Qué Mundo

Octubre 2016

Sin proyectar su futuro en el de China y la mediación del G 20.

 

 

 

 

SITUACIÓN/ CRISIS CIVILIZATORIA / ALTERNATIVAS

 

 

 Situación

 

Comprobemos cómo algunas izquierdas ven promisorio el futuro mundial si China lo conduce y sostienen que otro capitalismo es posible. No reconocen sentidos esenciales de la realidad externa e interna de la potencia asiática pero sobre todo ignoran que el sistema mundo ha hundido a toda la humanidad en crisis civilizatoria por restringir el «desarrollo» al de las fuerzas productivas, al incesante acaparamiento oligopólico  y al objetivo de lucro sin importar el exterminio generado.

 

Hecho en China: el G20 y su importancia neoeconómica

23 de septiembre de 2016

Por Pepe Escobar

Xi cerró la cumbre haciendo hincapié en que el G-20 ha acordado promover el multilateralismo comercial e ir en contra del proteccionismo

Lo que acaba de tener lugar en Hangzhou (China) es de inmensa importancia geoeconómica. Pekín desde el principio trató el G-20 de una forma muy seria, haciendo de la cumbre un diseño chino y no estadounidense; mostrando el declive de Occidente.

Delineando la agenda de las conversaciones, Xi Jinping fue directamente al punto de vista geopolítico también, como lo establece el tono: "La anticuada mentalidad de Guerra Fría debe ser desechada. Es urgente desarrollar un nuevo concepto de seguridad inclusiva, integral, cooperativa y sostenible".

Debemos comparar esto con las llamadas “cuatro recetas” que previamente había esbozado Jinping (“innovación, vigorización, interconexión e inclusividad”) como las necesarias para volver a impulsar la economía mundial.

 

Actuando como jefe de estado mundial de facto, Xi Jinping, procedió a abrir la cumbre introduciendo un paquete bastante ambicioso diseñado para impulsar la economía mundial más enfocada hacia el crecimiento y, al mismo tiempo, instalando las reglas chinas de funcionamiento, más amigables para la arquitectura económica y la gobernabilidad mundial.

El objetivo no podría ser más ambicioso: aplastar el sentimiento anti-globalización especialmente en Occidente (del Brexit a Trump) satisfaciendo al mismo tiempo a su selecto público (la reunión más importante de líderes mundiales en la historia de China) y con el objetivo a largo plazo de eliminar para siempre el dominio occidental liderado por EE.UU..

 

Esto es un cambio notable en China, que se benefició al igual que cualquier otro país de la globalización con un crecimiento en las tres últimas décadas impulsado en su mayoría por la inversión extranjera directa y una avalancha de exportaciones.

Sin embargo, ahora la geoeconomía ha entrado en una zona muy preocupante de turbulencias. Desde el final de la Guerra Fría en 1989 –y de la “historia” en sí misma, de acuerdo a ciertos académicos- nunsa se ha estado en la situación de ahora, donde la codicia ha llevado a la globalización a ser “derrotada” por la desigualdad. Pero incluso en la desaceleración, China ha sido el responsable de más del 25% del crecimiento económico mundial en el año 2015.

Así, la inversión de China en otros países aumentó el 62% (hasta una cifra récord de 100.000 millones de dólares) en los seis primeros meses de 2016, según el Ministerio de Comercio de China. Pero hay un problema, que los economistas han denominado “el ambiente de inversión asimétrica”: China sigue siendo más cerrada que otros miembros del BRICS a la inversión extranjera, especialmente en el sector de servicios.

 

Edificio BRICS

La reunión que mantuvieron los BRICS en el G-20 no era espectacular per se. Pero fue allí donde Xi detalló la agenda del G-20 de China y estableció las premisas para la cumbre anual [de los BRICS] en Goa para el próximo octubre. Según un informe de la Universidad de Tsinghua en Beijing, China debe mejorar estas conexiones multilaterales “para tener un papel más activo y empujar a Occidente a dar un paso atrás en la elaboración de las normas internacionales”.

Zhu Jiejin, de la Universidad de Fudan en Shanghai, lo resume todo; "BRICS es una prueba de la nueva filosofía de China en las relaciones internacionales, aunque la fruta va a tardar mucho tiempo en madurar."

 

Interconectar o morir

Todo en Hangzhou se calculó al milímetro. Empezando por el lugar. Siendo el este de China, todo comienza con una analogía histórica. Hangzhou ha sido descrita como "la granja de seda", incluso antes del desarrollo de la antigua ruta de la seda. Ahora se conecta a las inmensamente ambiciosas Nuevas Rutas de la Seda de que algunos analistas chinos describen como "una sinfonía moderna de conectividad".

Estas NRS son, de hecho, la puesta en práctica de las “cuatro recetas” de Xi: el crecimiento económico impulsado por un frenesí de conectividad "inclusivo", especialmente entre los países en desarrollo.

El liderazgo de Beijing está totalmente comprometido con esta estrategia como la última unidad transformadora geoeconómica en Asia y el Pacífico, empatando la mayor parte de Asia a China y hasta Europa.

Incluso antes de Hangzhou, los Ministros de Finanzas y Gobernadores de Bancos Centrales del G-20 se reunieron en Chengdu los días 23 y 24 de julio para analizar la conectividad de la infraestructura mundial. El comunicado tenía que decir lo obvio; mayor interconectividad es una demanda que define a la economía global del siglo XXI y la clave para la promoción del desarrollo sostenible y la prosperidad compartida.

Esto es lo que tiene que ver con las NRS. La empresa consultora china SWS Research estimó en un informe que la inversión total necesaria para la construcción de infraestructura está cerca de un asombroso 3'26 billones de dólares. Desde el Corredor Económico entre China y Pakistán (CPEC), definido por el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, como "el primer movimiento de la sinfonía de la Iniciativa NRS", hasta el ferrocarril de alta velocidad entre China y Tailandia que se interconectará con la red trans-asiática de alta velocidad que incluirá el eje Yakarta-Bandung en Indonesia.

 

La casa que construyó Ma

Además, está el hecho de que Hangzhou es el centro tecnológico de China. Podría decirse que la mayor estrella de este G-20, además de Xi, fue Jack Ma, fundador del gigante del comercio electrónico Alibaba, establecida en 1999, y que encarna el nuevo “hecho en China”. No por casualidad, todo el mundo, desde el primer ministro de Canadá al de Indonesia, visitaron la empresa principal de Alibaba, Xixi Campus, guiados por el propio Ma. Esta es casi una ciudad, un centro que ayudó a la creación de 680 nuevas empresas en tan sólo un año.

Antes del G-20 hubo una reunión denominada B-20, una cumbre de negocios centrada en el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas (PYME), donde el astuto Ma advirtió sobre el “momento crucial que vivimos cuando a las personas no les gusta la globalización o el libre comercio” y promovió un “mecanismo de diálogo público-privado para el desarrollo del comercio transfronterizo” con el que “ayudar a las pequeñas y medianas empresas, los países en desarrollo, las mujeres y los jóvenes para que participen en la economía global”. Un discurso que gustó mucho en Indonesia, que tiene 56 millones de PYMES.

Por supuesto, todo no es un jardín de rosas. Como en el G-20, en el B-20 estuvo presente gente poco fiable, vinculada a fondos de inversión. Aún así, la clave y el objetivo era y sigue siendo ayudar a las PYME en el mundo en desarrollo en esta “nueva globalización”.

Lo que realmente se decidió en el G20 sólo se hará visible a largo plazo. Xi cerró la cumbre haciendo hincapié en que el G-20 ha acordado promover el multilateralismo comercial e ir en contra del proteccionismo (amplia evidencia de lo contrario, tal y como está) y al mismo tiempo desarrollar las primeras reglas generales para la inversión transfronteriza.

También dijo que el G-20 acordó continuar la reforma del FMI y el Banco Mundial para dar más voz a los mercados emergentes (no con Hillary o Trump en el poder).

El "mensaje" de todos modos de China era inconfundible; que se ha marcado un camino geoeconómico para el futuro y está ejerciendo una fuerte presión para que el resto de naciones se unan a este nuevo marco de beneficio mutuo. Y cualquiera que sea el futuro del "giro a Asia" la confrontación (el TPP, la “OTAN comercial”), si la hay, no será eludida. Beijing no asistirá en silencio a la intimidación de EEUU o ante cualquier otra amenaza que considere contra los intereses de seguridad de China.

El G-20 en Hangzhou mostró que China está lista para mostrar su influencia económica y de ejercer un papel mucho más activo en la geoeconomía. Está claro que Beijing prefiere jugar el juego en un sistema de comercio multilateral basado en torno a la OMC. Washington, en cambio, ha estado tratando de manipular el juego con nuevas "reglas" como el TPP y TTIP.

China ha puesto el dedo en la llaga cuando observa que “EEUU ha dicho que no puede permitir que China establezca las reglas, pero parece que su propio establecimiento de reglas ya no está ganando los corazones de nadie, ya que sólo ven que va en sus propios intereses [de EEUU]”.

Russia Today. Traducido para el CEPRID por María Valdés

Fuente: http://www.lahaine.org/mundo.php/hecho-en-china-el-g20

 

 

 

Nos parece increíble que se identifiquen de izquierda y sean insensibles a la «acumulación por exterminio» del capitalismo e imperialismos tanto de EE.UU., de Europa, de Japón...como de China.  En verdad, se percatan pero, como el periodista cubano, entran en contradicción al posicionarse  a favor "de acelerar el crecimiento económico mundial" y al mismo tiempo oponerse a "la creciente desigualdad entre ricos y pobres que ha llevado a que el 1 % de la población tenga más capital que el 99 % restante".  No sólo soslayan que el desarrollo capitalista se basa en ahondar la desigualdad internacional y social sino también que el de China responde a superexplotación de sus trabajadores, de países y de continentes.

 

 

G-20, hechos y no palabras
8 de septiembre de 2016

 Por Hedelberto López Blanch (Rebelión)

Una desafiante verdad expuso el presidente de China Xi Jinping durante la celebración en Hangzhou de la Cumbre del Grupo G-20, “ eviten las palabras vacías" al tratar de acelerar el crecimiento económico mundial.

"Frente a los riesgos y desafíos que enfrenta la economía global, la comunidad internacional tiene enormes expectativas del G-20 en esta cumbre", aseguró el presidente.

Con toda razón Jinping exhortaba a sus interlocutores a que eran tiempos de tomar decisiones para tratar de solventar otra crisis económica mundial que se avecina.

Varios analistas y publicaciones especializadas afirman que nuevos vientos huracanados amenazan con atacar a la economía mundial y provocar una nueva crisis.

Los participantes en el cónclave puntualizaron que los más acuciantes problemas son la volatilidad potencial de los mercados financieros, las fluctuaciones de los precios de las materias primas, la lentitud en comercio e inversiones y el lento crecimiento de la productividad.

Cierto que son elementos que atentan contra el buen desarrollo de la economía mundial, sin embargo existe uno mucho más grave y que provoca enormes inestabilidades en el orbe: la creciente desigualdad entre ricos y pobres que ha llevado a que el 1 % de la población tenga más capital que el 99 % restante.

La globalización de la economía mundial continuó su negativo avance a lo largo de 2015 con el incremento de la inequidad poblacional.

Los datos aportados por Bloomberg ratifican la denuncia realizada anteriormente por un grupo de investigadores encabezado por el profesor Jason Hickel de la Escuela de Economía de Londres, cuando señaló que actualmente las 300 mayores fortunas del mundo acumulan más riqueza que los 3 600 millones de personas consideradas pobres.

Todos los beneficiados en la acumulación de capitales, aparecen como propietarios o relacionados directamente con compañías transnacionales.

Las leyes neoliberales y de libre mercado impuestas en los últimos años por las naciones poderosas y sus transnacionales han incrementado abruptamente esas diferencias.

Ante la perspectiva de una nueva crisis parecida a la de 2008, las empresas de servicios financieros (como ya es costumbre para preservar sus intereses) han elaborado una estrategia que tiene en cuenta el peor escenario que podría suceder a finales de este año.

A mediados de 2016, l as acciones de los bancos europeos más importantes han estado cayendo en picada: Deutsche Bank ha perdido casi un 45%, Credit Suisse ha caído un 41 % y el Royal Bank of Scotland ha bajado un 35 %. La incertidumbre y la volatilidad han afectado a todas las áreas de la economía mundial, desde la minería hasta la producción de automóviles.

El G-20, integrado por 20 países desarrollados y potencias emergentes, se creó en 1999 pero alcanzó relevancia en 2008 cuando se hizo necesario actuar a nivel global para intentar controlar la crisis financiera que, con más o menos fuerza, aún persiste. El grupo representa el 80 % del comercio mundial y el 85 % del Producto Interno Bruto global.

Las naciones que lo conforman son: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Turquía y la Unión Europea.

Pese a los intentos de adoptar políticas financieras y económicas asequibles a los actores y al resto del orbe, ya se ha hecho una constante que las diferencias de enfoques dentro del Grupo no permitan alcanzar acuerdos objetivos.

Recordemos que hace solo seis meses, a finales de febrero, en una reunión efectuada en Beijing el G-20 trató infructuosamente de buscar soluciones para solventar la posibilidad de una venidera crisis. Nada o muy poco se ha logrado al respecto.

La interconectividad, inclusión de todos los países y un desarrollo económico sostenible, suenan muy bien para que los medios de comunicación realicen su trabajo de propaganda pero habrá que ver en la práctica si las naciones desarrolladas de occidente y las poderosas transnacionales abran sus corazones, o mejor dicho, sus capitales para tenderle una mano a los menos desarrollados.

Inequidad, aumento del desempleo, baja del precio de las materias primas y hasta del petróleo, han puesto en jaque en los últimos tiempos, a muchos países en desarrollo y algunos de economía emergente.

Innegablemente que si todos sus miembros se pusieran de acuerdo, la conformación del Grupo resultaría un centro importante para coordinar políticas económicas pero a lo largo de sus 17 años de creado sus encuentros no han pasado de ser largas charlas.

Veamos este aleccionador ejemplo: En la X cumbre celebrada en 2015 en Turquía, los líderes mundiales acordaron 113 propuestas sobre diversos temas como la ayuda a los refugiados que llegan a Europa huyendo de guerras y hambruna, pero casi todas quedaron en el olvido lo cual han rebajado enormemente la credibilidad y seriedad del Grupo.

Los fracasos de las cumbres en cumplir con las promesas del pasado aumentaron las interrogantes sobre la credibilidad de promesas futuras.

La nación que ha salido fortalecida de ese cónclave ha sido China, pues sus dirigentes han demostrado que ese país puede jugar un papel más importante en la toma de decisiones mundiales.

China apuesta por una transformación de la economía mundial para convertirla en innovadora, vigorosa, interconectada y, sobre todo, inclusiva. Esperemos que en esta ocasión y frente a los riesgos y desafíos que enfrenta la economía global, las proyecciones de la cumbre de G-20 no se transformen en cenizas.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=216442

En consecuencia, quienes somos anticapitalistas o pertenecemos a las izquierdas consecuentes con el ideal de ir revolucionando las relaciones intra e internacionales desde hoy, debemos cuestionar el desarrollo vigente que se contrapone a los buenos vivires convivires abajo. Escudriñemos si el gigante asiático puede esperanzar a los pueblos planetarios:

 

¿China no dominará el mundo?
3 de octubre de 2016

Por Esteban Mercatante (Ideas de izquierda)

No puede analizarse el imperialismo contemporáneo sin caracterizar lo que es China hoy y hacia dónde se dirige. Eso nos proponemos en este artículo a partir del libro The China Boom1, de Ho-fung Hung.

En las últimas décadas China se convirtió en un espacio central para la acumulación capitalista a nivel mundial. Profundizando el rol que habían jugado antes los Tigres asiáticos, desde que Deng Xiaoping iniciara en 1978 las reformas que ampliarían el rol del mercado y abrirían las puertas al capital extranjero, China se transformará en un gran polo de atracción de inversiones de grandes firmas multinacionales a la búsqueda de mano de obra barata, especialmente a partir de los años ‘90. Al cabo de casi cuatro décadas desde el giro iniciado por Deng, China se acerca hoy a ser la economía de mayor tamaño a nivel mundial, desplazando a los EE.UU. Su ascenso ha trastocado las relaciones entre las grandes potencias imperialistas, alterando todos los equilibrios existentes. ¿Cuál será el resultado de este proceso? ¿Va China a convertirse en un nuevo “hegemón”, desplazando a los EE. UU. de la primacía mundial?

Ho-fung Hung, autor de The China Boom. Why China will not rule the world, afirma que no será así, al menos en el futuro inmediato. Esto se debe, en su opinión, a que las condiciones que le permitieron a China transformarse en una pieza fundamental del capitalismo mundializado de hoy, conducen a la elite del país a tener fuertes intereses creados en mantener, y no en subvertir, el orden político contemporáneo.

Los sinuosos caminos hacia el boom

The China Boom dedica sus primeros capítulos a realizar una apretada síntesis del desarrollo de China desde el siglo XVII. Allí revisa algunas interpretaciones tradicionales sobre por qué no hubo desarrollo del capitalismo en China en el momento en que este sí ocurrió en Europa, apoyado en investigaciones más recientes.

Uno de los aspectos sin duda más interesantes del libro es que logra resumir, con una serie de indicadores, lo que ha llegado a ser la economía China hoy. Se destaca en su análisis la predominancia que mantienen las llamadas Empresas de Propiedad del Estado (SOE en inglés). Muchas de ellas son legado de la industrialización de los tiempos de Mao, sometidas desde los años ‘80 a una fuerte reestructuración. Sería a partir de los años ‘90 que estas SOE llegarían a convertirse en una pieza central en la estrategia de la burocracia del PCCh para la edificación de una economía capitalista en China, en lo que considera una segunda fase en el desarrollo iniciado por las reformas de 1978. La primera había sido el “capitalismo de emprendedores” donde … la fuerza motriz del crecimiento surgió de las empresas rurales privadas y de las empresas rurales colectivas, muchas de las cuales eran empresas privadas disfrazadas (61).

Durante el segundo estadio, las SOE recibieron un fuerte impulso desde el Estado y “desplazaron y subyugaron al sector privado” (61). La apuesta a convertir a las SOE en “empresas capitalistas rentables, ya fuera que siguieran bajo propiedad estatal o no”, llevó a impulsar agresivas reformas, apelando a la participación de los bancos de inversión norteamericanos para reestructurarlas. Como sostienen los banqueros que cita Carl Walter y Fraser Howie: “Goldman Sachs y Morgan Stanley convirtieron al sector corporativo de propiedad estatal en China en lo que es hoy” (63). Se trata de una reestructuración que quedó a mitad de camino. China logró poner en los primeros puestos globales una serie de “campeones nacionales” como Sinopec, China Mobile, China National Petroleum y otras firmas que pueblan el Global Fortune 500, en el que China cuenta con un 20 % del panel desde 2014. De las firmas que tiene el país en este ranking, el 90 % son SOE. Para darnos una idea de su peso, la masa de activos con los que contaban las empresas y holdings estatales en el total de la economía, en el año 2012, duplicaba al que tenían las firmas del sector privado. En sectores como la minería, el petróleo, o incluso la industria automotriz, la diferencia entre el volumen de activos de las SOE y de las firmas privadas resulta todavía más abrumadora.

Pero este lugar preponderante va de la mano de una performance económica bastante pobre. A nivel agregado, los datos oficiales muestran que la tasa de ganancia de las SOE en 2012 fue menos de un tercio de la de las empresas privadas, y poco más de la mitad de la que obtienen las empresas radicadas de capital extranjero. Al mismo tiempo, es el único grupo que muestra una disminución en la tasa de ganancia entre 2007 y 2013. Se trata de empresas con una masa gigante de activos; mientras cada empresa privada tiene activos por 71 millones de Renminbi (RMB) en promedio, cada empresa estatal industrial tiene activos por 1.652 millones de RMB (67). Después de la crisis asiática, muchas de estas empresas debieron ser salvadas de una fuerte toma de créditos impagables, lo que el gobierno hizo mediante la creación de empresas administradoras de activos (AMC, en inglés). En la década siguiente, y a pesar de que continuó la ola de reformas, “las SOE continuaron sin ser rentables y fueron incapaces de pagar sus préstamos a las AMC”.

Hung concluye entonces que:

…mientras que la economía china y las finanzas gubernamentales estuvieron dominadas y lastradas por empresas estatales ineficientes que se mueven mayormente al ritmo de subsidios, favor financiero y protección del Estado, la abundante liquidez en el sistema financiero que alimenta la orgía de la inversión del sector estatal descansa en las reservas internacionales generadas por el sector exportador” (68-9).

Las reservas internacionales fueron la base de la expansión del crédito interno que financió la inversión de los gobiernos provinciales y las SOE.

Si no hubiera sido por la formidable cantidad de reservas originadas en el próspero sector exportador, esta expansión en gran escala de la liquidez y los créditos habría disparado una crisis financiera (75).

Este sector exportador, que empezó a desarrollarse en los ‘80 gracias a inversiones provenientes de Hong Kong, pero despegó en los años ‘90, es “la base del boom capitalista de China” (69).

El Círculo Panda

La internacionalización productiva es un proceso de larga data que comenzó bastante antes de que China iniciara su integración al orden capitalista transnacional con Deng. Pero se trata de un proceso que fue completamente trastocado por su ingreso. Hung ilustra la magnitud de este cambio a través de la forma en que ha impactado sobre las exportaciones de Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur a los EE. UU. En todos los casos, estas perdieron participación de forma muy marcada en los últimos 30 años, al tiempo que China se transformaba para este grupo de países en el gran socio comercial. La emergencia de China fomentó un nuevo orden sino-céntrico orientado hacia la exportación, bajo el cual la mayoría de las economías asiáticas incrementaron el peso de sus exportaciones de componentes de alto valor agregado y partes (por ejemplo para Corea y Taiwán) y de bienes de capital (en el caso de Japón) hacia China (80), donde estos últimos servían para el ensamblado final de productos exportados hacia los países ricos.

 

¿Pateando el tablero?

Hung discute lo que considera una serie de concepciones erróneas sobre la emergencia de China. Entre ellas, cuestiona la noción de que China está alterando el balance de poder entre Occidente y Oriente, y postulándose como alternativa hegemónica a los EE.UU.. Señala que la estipulación sobre el ascenso de China como potencia mundial a expensas del poderío estadounidense es el último capítulo de una larga saga sobre la declinación del imperialismo norteamericano que viene desde los años ‘70 (entonces por la amenaza planteada por Alemania y Japón), y que es un planteo repetido desde todo el arco ideológico sin distinción. Hung señala que

… la declinación de la dominación de EE.UU. en la política mundial, aunque verdadera, ha sido enlentecida y demorada gracias, irónicamente, al apoyo de sus supuestos rivales, en primer lugar de China (117).

Un aspecto clave en este apoyo está vinculado al rol que juegan China y otras potencias en el sostenimiento del dólar a través de la compra de bonos del Tesoro norteamericano. China ha convertido la mayor parte de los superávit del comercio exterior, logrados gracias a su crecimiento orientado hacia la exportación, en estos títulos. Gracias a la compra de bonos realizada por China –y por otros países como Japón, Brasil, Alemania, Taiwán e incluso Rusia– la economía norteamericana ha podido sostener un déficit creciente en su comercio exterior (importa mucho más de lo que exporta) sin enfrentar ningún tipo de crisis externa, ni ver amenazado el lugar del dólar como moneda dominante en el comercio y las finanzas mundiales. Hung señala que durante el período 2000-2008 el crecimiento de las exportaciones desde China a los EE.UU. agravó notablemente los desequilibrios estructurales para la economía norteamericana: durante estos años el dólar vio caer su valor sin que el balance comercial de los EE.UU. dejara de ser deficitario, como sí ocurrió por ejemplo en los años ‘80 después de los Acuerdos Plaza por los que Alemania y Japón se comprometieron a dejar que sus monedas se fortalecieran respecto del dólar y esto contribuyó a mejorar el balance comercial de los EE. UU. Esto responde a la mayor dependencia norteamericana del comercio con China (que en gran parte responde a la extranjerización de las cadenas de producción de las multinacionales norteamericanas) tanto como a la política de China de administrar el tipo de cambio, pegando el RMB al dólar. La consecuencia es que, si por un lado podría pensarse que esto acotó los márgenes de EE.UU., por otro lado no es que China puede usar esto para condicionarlo: sostener el tipo de cambio requiere que el Banco de China mantenga una “adicción” a los títulos de deuda norteamericanos, convirtiéndose así en el mayor garante de la continuidad de la primacía financiera del dólar (125). China no tiene interés, sostiene Hung, en subvertir esta situación:

La única manera en que China pueda cortar con su adicción a la deuda de los EE. UU. es redefiniendo el modelo orientado hacia las exportación, lo que no va a suceder en un tiempo cercano (132).

A pesar de que ya antes de la crisis de 2008 el PCCh mostraba intentos de un “rebalanceo” de su economía para hacerla menos dependiente de la exportación y más basada en el consumo interno, y esta cuestión ha sido puesta sobre el tapete con urgencia en el último lustro,

… las medidas de estímulo económico tomadas por el gobierno chino después del Gran Crash de 2008 fueron contradictorias con dichos esfuerzos de rebalanceo porque el énfasis de dicho estímulo en inversiones en activos fijos financiadas con deuda reprimieron aún más el consumo (166).

El rebalanceo requiere recortar estas inversiones “que explican el hípercrecimiento desde 2008” (166).

Señalemos que no es una tesis novedosa la de la interdependencia entre China y los EE.UU.; desde antes de la crisis de Lehman viene siendo planteada por varios autores2. En los últimos años fue menos defendida ante la evidencia de una política más ofensiva por parte de China, y sobre todo la mayor agresividad norteamericana expresada en su reorientación geopolítica hacia Asia y el impulso a los Tratados Transpacífico (TPP) y Transatlántico (TTIP) que excluyen al gigante asiático.

Si Hung no encuentra que China tenga hoy aspiraciones ni capacidad de desafiar el poder global de EE.UU., sí observa que “ha estado empleando su creciente fortaleza económica por ser el mayor socio comercial de muchos de sus vecinos para intentar establecer su dominación regional” (133). Sin embargo, en este camino el gigante asiático despertó resquemores y se topó con dificultades. La fuerte presencia norteamericana permitió a los Estados asiáticos maniobrar entre ambas potencias:

Las dificultades que China encontró en su ascenso a la centralidad política en Asia manifiesta una contradicción que tiene su ascendencia geopolítica en general: la influencia política creciente sobre sus vecinos es una consecuencia directa de su acrecentada significación económica, pero dicha influencia política se encuentra balanceada por la continuidad de la dominación estadounidense, que irónicamente China perpetúa a través del financiamiento de los déficit fiscales de los EE. UU. (138).

El aspecto central que Hung busca demostrar es que China no se está convirtiendo en “una potencia poderosa, subversiva y anti status quo que desafíe la dominación política y económica de los EE.UU. y al mercado libre global que este ha promovido” (173). Sin embargo, sí admite que China

… ha alterado ligeramente el balance global de fuerzas dentro de ese orden, permitiendo que otros países en desarrollo obtengan mejor términos en sus acuerdos con los EE. UU. y Europa (174).

Al mismo tiempo señala que, por las relaciones que establece con otros países dependientes, cabe más caracterizarla como “un nuevo poder en el viejo orden mundial” que un portador de otro nuevo.

Hung manifiesta incisivamente algunos de los dilemas actuales que atraviesa la economía China, con un “rebalanceo” que es más fácil de enunciar que de encarar, ya que afecta a fuertes intereses creados de las elites económicas y políticas de los Estados costeros fuertemente asociadas al capital extranjero exportador, y con enormes debilidades en lo que se refiere a baja productividad, débil rentabilidad, y excesivo endeudamiento de sus grandes empresas3. En el largo plazo, “si China puede efectivamente conseguir el postergado rebalanceo de su economía, su robusto desarrollo capitalista va a continuar por un largo tiempo” (180). Si puede lograrlo, cuán doloroso será y cuanto tiempo llevará, “dependerá de una variedad de fuerzas contingentes dentro y fuera de China”. De conseguir navegar las futuras crisis, “se unirá a los EE. UU., Japón, y Alemania como otra gran potencia capitalista”.

 

El futuro, ¿ya llegó?

Sin duda está en lo correcto Hung al observar que China no se propone desafiar o subvertir el orden capitalista trasnacional; su objetivo es conquistar influencia y ventajas dentro de dicho orden. Pero el autor del libro minimiza el hecho de que esto la está llevando a replantear ya algunas de las condiciones imperantes. Como observara Perry Anderson en Imperium, la arquitectura del orden global construido por los EE.UU. desde la posguerra tenía entre sus principales resultados perpetuar el lugar preponderante del imperialismo norteamericano dentro de él4. En el terreno económico, el avance chino pone en cuestión de forma creciente este supuesto, y eso lo transforma ya en un agente subversivo del orden mundial, aunque al mismo tiempo profundice la relación simbiótica acrecentando los bonos norteamericanos en su poder. La búsqueda de ampliar los márgenes para establecer condiciones favorables a la expansión del capital chino en el mundo, y de profundizar las relaciones de dependencia de otros Estados, está obligando a China –y lo hará cada vez más– a minar esa arquitectura imperialista ordenada alrededor de EE. UU.

La relación entre los EE.UU. y China es de cooperación y conflicto a la vez, dos términos que adoptan combinaciones variables en distintas coyunturas y regiones del mundo. Si mantendrá el equilibrio entre los términos, o si alguno de ellos terminará imponiéndose, depende de cómo se desarrollen las contradicciones de China, y también del desarrollo que tenga la política en EE.UU. y el resto de las potencias occidentales, en un contexto donde el estancamiento secular5 está dando lugar a fenómenos políticos y sociales cada vez más polarizados.

 

Indudablemente, China tiene todavía un largo camino por recorrer para poder ser caracterizada plenamente como una potencia imperialista, y se verá confrontada con la resistencia de las grandes potencias a cualquier cambio en el statu quo. Pero gracias a su lugar peculiar como pieza fundamental en la internacionalización productiva que atravesó el capitalismo en las últimas décadas, y también por haber manejado los márgenes de maniobra que la burocracia pudo conservar durante el proceso de restauración capitalista, China ya ha adquirido un alcance mundial en sus relaciones y esferas de influencia. Logró –de forma todavía incipiente– alterar la tendencia que caracterizó al resto de las economías emergentes durante el último siglo, a pesar del carácter todavía inicial de la expansión mundial de sus empresas si la comparamos con la de las economías más ricas, y de las contradicciones que se acrecientan en el esquema de acumulación que le permitió transformarse en el gigante exportador mundial. En cierto sentido, ya ha empezado a dominar el mundo, aunque el camino hacia la consolidación esté plagado de convulsiones internas e internacionales, e inevitablemente no será pacífico.

  1. Nueva York, Columbia University Press, 2016. Los números de página están indicados entre paréntesis.

  2. Discusiones al respecto pueden leerse en Juan Chingo, “El capitalismo mundial en una crisis histórica”, Estrategia Internacional 25, diciembre 2008, y Paula Bach, “Prólogo” a León Trotsky, El capitalismo y sus crisis, Buenos Aires, Ceip, 2008.

  3. Hung llamativamente ignora los esfuerzos de China para elevar su capacidad de innovación para que esto se traduzca en mayores incrementos de productividad, mediante agresivas compras de empresas de tecnología de los países imperialistas y el impulso hacia la robotización en sus empresas. Como muestran diversos analistas, está todavía muy atrás de países como Alemania, pero está buscando ganar posiciones.

  4. Esteban Mercatante, “El imperio contraataca”, IdZ 6, diciembre 2013.

  5. Paula Bach, “Estancamiento secular, fundamentos y dinámica de la crisis”, Estrategia Internacional 29, enero 2016.

http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/china-no-dominara-el-mundo/
Fuente:
 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=217458

 

 Crisis civilizatoria

 

Advirtamos cómo desde progresistas e izquierdistas hay esfuerzos por reformar el capitalismo sin percatarse de la incompatibilidad de éste con los buenos vivires convivires de los pueblos planetarios.

 

China y América Latina: una alianza con futuro
30 de junio de 2016

 

El gigante asiático es el primer mercado de destino de las exportaciones de Brasil y Chile, y el segundo de Perú, Cuba y Costa Rica

 

Por  | internet@granma.cu

 

Durante el 1er. Foro de Tecnología e Innovación entre China y la Celac, celebrado en Ecuador, ambas partes acordaron la necesidad de ampliar la colaboración en tecnología e infraestructura. 

China y América Latina han hecho los deberes en cuanto a sus relaciones comerciales y están listos para avanzar hacia nuevos lazos económicos que produzcan beneficios mutuos.

Durante los últimos años el comercio bilateral se ha disparado cerca de los 200 000 millones de dólares y la Academia China de las Ciencias Sociales, uno de los principales centros de pensamiento del país, abogó en un informe por progresar mucho más en los vínculos con la región.

De acuerdo con datos de la Comisión Eco­nómica para América Latina y el Caribe (Cepal), el gigante asiático es el primer mercado de destino de las exportaciones de Brasil y Chile, y el segundo de Perú, Cuba y Costa Rica. Además, es el tercer país entre los principales orígenes de las importaciones de la región.

Ante estas nuevas perspectivas ambas partes coinciden en dinamizar aún más esa sociedad y, en ese sentido, se impone un incremento del intercambio, pero sobre todo la diversificación de la cartera de inversiones.

Esta nueva iniciativa asiática llega en momentos en que muchos de los países que integran esta región, dependientes durante años de la exportación de materias primas, se esfuerzan por transformar su estructura económica, lograr mayor capacidad industrial y darles valor añadido a sus exportaciones.

Mientras, por la parte china, el Ministerio de Comercio meses atrás anunció su intención de lograr un intercambio más sustancial con América Latina y el Caribe y proyectar la cooperación en sectores como la industria, infraestructuras, cooperación económica-técni­ca, apoyo financiero y capacitación profe­sional.

Este nuevo objetivo, de acuerdo con las autoridades de ambas partes, busca proyectar una nueva asociación estratégica y reestructurar los vínculos comerciales ya que, en décadas pasadas, las inyecciones de capitales chinos en el continente latinoamericano estuvieron centradas en la obtención de las materias primas necesarias para producir todos los bienes que se venden en el mundo.

Datos aportados por The American Enter­prise Institute and Heritage Foundation, más del 80 % de la inversión de China en América Latina ha estado concentrada en petróleo y minería, siendo Brasil el principal receptor de capitales del gigante asiático, seguido por Venezuela, Argentina y Perú.

Además para asegurar su manufactura y alimentar su desarrollo, por años, las principales importaciones provenientes de Latinoamérica estuvieron lideradas por el petróleo venezolano, a lo que se sumó el cobre de Perú y Chile y la soja de Brasil y Argentina.

En una entrevista publicada por Xinhua, el investigador adjunto del Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias Sociales de China, Guo Cunhai  considera que este interés común por diversificar y oxigenar el co­mercio bilateral responde a la nueva “normalidad” que viven los lazos chino-latinoamericanos, luego de un periodo dorado de desa­rrollo basado en la demanda recíproca y la gran complementariedad económica.

Según el experto chino en asuntos latinoamericanos ambas partes se “encaminan a una etapa relativamente moderada y estable después de más de diez años de desarrollo de alta velocidad”.

Para asegurar la pronta ejecución de estas nuevas iniciativas, el gigante asiático echó a andar el Banco Chino para el Desarrollo (Chi­na Development Bank) y el Banco de Expor­tación e Importación (Eximbank) de China, mecanismos que hacen posible el financiamiento de sus proyectos de inversión.

China demostró estar comprometida con el progreso de los países en vías de desarrollo y desplegó iniciativas como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII) y la nueva Ruta de la Seda que, sobre todo, aspiran a crear un nuevo orden asiático. Pero eso no se queda ahí y debido a su nivel de influencia global también concede importancia a la cooperación Sur-Sur.

Durante el primer Foro intergubernamental realizado entre China y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), se reconoció la voluntad de cooperar. El gigante asiático, en su rol de segunda potencia mundial,  se comprometió a elevar el comercio, en ambos sentidos, hasta 500 000 millones de dólares y realzar las inversiones por lo menos a los 250 000 millones de dólares durante los próximos dos lustros.

Esa nueva ola de capitales chinos que puede desembarcar en América Latina, si se concreta la intención de invertir más allá de las materias primas, también restaría protagonismo a la influencia de Estados Unidos en un territorio donde tiene una larga historia de ocupaciones e intervenciones.

Los países de América Latina y el Caribe están cada vez más conscientes de que el éxito que pueda alcanzar esta alianza o cualquier otra solo será posible si se logran eliminar de raíz las distorsiones generadas por siglos de colonialismo, dependencia externa y economías monoproductoras.

Fuente: http://www.granma.cu/mundo/2016-06-30/china-y-america-latina-una-alianza-con-futuro-30-06-2016-23-06-05

Descubramos, tanto en el progresismo como en muchas izquierdas, un desconocimiento de la centralidad del modelo extractivo en la reestructuración socioeconómica que consolida la recolonización de Nuestra América. Tampoco dan relevancia a los ecocidios-genocidios que esas expropiaciones sistémicas perpetran. Aún más, por su concepción anacrónica de desarrollo social e industrial, niegan realidades concretas de las relaciones sociales e internacionales de China.

 

 

Aclaremos observando qué Argentina planifica el gobierno de China junto al de Mauricio Macri y reflexionemos que el IIRSA, el extractivismo (soja con/sin valor agregado) y los megaemprendimientos turísticos convergen en la ruina casi irreversible de las condiciones mayoritarias tanto de vida como de trabajo:

 

 

China financiará obras de infraestructura por U$S 25.000 millones en Argentina
31 de julio de 2016

 

China acordó financiamiento por u$s 25.000 millones que permitirán a la Argentina garantizar, en los próximos 5 años, el desarrollo de infraestructuras entre las que se incluyen proyectos de energía hidroeléctrica, nuclear y solar, además del ferrocarril Belgrano Cargas, un gasoducto, un acueducto y hasta obras viales, según detalló a Télam el actual embajador Diego Guelar en una entrevista exclusiva.

Por Ricardo Sarmiento

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"En este primer semestre cerramos financiamientos e inversiones con China por u$s 25.000 millones", informó Guelar, quien enfatizó que la magnitud de esta cifra no debe generar reservas ni temores.

"Hoy centralmente, si analizamos que dos hidroeléctricas, dos centrales nucleares, y seguramente un 70% de lo que van a ser las licitaciones de energía solar y eólica, son chinas, podemos decir que el modelo energético argentino de los próximos 20 años estará muy ligado a la asociación con China" y esto, "sin excluir a cualquier otro competidor que quiera participar", definió Guelar, añadiendo a esto que "obviamente, que si nos desarrollamos nosotros, hay espacio para todos" los inversores potenciales.

"China es nuestro principal socio energético y es ya, sin lugar a duda, nuestro primer socio financiero" porque sólo en el "primer semestre financió u$s 25.000 millones", porque "a esto hay que sumar u$s 11.000 millones del swap con el Banco Central de la República Argentina".

Guelar hizo un minucioso detalle de esa financiación comprometida con Argentina:
- Se aseguró la financiación de u$s 5.000 millones para las dos centrales hidroeléctricas de la provincia de Santa Cruz.
- Se destinarán u$s 12.000 millones para dos centrales nucleares: "Atucha IV y Atucha V"
- Habrá u$s 2.700 millones para recuperar el ferrocarril Belgrano Cargas
- Otros u$s 1.800 millones se destinarán a dos gasoductos en Córdoba.
- Proyectos de inversión por u$s 360 millones en un acueducto y obras viales en Entre Ríos
- Un programa de generación fotovoltaica, es decir de energía solar en Jujuy, demandará u$s 350 millones.
- Un proyecto de energía solar para San Juan y otro para La Rioja, sumarán u$s 800 millones más de financiamiento.

"Estos forman un paquete de datos incontrastable hoy, con todavía un incipiente restablecimiento de la relación China con Europa y Estados Unidos, después de un aislamiento muy prolongado" del gigante asiático. (…)

Fuente: http://www.telam.com.ar/notas/201607/157164-china-argentina-diego-guelar.html

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China y la Argentina acordaron una fórmula para equilibrar la balanza comercial

3 de septiembre de 2016

Los líderes de ambos países avanzaron sustancialmente en la "alianza estratégica integral" que selló Cristina Kirchner

HANGZHOU.- Si la balanza comercial entre la Argentina y China hoy es altamente deficitaria para nuestro país, Mauricio Macri y su par Xi Jinping parecieron encontrar una fórmula inmediata para solucionar este tema: buscarán que en los próximos años llegue al país un millón de turistas chinos para dejar sus yuanes en Buenos Aires, se les dará valor agregado a los productos argentinos que se exportan a Pekín y los chinos agilizarán las trabas fitosanitarias para aumentar la compra de alimentos argentinos.

Durante los 30 minutos que esta mañana duró la charla de Macri con Xi en la Casa de los Huespedes situada en esta populosa ciudad, ambos presidentes avanzaron sustancialmente en la "alianza estratégica integral" que selló Cristina Kirchner con China y ajustaron varios puntos que el gobierno macrista objetó desde un inicio.

Por lo pronto, el déficit comercial que hoy es de unos 6000 millones de dólares en detrimento de la Argentina buscará revertirse con un plan de acción que ayer Xi y Macri acordaron.

Según pudo saber LA NACION de funcionarios de la comitiva que estaban en el encuentro, Macri le planteó al presidente de China su preocupación por el déficit comercial entre los dos países y le propuso compensar esto aumentando el ingreso de turistas chinos al país. Hoy ingresan unos 30.000 turistas al año a la Argentina provenientes de China y la idea es que en el futuro puedan visitar la Argentina un millón de chinos. Para esto se le darán facilidades de visado a los chinos. El programa que ya se puso en marcha prevé que cualquier ciudadano chino que tiene visa para ingresar a Estados Unidos o a Europa pueda ingresar al país sin visado y los que no tengan ese visado se les dará uno por 5 años hasta anular la visa.

A la vez, ambos presidentes acordaron que la agencia fitosanitaria de China para la región se instale en la Argentina: Macri ofreció así las oficinas en el ministerio de Agricultura y Ganadería. De esta manera, la idea es que sean muchos más ágiles los controles y las aprobaciones de nuestros productos que luego son exportados a China. "Dar valor agregado y no vender solo soja a China es clave para dar empleo e ingreso a nuestros ciudadanos", dijo Macri al finalizar la reunión.

Para completar la fórmula de un intercambio comercial más equilibrado, la Argentina enviará a China productos con mayor valor agregado como por ejemplo los lácteos.

En el encuentro de presidentes que participaron por el lado argentino la cancillerSusana Malcorra , el vocero Ivan Pavlovsky; el secretario de Asuntos Estrategicos Fulvio Pompeo; el viceministro de Hacienda Pedro Lacoste y el embajador Diego Guelar.

Allí se acordó también con el presidente de China que la construcción de las represas de Santa Cruz que levantará una empresa china empezará el próximo mes y en el primer trimestre del año que viene será el turno de la primera central nuclear construida por China en el país.

Por otro lado, China aceptó las correcciones en el acuerdo por la estación espacial China en Neuquén para que sea sólo de uso civil y no militar. De esta manera, se deberá enviar al Congreso un anexo con este tema para su aprobación definitiva.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1934385-china-y-la-argentina-acordaron-una-formula-para-equilibrar-la-balanza-comercial

 

En consecuencia estamos inmersos en una crisis civilizatoria con incidencia desquiciadora en los partidos comunistas y otras izquierdas que han preferido la conciliación de clases. Están señalando que el futuro de la humanidad depende de China. A quienes procuramos la deliberación de los pueblos, esto nos plantea generalizar la toma de posición:

 

Ante una crisis estructural del sistema mundo

21 de septiembre de 2016

Por Decio Machado (Aldhea)

Director Ejecutivo de la Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos

Cuando estamos a punto de que se cumplan ocho años de la quiebra de Lehman Brothers[1], la que fue una de las mayores compañías de servicios financieros del planeta y momento en el cual se oficializó la más grande crisis financiera de la historia desde el crack de 1929, la economía mundial no se ha vuelto aun a recuperar de los graves síntomas de desestabilización global.

La oficialización en Juzgados de la bancarrota de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 desató el pánico entre los inversores, lo que llevó al índice Standard & Poor´s 500 (S&P500) -uno de los índices bursátiles más importantes de Estados Unidos- a desplomarse cerca de un 40% ese mismo año.

Sin buscar profundizar en lo que fue la historia de la última crisis económica global, cabe recordar a modo introductorio que la crisis financiera del año 2008 fue fruto directo del colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos durante el año 2006, lo que provocó en octubre del 2007 la llamada crisis de las hipotecas subprime. Los impactos de esta crisis hipotecaria se manifestaron de manera extraordinariamente grave desde inicios del 2008, afectando primero al sistema financiero estadounidense y posteriormente al internacional. Sus consecuencias fueron múltiples, destacándose entre estas una profunda crisis de liquidez global que implicó grandes inyecciones de dinero en efectivo desde los bancos centrales de todo el mundo a los sistemas financieros privados, una crisis alimentaria que afectó a las regiones más pobres del mundo (especialmente a países como Malaui, Zambia y Zimbabue), junto a diversos derrumbes bursátiles (crisis bursátil de enero de 2008 como antesala de la crisis bursátil mundial de octubre de ese mismo año) y una crisis económica de magnitud internacional cuyos coletazos se extienden hasta nuestros días. Desde entonces atravesamos lo que podemos llamar una coyuntura pos-2008 que por lo prolongado de su duración genera gran preocupación a las instituciones de Bretton Woods.

Pero hagamos memoria, tras la crisis subprime y la burbuja inmobiliaria los diversos países afectados decidieron aplicar un programa de políticas de estímulo buscando dinamizar sus respectivas economías nacionales. Para evitar la deflación[2] y depresión que podrían conllevar este tipo de medidas, la Reserva Federal en coordinación con el Banco de Inglaterra, bajó los tipos de interés hasta cero y empezó a aplicar lo que se ha venido en denominar quantitative easing[3], llegando a aplicar este programa por tres veces consecutivas[4]. Este programa de compras expendida de activos, término con el que fue definido en Europa, ha sido aplicado también por el Banco Central Europeo buscando contribuir al incremento de la producción y los precios en el área de la Eurozona. En el viejo continente, el programa consiste en una inyección masiva de 1,15 billones de euros de liquidez adicional en el mercado que contempló inicialmente la adquisición total de 60.000 millones de euros que posteriormente se ampliaron a 80.000 millones de euros de compras mensuales hasta marzo del 2017. Además y fruto del impacto del Brexit en la economía británica, donde la caída del sector manufacturero y los servicios (desde la hotelería hasta informática y finanzas) luego del referendo del 23 de junio, el Banco Central de Inglaterra intervino bajando los tipos de interés a su nivel más bajo en décadas y anunciando un masivo programa de emisión de dinero electrónico, anunciándose así un nuevo programa dequantitative easing equivalente a unos 100.000 millones de dólares para estimular el crédito, el consumo y la producción.

Si bien es cierto que gran parte de los endeudamientos públicos globales, temática que abordaremos en el transcurrir de este texto, son parte de la salida dada a la crisis del 2008, también lo es que podría convertirse en el principal pilar de la próxima crisis global. Partiendo de este hecho estaríamos frente a una situación de crisis estructural, pues los mecanismos de corrección aplicados para rearticular el equilibrio económico y superar la crisis habrían dejado de ser una herramienta efectiva a futuro, prolongando el momento en que más temprano que tarde llegaría un fuerte colapso del sistema financiero global.

 

Dejando este punto para después, conviene indicar que la política expansiva estadounidense generó tasas de crecimiento sustancialmente mayores que las europeas, aunque si se analizan las recesiones habidas desde la Segunda Guerra Mundial, ésta ha sido de las recuperaciones más débiles que hemos conocido en la historia económica mundial. Larry Summers, quien ejerciera como secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y también como asesor del presidente Barak Obama ha llegado incluso a desarrollar la llamada tesis del “estancamiento secular”, según la cual el tipo de interés de equilibrio en la economía habría bajado tanto que las políticas monetarias ultraexpansivas no serían suficiente para estimular la demanda, llegándose a la conclusión que el crecimiento sólo se consigue ya por medio de burbujas que tras estallar vuelven a generar una economía maltrecha.

 

Es un hecho que la impresión generalizada en los círculos gobernantes es que han fracasado las medidas aplicadas de flexibilización cuantitativa, termino en castellano del quantitative easing. La justificación a la inyección de miles de millones de dólares en el sistema financiero mundial a través de estos programas fue tener las tasas de interés más bajas, buscando así estimular al capital financiero a invertir en la economía real. Sin embargo, ocho años después, la inversión global está muy por debajo de donde estaba antes del 2008 y no hay indicios de grandes estímulos en la economía global.

En la actualidad son muchos los defensores de estas medidas los que se preguntan sobre la utilidad real de éstas, sobre si la propagación de las tasas de interés negativo han roto el sistema bancario, o si ya comienza a ser hora de actualizar un modelo económico que ya poco nos dice sobre el mundo real en el que vivimos.

Teniendo en cuenta, como indica Immanuel Wallerstein, que el capitalismo es un sistema y que como todos los sistemas tiene una vida no eterna (los sistemas pasan por tres fases: creación, desarrollo y declive), podríamos estar asistiendo a su última etapa, si bien ésta puede prolongarse aun en agonía durante varias décadas y haciendo cada vez más daño al conjunto de la humanidad.

Si entendemos que la definición del sistema capitalista moderno viene dada por su necesidad de una incesante acumulación de capital (Wallerstein, 2006), el término crisis se definiría como “una situación caracterizada por un conjunto de fallos generalizados en las relaciones económicas y políticas de reproducción capitalista” (Busqueta et al., 2009:18).

Haciendo más comprensibles estos términos, diríamos que si definimos el Capital como un valor en movimiento que experimenta una expansión continuada por medio de la producción de plusvalía, cuando hablamos de crisis estamos hablando de la ruptura de este ciclo expansivo, lo que implica que los inversores preferirán guardarse el dinero antes de invertirlo pues entienden que en estas coyunturas no obtendrán el beneficio esperado frente al riesgo que asumen. Pero el Capital también puede estancarse en forma de dinero cuando no encuentra las materias primas adecuadas para materializarse o incluso fruto de otras circunstancias tales como cuando existe maquinaria que no está a pleno rendimiento, los inventarios de productos son excesivos, el desempleo no permite dinamismo en el consumo, etc. En la actualidad podríamos estar viviendo una situación en la que se van combinando múltiples factores de estas características.

Desde los textos de los Grundisse de Karl Marx ya sabemos que la tendencia hacia crisis cíclicas es una ley inherente al capitalismo. Es un hecho indiscutible que el sistema capitalista ha generado periódicamente docenas de crisis cíclicas por lo menos desde 1825, cuando la primera auténtica crisis de sobreproducción internacional golpeó al planeta. Ahora bien, la forma en la que se desató la crisis del 2008, a diferencia de otras anteriores, demuestra de que el sistema económico global ya no es tan sólido como lo era antaño, condición que hace que su recuperación sea muy lenta y altamente conflictiva. El endeudamiento global crece como la espuma mientras la competitividad general está semi estancada, a pesar de las visiones optimistas vertidas en el último informe The Global Competitiveness 2015-2016[5] las cuales no se corresponden con la realidad.

 

Lo que tenemos en la actualidad es un ritmo de crecimiento muy inferior al de antes de la crisis, un incremento permanente de la desigualdad global y una tendencia generalizada al elevado desempleo. Como apuntamos con anterioridad, la capacidad de endeudamiento de una economía capitalista está en relación directa a su nivel de competitividad, lo que hace imposible en las condiciones actuales que dicha deuda global se pueda reducir salvo que exista en algún momento quiebras masivas fruto de lo que el sistema consideraría una falla sistémica global, con las correspondientes quitas de deuda que de tal episodio catastrófico derivarían. En este sentido, es de esperar que el sistema monetario actual esté abocado al fracaso, aunque la deuda global en estos momentos se esté permanentemente renovando. Llegará un momento en que será imposible dilatar por más tiempo la necesidad de afrontar dichas obligaciones. La reducción de gastos en bienes de inversión está provocando que descenso de la tasa de crecimiento de la productividad de la economía, consecuencia de que los fondos acumulados por las grandes corporaciones están siendo canalizados hacia actividades especulativas como la recompra de acciones y las fusiones.

 

Los países desarrollados no han vuelto a crecer con fuerza desde el inicio de la crisis financiera del 2008, pero tras la caída de los precios de los commodities la situación se ha visto notablemente agravada, ya que las economías de los países emergentes ahora también tienen problemas de crecimiento y sufren la fuga de capitales hacía otros mercados. En este sentido, cabe resaltar que la fuga ilícita de capitales de los países en vías de desarrollo no proviene ni de la corrupción ni del narcotráfico, como a veces se plantea; tampoco de las fortunas individuales que se esconden en paraísos fiscales como las reveladas en este año por un consorcio mundial de periodistas a través de los Panama Papers, sino que estos encuentran sus vías de escape mayoritariamente por la manipulación de los precios de transferencias (sobrefacturación de importaciones de productos y servicios para inflar gastos y registrar una renta inferior a la real) de las compañías, episodio que veremos más adelante analizando el caso chino. El 64,3% de los flujos ilícitos globales proviene de operaciones comerciales manipuladas, muchas más que el 30,6% estimado por actividades criminales y el 5,1% derivado de la corrupción gubernamental, según indica el referencial informe Capitalism´s Achilles Heel elaborado por Raymond Baker delGlobal Financial Integrity.

 

Profundizando en lo anteriormente mencionado, cabe considerar es que si contemplamos el estancamiento de la economía japonesa, la cual siendo la tercera economía del mundo continúa luchando contra su escaso o nulo crecimiento económico a pesar de cuatro años de Abenomics–inyecciones monetarias, estímulos fiscales y reformas laborales neoliberales- y la cual al ritmo actual de compra de deuda para el 2020 su banco central tendrá dos tercios de los bonos del gobierno; la desaceleración china sobre la cual nos extenderemos más adelante; la situación de Rusia, en la cual la recesión económica se ha prolongado durante seis trimestres y donde se ha propuesto “un ambicioso plan de privatizaciones” según palabras de su viceprimer ministro Igor Shuvalov por el cual el Estado prevé el ingreso de un billón de rublos mediante la catastrófica venta de las petroleras Bashner y Rosneft, la naviera Sovkomflot y el banco VTB; un Brasil hundido en la recesión y donde el mismo día que se consumaba la destitución de Dilma Rousseff se conocía el dato de que en el segundo trimestre de este año su agonía económica se prolongaba contrayéndose su PIB un 3,8% en comparación con el mismo período del 2015; y con una Unión Europea de crecimiento muy débil y que tuvo que devaluar el euro para evitar un infarto económico; queda claro que la economía global no está en su mejor momento.

A continuación pasamos a hacer un repaso de los aspectos más significativos de la economía global y las perspectivas negativas que de estos deriva.

 

Ralentización de China

La economía de China estuvo durante casi cuatro décadas asombrando al mundo con unas tasas de crecimiento impresionantes. Sin embargo, desde 2008 los conductores del proceso chino se vieron obligados a abrir un proceso de reflexión que en la actualidad se ha transformado en un plan de reformas que generan muchas dudas a escala global.

Cuesta imaginarse que Deng Xiaoping tuviese realmente una dimensión de todo lo que significaría a la postre las reformas por él impulsadas (las “cuatro modernizaciones”) en el XI Comité Central del Partido Comunista de China en diciembre de 1978. En todo caso, hay que reconocerle al sucesor de Mao que hizo del pragmatismo la nueva ideología reinante para el establishment post-comunista chino.

Desde entonces, la modernización económica se convirtió en una prioridad en China, sustituyendo planificación por mercado, movilizando a importantísimos recursos laborales, abriéndose al mundo y transformándose en un centro de producción referencial a escala global. Desde que China se incorporara a las lógicas del capitalismo global, se diseñó una estrategia que buscó lanzar una reforma tipo “Big Bang” cada cinco años, y cada nueva apertura (privatización de la agricultura, impulso a los negocios privados, apertura a empresas extranjeras…) fue abonando el terreno para una nueva etapa de crecimiento. Durante estas últimas cuatro décadas se ha modernizado la industria y se han desarrollado ampliamente las infraestructuras, generándose espacios en el mercado laboral para una población activa que en la actualidad alcanza los 800 millones de personas.

En pocas palabras, la legitimidad del partido gobernante en China dejó de ser ideológica y amparada bajo el culto a la personalidad de Mao Tse Tung, para pasar a ser estrictamente dependiente de su capacidad de llevar a cabo reformas económicas y generar crecimiento en el país. En todo caso, queda para el debate teórico de quienes tengan voluntad de meterse en esos “barrizales”, discutir la tesis sobre si los sistemas autoritarios que demuestran capacidad de gestión son más propensos a favorecer un crecimiento rápido, como ha sido el caso de Corea del Sur, Taiwán y Singapur o en la actualidad sucede en China y Rusia.

Pero lo que fue la gran fiesta del “dragón rojo” ya terminó. En 2008 el entonces primer ministro Wen Jiabao calificó el crecimiento chino como “desequilibrado, descoordinado e insostenible”. Desde entonces hasta hoy la cosa no ha hecho más que empeorar: la deuda total en relación al PIB crece con rapidez; la ventaja que suponía la mano de obra barata –pieza fundamental para entender el acelerado crecimiento chino- se ha ido esfumando paulatinamente a la par que los trabajadores comenzaron a gozar de mejores condiciones para negociar su contratación y situación en el mercado de trabajo; y la actual fuga de capitales que sacude al país. Respecto a este último punto cabe indicar que al cierre del pasado año la fuga de capitales de China se cifraba sobre los 100.000 millones de dólares mensuales y en que en la actualidad dicha cuota parecerse haberse ralentizado hacía cifras cercanas a los 30.000 millones por mes, lo cual no deja de mermar parcialmente las inversiones en dicho país.

 

Las salidas de capitales son protagonizadas tanto por inversores internacionales como, sobre todo, por residentes chinos y todas tienen un denominador común: el temor a una mayor depreciación del yuan renminbi, temática que abordaremos más adelante. Los movimientos de los inversores internacionales se concentraron en la disminución de los depósitos offshore en la divisa china. Estos depósitos se utilizan tanto para las liquidaciones comerciales con China como por motivos de inversión.

 

Esta fuga de capitales se vehiculizan por tres canales básicos. Primero, numerosas empresas chinas amortizaron deuda en moneda extranjera, y buena parte de esta deuda ha sido contraída con bancos locales que habían adquirido obligaciones con bancos extranjeros. Así, el mayor repago de las empresas comportó una disminución de los créditos contraídos con los bancos no residentes (desinversión).

 

El segundo canal y posiblemente el más importante a través del que se vehicularon las salidas de capitales de residentes es la llamada “sobrefacturación de las importaciones”, un recurso que utilizan las empresas chinas para eludir los controles de capitales, mediante transacciones de capital no reportadas de manera oficial. La enorme discrepancia entre los datos reportados por la Agencia de Aduanas china en materia de importaciones y las transacciones bancarias con motivos comerciales, de 700.000 millones de dólares en 2015, hizo saltar la alarma. Sin embargo, la situación continúa, y las importaciones chinas de Hong Kong se dispararon hasta un 242% el pasado mes de mayo comparado con el año pasado mientras las importaciones en general caen año a año desde que comenzara la desaceleración económica. La mayoría de los analistas están de acuerdo en que en China sus compañías siguen entregando recibos falsos al regulador, escapando así de los límites de flujos de dinero al exterior. En definitiva, la sobrefacturación de importaciones, en particular a través de Hong Kong, sigue siendo un mecanismo utilizado para camuflar la fuga de capitales en el gigante asiático.

 

Finalmente, el incremento de las salidas por parte de los residentes chinos también se observa en el fuerte repunte de la inversión de las empresas chinas en activos extranjeros (IED), que se debe, en parte, a las dudas que se tiene al interior del país respecto a la capacidad de crecimiento de su economía.

Para contrarrestar el efecto de esta fuga de capitales y contener la fuerte presión bajista que se ejerce sobre el yuan, las autoridades chinas han “quemado” más de 11% de sus reservas –más de 300.000 millones de dólares- en el último año, buscando defender su divisa y evitar que esta sufra una caída desordenada. De igual manera se ha tenido que proceder con la venta de bonos estadounidenses. La deuda emitida por el Tesoro de los Estados Unidos al cierre del 2015 ascendía a 13,2 billones de dólares y el Banco Popular de China ya se vio obligado a vender hasta aquel momento por valor de 187.000 millones de dólares, casi una quinta parte del billón de dólares invertidos en bonos estadounidenses que se suponen están bajo control del banco central chino.

Al igual que muchas otras economías emergentes aunque en este caso de forma sobredimensionada, China prosperó de manera clásica, construyendo carreteras para unir las fábricas a los puertos, desarrollando redes de telecomunicaciones para conectar unos negocios con otros y ofreciendo a su histórico campesinado puestos con muy superior remuneración en fábricas urbanas. Pero llegó el momento del punto de inflexión en la economía china: la oferta de mano de obra procedente de las zonas rurales se agota y el empleo en las fábricas alcanzó su máxima capacidad (Gertken y Richmons, 2011); de igual manera la red de autopistas construida en China supera los setenta y cinco mil kilómetros, siendo la segunda más larga del mundo tras Estados Unidos; pero además, la tendencia demográfica se ha invertido y ahora el Estado tendrá que afrontar un novedoso reto respecto a cubrir las necesidades de su clase social pensionista.

 

El crecimiento de China se ha desacelerado. El crecimiento medio chino desde el año 2000 es del 9,6% mientras que el crecimiento medio mundial durante ese mismo período apenas alcanzó el 2,9%. Desde que comenzó la última crisis global (2007) la economía de China ha multiplicado su tamaño por tres, pasando su PIB de 3,5 billones de dólares a 10,5 billones de dólares en la actualidad. Sin embargo al cierre del 2015 la relación entre el crecimiento chino y el global había menguado notablemente: 6,8% y 2,3% respectivamente y es de presumir que dicha tendencia siga a la baja.

El camino más probable para China es el que siguió Japón a principios de la década de 1970, cuando su economía en auge desde el fin de la guerra se ralentizó sustancialmente pero continuó creciendo a un ritmo respetable, algo esperable en la fase de madurez de cualquier economía “milagro”. China podría ser Japón veinte años más tarde y diez veces más grande, lo cual tiene serías implicaciones, pues los inversores y las compañías que apostaron por un crecimiento de dos dígitos en China van poco a poco saliendo del país.

 

La desaceleración china supone el fin de un ciclo económico global, cerrando una etapa que para bien o para mal ha alterado el curso de la historia económica durante las últimas décadas. Se fue reduciendo la pobreza global al mismo tiempo en que se aceleraron las amenazas de destrucción ambiental, el calentamiento global y la forja de un nuevo modelo de imperialismo global a pesar de que muchos analistas institucionales al servicio de los gobiernos del Sur se nieguen a verlo.

 

Pese al bajón económico general, el superávit de la balanza comercial china al cierre del 2015 fue de 594.500 millones de dólares, lo que junto a un colchón de reservas de divisas que llegó a ser de hasta cuatro billones de dólares (China es uno de los principales acreedores de Estados Unidos), ha permitido hasta ahora absorber otros indicadores económicos que comienzan a ser altamente conflictivos. Sin embargo, pese a que la maquinaria import/export china se mantiene en marcha, su cambio de velocidad a una marcha más reducida ha impactado fuertemente sobre la economía global.

El crecimiento chino en el año 2015 ha sido de un 6,9%, su menor aumento en los últimos 25 años. (…)

A pesar de que a finales del pasado mes de agosto el portavoz de la cancillería china, Lu Kang, anunciase que la comunidad internacional “está completamente segura sobre los indicadores económicos y el potencial de desarrollo de China en el futuro”, la preocupación de su gobierno es evidente y se manifiesta también ante los vaivenes de su mercado bursátil.

Este 24 de agosto se cumplió un año desde la debacle bursátil china, conocido como el “agosto negro”, que agitó los cimientos de todos los mercados internacionales, alcanzando la volatilidad sus niveles más altos en cinco años pero que nunca llegó a generar una amenazar real sobre la macroeconomía china. Durante este último año, los títulos se han mantenido estables, pero han ido creciendo burbujas en los bonos y los bienes raíces, dos mercados que desempeñan un papel mucho más importante en la economía asiática que los ahorros de los millones de inversores minoristas que se vieron afectados por la crisis bursátil de agosto del 2015. Mientras el crecimiento de los préstamos siga acelerándose más que el PIB, es difícil afirmar que la economía china haya establecido una verdadera base para la estabilidad financiera.

El redimensionamiento actual de las políticas chinas buscan estabilizar el crecimiento de sus exportaciones, frenar el declive de los beneficios de su sector manufacturero y profundizar las reformas de las grandes empresas estatales a través de determinadas políticas monetarias y fiscales.

En este sentido, el Consejo de Estado chino ha diseñado diversas políticas destinadas a tratar de impulsar las pequeñas y medianas empresas para fortalecer la demanda interna.

 

A pesar de lo anterior, las previsiones de crecimiento para China en este año se mueven en torno al 6,3%, un nivel que quedaría por debajo del objetivo autoimpuesto por el gobierno asiático. A principios de año se conoció el dato de transporte ferroviario en China, un indicador importante de su actividad económica, el cual cayó un 11,9% en 2015. El debilitamiento chino durante el presente año es aún más acusado que el experimentado en el 2015, situación que sigue impactando negativamente en los exportadores de materias primas que en todo el planeta destinan sus mercancías al mercado oriental. Esta realidad afecta especialmente al caso de América Latina, donde el suministro de commodities a China permitió altas tasas de crecimiento durante la llamada década dorada.

 

En el caso de las economías asiáticas vecinas a la República Popular de China, el impacto es diverso. Algunas reciben el capital que en estos momentos está saliendo del gigante asiático, condición positiva para los países receptores. Es evidente que el mapa económico chino está cambiando y que las ventajas competitivas de las que anteriormente disponían ya no funcionan de igual manera.

 

El alto endeudamiento privado que enfrenta China es un problema grave, amortiguado por el hecho de que dicho endeudamiento se desarrolle en su propia moneda. Lo anterior no quita para que esta situación pudiera desembocar en un nuevo tsunami financiero global, pues su “banca en la sombra” ha crecido a niveles exponenciales y más de seis mil bancos subterráneos operan desde los trasfondos de su economía. Si bien el sistema financiero del país no está ni remotamente cerca de un colapso –siendo más robusto que el de algunos países desarrollados-, los préstamos ocultos en los balances de los bancos, que forman parte de las inversiones a corto plazo, y fuera de los balances como los préstamos del sistema bancario en la sobra se elevan a 34,4 billones de yuanes (2 billones de dólares), más de cinco veces el volumen de préstamos de alto riesgo que tenía Estados Unidos al comienzo de la crisis financiera del 2008.

Según datos del departamento de estudios del banco de inversión estadounidense Goldman Sachs, la deuda total de China (publica y privada) ya alcanza cuotas del 270% de su PIB (170% de las corporaciones, 60% del gobierno y el 40% de los hogares), representando dicho PIB el 17% de la economía mundial. Esto hace que curiosamente el PIB nominal chino esté por debajo que el PIB real, es decir, gran parte de los nuevos prestamos no tienen como finalidad estimular la economía sino pagar otros préstamos adeudados.

 

Bajo este escenario, tendríamos muchas razones para pensar que China el mercado de bonos corporativos está sobrecalentado, aunque cierto es también que en la actualidad empresas y consumidores piden dinero prestado en China porque lo necesitan y mantienen un flujo de efectivo que les permite pagar las deudas contraidas. Durante el primer cuatrimestre de 2016, China emitió un billón de nuevos créditos, lo que proporcionó un impulso a la inversión y a la actividad económica en el corto plazo. Aunque el gobernador del Banco Popular de China, Zhou Xiaochuan, haya expresado en diferentes momentos su preocupación por el aumento del nivel de deuda corporativa, lo que posiblemente creará graves dificultades más adelante, no se va a frenar a corto plazo el crédito chino. Sin embargo los problemas se visualizan en el marco de la sostenibidad financiera en el mediano plazo, dado el gran aumento de la relación deuda-PIB durante los últimos años (entre 2008 y el presente año esta relación se incrementó en 122 puntos porcentuales).

 

Las empresas chinas están utilizando la deuda interna para ayudar a financiar un atracón de fusiones y adquisiciones en el extranjero que asciende a casi 100.000 millones de dólares durante el primer trimestre de este año. Según los analistas del Fondo Monetario Internacional (FMI), se calcula que los créditos potencialmente en riesgo en el país asiático ascienden a 1,3 billones de dólares, lo que podría traducirse en condiciones adversas en unas pérdidas bancarias de 756.000 millones de dólares (7% del PIB), considerándose una proporción de pérdida superior de 60% en todos los créditos corporativos potenciales en riesgo. Mientras el crédito crece cerca del doble de rápido que la producción, su capacidad de fomentar un mayor crecimiento está paulatinamente disminuyendo.

 

El gobierno chino ya acepta públicamente los niveles internos de riesgo y en palabras de su primer ministro, Li Keqiang, se debe “hundir el cuchillo sin piedad en las empresas zombi”. Esta aseveración implicará medidas de shock destinadas a reestructurar a las firmas salvables, reconocer y asignar pérdidas de acreedores, ocuparse de los trabajadores desplazados que queden sin empleo y otros tantos costos sociales más derivados de las lógicas de perfil librecambistas destinadas a una mayor apertura de los mercados al sector privado. Próximamente China se enfrentará, como el resto de países desarrollados, al desempleo estructural y a la reasignación de trabajadores a otras funciones diferentes a las que actualmente ejercen, teniendo que afrontar fuertes gastos de cobertura social hasta ahora no conocidos.

 

En la actualidad China tiene que afrontar tres burbujas acumuladas y combinadas: inmobiliaria, crediticia y bursátil. Todas ellas derivan de la huida hacia delante emprendida por China tras la crisis de 2008 (Crespo, 2016), con incremento del gasto y del endeudamiento general así como de los estímulos monetarios para conseguir mantener el ritmo de crecimiento anterior teniendo en cuenta el exceso de capacidad de muchas de las industrias existentes en el país. Pero además, hemos de tener en cuenta que en la última década el principal motor del auge chino fue el aumento de la inversión del 35% a casi el 50%, una cifra sin precedentes en ningún otro país de importancia. Esta inversión incluye desde redes de transportes y comunicaciones hasta edificaciones destinadas al sector empresarial y equipamiento, fábricas y maquinaria para las mismas. China gastaba más en inversiones nuevas –principalmente en construcción- que las economías estadounidenses y europea (donde las inversiones son del 15 y 20% del PIB respectivamente). Pero este tipo de gasto ya no puede continuar, pues la economía china ha entrado en una fase de madurez que le obliga a transitar de una economía eminentemente industrial a otra en la que predomine el sector servicios y donde el ritmo de crecimiento será más débil (Crespo, 2016).

 

Pero además China ha alcanzado ya el punto de inflexión de Lewis[6] y su población comienza a alcanzar también niveles altos de envejecimiento, lo que está permitiendo un incremento de los salarios reales debido a que la demanda de trabajo menguó respecto a la oferta. Cabe señalar también que los salarios agrícolas han crecido más rápidamente que los salarios que perciben los migrantes en las grandes ciudades (Sharma, 2012), lo que ha reducido notablemente la afluencia a las ciudades y permitido mejores oportunidades en el ámbito de la negociación de mejoras laborales por parte de los trabajadores. En resumen, las condiciones actuales de China hacen que se pierda su principal ventaja competitiva respecto a otros países del planeta y el motor fundamental de su crecimiento acelerado: la mano de obra barata. Muchos empresarios ya han trasladado sus antiguas fábricas desde China a países como Indonesia y Bangladesh buscando mayores tasas de competitividad empresarial.

 

En definitiva, es un hecho que en esta nueva etapa en la que ha entrado la economía china su crecimiento ya no estará determinado por la inversión masiva en infraestructuras, la cual se dará a un ritmo bastante más débil e intentará ser compensado mediante bajadas de tipos de interés y reducción de las reservas obligatorias que deben tener los bancos en el banco central chino (Crespo, 2016). Pero es precisamente esa combinación entre ralentización del crecimiento y bajada de tipos de interés lo que está provocado la salida de capitales de China, lo que produce una cada vez mayor presión tendente a la depreciación del yuan renminbi, generándose así desequilibrios en la economía china y por ende en la economía global.

 

Durante el último año, la divisa china ha seguido perdiendo valor contra las principales monedas del mundo, aunque a un ritmo más moderado de lo que se había inicialmente estimado. El yuan se ha depreciado contra el dólar un 6,7 adicional. Por el contrario y debido a las políticas de quantitative easing a la europea articuladas por el Banco Central Europeo, la divisa china se apreció hasta diciembre pasado para, a partir de ahí, depreciarse hasta los 7,37 CNY/EUR, lo que supone una depreciación del 9% en el último año. Por último, frente al yen japonés, la caída del yuan ha sido mucho más virulenta ya que la divisa japonesa, alcanzando un registro por encima del 30%.

 

Sin duda, la evolución del yuan es una señal más importante para los mercados financieros que la evolución de las bolsas chinas, las cuales sumadas (bolsas de Shangái con 4,46 billones de dólares y Shenzen con 3,42 billones de dólares) no llegan ni a la mitad de la bolsa de Nueva York.

 

De igual manera, la liberalización financiera en China ha avanzado significativamente en los últimos tres años y medio, tanto en el ámbito interno, donde se ha impuesto una mayor relevancia de los criterios de mercado en el funcionamiento del sistema bancario, como en el externo, con la adopción de una serie de medidas que han culminado con la inclusión del renminbi en la cesta de los Derechos Especiales de Giro del FMI (DEG)[7]. Sin embargo este proceso de liberalización financiera, el cual es uno de los ingredientes fundamentales en la fase actual del procesos de reorientación del modelo de crecimiento de China, implica importantes factores de riesgo en el corto plazo, como se ha puesto de manifiesto en los episodios de turbulencias registrados durante el año pasado y el comienzo de este: devaluación del yuan, fuga de capitales, caída de la bolsa… Históricamente, los procesos de liberalización financiera raras veces han estado exentos de episodios de intensa volatilidad o crisis (Díaz, 1985), lo cual genera inquietud a corto y medio plazo.

Los problemas en China tienen por su dimensión una afectación planetaria. La ralentización del crecimiento chino tuvo un impacto directo sobre la demanda y el precio de las materias primas en los mercados globales. El impacto de esa caída de precios ha deprimido las economías de los países emergentes haciendo que algunos de ellos entraran en recesión y otros aún estén en riesgo de hacerlo. Pero su impacto va más allá, afectando a economías saneadas como Arabia Saudí o distintos países del mundo desarrollado como es el caso de la Unión Europea. Si China estornuda, todo el mundo se resfría.

 

Dificultades actuales de los países emergentes

Antaño los mercados emergentes fueron despreciados por los inversionistas pues eran considerados como un ejemplo a la inversa de la regla 80/20, por la cual se entiende que los beneficios de los inversores provienen siempre del 20% de sus clientes. Durante gran parte de la segunda mitad del pasado siglo los mercados emergentes supusieron el 80% de la población mundial, pero tan sólo el 20% de su producción económica.

Entrando en el presente siglo, los pesos pesados de la inversión (fondos de pensiones, fondos de dotación financiera a universidades y otros) aún consideraban a los mercados emergentes como demasiado pequeños para generar rentabilidades de interés. En el caso de los países de gran tamaño, sus mercados también eran despreciados, en este caso, por ser considerados de alto riesgo.

Con la llegada del boom de los precios de los commodities (2003) esta lógica cambio. Los flujos de capital privado a países en desarrollo pasaron de dos mil millones de dólares en el año 2000 a casi un billón de dólares al año en 2010 (Sharma, 2012). Incluso los brokers y analistas financieros de Wall Street pasaron a afirmar que frente al declive de las economías occidentales, la tendencia del fluir del dinero pasaba a ser Oriente y el Sur. La suma de fondos de inversión en acciones de mercados emergentes creció entre el año 2000 y 2005 un 92%, mientras que en el quinquenio siguiente (2006-2010) ese crecimiento fue del 478% .

La segunda mitad de la primera década del siglo XXI posicionó a los mercados emergentes como un poderoso actor con capacidad de generar beneficios, desarrollándose la falsa idea de que las economías BRIC seguirían creciendo de forma interrumpida durante la siguiente década.

De hecho, en general se asistió a la racha de crecimiento más extendida que el mundo ha vivido en el transcurso de su historia: entre los años 2003 y 2007 la tasa de crecimiento media del PIB en estos países pasó del 3,6% en las dos décadas anteriores al 7,2%, no quedando casi ningún país en desarrollo fuera de este fenómeno. En 2007, punto álgido de este crecimiento, todas las economías del mundo crecieron (ciento catorce países llegaron a alcanzar cuotas por encima del 5%) con excepción de Fiji, República del Congo y Zimbabue. El mundo vivió un momento de Goldilocks economy global similar a lo que fue la “economía de cuento de hadas” de la que disfrutó Estados Unidos en la década de 1990.

 

Más allá de la hasta hace poco creciente demanda global de recursos naturales por parte de la economía china, no debemos ignorar el hecho de que los mercados emergentes empezaron a crecer a mediados de 2003, después de que las sucesivas reducciones en los tipos de interés estadounidense –que tenían como objetivo mantener una recuperación después de que la burbuja tecnológica hubiera estallado dos años antes- pusieran en marcha un flujo de dinero fácil en todo el mundo, del cual gran parte terminó aterrizando en los mercados emergentes. El flujo de dinero privado suponía el 2% del PIB de los mercados emergentes en la década de 1990 y saltó al 9% de un PIB mucho más alto en 2007.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta que el período de tiempo medio en que los inversores conservan acciones, pasó de un máximo de dieciséis años durante la década de 1960 a cuatro años en la actualidad. De hecho, hay una consideración generalizada en el mundo del capital especulativo y la inversión financiera sobre que no tiene mucho sentido hablar de futuro más allá de cinco a diez años. Es un hecho que el período más largo que revela patrones claros en el ciclo económico global ronda una década, siendo un ciclo económico medio de aproximadamente unos cinco años. Tanto el mundo de la inversión como las estrategias operativas de las grandes corporaciones acotan a períodos de tres, cinco o como mucho siete años sus estrategias y análisis de rentabilidad. Enmarcado en lo anterior, este momento se está generando un cambio en el flujo de capital en la búsqueda de nuevos mercados de inversiones.

 

En la actualidad, con un mundo reconvertido a un crecimiento global ralentizado, las economías del Norte y de China redujeron las importaciones de commodities de los países del Sur global. Por otro lado, los indicios de una política menos expansiva de la Reserva Federal de Estados Unidos ponen un freno a la búsqueda de rendimientos en los mercados emergentes y, a raíz del momento actual de crecimiento decepcionante, incluso el capital que busca crecimiento ha menguado su inversión en los mercados del Sur. Esta condición hace que los mercados emergentes, más allá de “alucinaciones” pasajeras, tengan que enfrentarse a lo que podríamos definir como una “nueva normalidad”.

Más allá del positivo impacto de la industria sobre el crecimiento de los demás sectores productivos reconocidos en las leyes de Kaldor[8], cabe indicar que los BRIC y otros tantos países emergentes no han innovado mucho en su modelo de desarrollo durante estos últimos años. Dicho modelo ha sido similar al adoptado por Japón, Corea del Sur y Taiwán en la segunda mitad del siglo pasado. Todas estas economías de alza bajaron de en torno al 10% a alrededor del 5% cuando sus rentas per cápita alcanzaron un nivel medio-alto (Japón a mediados de la década de 1970, Taiwán a finales de 1980 y Corea del Sur a principios de la de 1990).

El PIB per cápita del mundo pasó de menos de 8.000 a aproximadamente unos 10.000 dólares, a precios y paridades de compra del año 2005 durante el período 2000-2010, tal y como indica el cuadro anterior. Esto fue positivo y la mejora del nivel educativo y el desarrollo industrial ha tenido también buenos efectos en prácticamente todo el planeta.

 

Sin embargo y hablando claro, si bien es cierto que han existido países de la periferia más cercana al centro que han conseguido, mediante dinámicas de desarrollo tardo-capitalistas, ocupar posiciones prominentes en el mercado global a costa de viejas potencias en declive, basta releer la teoría marxista del desarrollo desigual y combinado para poner en discusión que está regla pueda generalizarse. En la cúspide de la pirámide no hay sitio para todos, y esto implica que muy pocos países hayan logrado un crecimiento rápido y sostenido a lo largo del tiempo.

 

Haciendo un breve recorrido sobre la historia económica reciente veremos que a lo largo de cualquier década desde la segunda mitad del siglo pasado, sólo una tercera parte de los países emergentes han logrado crecer a una tasa de crecimiento anual del 5% o superior. Menos de un cuarto han mantenido ese ritmo durante dos décadas y la décima parte durante tres. Sólo seis países (Malasia, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y Hong Kong) han mantenido esta tasa de crecimiento durante cuatro décadas y dos de ellos (Corea del Sur y Taiwán) durante cinco. De hecho, durante las última década -con excepción de China e India- todos los demás países que consiguieron mantener una tasa de crecimiento del 5% era la primera vez que lo hacían.

 

Ahora, tras la caída del mercado de commodities y su actual proceso de muy lenta recuperación, todas las naciones cuyo crecimiento ha estado ligado al auge de los precios de las materias primas se enfrentan a una década difícil. Brasil es el caso más emblemático y conocido en este momento; aunque en el continente africano, Nigeria -su país más poblado con 170 millones de habitantes- también se ha visto fuertemente afectado por la caída del precio del crudo, la inflación, la inseguridad, la crisis humanitaria y problemas de carácter energético. La reciente destitución de Dilma Rousseff en Brasil, así como el deterioro político –tras la caída del precio de los metales- del Congreso Nacional Africano (ANC) en Sudáfrica, son tan solo algunos ejemplos que muestran como la recesión económica también implica un fuerte deterioro político para los partidos y líderes que han sido referenciales durante la última época.

 

Con el doloroso final de una época dorada de dinero fácil y crecimiento también fácil, el capital está generando un nuevo mapa de mercados emergentes, lo que está implicando para algunas economías antes muy beneficiadas un fuerte impacto por fuga de capitales. Un caso significativo de esta nueva realidad es México, donde mientras el servicio de deuda sigue creciendo, se registra una salida de capitales por 11.368 millones de dólares durante este primer semestre.

Pero aún hay más. Si analizamos lo que ha sucedido durante los últimos treinta y cinco años en los países emergentes tras fuertes caídas del precio de la materias primas, encontraremos sucesos como: crisis de deuda en América Latina (década de 1980); crisis de México (1994); crisis financiera asiática (1997); y crisis financiera de Rusia (1998). Que al momento actual aún no haya explotado ningún BRIC puede entenderse como consecuencia del alto nivel de reservas de divisas que acumularon en los años de bonanza, pero la tranquilidad está lejos de andar asegurada.

Si tal y como parece apuntar las recientes declaraciones de la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, vamos a una nueva subida de los tipos de interés en Estados Unidos, la situación de los países emergentes se complicará aun más. La deuda exterior de estos países en diferentes divisas extranjeras equivale a 10 billones de dólares, de los cuales el 75% son en moneda dólar. Si la Reserva Federal eleva los tipos de interés, la capacidad de pago tanto de empresas como gobiernos de los países emergentes se verá afectada negativamente, teniendo en cuenta la apreciación mantenida del dólar y la devaluación de muchas de estas divisas nacionales.

 

Altos niveles de endeudamiento global

Desde 1982 han estado bajando los tipos de interés a escala planetaria. Eso propició que el mundo se diera una etapa de prosperidad sin precedentes, pero por otro lado propició que la deuda global se triplicara respecto al PIB planetario.

Las políticas de estímulo monetario aplicadas desde 2008 llevaron a una de las muchas situaciones inéditas que se han vivido tras esta crisis: en el año 2015, los bancos centrales de todos los países (excepto los de Brasil y Estados Unidos) bajaron sus tipos de interés de referencia y algunos de ellos se sitúan por debajo de cero.

Las dos excepciones, Brasil y Estados Unidos, subieron tipos de interés por razones bien diferentes: en Brasil esta medida buscó contener una inflación en auge, mientras que en el caso estadounidense la Reserva Federal inició el cambio de tendencia hacia tipos de interés más altos y que podría reafirmarse en breve.

Los primeros en saltarse esa barrera de contención del 0% fueron los bancos centrales de Suiza, Dinamarca y Suecia, seguidos inmediatamente por el Banco Central Europeo. A comienzos de 2016 se les sumó el Banco de Japón, que también precedió a aplicar un tipo de interés negativo a parte de las reservas que los bancos comerciales tienen en depósito con él. Se supone que esto se hace para obligar a los bancos comerciales a prestar dinero.

Ya hay bancos que han traspasado límites antes impensables, como el Banco Nacional de Suiza (-0,75%) y el Sveriges Riksbank o Banco Central de Suecia, quienes para depósitos de un día utilizan un tipo del -1,25%.

Y junto a los tipos de interés de corto plazo negativos llegaron también las rentabilidades negativas para la deuda pública y para la renta fija privada de algunos emisores con calidad crediticia demostrada. Así, en diciembre de 2015, el 50% de la deuda pública de gobiernos europeos con vencimiento en plazos de menos de cinco años tenía rentabilidad negativa. En algunos casos, como la deuda alemana a dos años, había llegado en febrero de 2016 al interés negativo del -0,49%. En julio, Holanda era el último país que se incorporaba al “club de la rentabilidad negativa”, donde en una lista de catorce países destacan Suiza, Alemania, Japón, Dinamarca e Italia.

Según las estimaciones del Banco de América Merril Lynch, actualmente la suma de valores con un rendimiento negativo supera los trece billones de dólares. Este pantanal de “arenas movedizas” comienza a engullirse también a los bonos corporativos, siendo un hecho que ya resulta imposible obtener intereses de los bonos por un valor en unos 250 millones de dólares.

Como el negocio bancario consiste en tomar dinero a corto plazo y prestarlo a plazo largo, quedándose el banco con la diferencia entre lo que paga por los depósitos y lo que cobra por los préstamos y asumiendo el banco el riesgo de que ese dinero de largo plazo no le sea devuelto, el pagar a los clientes de los depósitos una cantidad más baja que la que se cobra por prestar a largo plazo corre el riesgo de terminar implicando dejar de prestar o reducir mucho su volumen de préstamos, lo que producirá un frenazo en la actividad económica, algo que puede terminar convirtiéndose en una recesión. Esta locura se traduce en que ante una situación en que tanto para el corto como para el largo plazo los tipos sean negativos, el beneficio bancario consistiría en cobrar a los que abren un depósito o una cuenta de ahorro en un banco una cantidad determinada y regalarían a sus cliente de pasivo, quedándose el banco con la diferencia, que sería así su margen de intermediación. Teniendo en cuenta que la banca siempre gana, esta sería la nueva forma de operatividad bancaria en un mundo que tiende a volverse del revés bajo la expansión de los tipos de interés negativos.

 

Pero más allá de elucubraciones, lo que está claro es que en la actualidad los tipos de interés de corto plazo han bajado más de veinte puntos porcentuales y los de largo plazo más de diez. Este tipo de interés ultra bajo o incluso negativo ha impactado directamente en uno de los pilares del sistema financiero global: los fondos de pensiones y compañías de seguros comienzan a sentir peligrar la totalidad de su modelo de financiación.

La bajada de los tipos de interés a lo largo de los ocho años que van de 2008 a 2016 ha favorecido a quienes tenían endeudamiento y ha perjudicado a quienes tenían ahorro. Dentro de estos perjudicados, hay un sector que ha sido parcialmente o totalmente compensado por la revalorización en el precio de los activos que esa bajada de tipos de interés provocó por un período bastante largo. Los especuladores que tenían dinero invertido en bolsa se han beneficiado extraordinariamente de una subida de tipos de interés insólita, lo que les ha compensado total o parcialmente de la escasa rentabilidad proporcionada por los depósitos bancarios o por las letras del Tesoro. Aún más si se tiene en cuenta que quienes tuvieran inversiones bursátiles se han beneficiado no solo de la fuerte recuperación experimentada desde marzo de 2009 sino también del pago de dividendos.

Para quienes tenían una cartera de deuda pública a vencimiento, los resultados habrán sido una mezcla de buenas rentabilidades pasadas (de cuando los tipos de interés de la deuda pública o las emisiones de deuda de las empresas todavía llevaban un pago de cupón asociado bastante alto) y nulas rentabilidades después de que esos títulos antiguos vencieran.

Es por lo anterior que se ha dado un aumento imparable de la deuda global desde la última crisis financiera, lo cual combinado con indicadores de escaso crecimiento, hace que este monto esté estimado en la actualidad en unos 200 billones de dólares (tres veces el tamaña de la economía global). Lo anterior vaticina un potencial desastre en caso de que suceda algún descalabro de envergadura que pudiera desencadenar una nueva ronda de incumplimientos similar a la sucedida en 2008. En la memoria de muchos está la década de 1990, cuando la burbuja de la deuda soberana de países como Indonesia, Tailandia o Corea del Sur, sumadas a un default por parte de Rusia, desencadenaron una grave crisis en los mercados emergentes.

 

Si bien la deuda es la clave del arco del desarrollo económico mundial en los últimos treinta y cinco años, tras la crisis financiera de 2008, la banca de los países emergentes volvió a abrir el grifo del crédito a hogares y empresas. Desde 2009, el nivel medio de deuda privada en las economías emergentes ha pasado de representar un 75% del PIB al 125%, según datos del Banco de Pagos Internacionales. Países como China y Brasil tienen niveles de deuda privada del doble de tamaño de sus economías.

En la práctica, lo que está sucediendo es que la deuda que vence se renueva (de momento hay liquidez global) y en ese sentido, el conjunto de las siete economías más desarrolladas y de las más grandes de los países emergentes (los BRIC) se enfrentan tan solo en el 2016 al vencimiento de deuda por el equivalente de siete billones de dólares. Un cifra similar venció en 2015 y fue automáticamente renovada con los incrementos derivados del gasto financiero. Sin duda los tipos de interés cero a los que hacíamos referencia con anterioridad, han ayudado a que la deuda vaya siendo soportable.

 

i Hacemos un recorrido por los países más endeudados en relación con su PIB encontraremos en la cabeza del ranking a Japón (400%), seguido de Irlanda (390%), Singapur (382%), Portugal (358%), Bélgica (327%), Holanda (325%), Grecia (317%) y España (313%). La deuda pública no se paga, están siendo sistemáticamente renovadas o canceladas por los bancos centrales. Mientras la cuerda aguante…!

En todo caso, buena parte de la deuda pública emitida por los países occidentales y Japón está en manos de sus bancos centrales respectivos, llegando algunos de estos bancos a comprar otros tipos de activos que no son ni renta fija pública ni privada. Estamos ante una transformación del sistema económico capitalista, donde el discurso del achicamiento del Estado dejo de tener valor, ahora el Capital y las grandes corporaciones necesitan al Estado para sobrevivir. Por ahora esas compras desarrolladas por los bancos centrales se han limitado a otros tipo de activos financieros[9] , pero es de suponer que más temprano que tarde llegarán al sector de los activos físicos.

En definitiva, la ingente cantidad de deuda con rendimiento negativo y los inflados balances de los bancos centrales, cada vez más cargados de deuda soberana sin que la economía global termine de despegar, plantea de forma inevitable la hoja de ruta hacia una burbuja de deuda. Estamos, como ya ha vaticinado Bill Gross del Pacific Investment Management, uno de los gurús en renta fija, ante una “supernova a punto de estallar”.

Los bonos soberanos constituyen en este momento probablemente una de las mayores burbujas de la historia financiera, y un escenario alternativo de repunte inflacionario significaría una corrección de tal envergadura y dramatismo de los precios de la deuda pública, que sus gestores deberían dedicar una parte de la cartera a cubrir este riesgo de cola. Aunque el sistema financiero es mucho más sólido de lo que era en 2008 y hay abundante liquidez y menos apalancamiento, las condiciones están dadas para que el pinchazo pueda llegar a tener dimensiones apocalípticas.

 

Proliferación de bonos basura

Fruto de las tasas de interés negativo en el mercado de renta fija, el montante total de los bonos con rentabilidad negativa supera ya los 13,4 billones de dólares y sigue en aumento, los inversores se han volcado sobre los títulos de alto rendimiento, es decir, los conocidos bonos basura.Los inversores en bonos son por definición los más conservadores. Sin embargo, fruto de la baja de tipos y el aumento de masa monetaria muy por encima del crecimiento del PIB real, incluso esos inversores están pasando a aceptar cada vez mayor riesgo por menor rentabilidad. Los bonos de alto riesgo, high yield o bonos basura, se han fortalecido durante el presente año notablemente, pero cotizando a mínimos de rentabilidad exigida en los últimos treinta y ocho años.

Desde sus mínimos, los bonos emergentes han recuperado hasta el 50% de su valor, repuntando los papeles en dólares así como los denominados en moneda local. Un buen ejemplo de estaperformance son los fondos ETF (Exchange Traded Funds)[10] dedicados a seguir estos bonos.

Mientras que según las calificadoras Moody´s y Standard and Poor´s la solvencia crediticia, ratio de capacidad de repago de deuda, se ha reducido a niveles del año 2008 tanto en la mayoría de los países como en el entorno corporativo, la política impulsada por los bancos centrales en busca de una inmensa liquidez fracasa. Los inversores privados buscan la rentabilidad que la renta fija ya no les puede dar. El riesgo crece y las consecuencias saltan a la vista: en diciembre del pasado año, en tan solo una semana tres fondos de bonos basura (Third Avenue Management, Stone Lion Capital Partners y Lucidus Capital Partners) cerraban por insolvencia.

Pero a pesar de lo anterior, los fondos que invierten en bonos basura mantienen su atractivo para inversores, motivo por el cual han vivido una notable recuperación de sus suscripciones netas desde el pasado mes de marzo. Por otro lado, las empresas fueron incentivadas a responder a esta creciente demanda con cuantiosas colocaciones de deuda barata, motivo por el cual no solamente vienen creciendo las emisiones de deuda corporativa, sino también lo viene haciendo la proporción de emisiones de bonos basura[11].

El volumen emitido de estos bonos basura en el primer trimestre del presente año fue de 51 mil millones de dólares, superando ampliamente los 42 mil millones emitidos en el ultimo trimestre de 2015.

Sin embargo, muchos de estos fondos obtenidos a través de la deuda basura no son canalizados a inversiones productivas que se traduzcan en un crecimiento de las empresas. Más bien, estos se destinan a recompras de acciones, fusiones, adquisiciones y refinanciamientos de deudas anteriores, todo lo cual es sinónimo de un aumento del apalancamiento y el manejo especulativo de la inversión. Este modelo pudo sostenerse en los últimos años porque fuimos testigos de un crecimiento sostenido en los márgenes de ganancias, los cuales alcanzaron un pico histórico el último. Sin embargo, la burbuja existe y sigue creciendo dado que muchos de estos precios están vacíos de sustentos económicos que los expliquen. Si la coyuntura económica deja de acompañar, tarde o temprano viviremos una nueva crisis.

Este sobreapalancamiento ya comenzó a dar señales de alerta como consecuencia de una desaceleración en el crecimiento de las ganancias corporativas y el aumento sostenido de los niveles de deuda. Por otra parte, las calificaciones crediticias de las compañías no andan bien, y muchas de ellas se están desplomando. Solamente en el primer trimestre de este año ya se habían sobrepasado el acumulado de todo el año 2015 respecto a las compañías afectadas por la calificación de Moody´s como bonos basura. Hasta la petrolera Exxon, fruto del hundimiento del precio del petróleo en primeros de año, llegó a perder la calificación AAA por parte de Standard & Poor´s, quedando en este selecto club tan solo las corporaciones Microsolf y Johnson & Johnson.

En resumen, son múltiples los factores que en la actualidad generan alerta en el ámbito de las finanzas globales. La explosión de alguno de estos factores o la combinación entre varios de ellos podrían generar un nuevo estallido económico sin que el planeta haya salido del todo de los impactos de su última crisis. Sobrevuela nuevamente sobre nuestras cabezas el fantasma de una gran depresión económica mundial. Notas:(...)

Fuente: https://www.aldhea.org/ante-una-crisis-estructural-del-sistema-mundo

 

 

 

 

 Alternativas postcapitalistas

 

 

Reflexionemos sobre la dirigencia e intelectualidad que convocan a subordinar la humanidad al progreso del gigante asiático y sobre el III Encuentro Latinoamericano Progresista. Durante el último se ocultó el extractivismo o el capitalismo periférico subrayando:"gran parte de la desigualdad y la pobreza, del subdesarrollo, se explica por estas formas institucionalizadas de corrupción, llamadas paraísos fiscales. Por eso, es fundamental, convocar en América Latina a un pacto ético, que ponga freno a las formas ilícitas de acumulación de la riqueza, y erradique estas prácticas antipatria y antipopulares". Leer Pero verifiquemos.

 

La situación de la clase obrera en China
7 de octubre de 2016

Por Mario Hernández (Rebelión)

 

Resumen 

Los trabajadores sufren los efectos de la caída de la economía y la devaluación de los últimos meses. Las huelgas y protestas contra despidos y recortes salariales crecen. La cuestión social alarma a la cúpula del Partido Comunista. 

Que la economía del gigante asiático ya no sigue su marcha como antes no es novedad y las noticias de las caídas en la Bolsa o una expectativa de crecimiento más modesta, comparada con otros años, disparan la alarma internacional. 

Menos conocido es el descontento que comienza a extenderse en el movimiento obrero chino ante el empeoramiento de sus condiciones de vida. La devaluación del yuan golpeó los ya magros salarios, miles de empresas cierran en busca de “mercados laborales” más baratos (no solo en otros países de Asia sino incluso en las maquiladoras del norte de México), miles de trabajadores pierden su trabajo en la industria del carbón porque “una economía que se desacelera consume menos energía”, dicen los empresarios. 

Esta situación es la que hace crecer el descontento entre los trabajadores y es la que sirve como combustible para que crezca la ola de huelgas en los principales centros industriales del país. 

Unas 1.650 personas fallecen diariamente en China como consecuencia de trabajar en exceso, según datos hechos públicos por la Radio Internacional de China, una de las dos emisoras estatales. Esto implica unos 600.000 fallecimientos al año. 

Alrededor de las ocho de la mañana del 17 de marzo de 1980, Tian Yu se arrojó desde el cuarto piso del dormitorio de la planta de Foxconn en Longhua. Apenas un mes atrás había llegado a la ciudad de Shenzhen, la megalópolis de rápido crecimiento cercana a Hong Kong, desde un poblado agrícola en la central provincia de Hubei. Como tantos millones de jóvenes de origen rural, ella deseaba un empleo en la urbe y una nueva vida en los pujantes centros industriales de China. 

Morir por un iPhone, Pun Ngai, Jenny Chan y Mark Selden 

Durante el tratamiento médico de Tian Yu, más de una docena de jóvenes obreros de Foxconn intentaron quitarse la vida. 

Un trabajador anónimo colocó en internet el siguiente mensaje: “Morir es la única manera de atestiguar que alguna vez hemos vivido”. 

La desaceleración económica de China, especialmente el debilitamiento de sus exportaciones, ha establecido el marco de la reciente oleada de protestas en el sector manufacturero. Aunque el gobierno haya fijado la tasa de crecimiento económico en un estable 7 %, la disminución de la actividad industrial muestra signos visibles de dificultades económicas. 

La producción industrial china presentó en enero y febrero el ritmo más débil de crecimiento en más de siete años, acusando las sobrecapacidades y una demanda floja, según datos oficiales. 

La producción industrial de la segunda economía mundial se incrementó 5.4 % anual acumulado en los meses de enero y febrero, menos que en diciembre (5.9 %), indicó la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE). Se trata del ritmo de progresión más débil desde noviembre de 2008 y los comienzos de la crisis financiera mundial. 

La demanda internacional no deja de reducirse, como demostró la espectacular caída de 25 % de las exportaciones chinas en febrero. Por su lado, la demanda interna sigue minada por el estancamiento de la inversión en la vivienda y las contracciones repetidas de la actividad manufacturera. 

La consecuencia de todo esto es un agravamiento incesante de las sobrecapacidades de producción de la industria china, del cemento al acero pasando por el carbón. (Ver Anexo I) 

Por su lado, las ventas al por menor, barómetro del gasto de los hogares chinos, se desaceleraron también en los dos primeros meses del año. El incremento fue de 10.2 % anual, el nivel más bajo en 10 meses, indicó la ONE. 

El objetivo estratégico de Pekín es estimular el consumo interno, los servicios, las nuevas tecnologías y las exportaciones de alto valor agregado, en detrimento de la industria pesada y las exportaciones, tradicionales motores del crecimiento chino hoy agotados. 

Por último, las inversiones en capital fijo, que incluyen los gastos en infraestructuras, subieron 10.2 % anual en los dos primeros meses del año. Una aceleración sensible tras el aumento de 10 % en el conjunto de 2015. 

Los trabajadores y la cuestión social 

Los trabajadores sufren los efectos de la caída de la economía y la devaluación de los últimos meses. Las huelgas y protestas contra despidos y recortes salariales crecen. La cuestión social alarma a la cúpula del Partido Comunista. 

Que la economía del gigante asiático ya no sigue su marcha como antes no es novedad y las noticias de las caídas en la Bolsa o una expectativa de crecimiento más modesta, comparada con otros años, disparan la alarma internacional. 

Menos conocido es el descontento que comienza a extenderse en el movimiento obrero chino ante el empeoramiento de sus condiciones de vida. La devaluación del yuan golpeó los ya magros salarios, miles de empresas cierran en busca de “mercados laborales” más baratos (no solo en otros países de Asia sino incluso en las maquiladoras del norte de México), miles de trabajadores pierden su trabajo en la industria del carbón porque “una economía que se desacelera consume menos energía”, dicen los empresarios. 

Esta situación es la que hace crecer el descontento entre los trabajadores y es la que sirve como combustible para que crezca la ola de huelgas en los principales centros industriales del país. 

A modo de ejemplo, en la fábrica de acero inoxidable Ansteel en Guangzhou (Cantón, una de las ciudades más grandes de China en el sudeste del país), durante siete días, los trabajadores paralizaron la producción con piquetes en la puerta de la fábrica reclamando por despidos y contra la implementación de una nueva escala salarial basada en la productividad. 

Los problemas comenzaron cuando los dueños taiwaneses vendieron el negocio a una empresa estatal china el año pasado y el sueldo fue reducido a la mitad, a 2.200 yuanes al mes. 

Durante una semana los trabajadores enfrentaron el hostigamiento de las autoridades, amenazas de despido y de cárcel para cientos de huelguistas, un cerco mediático y las amenazas policiales. Tras un enfrentamiento entre cientos de trabajadores y la policía antidisturbios, la empresa se comprometió a cancelar la reforma en el sistema de pago de sueldos, lo que fue vivido por los trabajadores como un triunfo. 

El caso de Ansteel se repite una y otra vez. Las empresas despiden, suspenden y recortan los salarios y beneficios sociales de millones de trabajadores con total impunidad protegidos por las autoridades estatales y del Partido Comunista. Y si esto no es nuevo, la novedad está en que los trabajadores saben que si pierden su trabajo ya no será fácil conseguir uno nuevo como en los tiempos del pujante crecimiento económico. De ahí surge la creciente resistencia obrera de los últimos meses. 

La burocracia sindical 

Si el crecimiento de las huelgas y protestas obreras en las principales regiones del país no se ha transformado en grandes luchas en la mayoría de los casos, se debe a la complicidad de la burocracia de la ACFTU (Federación de Todos los Sindicatos de China según su sigla en inglés) con los ajustes implementados por los empresarios. 

En la fábrica Ansteel en Guangzhou, los trabajadores dijeron que el líder sindical había sido designado por la empresa y respaldó la posición de la administración. 

Desde hace unos años, con las grandes huelgas en la industria automotriz o del calzado, han surgido y surgen miles de activistas por fábrica que organizan las luchas por fuera de los sindicatos. Pero estas experiencias que se han extendido todavía son débiles para superar el control que impone la burocracia sindical en los sindicatos y las fábricas. Como una verdadera “policía” dentro del movimiento obrero, la burocracia sindical garantiza el control de la legítima bronca de los trabajadores. La ausencia de la más mínima democracia sindical garantiza la estabilidad de estos burócratas desde el más bajo hasta el más alto nivel. Ellos son los encargados de legalizar los convenios de explotación en las fábricas, los que persiguen y delatan activistas, los que rompen huelgas mediante matones y los que, llegado el caso, se montan a la lucha para evitar que se radicalice. 

El llamado del Presidente a respetar y mantener “la ley y el orden” ha sido la respuesta del gobierno al surgimiento de protestas, no sólo obreras, sumando el discurso de “un intento desestabilizador de potencias extranjeras”. 

Las medidas represivas contra activistas y organizaciones obreras no oficiales no son nuevas. La detención de los activistas que dirigían las huelgas, hasta lograr que termine la protesta es moneda corriente. Y si nada de esto funciona, es la propia burocracia sindical la que contrata a las bandas mafiosas de la zona para amedrentar a los trabajadores. 

Con la ofensiva contra los activistas y organizaciones solidarias de diciembre, el gobierno chino ha dado un paso más en extender su ataque contra las protestas invocando la “ley y el orden”, la defensa del “orden social” y la “seguridad nacional”. Un discurso que las autoridades chinas ya habían utilizado contra las manifestaciones en Hong Kong o para justificar la detención de cinco activistas feministas en marzo del 2015. 

Estas medidas lejos de amedrentar a los trabajadores han hecho crecer la bronca por la detención arbitraria de quienes, muchos obreros, veían como sus únicos aliados. 

Si bien este creciente descontento social aún no plantea un desafío serio al gobierno central, la complicidad de los dirigentes sindicales, del Partido Comunista y del gobierno con los empresarios en la violación de los derechos laborales, actúa como un incentivo constante en la irrupción de huelgas. 

 

El 3 de diciembre, las autoridades chinas iniciaron una amplia ofensiva contra los activistas sindicales en el centro industrial de Guangzhou. Unos 20 activistas de 4 organizaciones no oficiales fueron detenidos bajo el cargo de “alterar el orden público” e incluso “malversación de fondos”. El ataque incluyó el allanamiento de varias oficinas de estas organizaciones y el secuestro de documentos. Varios de los activistas continúan detenidos sin derecho a representación legal para defenderse como denuncian los organizadores de la campaña internacional en su apoyo. 

Los medios de comunicación oficiales han lanzado una campaña contra los activistas detenidos pero, entrevistados por el China Labour Bulletin, dirigentes sindicales y obreros de las fábricas donde actuaban los activistas detenidos, mostraron su apoyo e incluso advirtieron que “Los trabajadores se pueden tragar en silencio los insultos y la humillación o van a hacer las cosas mucho más extremas, como el bloqueo de carreteras con el fin de recuperar su dinero, ya que no habrá nadie para decirles lo que deben y no deben hacer y cómo luchar por su derechos legalmente”. 

De todos modos, las medidas represivas del gobierno chino y de las autoridades del Partido Comunista no han logrado evitar el crecimiento de las huelgas obreras. En un proceso que se desarrolla hace algunos años, millones de trabajadores que llegaron del campo a las ciudades han comenzado a luchar por sus derechos. 

El crecimiento de las huelgas 

Como resultado del aumento de salarios y de los conflictos laborales, especialmente los acaecidos en la última década, algunas fábricas han tenido que cerrar. El resultado inmediato ha sido un recrudecimiento de las huelgas y las protestas, en unos años en los que las empresas han tratado de soslayar cualquier indemnización por cierre o reubicación. Los trabajadores exigen ahora compensaciones por los despidos y por los años, a veces décadas, que no les han cotizado su seguridad social, además de las contribuciones a fondos de vivienda a las que tienen derecho. 

Cientos de trabajadores inmigrantes de la empresa Lide Footwear se declararon en huelga a finales de 2014, tras escuchar rumores sobre su posible reubicación. Muchos de ellos no estaban dispuestos a trasladarse y esperaban, a cambio, recibir indemnizaciones por despido y otras compensaciones. La legislación laboral en China estipula distintos niveles de indemnización, pero en la realidad ésta apenas se aplica y son los directivos quienes deciden, en última instancia, lo que los trabajadores reciben o no. En este caso particular, la negativa de los directivos a negociar justamente las indemnizaciones condujo a una serie de huelgas y negociaciones que se prolongaron varios meses. 

Mientras que la mayoría de huelgas concluyen en cuestión de unos pocos días, y rara vez duran más de un par de semanas, tras ocho meses de trabajo organizativo y después de protagonizar tres huelgas sucesivas, los trabajadores de la fábrica Lide, celebraron el pasado 16 de mayo de 2015 su merecida victoria. En respuesta al plan de traslado de la empresa, los trabajadores han obtenido una serie de compensaciones a las que tenía derecho la plantilla de 2.500 personas con arreglo a la legislación laboral, incluidos varios años de cotizaciones a la seguridad social que la empresa no había pagado y una indemnización por las vacaciones anuales y las bajas de maternidad que anteriormente no habían disfrutado, además de un plus de calefacción y una indemnización por despido para quienes hayan optado por no trasladarse a la nueva ubicación. 

En la misma época, otra huelga similar a la de Lide atrajo la atención de los medios, tras una campaña de solidaridad que destacaba el papel de la empresa como contratista del minorista Uniqlo, una popular marca de ropa con más de 400 tiendas en China. La empresa Shenzhen Artigas Clothing and Leather, conocida localmente como Qingsheng, se constituyó en 1992 con inversión en Hong Kong poco antes de que Deng Xiaoping acelerara la apertura de China a las inversiones extranjeras directas, y se centró principalmente en las exportaciones. 

En 2014 proyectó trasladarse a otro parque industrial sin consultar ni negociar previamente con los trabajadores, desencadenando en diciembre una huelga inicialmente de nueve días, que fue duramente reprimida por la policía. 

El 9 de junio de ese año, cuando la empresa quiso cerrar la fábrica y retirar su equipo, más de 900 trabajadores comenzaron una protesta, ocupando la zona de producción para evitar que los directivos pudieran finalmente cumplir su objetivo. Entonces exigieron negociar las compensaciones por despido y otras indemnizaciones. La falta de cotización a la seguridad social se convirtió en una cuestión fundamental de dicha huelga, pues muchos de ellos habían trabajado en la fábrica durante más de una década. Algunos llevaron a cabo una huelga de hambre para ejercer más presión sobre los directivos. Estos respondieron utilizando tácticas brutales contra los trabajadores, incluyendo el acoso policial y el arresto. 

Solo después de tres meses de ocupación persistente de la fábrica, los directivos accedieron a negociar. No obstante, se negaron a concertar una negociación colectiva y únicamente quisieron tratar con los trabajadores de forma individual. Los trabajadores resistieron las tentativas de los directivos de dividirlos y continuaron con la huelga. Cuando dicha huelga llegó a un punto muerto, unos 200 trabajadores viajaron hasta Guangzhou y organizaron una manifestación frente a las dependencias del Gobierno Provincial. Después de varios días de protesta y de dormir en un parque cercano, la policía los desalojó a la fuerza y arrestó durante un tiempo breve. Aprovechando la coyuntura, los directivos ejercieron presión también sobre los trabajadores que habían quedado ocupando la fábrica, interrumpiendo los servicios de luz y agua. La policía actuó finalmente dejándolos fuera del recinto, el cual cerraron con cerrojos para impedir que éstos volvieran a acceder. 

A diferencia de la huelga de la fábrica de Lide Footwear, en la que casi todas las demandas de los trabajadores fueron satisfechas, la huelga de Qingsheng acabó sin conseguir que los directivos negociaran. Ambos casos, junto con otras huelgas similares ocurridas estos últimos meses, reflejan el impacto negativo del descenso de las exportaciones en las condiciones de los trabajadores del sector manufacturero. Las empresas que operan con poco margen de beneficio han optado por la reubicación, la disminución de la producción, recortar el número de trabajadores y obligar a éstos a que renuncien a sus contratos. 

Ante la crudeza de estos ataques a las condiciones de trabajo y medios de subsistencia, las protestas han cobrado una forma más radical, mediante reiterados paros laborales, ocupaciones de fábricas y negociaciones colectivas, prolongadas durante varios meses. Pero no todas las huelgas han acabado con éxito. De hecho, la policía ha redoblado su ofensiva en las huelgas más importantes. 

La característica clave de estas protestas es la movilización sostenida y organización disciplinada durante períodos de tiempo extensos. Los trabajadores han tenido que constituir desde el principio una organización informal con representantes elegidos por ellos, que ha perdurado varios meses con el fin de que sus compañeros no perdieran la confianza. Y puesto que la ley apenas protege las acciones de los trabajadores, cuanto más se prolongue la huelga, mayor riesgo correrán sus líderes. 

Las ONG chinas dedicadas a temas laborales prestan experiencia y conocimiento de cuestiones legales a los organizadores, sin embargo, los propios huelguistas, más que ningún otro agente externo, son la verdadera fuerza motriz de las huelgas. Frente a los esfuerzos de colaboración de la policía local con los directivos para obligar a los trabajadores a volver a sus puestos, la movilización y la solidaridad se han mostrado como factores cruciales en la resistencia. 

La clave de la movilización ha sido el sentimiento arraigado de poseer derechos por el trabajo de muchos años en la misma empresa, lo cual confiere a los trabajadores una razón moral y legal, y la determinación para tomar medidas y llevar a cabo acciones. Durante las huelgas, la mayoría de trabajadores ha insistido en que la empresa les ha arrebatado los frutos de su trabajo y que, por lo tanto, tienen derecho a tomar medidas legales. 

Las huelgas relacionadas con la reubicación y cierre de las fábricas probablemente dominarán el sector de la manufactura en los próximos meses. Diversos estudios sobre las acciones colectivas de los trabajadores chinos sostienen que, en la última década aproximadamente, éstos han cobrado conciencia de sus derechos y capacidad colectiva, el movimiento de clase obrera emigrante ha pasado de ser un movimiento principalmente defensivo frente a los atrasos en el pago de salarios a ser un movimiento de gran ofensiva, que exige el aumento de salarios y en algunos casos la democratización de los sindicatos, por lo general tutelados por los directivos. La demanda de salarios impagos sigue siendo la razón principal de la mayor parte de las protestas actuales. Teniendo en cuenta que la cotización a la seguridad social y las contribuciones a la vivienda son elementos consagrados desde hace tiempo en las leyes laborales, exigir que se pongan en práctica supone un paso adelante. 

Además, los trabajadores han conseguido la baja por maternidad remunerada y la prestación por enfermedad, entre otras demandas. Aunque los directivos suelen ignorar tales exigencias en las negociaciones, esto refleja el grado de conciencia de los trabajadores respecto de sus derechos y prestaciones laborales. 

Hay otra razón por la que calificar a estas huelgas como defensivas no les haría justicia. No es más fácil luchar por las mencionadas demandas que por un aumento del salario, y supone además una ofensiva en pos de la ampliación del abanico de exigencias a negociar con los directivos. Además, estas huelgas también forman a los trabajadores en las tácticas de movilización, representación y deliberación democrática, así como en la negociación. 

En la práctica, la capacidad organizativa y la conciencia de los trabajadores siempre han sido desiguales a nivel geográfico y sectorial. Las huelgas del sector manufacturero se han concentrado principalmente en dos regiones: el delta del río Yangtze y el delta del río Pearl. La situación actual a la que se enfrentan los obreros del sector manufacturero, de igual forma, no puede generalizarse al resto del movimiento obrero, pues los sectores no manufactureros y de servicios han sido siempre más activos. 

Parece probable que el decrecimiento del sector de la exportación siga su curso, y el gobierno contempla la dependencia cada vez menor de las exportaciones como un elemento esencial para reequilibrar la economía china. La reubicación de capital y reestructuración de la industria manufacturera resultantes probablemente acabe erosionando algunas de las victorias que con tanto esfuerzo se han conseguido, al menos provisionalmente. Se necesitará tiempo para llevar a término las nuevas luchas y redes tanto en los viejos como en los nuevos emplazamientos. Esta es una experiencia de aprendizaje tan inevitable como necesaria para el todavía joven movimiento obrero chino. La experiencia actual de organización y movilización de los trabajadores en estas huelgas podría ser de gran valor para sus luchas futuras. 

Menos obreros y más conflictos 


Desde 1990, la importancia en la economía nacional de los asalariados no dejó de achicarse: de representar el 61% del PBI pasaron a ser 53% en 2007. 

Desde 2001, los salarios crecieron a un promedio anual de 12%, una suba que se aceleró en los últimos años gracias a una serie creciente de protestas. Solo en 2014, los obreros chinos protagonizaron 1.378 conflictos laborales, según la ONG China Labor Bulletin (CBL). Dos veces más que en 2013 y 56 veces más que en 2007, cuando la Academia de Ciencias Sociales de China reportó unas 23 protestas. 

“La crisis financiera que estalló en 2008 se expandió rápidamente y 20 millones de trabajadores perdieron su empleo. Fue un año de huelgas y disturbios relacionados con el cierre de fábricas”, explicó Ellen David Friedman, sindicalista de la Asociación Nacional de la Enseñanza en Vermont (EE. UU.), cofundadora del Partido Progresista de ese Estado y miembro del Comité Político de Labor Notes, quien ha colaborado en la última década con activistas sindicales en Hong Kong y el territorio continental de China. 

Esa primera ola fue “defensiva” porque los trabajadores se limitaban a exigir el cumplimiento de la ley a empresas reacias a pagar indemnizaciones y sueldos. 

Las huelgas pasaron a ser “ofensivas” a partir de 2010, cuando los obreros comenzaron los reclamos de suba salarial. El caso de los obreros de Honda en Guangdong, que ese año obtuvieron un aumento de 50% luego de detener la producción, fue un modelo para las protestas que desde entonces se replicaron por todo el país, en muchos casos consiguiendo subas porcentuales de dos dígitos. 

La huelga comenzó en una fábrica de transmisiones para el automóvil -se trataba de una filial de Honda- en un distrito denominado Nanhai. Los 2.000 huelguistas eran en su mayoría aprendices de la escuela técnica, de 20 a 21 años de edad en promedio. Estaban familiarizados con el uso de internet, de modo que investigaron sobre Honda y descubrieron que era una empresa muy rentable. Vieron que los trabajadores que desempeñaban la misma tarea en Japón cobraban cincuenta veces más que ellos. También descubrieron que el sistema de producción just in time les brindaba una gran oportunidad para paralizar toda la industria automovilística. Se dieron cuenta de que si suspendían la producción en cualquiera de las plantas que fabricaban piezas podían paralizar todas las fábricas de montaje. De modo que cuando bloquearon las fábricas de piezas, al cabo de tres o cuatro días, cesó la producción en cuatro plantas de montaje y cientos de otras fábricas de piezas. Honda dejó de ingresar miles y miles de millones de dólares. 

“Esto desencadenó una oleada de huelgas en la industria auxiliar del automóvil. Nadie conoce el número real, pero probablemente afectó a centenares de fábricas. Una demanda “infecciosa” de esas huelgas fue la de la elección directa. Diré también que una de las cosas más alentadoras e importantes que vimos es que en los casos en que los trabajadores pudieron elegir a su propia dirección, esos nuevos delegados se tomaron en serio, en la medida de sus posibilidades, la tarea de representar a quienes los eligieron”, comentó Friedman. 

El otro gran pedido en esas protestas es conseguir una protección real por parte del sindicato. Hasta ahora el único autorizado es la Federación Nacional de Sindicatos que dependiente del Partido Comunista, organiza actividades de ocio para los trabajadores, pero nunca se pone de su lado durante las protestas. Si bien ha habido tímidos avances democráticos en algunas empresas, las autoridades se resisten a la libertad gremial por temor a la inestabilidad laboral. 

La huelga de 40.000 trabajadores de la fábrica Yue Yuen en la provincia de Guandong (sur de China), el mayor fabricante de calzados deportivos del mundo, propiedad del Grupo Pou Chen, con base en Taiwán y con 200.000 obreros en China, reafirmó la irrupción de una nueva generación obrera, que había tenido su punto de inflexión en 2010, con las protestas de Foxconn y la huelga de Honda. La Yue Yuen suministra a Adidas, Nike, Puma, Crocs, Timberland y muchas otras marcas deportivas. 

La huelga arrancó en Dongguan, ciudad en el sureste de China. Se trata de la huelga convocada por el mayor número de trabajadores y trabajadoras en la historia de la República Popular China. Yue Yen no había pagado las cotizaciones para la pensión y para el fondo de adquisición de una vivienda. A esto hay que sumar que un buen número de empleados seguían teniendo contratos a tiempo parcial después de años de trabajo, parte de la política de intensificación del trabajo que elimina las cotizaciones sociales. 

La insatisfacción se esparció como un reguero de pólvora después de que un jubilado intentó retirar su jubilación y descubrió que el valor disponible era muy bajo. La empresa había dejado de depositar las cuotas del seguro social de los empleados para compensar parte de la caída de su tasa de ganancia (de 9,5%, cuatro años atrás, a 5,2% en 2013). 

Otros factores motivaron una de las mayores huelgas en China, en los últimos años. Los bajos salarios fueron uno de ellos. El salario mínimo para un obrero en la línea de producción es de 1.130 yuanes, mientras un par de zapatillas de la Nike cuesta 1.469 en las tiendas. 
Las reivindicaciones, según la ONG China Labor Watch (CLW) con base en los EE. UU., eran: 

1. Apertura de la contabilidad con relación al pago del seguro social; 

2. Asegurar seguro social a todos, y pago de las cuotas no pagadas anteriormente; 

3. Si la Yue Yuen no asegura el pago, debe garantizar el fin del contrato de trabajo con las indemnizaciones previstas en ley; 

4. Vivienda y comida gratis a todos que los tuvieran estos beneficios estipulados en el contrato de trabajo. 

La Federación Sindical y varios ministerios entraron en acción para poner fin a la huelga. El Departamento de Seguro Social afirmó que el seguro social no pagado era realmente adeudado y la Yue Yuen emitió una declaración, afirmando que pagaría las cuotas atrasadas del seguro social si los obreros pagaban la parte de ellos (¿?), y que a aquéllos que no volviesen al trabajo a tres días del comunicado se les cancelaría el contrato por abandono del trabajo. 


Aún así, 15.000 empleados permanecieron en huelga y otros en “huelga interna”. La huelga terminó con la aceptación del acuerdo, a regañadientes, pero se han presentado acciones legales contra la empresa, que se vio obligada a pagar unos 31 millones de dólares a la institución del seguro social y tuvo una pérdida de aproximadamente 58 millones de dólares por la huelga. 
Los cambios en la producción china pueden llegar a tener repercusión en la producción mundial. Como señaló Jacques Rancière: “La dominación del capitalismo a nivel global depende de la existencia de un Partido Comunista Chino que proporciona a las empresas capitalistas deslocalizadas mano de obra barata y precios bajos, privando a los trabajadores de su derecho a la autoorganización”. 

Debido a las huelgas, el salario medio en China ha subido un 17% por año desde 2009 y hoy es ya cinco veces mayor de lo que era en 2000. La generalización de huelgas de esta dimensión sin precedentes sólo servirá para profundizar la crisis para el capitalismo industrial. 

Un informe de 2012 del FMI señalaba que la economía china atravesaba un proceso de reorientación en la inversión interna y en una transición que se aleja del crecimiento inducido por las exportaciones. Si este paso se hace correctamente, se profundizará en la crisis de rentabilidad y acumulación en la “economía real”, al menos en el corto plazo, para el capitalismo internacional. 

Una segunda razón es que la represión estatal china se ha atenuado. Aunque se han producido detenciones en Yue Yuen, en los últimos años el estado chino ha estado menos dispuesto a reprimir que en décadas anteriores. Debemos entender esto como una decisión política calculada con un fin meramente económico. 

Aquí está uno de los ejemplos más extremos: en 2009, se produjo un incidente que involucró a los trabajadores del acero en Tonghua Iron & Steel Works en la provincia de Jilin en el norte de China. Después de una reunión masiva dirigida por el ejecutivo de la empresa de acero que iba a hacerse cargo de la planta, los trabajadores se rebelaron y lo golpearon hasta matarlo. 

“Chen Guojun, el ejecutivo del acero que fue golpeado mortalmente, había amenazado a 3.000 trabajadores siderúrgicos en Tonghua con despidos que podrían tener lugar dentro de tres días. También había señalado que recortes más grandes de puestos de trabajos probablemente ocurrirían”. (New York Times, 26 de julio de 2009).

¿Qué hizo el gobierno chino sobre esto? “El gobierno de la provincia de Jilin ordenó al Grupo Jianlong China abandonar la compra de la estatal Tonghua Iron & Steel Group. 
La instrucción, la cual fue anunciada a través de la red de televisión de Jilin, también ordenó a Jianlong con sede en Beijing a “no tomar parte jamás de ningún plan de reorganización de Tonghua, reportó Bloomberg News”. (New York Times, 27 de julio, 2009).

Ahí quedó. La privatización se detuvo. Ni detenciones, ni procesamientos. 

Una tercera y poderosa razón fue que en la huelga de los empleados de Yue Yen, las organizaciones locales en la provincia de Guangdong y Hong Kong, que ha apoyó a los trabajadores en huelga, hicieron un llamamiento a sus aliados internacionales para actuar en el sentido de obligar a Adidas a intervenir y asegurar que las reivindicaciones sean aceptadas. Desde el 23 de Abril las acciones se extendieron por el mundo, de Taiwan a Melbourne, San Francisco, Los Ángeles, Chicago, Milwaukee y Nueva York. El día 25 se realizaron protestas en tiendas de Adidas en Manchester, Oxford y Londres. 

Más huelgas (...)


La situación de los migrantes internos es la raíz de las huelgas 


Los trabajadores de las empresas estatales continúan en la retaguardia de las luchas en China, aunque algunos sectores de la administración pública se han puesto en marcha. Desde 2007, la vanguardia indiscutible son los inmigrantes internos, cuando las huelgas se concentraron en la provincia de Guangdong, sureste de China. Desde entonces, su situación económica no ha tenido ningún cambio significativo, pero ha aumentado su potencia, principalmente por la experiencia adquirida en estos años y por factores sociales y demográficos. 

Oficialmente, hay 269 millones de “migrantes” en China. Pero, por un envejecimiento de la población y por la baja tasa de natalidad, ahora hay 35 millones de trabajadores potenciales (entre 15 y 39 años) menos de los que existían hace 5 años. 

En 2004 se registró por primera vez escasez de mano de obra. Desde el máximo que tocó en 2001, la población en edad de trabajar ya se redujo en unos seis millones de personas y el número de chinos mayores de 15 y menores de 30 viene cayendo desde 2011. 

Esos obreros jóvenes, que por primera vez eran menos de los que necesitaba la industria, no estaban dispuestos a trabajar 14 horas diarias por un salario miserable. Esto provoca, junto con la exigencia de una mayor especialización, una disminución de la oferta de trabajo, alentando a los trabajadores a luchar. Su lucha ha significado que los salarios se incrementaran dos dígitos en los últimos años. En 2013, el incremento medio fue de 13,9%. Sin embargo, los precios de los bienes esenciales han aumentado a mayor velocidad, cancelando los aumentos obtenidos. Según el Departamento Nacional de Estadísticas, el costo per cápita de la vida ha aumentado un 21,7% en 2013. La vivienda tuvo un incremento de 27% y representa la mitad del costo de la vida de un trabajador migrante. 

Las estadísticas también muestran que la mayoría de los migrantes no tiene ninguna forma de seguro social. En 2013, sólo 15,7% de ellos tenía seguridad social, 17,6% tenía plan de salud, 9,1% contaba con seguro de desempleo y sólo 6,6% de las mujeres tiene seguro de maternidad. 
La desigualdad en China no ha parado de crecer. En 2010, el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad con valores entre 0 y 1 (las sociedades más desiguales se acercan a 1), dio un valor de 0,61 para China, más que Brasil (0,52) y que EE. UU. (0,47). China venía de tener tan poca desigualdad como Suecia en los ’80. 

Esto demuestra, en primer lugar, que no existen las supuestas ventajas de un capitalismo férreamente controlado por un gobierno “comunista”, capaz de garantizar la “paz social” para la explotación de los trabajadores. Lo que prevalece en China es la más completa anarquía en la producción y la puesta en práctica, en las relaciones empleador/empleado, de “la ley del mercado”. 

La gran “ventaja” para los capitalistas es la existencia de una dictadura que reprime cualquier movilización de los trabajadores en nombre de la “estabilidad”. Es decir, de permanecer en el poder. 

En segundo lugar, muestra que el capitalismo en China no es capaz de resolver la pobreza de clase obrera, especialmente su sector más explotado (los migrantes), porque el crecimiento económico del país se basa en esta explotación. 

Las reformas económicas (la restauración capitalista) tuvieron un resultado contradictorio, que incluyó el surgimiento de un nuevo proletariado aglomerado en gigantescas concentraciones obreras en los nuevos bastiones industriales, al tiempo que ha significado el cierre y/o declinación de los viejos bastiones de la antigua economía burocráticamente planificada. 

Este proceso impactó con fuerza en la configuración de la clase obrera y sus luchas. En un primer momento, resultó en un movimiento obrero semiproletario en el que todavía pesaban las costumbres campesinas. Esta primera generación, educada en el trabajo en el campo y la disciplina social de la aldea, vivió la llegada de la industria, aun con ritmos de explotación brutales, como una mejora en sus condiciones de vida. 

Los hijos de esa primera generación, nacidos después de 1980 y que hoy componen el 60% de la clase obrera migrante, son los protagonistas del proceso actual. Se distinguen de sus padres en que no están resignados a soportar los abusos, bajos salarios y malas condiciones de trabajo que habían impuesto los empresarios a sus padres y su nivel educativo más alto ya que el 67,2% terminó la secundaria, casi un 20% más que sus padres y su identificación con la cultura urbana -solo el 11% tiene experiencia en trabajo rural, contra un 35,7% entre sus padres. 
Esta es la nueva generación de trabajadores migrantes, que está en el ojo de la tormenta de la resistencia obrera que recorre China. 

La escasez de mano de obra no es la única explicación del poder creciente de los trabajadores. Según CBL, también tiene que ver con el uso de redes sociales y celulares por parte de los trabajadores migrantes ya que internet facilita la comparación de sueldos y provoca el aumento de la visibilidad de las protestas.  (...)


ANEXO II 

Entrevista a Ellen David Friedman 

Publicada por Viento Sur a propósito de las detenciones a activistas sindicales a principios de diciembre pasado. 

Ellen David Friedman, es una veterana sindicalista de la Asociación Nacional de la Enseñanza en Vermont, EE. UU., miembra fundadora del Partido Progresista de ese Estado y del Comité Político de la revista Labor Notes, ha trabajado durante la última década con activistas sindicales en Hong Kong y en la China continental. Ha hablado con Ashley Smith sobre la represión, sus causas y qué pueden hacer los sindicalistas para ayudar a los activistas chinos a conquistar la libertad y la justicia. 

[…]desde el comienzo de la presidencia de Xi Jinping en China hace tres años, el Estado se ha apartado definitivamente de toda actitud de tolerancia hacia cualquier clase de activismo y de organización en el seno de la sociedad civil. Durante la presidencia anterior de Hu Jintao, parecía haber bastante más espacio para el desarrollo de ONG y para un discurso crítico y la investigación. Bajo el mandato de Xi Jinping, este espacio ha quedado fuertemente reducido. Desde que Xi asumió el poder, el Estado ha acosado a las ONG laboralistas, ha criminalizado la resistencia de los trabajadores y ha detenido y llevado a juicio a activistas obreros. El gobierno ha lanzado asimismo una campaña “contra la influencia extranjera”. Por tanto, puesto que he participado en el movimiento obrero en China durante este periodo y dado que soy extranjera, lo único que podemos decir es que mi detención es coherente con su política. 

¿Qué alcance tiene la represión? ¿Contra quién se dirige? 

El dato más reciente es la espectacular detención de una veintena de activistas el pasado tres de diciembre. Todos ellos fueron detenidos en Guangzhou, una de las ciudades más grandes de China, que se halla en la costa, en el sudeste del país, justo enfrente de Hong Kong. Es la capital de la provincia de Guangdong, donde nacieron los mercados de capitales y de trabajo a comienzos de la década de 1980. Desde entonces, ha experimentado muchos cambios: decenas de millones de trabajadores inmigrantes se han instalado allí en busca de trabajo. La zona también ha sido testigo del auge de la resistencia obrera. En este ambiente de activismo obrero han estado operando alrededor de una docena de ONG laboralistas. 

El gobierno ha centrado la represión en los activistas relacionados con cuatro de estas ONG laboralistas. Algunas de ellas son organizaciones bastante inocuas que prestan servicios como ayudar a trabajadores accidentados a reclamar la indemnización del seguro. Otras participan más activamente y ayudan a los trabajadores a desarrollar aptitudes de liderazgo y de negociación colectiva entre los que han encabezado huelgas y otras acciones. La mayoría de los detenidos fueron interrogados y después puestos en libertad el mismo día, pero siete de ellos siguen detenidos y se enfrentan a sendos juicios penales. La persona más destacada entre los detenidos es Zeng Feiyang, fundador y director de la ONG laboralista más antigua y conocida en China, el Centro Obrero Panyu. 

El gobierno ha acusado a la mayoría de detenidos de alterar el orden público, que es la acusación habitual formulada contra los activistas del mundo laboral. A uno de ellos lo han acusado de malversación de fondos. El movimiento de solidaridad ha contratado abogados que los defiendan –de hecho, existe actualmente un equipo de abogados de 60 miembros que se han mostrado dispuestos a representarlos–, pero hasta ahora no han podido ponerse en contacto con los detenidos, de modo que todavía desconocemos de qué exactamente se les acusa. 
 

¿Es esta acción represiva una respuesta a la proliferación de las huelgas en China? 

Eso creo. Sin duda ha habido un aumento notable de las huelgas, que en gran parte se debe tal vez a la desaceleración económica en China, que ha provocado una oleada de cierres y traslados de fábricas con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. Los empresarios también han incumplido su obligación legal de pagar la indemnización por despido en el momento de cerrar las fábricas. Además, los trabajadores que han perdido su empleo se han percatado de que sus patronos no habían pagado la cuota patronal, es decir, la seguridad social y el seguro de pensiones. Muchos de estos trabajadores están en su treintena o cuarentena y ahora se ven ante la tesitura de tener que volver a sus provincias, ciudades y aldeas de origen, sin derecho a ninguna pensión. Todo ello ha propiciado numerosas manifestaciones y huelgas recientes. 

Pero también forma parte de un proceso más prolongado de creciente combatividad obrera a lo largo de los últimos 15 años. Todas estas huelgas y manifestaciones han permanecido relativamente aisladas. Los trabajadores no han conseguido hacer confluir sus luchas, pero la gente, por supuesto, ha empezado a aprender de su experiencia. A resultas de ello, las huelgas han cambiado de naturaleza: están mejor organizadas y se han vuelto más estratégicas. Los trabajadores están aprendiendo más cosas sobre la negociación colectiva. Están aprendiendo a interactuar tanto con el capital como con el Estado. Esto supone sin duda una amenaza para el gobierno. 

También ha afectado al sindicato oficial, la Confederación Sindical China. En realidad, no es un sindicato, sino más bien un instrumento utilizado por el gobierno para controlar a los trabajadores. No representa a estos últimos, sino principalmente a los patronos. Los obreros no confían en él, de manera que ahora entienden realmente, sobre todo los inmigrantes, que han de construir sus propias organizaciones. Así, actualmente se habla más que en el pasado de la necesidad de construir algo así como un sindicato independiente. Claro que esto supone cruzar una línea roja en China. El gobierno no lo tolerará, de modo que esto también puede ser una razón del recrudecimiento de la represión. 

¿Han comenzado los trabajadores a crear nuevas organizaciones para ofrecer resistencia al deterioro económico y a la represión? 

Sí, pero es un proceso muy incipiente. Los trabajadores lo tienen muy difícil para coordinarse, al igual que los activistas y los estudiantes. El Estado está al acecho para desbaratar cualquier intento en este sentido. He aquí un ejemplo: yo he estado colaborando con la Universidad Sun Yat-sen, en Guangzhou, durante los últimos diez años. Durante la presidencia relativamente liberal de Hu Jintao conseguimos poner en marcha un centro internacional de estudios sindicales en la Escuela de Gobierno. Realizamos investigaciones con la participación de académicos de derecho laboral, sindicalistas, economistas, historiadores y abogados laboralistas, tanto chinos como extranjeros. Esto permitió realizar una labor maravillosa de investigación, enseñanza y trabajos prácticos. Pues bien, las autoridades cerraron el centro el año pasado. No explicaron el motivo, simplemente lo cerraron de golpe y porrazo. Los académicos, estudiantes, activistas y trabajadores que se habían relacionado al amparo del programa intentan mantenerse en contacto y continuar con la labor, pero ya no podemos llevarla a cabo de una manera formal. 

El centro de estudios sindicales había pasado a ser un motivo de preocupación para las autoridades.
 


Bibliografía (...) Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=217647

En consecuencia, China es capitalismo e imperialismo por superexplotación de los trabajadores, la naturaleza y los pueblos. Por el contrario, nuestro desafío emancipador plantea el cambio radical en las relaciones sociales, internacionales y con la Madre Tierra. En ese camino ya avanzan:

 

Las luchas territoriales anuncian un cambio civilizatorio

12 de octubre de 2016

 

"Ante el avasallante proyecto globalizador neoliberal, las luchas por los territorios se convierten en luchas por los muchos mundos que habitan el planeta. En palabras del pensamiento zapatista, se trata de luchas por un mundo en que quepan muchos mundos; o sea, luchas por la defensa del pluriverso."

 

Por Víctor M. Toledo

Acaba de aparecer un libro sobre las luchas territoriales, escrito por tres de los intelectuales más involucrados en el tema: Carlos Walter Porto-Gonzalvez, Milson Betancourt y Armando Bartra. El libro se titula Se hace terruño al andar: las luchas en defensa del territorio, y por la riqueza de lo que ahí se describe, documenta, analiza y reflexiona será una lectura obligada de un fenómeno de enorme trascendencia en más de un sentido. Ahí se consigna el explosivo impacto que han tenido las luchas por la defensa de los territorios en la última década, a tal punto que no hay ya estado de la República Mexicana en que no exista una batalla territorial (el número de conflictos socioambientales debe andar por los 400), y en el caso de Bolivia el principal conflicto territorial que tuvo lugar en las tierras bajas amazónicas generó la mayor marcha de protesta conocida en ese país con medio millón de manifestantes. El libro viene a sumarse a la abundante literatura que sobre este tema ya existe en América Latina y especialmente en Colombia, donde destacan los estudios de Arturo Escobar (Sentipensar con la Tierra, 2014) o de Carlos Corredor (Globalización, sistema mundo y territorialidades locales, 2014) y, por supuesto, los de Orlando Fals-Borda (1925-2008) y su utopía del socialismo raizal, quien es sin duda el precursor de estas corrientes.

 

¿Por qué se han multiplicado e intensificado tan rápidamente estas batallas en México y en América Latina?

 

La respuesta es múltiple. La primera es porque estas batallas surgen como una reacción ante la devastación producida por los proyectos extractivos depredadores impulsados desde la complicidad entre el capital y el Estado. Minería, petróleo y gas, hidroelectricidad, parques eólicos, pero también proyectos carreteros, turísticos, habitacionales, forestales, agroindustriales y biotecnológicos. Pero no sólo eso. El territorio es una de las dimensiones del espacio vital de individuos y colectividades; ahí se produce y reproduce la memoria biocultural (ver), el proceso metabólico entre lo natural y lo social.

Defender el territorio es defender la vida. Y aún más para algunos autores se trata de batallas epistemológicas (B. De Sousa-Santos) y ontológicas (A. Escobar). En este caso “…lo que ocupa es el proyecto moderno de un mundo que busca convertir a los muchos mundos existentes en uno solo” (Escobar, 2014: 76). Ante el avasallante proyecto globalizador neoliberal, las luchas por los territorios se convierten en luchas por los muchos mundos que habitan el planeta. En palabras del pensamiento zapatista, se trata de luchas por un mundo en que quepan muchos mundos; o sea, luchas por la defensa del pluriverso (Escobar, 2014: 77).

Vistas desde la ecología política, las luchas territoriales no son sino la ecologización de las luchas campesinas, indígenas, de pescadores y de afrodescendientes, y al mismo tiempo la popularización (campesinización, indianización, etcétera) del ambientalismo, cuyo origen fue no solamente urbano, sino industrial y eurocéntrico. Esto lo advertí hace más de dos décadas en un texto titulado Toda la utopía, el nuevo movimiento ecológico de los campesinos e indígenas de México(1992); y años después lo desarrollé ampliamente al analizar la rebelión zapatista en mi libro La paz en Chiapas: ecología, luchas indígenas y modernidad alternativa (2000).

Hay todavía una dimensión más que creo rebasa en trascendencia todas las anteriores. Las luchas territoriales cimbran la noción de nación-Estado, al traer de nuevo el tema de la diversidad de los espacios (que siempre ha sido una papa caliente). Todo país es, en mayor o menor medida, un complejo mosaico de regiones, comarcas, municipios, departamentos, provincias, cada uno conteniendo su propia identidad biocultural y donde los pueblos poseen maneras particulares de pensar y actuar y de interpretar su entorno y el mundo todo. Frente a esta realidad la idea de Estado-nación aparece como un yugo que uniformiza, más aún en estos tiempos en que la civilización moderna busca aplastar y desaparecer toda alteridad o diferencia. Los estados-nación son arquitecturas societarias insostenibles porque están fincadas en la supresión de diversidades bioculturales y sus múltiples expresiones. Por ello las luchas territoriales no solamente son multiclasistas y anticapitalistas (A. Bartra), también son multisectoriales y civilizatorias. El fin último de las r-existencias territoriales (C.W. Porto-Goncalvez) es la autonomía de los espacios e ineludiblemente la autogestión, autosuficiencia y autodefensa. Ahí están ya los ejemplos concretos a escala regional (los caracoles zapatistas de Chiapas) y municipal (Cherán, en Michoacán, y Cacahuatepec, en Guerrero). En los próximos años veremos entonces una explosión de movimientos autonómicos regionales, principalmente en Bolivia, Ecuador, Colombia, Guatemala y México, que seguirán el ejemplo neo-zapatista sin disparar un tiro. De ahí seguirán las confederaciones de regiones, y quizás de naciones fincadas en la identidad cultural (Guatemala podría ser Mayalandia).

A la crisis de la civilización moderna e industrial, que es tanto ecológica como social, se irán sumando más y más batallas por el territorio, entendido como el espacio vital en todas sus escalas. Los seres humanos defienden su hábitat a diferentes niveles: el hogar en primer término, la comunidad, el edificio o el barrio, la región, el país, el planeta. Contra la dupla capital-Estado, la lucha por la vida mueve ya al cambio civilizatorio.

La Jornada, México, 11/10/2016

Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Principal/Secciones/Documentos/Las_luchas_territoriales_anuncian_un_cambio_civilizatorio