Qué Sistema

Septiembre 2019

El único capitalismo viable hoy en el Abya Yala.

 


 

 

 

Conciliación de clases/ Concentración y centralización capitalista/ Alternativas emancipatorias

 

Conciliación de clases

 

Generalicemos la toma de conciencia sobre que nos: "resulta indispensable pensar al proceso extractivo (en tanto práctica), más que al extractivismo (en tanto fenómeno sustantivo), como una etapa del proceso total de la acumulación. Y como etapa, va sufriendo –al igual que el proceso de acumulación– cambios y transformaciones a lo largo del tiempo, pero siempre en relación con los principios básicos que implican tanto la explotación del trabajo como de la naturaleza (primera y segunda contradicción del capital)".

 

¿Qué es el extractivismo?

Apuntes críticos para un debate necesario
2017


Por Guido Pascual Galafassi y Lorena Natalia Riffo

En las últimas décadas la discursividad sobre la problemática ambiental y territorial se ha visto inundada por el concepto de “extractivismo”. Ha entrado en escena superando las disquisiciones previas que remitían la problemática ambiental fundamentalmente a desajustes de planificación, organización o hasta de conductas individuales para poner en el centro de la escena al modelo de desarrollo y sus injusticias geopolíticas o, por lo menos, a ciertos aspectos de dicho modelo como la fuente primordial a partir de donde poder entender la “crisis ambiental” del presente. Sin embargo, previo al concepto de extractivismo los pensamientos más lúcidos y críticos ya habían puesto sobre el tapete la centralidad del desarrollo, pero fueron voces escasas y casi solitarias.

En función de esto nos preguntamos cuál o cuáles son los conceptos más pertinentes para dar un debate dialéctico sobre el proceso de despojo, entendiéndolo como central en la confrontación con el pensamiento científico hegemónico orientado a profundizar la instrumentalización de la naturaleza a escalas cada vez más profundas. A su vez, en esta tarea indagamos qué tipo de importancia tiene, en el contexto actual, recuperar las nociones de capitalismo y lucha de clases y qué nociones o perspectivas podemos incorporar para complejizar este tipo de reflexiones.

 

Aproximación a la conceptualización extractivista

Varios autores muy citados apelan hoy al concepto de extractivismo como explicación de la sociedad latinoamericana actual. De este modo, al extractivismo debemos tanto la pobreza como las crisis económicas, así como el modelo democrático y de convivencia. Al mismo tiempo, el carácter autónomo del extractivismo, en el sentido de que desde esta práctica puede explicarse tanto el patrón de desarrollo como el derrotero político y hasta la división internacional de trabajo, es ampliamente compartido por la bibliografía sobre el tema. Pero, además, aflora en muchos escritos su carácter novedoso, como nueva forma de producción que, si bien puede guardar ciertos lazos con el pasado, asume todas sus características y fuerzas en este presente extractivista. Por otra parte, el carácter autónomo del extractivismo, junto a su novedad, se colige muy ajustadamente con una de las más ilustrativas definiciones de las últimas décadas como es aquella referida a la “sociedad del riesgo”. En síntesis, el extractivismo, bajo un manto de novedad, se presenta como un modelo autónomo distinguido de otras variables que hasta el momento han sido utilizadas para explicar el sistema dominante. A su vez, al vincular el extractivismo con la globalización y la ruptura con lo local, se eclipsa las antiguas teorizaciones sobre la división internacional del trabajo. En función de estas reflexiones, y teniendo en cuenta la importancia del rol que ocupa la naturaleza y lo territorial en la constitución de este sistema, proponemos, a continuación, un análisis alternativo.

 

Antes, un repaso histórico: ¿extractivismo o acumulación? Para percibir y entender toda la complejidad del proceso de relación sociedad-naturaleza-territorio es necesario tomar el proceso extractivo en tanto integrante de un complejo entramado de relaciones, operaciones y procesos que adoptan las formaciones sociales en tanto estrategia de producción, distribución y reproducción de los recursos (naturales y humanos), los beneficios y el trabajo, tal como ya lo explicó Marx en El capital. Por esto, resulta indispensable pensar al proceso extractivo (en tanto práctica), más que al extractivismo (en tanto fenómeno sustantivo), como una etapa del proceso total de la acumulación. Y como etapa, va sufriendo –al igual que el proceso de acumulación– cambios y transformaciones a lo largo del tiempo, pero siempre en relación con los principios básicos que implican tanto la explotación del trabajo como de la naturaleza (primera y segunda contradicción del capital).

 

Si el proceso de acumulación capitalista tiene ya casi cinco siglos de existencia es obvio esperar que el proceso extractivo se haya modificado ampliamente, atendiendo especialmente al ritmo dinámico de innovación tecnológica que caracteriza al capital. Sin embargo, esto de ninguna manera implica que con cada renovación se acceda a un nuevo (neo) proceso extractivo ni nuevo (neo) proceso de acumulación. La lógica capitalista que subyace no deja de asentarse en tanto estrategia de explotación y dominación, en la extracción de plusvalía y producción de desigualdad al separar medios de producción y fuerza de trabajo. Como vemos, la extracción (expropiación) no es un fenómeno exclusivo de las relaciones entre sociedad y naturaleza y claramente va adoptando una multiplicidad de formas y variantes tanto a lo largo del espacio como a través del paso del tiempo.

 

La articulación sociedad-naturaleza-territorio debe entenderse como mediación dialéctica. La mediación social es la forma de articulación existente entre los mundos físico-biológicos y el mundo humano (que incluye dialécticamente al primero); y se trata irremediablemente de una forma de mediación pues cada uno de ellos, si bien conforman la unidad diversa naturaleza-cultura/historia, se configura en base a premisas particulares y características singulares.

 

Esta articulación sociedad-naturaleza-territorio y esta unidad dialéctica de la existencia implica siempre el aprovechamiento de la naturaleza por parte de la sociedad más sus diversas formas de representarla y la consecuente construcción social de un territorio. El ser humano en sociedad tiene, desde siempre, la capacidad de “trascender histórico-culturalmente” las leyes ecosistémicas, convirtiéndose así en sujeto que interactúa con la materia y el espacio, los piensa y los transforma. Esta transformación implica la valorización y utilización de esta materia, la representación y extracción de componentes de la naturaleza y que son resignificados al introducirlos en su propio proceso de producción y reproducción en relación siempre a un régimen de acumulación predominante (material y simbólico); procesos que contienen al mismo tiempo la construcción de uno y múltiples territorios.

 

Esta transformación permanente y creciente implica necesariamente un proceso social, histórico y cultural de construcción del territorio a partir de un espacio dado naturalmente o ya previamente transformado; un territorio así se hace moldeando y remodelando el espacio natural en pos de su aprovechamiento. Esta construcción y reconstrucción territorial se hace siempre sobre la base de la extracción de recursos de la naturaleza, extracción que es inherente al ser de lo humano sobre la tierra, pero que se enhebra en cada momento histórico y en cada espacio con determinados patrones de acumulación que son aquellos que definirán tipo e intensidad de esta extracción. Así, el proceso de extracción nunca es la variable independiente del proceso. Y esta construcción está mediada también por la conflictividad, dadas las relaciones antagónicas inherentes a toda sociedad de clases y que configuran un determinado proceso y modo de acumulación.

 

En cuanto al proceso socio-histórico regional podemos confirmar que la historia del desarrollo de los países latinoamericanos ha sido definida primariamente por la ecuación capital-recursos naturales/territorio, por cuanto emergieron al mundo moderno con un papel predominante de dadores de materias primas, ya sea recursos minerales o agropecuarios. Este pasaje de Cristóbal Colón en su Diario de viaje no deja lugar a dudas: “Yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo colgando en un agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos dello, y tenía muy mucho” (porque) “del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso”. Es claro que el mismísimo “descubrimiento” y colonización llevaba en su impronta el objetivo de aprovecharse de los recursos materiales y humanos disponibles en las tierras más allá del Viejo Mundo para que sirvieran de incentivo y estímulo al proceso de acumulación capitalista de la Europa moderna naciente. El hoy llamado extractivismo es en realidad intrínseco, cuanto menos, a la modernidad misma y muy especialmente al “nacimiento” de Latinoamérica y el resto de la periferia como resultado de la expansión europea moderna. Decimos “cuanto menos” dado que, y como afirmamos más arriba, el ser humano como especie se constituye cultural e históricamente a partir de su capacidad diferencial para la utilización de la naturaleza a través del proceso extracción-producción-consumo.

 

Es sin dudas en la modernidad cuando el usufructo de la naturaleza y el espacio se intensifican exponencialmente para ponerlo al servicio de la ganancia. Es que la territorialización capitalista es, por propia definición, sinónimo de instrumentalización diferencial del territorio que conlleva en sí mismo los mecanismos extractivistas. Extractivismo no solo significa extraer componentes de la naturaleza para el sostenimiento, sino también una extracción asociada con el proceso de acumulación, ganancia y desigualdad de clases. El extractivismo de la modernidad capitalista es consecuencia precisamente de la racionalidad instrumental que se constituye con la propia modernidad y no sólo en las últimas décadas neoliberales.

 

Instrumentalidad, por cuanto la naturaleza pasa a ser primordialmente un objeto de usufructo en tanto instrumento esencial para la construcción del “confort” (ideario de felicidad según la razón subjetiva), en el sentido en el que ampliamente lo desarrollaron Theodor Adorno y Max Horkheimer a mediados del siglo XX. Este extractivismo que responde a la maximización de las ganancias variará en su expresión y modo de articulación a medida que los procesos de producción económica y reproducción social y política vayan evolucionando, de manera que lo que ayer no era extraíble o transformable, hoy sí lo sea; y lo que ayer no era una necesidad, hoy se erija como tal. Entonces, lo que ha variado en estas últimas décadas, además de las herramientas tecnológicas, es la presencia complementaria en mayor o menor medida de algún proceso parcial de industrialización y la consolidación de un determinado tipo de consumo. De ahí que aquellos que la definen como extractivista (o neoextractivista) están de alguna manera soslayando la historia latinoamericana y de la propia modernidad, planteando como novedad un proceso que define a toda la trayectoria de “acumulación dependiente” del subcontinente americano.

 

En relación al concepto de neoextractivismo, que algunas posiciones esgrimen como noción diferenciadora, vale recordar que desde una perspectiva dialéctica referir un momento en base al prefijo “neo” es por sí mismo obvio y evidente, por cuanto la dialéctica implica precisamente una dinámica cambiante. Por lo tanto, lo “neo” resultaría redundante, debido a que cada nuevo momento del proceso dialéctico implicaría un “neo”-momento. Solo desde miradas que fijan la realidad y la conciben más bien como estática, asume el prefijo “neo” algún sentido por cuanto con él se refieren al cambio como una novedad. Claramente no es el caso, si entendemos al proceso extractivo como un componente esencial del proceso de acumulación moderno, en donde el cambio y la novedad son unas de sus definiciones fundantes. Más que hablar de “neo” quizás sería más preciso definir como “ni todo nuevo, ni siempre igual”.

 

A su vez, la particular conjunción entre tecnología y territorio constituye un eje clave de la competencia internacional a la vez que pilar fundamental en el proceso de construcción de hegemonía. Las disputas internas al capital, disputas por el grado de participación en la distribución de los beneficios, se expresan cada vez más fuertemente tanto en el desarrollo tecnológico como en la carrera por la búsqueda y transformación de territorios, ya sea para la extracción de los recursos-insumos como para la construcción de mercados de consumo (de esos recursos extraídos y transformados). Esto viene generando relaciones desiguales entre los territorios y las naciones gestando situaciones diferenciales de desarrollo, subdesarrollo, dependencia, desigualdad y subordinación.

 

Si la propia acumulación originaria se basó en la apropiación por la fuerza (mediación violenta) de tierras y recursos para convertirlos en la matriz esencial de arranque del sistema capitalista de producción, su evolución posterior no estuvo tampoco ajena a esta ecuación expropiatoria (lo que hoy se denomina “extractivismo”). Esta acumulación, basada en la predación y la violencia sin disimulo, en un sector (clase social y territorio), mediada por la desposesión de otro adquiere entonces en la actualidad una evidente visibilidad, cuando el agotamiento de muchos recursos está llamando la atención incluso al propio capital. Vale aclarar que este proceso de crecimiento y desarrollo basado en la desposesión, el saqueo y el pillaje no es privativo del capitalismo, aunque el ritmo y la eficiencia del actual proceso de predación son inhallables en cualquier ejemplo del pasado. De diversas formas y expresiones se lo registra en reiteradas oportunidades en la historia de occidente.

 

Fue muy intensa la discusión sobre estos tópicos en las décadas previas a la instalación del neoliberalismo y nos remiten de alguna manera a las discusiones actuales sobre el desarrollo y el extractivismo. Las discusiones y reflexiones sobre la relación metrópoli-satélite, desarrollo-subdesarrollo, liberación-dependencia, civilización-formación social, etcétera, se centraban justamente en la discusión sobre la producción y distribución de los recursos, que incluye obviamente todo lo referido a la actividad extractiva, pues no hay producción sin extracción. Si el hoy llamado extractivismo no estaba presente como concepto tiene que ver, por un lado, con la todavía escasa sensibilidad ambiental de aquellos años, pero también, por otro lado, con la secuencia intelectual obvia que remite a la renovación permanente de las categorías y de su capacidad de interpelación de la realidad en relación dialéctica con los procesos sociopolíticos.

 

Sin embargo, esta renovación permanente no implica desconocer o no reconocer la existencia de un modo de acumulación particular. Por el contrario, lo ideal sería recuperar conocimientos y discusiones previas sobre su caracterización y profundizar en su análisis. Un ejemplo interesante es el aporte realizado por Silvia Federici en El calibán y la bruja, respecto del rol de las mujeres como reproductoras de la fuerza de trabajo y sobre la necesidad del aniquilamiento de miles de mujeres consideradas “brujas” en el proceso constitutivo del capitalismo como sistema dominante. Por poner solo un ejemplo de todo el desarrollo que hace la autora, las mujeres al ser consideradas como máquinas de producción de nuevos trabajadores también son parte del proceso dialéctico de acumulación-producción-extracción. Así, la innovación intelectual, dentro de los estudios dialécticos y complejos estructurados sobre la reflexión del modo de acumulación, es una tarea fundamental para continuar repensando en profundidad el mundo en el que vivimos.

 

En resumen, el extractivismo implica una mirada sobre lo emergente, cuando lo importante sigue siendo una perspectiva de raíz, de la fuente misma de los sucesos. Entonces, la recuperación del análisis del capitalismo como modo de acumulación, y de la lucha de clases como conflicto social inherente, forma parte tanto de la disputa política como de la disputa epistemológica en el contexto actual. Para estas disputas no es suficiente elegir un tema de investigación/estudio/enseñanza de relevancia histórico-coyuntural, sino que también es clave el modo de analizar ese tema y los presupuestos que cada herramienta conlleva. Asimismo, son relevantes porque no quedan enclaustrados en los limitados espacios académicos, también influyen en la lucha diaria de numerosos movimientos sociales, en los que investigadores e investigadoras solemos participar.

 

Acumulación-producción-extracción como proceso dialéctico

Acumulación primitiva, reproducción ampliada y nuevos cercamientos representan una ecuación importante a la hora de entender la estrategia de apropiación de la naturaleza y construcción del territorio en la sociedad capitalista. Los nuevos cercamientos entonces implican la apropiación de aquellas porciones de territorio y espacios de vida aún no incorporados plenamente a la lógica del capital, reeditando así algunos de los procesos de la llamada acumulación primitiva que conviven de esta manera con los mecanismos predominantes de la reproducción ampliada.

Así, debemos considerar la “segunda contradicción del capital” (como la denomina James O´Connor), o sea la contradicción capital-naturaleza (la primera sería la contradicción capital-trabajo), como aquel proceso que trata en tanto mercancía a la naturaleza y el espacio, de manera tal de poder incluirlos en su ecuación instrumental. La tendencia es al socavamiento de la propia base natural de sustentación del sistema productivo, dado que el capital no puede prever los costos de reproducción de la naturaleza en pos de una sustentabilidad real debido a que afectaría claramente la tasa de ganancia.

 

En este esquema de racionalidad instrumental, segunda contradicción y conjunción de procesos de acumulación, se vienen definiendo históricamente toda una serie diversa de recursos estratégicos que se relacionan dialécticamente: por un lado, aquellos que la dinámica global del capital define como recurso demandado en un momento histórico determinado y, por otro, aquellos que las condiciones ecológicas regionales determinan como aptos para ser producidos o extraídos en cada territorio.

 

Podemos hablar de un proceso extractivo que se va transformando en base a la innovación tecnológica permanente y a la propia dinámica de cambio del proceso de acumulación. En esta continuidad extractiva, en función del proceso de acumulación, el caucho es un ejemplo histórico en la América tropical, la plata en la América andina y el quebracho en la América subtropical. Más contemporáneo, la explotación de los hidrocarburos y de minerales no deja de generar conflictos sociopolíticos y territoriales, donde entran en juego intereses geoestratégicos estadounidenses, capitales multinacionales de base europea y gobiernos con orientación popular-reformista o conservadora. Sin ir más lejos, es importante no dejar pasar los importantes conflictos geopolíticos derivados por la posesión de los yacimientos de gas y petróleo en las recientes historias de Venezuela y Bolivia, más la llamada Guerra del Agua, también en Bolivia, o las más recientes disputas en torno a la potencial energía hidroeléctrica de los ríos patagónicos tanto como los cuestionamientos al avance de la frontera hidrocarburífera con el fracking en dicha región, los cuales muestran de forma elocuente lo central de esta cuestión.

 

Primordial es también mencionar el proceso creciente de sojización en Sudamérica, que arrasó con ecosistemas, agrosistemas y culturas, constituyéndose no sólo en la extracción de un recurso en base a su “oportunidad” en términos de su demanda por las naciones más industrializadas (alimento de ganado y biodiésel), sino también en la aplicación de la tecnología más concentrada y asociada a fuertes niveles de dependencia. Alienación socioecológica, “extractivismo” histórico e instrumentalización de la razón están en la base y las consecuencias de todos estos procesos de acumulación basados en la territorialización extractiva desde que el continente americano es “descubierto” por el capital europeo. Es así que la caracterización que hiciera Galeano en Las venas abiertas de América Latina, en la década del 70, sigue absolutamente vigente, poniendo en entredicho los supuestos “descubrimientos intelectuales” del extractivismo o neo-extractivismo.

 

Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo, la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra. (Hace cuatro siglos ya habían nacido dieciséis de las veinte ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad).

 

En definitiva, la clave diferenciadora no está en pensar en extractivismo, sino en acumulación, entendiéndolo como la articulación entre el despojo, o sea los mecanismos de la acumulación primitiva, y la reproducción ampliada del capital. El extractivismo es solo un instrumento para la acumulación capitalista y debe ser tratado conceptualmente como tal. El eje está en la lógica de acumulación. Para terminar con el extractivismo es necesario discutir todo el proceso complejo y dialéctico de la acumulación y sus diferentes facetas y solo en este entramado discutir la etapa extractiva del capital, por cuanto el proceso extractivista es parte de la totalidad y si bien tiene sus especificidades solo se explica en su sentido íntegro en función de esa totalidad. 

 

Los autores son miembros del Grupo de Estudio sobre Acumulación, Conflictos y Hegemonía (GEACH). Lorena Natalia Riffo es docente de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional del Comahue y becaria doctoral del Conicet en el Instituto Patagónico de Humanidades y Ciencias Sociales en la misma universidad. Guido Pascual Galafassi es profesor titular en la Universidad Nacional de Quilmes, investigador independiente del Conicet y director de la Maestría en Desarrollo Territorial y Urbano en la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de Avellaneda.

Fuente: https://herramienta.com.ar/articulo.php?id=2939

En consecuencia, es cierto que: "la clave diferenciadora no está en pensar en extractivismo, sino en acumulación, entendiéndolo como la articulación entre el despojo, o sea los mecanismos de la acumulación primitiva, y la reproducción ampliada del capital. El extractivismo es solo un instrumento para la acumulación capitalista y debe ser tratado conceptualmente como tal. El eje está en la lógica de acumulación. Para terminar con el extractivismo es necesario discutir todo el proceso complejo y dialéctico de la acumulación y sus diferentes facetas y solo en este entramado discutir la etapa extractiva del capital, por cuanto el proceso extractivista es parte de la totalidad y si bien tiene sus especificidades solo se explica en su sentido íntegro en función de esa totalidad". 

 

Pero, por no cuestionar a gobiernos progresistas e izquierdistas en su conciliación con el bloque dominante del capitalismo imperialismo, equivocan el concepto de:

 

Neoextractivismo

 

 

Por Inés Carrasco y Jokin Del Hoyo Arce

 

El neoextractivismo es un modelo de desarrollo económico adoptado por algunos gobiernos de América del Sur a principios del siglo XXI y cuyos antecedentes se ubicarían en el extractivismo convencional. Al igual que éste, el neoextractivismo orienta la economía hacia actividades de explotación de la naturaleza para la obtención de recursos no procesados dirigidos de forma prioritaria a la exportación, pero difiere de aquel en el papel protagónico que adquiere el Estado en el proceso productivo. Esta participación puede adoptar una forma directa, a través de empresas estatales, o indirecta, a través de tributaciones y otros mecanismos de regulación, y permite la obtención de un porcentaje mayor de ingresos para las arcas estatales. Parte de estos recursos sirven para la puesta en marcha de programas sociales y otras iniciativas públicas que dotan a los gobiernos de cierto grado de legitimidad.

 

El concepto, a debate

El grado de continuidad y ruptura entre extractivismo y neoextractivismo alimenta una polémica que trata de dilucidar no sólo la importancia de sus semejanzas y diferencias, sino en qué medida se han producido novedades significativas en las políticas económicas adoptadas por los países del Sur en los que han emergido gobiernos calificados, en diferente medida, como de “izquierdas” y/o “progresistas”: Ecuador, Bolivia, Venezuela, Argentina, Brasil y Uruguay.

Desde el punto de vista que afirma que el neoextractivismo ha propiciado un creciente control público de las actividades productivas más rentables de los países del Sur y ha permitido así la financiación de múltiples iniciativas y programas de bienestar social, se concluye que ha supuesto una mejora de la calidad de vida para amplias capas de la población. Esta política económica habría que entenderla dentro de un proceso de empoderamiento general de estas sociedades, que erigen y sostienen gobiernos democráticos con capacidad para poner a las fuerzas del mercado al servicio de procesos de desarrollo para todos los sectores sociales.

 

El análisis del llamado neoextractivismo, por tanto, no podría disociarse del análisis de los procesos políticos que lo han propiciado, porque es en el marco de esos procesos donde se apreciaría la ruptura con modelos del pasado.

 

Desde otra perspectiva, el neoextractivismo supone una continuidad del modelo de desarrollo económico hegemónico instaurado en los países del Sur en la época colonial y mantenido en el nuevo contexto político tras la independencia. Su grado de novedad no sería mayor que el ofrecido por las propuestas desarrollistas de los años cincuenta, que sostenían una fe ciega en el crecimiento económico como indicador del desarrollo y en la intervención estatal parcial como palanca para la puesta en marcha de unas fuerzas del mercado que propiciarían tal crecimiento. Varios factores objetarían así la idoneidad de la propuesta neoextractivista como alternativa al desarrollo de los países del Sur.

 

Principales críticas

 

Sociedad vs. mercado

Mientras algunos análisis perciben en el papel protagónico que el Estado adquiere en el neoextractivismo un avance de las sociedades frente al mercado, las perspectivas más críticas señalan un proceso inverso en el que las sociedades del Sur se verían afectadas profundamente por las prácticas que despliegan las estrategias extractivas.

Un ejemplo lo constituirían las nuevas características de los instrumentos estatales, particularmente de las empresas públicas que han pasado a participar en el proceso productivo. Aquellas se regirían cada vez más en función de criterios mercantiles, una tendencia que se agudizaría cuando esas empresas pasan a operar en otros países. En estos casos, se podrían hablar de “transnacionalización” de las empresas públicas, refiriéndose con ello no sólo a una actividad exterior a sus fronteras, sino a un conjunto de prácticas cuyo fin principal es la maximización de ganancias. Un ejemplo se apreciaría en la actividad de Petrobrás —empresa semipública brasileña— en Bolivia. Estas tendencias, junto a la ya mencionada competencia entre países por acceder a inversiones y mercados, reforzarían una institucionalidad internacional basada en relaciones de dominio y subordinación.

Por otra parte, el nuevo papel del Estado y las iniciativas sociales impulsadas han logrado ciertas mejoras que han contribuido al encauzamiento de las luchas históricas por la ampliación y el ejercicio de derechos, pero sin abordar de forma estructural las problemáticas de empobrecimiento y ausencia de desarrollo. Esto estaría abriendo el camino, en países como Ecuador y Bolivia, a un nuevo ciclo de tensión política caracterizado por la división de los movimientos sociales.

Asimismo, los propios procesos de recuperación de saberes iniciados y mantenidos por las comunidades de base se verían afectados por la pedagogía desplegada por el neoextractivismo, cuyas coordenadas filosóficas, basadas en la producción y consumo continuado de bienes materiales, formarían parte del núcleo de la modernidad occidental. Se impondría así la máxima que iguala desarrollo a crecimiento económico, y otras concepciones alternativas —como el sumak kawsay(“buen vivir”), recogido en la constitución ecuatoriana de 2008, o el suma qamaña(“vivir bien en armonía”), reflejado en la constitución boliviana de 2009— quedarían relegadas al papel.

Fuente: http://omal.info/spip.php?article4847

 

 

Concentración y centralización capitalista

 

Generalicemos la toma de conciencia sobre que los extractivismos requieren acaparamiento de tierras y bienes comunes y su expansión pudo concretarse sobre la base de la profundización del empobrecimiento estructural de casi todas las poblaciones argentinas merced a los dos gobiernos del Partido Justicialista con liderazgo de Carlos Menem y con el súper ministro Domingo Cavallo. Comprobamos, en el artículo siguiente, qué ocultó el aplaudido crecimiento a tasas chinas debido, sobre todo, al modelo de soja transgénica durante el gobierno K-PJ.

 

Alerta Soja:

El cultivo de soja para alimentar al ganado llega a Europa. Trasladar el problema no es la solución.

 

Investigación y redacción: Sophie Colsell

Edición: Adrian Bebb, Stanka Becheva

Traducción: Julia Gara Leucona Allende

AMIGOS DE LA TIERRA

 

 

(...)III. El lado oscuro de la expansión de la soja

Soja, acaparamiento de tierras y violación de los derechos humanos

El crecimiento de la superficie global destinada al cultivo de soja ha crecido de menos de 30 millones de hectáreas en 1970 a más de 100 millones de hectáreas en 2012, y se prevé llegar a los 141 millones de hectáreas en 2050 si el consumo de carne sigue aumentando17. Esta considerable expansión del cultivo industrial de soja conlleva una serie de impactos graves en el medio ambiente y los derechos humanos. Estos se han hecho sentir principalmente en Brasil, Argentina y Paraguay.18 En 2012, se dedicaron más de 24 millones de hectáreas de tierra al monocultivo de soja, 19 millones en Argentina y 3 millones en Paraguay19.

 

El resultado ha sido la pérdida de millones de hectáreas de selva, sabana y pradera, destruyendo comunidades, biodiversidad y ecosistemas y contribuyendo de forma significativa al cambio climático. Los monocultivos de soja siguen amenazando bosques y selvas primarios como la Amazonia, la mata atlántica o el bosque seco Chiquitano, así como la zona tropical del Cerrado, el cálido y semiárido Gran Chaco, la pampa argentina y los campos uruguayos20.

 

La soja genéticamente modificada requiere grandes cantidades de herbicidas, que agotan el suelo, contaminan las aguas dulces y subterráneas y ocasionan problemas de salud para las personas y la fauna. La violación de los derechos humanos está ampliamente extendida, ya que se expulsa por la fuerza a los pequeños agricultores, llegando en ocasiones incluso a asesinarlos durante expropiaciones de terreno para plantar soja. Solo en Paraguay, 129 líderes campesinos han sido víctimas de ejecuciones extrajudiciales, y miles de agricultores han sido encarcelados dentro del marco de luchas por el territorio desde el fin de la dictadura en 198921. El comercio de la soja y la agroindustria depredadora desempeñan un papel muy importante en el discurso político de los países productores sudamericanos, a menudo vinculado a iniciativas políticas dañinas para el medio ambiente, los pueblos indígenas y los trabajadores rurales.22

 

La soja y la Política Agraria Común de la UE (PAC)

A la PAC le corresponde parte de la responsabilidad sobre la expansión global de la soja y los problemas asociados en los países productores. Los subsidios y mecanismos de mercado de la PAC promueven un sistema agrícola en la UE que conduce inevitablemente a la intensificación de la ganadería. Dado que la PAC no proporciona suficientes incentivos a los agricultores para que pongan en práctica sistemas de ganadería extensiva alimentada con pasto y producción agraria mixta, estos se ven abocados a intensificar y especializar su producción. Debido a las condiciones en las que se crían, los animales de ganadería intensiva requieren piensos con un alto contenido en proteínas.

 

La soja es una leguminosa con un elevado contenido proteico, perfectamente adaptada para piensos de ganadería intensiva, y el hecho de que no haya aranceles sobre la soja importada para piensos garantiza que la UE facilite su comercio. La demanda desde dentro de la UE se mantiene elevada, y los impactos medioambientales, sociales y sobre los derechos humanos del cultivo industrial de soja siguen sin abordarse.23

 

IV. Producción de proteína vegetal en Europa Cultivos proteicos en la UE

 

Los cultivos ricos en proteínas que se producen en Europa suelen dividirse en oleaginosas y leguminosas. La mayor parte del suministro proteico propio de la UE, alrededor del 65 %24, procede de oleaginosas. Las oleaginosas más extendidas en Europa son la colza, el nabo y el girasol. Una vez extraído sus aceites, la harina sobrante, rica en proteínas, se usa como pienso para ganado. Los cultivos leguminosos (familia Fabaceae) se puede dividir en leguminosas de grano (o legumbres) y leguminosas forrajeras. Proporcionan alrededor del 3 % de las necesidades de proteínas de la UE.25 Entre las leguminosas forrajeras se incluyen la alfalfa y el trébol. Las legumbres más habituales son las judías, lentejas, garbanzos y guisantes. Los cacahuetes y las habas de soja también son legumbres, pero debido a su elevado contenido en grasas, se clasifican como oleaginosas y se registran por separado. Los principales cultivos de leguminosas en la UE son los guisantes forrajeros, habas y altramuces. El guisante forrajero se cultiva predominantemente en Francia, España y Alemania; las habas y habas panosas, en Reino Unido y Francia, y los altramuces, en Polonia.26

 

La producción de cultivos de leguminosas en Europa se ha reducido de forma notable a lo largo de los últimos veinte años debido a su escaso rendimiento, bajos incentivos económicos y la importación libre de aranceles de proteaginosas y oleaginosas del extranjero.

Aunque todavía es pequeña, la producción de soja en la UE ha crecido con rapidez en los últimos años. Entre 2007 y 2015, aumentó un 183,2 %28, alcanzando los 2,7 millones de toneladas entre septiembre de 2017 y 2018.29 El principal productor de soja es Italia, seguida de Francia, Rumanía y Croacia. También se ha empezado a cultivar recientemente en Hungría y Austria. Serbia, que en estos momentos está en el proceso de adhesión a la UE, también cuenta con una producción significativa de haba de soja. Una vez acceda a la Unión Europea, se convertirá en el segundo mayor productor de esta.

 

Quién está invirtiendo en la soja europea

Un estudio reciente, encargado por la organización de agricultores de Rumanía Eco Ruralis30, muestra algunos de los agentes implicados en la actualidad en la producción de soja europea. Muchos de ellos son grandes corporaciones que llevan décadas dedicadas a la producción de soja en Latinoamérica. Uno de los agentes más activos del mercado europeo, ADM, está invirtiendo en plantas de procesamiento de soja; Cargill, un gigantesco comerciante de materias primas, está presente en todo el sector de granos y oleaginosas europeos y ha invertido en los últimos años en adquisiciones en Europa Oriental (Rumanía y Ucrania); Bunge, activo en el sector de procesamiento y prensado de aceites, está construyendo plantas de procesamiento en los Países Bajos y Francia. Las empresas que pertenecen a uno de los principales productores de productos porcinos del mundo, Tonnies Group, ya explotan unas 7000 ha en el noreste de Rumanía. Al mismo tiempo, el capital financiero se está convirtiendo en una de las fuentes principales de financiación de la soja europea y se está animando a los inversores a especializarse en la especulación con terreno agrícola, sobre todo en Centroeuropa y Europa del Este.

 

Asimismo, grupos como FEFAC (fabricantes de piensos), COCERAL (representa a los comerciantes de piensos) y FEDIOL (asociación de la industria de aceites vegetales y harinas proteicas) también apoyan la expansión del cultivo de soja dentro de Europa31. Además, también quieren garantizar que los agricultores europeos reciban financiación suficiente para producir oleaginosas, de forma que puedan obtener insumos baratos para sus productos.

 

Amenaza a las pequeñas explotaciones agrarias

El número total de explotaciones agrícolas en la UE lleva varias décadas siguiendo una trayectoria descendente. Entre 2003 y 2013 ha cerrado un tercio de las explotaciones agrícolas de la Unión Europea. Estos acontecimientos se producen en toda Europa: la mitad de los países han perdido entre un tercio (Bélgica, República Checa, Alemania, Italia, Polonia, Reino Unido, etc.) y dos tercios (Bulgaria, Eslovaquia) de las mismas32. El patrón generalizado del desarrollo agrícola de la UE se ha dirigido hacia una mayor concentración de actividad agrícola en las manos de relativamente pocas explotaciones, hasta el punto de que, en 2013, el 3 % de las explotaciones agrícolas eran dueñas de más de la mitad del suelo agrario.33 Según Eurostat, más del 80 % del área agrícola dedicada a cereales especializados, oleaginosas y proteaginosas está siendo trabajado por explotaciones agrícolas grandes o muy grandes (≥ 25 000 EUR).34 En Rumanía, un país que aporta el 33,5 % del número total de explotaciones agrícolas en la UE-28, y una de las naciones identificada como una de las que cuentan con mayor potencial para aumentar la producción doméstica de soja de la UE, el porcentaje del número total de explotaciones agrícolas en manos de minifundistas ronda el 95 % (< 8000 EUR), de las cuales más del 65 % son explotaciones muy pequeñas (< 2000 EUR). Las pequeñas explotaciones desempeñan un papel clave en la sociedad: fomentan el empleo rural, contribuyen considerablemente al desarrollo del territorio, proporcionan productos locales especializados y respaldan los servicios sociales, culturales y medioambientales. Por tanto, una mayor expansión de la producción de soja a escala industrial, particularmente en Centroeuropa y Europa Oriental, amenazaría la existencia de productores agroecológicos a pequeña escala y desplazaría la producción agrícola existente a otros lugares.

 

Si el gobierno K hubiese sido popular y de derechos humanos habría favorecido y promocionado los siguientes métodos de producción pero como CFK, aclaró hace poco, es más capitalista que Macri.

 

 

V. Métodos de producción beneficiosos para los agricultores y el medioambiente Sostenibilidad, agroecología y soberanía alimentaria

Cada vez hay un mayor reconocimiento internacional ante el hecho de que el sistema alimentario globalizado no es sostenible. Los Objetivos y Estrategia de Desarrollo Sostenible de la UE destacan la necesidad urgente de desarrollar sistemas alimentarios más sostenibles y resilientes en Europa. Queda cada vez más aceptado que se necesita un sistema alimentario que dé de comer a una población creciente y, al mismo tiempo, proteja los recursos naturales, las comunidades rurales y la naturaleza. Se ha afirmado en ocasiones que la agricultura industrial a gran escala es más eficiente que la ecológica, y que proporciona métodos y tecnologías apropiados con los que alimentar a la cada vez más numerosa población mundial. No obstante, este argumento no tiene en cuenta los considerables problemas medioambientales, sociales y sanitarios derivados de la producción, procesamiento, distribución, consumo y residuos industriales de alimentos.35

En otras ocasiones, también se ha afirmado que hay que aumentar la producción de alimentos para subsanar el hambre y la malnutrición. Sin embargo, los científicos estiman que ya se está produciendo comida suficiente para alimentar a hasta 10 000 millones de personas, una población muy superior a la que actualmente habita en la Tierra.36 Las investigaciones muestran claramente que el origen del hambre no es una falta de suministro global de alimentos, sino que más bien se debe a la pobreza, falta de democracia y acceso desigual a tierras, agua y otras infraestructuras y recursos.37

Para poder cultivar comida suficiente para la población mundial de forma sostenible, es necesario proteger los recursos ecológicos esenciales para la producción alimentaria presente y futura. 40 años de investigación científica han demostrado que la agricultura agroecológica, unida a una agricultura orgánica diversificada, es la forma más eficaz de obtener una producción sostenible de alimentos al mismo tiempo que se abordan problemas medioambientales como el cambio climático, la erosión del suelo, la escasez de agua y la pérdida de biodiversidad.38 Plantar leguminosas en este sistema diversificado, usando variedades locales adecuadas como parte de una rotación de cultivos bien planificada, es un método con gran arraigo de reducir el uso de pesticidas artificiales, conservar e incrementar la biodiversidad agrícola y contribuir a una agricultura sostenible. Una parte importante de esto implica recortar drásticamente la producción ganadera para reducir la huella ecológica de la producción de alimentos.

 

Menos soja. Más leguminosas

La importación exenta de aranceles de oleaginosas y proteaginosas, junto con la falta de apoyo a los cultivos de leguminosas domésticos, han hecho que los agricultores pierdan tanto el interés por su producción como la capacidad de cultivarlos en Europa.39 En 2007, el número de programas de fitomejoramiento de proteaginosas nativas de Europa se había reducido a cinco. La escasa demanda de semillas y ayuda técnica ha hecho que la investigación europea en este campo también haya descendido. Aumentar la producción de leguminosas diferentes a la soja en Europa tendría efectos positivos para la agricultura y el medioambiente europeos.

Gracias a su capacidad de fijar el nitrógeno, el uso de leguminosas en cultivos rotatorios puede reducir el uso de fertilizantes, y con ello la contaminación de acuíferos relacionada con el elevado uso de estos. Si rotación de cultivos se lleva a cabo de forma adecuada, permite rebajar el uso de abonos nitrogenados en hasta 100 kilos por hectárea al mes.40 Eso, a su vez, contribuye a reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero, ya que el óxido nitroso que se forma debido al exceso de nitrógeno en el suelo tiene un potencial de calentamiento global 310 veces superior al del dióxido de carbono. Las rotaciones anuales de cultivos también reducen las enfermedades de las plantas y, por tanto, la necesidad de pesticidas. Contar con un alto porcentaje de leguminosas en una rotación de cultivos también refuerza la biodiversidad y beneficia a los insectos polinizadores.

 

La reintroducción de una mayor diversidad de legumbres en la agricultura europea contribuiría además a mantener la diversidad de las semillas y a aumentar la resiliencia general. Los agricultores también se beneficiarían considerablemente de diversificar los cultivos y cultivar más legumbres. Usar menos fertilizantes y pesticidas ahorra costes, y la rotación de cultivos requiere menos arado, ya que se conserva el humus y la humedad del suelo.

Un estudio de 2010 de la Comisión sobre Desarrollo Sostenible del gobierno francés calculó que el ahorro de usar menos fertilizante en Francia podría llegar a sumar los 100 millones de euros anuales.41 Casos prácticos en Polonia y Francia demuestran que el cultivo de leguminosas permite a los productores ahorrar considerablemente en los costes de transporte asociados con la compra de ingredientes proteicos.42 Para que este aumento de producción se produzca dentro de un marco agroecológico, en vez de seguir el modelo de negocio vigente, resulta esencial integrar sistemas agropecuarios, diversificar las especies y centrarse en las formas en las que cultivos y animales pueden beneficiarse mutuamente.

 

La productividad puede mejorar con el tiempo, tanto en la explotación agrícola como en la cadena alimentaria, quitando el énfasis en el incremento de las cosechas mediante monocultivos. Es necesario prestar atención desde una perspectiva social y política a cómo las personas, comunidades y autoridades locales pueden contribuir a este cambio. Ayudar a los campesinos a pequeña escala a desarrollar cadenas de suministro locales debería ser una prioridad, en vez de apostar por el desarrollo de cadenas de suministro especializadas globales o europeas. Para estimular el cultivo de leguminosas de grano o forrajeras diversas en la Unión Europea, es necesario mantener los instrumentos que fomentan su cultivo, así como introducir otros nuevos instrumentos con ese mismo fin, que sean parte de una condicionalidad mejorada en la PAC, los «eco-esquemas» y los programas de desarrollo rural. Un buen ejemplo podrían ser los programas plurianuales para revivir el sector de fitomejoramiento de proteaginosas, complementados con educación y formación, así como instalaciones descentralizadas para la producción de piensos animales a base de variedades de cultivos regionales y locales. VI. Recomendaciones de políticas Amigos de la Tierra Europa celebra la iniciativa de la Comisión Europea de presentar un Plan de proteínas para Europa y la predisposición mostrada por los estados miembros de la UE a reducir la importación de soja de países del hemisferio sur.

Amigos de la Tierra Europa aconseja a los legisladores a que examinen la raíz del problema: la ganadería industrial. La mayoría de las plantas proteicas que se importan y producen se usan como pienso para animales y no para el consumo humano. El problema de la ganadería industrial debería abordarse con una política orientada a «menos carne, pero de más calidad». Una verdadera transición a una producción de proteínas sostenible necesita incluir una estrategia agrícola diferente, basada en la agroecología, que incluya rotación de cultivos para todas las explotaciones agrícolas y ayudas específicas a los minifundios y las explotaciones sostenibles. Hay que evitar que amplíen su actividad con el fin de incorporarse en cadenas de valor controladas por comerciantes de materias primas, y toda acción deberá garantizar que conserven su diversidad y autonomía y que puedan participar activamente en el mercado.43

Para aumentar la suficiencia proteica de la UE, la Comisión Europea y los estados miembros deben:

• Introducir medidas concretas para reducir la producción y consumo de cárnicos y lácteos industriales y aumentar la demanda de cultivos de proteínas vegetales para el consumo humano.

• Incentivar la producción de cultivos proteicos diversos e infrautilizados para consumo humano por encima de la ganadería intensiva.

• Promover la producción doméstica de leguminosas para piensos que contribuyan al mismo tiempo a la producción de otros bienes, como la apicultura, o sirvan para alimentar a polinizadores silvestres y a fijar el nitrógeno en el suelo.

• Llevar a cabo una evaluación completa con indicadores de resultados sobre cómo pueden abordarse los objetivos del Plan de proteínas dentro de la PAC, incluido:

 

o Introducir las leguminosas en la definición de rotación de cultivos de la condicionalidad mejorada para los pagos directos a los agricultores.

o Retirar los apoyos a los monocultivos o rotaciones cortas, la ganadería intensiva y otras prácticas que conducen de facto a la concentración de tierras, así como garantizar que esas prácticas no se fomenten fuera de la UE.

o Apoyar diversos métodos de agricultura agroecológica, y rotación de cultivos y las prácticas de diversificación que incluyan el cultivo de legumbres, creando cadenas de suministro cortas de la granja a la mesa a precios equitativos para agricultores y ciudadanos, por ejemplo a través de los «eco-esquemas».

o Aumentar la dotación financiera del servicio de asesoramiento agrícola para mejorar la concienciación de los agricultores sobre el rol positivo de mejorar la fertilidad del suelo a lo largo del tiempo mediante el cultivo de leguminosas.

o Proporcionar un fondo de subvenciones a través del segundo pilar para ayudar a los agricultores a diversificar, alejarse de la ganadería intensiva y pasar a la producción de animales alimentados con pasto y cultivos proteicos para el consumo humano.

o Garantizar la disponibilidad de semillas y leguminosas no GM a precios equitativos y reconocer esto como una oportunidad para fomentar el fitomejoramiento ecológico de legumbres y leguminosas para el consumo humano y su comercialización en la cadena de valor.

o Proporcionar un fondo de subvenciones a través del segundo pilar para promover instalaciones descentralizadas y mejoradas de selección de semillas y de desarrollo, procesamiento, almacenamiento y comercialización de variedades locales y regionales de leguminosas.

REFERENCIAS (...)

Esta publicación ha sido financiada por la Unión Europea. La misma es de exclusiva responsabilidad de Amigos de la Tierra y no puede considerarse un reflejo de la opinión de la UE

Fuente: https://www.tierra.org//wp-content/uploads/2019/03/alerta_soja.pdf

 

 

Recordemos Cristina Fernández de Kirchner, en 2012 y en simultáneo con el golpe de estado en Paraguay donde la corporación estadounidense jugó papel principal,  desde Nueva York y desde el Consejo de las Américas, se manifestó orgullosa que Monsanto tuviese proyectos de ampliación en Argentina.

 

 

 

El veneno que nos legó Monsanto

31 de mayo de 2019

Por Silvia Ribeiro

La Jornada

 

Ya son más de 13.000 los juicios iniciados contra Monsanto (ahora propiedad de Bayer) por haber causado cáncer a los demandantes o a sus familiares con el uso del herbicida glifosato, a sabiendas de los peligros que implicaba y sin informar de los riesgos a las personas expuestas. Son, en su mayoría, personas que aplicaban el agrotóxico sea en su trabajo agrícola, de jardinería o parques. En 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el glifosato es cancerígeno para animales y probable cancerígeno en humanos.

El primer juicio que ganó una víctima, en agosto de 2018, fue la demanda de D. Lee Johnsson, un jardinero que aplicó glifosato por dos años en una escuela, a partir de lo cual contrajo el cáncer linfoma no-Hodgkin. (https://tinyurl.com/y5umrtt3). Un juez de San Francisco condenó a Monsanto-Bayer a pagar 289 millones de dólares en primera instancia, pero luego de que Bayer apelara quedó en 78 millones. En otro juicio, en marzo 2019, se dictaminó que Monsanto-Bayer debe pagar 80 millones de dólares a Edwin Hardeman por ser responsable de su enfermedad. Está a punto de concluir en Oakland el tercer juicio similar, iniciado por el matrimonio Pilliod contra Monsanto. Tienen 70 años y ambos padecen cáncer. Se espera que nuevamente sea un dictamen multimillonario en favor de las víctimas. (https://usrtk.org/monsanto-papers/)

Paralelamente en Europa, Monsanto perdió por tercera vez, en abril de 2019, el juicio iniciado por el agricultor francés Paul François, quien sufre daños neurológicos por el uso del herbicida Lasso, con otro componente agrotóxico.

Bayer, que finalizó la compra de Monsanto en 2018, ha perdido hasta el momento más de 30.000 millones de dólares por la disminución del valor de sus acciones, por el impacto negativo de los resultados de los juicios sobre glifosato. El 26 de abril 2019, 55 por ciento de accionistas de Bayer votó contra las estrategias del directorio, liderado por Werner Baumann, que defendió la compra de Monsanto.

El glifosato, inventado por Monsanto en 1974, es uno de los herbicidas más usados en el mundo. Se vende bajo muchas marcas, como Faena, Rival, RoundUp, Ranger y otras. Las cantidades aplicadas aumentaron exponencialmente con la liberación de cultivos transgénicos resistentes a herbicidas. El aumento de su uso produjo resistencia en más de 25 tipos de malezas, creando un círculo vicioso de aplicar cada vez más glifosato. Se han encontrado cantidades elevadas de residuos de glifosato en alimentos, fuentes de agua y test de orina, sangre y leche materna en varios países y continentes, fundamentalmente en los mayores productores de transgénicos.

En todos los casos de juicios nombrados, los jueces dictaminaron en favor de las víctimas porque hallaron que Monsanto sabía de los riesgos y no lo explicó en etiquetas ni estrategia de venta de los productos. El punto es central, ya que el argumento de Monsanto es que las agencias regulatorias, como la Agencia de Protección Ambiental en Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) anuncian el glifosato como un herbicida de bajo riesgo.

No obstante, en el curso de los juicios Monsanto ha tenido que liberar documentos internos que prueban que tenía estudios propios muy tempranos que mostraban el potencial carcinogénico del glifosato y que pese a ello se dedicó durante décadas a escribir artículos que lucieran como si fueran científicos negando la toxicidad del glifosato, que luego acordaron con diferentes autores supuestamente científicos que los publicaran en su nombre sin mencionar a Monsanto.

Varios de esos artículos fueron listados por la EPA para determinar que el glifosato era casi inocuo a la salud. La organización US Right To Know ha publicado en su sitio dedicado a los juicios contra Monsanto documentos desclasificados hasta 2019 con pruebas y nombres de varios autores y artículos falseados (https://usrtk.org/monsanto-papers/).

En un reciente artículo de Nathan Donley y Carey Gillam en The Guardian, denuncian que Monsanto nunca realizó estudios epidemiológicos del uso de glifosato para ver su potencial cancerígeno, y en su lugar dedicó enormes sumas de dinero (hasta 17 millones de dólares en un año) para hacer campañas de propaganda, artículos de opinión de periodistas sesgados y actuar como escritor fantasma de artículos científicos que afirman que el glifosato es inocuo o no tiene grandes riesgos. Esto aumentó luego de la declaración de la OMS en 2015 (https://tinyurl.com/yxkrw4l9).

También dan a conocer correos electrónicos de Monsanto con la consultora de estrategia e inteligencia política Hakluyt, en julio de 2018, que revelan que la Casa Blanca afirma que le guardará la espalda a Monsanto en cualquier caso y que pese a los estudios que muestran toxicidad no votarán nuevas regulaciones. (https://tinyurl.com/yxcbswp5)

Son abrumadoras las evidencias de que se debe prohibir el glifosato. Varias ciudades estadunidenses y algunas latinoamericanas ya lo han establecido. El tema no es solamente este tóxico o sólo Monsanto-Bayer. Todas las trasnacionales de agronegocios tienen estrategias parecidas para vender veneno a costa de la salud y el medio ambiente. Hay que avanzar en la eliminación de todos los agrotóxicos.

Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

https://www.jornada.com.mx/2019/05/11/opinion/019a1eco

Fuente: 

http://www.resumenlatinoamericano.org/2019/05/30/argentina-opinion-el-peronismo-y-la-izquierda-frente-al-ocaso-de-macri/

 

En consecuencia, los capitales locales e imperialistas son ecocidas y genocidas pero la democracia encabezada por el gobierno de turno mantiene a las grandes mayorías de espaldas al avance de la devastación y el exterminio tanto de la vida no humana como de la humana.

Ganadería industrial y

 soya transgénica queman la Amazonia

2 de septiembre de 2019

 

 

Por Silvia Ribeiro

Esta serie de incendios están directamente ligados al avance del agronegocio

Cerca de 79 mil incendios en la Amazonia, principalmente en Brasil, Bolivia e importantes áreas de Paraguay, han avanzado por semanas, quemando más de un millón de hectáreas de bosque tropical y arrasando territorios indígenas, muchos de los cuales habían sido invadidos legal o ilegalmente por la ganadería, la agricultura industrial y la minería. Hay un millón 500 mil habitantes de comunidades indígenas que están amenazados o ya sufriendo los impactos de esta grave crisis que está devastando amplias regiones amazónicas, su fauna, flora y diversidad biológica única.

El fuego se expande siguiendo la ruta de las trasnacionales de ganadería y agronegocios. Se talan y queman bosques para abrir espacio a la soya transgénica de Bayer-Monsanto y a la cría de ganado para JBS, la mayor trasnacional de producción industrial de carnes a escala global, que tiene una negra trayectoria de diversas violaciones legales, entre otras, por comerciar ganado criado con la deforestación del Amazonas.

La Vía Campesina Brasil declaró que esta serie de incendios están directamente ligados al avance del agronegocio, y por los enormes daños que provoca a comunidades y naturaleza debe considerarse un crimen contra la humanidad (https://lahaine.org/aG9v). Entre el 10 y 11 de agosto, que fue declarado Día del fuego por los hacendados de la región que queman el bosque para sembrar soya transgénica y pastura, los incendios aumentaron 300 por ciento. Denunció también que imágenes satelitales muestran un avance no visto desde la década de 1980 de la minería ilegal en territorios indígenas, que ha sido estimulada por el gobierno. ( https://tinyurl.com/y3rq9d4j )

En efecto, no se trata de factores climáticos o mala suerte: hay causas y actores concretos. El principal motor de la tragedia es la siembra de monocultivos y de pasturas para ganadería a gran escala y la deforestación que causan. Brasil es el primer exportador mundial de soya transgénica, con extensas zonas en las áreas incendiadas y aledañas, en su amplia mayoría su destino es para forraje de cerdos, pollos y vacas en confinamiento, principalmente en Europa y China.

Pero ni los monocultivos de soya (u otros) ni la ganadería industrial son necesarias para alimentar a la población mundial (https://tinyurl.com/yxv3dz8s). Son solamente negocio de trasnacionales con grupos económicos que se han asegurado políticas muy favorables de producción y exportación desde el Sur global, acompañadas de diversos estímulos para aumentar adrede el consumo de cárnicos en muchas partes del mundo. Esto, pese a que tanto los monocultivos agroindustriales como la ganadería intensiva están entre los factores más altos de emisiones de gases que producen el cambio climático. Y eso, sin contar el aumento de emisiones de carbono que significan los incendios ahora en curso.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien llegó al gobierno apoyado por la llamada bancada ruralista de ese país (latifundistas, sembradores de monocultivos de caña, soya, maíz y grandes ganaderos), ha manifestado repetidamente que conservar la Amazonia es un desperdicio de recursos que pueden ser aprovechados por esas y otras industrias, como mineras, hidroeléctricas y petroleras. A todas ha facilitado avanzar en esa región, con una mezcla de legalización de despojos, desmantelamiento de medidas de protección y saboteo de la fiscalización ambiental.

Para ocultar los síntomas del desastre que se avizoraba, a principios de agosto de este año, Bolsonaro despidió de su cargo a Ricardo Galvão, director del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE), por informar que la deforestación en la Amazonaa aumentó a un ritmo alarmante y mucho mayor que el año anterior. Bolsonaro negó que esto fuera verdad y poco después, cuando ya no pudo negar la crisis de incendios en la Amazonia, lanzó burdas mentiras, como que el fuego era causado por organizaciones ambientalistas para acosarlo. Como si los incendios no fueran causados por la misma gente que alentó y cobija.

Si el fuego sigue propagándose –advirtió la Coordinadora de Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica–, no solamente están en peligro los habitantes de 350 pueblos indígenas que habitan el Amazonas, también serían afectados 6.7 millones de kilómetros cuadrados de bosques, 44 mil especies de plantas, 2 mil 200 especies de animales, 2 mil 500 especies de peces de agua dulce y de 17 a 20 por ciento del total del agua dulce del planeta, además de que la pérdida de follaje de este ecosistema representa hasta 10 por ciento de las emisiones de carbono global. (https://tinyurl.com/yxasfvd4)

Una investigación de la organización Trase, con The Guardian y Repórter Brasil (2 de julio 2019), evidenció que JBS vende, a sabiendas, ganado criado en áreas devastadas de la Amazonia (https://tinyurl.com/y4yxtfhn). Seguramente alimenta otras instalaciones de ganado con soya que también viene de la Amazonia. Bayer-Monsanto enfrenta más de 18 mil juicios en Estados Unidos por causar cáncer a ese número de víctimas, a sabiendas de los efectos cancerígenos del glifosato, agrotóxico usado para la siembra de transgénicos. Tal como plantea La Vía Campesina, se trata de crímenes contra la humanidad, en Amazonia y más allá.

* Investigadora del Grupo ETC. La Jornada

https://www.jornada.com.mx/2019/08/31/economia/023a1eco

Fuente: https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2019/09/02/ganaderia-industrial-y-soya-transgenica-queman-la-amazonia/

 

 

 

Advirtamos que los gobiernos progresistas e izquierdistas afines no sólo han hecho posible la continuidad en el afianzamiento del poder territorial, económico, estatal y mediático de las transnacionales sino también han bloqueado, con un amplio espectro de modalidades contrainsurgentes, el disenso y las alternativas a los extractivismos. 

 

 

 

Más allá de ideologías, un modelo de desarrollo extractivista y agropecuario similar

Amazonia, La naturaleza se quema

y la política se agota

2 de septiembre de 2019

Por Eduardo Gudynas

Ctxt

 

 

En los primeros días el fuego te acorrala, en los días siguientes las cenizas te entristecen. Así pueden describirse mis sensaciones en una de mis visitas años atrás a las zonas amazónicas de Brasil, Perú y Bolivia. Estas coincidieron con incendios como los que hoy causan alarma mundial.

Cuando las llamas están activas, el humo inunda todo, es peligroso transitar los caminos por la poca visibilidad, hay momentos en los que cuesta respirar, la garganta se inflama y los ojos lagrimean. Cuando las llamas se apagan, el ocre y el gris dominan las escenas. Aquí y allá siguen erguidos los restos de algunos árboles, mientras que en el suelo, entre las cenizas, aparecen de tanto en tanto los cadáveres calcinados de animales que no pudieron escapar.

Esta destrucción de la fauna y la flora es lo que está repitiéndose en estos días en América del Sur. Si bien la prensa convencional insiste con los titulares sobre la Amazonia y sobre Brasil, la realidad es más compleja, y también más hiriente.

En efecto, este tipo de incendios está ocurriendo en estos momentos en por lo menos cuatro países sudamericanos; además de Brasil, afectan a Bolivia, Perú y Paraguay. A su vez, se están quemando selvas tropicales húmedas, la Amazonia, pero lo mismo está sucediendo con los bosques secos y sabanas arboladas, como la Chiquitanía en Bolivia o el Cerrado brasileño.

En los datos más recientes, el número de incendios en Brasil superó los 82 mil focos (al 26 de agosto), la cifra más alta desde 2010, y casi el doble de lo registrado en estas mismas fechas en el año anterior. En Bolivia son más de 19 mil focos (el doble que en 2018), en Paraguay más de 10 mil (manteniéndose en valores semejantes al año anterior), y en Perú más de 6 mil (un poco más del doble).

Todas las grandes regiones ecológicas del trópico y subtrópico sudamericano están afectadas por los incendios. Por ejemplo, en Brasil, aproximadamente la mitad de los focos se ubican en la Amazonia, pero casi un tercio ocurren en el Cerrado, y un 10 por ciento en los bosques atlánticos. Bolivia en estos momentos vive el drama de ver cómo enormes áreas de bosques secos e incluso su Pantanal están siendo devorados por las llamas (las pérdidas al día de hoy se estiman en 1,5 millones de hectáreas). Por lo tanto, pensar que solamente está ardiendo la Amazonia brasileña es una simplificación. Las pérdidas ecológicas en todos esos ambientes son enormes. Por ejemplo, el bosque seco de la Chiquitanía es único en su tipo en todo el continente, y se estima que más de 750 mil hectáreas ya se quemaron.

El chaqueo de ayer y la deforestación de hoy

La quema de bosques o campos, el llamado “chaqueo” en algunos sitios, ha sido una práctica tradicional realizada especialmente por pequeños campesinos e indígenas. Afectaba a pequeñas superficies en tanto estaba directamente vinculada al autoconsumo de alimentos o por limitaciones tecnológicas. Todo eso ha cambiado en las últimas décadas a medida que han llegado a las áreas tropicales y subtropicales todo tipo de colonos y empresas. Los incendios de hoy nada tienen que ver con aquellos del pasado.

En la actualidad se deforestan y queman amplias zonas, casi siempre con el propósito de liberar espacio para la ganadería extensiva, aunque en otros sitios es para la agricultura. Para hacerlo a esa mayor escala se necesitan importantes recursos materiales, como motosierras y maquinaria pesada, y mucho capital para financiar una ingeniería de trámites legales o ilegales, formales o amparados en la corrupción. Detrás de esto no están ni los indígenas ni los pequeños agricultores.

Esa presión ganadera puede ser brutal. Por ejemplo, en la zona de San Félix de Xingú (estado de Pará), se concentra un rodeo vacuno de más de 2 millones de cabezas. Factores como esos empujan a la agropecuaria convencional a las áreas naturales tropicales y subtropicales.

A su vez, la diseminación de los monocultivos, especialmente de la soja, en otras zonas de Brasil, pero también en Bolivia y Paraguay, hace que los ganaderos se desplacen hacia nuevas áreas a deforestar. Todo esto genera un enorme arco de deforestación amazónica que atraviesa América del Sur, desde la costa atlántica brasileña hasta las faldas de los Andes en Bolivia y Perú. Es una franja de casi 3 mil quilómetros de largo; una distancia similar a la que separa Madrid de Varsovia.

Bolsonarización para militarizar la Amazonia

Esta problemática se ha agravado notablemente bajo el gobierno de Jair Bolsonaro. Por un lado, recortó controles ambientales en cuestiones críticas como la deforestación, redujo el presupuesto del Ministerio del Ambiente, cesó a personal clave en las agencias del ambiente y de conservación de la biodiversidad, maniobró para que se cancelaran multas a los infractores ambientales, y mucho más.

Por otro lado, Bolsonaro y su equipo han hostigado repetidamente a los ambientalistas, indígenas y pequeños campesinos, presentándolos como trabas al progreso, potenciales criminales e incluso como responsables de los incendios. Tan sólo como ejemplo, el 27 de agosto, en la reunión con los gobernadores de los estados amazónicos, en lugar de analizar la crisis ecológica volvió a quejarse de que los indígenas ya tienen demasiadas tierras y anunció que no aprobará nuevas áreas protegidas.

Bolsonaro tampoco duda en repeler las críticas diciendo que son parte de un complot del exterior para quedarse con la Amazonia brasileña. Esa retórica tiene antecedentes desde por lo menos la década de 1970, cuando el gobierno militar se oponía a las primeras negociaciones internacionales ambientales. Bolsonaro revive parte de ese vocabulario, viene colocando a militares en puestos afectados a la gestión ambiental y ha dado señales de resucitar un programa de control militar en las fronteras amazónicas. Bajo esas condiciones, no puede sorprender que recibiera cierto respaldo de otro gobierno muy conservador, el de Ivan Duque en Colombia. Este también ha presentado un nuevo plan de desarrollo en el que la gestión ambiental pasa a ser parte de la estrategia de seguridad del Estado.

Lo geopolítica amazónica

La condición internacional de la Amazonia volvió al primer plano con la reacción internacional ante los incendios. Una circunstancia que aprovechó Emmanuel Macron, en la que hay poco de ambientalismo y mucho de oportunismo comercial y político. Pero el problema es que, por lo menos desde la década de 1980, los gobiernos brasileños por un lado insisten en el control soberano sobre su Amazonia, pero al mismo tiempo repiten que no tienen dinero para protegerla y reclaman ayudas a los países industrializados. Desde allí se construyeron diversos mecanismos, financiados especialmente por Europa.

Por ejemplo, en 1992 se inició el Programa Piloto de Protección de los Bosques Tropicales del G7 (Ppg7), que funcionó hasta 2009, con un presupuesto de más de 460 millones de dólares. Cuando se hacía lobby por esos dineros, desde Brasil se insistía en que la Amazonia era un ecosistema único en el planeta y que los países ricos debían colaborar a protegerlo. También se alentó una visión deformada, como si sólo existiera Amazonia en Brasil, dejando en segundo plano a los otros países que comparten la cuenca. De ese modo, las propias autoridades brasileñas durante al menos 30 años han contribuido a ese entrevero que ha oscilado entre una Amazonia “solo mía” a otra que sería “de toda la humanidad”.

La actual crisis ha expuesto en toda su crudeza las tensiones entre la soberanía nacional y las responsabilidades ecológicas, no sólo hacia adentro de un país, sino con sus vecinos y con la salud ecológica planetaria.

Las cenizas ideológicas

El problema se vuelve más complejo cuando se entiende que las quemas y la crisis ambiental se repiten en las naciones vecinas. No sorprende que ocurra con gobiernos conservadores como los de Colombia, Perú y Paraguay. Más difícil se vuelve asumir que en Bolivia, desde posturas ideológicas que se presentan como opuestas, también se han debilitado los controles ambientales, se perdonaron las faltas a los deforestadores y se alienta el avance del agronegocio.

El gobierno de Evo Morales cita a la Pachamama, pero sus acciones concretas han sido las de promover la explotación minera, petrolera y agropecuaria, y por ello enfrenta un desastre ecológico similar. Así como Bolsonaro ataca a los ambientalistas, la administración de Morales se burla de ellos, los hostiga y ha amenazado con expulsarlos del país.

En los progresismos, la retórica se nutre de otros argumentos. Por ejemplo, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, cita a Marx y a Lenin, pero también sostiene que la protección de la naturaleza es un invento del norte y por eso no deberían ser guardabosques de nadie. Tuvieron éxito en esa promesa: no cuidaron los bosques y ahora se están incendiando. Y aunque los aderezos de sus discursos son opuestos a los de Bolsonaro, las similitudes en sus esencias dejan un gusto muy amargo.

Por todo esto, cuando se leen los titulares de la prensa en Madrid, Londres o París, siempre queda esa sensación de que realmente no están entendiendo lo que ocurre aquí en el sur. Es más sencillo atacar a Bolsonaro, en tanto es machista, racista, violento y autoritario, pero es más dificultoso asumir las serias contradicciones en otras tiendas políticas. Nos cuesta entender que estamos ante una crisis ecológica de escala continental y que ella también expresa el agotamiento de las ideologías políticas herederas de la Europa ilustrada. Las viejas políticas, todas ellas, han caducado. La cuestión es comprenderlo para construir alternativas antes de que se queme el último árbol.

* Miembro del Centro Latino Americano de Ecología Social.   https://ctxt.es/es/20190828/

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=259981

 

 Alternativas emancipatorias

 

Generalicemos la toma de conciencia sobre cómo es posible:

 

La gran transformación desde los barrios

La ciudad, un espacio de emancipación

3 de septiembre de 2019

Por Alberto Acosta (Rebelión)

Otro mundo será posible si -en el camino- imaginamos y construimos sociedades desde principios totalmente opuestos a la actual civilización, causante de tantos y crecientes desequilibrios, frustraciones y violencias. Requerimos relacionalidad en vez de fragmentación; reciprocidad en vez de competencia desbocada; solidaridad y correspondencia en vez del individualismo egoísta; cooperación mutua en vez de competencia feroz; derecho a la vida digna en lugar de derecho absoluto a la propiedad privada o al lucro sin fin. La codicia, rectora del capitalismo, debe reemplazarse por la búsqueda de una vida en armonía. Desaceleración, descentralización y desconcentración deben parar el paroxismo consumista y el desbocado productivismo. Y en todo este empeño, desde lo comunitario, desde territorios concretos, urge desarmar -democráticamente- las estructuras jerárquicas patriarcales, racistas, empobrecedoras, destructoras, concentradoras, policiales y sobre todo autoritarias.

Algunos de estos principios de gran potencial transformador son más fáciles de encontrar en el mundo rural, particularmente indígena, de todas partes del planeta: en la “indigenidad” de la que hablaba el gran Aníbal Quijano. En cambio, los espacios urbanos se alejan cada vez más de una vida humana solidaria, sostenible y respetuosa de la Madre Tierra, al tiempo que se profundizan las tendencias consumistas e individualizantes, desatando violencias de todo tipo.

En 1968 Henri Lefebvre escribió su libro El derecho a la ciudad considerando el impacto negativo sufrido en los países capitalistas por las ciudades, convertidas en mercancías al servicio exclusivo de los intereses de la acumulación del capital, en un proceso acelerado de mercantilización urbana.2 Ante ese fenómeno, urge construir una contrapropuesta política que reivindique la posibilidad de que los habitantes de la ciudad vuelvan a adueñarse de ella, construyendo opciones de Buen Vivir desde su propio territorio y comunidades o barrios. Hay que superar aquella visión dominante para la cual la ciudad implica civilización: “las luces de la ciudad” han iluminado renovadas formas de dominación colonial, patriarcal, clerical, incluso geográfica... alimentando las ilusiones de “progreso” y “desarrollo” (fantasmas imposibles de alcanzar).

Es necesaria, entonces, una reflexión y crítica comprometidas para construir otras ciudades que sirvan de base a otros mundos en donde todos los seres vivos -humanos y no humanos- vivan en dignidad. Hacia esa reflexión apuntan las siguientes líneas, teniendo presente que

Al querer desviar la explotación del hombre por el hombre sobre una explotación de la naturaleza por el hombre, el capitalismo multiplicó indefinidamente ambas. Lo reprimido vuelve, y lo hace por partida doble: las multitudes que se quería salvar de la muerte vuelven a caer por centenas de millones en la miseria; las naturalezas, a las que se quería dominar por completo, nos dominan de manera también global amenazándonos a todos”,

para tomar prestadas las palabras de Bruno Latourt (Nunca fuimos modernos, Siglo XXI, 2007). Es evidente, entonces, que superar el antropocentrismo es uno de los grandes retos más trascendentes que tenemos entre manos, en tanto nos conomina a transitar por senderos de post-desarrollo, post-extractivismo e incluso post-decrecimiento ecomómico.

Las ciudades, corazón de la reproducción de modos de vida dominantes

Por definición, no hay ciudades sustentables. Las ciudades viven una desconexión permanente de la Naturaleza. Esta desconexión se acelera cada vez más con el creciente número de habitantes en el mundo, particularmente concentrados en las urbes: en 2007 la población urbana superó a la rural; para 2050 se espera que dos tercios de la Humanidad vivan en las ciudades. Esta evolución responde sobre todo a las presiones creadas por la acumulación capitalista y la mercantilización urbana, las cuales han masificado la producción, el consumismo, los volúmenes de basura y desperdicio, una huella ecológica insostenible, e incluso un frenesí individualizante devastador: basta ver cómo, en Gran Bretaña, desde enero del año 2018, se estableció el Ministerio de la Soledad para atender a millones de personas que malviven por la exacerbación de estas tendencias individualizantes y egoistas. En paralelo, los espacios públicos -calles y plazas- se subordinan a las lógicas del consumo fragmentado, estratificado, segregado según las necesidades de acumulación y mercantilización. La misma violencia provocada por diversas formas de criminalidad encuentra explicaciones en estos espacios de creciente barbarie.

Parecería pertinente, incluso, hablar de “un extractivismo urbano”3, al decir de Enrique Viale. Este renombrado y comprometido abogado ecologista, sobre el caso argentino, dice que

En las ciudades no son los terratenientes sojeros, ni las megaminerías, ni las petroleras, sino la especulación inmobiliaria la que expulsa y aglutina población, concentra riquezas, produce desplazamientos de personas, se apropia de lo público, provoca daños ambientales y desafía a la naturaleza, todo esto en un marco de degradación social e institucional. Se nutre de la misma lógica extractivista, que los mono-cultivos y la megaminería, dando resultados similares: destrucción de la multiplicidad, acumulación y reconfiguración negativa de los terri-torios urbanos. Las tierras, los inmuebles del Estado y los espacios verdes son convertidos por la especulación inmobiliaria en la pata urbana de la desposesión, aquella de la que habla David Harvey y nos ayuda a comprender los procesos de acumulación por desposesión que se dan con la megaminería en la cordillera andina o con el agro-negocio en el campo.”

Cada vez más, los barrios van perdiendo sus identidades, sus habitantes no participan de las decisiones de planeamiento urbano y el extractivismo urbano también tiene como característica el impulso de la mercantilización de la vivienda hasta el paroxismo: es decir, convierte a los inmuebles en verdaderos commodities, el inmueble deja de ser un bien de uso para convertirse en un bien de cambio. En el caso agrícola, el commodity es la soja y en nuestro caso son los inmuebles.”

Y es justamente en este ámbito de mercantilización urbana desenfrenada, en el que la gentrificación no es su única manifestación, cuando el bienestar está ligado al precio, es decir “cuanto más caro, ´mejor´ es el barrio”, como destaca Viale. Este “éxito” es medido con indicadores vinculados al negocio inmobiliario -por ejemplo, a través de los metros cuadrados de construcción que se concentran en los barios de gente más acomodada- y que no hablan de la calidad de vida de la población en su conjunto, lo que consolida aún más ciudades desequilibradas y desiquilibrantes.

Aquí debe quedar claro que no se trata del desalojo de personas de sus viviendas, para que las remodelen y posteriormente suba el precio del alquiler, impidiendo que sus habitantes originales puedan regresar a ellas. Se trata de complejos enteros que están siendo deshabitados para impulsar enormes proyectos urbanísticos cuyo objetivo real no es construir viviendas, sino simplemente obtener grandes beneficios; estamos frente a procesos donde los grandes capitales financieros están cada vez más involucrados.

La lectura desde la Argentina está en sintonía con otras muchas aproximaciones al tema. Son potentes los aportes de Mario Rodríguez Ibáñez para la ciudad boliviana, con anotaciones extrapolables en gran medida a otras realidades andinas. Este autor vincula el extractivismo minero y agrario con las ciudades de su país, así nos dice que

Los sectores dominantes de las ciudades y del país requieren sostener ese extractivismo saqueador para acceder a servicios y beneficios que ofrece la vida urbana. Esa relación es fundamental para comprender cómo nuestras élites reproducen el extractivismo y la economía primaria exportadora; desde ahí reproducen las formas coloniales y extraen sus beneficios, a costa de lo que se desposesiona, se invade, se penetra, se saquea.”

La ciudad colonial instauró en el imaginario colectivo que la civilización, la superioridad, se vive en las ciudades.”

Rodríguez Ibáñez es categórico al puntualizar que

La ciudad se encaramó en el simbólico dominante, como el lugar privilegiado de distanciamiento de la naturaleza, como el lugar de la civilización, como el lugar del éxito moderno, como la materialización del progreso y del desarrollo. La ciudad se identificó como distanciamiento de lo campesino, y en nuestro continente invadido eso significa, también, distanciamiento de lo indígena, en oposición a lo rural que se relaciona con “dependencia” de los ciclos de la naturaleza. La ciudad se hizo, así, el lugar privilegiado para no ser nosotros ni nosotras, para dejar de mirarnos al espejo y, al contrario, tratar de vivir una mascarada de imitaciones a lo externo, a lo “civilizado”, a lo “desarrollado”, a lo moderno-colonial.”

Las ciudades son el corazón de la reproducción de los modos de vida dominantes, coloniales, modernos, capitalistas. Las ciudades son el lugar donde se alimentan las subjetividades que consolidan nuestro histórico saqueo y el extractivismo primario al que nos condenó la colonia. Y, sin embargo, nuestras ciudades no escapan de su sino; no pueden no ser habitadas por nuestros otros modos de vida profundamente indígenas u originarios, que disputan desde “lo popular” sus significados y sus configuraciones.”

Sabemos bien que América Latina tiene algunas características que la diferencian de otras regiones del planeta. Como anota Gonzalo Quilodrán, quien enmarca las soluciones en el terreno del “crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenicble”, ésta es la región más urbanizada y también la más desigual, no la más pobre, del planeta. Es decir las diferencias entre los que más y los que menos tienen son mayores que en otras partes. Además, según Quilodrán:

más del 80% de la población de América Latina vive en ciudades. Esta tendencia de urbanización parece no detenerse y es una constante en todos los países de la región. El año 1963 fue bisagra y América Latina dejó de ser una región con población predominantemente rural y campesina para empezar a ser urbana. Los habitantes de las ciudades crecieron aceleradamente: si en 1950 el 41% de la población vivía en ciudades para 2010 llegó al doble (82%). El Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat) calcula que la tasa de urbanización en la región será de cerca del 89% de la población en el 2050.”

Esta realidad no puede ser ausmida como un símbolo de progreso, todo lo contrario. Las ciudades latinoamericanas y muchas otras en el mundo, cabría decir, sintetizan la gravedad de los problemas, en la medida que se trata de ciudades “degradadas, violentas, insalubres, privatistas y antidemocráticas”, para ponerlo en palabras del mismo Viale.

Las ciudades, como potenciales espacios para el cambio

Pese a sus enormes problemas estructurales, en las ciudades también hay opciones transformadoras, incluso hay luchas históricas y acciones propias de ciudades radicales por las alternativas que practican, algunas ya en marcha. Falta, de todas maneras, redoblar y multiplicar lecturas y acciones concretas, desde los márgenes y sobre todo sin pedir permiso.

Repensar las ciudades, rediseñarlas, reorganizarlas desde abajo, restableciendo su balance con lo rural (que debe ser profundamente revalorizado y fomentado), descolonizando la imaginación, incluso alentando la reducción del tamaño de las urbes más grandes y la descentralización efectiva, es parte de la tarea. Incluso cabría pensar hasta qué punto es viable terminar con la separación urbano-rural y, al menos sugerir, nuevas formas de organización social donde la idea misma de migración del campo a la ciudad pierda sentido.

Estos temas, y otros apenas esbozados en este texto, son pensados en muchas partes del mundo. Desde la publicación de un libro que se puede considerar clásico en esta materia: Housing by People: Towards Autonomy in Building Environments, del inglés John F.C. Turner, en 1976, la discusión no ha parado sobre un tema que es un problema permanente. Basta recordar la primera frase del prefacio escrito por Colin Ward a este libro:

En el momento en que la vivienda, una actividad humana universal, se define como un problema, surge todo un problema de vivienda, con un ejército de expertos, burócratas y científicos, cuya existencia es una garantía de que este problema no se superará”.

Desde entonces ésta es una cuestión recurrente. Frente a la presión dominante de soluciones tecnológicas -que no resuelven “el problema”-, se registra por todo el planeta y desde hace tiempo la búsqueda de alternativas. La cuestión se recoge en preguntas fundamentales como quién planifica, decide y ejecuta las políticas urbanas. Respuestas a esas preguntas existen y alternativas también.

Bastaría mencionar la discusión impulsada por la Asociación de Arquitectos Alemanes, en un país del Norte global, que ha hecho un llamado programático para cambiar el paradigma en la arquitectura y la construcción, con el documento de posición "La Casa de la Tierra". El documento aboga por superar las ideas del crecimiento y pide a los arquitectos y urbanistas que defiendan una comprensión de vida diferente desde la reutilización de los recursos disponibles enfatizando la “inteligencia de lo simple” para reemplazar la actualización técnica de “edificios inteligentes”; la preservación de lo existente sobre la demolición innecesaria; el empleo de materiales completamente reutilizables o compostables; el abandono de los materiales a base de carbono y de los combustibles fósiles en la construcción, reemplazándolos por la eficiencia energética; la movilidad entendida como una tarea conceptual y creativa de arquitectos y urbanistas; entre otros puntos.4

En esta línea de acciones en marcha, podríamos ubicar las propuestas que se multiplican en el Sur global, en Brasil, por ejemplo, para impulsar una “arquitectura para la autonomía”, activando, cultivando y reconociendo territorios educadores -espacios o incluso instantes en donde sobre todo se desaprende aquello que se pensaba y asumía como conocido e indiscutible, espacios que proponen descolonizar el pensamiento y los cuerpos-, como base fundamental para transformar las ciudades. Lo que demanda, desde dicha perspectiva, una transición de “una praxis arquitectónica y urbanista hegemónica, exclusiva, mercantilizada, colonial, alejada de la realidad, al ejercicio de múltiples prácticas -complejas, inclusivas, contextualizadas, resilientes, integradas- que generen afecto, valor, significado y pertenencia durante su elaboración y existencia”, teniendo como horizonte el Buen Vivir5. Esta arquitectura para la autonomía plantea: invertir la mirada para descolonizar el imaginario y producir colectivamente conocimiento; conectar saberes, para activar comunidades autónomas e inteligencias colectivas; crear un paisaje común inspirado en lo que podría ser el Buen Vivir en la ciudad… la lista de proyectos concretos en este empeño es enorme tanto dentro de Brasil, como fuera de ese país.

Lo evidente es que no podemos ahondar más las complejas y terribles realidades de las ciudades desde el manejo inmobiliario mercantilizado y especulador, así como tampoco desde la gestión del Estado proveedor, responsable de muchas dependencias y clientelismos. Por eso, para encontrar ya respuestas, no cabe esperar que actúe el poder, sea gubernamental municipal o nacional. En muchos casos no lo hará o, si lo hace, en tanto la comunidad no sea actora de primera línea de esas acciones gubernamentales, recreará las estructuras y clientelismos que se quiere superar. Igualmente, no se puede esperar respuestas desde el mundo de las empresas o fundaciones que solo buscan -respectivamente- la acumulación o el reconocimiento egoísta de sus miembros.

Es cada vez más urgente enfrentar al monstruo burocrático, estatal y corporativo con capacidad para “rastrear, clasificar, enloquecer, manipular y censurar a los ciudadanos”, algo similar al Estado-Gran Hermano de China, que disfraza la tiranía de una supuesta libertad. Conocer las potencialidades y sobre todo las amenazas de las tecnologías es una tarea urgente pues con frecuencia son instrumentos de dominación y no de emancipación.

Recuperando reflexiones anteriores, cabe valorar la capacidad de construir participativamente las ciudades. Hay que aumentar la durabilidad de los bienes materiales proscribiendo cualquier obsolescencia programada. Las ciudades demandan de más y más espacios verdes, llenos de vida y biodiversidad.

Un punto clave. Hay que recuperar los espacios urbanos para la gente atropellando la dictadura del automóvil y las lógicas consumistas. Bien anotaba Wolfgang Sachs (1984): “ El automóvil pertenece a una clase de productos que no podemos modificar a nuestro gusto. Dado que su uso requiere la exclusión de las masas, la democratización de los automóviles destruye sus ventajas ”. La reducción del uso de los vehículos privados es pues una opción urgente y concreta que se cristaliza ya en varios países; por ejemplo, en Viena, capital de Austria, más de la mitad de los hogares ya no tienen auto propio en tanto que mejora en todo sentido el transporte público subsidiado y aumenta la conciencia por la necesidad de un cambio en los estilos de vida.

Hay que revalorizar por igual las miles de respuestas pequeñas en todas partes del planeta para asegurar -al menos en parte- la soberanía alimentaria desde las ciudades, por ejemplo desde los huertos urbanos: entendiendo que no solo importa el consumo -que puede exacerbarse con la sobreproducción tecnificada- sino también las condiciones de producción; aquí hay mucho espacio para políticas alimentarias desde los ámbitos municipales, tal como insiste permanentemente Gustavo Duch. En este empeño habrá que paulatinamente “pasar del comesolito -egoísmo puro en acción- hacia una pamba mesa -espacio en donde se comparte y se colabora en pro de un objetivo común- surge como una forma de actuación productiva en donde a todos se los incluya, independientemente del poder económico, tecnológico y relacional que poseen de forma individual.” Los espacios de consumo compartido vistos no solo como acción desesperada frente a la pobreza extrema, sino de solidaridad practicada, son oportunos para consolidar los lazos de vecindad y de confianza, en línea con otras formas de resonancia y espiritualidad.

Librar a los barrios de los grandes centros comerciales es también indispensable para sostener el tejido comercial, productivo, artesanal y de servicios en el territorio barrial, sobre todo con empresas pequeñas, cooperativas y asociativas. En esa misma línea asoman las redes de amparo para gestionar derechos, protecciones y defensas ante antropellos y violaciones, en particular para mujeres, niñas, niños, jóvenes y migrantes, tanto como para personas de la tercera edad desamparadas.

Paulatinamente se debe articular una pertenencia colectiva y recuperar las memorias diversas y comunes existentes, tanto como las experiencias y los saberes compartidos. Con niveles adecuados de diversidad e igualdad se tejerán otras relaciones sociales potenciando los elementos relacionales de la vida sobre los consumistas y productivistas. De esos espacios pueden surgir verdaderos semilleros de otras formas de vida. Una tarea compleja es construir los vinculos generacionales y territoriales que consoliden raíces de arraigo e identidad, tanto como de emoción y empatía. La diversidad de la lucha, de las organizaciones, de las acciones, de las alianzas, de las visiones deben transformarse en elementos potenciadores del cambio. No más propuestas homogeneizantes, caudillistas, ortodoxas. El diseño y construcción de liderazgos colectivos y horizontales es uno de los puntos más complejos.

Sin duda, para una transformación mayúscula -impulsada crecientemente desde abajo- hay que librarse de la economía del crecimiento y de la acumulación de bienes permanente, dinámicas que son la esencia misma del capitalismo y su tendencia perpetua la mercantilización de toda dimensión de la vida humana.

En estas condiciones, muchas veces adversas, en el mundo entero, se construyen respuestas de todo tipo, sin recetas, ni modelos. Así, cual círculos concéntricos provocados por una piedra lanzada en un lago, se expanden incluso en ciudades grandes, muchos ejercicios alentadores en donde los actores sociales intercambian mutuamente conocimiento artesanal; cambian tierras baldías y levantan con autogestión nuevos espacios abiertos para todas y todos; reciclan y reparan; y desde estas prácticas amplían también sus márgenes de acción, como cuenta la alemana Christa Müller de la Fundación Anstiftung. Incorporemos en esta lista a las ecoaldeas, los ecobarrios, las comunidades ancestrales, los pueblos en transición. Destaquemos por igual las múltiples redes existentes, como la CASA: Consejo Asentamientos Sustentable de América Latina o la GEN: Global Ecovillage Network, por citar apenas dos ejemplos.

Las tecnologías, sobre todo las que ahorran fuerza de trabajo (física o mental), deberían liberar al ser humano del trabajo orientado a acumular capital, permitiendo instaurar jornadas laborales menos extenuantes, tal como se consigue en varios países industrializados: en Alemania los trabajadores acaban de conseguir que se pueda establecer una semana de 28 horas de trabajo, para ampliar el tiempo en familia. Y eso puede lograrse, por ejemplo, también liberando el conocimiento científico e impulsando un diálogo respetuoso con los saberes ancestrales, mientras las estructuras de producción y consumo -visto como un acto político, tal como lo como proponen decididamente Laura Villadiego y Nazaret Castro e incluso de rebeldía cotidiana- se transforman para construir sociedades donde la explotación a la Humanidad y a la Naturaleza sea inviable.

Claro que aquí también será necesario pensar hasta que punto la holgura en las condiciones laborales de unas urbes del mundo industrializado se consigue a costa de la sobreexplotación laboral en los rincones de la periferia global. De hecho, la discusión de la ciudad también merece plantearse en términos del -asimétrico- sistema mundo capitalista: ¿cuáles son los límites para construir ciudades diferentes en el Sur global?, ¿son necesarias estrategias diferentes entre las urbes de los centros y de la periferia?

Afrontamos complejidades múltiples inexplicables desde la monocausalidad o desde simples respuestas escapistas. Precisamos respuestas múltiples, diversas, pequeñas y grandes (si fuera posible…). Sin desestimar las posibles acciones gubernamentales, hay que tener presente siempre que el control sobre los cuerpos y los territorios está en la mira del poder, esos cuerpos y esos territorios son y serán los campos de batalla. La lucha, una vez más, será desde abajo, multiplicando rebeldías, resistencias y desobediencias ciudadanas tanto frente a los grandes como a los pequeños y cotidianos usos y abusos del poder, que terminan construyendo y consolidando hegemonías.

Urge identificar y -de ser posible- transformar las herramientas de dominación, como las redes sociales, en instrumentos de comunicación y organización liberadora, pero siempre recordando sus límites. Esta acción que, en ningún momento debe restringir la libertad de expresión e información, debe guiarse por las luchas de aquellos grupos históricamente oprimidos -desde enfoques feministas hasta indígenas, incorporando visiones ecologistas y porqué no también socialistas-, así como por propuestas comunitarias de quienes viven -o al menos imaginan- un mundo de libertades plenas, viable en la medida que confluyan la justicia social y la justicia ecológica; el comunitarismo indígena puede ser un terreno de lecciones provechosas. En definitiva, necesitamos un ejercicio de contra-hegemonía política, que no menosprecie la herramienta tecnológica, pero sin caer en falsos optimismos (pues muchas veces el propio diseño tecnológico puede crear la ilusión de emancipación). Y por cierto esto demanda la construcción de alternativas estratégicas de largo plazo.

Los barrios, territorios para la gran transformación

Punto importante. El complejo entramado de la vida urbana puede y debe asumirse desde los barrios. De hecho ya hay muchas acciones en marcha para organizar vivienda y transporte, suministrar energía eléctrica y servicios públicos, recuperar escuelas y espacios comunales, consolidar finanzas cooperativas (el “pasanaku de bienes y dones” relacionada con el Ayni, un sistema de cooperación rotativa heredado de las culturas de Los Andes en Bolivia, por ejemplo) y monedas comunitarias, impulsar huertos urbanos (chacras en sentido de la agricultura familiar indígena y campesina) para alcanzar crecientes niveles de autoabastecimiento alimentario y establecer ámbitos de recreación, tiendas y negocios particulares y comunales; negocios comunitarios para reciclar y reparar, en donde principios del bienestar colectivo reemplacen a la búsqueda del lucro individual; son algunas de las muchas acciones posibles. Todo esto demanda ampliar la ayuda mutua como base de otra economía.

Incluso cuestiones de seguridad se resolverán en tanto que la comunidad recupere directamente el control de los espacios públicos -el crimen organizado o no, también hecha raíces en estos espacios-; la militarización de los espacios públicos no será nunca una solución, sino todo lo contrario: es más, cada vez es más necesario dar paso a procesos de desmilitarización de las sociedades. Y es indudable que el estado centrismo no tiene futuro alguno.6

Este empeño será aún fácil construyendo y controlando bienes y espacios comunes (como se hace en todo el mundo más allá del mercado y el Estado: David Bollier y Silke Helfrich (2012)). Gestión que demanda territorios emancipados y emancipadores que llenen a los barrios -y a las comunidades rurales- de vecindad, vida intensa, autosuficiencia y democracia; entre muchas opciones a destacar. Son necesarias las acciones de artistas urbanos que plasmen de alegría -no confundir con la happycracia neoliberal- y mucha rebeldía las calles, las plazas y las mismas paredes de las ciudades para corroer esas bases conservadoras que caracterizan a las sociedades coloniales, patriarcales, neoliberales... Los barrios y las comunidades rurales deben revertir sus imaginarios negativos y tristes, deben abandonar su gris del cemento, dejar de ser lugares de paso o simples “dormitorios”; el color y la vida plena debe realizarse allí.

La “libre asociación”, sobre bases de una radical y horizontal democracia comunitaria, será el motor que garantice la libertad individual a ser alcanzada en comunidad. Esta es una tarea que demanda claridad, creatividad y constancia: la (re)construcción de tejidos comunitarios; en realidad lo que se precisa es potenciar el ingenio social para potenciar democráticamente “la sociedad autónoma”, recuperada de forma clara por Juan Cuvi. Sociedad autónoma, que, como puntualiza Natalia Sierra en la presentación del libro de Cuvi,

no requiere de lazarillos, de guías, de caudillos, de mesías. Los pueblos libres inventan, crean, resuelven su vida sin necesidad de que haya un sujeto dueño del conocimiento único y verdadero que los guíe.”

En las ciudades existen -para ponerlo en palabras repetidas por Rita Segato- “girones de comunidad”, que en parte provienen de la migración desde los mundos rurales (indígenas y afro) y parte de otras formas de organización de la vida. No olvidemos que lo indígena, afro y popular está también atravesado por la promesa de la modernidad: individualismo, consumismo, productivismo. Pese a eso, muchos segmentos populares de las sociedades encuentran en el Buen Vivir / Vivir Bien, como anota Mario Rodríguez Ibáñez,

un horizonte de sentido; un indicativo de que se puede transitar hacia otros modos de vida y formas civilizatorias que nos permitan salir del entrampamiento de la modernidad y el desarrollo hegemónicos, que se expresan más radicalmente en el capitalismo, aunque no únicamente.”

No se trata de un modelo o un proyecto claro, sino de un sentido que exige capacidad de construir, inventar, criar y permitir el brote de lo existente, que reconfigura la dominación hacia otros horizontes. No es posible sin diversidad y pluralidad; por ello, permite hablar de un modelo a seguir.”

Las opciones concretas están presentes en muchas partes. Mencionaría las existentes en Bolivia, por ejemplo, en El Alto. Allí, desde lo existente, desde lo complejo y desde lo abigarrado, sin modelos predeterminados, brotan acciones desde abajo tendientes a criar procesos educativos para la construcción de lo comunitario, propendiendo a una convivencia armónica entre los humanos incluyendo a la Naturaleza. Los trabajos de la Red de la Diversidad, de la Fundación Wayna Tambo, dan cuenta de esas y otras experiencias. Aquí están en juego la planificación y uso del suelo, el territorio y el hábitat urbano; el espacio para viabilizar los encuentros y convivencias, no solo los flujos comerciales; los consumos y modos de producción y de vida urbanos; otras economías y otras lógicas de mercado (conviviendo con el mundo capitalista…); la recuperación de los espacios públicos: plazas y calles (cuyo contenido común ha sido vampirizado por políticas urbanistas destinadas muchas veces a embellecer las ciudades vaciándolas de habitantes…); la pluralidad y diversidad en ejercicios de creciente democratización. Todo esto demanda destruir los muros visibles e invisibles que jerarquizan y dividen las ciudades y sus sociedades, tanto como construir puentes entre las luchas urbanas y las rurales, entre quienes resisten al extractivismo clásico y quienes lo hacen al “extractivismo urbano”, que en definitiva son también puentes entre quienes impulsan visiones postextractivistas vinculándolas con opciones de postcrecimiento para superar el laberinto capitalista. Como nos recuerda Enrique Viale hablamos de

puentes entre los que resisten a la minería en lugares apartados, los que ponen el cuerpo al glifosato y al agronegocio, y los que vivimos en ciudades cada vez más caras, enrejadas y represivas. Es una misma lucha y es el desafío del momento, pero los vínculos entre la gente del campo y de la ciudad no vienen dados, sino que debemos construirlos. En eso estamos”.

No está por demás notar que las lógicas extractivistas clásicas -minera, petrolera, agrícola, pesquera, forestal-, que implican procesos de desposesión y destrucción de territorios y comunidades alejados de las ciudades, resultan funcionales a las formas del “modo de vida señorial” de las ciudades (Mario Rodríguez Ibáñez), entiéndase de los segmentos más acomodados de las urbes, que bien engarza con la lectura del “modo de vida imperial” que realizan Ulrich Brand y Markus Wissen.

En otras regiones hay procesos que se asimilan de alguna manera a los rápidamente descritos. Un aporte notable es el de Davide Brocchi, uno de los principales promotores de “El Día del Buen Vivir” (UrbaneTransformation - Das gute leben in der eigenen Stadt, 2017) en Alemania, desde la ciudad de Colonia (Köln), que ya desde hace varios años propone una profunda transformación urbana para todo ese país europeo. Su éxito es cada vez mayor. Tanto que Brocchi, al analizar esta experiencia y otras más – Utopiastadt en Wuppertal, Jack in the Box en Köln-Erenfeld, Bürgeinititive Viva Viktoria en Bonn- concluye -en un libro publicado en 2019: Grosse Transformation im Quartier – Wie aus gelebter Demokratie Nachhaltigkeit wird, Oekom, München)- que es posible la “gran transformación en el barrio”, en tanto que con una democracia vivida se puede lograr la sustentabilidad, incluso en términos ambientales.7 Todos estos son ejercicios de creación comunitaria trascendente y práctica; son esfuerzos que por sí solos no cambian el mundo, pero ayudan a pensar cómo hacerlo (lo cual en lo personal siempre motiva) y cuyo potencial será cada vez mayor en tanto que se entretejan redes de resistencia y construcción de alternativas entre barios dentro de las ciudades y fuera de ellas, entre las ciudades, entre el campo y las urbes.

Esto no implica transformar a los barrios -y a las comunidades rurales- en una suerte de guetos marginados de las luchas en marcha, tanto a nivel nacional como internacional. Tampoco simplemente de asumir subsidiariamente tareas que les competen a los municipios. Al contrario. Desde abajo hay que pensar y cristalizar otros estados, otras sociedades, otras economías, otras instituciones, otros mundos. Consolidando bases materiales de autosuficiencia, interdependencia y autonomía genuinas habrá incluso más posibilidades para proponer y ejercitar alternativas transformadoras como las que podrían venir, para citar apenas algunos ejemplos, de la introducción de la renta básica universal, de la reducción de la jornada de trabajo productivo, de la salud y la educación gratuitas; sin perder de vista la redistribución de la riqueza y de los ingresos vía tributos a los patrimonios, a la plusvalía, a las rentas desmedidas o incluso a través de reformas agrarias y urbanas que afecten la excesiva concentración de la riqueza y la propiedad. Acciones que demandan una clara estrategia de construcción de poderes contra-hegemónicos.

En la mira debe estar la recomposición de la cotidianidad revalorizando la convivencia en comunidad, la construcción y defensa de bienes comunes, la consolidación de historias y conocimientos comunes, la autogestión de la producción y la distribución, las actividades destinadas a la reproducción de la vida, la desprivatización y la recuperación comunitaria (no estatizada) de los bienes y espacios públicos, y la misma búsqueda de alternativas que ayuden a superar aquella perversa opción que aflora al asumir que las necesidades son infinitas, que la acumulación material debe ser permanente, que tener más nos hace más felices… falacias tan difundidas y propias de la civilización que hoy nos domina. En definitiva, desde los barrios y las ciudades, se deben construir nuevos sentidos de vida que reemplacen a la fe del lucro sin fin.

Mientras más fuerte sea el tejido social comunitario, mientras más abiertas y solidarias sean las construcciones comunitarias, mientras más intensa y activamente participemos en el proceso social, mientras más alianzas sociales y políticas se consoliden, mientras más influencia tenga la educación y capacitación, así como la atención de salud comunitarias, mientras más autosuficiencia material se logre, más libertad y más autonomía alcanzaremos. Para lograrlo habrá que desarrollar las capacidades necesarias para abordar temas y retos nuevos, con creatividad, audacia y sin fijaciones que limiten las acciones comunitarias. Todo esto, como ya se dijo antes, sin pedir permiso y sin descuidar los límites y particularidades de las urbes del Norte y del Sur global (cuyas diferencias pueden requerir de propuestas distintas en cada caso).

Es la hora de las luchas y respuestas comunitarias. Si ponemos algo de atención y -figurativamente hablando- hacemos silencio, podemos escuchar el futuro respirar. Las propuestas alternativas están allí. La construcción del pluriverso 8 está en marcha y las ciudades aparecen como espacios potentes para la emancipación.

La vida es hoy. Y nadie mejor para revolucionarla que quienes la viven sin sofocar la vida de nadie, sea por la explotación Humana o de la Naturaleza. Y esas personas justamente viven en los barrios y en las comunidades. Son esas personas las que deben tener una voz y enseñarnos al resto desde la sabiduría que han ganado desde su cotidianeidad.

Notas:

2 La lista de personas que abordan el tema de la ciudad -dentro del ancho espectro de la búsqueda del progreso y el desarrollo, con el crecimiento económico de por medio- es enorme. Recordemos un par de referentes, a Saskia Sassen, que publicó un libro importante sobre el tema: La ciudad global (The Global City: New York, London and Tokyo, Princeton, Nueva Jersey, Princeton University Press, 1991) y a Fernando Carrión Mena, arquitecto ecuatoriano, uno de los mayores conocedores de la materia, y cuya producción investigativa es digna de ser destacada.

3 Marina Garcés Mascareñas, destacada filósofa catalana, también habla de “turismo extractivista”, refiriéndose a su ciudad Barcelona. Sin embargo, es preciso ser cuidadosos y rigurosos con el uso de su definición, como plantea Eduardo Gudynas. Recomendamos su libro sobre el tema: Extractivismos – Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza, Claes y CEDIB, Cochabamba, 2015.

4 Elementos que deberían también incluir los riesgos naturales en ciudades como Quito, por citar un caso.

5 De una cada vez más amplia bibliografía existente sobre el tema, se puede consultar el libro del autor de estas líneas: El Buen Vivir Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos, ICARIA, (2013), a partir de una edición preliminar en Abya-Yala Ecuador (2012). (Este libro ha sido editado en ediciones revisadas y ampliadas continuamente, en francés - Utopia 2014, en alemán – Oekom Verlag 2015, en portugués - Editorial Autonomia Literária y Editorial Elefante 2016, en holandés - Uitgeverij Ten Have 2018).

6 Acosta, Alberto (2018); “Repensando nuevamente el Estado ¿Reconstruirlo u olvidarlo?”, en el libro de varios autores/as, América Latina: Expansión capitalista, conflictos sociales y ecológicos, Universidad de Concepción, Chile. http://lalineadefuego.files.wordpress.com/2019/01/alberto_acosta_articulo.pdf

7 La cantidad de acciones desde los barrios es imposible de determinar. En todo el planeta la gente se organiza para una multiplicidad de actividades que tienen que ver con temas de limpieza, seguridad, educación, salud, etc., etc. Cuáles acciones tienen en su seno un verdadero potencial transformador resulta una de las preguntas más complejas de responder. Algunas de ellas, pensadas y ejecutadas desde necesidades coyunturales, pueden servir para construir relaciones vecinales que podrían potenciar posteriormente acciones realmente comunitarias. Como una muestra podríamos mencionar esta crónica del conservador Diario La Nación, Buenos Aires, del 12 de noviembre del 2018: “P ensar entre todos: organizaciones y vecinos se ponen sus barrios al hombro”, https://www.lanacion.com.ar/comunidad/sin-titulo-nid2190719

8 En este sentido, convendría revisar las lecturas críticas y propositivas que se presentan en el libro Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta (editores; con contribuciones de 110 personas de todos los continentes), Pluriverso – Un Diccionario del Posdesarrollo , ICARIA – Abya Yala (2019); disponible en librerías o a través de https://icariaeditorial.com/ o https://abyayala.org/Abyayala2018/libreria/ Existe también una edición en inglés: (2019), Pluriverse: A Post-Development Dictionary , Nueva Delhi: Tulik Books and AuthorsUpFront, https://www.radicalecologicaldemocracy.org/pluriverse/  

Alberto Acosta.[1] Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente de la República del Ecuador.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=260093

En consecuencia, abajo y a la izquierda, el desafío es atreverse a multiplicar espacios en común de enfoque y análisis de los compartidos problemas fundamentales desde otras lógicas y diálogos contrapuestos al capitalismo mundializado:

 

El marxismo ecológico ante

la crisis ecosocial

2 de septiembre de 2019

 

Por Jaime Vindel

 

El elemento común a las aportaciones más ambiciosas de la teoría ecosocialista reciente es su deseo de deshacerse del complejo de culpa que habría atravesado a generaciones anteriores de esa tradición de pensamiento crítico. En la interpretación propuesta por autores como John Bellamy Foster o Paul Burkett (2017), el surgimiento del ecosocialismo habría consistido en una rectificación de las inercias productivistas que atravesaban la obra de Marx.

 

Las primeras formulaciones del ecosocialismo intentaron generar una síntesis virtuosa entre la crítica de la economía política y la ecología política. Pero el hecho de que se tratara de una síntesis evidenciaba de partida la relación de relativa ajenidad entre el marxismo y la ecología. El materialismo histórico debía pasar por un colador verde que retuviera sus grumos productivistas, así como su pretensión de dominar las relaciones entre el ser humano y la naturaleza. Por el contrario, Foster y Burkett, así como el académico japonés Kohei Saito, cuyos trabajos han sido difundidos en el espacio editorial de la Monthly Review, apuestan por situar la ecología en el corazón de la crítica marxiana. Esto supone, sin duda, realizar un recorte parcial de la obra de Marx 1/. Pero, como señala César Rendueles, toda reconstrucción de su legado tiende a constituirse como una antología.

 

La reivindicación de un Marx ecologista no es una novedad histórica absoluta. De hecho, la tesis de la fractura metabólica (metabolic rift), popularizada por Foster (2000), ya había sido avanzada en nuestro contexto por Manuel Sacristán. En una serie de conferencias, el filósofo español destacó que el capítulo XIII del libro I de El Capital establecía un paralelismo entre las presiones padecidas por la fuerza de trabajo y la tierra como consecuencia del despliegue histórico de la ley del valor (Sacristán, 2005: 136 y ss.).

 

La conversión formal del trabajo y la tierra en mercancías (una ficción jurídica que pasaba por alto que inicialmente no son producidas para ser objeto de intercambio –Polanyi, 2017–) tenía como efecto la tendencia decreciente de la fertilidad de los suelos y los síntomas de la fatiga en el cuerpo de los trabajadores. Interesado por la ecología humana, Sacristán sugería con agudeza la necesidad de reorientar en un sentido ecologista las luchas obreras. Marx habría deslizado la posibilidad de enlazar las reclamaciones por la reducción de la jornada laboral, descritas en el volumen I de El Capital, con la sostenibilidad de las actividades agroindustriales.

 

 Los ciclos de reproducción de la fuerza de trabajo y de la fertilidad de la tierra solo podían ser regulados de modo racional por la libre asociación de los productores.

 

Foster profundiza y sistematiza en su trabajo estas inquietudes intelectuales, cuya traducción política en el contexto de la crisis ecosocial aún se encuentra en un estadio tentativo. En concreto, el marxista norteamericano ha dotado de contenido a dos conceptos que acreditan el perfil naturalista de la obra del último Marx: metabolismo social y fractura metabólica.

 

·        El «metabolismo social» describe la dinámica de las transformaciones energéticas que atraviesan la producción social de riqueza, destacando su dependencia en última instancia respecto a la naturaleza.

·        La fractura metabólica, por su parte, alude a cómo las relaciones de producción capitalistas abren un abismo entre dicha producción social (desde la actividad agrícola a la industrial, pasando por los circuitos de distribución y consumo de mercancías) y su sostenibilidad en términos ecosistémicos.

 

Ante los diagnósticos de la crisis ecosocial, Foster recurre a figuras de las ciencias sociales y naturales que habrían actualizado esta pulsión ecológica marxiana. Esos referentes abarcan desde la sensibilidad naturalista de exponentes de la historia social y el materialismo cultural, como E. P. Thompson o Raymond Williams, a las aportaciones de la biología dialéctica de Richard Levins y Richard Lewontin o el neodarwinismo de Stephen Jay Gould. La obra de estos dos autores permite a Foster imaginar una adaptación activa del metabolismo socioambiental a los retos de la crisis ecológica. En ella, el trabajo y la política de clase juegan un papel mediador decisivo. Foster desea distanciarse tanto de las soluciones de corte tecnofílico como de la pesadumbre de los diagnósticos más catastrofistas o proclives al determinismo energético en la evaluación del desarrollo y las consecuencias del colapso civilizacional.

 

En la obra de Marx el recurso a conceptos procedentes de las ciencias naturales evidencia que la formación intelectual de los fundadores del materialismo histórico se nutrió de un número mayor de fuentes de las identificadas tradicionalmente. A la filosofía idealista alemana (en particular, los escritos de Hegel), el socialismo utópico francés (que, lejos de ser superado por el socialismo científico, dejó su huella en la imaginación política de Marx y Engels) y la economía política británica (de la que Marx retomaría la teoría del valor-trabajo, con el objeto de teorizarla como una crítica de la explotación) habría que sumar tanto la influencia del materialismo clásico como del materialismo científico del siglo XIX.

La concepción energética del cosmos estaba ya anunciada en el atomismo de Demócrito y Epicuro, que ocuparon a Marx (2012) durante su investigación doctoral. En relación al materialismo científico, aunque el filósofo de Tréveris rechazaba la fisicalización de las relaciones sociales practicada por personajes como Ludwig Büchner 2/, algunos de los conceptos fundamentales de su crítica de la economía política fueron rescatados de las ciencias naturales. Así, la noción de fuerza de trabajo (Arbeitskraft) había sido acuñada y difundida por Hermann von Helmholtz en su conferencia “Über Die Erhaltung der Kraft” (Sobre la conservación de la energía, 1847), centrada en la primera ley de la termodinámica, relativa a la conversión de la energía.

 

Esta conferencia sentaría las bases para la extensión de una cosmovisión utópica de las sociedades modernas basada en las síntesis entre las máquinas y el trabajo humano. Marx se haría eco del concepto por primera vez en los Grundrisse, redactados diez años después de la charla de Helmholtz. Por su parte, la composición orgánica del capital, esto es, la relación entre la inversión en capital fijo (medios de producción) y en capital variable (fuerza de trabajo) en una determinada fase o en un contexto específico de la producción capitalista, remitía a los estudios en química agrícola de Justus von Liebig 3/, otro de los científicos más importantes de la época.

 

Por lo demás, Marx y Engels eran conscientes, gracias a su conocimiento de las investigaciones en geografía física de Karl Nikolas Fraas (pioneras en la atribución de un origen antropocénico al cambio climático), de que la brecha en el metabolismo socioambiental era anterior a la extensión del modo de producción capitalista. Habían detectado signos del vínculo entre civilización e hybris (desmesura) que caracterizaría la historia humana desde, al menos, el período neolítico. La invención de la agricultura y la aparición de las sociedades excedentarias implementaron una reorganización de la división social del trabajo y de los usos del suelo que infligían un daño ecosistémico estructural. Sin embargo, eso no les hacía perder de vista la novedad radical que el capitalismo entrañaba en relación con esa dinámica histórica.

 

En contraposición a la celebración del desarrollo de las fuerzas productivas derivado de la alianza entre el capitalismo y la burguesía, que había tamizado las páginas del Manifiesto comunista (1848), el Marx de El Capital (1867) y el Engels de El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876) entreveían la cara B de ese proceso histórico, el modo en que amenazaba los equilibrios socioambientales.

 

El hecho de que Marx y Engels no extrajeran las consecuencias últimas de esos hallazgos científicos pudo deberse, entre otros motivos, a la prudencia política que manifestaron ante la posibilidad de que esos estudios pudieran alimentar las hipótesis malthusianas sobre el colapso civilizacional (Vindel, 2018). Este aspecto ha retornado en los debates actuales sobre la crisis de civilización. Una parte del ecologismo contemporáneo insiste en subrayar que el crecimiento de la población mundial es incompatible con la sostenibilidad medioambiental. Esta afirmación es verdadera. Lo que es más discutible son las inferencias políticas que se hacen a partir de ella. Así, por ejemplo, se ha extendido una comprensión del Antropoceno 4/ según la cual no cabría distinguir entre víctimas y verdugos de la crisis climática. Todos seríamos (ir)responsables de las inercias de la petromodernidad en la medida en que nos habríamos beneficiado de ella gracias a los aumentos generalizados de los niveles de consumo y bienestar. Esto ha llevado a que filósofos vinculados al pensamiento poscolonial, como Dipesh Chakrabarty (2009), aboguen por recomponer la subjetividad histórica al margen de los antagonismos clásicos. La humanidad en su conjunto (y no una fracción de ella) estaría llamada a protagonizar una empresa humilde y común de reparación de los daños medioambientales que ha ocasionado. Tampoco parece casual que Paul Crutzen, el científico que acuñó el concepto de Antropoceno en el umbral del nuevo siglo, sea uno de los partidarios de encontrar soluciones de tipo geoingenieril al calentamiento global, que tienden a dejar intacta la dimensión social de la crisis ecológica.

 

Esto explica que la crítica ecosocialista se haya mostrado mucho más proclive a emplear el concepto de Capitaloceno. Por varios motivos. En primer lugar, porque sin necesidad de negar la hybris de cualquier civilización, con frecuencia el concepto de Antropoceno queda asociado a un telos histórico inevitable. Los ambientes conservadores alimentan una interpretación resignada de la crisis ecosocial, según la cual la historia humana habría estado condicionada desde el principio por el despliegue de una esencia maldita. El hallazgo de la fuerza energética de los combustibles fósiles solo habría multiplicado hasta el espasmo la tendencia antropológica a la extralimitación biofísica del metabolismo socioambiental. Esto pasa por alto la singularidad del modo de producción capitalista. En un gesto sin precedentes, la humanidad traspasó su destino a la reproducción autónoma y ampliada de la esfera económica. Tal y como ha señalado la crítica del valor desde Robert Kurz (2016) hasta Anselm Jappe (2016), lo que mueve el capitalismo no es la voluntad humana, sino el sujeto automático (el capital) descrito por Marx en torno a la crítica del fetichismo de la mercancía y la consecuente abstracción de las relaciones sociales. Hablar de Antropoceno es una forma, como otra cualquiera, de negar la historicidad concreta de ese delirio cósmico de la especie.

 

Pero aún hay más. Las investigaciones recientes de Andreas Malm (2016) han tratado de demostrar no solo que el business as usual de la historia del capitalismo fósil ha repartido de manera crecientemente desigual sus beneficios, sino que, en origen, las formas de vida subalternas se resistieron a asumir ese dispositivo de poder. Malm, cuyos trabajos se sitúan en el ámbito de la historia ecológica, destaca la ambivalencia que el concepto de poder (power) posee en inglés. Este remite tanto a la fuerza que permite activar los procesos de transformación energética como a la dominación política. Como es sabido, la historia de la Revolución industrial se encuentra ligada a la máquina de vapor. En realidad, sus fundamentos tecnocientíficos eran conocidos desde épocas anteriores 5/. Solo la desposesión de las comunidades de vida tradicionales, derivada de los cercamientos de los terrenos comunales y de la concentración urbana de crecientes masas de trabajadores fabriles, hizo posible el encuentro entre la nueva división social del trabajo y la aplicación de la energía fósil a la industria textil. Ambos factores habrían actuado como condiciones de partida para establecer los ritmos de crecimiento exponencial requeridos por la economía capitalista.

 

Malm recuerda que los sujetos antagonistas que darían lugar a la conformación del primer movimiento obrero (la historia de luditas, partidarios del Capitán Swing y de las huelgas mineras de 1842 6/) se resistieron a ser absorbidos por el dispositivo fosilista de producción de valor. Para Malm, somos herederos de esa derrota histórica. El cambio climático sería su consecuencia fatal; o por decirlo de manera jocosa con McKenzie Wark (2015), la constatación de la victoria del Frente de Liberación del Carbono (Carbon Liberation Front), el único grupúsculo radical que ha obtenido un éxito sin paliativos en la historia de la modernidad. Si Kohei Saito (2018), implicado en el proyecto de reedición de los MEGA, ha sugerido la posibilidad de interpretar la obra tardía de Marx como un intento inconcluso de crítica ecológica de la economía política, la apuesta de Malm podría describirse como una crítica climática del capitalismo fósil.

 

En cualquier caso, en estas aportaciones quedan pendientes dos aspectos ineludibles para la ecología política contemporánea. Por una parte, la cuestión del sujeto. Por otra, la cuestión de los tiempos. En relación a la primera de ellas, es necesario articular una posición crítica tanto con el realismo cortoplacista de quienes ven en el cosmopolitismo verde del Green New Deal una superación ecológica del internacionalismo proletario 7/, como con soluciones de corte mesiánico que, al modo de Sacristán o Malm, convocan una reacción milagrosa a la escalada de la crisis ecosocial que no se detiene a valorar cómo puede ser propiciada de acuerdo a la composición sociológica y subjetiva específica de las sociedades contemporáneas. Esto es lo Wark describe como “el reto de construir la perspectiva del trabajo sobre las tareas históricas de nuestra época”. Al fin y al cabo, es la política de clase la que puede atacar la producción socioambiental de la plusvalía, basada en la subsunción del trabajo vivo 8/.

 

En relación con la discusión sobre los tiempos, recientemente se ha suscitado un debate dentro del marxismo ecológico entre los partidarios del ecosocialismo y quienes se sitúan en la órbita del marxismo colapsista 9/. Los segundos acusan a los primeros de no incorporar en sus valoraciones la crudeza de los informes científicos más recientes respecto a la evolución de la multiplicidad de factores que configuran la crisis ecológica: cambio climático, descalabro de la biodiversidad, alteración en los usos de los suelos, acidificación de los océanos, ciclos del nitrógeno y el fósforo, reservas de agua dulce, declive energético, etc. El marxismo ecosocialista estaría alimentando las promesas de un socialismo verde que sigue anclado en el paradigma de la sostenibilidad, y que no acepta que el único horizonte posible es el de aminorar los daños de un colapso ecosocial ya irreversible y hasta inminente. Bajo esta óptica, el ecosocialismo sería una destilación marxista de las falsas esperanzas que, en clave reformista, presentan programas como el greenwashing del capitalismo verde o las políticas neokeynesianas del Green New Deal.

 

La posición colapsista presenta un punto fuerte y una serie de ángulos ciegos. El punto fuerte reside en la necesidad de desactivar la psicopatología cotidiana en torno a la crisis sistémica, que oscila entre el optimismo y el pesimismo con que se encajan los diagnósticos ecológicos. Poner el acento en esa disposición subjetiva es similar a suponer que elegir una corbata de tonos alegres en un día de lluvia tendrá alguna incidencia sobre las precipitaciones. Lo que requerimos es más bien una síntesis política de realismo e imaginación, de prudencia y determinación, de humildad y camaradería. Organizar el pesimismo, que diría Walter Benjamin.

Los ángulos ciegos se relacionan con, al menos, tres elementos. El primero de ellos es el relativo a las fechas. Como ha señalado Emilio Santiago Muíño, la insistencia en fijar plazos concretos para el desencadenamiento de fenómenos como la abrupta contracción energética derivada del pico de los combustibles fósiles, se ha demostrado como una estrategia comunicativa errada, en la medida en que expone al activismo ecologista a ser socialmente desacreditado cuando no se cumplen sus proyecciones 10/. El segundo aspecto se relaciona íntimamente con el anterior.

 

Aunque el sustrato natural de los procesos económicos presenta un límite absoluto que no puede ser obviado, resulta aventurado presuponer que la mediación social, cultural y (geo)política de la dinámica extractivista no puede alterar los márgenes que manejamos respecto a la evolución de la crisis ecológica. Pese a que el recurso al fracking de la administración Trump tiene un recorrido probablemente corto, su repercusión sobre el precio del petróleo a nivel global muestra que la temporalidad del colapso civilizacional está expuesta a cambios de ritmo que pueden acelerar o demorar sus efectos.

 

Finalmente, las tesis colapsistas tienen algo de hipótesis autocumplidas, presentando resonancias de la imaginación escatológica marxiana. Me refiero al modo en que alimentan la presunción de una crisis total que abrirá un tiempo político radicalmente nuevo. Los deseos de hacer tabula rasa generan la ilusión según la cual el colapso permitirá reconstruir desde cero los cimientos de la civilización.

 

Lamentablemente, se trata de una visión muy poco materialista. En primer lugar, porque el colapso no será un acontecimiento fulgurante, sino una densa marea histórica cuyo influjo se extenderá gradualmente. Algo similar podría decirse sobre la temporalidad de las transformaciones infraestructurales y culturales requeridas por la transición ecológica. En segundo lugar, porque la historia nos enseña que, incluso (o especialmente) tras las insurrecciones más tumultuosas y las revoluciones triunfantes, el verdadero trabajo político consiste en reconstruir las sociedades desde las ruinas del pasado y aceptando que los conflictos sociopolíticos (y, cabría añadir, socioecológicos) nunca adoptan una resolución definitiva. Antes, durante y después del colapso ecosocial, la política emancipadora más audaz deberá ser consciente de su carácter tentativo y provisional.

Jaime Vindel es profesor de Teoría del Arte en la Universidad Complutense de Madrid

Notas

1/ Una interpretación más mesurada del legado ecológico marxiano es la proporcionada por ecosocialistas como Michael Löwy o Daniel Tanuro (“Colapsología: todas las derivas ideológicas son posibles”, viento sur, 02/07/2019,www.vientosur.info/spip.php?article14953 ).

2/ Büchner establecía un correlato lógico entre la energía como fuerza que atravesaba el conjunto del universo y la república como forma democrática de gobierno, o presuponía que el cambio en la dieta de una persona podía variar sus ideas políticas.

3/ Sobre la relación entre materialismo histórico y materialismo científico: Rabinbach (1990) y Wendling (2009).

4/ El concepto de Antropoceno alude al período geológico que, al menos desde la Segunda Guerra Mundial, con la denominada Gran Aceleración, habría reemplazado al Holoceno. El Antropoceno se caracteriza por el modo en que la acción humana ha adquirido el rango de una fuerza biogeoquímica de superficie, que altera la biosfera con consecuencias desastrosas para la sostenibilidad ecosistémica y amenazando la propia supervivencia de la especie.

5/ Así lo recordaba, por ejemplo, Kropotkin en su relectura cooperativista de la biología evolutiva de Darwin en El apoyo mutuo. Un factor de evolución, Logroño, Pepitas de Calabaza, 2016, p. 349.

6/ Conocida como Plug Plot Riots, la sucesión de huelgas, incentivada por el cartismo, se inició en Staffordshire para extenderse posteriormente a Lancashire, Yorkshire y las minas de carbón galesas.

7/ Esta es la posición defendida por Santiago Muíño y Tejero (2019). Con todo, el manifiesto no es ingenuo respecto a las contradicciones y los límites que esa construcción subjetiva puede implicar en un contexto de acentuación de la crisis ecológica. Ambos autores proponen soluciones que no se adecuan a los imaginarios clasemedianistas de la transición ecológica, como la apuesta por un sindicalismo verde que conciba en términos ecológicos la reducción de la jornada laboral. Paradójicamente, el libro podría ser leído como una corrección materialista del programa del populismo de izquierdas.

8/ Debo este apunte, así como otros comentarios de utilidad, a Juanjo Álvarez.

9/ El debate ha tenido eco en el portal de la revista Sin permiso:http://www.sinpermiso.info/textos/ecosocialismo-versus-marxismo-colapsista-i-y-ii

10/ Emilio Santiago Muíño, “Futuro pospuesto: notas sobre el problema de los plazos en la divulgación del Peak Oil”, en: https://www.15-15-15.org/webzine/2019/03/02/futuro-pospuesto-notas-sobre-el-problema-de-los-plazos-en-la-divulgacion-del-peak-oil/

Referencias

Chakrabarty, Dipesh (2009) “The Climate for History: Four Theses”, Critical Inquiry, 35, 2, pp. 197-222.

Foster, John Bellamy (2004) La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza. Barcelona: El Viejo Topo.

Foster, John Bellamy y Burkett, Paul (2017) Marx and the Earth. An anti-critique. Chicago: Haymarket Books.

Jappe, Anselm (2016) Las aventuras de la mercancía. Logroño: Pepitas de Calabaza.

Kurz, Robert (2016) El colapso de la modernización. Buenos Aires: Marat.

Malm, Andreas (2016) Fossil capital. The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming. Londres: Verso.

Marx, Karl (2012) Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro. Madrid: Biblioteca Nueva.

Polanyi, Karl (2017) La gran transformación. México: Fondo de Cultura Económica.

Rabinbach, Anson (1990) The Human Motor. Energy, fatigue and the origins of modernity. Berkeley/ Los Angeles: University of California Press.

Sacristán, Manuel (2005) Seis conferencias. Sobre la tradición marxista y los nuevos problemas. Barcelona: El Viejo Topo, 2005.

Saito, Kohei (2018) Karl Marx´s ecosocialism. Capital, nature and the unfinished critique of political economy. Nueva Delhi: Dev Publishers.

Santiago, Emilio y Tejero, Héctor (2019) ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal. Madrid: Capitán Swing.

Vindel, Jaime (2019) “Entropía, capital y malestar: una historia cultural”, en VV. AA., Comunismos por venir, Barcelona, Icaria, pp. 157-188.

McKenzie Wark, (2015) Molecular Red. Theory for the Anthropocene, Londres, Verso.

Wendling, Amy (2009) Karl Marx on technology and alienation. Hampshire: Palgrave MacMillan.

https://vientosur.info/spip.php?article15059

https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/

http://redlatinasinfronteras.over-blog.es
https://twitter.com/#!/RedLatinaSinFro
Fuente: https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2019/09/02/el-marxismo-ecologico-ante-la-crisis-ecosocial/

 

 

"Pensar-nos Tierra como clave para re-orientar nuestras luchas emancipatorias".

 

 

 

El debate sobre el “extractivismo”

en tiempos de resaca

 

Publicado el 20 abril, 2016

 

Por Horacio Machado Aráoz

 

A la Memoria de Berta Cáceres

“Desde su origen, el capital ha utilizado todos los recursos productivos del globo… tiene necesidad de disponer del mundo entero y de no encontrar límite ninguno en la elección de sus medios de producción”. (Rosa Luxemburgo, 1912).

 

Hace poco más de un lustro ya, inmersos todavía en el clima refrescante de las expectativas emancipatorias abiertas por el “giro a la izquierda” en América Latina, asistíamos a la irrupción de las discusiones en torno a la matriz socio-productiva y las estrategias económico-políticas seguidas en la región como curso para salir y, eventualmente, superar el trágico estadío del neoliberalismo. Por entonces, los debates sobre el “extractivismo” corrieron como reguero de pólvora en las siempre agitadas tierras ideológico-políticas de la región (Gudynas, 2009; Acosta, 2011; Svampa, 2013; Lander, 2013). Para ser precisos, los revuelos causados por la materia, repercutieron con mayor fuerza en el hemisferio ideológico de actores y referentes (políticos, intelectuales y movimientos) de la izquierda. Pues como bien precisó en su momento Eduardo Gudynas (2009), no estábamos ante una problemática que pueda decirse “nueva”; más bien todo lo contrario. Lo ‘novedoso’ o lo extraño del caso residía en que eran ahora gobiernos y fuerzas políticas auto-identificadas como de izquierda los que asumían la defensa y el impulso de políticas centradas en la profundización de la vieja matriz primario-exportadora, aquella misma con la que nuestras sociedades fueran violentamente incorporadas al mundo del capital y su estructura de división internacional del trabajo.

 

Esa matriz primario-exportadora, que fraguara como indeleble marca colonial de las economías latinoamericanas, y cuyas implicaciones externas (en términos de dependencia y “desarrollo del subdesarrollo”) e internas (configuración de élites oligárquicas autoritarias y rentísticas, estratificación social dualista y altamente desigual, etc.) fueran objeto de crítica y de análisis de lo mejor de la teoría social latinoamericana, era ahora reivindicada como una vía popular-emancipatoria por políticas (dichas) de izquierda.

 

Como ya es harto sabido, las críticas y las resistencias a estas políticas, fueron sistemáticamente rechazadas y reprimidas, generando una escalada de violencia que, en este punto, llegó a equiparar las respuestas que se daban desde “derechas” e “izquierdas” en el poder.

 

El argumento central de la izquierda oficialista era que estas posturas “le hacían el juego a la derecha” (Borón, 2013). Se reivindicaba el uso estatal de la renta extractivista como motor de las políticas de “desarrollo con inclusión social” y se veía en las críticas sólo intentos solapados o abiertos de desestabilización. Lamentablemente, para los gobiernos progresistas de la región –para los intelectuales y fuerzas políticas adherentes- el concepto de “extractivismo” acabó oficialmente devenido en “arma ideológica” del ambientalismo de derecha. El vicepresidente de Bolivia oficializó esta postura, señalando que “detrás del criticismo extractivista de reciente factura contra los gobiernos revolucionarios y progresistas, se halla pues la sombra de la restauración conservadora” (García Linera, 2012: 110).

 

Los presidentes que más públicamente se mostraron en los ámbitos internacionales como “defensores de la Madre Tierra” y/o de los Derechos de la Naturaleza, fueron paradójicamente quienes más lejos llegaron en sus acusaban a los movimientos sociales que se intentaban frenar el “extractivismo”. Tempranamente, Rafael Correa planteó que “no crean a los ambientalistas románticos, pues todo el que se opone al desarrollo del país es un terrorista” (Cit. por Isch, 2014). En el mismo sentido, Evo Morales sentenció que “el ambientalismo es el nuevo colonialismo del siglo XXI” (Cit. por Stefanoni, 2012). El abanico de las descalificaciones iba desde los motes de infantilismo, romanticismo, pachamamismo, hasta las acusaciones de “eco-terroristas” y/o “agentes encubiertos del imperialismo”.

 

Luego, reunidos en la XII Cumbre del Alba en Guayaquil, los gobiernos progresistas emitían una declaración en la que señalaban: “rechazamos la posición extremista de determinados grupos que, bajo la consigna del anti-extractivismo, se oponen sistemáticamente a la explotación de nuestros recursos naturales, exigiendo que esto se pueda hacer solamente sobre la base del consentimiento previo de las personas y comunidades que vivan cerca de esa fuente de riqueza. En la práctica, esto supondría la imposibilidad de aprovechar esta alternativa y, en última instancia, comprometería los éxitos alcanzados en materia social y económica” (XII Cumbre del ALBA, Declaración de Guayaquil, 30 de julio de 2013).

Así, alegando los intereses de las clases oprimidas y la bandera de la lucha contra el imperialismo, los gobiernos progresistas terminaron justificando la senda del “extractivismo” como una condición necesaria para sostener los empleos, los salarios, las políticas sociales. Lamentablemente, ese razonamiento pasó por alto que sostener el empleo, los salarios, el consumo, etc., es sostener el crecimiento, las inversiones, las tasas de ganancia… En fin, el sistema mismo.

 

El énfasis “anti-neoliberal” llevó a ocluir el fondo del problema. La prioridad de las políticas de “reactivación” condujo a soslayar los desafíos del cambio revolucionario. Como señaló Ruy Mauro Marini para ciclos anteriores, “se confundió crecimiento con transformación estructural” (Marini, 2013). Por desgracia para el curso presente y futuro de los procesos sociopolíticos, los tan ponderados “éxitos alcanzados en materia social y económica” no fueron comprometidos por la eficacia de las resistencias “anti-extractivistas”, sino, elementalmente, por el agotamiento del ciclo de alza de las commodities.

Esto cambia drásticamente las condiciones del diálogo, pero no el fondo de la cuestión. Es que, cuando iniciamos estos debates, vivíamos inmersos aún en un clima signado por la borrachera del crecimiento. La oficialidad del poder hacía gala de mayorías aplastantes forjadas al ritmo de las cotizaciones de petróleos, soja, pasta de celulosa, aceites y proteínas básicas prensadas, hierro, cobre, molibdeno, y por supuesto, oro y plata… Hoy, el escenario ha cambiado rotundamente. Ahora en cambio, el cuerpo social latinoamericano está atravesando el tiempo de la resaca… Como tantas otras veces en la historia económica de la región, el momento cíclico de auge, duró poco; tras el mismo, los efectos y los síntomas de las expropiaciones y devastaciones, afloran a la superficie. El dolor de la expropiación se siente a flor de piel(Machado Aráoz, 2012); los efectos anestésicos del consumismo -del consumo ostentoso de las élites; del consumo imitativo de las clases medias y el consumo compensatorio de las bases de la pirámide (Machado Aráoz, 2013; Scribano y DE Senna, 2014) han perdido eficacia. Son tiempos de aturdimientos y confusiones; también de crisis y levantamientos oblicuos, de efervescencia de la conflictividad social y política; en suma, de agudización y explicitación de las violencias y los violentamientos expropiatorios (Antonelli, 2016). Quizás, lo único promisorio de este sombrío escenario presente, es que, tal vez, estemos ahora, en mejores condiciones para volver a plantear y a re-pensar, precisamente, el fondo de la cuestión.

 

El extractivismo como geo-metabolismo del capital

“El capitalismo vive a expensas de economías coloniales; vive, más exactamente de su ruina. Y si para acumular tiene absoluta necesidad de ellas, es porque éstas le ofrecen la tierra nutritiva a expensas de la cual se cumple la acumulación”. (Rosa Luxemburgo, 1912).

El fondo de la cuestión, a nuestro modo de ver, sobre la problemática del –probablemente mal llamado- fenómeno del “extractivismo” es el de la naturaleza colonial del capitalismo y, más genéricamente, el de los resabios (por cierto contradictoriamente antimaterialistas) antropocéntricos, productivistas y evolucionistas que aún hoy afectan la radicalidad revolucionaria del pensamiento marxista [1].

Sobre la primera cuestión fundamental, cabe señalar que la razón progresista ha incurrido (interesadamente o no) en una gravosa omisión teórico-política sobre las raíces, los alcances y las funciones del extractivismo en la ecología-mundo del capital. Pretendiendo limitarlo temporalmente a ciertos períodos y/o restringirlo espacialmente a las geografías donde se localizan las “actividades extractivas”, los voceros de los gobiernos progresistas han procurado desconectar / desconocer los insoslayables vínculos histórica y geográficamente existentes entre extractivismo, colonialismo y capitalismo. Por caso, García Linera ha planteado que el extractivismo es sólo una fase o etapa de los procesos productivos que se halla en cualquier formación social, independientemente de sus características y condiciones histórico-políticas específicas. Para él, “el extractivismo, el no-extractivismo o el industrialismo (…) son sistemas técnicos de procesamiento de la naturaleza mediante el trabajo y pueden estar presentes en sociedades precapitalistas, capitalistas o sociedades comunitaristas. (…) Los críticos del extractivismo confunden sistema técnico con modo de producción y a partir de esa confusión asocian extractivismo con capitalismo, olvidando que existen sociedades no-extractivistas, las industriales ¡plenamente capitalistas!” (García Linera, 2012: 107).

Sin embargo, esto se contradice con (y reniega de) los análisis elementales de Marx sobre los orígenes y la naturaleza del capitalismo. El capitalismo es un modo histórico de producción que, desde sus orígenes, surge y se constituye como tal en cuanto sistema-mundo, no apenas como “economía nacional”. Aún cuando Marx se concentró en el análisis del capitalismo británico, como la expresión más acabada de éste en el siglo XIX, nunca postuló que la economía británica podía ser comprendida en sí misma, al margen de las relaciones coloniales establecidas con el resto del mundo. Y más aún, el apogeo británico del siglo XIX, no es un hecho azaroso, sino el resultado del proceso histórico de despliegue de las relaciones coloniales que Europa protagoniza a partir de fines del siglo XV.

 

Para una mirada pretendidamente marxista no es posible pasar por alto que en “los albores de la era de la producción capitalista” hallamos como, hechos determinantes, “el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros…” (Marx, 1976: 638). Además, como han destacado los análisis de Rosa Luxemburgo (1912) y de David Harvey (2004), los hechos desencadenantes de la acumulación originaria no revisten apenas el valor de acontecimientos del pasado que signan los orígenes del capitalismo, sino que se trata de un modus operandi que revela la lógica intrínseca, constitutiva y constituyente del capitalismo. Lejos de ser una etapa en el desarrollo del capitalismo que se restringe a sus orígenes, esas formas de expoliación y de saqueo constituyen un aspecto inherente y continuo del capitalismo a lo largo de sus diversas fases históricas.

El análisis de Rosa Luxemburgo es sumamente esclarecedor de esta desigualdad geográfica permanente en el tiempo, propia del capitalismo como sistema mundial. Para ella, el proceso de producción de plusvalía que acontece en las metrópolis imperiales (“la acumulación como proceso puramente económico”) es inseparablemente subsidiario de “la política colonial” que “se desarrolla en la escena mundial”, donde la acumulación acontece ya, “sin disimulo” por medio de “la violencia, el engaño, la opresión y la rapiña” (Luxemburgo, 1912). En la economía-mundo del capital, las geografías industrializadas están “orgánicamente vinculadas” a las geografías coloniales (donde impera lisa y llanamente la acumulación por despojo); por tanto, “la evolución histórica del capitalismo sólo puede ser comprendida si las estudiamos conjuntamente” (Luxemburgo, 1912).

Así, es preciso descartar de plano una burda falacia argumental sobre el “extractivismo”: no se puede concebir extractivista a la economía brasileña por su alta tasa de exportación de bauxita y no-extractivista a la economía alemana, que es la de mayor índice de consumo de aluminio per cápita tiene a nivel mundial, cuando precisamente, el aluminio que consume la economía alemana está provisto por yacimientos ubicados en territorio brasileño. El “vínculo orgánico” que plantea Rosa entre las economías industrializadas y las zonas coloniales remite directamente al des-en-cubrimiento del extractivismo como dispositivo colonial del geo-metabolismo del capital.

 

De tal modo, efectivamente, el extractivismo no es un modo de producción, pero tampoco es una fase de los procesos productivos, ni es algo que defina apenas la economía de un país o región donde se realiza la extracción. Ni es un fenómeno reciente, ni es algo atemporal. El extractivismo es un fenómeno estructural, históricamente delimitado a la moderna era del Capital. Emerge como producto histórico geopolítico de la diferenciación y jerarquización originaria entre territorios coloniales y metrópolis imperiales; los unos concebidos como meros espacios de saqueo y expolio para el aprovisionamiento de los otros.

 

En este sentido, no es posible pasar por alto el fundacional y determinante papel performativo desempeñado por la conquista y colonización de América en el surgimiento, expansión, y consolidación del capitalismo como patrón de poder mundial y modelo civilizatorio hegemónico. El hallazgo de la naturaleza americana se erige así como el pilar fundacional de ese proceso y la condición de posibilidad misma del capitalismo como tal. Desde entonces hasta el presente, ininterrumpidamente, la “riqueza” de la naturaleza americana (y de las zonas coloniales, en general) se constituirá en la materia prima de la acumulación capitalista global; proveerá las bases materiales y simbólicas de la producción capitalista de la naturaleza y de la configuración de la naturaleza como objeto colonial del capital.

Esto es, la cosmovisión propiamente moderno-capitalista de la Naturaleza -basado en una concepción eminentemente antropocéntrica/utilitarista de la misma- y el patrón hegemónico de relacionamiento extractivista resultante, se con-formaron en el específico contexto socio-histórico del “descubrimiento” y la conquista de la naturaleza americana. Así, el modus operandi del conquistador fungió como habitus a partir del cual se construyeron las tecnologías materiales, institucionales y representacionales de apropiación, uso y manipulación de la Naturaleza, a la postre, instituidas como “únicas”, “universales”.

Ese habitus conquistador está en la quintaesencia del sujeto moderno, del prototipo del individuo racional; el que ya encarnado en sus roles de científico, de empresario, y/o de funcionario estatal (intercambiablemente) se arrogó el monopolio del tratamiento y disposición (ya “científica”, ya “eficiente”, ya “legal”) de la Naturaleza. Así, a partir de entonces y hasta la fecha, la Naturaleza-Vida, degradada ya a su condición de mero recurso, va a ser unilinealmente pensada, concebida y tratada como objeto de conquista, de explotación, al servicio de la acumulación.

 

La idea de colonialidad de la naturaleza remite a este dispositivo epistémico a través del cual el capital trazó una trayectoria de objetualización, cientifización y mercantilización de la Naturaleza, tanto de la naturaleza exterior (=territorios-recursos naturales),como de la naturaleza interior (=cuerpos-fuerza de trabajo). El historiador de la ciencia Peter Bowler destaca cómo la formación del “espíritu científico” moderno y la propia constitución de las ciencias naturales estuvieron motivacionalmente fundadas “no sólo por el deseo de explorar sino también de explotar una proporción siempre mayor de la superficie terrestre… Tal actitud exigía una visión más impersonal de la naturaleza; una imagen de los seres vivos como meros artefactos que estaban ahí para ser explotados” y no es un detalle menor el hecho de que esos descubrimientos fueran protagonizados “por hombres que no eran ilustrados, sino comerciantes que partían en busca de ganancias” (Bowler, 1998: 50-55). De tal modo, desde el siglo XVI en adelante, asistimos al ascenso de una concepción mecanicista de la naturaleza como verdad científica, que coadyuvó a “legitimar la despiadada actitud de una época donde el lucro era lo único que importaba” (Bowler, 1998: 50).

 

Ahora bien, vale remarcar entonces que ese sistema representacional no se creó en el aire; ni con anterioridad a la organización global de la economía política del saqueo. La colonialidad como la cara oculta de la Modernidad no es concebible al margen y/o independientemente de la dinámica material-energética, socio-geo-metabólica, de imposición de un patrón mundial estructural de explotación de los territorios y los cuerpos así con-vertidos en botines de guerra/objetos de conquista. Como precisa el geógrafo brasileño Carlos Walter Porto Goncalves, “sin el oro y la plata de América, sin la ocupación de sus tierras para las plantaciones de caña de azúcar, de café, de tabaco y de tantas otras especies, sin la explotación del trabajo indígena y esclavo, Europa no sería ni moderna, ni centro del mundo” (Porto Goncalves, 2003: 168).

 

Esto significa que no hay colonialidad sin colonialismo; y que no hay capitalismo sin extractivismo. El extractivismo, tal como lo hemos definido y caracterizado (Machado Aráoz, 2015), remite al patrón geográfico-colonial de apropiación y disposición de las energías vitales (las primarias energías naturales y las secundarias, socioterritoriales) por parte de una minoría social violenta que ha impuesto la economía de guerra, como cosmovisión y práctica de relacionamiento con el mundo; lo que, a largo plazo, produce condiciones (ecobiopolíticas) de superioridad en unos (pocos) seres humanos y grupos socioculturales, y efectos (ecobiopolíticos) de inferiorización en vastas mayorías de aquellos.

Por otro lado, al ser un sistema autoexpansivo, que toma como finalidad un objeto abstracto (la acumulación de valor) desentendiéndose de la materialidad concreta del mundo de la vida, el capitalismo crea una Naturaleza donde la producción de “riqueza” está dialéctica e inexorablemente ligada a la depredación de las fuentes y medios de vida. La capitalización de la Naturaleza -incluso en las formas del conservacionismo- es la muerte de la Naturaleza.

Ahora bien, esa muerte no se distribuye proporcional y simétricamente; anida de modo diferencial, en las economías coloniales, así marcadas como zonas de sacrificio. La economía imperial del capital, el modo de vida imperial (Brand y Wissen, 2013) de las élites que detentan el control oligopólico de los medios de violencia, sólo se hace “sostenible” a costa de la explotación extractivista de los cuerpos y los territorios; es decir, de la Vida en sus formas históricas elementales. Por eso el capital, es una necro-economía de frontera. “La apropiación de la tierra y el trabajo de frontera ha sido la condición indispensable para las grandes olas de acumulación de capital (…). Las apropiaciones de frontera envían vastas reservas de trabajo, alimento, energía y materias primas a las fauces de la acumulación global de capital” (Moore, 2013), sin las cuales ésta no sería materialmente posible.

 

¿Crecer para salir del neoliberalismo? Los espejismos del “crecimiento con inclusión social”

 

“El capitalismo de crecimiento ha muerto. El socialismo de crecimiento, que se le parece como un hermano gemelo, nos refleja la imagen deformada de nuestro pasado, no la de nuestro futuro” (André Gorz, “Ecología y Libertad, 1977).

 

Ver y comprender hasta qué punto el capitalismo no puede funcionar sino a expensas de la explotación extractiva de economías coloniales, podría no ser políticamente tan importante si no fuera que estamos viviendo y hablando de y desde Nuestra América. Entender y sentir hasta qué punto la explotación de la Tierra es, en sí misma, la explotación de los cuerpos, es algo crucial para quienes estamos situados en una perspectiva epistémico-política del Sur (Souza Santos, 2009). Pues precisamente, ello nos hace tomar conciencia de que la “riqueza” que el capital acumula y que (en sus versiones progresistas) promete “redistribuir” es la riqueza del valor abstracto, esa cuya acumulación se amasa a costa de la fagocitosis de los expropiados; de” los condenados de la Tierra” (Fanon, 1961).

Como ya señalamos en otras oportunidades, los extravíos de la razón progresista nacen precisamente de aquella omisión. Al abrazar fervientemente la fe ciega en el progreso (esto es, el credo colonial-capitalista del evolucionismo, el cientificismo y la omnipotencia y la ‘neutralidad’ tecnológica), la razón progresista cree firmemente en el crecimiento infinito como horizonte universal y deseable de la historia y en la redistribución de ese crecimiento como “camino” de la redención social. Ese imaginario colonial ha “atacado” de nuevo los esfuerzos emancipatorios nuestroamericanos recientes.

 

En las encrucijadas del capitalismo/colonialismo senil, los gobiernos progresistas de América Latina, surgidos e impulsados por resistencias populares contra el neoliberalismo, han recaído –una vez más- en la ceguera colonial de las fantasías desarrollistas. Han tentado romper las cadenas de la opresión histórica, profundizando sin embargo, las sendas estructurales que las forjaron. Omitiendo que el problema de fondo era y es el capitalismo/colonialismo, se optó por confrontar con el “neoliberalismo”. Confundiendo “crecimiento con revolución social”, apostó al crecimiento –sí, claro, con redistribución del ingreso- como “vía de salida” hacia el “post-neoliberalismo. Pese a todas las advertencias en contrario, la obsesión por el crecimiento, por la expansión del consumo, el “ascenso de las clases medias” como vía de “superación de la pobreza”, terminó provocando una gravosa amnesia política sobre qué es lo que crece y sobre los efectos eco-biopolíticos de ese crecimiento.

Ineludiblemente, lo que crece con el crecimiento (del PBI, de las inversiones, de los empleos, y aún de los salarios y el consumo popular) es el capitalismo. El crecimiento no nos saca ni nos aleja de éste; sino que nos hunde cada vez más en sus fauces necro-económicas. Nuestro crecimiento, el de nuestras economías latinoamericanas, es el crecimiento específicamente del capitalismo periférico-colonial-dependiente. Por tanto, es la profundización de las condiciones histórico-estructurales de super-explotación (Marini, 1973); de depredación de la Tierra y de los Cuerpos como materia prima para la realización de la acumulación global. Nuestro crecimiento no nos alejó del capitalismo, sino que fue funcional a su reactivación e intensificación. No sólo en términos macro-geopolíticos, ya que el boom de los commodities alimentó el crecimiento industrial chino, como locomotora del mundo; sino también en términos micro-bio-políticos, pues la expansión del consumo opera como una gran fábrica de producción capitalista de subjetividades, de sensibilidades y sociabilidades hechas cuerpos, donde las formas de percepción de la realidad, los modos de estructuración de las relaciones sociales y hasta los modos de pensar la propia vida, los sueños, los deseos y el sentido de la existencia, están completamente mediados y colonizados por la lógica fetichista de la mercancía.

La expansión de la fiebre consumista, lo sabemos, provoca estragos en las energías revolucionarias. Cuando la forma mercancía se convierte en portadora de la felicidad; cuando el acceso a éstas es tomado como indicador de “bienestar social”; cuando el universo de los ideales políticos, las máximas aspiraciones libertarias, igualitarias y de justicia, se reducen drásticamente a la aspiración minimalista de ‘participar’ en el consumo de mercado, es cuando ya hemos perdido completamente el rumbo y hasta el sentido de la vida.

 

Nuestras críticas a los gobiernos progresistas en modo alguno buscaron “hacerle el juego a la derecha”; todo lo contrario. Simplemente procuraron remarcar que hablar de “capitalismo salvaje” es una tautología y que predicar el “capitalismo humanizado” es un oxímoron. El capitalismo no admite adjetivaciones; es simplemente eso: un régimen de relaciones sociales que opera la fagocitosis de las energías vitales como medio para la acumulación pretendidamente infinita del valor abstracto. En ese proceso consume la vitalidad de la Tierra y la humanidad de lo humano.

 

Ahora, que se vienen de nuevo tiempos de “ajuste y recesión” bien vale la pena recordar lo que dijimos en tiempos de auge y expansión: el neoliberalismo no es apenas sinónimo de privatizaciones, ajustes, recortes de salarios y de las políticas sociales. El neoliberalismo es apenas una fase del capital cuya característica central está dada por el predominio de procesos de acumulación por despojo (Harvey, 2004), vale decir, por intensificación de las dinámicas de mercantilización mediadas por múltiples y crecientes recursos de violencia. El neoliberalismo es, ni más ni menos, que el capitalismo en su fase senil; la era de la acumulación en tiempos de agotamiento del mundo y de crisis terminal de las energías vitales, tanto las primarias (que brotan de la Tierra) como de las sociales (que surgen y se movilizan por el trabajo).

Precisamente porque la economía política de la devastación (Foster, 2007) ha llegado a sus límites, la fase del extractivismo neoliberal implica el inicio de una nueva era: la era de la explotación no convencional. Es que las formas convencionales de la explotación (tanto de la fuerza de trabajo-naturaleza interior, como de la Tierra-naturaleza exterior) han tocado fondo. Es el agotamiento de las formas neotayloristas de disposición de los cuerpos y extracción de las energías sociales; es el agotamiento de las formas convencionales de extracción de energías en sus formas primarias (petróleo, minerales, nutrientes, proteínas). Es, por consiguiente, el inicio de nuevos regímenes de trabajo/tecnologías de extracción de plusvalía y de nuevas tecnologías de extracción y súper-explotación de los “recursos no convencionales”: la era de la del fracking, del shale-oil y el presal; de la minería hidro-química a gran escala; de las mega-plantaciones también químicas y carburíferas; la era de la transgénesis y de la intervención mercantilizadora sobre las estructuras microscópicas de la vida (nanotecnología) así como de las geo-ingenierías y los mercados de carbono, oxígeno, fósforo, nitrógeno, etc.

 

Bajo esta dinámica, el capital avanza creando nuevos regímenes de naturaleza (capital natural) y nuevos regímenes de subjetividad (capital humano), cuyos procesos de (re)producción se hallan cada vez más subsumidos bajo la ley del valor. Ese avance del capital supone una fenomenal fuerza de expropiación/apropiación de las condiciones materiales y simbólicas de la soberanía de los pueblos; de las condiciones de autodeterminación de la propia vida. Y todo ello se realiza a consta de la intensificación exponencial de la violencia como medio de producción clave de la acumulación. Vivimos tiempos de agudización y explicitación de las violencias y los violentamientos expropiatorios.

 

No casualmente, días atrás, el relieve sociopolítico de Nuestra América se ha visto sacudido por el brutal asesinato de Berta Cáceres, acompañado también de agresiones y de intentos de incriminación a Gustavo Castro Soto, otro compañero, aunados en las luchas contra los mega-proyectos hidroélectricos, de minería a gran escala y monoculturas extractivistas varias que implican, en el fondo, los nuevos “enclosures” del Siglo XXI. Incontrastablemente, el motivo de semejante crimen fue que Berta se había tornado en un duro obstáculo para los proyectos del poder. Como lideresa firme y clara, tenía plena conciencia que su vida corría peligro. Ella misma, unos meses antes de su asesinato denunciaba que el terrorismo, la militarización y las persecuciones que estaban viviendo campesinos, pueblos originarios, el pueblo Garífuna en Honduras, eran parte de una estrategia cuyo fin era “decapitar el movimiento social que está resistiendo en los territorios el avance del capitalismo”. En una entrevista de noviembre de 2014, el periodista le pregunta: “Berta, frente a esta ola de asesinatos, ¿temes por tu vida?”; y Berta contesta: “Sí, sí. Bueno, tenemos temor… En Honduras no es fácil; es un país en el que se vive una violencia brutal; son constantes los asesinatos, las amenazas, los atentados a la vida… El encarcelamiento, las órdenes de prisión, bueno, esos son riesgos menores. (…) Lo más peligroso en Honduras, que yo misma lo siento, es el riesgo de perder la vida… (…) Pero sí, tememos por nuestra vida, pero yo también quiero decir categóricamente que no nos van a paralizar por el miedo. Eso sí, que lo sepan ellos. Además, aunque sucediera, yo estoy absolutamente convencida de que el pueblo lenca y la resistencia del pueblo hondureño no va a cesar, al contrario, va a crecer más aún” [2].

 

Forma extrema de los violentamientos, el asesinato de Berta, como el de tantas y tantos otros sujetos/cuerpos-conscientes de su territorialidad en Nuestra América, emerge como inequívoco síntoma de la fase senil, ultra-predatoria en la que ha ingresado el metabolismo necro-económico del Capital, esa ecología-mundo que ha prosperado y ha usurpado el nombre de la humanidad, a costa de la depredación sacrificial de las economías de frontera; de su Tierra y su Trabajo. Berta tenía clara conciencia de que el modo de vida capitalista, colonial, patriarcal contra el que luchaba, precisaba, para progresar, fracturar las conexiones vitales-existenciales entre cuerpos-trabajo y Tierra-territorios de vida. Berta lucha junto a esos cuerpos primitivizados por la violencia modernizadora del capital. Por eso, para la “opinión pública”, en las crónicas periodísticas convencionales, Berta era presentada como “defensora de los Derechos Humanos”. Para quienes la conocimos, para muchas y muchos que hacen parte de esos cuerpos en re(ex)sistencia, Berta es una Defensora de la Madre Tierra. Tenemos la íntima convicción que ella misma prefería esta última presentación; porque su vida es, en sí, una pedagogía política que nos enseña que no hay derechos humanos por afuera ni por encima de la Madre Tierra; que no hay “dignificación del ser humano” ni “lucha contra la explotación de la/os trabajadora/es” que se logre a costa de la explotación y la depredación de la Tierra.

 

De la cuestión de fondo a lo fundamental. Pensar-nos Tierra como clave para re-orientar nuestras luchas emancipatorias

“La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; es decir, la naturaleza en cuanto no es el mismo cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en un proceso constante, para no morir. La afirmación de que la vida física y espiritual del hombre se halla entroncada con la naturaleza no tiene más sentido que el que la naturaleza se halla entroncada consigo misma, y que el hombre es parte de la naturaleza” (Karl Marx, Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844).

Salvo notables excepciones, el pensamiento tradicional de izquierda y el marxismo ortodoxo en general ha tendido a priorizar laopresión de clase por sobre la explotación de la Naturaleza, como si fueran dos problemáticas distintas e inconexas. Sin embargo, este tipo de razonamiento está en abierta contradicción con la ontología materialista de Marx, que al pensar los fundamentos de la realidad, en lugar de la conciencia, del Sujeto o del Objeto, parte del cuerpo. En efecto, para Marx, “(L)la primera premisa de toda la historia humana es la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho a constatar es, por tanto, la organización corpórea de esos individuos y la relación por eso existente con el resto de la naturaleza” (Marx y Engels, 1974: 19).Se trata de una premisa fundamental sobre la que se edifica todo el pensamiento filosófico, antropológico y político de Marx.

Pues, en primer lugar, partir de los individuos humanos vivientes, implica, ante todo, negar radicalmente toda separación entre Naturaleza y Sociedad y rechazar todo antropocentrismo. O, si se prefiere, supone partir de la afirmación básica de que el ser humano es naturaleza. La materialidad del cuerpo remite indefectiblemente al enraizamiento histórico-material que lo humano tiene respecto de la Naturaleza en general. Una perspectiva histórico-materialista –como la que propone Marx- nos lleva a reconocer que, históricamente, venimos de la Naturaleza: somos parte del proceso natural de irrupción, despliegue y complejización de la materia en el transcurso geológico de la vida en el planeta. Y que fisiológicamente, dependemos de la Naturaleza: los cuerpos humanos vivientes (naturaleza interior) tienen una relación de dependencia existencial con el conjunto de seres vivos y de factores y condiciones biosféricas de la Tierra (naturaleza exterior). La Tierra -como sistema viviente- nosexcede, nos precede y nos contiene absolutamente. Nuestra vida es estructural y funcionalmente dependiente de una sistemática e ininterrumpida vinculación material con el resto de la Naturaleza en general. Por tanto, lo humano no puede ser escindido de la naturaleza; no puede ser pensado o concebido como algo exterior, ajeno o contrapuesto a la naturaleza.

En segundo término, al partir de los cuerpos, Marx coloca la cuestión de la vida -la problemática de los individuos humanos vivientes- en la base de su construcción teórica y en el centro de sus preocupaciones políticas. A diferencia del idealismo, del empirismo naturalista y del materialismo mecanicista (cada uno, en sus diferentes variantes), Marx no concibe el mundo ni como “idea” ni como “cosa”, sino como vida-práctica. En Marx, lo real es lo vivo en cuanto tal: el conjunto de procesos práctico-materiales a través de los cuales acontece la vida en general; y también, en particular, la vida humana, como una expresión histórico-específica de aquella.

Así, la centralidad del cuerpo, en cuanto permite despejar la ficción idealista de todo antropocentrismo, es fundamental para una epistemología política que se piensa en clave de emancipación y realización plena de la Vida. Pues, cuando lo que ocupa el centro de nuestras preocupaciones epistémicas y políticas es la vida plena de los seres humanos vivientes, no hay lugar ahí para sustentar la falacia del antagonismo de “el hombre” vs. “la naturaleza”. Por el contrario, se hace evidente que, en realidad, la contradicción Capital vs. Trabajo, no es anterior ni exterior, a la contradicción Capital vs. Naturaleza-Vida; que no se trata de dos contradicciones (O´Connor, 2001), sino pues solo de una única gran contradicción fundamental, en la que la dinámica necro-económica del capital supone (y requiere) sacrificar la vida (en la radicalidad de sus fuentes y en la diversidad de sus formas y manifestaciones) en el altar del valor abstracto. Se hace, en definitiva, manifiesto que el encarcelamiento de la Tierra –a través de la propiedad- es el primer eslabón de los grilletes que encadenan al Trabajo.

Así, la crucial cuestión de la liberación humana (de las ataduras del capital) requiere hoy, más que nunca, en los umbrales del Siglo XXI, re-pensar la Tierra. Re-pensar la Tierra como cuestión vital-fundamental, es re-pensarla y re-descubrirla como Madre. Y es también re-pensar-nos a los seres humanos, como ontológicamente hijos de la Tierra; seres terrestres, en el sentido existencial de que no sólo vivimos apenas sobre la Tierra y de la Tierra, sino que literalmente somos Tierra. Precisamos, de modo urgente, volver a saber-nos y, sobre todo, sentir-nos Tierra.

Pues, si la (in)civilización del capital ha llegado tan lejos en la devastación y denigración de la Vida, es precisamente porque no sólo ha crecido y se ha mundializado declarándole la guerra la Madre-Tierra, sino porque además, decisivamente, ha sido muy eficaz en la creación de sujetos-individuos que no se conciben como hijos-de-la-Tierra, sino que la sienten y conciben desde la exterioridad, la superioridad y lainstrumentalidad. Individuos que creen y que sienten que viven del dinero y no de la Madre-Tierra; que conciben el progreso y el desarrollo de lo humano, en términos de dominio y explotación presuntamente infinita de los “recursos” de la Tierra.

Frente al escenario de barbarie mundializada y diversificada que nos ofrece el siglo XXI, tras más de cinco siglos de “desarrollo capitalista”, necesitamos, de modo urgente, re-pensar la Tierra para re-orientar el horizonte y el sentido de nuestras luchas emancipatorias.

Re-pensar la Tierra como Madre no es romanticismo pachamamista nioscurantismo anti-científico. Si bien sí es una afirmación efectivamente pre-científica, se trata, sin embargo, de una verdad fundamental, no sólo en el más profundo sentido filosófico, sino también en el más riguroso sentido científico. Re-conocerla como tal y adecuar a ella nuestros modos de vida, nuestras instituciones, nuestras subjetividades, es decir, nuestros cuerpos y nuestros sueños, nuestras formas de concebir, percibir, pensar, sentir y vivir nuestro lugar en el mundo, es quizás, el mayor desafío pedagógico-político que afrontamos como especie, en un momento donde el camino de la emancipación se ha tornado, ni más ni menos, que el camino por la sobrevivencia; la sobrevivencia, al menos, de la humanidad de lo humano. Si las fuerzas de izquierda no asumen como propio este desafío, ¿entonces quiénes?


Bibliografía: (…)

Fuente: http://extractivismo.com/2016/04/el-debate-sobre-el-extractivismo-en-tiempos-de-resaca/