Qué Trabajo

Septiembre 2019

El de envenenamiento, exterminio de toda vida y destrucción tanto de comunidades como de ecosistemas.

 


 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía / Ecocida y genocida /Alternativas emancipatorias

 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía

 

 

Examinemos significados e implicancias de verse forzado conciente o inconcientemente a trabajar en los mega emprendimientos mineros y de cuál ha sido y es la función de todo gobierno progresista en el Abya Yala:

 

AMLO, la minería no es sustentable

26 de agosto de 2019

Publicado en: mesoamérica, méxico

20 de agosto de 2019

RED MEXICANA DE AFECTADAS/OS POR LA MINERÍA -REMA-

Sr. presidente, el Modelo Extractivo Minero por definición no es sustentable, toda vez que se trata de una actividad extractiva que se basa fundamentalmente en el uso de insumos NO RENOVABLES. Si a ello le agregamos que toda actividad minera por si misma genera daños ambientales y a la salud por la lógica de su implementación operativa, tenemos entonces una combinación maquiavélica y perversa, porque los daños son descomunales. Por ello, parte del procedimiento legal debe estar sustentado en una Manifestación de IMPACTO Ambiental. Sumemos a esto que, prácticamente desde hace medio siglo, la minería dio un salto cuántico con el uso de técnicas y tecnologías capaces de movilizar en pocas horas miles y miles de toneladas de rocas que en conjunto significan cerros enteros, a tal grado que sólo en este periodo de 50 años ya se han extraído poco más del doble de la cantidad de metales que se extrajeron desde la llegada de la corona española a México.

 

En este proceso se modificaron las técnicas de extracción y empezaron a implementarse las técnicas A CIELO ABIERTO Y LA DE TUMBE Y RELLENO, mismas que se vieron en la necesidad de extender sus áreas de extracción para poder tener espacio suficiente para lograr procesar la descomunal cantidad de material removido y extraer los metales de su interés con la ayuda de sustancias químicas como el cianuro de sodio o el ácido sulfúrico y otras sustancias ácidas, que ocasionó modificaciones en las leyes mexicanas y ya tiene tiempo que se crearon las NOM para establecer criterios y procedimientos para, a partir de ello, establecer en la ley que la minería tiene UN CARÁCTER TÓXICO. Por lo tanto, debe tener procedimientos de actuación y estar supervisada y vigilada porque potencialmente, como ya lo sabemos, son bombas de tiempo. Si tomamos en cuenta estos aspectos, no hay forma que nadie pueda sostener de manera real, coherente y científica que hay minería verde, sustentable, amigable con el ambiente. Luego entonces quienes promueven ese discurso de matices y maquillajes son los mismos de siempre, las multinacionales que utilizan a la ONU y otras instancias para mentir y seguir engañándonos, al igual que a usted, con que el progreso y desarrollo minero es el camino de los pueblos.

Toda la actividad minera contamina, pero el uso de las nuevas técnicas ha hecho que la contaminación alcance realmente niveles irracionales, entre los cuales, la técnica a Cielo Abierto es esencialmente la más depredadora del medio ambiente. Su elevadísimo consumo de agua, la contaminación de la misma y los millones de toneladas de desechos, terreros, jales, despolves plagados con metales pesados tóxicos y partículas de tamaño PM 10 y 2,5 literalmente expuestas al aire libre, son algunos de sus componentes que generan daños cotidianos, permanentemente e irreversibles, de tal tamaño y tan obvio que a simple vista se pueden discernir cómo es que no hay voluntad política para detener la minería.

Los datos en el mundo son contundentes:

 

a.      Es el megaproyecto que más destruye suelos, bosques, selvas, y, en consecuencia, provoca afectaciones sociales en todos los sentidos (destrucción del tejido social, daños de severos a graves e irreversibles a la salud, desarticulación familiar por muertes, etc.);

b.      También es el megaproyecto que más impacto induce contra los derechos humanos, a la vivienda, a la alimentación, al paisaje, a la cultura, porque en si mismo SU FIN ES EL DESPOJO y el despojo de territorios es tan brutal, que no se puede mirar el destrozo sin apelar a la mínima consciencia;

c.      Mariano Abarca o Bernardo Vázquez son una muestra de cientos de asesinados por resistir a tal despojo, a tal grado que llenan la geografía del país y de América Latina. Asesinatos que, por cierto, están en total impunidad;

d.      Es el megaproyecto extractivo que mayor acumulación de riqueza para sí mismo genera, y al mismo tiempo que es un mito la generación de muchos empleos, porque en su fórmula nunca cuentan, entre otros factores, los empleos que desplaza, lo cual es el otro componente central de la actividad minera EL DESPLAZAMIENTO FORZADO;

e.      Las concesiones mineras que ha entregado el gobierno mexicano están comprometidas en los Tratados de Libre Comercio para asegurar la ganancia y el extractivismo de las empresas mineras a tal grado que, de amenazar su actividad, demandan a los gobiernos con millones de dólares por impedir su actividad altamente lucrativa a expensas de los pueblos y del medio ambiente, tal como ya sucede en México, de tal manera que, se le agradece que desde su posición no se entreguen más concesiones, lo cual esperamos obedezca y cumpla el titular del sector;

f.       Es también una actividad extractiva que no asume, ni siquiera sus ridículos procesos creados por ellos mismos relacionados con la responsabilidad social corporativa, los principios rectores empresariales, el código para el buen uso del cianuro, etc., etc., por lo tanto, nunca cumple los costos sociales y ambientales que ellos mismos establecen en la MIA y en los convenios que firman con comunidades. Ni que decir de evasión o desviación o la omisión de los pagos hacendarios/impuestos que realmente corresponderían a sus ganancias y, sobre el pago del impuesto minero a municipios, que ahora se propone sea directo a comunidades, la verdad es que no tiene caso ni opinar al respecto, porque es notorio el desconocimiento de lo que ello significa. No respetan ni las débiles leyes mexicanas, ni las directrices internacionales, ni los convenios con las comunidades que, engañadas firman la depredación de la tierra;

g.      La ley minera que tenemos es un símil que Canadá impuso en toda América Latina, con lo cual le queremos decir, que de ninguna manera es cierto que en Canadá y en Estados Unidos la minería es cumplida, amigable y sustentable, sino todo lo contrario, de ahí mismo es donde viene lo que se implementa en México y en América Latina.

 

Por lo tanto, no sabemos quién le informa e influye en su postura totalmente errónea a lo que realmente sucede, aunque sospechamos que Gómez Urrutia podría ser uno de ellos o los responsables del sector, en especial el Sr Quiroga que sabemos es un exdirector de empresas mineras, por ende, un promovente que le interesa el sector, pero en lo más mínimo los daños que ocasiona, y por ello va a cenar con los empresarios mineros, pero es incapaz de atender a los pueblos afectados por las empresas. De hecho, es lamentable el nivel de injerencia del gobierno canadiense en ese tema y en particular el papel y rol que juega la embajada canadiense en México, que sale a celebrar la inversión minera en una de las zonas de mayor violencia del mundo como sucede en el estado de Guerrero, al mismo tiempo que el gobierno canadiense emite alertas para que los turistas canadienses no visiten Guerrero, más racismo de este tipo no se puede permitir, menos aun seguir generando una opinión de que la minería en México debe seguir el buen comportamiento de la canadiense o estadunidense, porque es totalmente falso.

 

Para nosotros como REMA, es mejor exhortarlo a que revise meticulosamente todo esto que le mencionamos, porque se trata de 11 años de narrativa, de vivencias en las comunidades, de apoyos académicos, de procesos de análisis e informativos de medios de comunicación, del intercambio de experiencias nacionales e internacionales, de atrevernos a demandar al gobierno canadiense porque sabemos que tenemos la razón jurídica, de pelearnos contra el despojo y el desplazamiento del mal llamado progreso y desarrollo minero.

 

Todo esto NOS HA ENSEÑADO A DERRIBAR LOS MITOS DE LA MINERÍA CANADIENSE, aceptar lo anterior es una prioridad para usted señor Presidente, porque de verdad si no lo hace, nos quedará un amargo sabor de boca porque pareciera que entonces, también quiere engañar a las comunidades y al conjunto de la sociedad tratando de convencer que la actividad minera es “compatible con el medio ambiente” y que además aporta a la economía del país y dan fuentes de empleo. Este Modelo Extractivo no es verde, no es sustentable, no es responsable, ni aporta al desarrollo del país. Nuestro campo, los pueblos originarios, la gran y prodigiosa diversidad de la naturaleza que tenemos, la fuerza del pueblo de México que ha aguantado el saqueo hasta el cansancio, es lo que tenemos para hacer crecer y cambiar al país, es lo que suponemos debe ser el fondo de la 4T, porque si seguimos en la retórica de la mentira, pero dicho desde la legitimidad que usted se ganó en el proceso electoral, entonces la 4T no es real, sino una idea suya, para usted y para los de siempre.

 

Desde antes de que asumiera la responsabilidad de ser Presidente le enviamos un comunicado en donde le pedíamos algunos guiños de que somos escuchados, que, para comenzar, cancelara todas las concesiones que son miles, en dónde no hay un sólo proyecto operando, como bien usted señala, sólo favorece la especulación y el engordamiento de vividores en la bolsa de valores, la venta ilegal de concesiones entre quienes las poseen y que debería ser penado con la cárcel en México porque el país no las vende y otros hacen riqueza de la insuficiencia legal que hay al respecto. Habría que solucionar primero el desastre ambiental del Grupo México en el Río Sonora, pero NO DESDE EL ACUERDO CON UN EMPRESARIO que se ha ganado desde hace años el pleno derecho de estar en la cárcel por la cantidad de personas y de miseria que han generado sus múltiples proyectos mineros que tiene en el país y en otros países, sino desde hacer valer el estado de derecho.

 

Por qué negociar con un hampón como el Sr Larrea y continuar sumiso a su negocio. Por otra parte, celebramos la postura adquirida para el rescate de los compañeros del desastre de Pasta de Conchos, al igual que celebramos deje fuera al Senador Gómez Urrutia y al Sr Larrea célebres coparticipes del abandono y no rescate de los 63 trabajadores, porque por lo menos es una luz para que por fin, ellos y sus familias descansen de este terrible agravio en donde el desprecio a la vida se volvió política pública.

 

 Le pedimos también sume a su mirada sobre la problemática minera a quienes han sido asesinados por defender la vida y el territorio, porque sus asesinatos son prácticamente carpetas de investigación, folders archivados, familias que se niegan a la impunidad y continúan persiguiendo a la justicia. Bernardo Vázquez, Mariano Abarca, Bety Cariño, Ismael Solorio y su esposa Manuela Ortiz, son algunos de los vacíos del corazón que cargamos por una política basada en el desastre y la violencia, que viven pueblos enteros y que todo ello empeora de manera significativa en aquellos que le dijeron sí a la minería como Carrizalillo y Nuevo Balsas en Guerrero, como en Salaverna, Mazapil, la Colorada y Chalchihuites en Zacatecas, como también sucedió en Cerro San Pedro de San Luis Potosí. Cada pueblo minero de estos y muchos más que por falta de espacio no mencionamos, han sido una parte fundamental de nuestro aprendizaje porque nos han proporcionado los elementos necesarios para construir y tener la total convicción de ser férreos opositores a ese tipo de progreso y desarrollo.

 

No queremos más violencia del Estado para quienes resisten por la vida y luchan en contra del despojo y del desplazamiento forzado. Basta de persecución por parte del Estado en Chiapas, Veracruz, Puebla, Hidalgo, San Luis Potosí, Zacatecas, Sonora, Chihuahua, Baja California Sur, Jalisco, Morelos, Guerrero, Michoacán, Guanajuato, en prácticamente todo el país. No nos parece ni correcto que usted Sr. presidente, establezca agenda con dichos falsos sobre una minería sustentable que no existe ni en México, ni en Canadá, ni en China, y que su regulación y “la buena dirección” de Gómez Urrutia la meterá al orden laboral, porque sabemos como abandona a sus trabajadores gremiales.

 

Tampoco nos parece justo que no escuche, ni hable, ni reciba a las resistencias contra las mineras, pero si convocar a empresarios para “regañarlos” y decirles que se porten bien y que no nos abandonen porque necesitamos sus empleos. Eso es totalmente incongruente con alguien que dice quiere transformar al país. Discutir la problemática minera para nosotros no pasa por un espacio de participación amplio, sino por terminar con las asimetrías y entonces sí darle forma y fondo a un proceso crítico y serio sobre la problemática que existe en torno a la industria minera, como sucede ahora con el INPI: creando consultas amañadas, falsas y sin contenido; entonces da igual y políticamente seguiremos como ya estamos en transiciones de oropel, mientras la gente y los ecosistemas mueren.

 

Su discurso en torno al respeto al medio ambiente, al combate al cambio climático, al desarrollo sustentable, entre otros “slogans” que posicionó durante su campaña y que continúa mencionando, por cierto con menos enjundia ahora que ya gobierna, no son congruentes con la práctica de las acciones que ya suceden, por lo que, NOS NEGAMOS A RECONOCER SU PALABRA, SI ESTA CONTINÚA OFRECIÉNDOLE APOYO A UNA ACTIVIDAD QUE ESTÁ MATANDO AL PUEBLO DE MÉXICO, a sus bosques, a sus recursos hídricos, a sus suelos y a su soberanía alimentaria.

 

Nos parece bien que al parecer ya no entregará más concesiones mineras, pero qué hará usted con las existentes que son miles, porque cada vez que inicia la operación de alguna de ellas daña, no una, sino varias comunidades, varios ríos, varios ecosistemas. Cancelarlas de forma definitiva y de forma permanente es el inicio para resolver los conflictos actuales; penalizar a aquellos dueños de las empresas que han violentado leyes, violado derechos y actuado de forma violenta contra los opositores a dicha actividad es una plataforma urgente para que las empresas empiecen a sentirse que no son más poderosas que el gobierno, ni que el pueblo de México. Eliminar la actividad extractiva a cielo abierto y de tumbe y relleno es una urgente necesidad, porque sólo de esa manera se provocará la transición y el impulso a otras formas de producción y consumo que debemos restituir, reconstruir y reafirmar entre todas y todos.

 

Sr. Presidente Andrés Manuel, como se dará cuenta, el tema minero ofrece una amplia gama de problemas que simplemente usted no observa y que, de hecho, acá ni siquiera alcanzamos a mencionarlas porque aun hay más tela de donde seguir cuestionando sobre los por qué luchamos para que no haya minería en México. No faltará quien salga al quite diciendo que necesitamos una Ley Minera moderna e incluyente, así como esperemos que, si nos lee, no salga con la retórica de que somos ingenuos al tema por querer expulsar de México una actividad loable y noble, porque si así lo piensa, le adelantamos que DE FACTO ATACARÁ A PAÍSES Y PROVINCIAS DE OTROS PAÍSES QUE YA HAN PROHIBIDO ESA ACTIVIDAD. Le podemos garantizar que nos podrán seguir criticando por mil cosas, pero no de ser ingenuos o que nos pongan la etiqueta de activistas radicales sin fundamentos ni legales, ni científicos, porque en lo que usted planea el rumbo, nosotros ya hemos pasado por la embajada de Canadá, por la ciencia, por los pueblos, por las empresas, por las leyes, por los trabajadores, por el agua contaminada, por miles de enfermos y, de todo ello hemos aprendido mucho para cuando llegue el momento, poner en ridículo a los dueños y empresarios mineros, lo que haremos cuando existan y se garanticen la igualdad de condiciones, cuando sean ellos quienes den la cara y no envíen a sus gerentes y no sea bajo su asimetría de dinero, la violencia y los políticos afines a ellos.

 

Usted ha creado una expectativa muy alta de credibilidad en este país la cual, por supuesto ya necesitábamos, pero por la forma en la que de repente hace uso de la palabra, nos preguntamos si sus operadores son tan inútiles que no pueden pasarle una ficha de verdad y no llena de mentiras. Es distinto que usted diga que no le importa si en el país opera una minería rapaz, a que diga que exhorta a que tengamos una minería verde y linda como en Canadá, porque sobre esta última frase, no hay forma que logre encontrar elementos ni técnicos, ni científicos, ni razonables, ni sustentables, ni epistemológicos sociales, por lo tanto, es una gran mentira y, en esas circunstancias no sólo se engaña a sí mismo, sino también al pueblo de México, ese pueblo que hoy le da toda la mano de la credibilidad.

Aún es tiempo, no lapide su principal fuerza basada en el apoyo social que ostenta al pretender vender la imagen de una actividad que está matando al planeta como si fuera una actividad sustentable.

¡TERRITORIOS LIBRES DEL MODELO EXTRACTIVO MINERO!

RED MEXICANA DE AFECTADAS/OS POR LA MINERÍA -REMA-

Fuente: https://movimientom4.org/2019/08/amlo-la-mineria-no-es-sustentable/

 

En consecuencia, sean neoliberales o progresistas, todos los gobiernos del Abya Yala  chantajean que si no hay extractivismos no habrá generación de empleo. Ocultan ser socios en esa acumulación gran capitalista que se realiza a costa de exterminio de la vida tanto de los pueblos como de los otros seres y de arruinar el país-continente en forma casi irreversible. Repitamos a REMA:"Es distinto que usted diga que no le importa si en el país opera una minería rapaz, a que diga que exhorta a que tengamos una minería verde y linda como en Canadá, porque sobre esta última frase, no hay forma que logre encontrar elementos ni técnicos, ni científicos, ni razonables, ni sustentables, ni epistemológicos sociales, por lo tanto, es una gran mentira y, en esas circunstancias no sólo se engaña a sí mismo, sino también al pueblo de México, ese pueblo que hoy le da toda la mano de la credibilidad.

Aún es tiempo, no lapide su principal fuerza basada en el apoyo social que ostenta al pretender vender la imagen de una actividad que está matando al planeta como si fuera una actividad sustentable".

 

Para los diversos de abajo y a la izquierda es hora de compromiso con:

 Medio ambiente

Una "transición justa”

10 de septiembre de 2019

Por John Bellamy Foster
Viento Sur

 La idea de una “transición justa” aparece en todas partes en la actualidad, especialmente en el preámbulo del Acuerdo Climático de París 2015, que hace referencia a la necesidad de “tener en cuenta los imperativos de una transición justa a la población activa y la creación de empleos decentes y de calidad de acuerdo con las prioridades de desarrollo definidas a nivel nacional” 1/.

La transición justa surgió por primera vez como un principio rector del movimiento laboral en los años 1970-1990 bajo el liderazgo de Tony Mazzocchi en la Unión Internacional de Trabajadores del Petróleo, la Química y la Energía Nuclear (OCAW-Oil Chemical and Atomic Workers International Union), que estuvo en el origen de la creación del movimiento sindical y medio ambiental.

Tony Mazzocchi buscó eludir el “chantaje al empleo” en el que a los trabajadores se les decía constantemente que, si apoyaban las medidas medio-ambientales, perderían sus empleos. En respuesta, ayudó a popularizar el concepto de transición justa y propuso un “Súper fondo -Superfund- para los trabajadores”. Esta medida tenía la intención de compensar a los y las trabajadores por los costes de la transición ambiental, al proporcionarles un apoyo financiero y oportunidades de educación superior a los trabajadores “desplazados”. En palabras de Mazzocchi: “Hay un Súper Fondo para las zonas contaminadas. Debería haber uno para los trabajadores”. Sin embargo, todos los esfuerzos para crear un Súper fondo para las y los trabajadores (en oposición al Súper fondo para las empresas) fueron bloqueados en todo momento por los intereses capitalistas dominantes 2/.

Empleos y medio ambiente

La causa sindical-medioambiental y la idea de una transición justa tuvieron que ser defendidas a principios de la década de 1990, principalmente por el United Steel Workers (USW). La declaración de política ambiental del USW, adoptada en agosto de 1990 bajo el título “El mundo de nuestros niños: los metalúrgicos y el medio ambiente", decía que “creemos que la mayor amenaza para el futuro de nuestros niños podría ser la destrucción de su medio ambiente”. Los seres humanos ahora tenían “el poder de cambiar nuestro medio ambiente irreversiblemente”. Sobre el calentamiento climático (calentamiento plantario), el informe declaraba:

“La quema de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón genera miles de millones de toneladas de dióxido de carbono cada año. Este gas y otros atrapan el calor en la atmósfera. El calentamiento planetario resultante podría derretir los casquetes polares, inundar nuestras ciudades costeras y convertir vastas áreas agrícolas en desiertos. El problema se agrava por la destrucción generalizada de nuestros bosques, que ayudan a absorber el exceso de dióxido de carbono. La pérdida de bosques y otros hábitats amenaza la extinción de muchas especies de plantas y animales. Incluso nuestros océanos están amenazados por la escorrentía tóxica, los derrames de hidrocarburos y el vertido de residuos en el mar” 3/.

Quizás en su observación más memorable sobre la naturaleza de la transición justa, el informe de 1990 del USW agregaba: “A largo plazo, la elección real no es el empleo o el medio ambiente. Son los dos o ninguno” 4/.

Refiriéndose a su documento original “El futuro de nuestros niños”, el USW señalaba en su informe ambiental de 2006, “Protejamos el mundo de nuestros niños”: “Nuestro informe original identificaba el problema del calentamiento global como el más importante de nuestra vida y advertía contra el riesgo de no hacer nada” 5/. Los principales enemigos, señalaba el USW [sindicato de los metalúrgicos], eran las multinacionales.

El concepto de transición justa se ha extendido por todo el mundo en el siglo actual y ha sido adoptado por la Confederación Sindical Internacional (CSI-ITUC), al tiempo que recibía el apoyo de la Organización Internacional del Trabajo. Para la CSI, la transición justa podría concebirse como una “herramienta que el movimiento sindical comparte con la comunidad internacional, con el objetivo de facilitar la transición a una sociedad más sostenible y proporcionar esperanza sobre la capacidad de una economía verde de garantizar trabajos decentes y medios de vida para todos” 6/. Lo que es más importante, la CSI estima que es necesario abordar las realidades que se desprenden de las inequidades ambientales mundiales que se reflejan entre los países desarrollados con alta intensidad en la producción de carbono y los países en desarrollo con bajas emisiones de carbono, muy vulnerable al cambio climático 7/. Ninguna solución es posible sin reconocer las diferencias en la forma cómo las masas trabajadoras se insertan a escala mundial ante el cambio climático y las necesidades energéticas.

¿New Deal verde?

Mientras tanto, el concepto de transición justa se ha extendido mucho más allá del mundo del trabajo y ahora se considera que también abarca cuestiones de los derechos de los pueblos indígenas y de la justicia ambiental. Para la Indigenous Environmental Network, basada principalmente en los Estados Unidos, una transición justa debe hacer frente a “una herencia de explotación, de ecocidio, de injusticia medioambiental, energética, climática y económica”. Por lo tanto, debe abarcar “el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y los derechos de la Madre Tierra” (Mother Earth). Además, "una transición justa requiere el rechazo de todos los mecanismos basados en el mercado que permiten la cuantificación y mercantilización de los recursos y procesos naturales de nuestra Madre Tierra, renombrados ‘servicios ecosistémicos’, comercio de derechos de emisión de CO2, compensaciones de carbono, compensaciones de conservación y biodiversidad, y financiarización de la naturaleza” 8/. La Climate Justice Alliance destaca por su parte que la transición justa debe abordar las injusticias medioambientales, tales como el racismo ambiental profundamente arraigadas en la sociedad actual 9/.

La propuesta principal actual para un New Deal verde -asociado a Alexandria Ocasio-Cortez, socialista democrática [miembro del Partido Demócrata], incluye el reconocimiento de la necesidad de una transición justa, es decir, el reconocimiento de las necesidades de las y los trabajadores, pueblos indígenas y el movimiento de justicia ambiental. Pero son precisamente las nociones más radicales de una transición justa las que son atacadas y es probable que se negocien desde el principio en un intento por integrar el #GreenNewDeal en la sociedad capitalista. Por esta razón, la asociación Ciencias para el Pueblo (Science for the People), relanzada recientemente, ha lanzado su Campaña del Nuevo Acuerdo de los Pueblos (People’s New Deal Campaign), para subrayar la idea de que nada se puede lograr sin una lucha que integre las exigencias de los y las trabajadores, las personas de color, los pueblos indígenas, las mujeres, las personas LGBTQ y las poblaciones del Sur. Además, ello debe comenzar con la oposición al militarismo y al imperialismo. También significa el rechazo de soluciones “eco-tecno” como la energía nuclear, la geo-ingeniería y otras “alternativas” engañosas y destructivas 10/.

Cambio de sistema

Sin embargo, es precisamente cuando el llamamiento a una transición justa se universaliza, teniendo en cuenta las necesidades de las poblaciones a escala mundial, de las generaciones futuras y de la diversidad de la vida en la tierra, se hará evidente que tal transición es imposible bajo el capitalismo. De hecho, representa la negación concreta del capitalismo. Aquí, el mensaje del movimiento ecosocialista, encarnado por organizaciones como System Change Not Climate en los Estados Unidos, es indispensable 11/. Una transición justa, si debe ser más que palabras, requiere un modo de producción completamente diferente, que ya no se base en la lógica de “¡Acumulad, acumulad! ¡Es decir Moisés y los profetas!” 12/.

Por lo tanto, una transición justa se entrelaza necesariamente con la lucha de clases, mientras se cruza con las luchas por la reproducción social, contra el capitalismo racial, el militarismo y el imperialismo, que ponen en cuestión los fundamentos mismos del capitalismo. Si queremos salvar el mundo de nuestros hijos, tendremos que ser más revolucionarios que nunca en la historia de la humanidad, dirigiendo nuestros esfuerzos hacia el desarrollo humano duradero, es decir, el socialismo completo, que englobe las necesidades de toda la cadena de las generaciones humanas, así como la protección de la tierra misma. A fin de cuentas, no puede haber otro significado para una transición justa. 

Notas:

1/ Acuerdo de París (2015) - texto sobre la web de la Confederación (CH).

2/ Samantha Harvey, Leave No Worker Behind, Earth Island Journal (Verano de 2018); Jeremy Brecher, “A Superfund for Workers”, en Dollars & Sense (noviembre-diciembre de 2018).

3/ United Steel Workers Environmental Task Force, Our Children’s World (Otoño de 1990), reproducido en New Solutions: A Journal of Environmental and Occupational Policy 2 , No. 2 (1992), citado en United Steel Workers, Securing Our Children’s World (2006), 4, 9.

4/ United Steel Workers, Our Children’s World, citado en David Foster, “BlueGreen Alliance”, International Journal of Labor Research 2, No. 2 (2010): 234.

5/ United Steel Workers, Securing our Children’s future, 5.

6/ International Trade Union Cofederation, A Just Transition: A Fair Pathway to Protect the Planet (2009), citado dans Anabella Rosemberg, “Building a Just Transition”, International Journal of Labour Research 2, no 2 (2010): 141.

7/ Rosemberg, “Building a Just Transition”, 145-48.

8/ Indigenous Environmental Network, “Indigenous Principles of a Just Transition”, consultado el 20 de junio de 2019.

9/ Climate Justice Alliance, “Just Transition”, consultado el 20 de junio de 2019.

10/ Zach Zill, “Nine Ways Scientists Can Support a People’s Green New Deal”, Science for the People 22, no 1 (primavera de 2019).

11/ Ver https://systemchangenotclimatechange.org

12/ Karl Marx, El Capital, Libro 1, sección octava.  

 

 John Bellamy Foster es profesor de sociología en la Universidad de Oregón y editor de la Monthly Review. 

Artículo publicado en Rebel, The socialist Website; 21-6-2019: 
http://www.rebelnews.ie/2019/06/21/3287/ 

Traducción de Viento Sur

https://vientosur.info/spip.php?article15099

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=260286

 

 Ecocida y genocida

 

Comprometámonos, abajo y a la izquierda, con "las luchas por los territorios, por los derechos humanos, por los medios de subsistencia, la conservación de las formas tradicionales de vida, el respeto a la naturaleza, la conservación del territorio como espacio geográfico, la identidad, el arraigo y las formas de vida de las personas. Incluso por la conservación del paisaje: en el caso de la minería a cielo abierto, en San Luis Potosí, donde había un cerro solo queda ahora un socavón en que no podrá prosperar actividad productiva alguna porque ya no hay tierra. El cerro, emblema de su territorio y de su identidad, ha sido fagocitado por la minera".

 

Extractivismo: expresión del sistema

capitalista-colonialpatriarcal

 

Por María del Rosario Ayala Carrillo*, Emma Zapata Martelo* y Ramón Cortés Cortés

 

Resumen: El extractivismo en la minería mexicana es un fenómeno de herencia colonial y capitalista que afecta de manera diferente a mujeres y hombres debido a las relaciones patriarcales y de explotación establecidas. En el artículo se analiza la manera en que el extractivismo ha impactado en las mujeres y sus cuerpos. Una de las premisas es que, para la acumulación por desposesión, el sistema capitalista-colonial-patriarcal ha requerido apropiarse de los cuerpos femeninos y sus productos tanto biológicos (hijas e hijos como mano de obra) como materiales (trabajo asalariado y doméstico) y territoriales (recursos naturales). Se analiza cómo la minería despoja a las mujeres y permite la acumulación por desposesión de acuerdo con las exigencias del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado, pasando sobre los derechos básicos de las mujeres.

 

Capitalismo: máxima expresión de extractivismo y despojo

El capitalismo, cimentado en la violencia y el despojo de la naturaleza, utiliza a los seres humanos y sus modos de vida para alcanzar su expansión a través del extractivismo y la acumulación continua. No existe modernidad sin colonialidad ni capitalismo sin extractivismo (Parra-Romero, 2016). Composto y Navarro (2014: 34) señalan la forma de operar del capitalismo : Necesita transformar la naturaleza en un mero medio de producción y todos los procesos vivos que le son inherentes en potenciales mercancías; y destruir todas aquellas relaciones sociales, constelaciones culturales y lenguajes de valoración no mercantiles para subsumirlas en la lógica unidimensional del mercado, el individualismo y la ganancia privada. Actualmente estos procesos se han exacerbado a niveles que ponen en riesgo la vida humana y natural del planeta. El modelo capitalista, inserto dentro de los Gobiernos, se promueve a través del discurso de desarrollo y modernidad. Santos (2014: 13) señala que el discurso desarrollista “se escucha como un ruido ensordecedor, de máquinas, de árboles que caen, de ríos que se agotan, de animales que lloran y de familias angustiadas”.

Con este discurso, pronunciado desde hace más de quinientos años, se ha saqueado el continente con la promesa de acabar con las carencias y construir un mundo más equitativo. Sin embargo, lo que ha tenido lugar es un genocidio liberal que ha acabado con pueblos enteros calificados como subdesarrollados para quedarse con sus territorios (Santos, 2014). En la minería mexicana, incluso se acusa a las y los pobladores de retrógrados y primitivos por no aceptar que las empresas transnacionales lleven “progreso”, “trabajo” y “bienestar” a sus territorios, exploten sus tierras y extraigan sus recursos. El Estado, en contubernio con las empresas transnacionales, permite la explotación, el extractivismo y la expropiación del derecho de los trabajadores, mujeres y hombres, de vivir dignamente (Merchand, 2013), sin ningún compromiso con el bienestar social de los territorios explotados.

 

Por el contrario, la lógica se limita a explotar los recursos naturales y humanos y extraer el máximo beneficio para reproducir el capital económico (Zibechi, 2014). El Estado legaliza la explotación in situ y promueve el flujo de fuerza de trabajo desde las áreas rurales próximas a las minas (Merchand, 2013), que frecuentemente afecta a las personas más pobres, según la lógica capitalista incapaces de aprovechar y explotar esos recursos. En palabras de Harvey (2004), la acumulación por desposesión se hace posible mediante la liberación de un conjunto de activos, incluida la fuerza de trabajo a un coste muy bajo y en algunos casos nulos, sin importar si se trata de mujeres, hombres o incluso niños y niñas. Dice Merchand (2013: 115): “la acumulación de pocos solo es posible gracias a la expropiación de muchos […], la propiedad privada en manos de algunos solo es posible con una mayoría desposeída, carente de garantías”.

En el extractivismo minero, además del colonialismo y el capitalismo, que lo permean, también influyen otras variables, como el género. Gartor (2015) señala que las relaciones de explotación y apropiación de los territorios implican también la de los cuerpos y las formas de vida. Pérez (2014) indica que el feminismo visualiza el sistema socioeconómico actual como capitalista, heteropatriarcal, neocolonialista y antropocéntrico. El capitalismo opera en el mercado y en lo público, mientras que el patriarcado opera en lo privado-doméstico, en las casas; aunque no hay una separación real entre ambos, pues mantienen una relación dialéctica. El primero conlleva una explotación de clase a través del trabajo asalariado y el patriarcado, una opresión de género materializada en el trabajo doméstico. Las mujeres están sometidas a ambos (Pérez, 2014).

 

Apropiación de los cuerpos femeninos y sus productos

El capital, que no puede desarrollarse sin los medios de producción y la fuerza de trabajo, no afecta de la misma manera a mujeres y hombres porque es patriarcal y, como tal, jerarquiza las vidas concretas. Composto y Navarro (2014) señalan que, para poder acumular, el capitalismo debe separar a las personas de sus medios de producción y reproducción, a fin de convertirlas en fuerza de trabajo “libre”, susceptible de ser explotada. Así las mujeres son objetivadas como un recurso natural y material, como un objeto con valor económico, pero fácil de desechar. Las mujeres son un producto, una mercancía que puede ser poseída, comprada, tomada o violentada. Según la lógica del capitalismo, ellas se han incorporado a diversas actividades según las necesidades e intereses del mercado económico.

Se aprovecha su mano de obra a través del trabajo remunerado, no como una decisión emancipadora, sino como una necesidad, como una estrategia de supervivencia para ellas y una estrategia de mercado para el capitalismo. Explotadas como mano de obra, solo tienen razón de ser en cuanto producen ganancias para las empresas a través del trabajo mal pagado. En el caso específico de la Minera San Xavier,1 en Cerro de San Pedro, San Luis Potosí, el trabajo de las mujeres ha sido muy importante para dos vertientes del extractivismo. Por un lado, en el mantenimiento de la fuerza de trabajo, pues ellas son quienes proveen los cuidados, preparan los alimentos, limpian y realizan otras actividades que permiten que los trabajadores, varones y mujeres, puedan dedicar por lo menos ocho horas diarias al trabajo en la mina. Como amas de casa, hacen el trabajo reproductivo y de cuidado gratis. Un trabajo que las empresas no pagan, pero del que se benefician directamente, pues es indispensable para man tener y renovar la mano de obra. También están presentes en prostíbulos que pululan en zonas mineras y son víctimas de la trata al servicio de empleados y obreros de la industria minera (Bermúdez et al., 2014; Cortés et al., 2016). Por otro lado, se explota su fuerza de trabajo, ya que ellas se emplean como trabajadoras de la minería, sobre todo en trabajos de intendencia y como personal administrativo, a diferencia de los hombres, que operan maquinaría u ocupan puestos en los laboratorios.

 

La superexplotación del trabajo femenino implica un pago por debajo de su valor, la intensificación del trabajo productivo y reproductivo y la superposición de hasta tres jornadas laborales. Las empresas no asumen y ni siquiera visualizan los costes para las mujeres.

De este modo se niegan estructuralmente las condiciones necesarias para reponer su desgaste, sobre todo porque se las puede reemplazar fácilmente (Composto y Navarro, 2014). Según esta lógica, el valor de las personas está dado por su trabajo, en cuanto objetos que pueden ser explotados. La enfermedad o incapacitación para trabajar les resta todo valor y pasan a representar una carga, que debe ser asumida de manera privada por las familias, especialmente por las mujeres. En el caso de la minería en México, las mujeres son quienes se hacen cargo de los enfermos de uno y otro sexo que deja la minería en sus múltiples formas (enfermedades venéreas, problemas pulmonares, de riñones y contaminación, entre otras), como demuestra el trabajo de Salazar y Rodríguez (2015).

 

Trabajar en la minería implica condiciones sociales, económicas, geográficas y físicas desfavorables para las mujeres, lo que constituye un aspecto de lo que en una entrevista (Navarro y Linsalata, 2014) Federici ha definido como la crisis de la reproducción, en la que la gente está siendo desposeída de los bienes más básicos para su reproducción, ya sean la tierra, los servicios, los trabajos o cualquier forma de ingreso, incluso el obtenido con el trabajo corporal, la salud y la propia vida.

 

Territorios y recursos naturales

Las mujeres tradicionalmente han tenido menor acceso al ingreso que los hombres. Para ellas, poseer bienes naturales es importante y estratégico (Federici, entrevista con Navarro y Linsalata, 2014). En la minería, el papel de las mujeres se ha analizado desde dos perspectivas:

 

1) De forma pasiva, en la problemática del despojo. “Las mujeres aparecen apartadas de esta labor de conquista, salvo como acompañantes de sus maridos” (Sabuco, 1997: 67). Participan muy poco, y cuando lo hacen, solo apoyan las decisiones y las negociaciones de los hombres. Muy pocas son ejidatarias2 y poseedoras de la tierra. Y, aun cuando lo son, no tienen voz; su voto está a favor de la mayoría: cuando se toma una decisión, la apoyan, pero no tienen voz activa para decidir o refutarla (Cortés, 2017).

 

2) Otras participan en los movimientos sociales en contra de la minería. No es casual que ellas sean las primeras en movilizarse para reclamar su tierra, ya que son las encargadas de proveer alimentos y cuidar la salud y el bienestar de la familia, con la desventaja de no contar con los recursos naturales, tales como la tierra, el agua y el bosque, además de carecer de ingresos monetarios. Todo ello dificulta sus labores y las vuelve presas fáciles del capitalismo depredador.

 

Reflexiones finales

 

Se ha dicho que el capitalismo implica la extracción y explotación de recursos naturales y humanos, así como que promueve la privatización y mercantilización de la vida, y que para lograr la acumulación por desposesión necesita un contubernio con el Estado.

 

El capitalismo no puede desligarse del colonialismo ni del patriarcado; los tres se retroalimentan. El extractivismo y la explotación han afectado de diferente forma a mujeres y hombres, sobre todo porque, junto al capitalismo colonialista, está el patriarcado, que vulnera a las mujeres e invisibiliza las condiciones en que viven y se “desarrollan”. El cuerpo de las mujeres ha sido apropiado en diferentes aspectos: en el binomio producción-reproducción, ellas se han incorporado a los trabajos más explotados y peor remunerados, mientras que siguen realizando las actividades reproductivas y los trabajos sin ingresos, que promueven y mantienen el bienestar familiar y social. Están presentes en burdeles donde se favorece el alcoholismo y la violencia. Atienden enfermedades causadas por la minería y su entorno, como las derivadas de las relaciones sexuales sin protección. Así el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado se sustentan mediante el extractivismo, el despojo y la explotación de territorios y también de cuerpos. Detrás de todo esto, están las luchas por los territorios, por los derechos humanos, por los medios de subsistencia, la conservación de las formas tradicionales de vida, el respeto a la naturaleza, la conservación del territorio como espacio geográfico, la identidad, el arraigo y las formas de vida de las personas. Incluso por la conservación del paisaje: en el caso de la minería a cielo abierto, en San Luis Potosí, donde había un cerro solo queda ahora un socavón en que no podrá prosperar actividad productiva alguna porque ya no hay tierra. El cerro, emblema de su territorio y de su identidad, ha sido fagocitado por la minera. Bibliografía: (...)

Fuente: https://dialnet.unirioja.es

En consecuencia, el sistema mundo capitalista mirando exclusivamente por el enriquecimiento ilimitado de oligopolios globales y globalizados está maximizando su expoliación tanto al trabajo social e internacional como a la naturaleza y el despojo a comunidades campesinas e indígenas. De suerte que extrema la pobreza, la exclusión, el hambre, las enfermedades por contaminación ambiental y está arrasando con los equilibrios ecológicos con orígenes en las biodiversidades devastadas. Pero toda esta conversión del planeta en inhabitable es para estar hoy la humanidad y los otros seres vivos subsumidos en:

La crisis que viene

16 de septiembre de 2019

Por Juan Torres López

Nueva Tribuna

 

La mala costura de la anterior crisis dejó a la economía mundial 'tocada' y con una recuperación más aparente que real. En 2020 o 2021, pero se da por hecho que la sufriremos de nuevo

Desde hace unos meses hay una convicción generalizada entre los expertos sobre la proximidad de otra crisis (un cambio en la senda actual de crecimiento económico seguido de inestabilidad) y quizá de una nueva fase de recesión económica (crecimiento negativo durante más de dos trimestres consecutivos) que conduzca a otra etapa posterior de nuevas dificultades.

Las diferencias de opinión tienen que ver sobre la fecha en que comenzará a producirse -en 2020 o 2021- pero se da por hecho que vamos a sufrirla, de modo que es muy conveniente estar al tanto y tratar de adelantarse a lo que ya parece inevitable.

A mi juicio, hay algunas señales que indican claramente que la crisis está muy cerca y algunas razones de peso que llevan a pensar que va a ser inevitable y de relevancia, aunque de naturaleza diferente a la que vivimos a partir de 2007-2008. Las comento brevemente a continuación.

Las señales

La economía de China crece al ritmo más bajo de los últimos 30 años. Alemania sólo se ha salvado de entrar formalmente en recesión por unas décimas. La de Estados Unidos lleva el periodo más largo de crecimiento positivo de toda su historia pero, precisamente por ello, cabe esperar que se encuentra a las puertas de un frenazo inmediato. Algo que ya anticipan muchos indicadores. El de actividad de la industria química, por ejemplo, está empeorando y eso significa que lo hace toda la economía estadounidense, puesto que los productos químicos se utilizan en todos los sectores. Por otro lado, la rentabilidad de los bonos a un año ha comenzado a superar a la del bono a 10 años, y sabemos que cada vez que eso ha ocurrido se ha producido una recesión en Estados Unidos entre 9 y 25 meses después.

Si tenemos en cuenta que esas tres economías representan alrededor el 55% del PIB mundial y que también están en una situación muy parecida otras de las más grandes, como la de Japón o Italia, las de países de menor peso económico pero relevantes (como Argentina, Irán, Venezuela, Singapur, Brasil, México...) o, por otras razones, la de Gran Bretaña... parece claro que la desaceleración de la actividad económica en todo el mundo es un hecho indiscutible.

Las causas de la crisis

Constatar que la economía mundial se desacelera es importante pero lo que realmente puede darnos una idea precisa de lo que se nos viene encima son las causas que han provocado la situación en la que estamos y las que hacen que la llegada de una nueva crisis sea ya inevitable a estas alturas. En mi opinión, las más importantes son las siguientes.

En primer lugar, que no se resolvió adecuadamente la anterior, provocada por los bancos y los grandes fondos de inversión al corromper el sistema financiero de todo el planeta. La mala costura dejó a la economía mundial "tocada" y registrando una recuperación que en realidad ha sido más aparente que real. En particular, el incremento de la desigualdad y la deuda ha debilitado la demanda de consumo y la de inversión y eso hace que la inmensa mayoría de las empresas, las que no tienen poder de mercado, tengan más difícil obtener beneficios generando la producción y el empleo que son la base de la estabilidad económica.

La mala costura de la anterior crisis dejó a la economía mundial 'tocada' y registrando una recuperación que ha sido más aparente que real

En segundo lugar, que las políticas de estímulo que hasta ahora han venido aplicando los gobiernos o los bancos centrales, según los casos, han sido insuficientes y ahora, además, están empezando a ser insostenibles. Por un lado, porque la deuda, tanto pública como corporativa, está alcanzando niveles cada día más alarmantes. Y, por otro, porque con los tipos de interés prácticamente a cero o incluso negativos, es muy difícil poder utilizarlos con bajadas significativas para impulsar la actividad. En cuanto el gasto y la financiación se han ido desinflado un poco, las economías se han desacelerado y si desaparecieran la situación se pondría todavía más fea.

En tercer lugar, los conflictos comerciales (China-Estados Unidos o Europa-Mercosur, entre otros) y el proteccionismo reaccionario de Trump que está produciendo efectos muy negativos, no sólo sobre las importaciones y exportaciones entre las superpotencias sino también sobre las de otros muchos países. Como no parece que la tensión se vaya a resolver a corto plazo, el daño irá a más. Sobre todo, si Trump intensifica el conflicto para usarlo como arma electoralista dando pie a que se extienda a los mercados de divisas. En ese caso, sus efectos serían mucho más potentes, generalizados y dañinos.

En cuarto lugar, hay que tener en cuenta que los sistemas financieros de todo el mundo apenas si se han reformado después de la crisis de 2008 y que siguen en situación de gran fragilidad. Eso hace que su contribución para mejorar las cosas, proporcionando la financiación y apoyo necesarios, esté siendo más escasa justamente a medida que la situación se va complicando.

En quinto lugar, estamos viviendo tensiones geopolíticas que producen gran riesgo e incertidumbre porque pueden derivar inmediatamente en gravísimos problemas económicos y energéticos, algunos globales, si estallan: Brexit, Irán, Venezuela, Turquía...

Finalmente, pero no por ser la última menos importante sino quizá todo lo contrario, resulta que las bolsas de todo el mundo están al borde de un colapso cuyos efectos serían demoledores para muchas grandes empresas y para el sector financiero. Y todas las señales apuntan a que eso es lo que se va a producir sin remedio como consecuencia, entre otros factores, de la sobrecapitalización de las más grandes empresas del mundo (que vienen utilizando sus beneficios para realizar compras multimillonarias de sus propias acciones); de la especulación a gran escala y a toda velocidad que domina los mercados; y de la gran inestabilidad que lleva consigo la incertidumbre y el riesgo que provocan la coincidencia de todos los factores anteriores que acabo de señalar.

Una crisis distinta a la de 2008

Cuando se oye decir que se aproxima ahora una nueva crisis es lógico que todo el mundo mire hacia atrás y recuerde la de 2007-2008 para preguntarse si será lo mismo. Pero será diferente.

Como se sabe, la anterior tuvo su origen en el sistema financiero que es quien proporciona la financiación al resto de la economía. Y la financiación es como la sangre de un animal o la savia de una planta, lo que significa que si se bloquea, si se contamina o se corrompe, destruye a todo lo que vive de ellas. Cuando eso ocurre, como ocurrió cuando los bancos de todo el mundo se dedicaron a producir productos e inversiones financieros que eran pura basura, se da lugar a una crisis que, precisamente por esa razón, se dice que es sistémica: porque casi nadie se puede salvar de ella y porque afecta a todas las economías prácticamente sin excepción.

La crisis que viene ahora no será de este tipo. El estado del sistema financiero mundial sigue siendo muy frágil, como acabo de señalar y por razones que no tengo espacio para comentar aquí, y eso puede dar lugar a que explosione en cualquier momento. Pero no parece que eso sea lo que vaya a ocurrir en los próximos meses. O, mejor dicho, me parece mucho más probable que las explosiones se produzcan primero en otros ámbitos del sistema económico.

La nueva crisis no tiene su origen en el sistema financiero sino en el mercado de bienes y servicios. Pero tampoco vendrá producida sólo por la escasez de demanda que viene dándose desde hace años como consecuencia de la caída de los salarios en todo el mundo (y que en condiciones normales se puede resolver inyectando gasto desde el Estado o medios de pago desde el banco central). En esta ocasión, la crisis es principalmente de oferta real y tiene que ver con dos factores que ya se han destapado y con uno que aparecerá a posteriori.

Los dos primeros son, por un lado, la guerra comercial que he mencionado y sus casi seguras consecuencias sobre los mercados de divisas; y, por otro, la lucha para lograr mejores posiciones en la próxima revolución tecnológica ligada a la robótica, la inteligencia artificial o los nuevos tipos de comunicaciones. El tercero tiene que ver con los problemas que una crisis así termina siempre generando sobre las fuentes de energía y que ahora se verán agravados al encontrarnos en medio de un cambio climático de excepcional envergadura.

Los peligros que trae la crisis

La ventaja de una crisis de este tipo respecto a una financiera es que no suele ser sistémica y que, por tanto, es posible que algunas economías, sectores o empresas escapen de ella. Pero tiene otros peligros tanto o más letales.

El primero, que afecta en primer lugar y de lleno a la vida de las empresas, es decir, a las organizaciones que crean los bienes y servicios que necesitamos, las que generan los ingresos salariales con los que vive la mayoría de la gente y las que en teoría deben invertir para mejorar nuestra calidad de vida y la marcha de la economía.

El segundo peligro es que una crisis como la que viene no se puede resolver simplemente haciendo "transfusiones" de dinero desde los bancos centrales (como hizo, por ejemplo, la Reserva Federal de Estados Unidos cuando en sólo seis meses de 2008 creó más dinero para inyectar a los bancos comerciales del que había creado desde 1945). Ni tampoco aumentado el gasto público, porque la deuda ya es muy elevada en la inmensa mayoría de las economías, además de que los problemas de la oferta empresarial -como acabo de señalar- no consisten sólo en que no tengan demanda suficiente.

El tercer peligro que conlleva una crisis como la que viene es que producirá caída de la producción y el empleo y, al mismo tiempo, aumento de precios, de modo que serán necesarias políticas de control justamente contrarias a las que habría que adoptar para reactivar la vida empresarial y la demanda.

El cuarto peligro es que, si la crisis que viene va acompañada, como yo creo que va a ocurrir, de un desorden grave en los mercados de capitales y en las bolsas, lo que sucederá es que un buen número de las mayores empresas del planeta tendrán dificultades que les van a obligar a modificar sus estrategias de todo tipo, produciendo así un incremento generalizado del desorden y de la inestabilidad y, como resultado, nuevos problemas financieros como consecuencia de la falta de liquidez en todos los mercados.

La crisis que viene es de nueva ola: no se le podrá hacer frente con los instrumentos convencionales de la política económica, ni la política monetaria ni la fiscal tradicionales nos van a servir

El quinto peligro que a mi juicio acompaña a la crisis que se aproxima es que no se le va a poder hacer frente recurriendo solamente a los instrumentos convencionales de la política económica. Es de nueva ola. Ni la política monetaria ni la fiscal tradicionales nos van a servir; mantener las actuales pautas de distribución que aumentan la desigualdad dificultará cada vez más que se recupere la oferta de las empresas; seguir dando completa libertad a los grandes operadores que acaban con la competencia en los mercados y los controlan a su antojo para primar la especulación y el despilfarro de recursos producirá ineficiencia e inestabilidad crecientes; no actuar radicalmente sobre el cambio climático y sobre el deterioro ambiental traerá subidas de precios y escasez; y aceptar que la economía de nuestra planeta no tenga más gobierno que el de los intereses minoritarios de los más poderosos en un contexto político de democracias cada vez más debilitadas y vacías de contenido, nos puede sumir en un auténtico caos.

Nos encontramos, en resumen, a las puertas de una crisis que no va a ser sistémica y quizá ni siquiera global, sino que va a manifestarse en detonaciones sucesivas, en diferentes lugares y con magnitud muy diversa, de oferta en el mercado de servicios y que no responderá a las terapias convencionales. Recurrir a los envejecidos paradigmas de conocimiento dominantes para diagnosticarla y aplicarle las medidas políticas de siempre mitigará alguno de sus efectos, pero seguirá dejando abiertas de par en par las ventanas por donde se colarán las siguientes y más peligrosas crisis del siglo XXI, la financiera, la de la deuda, la ambiental y la social. Sobre cómo desarrollar y aplicar un nuevo tipo de análisis y respuestas hablaremos otro día, aunque lo que acabo de señalar creo que da pistas sobre ello

https://www.nuevatribuna.es/opinion/juan-torres-lopez/h/20190915115930166195.html

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=260483

 

 

 

Reparemos que "el capitalismo implica la extracción y explotación de recursos naturales y humanos, también promueve la privatización y mercantilización de la vida, y logra la acumulación por desposesión mediante contubernio con el Estado".

 

Subrayemos junto a Horacio Machado Araoz: Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina.

 

Venimos insistiendo desde diversos movimientos y colectivos para quienes la aspiración de un cambio revolucionario, de un horizonte civilizatorio postcapitalista, es más que un deseo político, una necesidad histórica de supervivencia de la especie, el punto ciego determinante del proceso bolivariano -la falla insalvable del “ciclo progresista”- ha sido la cuestión del (mal llamado y peor entendido) “extractivismo”.

 

El extractivismo funciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo; está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia.

 

 

 

Extractivismo y

dialéctica de la dependencia.

26 de agosto de 2017

 

 

Nos dice Horacio Machado Araoz en este particular y rico  análisis de Ecología Política Latinoamericana

 

Debatir Venezuela… debatir el “ciclo progresista”

 

La construcción del socialismo es para nosotros razón de vida (…) No se trata sólo hoy ya de un impulso político, moral, ético, ideológico. Se trata, mucho más que eso, de salvar la vida en este planeta. Porque el modelo capitalista, el modelo desarrollista, el modelo consumista que desde el Norte han impuesto al mundo, está acabando con el planeta Tierra”. (Comandante Hugo Chávez, cumbre contra el ALCA, Mar del Plata, Noviembre de 2005).

 

Para nosotros es claro que el proceso bolivariano constituye la enunciación más radical y potente del ciclo de movilizaciones y luchas populares que irrumpieron en nuestra región para fracturar lo que hasta entonces era la monolítica geografía política del neoliberalismo. Si en algunos países esas luchas fueron dinamizadas y sostenidas por movimientos sociales fuertes y arraigados, en Venezuela ese proceso hubiera sido inimaginable sin la descomunal fuerza carismática y el liderazgo disruptivo del comandante Chávez. No perdamos de vista que ese histórico proceso insurgente en Nuestra América/Abya Yala se levantó no sólo para impugnar el ‘orden’ neoliberal, sino para cuestionar y poner en crisis el propio capitalismo, como proyecto civilizatorio colonial-occidentalocéntrico, impuesto como modelo presuntamente único, universal, a seguir y alcanzar. Y -a diferencia de la suerte que estos procesos corrieron en otros países, a diferencia del resto de los gobiernos progresistas y el oficialismo de ‘izquierda’ circundante-, el movimiento bolivariano nunca olvidó ni dejó de tener como horizonte la construcción del “socialismo del siglo XXI”.

 

A nuestro entender, la gran osadía de Chávez (la del chavismo) fue la de haber encarnado la convicción política de la necesidad histórica de construir un horizonte social radicalmente post-capitalista, como única salida para nuestros pueblos. Volver a hablar de la revolución, en serio, en términos realistas y sin ambages, como proyecto histórico y como programa de gobierno; encima, en pleno apogeo de la era de la resignación posmoderna/neoliberal… Y, decisivamente, haber hecho de la revolución -así concebida radicalmente como un movimiento histórico de superación del capitalismo-, no una entelequia, sino un proyecto político popular, masivo, abrazado y asumido por millones de cuerpos humanos vivientes, dentro y fuera de Venezuela, y más allá de nuestro continente, una fuerza históricamente actuante en pleno siglo XXI, en eso consiste la grandeza de su figura y el carácter perenne y vigente de su legado.

 

Por eso mismo, el chavismo en particular, el movimiento bolivariano más abarcativamente, no pueden ser reducidos ni asimilados a lo que hoy es y representa el actual gobierno venezolano. Si bien sería inconcebible sin el liderazgo de Chávez y si bien también fue predominantemente gestado desde el Estado (lo cual forma parte de los problemas), nos parece fundamental ver y reconocerlo como un proceso histórico colectivo que ha trascendido a sus gestores y que hoy va más allá de quienes se atribuyen la responsabilidad de “dirigirlo” desde el gobierno estatal. Hablamos de un proceso y un movimiento mucho más denso y complejo que ha hecho de la construcción del socialismo del siglo XXI su horizonte de sentido histórico, su proyecto político y núcleo identitario.

Por eso mismo también, lo que está en debate en torno al “caso venezolano” excede largamente la escala espaciotemporal de los próximos años en ese país, e incluso de las próximas décadas en la región y en el mundo. En función de la increíble condensación y nucleamiento de energías revolucionarias que el proyecto bolivariano ha concitado, lo que resulte de él afectará, para bien o para mal, las posibilidades transformativas de los pueblos a nivel del sistema-mundo. Por eso será vital lo que seamos capaces de rescatar y de sostener de ese proceso.

 

Ahora bien, ese desafío no tiene nada que ver con “sostener a como dé lugar, el gobierno de Maduro”, sino con la necesidad de re-pensar profundamente esta experiencia y aprender de ella, para recuperar y fortalecer a futuro las capacidades colectivas de transformación radical. Inspirándonos en las potencialidades emancipatorias que ha abierto, hoy más que nunca, necesitamos hacer los aprendizajes históricos de este proceso; ser capaces de ver sus equívocos y sus puntos ciegos, para -a partir de allí- re-encauzar el rumbo de nuestras luchas y redefinir el horizonte de nuestros sueños. Porque lo que está en juego no es apenas una cuestión de “cambios de gobierno”, sino de transformación civilizatoria.

En ese sentido, como venimos insistiendo desde diversos movimientos y colectivos para quienes la aspiración de un cambio revolucionario, de un horizonte civilizatorio postcapitalista, es más que un deseo político, una necesidad histórica de supervivencia de la especie, el punto ciego determinante del proceso bolivariano -la falla insalvable del “ciclo progresista”- ha sido la cuestión del (mal llamado y peor entendido) “extractivismo”1.

 

Siembra de petróleo… Cosecha de tempestades.

“Somos una casa invadida por las termitas. Por fuera, todo se mira bien. Ahora se construye mucho, se hacen grandes carreteras con el dinero del petróleo, se hará mañana una gran ciudad, hasta cambiarán por otra a nuestra Caracas, pero la procesión va por dentro, hijo. El suelo se sostiene sobre el aire. El corazón de la tierra ha sido perforado, y a medida que sacan el petróleo, queda vacío. Se va la soberanía y con el dinero vienen los vicios…”. (Mario Briceño Iragorry, “Los Riberas”, 1957)2

A esta altura de los acontecimientos, ante el panorama desolador del descalabro socioeconómico y político que está viviendo la sociedad venezolana, pocas dudas caben que el error histórico del Chavismo (acá enunciado como conjunto de políticas aplicadas desde la gestión gubernamental del Estado) ha sido la continuación y profundización de esa forma extrema de los regímenes extractivistas que constituye el rentismo petrolero.

Pese al carácter históricamente extraordinario de su liderazgo, la siembra de Chávez, fue en gran medida, mal que nos pese, siembra de petróleo3. La revolución bolivariana ha sido inicialmente detonada como una gran siembra de petróleo y, a pesar de todas las advertencias en contra, el proceso bolivariano -en su curso fundamental- no ha logrado salirse de la inercia histórica de una sociedad una economía y una estructura de poder asentada sobre esa letal trampa. En el ejercicio del gobierno, el chavismo no ha sido capaz de modificar un ápice la matriz petro-dependiente de la economía venezolana; al contrario, a lo largo de casi dos décadas que lleva en el control del Estado, ha intensificado y profundizado a niveles insólitos la dependencia del funcionamiento general de la sociedad de las exportaciones petroleras4.

 

Por cierto, el proceso bolivariano no puede ser reducido a sólo una apropiación y redistribución estatalista de la renta petrolera. Para bien y para mal, ha sido y ha implicado mucho más que eso. Pero ha sido justamente el nervio principal del proceso, y se trata, por tanto, del problema de fondo. De un lado, la redistribución de la renta petrolera ha sido el mecanismo que en lo inmediato permitió en su momento, una tan necesaria como urgente reparación histórica de una larga cadena de privaciones, humillaciones y ultrajes acumulados en los cuerpos de los sectores populares. Ese acto de reparación dinamizó un vigoroso proceso de movilización y concientización política que, en definitiva, fue la base del poder popular y la energía revolucionaria insurgente que caracterizó al chavismo, sobre todo en su primera etapa.

 

Del otro lado, sin embargo, lo que debiera haber sido un punto de partida transitorio, se fue constituyendo en un factor cada vez más importante y condicionante, que terminó obnubilando el rumbo del proceso. Si bien permitió “salir de la pobreza a millones de pobres”, la fenomenal redistribución de la renta petrolera realizada por el chavismo -hasta antes de la crisis de la cotización internacional del crudo-, lejos de ir abriendo paso a las transformaciones radicales (económicas, políticas y culturales) que implicaba ir progresivamente dejando atrás una formación social capitalista-dependiente (por caso, la reapropiación colectiva de los procesos y medios de producción, cambios a nivel de las fuerzas productivas y mediaciones tecnológicas, de la orientación, el sentido y los valores sociales que regulan los procesos económicos, en fin, de cambios a nivel de las subjetividades que -como productores y consumidores- agencian la (re)producción material de la sociedad en su conjunto), fue, por el contrario, abriendo las puertas del infierno.

 

La pretendida “dignificación popular a través de la renta petrolera” derivó, en el seno de la revolución bolivariana, en el “renacimiento del Petro-Estado Desarrollista” (Terán Maontovani, 2014). Se terminó alentando la fantasía de la socialización del consumismo importador como presunta vía de salida de la opresión histórico-estructural. Y esa fantasía duró poco; duró lo que duraron las altas cotizaciones internacionales del crudo. Sus efectos perversos, en cambio, serían profundos y duraderos; cada vez más gravosos, hasta llegar a la actual situación de debacle y crisis terminal generalizada.

La mentada “guerra económica” a la que alude el oficialismo para explicar la actual situación de caos social y económico que se vive, no es producto de planes desestabilizadores de la derecha, ni tampoco de las impericias políticas del actual gobierno. Aunque estos factores están operando y contribuyen a agravar aún más la crisis, no son por sí mismos suficientes para dar cuenta de ella. Más allá de las maniobras conspirativas de la oligarquía interna, de la hartera injerencia norteamericana, y más allá de la corrupción, la ineficiencia que atraviesan al gobierno de Maduro, el desabastecimiento de bienes básicos, la falta de alimentos, de medicamentos y de otros productos elementales para la vida cotidiana, la generalización de la especulación, el contrabando, los mercados paralelos y la proliferación de la economía delictual, etc., son síntomas extremos de cómo en las dos últimas décadas el rentismo petrolero ha erosionado el tejido productivo interno y hasta el suelo mismo de la sociabilidad.

A esta altura de los acontecimientos, es claro que el problema no es (sólo) quién siembre, sino también cómo siembra y, fundamentalmente qué siembra. La “indigestión de divisas” como advirtiera emblemáticamente el “Padre de la OPEP”, terminó una vez más, hundiendo a la sociedad venezolana en “el excremento del diablo” (Pérez Alfonzo, 1976). Y no es sólo que, como ya fuera advertido por una gran cantidad de lúcidos economistas de la región, que la “inundación de divisas” está asociada inexorablemente a una serie de graves alteraciones monetarias y macroeconómicas (depreciación de la moneda nacional, presiones inflacionarias internas, incremento del consumo de bienes finales importados y sustitución de la producción interna vía importaciones, fuga de divisas, endeudamiento externo, incentivos a mecanismos de corrupción en el sector público y privado); lo que Alberto Acosta (2009) caracterizó como “la maldición de la abundancia”. Es, además, que esos problemas no son sólo “económicos”, sino que tienen graves y peores connotaciones o dimensiones políticas y culturales.

 

En el curso de la “revolución bolivariana” se fue dando una desproporción manifiesta y creciente entre el “desarrollo” (expansión del consumo interno y de la infraestructura pública bajo los patrones de consumo y usos sociales preexistentes) vía políticas redistributivas estadocéntricas y petrodependientes, respecto de las políticas de impulso de economías populares alternativas, medios de producción y emprendimientos productivos bajo el control y al servicio de la ampliación de las capacidades autonómicas de producción y satisfacción de necesidades vitales.

La “economía de las grandes Misiones” no sólo le ganó por lejos a la “economía de las Comunas”, sino que terminó asfixiando y aplastando estructuralmente todo lo que de allí podría haber germinado en términos de poder económico y político popular, autogestión solidaria, concientización ecológico-política, consumo responsable, comercio justo, expansión y valorización de la economía del cuidado, igualdad de género en las condiciones de producción, en fin, soberanía alimentaria, hídrica y energética, justicia ambiental. La economía de las Comunas fue resultando un pequeño conjunto de islotes con diferentes grados de vulnerabilidad, sin capacidad real para el abastecimiento interno autonómico, en un mar de consumismo importador moldeado bajo los patrones hegemónicos de “estándares de vida” del mercado mundial.

 

Si económicamente esto gatilló un dispositivo en el que cada nueva cuota de “redistribución del ingreso” paradójicamente iba a la hoguera de las importaciones, quemando así posibilidades y capacidades productivas endógenas y, por tanto, atentando contra una sustentabilidad básica del proceso, políticamente la siembra de petróleo vía las Misiones fue erosionando desde su propia base material, el crecimiento del poder autogestionario, la soberanía económica popular, la democratización y descentralización de los procesos de toma de decisiones (económicas y políticas en general), los mecanismos de autogobierno, democracia directa y participativa. La redistribución de la renta petrolera, lejos de fortalecer el poder popular, fue un poderoso dispositivo de acentuación de la (vieja) matriz burocrática, verticalista y centralizada del Estado. En lugar de avanzar en la socialización/comunalización, la gestión/ producción de la Vida en Común fue concentrándose cada vez más en una élite (vale decir, en una minoría privilegiada; aunque se diga “revolucionaria”). Están ahí puestas las bases para la arbitrariedad, los abusos del poder y la corrupción generalizada.

 

Esto que fuera tempranamente advertido por diversos estudiosos del “problema venezolano” (Juan Pablo Pérez Alfonzo, Rodolfo Quinteros, Orlando Araujo, Fernando Coronil, Edgardo Lander, entre otros) volvió a resurgir como maleza en el suelo mismo de la revolución bolivariana. Como señala Terán Mantovani: “El tipo de esquema de poder asimétrico y monopolizado que conforma la estructura del Petro-Estado y la economía rentista en general, determina que los procesos políticos de distribución de la renta produzcan y reproduzcan la polarización y estratificación social, en la cual el pueblo aparece como altamente dependiente respecto de las élites políticas y económicas. Por un lado, los nuevos gestores de la ‘siembra del petróleo’ son envueltos por esta marejada de petrodólares. Se produce un ensanchamiento del Estado y de la ilusión de “desarrollo”, motorizada por la renta, lo que a su vez nos ha llevado a la formación de una nueva burguesía corporativa en el seno de la Revolución bolivariana, que mantiene una relación contradictoria con su pueblo aliado” (2014: 15).

 

Por fin, culturalmente, los efectos perversos de la “siembra de petróleo” sobre las subjetividades y las sociabilidades son tanto o más ruines que los ya mencionados. Como ha sido largamente señalado y a estas alturas es o debiera ser algo obvio, el consumo (bajo las pautas hegemónicas vigentes) funciona como el gran útero de gestación y reproducción de subjetividades capitalistas. Si algo define al capitalismo neoliberal es su mutación como régimen de consumo, más que de producción: estamos ante un sistema cuya dinámica funciona menos como un “modo de producción de objetos-mercancías” que como un “modo de producción de sujetos-mercantilizados/mercantilizables”. La expansión del consumismo de mercado es algo absolutamente contraindicado para impulsar, siquiera sostener, el más mínimo esfuerzo o voluntad social transformadora; es el máximo depredador de las energías revolucionarias. En el caso del proceso bolivariano, esto no fue una excepción. La siembra de petróleo infectó esferas cada vez más amplias de la vida social con la letal toxina de la mercantilización.

 

Extractivismo progresista, ¿post-neoliberal y anti-imperialista?

 

“Para luchar contra el imperialismo es indispensable entender que no se trata de un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino por el contrario, forma el terreno en el cual esta sociedad hunde sus raíces y constituye un elemento que la permea en todos sus aspectos”. (Ruy Mauro Marini, Prefacio a la 5° edición de “Subdesarrollo y revolución”, 1974).

 

Lo que señalamos para el caso bolivariano -la expresión de la voluntad política más audaz y ambiciosa del último ciclo de rebeliones populares en Nuestramérica Abyayalense-, es perfectamente aplicable a todos y a cualquiera de las experiencias de los gobiernos progresistas del reciente ciclo. Las razones de la profunda crisis que hoy se cierne sobre Venezuela son en gran medida las razones del ocaso y del “fin de ciclo progresista”. Por cierto, con matices, pero sin diferencias en lo fundamental, lo dicho y analizado sobre el rentismo petrolero es válido para la soja, la pasta de celulosa, el cobre, el litio, el hierro, la palma aceitera, en fin, para cualquier commodity. El capitalismo, desde sus orígenes hasta la fecha, se ha caracterizado por sembrar en sus periferias países-commodities, economías coloniales que le abastecen los imprescindibles subsidios ecológicos que precisa para alimentar la voracidad insaciable del “molino satánico” (Polanyi, 1949) de la acumulación sin fin/como fin en sí mismo.

 

Estamos hablando en todos los casos de la configuración de regímenes extractivistas, de los cuales, (tratándose del excremento del diablo), el extractivismo petrolero es el peor y más extremo de los modelos. Así, el gran yerro no sólo de los conductores estatales del proceso bolivariano, sino de las experiencias de los gobiernos progresistas en general, fue haber pretendido pensar y/o construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática sobre la base de la profundización del extractivismo.

 

Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina. Sencillamente, porque el extractivismo no es una característica pasajera de una economía nacional, sino que da cuenta de una función geometabólica del capital, fundamental e imprescindible para el sostenimiento continuo y sistemático de la acumulación a escala global.

“Extractivismo” no se circunscribe a las economías primario-exportadoras, sino que refiere a esa matriz de relacionamiento histórico estructural que el capitalismo como sistema-mundo ha urdido desde sus orígenes entre las economías imperiales y “sus” colonias; se trata de ese vínculo ecológico-geográfico, orgánico, que “une” asimétricamente las geografías de la pura y mera extracción/expolio, con las geografías donde se concentra la disposición y el destino final de las riquezas naturales. La apropiación desigual del mundo, la concentración del poder de control y disposición de las energías vitales, primarias (Tierra/materia) y sociales (Cuerpos/trabajo), en manos de una minoría, a costa del despojo de vastas mayorías de pueblos, culturas y clases sociales, eso es lo que el extractivismo asegura y hace posible.

 

En definitiva, este fenómeno da cuenta de la dimensión ecológica del imperialismo, como factor fundamental y condición de posibilidad material del sostenimiento del sistema capitalista global. La economía imperial del capital ha precisado -como condición histórico-material de posibilidad- la constitución de regímenes extractivistas para poder afianzarse y expandirse hegemónicamente como sistema-mundo. Nuestro continente “nació” (fue, en realidad, violentamente incrustado al naciente sistema-mundo) como producto de un zarpazo colonial que nos constituyó, desde fines del siglo XV hasta la fecha, como una economía minera, zona de sacrificio. Desde entonces, nuestras sociedades se con-formaron bajo el formato de regímenes extractivistas, más aún incluso, a partir de las “guerras de independencia” y la constitución de nuestros países como “estados nacionales”.

Así, el extractivismo en América Latina no significa apenas un tipo de “explotación de los recursos naturales”, sino que da cuenta de todo un patrón de poder que estructura, organiza y regula la vida social en su conjunto en torno a la apropiación y explotación oligárquica (por tanto, estructuralmente violenta) de la Naturaleza toda, (incluida, esa forma especialmente compleja y frágil de la Naturaleza que son los cuerpos humanos vivientes). El extractivismo en nuestra región es la perenne marca de origen de nuestra condición colonial, que no se ha borrado sino que se ha afianzado, durante nuestra etapa ‘post-colonial’. El extractivismo ha permeado nuestra cultura, ha moldeado nuestra institucionalidad, nuestra territorialidad e ‘idiosincrasia nacional’; ha dejado su huella indeleble en la estructura de clases, en las desigualdades racistas y sexistas; en fin, en la naturaleza de los regímenes políticos, el tipo de estructura de relaciones de poder y sus modalidades de ejercicio y reproducción. En una palabra, los regímenes extractivistas son, ni más ni menos, que la base estructural de las formaciones geo-sociales (Santos, 1996) propias del capitalismo colonial-periférico-dependiente; expresan la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia.

Por eso, en todo caso, la profundización, ampliación o intensificación del extractivismo, es la profundización, ampliación e intensificación de nuestra condición periférico-dependiente, colonial, dentro del capitalismo mundial. El extractivismo funciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo; está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia. Esto significa que, en nuestras sociedades, la expansión del crecimiento económico va insoslayablemente aparejado a la profundización de la dependencia y a la intensificación de los mecanismos estructurales de expropiación. La razón progresista ha sido ciega a este elemental (y viejo) problema constitutivo de nuestras formaciones sociales.

 

Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities” (Svampa, 2013). Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas. La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. 

 

La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.

Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.

 

Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de las economías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.

Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente, imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.

 

Ecologismo popular y radicalización de la praxis revolucionaria

 

“El cambio supone una subversión gradual de las necesidades existentes, es decir, un cambio en los mismos individuos, de manera que, en los propios individuos, su interés por la satisfacción compensatoria ceda ante las necesidades emancipatorias. (…)) Evidentemente, la satisfacción de estas necesidades emancipatorias es incompatible con las sociedades establecidas de estados capitalistas y estados socialistas”. (Herbert Marcuse, 1979).

 

“Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias, a las generaciones venideras”. (Karl Marx, 1867).

 

Las gravosas e insoslayables consecuencias económicas, políticas y culturales del extractivismo sobre nuestras sociedades, es lo que desde un amplio y diverso conjunto de actores (no sólo intelectuales, investigadores, sino movimientos sociales, pueblos originarios, comunidades campesinas, organizaciones sociales de base comunitaria, colectivos asamblearios nucleados en torno al ecologismo popular) hemos venido tan insistente como infructuosamente planteando al interior de estos procesos políticos en nuestra región. Nuestras luchas contra el extractivismo no procuraban “hacerle el juego a la derecha”, ni erosionar la base de sustentabilidad económica y política de los gobiernos progresistas, sino al contrario. En todo caso, buscaron siempre mantener claridad en el sentido y el rumbo de la práctica revolucionaria.

 

El oficialismo de izquierda, en particular los “intelectuales orgánicos” que se abroquelaron acríticamente detrás de una defensa impermeable de esos gobiernos, hoy en su ocaso, desconsideraron absolutamente esas advertencias. Por negligencia o conveniencia, con soberbia y/o necedad, ignoraron sistemáticamente los planteos provenientes de los movimientos del ecologismo popular; muchas veces con mala fe, los asimilaron a los planteos del ambientalismo nórdico. Desde la oficialidad del poder, se apropiaron del nuevo lenguaje emancipatorio arduamente construido desde las luchas: el Buen Vivir o Sumaj Kawsay, Plurinacionalidad, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes, Socialismo del Siglo XXI. Lo usaron, sin embargo, como una nueva retórica para solapar el viejo imaginario (colonial y políticamente perimido) del desarrollismo “nacional y popular”, centrado en un “Estado fuerte” que “controla al mercado” y comanda el proceso de “crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza”. Lo que nació como expresión de un nuevo paradigma civilizatorio radicalmente post-capitalista, descolonial, despatriarcal y ecologista, fue sencillamente banalizado y vaciado de contenido.

Hasta hoy en día, esa izquierda oficialista sigue mostrándose completamente ciega ante el extractivismo y su dialéctica de la dependencia. No sólo no entienden la relevancia, gravedad y urgencia de la problemática ecológica, sino que tampoco entienden, al parecer, que el extractivismo no es sólo un problema regional, sino global; no es sólo “ambiental”, sino civilizatorio. Como muestra dolorosamente la coyuntura crítica de la sociedad venezolana (la de América Latina toda, pero también la dramática situación del planeta en general), el problema del extractivismo no es “sólo” la cuestión de la devastación ecológica de ciertos territorios, sino, en el fondo, la cuestión de raíz de la depredación capitalista del mundo de la vida como tal.

La lección histórica que nos deja este amargo fin de ciclo, es que, de una vez por todas, deberíamos ya definitivamente desafiliarnos de la religión colonial del “progreso”, despejar de nuestro imaginario la ilusión fetichista de que sería posible desacoplar el engranaje de la producción (capitalista de riqueza) del de la devastación (de las fuentes y formas de Vida). Pues, en plena Era del Capitaloceno, en la que nos hallamos, está a la vista que ambos mecanismos forman parte inseparable del mismo “molino satánico”. El aprendizaje histórico que deberíamos ser capaces de hacer de la frustrada experiencia del “ciclo progresista” es que el (neo)desarrollismo de ninguna manera es una alternativa válida para nuestros pueblos; lejos de ser una vía siquiera ‘transitoria’ hacia el “socialismos del Siglo XXI”, fue un atajo que nos hundió aún más en las condiciones estructurales de subalternidad y súper-explotación propias de nuestra posición colonial-periférico-dependiente dentro del capitalismo global.

No se trata de una cuestión de “reforma” o “revolución”. No es que los cambios “iban bien”, pero que faltó “seguir avanzando” en la misma dirección. Se trata de tomar nota de que la política de “crecimiento con inclusión social” no sólo no alcanza como horizonte político de cambio social revolucionario, sino que en realidad es una política completamente errada e históricamente perimida, si a lo que aspiramos es a un verdadero proceso de emancipación social. Un programa político basado en la pretensión de la satisfacción (así sea “para todos y todas”) de las necesidades existentes, es como tal un programa reaccionario, que inhibe de raíz la posibilidad de imaginar y avanzar en la dirección de los cambios que precisamos realizar. El sistema justamente nos constituye como sujetos-sujetados a su reproducción a partir de la estructuración misma de las necesidades (y la colonización de los deseos): las necesidades existentes son, en realidad, las que el sistema necesita para su reproducción; son, por tanto, un aspecto clave de lo que precisamos cambiar.

 

Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.

Si a mediados del siglo XIX podría haber sido todavía comprensible, la ceguera ante la crucial cuestión ecológica de fuerzas sociales que se dicen revolucionarias, anti-capitalistas, resulta, en el siglo XXI, lisa y llanamente inadmisible. La crisis ecológica, las desigualdades e injusticias socioambientales, los impactos tóxicos y destructivos del industrialismo, el urbanocentrismo, el patrón energético moderno, la producción a gran escala y el consumismo (no sólo sobre los ecosistemas, sino sobre la condición humana), no pueden no estar en la agenda de un programa que se proponga seriamente la construcción del socialismo del siglo XXI. Como lo dijera el comandante Chávez, la construcción del socialismo es, en este siglo, “razón de vida”.

El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.

Hay que tomar seriamente -en términos políticos y epistémicos- que estamos viviendo los momentos extremos de la Era del Capitaloceno (Altvater, 2014; Moore, 2003), una era signada por las huellas prácticamente irreversibles que la destructividad intrínseca del capitalismo ha impreso sobre la Biósfera, la Madre Tierra. Justamente por ello, el sentido de la acción política y el cambio social que como especie, como comunidad biológica, asumamos, signará decisivamente nuestras posibilidades de sobrevivencia, o no. Ese es el escenario en el que nos hallamos. No se trata de ‘catastrofismo’, sino del más crudo realismo. Como lo advierte Donna Haraway (2016), el Capitaloceno no es una “nueva” era geológica, otro horizonte espacio-temporal de larga duración; al contrario, el Capitaloceno designa un “evento límite”, es decir, un momento de la historia de la Tierra cuyos presupuestos y condiciones ecológicas y políticas lo hacen inviable: o se transforman esos presupuestos, o se extingue.

La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, es así crucial para la sobrevivencia de la especie. Por eso mismo, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como ‘cambio de políticas/políticas redistributivas’, ‘cambio de gobierno’ o ‘toma del Estado’, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio.

 

Es decir, el escenario del Capitaloceno, la posibilidad cierta de un colapso terminal de las condiciones ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta como consecuencia de la huella ecológica provocada por el capitalismo, nos desafía a pensar el cambio revolucionario completamente en otra escala; una escala espacio-temporal mucho más amplia que la que hasta ahora se ha considerado. Necesitamos pensar la revolución como un cambio de Era Geológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica.

 

Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria que nos saque de la era insostenible del Capitaloceno. El ecologismo popular -los sujetos y movimientos sociales que lo encarnan- se toma seriamente este desafío; piensan/pensamos la revolución como cambio sociometabólico, como una radical transición socioecológica hacia un absolutamente nuevo modo de producción social (de la vida), que supone y requiere no apenas “oponernos al neoliberalismo” sino deconstruir de raíz las formas elementales del capital.

En este punto, hallamos la convergencia fundamental entre el chavismo y el ecologismo popular. Si algo precisamos rescatar y recuperar del movimiento bolivariano, si en algo reside su originalidad, su pertinencia histórica y su potencia revolucionaria, es en la centralidad que se le ha querido dar a las comunas como nuevas bases ecobiopolíticas y unidades de producción de la vida social. Eso que ha sido su gran aporte histórico, ha sido también -hoy lo podemos ver con claridad- su límite y su contradicción: construir el socialismo comunal ha quedado sólo como una expresión de deseos. El chavismo en el gobierno siguió el camino de la “siembra del petróleo”, en lugar del sendero alter-civilizatorio de la comunalización. Lejos de favorecer la germinación del poder popular, esa siembra de petróleo lo intoxicó y lo fue asfixiando cada vez más.

 

En las horas aciagas que corren, sería de gran utilidad volver y juntar fuerzas en torno a ese proyecto político que fue truncado. “Comuna o nada” es un lema que resume el legado perenne del comandante Chávez y es también un principio elemental clave para orientar el cambio revolucionario, la transición socioecológica hacia una nueva era Civilizatoria y Geológica.

 

Comunalizar es el verbo donde convergen el chavismo y el ecologismo popular como fuerzas sociales revolucionarias; es lo que tenemos en común, como horizonte guía y aspiración transformadora. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Avanzar hacia un socialismo comunal no implica un “Estado comunal”, sino la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar es des-privatizar y desmercantilizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios. No basta con suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”; tenemos que suprimirla de la faz de la tierra; hacer que llegue el día en el que “la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados” sea un absurdo inaceptable.

Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra; es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.

 

Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica. Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.

En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana” (Marx, 1981: 1045).

 

Claro, somos conscientes de que el giro sociometabólico del que hablamos como medio y proceso revolucionario, constituye un desafío ideológico, existencial y emocional no apenas para la derecha, sino también para amplios sectores que se consideran de “izquierda”; claramente es así para la izquierda oficialista. Todavía estos sectores siguen anclados en el socialismo (realmente in-existente) del siglo pasado: concibiendo la revolución como “desarrollo de las fuerzas productivas”, creyendo que el imperativo de la liberación pasa por “industrializarnos”, “crear puestos de trabajo”, “aumentar salarios”, construir más carreteras” y “ampliar las políticas sociales”.

Esos sectores, esa izquierda no percibe aún “los límites de la civilización industrial” (Lander, 1996); no puede ver más allá del muro mental de la colonialidad progresista. Justamente, no pueden ver que más allá de esos muros, hay mucha comunalidad viviente; personas, organizaciones, comunidades enteras que no demandan más asfalto ni quieren “progresar”, que no sueñan con “salir de shopping” ni luchan por el aumento de su “poder adquisitivo”… Sujetos colectivos que, por el contrario, se hallan movilizados por la defensa de sus territorios, congregados por los desafíos de la gestión autonómica de la vida en común, por la producción de la soberanía alimentaria, por la justicia hídrica, la democratización y sostenibilidad energética.

Esos sujetos -tenemos la esperanza y la convicción- son quienes que están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo.

 

Bibliografía:

Acosta, Alberto (2009). “La maldición de la abundancia”, CEP, Ed. Abya Yala, Quito.

Altvater, Elmar (2014). “El Capital y el Capitaloceno”. En “Mundo Siglo XXI”, revista del CIECAS-IPN, N° 33, Vol. IX.

Haraway, Donna (2016). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Criticos Animales, Año III, Vol. I.

Lander, Edgardo (1996). “El límite de la civilización industrial. Perspectivas latinoamericanas en torno al posdesarrollo”. FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

Marcuse, Herbert [1979] (1993). “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. Revista Ecología Política N° 5. Icaria, Barcelona.

Marini, Ruy Mauro (1974). “Subdesarrollo y revolución”. Ediciones Era, México.

Marx, Karl [1867] (1981). “El Capital”. Siglo XXI, México.

Moore, Jason (2003). “Capitalism as World-Ecology: Braudel and Marx on Environmental History”. Organization & Environment 16/4 (December).

Pérez Alfonzo, Juan Pablo [1979] (2009). “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Fund. Editorial El perro y la rana, Caracas.

Polany, Karl [1949] (2003). “La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”. Fondo de Cultura Económica, México.

Santos, Milton (1996). “De la totalidad al lugar”. Tau, Barcelona.

Svmpa, Maristella (2013). “Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina”. Revista Nueva Sociedad N° 244.

Terán Mantovani, Emiliano (2014). “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas.

1[1] Decimos “mal llamado y peor entendido” porque generalmente se ha empleado el concepto de extractivismo para referir a un sector, un tipo de actividades y/o una fase de los procesos económicos; a lo sumo, se lo ha usado para caracterizar a economías específicas (locales, nacionales o regionales) basadas en la sobre-explotación exportadora de materias primas. Eso es ver apenas una parte del fenómeno, lo que es lo mismo que no entender el problema como tal, que, a nuestro juicio, tiene que ver con la dinámica geometabólica del capitalismo como economía-mundo.

2[1] Cita extraída de Emiliano Terán Mantovani, “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas: 2014.

3[1] Esa expresión remite a una nota publicada por Arturo Uslar Pietri en el periódico “Ahora” en 1936 y que, desde entonces, se ha convertido en una pieza emblemática de una visión nacional-desarrollista basada en la idea de invertir la efímera renta petrolera en la gestación de otros sectores productivos más sostenibles. Un fragmento de dicha nota dice: “Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.” (Arturo Uslar Pietri, “Sembrar el petróleo”, 14 de julio de 1936). Al día de hoy, el lema de PDVSA y el título del Boletín oficial es “Siembra petrolera…. Cosechando Patria”.

4[1] Las exportaciones petroleras venezolanas pasaron del 65 % en 1998 al 96 % en el año 2014.

Para bajar en pdf para imprimir haga click aqui: extraxtivismo y dependencia (328)

Fuente: http://reduas.com.ar/extractivismo-y-dialectica-de-la-dependencia/

 

 

 Alternativas emancipatorias

 

Apreciemos que, a semejanzas de las fábricas y cooperativas sin patronal, no necesitamos a la clase política e intelectualidad afín y la mediática para ir encaminando las transformaciones revolucionarias o emancipatorias del capitalismo e imperialismos.

Propuestas feministas para

un rearme teórico y estratégico

5 de septiembre de 2019

Por Julia Camara y Laia Facet

Las características de la crisis actual, así como el recorrido práctico y teórico de los últimos años, han permitido un diálogo fecundo entre dos de las corrientes teóricas centrales de los últimos dos siglos como son el feminismo y el marxismo. Con una historia de matrimonios y divorcios a las espaldas parece que los últimos años estamos asistiendo a un encuentro entre ambas. En la última década ha proliferado la literatura que dialoga o es deudora de ambas corrientes recuperando, así como superando, algunos de los debates históricos que han marcado su relación. Sin duda, la creciente masividad del movimiento feminista ha contribuido a esto. Y, por otro lado, no revelamos ninguna sorpresa si afirmamos que durante los últimos años se ha producido una renovación del interés académico y activista por el marxismo: proliferan los seminarios universitarios, se reeditan las obras de los pensadores clásicos, etc.

 

El desorden global y las vivencias de la crisis sistémica en que nos encontramos insertas desde hace más de una década (crisis económica, crisis de legitimidad política, crisis de la reproducción social y crisis de los límites del planeta) han generado una necesidad de entender que no puede ser cubierta por análisis parciales sino que requiere, para ser colmada, de una teoría de la totalidad. El marxismo aparece entonces como esa vieja gran verdad que se abre paso a través de la tan proclamada muerte de los grandes relatos para demostrar, una vez más, su actualidad y precisión como herramienta analítica.

 

Lejos de tratar de llevar a cabo una aproximación exhaustiva, que por supuesto excedería las posibilidades de este artículo, hemos decidido centrarnos en algunos de los nudos que consideramos centrales y estratégicos para rearmarnos teórica y políticamente en el presente: los debates en torno a la reproducción, el trabajo y la clase, así como una toma de partido sobre cómo entendemos que el movimiento feminista, junto a las luchas ecologistas, están reconstruyendo un nuevo horizonte emancipatorio en medio del caos capitalista.

 

Los debates sobre la reproducción

En la década de 1970, las feministas de la segunda ola, criadas en la máxima de que lo personal es político, comenzaron a poner el foco en la cuestión de la reproducción.

 

Se trataba de un momento complejo, marcado por la crisis del petróleo y por fuertes ataques contra las conquistas ganadas por la clase trabajadora desde la posguerra.

 

En este marco de desarrollo y posterior consolidación de un nuevo tipo de capitalismo (el neoliberal) se estaba produciendo una transformación sustancial del mercado laboral, del papel del Estado y del reparto de los tiempos y los trabajos, con el consiguiente impacto en los mecanismos de construcción identitaria de género. Si ponemos el foco en los países del Norte global, donde las feministas de la segunda ola estaban actuando y escribiendo, encontramos los siguientes fenómenos entrecruzados:

- Destrucción de empleo en sectores tradicionalmente ocupados por hombres, como la minería o la industria pesada.

- Aumento de la tasa de explotación y reducción generalizada de los salarios, desapareciendo casi totalmente el denominado salario familiar: aquel que permitía a ciertos sectores de la clase cubrir las necesidades vitales del trabajador varón y de su familia, manteniendo a la esposa en el rol de ama de casa.

- Gran entrada de mujeres en el mercado de trabajo, buscando complementar los mermados ingresos del marido con un salario auxiliar y supletorio o bien acceder a su propia independencia vital y económica.

- Rechazo, por parte de sectores no despreciables de mujeres, de la carga impuesta de tareas domésticas, buscando desarrollarse personalmente a través de fórmulas tradicionalmente más vinculadas a la construcción identitaria masculina: carrera profesional, éxitos económicos, etc.

 

Con el camino abierto por toda la producción teórica ya realizada por la segunda ola en torno a la politización y problematización social de los roles de género, las relaciones de pareja y la cuestión sexual, tuvo lugar una serie de debates que podemos ubicar entre el debate sobre el trabajo doméstico y la problematización de la reproducción.

 

Estos debates partían de varias constataciones que en la actualidad han pasado a formar parte del sentido común feminista, pero que hace cincuenta años estaban empezando a bosquejarse: que el trabajo no remunerado realizado por las mujeres en los hogares es fundamental para la supervivencia social, que la equiparación de trabajo y empleo impide politizar el trabajo doméstico, y que la articulación de la lucha política a través únicamente del conflicto laboral-asalariado deja fuera a partes importantes de la clase, fundamentalmente las mujeres.

 

A grandes rasgos, las inquietudes que motivaron estas reflexiones fueron dos:

 

·         La primera fue tratar de discernir quién era el beneficiario del trabajo no remunerado realizado por las mujeres y cuál era, por lo tanto, el enemigo principal. Para Christine Delphy y las denominadas feministas materialistas, eran los hombres quienes explotaban económicamente a las mujeres a través del contrato matrimonial, configurándose así un modo de producción doméstico autónomo del modo de producción capitalista (Delphy, 1976). Sin embargo, Mariarosa Dalla Costa y otras feministas de formación marxista procedentes de la autonomía defendían que los verdaderos beneficiarios del trabajo doméstico eran los empleadores y el Estado (Dalla Costa, 2009: 21-52). Aunque ambas posturas abogaban por la construcción de un movimiento feminista autónomo, la diferencia política era fundamental: las materialistas conceptualizaban a las mujeres como clase, señalaban la explotación patriarcal como experiencia que unificaba la vida de todas ellas y entendían la lucha contra el patriarcado y contra la clase explotadora (los hombres) como primera tarea; las marxistas reconocían el factor diferencial de la clase social en la vivencia concreta de la opresión de género y, además de defender la autonomía del movimiento feminista, apostaban también por la participación de las mujeres en la lucha de clases (Pérez Orozco, 2014: 49-73).

 

·         La segunda inquietud, que preocupó fundamentalmente a aquellas feministas que se definían como marxistas y que coincidían en articular el trabajo doméstico dentro del conjunto del sistema capitalista, tenía que ver con la caracterización de dicho trabajo: ¿era o no era productivo de la mercancía fuerza de trabajo? O lo que es lo mismo: ¿el trabajo doméstico produce (plus)valor? No vamos a entrar en los detalles de este debate, que acabó en ocasiones enredándose en disquisiciones teóricas algo infructuosas, pero es útil nombrarlo porque nos permite comprender de qué manera las feministas marxistas estaban tratando de ampliar el análisis de Marx para incluir la esfera doméstica, concibiendo el trabajo de las mujeres en el hogar como objeto de estudio crítico propiamente dicho.

 

La aportación más interesante y teóricamente sólida llegaría unos años más tarde, con la publicación de Marxism and the Oppression of Women. Toward a Unitary Theory por Lise Vogel en 1983. Vogel partía de las consideraciones que Iris Young había hecho un par de años antes al señalar cómo el estudio de las relaciones patriarcales como un sistema diferente aunque profundamente interconectado con el capitalismo permitía al marxismo mantener intacto su análisis de las relaciones de producción y tratar la opresión de las mujeres como un simple añadido. Frente a ello, Young defendía la necesidad de conceptualizar la diferenciación de género como un elemento nuclear de la formación capitalista, haciendo un esfuerzo por desarrollar una teoría unitaria de la producción y reproducción capitalistas (Young, 1981).

 

Esta es la tarea que asume Lise Vogel, con dos aportaciones fundamentales que están en la base de sendos desarrollos teóricos del feminismo actual.

En primer lugar, Vogel rompe con las explicaciones funcionalistas que conciben el trabajo doméstico como estrictamente necesario para la reproducción del capitalismo, y plantea que el origen de la opresión de género bajo el capital no es la división sexual del trabajo, sino la necesidad que este tiene de asegurar la reproducción social. Esta teoría de la reproducción social está siendo desarrollada en la actualidad con gran perspicacia por Tithi Bhattacharya (2017) entre otras. En segundo lugar, y respondiendo con esto al debate de los años previos, Vogel sostiene que el trabajo doméstico o reproductivo no es generador de (plus)valor puesto que no produce valores de cambio, sino valores de uso. Esto no le resta importancia social, pero nos permite comprender que, de algún modo, el trabajo reproductivo es un tipo de trabajo especial con características propias. Y en esta evolución del término (trabajo doméstico/trabajo reproductivo) llegamos a uno de los conceptos fundamentales de la corriente actual conocida como economía feminista: el trabajo de cuidados.

 

La economía feminista recoge, consciente o inconscientemente, la constatación de Vogel de que el trabajo doméstico es un tipo de trabajo diferente de aquel que, realizando aparentemente las mismas actividades y tareas, sí produce valores de cambio que se ofrecen en el mercado. ¿Qué diferencia el trabajo de una cocinera en un restaurante del que esa misma mujer puede realizar en su casa? La respuesta que da la economía feminista es la siguiente: aunque ambos son trabajos reproductivos, el segundo es además trabajo de cuidados. El trabajo de cuidados se entiende como una actividad que se define precisamente a partir de la relación y de la implicación emocional que conlleva; cuando esta misma actividad se realiza en el mercado, pierde esta implicación y pasa a incorporar un tipo distinto de relación humana (la mercantil). La economía feminista redefine el conflicto capital-vida y señala los cuidados como los garantes de la reproducción social. Su apuesta política, como veremos más adelante, no pretende reivindicar ese tipo de actividades tal y como existen actualmente, sino empujar hacia una reorganización de los trabajos y de los tiempos que rompa con las dinámicas de acumulación y ponga la vida en el centro.

 

Casi cinco décadas de debates en torno a la reproducción han ido asentando algunas ideas, aún simplificadas y desprovistas de su complejidad teórica, en el sentido común feminista: la importancia social del trabajo no remunerado de las mujeres, el recurso al mismo en épocas de crisis, su vinculación con la precariedad femenina y con la pobreza específica de las mujeres, etc. Todo esto es lo que ha salido a flote con las huelgas feministas: la reivindicación de la importancia del rol social y la consciencia del poder político que nos otorga. No se trata de simples movilizaciones sectoriales, sino de procesos que, en su desarrollo, están transformando y actualizando las propias concepciones del trabajo y la clase.

 

Actualización del concepto de trabajo

Como hemos visto, bajo el neoliberalismo el trabajo ha sufrido una gran transformación a escala mundial que por supuesto no es homogénea a escala internacional ni regional. En el Norte global, sin embargo, esa transformación ha estado marcada las últimas décadas por el fenómeno de la llamada feminización de la fuerza de trabajo, comúnmente utilizado para explicar dos fenómenos distintos pero que a menudo se dan simultáneamente. Por un lado, se ha usado para explicar la entrada masiva de mujeres en el mercado laboral, con las consecuencias ya comentadas y su efecto en los debates del feminismo de los años 70. Pero, por otro lado, el concepto de feminización de la fuerza de trabajo se ha utilizado también para explicar el proceso por el que las condiciones que han vivido históricamente las mujeres de clase trabajadora se generalizan a amplias capas de la masa asalariada más allá de las mismas.

 

La temporalidad, la alta rotatividad, la falta de estabilidad, los salarios complementarios, sectores con una práctica ausencia de derechos laborales formales, trabajo informal y un largo etcétera son las condiciones que hoy configuran la organización del empleo en nuestra sociedad. Por descontado, este proceso a gran escala, además de configurar las formas de explotación, está reconfigurando también las condiciones del trabajo reproductivo y en general de las condiciones de vida y su sostenibilidad.

 

Estas consideraciones tienen implicaciones tanto teóricas como estratégicas. Estas formas de trabajo, lejos de ser un subproducto precapitalista o un subproducto de formas capitalistas anteriores, son formas constitutivas de un capitalismo que siempre genera márgenes. El trabajo eventual, en negro o informal, entre otras fórmulas, constituye un área de explotación que algunos considerarán que se encuentra en los márgenes del mercado laboral y que sin embargo hoy se ha convertido en la regla que desmonta la excepción.

 

A su vez, se ha dado un proceso de mercantilización de actividades que antes se encontraban en esferas no laborales, aunque siempre constituyeron trabajo en un sentido amplio, como puede ser el cuidado de ancianos o la propia procreación. Sea porque los márgenes ya constituyen la regla o porque lo reproductivo está en fase de mercantilización, podemos constatar que la separación artificial entre lo productivo y lo reproductivo, así como la frontera entre empleo y trabajo de cuidados, se diluye. Quizás esto es lo que ha permitido una expansión teórica en el marxismo contemporáneo del concepto de trabajo que durante mucho tiempo estuvo secuestrado por los sesgos más economicistas.

 

Además de las implicaciones teóricas, estas consideraciones pueden tener también consecuencias estratégicas. Así, sostenemos que las huelgas feministas y las huelgas de mujeres pueden considerarse una experiencia central para pensar la organización, no solo de las mujeres, sino del grueso de la clase trabajadora. Judith Carreras (2018) recuperaba en un artículo reciente en esta misma revista una cita de Mariana Montanelli, quien expresaba la siguiente intuición que compartimos: “Las perspectivas feministas constituyen un punto de vista privilegiado para analizar las condiciones de explotación contemporánea”. Podríamos añadir que también constituyen un punto de vista privilegiado para experimentar nuevas formas de organización y de lucha.

 

Tras décadas de sindicalismo de pacto y concertación, el movimiento feminista está permitiendo un proceso de democratización de la herramienta de la huelga que probablemente tenga consecuencias a largo plazo. Los últimos dos 8 de Marzo han permitido a una capa de trabajadoras nada desdeñable hacer y organizar una huelga, en muchos casos, por primera vez en su vida. La autoconfianza, empoderamiento, la experiencia acumulada y las redes establecidas por miles de mujeres pueden suponer un salto cualitativo para el conjunto de la clase solo evaluable con el paso del tiempo. El otro elemento de democratización es la organización de la huelga en trabajos tradicionalmente olvidados por el sindicalismo de concertación, como son los cuidados o el consumo, que sin embargo sí tuvieron importancia en el movimiento obrero de principios de siglo: las huelgas por la carestía de la vida o las de alquileres son un buen ejemplo. En este sentido, la democratización de la huelga permite experimentar esta herramienta en los márgenes del mercado laboral que comentábamos anteriormente y refuerza la idea de que esas actividades son también y sobre todo trabajo.

 

Actualización del concepto de clase

El retorno de la cuestión de clase ligado a todo lo que venimos contando encierra, sin embargo, fantasmas que es necesario atajar incorporando las apreciaciones que desde el marxismo crítico, pero también desde el pensamiento antirracista y el feminismo, se ha hecho sobre el concepto. De cualquier otro modo, nos encontraremos reproduciendo debates estériles sobre el sujeto mítico, absoluto e incuestionable de la lucha de clases, de dudosa existencia material y difícilmente historizable, que demuestran ser mucho más fetiche estético que comprensión de las dinámicas sociales y que acaban inevitablemente enfrentados a las luchas reales. Pero si entendemos, por el contrario, que la clase es siempre el resultado del proceso de luchas y que no existe de manera aislada sino en función de su relación de antagonismo con la otra clase (o lo que es lo mismo: que la lucha de clases precede a la clase y que la clase y la conciencia de clase son siempre las últimas y no las primeras fases del proceso real histórico –Thompson, 1984–) entonces las posibilidades que se abren son múltiples y fecundas.

 

La formulación histórica o heurística de clase que propone Thompson, además de diferenciarse de una visión estática tremendamente problemática en su aplicación política, encaja con las ideas desarrolladas por las teóricas de la reproducción social y nos permite comprender uno de los aspectos fundamentales del feminismo marxista con el que nosotras nos identificamos: la constatación de que la clase se articula de maneras específicas en la realidad concreta, de que los procesos de acumulación se despliegan a través de mecanismos de género, raza, etc., y de que estos fenómenos no pueden desligarse de la experiencia de la desposesión porque constituyen su propio núcleo. No existe un capitalismo ciego al género o a la raza, del mismo modo que no existe la clase desgenerizada o desracializada. La perspectiva material aportada por el feminismo nos permite así comprender el modo en que las diferentes vivencias clasistas (explotado o explotador) se encarnan en cuerpos concretos e históricamente situados, proporcionándonos una visión global del desarrollo de la lucha de clases.

 

Resulta evidente que esta interpretación nos aleja de aquellas teorías que, proclamándose también marxistas, parten de una concepción estática de la clase, dada ya a priori de la experiencia histórica, donde el género o la raza son añadidos que desvirtúan o modifican el sujeto mítico original. Pero por otro lado, lo que aquí proponemos nos delimita también de las lecturas posmodernas de la interseccionalidad que se limitan a “sumar opresiones”, manteniéndolas como sistemas distintos que se entrecruzan o entremezclan en el espacio (Ferguson y McNally, 2017). Integrar en un marco analítico unitario fenómenos como el racismo o el heterosexismo nos permite no sólo afirmar, siguiendo a Himani Bannerji (2005), que el todo es más que la suma de las partes, sino también poner el foco en la influencia que esto tiene en la construcción histórica de la clase.

 

El enorme auge del movimiento feminista vivido durante los últimos años en todo el mundo y la discusión en torno a la irrupción o no de una tercera ola han puesto en el centro los debates en torno a la clase. ¿De qué modo este movimiento de masas se relaciona con la lucha de clases?, preguntan algunas voces. Nosotras sostenemos que este interrogante está mal planteado, pues parte de la noción estática de clase y no es capaz de comprender el feminismo más que como un añadido externo. El recurso a la herramienta de la huelga, la centralidad de las luchas por la reproducción social, la aspiración a comprender los procesos de producción y reproducción como un todo integrado, y su funcionamiento como vector de politización y radicalización de masas, hacen que esta tercera ola feminista sea, en sí misma, proceso de subjetivación de clase. Y esto es así porque a escala mundial el movimiento feminista está redefiniendo los antagonismos y constituyéndose en lucha de clases feminista (Arruzza, 2018). La potencialidad de las mujeres para cumplir este papel en el actual momento histórico no depende de ninguna identidad esencial, sino que parte de nuestro rol en el proceso de reproducción social, que hace que nuestros intereses coincidan con los intereses de la humanidad (Facet, 2017).

 

A quien cuestione esta evidencia basándose en la supuesta parcialidad o en lo insólito del fenómeno, las feministas le decimos que “ningún modelo puede proporcionarnos lo que debe ser la verdadera formación de clase en una determinada etapa del proceso. Ninguna formación de clase propiamente dicha de la historia es más verdadera o más real que otra, y la clase se define a sí misma en su efectivo acontecer” (Thompson, 1984: 38-39).

 

Apuntes para un rearme emancipatorio

Sigue siendo cierto aquello de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, lo que no es más que una manera muy gráfica de expresar el derrumbamiento de un horizonte emancipatorio tras la derrota del siglo XX. Sin embargo, las reflexiones ecosocialistas junto a las experiencias y reflexiones feministas, empiezan a reconstruir un horizonte emancipatorio. Un horizonte aún lejano que mantiene continuidades y discontinuidades con las experiencias revolucionarias y emancipatorias del siglo XX y que constituye también un terreno de disputa con fracciones de las clases dominantes que buscan construir una agenda propia en clave feminista y ecologista en un intento de suturar la crisis de gobernanza neoliberal.

 

Conscientes de los peligros de las tentativas neoliberales, hay que rastrear cuáles son los elementos con más potencialidad del nuevo ciclo de movilizaciones que se ha abierto camino en los últimos años. Reflexionar de qué modo el feminismo está permitiendo recuperar consignas como el reparto de los trabajos –esta vez en plural–, la rebaja drástica de la jornada laboral ligada a la socialización del trabajo reproductivo, repensar cuáles son los trabajos socialmente necesarios, pero también qué actividades económicas deben cesar por ser destructivas para las personas o el planeta, etc. Ante la irracionalidad capitalista y el derroche de recursos y energía humana que este genera, debemos apostar por una reorganización de los trabajos en clave ecosocial y feminista. Esta es una tarea fundamental en la fase que nos encontramos. Los procesos de acumulación y la crisis de la gobernanza neoliberal han abierto un nuevo ciclo virulento y en muchos casos violento que busca redefinir los mecanismos de explotación, dominación y opresión. Disputar esa redefinición será clave para su desenlace.

 

*Julia Cámara es historiadora, activista feminista y forma parte de la redacción de la web de viento sur.

**Laia Facet es activista feminista y militante anticapitalista

Referencias

Arruzza, Cinzia (2018) “De la huelga de las mujeres a un nuevo movimiento de clase”, viento sur, 161, pp. 54-61.

Bannerji, Himani (2005) “Building from Marx: Reflections on class and race”, Social Justice, 32, 4, pp. 144-160.

Bhattacharya, Tithi (2017) Social reproduction theory: Remapping class, recentering oppression. Londres: Pluto Press.

Carreras, Judith (2018) “¿Puede ser el feminismo un revulsivo sindical?”, viento sur, 161, pp. 71-82.

Dalla Costa, Mariarosa (2009 [1972]) “Poder femenino y subversión social”, en Mariarosa Dalla Costa, Dinero, perlas y flores en la reproducción feminista, Akal, Madrid.

Delphy, Christine (1976) The main enemy, Women’s Research and Resource Centre.

Facet, Laia (2017) “Mujeres: sujeto estratégico”, https://vientosur.info/spip.php?article12902

Ferguson, Sue y McNally, David (2017) “Social reproduction and intersectionality: an interview”, https://marxismocritico.com/2017/10/17/social-reproduction-beyond-intersectionality/

Pérez Orozco, Amaia (2014) “Del trabajo doméstico al trabajo de cuidados”, en Cristina Carrasco (ed.), Con voz propia. La economía feminista como apuesta teórica y política, viento sur-La Oveja Roja, 2014.

Thompson, Edward Palmer (1984) “¿Lucha de clases sin clases?”, en E. P. Thompson: Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Crítica, Barcelona, pp. 13-61.

Young, Iris (1981) “Beyond the unhappy marriage: A critique of the dual system theory”, en Lydia Sargent, Women and revolution. A discussion on the unhappy marriage of Marxism and feminism, South End Press, pp. 43-69.

 

Revista Viento Sur nº 165

Fuente: http://contrahegemoniaweb.com.ar/propuestas-feministas-para-un-rearme-teorico-y-estrategico

 

En consecuencia, abajo y a la izquierda (revolucionaria por coherencia con su esencia histórica e ideología representativa de los intereses proletarios), generalicemos la confianza en que:

 

¡Otros mundos son posibles!

El pluriverso ya respira...

10 de septiembre de 2019

Por Alberto Acosta, Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar y Federico Demaria

Rebelión

La actual crisis planetaria posee una dimensión civilizatoria. Nunca tantos aspectos cruciales de la vida fallaron simultáneamente ni las expectativas sobre el futuro han sido tan inciertas. Los problemas ambientales son inocultables, no importa cuán poderosos sean los negacionistas. Tampoco es posible ocultar las enormes desigualdades socioeconómicas mundiales que crecen a medida que el “desarrollo” se extiende por todo el mundo como virus mutante. Esta crisis se ve y siente en todos los ámbitos: ambiental, económico, social, político, ético, cultural y espiritual. Irónicamente, estas crisis son incluso alimentadas por las fuerzas de derecha para obtener el apoyo de los marginados, con imágenes falsas pero atractivas de cómo “el otro” -el inmigrante, por ejemplo- roba “nuestros” trabajos, recursos y felicidad. Resultado de este escenario convulso, la violencia y la represión envuelven y debilitan los procesos democráticos.

Poner fin a la búsqueda del “desarrollo” 1 no es fácil. Su lógica seductora está ampliamente internalizada. Las sociedades del Norte Global, que sufren los efectos del crecimiento industrial, fueron las primeras en aceptar el evangelio de un único camino hacia el progreso. El Sur emula al Norte, cautivado por sus deslumbrantes estilos de vida en un curso aparentemente imparable que trae cada vez más problemas sociales y ambientales. Siete décadas después de que el concepto de “desarrollo” fue puesto oficialmente en escena, el mundo entero está sumido en el “mal desarrollo”.

¿Qué le sucede a la vida misma? Paradójicamente el discurso del “desarrollo” solo consolida la crisis global. Esta crisis no es coyuntural ni manejable desde las instituciones existentes; más bien, es estructural e histórica. Por eso urge pensar y actuar más allá del desarrollo 2, buscando una profunda reorganización de las relaciones dentro y entre las sociedades, y de las relaciones entre la Humanidad y la Naturaleza, de las cuales somos parte. Se requiere una nueva versión de las instituciones a nivel global, nacional y local, pero este objetivo está más allá de las capacidades de los posibles administradores planetarios o los políticos de los estados nacionales. En cambio, la remodelación debe ser, y está siendo, impulsada desde diversos espacios comunitarios de base.

Estas reflexiones son la esencia de un nuevo libro, Pluriverse: A Post-Development Dictionary 3. La idea nació durante la Cuarta Conferencia Internacional de Decrecimiento en Leipzig. Luego de casi cinco años de intenso trabajo, ve la luz este libro compuesto por 110 entradas temáticas sucintas de autores y autoras de todos los continentes.

La presentación del libro corre a cargo de Wolfgang Sachs, editor del seminario Development Dictionary, publicado en 1992 4. En la primera sección: “Desarrollo y sus Crisis: Experiencias globales”, un autor de cada continente analiza críticamente los impactos del desarrollo en su región. Esto abre la puerta a la sección dos: “Universalizar la Tierra: Soluciones reformistas”, que revisa las soluciones tecnocráticas convencionales, gerenciales o de reparación mercantil a la crisis global que van desde la “agricultura climáticamente inteligente” hasta la “gobernanza del sistema terrestre” 5 y el “transhumanismo” 6. Estas entradas demuestran por qué las propuestas reformistas convencionales no resuelven los problemas socioambientales de la actualidad, sino que los exacerban en muchos casos, o en el mejor de los casos retrasan ligeramente los colapsos que se avecinan.

La sección tres: “Un pluriverso de los Pueblos: Iniciativas transformadoras” es el cuerpo principal del Diccionario que ofrece relatos de alternativas teóricas radicales, visiones espirituales y “formas de mundo”, prácticas cotidianas y sostenibles que ya están sucediendo en todo el planeta. 7

Esta pluralidad de alternativas habla desde los márgenes de la modernidad capitalista eminentemente colonial y patriarcal, tanto desde las periferias coloniales como metropolitanas 8. Desde el Norte Global, vienen los eco-socialistas, ecofeministas y académicos del decrecimiento 9, cada uno de los cuales ayuda a configurar un vigoroso movimiento de movimientos. Desde el Sur Global 10, destacamos nociones inspiradoras como Sumak Kawsay o Buen Vivir (buenos convivires) 11, Swaraj, Ubuntu, Commoning, Communality, Agaciro, Agdals, Hurai, Ibadism, Shohoj y más 12. El libro también incluye versiones socialmente críticas de las principales religiones del mundo.

El concepto de “convivencialidad” 13, promovido por Ivan Illich, es fundamental para construir comunidades que permitan a cada persona vivir creativa y autónomamente con tecnologías e instituciones que ellas mismas controlan. Otras iniciativas transformadoras globales son el Tribunal Internacional para los Derechos de la Naturaleza 14; u otro para el arbitraje de la deuda. Estas narrativas imaginativas se unen a la crítica y a la acción decidida. En conjunto, este Diccionario de Post-Desarrollo sugiere que las transiciones democráticas pacíficas se descubrirán a medida que las personas tejan viejas prácticas y nuevas ideas en un tejido global de alternativas.

Las mismas y viejas promesas políticas ya no son viables. Tampoco podemos confiar más en la “responsabilidad social empresarial”, las “burocracias eficientes” y la extensión liberal pluralista de los derechos a todos los sujetos, - “personas de color”, los ancianos, las personas con capacidades diferentes, las mujeres o los homosexuales, aunque necesario, es altamente inadecuado en la medida que son respuestas legalistas y no transformadoras. Igualmente, hay que superar la preservación de algunos espacios “prístinos” de Naturaleza, esto no tiene ningún efecto sobre el colapso mundial de la biodiversidad. La acción debe ir al centro de la crisis sistémica actual: la mezcla tóxica del capitalismo heteropatriarcal, la colonialidad, el racismo y la modernidad unidireccional con su inclinación infinita por el poder y la acumulación depredadora a costa de toda la vida en la Tierra.

Académicos, activistas, políticos, periodistas, jóvenes y todos quienes no cuestionan el actual sistema dominante, solo abren la puerta a más reencarnaciones del fantasma del “desarrollo”. Las medidas a corto plazo concebidas desde los pasillos del poder solo afianzan el statu quo Norte-Sur, el patriarcado, la colonialidad y la destructiva separación instrumental de la Humanidad y la Naturaleza. Las soluciones bien superficiales no abordarán la crisis global, se requiere de un horizonte postcapitalista y de postdesarrollo, con fuerte sentido de transformación cultural. Asimismo, se requiere una política adecuada para adentrarse en las raíces del sistema, cuestionando los supuestos centrales del discurso del “desarrollo”, como el crecimiento, la retórica del progreso, la racionalidad instrumental, los llamados mercados libres, el universalismo, el antropocentrismo, el sexismo, etc.

Una estrategia adecuada demanda una ética basada en la interdependencia relacional de todo lo existente. Abrazará la diversidad y la pluriversidad; autonomía y suficiencia; solidaridad y reciprocidad; bienes comunes y cuidado; la integración de la Humanidad con la Naturaleza: Derechos Humanos y Derechos de la Naturaleza 15; simplicidad y suficiencia; derechos y responsabilidades; sostenibilidad ecológica y democracia radical; paz y no violencia. Una estrategia adecuada se orientará hacia y se sustentará en los marginados, explotados y oprimidos. Las transformaciones y las transiciones demandan tiempo para integrar la multiplicidad de dimensiones: política, económica, social, cultural, ética y espiritual.

Los caminos hacia una biocivilización son múltiples. Se tienden puentes entre el Norte global (decrecimiento) y el Sur global (postextractivismo) 16. Así, el pluriverso ya es visible en las cosmovisiones y prácticas radicales de muchos grupos en todo el mundo. La noción de pluriverso cuestiona la supuesta universalidad de la modernidad euroamericana. Como lo expresó tan sabiamente el zapatismo en Chiapas, México, el pluriverso constituye "un mundo donde encajan muchos mundos". Exploramos e innovamos hacia un futuro donde todos los mundos (humanos y no humanos) pueden coexistir y prosperar en dignidad y respeto mutuos, sin un solo mundo “desarrollado” que viva a expensas de los demás mundos, como sucede tan cruelmente en nuestro tiempo.

El camino hacia esta complementariedad es largo, pero estamos en marcha, como sugiere la alianza internacional de movimientos por la justicia social y la ecología. Es posible deducir, desde las acciones de muchos movimientos de mujeres, etnias, indígenas, trabajadores y trabajadoras, así como campesinas y campesinos, una convergencia creciente. La posdata del libro describe uno de esos intentos como un “Tejido Global de Alternativas” (Global Tapestry of Alternatives) 17, que poco a poco va surgiendo, un potencial de autoorganización, una miríada de movilizaciones y prácticas emergentes de muchas regiones del mundo.

Como Arundhati Roy anunció proféticamente, hace más de una década: “Otro mundo no solo es posible, él está en camino; en un día tranquilo, puedo escuchar su respiración”.

Notas: 

 

1  Arturo Escobar (2011), Encountering Development The Making and Unmaking of the Third World , Preinceton University Press. https://press.princeton.edu/titles/9564.html

2  Varios autores y varias autoras (2012) en Miriam Lang, y Dunia Mokrani (coords.), Más Allá del Desarrollo, Abya Yala y Fundación Rosa Luxemburg, Quito. http://www.rosalux.org.mx/docs/Mas_alla_del_desarrollo.pdf

3 Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta (editores) (2019), Pluriverse: A Post-Development Dictionary. Nueva Delhi: Tulika Books and AuthorsUpFront,http://www.radicalecologicaldemocracy.org/pluriverse/

4 Wolfgang Sachs (editor) (1996), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú (primera edición en inglés en 1992), http://www.uv.mx/mie/files/2012/10/SESION-6-Sachs-Diccionario-Del-Desarrollo.pdf

5  About the Project http://www.earthsystemgovernance.org/about-the-project/ 

 

6  Transhumanism And The Future Of Humanity: 7 Ways The World Will Change By 2030http://www.forbes.com/sites/sarwantsingh/2017/11/20/transhumanism-and-the-future-of-humanity-seven-ways-the-world-will-change-by-2030/#72ddbc277d79

 

7  Open Democracy - Latin America in a post-development era: an interview with Arturo Escobarhttp://www.opendemocracy.net/en/openeconomy/latin-america-in-post-development-era-interview-with-artu/

8  Consultar, por ejemplo, Degrowth in Movement (s), https://www.degrowth.info/en / dim / degrowth-in-movement / o Radical Ecological Democracy http://www.radicalecologicaldemocracy.org/

9 D’alisa, Giacomo, Frederico Demaria, y Giorgios Kallis (coords.) (2015), Decrecimiento. Vocabulario para una nueva era, Barcelona, ICARIA.http://www.researchgate.net/publication/327601236_Decrecimiento_Vocabulario_para_una_nueva_era 

10  Open Democracy - Global South, beyond the Statehttp://www.opendemocracy.net/en/democraciaabierta/global-south-beyond-state/

11  Alberto Acosta (2017), “Los buenos convivires: Filosofías sin filósofos, prácticas sin teorías”http://periodicos.uern.br/index.php/trilhasfilosoficas/article/view/3070

12  Consultar entre muchas otras fuentes en The Guardian la multiplicidad de proyectos existentes en el mundo:http://www.theguardian.com/sustainable-business/2015/jul/21/capitalism-alternatives -sustentable-desarrollo-fallando

13 Ivan Ilich (1978), La convivencialidad, Ocotepec, Morelos, México.http://www.ivanillich.org.mx/convivencial.pdf

14  Esperanza Martínez y Alberto Acosta (2017), Derechos de la Naturalezacomo puerta de entrada a otro mundo posible, Rev. Direito e Práx., Rio de Janeiro, Vol. 08, N. 4, http://www.scielo.br/pdf/rdp/v8n4/2179-8966-rdp-8-4-2927.pdf

15  Alberto Acosta (2019), “Sin derechos de la naturaleza no hay plenos derechos humanos”, Amnistía Internacional, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=257686

16  Alberto Acosta y Ulrich Brand (2018), Salidas del laberinto capitalista -Decrecimiento y Postextractivismo , Fundación Rosa Luxemburg, Quito http://www.rosalux.org.ec/pdfs/Libro-Salidas-del-Laberinto.pdf

17  Global Tapestry of Alternatives http://globaltapestryofalternatives.org/

Sobre la autora y los autores:

Ashish Kothari: Kalpavriksh and Vikalp Sangam in India, and co-editor of Alternative Futures: India Unshackled.

Ariel Salleh: profesora y activista australiana, autora de Ecofeminism as Politics y editora de Eco-Sufficiency and Global Justice.

Arturo Escobar: Profesor de la  University of North Carolina, y autor Encountering Development.

Federico Demaria: Research & Degrowth, Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental (ICTA), Departamento de Economía Aplicada, Universitat Autònoma de Barcelona (UAB); y International Institute of Social Studies (Holanda).Alberto Acosta: Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Expresidente de la Asamblea Constituyente: 2007-2008.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=260254