político, miembro del Observatorio de Ecología Político de Venezuela

Fuente: https://rebelion.org/protestas-populares-y-sentidos-de-lo-comun-en-tiempos-de-pandemia-en-america-latina/