Qué Trabajo

Mayo 2020

Con sometimiento totalitario, patriarcal, colonial a transnacionales y transnacionalizados.

 


 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía / Ecocida y genocida /Alternativas emancipatorias

 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía

 

 

Es cada vez más evidente el papel nefasto de la dupla CGT (Confederación General del Trabajo con el Partido Justicialista) y más urgente el desafío de constituir un sindicalismo de liberación. Si Agustín Tosco pudo, desde posiciones marxistas, hacer a esas rupturas con el sindicalismo corporativo y con la hegemonía de la derecha peronista sobre el proletariado, hoy más temprano que tarde podremos convertir en voluntad emancipatoria a la obediencia debida porque tantas décadas de dominio les muestran en su decadencia de mercachifles sin escrúpulos de hacernos arrodillar ante:

 

El infame rostro de las transnacionales

2 de mayo de 2020

Por Jorge Molina Arameda, Patricio Mery Bell (Rebelión)

J.K Galbraith, en su El nuevo estado industrial (1967), dijo que las grandes corporaciones se convertirían en la unidad económica estratégica de mayor significado y entidad en el mundo. Se ha cumplido. Hemos llegado a un punto en la historia en el que encontramos empresas cuyo tamaño las hace más fuertes económicamente que incluso países enteros. Por ejemplo ExxonMobil tiene más dinero que Malasia, Perú o Ucrania.

Este poder económico conlleva a un aumento del poder de decisión, mediante la presión a la política. Aunque no sea de forma directa, muchas veces las multinacionales de sectores estratégicos controlan la política en todos los niveles geográficos: local, nacional, regional y mundial. Los casos más conocidos son los de las empresas transnacionales (ETNs) petroleras, del gas, financieras, informáticas… etc. Grandes empresas que controlan sectores muy importantes para el desarrollo de la vida de las personas y de los países.

CONCENTRACIÓN DE PODER

Stefania Vitali, James Glattfelder y Stefano Battiston, investigadores de la Universidad de Zürich, publicaron, en 2011, The Network of Global Corporate Control, en la revista científica PlosOne.org. En la presentación del estudio, los autores escribieron: “La estructura de la red de control de las empresas transnacionales afecta la competencia del mercado mundial y la estabilidad financiera”.

El estudio prueba que un pequeño grupo de compañías -principalmente bancos- ejerce un poder enorme sobre la economía global. El trabajo examinó un total de 43.060 corporaciones transnacionales, la telaraña de la propiedad entre ellas y estableció un mapa de 1.318 empresas como corazón de la economía global.

La investigación encontró que 147 empresas desarrollaron en su interior una “súper entidad”, controladora del 40 por ciento de su riqueza. Todos poseen parte o la totalidad de uno y otro. La mayoría son bancos como Barclays, Deutsche Bank y Goldman Sachs.

De acuerdo a Tim Koechlin en su ensayo Los ricos se hacen más ricos: El neoliberalismo y la desigualdad galopante (2012): “El club de las personas más ricas del mundo agrupa a 40 millones de adultos. De ellos, 6.000 individuos, una millonésima parte de la población mundial, posee la mayor parte de la riqueza del planeta. En los últimos treinta años este selecto club ha visto incrementada su riqueza en un 275%. El resultado es abrumador: el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita”.

Es evidente el mega poder económico que poseen las corporaciones transnacionales. Basta comprobar, por ejemplo, cómo una de las mayores empresas del mundo, WalMart, maneja un volumen anual de ventas que supera la suma del Producto Interior Bruto de Colombia y Ecuador, mientras la petrolera anglo-holandesa Shell tiene unos ingresos superiores al PIB de los Emiratos Árabes Unidos. Asimismo, las compañías multinacionales disponen de un innegable poder político: son moneda de uso corriente las estrechas relaciones entre gobernantes y empresarios, no hay más que ver cómo, por citar solo algunos casos, los expresidentes Felipe González, J. M Aznar, T. Blair y Schröder han entrado en el directorio de corporaciones como Gas Natural Fenosa, Endesa, JP Morgan Chase y Gazprom, respectivamente; de la misma manera que, en sentido contrario, Mario Draghi y Mario Monti pasaron de Goldman Sachs a las presidencias del Banco Central Europeo y del gobierno italiano.Sin olvidar la contratación del expresidente de la Comisión de Bruselas José Manuel Barroso como vicepresidente no ejecutivo y asesor-negociador de la multinacional financiera Goldman SachsInternacional.

VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS

Existen, además, situaciones de violaciones a los derechos humanos derivadas de la acción directa o indirecta de las ETNs; son situaciones de casos específicos, o sistémicas a nivel global, como la responsabilidad de las ETNs por el cambio climático, o del capital financiero mundial concentrado en los bancos por la crisis financiera mundial y sus secuelas. Este debate internacional, que ya posee unos 40 años, entró fuertemente en la agenda a través de casos paradigmáticos y graves de violaciones que tenían como responsables a ETNs. El caso que inicia este recuento es el de la injerencia política ejercida por la estadounidense International Telephone and Telegraph Company (ITT) en la década de 1970 en Chile, y que acabará con el Golpe de Estado y la muerte de Salvador Allende. Luego casos como el de Bophal en la India en 1984, por la liberación de gases tóxicos de la planta de pesticidas de la Union Carbide (adquirida luego por Dow Chemicals), que mató a tres mil personas de forma directa y otras diez mil indirectamente, impactando a más de ciento cincuenta mil que todavía hoy sufren los efectos. O el crimen contra los indígenas Ogoni, en Nigeria. La presión de Shell y su actividad petrolera generó situaciones de opresión sobre este pueblo, que concluyeron con la muerte de varios de sus integrantes, y que hasta hoy día afectan gravemente el medio ambiente en la zona del Delta de Níger.

La masacre de las bananeras, perpetrada en 1928 por la compañía estadounidense United Fruit Company. Desde entonces la multinacional, hoy Chiquita Brands, acumula denuncias por acaparamiento de tierras, uso esclavista de la mano de obra, soborno y corrupción política. Asimismo, la “bananera” participó en la defenestración del presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, en 1954. En septiembre de 2007 la empresa tuvo que afrontar una multa de 25 millones de dólares en Estados Unidos por financiar a paramilitares colombianos.

La Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia (1932-1935) tuvo como catalizador los intereses de las petroleras Standard Oil Company (actualmente Chevron-Texaco y Exxon Mobil) y Royal Dutch Shell.

El holocausto judío (1941-1945) contó con la complicidad de corporaciones alemanas (Krupp, Siemens, BMW y Wolkswagen, entre otras) y norteamericanas como Ford y General Motors.

La guerra civil de Angola (1975-2002), una parte de los beneficios de las petroleras -BP, Exxon Mobil- se dedicaba a financiar la compra de armas.

En la década de 1970, Peugeot, Ford y Mercedes Benz se beneficiaron de la persecución de militantes de los sindicatos por parte la dictadura militar argentina.

Nestlé era objeto de denuncias por el fomento de la leche en polvo como sustituto de la leche materna en África, lo que desencadenó efectos negativos en la salud y la seguridad alimentaria.

Más recientemente nos encontramos con el asesinato de Berta Cáceres y otros dirigentes del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), que resiste al proyecto hidroeléctrico Agua Zarca; o de Sikhosiphi “Bazooka” Radebe, activista contra la minería en Mdatya, Amadiba, Sudáfrica; o los asesinatos de líderes sindicales en Colombia y Guatemala; o el desastre en la localidad de Mariana en el estado brasileño de Minas Gerais, que por negligencia criminal de las empresas mineras Vale, BHP y Samarco, provocó la muerte de diecisiete personas y el mayor desastre ambiental que hasta ese momento Brasil haya visto en su historia.

Son estos los casos extremos de violaciones a los derechos humanos que tratamos en la actualidad y que envuelven iniciativas de ETNs. No se ha podido avanzar de forma tal que se pueda ofrecer condiciones fiables y abarcativas de acceso a la justicia a las poblaciones como la hondureña, sudafricana, india, guatemalteca, colombiana, y de tantos otros países generalmente del Sur global, que sufren los impactos de la acción económica de las empresas.

Las empresas se mueven por el lucro. No hacen altruismo ni piensan estratégicamente en el bien de cualquier sociedad del planeta, a no ser de su “sociedad anónima”. Tenemos que tener esto siempre en cuenta al analizar el interés de los inversionistas extranjeros. En primer lugar, debemos pensar que las empresas extranjeras vienen por ventajas que no tienen en otro lugar del planeta: 1- menores salarios, 2- derechos sociales y laborales bajos, 3- impuestos y obligaciones tributarias bajas o nulas, 4- acceso fácil y barato a recursos naturales y energía, 5- normas ambientales, laborales y financieras permisivas o inexistentes, y 6- Estados –y sobre todo sus sistemas judiciales– débiles y vulnerables. En segundo lugar, acceso a nuevos mercados para sus productos y servicios. Detrás de cada una de estas ventajas u “oportunidades” se esconde un problema para nuestras sociedades, pues inclusive sociedades cuyos Estados son más poderosos y cuya gran ventaja es el tamaño o el poder adquisitivo de su mercado interno, acaban siendo perjudicadas por la concentración que estimula la entrada de grandes empresas, o el estímulo a la generación de grandes empresas propias.

El resultado del ingreso de las empresas extranjeras no resulta generalmente en grandes beneficios para los países anfitriones. Los casos más extremos reportan explotación intensa de los recursos naturales con impactos ambientales altos para las comunidades locales; movimiento económico reducido a nivel de la región, pues funciona como enclave cerrado; y lucha constante por la apropiación de las ganancias, que queda mayoritariamente en manos de la empresa en vez de los Estados. El sacrosanto cliché dice que los Estados pobres no podrían explotar sus recursos naturales si no es a través de los inversionistas extranjeros.

Todo lo manifestado anteriormente tiene el siguiente corolario:

-El informe de la fundación Oxfam Premiar el trabajo, no la riqueza (2018), señala que “En 2017 el número de personas cuyas fortunas superan los mil millones de dólares alcanzó su máximo histórico, con un nuevo milmillonario cada dos días. Este incremento podría haber terminado con la pobreza extrema en el mundo hasta siete veces. El 82% de la riqueza generada durante el último año fue a parar a manos del 1% más rico, mientras que la riqueza del 50% más pobre no aumentó lo más mínimo. La riqueza extrema de unos pocos se erige sobre el trabajo peligroso y mal remunerado de una mayoría”. Para mayor abundamiento, dicho informe también plantea que:

-El esfuerzo en el trabajo ya no necesariamente garantiza progreso para las clases trabajadoras. El 43 % de la población joven activa no tiene trabajo o, si trabaja, sigue viviendo en la pobreza. Entre 1995 y 2014, en 91 países de un total de 135, el aumento de la productividad laboral no vino acompañado con incrementos salariales.

-En definitiva, los ricos observan sentados como su riqueza crece mientras que los trabajadores, a pesar de su esfuerzo, no mejoran su nivel de vida. Además, el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) Perspectivas sociales y del empleo en el mundo. Tendencias 2018, indica que cerca de 1.400 millones de trabajadores ocuparon un empleo vulnerable en 2017, y se prevé que otros 35 millones se sumen a ellos para el 2019 (guarismo que aún no es revelado en lo que va de este año 2020). En países en desarrollo, el empleo vulnerable afecta a tres de cada cuatro personas.

Fuente: https://rebelion.org/el-infame-rostro-de-las-transnacionales/

 

 

Nos preguntamos qué significa «sindicalismo de liberación», ¿emancipar a la clase de les trabajadores de qué? Una primera respuesta hallémosla en posibilitar que una creciente mayoría abajo rechace la creencia infundida por el sistema de que el Capital crea riquezas y oportunidades laborales cuando es al revés.

 

 

El trabajo en crisis,

apuntes al calor de una pandemia en curso

6 de mayo de 2020

 Por Miguel A. Ruiz Acosta (Rebelión)

«La primera lección es que un sistema político social construido en la codicia, las ganancias, la mercantilización y la privatización de todo no puede abordar una crisis de esta magnitud». (Henry Giroux)

Resumen: el presente es un documento de trabajo que, a modo de apuntes al calor de la crisis en curso, está organizado en tres partes que tratan los siguientes aspectos: a) el deterioro de la situación del trabajo ante el capital antes de la pandemia; b) un panorama general de la situación del trabajo, como resultado inmediato de la gestión capitalista de la crisis; c) una propuesta inicial de caracterización de las principales modalidades de afectación a cinco grandes grupos de trabajadores en la actual coyuntura (los que han seguido en sus puestos, los que teletrabajan, los informales, las trabajadoras del hogar y los que se han quedado sin empleo). El texto presta atención al desarrollo de estos procesos a escala global, pero hace especial énfasis en los casos latinoamericanos y también hace mención a las incipientes formas de organización y resistencia de los trabajadores ante el complejo panorama actual.

I. Panorama del trabajo global antes del brote

La pandemia del Covid19 nos ha mostrado múltiples aspectos escabrosos de nuestra civilización capitalista. De entre ellos hay uno que destaca por haber pasado a primer plano de la realidad mundial, la subordinación directa e indirecta del trabajo al capital. Subordinación que implica, entre otras cosas, que en situaciones como la presente cuando los procesos de acumulación de riqueza entran en crisis, el capital se esfuerza de múltiples maneras (despidos, reducción de jornadas de trabajo y de salarios, etc.) por transferir los costos de la crisis a las clases trabajadoras, resguardando hasta donde le sea posible sus ganancias. Claro está que dicha relación despótica entre capital y trabajo opera bajo cualquier circunstancia, tanto en los periodos de auge como en los de crisis, pero, como es evidente, se torna más violenta durante estos últimos, pues es cuando el trabajo padece mayores arbitrariedades en el uso o desecho que el capital hace de él. Es precisamente en esos momentos cuando aumentan los volúmenes de trabajo que se tornan superfluos o prescindibles desde el punto de vista de la acumulación, aunque esos trabajos sigan siendo necesarios desde el punto de vista de la reproducción de la vida. En breves palabras, es bajo las crisis, cuando es más evidente que «La escasez de empleo directo, el subempleo y el empleo precario, subrayan el carácter sacrificial que tiene el capitalismo para la población, en tanto que la posibilidad de que los obreros mueran o degeneren su condición de vida…» [2]. O, para ponerlo en palabras de la mayor organización de los trabajadores a escala mundial, la Federación Sindical Mundial, durante los primeros meses de la pandemia «no se han detenido las violaciones de derechos, los despidos, las restricciones de los derechos sindicales y las libertades en contra de los trabajadores por parte de los gobiernos y empleadores que explotan la pandemia a fin de generalizar medidas y tácticas antilaborales» [3].

Al ser el capitalismo una forma hiperatomizada y competitiva de organizar el trabajo y el intercambio de los frutos de éste, el principio de satisfacción de las necesidades sociales queda permanentemente subordinado a los imperativos de la acumulación. Esto trae como consecuencia la imposibilidad de que la sociedad pueda garantizar de forma estable que la totalidad de las necesidades humanas (alimento, vestido, vivienda, descanso, acceso a la educación, la salud y la cultura, entre otras) puedan ser satisfechas para la mayoría de la población mundial; una población que se ve progresivamente envuelta en un proceso de proletarización global, entendido como la pérdida o precarización de sus medios históricos de subsistencia, lo que le obliga a buscar alguna modalidad de trabajo asalariado (y por tanto subordinada al capital de forma directa, en el caso de los trabajadores del sector privado) o bien a buscar modos de vida en aquellos segmentos del mercado de trabajo considerados «por cuenta propia», pero que no escapan del todo (aun sea de forma indirecta) a la dinámica de la reproducción capitalista de la riqueza, lo anterior sin mencionar a todas y todos aquellos seres humanos que no logran siquiera insertarse en cualquiera de las dos modalidades anteriores y quedan de forma más o menos intermitente en situaciones de franco desempleo, e incluso de indigencia.

De hecho, ya antes del estallido de la pandemia, la cantidad de seres humanos que a escala global tenía empleos escasamente remunerados, inestables, precarios en los ámbitos de los términos de su contratación o en lo que a seguridad social se refiere, en algún segmento de la llamada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) economía informal [4], tal volumen era del orden de los 2.000 millones de personas, sobre un total de 3.300 millones de seres humanos que conforman la población económicamente activa (PEA) que existe en el planeta, es decir, casi 2 de cada 3 trabajadoras y trabajadores en el mundo laboran bajo condiciones sumamente desfavorables en cuanto a estabilidad laboral y seguridad social se refieren, eso sin mencionar otros aspectos como la intensidad de la explotación de su trabajo, los niveles de salud laboral o los montos de sus ingresos respecto a sus necesidades sociales, todos ellos aspectos más difíciles de cuantificar. Ese panorama, salvo algunas excepciones, se fue agudizando durante las últimas décadas del siglo pasado y las que van del presente, tanto en los centros como en las periferias, como resultado de una ofensiva global del capital contra el trabajo que, aprovechando la entrada de cientos de millones de nuevos trabajadores a los circuitos de valorización, así como de las sucesivas derrotas de las organizaciones gremiales, lograron imponer a la baja nuevos marcos regulatorios de los mercados laborales, hacia esquemas de mayor desregulación y precarización del trabajo. En otras palabras, para la gran mayoría de la humanidad trabajadora, el escenario laboral aún antes de la llegada del Covid a nuestras vidas no era para nada halagador.

II. Panorama general de la crisis del trabajo.

Si el panorama no era halagador antes del COVID, ahora lo será mucho menos. No es casualidad que en su segundo informe sobre los impactos de la pandemia en el mundo del trabajo, la propia OIT haya caracterizado a la actual como la crisis más grave desde la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con sus datos más recientes (finales de abril) la crisis está causando una reducción sin precedentes de la actividad económica y del tiempo de trabajo, lo que implica que hacia mediados del presente año habrá una reducción aproximada de las horas de trabajo globales de alrededor de 10,5 % respecto al año anterior, lo que equivale a la pérdida de 305 millones de empleos a tiempo completo [5]. De hecho, las medidas de paralización total o parcial ya afectaron a casi 2.700 millones de trabajadores (81 % de la fuerza de trabajo planetaria). La primera estimación de la OIT sobre 25 millones de potenciales desempleados hacia fin de año se ha visto ampliamente rebasada pues, tan sólo en los EE.UU. 26,5 millones de personas quedaron sin empleo en tan sólo 35 días, dejando hasta el momento una inédita tasa de desempleo e entre 15 % y 20 %, sólo superada por la de la Gran Depresión (25 % en su momento más álgido). Y, lo que es más grave, es que la cifra mencionada ni siquiera contabiliza  los millones de  trabajadores informales e indocumentados [6].     

Y, como es evidente, la crisis de trabajo no sólo es una crisis de ingresos, sino que también se está convirtiendo en una crisis de pobreza y de hambre para los estratatos más precarizados de la población trabajadora mundial. Un par de cifras escalofriantes así lo sugieren: la organización humanitaria Oxfam calculó que a raíz de la pandemia hasta 500 millones de personas están en riesgo de caer en la pobreza [7]. Por su parte, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU advirtió de una hambruna de «proporciones bíblicas» que podría afectar hasta a 265 millone777s de personas (el doble que antes de la epidemia) y que «más de 30 países en vías de desarrollo podrían verse afectados por esta hambruna generalizada, 10 de los cuales ya están sufriendo sus efectos con más de un millón de personas al borde de la inanición» [8].

En Nuestra América el panorama tampoco es nada alentador, además del creciente número de contagios y muertes, las cifras del desempleo, reducción de las jornadas de trabajo y de salarios han venido escalando a medida que pasa el tiempo, los ingresos de millones de trabajadores y pequeños comerciantes tanto en la economía formal como en la informal han caído por diversas razones asociadas a la emergencia y en no pocos casos, el hambre comienza a hacer estragos, un fenómeno que ha orillado a multitudes de personas con pocos o nulos ingresos a emprender rutas migratorias para retornar a sus lugares de origen en busca de mejores condiciones de supervivencia, como lo muestra el caso de miles de peruanos que abandonan las grandes ciudades para regresar al campo [9] o el de los venezolanos que huyen de Chile, Perú, Ecuador y Colombia para dirigirse a su país [10]. Si quisiéramos ilustrar con una sola cifra la dimensión del problema en América Latina y el Caribe habría que hacer referencia a lo anotado recientemente por la CEPAL, que considera que a finales de 2020 habrá un decrecimiento promedio de -5,3 %, «la peor que la región ha sufrido desde 1914 y 1930» [11].

III. Diferentes mecanismos de afectación al trabajo durante la pandemia

Lo primero que debemos tener claro es que la expansión del COVID no ha seguido un patrón completamente caótico sino que, en buena medida, ha acompañado a las rutas mundiales de circulación de mercancías, muchísimas de las cuales tienen su origen en la provincia china de Hubei (epicentro de la pandemia) que es uno de los mayores centros fabriles del planeta. De acuerdo a la consultora de negocios Dun & Bradstreet, más de 50.000 empresas de todo el mundo tienen uno o más proveedores directos en su capital, Wuhan. Desde allí las mercancías fabricadas por el proletariado chino comienzan un largo viaje alrededor del globo a través de un complejo sistema de infraestructura de transporte y distribución que ha venido acelerando el tiempo de circulación de las mercancías durante las últimas décadas. La obsesión del capital por reducir su tiempo de rotación ha implicado el desarrollo de la llamada manufactura ajustada (lean manufacturing) y las las entregas just-in-time que, en la coyuntura actual, supusieron no sólo la rápida entrega de los productos, sino también la acelerada expansión de los contagios, a través de contactos entre los trabajadores que se encuentran ubicados a lo largo de esas cadenas de suministros de alcance global [12]. De acuerdo a la nota citada, existiría una correlación entre los datos aportados por el Centro de Recursos del Coronavirus de la Universidad Johns Hopkins que da seguimiento a las ubicaciones de los contagios de COVID en los Estados Unidos, con el mapa de las concentraciones fabriles, de almacenamiento y de transporte de la Brookings Institution, lo que sugeriría que «este virus se ha movido a través de los circuitos del capital y de los humanos que trabajan en ellos y no solo por una transmisión aleatoria».

La lógica de los contagios y las muertes por COVID no sólo responde a los circuitos de capital en sí mismos, hay otros importantes factores socioeconómicos que parecen decisivos cuando se revisan cuáles han sido los grupos sociales más afectados. Así, por ejemplo, se sabe que los varones son más susceptibles que las mujeres, los viejos que los jóvenes, aquellos que padecen enfermedades crónicas que los que no las tienen. Pero, y este es un pero muy importante, como anota el médico y economista José A. Tapia Granados, esas enfermedades tienen un gradiente social:

…son más frecuentes a medida que se baja en la escala de status socioeconómico indicado por ejemplo por el nivel de ingreso, el nivel educativo o la calificación profesional. En los niveles bajos de ingreso son más frecuentes el tabaquismo y las enfermedades respiratorias crónicas, a menudo consecuencia de exposiciones profesionales; también son más comunes el alcoholismo, la obesidad, la hipertensión arterial, la diabetes. Todo ello hace que el COVID-19 sea más grave y más letal [13].

Como sostiene  el sociólogo norteamericano William Robinson: «Al virus no le importa la clase, etnia o nacionalidad de sus portadores humanos pero son los pobres, los marginados y las clases trabajadoras los que no gozan de las condiciones para protegerse del contagio ni pueden asegurar la atención médica en caso de contaminación» [14]. Es de esperar entonces que el COVID-19 afecte menos a quienes tienen mejores empleos o mayor nivel de renta que, además, viven menos hacinados y tienen en general menos enfermedades crónicas. Tomando en cuenta estas consideraciones generales, a continuación se ensaya una primera caracterización de los grandes segmentos y grupos laborales que, por diversas razones, están llevando la peor parte de la actual crisis.

Simplificando, existen cinco grandes grupos de trabajadores que se han visto afectados durante la pandemia: en primer lugar  están todos aquellos asalariados en los sectores estratégicos (salud, producción, distribución y comercialización de alimentos e insumos básicos) que difícilmente pueden darse el lujo de abandonar sus puestos habituales de trabajo, así como aquellos otros que, sin ser prioritarios, no han sido obligados por los gobiernos a parar (industrias y servicios no prioritarios); en segundo lugar, aquellos asalariados que, por la naturaleza de sus actividades siguen trabajando, pero lo hacen desde sus casas (teletrabajo); en tercer lugar tenemos a todos aquellos que laboran  en el sector informal de la economía y que, dependiendo de sus condiciones de vida previas (ingresos, ahorros, etc.) y de la mayor o menor rigidez de los términos de las cuarentenas a lo ancho del mundo, continúan trabajando (aún sea bajo nuevas condiciones, generalmente de mayor precarización) o se han visto obligados a quedarse en casa; en cuarto lugar, el contingente del trabajo doméstico o reproductivo y, finalmente, se encuentra un último grupo de aquellos que han sido despedidos a raíz de la crisis, a los cuáles también podríamos sumar a los pequeños comerciantes que han tenido que cerrar sus negocios y que actualmente no tienen ingresos.

1. Los asalariados que continúan en sus puestos de trabajo       

De entre la variedad de estos trabajadores, tal vez de quienes más se habla en la opinión pública son los que laboran en el sector salud (médicos, enfermeras, etc.). Como es obvio, la mayor amenaza de la pandemia a sus condiciones laborales, tiene que ver con la alta exposición al contagio que sufren cotidianamente en sus centros de trabajo. No obstante, la exposición varía de país a país y de lugar a lugar, siendo los más gravemente afectados aquellos que trabajan en países en donde los sistemas de salud han sido descuidados por las políticas neoliberales y, por tanto, se encuentran peor preparados para dotar a esos trabajadores de los instrumentos necesarios para su cuidado. Y eso es verdad tanto para países de los centros como de las periferias globales. En el caso de América Latina, por ejemplo, la prensa regional ha llamado mucho la atención sobre el caso ecuatoriano, por el alto número de trabajadores de la salud contagiados y fallecidos. De acuerdo a datos del Colegio de Médicos del Guayas, hasta el 19 de abril ya habían fallecido más de 80 médicos tan sólo en esa provincia costera. Dicho Colegio, también acusó al gobierno ecuatoriano por pretender minimizar el problema arguyendo que muchos de ellos habrían sido resultado de contagios comunitarios en el entorno familiar de los doctores; la organización de los médicos, por el contrario, sostuvo que el grueso de los decesos tienen que ver con «la responsabilidad del Estado por la negligencia en el abastecimiento de insumos, medicinas y equipos de bioseguridad para los profesionales de la salud” [15]. Negligencia que no es sino el agravamiento de una política deliberada de desinversión en el sector salud del gobierno en los años recientes [16]. Brasil es otro caso preocupante: a mediados de abril, médicos y enfermeras de la ciudad de Pará salieron a la calle al grito de “Queremos EPI, queremos EPI”, demandando equipos de protección individual  (barbijos, batas, guantes, jabón) y responsabilizando a las autoridades gubernamentales de no estar interesadas en financiar suficientemente el sistema de salud pública, en un país que durante los últimos años dio un brusco giro hacia las políticas neoliberales.[17]           

Pero los trabajadores de la salud no son los únicos que se han visto altamente expuestos al contagio. Cada vez son más los testimonios de diferentes partes del mundo de casos de empresas que poco o nada se han preocupado por cuidar la salud de sus empleados. De entre esos destaca el de la transnacional de origen norteamericano Amazon, propiedad del magnate Jeff Bezos, en donde laboran alrededor de 750.000 trabajadores a lo ancho del mundo. Amazon no sólo que no ha dejado de operar, sino que está reclutando a miles de nuevos trabajadores porque sus operaciones han crecido durante la pandemia. El problema con esos empleos es que no han sido acompañados de adecuadas medidas de cuidado sanitario, lo que ha llevado a que existan trabajadores contagiados en alrededor de 50 de sus bodegas en diferentes países [18]. Las protestas contra las políticas de la empresa van desde las manifestaciones aisladas hasta el reciente estallido de huelgas en sus instalaciones, sobre todo en los Estados Unidos, pero también en Italia, España y Francia; en este último país, un tribunal ordenó a Amazon dejar de vender, almacenar o entregar productos no esenciales durante un mes, para proteger a sus empleados de contagios, así como negociar con los representantes de los trabajadores nuevas medidas de seguridad de carácter preventivo [19]. Por su parte, en los Estados Unidos se desplegó una auténtica oleada de huelgas durante la primera quincena de abril: cerca de 100 huelgas fueron declaradas por trabajadores de logística, comida rápida, personal de salud, supermercados e industrias, principalmente para demandar la mejor protección de los empleados y para exigir licencias con sueldo para aquellos que caigan enfermos [20].

Mención aparte merecen los trabajadores migrantes y los afroamericanos quienes por diversas razones (legales y de marginación social) son orillados a aceptar condiciones de trabajo muy por debajo de los estándares mínimos de seguridad e higiene laboral; también son aquellos que tienen los promedios más bajos de ingresos, están mayormente excluidos de los sistemas de salud, viven más hacinados y no tienen acceso a una alimentación adecuada, por lo que las enfermedades crónicas como diabetes, obesidad e hipertensión campean entre sus miembros Y justamente por ello son más propensos a desarrollar cuadros graves al contagiarse de de COVID. El desprecio de algunos de los grandes capitales que operan en los Estados Unidos por la vida de sus trabajadores (sobre todo si son migrantes) ha sido de tal magnitud que ha llevado a algunas empresas gigantes como Smithfield (la mayor productora de carne porcina en ese país) a seguir operando sus plantas aún sabiendo de contagios masivos. De acuerdo a una nota de prensa, el mayor brote en ese país (el más contagiado del mundo) se dio precisamente en una planta de Smithfield en Dakota del Sur, donde laboraban 3.700 trabajadores de América Latina y África, esa instalación no dejó de producir los 22.000 cerdos diarios sino hasta después de los 644 contagios de sus trabajadores [21].

Otro aspecto asociado a los migrantes tiene que ver con la pérdida que están sufriendo en sus ingresos y, por tanto, en su capacidad para enviar remesas a sus países de origen, de hecho, 6 de cada 10 trabajadores de origen latino en los Estados Unidos están desempleados o han visto reducido su sueldo durante las últimas semanas. De acuerdo a un economista del think tank estadounidense Inter American Dialogue, se estima que, en comparación con el 2019, durante el presente año las remesas recibidas en América Latina y el Caribe disminuirán entre 7 y 12 %. En este mismo sentido va lo anotado por Dilip Ratha, Economista Jefe de Migración y Envíos de dinero del Banco Mundial: “La pérdida de las transferencias es la pérdida de un salvavidas financiero decisivo para muchas familias pobres y tiene un impacto directo en la nutrición, la salud y la educación, las que a su vez afectarán a la formación del futuro capital humano” [22].

Por otro lado, también vale la pena referirse a los impactos del COVID en ese enorme contingente del proletariado global formado por los trabajadores uberizados, aquellos que, sin ser propiamente asalariados, desarrollan un trabajo sólo aparentemente «por cuenta propia», pero que están subordinados al mando de los capitales que operan plataformas digitales que controlan el transporte de pasajeros y los servicios de entrega a domicilio (Glovo, Deliveroo, etc.). De acuerdo a especialistas en la materia, hacia 2017 había en el mundo aproximadamente 70 millones de trabajadores registrados en las plataformas digitales más grandes alrededor del mundo [23]. Esos millones de trabajadores ya antes del estallido de la pandemia laboraban en condiciones precarias: sin salario fijo, sin seguridad social, muy expuestos a accidentes laborales, etc. Las empresas que se lucran con su trabajo se han negado sistemáticamente a reconocer una relación de dependencia, lavándose las manos respecto a las condiciones bajo las cuales desarrollan su actividad. Esa precariedad creció notablemente durante los últimos meses, porque los uberizados están altamente expuestos a los contagios y porque muchas de las empresas no les brindaron equipos de protección o capacitación especial para laborar durante la emergencia. Además, algunas de dichas corporaciones pretendieron reducir las tarifas que cobran. Esos fueron los principales motivos para que durante la segunda quincena de abril se desatara una oleada de protestas tanto en Europa como en América Latina, cuyos motivos resumió uno de los voceros de los motorizados de Madrid que organizaron un paro: «Si antes de la crisis ya teníamos unas condiciones precarias, que hemos denunciado mil veces en tribunales, inspección de trabajo, etc., durante la crisis sanitaria se nos ha considerado «trabajo esencial», cosa que nosotros no compartimos porque no entendemos que llevar una pizza o una hamburguesa a domicilio sea un trabajo esencial” [24].

En el caso particular de América Latina también hay numerosas empresas que, pese a las restricciones gubernamentales, han obligado a muchos de sus empleados a seguir trabajando bajo amenaza de despido, aún sin pertenecer a los sectores prioritarios de la economía. Así, por ejemplo, una maquiladora ubicada en la frontera de México con los Estados Unidos no cerró sus operaciones sino hasta después del fallecimiento de dos obreras y del despido de una veintena de sus compañeras, las cuales llevaban semanas protestando por la falta de medidas de protección de la empresa ante la pandemia [25]. Lamentablemente ese no fue un hecho aislado, sino que es parte de una práctica común entre numerosas empresas que han obligado a trabajar bajo condiciones de alta exposición a sus empleados, bajo la amenaza de ser despedidos de negarse a hacerlo, una estrategia que, si bien es amplia, golpea con mayor fuerza a las mujeres trabajadoras de los sectores más precarizados como los de limpieza, maquilas, empresas de producción agrícola, entre otras. El asunto se torna más complicado si se toma en cuenta que, al menos en el caso mexicano, los tribunales laborales y juntas de conciliación permanecen cerrados por la emergencia, por lo que resulta muy difícil batallar en la esfera judicial contra los abusos de la patronal [26].

La afectación a los ingresos de los asalariados que aún conservan su empleo también podría venir de las diferente iniciativas empresariales y gubernamentales que aspiran a rebajar los sueldos, tanto en el sector público, como en el privado, ya sea de forma temporal o permanente, como se está barajando en algunos de los países del mundo y de América Latina, incluyendo el Ecuador. Una medida que ha sido duramente criticada incluso por el Banco Mundial, por los efectos adversos no sólo para los trabajadores y sus familias directamente afectados sino, en el caso particular del sector público, por considerar que quienes laboran en dicho sector desempeñan o pueden desempeñar labores estratégicas tanto para enfrentar la pandemia como para las posteriores labores de recuperación de la economía.[27]

2. El teletrabajo en tiempos de pandemia

Si bien el teletrabajo no es algo nuevo por completo (de hecho es una modalidad renovada del  muy antiguo trabajo a domicilio que ya venía creciendo durante los últimos años) [28], con la llegada del COVID a nuestras vidas se ha extendido a una escala inédita, obligando a millones de seres humanos a continuar algunas de sus labores (asalariadas o no) desde sus casas. Pero, a diferencia de cierto tipo de teletrabajo, que ha sido voluntariamente buscado por los empleados de los segmentos mejor pagados del mercado laboral, normalmente aquellos que disponen de excelentes condiciones hogareñas para desempeñarlo, la actual coyuntura ha empujado por la fuerza al teletrabajo a una enorme masa de oficinistas, maestros y otro tipo de profesionales a realizar su actividad laboral en contextos domésticos sumamente adversos: no sólo por los constreñimientos físicos y psicológicos que significa el encierro de la cuarentena, sino porque la mayoría de ellos no estaban preparados para ello y lo viven más desde el ámbito de la necesidad y no de la libre elección. Quienes hoy teletrabajan a la fuerza, lo hacen en contextos domésticos complicados pues, al estar todos en casa al mismo tiempo (cónyuges, hijos) se tiende a mezclar muy fácilmente los espacios reproductivos y laborales, sobre todo para las mujeres. Como sostiene un documento elaborado por docentes de la Universidad Central del Ecuador: «Llevar el trabajo a la casa hace realidad los deseos de los manuales de gestión empresarial de los años setenta, para los que la división entre la vida privada y laboral representaban un obstáculo productivo» [29]. Esa mezcla se da a tal punto que de acuerdo a varios reportes de prensa, muchas mujeres se han visto forzadas a teletrabajar mientras cocinan, cuidan a sus hijos o realizan otras labores domésticas.

También parece estar comprobándose que el teletrabajo de cuarentena ha supuesto para mucha gente mayor estrés laboral. Y por paradójico que parezca, una prolongación de la jornada de trabajo, pues también el trabajo reproductivo se alarga bajo situación de cuarentena, sobre todo para las familias que tienen a su cuidado hijos y personas mayores. De hecho, de acuerdo a la agencia Bloomberg, son muchos los que en los Estados Unidos  se sienten sobrecargados de trabajo, estresados por esta modalidad y ansían volver a sus puestos, pues en promedio tienen jornadas de trabajo de 3 horas más a las acostumbradas [30]. Información similar también ha sido reportada para algunos casos latinoamericanos, donde ocurren procesos análogos de incremento de estrés, prolongación de las jornadas de trabajo y sobrecarga para las mujeres [31].

3.COVID e informalidad, entre el contagio y el hambre

Si bien los informales y cuentapropistas existen en prácticamente todo el mundo, sus volúmenes más altos se concentran en los países del Sur global, en las periferias del sistema: buena parte de Asia, el Medio Oriente ampliado, África y América Latina. Como reza el presente acápite, la principal disyuntiva para estos cientos de millones de trabajadores «informales» en la actual coyuntura gira en torno a quedarse en casa sin ingresos para cuidarse del contagio, pero pasando hambre, o salir a laborar para poder sobrevivir. Si la decisión fuese exclusivamente de ello, seguramente la gran mayoría optaría por la segunda. No obstante, su suerte no está por completo en sus manos, pues los distintos gobiernos del planeta han impuesto cuarentenas y toques de queda con distinto nivel de rigurosidad que en ocasiones no les permiten salir realizar su trabajo. De acuerdo al multicitado informe de la OIT, hacia finales de abril cerca de 1.600 millones de trabajadores informales en el mundo (76 % del total de 2.000 millones) «se han visto sensiblemente afectados por las medidas de confinamiento y/o trabajan en los sectores más afectados»; la gran mayoría de ellos (95 %) laborando en unidades productivas de menos de diez empleados, cuando no por su cuenta. Las estimaciones de la OIT también muestran que durante el primer mes de la crisis los ingresos mensuales de los informales habría disminuido 60 % en promedio a nivel mundial, siendo mayor el impacto en los países de ingresos medios-bajo y bajos, en donde es abundante esta sobrepoblación relativa, desde el punto de vista del capital.

Tal vez uno de los casos que mejor ejemplifican este último tipo de afectación sea el de los trabajadores informales de la India, los cuales representan aproximadamente 90 % del total de mano de obra de ese país (alrededor de 400 millones de personas). Si se toma ese dato y se cruza con el Índice de rigurosidad de la respuesta de los gobiernos al Covid-19 elaborado por la Universidad de Oxford, que señala a la India como uno de los países de mayores restricciones al trabajo durante la emergencia en el mundo, no será difícil concluir que el resultado es una auténtica catástrofe social, misma que está obligando a millones de indios a retornar a sus aldeas de origen para buscar refugio y alimento ante la imposibilidad de laborar. De acuerdo a un gráfico de la CEPAL que cruzó las dos variables mencionadas, en América Latina el caso de Brasil también sería de gravedad, por el enorme volumen de informalidad y las medidas tomas por los gobiernos regionales pese a la oposición de Bolsonaro.

Confinamiento de los trabajadores informales y otras medidas afines

Aunque no se muestran en el mapa de la CEPAL, Ecuador, Perú, Paraguay y Colombia también son países en donde hubo una combinación de cuarentenas duras en contextos de alta informalidad de sus mercados de trabajo, lo que resulta explosivo desde el punto de vista social, pues millones de familias que no tienen otro medio de vida sino el de las ventas y otros servicios que se realizan de manera informal en las calles y espacios públicos hoy vedados, han sido obligados a quedarse en casa, con pocos o nulos apoyos gubernamentales. Esta situación tiene contra las cuerdas y pasando hambre a barrios enteros, como lo ilustra el caso colombiano, en donde desde mediados de abril comenzaron diferentes protestas (bloqueos de carreteras, saqueos, cacerolazos, etc.) por la falta de apoyos gubernamentales que ayuden a paliar la ausencia de ingresos de las familias. En ese país son más de 5 millones de personas las que dependen de la economía informal y están con el agua al cuello [32].En muchos lugares de América Latina situaciones como esta se han convertido en una auténtica bomba de tiempo y, de prolongarse por mucho tiempo más las cuarentenas, la olla de presión podría estallar de múltiples formas.

4. El trabajo doméstico bajo condiciones de encierro

Si bien es cierto que este es uno de los aspectos menos destacados por la prensa mundial, no por eso deja de ser de absoluta relevancia social. Aquí se incluyen tanto a quienes realizan esa labor de forma remunerada, como a quienes lo hacen  no remuneradamente en sus propios espacios familiares. Y, por supuesto, acá el sesgo de género es muy relevante pues este tipo de trabajo lo realizan abrumadoramente las mujeres. En el primer caso, la disyuntiva para muchas de ellas fue quedarse sin trabajo e ingresos para poder pasar la cuarentena en casa o, por el contrario, quedarse en casa de sus patrones (cuando éstos lo permiten) para conservar el empleo. Pero, al no haber sido considerado este tipo de trabajo como prioritario en muchos de los países con cuarentenas y, por tanto, limitada la movilidad de las empleadas domésticas, se ha llegado a extremos como el de esconder a esas trabajadoras en las cajuelas de los autos de los patrones para evadir la seguridad en los barrios privados y poder pasar «de contrabando» a las empleadas, como se reportó en Argentina [33].

Por otro lado está esa enorme multitud de mujeres que a lo largo y lo ancho del mundo tienen como principal actividad las interminables labores reproductivas de la vida de sus familias. Si en tiempos precedentes a la pandemia las jornadas de estas mujeres ya eran agotadoras en muchos casos, con la llegada del COVID se han multiplicado las tareas y la presión que sobre ellas ejercen los otros miembros de la familia al estar todo, o casi todo el día, en casa. Como sostiene la profesora brasileña Joana das Flores Duarte, en las actuales circunstancias su «trabajo se redobla, porque además de las actividades ya existentes de ordenar, limpiar, estar emocionalmente disponible para el núcleo familiar, el virus impone una nueva carga»: mantener el hogar a salvo de aquel [34]. Eso sin mencionar los crecientes niveles de violencia familiar que han escalado considerablemente durante las cuarentenas, en los que ellas llevan la peor parte, al punto de que ya se habla de una pandemia de violencia doméstica.[35]

5. Los desempleados a raíz de la pandemia

Finalmente tenemos el caso de todos aquellos trabajadores que han sido víctimas de despidos a raíz de la pandemia. Como mencionamos al comienzo del texto, las proyecciones iniciales sobre el desempleo se han visto enormemente superadas, por lo que es muy difícil realizar nuevas predicciones más o menos confiables al calor de una realidad que cambia cada día. Tal vez el dato más aproximado de lo que podría ser el balance global de la pandemia en términos de empleo sea el ya anotado anteriormente respecto a la pérdida de 305 millones de jornadas de trabajo a tiempo completo durante los próximos meses a escala global. De acuerdo con la misma fuente (la OIT), las ramas de la economía mundial que más serán afectadas en términos de reducción de horas de trabajo, de salarios y despidos son las siguientes:»Comercio al por mayor y al por menor, reparación de vehículos de motor y motocicletas, industrias manufactureras, actividades de hostelería y restauración y actividades inmobiliarias, administrativas y comerciales». En estas cuatro ramas laboraban hasta antes del estallido de la pandemia alrededor de 1.250 millones de personas (37,4 % de la PEA mundial). De las cuatro, probablemente la que más está siendo afectada es la del comercio, pues allí 70 % del empleo total está constituido por microempresas y trabajadores «cuentapropistas». A estas cuatro habría que agregar otras dos ramas de afectación media-alta:»Artes, entretenimiento, recreación y otras actividades de servicios y transporte y almacenamiento, que juntas suman 284 millones de trabajadores. Es decir, el conjunto de los sectores que se estiman de impacto alto y medio-alto comprenden 1.630 millones de personas, ¡prácticamente la mitad de la PEA mundial!

Si bien es difícil estimar cuántos puestos de trabajo se han perdido hasta el momento en la región, son múltiples los reportes de prensa a lo largo de Nuestra América que dan cuenta de un fenómeno de creciente magnitud. Por mencionar unos cuantos, tomemos los casos de Chile, Argentina y Ecuador. En el primer caso, alrededor de 300.000 trabajadores chilenos fueron suspendidos en marzo y, de acuerdo a lo previsto por la implementación de una ley paradójicamente llamada de «Protección del Empleo», otros 780.000 trabajadores verían sus contratos suspendidos o sus jornadas reducidas durante los próximos meses. Por otro lado, en lo que respecta a Argentina, pese a que el Gobierno prohibió los despedidos a comienzos de abril, en tan sólo dos semanas los despidos y suspensiones en el sector privado sumaron cerca de 16.000 de acuerdo al Observatorio de Despidos durante la Pandemia [36]. En nuestro país las cosas tampoco son mucho mejores. De acuerdo a lo comparecido por el Ministro del Trabajo del Ecuador ante la Asamblea Nacional el 21 de abril, más de 25.000 empresas se habrían acogido a la suspensión de actividades, con lo cual cerca de 400.000 personas no pueden trabajar por el momento Y de ellas poco más de 4.000 ya han denunciado sus despidos definitivos ante dicho ministerio.[37]

Palabras finales

Como decíamos al principio del texto, en nuestra civilización capitalista, la gran masa del trabajo que se despliega en el mundo está sometida de forma directa o indirecta al mando del capital. Es el capital el que dispone de la fuerza de trabajo: la organiza en el tiempo y en el espacio, decide cuándo vale la pena ocuparla y cuándo no. Bajo la actual crisis desatada por la expansión global de la pandemia hemos presenciado una brutal ofensiva del capital sobre el trabajo para trasladar a este último lo más posible los riesgos sanitarios y los costos económicos de la crisis abierta. Por su parte, si bien es cierto que las condiciones de confinamiento hacen difícil la movilización de los trabajadores, esto no ha impedido que a lo ancho del mundo las y los trabajadores de diferentes ramas de la economía estén comenzando a desplegar un repertorio de protestas contra el desprecio empresarial (y a veces gubernamental) por la vida y el bienestar de quienes con su trabajo hacen funcionar la economía y la reproducción social. Hemos dejado por fuera consideraciones macro muy importantes como el desarrollo de la crisis desde el punto de vista del capital, más allá del corto plazo: es necesario complementar el análisis con este elemento fundamental. Por lo pronto, si como parece ser el virus se quedará entre nosotros por un tiempo largo, las contradicciones entre capital y trabajo se irán agudizando y la lucha de clases retornará al primer plano.

Notas:

[2] A. Peña, y N. Ocampo, N. «El ejército industrial de reserva y la superexplotación del trabajo. Categorías de análisis necesarias para comprender el siglo XXI». En A. Sotelo, (Coord.) El trabajo en el capitalismo global. Problemáticas y tendencias. México: Anthropos, 2019, pp. 67-68. Énfasis nuestro.

[3] http://www.wftucentral.org/la-fsm-al-lado-de-los-trabajadores-y-los-pueblos-contra-los-ataques-a-costa-de-los-empleados-durante-la-pandemia-del-coronavirus/?lang=es

[4]  De acuerdo a la OIT «La expresión «economía informal» hace referencia al conjunto de actividades económicas desarrolladas por los trabajadores y por las unidades económicas que, tanto en la legislación como en la práctica, están insuficientemente contempladas por sistemas formales o no lo están en absoluto. Incluye a los asalariados sin protección social u otros acuerdos formales en empresas del sector informal y formal, a los trabajadores por cuenta propia como los vendedores ambulantes y a los trabajadores domésticos».

[5]OIT Observatorio de la OIT–tercera edición: El COVID-19 y el mundo del trabajo.

Estimaciones actualizadas y análisis (29.04.20).Recuperado de: https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—dcomm/documents/briefingnote/wcms_743154.pdf

[6] https://www.jornada.com.mx/2020/04/24/politica/010n1pol

[7] https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/oxfam-alerta-de-que-el-coronavirus-podria-sumir-en-la-pobreza-500-millones-de-personas

[8] https://www.elconfidencial.com/mundo/2020-04-22/onu-hambruna-biblica-coronavirus_2561436/

[9] https://www.nodal.am/2020/04/exodo-masivo-en-peru-miles-de-personas-retornan-a-pie-a-sus-pueblos-por-hambre-y-falta-de-trabajo/

[10] https://www.infobae.com/america/venezuela/2020/04/14/mas-de-33000-migrantes-venezolanos-regresaron-a-su-pais-desde-coplombia-por-el-coronavirus/

[11] https://www.cepal.org/es/comunicados/pandemia-covid-19-llevara-la-mayor-contraccion-la-actividad-economica-la-historia-la

[12] https://www.laizquierdadiario.com/Como-el-capitalismo-del-just-in-time-propago-el-Covid-19

[13] https://www.elviejotopo.com/topoexpress/sin-mapa-en-tierras-economicas-desconocidas/

[14] https://rebelion.org/la-crisis-capitalista-es-mas-mortal-que-el-coronavirus/

[15] https://www.telesurtv.net/news/ecuador-mas-medicos-fallecido-covid-guayas-20200419-0020.html

[16] https://coyunturauceiie.org/2020/03/28/los-recortes-cobran-factura-al-ecuador-la-inversion-en-salud-se-redujo-un-36-en-2019/

[17]http://www.laizquierdadiario.com/Trabajadores-de-la-salud-de-Brasil-protestaron-por-mejores-condiciones-de-trabajo

[18] http://www.laizquierdadiario.com/Huelga-de-trabajadores-de-Amazon-en-todo-Estados-Unidos

[19] https://www.elfinanciero.com.mx/tech/tribunal-frances-ordena-a-amazon-suspender-ventas-no-esenciales-para-evitar-contagios-de-covid-19

[20] http://www.laizquierdadiario.com/Mapa-interactivo-pandemia-y-huelgas-en-Estados-Unidos

[21] https://www.elconfidencial.com/mundo/2020-04-30/fabrica-carne-coronavirus-eeuu-america-rural_2571200/

[22]https://correspondenciadeprensa.com/2020/04/12/economia-mundializacion-las-remesas-se-reducen-y-el-hambre-estrangula-a-millones-de-personas-en-el-sur/

[23] https://firstmonday.org/ojs/index.php/fm/article/view/9913/7748

[24]http://www.laizquierdadiario.com/Trabajadores-de-Glovo-se-manifestaron-en-Madrid-Nos-bajaron-50-la-tarifa; y https://www.nodal.am/2020/04/inedito-paro-de-repartidores-en-cinco-paises-de-la-region-contra-la-precarizacion-laboral/

[25] https://piedepagina.mx/solo-tras-la-muerte-de-dos-trabajadoras-por-covid-19-la-empresa-electrolux-cerro/

[26]https://cimacnoticias.com.mx/2020/04/27/violacion-sistematica-de-derechos-laborales-de-trabajadoras-durante-pandemia?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=violacion-sistematica-de-derechos-laborales-de-trabajadoras-durante-pandemia

[27] https://blogs.worldbank.org/es/voces/deberian-reducirse-los-salarios-del-sector-publico-para-financiar-la-respuesta-al-nuevo-coronavirus

[28]P. Lenguita. «Las relaciones de teletrabajo: entre la protección y la reforma». Argumentos. Nueva Época, 2010.Año 23, No. 64 pp. 245-263.

[29]AAVV. Crisis, educación y capitalismo pandémico. Reflexiones desde el trabajo educativo. Quito, 2020 (edición digital).

[30] https://www.bloomberg.com/news/articles/2020-04-23/working-from-home-in-covid-era-means-three-more-hours-on-the-job

[31]http://www.laizquierdadiario.com/Mama-esta-en-una-reunion-doble-jornada-laboral-en-casa

[32]https://www.elconfidencial.com/mundo/2020-04-21/coronavirus-colombia-saqueos-protestas-ayudas-confinamiento_2558431/; y  https://www.nodal.am/2020/04/colombia-crecen-las-protestas-por-el-hambre-y-medicos-de-todo-el-pais-reclaman-mejores-condiciones-laborales/

[33] http://www.laizquierdadiario.com/Trabajadoras-domesticas-y-cuarentena-vivir-con-los-patrones-o-quedarse-sin-trabajo

[34]https://www.clacso.org/genero-cuarentena-y-covid-19-para-una-critica-del-trabajo-domestico/

[35] https://www.devex.com/news/opinion-coronavirus-is-driving-a-domestic-violence-pandemic-97028

[36] http://www.laizquierdadiario.com/En-Argentina-ya-suman-15-935-los-despidos-y-las-suspensiones-en-la-cuarentena

[37] https://radiolacalle.com/social/mas-de-300-00-empleados-fueron-despedidos-durante-la-emergencia-por-covid-19

Miguel A. ruiz Acosta, docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Central del Ecuador. Contacto: maruiz@uce.edu.ec
Fuente: https://rebelion.org/el-trabajo-en-crisis-apuntes-al-calor-de-una-pandemia-en-curso/

 

 

Comprobemos que las siguientes organizaciones de trabajadores suponen que la emancipación es la del país pero retrotraído a los años 50 agregando una actualización: la soberanía alimentaria. No reparan en que el Estado se ha ido perfeccionando en garantizar nuestro sometimiento a la comunidad de crecientes negocios de los capitales y estados imperialistas con los locales. Y lo ha hecho derrotando la lucha de les oprimidos mediante afianzamiento del Estado policial militarizado y del Estado asociado con los grandes medios de difusión.

 

 

 

Argentina. Manifiesto nacional por la Soberanía, el Trabajo y la Producción

 

Resumen Latinoamericano, 30 abril 2020

La globalización del capital, iniciada a mediados de los setenta, dio por tierra con la Argentina en vías de desarrollo industrial para sumergirla en un proceso profundo de subdesarrollo. La dictadura militar, la década pérdida del ochenta, el menemismo, el gobierno de la Alianza y la fatídica etapa de Cambiemos son ejemplos de la agenda de dependencia económica y pobreza extrema impuesta por la globalización financiera en nuestro país.

Bajo el contexto de un mundo que entraba en recesión, la pandemia del Coronavirus profundizó su crisis, agudizó la lucha inter-imperialista y frenó la tendencia expansiva del capital transnacional. Esto generó una oportunidad para retomar una agenda de desarrollo nacional en los países periféricos como Argentina. Se revela así la importancia estratégica de los maltratados sistemas públicos como apuesta última para salvar a la humanidad de la desintegración social. Sin embargo, dejar atrás en forma definitiva al neoliberalismo requerirá desplazar la subordinación impuesta por el capital transnacional a los países periféricos e incorporar nuevos criterios sociales que consoliden la integración nacional. Dichos principios de orden socio-económico, basados en una reivindicación de la soberanía, el trabajo y la producción, deberán ir más allá de la indiscutida reivindicación de la importancia del Estado en la salud, la lucha contra el hambre o en el rol preponderante que tendrá en la recuperación económica.

Nadie puede negar los lazos de dependencia económica y política que el régimen neoliberal deja como pesada herencia en la Argentina. Democratizar una economía extranjerizada y colonizada desde sus entrañas (culturales, productivas y financieras) requerirá un ejercicio pleno de la soberanía política en defensa del interés nacional, tanto desde la gestión estatal como desde los sectores de la producción y el trabajo.

Por otro lado, no podemos pensar que, superada la crisis de la pandemia, la economía mundial vuelva a funcionar como hasta ahora. Hoy en día, la salida que se pensaba para nuestro país, basada en poder generar un shock de exportaciones, no tiene asidero en la realidad. Primero, porque el mercado externo está deprimido. Segundo, porque la apuesta a grandes exportaciones a través del shale gas para que generara dólares, tampoco tiene perspectivas frente a una baja de la demanda internacional y en los precios. Por lo tanto, no hay recuperación si no es pensando seriamente en el mercado interno como actor fundamental, impulsando un fuerte proceso de sustitución de importaciones. Ahí tiene un rol imprescindible, como inductor de la demanda agregada, un piso de ingresos de alcance universal equivalente al valor de una canasta de bienes y servicios, que permita reconocer como trabajo, tareas que hasta el momento no han sido mundialmente reconocidas (como los trabajos del sistema de cuidado, por nombrar un ejemplo) y que permiten a un hogar superar la situación de pobreza.

A dicho escenario se suman una violencia machista y una desigualdad de género en materia laboral que no pueden ser naturalizadas, en un contexto donde las dificultades para las mujeres y para las diversidades son mucho mayores.

En este momento complejo de la patria reafirmamos nuestra convicción de que sólo el ejercicio concreto de la soberanía nacional garantizará a nuestro pueblo una salida a la crisis global con independencia económica y justicia social.

Los ejes de las políticas soberanas que proponemos son los siguientes:

  1. Soberanía Alimentaria.

Núcleo de cualquier principio básico de justicia social. En lo concreto requiere independizar a la producción, transporte y comercialización de alimentos de las cadenas globales de especulación financiera. Para esto es necesario:

II-Soberanía Monetaria y Financiera.

Ningún país se desarrolló utilizando la moneda de otro. Romper con la dependencia monetaria y financiera de los mercados especulativos de crédito requiere comenzar por:

III-Soberanía Fiscal.

Su ejercicio implica recuperar autonomía para definir, desde el interés nacional, los impuestos y los destinos del gasto público. Esto nos exige con urgencia, al menos, cuatro grandes medidas.

IV-Soberanía Productiva

V- Soberanía Energética

La energía es un insumo básico de cualquier esquema sustentable de desarrollo productivo. Salir del extractivismo de los recursos naturales, que toma al complejo energético como un commoditie de exportación a través enclaves extranjeros, va a requerir una estrategia de reapropiación y control estatal de los mismos.

VI-Soberanía Marítima

Defender nuestra soberanía marítima implica tomar medidas con los siguientes propósitos:

VII-Piso de Ingresos Garantizado

Se trata de la construcción de un piso de ingresos y garantías para el conjunto de la población que supone un shock distributivo en la economía que, en tanto promueve una modificación de la demanda agregada, se articula con la reorientación del modelo productivo.  Piso de Ingresos que se compone de tres instrumentos

  1. Universalización de una Salario social de Empleo y Formación para todos los jefes y jefas de hogar desocupados o con ocupaciones de Subsistencia
  2. Verdadera universalización de la Asignación Universal por Hijo hoy aproximadamente 4 millones de niños y niñas no son alcanzadas por esta cobertura.
  3. Establecimiento de una jubilación universal para la población adulta mayor equivalente al 82% del Salario social de Empleo y formación.

La articulación del salario social y la universalización de la asignación por hijo debe garantizar que en el proceso de recuperación productiva se garantice que ningún hogar caiga por debajo de la línea de la pobreza.

VIII-Acceso a la Vivienda Digna y Planificación Territorial

Nuestra realidad muestra que las crisis potencian la lucha solidaria del pueblo argentino por la justicia social. Con el único fin de una patria grande y soberana convocamos a las fuerzas del trabajo y la producción con plena conciencia de la crisis, pero también, con profunda confianza en la capacidad transformadora de la realidad que tiene el campo nacional cuando está unido detrás de un destino común.

 Firman

1.CTA Autónoma.2.UTEP. 3.Corriente Federal de Trabajadores. 4.Mov. Nac. de Empresas Recuperadas. 5.Consejo Productivo Nacional 6.Vía Campesina. 7.FEMPINRA8. CCC,

9.       Fed. Nac. de Inquilinos.  10.   Mesa de Unidad PyME. 11.   Frente Popular Dario Santillán.  12.   Somos Barrios de Pie. 13.   Federación de Cooperativas de Trabajo Evita.  14.   Barrios Peronistas. 15.   CTD Anibal Verón. 16.   Seamos Libres.  17.   FENAT (Federación Nacional territorial  ) 18.   MAR ( Movimiento  Argentina Rebelde ) 19.   MAP ( Movimiento de Acción Popular. 20.   CTD Aníbal Veron. 21.   FUBADEYO. 22.   CHE PIBE. 23.   Asociación Amas de Casa del País. 24.   Foro por la Niñez. 25.   ATE 26.   AAPM 27.   FESPROSA 28.   CONADU-H 29.   SECEIC (Cuero) 30.   AECPRA (Correo) 31.   CISPREN (Prensa) 32.   SITRAIC (Construcción) 33.   UCRA (Transporte) 34.   SOEIL Ing. Ledesma 35.   STA- Ing. El Tabacal 36.   SOEASI- Ing. San Isidro. 37.   APJBO- Jerárquico de Bancarios  38.   SITEBA- Bancarios 39.   NOS- Gastronómicos. 40.   UETTEL- Telefónicos  41.   Fed. SITECH. Docentes, Chaco. 42.   UTEM- Docentes Misiones. 43.   ADUCA, Docentes Catamarca 44.   SITEMCO, Municipales Corrientes. 45.   UTEM, Municipales V. María.  46.   Sin. Pe.Se. Do. Río Negro y Neuquén. 47.   SINDECAF, San Juan. 48.   SINDECAF, San Nicolás. 49.   APECAF, Río IV 50.   Federación de Guardavidas- FAG 51.   ABP, Buzos Profesionales.  52.   GOA, Odontológicos. 53.   PIPPSIRA, Psicolog@s. 54.   SEI, Inmobiliarios. 55.   ATSN. Seguridad Neuquén.  56.   SUTRA, Seguridad misiones. 57.   SIVISA, Seguridad Salta. 58.   SATIVA, (Vidrio). 59.   SUCEV, (Costureros). 60.   SOMPTNTA, Chaco. 61.   NUSISA, (Salud privada) 62.   UTRACOS, (Comercio) 63.   ANTA (Trabajadores Autogestionados) 

Fuente: https://www.resumenlatinoamericano.org/2020/04/30/argentina-manifiesto-nacional-por-la-soberania-el-trabajo-y-la-produccion/

En consecuencia, la «reforma agraria integral» ni siquiera es planteada como requisito imprescindible de las soberanías territoriales, alimentaria, energética e hídrica. Menos se la proyecta como reestructuración económicoterritorial y ecopolítica. Tampoco como recuperación del trabajo social por comunidades autónomas y confederadas; de la heterogeneidad de ecorregiones y de la plurinacionalidad. Se sigue creyendo en los progresismos que piensan o embaucan conque el «imperialismo» "es un poder de dominación externo, cuando es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital".Reflexionemos sobre:

Extractivismo y

dialéctica de la dependencia.
26 de agosto de 2017
 

Por Horacio Machado Araoz

(...)Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities” (Svampa, 2013). Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas.

 

La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.

Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.

Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de las economías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.

Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente, imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.(...)

 Fuente: http://reduas.com.ar/extractivismo-y-dialectica-de-la-dependencia/

 

 

Hallamos propuesta de mayor compenetración con la realidad actual del Abya Yala. Sin embargo,  incurre en el concepto (más mayoritario) sobre neoliberalismo que es falso y tampoco reconoce a la lucha de clases en su versión actual.

 

 

 

Hacia un ecosindicalismo

en clave territorial

4 de mayo de 2020

Por Andrés Kogan Valderrama (Rebelión)

Luego de una nueva conmemoración del Día Internacional de las Trabajadoras y Trabajadores en el mundo este 1 de mayo, en un contexto actual de emergencia sociosanitaria y de crisis civilizatoria, se hace importante repensar el sindicalismo actual, el cual aún mantiene en muchos casos una mirada productivista, centrada en la contradicción capital-trabajo, la cual invisibiliza otras luchas provenientes de movimientos críticos al extractivismo, androcentrismo y colonialismo imperante.

Un sindicalismo clásico, heredero de la revolución industrial y del movimiento obrero europeo, el cual se consolidó en los países occidentales durante el siglo XX, gracias a la reivindicación de derechos sociales y económicos de los trabajadores, sostenida por miradas de izquierda eurocéntricas, antropocéntricas y patriarcales, que si bien problematizaron los procesos de explotación y de acumulación capitalista, no fueron más allá de los límites de un proyecto moderno fundado en la conquista de millones de indígenas, mujeres y de la propia Madre Tierra. 

Si bien es cierto que las luchas de organizaciones obreras han sido fundamentales para democratizar el sistema productivo y garantizar así ciertos derechos para las y los trabajadores en todo el mundo, con la aparición del capitalismo financiero, el movimiento sindical ha sufrido una fuerte fragmentación, como resultado de políticas neoliberales, las cuales le han quitado la centralidad al trabajo como fuente de integración social, derivando en mero empleo y abriendo paso a una sociedad de consumo.

Esto sumado  a una fuerte burocratización de muchos sindicatos, tanto en el mundo capitalista como en los llamados socialismos reales, en donde han conformado estructuras verticales, jerárquicas y clientelares, en donde la partidocracia y miradas estadocéntricas no han hecho otra cosa que limitar su democracia interna y su autonomía para generar procesos de trasformación, que sean capaces de integrar nuevas demandas, como las provenientes del feminismo, ecologismo y anticolonialismo

Por lo señalado anteriormente, nos parece que el debilitamiento del sindicalismo en el mundo, no solo responde a la aparición de un capitalismo financiero y de nuevas formas de explotación y flexibilidad laboral, hoy en día en pleno proceso de digitalización, a través del llamado teletrabajo, sino a sus propias estructuras patriarcales y coloniales, incapaces de ir más allá de una mirada economicista del mundo.

La fallida experiencia de los nuevos progresismos latinoamericanos, en donde muchos de ellos nacieron de importantes procesos constituyentes para la región (Venezuela, Ecuador y Bolivia), no responde solamente a un marco imperialista, dominado aún por Estados Unidos, sino por caudillismos autoritarios, sostenido muchas veces por un sindicalismo clásico que no es capaz de ver más allá de los anteojos de una izquierda clasista que aún cree estar por sobre la vida, al profundizar el extractivismo patriarcal en los territorios. 

De ahí que no deba sorprender que el sindicalismo clásico siga usando términos impuestos por las elites gobernantes,  como los son el progreso, el desarrollo, la lucha contra la pobreza, el cuidado del medioambiente, la equidad del género, y en el mejor de los casos solo tematicen nociones estructurales mucho más amplias, como lo son la plurinacionalidad, el buen vivir, la soberanía alimentaria, la justicia ambiental, las cuales provienen de un pluriverso de experiencias democráticas en el mundo, que van mucho más allá del tradicional discurso de clase de izquierda.

Una tematización desde el mundo sindical clásico como de los gobiernos denominados de izquierda o progresistas, los cuales aún no quieren entender que la lucha de las mujeres, campesinos, indígenas, negros, disidencias sexuales, locos, es algo transversal y están conectadas también con los procesos de acumulación capitalista. En consecuencia, la transversalidad de luchas debe primar por sobre el discurso reduccionista de clase tradicional, el cual aún no concibe el cuerpo como territorio, por ser heredero de la lógica industrial.

En síntesis, se  hace necesario superar el sindicalismo clásico, aún fuertemente presente en nuestros países, dando paso a un ecosindicalismo en clave territorial, el cual no anteponga unas luchas por sobre otras, ya que solo así podrá generar alternativas reales a través de la convergencia entre distintos sujetos de transformación.

No es casualidad que aún persista un discurso sindical, que sostenga colonialmente la idea del 1 de mayo como Día Internacional de Las Trabajadoras y Los Trabajadores a nivel universal, siendo que si bien responde a un homenaje a  los mártires de Chicago de 1886, deja fuera otras experiencias de lucha por fuera del Norte Global.

Andrés Kogan Valderrama. Sociólogo diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable. Magister en Comunicación y Cultura Contemporánea Doctorando en Estudios Sociales de América Latina. Editor de Observatorio Plurinacional de Aguas www.oplas.org

 Fuente: https://rebelion.org/hacia-un-ecosindicalismo-en-clave-territorial-2

 

 

Sabemos (si no lo sabemos analicemos y reflexionemos sobre la historia, en especial, desde los setenta) que la actual superexplotación tanto de trabajadores y pueblos como de la naturaleza, ha sido fruto del autodenominado "proceso de reorganización nacional" que se instauró con terrorismos paraestatal y estatal. Prosiguió a través del "honrar la deuda" comenzado por Alfonsín y la implementación del Consenso de Washington por Menem-PJ-CGT gracias a establecer como superministro a Domingo Cavallo, justo quien estatizó casi toda la deuda del poder económico e imperialista durante la dictadura genocida.  Este acotado repaso histórico basta para comprender porqué es imprescindible confrontar con el Capital Estado mediante expansión de una democracia revolucionaria con arraigo en la construcción de la «reforma agraria integral» por unión de las comunalidades territoriales y laborales en todo el país-continente.

 

Nuestra lucha contra las clases expoliadoras o bloque dominante debemos comenzarla destapando las implicancias de la pandemia como:  "la demostración empírica de la fuerte evidencia respecto a que, a  nivel mundial, el capitalismo, como un todo, no puede funcionar sin la fuerza de trabajo del obrero y la  obrera como el motor esencial de la producción de la riqueza, del valor, de la  plusvalía y de la ganancia empresarial. Adicionalmente que  — a pesar de la fuerte expansión del  llamado y quimérico “capitalismo cognoscitivo” informático y digital, que muchos s uponían que  estaría reemplazando tanto a la ley del valor/trabajo como a la misma fuerza de trabajo en los  términos en que lo formuló Marx — las teorías que hemos denominado del 'fin del trabajo?”.

 

 

 

El futuro del trabajo en la ( post ) pandemia

16 de mayo de 2020

 

 

Por: Adrián Sotelo Valencia*

¡ Si n o  trabajo, no  como ; y si  me  arriesgo a trabajar para comer y  para  darl e a mi familia, me expongo  a infectarme con el virus y  probablemente a la muerte ! Trabajador anónimo

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El Covid  19 va a empeorar y precarizar el mundo del trabajo y laboral. Una vez que haya sido  controlada la pandemia lejos de continuar las medidas sanitarias y las ayudas allí donde las hubo,  por el contrario, el capitalismo tendrá que agudizar sus condici ones de explotación y de miseria 2 para resarcir a los empresarios de las pérdidas que hayan sufrido  — o reclamen haber sufrido y  que serían vastas — durante la contingencia. Hoteleros, financistas, especuladores, comerciantes,  industriales, ganaderos, exporta dores e importadores , agiotistas y burócratas de nivel medio y  superior, estarán reclamando, como ya lo hacen, “recuperar sus pérdidas”, aunque obviamente  nunca hayan puesto  ni  un  solo  centavo, ni  sus ganancias  en jaque y sus fortunas. Por el contrario  el capitalismo del desastre ( dixit Naomi Klein) − y la emergencia del COVID - 19 es solo un  magnífico ejemplo de lo anterior − , revela que en Estados Unidos solo entre el 01 de enero de  2020 y el 10 de abril de 2020, “...34 de los 170 multimillonarios más ricos del país aumentaro n  su riqueza en decenas de millones de dólares y ocho  l o hicieron en más de mil millones de  dólares (Chuck Collins Omar Ocampo Sophia Paslaski , “ Billionaire Bonanza 2020: Wealth  Windfalls, Tumbling, Taxes, and Pandemic Profiteers ” , Institute f or Policy Studies, 23 de Abril  de 2020, disponible en:  https://ips - dc.org/bil lionaire - bonanza - 2020/ , traducci ón nuestra ) . 

 

En  contraste, cifras oficiales del Departamento del Trabajo de ese país revelan que hasta la fecha ( finales de abril ) habrían perdido sus empleos alrededor de 30 millones de personas  supuestamente por efectos de la pandemia . Para completar el cuadro en otros  países como  España  e l coronavirus  arroja una  pérdida de empleo en  el mes de a bril de 28 3 mil  nuevos parados y más  de medio millón de puestos destruidos ( C f. Russia Today ,  5 de mayo de 2020). Ello sin  mencionar los miles y miles  de desempleados, denominados “informales” que viven y trabajan en  la calle sin perspectivas de encontrar empleos que la OIT llama “decentes” y viven a su suerte los  estragos mortuorios de la actual pandemia del coronavirus.  

Por su parte los trabajadores y las poblaciones asalariadas no tendrán los mismos beneficios ni  prerrogativas que los siempre consentidos y subsidiados empresarios por los regímenes  capitalistas. Habrá, en algunos lugares, ayudas pasajeras como la llamada y publicitada “renta  básica” que se origina de la plusvalía creada  - producto a la vez de la explotación del trabajo - que  se redistribuye por intermediación del Estado capitalista y se demanda preferentemente en los  países europeos y en Estados Unidos y, en menor medida o casi nada, en l os dependientes y  subdesarrollados de América Latina y el Caribe. 

 

La pandemia se instaló en el torbellino de la crisis capitalista, tal y como encontró  constituido  el  statu quo social , macroeconómico  y ambiental  del mundo:  con  serias y hondas  desigualdades  sociales históricas, una  división abismal de clases sociales, géneros y razas ; intensos  movimientos migratorios ; tendencias muy  pronunciada s a la desaceleración económica y  a  la  recesión ; repunte de las tasas de  desempleo y  caídas del empleo; intensos procesos de  flexibilización y precarización del mundo laboral ; contracción de los mercados y del comercio  internacionales; caída promedio de los salarios reales y no solo nominales que perciben los  trabajadores, y en muchos lugares, fuertes procesos de represión y de contención de los  movimientos  obreros, campesinos , estudiantiles y populares en varias regiones del mundo,  particularmente en América Latina en los países más represivos y genocidas de la región:  Colombia, Honduras, Guatemala,  Ecuador, Perú, Chile,  Paraguay,  Haití y Brasil , entre otros .

 

El Covid - 19  se convirtió en  el pretexto — y señuelo — que le ha caído como anillo al dedo al  capital global , para justificar el despido y/o la baja de los ingresos y de los salarios de los  trabajadores bajo el argumento del cierre de las empresas, aunque muchas de ellas, como en  las  maquiladoras mexicanas colindantes con la frontera de Estados Unidos, continúan en operación. 

 

Muchos autores han planteado, sin fundamentos y horizonte certeros, que una vez superada la  actual fase crítica de la pandemia que azota a la humanidad, necesariamente habrá cambios no  solamente en el orden social, económico y político, sino en el mismo “modelo de desarrollo  neoliberal” para dar paso a una suerte de retorno del llamado Welfare State que surgió y se expandió, en algunos países de Europa, durante el largo periodo posterior a la Segunda Guerra  Mundial, sin haberse instalado ni en Estados Unidos, ni mucho menos en los países dependientes  y subdesarrollados. 

 

El transfondo de esta concepción a-histórica radica en concebir el capitalismo y el  neoliberalismo como si fueran dos cuestiones separadas, dos conceptos inconexos, sin entender  que el capitalismo, como sistema económico de explotación y de dominación, cubre fases  históricas que asumen formas autoritarias, liberales, conservadoras o neoliberales, pero teniendo  como sustrato común ser un sistema de explotación generalizada de la fuerza de trabajo,  organizado en torno, como demostró Marx, a la producción no sólo de mercancías, sino de  plusvalía; es decir de trabajo excedente, que se apropia el capital y de ganancias que van  directamente a los bolsillos de los empresarios. 

Una de las verdades que el actual  confinamiento en sus viviendas  de más de la mitad de la  población del planeta por efectos de la expansión y ataque del coronavirus — y que había sido  desechada por el pensamiento burgués y conservador durante la época del capitalismo  imperialista neoliberal — es la demostración empírica de la fuerte evidencia respecto a que, a  nivel mundial, el capitalismo, como un todo, no puede funcionar sin la fuerza de trabajo del obrero y la  obrera como el motor esencial de la producción de la riqueza, del valor, de la  plusvalía y de la ganancia empresarial. Adicionalmente que  — a pesar de la fuerte expansión del  llamado y quimérico “capitalismo cognoscitivo” informático y digital, que muchos s uponían que  estaría reemplazando tanto a la ley del valor/trabajo como a la misma fuerza de trabajo en los  términos en que lo formuló Marx — las teorías que hemos denominado del “fin del trabajo”,  levantadas por autores marxistas y no marxistas como Gorz, M éda, Habermas, Offe, Stiglitz,  Rifkin, entre tantos otros, han sido completamente desmentidas por la realidad de un capitalismo  que , en el mejor de los casos , su tasa promedio de crecimiento caerá entre  - 3% y  - 4% en el  período post - pandémico y que cederá el  pasó a una crisis estructural mucho más agresiva,  profunda y permanente del modo capitalista de producción. 

 

La desesperación del gran capital y de los gobiernos imperialistas por  reestablecer  prematuramente el funcionamiento de las economías en las inmediaciones ascensionales de la  infección mundial  — en lo que escribimos este artículo (5 de mayo) ascienden a más de 2  millones los  infectados por el virus y se reportan 251 mil 947 fallecidos en todo el mundo — en  aras de frenar la profundización de la crisis capitalista y el desplome de las tasas de rentabilidad  en empresas de ramos como la aeronáutica, automotriz, electrónica y comercial , es un nítido  indicador del llamado a gritos a  “ reabrir ” las fábricas de producción de mercancías con la  reincorporación de l os trabajadores y de su fuerza de trabajo al proceso de explotación y de  valorización del capital. Y aqu í el dilema para el trabajador ( a) común y corriente es:  “ Sino  trabajo, no  como ; y si me arriesgo a trabajar para comer y darle a mi familia, me expongo a  infectarme con el virus y probablemente a la muerte ” .  

 

De este modo n o es casual que la caída del sistema global sea superior a todas las ocurridas  anteriormente,  incluyendo la gran depresión de los años treinta del siglo pasado con epicentro  justamente en Estados Unidos. Pero ahora — debido a la interconexión que proporcionan internet ,  el  Big Data ,  las tecnologías informáticas  y la difusión de los hechos en tiempo real a través de las  redes sociales y de  los  medios de comunicación — en todas las regiones, países y localidades del  planeta afectando a millones de seres humanos de manera simultánea . El pretexto para que esto ocurra es un supuesto salvataje de los empleos (mayoritariamente  precarios) y de los ingresos  de los trabajadores  que de otro modo , sin la benevolencia del capital y del Estado , se perderían en un corto plazo ,  dadas las condiciones institucionales de existencia y  4 reproducción de la sociedad burguesa capitalista sustentada en la propiedad  priva da  de los medios  de producción, en el derecho a explotar el trabajo asalariado y la naturaleza en beneficio del  capital ; en el diseño y  e xpedición de leyes, códigos y reglamentos encaminados a garantizar  dichas condiciones  bajo el amparo de la fuerzas represivas  y persuasivas  cuando se hace  necesaria su intervención .

 

Es en este contexto que se estipulan las condiciones para mantener los  contratos de trabajo (cuando los hay) en fábricas, empresas y oficinas (públicas o privadas) si es  que no se “desea” perder el empleo y quedar desempleado. En el capitalismo del desastre y depredador la pandemia  ofrece muchas oportunidades al  capital  para profundizar y extender el radio de acción de la precariedad laboral como una forma  que asume la superexplotación del trabajo en los países capitalistas avanzados,  y  que se convierte  en un  mecanismo operativo articulado al régimen productor de plusvalía relativa que mantiene la hegemonía en el sistema de relaciones y de  las  formas de explotación del trabajo  (tema que  desarrollamos en nuestro libro:  Estados Unidos en un mundo en crisis. Geopolítica de la  precariedad y la superexplotación del trabajo , Anthropos - Siglo XXI - CEIICH, México, 2019). 

 

L os agoreros del “fin de la historia”  se equivocaron rotundamente al suponer que había  llegado a su cúspide el desarrollo del sistema capitalista global y la universalización de la  “democracia liberal ”  en el mundo colocando como “modelo ideal” el capitalismo occidental,  justamente el más golpeado por la pandemia mundial y en la que figura como su epicentro  Estados Unidos que, juntos, han arrojado al desempleo a millones de trabajadores en los  tres  últimos meses. 

 

En parte debido a  todo  lo anterior, es impensable que la situación vaya a cambiar en el periodo  post - pandemia por la simple inercia de sus estragos sanitarios en las poblaciones y en la mayor  parte de los países. Sin la presencia de  poderosos movimientos revolucionarios y de un sujeto  histórico transformador que se proponga y se dé a la tarea de construir un nuevo sistema  económico, social, cultural, político y ambiental completamente diferente y superior al decadente  modo de producción capitalista  ( hasta cierto punto responsable del surgimiento y expansión de la  infección y de la crisis crónica del sistema que ha mermado sus endebles bases en las que se  sustenta ), es prácticamente imposible concebir un cambio social fundamental y radical, es decir,  que vaya a la ra íz de los problemas,  favorable a todos los  trabajadores y a la humanidad . 

 

El futuro del trabajo en la post pandemia no será otro que el determinado por la crisis  capitalista y la precipitada caída de su sistema en escala global afectando prácticamente a todas  las categorías y profe siones, ya de por sí precarizado s y  superexplotados, que constituyen el  mundo del trabajo. Por ello, ante esta catástrofe sanitaria, socia l, económica,  ambiental,  financiera y laboral tendrán que ser los trabajadores del campo y de la ciudad, hombres y  mujeres, campesinos y estudiantes, empleados y desempleados, trabajadoras domésticas y los  llamados informales,  organizados todos ,  quienes tendrán que tomar l as riendas de una  transformación profunda de un sistema capitalista caduco y corrupto  que ha ingresado  en  u na  peligrosa pendiente  histórica. 

Profesor investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) de la FCPyS de la UNAM, México.

Fuente: https://rebelion.org/wp-content/uploads/2020/05/1-7.pdf

 

 

Estaremos con todas nuestras energías e ideas en las luchas reivindicativas. Pero  "no nos podemos permitir las revolucionarias perder la perspectiva estratégica, el horizonte revolucionario. Debemos seguir avanzando en la implementación de nuestros objetivos estratégicos, pero ser capaces también de mostrar y transmitir esa perspectiva. Deberemos de impulsar, por tanto, la creación y extensión de redes de apoyo mutuo, de vivienda, de autodefensa laboral; un tejido organizativo lo más amplio y diverso posible que vaya construyendo un poder popular cada vez más robusto. Cada vez más articulado entre sí y a una escala mayor. Serán numerosas las contradicciones con las que nos topemos, y puede que mostremos actitudes arrogantes y soberbias (aún nos queda mucho para desarticular la mentalidad de la dominación que bulle en nuestro interior). Ante ello, tendremos que recordar que la paciencia, la dedicación, el respeto y la humildad son valores fundamentales de la ética revolucionaria. Solo así podremos lograr la conversión de esas incipientes redes de solidaridad, primero en poder popular, y después en fuerza revolucionaria".

 

 

Cast/Eusk] Prespectiva estratégica en tiempos de Coronavirus

6 de mayo de 2020

#KapitalEtaBirusa

Los acontecimientos que nos esperan no nos conducirán más que a la miseria y la barbarie. Queda pues en nuestras manos intervenir y otorgarles una dirección revolucionaria.

Ante un panorama de incertidumbre creciente, creemos imprescindible establecer los fundamentos de la perspectiva y la lucha revolucionarias. Solo así podremos avanzar sin quedar enredadas en los señuelos de un sistema de dominación que ya está recofigurándose de forma acelerada.

Son días de saturación informativa. Las noticias sobre muertes y contagios por coronavirus se suceden; estado de alarma y control policial; los datos sobre los ERTE, despidos y desempleo nos abruman; y una crisis económica se da ya por descontada. Desde #KapitalEtaBirusa hemos hecho un seguimiento diario a todo ello y tratado de arrojar algo de luz sobre las problemáticas que se esconden detrás de la crisis del coronavirus. Sin embargo, lo cierto es que reina la confusión y hasta que no se disipe la “niebla de guerra” parece difícil de discernir tanto el alcance real, como las consecuencias de lo que estos días estamos viviendo. Por ello, y ante el riesgo de quedar desorientadas por la avalancha de datos y acontecimientos, creemos importante pausar el análisis y dedicar el siguiente texto a clarificar nuestra perspectiva estratégica.

La lógica de la dominación

Como punto de partida, entendemos que la sociedad actual está configurada de tal forma que funciona como un sistema de dominación, en el que una parte de la población se apropia del trabajo realizado por el conjunto de la sociedad. Se trata de una forma de organizar la sociedad de origen histórico, es decir, que no es natural o espontánea a la condición humana, sino que es fruto de una serie de determinaciones históricas. En el origen de dicha dominación se encuentra el patriarcado, como primera expresión de la propiedad privada, en la que el hombre comienza a apropiarse sistemáticamente del cuerpo y el trabajo de la mujer. Así, entendemos que el patriarcado ha sido uno de los ejes que ha vertebrado los diferentes sistemas de dominación a lo largo de la historia. Además, junto al patriarcado, hemos de considerar, al menos, el colonialismo y el desarrollo histórico del Estado como elementos imprescindibles para comprender la lógica de la dominación. De este modo, entendemos que la combinación de todos ellos sirve de base para la última, y hasta el momento más refinada forma de dominación social; la dominación capitalista.

El modo en el que se produce la apropiación en el capitalismo emana de las características que lo distinguen de otros sistemas de dominación: a saber, la dependencia generalizada respecto del mercado y la propiedad privada burguesa como forma dominante de propiedad. Bajo estas condiciones, hay quien no dispone más que de su fuerza de trabajo, que ha de vender en el mercado para lograr así el dinero necesario para vivir. Ese “dinero necesario para vivir” es el salario, cuyo contenido se agota continuamente, pues no cubre más que su propia reproducción (alimentación, ropa, vivienda, estudios, transporte). Por eso se ve obligado continuamente a seguir trabajando. Es su condición de supervivencia en el capitalismo, la condición trabajadora: venta de fuerza de trabajo, salario, y por tanto, desposesión. A esto hay que sumar el carácter patriarcal del capitalismo, que hace aún más penosa la condición trabajadora para las mujeres: trabajo doméstico cuya venta en forma de fuerza de trabajo queda patrimonializada por nuestros maridos, padres e hijos; dificultad para acceder al mercado laboral, en el que la venta de fuerza de trabajo se producirá de forma devaluada y en empleos feminizados; violencia sexual sistemática sobre nuestros cuerpos…

Por contra, hay quien posee capital. Estos no tienen que trabajar, les basta con invertir su capital, que revierte, alimentado por la plusvalía, en forma de aún más capital. Y esa es la condición explotadora en el capitalismo, la condición burguesa: propiedad de capital, emancipación del trabajo y acumulación cada vez mayor de poder social. La pregunta aquí es: ¿de dónde surge esa plusvalía, la fuente de riqueza que le permite al burgués continuar acumulando? Si nos fijamos bien en el salario que percibe el trabajador, veremos que a este se le paga por el valor de su fuerza de trabajo, no por lo que esa fuerza de trabajo realmente produce. Es decir, por lo que valen ocho horas de trabajo (alimentación, ropa, vivienda, estudios, transporte), no por lo que producen esas ochos horas de trabajo en su puesto correspondiente. Y como es de suponer, hay una gran diferencia entre el valor de la capacidad de trabajo (fuerza de trabajo) y el valor que realmente produce esa capacidad una vez que se pone a trabajar. He ahí el origen de toda plusvalía, que por su puesto pasa íntegramente a disposición del propietario del capital (o sea, del burgués).

Con esto, comprobamos la relación contradictoria existente entre el trabajo y el capital, en tanto que todo capital tiene su origen en esa parte del trabajo realizado que no ha sido remunerada. Así, no hay ni un solo céntimo de capital que no esté compuesto de trabajo. Esta es una contradicción que jamás superará el capitalismo, y que de una manera u otra, continuará brotando en forma de violencia estructural: por un lado las trabajadoras, como fuente colectiva de la riqueza, como fuente continua de vida y de la propia sociedad. Por otro lado la burguesía, transformando, bajo el orden jurídico capitalista, el fruto de ese proceso colectivo en propiedad privada burguesa. Esa violencia estructural, que en situaciones como la actual alcanza la superficie visible para prácticamente todos los estratos de la clase trabajadora, es el combustible de la lucha de clases. Como indicamos en un texto anterior, que esa lucha de clases devenga en un avance revolucionario, y no en un retroceso reaccionario, depende enteramente de las capacidades organizativas que demuestre el pueblo trabajador.

Táctica y estrategia. Reforma y revolución.

Una vez llegados a este punto, cabe establecer los presupuestos estratégicos de esa organización y lucha revolucionarias. Para ello, consideramos que no hay ninguna forma en la que se pueda manifestar la propiedad privada en términos de justicia; que siempre que se establezca propiedad privada alguna, lo hará a costa de apropiarse del trabajo (en ocasiones del cuerpo) de un tercero. De ahí que si queremos una sociedad justa y libre de explotación, en la que no haya distinciones de clase, sexo o raza, el objetivo estratégico ha de ser la abolición de toda propiedad privada. Y sobre todo de su expresión psicológica, que se manifiesta a través de la mentalidad de la dominación. Esta es quizá la cuestión más compleja, ya que a diferencia de la propiedad capitalista, que claramente se encuentra concentrada en un pequeño grupo de personas, el pensamiento liberal-burgués y patriarcal atraviesa a todos y cada uno de los estratos de la sociedad actual. Mientras no seamos capaces de superar tanto la propiedad privada, como su reflejo ideológico, seguirán vigentes las condiciones para reproducir, de una manera u otra, la lógica de la dominación.

Por lo tanto, el objetivo estratégico al que nos encomendamos es una sociedad sin propiedad privada y en ausencia de toda dominación, la vida libre. Es decir, el comunismo o vida comunal. Nosotras entendemos el comunismo como una capacidad social; la posibilidad de organizar la totalidad del proceso vital de un conjunto de personas sin que medie la propiedad privada. Una síntesis social que no requiere del intercambio de mercancías, ni de ningún otro tipo de dispositivo de apropiación, para mantener la cohesión, el contacto y la relación entre sus miembros. Esas relaciones se establecerán según la lógica del cuidado y el apoyo mutuo, siendo la comunidad o la comuna el sujeto sobre el que se reproduzcan la vida y existencia comunales. Vaya, tan sencillo de formular como difícil de llevar a la práctica.

Y es que el comunismo no puede ser una experiencia aislada, una comuna hippie en los márgenes de la sociedad capitalista, ya que tarde o temprano quedaría aplasatada por el avance capitalita o disuelta en su entramado mercantil. Solo mediante un proceso revolucionario a escala mundial es posible la implantación real y completa del comunismo. Y aquí reside el problema fundamental; si bien todas podemos recitar con soltura qué es el comunismo (incluso reivindicarnos comunistas), nadie a día de hoy sabe realmente cómo llegar a él. Eso sí, después de 150 años intentándolo, al menos sabemos cómo no es posible; no lo es a través del reformismo socialdemócrata, ni tampoco a través de la concentración cada vez mayor del poder en las estructuras estatales (como forma derivada del pensamiento reformista).

No obstante, la imposibilidad de alcanzar inmediatamente el objetivo estratégico no debe abrumarnos ni bloquearnos. Algunos de los contenidos de esa nueva socialización podrán y deberán de comenzar a desarrollarse desde el momento actual; otros solo serán posibles cuando la revolución se despliegue a escala social. Esto es lo que denominamos avances estratégicos, y que creemos que a día de hoy deben de ir en dos direcciones. Por un lado, el desarrollo de estructuras organizativas revolucionarias que nos permitan superar nuestro propio pensamiento liberal y patriarcal, a la vez que organizarnos a una escala cada vez mayor. Por el otro, la creación de espacios de socialización y producción basados en la colectivización, el cuidado y el apoyo mutuo, como fase incipiente de la comuna revolucionaria. Estos son nuestros objetivos estratégicos a día de hoy.

Por su parte, tampoco podemos obviar que hoy existimos dentro de los límites del capitalismo, con lo que también tendremos que actuar dentro de esos límites. Es lo que denominamos avances tácticos. Por ejemplo, cuando luchamos por un incremento salarial, o por una disminución del pago del alquiler, mejora nuestra posición como trabajadoras respecto a la del burgués, ya que aumenta el pago por nuestra fuerza de trabajo y disminuyen los gastos de nuestra reproducción. Pero esa mejora sucede dentro de los límites del capital y a través de sus categorías; mercancía, dinero, trabajo asalariado, capital… y por lo tanto, la explotación, siguen operando igualmente. Lo mismo sucede cuando se legaliza el aborto libre; como mujeres mejoramos nuestra posición, pero lo hacemos dentro de los límites del patriarcado, ya que sus categorías fundamentales no se verán alteradas. Seguiremos siendo violadas y asesinadas, solo que ahora podremos abortar libremente.

Sin duda que se trata de luchas y mejoras que tienen que formar parte de nuestra práctica política; pero tenemos que entender que en sí mismas no apuntan en una dirección revolucionaria. Es más, si las entendemos de forma aislada, pueden tomar incluso la dirección contraria; la de convencernos de que existe un lugar más cómodo, más habitable, un lugar alternativo dentro de la lógica de la dominación. Por eso, los avances tácticos sólo tienen un sentido revolucionario cuando se dirigen enteramente a sostener y nutrir los avances estratégicos. Esta es la diferencia entre la reforma al servicio de la revolución y el reformismo sustituyendo a la revolución.

Coronavirus, crisis y perspectiva revolucionaria

Por todo ello, entendemos que la práctica política revolucionaria debe contemplar la combinación del avance táctico y el estratégico; no como dos formas independientes y consecutivas de actuar (primero los pasos tácticos y al final el objetivo estratégico), sino como un mismo momento en el que táctica y estrategia se combinan dialécticamente. Tendremos que tener esto muy presente las próximas semanas y meses. Los distintos gobiernos, con sus “baterías de medidas”, tratarán de asegurar el correcto funcionamiento de la sociedad capitalista. Algunos lo harán desde una visión neoliberal, o incluso fascista; otros lo intentarán desde una perspectiva socialdemócrata. Pero todos dentro de los márgenes de maniobra que les permitan las categorías del capital. En algunas de esas medidas podremos hallar puntos de presión y denuncia política, en otras ciertas mejoras relativas para la clase trabajadora; puede que incluso la activación de grandes capas de la población. Se multiplicarán también las iniciativas populares, muchas de las cuales carecerán de una visión revolucionaria, y sin embargo, la mayoría de las personas que participen en ellas lo harán desde la más sincera intención por mejorar la sociedad, de la que también forman parte.

Ante este escenario, si hay algo que no nos podemos permitir las revolucionarias es perder la perspectiva estratégica, el horizonte revolucionario. Debemos seguir avanzando en la implementación de nuestros objetivos estratégicos, pero ser capaces también de mostrar y transmitir esa perspectiva. Deberemos de impulsar, por tanto, la creación y extensión de redes de apoyo mutuo, de vivienda, de autodefensa laboral; un tejido organizativo lo más amplio y diverso posible que vaya construyendo un poder popular cada vez más robusto. Cada vez más articulado entre sí y a una escala mayor. Serán numerosas las contradicciones con las que nos topemos, y puede que mostremos actitudes arrogantes y soberbias (aún nos queda mucho para desarticular la mentalidad de la dominación que bulle en nuestro interior). Ante ello, tendremos que recordar que la paciencia, la dedicación, el respeto y la humildad son valores fundamentales de la ética revolucionaria. Solo así podremos lograr la conversión de esas incipientes redes de solidaridad, primero en poder popular, y después en fuerza revolucionaria.

Se abre ante nosotras un momento histórico cuyas implicaciones aún no podemos calibrar. Hemos de entender que por sí mismos, los acontecimientos que nos esperan no nos conducirán más que a la miseria y la barbaria. Queda pues enteramente en nuestras manos intervenir en ellos y otorgarles una dirección revolucionaria.

Kapitala eta Birusa es una dinámica colectiva impulsada por un grupo de militantes de Hego Uribe (Bizkaia) y surgida a raíz de la crisis destapada por el coronavirus. Sin embargo, entendemos que la naturaleza del presente texto va más allá del marco comarcal en el que hemos venido desempeñando nuestra labor militante los últimos años. Es, por tanto, una invitación a la reflexión para todas aquellas que entendemos que solo a través de la lucha revolucionaria es posible acabar con el sistema capitalista y patriarcal. En estos tiempos convulsos en los que la historia parece acelerarse, la “perspectiva estratégica” descrita en las líneas anteriores puede ser un punto de debate, un punto de encuentro o incluso un punto de partida.

#KapitalaEtaBirusa (#CapitalYVirus)

kapitalaetabirusa@gmail.com

Fuente: https://eh.lahaine.org/cast-eusk-prespectiva-estrategica-en

 

 

 Ecocida y genocida

 

Es crucial el esclarecimiento sobre el carácter ecogenocida del sistema mundo capitalista de una creciente mayoría abajo y a la izquierda ante las implicancias de la pandemia y el agravamiento de las condiciones de vida y trabajo de las grandes mayorías planetarias. El sistema mundo capitalista está destruyendo la habitabilidad de la Tierra, optimizando la expoliación tanto a los trabajadores y los pueblos como a la Madre Tierra. Es primordial poner fin a la apropiación del trabajo social por oligopolios locales e imperialistas y para ello se requiere superar el menosprecio por las luchas socioambientales explicando y demostrando a qué conducen los regímenes extractivistas. También la falsedad de necesitar a los llamados inversores. Analicemos para qué es la apropiación del trabajo social por transnacionales/transnacionalizados y pensemos cómo repercute en los trabajadores.

 

Ecología política de los regímenes extractivistas. De reconfiguraciones imperiales y re-ex-sistencias decoloniales en Nuestra América

Bajo el Volcán, año 15, número 23, septiembre 2015-febrero 2016

Horacio Machado Aráoz

 

(...)Enclaves extractivistas y sus efectos eco-biopolíticos

La división internacional del trabajo revela únicamente la manera de ser del modo de producción dominante (Milton Santos, 1978). Tratándose de las modalidades históricas dominantes de inserción en el mercado mundial, extractivismo y economías de enclave constituyen, como puede avizorase, un problema endémico de las economías latinoamericanas, ampliamente discutido y combatido, teórica y políticamente. La tradición crítica de la teoría social latinoamericana los ha identificado, a mediados del siglo pasado, como el dispositivo estructural de “desarrollo del subdesarrollo” (Gunder Frank, 1966), por sus implicaciones tanto económicas como políticas. En lo económico, desde la tradición estructuralista (Prebisch, 1949; 1981) hasta la economía crítica (Baran y Sweezy, 1968; Gunder Frank, 1965; 1966) y la teoría de la dependencia (Dos Santos, 1967; 1968; Cardoso y Faletto, 1969; Marini, 1973), han observado que las economías centradas en la exportación de materias primas configuran un esquema de dependencia estructural fundado en la aceptación/imposición de un patrón de intercambio comercial asimétrico que obstaculiza el “desarrollo” del mercado interno y tiende a la permanente transferencia/fuga del excedente. En términos políticos, las economías primario-exportadoras han sido la base, como se planteó, de la configuración de regímenes oligárquicos y de sus implicaciones (autoritarismo, déficits de democratización formal y sustantiva, corrupción, patrimonialismo, rentismo, clientelismo).6

En este plano, una ecología política del extractivismo, esto es, una perspectiva que se orienta a indagar en los específicos impactos y efectos socioterritoriales y ecosistémicos (por tanto, biopolíticos) de las economías primario-exportadoras, contribuye a ampliar estos argumentos y a profundizar el análisis de sus implicaciones. En esta dirección, cabe aclarar que las formaciones sociales estructuradas sobre un patrón extractivista son caracterizadas como economías coloniales-dependientes no sólo ni principalmente por las asimetrías emergentes del comercio exterior y sus impactos macroeconómicos negativos (deterioro de los términos de intercambio, transferencia crónica de excedentes, dependencia tecnológica, comercial y financiera, etc.) (Prebisch, 1981), sino fundamentalmente por el efecto estructural de dependencia sistémica que producen sus implicaciones geo-económicas, geo-ecológicas y geopolíticas; efectos a los que referimos mediante los conceptos de alienación territorial y plusvalía ecológica. La noción de alienación territorial (Santos, 1996; Torres Ribeiro, 2005) es un concepto que se inscribe en la tradición de la geografía crítica y en los análisis sobre el “desarrollo desigual y combinado” del capitalismo mundial (Harvey, 1985; 2001; Santos, 1978). Específicamente, hace referencia a las implicaciones geomorfológicas y políticas que tienen un patrón de especialización productiva centrada en la explotación exportadora de naturaleza. Como ha destacado de modo ejemplar Milton Santos, a través de este esquema, la dependencia se imprime en las formas geográficas: “la demanda procedente del centro” queda “directa e inmediatamente marcada en la sociedad, en la economía y en el espacio” de los países periféricos (Santos, 1996: 50).

A través de la dinámica de las inversiones primario-exportadoras, la tierra habitada se transforma en tierra ocupada, esto es, el capital provoca un proceso de desterritorialización y desplazamiento de las poblaciones locales y sus clivajes socioproductivos (expropiación) mediante la simultánea implantación de una actividad completamente extraña, no sólo en sus mediaciones y características tecnológicas, sino fundamentalmente en sus sentidos político-culturales y destino económico. El extrañamiento/alienación territorial tiene que ver, por tanto, con el efecto expropiatorio que las economías extractivistas operan sobre las poblaciones (Machado Aráoz, 2009; 2012). Las economías locales (usualmente estigmatizadas como “tradicionales”, “atrasadas”, “no-competitivas”) receptan el impacto desintegrador de la radicación de capitales; un impacto cuya magnitud es proporcional al volumen de las inversiones y la escala de las explotaciones. Acontece entonces lo que Santos (1994) menciona como la imposición de las “verticalidades” sobre las “horizontalidades” del territorio: el espacio local se desvanece como “territorio propio”, pierde sus huellas comunales, sus propiedades y funciones locales, y los circuitos endógenos de productos, prácticas y sentidos se devalúan y resquebrajan. En esa misma medida, pasa a ser cada vez más un “territorio-global-en-red”, un fragmento verticalmente integrado a cadenas de valor diseñadas y controladas por el capital transnacional/transnacionalizado (Santos, 1994; Torres Ribeiro, 2005). Ahora bien, esto no sólo tiene efectos locales, sino que involucra al espacio geográfico en sus distintas escalas territoriales.

En particular, en el plano nacional, la alienación territorial involucra dos dimensiones interrelacionadas, la geo-económica y la geopolítica. La primera alude a los efectos que la macroeconomía del extractivismo opera sobre el espacio geográfico y sectorial de las economías internas, ya señaladas por el estructuralismo cepalino; a saber, una formación económica altamente especializada y concentrada genera una estructura socioterritorial con grandes asimetrías sectoriales y regionales, con niveles muy heterogéneos de productividad y deficientes grados de articulación funcional y espacial. Todo lo cual no sólo provoca altas des-economías de escala sino también límites estructurales a la expansión del mercado interno (alta propensión a la importación; dependencia tecnológica; insuficiente generación de fuentes de empleo; control directo de factores de la producción por parte de capitales externos – altos niveles de remisión de utilidades y transferencias de excedentes; fuertes desigualdades en la distribución del ingreso, etc.–), que a su vez se traducen en factores de inestabilidad política.

En términos geopolíticos, la noción de alienación territorial alude a la erosión de la capacidad de control y disposición que la sociedad política organizada ejerce sobre su territorio. Como Milton Santos advertía hace ya más de treinta años: “desde el momento en que se acepta un modelo de crecimiento orientado hacia afuera, el Estado y la Nación pierden el control sobre las sucesivas organizaciones del espacio” (Santos, 1979: 09). El estado pasa a ser un dispositivo jurídico-político que funciona como apéndice dependiente y facilitador de los requerimientos del capital hegemónico.7 Y esto no es una novedad de la globalización, sino una característica intrínseca a las formaciones sociales estructuradas en base a economías extractivistas, aunque claro, bajo las nuevas formas de ensamblaje transnacionalizado (Sassen, 2010), los efectos de alienación territorial a nivel de los Estados nacionales periféricos se exacerban al extremo (Torres Ribeiro, 2005).

En estos contextos, es el capital global, en definitiva, el que dispone de los territorios; impone una regulación supra-estatal sobre el espacio geográfico; construye una territorialidad vertical, transnacionalizada, a la medida de los “requerimientos” de la acumulación global.8 Desde este punto de vista, el extractivismo es un tipo particular de ordenamiento territorial que ajusta la integración subordinada y dependiente de los territorios periféricos como ensamblajes perfectamente articulados a la dinámica de la geografía económica globalizada, cuya contracara (y cuyo costo) no sólo es el profundo desorden socioterritorial estructural que impera al interior de las “economías nacionales”, sino también la creciente incapacidad de la sociedad política local para disponer, controlar, organizar y administrar el propio territorio. Y aquí los efectos de la alienación territorial se articulan funcionalmente con los de la plusvalía ecológica.

Con este concepto aludimos integralmente al conjunto de impactos e implicaciones ecológico-sistémicos que produce el extractivismo en las distintas escalas socioterritoriales del “orden mundial”. En concreto, al doble impacto de, por un lado, destrucción, degradación y pérdida de capacidad productiva de los ecosistemas locales intervenidos por prácticas extractivistas, y, por el otro lado, de transferencia neta de activos ecológicos que se da desde estos territorios-ecosistemas-poblaciones hacia las sociedades donde efectiva y finalmente esos bienes son procesados y consumidos. El impacto de degradación ecosistémica forma parte de los “costos” o “externalidades” ambientales –como les gusta decir a la ciencia económica convencional– provocadas por el mismo proceso de explotación exógena y, por tanto, integra la tasa total de transferencia ecológica de unas sociedades a otras. A las des-economías ya señaladas que el extractivismo provoca a nivel de la estructura y la dinámica productiva de las economías primario-exportadoras, cabe agregar las des-economías propiamente emergentes de sus impactos ecológicos negativos, los que tienen que ver con el patrón de ordenamiento y uso destructivo y propiamente expoliador de los territorios, que se instala en la región desde la ocupación colonial en adelante (Gligo y Morello, 1980; 2001).

Como especifica Enrique Leff (1994), este patrón expoliador tiene que ver con la destrucción de las unidades ecosistémicas, que afectan la productividad y la resiliencia de los territorios en el tiempo; con la implantación de tecnoestructuras inadecuadas que provocan ineficiencias y altos costos ecológicos de los procesos “productivos” implantados; y con la enorme pérdida y destrucción de saberes y tecnologías apropiadas pre-existentes que implicaban un aprovechamiento más racional y sustentable de los territorios.9 Como consecuencia, la destrucción acumulativa del patrimonio cultural y ambiental termina provocando “daños irreversibles en la productividad de los ecosistemas naturales”, y afectando la viabilidad de “alternativas sociales de organización de un proceso productivo más equilibrado, igualitario y sostenible” (Leff, 1994: 160). Ahora bien, a esto, hay que agregar la fenomenal transferencia de activos ecológicos –bienes y servicios ambientales codificados como “recursos naturales”– que, a través de los flujos del comercio exterior, son literalmente trasvasados desde las formaciones sociales periférico-dependientes hacia las centrales-dominantes. La noción de plusvalía ecológica hace referencia específicamente a este efecto integral de apropiación y consumo desigual de naturaleza que se diseña a través de una geografía de la extracción completamente diferente a la geografía del consumo. La una, como reverso y medio de subsidio de la otra.

Desde esta perspectiva, tanto o más importante que las ya grandes desigualdades económicas y transferencias de recursos expresadas en flujos y volúmenes monetarios, resultan las enormes desigualdades y brechas que se verifican a través de la apropiación y transferencia de flujos y volúmenes físicos de materias primas y energía desde las sociedades periféricas hacia las centrales. Este tipo de desigualdades, expresadas en las muy asimétricas huellas ecológicas que muestran los distintos países (Wackernagel y Rees, 1995; Rees, 1996; Wackernagel, 1996; Naredo, 2006), permite develar en qué medida las ciudades y regiones industriales del siglo xx dependen para sobrevivir y crecer de un vasto y creciente hinterland global de territorios ecológicamente productivos. […]

En términos estrictamente ecológicos, […] las ciudades se apropian necesariamente de la producción ecológica y de las funciones de soporte de la vida de regiones distantes de todo el mundo a través del comercio y los ciclos biogeoquímicos de materia y energía. Los flujos anuales de ingreso natural requeridos por una determinada población se llaman su “capacidad de carga robada o apropiada” (Rees, 1996: 33). Así, la noción de plusvalía ecológica se halla bien contenida en la herramienta teórico-metodológica de la huella ecológica, que mide la capacidad de carga robada o apropiada por una sociedad a otra.

Esta misma noción permite, asimismo, develar el “secreto” de la larga sobrevivencia histórica del ordenamiento territorial originario, ése que discrimina entre regiones de “industrialización” (consumo/acumulación) y regiones “primario-exportadoras” (zonas de sacrificio/extracción). Porque, en efecto, en un planeta finito, donde independientemente de los grados de sofisticación tecnológica, la sobrevivencia humana depende inexorablemente en última instancia de los bienes y servicios que le provee la naturaleza, se constata que la llamada “industrialización” no puede ser un camino “universal”, pues unos se industrializan necesariamente a costa de otros.

Como señala Altvater (1994), la industrialización es “un bien posicional” y –agregamos– estratégico y excluyente: coloca a los países ricos en una situación privilegiada generalmente irrepetible… que les permite mantener sus patrones de vida, en franca expansión, con cargo al resto del mundo: […] la atracción de capitales y recursos ejercida por el Norte se sostiene cada vez más con cargo a las áreas de apropiación y vertido del Sur y, en suma, el actual modelo de bienestar del Norte se apoya en y agrava el malestar del Sur (Naredo, 2006: 33). La híper-industrialización/tecnificación/artificialización de la vida (patrones de consumo) de unas economías/sociedades demanda y requiere de la híper-re-primarización de otras: la continua expansión, intensificación y profundización de las tasas y volúmenes de extracción de bienes naturales primarios y energéticos. Por tanto, también el “desarrollo”, definido bajo los términos hegemónicos impuestos por Occidente, se evidencia necesariamente como una meta “para pocos”. Una ecología política del extractivismo devela, así, los presupuestos oligárquicos de la noción colonial del “desarrollo”. Apelando crónicamente a la “ansiada meta de alcanzar el desarrollo”, el ordenamiento territorial extractivista intensifica las tasas de súper-explotación de la naturaleza, de la naturaleza exterior (bienes y servicios ecosistémicos) y de la naturaleza interior (cuerpos-fuerza de trabajo). Acaba, por tanto, intensificando y profundizando las condiciones de dependencia y el estado de sujeción colonial (Scribano, 2010; 2012).

Como expresión del ordenamiento territorial colonial, la noción de dependencia refiere a los “entramados, conexiones y articulaciones” (Scribano, 2012) que, a través de distintos arreglos y modalidades histórico-geográficos, materializan los procesos de depredación y súper-explotación de territorios y poblaciones así constituidas como “colonias”. “Dependencia” supone, por tanto, la depredación de los “recursos” (esto es, de las fuentes naturales de energía y de sus formas sociales –trabajo–, así transubstanciados en “mercancías”) y la socialización asimétrica de los efectos destructivos de los procesos de acumulación (Machado Aráoz, 2012b). Las conexiones y flujos que, por tanto, involucra la dependencia trazan una geografía estructuralmente jerarquizada, una trama de subordinaciones y dominaciones que ligan diferencialmente los territorios, las poblaciones y los estados bajo el comando de las clases dominantes globales. La dependencia es, a su vez, efecto histórico-geográfico, del orden territorial colonial. La idea de “colonia” remite a la usurpación violenta que transforma la tierra habitada en tierra ocupada; habla de la constitución de enclaves clasistas/racistas donde acontece la violencia abismal del despojo existencial (Machado Aráoz, 2012b). Alienación territorial y plusvalía ecológica resumen y expresan, en definitiva, la persistencia de la sujeción colonial inherente al orden territorial del extractivismo.

El extractivismo del presente: re-ordenamiento neoliberal de los territorios y colonialismo del siglo xxi

La crisis ambiental ha dado un nuevo impulso a la sociedad capitalista liberal. Ahora, argumentando tener en sus manos la salvación del planeta, el capitalismo ha inventado un nuevo término para autolegitimarse: el uso racional y sostenible de la naturaleza (Martin O’Connor, 1992).

Lo que la acumulación primitiva llevó a cabo en Inglaterra y en el continente a partir del siglo xvi –expropiación de los campesinos y transformación en masa de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo en capital– continúa en nuestros días en las colonias. […] El capitalismo tiene que apoderase de ellos y proseguir la destrucción sistemática de las formaciones sociales que se oponen a esta apropiación. (Rosa Luxemburgo, 1912).

En base a lo expuesto, enraizando el fenómeno del extractivismo en los orígenes mismos del sistema-mundo y en la fisiología ecológico-geopolítica del capital, cabe preguntarse cuáles son las particularidades distintivas de los regímenes extractivistas en los escenarios del presente. En tal dirección, nos parece que un aspecto clave a considerar es la propia acumulación histórica de sus efectos e impactos ecológicos estructurales. Sumariamente, podría decirse que cinco siglos de extractivismo desembocaron en el colapso ecológico global; y más puntualmente, que la exacerbación consumista y fosilista experimentada durante el siglo xx, acabó desembocando en la era de las sociedades del riesgo (Beck, 1986; Marcellesi, 2008; Fernández Durán, 2010). Tal como hemos planteado en otros trabajos (Machado Aráoz, 2011), la simultaneidad del colapso del keynesianismo y de la irrupción de la crisis ecológica global no es mera casualidad, sino más bien, una expresión de la destructividad intrínseca del sociometabolismo del capital. No obstante, frente a la manifiesta crisis de sustentabilidad sistémica, las fuerzas políticas dominantes, lejos de emprender las reformas radicales requeridas, terminaron impulsando una drástica reconversión e intensificación del mismo viejo rumbo. La visibilización y oficialización política de la crisis ecológica global alimentó la exacerbación de la disputa por el control de los territorios y la apropiación de recursos, en un camino que ha avanzado hacia la mercantilización, la securitización y la geopolitización de los bienes de la naturaleza (O’Connor, 1991; O’Connor, 1994; Delgado Ramos, 2012; Machado Aráoz, 2012c).

En tal sentido, cabe analizar y comprender el neoliberalismo. Éste no tiene que ver sólo ni principalmente –como se lo ha caracterizado usualmente– con políticas recesivas y de ajuste estructural, achicamiento del sector público, privatizaciones masivas, apertura comercial, liberalización financiera y “flexibilización” ambiental y laboral. Más en profundidad, el neoliberalismo da cuenta de una nueva avanzada del capital sobre el mundo de la vida; estamos hablando de un incremento, a inéditas escalas históricas, de la capacidad de disposición del capital sobre la vida en general y sobre el conjunto de los procesos y manifestaciones de la vida. En directa respuesta a la crisis ecológica y social del patrón de acumulación fordista, en particular, al colapso de la ilusión del “crecimiento perpetuo”, el neoliberalismo viene a expresar la articulación de un nuevo proyecto geopolítico imperial, a través del cual los centros del poder mundial vienen a reaccionar frente a este abrupto y drástico nuevo escenario de “agotamiento del mundo”. Así, la conciencia política de la finitud de los “recursos naturales” (expresado emblemáticamente en el título del primer Informe Meadows, “Los límites del crecimiento”, de 1971) abre paso a una nueva era en la dinámica sociometabólica del capital a escala global: la era de la explotación no convencional.

A través de lo que Lash y Urry (1998) llamaron las nuevas tecnologías espaciales del capital (financierización, securitización, desregulación, electronificación y relocalización selectiva) se ponen en marcha nuevas dinámicas de expropiación y explotación no convencional, tanto de “recursos naturales”/territorios, como de “recursos humanos”/fuerza de trabajo. Tales transformaciones implicaron la creación no sólo de “formas más sofisticadas de apropiación de trabajo excedente”, sino también de nuevos dispositivos y tecnologías de “subordinación de la naturaleza y de procesos biológicos que son constitutivos de la reproducción natural de la vida” (Gilly y Roux, 2009: 36). Como señalamos en otro trabajo (Machado Aráoz, 2011), tales políticas tuvieron en América Latina el ámbito dilecto de experimentación e implementación. En un proceso que se desarrolla desde la trágica década de los ’70 hasta nuestros días, el neoliberalismo operó una drástica transformación de las estructuras sociales, económicas, ecológico-territoriales, políticas y culturales de la región, imponiendo a sangre y fuego las bases de un nuevo ciclo extractivista como base y condición de un nuevo ciclo de expansión.

Como corolario de las políticas aplicadas en las décadas precedentes, la fuerte dinámica de crecimiento primario-exportador verificado a partir de los primeros años del nuevo milenio, vinieron a consolidar en la región una profunda reconfiguración general de la sociedad, la cultura, el territorio y los cuerpos, para ser adaptados e integrados funcionalmente como proveedores dependientes de los crecientes flujos energético-materiales que se precisaron movilizar para la reactivación del capitalismo a escala mundial. En ese marco, en las dos últimas décadas, las políticas económicas ensayadas en la región facilitaron el ingreso de grandes corporaciones ligadas a la exportación de materias primas; se incrementaron abruptamente las tasas de extracción de hidrocarburos, de yacimientos minerales, de recursos forestales y pesqueros; se expandieron las superficies de monocultivos de exportación; la radicación de fases industriales altamente contaminantes y/o intensivas en agua y energía, y los procesos de privatización-patentamiento de la diversidad biológica por parte de grandes laboratorios (cepal, 2002; 2010; Schapper, 1999; Gudynas, 2009). Como un aspecto no menor, se avanzó, además, en el diseño de mega-obras de infraestructura y nuevos corredores transcontinentales (Plan Puebla-Panamá y la Iniciativa para la Infraestructura Regional Sudamericana –iirsa) para asegurar la “conectividad” de los territorios, la disponibilidad de agua y energía a los inversores y la plena movilidad de los “recursos naturales”.

Estas transformaciones implicaron, de facto y de jure, una abrupta expansión territorial de las fronteras del capital sobre la vasta riqueza y diversidad ecológica de la región.10 A la par de la expansión de las superficies territoriales intervenidas por este tipo de mega-proyectos, se fue consolidando una profunda reversión en la economía latinoamericana, caracterizada por la re-primarización, concentración y extranjerización del aparato productivo regional. A medida que avanzaban y se consolidaban grandes núcleos transnacionalizados de extracción de materias primas, fue retrocediendo el perfil industrial de la región y la importancia del mercando interno como factor de dinamización de la economía (Arceo, 2007; Martins, 2005). El salto de las exportaciones primarias es un fenómeno que se extiende a todos los países y hace, además, que éstas tengan un peso predominante en la estructura general de los bienes exportados de la región, como puede apreciarse en el siguiente cuadro:

Así, en definitiva, la exportación de productos primarios pasó a ser la clave no sólo de la nueva ecuación macroeconómica de la región,11 sino también, y decisivamente, de los nuevos regímenes de gubernamentabilidad, de control y disposición sobre los territorios y las poblaciones; sobre la materia y la energía; sobre los cuerpos y las almas. Si bien, a diferencia de otros periodos de la historia económica regional, ha dinamizado una etapa de alto y sostenido crecimiento económico que, a su vez, se ha plasmado en el mejoramiento de indicadores sociales, este nuevo ciclo extractivista se funda sobre ominosa enajenación de las bases materiales de su soberanía política. En tal sentido, se trata de un crecimiento perverso, pues dadas sus características macroeconómicas y ecológico-geopolíticas, se apoya en una inédita avanzada de la capacidad de disposición del capital global sobre los bienes territoriales de la región. Así, lo que se pone en juego es la capacidad soberana del Estado para asumir su rol como gestor de su propio espacio geográfico. A decir verdad, la reconfiguración del patrón extractivista de crecimiento viene a reeditar como problema político estructural el carácter colonial de las economías latinoamericanas, históricamente signadas por su condición no superada de formaciones capitalistas periférico-dependientes.

En las actuales circunstancias, de crisis ecológica global e inauguración de una fase de explotación capitalista no convencional, este nuevo ciclo extractivista viene a representar, a nuestro criterio, la cabal expresión ecológicogeopolítica del colonialismo del siglo xxi. Como advirtiera en uno de sus últimos escritos Rui Mauro Marini la economía globalizada que estamos viendo emerger en este fin de siglo y que corresponde a una nueva fase del desarrollo del capitalismo mundial, pone sobre la mesa el tema de una nueva división internacional del trabajo que, mutatis mutandi, tiende a restablecer, en un plano superior, formas de dependencia que creíamos desaparecidas con el siglo xix (Marini, 2008: 260).

Fuente: http://ecologiapoliticadelsur.com.ar/uploads/filemanager/Ecologia%20pol%C3%ADtica%20de%20los%20reg%C3%ADmenes%20extractivistas%20-Machado%20A.pdf

En consecuencia, la «reforma agraria integral» como poder territorial y laboral de los pueblos es un desafío a asumir de modo urgente ante esa decisión del 1% de la humanidad de continuar su acaparamiento de bienes comunes y su sometimiento expoliador a los pueblos y a la Madre Tierra.

 

De modo previo es fundamental suscitar y facilitar el posicionamiento mayoritario contra el sistema mundo capitalista.                                      

Pandemia:

sintomatología del Capitaloceno

27 de abril de 2020

Por Horacio Machado Aráoz (Rebelión)


A primera vista, los virus, intermediarios entre la vida y la materia inerte, representan una forma particularmente humilde de la primera. Sin embargo, necesitan otros seres vivos para perpetuarse. Por lo tanto, lejos de haber podido precederlos en la evolución, ellos la suponen e ilustran un estado relativamente avanzado de la misma. Por otro lado, la realidad del virus es casi intelectual. En efecto, su organismo se reduce prácticamente a la fórmula genética que se inyecta en seres simples o complejos, lo que obliga a sus células a traicionar su propia fórmula para obedecer la suya y fabricar seres similares a él. Para que nuestra civilización apareciera, también fue necesario que existieran otros, antes y al mismo tiempo. Y sabemos, desde Descartes, que su originalidad consiste esencialmente en un método cuya naturaleza intelectual hace que sea inapropiado engendrar otras civilizaciones de carne y hueso, pero que puede imponerles su fórmula y obligarlas a volverse similares a ella. En relación con esas civilizaciones, cuyo arte vivo traduce el carácter carnal porque -tanto en la concepción como en la ejecución- está vinculado a creencias muy intensas y a un cierto estado de equilibrio entre el hombre y la naturaleza, nuestra propia civilización corresponde a un tipo animal, o viral».

Claude Lévi-Strauss, «Arte en 1985», 1965 [1]

A modo de Introducción

En el momento menos esperado, pero en el más necesario y oportuno que nunca; desde el lugar ontológico más imprevisto, la Tierra ha sido políticamente convulsionada y no atina aún a reaccionar. Como un sutil y paradójico terremoto histórico y geológico, el Coronavirus lo ha cambiado todo; pero no con movimientos bruscos, sino con una parálisis masiva y global. Su irrupción en la biología humana, ha provocado una interpelación mayúscula al conjunto de la población global contemporánea; probablemente el desafío más crítico que nos haya tocado afrontar en el breve lapso de nuestra aventura como especie.

Pero aunque este virus nos interpela a todxs, debemos su visita no por causa de todos. Ha venido a poner en cuestión un modelo civilizatorio en concreto, que mucho tiene que ver con cómo su irrupción se transformó rápidamente en una masiva crisis sanitaria mundial. Nos referimos a un modelo civilizatorio que, en el relámpago de su vigencia, ha puesto en crisis no apenas la continuidad de tal o cual forma de vida social, sino ya la de la mera continuidad de lo humano como tal. Hoy, en su crepúsculo, podemos ver cómo y en qué medida esa civilización ha comportado un dislocación drástica en el devenir mismo del proceso de hominización/humanización. Sin embargo, esto que es evidente y crucial, no todos lo ven. Más bien pasa desapercibido; sobre todo para amplias mayorías que viven inmersas en su ritmo y en sus reglas. Una civilización que, con aguda lucidez, fuera caracterizada por su método viral, viene a ser interpelada precisamente por un virus.

De repente, las civilizaciones otras, que fueron infectadas por aquella civilización viral, ven en el virus, menos un enemigo y más un inesperado aliado. Así como las otras especies y el conjunto de los seres vivos que fueron arrinconados a los extremos de la sobrevivencia, esos pueblos otros re-existentes, ven este tiempo, claro, con angustia e incertidumbres, pero también con mucha esperanza. Sintiéndonos parte de ellas y ellos, compartimos algunas reflexiones que procuran precisar la envergadura de los desafíos y los motivos de nuestras angustias, así como dar cuenta de nuestras esperanzas. Trazamos acá una somera hermenéutica crítica de la pandemia, como sintomatología del Capitaloceno. A través de ella queremos compartir el diagnóstico sobre el régimen de relaciones sociales que nos está enfermando y abrir nuestros sentipensares, para seguir tejiendo con nuestrxs hermanxs, las rutas alternativas que nos lleven a otros rumbos. Un virus, es decir, un lenguaje de la Tierra, nos viene a ofrecer una opción terapéutica y una práctica pedagógica. Ojalá podamos escucharle, aprender con él, y sanar.

1. Paro

Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Tal vez las cosas se presenten de otra manera. Puede ocurrir que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en el tren tira del freno de emergencia”

Walter Benjamin

El año 2020 encuentra a la humanidad sumida en una parálisis apabullante, tan imprevista como generalizada. De repente, el mundo se ha parado en seco. Como si el tiempo se hubiera congelado. Todo, prácticamente todo ha sido interrumpido. Puede decirse en cierto sentido, que el 2020 no ha comenzado aún. La vida social del mundo globalizado está, por ahora, en suspenso. Salvo reveladoras excepciones, la inmensa mayoría de individuos que hoy conforman la población de humanos vivientes, está atravesando estos días confinada en sus recintos, bajo distintos regímenes de aislamiento.

Una elemental interacción microbiológica -de las miles de millones que acontecen a diario, a cada instante, en el planeta- desencadenó semejante conmoción. Es que, esta vez, el desvío contingente de sus trayectorias zoonóticas habituales hizo que una cepa de coronavirus fuera a parar en organismos humanos, para cuya visita no estaban biológicamente preparados. Ese minúsculo acontecimiento fue el detonante. Luego, siguiendo las rutas más transitadas del turismo y el comercio internacional, se fue expandiendo a la velocidad del ritmo de vida contemporáneo, hasta encender las alarmas sanitarias del mundo entero.

Así, la irrupción de un ignoto microorganismo en la fisiología humana, colocó a la especie ante una situación inédita. Nos puso a todxs, bajo un mismo prisma de sensaciones compartidas. Por primera vez en nuestra breve historia, afrontamos una misma experiencia vital, compartida en simultáneo a nivel global. Una vivencia que nos embarga a todxs. Porque, efectivamente, el virus nos afecta a todxs. Más allá de las insoslayables diferencias intra-especie (aquellas que nos distinguen, y aquellas que nos separan y nos clasifican), ese ser infinitesimal nos ha afectado a todxs. A cada uno de los cuerpos de todos los agrupamientos humanos, en sus distintas escalas, alrededor del mundo.

Se trata, por supuesto, de una afectación diferencial, que, por un lado, pone al desnudo todas las desigualdades creadas y vigentes, esas que hacen de ese “nosotros-humanidad”, una pirámide de enormes distancias y fronteras incólumes. Pero que, por otro lado, al mismo tiempo, nos genera una afectación radicalmente igualadora; como queriéndonos enseñar que -aunque no nos sintamos y no nos reconozcamos como tales-, somos parte de una misma familia, de una misma Comunidad de Vida; hermanadxs biológicamente, específica e interespecíficamente, por el aire que respiramos; por el agua, de remotos tiempos geológicos, que corre por nuestras venas y que nos une, en un mismo destino, con todos los seres del planeta.

Si al menos lográramos aprovechar este silencio, esta quietud, para percatarnos de ello, diríamos que esta pandemia, valió la pena. A pesar de todas las muertes y las represiones que vinieron y que vendrán montadas en el virus como excusa, si sólo pudiéramos, aunque sea mínimamente, re-conocer-nos como delicadísimas hebras de ese tejido más vasto, que nos excede por completo y que a la vez nos contiene y nos hace ser; si fuéramos capaces de sentir-nos, aunque sea por un instante, íntimamente conectadxs a la trama de la vida [2], diríamos que sí, que valió la pena.

2. Tiempo

“‘Los cinco raquíticos decenios del homo sapiens”, dice un biólogo moderno, “representan con relación a la historia de la vida orgánica sobre la tierra algo así como dos segundos al final de un día de veinticuatro horas. Registrada según esta escala, la historia entera de la humanidad civilizada llenaría un quino del último segundo de la última hora’. El tiempo-ahora, que como modelo del tiempo mesiánico resume en una abreviatura enorme la historia de toda la humanidad, coincide capilarmente con la figura que dicha historia compone en el universo”.

Walter Benjamin, Conceptos de Filosofía de la Historia.

Para una sociedad que ha hecho de la aceleración del tiempo, de la velocidad de las interacciones, del movimiento, la innovación y el crecimiento incesante sus marcas de origen, la parálisis se le presenta como un fenómeno radicalmente disruptivo y perturbador.

Sumergidxs ya en generaciones y generaciones nacidas bajo el imperativo de la productividad, para lxs habitantes de este mundo, vivir es correr. Ir y venir, persiguiendo siempre objetivos, fijados quién sabe por quién y para qué. Hasta para sus vacaciones tienen tiempos reglados y metas de ‘disfrute’ (im-)puestas. Por eso la parálisis descoloca de forma absoluta. “No hacer nada”, está fuera de nuestro genoma societal. Y de repente, un microorganismo lo hizo. Dejó prácticamente en desuso, la primera y más emblemática de las máquinas de nuestra Era [3]. Transitamos días en los que el reloj no cuenta.

A los miedos epidemiológicos, se suman los de clase -es decir, de hambres de un lado y lucros cesantes del otro-, los de piel y los de sexo, esos que distribuyen desigualmente las probabilidades de enfermar y de morir. El “tiempo improductivo” los aumenta a todos; provoca incertidumbres varias y desesperaciones diversas, pero generalizadas. (Mal)educadxs en formar parte de una maquinaria en movimiento perpetuo, de mercados que no cierran, de fábricas que “trabajan” las 24 horas, los 365 días del año, la parálisis es fuente de una angustia existencial inconmensurable.

Un diminuto habitante de este planeta, que sólo vive a condición de ser alojado en otros organismos más complejos, ha logrado hacer lo que muchxs, millones, hubiéramos deseado: una gran huelga mundial masiva que corte, por un tiempo indefinido, las cadenas de la explotación; la explotación de los cuerpos y de los territorios. Que detenga las maquilas que expolian capacidades; las motosierras que arrasan los bosques; los pesqueros que azuelan los mares; las cosechadoras que esquilman los suelos; los explosivos que vuelan montañas y exprimen las rocas del subsuelo. Un virus ha logrado, por unos días, detener los vertidos tóxicos y las incontables fuentes de contaminación que, día a día, envenenan las aguas y el cielo. La revolución que soñó el más osado –y, probablemente, más lúcido- revolucionario de esta época, no la hizo (hasta ahora) un colectivo humano, sino un pequeño microorganismo. Como si fuera el enviado de Benjamin, el coronavirus ha activado -al menos por un tiempo- el freno de emergencia.

Estamos así, paralizados. Pero no es apenas una parálisis forzada. Es la parálisis de una sociedad que ha perdido el rumbo. Más que parada, somos una sociedad perdida. Una forma societal aturdida y desorientada. Que ha errado la concepción del espacio y del tiempo; que anda así, ignorante de su geografía y desubicada en la historia. Mientras, la pequeñísima fracción de la especie que tiene el comando (si podría decirse así) cree que va en un tren de alta velocidad por un tiempo vacío y un espacio plano, sin poder ver lo que va dejando atrás ni lo que tiene por delante. Corre así, desenfrenadamente, por un camino sin rumbo y un horizonte sin sueño.

Una civilización errante nos puede convertir en una especie fallida. Una especie fallida es aquella que, básicamente, desconoce su procedencia y su lugar en el cosmos; que reniega de su pertenencia geológica y su destino. Así, en lugar de lamentar la parálisis, deberíamos estar agradecidxs. Porque cuando unx está perdido, nada mejor que detenerse a revisar de dónde venimos y hacia dónde realmente querríamos ir.

Si esta parálisis nos llevara a preguntarnos seriamente a dónde vamos, cuál es la razón de nuestra prisa; si llevara a cuestionarnos qué nos urge y qué nos desvela, diríamos que esta pandemia valió la pena.

3. (Sin-)Razón

Y tal vez la primera prueba de fuego sea el abandono sin nostalgia de la herencia de un siglo XIX fascinado por el progreso de las ciencias y las técnicas, con la ruptura del lazo establecido en aquella época entre emancipación (…) y la fábula del hombre ‘creado para dominar la naturaleza’ por la epopeya de una conquista de esa misma naturaleza por medio del trabajo humano. Definición seductora, pero que implica una apuesta por una naturaleza ‘estable’, disponible para esa conquista».

Isabelle Stengers, En tiempos de catástrofes, 2017

Hemos tenido más que suficiente de imperialismo –de aquel impulso característico de Bacon a ‘ampliar los límites del imperio humano’. En esta era de mortales nubes en formas de hongo y otros venenos ambientales, creo ciertamente que ha llegado la hora de desarrollar una ética más gentil y modesta hacia la Tierra. Y una ética así debe guiarnos, con toda humildad intelectual, a juzgar críticamente el pasado cuando nos ha conducido en otra dirección”.

Donald Worster, Transformaciones de la Tierra, 1991

Vivimos en una sociedad nacida de la arrogancia de la Razón. Todavía mayoritariamente, hay quienes con orgullo se reivindican hijos de esa Razón imperial. Con esa lógica y con ese espíritu, las élites políticas y científicas del mundo enfrentan la pandemia. Apelando a una receta ya obsoleta, epidemiólogos y gobernantes de todo el globo interpelan a sus respectivos pueblos convocándolos a “la guerra contra el virus”.

Es asombroso ver con qué naturalidad este discurso de guerra se instala y circula aproblemáticamente entre los habitantes contemporáneos del mundo globalizado. Si bien esto, hasta cierto punto, es bastante esperable –pues nada más emblemático que la guerra como acto reflejo de este modelo civilizatorio-, no cabe desconocer que la lógica de la guerra es doblemente inconveniente para estos tiempos.

En términos coyunturales, nos hace correr justamente hacia la dirección contraria a la que deberíamos ir para buscar salidas de fondo. En lugar de ampliar y profundizar la cooperación internacional, las reacciones políticas han ido por el lado de cerrar fronteras, intensificar prejuicios y actitudes racistas-clasistas y xenófobas, y abrir una competencia geopolítica por tecnologías de gestión de la crisis y el acopio de materiales e insumos médicos. En el colmo, las principales potencias entablan a los codazos una carrera narcisista por ver quién logra “dar con la vacuna”. Al interior de las fronteras, la “excepcionalidad” del estado de guerra –como ha sido señalado- intensifica la imposición y aceptación de políticas de control, policiamiento y militarización de la vida social, lo que esta vez, dado el poder de las tecnologías disponibles, ha hecho palpables escenarios extremos de totalitarismo digital, antes sólo reservados al campo de la ficción. Así, cuando más necesitaríamos ensayar prácticas de cooperación, de horizontalidad y organización social de abajo hacia arriba, la lógica de la guerra exacerba el régimen del individualismo competitivo y el verticalismo tecno-burocrático.

Esto que ya es muy grave, no es sin embargo todo. En un sentido más estructural y profundo, el paradigma de la guerra presupone una epistemología política ya anacrónica. Moviliza todo el imaginario modernista y reinstala subrepticiamente la legitimidad de todo el andamiaje institucional (la santísima trinidad del sistema, Estado-Ciencia-Capital) que nos condujo justamente hasta donde nos hallamos hoy parados.

Bajo regímenes de necesidad y urgencia, la convocatoria a la guerra contra la pandemia activa, una vez más, la vieja y perimida cosmovisión antropocéntrica, expresada paradigmáticamente en la axiomática separación entre ciencias naturales y sociales. Más aún, en nombre de la jerarquía epistémica de la ciencia, se profundiza la delegación del gobierno de Lo Común a un reducido círculo de expertos. La pragmática de la guerra no deja lugar a problematizaciones, al pensamiento crítico ni a epistemologías de la complejidad. Mucho menos a una ecología de saberes.

Así, en nombre de su presumida eficacia, la maquinaria bélica se echa a andar. Las ciencias biológicas y médicas son convocadas a estar en la primera línea de ‘batalla’; tienen la función prioritaria de atender y procurar reducir las “bajas”, proponer medidas profilácticas para contener la expansión del ‘enemigo’, y crear las armas para vencerlo. Las ciencias sociales, por su parte, son convocadas a estudiar cómo se va a afectar la “normalidad” del sistema, para luego idear medidas paliativas y de control, en lo económico, en lo social y en lo político; en todo caso, acá el objetivo es investigar qué y cómo restablecer lo más pronto posible al normal funcionamiento de las instituciones.

Por supuesto, no se trata (tal como lo hicieran políticos e intelectuales de las más variadas corrientes), de desconocer la existencia del virus en sí, ni de minimizar su incidencia sobre la biología humana sino justamente de tomarlo en serio. Eso significa revisar y reconsiderar cómo lo tratamos. Y la verdad es que –más allá de diferencias superficiales- el trato que desde el poder se ha elegido dar al coronavirus es uniforme y típicamente moderno. Porque no hay nada más radicalmente característico de la Modernidad que esa actitud epistémica y política de absoluta desconsideración antropocéntrica hacia el resto de los seres vivos que (co-)habitan (con nosotrxs) este planeta. El sujeto moderno trata al mundo como si no fuera parte de él. Se para frente a la Tierra (incluso frente a lxs otrxs, de su propia especie) con la postura del conquistador. Figura emblemática si la hay, -filosóficamente enunciada por Descartes y Bacon en el siglo XVII, pero nacida antes, en el siglo XVI, como práctica política de los Colón, los Cortés, los Pizarro-,el conquistador como prototipo de la matriz de relaciones que entablamos con el mundo, condensa y resume todo nuestro tiempo y todo nuestro drama.

Quienes dirigen los destinos de la humanidad han optado, una vez más, por esa anquilosada postura para “enfrentar” al virus. Se lo trata, básicamente, como algo in-significante. Es decir, algo absolutamente desprovisto de sentido. A lo sumo, sólo lo considera en la medida en que afecta a los humanos (y acá, también –como es sabido, como parte de la política del conquistador, unos grupos de humanos importan y valen más que otros). Más allá de eso, el sistema científico y político hegemónico no considera al virus, ni ontológica ni semióticamente en serio. No se les ocurre preguntarse sobre el sentido de su existencia en el mundo.

Aunque parezca mentira, prominentes científicos e intelectuales críticos –incluso encumbrados filósofos de la biopolítica contemporánea- parecen seguir apegados al viejo paradigma newtoniano. No han tomado nota del giro ontólogico que –desde el interior mismo del pensamiento occidental- se ha dado al respecto, abriendo la ciencia a una nueva y más compleja comprensión del mundo-de-la-vida y, correlativamente, replanteándose el lugar de lo humano dentro del mismo. Desde la hybris moderna, se desconoce que un virus, como todo agente biológico, no sólo existe, sino que tiene significación en sí mismo; es un ser con capacidades teleonómicas [4] y semióticas. Un virus es parte de la densa red de almacenamiento y procesamiento de información biológica que se condensa en los genes; y, como tal, es también portador del proceso geológico general de (re)producción de conocimientos sobre los que –holísticamente- se sustenta la vida en general en la Tierra.

Sólo tardíamente, después de un duro desierto obscurantista, las ciencias occidentales lograron “descubrir” esta asombrosa capacidad autogenerativa y de excedencia semiótica del mundo. De la mano de la revolución científica operada por el paradigma de la complejidad en la física y la biología principalmente aunque no exclusivamente (desde Einstein, Bohr, Heisenberg y Bohm, hasta Prigogine, Zohar, Monod, Maturana, Varela, Margulis, Harding y un largo etcétera), en convergencia con el llamado giro ontológico en las ciencias sociales y humanas (desde Morin, Capra y Boff, a Haraway, Descola, Viveiros de Castro y Danowski, Latour, De la Cadena, Escobar y otro largo etcétera), se vino a “caer en la cuenta” que habitamos un Planeta Vivo. Se empezó a tomar nota de la inconmensurable complejidad de los sistemas vivos; a dimensionar la extraordinaria capacidad autopoiética- sympoiética, teleonómica y semiótica del conjunto de procesos y seres que conforman el mundo que habitamos y que –con sus propias existencias- constituyen y producen nuestras propias condiciones de (co-)existencia.

Y, fundamentalmente, como eje de esa revolución científica, el nuevo paradigma de las ciencias de la vida, o de la complejidad, vino a producir una nueva comprensión de la propia condición humana, esta vez, no ajena y extraña al mundo, sino precisamente como parte del tejido de la vida. Lo que llamamos el “mundo”, la Tierra, o la “Naturaleza” no es lo que está afuera de nosotros, no es lo “exterior” a la cultura, sino el útero nutricio de cuyo seno emerge lo humano como una expresión más de la biodiversidad del planeta. Ver y comprender la Tierra como sistema viviente, como una densa y compleja trama de materia viviente en continuo devenir, implica comprender que entre lo humano y lo no-humano no hay fracturas ontológicas, sino apenas membranas porosas por donde fluyen materia y energía, por donde fluye la vida en sí, como trama, en la que los humanos actuamos y somos a través del mundo, así como el mundo se mueve y es también a través de nuestros organismos.

Siendo que esta constatación es un saber fundamentalmente pre-moderno, pero vivo y presente aún en muchas culturas y pueblos mal-tratados por Occidente como primitivos y/o “atrasados”, esta verdad primordial, a los fines que nos ocupan, viene a significar ni más ni menos que –como especie- nuestras vidas dependen –literalmente; es decir, materialmente- hasta de los más elementales seres y agentes microbianos y de los procesos y redes biogeoquímicos más básicos y rutinarios. Sólo vivimos por gracia y a condición de mantenernos conectadxs al resto de las otras especies, a la biodiversidad en su conjunto, como expresión sinfónica de la vitalidad de la Tierra. Científicamente, hoy, no podemos seguir parados en el paradigma baconiano/newtoniano de la ciencia. Necesitamos un cambio radical; una profunda mudanza civilizatoria. Contamos ya con otros horizontes epistémicos y políticos.

Con esto no estamos diciendo que, en general, las medidas sanitarias que se están tomando (al menos en algunos países) en el mundo sean irrelevantes o inconducentes. Al contrario, son necesarias, pero aún así, insuficientes. Y sobre todo, serán epistemológica y políticamente erradas si no se pasa de la profilaxis a la etiología de la pandemia. No tenemos que descodificar el genoma del virus sólo para conseguir una vacuna. Tenemos que abrirnos a ensayar otra hermenéutica del mundo vivo.

Necesitamos ahora, en la urgencia, reactivos de testeo, barbijos, respiradores, lugares en salas de cuidados intensivos. Será preciso seguir con medidas de aislamiento y/o distanciamiento social, mientras no hallemos otros medios para evitar que la afección que nos provoca el Covid-19 se propague. Pero tengámoslo claro, esas medidas no nos sanarán. Para verdaderamente sanar, tenemos que atrevernos a abrir la pregunta respecto a qué es lo que realmente nos enferma y nos mata. Debemos abrirnos al sentido etiológico profundo, al sentido ontológico y político del coronavirus: ¿cuál es el régimen de relaciones sociales, biológicas, económicas, culturales y políticas que incubó este microorganismo que hoy nos interpela?

Curar no es apenas sofocar los síntomas. Curar es mudar; es atreverse a cambiar la matriz de relaciones que causó la enfermedad. En este sentido, la ciencia de siglos pasados podrá detener la expansión de la enfermedad y hasta reducir la cantidad de sus potenciales víctimas. Pero esa ciencia y esa política son ya obsoletas para los desafíos que tenemos en este siglo. Esa ciencia, esa política, y sobre todo ese modo de producción de la vida social que -hegemónicamente- llevamos (o que nos lleva) seguirá produciendo pandemias. Seguirá produciendo guerras y hambrunas. Seguirá malgastando esfuerzos y derramando sangre a escala y ritmo industrial. En fin, hasta que no la demos de baja, la Razón Imperial seguirá sacrificando la vida en el altar del progreso. Para realmente sanar, diríamos que, como especie, tenemos que atrevernos a dejar de comportarnos como conquistares, y empezar a vivir como cuidadora/es y cultivadora/es de este mundo; el único que tenemos y que somos.

Si esta pandemia, con todo el dolor y el sufrimiento humano producido, nos ayudara a preguntar-nos de qué realmente estamos enfermos. Si pudiera ayudar-nos a descubrir y afrontar la etiología de nuestras dolencias, y hacer los cambios que debemos hacer para sanar, diríamos que sí, que esta pandemia valió la pena.

4. (Necro-)Economía

Sabemos que las sociedades industrializadas viven del pillaje acelerado de stocks cuya constitución ha exigido decenas de millones de años…

La actividad humana encuentra su limitación externa en la naturaleza y cuando se hace caso omiso de tal limitación sólo se consigue provocar una reacción que adopta en lo inmediato la forma de nuevas enfermedades y nuevos malestares; descenso de la esperanza de vida y de la calidad de vida, aún cuando el nivel de consumo esté en alza.”

André Gorz, 1977.

La agroindustria está tan centrada en los beneficios que considera que vale la pena correr el riesgo de ser afectada por un virus que podría matar a mil millones de personas”

Rob Wallace, 2016.

La Pandemia en curso ha sido usada como excusa para la más reciente declaración de guerra. Ha forzado -se dice- una economía de guerra. Le llaman así a la parálisis temporaria de los mercados, los grandes flujos comerciales y gran parte del gigantesco aparato tecno-industrial global, con sus distintas ramificaciones sectoriales y geográficas. En nombre de esa economía de guerra, países de todos los rangos geopolíticos y gobiernos de todos los tintes ideológicos, preparan enormes paquetes financieros para -se dice- “paliar la crisis”.

Bajo un engañoso abandono de la razón neoliberal que muchos se precipitan a declarar, de repente, todos parecen haberse vuelto keynesianos. Desde la derecha a la izquierda, se aboga por la necesaria intervención del estado. Sin embargo, tal como se están pensando, esos salvatajes no van dirigidos a acabar con la economía de guerra, sino a profundizarla. Los enormes subsidios y ayudas financieras que se preparan, pueden ser las municiones que carguen las armas de una nueva ola de despojo. A juzgar por las condiciones previas, podemos estar ante un nuevo capítulo de una vieja historia: el salvataje de los privilegiados de siempre; a costa de un nuevo expolio de lxs condenadxs de la Tierra.

Aunque esto no tiene que ser necesariamente así, para evitarlo y para tener chances de torcer el rumbo, es preciso que nos aclaremos primero la etiología de la guerra y de esta crisis. Partamos entonces por lo básico: el coronavirus no ha declarado ninguna guerra; mucho menos, una guerra económica. En cualquier caso, su irrupción ha detenido -por un tiempo y parcialmente- la economía de guerra en la que venimos inmersos. La economía de guerra es -ni más ni menos, como ya sabemos y está a la vista de todo el mundo- la propia economía capitalista.

Esta afirmación -somos conscientes- es tan evidente como problemática. Por un lado, desde una perspectiva de rigor histórico-científico y honestidad intelectual, resulta irrefutable; pero, por el otro, dada la contundencia y la radicalidad de los cambios que involucra asumirla, es fácilmente rechazable por “idealista”, “romántica”, y cosas por el estilo. Lo sabemos, el capitalismo es el principal virus que ha afectado lo más profundo de los cuerpos -esto es, las estructuras perceptivas, emocionales, libidinales e intelectuales- de una enorme masa de población humana. Es, en ese sentido, la verdadera pandemia. Desde esas subjetividades infectadas -como dijera Fredric Jameson-, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Pero lo cierto es que nada más realista hoy, que reconsiderar la envergadura de los cambios que precisamos hacer. Porque ya no tenemos tiempo para perder en reformas gatopardistas. Necesitamos cambiar de manera significativa el actual curso civilizatorio hegemónico.

Para entenderlo, nada más claro que la pedagogía del coronavirus. Ésta nos muestra que -tanto en un sentido biológico-económico inmediato, como en un sentido ecológico y político de fondo- la pandemia en curso es un síntoma del Capitaloceno. Es el capitalismo lo que funciona como una economía de guerra; una guerra de conquista, iniciada hace ya más de quinientos años, pero drásticamente acelerada e intensificada en las últimas siete décadas. Se trata, como dijimos, de la primera y única guerra verdaderamente mundial; una guerra que tiene fecha de inicio, pero que hasta ahora no ha cesado. Una guerra declarada, en primer lugar, contra las mujeres y los pueblos agro-culturales, contra las culturas así estigmatizadas como primitivas y salvajes; una guerra contra la Tierra en sí, y contra el conjunto de seres vivos, “descubiertos” y “por descubrir” en cuanto objetos mercantilizables. (Porque, en definitiva, el capitalismo es básicamente una gran máquina de “descubrir” seres vivientes y procesos biológicos, geológicos, atmosféricos y socioculturales para transformarlos en mercancía).

El capitalismo hace que lo que llamamos modernamente “economía” sea efectiva y literalmente una gran maquinaria de guerra que funciona en una dinámica de destructividad inercial, avanzando a paso firme, creciente e incesante sobre el mundo vivo; produciendo cada vez más, mercancías y necesidades; dueños -cada vez más pocos dueños- y despojadxs a mansalva; bienes necesarios y -muchísimos más – productos superfluos; residuos y más residuos. Como advertía André Gorz en los ’70, “el desarrollo de las fuerzas productivas, gracias al cual la clase obrera debería haber podido romper sus cadenas e instaurar la libertad universal, ha desposeído a los trabajadores de sus últimas parcelas de soberanía… El crecimiento económico, que debía garantizar la abundancia y el bienestar para todos, ha hecho crecer las necesidades [y la población bajo condiciones humillantes de vida]” (Ecología y Libertad, 1977).

Así, ya nada queda de aquella ciencia aristotélica, la ciencia de la buena administración de la Casa. La economía -bajo las reglas del capital- se ha convertido exactamente en su antónimo. Por eso, hoy los debates en la esfera pública hablan con tanta naturalidad acrítica de la paradoja de “cuidar la salud” o “atender la economía”. Hablan desde una mirada que ha naturalizado lo económico como modo de producción que atenta contra la vida.

En ese marco, la acción del virus ha abierto una tregua en el curso de una economía de guerra. Por un tiempo, la paz volvió a la Tierra. Por todos lados, tras esta parálisis, en un brevísimo lapso de tiempo, han proliferado indicadores y noticias reveladoras de la increíble recuperación de la salud biosférica. Aquí sí estamos ante una gran paradoja: un microorganismo que constituye una amenaza a nuestra salud, ha desatado un gran Jubileo de la Tierra; los cielos se han despejado y las aguas se han vuelto cristalinas. En todas las grandes ciudades, los niveles de concentración de CO2 y de otros gases contaminantes se han reducido significativamente; lo mismo ha sucedido con ríos y riberas marítimas [5]. La vida silvestre ha empezado a salir tímidamente del confinamiento secular y cada vez más asfixiante a la que la tenemos sometida. En cuanto a nuestra especie, la aritmética epidemiológica no es lineal: a las tasas y números absolutos de morbilidad y mortalidad del covid-19, deberíamos considerar también los millares de muertes, de accidentes y de agentes patógenos que se han evitado a consecuencia del virus. La respiración puede ser una vía de contagio; y paradójicamente, eso que puede infectarnos, ha purificado también -al menos estos días- el aire que oxigena nuestras células.

Se trata entonces de la necesidad epocal de poner en cuestión una economía que nos enferma y que nos mata. Entender la etiología profunda del coronavirus, lleva, por un lado, a ver los motivos inmediatos, directos y concretos que explican los detonantes específicos de esta pandemia. Pero también, permiten echar luz sobre los factores estructurales, generales y de larga duración que la incubaron. En cuanto a lo primero, las investigaciones más serias disponibles nos indican que más que buscar en costumbres exóticas y lejanos mundos salvajes, debemos buscar los orígenes de la pandemia en prácticas globalizadas de producción y consumo. Estamos más bien ante un virus de origen industrial [6], diseminado y propagado por las más usuales prácticas y rutas del mercado mundial. Lejos de ser los causantes, los murciélagos desempeñan un incidental papel de reparto en una película cuya producción y realización general corresponde a la gran industria agroalimentaria global [7].

En su libro “Big Farms make Big Flu” [Las grandes granjas producen grandes gripes] (2016), el biólogo evolutivo y fitogeógrafo especialista en estudios de salud pública, Rob Wallace, apunta que, como consecuencia de la acelerada expansión agronegocio “El planeta Tierra se ha convertido ahora en la Granja del Planeta, tanto por la biomasa como por la porción de tierra utilizada (…) Como resultado, se están liberando muchos de estos nuevos patógenos que antes y durante largo tiempo se mantenían bajo control por los ecosistemas de los bosques, amenazando al mundo entero (…) La cría de monocultivos genéticos de animales domésticos elimina cualquier tipo de barrera inmunológica capaz de frenar la transmisión. Las grandes densidades de población facilitan una mayor tasa de transmisión. Las condiciones de tal hacinamiento debilitan la respuesta inmunológica. Los altos volúmenes de producción, un aspecto recurrente de cualquier producción industrial, proporcionan un suministro continuo y renovado de los susceptibles de ser contagiados, la gasolina para la evolución de la virulencia”.

En definitiva, el coronavirus emerge como síntoma de la expansión de los procesos de mercantilización hacia las últimas fronteras de la vida. La maquinaria agroindustrial está asfixiando la vida silvestre y la vida en sí. Estamos asistiendo a las últimas escenas del devenir plantación de la Tierra. Un proceso incesante y creciente de concentración (de la tierra, de los mercados, de los insumos y los productos), de simplificación y uniformización (biológica, de saberes, de sabores, de semillas, de alimentos, de consumidores) y de gigantismo (en las escalas y las unidades de producción, las infraestructuras de almacenamiento, procesamiento y transporte, y las distancias geográficas involucradas en los circuitos del agronegocio).

Del siglo XVI al siglo XXI hemos dejado que el régimen de plantación fuera demasiado lejos. Hoy es una pandemia. Una fábrica de pandemias [8]. Antes que una metáfora, la Gran Plantación es una figura que condensa la trayectoria histórica seguida por este modelo civilizatorio. Da cuenta de la metamorfosis que el capital ha operado sobre Gea en poco más de cinco siglos. Como tal, la figura de la gran plantación nos conecta directamente a los problemas de fondo de este modelo, a sus raíces filosóficas, ecológicas y ontológico-políticas.

La plantación, en efecto, es la institución económica y política que está en la matriz generadora de las formaciones sociales de América, pero también en la raíz de la producción capitalista de la Naturaleza, en general. Se trata de un régimen de propiedad y de poder (sobre la tierra y los cuerpos esclavizados) que delata las raíces coloniales y patriarcales del capitalismo.

Más que un tipo de producción agraria, la plantación es un régimen de relaciones sociales en sí mismo. Una tecnología política y ecológica de expolio de la vitalidad de los cuerpos y de la Tierra. La plantación es latifundio; vale decir, concentración de la tierra y el poder en pocas manos, y su contracara, despojo de mayorías de sus medios de subsistencia e imposición de regímenes diversos de trabajo forzado. La plantación es mercantilización/profanación de los alimentos; es dejar de concebir la labranza de la tierra para producir lo que nos nutre y lo que nos da vida, para, en cambio pensarla, diseñarla y dirigirla como medio de maximización de ganancias.

La plantación, por eso, es monocultivo; es erosión de la diversidad biológica, agrocultural y también inmunológica de los sistemas vivientes, incluidos los humanos. No es agri-cultura, sino su contrario: una forma de explotación de la tierra; una técnica de guerra contra la fertilidad del suelo. Agricultura es el arte humano de cultivar la tierra para producir su propio sustento vital, y al hacerlo, es el modo también de cultivar lo propiamente humano, lo que nos debería distinguir como especie. Agricultura es un metabolismo energético que se basa en el aprovechamiento de la energía solar captada a través de la fotosíntesis como medio de nutrición. El régimen de plantación, en cambio, nos ha llevado a comer petróleo; ha provocado un drástico colapso geometabólico, tanto a nivel de los suelos, como de los cielos. Eso que llamamos calentamiento global y cambio climático, es, en buena medida, un derivado del régimen de plantación.

Todos los trastornos ecológicos derivados del régimen de plantación, tienen su correlato en el plano ontológico-político. Y es que, la plantación, como tecnología política, se funda y supone la figura del conquistador. La plantación, la estancia, el latifundio, la Gran Granja, tienen su origen histórico y político en un individuo, varón y generalmente armado, que a fuerza de violencia se erige como dueño absoluto de la tierra. Piensa la tierra como de su propiedad. Y piensa a los cuerpos que trabajan la tierra para él, también como una extensión de su propiedad. Piensa el proceso económico no como sustento, sino como explotación; no como colaboración humana en el proceso de re-producción ampliada de la vida en el mundo y del mundo-de-la vida, sino como maximización de la rentabilidad.

En definitiva, al frente de la Gran Granja no hay un/a agricultor/a, sino un depredador. Ése es el gran problema de este modelo civilizatorio. La raíz -ecológica, económica y política- de nuestros males y la tragedia del presente. El régimen de plantación es la matriz de la necroeconomía del capital; una economía concebida y practicada como economía de guerra; guerra de conquista y de explotación de las energías vitales para la valorización abstracta. No en vano, la antropóloga Donna Haraway habla de nuestra Era, como la Era del Plantacionoceno. Una Era donde el humano se desconoce como humus, y empieza a comportarse como conquistador/depredador del mundo de la vida.

Por un tiempo, el coronavirus ha puesto en cuarentena al conquistador. Ha detenido la normalidad necroeconómica de la depredación. Ese parate, permite también que respire la biósfera y que resurja la bioeconomía. En lugar de provocar desorden, diríamos más bien que ha venido a ponerle un freno; está poniendo a nuestro alcance la posibilidad de tomar conciencia del caos antropológico y geológico que ha provocado nuestra “normalidad”, nuestro “orden”.

Así, en los umbrales del capitaloceno, un microorganismo nos viene a regalar la oportunidad de revalorizar la economía del cuidado y de volver a practicar una economía centrada en la reproducción de la vida. Nos invita a tomar conciencia de cuáles son realmente las actividades económicas esenciales, cuáles son los bienes y servicios vitales; y, en consecuencia, quiénes son la/ os trabajadora/es imprescindibles; aquellxs que sostienen y hacen posible nuestras vidas. Honrar tanto dolor, tantas muertes y tanto sufrimiento provocado por esta pandemia, significaría no desaprovechar las enseñanzas y las oportunidades de cambio que nos está ofreciendo.

5. Nutrir la tierra, sanar los cuerpos, alimentar comunidades políticas democráticas. Pistas para una salida más humanizada del Capitaloceno… (**)

En todas las divisiones [creadas por la Modernidad] veo que se repiten las mismas antinomias básicas: el ser humano como conquistador versus el ser humano como ciudadano/a biótico/a; la ciencia como afilador para su espada versus la ciencia como antorcha para explorar su universo; la tierra como esclava y sirviente versus la tierra como organismo o cuerpo colectivo”.

Aldo Leopold, 1949.

Deberíamos haber construido las civilizaciones de la huerta y el jardín –en vez de ello hemos levantado las economías de la mina a cielo abierto”

Jorge Riechmann, 2018.

Sin terminar de procesar la etiología de la pandemia, los análisis del presente están precipitadamente enfocados en cómo vamos a salir de la “crisis”. Tanto en lo económico como en lo político, predominan los discursos que hablan de la vuelta a la “normalidad”. No se termina de comprender la envergadura de la crisis; por tanto, no se cae en la cuenta que una “vuelta a la normalidad” no sólo no es posible, sino que tampoco sería deseable. Mientras que en lo económico el debate está planteado en términos de una todavía mayor intensificación neoliberal o un retorno a alguna forma de keynesianismo como presunta alternativa, en lo político las discusiones están centradas en torno al tipo de Estado (o de gubernamentalidad) que se están gestando. Las perspectivas críticas han centrado mayormente sus preocupaciones en los nuevos o mayores peligros que para la democracia y los derechos ciudadanos, se incuban en el gobierno de la crisis.

En su mayoría, las advertencias se han dirigido a marcar el sobregiro de la biopolítica hasta los umbrales de nuevas formas de totalitarismo digital. La concentración del poder de vigilar y castigar a manos del aparato estatal y cómo ese reforzamiento biotecnológico de seguimiento minucioso de la población, de lo que hace, piensa, dice, siente, y por dónde y cómo circula, que parece poner los cuerpos bajo regímenes de algoritmos autocráticos, ha hecho que se pongan todos los ojos en el “estado de excepción”, como si fuera ése el locus desde el cual se ejerce efectivamente el poder concentrado de hacer vivir y/o dejar morir.

Muy agudas para describir sus tecnologías, las miradas foucaultianas suelen ser, sin embargo, insuficientes para ver las raíces de ese poder totalitario en ciernes. No se vislumbra en toda su dimensión en qué medida, décadas de hegemonía neoliberal han reconfigurado la tierra en un sentido más bien hobbesiano; un mundo donde se ha exacerbado el individualismo competitivo, las desigualdades segregacionistas, el miedo y la violencia discriminatoria hacia las alteridades. En fin, un mundo donde la figura del conquistador ha impregnado los imaginarios como modo natural-izado de ser y estar en el mundo y como paradigma del “éxito” social y el sentido de la existencia. Y la verdad es que un mundo de conquistadores, donde encima ya queda poco y nada que conquistar, no es precisamente un ecosistema propicio para la vida democrática; incluso ni siquiera para la co-existencia pacífica.

A juzgar por los análisis sobre los impactos de la pandemia, la teoría política contemporánea parece seguir presa de los presupuestos antropocéntricos de origen. Sigue pensando lo humano como excepcionalidad. Sigue concibiendo la historia como exclusividad humana. Así, no atina a advertir en qué medida la salubridad de los regímenes políticos está radicalmente imbricada en la matriz de relaciones materiales y energéticas que el cuerpo social establece con la Tierra, como soporte básico primordial de la reproducción de la vida en general, y de las sociedades humanas en particular.

Desde nuestra perspectiva, además o más allá de las mudanzas en la estatalidad y/o en las formas de gubernamentalidad, los actuales acontecimientos y procesos en curso, requieren ampliar la mirada tanto a las raíces ecológicas del autoritarismo y la violencia política, como a las raíces políticas de la pandemia. Nos parece necesario percibir la pandemia misma como producto y síntoma del grado de descomposición de los sistemas políticos de nuestras sociedades contemporáneas.

Es decir, es preciso poder vislumbrar hasta qué punto las posibilidades de la democracia se empiezan a erosionar decisivamente en los procesos de concentración de la tierra y de monopolización de los flujos energéticos que nos constituyen como cuerpos vivientes, en particular, los flujos energético-alimentarios. Hasta qué punto la concentración de la capacidad de disposición sobre las dietas (el agua, las semillas, los saberes, los sabores), la uniformización y sobresimplificación genética y sociobiocultural de los territorios-poblaciones, son aspectos claves que están operando como vectores de fondo de las tendencias neofascistas del presente, la intensificación de la violencia racial, machista y clasista, el surgimiento de liderazgos autoritarios con apoyo electoral y la regresión general de los valores democráticos en las sociedades contemporáneas.

En este plano, se hace evidente que no estamos apenas ante una “crisis sanitaria” que ha desencadenado una crisis política o el peligro de los autoritarismos. La biopolítica opera sobre el trasfondo histórico y como contrapartida sistémica de la necro-economía. Esto significa que ni la pandemia es un “desastre natural”, ni estamos ante una enfermedad que apenas afecta a los cuerpos biológicos. La noción de Capitaloceno alude justamente a la idea de una crisis sistémica multidimensional; un evento límite que marca la crisis terminal de un modelo civilizatorio. La pandemia como síntoma del Capitaloceno está marcando la crisis terminal de la salud tanto de los cuerpos biológicos, como del propio cuerpo político, lo que a su vez remite a la crisis más general de la salud de la Tierra.

Como planteamos, en el meollo generador y desencadenante de esta crisis situamos el régimen de plantación; la matriz agroalimentaria moderna que progresivamente se fue imponiendo y mundializando como hegemónica a fuerza de cacerías de “brujas” y cercamientos, tráfico de cuerpos humanos esclavizados, masacres coloniales y neocoloniales para el despojo de tierras y la generalización de regímenes de trabajo forzado, misiones civilizatorias y campañas “nacionales” de conquistas de desiertos” contra los pueblos indígenas y campesinos del mundo.

Desde sus orígenes hasta nuestros días -con mayor intensidad a partir de mediados del siglo pasado-, la mundialización de esta matriz agroalimentaria hegemónica ha engendrado una ‘ontología (agro)tóxica’ cuyo flujo de insalubridad sistémica, circula entre la tierra, los cuerpos y las energías sociales siendo fuente de enfermedades biológicas, ecológicas y políticas. Desde una perspectiva de salud integral, un grupo de científicos hablan de una “sindemia global” para referir a los problemas correlativos y sinérgicos entre “obesidad, desnutrición y cambio climático” como efectos de este modelo (The Lancet, 2019). Desde la perspectiva de los pueblos originarios, se habla de «terricidio» [9] para referir al curso exterminista de este modelo civilizatorio en general, que incluye, claro, al régimen agroalimentario. A nuestro entender, ese concepto advierte muy bien sobre el papel clave de la violencia como combustible político de ese régimen y sobre sus consecuencias inseparablemente ecobiopolíticas.

Es en este contexto, en el epílogo de este derrotero histórico que cabe preguntarse: ¿qué tipo de democracia podemos aspirar en un mundo con híper-concentración de la tierra; en un mundo en manos de pocos dueños? ¿Qué tipo de pluralismo y respeto de la alteridad podemos esperar, ante la descomunal homogeneización de los ecosistemas, la uniformización de los paisajes y los sueños, el desmonte de la diversidad biológica y sociocultural del mundo? ¿Qué tipo de poder y de libertades queda en manos de sujetos individuales y colectivos cuyos principales bienes y servicios vitales se hallan bajo el control oligopólico de grandes maquinarias globalizadas de abastecimiento y producción de necesidades? La mercantilización del alimento y la apropiación concentrada de la tierra no sólo degrada la biodiversidad, el clima y las dietas; erosiona las condiciones más elementales de la democracia, al horadar los propios procesos de producción y sustento de las comunidades políticas.

-La comunidad (política) de vida, del origen a la ruptura

«Cada uno de nosotros, en nuestras relaciones mutuas, pasamos minutos en los que nos indignamos contra el credo estrechamente individualista, de moda en nuestros días; sin embargo los actos en cuya realización los hombres son guiados por su inclinación a la ayuda mutua constituyen una parte tan enorme de nuestra vida cotidiana que, si fuera posible ponerles término repentinamente, se interrumpiría de inmediato todo el progreso moral ulterior de la humanidad. La sociedad humana, sin la ayuda mutua, no podría ser mantenida más allá de la vida de una generación»

P. Kropotkin, 1902

La historia nos demuestra que producir común es el principio mediante el cual los seres humanos han organizado su existencia durante miles de años”.

George Caffentzis y Silvia Federici, 2018

Más allá de cuestiones formales, y de otras dimensiones, que es preciso tener en cuenta, la discusión por la democracia no puede omitir una teoría de la tierra, que involucre también una comprensión sobre nuestra vinculación específica como comunidades políticas con ella. Desde los orígenes de nuestra especie, producir la vida ha significado producir comunidad; porque la vida, materialmente hablando, es una producción; y una producción comunal. La vida específicamente humana es producción comunal en la Tierra, con la Tierra; de la Tierra. De ahí, la naturaleza intrínseca e insoslayablemente política de la condición humana, y también el carácter primordial que -en la modulación histórica concreta de lo político- tiene el vínculo que se establece entre una comunidad humana con la tierra en la procuración de su subsistencia.

Entendiéndola como un organismo vivo y complejo, como trama de interacciones inconmensurables en continuo devenir autopoético y simpoiético, la Tierra en su dinámica vital ha sido el útero material en cuyo seno se ha gestado la irrupción de nuestra especie. Entre otros millones de especies, fuimos misteriosamente habilitados a co-habitar este planeta y, desde esos orígenes, los procesos específicamente humanos no han dejado de estar radicalmente conectados y afectados a la dinámica geometabólica de la Madre-Tierra en general.

Históricamente, nuestro propio proceso de constitución como especie -hominización- no fue sino el resultado de esa interacción metabólica entre tierra y trabajo principalmente orientada a obtener y asegurar la alimentación. Así, a lo largo de miles de años, la humanidad se lanzó entonces a co-habitar y desplegar la aventura de la vida en la tierra, lo que primariamente implicó resolver el requerimiento básico de asegurarse la provisión de alimentos. Habida cuenta de sus transformaciones socio-cognitivas, estas colectividades humanas diversificaron sus prácticas alimentarias, ampliaron sus horizontes geográficos, y de forma paulatina echaron raíces en las más diversas geografías. De la selva al ártico, las poblaciones humanas se fueron asentando bajo el principio ecológico-político de priorizar la satisfacción de las necesidades alimentarias de todos los miembros de la comunidad.

La irrupción de la agricultura -entre 10.000 y 15.000 años atrás- no hizo sino intensificar ese vínculo inseparablemente material y simbólico de flujos energéticos y materiales entre tierra y trabajo, como matriz fundamental a través de la cual tuvo lugar la producción y el despliegue de la vida social humana. La diversidad ecológica de los territorios fue la materia prima a partir de la cual se fue moldeando la extraordinaria diversidad sociocultural de los pueblos. Desde tiempos inmemoriales, la diversidad de las dietas constituyó un elemento emblemático de las culturas. Las dietas, en efecto, expresan sintética e integralmente todos los aspectos y dimensiones del modo de vida de los pueblos: su cosmovisión, sus saberes, sus modos de organización del trabajo y de la cooperación social en general. Es en este sentido que los sistemas agroalimentarios constituyen un nudo vital -en el más literal de los sentidos- tanto en la configuración de las sociedades humanas, como comunidades políticas, como en la socialización de la Naturaleza, como modo humano de habitar la Tierra.

Como enseñan los estudios de antropología económica, más allá de esa extraordinaria sociobiodiversidad -o en el marco de la ella-, los sistemas agroalimentarios pre-modernos se estructuraron bajo el mismo principio compartido de organización comunal de la producción. Esto básicamente significa que el proceso general de producción social de la vida en estas comunidades estaba regido y regulado por los principios de reciprocidad y redistribución de las tareas y el goce de lo comúnmente producido.

Tales principios tenían el efecto de asegurar el balance energético entre todos los miembros -humanos y no-humanos- de la comunidad-de-vida. En concreto, reciprocidad y redistribución son la fórmula a través de la cual la comunidad es el alimento de sus miembros, así como cada miembro provee a su vez a la nutrición de la comunidad. Reciprocidad y redistribución se materializan en cadenas tróficas circulares y biodiversas, complementarias, donde el alimento fluye como medio de común-unión que hace al sustento de la vida.

La orientación prioritaria a la autoproducción para la satisfacción de necesidades vitales, tenía el efecto de regular los ritmos y niveles de producción, ajustándolos las posibilidades de los ecosistemas y los requerimientos energéticos básicos de cada miembro. Era lo que marcaba el límite, el freno que la comunidad humana tenía que considerar para que sus tasas de consumo energético no sobrecargaran los ecosistemas ni los cuerpos.

Estos principios básicos eran el soporte material y espiritual de estas agro-culturas; la clave de su economía y de su constitución política. Su efecto, el balance energético -lo que hoy llamaríamos justicia socioecológica-, era el modo de ajustar la producción a la vida (bio-economía) y era el modo (inseparablemente ecológico, económico y político) de (re)producir la comunidad política. De allí que, en estos sistemas comunales, el alimento y el trabajo (los flujos energéticos vitales) se concebían y producían más como bienes políticos antes que “económicos”; sus reglas de reparto y acceso estaban sujetas -como el mercado mismo- a la economía moral de la comunidad.

Por contraste, se torna evidente la gran fractura que involucró la transformación capitalista de la agricultura, con la irrupción del régimen de plantación. La Gran Transformación -como la nombrara Karl Polanyi- fue, en realidad, un proceso drástico y traumático de destrucción de la economía moral que hasta entonces regulaba el metabolismo social de la vida comunal. La ruptura de las reglas de reciprocidad y redistribución en términos comunales abrió paso a la economía de guerra; inauguró una era donde la producción de los medios de vida se transformó en una maquinaria de destrucción de las fuentes de vida y de producción de desigualdades abismales y crecientes, al interior de la población humana y entre ésta y el resto de las comunidades bióticas. Como sabemos, “producción” pasó a significar explotación; explotación de los cuerpos y de los territorios. La prioridad de las necesidades vitales, se suplantó por la ganancia como combustible de las subjetividades que dirigen el “aparato productivo”.

Los primeros estudiosos modernos del suelo, ya a mediados del siglo XIX, se percataron que la agricultura capitalista no era agricultura, sino una forma extrema de minería. En base a los estudios de Liebig, Marx habló de la ruptura metabólica que representó la irrupción del capital en las comunidades agrarias. La producción agraria se desentiende del sostenimiento de la vida; se producen commodities, no alimentos. El suelo deja de ser organismo vivo y pasa a ser tratado como cantera. En el principio desencadenante de esas transformaciones, tenemos la violencia expropiatoria que se ejerce sobre la tierra y los cuerpos; el alimento y el trabajo pasan a regirse bajo las reglas del mercado. En el colmo, dejar de orientarse por el valor de uso y orientarse al valor de cambio, fue como romper la brújula: echar a andar una maquinaria poderosa y veloz, pero sin rumbo y sin freno.

Las consecuencias de este proceso ya las sabemos: la destrucción de las economías comunales fue el punto de partida de la necroeconomía del capital. Por eso, más que ruptura, cabría decir que se trató de un profundo y drástico trastorno geosociometabólico. La irrupción del capital afectó los ciclos de vida, tanto a nivel geológico, como antropológico. Todos los desequilibrios que hoy vemos y padecemos tienen su raíz en ese trastorno originario.

Desequilibrios tróficos a nivel biosférico y de las comunidades humanas: eso que llamamos cambio climático, erosión de la biodiversidad y sexta extinción masiva de especies, crisis de los ciclos de nutrientes. Desequilibrios drásticos en el balance energético de los organismos humanos vivientes: a la geografía del hambre -advertida Josué de Castro- hay que sumar ahora la geografía de la obesidad, la geografía de la intoxicación y la geografía del cáncer. Y los desequilibrios en el cuerpo no son sino un reflejo de los desequilibrios en la Tierra. Vivimos inmersos en una geografía más que desequilibrada, desquiciada, que se nos muestra, de un lado como “planeta de ciudades miserias” (Mike Davis) y del otro, como un mar de “desiertos verdes” (Alimonda).

Pero, en el fondo de todos los desequilibrios, en la raíz generadora de este caos geo-sociometabólico está la propia di-solución de la comunidad política: la invención/creación de una sociedad de individuos, autoconcebidos como dueños absolutos de “sus vidas” y “sus propiedades”; llamados a transformarse en conquistadores; y que definen el sentido de su existencia en términos de un camino infinito de compra-venta.

La ruptura de las cadenas tróficas por los monocultivos, de las reglas de reciprocidad y responsabilidad mutua, la abstracción del valor, ha terminado así, afectando la conciencia de la interdependencia, la necesidad y la centralidad de la economía de cuidados y de crianza; la sensibilidad vital de la especie. Ha creado individuos que se creen el principio y el fin de todo. Que la vida empieza y termina con ellos. Que la felicidad es una ecuación de consumo. Que la vida de los demás y las relaciones con los demás –los de la propia especie y los de las otras especies- sólo valen en tanto y cuanto le reporten alguna utilidad/ganancia. En fin, individuos que creen que se valen por sí mismos, y que viven como si todo el mundo que le rodea le fuera absolutamente prescindente, in-significante, sólo medible por su precio.

En nuestro país, en nuestra región, tenemos un ejemplo dramático de estos procesos. La drástica transformación de las ecoregiones pampeanas y chaqueñas en un mar de soja, la abrupta y soterrada reconfiguración de la geografía política sudamericana para dar lugar a la constitución de la “república unida de la soja”, ha dado lugar a conformación de una “ciudadanía sojera”; una subjetividad sojera. Una subjetividad política que bien se ajusta a los moldes del individuo hobbesiano. He ahí la especificidad regional de la cepa viral que nos está infectando.

-Volver-nos humus… Para alimentar un nuevo horizonte político

«Hablar del fin del mundo es hablar de la necesidad de imaginar, antes que un nuevo mundo en el lugar de este mundo presente nuestro, un nuevo pueblo; el pueblo que falta. Un pueblo que crea en el mundo que deberá crear con lo que le dejamos de mundo»

Viveiros de Castro y Danowski, 2019

De alguna manera, el coronavirus nos devuelve la imagen del mundo que hemos creado y nos hemos creído. En la raíz de la necroeconomía del capital yace la antropología imaginaria de la filosofía política liberal y la “economía moderna”: el individuo “racional”, maximizador de sus intereses/utilidades, titular de “derechos” (básicamente derechos reales) y que ahora, en el epílogo de la carrera armamentístico-tecnológica, pretende controlar-lo todo a través de pantallas táctiles y algoritmos; el individuo que cree que todos los vínculos y las relaciones pueden reducirse a lo virtual y a la agenda de contactos de un celular; que el mundo digital es el presente y el futuro; ese individuo, encarnación de las elucubraciones de Hobbes y de Smith, es el que hoy está puesto en cuarentena.

Aislados, con medidas de “distanciamiento social”, acuartelados en las respectivas condiciones de clase; ensimismados y cada vez más enfrascados en el “mundo virtual” y la industria global del entretenimiento, el virus refleja la imagen de una sociedad perdida. Perdida en la historia y en el cosmos; pero también perdida como sociedad, como comunidad política. Porque la disolución de los principios de reciprocidad y redistribución, es la disolución misma de la sociedad humana como tal, como ámbito y sistema de con-vivencia política.

El desconocimiento de los vínculos y los flujos que nos obligan a la Tierra, que nos hacen ser seres terrestres, con-vivientes con la biodiversidad toda, en una comunidad de comunidades, ha llevado al desconocimiento de la propia sociabilidad intra-específica. Nos hallamos en el umbral de una crucial encrucijada civilizatoria: o seguimos por la senda del mundo hobbesiano que esta crisis develó, o nos atrevemos a avanzar por la senda contraria de re-crear y cultivar la comunidad, a cultivar un mundo de solidaridades ampliadas y de reciprocidades intensas, que esta crisis también ayudó a visibilizar en los mundos re-existentes, confinados a los márgenes.

Así, lo que está en juego no es apenas el grado de autoritarismo de los sistemas políticos, sino las condiciones elementales de reproducción de vidas humanamente reconocibles como tales. No es posible detener ola de autoritarismos y pulsiones neofascistas que degradan las democracias realmente existentes, sin des-adueñar el mundo. Sin restringir radicalmente los “derechos de propiedad”. Sin desmercantilizar los dos principales flujos energéticos en los que nos va la vida, el alimento y el trabajo, y sin desmercantilizar la tierra en sí, como la fuente primaria de todas las energías.

Hoy más que nunca se hace evidente que los principales desafíos políticos son eminentemente (agro-)ecológicos. El desafío pasa por la necesidad imperiosa de re-crearnos como comunidad política, para lo cual, resulta indispensable recomponer los flujos geosociometabólicos a fin de detener la devastación y empezar a recomponer la salud material y espiritual, de los cuerpos, de las sociedades humanas, y de la Tierra, como comunidad de comunidades. Necesitamos recuperar esa memoria ancestral que nos enseña que “producir común” es la ley de la vida, expresión de una racionalidad encarnada, arraigada; la razón justamente denegada por imperio de la Razón abstracta. Recuperar el saber transmitido por generaciones de que la salud de la tierra, de los alimentos, de los cuerpos y de las comunidades políticas forman todos una misma trama; son parte del complejo tejido de la vida.

Para (tener chances de) recuperar la democracia, necesitamos primero, sanar la Tierra. Volver a las prácticas agroculturales de cuidado, crianza, reciprocidad, mutualidad, respeto de la diversidad biológica y sociocultural. Es preciso re-aprender nuestro lugar en el mundo. Volver a re-conocer-nos como humus, hijas e hijos de la Madre Tierra, en comunión de interdependencia vital, existencial con la comunidad de comunidades bióticas que la habitan. Un camino así no es ni utópico, ni romántico, ni idealista. Es la topología de la vida que respira en los pueblos reexistentes; una topología marginal y acechada, sí, pero que confronta y nos muestra alternativas frente a la distopía hegemónica. Si tuviéramos la suficiente humildad epistémica, podríamos aprender de ellas y ellos. La situación de vulnerabilidad extrema en la que nos ha colocado un microorganismo debiera estimularnos a ello.

En su análisis sobre la crisis en curso, el investigador británico Naffez Ahmed plantea que “Superar el coronavirus será un ejercicio no solo para desarrollar la resiliencia social, sino también para reaprender los valores de cooperación, compasión, generosidad y amabilidad, y construir sistemas que institucionalicen estos valores”. Estos valores, remarca, no son simples construcciones humanas o preferencias ideológicas. Se trata en realidad de principios vitales y categorías cognitivas que orientan a la materia viviente en general en su curso de evolución y adaptación. En tanto principios ecológicos que orientan la dinámica de la evolución de la Vida en la Tierra, la reciprocidad y la solidaridad ampliada son hoy un requisito de sobrevivencia. Como ya en 1949 advertía el ecólogo norteamericano Aldo Léopold, precisamos entablar una relación ética con la Tierra, no ya para “salvar el planeta”, sino para recuperar nuestra propia condición humana. “Una ética de la tierra cambia el papel del Homo sapiens: de conquistador de la comunidad de la tierra al de simple miembro y ciudadano de ella. Esto implica el respeto por sus compañeros-miembros y también el respeto por la comunidad como tal” (“La ética de la tierra”, 1949).

Así, mientras no abramos la posibilidad de reconsiderar el estatuto ontológico, político y ético de la Madre Tierra, veremos vedado el camino hacia una sociedad plenamente democrática, que aspire de modo realista a conjugar justicia, libertad, igualdad y con-fraternidad.

En medio de tanto dolor, ante el panorama de tanto sufrimiento revelado y provocado, esta pandemia nos ha venido a ofrecer también, sin embargo, una acción terapéutica y una lección política. Nos ha mostrado el origen de nuestros males, de nuestra enfermedad civilizatoria. Pero nos ilumina también sobre caminos de sanación posibles. Nos muestra la posibilidad terapéutica de dejar de comportarnos como conquistadores y empezar a concebir-nos y comportar-nos como nobles y humildes cultivadores de la Madre-Tierra. Volver a reconocernos humus para alentar otros futuros posibles; horizontes que sean dignos de nuestro nombre.

Notas:

* Este artículo fue originalmente publicado por secciones en www.latinta.com.ar, bajo el título de La pandemia como síntoma del Capitaloceno.

(**) Este apartado fue escrito en co-autoría con Leonardo Rossi. Colectivo de Investigación Ecología Política del Sur –CITCA-CONICET.

[1] Agradezco al gran maestro y compañero, el Prof. Carlos Walter Porto-Goncalves, quien, en nuestras compartidas e intercambios de sentipensares, me acercara esta referencia de Levis-Strauss.

[2] Fritjof Capra, “La trama de la vida. Una nueva perspectiva de los sistemas vivos”. Barcelona: Anagrama, 1991.

[3] “El reloj, y no el motor de vapor, es la máquina clave de la moderna era industrial. (…) el reloj es una pieza de maquinaria cuyo “producto” son los segundos y los minutos. Merceda su esencial naturaleza, disocia el tiempo de los acontecimientos humanos y contribuye a generar la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticas mensurables: el mundo particular de la ciencia. (…) El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Hasta las funciones orgánicas acabaron reguladas por él… (…) El régimen industrial moderno podría apañárselas mejor sin el carbón, el hierro y el vapor que sin el reloj”. (Lewis Mumford, “Ensayos. Interpretaciones y pronósticos”. La Rioja: Pepitas de Calabaza, 2016 [1973].

[4] La teleonomía es la capacidad proyectiva de los organismos vivos, por la cual –incluso en sus formas más elementales y microbióticas- sus existencias se mueven y orientan en función de objetivos adaptativos. El conocimiento de este atributo se debe a las investigaciones del biólogo molecular Jacques Monod, publicadas en su obra “El azar y la necesidad” (1970).

[5] https://news.un.org/es/story/2020/03/1471562

https://sostenibilidad.semana.com/medio-ambiente/articulo/el-positivo-impacto-ambiental-que-ha-dejado-el-coronavirus/48932

https://www.bbc.com/mundo/noticias-51713162

https://es.greenpeace.org/es/noticias/asi-ha-bajado-la-contaminacion-durante-el-estado-de-alarma-por-el-coronavirus/

[6] Nafeez Ahmed, “Coronavirus, synchronous failure and the global phase-shift”, 2020. https://medium.com/insurge-intelligence/coronavirus-synchronous-failure-and-the-global-phase-shift-3f00d4552940

Véase también: Colectivo Chuang, “Contagio social. Guerra de clases microbiológica en China”, 2020 https://artilleriainmanente.noblogs.org/?p=1334&fbclid=IwAR36eLCYF4OenJfDDV7FvPv4B6UjzIi0MvfLeN96I0q6KMNGgJCNArIc11c

[7] Silvia Ribeiro, “El sueño de la razón: los hacendados de la pandemia”, 2020. http://www.biodiversidadla.org/Recomendamos/El-sueno-de-la-razon-Los-hacendados-de-la-pandemia

[8] Sólo en los últimos años, “entre los recientes patógenos emergentes y reemergentes de origen agrícola y alimentario, que se originan a través del dominio antropogénico, se encuentran la peste porcina africana, Campylobacter, Cryptosporidium, Cyclospora, Reston Ebolavirus, E. coli O157: H7, fiebre aftosa, hepatitis E, Listeria, Virus Nipah, fiebre Q, Salmonella, Vibrio, Yersinia y una variedad de variantes nuevas de la gripe, incluyendo H1N1 (2009), H1N2v, H3N2v, H5N1, H5N2, H5Nx, H6N1, H7N1, H7N3, H7N7, H7N9 y H9N.4 y H9N” (Wallace, R.; Liebman, A.; Chavez, F.; Wallace, Rodrick, “El COVID-19 y los circuitos del capital”, 2020). http://lobosuelto.com/el-covid-19-y-los-circuitos-del-capital-rob-wallace-alex-liebman-luis-fernando-chavez-y-rodrick-wallace/

[9] Dentro de un reclamo al Estado argentino, mujeres indígenas de diversas comunidades expresaron en 2019: “Llamamos terricidio al asesinato no sólo de los ecosistemas tangibles y de los pueblos que lo habitan, sino también al asesinato de todas las fuerzas que regulan la vida en la tierra, a lo que llamamos ecosistema perceptible. Esos espíritus, son los responsables de que la vida continúe sobre la faz de la tierra y ellxs están siendo destruidos conjuntamente con su hábitat” (https://bit.ly/3cFsskA)

Horacio Machado Aráoz. Colectivo de Investigación de Ecología Política del Sur (CITCA-CONICET-UNCA)

Fuente: https://rebelion.org/pandemia-sintomatologia-del-capitaloceno/

 

 Alternativas emancipatorias

 

Es clave argumentar y probar como falacias a justificaciones y convocatorias de progresismos. Implica suscitar la adquisición de conciencia colectiva e individual sobre rumbos real y efectivamente emancipatorios. Porque, a diferencia de los sesenta y setenta, los desafíos contemporáneos interpela a lo mejor de cada cual y de todes los integrantes de los pueblos para posibilitar las creaciones e iniciativas implícitas en las construcciones de los buenos vivires. También hoy es cuestión vital la decolonialidad del poder y el saber, así como apreciar las cosmovisiones, prácticas y luchas campesinas e indígenas.

 

Es preciso "un cambio a nivel sociometabólico que implica un cambio radical en las subjetividades, las sensibilidades y las sociabilidades. Un cambio eco-socialista implica nuevos sujetos; no lo sujetos sujetados a las cadenas de la producción y el consumo fetichista. Hombres nuevos y mujeres nuevas capaces de recrear sus relaciones de comunalidad, reciprocidad, diversidad y complementariedad".

 

Ecología política de los regímenes extractivistas. De reconfiguraciones imperiales y re-ex-sistencias decoloniales en Nuestra América

Bajo el Volcán, año 15, número 23, septiembre 2015-febrero 2016

Horacio Machado Aráoz

 

(...) Los movimientos del Buen Vivir y el desafío de la descolonización

La construcción del socialismo es para nosotros razón de vida… No se trata sólo hoy ya de un impulso político, moral, ético, ideológico. Se trata, mucho más que eso, de salvar la vida en este planeta. Porque el modelo capitalista, el modelo desarrollista, el modelo consumista que desde el Norte han impuesto al mundo, está acabando con el planeta Tierra.” (Comandante Hugo Chávez, Cumbre contra el alca, Mar del Plata, Argentina, noviembre de 2005). Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. […] No es el dominio de la naturaleza, sino el dominio de la relación entre naturaleza y humanidad (Walter Benjamin, Sentido único, 1928).

Una de las más habituales (y antiguas) falacias que se esgrimen para justificar las políticas de explotación de la Naturaleza es la que las presentan como “medio necesario” para la “superación de la pobreza”. Paradójicamente, en nuestros días, este tipo de argumentos ha aunado el campo de las prácticas gubernamentales, borrando las fronteras ideológicas entre izquierda y derecha. Particularmente en estos tiempos, el extractivismo ha sido asumido como política de Estado, tanto para gobiernos de la “derecha pura y dura”, como para los gobiernos dichos de “centro-izquierda”, de “izquierda” y hasta “revolucionarios”. Si bien el argumento de justificar la explotación, de acelerar el crecimiento como medio para “combatir la pobreza” es de origen típicamente conservador y neoliberal, en la actualidad ha cobrado notoriedad y se ha instalado como pensamiento hegemónico de la mano de los gobiernos progresistas. Los gobiernos de “izquierda”, en general, se han mostrado especialmente inescrupulosos, insensibles y violentos en materia socioambiental, incluso tanto como los propios gobiernos férreamente alineados a Washington. Bajo sus gestiones, la retórica “redistribucionista” se ha mostrado mucho más peligrosa en materia de violación de derechos y devastación ecológica que otras variantes ideológicas, puesto que todo atropello socioambiental aparece “suficientemente justificado” cuando su “fin último” es “redistribuir la riqueza”. Y

 así, emulando a las viejas oligarquías del siglo xix, que surgieron apropiándose de territorios y explotando a las poblaciones despojadas, racializadas, mediante la imposición de la idea de “Nación” y el imperativo del “progreso”, las fuerzas progresistas gobernantes en América Latina –igual que los gobiernos ultra-conservadores– asumen como propia una concepción sacrificial-desarrollista del territorio. Frente a ellas, enfrentadas al conjunto del espectro ideológico político de los gobiernos, los movimientos socioambientales parecen ser los únicos sujetos colectivos que impugnan y cuestionan la vía del crecimiento extractivista adoptado. Desde las propias comunidades campesinas y de pueblos originarios, desde localidades pequeñas y medianas afectadas y/o amenazadas por distintas expresiones del extractivismo (extensiones de monocultivos con el uso de agrotóxicos, proyectos de mega-minería, de fracking, o de grandes infraestructuras que involucran una alteración radical de sus espacios de vida), emergen nuevos sujetos sociales constituidos, en principio, en oposición a la avanzada extractivista. Sus demandas y planteos no son asimilables a las ofertas del sistema, de plegarse a los “beneficios del crecimiento con inclusión social”.

Las promesas de empleo, de mejores salarios, de planes sociales, no alcanzan en estos casos para cambiar las posturas de rechazo. Más que alternativas de desarrollo, estos nuevos sujetos están planteando la necesidad de pensar (y construir alternativas al desarrollo; más que luchar por un proceso revolucionario en términos clásicos, están pujando por una profunda migración civilizatoria). En definitiva, lo que los movimientos del Buen Vivir vienen a expresar en términos políticos es una profunda demanda de cambio civilizatorio; no apenas de “perfeccionamiento” de los mecanismos de “inclusión social” de una sociedad estructuralmente constituida en torno a la súper-explotación. No se trata de “ambientalistas”, si por ello –desde la ignorancia o desde la mala fe– se pretende asimilarlos a los conservacionismos elitistas de diverso tipo acuñados desde el Norte.

Tampoco se trata de “minorías étnicas” o de “romanticismos indigenistas”, como desde el poder se busca acotar o deslegitimar el proyecto político del “Buen Vivir”. Se trata, por el contrario, de colectivos diversos, altamente heterogéneos, pero políticamente aunados y organizados en torno a la “prosaica” lucha por la sobrevivencia. Colectivos afincados en territorios amenazados; movilizados, en principio, por la resistencia a las agresiones de esta última ola de modernización colonial: que han visto amenazadas sus fuentes de agua, sus bases alimentarias, la salud de sus entornos: la de sus hijos y la de sus propios cuerpos.

Los movimientos del “Buen Vivir” nacen y están surgiendo literalmente de la lucha por la sobrevivencia; de la lucha contra el hambre, contra la expropiación y la intoxicación. Como todas, son identidades en tránsito; involucradas sí, distintivamente, en un arduo ejercicio de convivencia horizontal y diálogo de saberes. Vienen migrando desde antiguas rotulaciones (“pueblos originarios”, “campesina/o”, “trabajadora/es”, “urbanos”, etc.) porque sus modos de vida se han tornado prácticamente insostenibles; compelidos por las circunstancias a re-existir en y desde la resistencia. Su irrupción supone un crucial desplazamiento en el eje ideológico-político de la cuestión ecológica global. Sus planteos conectan la crítica a la lógica insustentable de la modernización de la Naturaleza con la crítica a la organización colonial del sistema- mundo moderno.

Dicho en otros términos, lo que estos movimientos introducen como novedad es la inscripción de la crisis ecológica en el campo más amplio de la historia política de la expansión imperialista del capital; ponen sobre el tapete una visión en la que el colapso de la Naturaleza se concibe como un problema indisociable y derivado del capitalismo y el colonialismo modernos.

Puesto en estos términos, lejos de ser los “enemigos” de los “gobiernos de izquierda”, los que “le hacen el juego a la derecha” o se comportan como “agentes solapados del imperialismo”, los movimientos del Buen Vivir, vienen, en realidad, a reinstalar la agenda de la revolución. Lejos de obstruir la gestión de los gobiernos progresistas, les están ofreciendo una brújula histórica que les permita salir de sus propios atolladeros; una orientación para retomar el sentido perdido de la emancipación/descolonización; el objetivo de (crear) el socialismo del siglo xxi.

 Los movimientos del Buen Vivir vienen a advertir que el progresismo es colonialismo –filosofía colonial eurocéntrica en estado práctico– y que las “políticas de crecimiento” no nos alejan del capitalismo, sino que nos hunden en sus fauces cada vez más. Vienen a aclarar también que no hay “superación de la pobreza”, ni superación del colonialismo, ni de la crisis ecológica global, dentro de los horizontes civilizatorios del capitalismo. Por tanto, vienen, en definitiva, a ofrecer nuevas pistas sobre cómo re-crear, renovar la idea (y la tarea histórica) de la revolución. Pensada en términos eco-socialistas, la idea de revolución no puede ser estrechamente definida en términos de un cambio superficial en el régimen de propiedad, sino que precisa ir más allá, a la raíz de la dominación/alienación, y pensar la revolución como un radical cambio sociometabólico; un cambio integral en los modos de concepción –realización de los flujos energético-materiales entre la humanidad y la Madre Tierra, para dirigir los esfuerzos y la capacidad productiva en su conjunto a la preservación–sustentación de la Vida y no ya a la alocada y ciega carrera del productivismo, la acumulación sin-fin y como fin-en-sí.

Cambiar el sociometabolismo del capital por el sociometabolismo del Buen Vivir quiere decir, básicamente, producir una profunda e integral mudanza civilizatoria, que nos haga (re)tomar conciencia de hasta qué punto los seres humanos somos naturaleza, vivimos de ella y con ella. En términos materiales, políticamente concretos, esto significa un profundo y radical cambio en el régimen energético: salir del régimen insustentable de la energía mineral, fosilista, para avanzar en la construcción de regímenes neguentrópicos (Georgescu Roegen, 1996; Martinez Alier, 2004).

Y más allá de las cuestiones tecnológicas concretas involucradas en un radical cambio de matriz energética, no hay sociometabolismo sostenible, no hay economías neguentró- picas si no se da una resolución a la crucial cuestión de los límites. En tal sentido, Buen Vivir, viene a re-centrar la(s) (bio) economía(s) en el eje de los valores de uso. No hay salida a la alienación y a la crisis ecológica si la finalidad de la producción sigue estando bajo el dominio de la ley del valor; la (i)racionalidad de la acumulación justamente no acepta límites. En términos políticamente concretos, pensar bio-económicamente la cuestión de los límites, implica des-colonizar(-nos) los sistemas productivos, los cuerpos, los deseos, los imaginarios, la sensibilidad y los sentidos estéticos, éticos y filosóficos del horizonte maquínico del industrialismo, el productivismo y el consumismo. En definitiva, los movimientos del Buen Vivir están imaginando la revolución, en el mismo sentido que Walter Benjamin: no como la “locomotora de la historia”, sino como su “freno de emergencia”. Un cambio en el sociometabolismo histórico entre la humanidad y la Madre Tierra que vaya en el sentido de reconducir los procesos productivos hacia la preservación y el cuidado de la Vida, no puede hacerse profundizando el metabolismo necro-económico del capital, su destructividad sistémica, sino deteniéndolo. Pensada como cambio sociometabólico, la revolución ecosocialista implica no sólo un cambio en la propiedad de los medios de producción; sino un cambio en el concepto mismo de propiedad, basado en la conciencia de que no puede haber ningún tipo de “propiedad” sobre la Madre Tierra. Esto, concretamente, quiere decir que no se puede avanzar más en la mercantilización de la naturaleza, sino que más bien tenemos que detenerla; y que, desde la desmercantilización de la naturaleza es preciso migrar hacia un nuevo régimen de la Naturaleza como Bien Común.

Revolución (eco) socialista no es “distribuir equitativamente” la “propiedad”, ni mucho menos, apenas “los ingresos”; es suprimir el régimen de propiedad. Al mismo tiempo, cambiar el régimen de propiedad implica un cambio en los modos de producción, en los productos, en las tecnologías y los procesos productivos todos; en el sentido mismo de la producción y en los criterios y patrones de consumo; cambios, por tanto, en la concepción y organización del trabajo social. La revolución como cambio sociometabólico implica entonces un profundo cambio civilizatorio. No se trata apenas de “redistribuir la riqueza”, de aplicar políticas redistributivas, sino de operar una profunda, radical, integral transformación material y simbólica en los parámetros sociales vigentes de lo que se entiende por “riqueza”.

En un sentido eco-socialista, en el lenguaje del Buen Vivir, luchar por un justo reparto de la riqueza no es luchar por aumentos salariales, por empleos dignos (lo que, en términos estrictamente marxistas, es una contradicción en sus propios términos) ni por el incremento del “poder adquisitivo”; más bien, va en la dirección de exigir/realizar la restitución de la Madre Tierra como Bien Común, la institucionalización del usufructo común, socializado, equitativo y democrático de los medios de vida. La lucha por el incremento y el reparto justo de la riqueza es la lucha por la ampliación y la distribución equitativa del tiempo libre disponible; por una economía de esfuerzos y energías, orientadas al cuidado y la reproducción ampliada de la Vida. Para ello, fundamentalmente, decisivamente, un cambio a nivel sociometabólico implica un cambio radical en las subjetividades, las sensibilidades y las sociabilidades. Un cambio eco-socialista implica nuevos sujetos; no lo sujetos sujetados a las cadenas de la producción y el consumo fetichista. Hombres nuevos y mujeres nuevas capaces de recrear sus relaciones de comunalidad, reciprocidad, diversidad y complementariedad.

El Buen Vivir evoca e invita a ese cambio; un cambio radical, una auténtica migración civilizatoria. No se trata de un ideario equiparable o asimilable al “desarrollo”; más bien todo lo contrario. Buen Vivir invita a re-crear la revolución en términos de la re-apropiación colectiva del trabajo, de sus medios y de sus frutos; re-crear la comunalidad para re-apropiar-nos políticamente de los procesos productivos, de los medios fundamentales de la Vida y del sentido de la Vida. Buen Vivir es, en definitiva, un camino y una apuesta a producir, inventar una nueva Era en la historia de la humanidad; la Era de la Justicia y la Fraternidad como condición para la Libertad plena. Pues, como enseñó Marx la libertad en este terreno, sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana (Marx, 1867).

Bibliografía

Fuente: http://ecologiapoliticadelsur.com.ar/uploads/filemanager/Ecologia%20pol%C3%ADtica%20de%20los%20reg%C3%ADmenes%20extractivistas%20-Machado%20A.pdf

En consecuencia, la «reforma agraria integral» arraiga en "un cambio a nivel sociometabólico que implica un cambio radical en las subjetividades, las sensibilidades y las sociabilidades. Es un cambio eco-socialista que lo realizarán nuevos sujetos; no lo sujetos sujetados a las cadenas de la producción y el consumo fetichista. Hombres nuevos y mujeres nuevas capaces de recrear sus relaciones de comunalidad, reciprocidad, diversidad y complementariedad".Liberarse del Capital Estado no es sólo organización, lucha para los trabajadores: es reconocer sus singulares subjetividades colectivas e individuales.

Crisis civilizatoria y la construcción descolonizadora del saber desde el “mandar obedeciendo”: la actualidad de Mariátegui.

 

Samuel SOSA FUENTES

Universidad Nacional Autónoma de México, México

Utopía y Praxis Latinoamericana, vol. 22, núm. 77, 2017

Universidad del Zulia

Recepción: 09 Enero 2017

Aprobación: 29 Marzo 2017

Resumen: La actual crisis civilizatoria del proyecto de la racionalidad-modernidad capitalista, se evidenció objetivamente en el agotamiento y ruptura de los paradigmas epistemológicos eurocéntricos que pretendieron ser universales y superiores frente a los demás conocimientos de la diversidad humana. En América Latina, estamos inmersos en un proceso de lucha hacia nuevas construcciones sociales anticapitalistas y por un conocimiento propio expresado en el movimiento indígena mexicano del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional. Aquí, las reflexiones filosófico-políticas de Mariátegui sobre la necesidad de construir y consolidar un pensamiento y proyecto social latinoamericano han quedado comprobadas en el EZLN al ejercer de facto sus formas autónomas de gobierno, productivas, educativas y de justicia social.

INTRODUCCIÓN

En el marco de la magna celebración del 90 aniversario de uno los sucesos más importantes, creativos y valiosos de la producción del ensayo político, filosófico, cultural y literario latinoamericano del siglo XX, como lo fue, de manera incuestionable, la creación de la Revista Amauta (1926-1930), fundada y dirigida por José Carlos Mariátegui, las reflexiones y objetivos de la presente ponencia, que versa sobre la actual importancia política y reveladora vigencia del pensamiento de José Carlos Mariátegui en los actuales procesos y temas globales como la crisis civilizatoria y la construcción descolonizadora de los saberes indígenas –expresados, hoy día, en las prácticas emancipatorias del “mandar obedeciendo” en los territorios autónomos creados por el movimiento indígena zapatistas en México-, nos confirman, por un lado, que a lo largo de la historia del pensamiento sociopolítico latinoamericano, es con Mariátegui, nuestro gran Amauta latinoamericano y universal, que inician las reflexiones y ensayos por repensar y redimensionar a la identidad del ser y la cultura latinoamericana, y lo hace planteando una revaloración y recuperación de lo nuestro, asentado en la gran diversidad de los pueblos y comunidades indígenas, pero concebido como un proceso social de lucha y resistencia creativa por la liberación de su condición histórica de exclusión, explotación, marginación y etnocidio que la colonialidad del saber y el poder del capitalismo mundial le impuso. Y, por el otro, porque afirmamos, de manera categórica, que en el pensamiento y la obra de Mariátegui se encuentran las primeras visiones críticas y análisis político más importantes y avanzados, dentro del pensamiento marxista en América Latina, por construir y consolidar un pensamiento crítico social nuestro y auténtico latinoamericano y, que a la vez, cuestione y rechace radicalmente la influencia y la hegemonía de la colonialidad del pensamiento social eurocéntrico y anglosajón que se impuso en Nuestra América.

Por ello, hoy día, para una cabal comprensión de la magnitud planetaria de los nuevos procesos, dinámicas y transformaciones globales producidas por la actual crisis sistémica y civilizatoria del capitalismo mundial, cuyas derivaciones múltiples ha puesto en entredicho la continuidad misma del proceso de la vida humana y de la naturaleza tal y como lo conocemos en el planeta, así como la apremiante e indiscutible necesidad de replantear nuevos paradigmas y un saber epistémico alternativo a la racionalidad del pensamiento eurocéntrico que, desde el contexto de nuestra historia, nuestra cultura y nuestros saberes latinoamericanos, expliquen y resuelvan los problemas concretos de nuestra realidad social, nos lleva y exige, de manera axiomática, a retomar los análisis y reflexiones políticas que sobre estos trascendentales temas hizo el pensador social más completo y original del pensamiento marxista de creación latinoamericana: José Carlos Mariátegui.

Sobre todo, porque, a lo largo de su vasta obra política, fueron temas que Mariátegui analizó y desarrollo con gran percepción crítica de su tiempo presente y, a la vez, con una visión política que se adelantó a su temporalidad y espacialidad histórico/social y que, hoy día, resultan un referente esencial para el conocimiento integral y crítico de los presentes y futuros transcursos y dinámicas de cambios en el devenir de la historia social, cultural, sociopolítica y medioambiental de Nuestra América y, a la vez, un eje esencial para explicar, desde abajo y a la izquierda –desde la subalternidad antisistémica-, el gran significado histórico-cultural y geopolítico-territorial de las actuales luchas sociales de los movimientos indígenas latinoamericanos por la construcción de Otro mundo posible, necesario, no capitalista y de liberación nacional.

De este modo, el objetivo de las presentes notas es, por un lado, explicar la proyección actual de las reflexiones políticas de José Carlos Mariátegui sobre el significado de la crisis capitalista mundial, concebida también por el Amauta como una crisis civilizatoria y, por el otro, destacar la gran importancia teórica, política e histórica que Mariátegui le daba a la tarea de construir un pensamiento auténtico latinoamericano, y de crear una nueva epistemología no eurocéntrica y basada en la inclusión de los saberes y las cosmovisiones indígenas en Nuestra América. Situación que actualmente, como bien sabemos, se evidencia a través de los avances, límites y logros alcanzados por el movimiento indígena zapatista en su práctica y derecho a ejercer, de facto, sus formas de gobierno, sus formas productivas, sus formas educativas, sus formas de justicia e igualdad social y en sus formas de hacer y ejercer su autonomía expresadas en la fundación de los territorios y municipios autónomos del movimiento indígena zapatistas, del EZLN. Comprobando, finalmente con ello, la extraordinaria actualidad y certidumbre del pensamiento de José Carlos Mariátegui en la segunda década del siglo XXI.

1. CRISIS CIVILIZATORIA

En primer lugar, podemos afirmar en una visión general, que la actual crisis del capitalismo mundial nos comprueba, categóricamente, la crisis y ruptura social mundial y terminal de la era del neoliberalismo 1 expresada, íntegramente, en el colapso y derrumbe de la racionalidad económica de la “superioridad de las capacidades y virtudes del universalismo del mercado”, en el agotamiento y quiebre de la ideología del “fin de la historia y el triunfo de la democracia occidental” y, de manera innegable, en la actual crisis y recomposición del orden político mundial, producido por la crisis de la hegemonía de los Estados Unidos, expresado en las actuales disputas inter-imperialistas por la hegemonía mundial. Pero, sobre todo, este proceso nos reveló que estamos asistiendo, no sólo a la más grave, prolongada e inédita crisis económica del capitalismo como sistema histórico, sino a la crisis integral del proceso humano.

En realidad, vivimos y asistimos al fin de una época y estamos ante la presencia de una profunda bifurcación histórica –en el tiempo y en el espacio- de las diversas formas y dilemas de coexistencia y/o supervivencia del proceso civilizador mundial que, como señalara, en diversos momentos, el Amauta hace más de 85 años, han puesto en riesgo global la continuidad misma de la existencia de la civilización humana. Mariategui, en un primer momento, lo dice así:

En la crisis mundial [actual] se están jugando los destinos del mundo” 2 . “Sobre la necesidad de difundir el conocimiento de la crisis mundial…presentar al pueblo la realidad contemporánea, explicar al pueblo que…en esta gran crisis contemporánea no es un espectador; es un actor…a suceder a la declinante, a la decadente, a la moribunda civilización capitalista, individualista y burguesa...Es la crisis de las instituciones de la civilización occidental…ahora en un periodo de crisis definitiva, de crisis total…La crisis mundial es, pues, crisis económica y crisis política. Y es, además, sobre todo, crisis ideológica…Éste es, indudablemente, el síntoma más grave de la crisis, es el indicio más definido y profundo de que no está en crisis únicamente la economía de la sociedad burguesa, sino de que está en crisis integralmente la civilización 3 .

En un segundo momento y espacio, Mariátegui, en una trascendente polémica, anticipa las características centrales de lo que, hoy día, constituye la mundialización del capital financiero internacional y, de manera específica y lúcida, la disputa inter-imperialista entre grandes intereses económicos y financieros del capital corporativo transnacional por el control y la hegemonía de la economía mundial y el mercado internacional. Mariátegui, expone:

Después de la guerra [la primera mundial], todo ha cambiado. La riqueza social europea ha sido, en gran parte, destruida…A los Estados europeos para reconstruirse les precisa un régimen de rigurosa economía fiscal, el aumento de las horas de trabajo, la disminución de los salarios, en una palabra, el restablecimiento de conceptos y de métodos económicos.” 4 “El régimen burgués, el régimen individualista, libertó de toda traba los intereses económicos. El capitalismo, dentro del régimen burgués, no produce para el mercado nacional; produce para el mercado internacional. Su necesidad de aumentar cada día más la producción lo lanza a la conquista de nuevos mercados. Su producto, su mercadería no reconoce fronteras; pugna por traspasar y por avasallar los confines políticos. La competencia entre los industriales es internacional… además de los mercados, se disputan internacionalmente las materias primas…La circulación del capital, a través de los bancos, es una circulación internacional…el liberalismo económico que consintió a los intereses capitalistas expandirse, conectarse y asociarse, por encima de los Estados y de las fronteras… pretende franquear el paso libre de las mercaderías en todos los países… ¿Cuál era la causa de su librecambismo? Era la necesidad económica de la industria de expandirse libremente en el mundo. El capitalismo encontraba un estorbo para su expansión en las fronteras económicas y pretendía abatirlas… El librecambismo era una ofensiva del capitalismo británico, contra los capitalismos rivales. En realidad, el capitalismo no podía dejar de ser internacional porque el capitalismo es por naturaleza y por necesidad imperialista…crea una nueva clase de conflictos históricos y conflictos bélicos…no entre las naciones, no entre razas, no entre las nacionalidades antagónicas, sino los conflictos entre los conglomerados de intereses económicos e industriales 5 .

Finalmente, en nuestro presente sistema-mundo, las complejas y múltiples derivaciones negativas y depredadoras de la actual crisis civilizatoria en la economía y sociedad internacional, en los Estadosnaciones y sus sistemas de partidos políticos y democracias representativas, en el medio ambiente y en las áreas geo-culturales e identitarias, nos confirman, claramente, que estamos en presencia de una crisis capitalista que rebasa, significativa y ampliamente, su caracterización e interpretación como una crisis exclusivamente económico-financiera global y, cuyas respuestas, por tanto, se busquen también dentro de estos límites reduccionistas del análisis económico. Ello se evidencia, precisamente, en la concepción e interpretación que los economistas neoliberales y neokeynesianos hacen de la actual crisis civilizatoria, determinándola como una más de las crisis económicas cíclicas o recurrentes de sobreproducción inmanentes a la historia del capitalismo, o bien, caracterizándola como una crisis coyuntural, pasajera y exclusivamente económico-financiera y, en consecuencia, sus respuestas y soluciones se deben buscar y/o manejar, siguiendo el credo y la doctrina neoliberal, dentro del análisis económico con nuevos esquemas de regulación financiara. Sin embargo, la realidad y magnitud integral de la actual crisis civilizatoria rebasa y supera, radicalmente, tanto la interpretación falaz de una crisis estrictamente económica y coyuntural, como la explicación, manejo y búsqueda de la solución a crisis dentro de la teoría y el análisis económico neoliberal que, de manera evidente, resultan obsoletos. Al respecto, Mariátegui, en un tercer momento, nos revela el encubrimiento y la falsedad de dicha explicación, hoy neokeynesiana y neoliberal, a través de su crítica a la solución exclusivamente económica de la crisis mundial que propuso, en su momento, el economista inglés, John Maynard Keynes. El Amauta, señala:

Aunque no ha descubierto la decadencia de la civilización occidental…el pensamiento de Keynes localiza la solución de la crisis europea en la reglamentación económica de la paz. En su primer libro escribía, sin embargo, que ‘la organización económica, por la cual ha vivido Europa occidental durante el último medio siglo, es esencialmente extraordinaria inestable, compleja, incierta y temporaria’. La crisis, por consiguiente, no se reduce a la existencia de la cuestión de las reparaciones y de las deudas interaliadas. Los problemas económicos de la paz exacerban, exasperan la crisis; pero no la causan íntegramente 6 .

Así y todo, podemos concluir, afirmando que la complejidad de los actuales procesos globales de cambio nos confirman, por un lado, la crisis terminal e irreversible de los fundamentos filosófico-políticos e ideológicos y de las bases económico-sociales y culturales que dieron sustento, por más de 500 años, al proceso de imposición y dominación de la racionalidad instrumental moderno-capitalista y, por el otro, nos comprueba que el agravamiento y prolongación de la crisis sistémica del capitalismo mundial, no solo provocaron crisis múltiples interconectadas globalmente que, a su vez, produjeron los mecanismos que conformaron los factores de la actual crisis civilizatoria, sino sobre todo, han conllevado al conjunto de la humanidad y al entorno natural y ambiental al riesgo irreversible de su destrucción. En relación a ello, José Carlos Mariátegui, nos expone un agudo y conclusivo escenario mundial de una extraordinaria vigencia y actualidad en la segunda década del siglo XXI:

Las crisis financieras, como las crisis industriales, son inherentes a la mecánica del capitalismo. Y la estabilización capitalista no importa, bajo ningún aspecto, su atenuación temporal. Por el contrario, todo induce a creer que en esta época de monopolio, trustificación y capital financiero, las crisis se manifestarán con mayor violencia.” 7 “Vivimos, en suma, una época dramática de la historia del mundo…Presenciamos actualmente la desintegración de la sociedad vieja; la gestación, la formación, la elaboración lenta, dolorosa e inquieta de la sociedad nueva. Todos debemos fijar hondamente la mirada en este período trascendental, fecundo y dramático de la historia humana. Porque, repito, en esta gran crisis se están jugando los destinos del mundo. Y nosotros somos también una partícula del mundo 8 .

2. LA ACTUAL CONSTRUCCIÓN DECOLONIZADORA DE LOS SABERES INDÍGENAS Y LA VIGENCIA DEL PENSAMIENTO DE MARIÁTEGUI

Desde las últimas tres décadas del siglo XX hasta nuestro tiempo presente, América Latina ha presenciado la renovación de la teoría y el pensamiento social crítico y descolonizador y, de manera paralela y reveladora, el surgimiento de nuevos saberes y cosmovisiones representados en el resurgimiento de los movimientos indígenas con gran influencia e incidencia política en la construcción alternativa de una nueva democracia horizontal y deliberativa en la región, pero, sobre todo, con propuestas políticas que representan una nueva forma de pensar y resinificar en la praxis social, los valores de la identidad cultural, la igualdad social y el reconocimiento a la diferencia, del respeto a todas las formas de la diversidad y, sobre todo, el derecho a la autonomía, es decir, movimientos indígenas que intentan superar tanto las formas tradicionales de la democracia liberal electoral e institucional como las actuales formas y estructuras obsoletas -y en crisis permanente- de los sistemas políticos latinoamericanos, mediante la construcción nuevas forma de participación social directa, plural e incluyente.

Los movimientos indígenas en América Latina se han transformado en el proceso mismo de sus prácticas de socialización colectiva, más cercanas a su realidad concreta que aquellas –las del progreso y desarrollo infinito de la modernidad capitalista- que promueven un proyecto político verticalista, jerárquico y de control social propio del Estado-Nación y de los partidos políticos. Ello se explica así, porque entre los nuevos movimientos sociales y las políticas del Estado-nación, existen concepciones, dinámicas y procesos de construcción social abismalmente distintas y con objetivos sociopolíticos y culturales diametralmente opuestos.

Finalmente, un factor de gran importancia sociopolítica a destacar es que, en el ámbito de la investigación y el pensamiento social, la emergencia de los movimientos indígenas “han abierto un amplio espectro de reflexión académica que en algunos casos ha problematizado la tradicional relación entre el conocimiento y la práctica social. En América Latina es evidente que el terreno de los movimientos sociales ha ido configurando también un nuevo “lugar” para la ciencia social, planteando retos a todas las disciplinas” 9 . Pero, más importante aún, es que con el resurgimiento de lo indígena y sus proyectos alternativos al capitalismo neoliberal se produce, de manera incuestionable, una profunda crítica teórica y política de los paradigmas y la epistemología del pensamiento dominante eurocéntrico 10 que, a su vez, condujo a un nuevo replanteamiento de los conceptos creados e impuestos por el gran proyecto político e ideológico la modernidad capitalista occidental –actualmente en irreversible crisis sistémica- tales como Estado, territorio, nación, soberanía, pueblo, democracia, desarrollo, bienestar, ciudadano, libertad e identidad pero, ahora, desde la propia realidad histórico-social y cultural especifica de las cosmovisiones indígenas de América Latina.

Es en este contexto general, en donde se inscriben una de las preocupaciones y reflexiones –teóricas y políticas- más importantes en la obra de José Carlos Mariátegui: la búsqueda de una racionalidad alternativa Nuestra-americana, que recupere el mundo indígena, en tanto que prefigura la posibilidad del socialismo latinoamericano -sus tesis sobre el “comunismo Incaico”- pero esencialmente como presente en la actual experiencia de las luchas y los movimientos indígenas y sus autónomas y comunitarias de vida.

Para ello, en primer lugar, Mariátegui ratifica, como una urgente necesidad y condición incuestionable, la ruptura con la producción y reproducción de las concepciones hegemónicas del conocimiento y pensamiento eurocéntrico que, para el Amauta, significaba la esencia del proceso de la colonización mental y de los conocimientos, y qué desde los años veinte del siglo pasado, categóricamente, ya había denunciado e impugnado. Así, el Amauta indicó:

¿Existe un pensamiento característicamente hispano-americano? Me parece evidente la existencia de un pensamiento francés, de un pensamiento alemán, etc., en la cultura de Occidente. No me parece igualmente evidente, en el mismo sentido, la existencia de un pensamiento hispano-americano. Todos los pensadores de nuestra América se han educado en una escuela europea. No se siente en su obra el espíritu de la raza. La producción intelectual del continente carece de rasgos propios. No tiene contornos originales. El pensamiento hispano-americano no es generalmente sino una rapsodia compuesta con motivos y elementos del pensamiento europeo. Para comprobarlo basta revisar la obra de los más altos representantes de la inteligencia indo-íbera. El espíritu hispano-americano está en elaboración 11 .

Sin embargo, Mariátegui invariablemente ratifico, a lo largo de su vida y obra, su gran voluntad política para impulsar la construcción y consolidación de la integración de la cultura, la identidad y las cosmovisiones de la diversidad social de América Latina. Así, el gran Amauta peruano, en uno de sus ensayos más bellos y lúcidos, percibe la necesaria, urgente e incuestionable integración de la identidad y la cultura latinoamericanas, al advertir:

Los pueblos de la América española se mueven, en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, nos sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una misma matriz única... su unidad no es una utopía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la historia hispano-americana no son diversos...De una comarca a otra de la América española a otra comarca varían las cosas, varía el paísaje pero no varía el hombre. Y el sujeto de la historia es, ante todo el hombre. La economía, la política, la religión, son formas de la realidad humana. Su historia es, en esencia, la historia del hombre... Nuestro tiempo, finalmente, ha creado una comunicación más viva y más extensa: la que ha establecido entre las juventudes hispanoamericanas la emoción revolucionaria. Más bien espiritual que intelectual, esta comunicación recuerda la que concertó a la generación de la independencia. Ahora como entonces, la emoción revolucionaria da unidad a la América indo-española... Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres 12 .

En este sentido, para Mariátegui la construcción social alternativa del conocimiento para y desde los saberes de las culturas y sociedades de Nuestra América, constituye la oportunidad de expresar y decidir, desde su especificidad sociocultural y memoria histórica, lo que les fue negado por la Colonialidad de Saber eurocéntrico (europeo y estadounidense): el derecho a determinar la propia forma de vida y existencia, y el derecho de ser sujetos, autores y actores para escribir su propia historia. José Carlos Mariátegui, lo reveló así:

Esta civilización [occidental] conduce, con fuerza y unos medios de que ninguna civilización dispuso, a la universalidad. Hace cien años, debimos nuestra independencia como naciones al ritmo de la historia de Occidente, que desde la colonización nos impuso ineluctablemente su compás. Libertad, Democracia, Parlamento, Soberanía del pueblo, todas las grandes palabras que pronunciaron nuestros hombres de entonces, procedían del repertorio europeo. La historia, sin embargo, no mide la grandeza de esos hombres por la originalidad de estas ideas…El socialismo, está en la tradición americana. La más avanzada organización comunista, primitiva, que registra la historia, es la inkaica. No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano. He aquí una misión digna de una generación nueva 13 .

Sin embargo, más importante aún, Mariátegui va a determinar, con gran certeza, que las causas históricas y estructurales que explican y revelan las causas de los agudos problemas y oprobiosas condiciones de vida de la cuestión indígena en América Latina, se encuentra en las estrategias e intereses del capital financiero internacional y sus actuales formas de explotación y control de la economía mundial, expresadas en la acumulación por desposesión y apropiación de la tierra y los recursos naturales mundiales. El Amauta, lo dice así:

La cuestión indígena arranca de nuestra economía. Tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra. Cualquier intento de resolverla con medidas de administración o policía, con métodos de enseñanza o con obras de vialidad, constituye un trabajo superficial o adjetivo… Nuestro primer esfuerzo tiende a establecer su carácter de problema fundamentalmente económico. Insurgimos primeramente, contra la tendencia instintiva –y defensiva- del criollo o ‘misti’, a reducirlo a un problema exclusivamente administrativo, pedagógico, étnico o moral, para escapar a toda costa del plano de la economía...No nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente, su derecho a la tierra 14 (…) Nuestro socialismo no sería, pues, peruano -ni sería siquiera socialismo- si no se solidarizase, primeramente, con las reivindicaciones indígenas 15 .

En suma, en una interpretación general y conclusiva, podemos afirmar que en el contexto de la actual crisis capitalista y civilizatoria, el movimiento indígena en América Latina es, quizás, uno de los procesos sociales y culturales más transformadores, creativos, dinámicos y complejos de realidad social latinoamericana y mundial desde finales del siglo XX hasta nuestro presente en la segunda década del siglo XXI. Al mismo tiempo, ha dejado de ser solo un movimiento de carácter defensivo y ha pasado a desarrollar una estrategia ofensiva de lucha popular por la construcción de otro mundo posible, particularmente, en la región del sureste mexicano y la andina de Nuestra América.

Así, a partir de una profunda crítica y ruptura con la visión eurocéntrica capitalista, su racionalidad universalista y excluyente, su modelo de modernidad inconclusa y de un desarrollo económico altamente desigual y devastador inserto en las estructuras mundiales de dominación y poder del capitalismo financiero neocolonial, el movimiento indígena latinoamericano, se plantea como un movimiento antineoliberal y, en algunos casos, antisitémico y anticapitalista capaz de recuperar y re-elaborar el legado histórico de los saberes de las culturas e identidades originarias, y proyectarlas con nuevos contenidos pluriculturales y autonómicos alternativos por el bien común y el Buen Vivir, basados en las formas de conocimiento y producción de conocimiento que han pervivido y resistido más de quinientos años de exclusión y negación.

De esta manera, el ser social indígena va adquiriendo esa conciencia revolucionaria que el gran pensador marxista latinoamericano y universal, José Carlos Mariátegui, había advertido hace más de 85 años, y que, actualmente, se ha convirtiendo en el centro de los análisis, debates y la reflexión contemporánea, tanto en el pensamiento crítico latinoamericano como en los procesos de construcción social alternativa por otro mundo posible, no capitalista y de liberación nacional en el siglo XXI. Pero, sobre todo, el pensamiento de Mariátegui, hoy día, cobra una extraordinaria presencia política y que, como praxis social, se ha puesto a prueba en varios países latinoamericanos, particularmente, en México con el surgimiento y la consolidación, logros y nuevos avances del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Mariátegui, señalo:

Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse; pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá como una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlo. El realismo de una política revolucionaria, segura y precisa, en la apreciación y utilización de los hechos sobre los cuales toca actuar en estos países, en que la población indígena o negra tiene proporciones y rol importantes, puede y debe convertirse el factor raza en un factor revolucionario 16 .

3. LAS PRÁCTICAS DESCOLONIZADORAS DEL ZAPATISMO Y EL “MANDAR OBEDECIENDO”

Primeramente, es oportuno precisar aquí que los movimientos indígenas son, ante todo, procesos sociales no exentos de dificultades, problemas, contradicciones y limitaciones internas y externas, pero son también y sobre todo, la expresión más evidente y lograda de la construcción alternativa de otro mundo posible no neoliberal en Nuestra América. Al respecto, Michael Lowy, profundo conocedor del pensamiento y obra de Mariátegui, lo confirma así, a través del ejemplo actual de la lucha y los resultados alcanzados por dos de los movimientos indígenas y campesinos más trascendentes y notables de Nuestra América: el EZLN y el MST. Lowy, señala:

Para mí, tanto el EZLN como el MST son los herederos de la gran tradición revolucionaria latinoamericana representada por José Carlos Mariátegui y Ernesto Guevara. Ellos comparten con el amauta peruano y con el Che la valoración del campesino y del indígena, la sensibilidad anticapitalista radical, el antiimperialismo consecuente. Aunque ni los zapatistas ni los sin tierra se definan como marxistas, las ideas centrales del marxismo –en su versión latinoamericana- están presentes en su reflexión y en su estrategia. Han tratado de integrar orgánicamente el marxismo con las tradiciones –históricas, sociales, culturales, religiosas, indígenas- de sus pueblos…Además de eso, los dos movimientos, cada uno a su manera, se han transformado en la punta más avanzada de la lucha de la sociedad –brasileña o mexicana- en contra del neoliberalismo y de las nefastas políticas neoliberales implementadas por los gobiernos…Los dos movimientos han encontrado formas de lucha innovadoras, radicales, inéditas, que han tomado por sorpresa a las clases dominantes y se han ganado las simpatías de amplios sectores populares, también en las grandes ciudades. Tienen además una sensibilidad internacionalista, buscando construir redes de lucha mundial contra la globalización capitalista, como el Movimiento Vía Campesina (para el MST) o la Confederación Intergaláctica en contra del Neoliberalismo y por la Humanidad (1996) para los zapatistas. Construyendo la autonomía indígena en las comunidades de Chiapas y cooperativas comunitarias en las haciendas ocupadas por los campesinos brasileños, los zapatistas y los sin tierra se enfrentan con el orden establecido y plantan semillas de un futuro diferente 17 .

El desafío es entonces, descolonizar el poder y el saber del actual orden imperialista, y crear una nueva ética mundial social, popular, intercultural y revolucionaria de co-responsabilidad social para oponerse a las formas mundiales de injusticia, de exclusión y desigualdad que el neocolonialismo neoliberal ha impuesto. Esta nueva forma y praxis radical de otra democracia y una nueva ética del imaginario social, se fundamenta en la transformación y cambio de cómo repensar el poder, la ética y la política en la que, claramente, no exista un dominio o subordinación en el ejercicio de una función o cargo público, por el contrario, esta deberá ser concebida como una responsabilidad ética, solidaria y comprometida por el bien común.

Así, para Enrique Dussel, notable filósofo argentino, uno de los principales representante de la Teología de la Liberación latinoamericana, y destacado estudioso del pensamiento marxista de José Carlos Mariátegui y la cuestión indígena, nos advierte que esta nueva creación y praxis de otra democracia, actualmente, está avanzando, en el día a día y en resistencia, en la práctica de su autonomía bajo la cosmovisión indígena zapatista del “mandar obedeciendo” en las Juntas de Buen Gobierno de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas. Al respecto, Enrique Dussel, señala:

El proceso de democratización en el mundo poscolonial exige novedades teóricas y prácticas...En México, el EZLN no pide que la autonomía indígena sea “incluida” en la misma constitución que los excluía, sino que se pide una transformación del “espíritu” mismo de toda la Constitución. No se trata de un proceso de “inclusión”, sino de “creación” novedosa, analógica, transformadora. No es cuestión de hacer simplemente una nueva habitación para los excluidos en la antigua casa. Es necesario hacer una nueva casa, con nueva distribución, de lo contrario los indígenas, las mujeres y los afroamericanos irán a las habitaciones “de servicios”…como antes, como siempre 18 .

En este contexto general, el movimiento indígena zapatista ha creado sus espacios sociales alternativos en las comunidades indígenas autónomas, en donde, más allá de un control territorial, lo esencial del movimiento zapatista es la construcción de una práctica que genera un sentido colectivo, y confiere legitimidad —a través del «mandar obedeciendo»— a los procesos y estructuras propias de autogobierno. Esa lucha contra-hegemónica tiene impacto sobre las dinámicas de organización social más allá del núcleo de comunidades autónomas zapatistas, lo que inspira la construcción de un movimiento más amplio que desafía la lógica neoliberal y plantea formas diferentes de hacer política. Este proceso alternativo, antisistémico y anticapitalista, como hemos advertido, no está exento de dilemas y contradicciones. Las comunidades autónomas todavía están insertas en relaciones comerciales de mercado, mientras buscan canales alternativos como el comercio justo de café y otras existentes. No plantean una autosuficiencia total, así tienen que crear normas y estructuras para mediar las relaciones y coordinar sus estrategias frente a los actores externos: como las ONG, agencias gubernamentales, organizaciones campesinas no zapatistas, sociedad civil, etc. Sin embargo, el movimiento zapatista, con todo y contra todo, es un ejemplo importante de los nuevos movimientos sociales latinoamericanos que surgen como una expresión más de lucha, resistencia y creatividad contra el capitalismo neoliberal, 19 y sus luchas cotidianas —a nivel micro— por defender, sobre la marcha, la tierra y el territorio a través de sus prácticas colectivas autonómicas; pueden ganar el espacio social necesario para plantear una agenda de transformaciones a nivel local, nacional y regional, y construyendo a la vez, una paz digna para el bien común de todos que, bajo la palabra y cosmovisión zapatista representa la construcción de “un mundo donde quepan muchos mundos”. Así, en los hechos, podemos señalar que “desde 1996, las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el estado de Chiapas, México se han dedicado a crear sistemas de gobierno y políticas sociales propias como parte de un reordenamiento territorial. Los más de 42 municipios autónomos indígenas en los Altos, la zona Norte y las cañadas de la selva Lacandona se caracterizan por rechazar la presencia de instituciones gubernamentales como parte de su posicionamiento contra el Estado neoliberal mexicano, las lógicas del capital y el legado de un poder-conocimiento colonial 20 .

Sin embargo, es importante señalar que para alcanzar dichos objetivos, el zapatismo pone en acción la práctica de su nueva visión-definición de la democracia y el quehacer político, expresado en la dialéctica zapatista del “mandar obedeciendo”. La redefinición del quehacer político bajo el “mandar obedeciendo” es una propuesta que invierte el vínculo –histórico y capitalista- entre la autoridad y la base social, (entre el Gobierno y la Sociedad) en donde se plantea una transformación en las relaciones de poder y un nueva práctica en el ejercicio de toma de decisión entre la población, en vez de concentrarlo y centralizarlo en el liderazgo de una persona o de una élite de personas y, a partir de él o ellos, ejercer el poder político y autoritario sobre la población. No obstante, cabe decir que el “mandar obedeciendo” es uno de los desafíos más complejos de alcanzar en la construcción de los territorios y municipios autónomos zapatistas. Pues implica, en el caso de la educción, por ejemplo, que al asumir un cargo comunitario conlleva, además de una nueva conciencia por el bien común, la condición-aceptación necesaria de que sean los miembros mismos de la comunidad con sus instancias de deliberación (asamblea) y de ejecución y representación (consejos, comités y comisiones), quienes tomen colectivamente las decisiones y aseguren, de esta manera, el control del cumplimiento de los objetivos y las tareas acordadas en materia educativa. Asimismo, también son las instancias autónomas quienes fungen como garantes del “reglamento” interno de sus centros educativos comunitarios y municipales, de la adaptación del calendario y los horarios de apertura de la escuela a los imperativos de los ciclos agrícolas y de las festividades locales, así como de las formas de sanción y castigo admitidas.

Entre las implicaciones del proceso de nombramiento y de vigilancia colectiva, se destaca – para el caso de la Educación y la Escuela Zapatista- la articulación más estrecha de los contenidos y los métodos pedagógicos a los imperativos ligados a la valorización de las variantes lingüísticas y costumbres comunitarias. No obstante, parece prioritario para las familias el aprendizaje del manejo del castellano (oral y escrito), de las matemáticas básicas, así como el conocimiento de las condiciones y derechos sociales del campesinado a nivel regional, nacional e internacional. 21 Así y todo, resulta de vital importancia aquí y ahora, hacer énfasis en señalar que la clave central en el éxito y avance –en todos los niveles de la vida, el trabajo, la salud, la justicia y la educación- en los territorios autónomos, se fundamenta en los 7 principios, sobre los cuales se cimienta la praxis zapatista del “Mandar Obedeciendo”: 1. Servir y no servirse. 2. Representar y no suplantar. 3. Construir y no destruir. 4. Obedecer y No mandar. 5. Proponer y no imponer. 6. Convencer y no vencer. 7. Bajar y no subir.

En suma, la construcción de los escenarios y la praxis sociales, políticas y culturales cabalmente alternativas logradas por el EZLN, comprueban, innegablemente, la vigencia y proyección actual y prospectiva del pensamiento de Mariátegui sobre la necesaria y urgente inclusión de los pueblos, comunidades y movimientos indígenas en la nueva construcción social alternativa a la crisis terminal del neoliberalismo en el presente-futuro de América Latina y su papel protagónico como actor y hacedor de su propia historia, de su propio destino y de gran influencia social y cultural en el sistema mundial.

CONCLUSIONES Y NUEVOS DERROTEROS

Actualmente en la segunda década del siglo XXI, la situación de los pueblos, las comunidades y las culturas indígenas en América Latina sigue siendo uno de los grandes problemas sin soluciones reales, concretas y justas por parte de los estados nacionales desde la época de la colonia. La marginación y pobreza extrema de los pueblos indígenas es común a casi todas las sociedades y pueblos latinoamericanos. Las injusticias a que están sometidos, además de ser comunes a las estructuras de explotación, opresión y abuso indígena en América Latina, se agravan por el desconocimiento y las violaciones a sus derechos y personalidades étnicas y a sus formas culturales (costumbres, tradiciones, cultura autóctona, lenguaje, leyes, modos de producción, religión, y organización social y productiva comunitaria). Por esta razón, es imposible concebir la construcción de proyectos nacionales democráticos, sin considerar y dar solución a la cuestión indígena de los países de latinoamericanos. José Carlos Mariátegui así lo anticipó. De este modo, las contribuciones de la obra y el pensamiento político y social de José Carlos Mariátegui al pensamiento crítico latinoamericano se distingue, particularmente, no sólo por llevar a cabo un análisis marxista de impronta latinoamericano de un amplio conjunto de problemas que se ubican en la cuestión indígena, el socialismo indoamericano y el carácter de la revolución en América Latina, sino, también porque contribuyó con una visión prospectiva, crítica e integral de los procesos de transformación alternativos, viables y posibles, al sistema capitalista y sus crisis mundial e irreversible.

Por ello, afirmamos, sin duda alguna, que la lucha, la resistencia y los logros del Ejercito Zapatista de Liberación y su construcción y consolidación de territorios rebeldes y autónomos, se constituyen en el mejor ejemplo de la vigencia del pensamiento Mariateguiano y el gran valor epistémico y la notable significación política, cultural, social y humanista revolucionaria de su obra en nuestro tiempo presente. Quisiera terminar mi intervención dando la Voz a los Indígenas Zapatistas, que comprueban la proyección contemporánea y extraordinaria vigencia del pensamiento de José Carlos Mariátegui sobre necesaria inclusión de los indígenas en el devenir de la historia de la América Latina, Nuestra América del siglo XXI:

Una larga historia de dolor y sufrimiento, pero también una larga lucha de resistencia y rebeldía. Hoy ha llegado la hora de romper los muros y las cadenas de injusticia. Ha llegado la hora de los pueblos indios. Los sin voz y los sin rostro tendrán por fin el rostro y la palabra que resonará en todos los rincones de la tierra. Ese conjunto de pensamientos los llamamos Acuerdos de San Andrés Sakamch´en de los Pobres. Significa garantizar la vida, el respeto y los derechos fundamentales de los pueblos indios; significa la construcción de una nueva sociedad basada en la justicia, en la igualdad y en el respeto a los indígenas con toda su diversidad de lenguas y culturas; una sociedad donde como indígenas no seamos ya humillados, marginados ni excluidos. Donde ya no tengamos que levantarnos en armas para ser escuchados y ser tomados en cuenta como pueblos 22 .

Comandante Insurgente David, EZLN.

Nos hermana un orden mundial que destruye naciones y culturas. El gran criminal internacional, el dinero, hoy tiene un nombre que refleja la incapacidad del poder para crear cosas nuevas. Una nueva guerra mundial se sufre hoy. Es una guerra en contra de todos los pueblos, del ser humano, de la cultura, de la historia. Es una guerra encabezada por un puñado de centros financieros sin patria y sin vergüenza, una guerra internacional: el dinero versus la humanidad. “Neoliberalismo” llaman ahora a esta internacional del terror. El nuevo orden económico internacional ha provocado ya más muerte y destrucción que las grandes guerras mundiales. Más pobres y más muertos nos hicimos hermanos. Nos hermana la imaginación, la creación, el mañana…deseo de justicia y sueños de ser mejores. Un colectivo que se encuentra y hermana por encima de nacionalidades, de idiomas, de culturas, de razas, de sexos 23 .

Subcomandante Insurgente Marcos.

Notas

1 Aquí, me refiero a las manifestaciones de los millones de ciudadanos que, a escala mundial, tomaron y ocuparon las plazas públicas y recuperaron espacios y territorios urbano-populares y, en donde, por su número, resistencia y demanda, se destacan, a guisa de ejemplo, a los Indignados globales y a los Ocupa desde el 2011 hasta el 2014 respectivamente, así como en el surgimiento manifiesto y global de una gran diversidad de movimientos sociales urbanos, ambientalistas, feministas, estudiantiles, de ciudadanos por la paz e indígenas. De manera particular, actualmente, los movimientos indígenas latinoamericanos se destacan por sus múltiples rebeliones y luchas locales y regionales, en defensa de la tierra, el agua, el territorio, sus identidades y culturas, y el rechazo mundial del neoliberalismo del desde finales del siglo XX hasta nuestro tiempo presente.

2 PORTOCARRERO GRADOS, R (1997). “Cuatro Conferencias y un Discurso Inéditos de José Carlos Mariátegui”, Anuario Mariateguiano. Vol. IX. n°. 9, Lima, Perú. Empresa Editora Amauta S.A. p.18.

3 MARIÁTEGUI, JC (1979). “La crisis mundial y el proletariado peruano”, in: MARIÁTEGUI, JC (1979). Obra Política. Prólogo, selección y notas de Rubén Jiménez Ricárdez. México, Ediciones Era, pp. 49-50 y 55.

4 Ibíd., pp. 51, 53-54.

5 MARIÁTEGUI, JC (1979). “Internacionalismo y nacionalismo”, in: MARIÁTEGUI, JC (1979). Op. cit., pp. 163-165.

6 MARIÁTEGUI, JC (1982). “John Maynard Keynes”, in: MARIÁTEGUI, JC (1982). Obras. Tomo II. Casa de las Américas, La Habana. Cuba, pp. 340, 343 y 344.

7 MARIÁTEGUI, JC (1982). “La crisis de los valores en Nueva York y la estabilización capitalista”, in: MARIÁTEGUI, JC (1982). Op. cit., p. 138.

8 PORTOCARRERO GRADOS, R (1997). Op. cit, pp. 21-22.

9 DÍAS MARTINS, M & MILLÁN, M (2005). “Neozapatismo y Movimiento de los sin tierra: reto latinoamericano al neoliberalismo”, in: CADENA, J: MILLAN, M & SALCIDO, P (2005). Nación y Movimiento en América Latina. México, Siglo XXI Editores, p. 109.

10 Sin embargo, es muy importante advertir aquí, que los primeros análisis, estudios y reflexiones académicas de gran trascendencia sobre la crítica a la epistemología y el pensamiento eurocéntrico y a las visiones y racionalidades instrumentales occidentales que se impusieron como paradigmas dominantes y universales, se dieron en las importantes y fundamentales obras y trabajos pioneros de autores como: Anouar Abdel-Malek. La dialéctica social: la reestructuración de la teoría social y de la filosofía política.1972.; Edward Said. Orientalism.1979 y Samir Amin. El eurocentrismo. Crítica de una ideología.1989.

11 MARIÁTEGUI, JC (1995). Textos Básicos. Selección, prólogo y notas introductorias de Aníbal Quijano. México, Fondo de Cultura Económica, p. 366.

12 MARIÁTEGUI, JC (1982). Op. cit., p. 250.

13 Ibíd., “Aniversario y Balance”, in: MARIÁTEGUI, JC (1982). Op. cit., p. 242.

14 MARIÁTEGUI, JC (1969). Siete ensayos de Interpretación de la realidad Peruana. México, Ediciones Solidaridad, Sindicato Mexicano de Electricistas, pp. 41 y 59.

15 Citado en GOGOL, EW (1994). Mariátegui y Marx: La Transformación Social en los Países en Vías de Desarrollo. México, Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos, UNAM, p. 52.

16 MARIÁTEGUI, JC (1982). Op. cit., p.185.

17 LOWY, M (2000). “Pensar desde los vencidos”, in: KOHAN, N (2000). De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano. La Habana, Cuba, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, pp. 352 y 353.

18 DUSSEL, E (2007). Materiales para una política de liberación. México, Plaza y Valdés. UANL, p. 317.

19 Al respecto, consúltese el artículo: Le BOT, Y (2009). “El zapatismo, primera insurrección contra la mundialización neoliberal”, in: WIEVIORKA, M (2009). (compilador). Otro mundo… Discrepancias, sorpresas y derivas en la atimundialización. México. Fondo de Cultura Económica, pp.155-169.

20 MORA, M (2010). “Las experiencias de la autonomía indígena zapatista frente al Estado neoliberal mexicano”, in: GONZÁLEZ, M; BURGUETE CAL Y MAYOR, A & ORTÍZ-T, P (2010). Las autonomías a debate. Autogobierno Indígena y Estado plurinacional en América Latina. Quito, Ecuador. FLACSO, p. 292.

21 BARONNET, B (2009). Autonomía y Educación Indígena: Las Escuelas Zapatistas de Las Cañadas de la Selva Lacandona de Chiapas, México. Tesis de Doctorado en Ciencias Sociales, con especialidad en Sociología El Colegio de México A.C. y Université Sorbonne Nouvelle-Paris III. Institut des hautes Etudes de l’Amérique Latine, p. 206.

22 Comandante Insurgente David (2001). “Ejército Zapatista de Liberación Nacional. EZLN”. Revista Chiapas , n°. 11. México, Era Ediciones. p. 4.

23 EZLN (1995). EZLN. Documentos y comunicados. Tomo II. México, Ediciones Era, pp. 440-441.

Fuente: https://www.redalyc.org/jatsRepo/279/27952380009/html/index.html