Qué Trabajo

Diciembre 2019

Con degradación multidimensional del proletariado al estar subsumido en incrementar riquezas y poder de oligopolios.

 


 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía / Ecocida y genocida /Alternativas emancipatorias

 

 

 

Expropiado y explotado por burguesía

 

 

Indaguemos en qué circuito perverso y pervertidor están inmersos quienes consiguen trabajo en los mega emprendimientos extractivistas.

 

Acumulación originaria:
explotación laboral y

generación de ganancia de México*.

2016

  

Aleida Azamar Alonso

Resumen

La tesis de investigación titulada: “Acumulación originaria: Explotación laboral y generación de ganancia en la minería en México” tiene como objetivo demostrar la existencia de la acumulación originaria como forma iterativa y necesaria para la generación del plusvalor en el sistema productivo capitalista, para ello se analizó el sector minero mexicano durante el periodo de 1980 a 2013. El concepto de acumulación originaria es de origen marxista y ha sido ampliamente debatido desde su presentación en el siglo XIX, hasta el presente. Sin embargo, el actual debate gira en torno a la relación entre la finalidad práctica de la acumulación ordinaria y las formas productivas que actualmente se encuentran en ejecución de forma intensiva, tales como el extractivismo de los recursos naturales –minerales-1. Es en esta perspectiva que se realiza un análisis teórico, histórico, legal y económico del escenario mexicano con la finalidad de encontrar una vinculación entre el nivel de explotación, la elevada cantidad de concesiones mineras y el incremento sustancial en la tasa de ganancia que esta actividad genera. De forma que se coincide con Marx en cuanto a su planteamiento y análisis teórico. Por otro lado, se utilizaron variables estadísticas (tales como el valor agregado, las remuneraciones a asalariados, el excedente bruto de operación, los costos intermedios, el consumo de capital fijo, entre otras) que pudieran ser útiles para cumplir con el objetivo de la tesis. En esta lógica la tasa de explotación laboral y la tasa de ganancia se vinculan a una cuestión de fondo más amplia que el análisis del proceso de acumulación originaria, pues la relación de estas tres cuestiones subyace el conjunto de la producción y explotación de un sector económico en el que confluyen cientos de miles de proletariados...

Introducción

El sistema económico capitalista se sustenta en la articulación de procesos, métodos y técnicas para la producción y reproducción de bienes de capital y bienes finales de consumo en la lógica de maximizar la tasa de beneficio que es el objetivo del capitalista: incrementar su tasa de ganancia de forma ininterrumpida y continua, sin considerar el impacto que su actividad pueda provocar en cualquier ámbito. Para lograr dicho objetivo, desde el comienzo del capitalismo se fomentan cambios –que pueden ser impuestos a través del apoyo de la ley civil3 - en la modelación de la sociedad en la que subsiste y que terminan por configurar las necesidades de la población en base a los requerimientos de la actividad productiva.

En esta lógica la transición del sistema feudal hacia el capitalista sustentada en medios violentos apropiación, despojo y acumulación territorial de los espacios ocupados por los campesinos que eran libres. Como resultado se generó una población encarecida económicamente que requería diversos bienes de consumo para poder subsistir, pero que de forma más urgente tenía la necesidad de vender su fuerza de trabajo para adquirir una remuneración que les permitiera sustentarse. No se intenta decir que la pobreza haya sido un invento del capitalismo, lo que se pretende destacar es que desde un primer momento el sistema económico capitalista planteó su éxito en la creación y mantenimiento de condiciones de pauperismo social y expoliación territorial. En la consolidación de este patrón de desarrollo económico y social, se intensificó la explotación laboral, la cual se justifica como necesaria en base a las leyes del mercado. La primera dinámica de desposesión de los campesinos y el primer objetivo del capitalismo era generar una oferta abundante de mano de obra disponible que estableciera las condiciones para que estos trabajadores tuvieran que competir en un mercado limitado por la demanda de trabajo y en consonancia con las leyes que de éste emanaban. De forma adicional a esta explotación laboral se debe considerar la apropiación del territorio para obtener los recursos necesarios y utilizados para poner en marcha el proceso productivo capitalista. El proletario que vendía su fuerza laboral, producía y reproducía el capital con el que se le pagaba por su trabajo, utilizando para ello los MP que le fueron arrebatados.

El proletariado desposeído y el territorio usurpado constituyeron así factores fundamentales en la creación de las relaciones productivas en el sistema económico capitalista. Al primero se le exige una labor extenuante mediante la cual el capitalista obtiene el plusvalor (PV) de su trabajo y al territorio usurpado se le explota productivamente de forma intensiva e ininterrumpida, hasta que deja de ser viable su aprovechamiento. El resultado de este proceso de usura, aprovechamiento y explotación es la existencia de una tasa de ganancia capitalista, semilla para reproducir el sistema de producción pero a mayor escala. La premisa básica es que la ganancia obtenida lleva consigo el costo inicial de la inversión y un beneficio adicional fruto del PV generado por el trabajador al intensificar la explotación de su labor sobre los MP.

La apropiación del territorio productivo por parte del capitalista es determinante para emprender el sistema de producción y si ya se está despojando al proletariado de su territorio, ¿por qué no hacerlo en forma masiva y acumular todo espacio que sirva para ser utilizado y con ello obtener mayores beneficios económicos? Esta interrogante se responde al señalar que la inversión en el pago al Capital Variable (CV) -remuneración al obrero- no puede ni debe ser superado por la inversión en Capital Constante (CC) -medios de produccióndebido a que el CV es el artífice del beneficio económico del capitalista y en caso de que existiera un incremento en el gasto del CC -costos de mantenimiento y nuevas procesos productivos- superior al del CV conduciría a una disminución constante e irrecuperable de la ganancia. Esta dinámica de apropiación masiva de los medios de producción por parte de los capitalistas conduciría a su propia ruina.

La tierra es un medio de producción que termina por disminuir sus rendimientos productivos4 en el corto, mediano o largo plazo, además de que el territorio desposeído está limitado a la capacidad de producción capitalista que en cada momento sea capaz de lograr. Se establece así que el despojo territorial y la explotación laboral son elementos inherentes y transhistóricos para la continuidad de la producción capitalista en la lógica postulada por Marx de apropiación originaria.

En este escenario, el capitalista es quien siempre manifiesta la necesidad de producir, por lo que buscará la manera de maximizar su beneficio mediante la implementación de formas de producción más eficientes que ayuden a multiplicar lo producido y a obtener los resultados con el menor costo y tiempo posibles. Históricamente esta dinámica ha resultado correcta en la medida que los medios de producción han sido capaces de responder a las demandas de la sociedad y del mercado, pero en caso contrario se les remplaza aunque ello implique perjuicios para el medio ambiente. Esta última implicación ha minimizado el hecho que generalmente los bienes naturales no son renovables y son irremplazables en el mediano y largo plazo lo que termina por afectar negativamente al medio social inmediato. Al considerar que esta lógica ha determinado la evolución histórica del capitalismo hasta nuestros días, aunque ha variado dependiendo del país y de los términos de: especialización productiva, es necesario aceptar que en el tiempo5 el proceso se vuelve más complejo como consecuencia del avance y la evolución de la ciencia y la tecnología.

En este contexto histórico de evolución del capitalismo la minería es una actividad económica como reproductora de la apropiación originaria que sustenta al sistema económico y que ha fungido como piedra angular de la acumulación capitalista. De hecho, este sector fue un catalizador imprescindible del desarrollo industrial en Europa en los siglos XVI y XVII al ampliar las fronteras de los mercados comerciales y crear un escenario de condiciones cautivas y propicias para la producción industrial de bienes y servicios. La minería en México es una actividad que ha tenido un bajo nivel de aportación al Producto Interno Bruto nacional y está limitada a los vaivenes e impulsos comerciales externos y a las condiciones del mercado internacional. No obstante, es una actividad relevante para la economía nacional debido a: 1) la interconectividad comercial y productiva que genera al vincularse con otras industrias y contar con gran capacidad de atracción de capital privado –nacional y extranjero-, 2) el grave daño ambiental que genera a través de su práctica de técnicas como la minería de tajo a cielo abierto que tiene un perjuicio masivo en muy poco tiempo y el uso que hace de procesos que requieren de químicos de alta volatilidad para la purificación de los minerales y altamente proclives a accidentes que afectan el medio ambiente y la salud de la población. Tales accidentes ocasionan deterioro en la dimensión social y ambiental, además de que afectan la capacidad productiva de las personas.

Las implicaciones de estas interrelaciones son muy complejas debido a que los daños pueden ser irreversibles y más grave aún es que no existe voluntad por parte de las autoridades locales o federales y de las empresas para controlarlas o resolverlas. El sector minero mexicano ha evolucionado desde la época colonial hasta la actualidad basada en una legislación que siempre se ha apegado a la importancia de regular su operación en razón de la apropiación de tierras aunque los ocupantes y dueños de dichos espacios estén en contra de que se lleve a cabo un proyecto extractivo en sus territorios. Este comportamiento se ha mantenido a lo largo del tiempo a pesar de los cambios políticos suscitados por los movimientos de independencia (1810-1821) y revolucionario (1910-1921). Más aún, los principales cambios en la legislación minera se dieron para expedir una normatividad que impulsaba la actividad minera basada en el desarrollo de proyectos financiados por capital foráneo. Durante los siglos XIX y principios del XX la minería mexicana estuvo invadida por capitales extranjeros que generalmente evadían impuestos o estaban exentos de pagarlos. Después de 1920 con el movimiento revolucionario se impuso un cambio normativo en la minería con la finalidad de obtener mayores beneficios económicos para el país debido a la creciente importancia que tenía esta actividad en ese periodo.

Sin embargo, diversos elementos como la crisis financiera mundial de 1929, el proceso de industrialización y la continua disminución en el valor de los minerales a nivel mundial dieron como resultado que las políticas nacionales que se aplicaron para la imposición de un nuevo control fiscal generaran pérdida en la relevancia económica que la minería tenía para el país. Debe señalarse que aún bajo el supuesto que dicho esquema fiscal hubiera funcionado, lo que se pretendía era obtener una mayor cantidad de beneficio económico para los proyectos activos. En este escenario la Constitución mexicana de 1917 tuvo poca influencia en regular la actividad y el papel de los grandes productores mineros –nacionales o extranjeros- en la economía del país. La máxima ley se encontraba limitada desde la década los años veinte cuando se expidió una multitud de leyes secundarias para regular a la minería en los términos que mejor conviniera a los capitales y no a la sociedad.

El proceso de regularización fiscal e impositiva en la minería concluye en la década de los noventa del siglo pasado después de haber impulsado un cambio en el modelo económico del país que lo hizo transitar hacia el neoliberalismo que consagró la imposición de un objetivo fundamentalmente económico sobre el actuar político, lo que sirvió para impulsar la expoliación territorial y la atracción de una mayor cantidad de capital privado estimulado por el nivel de ganancia que se obtiene en esta actividad gracias a una normatividad fiscal cada vez más laxa. Este proceso se consolidó intensivamente a partir del año 2003 cuando el valor de los minerales se incrementó y permitió generar las condiciones para la imposición de un mayor nivel de explotación laboral al margen del incremento de las concesiones para la exploración y explotación minera. La investigación teórica, histórica y económica de la evolución de la minería en México centrada en los aspectos normativo, social y ambiental que se realiza en esta tesis abarca del periodo colonial hasta la actualidad pero se centra de forma particular en el periodo de 1980 a 2013.

El análisis histórico es determinante para identificar las causas que dieron pie a las reformas legislativas que han impulsado la evolución del sector basado en el despojo, la usura y la explotación laboral. El propósito es identificar las condiciones sociales y económicas específicas que se asemejan a las que sucedieron en el momento en el que el capitalismo comenzó como sistema económico en Europa; es decir, el de la usura y el despojo apoyados por la acción del Estado. Esa historia es parecida a lo que ha sucedido en México durante el periodo estudiado debido a la normatividad legislada y a la firma de acuerdos comerciales. Para mostrar el paralelismo de estas historias la tesis contiene cinco capítulos y dos anexos, a continuación se menciona brevemente el contenido de cada uno de ellos Estructura formal de la tesis Protocolo: En este apartado se plantea el problema de investigación, destacando dos cuestiones particulares que aquejan a la actividad minera nacional. Estas se reflejan en su dimensión social y ambiental, en cuanto al perjuicio que provoca la explotación laboral y la intensificación de la minería sobre el conjunto de individuos que trabajan y habitan cerca de estos proyectos; y la segunda se refiere a la debilidad del sector minero para incrementar su aportación en el Producto Interno Bruto del país. Además, se justifica la necesidad de estudiar estos problemas ante la falta de obras y trabajos de investigación que intenten abordar el problema de la explotación laboral minera en México y la tasa de ganancia desde la perspectiva marxista. A tal fin se considera la acumulación originaria como un proceso iterativo que se repite en México. Finalmente, se presentan las preguntas de investigación en orden de importancia, la hipótesis del trabajo, el objetivo general y los objetivos particulares, los cuales servirán para guiar el desarrollo de la tesis. (…)

Planteamiento del problema de investigación

En las últimas dos décadas del siglo XX y lo que va del presente siglo, la articulación y el funcionamiento de proyectos mineros extractivos en México se han realizado en la lógica de acrecentar constantemente lo que en términos marxistas se define como explotación laboral. No obstante el alto grado de explotación logrado es sólo uno de los parámetros que componen la dimensión de los daños que la actividad extractiva genera, ya que igualmente ha actuado en detrimento del medio ambiente, en los lugares donde se realiza y ha menoscabado el desarrollo social de las comunidades aledañas. A pesar de o en razón de estos graves costos e inconvenientes socio ambientales también logra una alta tasa de ganancia para los empresarios en comparación con la tasa que se alcanza en la economía nacional y en el sector secundario durante los últimos treinta años. Debido a estas características de la minería mexicana es que el capital privado –nacional y extranjero- ha logrado fortalecer su presencia y preponderancia en el desarrollo del extractivismo minero mediante el incremento de inversiones desde finales de la década de los noventa del siglo pasado. Las naciones desarrolladas y emergentes, que demandan gran cantidad de minerales para sus procesos productivos o para sus mercancías finales, han mantenido gran interés por el desarrollo de la industria minera de México, por lo que han influido para que se realicen cambios en la legislación y en las políticas económicas que impulsan la minería a través de la IED. Dichos cambios se reflejan de forma particular en la manera en que México cede y concesiona los derechos de propiedad para la exploración y explotación de las vetas mineras nacionales. La orientación legislativa que ha seguido el país ha ocasionado que las empresas extractivas realicen una práctica desmedida y violenta de acumulación territorial para la extracción de minerales. La lógica que ha dirigido esta normatividad y que rige sobre las concesiones para la exploración y explotación minera ha multiplicado el rendimiento económico a costa del daño ambiental y el despojo territorial para un importante sector de la población, principalmente los campesinos y los ejidatarios.

El que esta situación de despojo y apropiación este respaldada legalmente por el Estado puede interpretarse como la reproducción del concepto de acumulación originaria, denunciada por Marx en el siglo XIX. Esta forma de acumulación dio origen a la existencia del capitalismo industrial como actualmente se conoce al ser reproducido en términos de apropiación y despojo como originalmente pasó en el siglo XVIII y XIX. La finalidad de este nuevo proceso de acumulación no es el establecimiento del sistema económico capitalista sino su prolongación en otras altitudes para asegurar la existencia de un incremento constante en la tasa de ganancia, aunque ello signifique que el daño social -producto del despojo- y el daño ambiental –resultado de la masificación minera- se intensifiquen con todas las consecuencias que ello conlleva. Para que este mecanismo de apropiación genere condiciones benéficas para las empresas a costa de la explotación de los trabajadores y de la expoliación del medio ambiente, debe de existir una legislación normativa y una orientación política que respalde dicha desposesión. (...)

Estos problemas de apropiación, acumulación territorial y explotación laboral son los que orientan el interés de este trabajo de investigación. Para considerar la existencia de la reproducción de la acumulación originaria como proceso iterativo en México a partir del extractivismo minero se requiere analizar tres elementos que han sentado base en el país a partir de la década de los noventa: 1) la tendencia a generar prerrogativas legales que favorecen el desarrollo de actividades económicas de explotación minera con capital privado -nacional y extranjero- ; 2) el incremento de dichos ejercicios extractivos que dan como resultado una mayor participación de la actividad minera en la actividad económica del país y 3) un nivel de explotación de los trabajadores del sector minero en México que es notablemente mayor que el de la economía en su conjunto y, además, ha ido fortaleciendo su ritmo de crecimiento durante las últimas dos décadas sin que esta situación haya afectado la tasa de ganancia del sector como lo dictaría la ley de la tasa decreciente de ganancia.

No obstante, la actividad minera mexicana ha mantenido una aportación al Producto Interno Bruto (PIB) del país relativamente baja como consecuencia de una política económica y una normatividad legislativa que se han enfocado a impulsar al sector por medio de la inversión de capitales privados –locales y externos-, sin buscar opciones de fortalecer la labor de las cadenas productivas y comerciales locales. Debe considerarse que el limitado aporte relativo del sector minero a la economía nacional tampoco concuerda con la prioridad que las diferentes administraciones federales le han otorgado al sector en sus Planes Nacionales de Desarrollo (PND). En los informes de gobierno de la presidencia, desde el año 1988 -con excepción del periodo presidencial de Felipe Calderón (2006-2012)-, se ha destacado la relevancia de la actividad minera nacional y de la IED en este sector. Las diferentes administraciones federales la han postulado como un eje para el crecimiento y el desarrollo económico nacional.

El dilema con la actividad minera es que su potencial productivo no se refleja en su aportación al crecimiento nacional, en cambio, como resultado de su forma de funcionamiento se observa una situación de grave detrimento en la dimensión social y laboral. El hecho a resaltar es que la degradación salarial de los trabajadores mineros no tiene justificación alguna ante el notable incremento en el valor de producción, inversión y tasa de ganancia que el sector disfruta. Igualmente grave es que en términos generales la práctica de la minería se manifiesta en un daño irreparable para la población residente y cercana a los lugares donde se llevan a cabo estas actividades por sus efectos sobre el medio ambiente. (...)

*Acumulación originaria: explotación laboral y generación de ganancia en la minería de México MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Aleida Azamar Alonso Director Xabier Arrizabalo Montoro Madrid Madrid, 2016UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID FACULTAD DE CIENCIAS ECONÓMICAS Y EMPRESARIALES Departamento de Economía Aplicada I (Economía Internacional y Desarrollo)

Fuente: https://eprints.ucm.es/40577/

En consecuencia, la «contrarreforma agraria integral» del sistema mundo capitalista (bajo gestión neoliberal o progresista) se da por consolidación de la creciente expoliación tanto de las/los trabajadores y pueblos como de la naturaleza. Veamos ejemplos de cómo esa estructura compleja por la trama de los súper negocios capitalistas vuelve, a las/los trabajadores, cómplices a la vez que esclavos modernos y víctimas del sistema opresor:

Urug_resultados del primer estudio independiente de impacto social de las plantas de celulosa

Análisis de los resultados del primer estudio independiente de impacto social de las plantas de celulosa por el sociólogo Daniel Pena. Los datos no reflejan los empleos supuestamente generados.

Por Leticia Pérez

Este viernes se presentarán los resultados de una investigación sobre el impacto socioterritorial de las plantas de pasta de celulosa en Fray Bentos (UPM) y Conchillas (Montes del Plata), la primera que no es contratada ni por el Estado ni por las empresas.

Montevideo Portal pudo acceder a algunos de los resultados más relevantes a partir del diálogo con el sociólogo Daniel Pena, uno de los autores de trabajo.

La investigación fue realizada por Daniel Pena y la educadora popular Soledad Recoba durante todo el 2019, bajo la coordinación del antropólogo Javier Taks, con fondos de la Fundación Rosa Luxemburgo y el apoyo de la Casa Bertolt Brecht.

Implicó la realización de 65 entrevistas a referentes de ambas localidades e informantes calificados, y revisiones bibliográficas y documentales que buscaron ordenar y contrastar información dispersa y en ciertos casos contradictoria, señalan los autores.

En algunas áreas, por ejemplo en salud, el dato más relevante es que a más de 10 años de la instalación de la primera planta no hay información de impacto, señaló Pena. «El manejo de los datos es parte, también, del problema que queremos señalar», dijo.

En primer lugar, eso ocurre en relación a la generación de fuentes de trabajo.

Según datos del BPS, consigna la investigación, la cadena forestal se mantuvo estable entre 2007 y 2018: hubo un aumento de 1.700 trabajadores para llegar a 17.000, principalmente en la industria mecánica, no en la pasta de celulosa ni en la silvicultura dedicada a la pasta de celulosa.

No se reflejan los 6.000 empleos -incluidos los inducidos- que en 2016 Montes del Plata declaraba haber generado. Tampoco los que prometía UPM en 2003 en un boletín que la finlandesa entregaba puerta por puerta a los vecinos de Fray Bentos. Allí señalaba que la planta industrial en sí emplearía a unos 300 trabajadores pero «el número de empleos nuevos creados en el sector forestal y otros que sean proveedores directos será cercano a 5.000».

Reafirmando esta idea, a partir de la ECH (Encuesta Continua de Hogares), se constató que en Fray Bentos -por el alcance de los datos no fue posible hacer el análisis para Conchillas- no hubo impacto en la tasa de desempleo, que incluso aumentó en la población joven.

El problema es discursivo, explicó el sociólogo: «Es legítimo cuando (la empresa) dice ‘nuestra cadena emplea a tantas personas’, lo que se pone en duda es cuando dice ‘la planta de celulosa va a generar tantos puestos de trabajo'».

«La cadena forestal crece y se consolida entre 1995 y 2006. Lo que hacen las plantas de celulosa es poner el moño. Antes se exportaban rolos y se chipeaba, ahora se exportan rolos a las zonas francas de las empresas y estas producen la pasta de celulosa que venden a otros países donde se produce papel, cartón y otros derivados», agregó.

En tanto, análisis efectuados por Cooperativa Comuna -cooperativa de trabajo integrada por investigadores de las ciencias económicas- señalan que en la fase silvícola, la evolución de los puestos de trabajo viene, incluso, disminuyendo desde 2007.

La explicación está en la mecanización, afirmó Pena. «Lo que cambia a partir de la instalación de las plantas es que la ruralidad dispersa pierde acceso al mercado ya que las cuadrillas de trabajo quedan en manos de grandes empresas de capitales departamentales o de Montevideo. La contracara positiva es una mejora importante en las condiciones de trabajo de los monteadores».

Insumos para discutir

El investigador también señaló que las empresas nunca pararon de expandir el área forestal ni se sabe exactamente cuánto han plantado fuera de las áreas prioritarias (de productividad baja, según el índice Coneat).

Según datos de Presidencia, en total hay unas 238.0000 hectáreas forestadas en áreas no prioritarias, lo que representa casi un cuarto de la forestación. Varios gobiernos departamentales aprobaron reglamentaciones locales para limitar la actividad, lo que indica que hay preocupación, apuntó el sociólogo. «Por ejemplo en Cerro Largo no puede haber ninguna plantación fuera del área prioritaria. En Colonia se topeó la forestación a 100 hectáreas para cualquier tipo de suelo, si te pasás tenés que pedir excepcionalidad ante la Junta; Montes del Plata ya pidió dos».

Tampoco existe un cálculo sobre el saldo en puestos de trabajo que implica el avance de la forestación, que implica perdida en otros ámbitos, como la ganadería extensiva.

Por otra parte, uno de los aportes sustanciales del trabajo, en el caso de que haya interés en discutir sobre las zonas francas, es la ganancia neta de las empresas. Según información pública, en 2018, la ganancia neta para UPM fue de 388 millones de dólares y de 277 para Montes del Plata. Solo por exoneración del IRAE entre los dos emprendimientos el Estado resignó 155 millones, el equivalente a prácticamente el presupuesto del MEC, casi la mitad del del Mides y un tercio de la Udelar, indicó Pena.

La reestructura del MHN Casa Evans, uno de los aportes de Montes del Plata a la comunidad de Conchillas, costó casi la mitad de lo que la empresa debería haber tributado por IRAE por día, si no estuviera en Zona Franca. Con 15 días de tributo se hubieran cubierto los cuatro millones de dólares aportados por UPM a Utec para la construcción del Instituto Técnico Regional, en el predio del ex frigorífico Anglo, señaló.
Falta información

«A 12 años de instalada la primera planta no se cuenta con investigación pública sobre sus impactos en la salud humana. En Fray Bentos la percepción es que aumentaron los casos de cáncer en personas jóvenes, pero los referentes de salud plantean que no tienen registro de ese aumento en términos comparativos», señaló el sociólogo.

«Hubo solo una investigación que comparaba la incidencia de enfermedades respiratorias cuyos resultados preliminares eran positivos para Fray Bentos, pero no se finalizó. El MSP dice que no tiene recursos para investigar, que depende de que la Udelar genere investigación. Algunos académicos nos plantean que cuando han presentado proyectos que vinculan uso de agrotóxicos perciben ciertos bloqueos, no son financiados por la ANII (Agencia Nacional de Investigación e Innovación ni por la CSIC (Comisión Sectorial de Investigación Científica)», indicó.

Salud y algo más

Por otro lado, durante la fase de construcción, los referentes en Salud de ambas localidades confirmaron un aumento de las enfermedades de transmisión sexual, principalmente en Fray Bentos donde, a diferencia de lo que pasó en Conchillas, se alojó la mayor parte de la mano de obra.

También señalaron un crecimiento de la prostitución formal y una intensificación de la actividad de las redes de explotación y trata. En el caso de Conchillas, hay relatos que indican que la prostitución llegaba en remises a uno de los establecimientos habitacionales donde se alojaban los trabajadores. Se denunciaron casos de explotación de menores, y algunos no tuvieron las respuestas esperadas, indica el trabajo. «Es un tema tenso, costó mucho el relevamiento», señaló Pena.

Por otra parte «el Estado no exige planes de monitoreo a las plantaciones autorizadas antes de 2005, teniendo en cuenta que los primeros dos años las plantaciones forestales utilizan fertilizantes, herbicidas y hormiguicidas, muchos de ellos catalogados como potencialmente cancerígenos por agencias ambientales de EEUU y la UE», señalan los resultados de la pesquisa.

«En 2015 Montes del Plata fue multada por excederse en contaminantes del agua; desde ese año no se publicaron los informes de seguimiento, luego de la presentación de los resultados de la investigación en Conchillas la empresa publicó el documento de 2017. Pero no se publicaron los informes que corresponden a Dinama ni las actas de la comisión (…) En el caso de UPM, los informes de 2010 a 2017 registran excesos en algún parámetro de emisiones de agua o aire, algunos sancionados. Tampoco se publicaron resultados posteriores», concluyó.

*MontevideoPortal

Fuente: Red Latina sin fronteras

---

Feminicidios & fracking

Las vidas perforadas de Vaca Muerta:

territorios masculinizados y fracking

16 de diciembre de 2019

Por Andrea Ana Gávez (Rebelión)

 

https://ctxt.es

 

La provincia donde se ubica la explotación petrolífera lidera el índice de feminicidios de toda Argentina.

Más al sur de las planicies de una pampa inconclusa, en la ribera del río Neuquén, en Argentina, se encuentra la segunda reserva de gas no convencional y la tercera de petróleo del mundo. Durante la primera década de este siglo, comenzaron las exploraciones de este tipo de recursos no convencionales bajo el suelo, a cientos o a veces miles de metros. 

 

Por eso las extensiones empezaron a perforarse a través del fracking o fractura hidráulica, que ha sido señalada por varios colectivos sociales e investigadores como extremadamente agresiva para el medioambiente: la tierra, el agua, los cultivos y los territorios. Pero también para la salud. 

 

Numerosos estudios señalan sus efectos nocivos: cáncer, asma y defectos de nacimiento. El fracking entró fuerte en Argentina y lo que sucedió es que hubo pérdidas masivas de sectores que se dedicaban a la producción de frutas y verduras, las poblaciones crecieron intensamente en el boom de Vaca Muerta por la anunciada “promesa” de beneficios y suculentas ganancias para los trabajadores del petróleo. 

 

Miles de familias emigraron desde varios puntos de Argentina para encontrar un empleo en el megaproyecto hidrocarburífero. Las localidades, que antes eran tan sólo pueblos perdidos en el mapa, fueron haciéndose populosas y esta situación tuvo importantes efectos en los habitantes de la zona, especialmente en los cuerpos feminizados. 

 

Las presencias 

 

Ayelén es el seudónimo de una mujer que tiene miedo de perder su trabajo y prefirió preservar el anonimato. Es mapuche y trabaja de limpiadora en Añelo, uno de los pueblos más cercanos a los pozos de extracción. Para ella el fracking trajo todo un paisaje de presencias intermitentes que en ocasiones se mueven con impunidad porque no permanecen en la ciudad. “La mayoría de la población que trabaja en el fracking son hombres que van y vienen. Tenemos que convivir con piropos y acosos, personas que vienen de paso y pueden cometer delitos y luego irse. 

 

El fracking trae toda esta cara oscura para el género femenino, sobre todo a la hora de laburar porque está totalmente expuesta a que le pudiera pasar cualquiera de estas situaciones”, afirma. Según datos del censo de 2010, 

 

Añelo tenía una 2.000 personas; en 2017 aumentó en 4.000 más y se estima que más de 20.000 personas transitan diariamente por la población. Para ella es una de las consecuencias que trae el megaproyecto de Vaca Muerta, además de la contaminación, el crecimiento desmedido de la ciudad, la precariedad de los servicios públicos y el encarecimiento sin control del coste de la vida. 

 

En Allen, otras de las poblaciones cercanas a Vaca Muerta, una de las vecinas nos cuenta los malestares y los ruidos constantes que tienen día y noche. “En nuestro barrio, antes lo único que había era un camión que transportaba fruta de vez en cuando, ahora el ruido de las grandes maquinarias y el movimiento de camionetas pesadas, que trabajan las 24 horas del día, cambió mucho nuestra vida”.

 

Entrevistamos a uno de los colectivos feministas de la zona: La Revuelta. Rut, una de sus integrantes, nos contó cómo fueron pensando la “nueva conformación político y social” que se dio a partir del desarrollo de Vaca Muerta. Uno de los elementos que señala es que las ciudades se han transformado muy rápido y esto ha traído una serie de mobiliario urbano que ha tenido consecuencias simbólicas para los habitantes de la zona y especialmente para las mujeres. “Si miramos el paisaje geopolíticamente construido, la ciudad se ha ido modificando de manera vertiginosa, con la presencia por ejemplo de las camionetas del petróleo. 

 

Lo que representan socialmente las camionetas es una masculinidad que también exige constantemente ciertos modos de feminidad”, afirman desde La Revuelta. Unido a este paisaje, lo que resaltan desde el colectivo es que el desarrollo del proyecto extractivo también modificó las construcciones de masculinidad y feminidad. “El desarrollo de Vaca Muerta vuelve a poner en escena una masculinidad hegemónica exacerbada. 

 

Hay una presencia y una adoración a esa masculinidad que presume y se constituye como la masculinidad proveedora, perforadora. Y claro, esa masculinidad, esa presencia, también arma tipos de relaciones y determinadas exigencias”, continúa Rut. Además, esta exacerbación de la masculinidad también trae consigo mayor disciplinamiento y control hacia la comunidad LGTBIQ+. Según Rut, “los modos de control se exacerban a partir de estas presencias con estas características de masculinidad hegemónica”.

 

Los impactos 

 

Gran parte de la población cercana a Vaca Muerta vivía sobre todo de los árboles frutales y de las cosechas. Eran familias que tenían huertas y cultivaban sus tierras tanto para el autoconsumo como para la comercialización. Cuando las empresas extractivas empezaron a instalarse, muchas de las familias no pudieron seguir con la actividad y otras aún siguen intentándolo. Normalmente son las mujeres las que se echan a la espalda el trabajo del campo. Belén Álvaro, socióloga y docente de la Universidad de Comahue, lleva tiempo investigando las consecuencias que tuvo el fracking para la vida de estas mujeres campesinas. 

 

La mayor parte de estas trabajadoras rurales vive en barrios con carencias y cercanos a la explotación. En la mayoría de los casos la familia no tiene la tenencia de la tierra. Belén y su equipo, a través de una investigación basada en testimonios, entrevistas y un acompañamiento por años, concluyeron que estas mujeres tuvieron importantes transformaciones en la vida cotidiana: en el modo de trabajar, en la forma de circular por la ciudad, en el acceso a los espacios, y también la calidad de los recursos básicos como el agua, la tierra o el aire. 

 

Todo ello trajo afecciones de distinto tipo en el cuerpo de las mujeres, subieron los diagnósticos en las afecciones en la piel, disfunciones en el aparato digestivo y respiratorio y aumento de los problemas neurológicos. 

 

Roxana vive en el barrio más cercano a los pozos de extracción a las afueras de la localidad de Allen. Trabaja y vive de la tierra, tiene seis hijos y tres nietos. Hace seis años, cuando llegaron las plantas petroleras empezaron a sentir problemas en la salud. “Éramos 15 familias y con el pasar del tiempo se fueron yendo porque se fueron enfermando. El olor nauseabundo, olor a azufre, humo, pérdidas de gas todo el tiempo. Ardores en la garganta, en la nariz y en la boca, problemas respiratorios, enfermedades del estómago, una de mis hijas llegó a tener pancreatitis supuestamente por la contaminación del agua”, cuenta a este medio Roxana. 

 

La producción en las “chacras” de frutas y hortalizas también se vio perjudicada; algunos vecinos se fueron y otros vendieron su tierra. “Antes nuestro barrio vivía de la producción de frutas. Hoy es un desierto, muchas las han abandonado y otras se han vendido para los pozos de petróleo y gas”, añade. Según la investigadora Belén Álvaro, al ser más difícil producir y al aumentar las enfermedades y las molestias en los cuerpos de las mujeres y de las personas a su cargo, se han intensificado los trabajos de cuidado y esto a su vez ha hecho que empeore la soberanía alimentaria de la familia. 

 

“La intensificación de los trabajos de cuidado les lleva a abandonar otras tareas para destinar mucho más tiempo al cuidado de los cuerpos y a la recuperación de las enfermedades. Aquellos intentos que se realizan en las huertas y con los animales son fallidos, sobre todo, por la calidad del agua, esto hace que no puedan sostenerse en el tiempo”. Esta intensificación de los tiempos de cuidado hace que las mujeres vuelvan a quedar relegadas en el espacio doméstico. 

 

“El fracking hizo disminuir la potencia de sí, la disposición de sí de estas mujeres porque intensifica los trabajos de cuidado, las mujeres han sido reducidas de vuelta al ámbito doméstico, estas tareas de cuidados son feminizadas, invisibilizadas y privatizadas en los hogares.” explica Belén. 

 

Según la investigadora la irrupción del fracking en Vaca Muerta “es sexista y profundiza las relaciones patriarcales” al excluir a las mujeres de la posibilidad de decidir y debatir qué van a hacer en los territorios. “Las deja en lugares de estrategias defensivas para hacer posible la vida con las mínimas posibilidades, porque las condiciones de existencia son cada vez más difíciles. 

 

La violencia sexista se apropia de los recursos naturales que se encuentran bajo el suelo y también expropia la capacidad de producir lo común que se da en entramados comunitarios: la soberanía alimentaria, la participación política en la vida comunitaria, los lazos sociales, las tramas de solidaridad, todo eso es expropiado por una lógica que arrasa con los territorios y con la potencialidad de lo que hay para producir en ellos en términos de comunidad”. 

 

Las violencias 

 

Carolina Espinosa forma parte de la agrupación nacional MuMalá. En 2015 empezaron a desarrollar un Observatorio de feminicidios. Lo que advierten es que en 2018 la provincia de Neuquén, donde se encuentra Vaca Muerta, lideró el ranking de feminicidios de toda Argentina. Ese año, fueron asesinadas 28 mujeres en toda la provincia. De los 23 casos que pudieron obtener datos, la mitad fueron en las ciudades petroleras o cercanas a la explotación. En dos de los casos la mujer era trabajadora sexual. 

 

En el Observatorio encuentran una vinculación entre el aumento de las violencias machistas y los feminicidios con la explotación de Vaca Muerta y piden que la provincia declare la emergencia de género y que esto se traduzca en mayores presupuestos para la protección, sobre todo, de las mujeres del interior, las localidades más cercanas a Vaca Muerta, donde dicen que hay más vulnerabilidad. Otro escenario que siguen con preocupación estas agrupaciones es la posibilidad de redes de trata “blanda”, que operan en el territorio de Vaca Muerta. 

 

Paula Ovadilla, historiadora y docente, investigó sobre la tercera actividad más lucrativa del mundo y lo que encontró fue que la mayoría de trabajadoras sexuales que lo hacen para otros, habitan en las zonas limítrofes al megaproyecto, son de Centroamérica y sobre todo de República Dominicana. Según ella, normalmente las mujeres migran por una promesa laboral y, cuando llegan al lugar, se dan cuenta de que han sido engañadas. “Normalmente buscan mujeres migrantes que provengan de otros países. 

 

Estando acá les cuesta empezar de cero, no conocen a nadie, no tienen familia, se encuentran en una situación de clara vulnerabilidad y desprotección” explica Paula. Según ella y algunas organizaciones feministas consultadas, existirían vinculaciones entre el megaproyecto y las redes de trata. 

 

La concentración y el tránsito de hombres, la repatriarcalización del territorio, sumas de dinero que vienen y van, los negocios millonarios, la falta de recursos y laxas normativas de control hacia las grandes empresas que operan en Vaca Muerta parecen aumentar la desprotección y la vulnerabilización de las mujeres y disidencias sexuales. 

 

Esto podría estar provocando el aumento de las violencias machistas, las agresiones y las redes de explotación sexual que se dan por el continente y que parecen indicar a Vaca Muerta como uno de sus lugares favoritos de Sudamérica.

https://ctxt.es/es/20191204/Politica/29581/vaca-muerta-fracking-feminicidios-argentina-andrea-ana-galvez.htm

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=263528

 

 

 Ecocida y genocida

 

Observamos que los trabajadores de mega emprendimientos no sólo están subsumidos en hacer posible una gigantesca devastación socioambiental sino también están insertos en conflictos que son guerras contra las comunidades locales donde ellos están del lado de quienes se enriquecen extraordinariamente de esa manera violenta y genocida. Ahora hallamos potencia de transformaciones radicales en que: "Estos conflictos expresan diferentes concepciones sobre el territorio, la naturaleza y el ambiente, al tiempo que van estableciendo una disputa acerca de lo que se entiende por desarrollo y, de manera más general, por democracia. En la prevención en que los múltiples megaproyectos tienden a reconfigurar el territorio en su globalidad, no sólo se ponen en jaque las formas económicas y sociales existentes, sino también el alcance mismo de la democracia, pues esos proyectos se imponen sin el consenso de las poblaciones y generan de este modo fuertes divisiones en la sociedad y una espiral de criminalización y represión de las resistencias".

 

Espiral (Guadalaj.) vol.23 no.66 Guadalajara may./ago. 2016

 

Neoextractivismo y

conflictos medioambientales

en América latina
 

Marco Antonio Merchand Rojas* 

* Profesor-Investigador del Departamento de Sociedad y Economía del Centro Universitario del Sur (CUSUR), Universidad de Guadalajara, merchandrojas@yahoo.com.mx

Resumen

En este artículo se analiza cómo el común denominador de las economías latinoamericanas es la dependencia que tienen con la economía mundial como países productores de bienes primarios, a pesar de las diferencias estructurales económicas y políticas de los países latinoamericanos. Se utiliza el abordaje teórico y conceptual bautizado como modelo neoextractivista para explicar las características específicas que acarrea este y que conlleva en su matriz originaria acaparamiento de tierras y expulsión o desplazamiento de las comunidades rurales. Se concluye que el efecto de dicho modelo neoextractivista se traduce en una espiral de criminalización y represión de resistencias sociales por disputas territoriales en torno a una gran asimetría de poder.

Introducción

El capitalismo globalizado territorial, a través de los sucesos de la historia (fordismo y posfordismo), ha construido una división internacional del trabajo y una división territorial de la producción mundial que determinan un rol fundamental para América Latina como proveedora de recursos naturales (agua, suelos, yacimientos minerales e hidrocarburos -recursos estratégicos-).

La apropiación de dichos recursos naturales (materias primas) se caracteriza por un coloniaje formal e informal que impone una lógica de acumulación a través de los mecanismos de compra, alquiler o concesión; estos mecanismos logran ser utilizados para dominar los recursos naturales (RN) gracias a dos protagonistas claves: el Estado-nación y el capital, que configuran espacios y lugares para la explotación de los RN.

Este nuevo paradigma de la actual geografía económica propicia una disputa global por los recursos naturales, siendo este suceso uno de los elementos más importantes de la dinámica del capitalismo contemporáneo para reproducir una lógica de acumulación sobre América Latina. Por la dimensión de las reservas de recursos estratégicos que posee América Latina, y por su condición histórica de ser una región exportadora de materias primas (commodities),1 esta región tiene un alto grado de vulnerabilidad y dependencia de importaciones, no sólo de los Estados Unidos, sino, ahora, de la creciente demanda de China, que cobra auge como la mayor potencia comercializadora de commodities. Algunos analistas de la geopolítica ven en China una amenaza a la hegemonía de Estados Unidos en el ámbito mundial, especialmente en el contexto de la crisis económica más reciente en Estados Unidos y Europa.

En la esfera económica, la reprimarización de las economías latinoamericanas está vinculada al incremento en la demanda de materias primas por el robusto crecimiento económico chino y su peso demográfico. Las empresas chinas han comenzado a invertir fuertemente en las industrias extractivas de América del Sur, y sus bienes manufacturados baratos compiten con los producidos en México y América Central.

En general, las economías latinoamericanas han ampliado su frontera extractiva, donde participan activamente las transnacionales. La ocupación de estos espacios locales o regionales por parte de estas empresas ha afectado profundamente los derechos y los territorios de los pueblos y comunidades indígenas. Así lo demuestran el Observatorio de Multinacionales de América Latina (OMAL, 2015) a través de su mapa interactivo, y los informes asociados a cada caso que ha elaborado la Coordinación por los Derechos de los Pueblos Indígenas.

El estilo de desarrollo y el modelo neoextractivista

El estilo de desarrollo y el modelo neoextractivista se corresponden con las propias estrategias macroeconómicas desplegadas por el Gobierno neoliberal que no sólo han sacrificado la economía real de los mexicanos, sino que también estas estrategias de estabilización, auspiciadas por el consenso de Washington, han sido la causa de la explotación de los recursos naturales y de la degradación ambiental de los países en desarrollo, como el caso de México, con un Estado-nación más que nunca dedicado a crear un clima de negocios benigno para la inversión extranjera que explota en forma indiscriminada los recursos naturales sólo con el fin de producir un excedente exportable, y que internaliza las externalidades negativas a cargo de los recursos naturales que sobreexplota.

Esta necesidad de los países en desarrollo de exportar bienes que socavan su patrimonio natural ahonda la deuda ecológica, que no es más que las exportaciones mal pagas que realizan los países en desarrollo a los países desarrollados. Es claro que los precios de estas materias primas exportadas no incluyen diversos costos sociales y ambientales, propios de la explotación irracional que realizan las transnacionales de los países desarrollados.2

Como bien lo explican Martínez-Alier y Jusmet (2001), se propicia un comercio ecológicamente desigual que proviene de dos causas: en primer lugar, falta frecuentemente en el sur la fuerza necesaria para lograr incorporar las externalidades negativas locales en los precios de exportación; y, en segundo lugar, el tiempo natural necesario para producir los bienes exportados desde el sur es frecuentemente más largo que el tiempo necesario para producir los bienes y servicios importados, lo que provoca que en las economías del sur, o economías latinoamericanas, su crecimiento económico, con sus modalidades de la globalización de mercados bajo el esquema neoliberal, representa una seria amenaza para el medio ambiente e imposibilita su desarrollo sustentable.

Aquí se sostiene, al igual que lo hace Veltmeyer (2013), que se registra un impacto negativo del desarrollo de los recursos naturales en la tasa de intercambio en otros sectores -la llamada enfermedad holandesa, por ejemplo-, la volatilidad de los precios de las mercancías en el mercado mundial, la propensión hacia un ciclo de rápidos incrementos y rápida decadencia (boom-bust cycle), la susceptibilidad a la corrupción, la excesiva confianza en la inversión extranjera directa, la estructura de producción de enclave con escasas vinculaciones hacia adelante o hacia atrás con otros sectores de la economía, y una estructura social que inhibe el desarrollo más amplio de las fuerzas productivas de la sociedad y deriva en formas desiguales y exclusivas de crecimiento y en conflictos y guerras por los recursos.

De este modo, desde el estructuralismo latinoamericano y la escuela marxista de la dependencia hasta los economistas neoclásicos y neoliberales, acuerdan en que la extracción de recursos ofrece una vía bastante difícil hacia el desarrollo. Sin embargo, los cambios en la economía mundial en años recientes han dado origen a la noción de que esta vez será diferente, que las modificadas condiciones del mercado mundial permitirían ahora que los países ricos en recursos exploten su ventaja comparativa en recursos naturales y se convierta en una bendición lo que alguna vez fue una maldición.

Los exponentes de esta perspectiva incluyen a varios economistas del Banco Mundial, quienes han publicado una serie de estudios que sugieren que el aumento reciente en la inversión extranjera a gran escala en tierra y en la extracción y explotación de los recursos naturales bajo las actuales condiciones tiene implicaciones positivas para muchos países en desarrollo, permitiéndoles aprovechar las nuevas oportunidades que ofrece una fuerte demanda de estos recursos en el mercado mundial (Banco Mundial, 2010 y 2011).

Por lo que respecta a las especificidades que cobra el neoextractivismo3 en los países emergentes, éstas se refieren a aquellas actividades económicas que remueven grandes cantidades de recursos que no son procesados (o que lo son limitadamente) y que se destinan a la exportación. Sin embargo, esto no se limita a los minerales, gas o petróleo, sino que engloba materias primas agrarias, forestales e incluso productos pesqueros. Por ello, en la actualidad se plantea que los países de América Latina son exportadores de naturaleza.

La definición que le otorga una especificidad al neoextractivismo es la de la consolidación de un estilo de desarrollo definido como un patrón de acumulación basado en la sobreexplotación de recursos naturales, en gran parte no renovables, así como en la expansión de las fronteras hacia territorios antes considerados como improductivos. El neoextractivismo instala una dinámica vertical que irrumpe en los territorios y a su paso va desestructurando economías regionales, destruyendo biodiversidad, profundizando de modo peligroso el proceso de acaparamiento de tierras al expulsar o desplazar a comunidades rurales, campesinas o indígenas, y violentando procesos de decisión ciudadana (Gudynas, 2009).

El llamado "modelo extractivista" fue interrumpido por algunos pocos países latinoamericanos a partir de la crisis mundial de 1929 (Argentina, Brasil, México, Colombia, Perú, Chile y Uruguay), y estos iniciaron el camino hacia la industrialización dirigida por el Estado, o industrialización por sustitución de importación (ISI). Los países restantes no lograron superar las estructuras de exportaciones primarias. Sin embargo, se debe aclarar que las exportaciones primarias, si bien perdieron dinamismo, continuaron como principales fuentes de divisas, ya que los productos manufacturados se dirigían al mercado interno y eventualmente al regional. La participación de empresas transnacionales en el mercado local se benefició también del proteccionismo imperante en el mercado local.

Para la década de los años setenta del siglo pasado, la ISI ya no se sostenía, abatida por sus límites estructurales para poder llegar a otras etapas de industrialización más sofisticadas, con lo cual se puso fin al ciclo desarrollista y la regulación del Estado. Durante los años ochenta, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) recomendaron a los países en desarrollo la aplicación de políticas de estabilización, primero, y ajuste estructural después.

Los programas de ajuste estructural (PAE) son la condición impuesta por el FMI y el BM a un país para otorgarle respaldo financiero destinado a afrontar un grave problema de pagos internacionales. Los PAE surgieron a comienzos de los años ochenta como respuesta a la crisis de la deuda externa de los países en desarrollo. Obedecen a una concepción extremadamente ortodoxa de la política económica, que años más tarde sería bautizada por sus propios impulsores como el consenso de Washington.

En efecto, desde los años setenta, y hasta el día de hoy, las economías de los países en desarrollo han estado dominadas por el enfoque neoclásico impuesto por los neoliberales, donde los operadores mundiales de tal modelo son los dos organismos financieros (FMI y BM) que sustentan el liderazgo de los Estados Unidos.

De igual manera, la teoría neoliberal se sustenta primordialmente en dos bases: primero, la defensa de la eficacia del mercado como mecanismo de asignación óptima de los recursos, junto con la crítica a la intervención pública en las actividades económicas en tanto generadora de distorsiones; segundo, la insistencia en las ventajas de una participación plena en el comercio internacional, junto con la crítica al modelo de industrialización por sustitución de importaciones, el cual muestra un claro sesgo antiexportador (Merchand, 2012).

A partir de las reformas impuestas por el consenso de Washington, se postuló que tendríamos que reaprovechar nuestras ventajas comparativas cifradas en productos cuya producción interna costara menos, así que se reivindicó por los neoliberales apostar de nuevo al modelo extractivista que nos ofrecía una mejor inserción al mercado mundial, sobre todo aprovechando un mercado más diversificado a partir de otros demandantes, como son los países asiáticos, fundamentalmente China, ávidos de invertir y comprar nuestras cotizadas materias primas.4

El Cuadro 1 refleja la importancia que tienen, sobre todo para los países sudamericanos, sus exportaciones de materias primas en el total de su producto interno bruto (PIB).

Merchand, 2012). Esto hizo que las empresas mineras o petroleras disfrutaran de un contexto de liberación de flujos de capital, acompañado de flexibilización o reducción de las regulaciones (laborales y ambientales, y de concesión de permisos para explotar nuestros recursos sin ninguna restricción).

En el contexto señalado aquí, el Estado mínimo concede licencias o títulos para acceder a un recurso natural que corresponde a parte de la renta que se genera a través de una red de favores políticos-empresariales, renta que incluye regalías y tributos bajos a los capitales nacionales y extranjeros que apuesten por explotar los recursos mineros, energéticos y agrícolas (Gudynas, 2009, pp. 187-225). Aquí, las empresas transnacionales tienen un rol determinante; el Estado es funcional a esa transnacionalización que dinamiza sectores con ganancias extraordinarias.

Este neoextractivismo se caracteriza por mantener e incluso profundizar la extracción minera y petrolera, sea por un aumento de los rubros clásicos o por la incorporación de nuevos recursos (por ejemplo, países tradicionalmente no mineros que intentan la megaminería, como Uruguay, o países mineros que buscan nuevos rubros, como el litio en el caso de Bolivia). A su vez, el modo extractivista de organizar la producción se expande a otros sectores, en particular el de los monocultivos de exportación, como la soja en Argentina, Brasil y Paraguay.

El Estado juega un papel mucho más activo que en el extractivismo clásico, sea por una participación directa por medio de empresas estatales, como la petrolera venezolana PDVSA, o por medios indirectos: asistencias financieras, subsidios, apoyos en infraestructura, etc. El empresario transnacional reaparece o cobra importancia bajo otros modos de asociación, tales como la migración o los contratos por servicios en el sector petrolero (joint-ventures) para la comercialización, como sucede en Bolivia.

Con el neoextractivismo, el Estado capta, o al menos intenta captar, mayores proporciones del excedente generado por los sectores extractivistas apelando a medidas como regalías o tributos más altos. A su vez, estos Gobiernos que apoyan y defienden estas prácticas sostienen que se permite recaudar más fondos, y que estos son utilizados en programas de lucha contra la pobreza. El hecho sustancial es que todos los Gobiernos progresistas5 defienden ese estilo, y uno de sus argumentos predilectos consiste en ligarlos a los planes contra la pobreza u otros tipos de programas en el campo de la justicia social; de esta manera ganan una legitimación social y política sustantiva.

Sin embargo, se genera un círculo vicioso, donde los planes contra la pobreza requieren de nuevos proyectos extractivistas, y estos a su vez generan nuevos impactos sociales y ambientales que requerirán de futuras compensaciones. De este modo, el Estado busca lograr delicados equilibrios entre sus concesiones al capital y la necesidad de regularlo, entre alentar el extractivismo y amortiguar sus impactos sociales y ambientales.

El Cuadro 2 muestra la expansión del extractivismo en América del Sur.

Este cuadro refleja ejemplos y tendencias de las inversiones llevadas a cabo por los Estados de América del Sur y, como bien lo explica Eduardo Gudynas (2012), la minería, hidrocarburos y monocultivos han recibido grandes inversiones y se han iniciado nuevos emprendimientos en casi todos los países. Se apela a prácticas cada vez más intensivas, a veces utilizando productos tóxicos y peligrosos, muchas veces usando explosivos, y se cubren áreas geográficas mayores, afectando por ejemplo las cuencas hidrográficas. Viejos emprendimientos son reactivados y profundizados, y países que no eran extractivistas ahora están comenzando a serlo.

Este extractivismo también es adjetivado por Svampa (2013), quien retoma las ideas planteadas en el libro compilado por Massuh (2012). La etiqueta empleada para este extractivismo es la de consenso de los commodities, que se define y caracteriza como el ingreso de América Latina en un nuevo orden económico y político-ideológico, sostenido por el boom de los precios internacionales de las materias primas y los bienes de consumo demandados cada vez más por los países centrales y las potencias emergentes.

Este orden va consolidando un estilo de desarrollo neoextractivista que genera ventajas comparativas, visibles en el crecimiento económico, al tiempo que produce nuevas asimetrías y conflictos sociales, económicos, ambientales y político-culturales. Tal conflictividad marca la apertura de un nuevo ciclo de luchas, centrado en la defensa del territorio y del ambiente, así como en la discusión sobre los modelos de desarrollo y las fronteras mismas de la democracia.

El concepto de commodities, en un sentido amplio, se entiende como productos indiferenciados cuyos precios se fijan internacionalmente, o como "productos de fabricación, disponibilidad y demanda mundial, que tienen un rango de precios internacionales y no requieren tecnología avanzada para su fabricación y procesamiento" (Svampa, 2013, p. 32). Ambas definiciones incluyen desde materias primas a granel hasta productos semielaborados o industriales. Para el caso de América Latina, la demanda de commodities está concentrada en productos alimentarios, como el maíz, la soja y el trigo, así como en hidrocarburos (gas y petróleo), metales y minerales (cobre, oro, plata, estaño, bauxita, zinc, entre otros).

Cabe destacar que a partir de datos extraídos de Horacio Machado (2012) es interesante observar cómo, a escala mundial, la geografía de la extracción es muy diferente a la geografía del consumo. Por ejemplo, América Latina produce 26.2% de la bauxita en el mundo, pero sólo consume 2.9%; en cuanto al cobre, produce 45.1% y consume 6.1%; respecto al oro, produce 15.2% del total mundial y consume 3%.

Esta demanda de commodities ha originado un importante proceso de reprimarización de las economías latinoamericanas al acentuar la reorientación de estas hacia actividades primarias extractivas o maquilas, con escaso valor agregado. Esta dinámica regresiva se ve agravada por el ingreso de potencias emergentes, como es el caso de China,6 país que de modo acelerado se va imponiendo como un socio desigual en lo que respecta al intercambio comercial con la región.

Si a este consenso de los commodities se le enfoca desde el punto de vista de la lógica de acumulación, conlleva la profundización de la dinámica de desposesión o despojo de tierras, recursos y territorios, y produce nuevas y peligrosas formas de dependencia y dominación. Entre los elementos comunes de esta dinámica podemos destacar la gran escala de los emprendimientos, la tendencia a la monoproducción o la escasa diversificación económica y una lógica de ocupación de los territorios claramente destructiva (Merchand, 2013).

Estas caracterizaciones generales sobre el neoextractivismo operan con la escala de los emprendimientos, que nos advierte también sobre la gran envergadura de las inversiones (se trata de actividades capital-intensivas y no trabajo-intensivas), así como sobre el carácter de los actores involucrados y la concentración económica (grandes corporaciones transnacionales). En razón de ello, y de modo similar al pasado, este tipo de emprendimientos tiende a consolidar enclaves de exportación asociados a una lógica neocolonial que generan escasos encadenamientos productivos endógenos, operan una fuerte fragmentación social y regional, y van configurando espacios socioproductivos dependientes del mercado internacional.

Así, la megaminería a cielo abierto, la expansión de la frontera petrolera y energética (que incluye también la explotación de gas no convencional, o shale gas, con la tan cuestionada metodología del fracking), la construcción de grandes represas hidroeléctricas, la expansión de la frontera pesquera y forestal, la generalización del modelo de agronegocios (soja y biocombustibles), en fin, constituyen las figuras emblemáticas del neoextractivismo desarrollista.

Por último, pese a la tendencia a querer erigirse en discurso único, el consenso de los commodities7 aparece atravesado por una serie de ambivalencias, contradicciones y paradojas, ligadas de manera abierta a la enorme y creciente conflictividad socioambiental que la dinámica extractivista genera, así como también a los múltiples cruces existentes entre dinámica neoliberal, concepción del desarrollo, izquierdas y progresismo populista.

Los escenarios latinoamericanos más paradójicos del consenso de los commodities son los que presentan Bolivia y Ecuador. El tema no es menor, dado que ha sido en estos países donde, en el marco de fuertes procesos participativos, se han ido arreglando nuevos conceptos-horizontes como los de descolonización, Estado plurinacional, autonomías, buen vivir y derechos de la naturaleza.

Sin embargo, y más allá de la exaltación de la visión de los pueblos originarios en relación con la naturaleza (el buen vivir), inscripta en el plano constitucional, en el transcurrir del nuevo siglo, y con la consolidación de estos regímenes, otras cuestiones fueron tomando centralidad, vinculadas a la profundización de un neodesarrollismo extractivista. Incluso, como lo menciona Gabriela Massuh (2012) en su libro Renunciar al bien común. Extractivismo y (pos) desarrollo, el llamado giro a la izquierda acontecido en la última década en América Latina, si por un lado incorpora un discurso marcadamente antineoliberal, por otro continúa haciendo valer un modelo primario, extractivo y exportador, al servicio del interés capitalista, y con consecuencias nefastas para la región en términos ambientales, sociales y culturales, sobre las cuales resulta urgente actuar.

La siguiente cita textual, ilustra con claridad el párrafo anterior:

Este nuevo ciclo de "mineralización" de la América Latina se extiende ya a lo largo de la vasta diversidad biológica y climática de sus territorios, y abarca también los más diversos paisajes ideológicos de los Gobiernos vigentes. Hoy por hoy, el "consenso minero" unifica a todo el espectro variopinto de los oficialismos gobernantes: desde los Gobiernos de "derecha" (de la "moderada" y de la extrema), a los autoproclamados "progresistas" y hasta "revolucionarios"; desde aquellos que abren las puertas a la expansión del militarismo norteamericano, permiten la instalación de nuevas "bases" e impulsan los TLC con las potencias dominantes, a los que adoptan una retórica "antineoliberal", e incluso, a aquellos que modificaron sus constituciones y consagraron los "derechos de la naturaleza" y el "buen vivir". Al unísono con las grandes corporaciones del sector, los Gobiernos latinoamericanos defienden a rajatabla "la minería". El oficialismo prominero se ejerce instalando, día a día, a través de diferentes canales y lenguajes, el mensaje de que "sin minería no se puede vivir" (Machado, 2014, p. 12).

El común denominador de casi todos los Gobiernos latinoamericanos en términos de política económica, sean estos Estados progresistas o conservadores, es que todos se sometieron, como fue en su tiempo, al recetario hegemónico del neoliberalismo más voraz. El consenso de Washington, hoy en día, sigue persistiendo en América Latina, (re)articulado en lo que, en su ensayo, Svampa (2013) denomina consenso de los commodities, el cual responde, conforme a lo anterior, a un modelo que, igualmente integrado dentro del neoliberalismo, se sirve de la lógica extractiva sobre bienes naturales sin valor agregado, su alta rentabilidad para los actores económicos -que no para las comunidades locales-, su abundancia y su tendencia alcista tanto en los precios como en el consumo del mercado internacional.

Este llamado consenso de los commodities, también denominado por Eduardo Gudynas (2012) capitalismo benévolo, se erigiría, pues, desde un extractivismo transversal que afectaría igualmente a los recursos fósiles, a la producción de biocombustibles o al agronegocio de la soja y el maíz, llevando consigo consecuencias más que perjudiciales para la región. Algunas de ellas, aparte de una reprimarización de las economías latinoamericanas -por encima incluso de los niveles de la década de los ochenta-, serían la precarización del empleo rural, la conformación de una pérdida de soberanía alimentaria, la proliferación de prácticas de desposesión de tierra, además de elevadísimas dosis de fragmentación social y regional que, ahondando en las dinámicas socioproductivas del mercado internacional, habrían terminado por generar un escenario sumamente pernicioso para el medioambiente y los derechos humanos.

Para seguir con la tónica de Gudynas, el Estado sudamericano se ajusta al estilo de desarrollo de talante extractivista y a la vez lo reproduce. El éxito actual de los Gobiernos, y en particular sus posturas optimistas frente a la crisis, sólo son posibles en la medida en que se mantenga el flujo de exportaciones de materias primas, sus altos precios y la atracción de inversiones. La caracterización que realiza Gudynas sobre el Estado es el rasgo común de los actuales Estados latinoamericanos, sean estos conservadores o progresistas.

El Estado libera y apoya dinámicas propias de una economía capitalista, permitiendo una intensa apropiación de la naturaleza, pero, por otro lado, intenta regular e intervenir esos ámbitos mercantiles. En efecto, todos los Gobiernos proclaman que su objetivo en el área económica es lograr crecimiento, lo que sería indispensable para generar empleo, captar renta para poder financiarse, etc. Por lo tanto, este Estado liberaliza y protege dinámicas propias del capitalismo contemporáneo, y se abstiene de intervenir cuando se ponen en riesgo esos procesos de acumulación. La promoción se hace con diferentes grados de apoyo y participación, que van desde cobertura jurídica hasta subsidios de diverso tipo, el aliento y protección al ingreso de inversiones, y hasta, en algunos casos, directamente el desarrollo de la actividad por medio de empresas nacionales.

Sin embargo, independiente de qué tipo de Estado se tiene (sesgo ideológico), este es un actor indispensable para asegurar las altas rentabilidades de una economía extractivista, como la minera, petrolera, forestal y de agronegocios, que tienen múltiples aspectos en común, como lo explican Norma Giarracca y Miguel Teubal:

Fueron impulsadas en el marco del neoliberalismo económico difundido a escala mundial; se vinculan con el interés de grandes corporaciones que las impulsan y que controlan sectores clave del espacio económico donde operan; se remiten a escalas de producción mucho mayores a las tradicionales y desplazan multiplicidad de actividades preexistentes; utilizan tecnologías de punta; se localizan territorialmente porque dependen de la existencia y la persistencia de determinados recursos naturales; desplazan masivamente tanto a trabajadores rurales como al campesinado, a la agroindustria en general y a pobladores cordilleranos circundantes; significan actividades con alto consumo de otros recursos no reproducibles, como el agua, la tierra fértil, la biodiversidad; se orientan fundamentalmente hacia las exportaciones, con lo cual no contribuyen a resolver necesidades internas; son altamente conflictivas respecto de las tradicionales actividades existentes en las distintas regiones (agricultura, ganadería, turismo, cultivos industriales); no son esenciales para la vida de las comunidades -o del mundo en general-. Estas actividades también son generadoras de grandes deseconomías externas, no consideradas por sus promotores (Giarracca y Teubal, 2011, p. 9).

La especificidad de estas actividades extractivistas es que son impulsadas con gran ahínco por grandes empresas transnacionales que dominan sectores clave de la producción y tecnologías utilizadas en estos procesos. Como bien lo señala el OMAL, los Estados han ejercido un poder fáctico que ha impulsado, tanto como ha impuesto, la adopción de normas subordinadas a los principios neoliberales: las privatizaciones, las desregulaciones y el adelgazamiento del Estado de bienestar son reglas que preparan la pista de aterrizaje de las transnacionales para que estas exploten indiscriminadamente los recursos naturales.

Explosión de conflictos socioambientales

Necesariamente, hay que citar de nuevo a Svampa (2012) porque refleja muy bien lo acontecido con la instauración del modelo neoextractivista. Como más arriba se ha sostenido, desde el punto de vista de la lógica de acumulación, el nuevo consenso de los commodities conlleva la ampliación de la dinámica de desposesión o despojo de tierras, recursos y territorios, y produce nuevas y peligrosas formas de dependencia y dominación.

Entre los elementos comunes de esta dinámica podemos destacar la gran escala de los emprendimientos, la tendencia a la monoproducción o la escasa diversificación económica, y una lógica de ocupación de los territorios claramente destructiva. En efecto, en función de una mirada productivista y eficientista del desarrollo, se alienta la descalificación de otras lógicas de valorización de los territorios, que son considerados como socialmente vaciables, o lisa y llanamente como áreas de sacrificio, en aras del progreso selectivo (Merchand, 2013).

En otras palabras, el neoextractivismo instala una dinámica vertical que irrumpe en los territorios y a su paso va desestructurando economías regionales, destruyendo biodiversidad y profundizando de modo peligroso el proceso de acaparamiento de tierras al expulsar o desplazar a comunidades rurales, campesinas o indígenas, así como violentando procesos de decisión ciudadana.

Respecto a lo que se debe de entender por conflictos socioambientales, y estando al tono con lo explicado porSvampa (2008), los conflictos socioambientales son aquellos que están sujetados al acceso y control de los bienes naturales y el territorio, lo que supone, por parte de los actores enfrentados, intereses y valores divergentes en torno de ellos, en un contexto de gran asimetría de poder. Estos conflictos expresan diferentes concepciones sobre el territorio, la naturaleza y el ambiente, al tiempo que van estableciendo una disputa acerca de lo que se entiende por desarrollo y, de manera más general, por democracia. En la prevención en que los múltiples megaproyectos tienden a reconfigurar el territorio en su globalidad, no sólo se ponen en jaque las formas económicas y sociales existentes, sino también el alcance mismo de la democracia, pues esos proyectos se imponen sin el consenso de las poblaciones y generan de este modo fuertes divisiones en la sociedad y una espiral de criminalización y represión de las resistencias.

Sin embargo, es necesario encuadrar estos conflictos por la disputa de los recursos naturales en un marco conceptual que permita explicar las causas de dichos conflictos. Gian Carlo Delgado (2013), en la parte introductoria del libro Ecología política del extractivismo en América Latina: casos de resistencia y justicia socioambiental, presenta una semblanza de cómo dio origen al enfoque teórico de la ecología política, y sus aportes para estudiar el objeto de estudio.

Delgado (2013) comenta que la ecología política, como campo de estudio específico interesado en develar las causas y no meramente los síntomas, ha sido y es un proceso diverso, con énfasis heterogéneos y que da cuenta de la importancia que tienen en los análisis teórico-empíricos el reconocimiento explícito de los sistemas de poder, la influencia y la subordinación presentes en las relaciones sociales y productivas contemporáneas, en todas las escalas temporales y espaciales.

El susodicho autor agrega que el concepto como tal, de acuerdo a Robbins,8 fue probablemente utilizado por primera vez en 1972 por Wolf en su trabajo "Ownership and Political Ecology", en el que se introdujeron una serie de trabajos propios de la antropología y la ecología cultural para la zona andina, y en los que para Wolf se discuten transversalmente dos elementos clave: por un lado, el tema del acceso de cara a la propiedad de los recursos; y, por el otro lado, el de las dinámicas de la gestión de los territorios con visión de largo plazo, y de innegable naturaleza colectiva de frente a la propiedad privada de acciones individuales y a la gestión cortoplacista.

Después, se tienen estudios más contemporáneos y acotados sobre el desarrollo extractivista y sus consecuencias sociales, económicas, y ecológicas. Destacan los trabajos de Martínez-Alier (1991 y 2003), Martínez-Alier y Jusmet (2001), Escobar (2010 y 2011), Toledo (1980, 1990, 1996 y 2003), Leff (1986 y 2006), y, por supuesto, los trabajos de Alimonda (2002 y 2006) y Quijano (1992, 2004 y 2007). Hay otros estudios más, pero estos son los que aportaron originariamente al debate ecológico-político, como sostiene Delgado (2013). Si bien estos textos no necesariamente son típicos de la diversidad y complejidad de la ecología política de los recursos naturales del continente, son, sin lugar a dudas, contribuyentes apreciables al debate actual.

El Cuadro 3 indica algunos casos que registran los conflictos ambientales en América Latina. Por la cantidad de estos conflictos no hay espacio para hablar de su problemática específica; simplemente se enumeran por subsector.

Este cuadro refleja los conflictos socioambientales y cómo estos se han convertido, de manera creciente, en denominador común de planes y políticas de desarrollo y conservación en América Latina.9 Las tendencias y proyecciones para el corto y mediano plazo indican que estos conflictos irán en sostenido aumento, tomando en consideración el uso exponencial al cual están sometidos los recursos naturales en la región, así como a escala planetaria. Casi sin excepción, se trata de conflictos que involucran a una gran diversidad de actores en disputa por el uso de los mencionados recursos, donde se ven confrontados actores del Estado, comunidades y organizaciones locales, pueblos indígenas, empresas nacionales o corporaciones transnacionales, y organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales. Si bien los conflictos socioambientales pueden potencialmente causar un deterioro irreparable de los recursos naturales, así como sobre las relaciones entre instituciones, empresas y grupos sociales, pueden también potenciar procesos de transformación.

La intensificación de la extracción de los recursos naturales en las últimas décadas ha ampliado las fronteras donde las empresas transnacionales explotan minerales, hidrocarburos, bosques, ríos, etc., ocasionando crecientes conflictos socioambientales. Un caso representativo de los conflictos entre las empresas extractivas y los pueblos amazónicos por la propiedad y el uso del territorio es lo ocurrido en la provincia de Condorcanqui, en la cordillera del Cóndor, cerca la frontera de Perú con Ecuador. En esta zona, Minera Afrodita, subsidiaria de la compañía canadiense Dorato Resources, obtuvo unas 5 100 ha de concesión para la exploración minera con miras a extraer oro, cobre y uranio. Los pueblos awajum y wampis, ancestralmente asentados en esta zona, se han opuesto sistemáticamente y por diversas vías a las actividades mineras, pues consideran que contaminarán con mercurio y cianuro los ríos Cenepa y Marañón y alterarán el ecosistema en su conjunto. El malestar provocado por el avance de la minería, pese a las reiteradas solicitudes de las organizaciones indígenas sustentando su oposición, llevó a que los nativos awajum retuvieran a cinco trabajadores de la empresa para exigir al Estado que intervenga y regule las actividades contaminantes en una zona que ya había sido considerada reserva ecológica (Durand, 2011).

Sin embargo, acorde con la base de datos de conflictos mineros del Observatorio de Conflictos Ambientales (OLCA)10 y la Coordinación Ejecutiva del Observatorio de Conflictos Mineros en América latina (OCMAL), se registraban -hasta 2013- un total de doscientos cuatro conflictos en diecinueve países de la región (seis de ellos son de carácter transfronterizo), los cuales afectaban a doscientas noventa y siete comunidades. En el mapa de la base de datos señalada se observa el número de conflictos mineros (ver, también: Hazin -2013-). La minería no es cualquier actividad, sino aquella que ostenta el mayor grado de militarización del modelo extractivo. Perú es, junto con México y Chile, el país que concentra más conflictos mineros, según el OCMAL. Entre los grandes países de la región, los mencionados son los tres donde el militarismo ha convertido a las comunidades indias, negras y mestizas, rurales y urbanas, en campos donde se impone el estado de excepción permanente.

Cabe aquí hacerse los planteamientos de Massuh (2012), quien dice que violencia, despojo y capitalismo contienen aquí, con toda su crudeza, su referencia primigenia. Ahora bien, ¿todo proceso de desarrollo supone esta tríada? ¿La modernidad es apenas esto? ¿Nos referimos a fenómenos semejantes cuando describimos el capital, la modernidad y el desarrollo?

Lo cierto es que, en el caso de conflictos provocados por el extractivismo, se genera una perspectiva que plantea la importancia de los dirigentes comunitarios para la resistencia. Por ello, se han descrito casos de muertes y asesinatos a líderes locales y de movimientos por la defensa de los territorios y los recursos naturales. En otras palabras, el escenario descrito da cuenta del avance de un modelo neoliberal de mercado que en Latinoamérica significó la instalación de un neoextractivismo actual, sustentado en un colonialismo interno y transnacionalizado que ha propiciado la emergencia de conflictos.

Como sostienen Correa y Rodríguez (2005), hoy más que nunca los conflictos socioambientales son una parte central de los procesos de desarrollo y de rearticulación de América Latina en las agendas globales, así como de la práctica de políticas públicas y de la gestión y administración del territorio y los recursos naturales. Estos conflictos se caracterizan por su complejidad, variedad temática y por la gran diversidad de actores involucrados. Entre los temas resaltantes, destacan los problemas de contaminación y deforestación, los impactos de megaproyectos como la minería y la explotación hidroeléctrica, el acceso y uso de áreas protegidas, la planificación y ordenación de zonas urbano-rurales, el acceso a la tierra, la posesión de territorios tradicionales, y el manejo de recursos pesqueros. Casi sin excepción, se trata de conflictos que involucran desde actores del Estado, comunidades y organizaciones locales, pueblos indígenas, empresas nacionales o corporaciones transnacionales, hasta organizaciones no gubernamentales y académicas. La raíz común de la mayor parte de estos conflictos es el incremento de la competencia por el acceso y uso de los recursos naturales en nuestra región y en el mundo en general.

Regresando de nuevo al argumento central del trabajo, según lo explicado por Composto y Navarro (2011), desde su génesis, la historia del capitalismo ha estado atravesada por el ejercicio permanente del despojo sobre la naturaleza, los seres humanos y sus mundos de vida. Efectivamente, el capitalismo es un sistema global que responde a una dinámica de expansión constante, tanto en términos productivos como geográficos, guiada por un único principio rector: la acumulación incesante (Wallerstein, 2008). Para ello, necesita separar a los hombres de sus medios de producción y reproducción de la vida, a fin de convertirlos en fuerza de trabajo "libre" -desposeída- y susceptible de ser explotada.

En otras palabras, necesita transformar a la naturaleza en un mero medio de producción, y a todos los procesos vivos que le son inherentes en potenciales mercancías, y destruir todas aquellas relaciones sociales, constelaciones culturales y lenguajes de valoración propios de otras matrices civilizatorias para subsumirlas a la lógica unidimensional del mercado (el tiempo abstracto, el individualismo y la ganancia privada). La violencia y el despojo constituyen la condición y signo del origen neoextractivista.

De modo que la violencia y el despojo son los pilares fundacionales del andamiaje capitalista, pero de ninguna manera pueden reducirse a un conjunto de acontecimientos explicativos del pasado, ya que han mantenido un rol continuo y persistente en la amplia geografía histórica de la acumulación de capital hasta nuestros días. En definitiva, los procesos de desposesión son constitutivos e intrínsecos a la lógica de la acumulación del capital, o en otras palabras, representan la contracara necesaria de la reproducción ampliada. Si esta última se presenta como un proceso principalmente económico, que cobra preeminencia durante los periodos de estabilidad y crecimiento sostenido, el despojo se expresa generalmente en procesos extraeconómicos de tipo predatorio y toma las riendas en momentos de crisis, a modo de solución espacio-temporal o huida hacia adelante.

También habría que agregar otra forma de análisis, la que expone Machado (2009, 2010 y 2012): los procesos de expropiación ecológica tienen profundas consecuencias económicas y políticas; implican inexorablemente que lo que unos consumen es lo que a otros les es quitado. El agua y la energía que consumen las mineras en los territorios de nuestra región, por ejemplo, es agua y energía que es negada y expropiada a las propias poblaciones locales.(...)

Fuente: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-05652016000200155

En consecuencia, la «contrarreforma agraria integral» del sistema mundo capitalista (bajo gestión neoliberal o progresista) impone "transformar a la naturaleza en un mero medio de producción, y a todos los procesos vivos que le son inherentes en potenciales mercancías, y destruir todas aquellas relaciones sociales, constelaciones culturales y lenguajes de valoración propios de otras matrices civilizatorias para subsumirlas a la lógica unidimensional del mercado (el tiempo abstracto, el individualismo y la ganancia privada). La violencia y el despojo constituyen la condición y signo del origen neoextractivista".

 

La «contrarreforma agraria integral» del sistema mundo capitalista garantiza el orden social donde "los procesos de expropiación ecológica tienen profundas consecuencias económicas y políticas; implican inexorablemente que lo que unos consumen es lo que a otros les es quitado. El agua y la energía que consumen las mineras en los territorios de nuestra región, por ejemplo, es agua y energía que es negada y expropiada a las propias poblaciones locales".

 

Espiral (Guadalaj.) vol.23 no.66 Guadalajara may./ago. 2016

Neoextractivismo y conflictos medioambientales

en América latina
 

Marco Antonio Merchand Rojas

 

Conclusiones

Se ha analizado cómo los Gobiernos de América Latina justifican un estilo de desarrollo extractivista que genera círculos viciosos no sólo en la población (explotación desmedida, bajos salarios, no se cuenta con prestaciones labores -seguro médico, ahorros, etc.-), sino también en el entorno territorial de estas poblaciones: al estar sometido a una sobrecarga de sus recursos naturales, se tiene como resultado depredación y degradación de su medio ambiente.

Esta paradoja perversa del sistema es propia de la lógica que opera en los Gobiernos en comparsa con las empresas para mantener un sistema productivo con altos rendimientos para una clase empresarial nacional y extranjera. Sin embargo, estas empresas productivas que comercializan exitosamente sus productos en el exterior, aprovechando sus "ventajas comparativas", no generan para sus trabajadores una vida digna y decorosa.

Las comunidades originarias y dueñas de sus recursos (tierra, agua) son despojadas arbitrariamente de sus medios de subsistencia. Estas poblaciones inertes e indefensas luchan por que se les restituya lo que les pertenece. Esto genera creciente conflictividad socioambiental entre los actores involucrados (Estado, empresas y trabajadores). No obstante que han crecido los conflictos por disputas y conquistas de territorios entre los involucrados, el Estado sigue manteniendo una política de defensa a favor de los intereses empresariales que socavan y depredan la biodiversidad de los territorios ocupados, destruyendo por consecuencia el tejido productivo social y cultural de sus pobladores originarios.

Habría que agregar, también, que el negocio lucrativo sobre el aprovechamiento de los recursos naturales se expresa en un neoextractivismo que constituye un escenario favorable para una próspera clase rentista (empresas nacionales, transnacionales y operadores de Gobierno) que acumula más y más riqueza y poder y es situada privilegiadamente en un sistema económico-político exclusivo y explotador de fuerza de trabajo y recursos naturales. El dominio que ejerce la clase rentista (por ejemplo, los titulares de los derechos de propiedad minera, agrícola, petrolera) sobre los denominados activos y recursos "naturales" le permite crear y manipular la escasez, así como especular con el valor de los activos que controla.

Esta clase rentista ejerce el derecho del "acaparamiento de tierras" que se está llevando a cabo actualmente en todo el mundo (América Latina, África), y que tiene que ver más con la creciente competencia por monopolizar los recursos y la cadena alimentaria con vistas a la extracción de rentas que con el temor a unos inminentes límites naturales impuestos a la producción de alimentos y la extracción de minerales.

También es a través del comercio internacional de materias primas que existe una transferencia real o virtual de insumos (agua, energía, minerales, biomasa y nutrientes, así como los efectos del trabajo humano) de una parte a otra del planeta. Este comercio es el adhesivo que mantiene unido el sistema capitalista, y es su expansión la que extiende e intensifica las actividades que tienen lugar dentro del mismo. En este sentido, la categoría de transferencia ecológica se ejemplifica en el caso de la explotación de petróleo crudo de México, que se exporta a Estados Unidos y que este regresa procesado como gasolina o gas.

El sistema capitalista está plagado de desigualdades y desarrollos geográficos irregulares, precisamente como consecuencia del patrón desigual de estas transferencias. Los beneficios se amontonan en una parte del mundo a costa de la otra. Un claro ejemplo de esto es lo que ha acontecido con América Latina en cuestión de transferencia de los beneficios ecológicos a partir de la explotación de su naturaleza y recursos naturales. Hay que recordar que el capital ha agotado, e incluso destruido, de forma irreparable los recursos latentes en la naturaleza de ciertos lugares (ejemplos como el gaucho, el henequén, etc.). Las colonias y las neocolonias fueron explotadas y son explotadas por sus recursos, sin importar el bienestar de las poblaciones locales (a menudo indígenas).

La extracción de minerales y la explotación de los recursos energéticos y forestales suelen seguir una lógica similar, dejando tras de sí un paisaje desigual de ciudades mineras abandonadas, suelos agotados, vertederos de residuos tóxicos y valores de activos devaluados. Estas prácticas extractivas y explotadoras se tornan doblemente voraces y violentas bajo regímenes imperiales y coloniales. Los beneficios y las pérdidas desiguales casi siempre redundan, sin embargo, en beneficio de los ricos y los poderosos, dejando a los vulnerables y a los pobres mucho peor de lo que estaban. Esto es, al fin y al cabo, en lo que siempre ha consistido el imperialismo extractivo.

La explotación de la tierra, la erosión del suelo y la extracción incontrolada de los recursos naturales han dejado una huella de enormes proporciones en los paisajes de todo el mundo, y en algunos casos han provocado la destrucción irreversible de aquellos valores de uso necesarios para la supervivencia humana. Sin embargo, el capital no puede menos que privatizar, mercantilizar, monetizar y comercializar todos aquellos aspectos de la naturaleza a los que tiene acceso. Sólo así le es posible absorberla cada vez más intensamente de modo que se convierta en una forma de capital, esto es, en una estrategia de acumulación. La colonización de nuestro mundo de vida por el capital se acelera. La infinita y cada vez más absurda acumulación exponencial de capital se ve acompañada de una infinita y cada vez más absurda invasión del mundo de vida por la ecología del capital.

Como se analizó, se instaura un proceso que se denomina "ofensiva extractivista", con acelerado avance expropiatorio, mercantilista y depredador de los bienes comunes naturales de la región. El agronegocio, la minería a gran escala, la explotación de hidrocarburos no convencionales, la industria forestal y la construcción de megaproyectos de infraestructura (carreteras, gasoductos, termoeléctricas, represas, etc.) son actividades únicas de esta nueva ola de saqueo, dependencia y recolonización a la que están sujetos los países de América Latina. Se puede decir que casi todos los estudios académicos recientes coinciden en las que las actividades de extracción de minerales o hidrocarburos generan situaciones de pobreza y de autoritarismo, y que se propician relaciones entre unas y otras.

Referencias bibliográficas

Recibido: 08 de Abril de 2015; Aprobado: 19 de Febrero de 2016

 

Fuente: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-05652016000200155

 

 

Señalemos como causa común, de las diversidades de abajo sin fronteras ni muros, a la reafirmación de derechos sobre territorios desde comunidades y pueblos naciones. Apreciemos porqué en el siguiente ejemplo:

 

 

*Gan Gan, 15 de diciembre del 2019 - Meseta de Zunguncura.*

*Al pueblo nación Mapuche Tehuelche y a la opinión pública en general:*

Comunidades Mapuche-Tehuelche de las zonas de meseta y cordillera, y gente de nuestro pueblo-nación declaramos:

Kiñe: Reunidos en Trawn expresamos la reafirmación de nuestros derechos territoriales, y exigimos solución política inmediata a la embestida de la empresa minera Pan American Silver, en complicidad con el poder estatal, entendiendo que es territorio ancestral mapuche tehuelche y se encuentra en peligro.

Epu: rechazamos la promulgación de la Ley de Ministerios con la creación del Ministerio de Hidrocarburos. Dicho ministerio es un paso más del gobierno para intervenir sobre el territorio y habilitar la Megaminería. A su vez, rechazamos cualquier ley desde el Estado, sobre este tema, en tanto no se respeten aquellas que él mismo reconoce (Art. 75. Inc. 17 de la Constitución Nacional, Convenio 169 de la OIT) y nos protegen como Pueblos Originarios.

Küla: nos vemos en obligación de repudiar fervientemente la profanación y traslado del Chenke (enterratorio ancestral) a principios del año 2005, para llevar a cabo actividades de exploración minera. Entendemos la necesidad de mantener el equilibrio con la Ñuke Mapu y los pulli que la habitan y cuidan el lugar, y se vieron afectados por este hecho. Como Mapuche-Tehuelche no vamos a permitir que continúen estos atropellos ante la avanzada del extractivismo, que continuará afectando gravemente estas fuerzas espirituales.

Meli: denunciamos que las actividades de la empresa están generando división en las comunidades, y conocemos de la coerción que ejercen sobre ellas. Nos solidarizamos con los pobladores que se ven amenazados por las acciones de la empresa en complicidad con el poder político. Estamos en alerta y observando sus movimientos y no vamos a aceptar esta clase de atropellos.

*Hacemos un llamado a pu peñi pu lamgen y a la población consciente, a acompañar nuestra lucha por la defensa del territorio y el agua.*

*Recordamos a Raimundo Pino, desaparecido de nuestra meseta y exigimos justicia y el fin de la impunidad.*

*Raimundo Pino presente.*

*Rafael Nawel Yem presente.*

*Libertad al lonko Facundo Jones Huala.* 

*Absolución a Lautaro Curruhuinca.*

*Mari chiweu, mari chiweu

 

 

 Alternativas emancipatorias

 

Necesitamos generalizar la percepción (conciencia y toma de partido) que uno de los aspectos determinantes del proceso de globalización neoliberal es: "La reestructuración del proceso productivo que consistió en el desmantelamiento de la manufactura e industria centralizada (en las áreas y lugares donde lo podían hacer, incluyendo los países latinoamericanos), la deslocalización de la industria (interna y externa, nacional e internacional), y la descentralización y la desconcentración de los procesos productivos y administrativos. Todo ello correspondía a la necesidad de sobre-explotar la mano de obra, aumentar la tasa de ganancia y la rentabilidad tanto del capital variable como del constante, y apropiarse de la riqueza y mercados de los países de la periferia capitalista que se habían descolonizado formal y políticamente, con las revoluciones nacionalistas de países de África y Asia en las décadas anteriores (algunas pintadas de “comunistas” y “socialistas”).

Globalistas y

nacionalistas del siglo XXI

4 de octubre de 2019

Por Fernando Dorado (Rebelión)

Popayán, 1 de octubre de 2019

Con el fin de contribuir a la comprensión de la aparente división que existe entre “globalistas” y “nacionalistas” al interior del bloque transnacional del Gran Capital (oligarquía financiera global), presento las siguientes ideas que tienen que ver con la comprensión de la naturaleza del neoliberalismo que prefiero denominar como globalización neoliberal [1] .

Estas ideas sirven para tratar de entender –más allá de falsos y artificiales sesgos ideológicos– el proceso de crecimiento económico capitalista que se ha presentado en Oriente (incluyendo a China, Corea del Sur, Indonesia, Malasia, Singapur, Taiwán, India, Vietnam, etc.) y el declive y/o estancamiento del capitalismo en Occidente (incluyendo a los EE.UU., Europa y Japón).

Así mismo, se trata de mostrar los límites de los análisis geopolíticos. Pienso que debemos recuperar los análisis de clases (sin desconocer las herencias culturales e históricas) para aceptar que el capitalismo es el modo de producción imperante en todo el mundo y que la contradicción capital-trabajo sigue siendo la determinante y la fundamental.

La reestructuración post-fordista

En los estudios sobre la globalización neoliberal (“neoliberalismo”) siempre se resaltan las políticas de privatización, flexibilización laboral, empequeñecimiento y “modernización” del Estado, etc., etc. Creo que se debe tener en cuenta lo relacionado con la “reestructuración post-fordista”, que fue un proceso de “transectorización del proceso productivo [2] ” con la aplicación de las nuevas tecnologías y los nuevos métodos de organización del trabajo, proceso que arrancó entre 1970 y 1980 con el “toyotismo [3] ” y demás experimentos hechos por los empresarios estadounidenses y desarrollados inicialmente en Japón, y que continuó con los avances de las 3ª y 4ª revoluciones industriales y tecnológicas. Ese proceso de transformación del proceso productivo fue la base real que sostenía y requería de las demás iniciativas de la globalización neoliberal o “neoliberalismo”.

La reestructuración del proceso productivo consistió en el desmantelamiento de la manufactura e industria centralizada (en las áreas y lugares donde lo podían hacer, incluyendo los países latinoamericanos), la deslocalización de la industria (interna y externa, nacional e internacional), y la descentralización y la desconcentración de los procesos productivos y administrativos. Todo ello correspondía a la necesidad de sobre-explotar la mano de obra, aumentar la tasa de ganancia y la rentabilidad tanto del capital variable como del constante, y apropiarse de la riqueza y mercados de los países de la periferia capitalista que se habían descolonizado formal y políticamente, con las revoluciones nacionalistas de países de África y Asia en las décadas anteriores (algunas pintadas de “comunistas” y “socialistas”).

Este proceso es muy importante de resaltar porque es uno de los aspectos determinantes del proceso de globalización neoliberal. El conocimiento de ese fenómeno estructural puede ayudar a explicar la reacción nacionalista en EE.UU., Reino Unido y Europa (Trump, Brexit y demás), que cuenta con amplios apoyos sobre todo entre los trabajadores industriales que perdieron sus empleos y formas de vida, y entre los productores agrícolas que se beneficiaban directamente de los mercados internos de aquellos países que se habían industrializado durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras tres cuartas partes del siglo XX. Ello se puede comprobar identificando las bases de apoyo político de Trump entre los núcleos de población del llamado “cinturón del óxido” y los Estados del “medio oeste” de los EE.UU., lo que también es fácil ubicar en el Reino Unido con las bases sociales de apoyo del Brexit [4] .

Es interesante hacer notar cómo algunos países del Lejano Oriente que recibieron las enormes inversiones en infraestructura y tecnología, independientemente de su orientación ideológica, de su pasado colonial o de la dependencia de una u otra potencia económica y política (USA, UE o Rusia), contaban con las condiciones económicas, políticas y hasta culturales para responder positivamente a las necesidades del gran capital. Es decir, podían ofrecer mano de obra barata, gran flexibilidad en la normatividad ambiental y disciplina de hierro para los trabajadores. Pero, a la vez, los gobiernos de esos países se cuidaron de que los Estados impulsaran políticas relativamente autónomas en la política monetaria y en ciertos aspectos de su economía nacional, lo que les permitió proteger su mercado interno y construir su propia base industrial y tecnológica.

Políticas nacionalistas, nuevo eje de acumulación de capital y América Latina

En nuestros países latinoamericanos no existían las condiciones políticas y económicas para aplicar esa política “nacionalista”. Pongo las comillas porque dicha política se aplicó incluso en países que eran subordinados a EE.UU. como Corea del Sur y otros, pero lo que es común a todos ellos es que sus Estados, más allá de que fueran de “izquierdas” o “derechas”, no practicaban la “democracia occidental”; en lo fundamental eran gobiernos autoritarios, dictaduras personalistas o gobiernos de “partido único”. Y, aunque dicho proceso estuviera supeditado a la globalización neoliberal y hasta se alimentara de ella, les permitió a dichos países construir sus propias bases económicas industrializadas, y asimilar y apropiarse de tecnologías de punta que habían sido monopolio de los países capitalistas de Occidente.

En América Latina las oligarquías conservadoras de formación colonial no podían objetivamente impulsar un proceso parecido. Su poder político era muy débil y frágil, su “patriotismo” es retórico y su racionalidad económica es parasitaria, quieren vivir de la renta. Paradójicamente fue Pinochet en Chile el que intentó hacer algo parecido a los países del Lejano Oriente pero, en la práctica, solo desarrolló lo que los EE.UU. le dejaron hacer. Otras dictaduras militares de Sudamérica como la del Brasil y algunos gobiernos “populistas”, también lograron implementar algunas políticas de industrialización pero, solo fueron esfuerzos residuales del proceso de sustitución de importaciones que se plasmaron en algunos proyectos siderúrgicos, producción de automóviles con auto-partes producidas en EE.UU. o Europa, y algunas industrias textiles y de alimentos. En general, el gran capital desmontó sus industrias en todos los países de América Latina y solo en algunos países se instalaron industrias de maquila y otras modalidades de súper-explotación de los trabajadores. El énfasis se colocó en las industrias extractivas de materias primas.

A manera de reflexión

En 1980, siendo obrero en una fábrica de zapatos en Bogotá, Croydon del Pacífico del Grupo Uniroyal, que también tenía plantas de producción de llantas de caucho, vivimos el proceso de desmantelamiento de la factoría que alcanzó a tener más de 2000 obreros. Con algunos intelectuales, entre quienes destaco a mi amigo Héctor León Moncayo (“Moncayito”), empezamos a estudiar y a entender el problema, a comprender el proceso de “transectorización del proceso productivo”, y hasta realizamos huelgas para tratar de impedirlo, pero era algo indetenible. Después, hemos logrado entender como este proceso era lo central en toda esa transformación estructural del capitalismo, y como las medidas concertadas en el Consenso de Washington solo eran un complemento para adecuar los Estados a sus necesidades, con las privatizaciones y demás políticas. Dichas políticas no sólo se impulsaron en la periferia capitalista (o países del “tercer mundo” como se decía en aquellos tiempos) sino también en los países del centro capitalista, aunque lo hicieron con más tacto y más despacio porque en dichos países los trabajadores tenían mayores herramientas para defenderse como lo explica y reseña con detalles el ya desaparecido teórico italiano, Giovanni Arrighi, en varios de sus textos [5] .

Estudiar y debatir sobre estos procesos de transformación de los procesos productivos es muy importante porque permite demostrar que la “hegemonía de Occidente” está en declive y decadencia, no principalmente por factores “geopolíticos” (estratégicos, políticos, militares, etc.) sino por la deriva que asumió la crisis estructural del capitalismo (que se manifestó en la crisis del petróleo de los años 70s), que obligó a los capitalistas a construir nuevos centros industriales y tecnológicos (“deslocalización a nivel global”), y que ello no se presentó por obra de “otros” sino por necesitad vital de los mismos capitalistas “globalistas” (es su momento). Y ello tiene que ver con demostrar, que el intento de reversar ese proceso (idea de Trump, Johnson y otros) no solo es contraproducente para ellos mismos sino que es una tarea infructuosa.

Además, a los capitalistas “globalistas”, cuya cúpula está concentrada en menos de 50 familias de multimillonarios del mundo entero, que en esencia controlan las redes globales del gran capital y tienen inversiones entrelazadas e imbricadas tanto en Oriente como Occidente, no les interesa una desestabilización de su economía que ponga en peligro su dominio aunque permiten las tensiones entre países para desinformar, engañar y manipular a los pueblos y a los trabajadores, y por ello, de alguna manera permiten que esos falsos nacionalismos tomen auge, y hasta los aprovechan para obtener más ventajas para sus inversiones y proyectos de expoliación y despojo de territorios y de materias primas estratégicas.

Por otro lado, esta temática tiene que ver con que si China y otros países como la India o Corea del Sur, quieren convertirse en las nuevas potencias económicas (como lo están haciendo), tienen que hacerlo sobre la base de la súper-explotación de los trabajadores, lo que inevitablemente genera reacciones masivas y beligerantes de los trabajadores o de otros sectores víctimas de sus políticas y agresiones. Un ejemplo es lo que ocurre actualmente en Hong Kong, donde el problema de fondo son los bajos ingresos y la escasez de empleo “de calidad”, con la particularidad de que en esa ciudad y región, los trabajadores y jóvenes tienen “ciertos grados de libertad” para expresar su protesta que pareciera centrarse en una lucha contra el gobierno chino pero que en el fondo deja ver las contradicciones y conflictos de clase que están latentes y ocultos en toda la gran nación china. Otra cosa es que EE.UU. y otras potencias de Occidente quieran aprovechar esas protestas para hacer demagogia “antichina”, lo que es aprovechado por el gobierno chino para reprimir esas expresiones de inconformidad y engañar al pueblo chino continental.

Todo lo anterior nos lleva a concluir que en dichos países de Oriente (sean gobernados por “pro-capitalistas” o por “comunistas” o “socialistas”) no se puede esquivar la lógica del capital en su proceso de crecimiento y ensanchamiento de su poderío económico. Lo que tampoco se puede negar es que dicho “proceso económico” hace parte de su “lucha nacional” en contra de las potencias económicas tradicionales (de Occidente, principalmente) que se disputan los mercados y el control de regiones estratégicas ricas en materias primas. Pero, así mismo, se puede concluir que los trabajadores y los sectores sociales subordinados de esas sociedades y del mundo entero, no tienen, en dichos modelos y experiencias, las soluciones de fondo para superar un modo de producción basado en la explotación del trabajo y en la depredación irracional de la naturaleza.

Por el contrario, podemos decir que la “línea” que surgió en Oriente, la del “capitalismo asiático” (ya probado parcialmente en Japón), en donde el Gran Capital utiliza unos Estados que heredaron las tradiciones despóticas de sus pasado ancestral y lo combinan con una particular forma de capitalismo salvaje, empieza a ser mirado con buenos ojos por los capitalistas en general, tanto “globalistas” como “nacionalistas”, lo que se expresa en la lucha política actual en todo el planeta, y se va a agudizar más en la medida en que estalle la crisis económica y financiera que se viene incubando a la sombra de la llamada “guerra comercial y tecnológica” entre EE.UU. y China.

Es indudable que la única manera de superar los graves problemas que vive la humanidad, tiene que pasar por replantear el “modelo” (o modo) de producción y de consumo capitalista. No tenemos absolutamente claro como surgirá el “postcapitalismo” pero lo que si podemos asegurar, a partir de estas reflexiones, es que continuar “emulando” y “compitiendo” con las potencias de Occidente en su mismo terreno para continuar con la carrera infinita hacia el “progreso” y el “crecimiento”, colocando a la cabeza de los pueblos y de los trabajadores a los multimillonarios como “grandes generales o timoneles”, como lo propone Heinz Dieterich para México [6] (Carlos Slim) y lo hacen en la práctica los “comunistas” chinos, no nos llevará a construir una sociedad más justa y equitativa pero si nos conducirá hacia la extinción de la vida humana en la tierra.

E-mail: ferdorado@gmail.com / Blog: http://cort.as/-RzyP

Notas:

[1] Thomas Friedman (2017). La Tierra es plana. Breve historia del mundo globalizado del siglo XXI. Es un interesante libro sobre la globalización que aunque no es crítico aporta una buena visión panorámica sobre ese proceso. http://cort.as/-S_uk

[2] Transectorización de los procesos productivos: Fue el proceso implementado por los capitalistas para utilizar toda la capacidad instalada de las unidades productivas (secciones, talleres, etc.) que estaban contenidas dentro de una fábrica o factoría, para acabar con los “tiempos muertos o negros”, automatizar las unidades de montaje reduciendo al máximo a los trabajadores operarios, trasladando las áreas de la producción manufacturada hacia zonas rurales o hacia países con regímenes políticos que les garantizara una sobre-explotación de los trabajadores. Así, muchas de esas unidades productivas se convirtieron en “negocios” específicos y particulares, puestos al servicio simultáneo de diversas industrias o áreas económicas, aumentando la productividad del trabajo y garantizando mayor rentabilidad a sus inversiones. (Nota del Autor).

[3] El toyotismo es una relación en el entorno de la producción industrial que fue pilar importante en el sistema de procedimiento industrial japonés, y que después de la crisis del petróleo de 1973 comenzó a reemplazar al fordismo como modelo referencial en la producción en cadena. (Nota del Autor).

[4] El País. “ Qué hemos aprendido con el Brexit ”. http://cort.as/-S_v2

[5] Arrighi, Giovanni (1937-2009). Importante intelectual italiano. Entre sus principales obras están “Dinámica de la crisis global” (2005), “Caos y orden en el sistema-mundo moderno” (2001), “Adam Smith en Pekín” (2007), “El largo siglo XX” (2014). Ediciones Akal.

[6] Dieterich, Heinz. “¿Ganará AMLO la Batalla contra los Conservadores?”. http://cort.as/-RzyP

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=261110

 

 

Creemos que el capitalismo es "el" sistema social, lo hemos naturalizado. Pero "todo modo de producción es histórico: nace por unas circunstancias concretas, se desarrolla de una manera y acaba de una forma.

El capitalismo se basa en la explotación del hombre por el hombre. Su dinámica es la acumulación incesante de capital, la conversión de todo en mercancía, la extracción de plusvalía al factor trabajo. Su esquema es D – M – D´, esto es: invertir dinero para producir mercancías para generar más dinero, que se invertirá en producir más mercancías para generar más dinero en un ciclo que se cree y se desea progresivo e infinito".

Reparemos que "a pesar de los inmensos desastres que ha provocado – desposesión inicial del campesinado, explotación salvaje del proletariado en sus comienzos en Europa y en la actualidad en muchas zonas del mundo, expansión colonial que llevó la destrucción a todos los continentes, guerras regionales y mundiales… – ha logrado una gran legitimidad al punto de que para una mayoría es el sistema productivo que corona la civilización, el mejor de los mundos posibles".

 

 

Dos notas sobre capitalismo y ecología

4 de octubre de 2019

Por Marisa del Campo Larramendi (Rebelión)

Primera nota: el capitalismo es el problema.

Ningún modo de producción se corresponde a una supuesta naturaleza humana. Ninguno es la coronación de una pretendida marcha del espíritu humano. Todo modo de producción es histórico: nace por unas circunstancias concretas, se desarrolla de una manera y acaba de una forma.

El capitalismo se basa en la explotación del hombre por el hombre. Su dinámica es la acumulación incesante de capital, la conversión de todo en mercancía, la extracción de plusvalía al factor trabajo. Su esquema es D – M – D´, esto es: invertir dinero para producir mercancías para generar más dinero, que se invertirá en producir más mercancías para generar más dinero en un ciclo que se cree y se desea progresivo e infinito.

Y a pesar de los inmensos desastres que ha provocado – desposesión inicial del campesinado, explotación salvaje del proletariado en sus comienzos en Europa y en la actualidad en muchas zonas del mundo, expansión colonial que llevó la destrucción a todos los continentes, guerras regionales y mundiales… – ha logrado una gran legitimidad al punto de que para una mayoría es el sistema productivo que corona la civilización, el mejor de los mundos posibles.

Esta hegemonía en la sociedad y en la mente de las gentes no es fruto sólo de la propaganda o de la ignorancia del pueblo. También se debe a la inmensa capacidad del capitalismo. Ningún modo de producción, ningún sistema de dominación sobrevive por mucho tiempo si no es capaz de satisfacer de forma apropiada las necesidades materiales y espirituales de una parte significativa de la población. Y no cabe duda de que el capitalismo con su inmenso desarrollo de las fuerzas productivas, con su gran capacidad de crear riqueza, con su abrumadora producción de mercancías ha logrado satisfacer los deseos y aspiraciones de una parte muy importante de las sociedades avanzadas y de una parte pequeña pero poderosa de las atrasadas.

Sin embargo el coste que para la mayoría de los seres humanos está significando esta vida privilegiada de algunos, si siempre ha sido gravoso, hace ya tiempo que se transformó en insoportable. Incluso esos privilegios de algunos empiezan a reducirse, para significar lisa y llanamente el enriquecimiento de cada vez menos.

El capitalismo está en crisis, incapaz de superar sus contradicciones internas, imposibilitado de resolver de forma eficaz sus problemas de tasa de ganancia, acumulación de capital y sobreproducción, pero el capitalismo está dispuesto a pervivir sea como sea.

Hemos llegado a lo que se ha dado en llamar el “momento Polanyi”: la conversión de todo en mercancía, en fuente de riqueza, en materia para el capital, en terreno para el beneficio privado, en sangre fresca para el mercado, destruye las propias bases en las que se asienta cualquier sociedad humana, la lleva a su autodestrucción… y esta sociedad, inevitablemente tratará de defenderse de esta desposesión masiva de lo común, de esta despiadada apropiación privada de personas y bienes, de esta mercantilización absoluta de la vida humana.

Sin embargo esta reacción defensiva inevitable de los de abajo no tiene el triunfo asegurado y, lo que es peor, puede que no llegue a tiempo. Porque la etapa histórica que nos ha tocado vivir, la que vamos a dejar en herencia a nuestros hijos, está marcada por una terrible carrera, la que están disputando el desastre ecológico provocado por el capitalismo y la posibilidad de una transformación social que termine con este sistema económico depredador basado en el beneficio, la explotación y el capital.

Segunda nota: el capitalismo verde es un oxímoron.

El oxímoron es una figura retórica que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto. Por ejemplo: secreto a voces, agridulce o muerto viviente. La utilización de “verde”, entendido como ecológico, junto a la palabra “capitalismo” sería contradictoria en los propios términos… aparte de un demagógico uso retórico que trataría de ocultar las leyes fundamentales del capitalismo, pues solo desde su desconocimiento o desde un propósito de manipular conciencias es posible esa quimera llamada capitalismo verde. Veamos:

1º.- Como dijimos en la nota anterior, la acumulación incesante del capital (D--M--D´), la conversión de todo en valor de cambio y mercancía, la transformación del trabajo en valor y fuente de plusvalía, la desposesión de lo común, la búsqueda del beneficio, la competencia entre los diferentes capitales y la creación de una gran masa humana que solo tiene para sobrevivir su fuerza de trabajo son las características básicas del modo de producción capitalista.

2º.- El crecimiento de las fuerzas productivas y los avances tecnológicos han supuesto un aumento sin igual en la historia de la productividad. Este aumento de la productividad ha ido paralelo a un aumento espectacular de las emisiones de CO2.

3º.- La pregunta sería entonces ¿Es posible controlar las emisiones de CO2, esto es, lograr los objetivos marcados por el IPCC – Panel Internacional sobre el Cambio Climático – con las leyes del mercado capitalista? Por ejemplo, a través del establecimiento de ecotasas.

4º.- Problemas de la ecotasa: uno, bajada del margen de beneficios empresariales, solo compensable repercutiéndola en los salarios o mediante reducción de impuestos o subvenciones; dos, las empresas contaminantes son más “eficaces” y tienen menos costes productivos; tres, perturbaría la competencia entre capitales, desplazando a estos a los “bienes verdes” subvencionados, lo cual, de nuevo, solo se podría reequilibrar bajando los salarios; cuarto, fomentaría las deslocalizaciones; quinto, se producirían desequilibrios tanto por parte de la demanda – por reducción de salarios – como por parte de la oferta – por sobreproducción de bienes verdes y/o aumento de precios de dichos bienes –

5º.- El cumplimiento de los objetivos del IPCC frenaría el crecimiento. Por ejemplo, una reducción del 85% de las emisiones de CO2 supondría una bajada del PIB mundial del 3,3 por año. Esta limitación del crecimiento sería incompatible con el principio capitalista de la acumulación continua y ampliada del capital.

6º.- Por añadidura el cumplimiento de estos objetivos no es compatible con la competencia entre capitales, otra ley fundamental del capitalismo, y significaría la introducción de profundos desajustes en la estructura del capitalismo mundial – a la par que perturbaría la rotación del capital –

7º.- Se produciría también un grave inconveniente para la rentabilidad del capital y no olvidemos que es el beneficio el objetivo fundamental del capital.

8º.- El cumplimiento de estos objetivos exigiría la creación de una instancia ejecutiva mundial que colisionaría con la división internacional del trabajo, los intereses de las grandes corporaciones y multinacionales y los objetivos de los estados hegemónicos en el Sistema Mundo.

9º.- La instauración de una economía verde y sostenible entraría en contradicción con las leyes fundamentales del capitalismo y solo sería posible con la creación de una economía planificada a nivel mundial.

10º.- Esta economía planificada mundial implicaría una cambio radical del modo de producir, de los bienes producidos y de los modos de consumo. Supondría una reducción substancial del excedente producido – algo de nuevo inaceptable para el capitalismo –

11.- Sí es concebible y posible una parcheo verde del capitalismo: nuevas fuentes de energía, mejor aprovechamiento de recursos, ahorro energético etcétera, pero todas estas reformas tendrían como límite infranqueable la naturaleza del capitalismo, esto es: la acumulación continua de capital, la extracción de plusvalía, la conversión de todo en mercancías, la mercantilización de las relaciones humanas, la expropiación continua de los bienes comunes.

12.- Para finalizar una cita: “Cualquiera que crea que el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un mundo finito, es un loco o un economista” Kenneth Boulding.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=261123

 

En consecuencia, la «contrarreforma agraria integral» del sistema mundo capitalista (bajo gestión neoliberal o progresista) será desarmada por los pueblos según las diversidades de oprimidas/os se afirman como subjetividades colectivas que ponen en cuestión sus respectivos roles para el funcionamiento capitalista y rompen con la obediencia debida al abrirse a democratizar o comunalizar sus lugares en el mundo.

Argentina. El Precariado en Acción: 7 hipótesis sobre el Sindicato de la Economía Popular (Tercera parte)

Por Mariano Pacheco*

V-

Resulta vital comprender las diferentes formas en que muta el capital para abordar las reconfiguraciones del proletariado en cada momento histórico, y sus formas de subjetivación.

En una de sus “33 lecciones sobre Lenin” –publicadas en formato libro bajo el nombre de La fábrica de la estrategia– Antonio Negri subraya el hecho de que, para cada etapa histórica de la lucha de clases, sea importante realizar una definición de la composición de la clase obrera, que incluye no sólo su situación general dentro del modo de producción, sino también el conjunto de experiencias de lucha, comportamientos y el modo en que las necesidades fundamentales, vitales, se renuevan y definen cada vez de forma nueva. Dicho de otro modo: resuelta incruento escindir el momento sociológico del momento político del análisis.

El proletariado, entonces, se constituye como clase en tanto que cuestiona el lugar mismo que el capital le otorga en la estructura social en tanto clase obrera=trabajo asalariado=función del capital. Es decir, que el proletariado no es algo dado, sino el nombre de una apuesta creativa, pero que se gesta desde un entorno específico de composición. En ese sentido, resulta importante no confundir al precariado con el excluido, pero tampoco con el Ejército Industrial de Reserva o con el lumpenproletario.

Recordemos que, para Marx, lo que define al lumprenproletariado es su falta de relación con la actividad productiva, y aquello que caracteriza al Ejército Industrial de Reserva es su carácter variable, de ingreso y egreso del mundo laboral/asalariado (en El capital, Marx define como “condición vital de la industria moderna” a esa población excedentaria, a partir de la cual “los movimientos generales del salario” quedan regulados por su expansión y contracción). Hoy en día, por la mutación que ha padecido el mundo del trabajo (diversificación/heterogeneización) cuesta pensar que el Ejército Industrial de Reserva sea un 40% de la población.

Tampoco la figura del excluido suena productiva para pensar los nuevos fenómenos, ya que no da cuenta de la producción de valor más allá de la fábrica y los lugares convencionales de trabajo. Esta caracterización –la del excluido– coloca a quienes no son asalariados en el lugar de víctimas que requieren atención. Esta posición no permite pensar tampoco el antagonismo capital/trabajo en los nuevos contextos de explotación, donde el capital se valoriza dentro y más allá de trabajo asalariado, por un lado, y por otro lado, se suele concentrar más la atención en quienes externamente pueden asistirlos que en su propio proceso de autoafirmación. El precariado, en cambio, se nos presenta como una figura capaz de gestar propuestas político-organizativas (además de productivas) que en su proceso de resistencia a los modos en que el capital precariza su vida, va creando alternativas al interior de la economía popular.

Así entendida, entonces, la economía popular no es el afuera del capital sino el conjunto de actividades laborales que se desarrollan por fuera del mercado formal trabajo, que incluye dentro de sí franjas precarizadas. De allí que no inscribamos dentro de lo que hemos dado en llamar «Precariado en Acción» al conjunto de población trabajadora en condiciones de precariedad, sino tan sólo a una franja que se ha organizado muy ligada a experiencias territoriales y en donde predominan las dinámicas comunitarias.

La CTEP, por ejemplo, plantea que la economía mundial se sostiene hoy en día en base a tres velocidades diferentes.

La economía mundial viaja en avión (grandes empresas, por lo general transnacionales), en tren (Pymmes, donde el trabajo es irregular) y en chancletas (“capitalismo residual” en el que surge una “explotación indirecta”. Por ejemplo: empresas que no contratan mano de obra vía trabajo asalariado pero compran productos elaborados por trabajadores no registrados que realizan sus quehacer laborales sin ningún tipo de reglamentación, en eso que Gago denomina “economías barrocas”, donde conviven las lógicas del emprendedorismo con las dinámicas colectivas de tipo comunitario). La misma lógica se plantea para el “empleo público”, que va desde asalariados en empresas como Aerolíneas hasta “beneficiarios” de programas sociales que el Estado emplea para suplantar en las tareas que antes se realizaban bajo convenio colectivo de trabajo. Esta situación, por lo tanto, genera una innegable fragmentación de las clases trabajadoras.

Siguiendo la ejemplificación (en lengua popular) que ofrece la CTEP, es claro advertir que la precarización viaja en chancletas, pero también en tren e, incluso, en avión (también la precariedad anida fuertemente –paradójicamente– en el empleo estatal, donde –se supone– el Estado debería regular y resguardar derechos de sus ciudadanos). Por eso la CTEP habla del agua, la leche y la crema de la clase trabajadora, o lo que es lo mismo, del yogurt, la chocolatada y el matecocido que consumen las hijas e hijos de trabajadores, según el “estamento” en el que les toque estar empleados.

De allí que resulte fundamental diferenciar el “trabajo precario” (incluso precario se puede estar bajo relación de dependencia) de la “precariedad” presente en la economía popular (sea en emprendedorismo personal o en proyectos colectivos/comunitarios), porque si bien en ambos casos no se accede a ningún tipo de derecho laboral, el tipo de dinámica política será diferente, al menos tal como se ha dado hasta el momento.

La conformación de un Sindicato Único del sector (la Unión de Trabajadores de la Economía Popular) cuenta con grandes ventajas para combatir esta situación (que en tanto herramienta unitaria desde la cual poder expresar un poder del conjunto del bloque social, más allá de sus tendencias políticas), pero también implica grandes riesgos.

Por un lado, porque puede perderse todo ese componente territorial/comunitario más ligado a la historia reciente de los denominados “movimientos sociales” en post de un corporativismo de tipo gremial. Por otro lado, porque el planteo va de la mano de ingresar como sindicato a la CGT, una central que, además de no ser la única existente hoy en Argentina, ha mostrado a lo largo de estas últimas décadas sostenerse ya no sobre un típico modelo burocrático, sino incluso empresarial/mafioso. De allí la necesidad de gestar el trazado de una serie de genealogías insurgentes, que permitan a las nuevas generaciones de activistas conocer experiencias y concepciones sindicales que nada tienen que ver con éstas, y trazar una estrategia de intervención tal que permita gestar los anticuerpos necesarios para que la apuesta implique fortalecimiento y no debilidad en la construcción del necesario poder popular que permitirá conquistar la justicia social y desarrollar un auténtico cambio social.

VI-

Resulta difícil entender la emergencia del «Precariado en Acción» sino es en el marco del doble contexto (nacional e internacional) de mutación del capital y, por lo tanto, de la composición técnica y política de las clases trabajadoras.

En el plano internacional, cabe mencionar que el Nuevo Orden Mundial que se instaura tras la caída de los socialismos reales (aquello que, tempranamente, el tardío Félix Guattari ya comenzó a llamar como Capitalismo Mundial Integrado: expansión tanto intensiva como extensiva del capital), no sólo se reestructura en términos económicos, sino que inaugura el período que el crítico cultural británico Mark Fisher denominó como “la era del realismo capitalista”, es decir, un momento en el cual el capital se presenta como un régimen sin fisuras, sin otros mundos posibles, al menos imaginables como alternativa. No es éste un dato menor, si se tiene en cuenta que, durante casi un siglo y medio (1848/1988), el capital se desarrollo bajo la permanente amenaza de ser derribado y dejado atrás por el comunismo.

De esto se desprende una conclusión que debemos asumir sin desánimo, pero con toda la crudeza del caso: carecemos de una teoría del cambio social para el siglo XXI. De allí la importancia de recuperar debates de los siglos XIX y XX, para operar una selección de elementos de los procesos y las teorías gestadas durante el “ciclo comunista”, (desde la publicación de El Manifiesto comunista hasta la caída del muro de Berlín), a la luz de procesar con la mayor precisión teórica que podamos las experiencias contemporáneas con las que contamos, todas acotadas y sin grandes victorias en su desarrollo pero que ofician como el suelo concreto desde el cual poder abordar hoy en día las discusiones necesarias para avanzar (esos referentes son el Estado comunal promovido por sectores del chavismo en el marco de la Revolución Bolivariana de Venezuela; los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno desarrolladas por el zapatismo en las “zonas autónomas” de México y el Confederalismo Democrático que lleva adelante el PPK en Kurdistán, por mencionar las de mayor renombre).

En el plano nacional, el neoliberalismo se instauró primero bajo el terror dictatorial, y luego –bajo las sombras de ese terror presente en la “democracia de la derrota”– se consolidó durante la década del “peronismo del revés” (menemismo como “régimen democrático” que resultó ser una versión invertida del justicialismo: ni socialmente justo, ni económicamente libre, ni políticamente soberano), con todo lo que afectiva, racional y simbólicamente implicó para la memoria del movimiento más potente que el pueblo argentino gestó en su historia.

De allí la importancia de 2001, de la insurrección de diciembre como acontecimiento político, como momento que funcionó como una suerte de certificado de defunción del neoliberalismo en tanto “modelo de Estado”, situación que no implica dejar de ver los “enclaves neoliberales” que pervivieron durante “los años kirchneristas” (y que serán retomados y profundizados durante la gestión Cambiemos). Pero de algún modo, la revuelta de ese fin de año, las potencialidades creativas desplegadas durante el verano que le siguió, fueron el suelo sobre el que un nuevo ciclo de Estado pudo instalarse y sostenerse durante la larga década, incluso contando entre sus filas con algunos de los movimientos sociales que habían parido la resistencia anti-neoliberal y abonado a la crisis de representación que se había llevado puesto al conjunto de la dirigencia, incluso a la sindical y la política peronista, de la que emergieron luego Néstor y Cristina.

Recuperar 2001 desde otras coordenadas (éticas, estéticas, teóricas y políticas) a las que lo han hecho tanto las derechas como el progresismo puede ayudarnos a entender mejor ese momento político, ese “productivo intervalo de elaboración de saberes y estrategias” –como sostiene Diego Sztulwark en su libro La ofensiva sensible. Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo político— que afirman una potencia de existir ante las líneas mortíferas que presenta este sistema-mundo que habitamos. Subjetividades de la crisis, entonces, que nos permiten aprender a vivir invirtiendo la relación entre norma y excepción.

En este sentido, que los movimientos populares que vienen articulando ese «Precariado en Acción» hayan elegido el 20 de diciembre como fecha de lanzamiento de este nuevo sindicato, no deja de ser por demás llamativo y simbólico, ya que enlazan las dinámicas del presente con las del pasado reciente, al mismo tiempo que sientan una posición favorable respecto del rol dinamizador que las calles puede jugar de cara a los desafíos que se vienen.

* Mariano Pacheco es ensayista, periodista, investigador y militante popular. Participó de la fundación de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) que en 2001 confluyeron en la Coordinadora Aníbal Verón y del Frente Popular Darío Santillán en 2004. En la actualidad integra la Cátedra Abierta Félix Guattari en la Universidad de los Trabajadores que funciona en la Fábrica Recuperada IMPA y coordina espacios de formación política con militancias diversas. Forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, participando de la coordinación establecida entre las Organizaciones Libres del Pueblo (OLP), Los Encuentros de Feminismo Popular, la agrupación de jóvenes La Simón Bolívar y el Colectivo Cultural La luna con gatillo. Es autor de los libros Desde abajo y a la izquierda. Movimientos sociales, autonomía y militancias populares (Cuarenta ríos); Cabecita negra. Ensayos sobre literatura y peronismo (Punto de Encuentro); Montoneros silvestres (1976-1983). Historias de resistencia a la dictadura en el sur del conurbano (Planeta); Kamchatka. Nietzsche, Freud, Arlt: ensayos sobre política y cultura (Alción); De Cutral Có a Puente Pueyrredón, una genealogía de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (El Colectivo), Madriguera. Ensayos sobre política y cultura (Alción, en prensa) y co-autor de Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo (Planeta).

Fuente: http://www.resumenlatinoamericano.org/2019/12/12/argentina-el-precariado-en-accion-7-hipotesis-sobre-el-sindicato-de-la-economia-popular-tercera-parte/