Qué Mundo

Marzo 2017

Sin civilización petrolera mediante construcción de los pueblos de caminos superadores.

 

 

 

 

SITUACIÓN/ CRISIS CIVILIZATORIA / ALTERNATIVAS

 

 

 Situación

 

Recordemos, en mayo de 2010, Cristina F. de Kirchner recibió a dirigentes indígenas en la Casa Rosada. Les advirtió que el petróleo tendría prioridad

por sobre sus derechos. Explicitó así uno de los objetivos centrales de la democracia capitalista. Lo afirmó con total impunidad como cuando se ufanó,  en 2012, del anuncio de Monsanto en el Consejo de las Américas sobre sus planes de expansión .  Reflexionemos sobre:

 

Aunque se incendie el planeta

Inundar el mundo de petróleo
24 de diciembre de 2016

Por Michael T. Klare (TomDisptch

 

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

La nostalgia de Donald Trump por las energías y el camino que lleva al infierno

Introducción de Tom Engelhardt

La administración Trump, hoy en formación, es una mezcolanza de generales y multimillonarios; en el caso del probable nuevo secretario de Defensa, el general de la infantería de marina retirado James “Mad Dog” Mattis, incluso los hombres de armas parecen haber hecho algo más que algunos dólares en estos últimos años. Por ejemplo, una vez retirado, Mattis, accedió al directorio de General Dynamics, el gigante de la industria armamentista, como uno de los 13 “directores independientes”, que según se sabe acumulan por lo menos 900.000 dólares en acciones de la empresa y otros 600.000 en metálico de disposición inmediata.

Así es, y todavía hay un requisito más para ser admitido en la administración Trump: el civil designado debe estar preparado para demoler el sistema con que él o ella se encuentre. Betsy DeVos, la favorecida por el presidente electo para la secretaría de Educación, quiere hacer pedazos la educación pública; Tom Price, el futuro secretario de Salud y Servicios Humanos, está impaciente por desmantelar el Obamacare y el Medicare; Scott Pruitt, que ha sido propuesto para dirigir la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), parece desear el despedazamiento total de esa Agencia; y el candidato a la nueva secretaría de “Trabajo” (es verdad que esto hay que ponerlo entre comillas), el CEO de la comida rápida Andy Puzder, está contra el aumento del salario mínimo y piensa que la automatización del puesto de trabajo es una ventaja total, ya que las máquinas no se toman vacaciones y nunca llegan tarde.

Seamos realistas; el gobierno más extremista de los últimos tiempos va a ser un clásico de la demolición. Imaginemos una administración Reagan de los ochenta del siglo pasado que ha tomado esteroides para coger músculo, y no olvidemos que Donald Trump será el presidente de un país mucho más frágil que el que gobernaron Ronald Reagan y sus compinches. Las cosas podrían empezar a desmoronarse para el estadounidense de a pie. Por ejemplo, se espera que el nuevo Congreso republicano apruebe rápidamente la prometida versión “revocar y demorar” de la obliteración del Obamacare, borrando oficialmente ese programa de los libros e incluso aplazando su implementación y facilitando la entrada de lo que sea para reemplazarlo hasta que lleguen las elecciones de 2018. Sin embargo, en el ínterin, el resultado podría ser una especie de mercado de atención sanitaria tipo “zombi” desde el cual se espera que salten las compañías de seguros, con la posibilidad de que un número importante de los 20 millones de estadounidenses que accedieron por primera vez a una cobertura médica –vía Obamacare– se quedarían con las manos vacías. 

Después, cuando Pruitt, el jefe de la EPA, ayude con todos los medios a su alcance a que Donald Trump consume su “revolución energética” con la explotación desenfrenada de los combustibles fósiles, tal como nos lo cuenta claramente hoy Michael Klare, colaborador regular de TomDispatch, y los cielos de Estados Unidos vuelvan a llenarse de niebla tóxica, habrá mucha más necesidad de cuidados sanitarios en lo que haya quedado en el horizonte.

Donald Trump, como señala Politico, ya está en guerra contra los trabajadores, y contra los futuros “fracasados de las escuelas públicas”, y contra la red de seguridad estadounidense, y contra el medioambiente, por no hablar del planeta todo... y esto incluso antes de que pongamos nuestros ojos en la guerra de verdad, que será supervisada por un equipo de islamófobos e iranófobos. Si, como puntualiza hoy Klare, el mismo Trump es un serio caso de nostalgia del Estados Unidos de su juventud (también el de la mía), con su admiración por los combustibles fósiles, no olvidemos que esa nostalgia también manda en los asuntos militares. En ese caso, sin embargo, no sólo serían los paisajes petroleros de la mitad del siglo XX sino tal vez los de los tiempos de las Cruzadas.

* * *

La obsesionada política energética de Trump y la pesadilla planetaria por venir

Repasemos las promesas de campaña de Trump o volvamos a escuchar sus discursos; podríamos concluir con toda facilidad que su política energética es poco más que una lista de deseos formulada por las mayores empresas de explotación de combustibles fósiles: quitar las limitaciones medioambientales a la extracción de petróleo y gas natural, construir los oleoductos de Keystne XL y Dakota Access, permitir que más tierras federales sean abiertas a la perforación, retirar a Estados Unidos de los acuerdos climáticos de París, acabar con el plan de Energías Limpias de Obama, reactivar la industria de la extracción de carbón, y más, y más, hasta el infinito. De hecho, muchas de sus propuestas, simplemente han sido extraídas directamente de las conversaciones con los más altos directivos de la industria de la energía y sus pródigamente financiados aliados en el Congreso.

Sin embargo, si el lector mira detenidamente este cúmulo de propuestas pro-dióxido de carbono, las todavía inadvertidas contradicciones muy pronto se hacen aparentes. Si todas las políticas de Trump fuesen aprobadas –y el nombramiento del negacionista del cambio climático y fiscal general de Oklahoma, cuya amistosa actitud en relación con la industria de la energía es bien conocida, Scott Pruitt, al frente de la EPA sugiere que eso se hará– no todos los sectores de la industria de la energía prosperarán. En lugar de eso, muchas empresas de los combustibles fósiles serán borradas del mapa gracias a la caída de precios provocada por el enorme exceso de oferta de crudo, hulla y gas natural.

Por cierto, dejemos de pensar que el objetivo de la política energética de Trump es sobre todo ayudar a las empresas que explotan los combustibles fósiles (aunque, seguramente, algunas se beneficiarán). Antes bien pensémosla como una nostálgica compulsión que aspira a restaurar el Estados Unidos de otros tiempos, donde las centrales eléctricas a carbón, las siderúrgicas y los coches siempre sedientos de gasolina eran los indicadores del progreso, mientras la preocupación por la contaminación del aire –dejemos de lado el cambio climático– todavía era una cuestión por venir.

Si queremos una confirmación de que esa devastadora versión de nostalgia da forma al corazón y el alma de la agenda energética de Trump más vale no centrarse en sus propuestas específicas o en alguna combinación de ellas. Miremos en cambio su elección del CEO de ExxonMobil Rex Tillerson para que sea su secretario de Estado y la del ex gobernador del empetrolado estado de Texas, Rick Perry, para la secretaría de Energía, por no hablar de su fervor por los combustibles fósiles que tiñó todas sus declaraciones y opiniones durante su campaña electoral. Según su sitio web de campaña, su máxima prioridad será “permitir que Estados Unidos destine 50 billones de dólares a la explotación de las reservas de crudo y gas natural no convencionales, además de las de hulla”. Para ello, dice el sitio web, Trump “arrendará zonas federales, tanto en tierra como en el mar, anulará la moratoria que pesa sobre el carbón y abrirá los yacimientos de energías no convencionales”. Mientras tanto, cualquier norma o regulación que se cruce en el camino de la explotación de esas reservas será anulada.

Si todas las propuestas de Trump resultan aprobadas, se disparará la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) de Estados Unidos, dando fin así a la disminución lograda en los últimos años e incrementando la velocidad del cambio climático global. Dado que otros importantes emisores de GEI, sobre todo India y China, se sentirán menos obligados a cumplir los compromisos sumidos en París si Estados Unidos no los respeta, lo más probable es que el calentamiento global aumente más allá de los 2 ºC por encima de los niveles de la era preindustrial que los científicos consideran que es lo máximo que el planeta es capaz de absorber sin que haya catastróficas consecuencias. Y si, tal como prometió, Trump revoca también todo un conjunto de regulaciones medioambientales y desmantela la EPA, gran parte del progreso logrado en los últimos años en la mejora del la calidad del aire que respiramos y el agua que bebemos sencillamente será eliminado y el cielo sobre nuestras ciudades y zonas suburbanas volverá a ser gris por la niebla tóxica y los contaminantes de todo tipo.

Eliminar todas las restricciones en la extracción de carbón

Para apreciar en toda su dimensión la oscura y delirante naturaleza de la nostalgia energética de Trump, empecemos haciendo un repaso de sus propuestas. Dejando de lado su colección de Tweets y simplismos, hay dos discursos suyos dichos ante grupos de la industria de la energía que son la expresión más elaborada de sus puntos de vista: el primero, lo pronunció el 26 de mayo en el Congreso de la Cuenca Petrolera Williston, en Bismarck, North Dakota, para un grupo dedicado básicamente a la extracción de petróleo no convencional mediante la tecnología de fractura hidráulica (fracking) en la formación Bakken; el segundo, fue el 22 de septiembre en Pittsburgh y estaba dirigido a la Coalición Marcellus Shale, un grupo de extracción mediante fracking en el estado de Pennsylvania.

En ambas ocasiones, los argumentos de Trump estaban pensados para conseguir el favor de este segmento de la industria mediante la promesa de derogar cualquier regulación que se opusiera a la intensificación de las perforaciones. Pero esto no era más que el comienzo para el por entonces candidato. Después, continuó con el planteo del “Plan energético Estados Unidos primero”, diseñado para la eliminación virtual de todo impedimento a la explotación de petróleo, gas natural y carbón tanto en tierra firme como en aguas costeras para asegurar el liderazgo mundial duradero en la producción de combustibles fósiles.

Buena parte de esto, adelantó Trump en Bismarck, sería puesto en marcha en los primeros 100 días de su gobierno. Entre otras cosas, prometió:

* Rescindir el compromiso de Estados Unidos con los acuerdos climáticos de París e interrumpir los pagos a los programas de Naciones Unidas contra el calentamiento global con dinero del contribuyente estadounidense.

* Levantar cualquier moratoria existente relacionada con la producción de energía en tierras federales.

* Solicitar a Canadá la renovación de los permisos para la construcción de oleoducto Keystone.

* Anular las políticas que imponen restricciones injustificadas respecto de las nuevas tecnologías de perforación.

* Salvar la industria del carbón.

Los detalles de cómo sucedería todo esto no fueron proporcionados ni por el candidato ni –más tarde– su equipo de transición. De todos modos, el eje central de su enfoque no podría ser más claro: abolir todas las regulaciones y directivas presidenciales que se opongan a la extracción irrestricta de los combustibles fósiles, entre ellas los compromisos asumidos por el presidente Obama en diciembre de 2015 en el marco de los acuerdos climáticos de París. Particularmente, esto incluiría el Plan Energías Limpias de la EPA y su promesa de reducción sustancial de la emisión de gases de efecto invernadero en las centrales eléctricas que queman hulla, junto con la orden de mejorar la eficiencia para alcanzar los 100 km con 4,34 litros de gasolina en todos los coches fabricados en 2025. Como todas estas medidas constituyen el meollo de las “decididas contribuciones” de Estados Unidos al acuerdo de 2015, sin duda serán los primeros objetivos de una presidencia Trump y representarán una retirada funcional de los acuerdos de París, incluso aunque una retirada real de esos acuerdos es algo que no puede concretarse al instante.

Es imposible predecir con qué prisa se moverá Trump respecto de sus promesas ni en qué medida tendrá éxito. Sin embargo, dado que muchas de las medidas tomadas por la administración Obama para encarar el cambio climático fueron aprobadas como directivas presidenciales o normas promulgadas por la EPA –un estrategia adoptada para sortear la oposición de los escépticos climáticos en un Congreso controlado por los republicanos–, se verá obligado a imponer un buen número de sus prioridades mediante la emisión de nuevas órdenes ejecutivas que anulen las de Obama. Sin embargo, algunos de los objetivos estarán lejos de conseguirse. Particularmente, será bastante difícil “salvar” la industria del carbón si las eléctricas de Estados Unidos continúan prefiriendo el gas natural, que les resulta más barato.

Ignorar las realidades del mercado

Este último punto es el que muestra la mayor contradicción del plan energético de Trump. Si se trata de estimular la extracción de todos los combustibles fósiles, es inevitable que se condene a aquellos sectores de la industria que no pueden competir en el contexto dominado por los bajos precios del mercado trumpiano de la energía.

Tomemos la competencia entre la hulla y el gas natural en la industria de la generación de electricidad en Estados Unidos. Como resultado del uso cada vez más extendido de la tecnología de la fracturación hidráulica en los prolíficos yacimientos de no convencionales de este país, la disponibilidad de gas natural se ha disparado en los últimos años, multiplicándose por 1,5 entre 2005 y 2015. Con tanto gas extra en el mercado, era natural que los precios se redujeran; lo que ha significado una gran ayuda para el aumento de los beneficios de las empresas generadoras de electricidad, que han convertido sus centrales para poder quemar gas en lugar de carbón. Por encima de cualquier otra circunstancia, he aquí el porqué de la caída del uso del carbón cuyo consumo total bajó un 10 por ciento solo en 2015.

En su discurso ante la Coalición Marcellus, Trump prometió que facilitaría el aumento de la producción de ambos combustibles. Dijo que en particular eliminaría las regulaciones federales que, sostuvo, “continúan siendo el mayor obstáculo para la extracción de los combustibles no convencionales” (presumiblemente, esto se refería a las medidas de la administración Obama que apuntaban a las excesivas fugas de metano –un importante gas de efecto invernadero– desde las instalaciones de fracking en tierras federales). Al mismo tiempo, juró que “acabaría con la guerra declarada contra el carbón y los mineros del carbón”.

En la imaginación de Trump, esta “guerra contra el carbón” es una acción orquestada por la Casa Blanca para disminuir su producción y consumo mediante un exceso de regulaciones, sobre todo el Plan de Energías Limpias. Pero en tanto el plan –si alguna vez se pusiera en pleno funcionamiento– redundaría en una cada vez más rápida disminución de la producción de carbón, la verdadera guerra contra el carbón la llevarían a cabo los mismísimos operadores de fracking que Trump trata de quitar todo freno. Mediante el aliento a una producción irrestricta de gas natural, él asegurará la perdurabilidad de los bajos precios del gas y, consecuentemente, la depresión del marcado del carbón.

Una contradicción similar está en el centro mismo del enfoque de Trump respecto del petróleo: en lugar de tratar de reforzar los sectores centrales de la industria, él prefiere el punto de vista de un mercado supersaturado que acabará haciendo daño a muchos productores nacionales. De hecho, ahora mismo, el mayor impedimento para el crecimiento y la rentabilidad de las empresas petroleras es el entorno de bajos precios provocado por el exceso de oferta, debido en buena parte al boom de producción de petróleo no convencional en Estados Unidos. Con más crudo volcado sin cesar en el mercado y una demanda mundial insuficiente, los precios se han mantenido deprimidos durante más de dos años, afectando gravemente incluso a la producción mediante fracking. Muchos de los productores estadounidenses con esta modalidad, entre ellos algunos que trabajan en la formación Bakken, se ven obligados a suspender operaciones o declararse en quiebra ya que cada nuevo barril de crudo no convencional les cuesta más producirlo que lo que pueden obtener por él con su venta.

En esta apurada situación, el punto de vista de Trump –extraer la mayor cantidad posible de petróleo en Estados Unidos y Canadá– es potencialmente desastroso, incluso en términos de la propia industria de la energía. Por ejemplo, amenazó que habilitaría todavía más tierras federales –en tierra firme y en el litoral marítimo–, incluyendo presumiblemente zonas que hasta ahora estaban medioambientalmente protegidas como el Refugio de la Vida Silvestre del Ártico y el fondo del mar en las costas del Atlántico y el Pacífico, para perforar aún más. Además, está claro que se aprobará y facilitará la construcción de oleoductos –como el resistido en North Dakota– y otras infraestructuras necesarias para poner en el mercado los recursos adicionales.

En teoría, este enfoque destinado a inundarnos de petróleo ayudaría a conseguir la muy mentada –por Trump– “independencia” energética de Estados Unidos pero, dadas las circunstancias, seguramente acabará siendo una calamidad de primer orden. Y la tan fantasiosa visión de un futuro mercado de la energía será algo cada día más confuso gracias a la aspiración de Trump de asegurar la supervivencia de esa particularmente sucia forma de producir petróleo que es el tratamiento de las arenas bituminosas de Canadá.

No es sorprendente que también esa industria esté enormemente presionada por la caída del precio del crudo, ya que la producción de petróleo a partir de la arena bituminosa es mucho más cara que con el convencional. En este momento está faltando un oleoducto con la capacidad adecuada para hacer llegar ese material tan espeso y sucio a las refinerías del golfo de México donde podría ser convertido en gasolina y otros productos de valor comercial. Entonces, he aquí una ironía más en la cuenta de Trump: al apoyar la construcción del oleoducto Keystone XL Trump está arrimando una nueva dificultad a sus propios planes. El lanzamiento de semejante salvavidas a la industria canadiense –permitiendo así que compita en mejores condiciones con el crudo estadounidense– sería otro golpe contra su propio “plan energético Estados Unidos primero”.

Buscando las razones subyacentes

Para decirlo con otras palabras, no hay dudas de que el plan de Trump demuestra ser un enigma o un acertijo dentro de un nebuloso conjunto de contradicciones. Aunque parecería ofrecer grandes oportunidades a todos los sectores industriales ligados a los combustibles fósiles, sólo beneficiaría al del carbón, mientras otras empresas y sectores se resentirían. ¿Cuál podría ser la motivación de una perspectiva tan extravagante y peligrosa para el planeta?

No caben dudas, en cierta medida está relacionada, al menos en parte, con la profunda y perdurable nostalgia del presidente electo por el Estados Unidos de rápido crecimiento (y mayormente libre de regulaciones) de los años cincuenta del siglo XX. Cuando Trump estaba creciendo, Estados Unidos estaba viviendo una expansión extraordinaria y la producción de bienes básicos –entre ellos, el petróleo, el carbón y el acero– crecía de día en día. Las industrias más importantes del país estaban muy sindicalizadas; los suburbios estaban en su mejor momento; en el barrio neoyorquino de Queens, donde Trump empezaba a vivir, los edificios de apartamentos eran cada vez más altos; los coches salían sin cesar de la línea de montaje en lo que por entonces estaba muy lejos de ser un “Cinturón de Óxido”; y las refinerías y las centrales eléctricas a base de carbón producían una enorme cantidad de energía para hacer que todo eso ocurriera.

Habiéndome criado en el Bronx, justo enfrente –del otro lado del estrecho de Long Island– de donde se crió Trump, puedo recordar la ciudad de Nueva York de aquellos años: enormes chimeneas escupiendo espesas columnas de humo en todo el horizonte y autopistas repletas de coches que aportaban su cuota de suciedad pero también aquella sensación de explosivo crecimiento. Por entonces, ni constructores de edificios ni fabricantes de coches debían preocuparse demasiado por las regulaciones en su actividad, mucho menos las ambientales; esto hacia que la vida –para ellos– fuese más sencilla.

Es a esa época saturada de dióxido de carbono a la que Trump sueña regresar aunque ya está bastante claro que el único tipo posible de sueño que alguna vez puede salir de su conjunto de políticas será una pesadilla total, con temperaturas batiendo todos los récords, ciudades costeras inundadas, bosques en llamas y tierras cultivables convertidas en páramos.

Y no olvidemos otra cuestión: el afán de venganza de Trump; en lo que ahora nos atañe, no contra su oponente demócrata en las últimas elecciones sino contra quienes no le votaron. Donald es muy conciente de que la mayor parte de los estadounidenses que se preocupan por el cambio climático y están en favor de una decidida evolución de Estados Unidos hacia las energías verdes no le votaron, entre ellos prominentes figuras de Hollywood y Silicon Valley que contribuyeron espléndidamente a la campaña de Hillary Clinton respondiendo a su promesa de que el país se trasformaría en una “superpotencia de las energías limpias”.

Dada su conocida inclinación por el ataque a quienquiera que frustre sus ambiciones o hable negativamente de él y su anhelo de castigar a los ambientalistas mediante, entre otras cosas, la revocación de todas las medidas del presidente Obama tomadas para agilizar el empleo de las energías renovables, se espera que haga pedazos la EPA y todo lo que pueda para eliminar todo lo que se oponga a la explotación de los combustibles fósiles. Si eso implica apresurar el incendio del planeta, pues que se incendie. A él tampoco le importa (con sus 70 años, no vivirá para verlo): no cree en la ciencia o no piensa que esto pueda perjudicar los negocios de su empresa en los próximos años.

A este brebaje todavía le falta un ingrediente: el pensamiento mágico. Como muchos líderes de estos tiempos, Trump parece equiparar el dominio del petróleo en particular, y de los combustibles fósiles en general, con el dominio del mundo. En esto, coincide con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, quien en su disertación de doctorado escribió sobre la necesidad de aprovechar las reservas rusas de crudo y gas natural para restaurar el poder global del país, y con el CEO de ExxonMobil, Rexon Tillerson, de quien se dice es el favorito de Trump para la secretaría de Estado y durante mucho tiempo socio del régimen de Putin. Para estos y otros políticos y magnates –por supuesto, aquí hablamos casi exclusivamente de hombres– la posesión de enormes reservas de petróleo confiere una especie de vigor viril. Tal vez el equivalente nacional al Viagra.

En 2002, Robert Ebel, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales planteó muy sucintamente el tema: “El petróleo es mucho más que el alimento de coches y aviones: el petróleo alimenta el poder militar, el tesoro nacional y la política internacional... [Es] un determinante del bienestar, la seguridad nacional y el poder internacional para quienes lo posean y lo opuesto para quienes no lo tengan”.

Da la impresión de que Trump ha asimilado perfectamente esta línea de pensamiento. “El dominio en el plano de la energía será el objetivo declarado de la economía estratégica y la política exterior de Estados Unidos”, dijo el pasado mayo en el foro Eilliston. “Seremos absolutamente independientes de cualquier necesidad de importar energía del cártel de la OPEP o de cualesquiera países hostiles a nuestros intereses.” Parece firmemente convencido de la rápida extracción de petróleo y otros combustibles fósiles hará que “vuelva la grandeza de Estados Unidos”.

Esto es un delirio, pero como presidente sin duda estará en condiciones de hacer lo que haga falta para que su programa consiga el caos energético, tanto en el corto plazo como en el largo. En realidad, Trump no podrá revertir la transición mundial hacia las energías renovables que está hoy en curso ni influir en el aumento de la producción estadounidense de combustibles fósiles para alcanzar ventajas importantes en la política exterior. Sin embargo, sí es probable que sus esfuerzos aseguren la entrega del liderazgo de Estados Unidos en energías limpias a países como China o Alemania, que ya están compitiendo en el desarrollo de sistemas basados en energías renovables. Y al hacerlo, garantizará también que todos nosotros vivamos aún más fenómenos climáticos extremos. Jamás recreará él el soñado Estados Unidos de sus recuerdos ni nos regresará al hirviente caldero de la economía del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, pero quizás tenga éxito en la recuperación de los cielos con niebla tóxica y los ríos envenenados tan característicos de aquella época y, como premio, acceder al consabido desastre climático planetario. El eslogan de Trump debería ser: “Volvamos al Estados Unidos con nieblas tóxicas”.

Michael T. Klare , colaborador regular de   TomDispatch , es profesor de estudios sobre paz y seguridad mundial en el Instituto Hampshire y autor del reciente libro   The Race for What’s Left . Una versión documental en vídeo de este libro,   Blood and Oil , está disponible en la FundaciónMedia Education .

http://www.tomdispatch.com/post/176222/tomgram%3A_michael_klare%2C_donald_trump%27s_energy_nostalgia_and_the_path_to_hell/#more

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=220827

En consecuencia, tenemos gobiernos garantes y promotores de los negocios gran capitalistas en vez de responsables por la vida y los pueblos. Son políticas de estado del sistema opresor y represor al que debemos cambiar en vez de seguir esperanzados en elegir otro presidente. Trump o Macri son expresiones de la maximización de concentración y centralización del capitalismo.                                                                                                                                                                                                                                     

 

Trump: la tendencia neoautoritaria y la crisis epocal del capitalismo
6 de diciembre de 2016

 

Por Luis Arizmendi

I

La vuelta de siglo ha comenzado haciendo estallar la crisis epocal del capitalismo. Una crisis de alcances mucho mayores que la Larga Depresión del siglo XIX y la Gran Depresión del siglo XX. La crisis de sobrefinanciamiento, que empezó en el segundo quinquenio del nuevo siglo, pusó al descubierto el inicio de una crisis de sobreproducción de impactos globales. Sin embargo, esta crisis es irreductible a una crisis cíclica de sobreacumulación. Constituye una crisis epocal porque desde la convergencia de diversas crisis, pero ante todo desde la crisis ambiental mundializada, conforma en sí misma una era. Sus orígenes pueden rastrearse varias décadas atrás y tiende a prolongarse todo el resto del siglo. La crisis mundial alimentaria comenzó en 2007-2008. La pobreza que no era mundial, se tornó pobreza global a partir de 1990. Una década después de que el Banco Mundial la empezara a medir para diseñar programas de combate contra los pobres, la ONU la reconoció al hablar del “desafío de los slums”. La crisis ambiental mundializada comienza más atrás. Con el informe del Club de Roma puede periodizarse su comienzo en 1972. El “cambio climático” está regido por un trend que apunta a desestabilizar amenazadoramente el proceso de reproducción de la sociedad global todo el siglo XXI, incluso más allá.

 

El proyecto de capitalismo de Donald Trump debe ser evaluado ante la crisis epocal y sus tendencias. En ese marco, consigue identificarse mejor su significado histórico para EU y el mundo.

 

En la vuelta de siglo, dos tendencias formalmente contrarias han jaloneado entre sí por definir el sentido del complejo tiempo de transición en que se encuentra inserto el capitalismo mundial.

Una tendencia ha propugnado por conformar lo que puede reconocerse como un genuino liberalismo del siglo XXI. Ha adquirido diferentes formas de expresión convocando a enfrentar el hambre mundial, la pobreza global, la crisis ambiental, la transición energética y los derechos humanos con base en intervenciones del sistema de Estados que retrocedan ante la devastación social y natural generada en las últimas décadas. Asume que se ha llegado muy lejos en la ofensiva lanzada y que la acumulación capitalista enfrentará desestabilizaciones inmanejables si se sigue esa marcha. Sin embargo, frente y contra el liberalismo del siglo XXI, una tendencia neoautoritaria le ha cerrado paso. Se niega a retroceder y apunta a reconfigurar el capitalismo global imponiendo trayectorias que, con tal de maximizar la tasa de acumulación, no se detengan en agudizar la devastación de los fundamentos de la vida social-natural y de la civilización.

 

El proyecto de capitalismo de Donald Trump de ningún modo corresponde al liberalismo del siglo XXI. Conforma un obstáculo rígido caracterizarlo como neokeynesiano y puramente como proteccionista. Su propuesta de elevar el estándar de vida de la clase trabajadora americana se inserta en la violación de los derechos humanos y la confrontación de los distintos destacamentos étnicos de la clase trabajadora internacional. De su propuesta de un acuerdo de paz entre EU y Rusia deriva, sin duda, la promoción de una nueva geopolítica mundial para el siglo XXI. Si bien de modo directo neutraliza los riesgos de una guerra nuclear entre potencias, sin embargo, apunta a que el siglo XXI sea un siglo de apuntalamiento del poder militar nuclear. Su arribo a la Casa Blanca puede hacer que el periodo 2017-2020 detone un grave impacto en los siguientes 10 mil años del “planeta azul”. El aferramiento neoautoritario al patrón energético basado en petróleo y gas agudiza el trend del sobrecalentamiento planetario hacia el colapso climático. Con todo lo que significa en terminos de propulsión hacia guerras por la disputa de los yacimientos de energía fósil, de devastación de los países pobres mayormentes vulnerables, de ecomigraciones y confrontación entre distintos conglomerados sociales por los recursos naturales y el agua en el marco de la agudización de la crisis ambiental mundializada.

 

“Make America great again” es un eslogan que representa un proyecto, indudablemente confuso pero intransigente, de reconfiguración del capitalismo estadounidense y de su poder geopolítico para la disputa por la hegemonía mundial. Apunta a impactar no sólo en la relación del capitalismo estadounidense con la clase trabajadora americana, sino a integrarla agresivamente en la tendencia neoautoritaria por mantener a EU en la cumbre del poder planetario. Incuba violencia político destructiva creciente como postura histórica ante la crisis de nuestra era. El proyecto de capitalismo de Donald Trump personifica la tendencia neoautoritaria del capitalismo del siglo XXI.

 

II

Al concluir el siglo anterior, Carl Amery publicó un libro con un título de incuestionable vigencia: ¿Auschwitz comienza el siglo XXI? Hitler como precursor. Una obra que convoca a ser recibida como una advertencia: los mayores peligros ante la crisis epocal del capitalismo no conducirán hacia la reedición puntual del proyecto de la Alemania hitleriana, sino a su relanzamiento a partir de su metamorfosis histórica. El neonazismo no contiene necesariamente antisemitismo, sin embargo, no por eso deja de ser neonazismo. En el marco de diversas trayectorias que pueden seguirse, el nazismo está emergiendo nuevamente, pero como tendencia hacia el neonazismo.

 

Cuando, ante los impactos de la crisis del 29, Karl Korsch teorizó la “contrarrevolución fascista” unidimensionalizó la integración de la clase trabajadora al nazismo alemán. Denunció la negación de las necesidades emancipatorias de los dominados modernos, con el nazismo presentándose al reves, es decir como presunta versión del socialismo basada en la expansión del Estado nacional, pero no visibilizó que el nacional-socialismo no fue sólo un engaño ideológico. Que su fundamento material lo conformó el entrecruzamiento, trágico pero profundo, de necesidades del capitalismo alemán con necesidades inmediatas de la clase trabajadora germana. La desconexión de las necesidades inmediatas respecto de las necesidades históricas de la clase trabajadora alemana constituyó una desconexión esencial sine qua non para la existencia misma de la Alemania hitleriana.

 

Para el capitalismo alemán, la “guerra relámpago” (blitzkrieg) contra los países de Europa era el medio para la integración de su “espacio vital”. La construcción del Grossraumwirtschaft, esto es del área económica amplia, apuntaba a volver realidad por primera vez el proyecto de una paneuropa, pero en tanto subordinada a la disputa del Estado hitleriano por la hegemonía mundial. Hitler buscaba impedir el posicionamiento definitivo de EU como hegemón. El proyecto de unificación violenta de Europa debía llevar invariablemente a invadir la URSS, buscando dotar a la Alemania nazi de un espacio geoeconómico suficiente para contender por el poder planetario. Logró la incorporación de la clase trabajadora germana porque al imponer la subordinación nazi a otros Estados, se avanzaba para contrarrestar no sólo la crisis del capitalismo alemán, sino el impacto de la crisis en esa misma clase trabajadora. Incluso, los integrantes de la alta jerarquía del partido nazi pudieron escalar y reposicionarse temporalmente como miembros de la burguesía a partir de apropiarse de las fábricas expropiadas en los Estados invadidos. La complicidad inexcusable pero efectiva de la clase trabajadora germana con el proyecto del Grossraumwirtschaft hitleriano conformó su estrategia de sobrevivencia ante la crisis del 29. En el marco de la disputa por los recursos económicos, la clase trabajadora alemana asumió la violencia político destructiva en su confrontación con los distintos destacamentos nacionales de la clase trabajadora europea. El nazismo siempre hace de la bellum omnum contra omnes un medio esencial de desarrollo de su poder político.

 

Sin duda, la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI está trayendo de regreso un escenario similar en EU y Europa. Si la ultraderecha europea empieza a ganar elecciones en 2017, la tendencia neoautoritaria podría abrirse paso desde los dos lados del Atlántico. A través de discursos políticos islamofóbicos, latinofóbicos, xenofóbicos, racistas, misóginos o abiertamente neonazis, esa tendencia ya tiene forma de expresión en el Partido de la Libertad en Austria, el Partido por la Libertad en Holanda, el UKIP en Gran Bretaña, el Fidesz en Hungría, Ley y Justicia en Polonia, el Partido Popular Danés, el Partido del Progreso en Noruega, y Alternativa para Alemania, a los que hay que agregar la alt-right americana –que recibió el desenlace de las elecciones con un “Heil Trump”–. Tienen en común un electorado racista blanco, de bajo nivel educativo, que pretende poner fin a la tolerancia religiosa, la integración pluriétnica, los derechos de las mujeres y terminar con las instituciones presentes para retornar, por la fuerza, a otras de un pasado imaginariamente glorioso. No es mera retórica que Le Pen vea en la victoria de Trump el “principio de un nuevo mundo”.

El “efecto Trump” no es pura creación de los mass media, aunque ciertamente le brindaron una enorme proyección como presunto “outsider” impugnador del establishment. Representa la absorción del descontento y el rechazo social a los impactos de la crisis contemporánea, pero para recanalizarlo hacia una reconfiguración cada vez más amenazante del ejercicio del poder político y del poder planetario.

En este sentido, lo decisivo no reside en si Donald Trump representa hic et nunc el doble político exacto del proyecto de Estado de Hitler o Mussolini. El peligro emerge de que personifica la tendencia neoutoritaria más radical como falsa salida ante la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI. El “huevo de la serpiente” al que aludiera Ingmar Berman está de regreso.

 

III

 

No ha sido casual que una de las fuerzas centrales del discurso político de Trump haya consistido en la promulgación cínica del adiós a la promesa del progreso para todos con la modernidad capitalista. No obstante, su proyecto no lleva la formulación de que en la modernidad americana la opulencia y el confort han ingresado en un colapso irreversible, más bien plantea que para que puedan garantizarse para unos cuantos, tendrá que  admitirse el dolor y la exclusión –tendencialmente incluso la eliminación– de muchos más.

 

El arribo de Trump a la Casa Blanca personifica un proyecto de capitalismo que tiene como uno de sus principales puntales la agresiva confrontación interétnica pero también intraétnica de los trabajadores modernos. Pero su sentido histórico reside no sólo en promover el cercenamiento de diversos conjuntos de la pluspoblación internacional, también apunta a llevar más lejos la sobre-explotación global de la fuerza de trabajo.

 

México está colocado en primera fila en el proyecto de Trump por un capitalismo crecientemente ofensivo con la clase trabajadora internacional. La amenaza de la deportación de 2 millones de indocumentados mexicanos, tratados xenofóbicamente como si fueran criminales, encubre que en los hechos se está apuntando a imponer una sobre-explotación aún más agresiva, propiamente brutal, sobre los otros 9.5 millones de chicanos en EU. Sobre-explotación significa que se viola las leyes de la modernidad capitalista porque se roba salario a los trabajadores. Se ejerce de forma permanente o estructural sobre los migrantes indocumentados en EU, pero con Trump podría ser duplicada. A la sustracción de valor al salario de los indocumentados mexicanos por los capitales privados, podría sumarse la sustracción de valor desde el Estado. Las leyes internacionales serán violadas si se impone el robo de las remesas para financiar la construcción del Muro del Río Bravo, que anuncia horrores peores que los del Muro de Berlín. El siglo XXI no aprende de la oscuridad del siglo XX. Será el símbolo par excellence de la tendencia a la conformación de un Estado de excepción, del proyecto de estatuir como ley la violación de las leyes.

 

De llevarse a cabo, la incautación del envío de remesas significará un fuerte golpe para la clase trabajadora mexicana, que cuenta con el salario mínimo más bajo en siete décadas. De acuerdo a BBVA Research, México se ubica en el quinto lugar de países que más remesas reciben en el mundo. Después de India, China, Filipinas y Francia.

La aglomeración de población internacional sobrante en la frontera propulsará la intensificación de la pobreza y, por tanto, el reclutamiento de fuerza de trabajo para la economía criminal. Crecerá la economía ilegal, la trata de blancas y la esclavización de mujeres –que ya constituye el segundo canal de acumulación de renta criminal en México–. Más de 200 años después de su promulgación por Miguel Hidalgo, la prohibición de la esclavitud en México es letra muerta. La trata de blancas constituye la nueva forma de esclavitud moderna en el siglo XXI.

 

IV

A partir del surgimiento del Estado neoliberal, a principios de los ochenta, México ha desplegado tres formas de acumulación por desposesión, que se sobreponen y no son simplemente sucesivas.

 

De 1982 a 1988, estrenó una forma de acumulación por desposesión que en Argentina, en el sexenio previo, requirió la presencia de una dictadura militar. En México, sin dictadura, una enorme sustracción de valor al salario nacional se impusó como fuente de financiamiento de una enorme deuda externa. Desde ahí, la acumulación por desposesión por servicio de la deuda llegó para quedarse. Medida como proporción del PIB, excluyendo reservas internacionales y tenencias en oro, México se ubica como la octava economía más endeudada del orbe.

 

De 1988 a 2006, como resultado de ser el único país en  aplicar al pie de la letra el Consenso de Washington durante décadas, México transitó a una nueva forma de subordinación centro/periferia: la subordinación global. Todos los núcleos estratégicos de los diversos sectores de la economía nacional (innovación tecnológica, petróleo, gas, alimentación, banca, etc), pasaron a ser internamente subordinados por el capital transnacional. Estas dos formas de acumulación por desposesión masificaron la pobreza hasta impactar al 80% de la población.

Específicamente desde 2006, el país transitó hacia una tercera forma de acumulación por desposesión: emergió el capitalismo necropolítico. Una configuración del capitalismo que, con base en la economía criminal, hace de la política de muerte fundamento de nuevos modos de acumulación imponiendo violencia decadente y abusos insólitos. Con el capitalismo necropolítico la renta criminal ha diversificado sus fuentes de modo insospechado: producción y mercado negro de drogas, trata de blancas, tributo criminal por circulación de mercancías y personas, tributo ilegal por operación de comercios y restaurantes, incluso por ocupación de casa habitación. Producto de la impunidad sobre el caso de Ayotzinapa, se abrió más el abanico de la renta criminal, pasando a incluir esclavización de niños, mercado negro de órganos, matrimonio servil y experimentación biomédica ilegal. El capitalismo necropolítico edificó la acumulación por desposesión basada en violencia decadente. Ha hecho de México el país del continente americano con mayor número de personas en esclavitud.

El proyecto de Estado de Trump conducirá a una creciente violación de derechos humanos en los dos lados de la frontera del Río Bravo. Como el flujo de migrantes indocumentados proviene desde Centroamérica, profundizará el impacto de la violencia decadente a lo largo de todo el territorio –que ya ha de México un país de fosas comunes clandestinas–. Aunque por su acelerada integración al lavado internacional de dinero, México nunca ha recibido los duros cuestionamientos que la ONU le dirigió a Colombia, es el país con más denuncias ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El proyecto de capitalismo neoautoritario latinofóbico de Trump, sin duda, propiciará el recrudecimiento del capitalismo necropolítico en México.

 

V

El TLC volvió a México un prototipo de dependencia energética, dependencia alimentaria y dependencia financiera. Aproximadamente, 75% de las exportaciones mexicanas se realizan hacia EU. La reproducción global del capitalismo mexicano opera entrecruzada sobremanera con el capitalismo estadounidense.

La desindustrialización estratégica como fundamento de un tributo permanente hacia EU impactó, ante todo, a PEMEX. México es el único país con yacimientos petroleros que tan sólo cuenta con 6 refinerías. No invierte en petroquímicas, por eso, se encuentra inserto en el círculo vicioso de una dependencia artifical: exporta petróleo barato a EU para importarle gasolina cara. Entre los países petroleros, Venezuela cuenta 24 refinerías, Japón con 31, Rusia con 41, China con 51 y EU con más de 130. La subordinación global de México a EU no ha traído únicamente desindustrialización estratégica en el sector energético. Mientras en Irak hizo falta una guerra para entregar los yacimientos energéticos al capital transnacional, en México se hizo aplicando “reformas estructurales” neoliberales. La renta petrolera esta reorganizada para operar no como renta nacional, sino cada vez más como tributo transnacional a favor de EU.

Desde el TLC, la gran industria mexicana fue despedazada para ser sustituída por una gran maquiladora internacional. Después del petróleo crudo, las principales exportaciones de México son automóviles, piezas repuesto, camiones de reparto, televisores de pantalla plana, smartphones, computadoras, aparatos de radiofrecuencia, café y plata. Es inexistente un proyecto de desarrollo tecnológico y energético que asuma el relanzamiento de la soberanía nacional. La subordinación global ha generado desindustrialización y desfinanciamiento estratégicos en ramas clave de la economía mexicana.

El desfinanciamiento estratégico del campo golpeó drásticamente la autoproducción nacional de alimentos. El alza de los precios internacionales de los alimentos ha puesto al descubierto la grave vulnerabilidad mexicana. México ha transitado de ser un país ejemplar en el ejercicio de la soberanía alimentaria en el siglo XX, a ser un prototipo de dependencia alimentaria en el siglo XXI. Según datos del USDA, de principios de los ochenta a nuestros días, México pasó de una tasa de 10% a una de 46% en la importación de los alimentos. Para el año 2025, México podría depender de la importación de maíz estadounidense en prácticamente un 50%.

A lo que se suma que, pese a el rescate bancario, prácticamente 95% de la banca es extranjera en México. Lejos de operar como banca de desarrollo, funciona como banca de acumulación por desposesión. Centrada en la sustracción de valor al salario nacional, a partir de crédito al consumo y préstamos por nómina, transfiere ganancias mayores para los bancos extranjeros que las que ellos obtienen en sus países de origen.

La subordinación energética, alimentaria y financiera como principales expresiones de la subordinación global de México a EU, revelan la enorme ventaja que EU ha obtenido con el TLC. El ultimátum renegociación o abandono del TLC, sin dejar de ser retórica, es un arma internacional. El capital estadounidense ya domina prácticamente todos los núcleos estratégicos de la economía mexicana, pero es insaciable. Quiere más. El proyecto de capitalismo neoautoritario va a llevar a Trump a no abandonar la subordinación global, sino a buscar imponer una asimetría comercial aún más ofensiva. Buscará que México se mantenga irrestrictamente abierto a las mercancías y el capital de EU, pero que EU cierre autoritariamente el acceso a las mercancías mexicanas, según convenga económica o políticamente incumplir lo ya firmado en el TLC.

La renegociación del TLC podría producir recesión en la economía mexicana. El crecimiento del desempleo, el cierre de empresas, el aumento de la pobreza y el golpe a las remesas van a agudizar los impactos de las tres configuraciones de la acumulación por desposesión.

México está convocado a asumir la compleja transición de reinventarse. A diversificar su juego de intercambios con el mercado mundial y sus potencias. A trascender la subordinación global asumiendo estratégicamente el desarrollo de la soberania nacional para contrarrestar todas las formas de acumulación por desposesión.

En ese marco, México podría luchar por la soberanía sobre sus recursos naturales y levantar un Muro de agua en el Río Bravo. A fines de 2017, vence el tratado pactado con EU para “compartir” agua del Río Colorado y del Río Bravo. Arizona y Nevada dependen vitalmente de ese tratado ampliamente asimétrico. Ahí se producen 15% de los alimentos de EU.

Lo que el proyecto neoautoritario de Trump no visibiliza es que EU ejerce la subordinación global sobre México, pero México tiene posibilidades efectivas para poner en práctica diversas políticas defensivas. Eso requeriría un gobierno contrahegemónico fuerte. Ser un México soberano ante la crisis epocal del capitalismo y su tendencia neoautoritaria es el gran reto histórico del México del siglo XXI.

 

VI

La postura latinofóbica de los votantes blancos de la América rural o de los trabajadores afectados por la migración de empresas que se deslocalizan no constituye la única base social de apoyo a Trump desde la clase trabajadora. Aunque obtuvo una amplia preponderancia en los estados donde la población blanca es superior a la media nacional, atrajo la preferencia de 1 de cada 5 de los votantes más pobres (es decir, con salarios inferiores a los 30 mil dls anuales). Y, más aún, atrajo 3 de cada 10 votos tanto entre latinos como entre asiáticos. Un giro sumamente relevante en las preferencias electorales que arrebató votos cruciales al Partido Demócrata.

La complejidad de la atracción de la clase trabajadora americana hacia Trump de ningún modo se descifra suficientemente aludiendo a un retorno reaccionario pero simple al racismo clásico de la modernidad americana. El voto que otorga la victoria a Trump no expresa solamente el regreso al racismo basado en el fanatismo ético de la blancura de la raza. Aunque deriva de él, en tanto los blancos europeos se encargaron de la mundialización capitalista y sus conquistas, la victoria de Trump proyecta la presencia de un “racismo” de otro orden, ejercido por poblaciones no blancas, como un fenómeno xenofóbico muy peculiar: la blanquitud.

 

Blanquitud es el concepto que inventó Bolívar Echeverría para designar aquellas formas de bellum omnium contra omnes al interior de los dominados modernos que, reproduciendo la virulencia del racismo clásico, no responde al color de la piel ni a la identidad nacional o religiosa. Es un término que da cuenta de una reconfiguración violenta de la lucha moderna de clases que absorbe las luchas por la liberación social, abriendo nuevos espacios de acción a sujetos anteriormente excluidos pero no para dar un paso adelante en las luchas emancipatorias, sino para asimilarlos como sujetos integrados a la legalidad del poder capitalista. Absorber y vencer las luchas por la liberación social es su sentido. La blanquitud en diversos conjuntos étnicos es la expresión por excelencia de la crisis del american dream y su asunción violenta de que el confort y el progreso ya no son universalizables.

La tendencia neoautoritaria que personifica Trump es peligrosa porque estimula confrontaciones inter-etnicas pero también intra-étnicas en acuerdo a la disputa por los recursos artificialmente escasos. Los latinos y asiáticos que cuentan con derechos de ciudadanía votaron por el ejercicio de la latinofobia contra sus propios connacionales indocumentados o por la islamofobia apoyando la presunta “guerra contra el terrorismo” en Medio Oriente. El proyecto de capitalismo neoautoritario de Trump da forma a un complejo caleidoscopio político que combina y sobrepone la xefonobia clásica de los blancos racistas americanos con la blanquitud de los latinos y asiáticos americanizados.

 

VII

 

Trump representa el intento de lanzamiento de una nueva geopolítica mundial para el siglo XXI.

Su apuesta reside en una estrategia inédita de disputa por la hegemonía mundial resquebrajando o incluso quebrando la alianza ente Rusia y China. En la medida en que el mayor contendiente a hegemón global es China, una alianza EU-Rusia podría imprimirle un giro radical al “gran tablero de ajedrez” geoestratégico global. Pero existen profundos intereses económicos y resistencias políticas que se oponen desde dentro del establishment americano a una alianza ruso-americana. Trump significa la colisión de dos contrastantes proyectos geopolíticos para EU en el nuevo siglo.

 

Lo único positivo, pero crucial, del boceto geoestratégico de Trump reside en que su proyecto de un pacto político inédito de paz con Rusia revierte la amenaza del inminente estallido de una guerra nuclear entre potencias. El insensato cerco logístico de las fuerzas militares de EU sobre las fronteras de Rusia y el despliegue del escudo de antimisiles de la OTAN, la construcción de enormes búnkeres anti-nucleares en Moscú para escudar a millones de personas, la promulgación de una ley rusa para suspender el pacto de reconversión de plutonio militar en combustible, los recientes desarrollos de nuevas armas nucleares rusas y coreanas, además de los preparativos de una guerra con China, son factores estratégicos que sustentan expresiones como las que realizó hasta el Papa cuando afirmó que “vivimos una Tercera Guerra Mundial por fragmentos”.

 

La devastación no constituye una contingencia sino una necesidad intrínseca a la acumulación capitalista global. La devastación se torna una necesidad mayor para el capitalismo en tiempos de crisis. Sin embargo, puede adquirir configuraciones históricas sumamente diferentes y contrapuestas.

 

Aunque Diana Johnston tiene razón cuando señala, en The queen of chaos, que el proyecto geopolítico de Clinton conducía directamente a la guerra nuclear entre EU y Rusia, es un grave error eximir a la tendencia neoautoritaria con Trump de riesgos de una conflagración atómica internacional.

 

Ciertamente, existe una profunda relación entre el calentamiento global y el calentamiento global nuclear, pero no como la formula Trump.

El abandono del acuerdo de la Cumbre de París, tendría un doble impacto en el trend de la crisis epocal del capitalismo del siglo XXI. Radicalizaría desmesuradamente la persecución esquizoide del capitalismo estadounidense por maximizar su tasa de acumulación buscando vencer a China en la disputa por la hegemonía imperial, sin detenerse ante la amenazadora devastación que acarrea el sobrecalentamiento planetario, incluso sobre la continuidad histórica del capitalismo mundial. El proyecto fosilista de Trump desde la Casa Blanca puede levantar un impacto de larga duración para el siglo XXI, anulando toda posibilidad de impedir que el “caos climático” se desboque. En el fondo, la tendencia neoautoritaria y su aferramiento temerario al patrón petrolero constituye una falsa salida a la crisis epocal del capitalismo.

 

El más radical peligro de la crisis epocal emerge del entrecruzamiento del trend de la crisis ambiental y la crisis alimentaria. El sobrecalentamiento planetario ha puesto en marcha la amenaza de la transición de una escasez espuria o artificial en la actual crisis alimentaria global hacia una escasez absoluta, que puede generarse por creciente devastación de los cultivos en el siglo XXI. Hacia el siglo XXII, el trend secular del caos climático podría llevar a una devastación de alcances equivalentes a guerra nuclear globalizada. Esos desenlaces no se definirán en el largo plazo. El corto período 2017-2020 podría pasar a la historia como el cuatrienio que tornó irreversible el trend secular del sobrecalentamiento planetario.

 

A la par, el aferramiento de la tendencia neoautoritaria al capitalismo fosilista podría llegar a abrir al peligro, si no de guerra nuclear entre potencias, sí de guerra nuclear asimétrica. No se trata sólo de que entre los multimillonarios que financiaron la campaña de Trump se opongan radicalmente al acuerdo con Irán y promuevan una guerra nuclear con mini nukes. El patrón energético basado en energía fósil vuelve inevitable, como afirma Michael Klare, el binomio petróleo-sangre. En la era de la tendencia al agotamiento del petróleo, el capitalismo fosilista conduce implacablemente a disputas bélicas por las reservas estratégicas. Irán y Venezuela están en la mira de la tendencia neoautoritaria. Cuentan con las mayores reservas probadas de petróleo y gas natural.

 

El discurso de campaña de Trump en el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) fue implacable. No es pura retórica política calificar a Irán como “el mayor patrocinador de terrorismo en todo el mundo”. Dejó claro que su principal aliado es Israel y lo apoyará totalmente como potencia económico-militar en Medio Oriente. Difícilmente una guerra nuclear asimétrica con Irán no desataría un efecto de arrastre bélico regional amplio e inestable. Siendo China el principal contendiente a la hegemonía global, ahora que ya es la tercera potencia militar, resulta geoestratégica la reciente alianza militar China-Irán. La triple alianza euroasiática Rusia-China-Irán era condición clave en la disputa oriental por la hegemonía global. Trump esta intentando abrir un complejo tiempo de transición. ¿Rusia estará dispuesta a redefinir su alianza con China e Irán en una nueva geopolítica global?

 

La geopolítica neoautoritaria está dispuesta a admitir cierta ampliación del club de Estados nucleares. Incluso, exige mayor gasto militar de sus aliados, para no tener que financiar su defensa. Aunque el PIB de EU es menor al de la Unión Europea, triplica el gasto militar de todo el resto de la OTAN. Para mantener su liderazgo militar EU tiene que gastar 4% de su PIB anual, mientras la media en gastos militares para la OTAN se encuentra en el 1.28%. EU es sin parangón la máxima potencia militar global. Invierte en su poder militar, aproximadamente, 1000% más que Rusia. Sin embargo, el proyecto geopolítico de Trump se encuentra lejos de plantear reconvertir gasto militar en gasto civil. Solicitará al Congreso que apruebe la eliminación de todo límite legal al aumento en inversión militar. La geopolítica neoautoritaria apuesta a un siglo XXI nuclear: apunta a ampliar la lista de Estados con armas atómicas, llevando más lejos el poder de EU como máxima potencia capaz de producir un overkill atómico global.

La crisis epocal del capitalismo ha hecho aparecer en el horizonte actual la potencialidad de una Tercera Guerra Mundial. Su amenaza inminente era directamente visible con Clinton. Ese peligro se posterga pero de modo incierto, sólo parece cambiar de forma con una nueva geopolítica mundial. Parafraseando a Amery, cabría preguntar: ¿Hiroshima comienza el siglo XXI?

Fuente: http://www.other-news.info/noticias/2016/12/trump-la-tendencia-neoautoritaria-y-la-crisis-epocal-del-capitalismo

 

 Crisis civilizatoria

 

Interpelémonos cómo fue y es posible que a Carta Abierta no le hiciesen ruido políticas de los gobiernos K como el fomento de la compra de autos y de la sociedad de consumo. Tampoco se sensibilizó ante la expansión de la sojización y la megaminería. Ni reaccionó frente a las leyes Chevron y Monsanto. Su conducta pone en evidencia que el progresismo ha terminado siendo retardatario al incluirse en el Estado del capitalismo dependiente. Pero sobre todo por creer en su superioridad grupal e individual respecto a quienes somos gente de a pie. Por no escuchar a las diversidades de abajo resistiendo avasallamientos de derechos rechaza o repudia la centralidad del modelo extractivo en la reestructuración socioeconómica que consolida la recolonización de Nuestra América. Se ha impermeabilizado a dar relevancia a los ecocidios-genocidios que esas expropiaciones sistémicas perpetran.

 

Pareciera que nos ha dejado, a los de abajo, sin capacidades científicas e intelectuales. No es así. Ya los pueblos originarios, las asambleas de vecinos autoconvocados en contra del exterminio y por la vida y las comunidades campesinas indígenas de Nuestra América no sólo elaboran experiencias e investigaciones sino también han suscitado o vigorizado la trascendencia de la organización de científicos, médicos y otros profesionales en lucha por erradicar el extractivismo. Ambas construcciones de la «sociedad otra» están comenzando a plantearse alternativas poscapitalistas y en esa senda anda:

 

Geopolítica crítica de la civilización petrolera.

Una mirada desde América Latina

 

El petróleo es una materia prima sumamente versátil tanto por su uso energético como por la multiplicidad de productos para consumo final que de él se obtienen tras su procesamiento petroquímico. Desde aproximadamente 1860, existe una “civilización material petrolera” que hace del petróleo la fuerza motriz abrumadoramente dominante del último siglo. Pero la importancia del petróleo en nuestra sociedad es del mismo grado que la vulnerabilidad que genera. Tras una gran devastación ambiental planetaria se vislumbra, por agotamiento de los recursos, el límite tecnológico del capitalismo petrolero.

 

Por Efraín León y Octavio Rosas Landa

Centro de Análisis Social, Información y Formación Popular, AC. Ciudad de México

 

Hace un par de años, Javier Corcuera entrevistó, en un hospital de Bagdad, a una víctima de los bombardeos contra Irak. Una bomba le había destrozado un brazo. Y ella, que tenía ocho años de edad y había sufrido once operaciones, dijo: “Ojalá no tuviéramos petróleo”. Eduardo Galeano (2006)

 

Introducción

Pensar la geopolítica de la civilización petrolera va más allá del horizonte marcado por las estrategias diseñadas para definir, difundir y sustituir el uso energético de los hidrocarburos. Es considerar, además, el papel que el petróleo tiene en nuestras sociedades como fibra que teje el conjunto de la reproducción social y su grado de correspondencia con la hegemonía estadounidense. Es necesario comprender el conjunto de intereses petroleros nacionales o corporativos que luchan por emerger, mantenerse o reacomodarse en la estructura productiva que indiscutiblemente comanda el mercado mundial, al menos desde sus dos usos esenciales: el energético y el no energético. Pero también, juntas y por separado, hay que considerar las diversas dimensiones de las estrategias (tecnológica, productiva, militar, política y financiera) y sus temporalidades (corto, mediano y largo plazo). Esto se hace necesario para evidenciar los mecanismos íntimos que fundamentan el poder de los capitales petroleros y las contradicciones profundas contenidas en esta lógica de acumulación de riqueza. En última instancia es entender el uso productivo y reproductivo que la sociedad petrolera hace del territorio y los amargos límites que ésta acarrea. Sin embargo, pensar la civilización petrolera desde una geopolítica crítica requiere además que la confrontación entre capitales petroleros sea vista desde la propia sociedad y desde los movimientos y organizaciones sociales que enfrentan el poder petrolero. Se trata de una perspectiva fuera de la lógica de este poder que pretende construir argumentos útiles para la construcción de formas justas de reproducción de nuestra sociedad, pero que no deja de contemplar las características íntimas del poder que la somete.

Punto de partida que propone construir luchas y resistencias conjuntas ante la lógica hegemónica de la civilización material petrolera, identifica conexiones reales a partir de sus contradicciones, muestra sus límites materiales en cada una de ellas y reconoce la necesidad de pensar una geopolítica crítica desde la reproducción social común y colectiva. Es decir, de una lucha social y territorial que recupere colectivamente el conjunto de la reproducción social, una gestión social que no haga culto a la ganancia sino que sea de seres y para seres humanos.

I. Capitalismo y civilización material petrolera

Los usos del petróleo y el poder general del capital petrolero

Hasta antes del uso masivo del petróleo en la producción de las más diversas mercancías, nunca antes en la historia de la humanidad se había conocido una materia prima tan versátil y de utilidad tan grande, al grado de constituirse como la responsable de definir, dirigir y erigir avasalladoramente el comportamiento y desarrollo de toda una civilización. La importancia del petróleo —y en general de los hidrocarburos— en nuestra sociedad no está dada sólo por la multiplicidad de los productos para consumo final que se obtienen directa o indirectamente de su procesamiento petroquímico (Barreda, Espinosa y Rosas Landa, 1998), sino además por su presencia en prácticamente todos los sectores y ramos industriales (farmacéutico, alimentos, transporte, cosméticos, vestido, entretenimiento, etc.), por su indispensable uso en varios momentos al interior del proceso productivo (lubricantes, empaques, bandas elásticas de producción, anticorrosivos, etc.), como responsable de revolucionar las comunicaciones y el transporte (recubrimientos impermeables para tendidos submarinos de diversa índole, uso masivo del automóvil o el desarrollo del asfalto), pero, sobre todo, como base energética que permite el movimiento completo de la producción y la reproducción en nuestra sociedad (gasolinas, diesel, turbosina, etcétera).

El grado tan profundo y diverso en que el petróleo se entreteje materialmente en nuestra sociedad le confiere rasgos tan distintivos —e imposibles de imaginar sin su presencia— que exige pensar la época comprendida desde 1860 hasta la fecha como una auténtica civilización material petrolera (Casifop-Oilwatch, 2004; 2006). La mayor capacidad y eficiencia energética de los hidrocarburos posibilitaron su constitución como la fuerza motriz abrumadoramente dominante del último siglo —destino final del 93% de su uso— pero además, dada la multiplicidad de los valores de uso derivados de la petroquímica y dirigidos al hilado productivo y al consumo final han convertido también al petróleo en la fibra material del tejido total de la reproducción social.

Por si esto fuera poco, en torno del petróleo se han conformado poderes económicos y políticos tan grandes que son capaces de dirigir, entre otros procesos, el desarrollo de la ciencia, la forma en que la sociedad gestiona su alimentación, salud y entretenimiento, la invención o promoción de movimientos sociales, el derrocamiento de gobiernos e, incluso, la creación y control total de Estados nacionales. Este poder, personificado en las grandes corporaciones petroleras mundiales, no sería posible sin su capacidad material de satisfacer —bajo el imperativo de la ganancia— el cúmulo de necesidades reales de nuestra civilización. Muchos desarrollos técnicos, estrategias políticas, militares y comerciales y todas las artimañas necesarias para difundir los usos del petróleo, serían innecesarios si la materialidad social petrolera no estuviera presente. La dependencia material que nuestra sociedad ha construido respecto de los hidrocarburos se constituye como la medida real del poder del capital petrolero y muestra el grado de fragilidad que frente a él tienen los Estados, el resto de los sectores económicos y la sociedad en su conjunto. Este colosal poder se explica, fundamentalmente, en el control del abasto de esta materia prima estratégica y de los instrumentos técnicos necesarios para su manejo y procesamiento.

 

Límites en la reproducción de la civilización petrolera

Más allá de cualquier uso particular, central o marginal, o de los rasgos específicos que la civilización material ha adquirido, pensar el petróleo en nuestra sociedad es pensarlo como rasgo fundante y como directriz de nuestra civilización, pero además, y es quizás su mayor contradicción, la importancia del petróleo en nuestra sociedad es del mismo grado que la vulnerabilidad que genera. En varios sentidos, el límite de nuestra civilización se encuentra contenido en los propios límites materiales petroleros. Nunca antes en la historia de la humanidad, en la misma medida de la utilidad de un recurso, éste se había convertido en factor de su destrucción. De forma lenta y paulatina o rápida y explosiva, la ambición capitalista por el petróleo, al tiempo que destruye a la sociedad sumergiéndola en sus propias contradicciones, con el acelerado agotamiento de las reservas petroleras amenaza con destruirla desde su propio tejido interno.

 

Contradicciones y crisis

El capitalismo magnifica hasta un punto casi insostenible las contradicciones que su proyecto civilizatorio conlleva. No sólo en la relación metabólica entre el sujeto y el objeto, sino por todas y cada una de las relaciones sociales que median y determinan esta relación primordial: las relaciones entre el capital y el trabajo, las relaciones políticas entre los Estados nacionales, las relaciones entre el campo y la ciudad, o entre clases. Cada una de estas contradicciones se manifiesta bajo la figura de una crisis singular, pero que, en el fondo, se corresponde con las demás en un complejo entramado de crisis múltiples. En primer lugar, el apetito canino de ganancia del capital petrolero generó, en el último siglo, una crisis laboral que se corresponde con la diversificación progresiva de la división del trabajo al interior del sector y que se acentúa a medida que las ganancias de las empresas petroleras trasnacionales y estatales se acumulan. Además, si las condiciones extremas de la producción global de hidrocarburos amenazan la reproducción adecuada de la fuerza de trabajo que emplea (y, en mayor o menor medida, replicadas en el resto de los sectores productivos ligados directa e indirectamente al petrolero), su correlato consuntivo se extiende al conjunto de la sociedad, sin importar si habita en el espacio rural o urbano. Podría decirse que el siglo XX es el periodo en que el capitalismo redondeó su control sobre el mundo a partir de la masificación de una humanidad desligada de lazos familiares, comunitarios, de clase y nacionales (Veraza, 2004). Esta masificación creciente se encuentra en la base de la hiperconcentración demográfica planetaria en ciudades medianas y grandes.

 

Con la consolidación de las redes y corredores interurbanos que densifican el tejido productivo, la movilidad forzosa de la fuerza de trabajo y los intercambios comerciales planetarios, el capitalismo impuso un modelo de urbanización salvaje cuyo saldo es devastador en la población urbana y rural. El capitalismo petrolero del siglo XX produjo, además de lo anterior, un gigantesco simulacro de “desarrollo nacional” que hoy también está en crisis, especialmente en la periferia. Durante los últimos cien años, cada una de las naciones “bendecidas por la naturaleza” con este don ha apostado su historia, así como la vida presente y futura de sus pueblos, al espejismo del desarrollo fundado en petróleo como “motor del crecimiento y el progreso”.

El resultado está a la vista: de un modo u otro, cada una de las naciones petroleras subdesarrolladas se ha visto envuelta en innumerables conflictos internos y externos vinculados con la disputa por la riqueza petrolera del subsuelo y el mar. En un momento u otro, de manera individual o conjunta, las naciones exportadoras de petróleo y gas son sumidas en el torbellino de las catástrofes económicas que someten su integridad territorial y soberanía política y económica, mediante mecanismos de deuda (como los países de América Latina a inicios de los ochenta), de sobreacumulación y especulación con los precios (como la Unión Soviética, a finales de esa misma década), o bien, por la rapiña balcanizadora del imperio (caso de la misma Unión Soviética, o Afganistán e Irak más recientemente). Sin embargo, la mayor encrucijada a la que se enfrenta la civilización petrolera es el agotamiento del petróleo y la devastación ambiental planetaria, anuncio del límite tecnológico del patrón civilizatorio petrolero.

Un límite que pone al capitalismo al borde de la ruina histórica.

La crisis por agotamiento de los hidrocarburos (como energéticos universales) pone hoy de manifiesto el carácter cínicamente dilapidador del capitalismo a lo largo de su historia reciente (Kozlik, 1968); no sólo porque la mitad del petróleo y gas existentes en el mundo han sido ya consumidos o porque las reservas actuales se consumirán a un ritmo (por lo menos) cuatro veces mayor —Chevron dixit— sino además porque su exploración, extracción, transporte, refinación y transformación han implicado el desperdicio de una gran parte de la riqueza material no petrolera, incluyendo la vida y salud de la población. La escasez terminal de petróleo en el mundo (que significaría el fin de su uso energético, pero no necesariamente el de su aprovechamiento petroquímico, origen de la casi inconmensurable variedad de mercancías de consumo productivo o reproductivo), actualiza en el presente y proyecta hacia el futuro la ominosa crisis ambiental global que amenaza la permanencia del sistema capitalista, pero también la del planeta. Este límite objetivo se desdobla en dos ámbitos críticos para la reproducción social y que se corresponden mutuamente como crisis ambiental metabólica interna y externa.

 

De un lado, la riqueza de la civilización petrolera capitalista se desdobla como crisis ambiental interna con la creciente miseria de la salud humana. En las ciudades, el desmedido consumo energético de la industria, el transporte y los hogares vuelve el aire prácticamente irrespirable, causa de distintos tipos de cáncer, infecciones respiratorias, de la piel, de los ojos, así como de la crónica depresión del sistema inmunológico de sus habitantes. Qué decir además del hacinamiento demográfico en urbes y megaurbes y su correspondiente aglomeración del parque vehicular, que favorecen el aumento del estrés, depresiones y todo tipo de patologías nerviosas que, a su vez, son tratadas con fármacos que provienen, en muchos casos, de la síntesis química del petróleo. En el campo, merced a la revolución técnica de la agricultura, se insume todo tipo de productos petroquímicos tóxicos en sus actividades (que a través de la tierra contaminan agua y alimentos producidos), que se transfieren al organismo de quien los produce y consume. Aunado a esto, es indispensable mencionar que todas y cada una de las actividades petroleras, desde la exploración hasta su transformación petroquímica, e incluso su venta directa (como el de gasolinas, solventes, etc.) y consumo, tienen efectos nocivos sobre la salud de la población que vive en sus proximidades.

 

La crisis ambiental externa —la otra cara de esta moneda— acentúa la irracionalidad con la que el capitalismo petrolero gestiona la reproducción social global y local: calentamiento atmosférico, adelgazamiento de la capa de ozono, contaminación de suelos, acuíferos y aire, deforestación, destrucción de ambientes marinos, desaparición de especies y ecosistemas enteros, contaminación transgénica, así como la degradación de la calidad de todos y cada uno de los valores de uso necesarios para la vida. Sin embargo, cada una de estas contradicciones que, en lo individual o de conjunto, arriban a graves límites, el capitalismo las enfrenta como únicamente sabe hacerlo: profundizándolas, posponiéndolas en el tiempo y desplazándolas en el espacio (Barreda, 1995).

 

II. Geopolítica y hegemonía de los hidrocarburos

Hegemonía mundial y el papel del petróleo en la hegemonía estadounidense

Es necesario mostrar un rasgo particular de la civilización petrolera que se dibuja durante la lucha por el control y uso de los hidrocarburos. Pensar la consolidación de la civilización petrolera es pensar, también, la emergencia de la hegemonía planetaria de Estados Unidos y el papel estructural de su traspatio continental. La definición de la supremacía estadounidense se ha fundado y definido con el control del petróleo en cada uno de los pasos del proceso productivo y reproductivo, especialmente mediante la garantía de abasto de los yacimientos del Golfo de México, Venezuela, del pie de monte andinoamazónico y, al norte del continente, de Alaska y Canadá. Mientras que desde un inicio todas las potencias se volcaron hacia el control de los yacimientos del Medio Oriente (hoy sabido, los más importantes del planeta), Estados Unidos, sin dejar de ocuparse intensamente en esta región, se aseguró las reservas conocidas y probables del continente americano. Reservas que se constituirían como garantías de suministro en cada uno de sus movimientos geopolíticos y/o en posibles periodos de crisis de abasto. A partir de la perforación de los primeros pozos petroleros a mediados del siglo XIX (en Bakú, hoy capital de Azerbaiyán, y Pennsylvania, Estados Unidos), la disputa por los campos petroleros entre las potencias mundiales desencadenó múltiples conflictos nacionales e internacionales. Aún sin consolidarse como la potencia hegemónica en el mundo, Estados Unidos se confrontó con el capital petrolero británico y holandés una vez que John D. Rockefeller fundara la empresa petrolera que con el tiempo se volvería la más poderosa del mundo: Standard Oil.

 

En los albores del siglo XX, Estados Unidos, a través de esta empresa, comenzó su política petrolera imperial en América con la expulsión de las petroleras inglesas, primero, arrebatando el petróleo mexicano a los ingleses y, luego, con su expansión hacia el sur del continente mediante el control de los hidrocarburos de Venezuela, Colombia y Ecuador. Las dos Guerras Mundiales fueron el marco en que se dirimió brutalmente el reparto petrolero entre las potencias mundiales, pero además, fue la destrucción del patrón productivo basado en el carbón y su reconstitución basada en el petróleo (Casifop-Oilwatch, 2006). El final de la Segunda Guerra Mundial representó para Estados Unidos la posibilidad de reconstruir la capacidad productiva europea y japonesa, ahora sustentadas en petróleo, y a ello se sumaría el enorme desarrollo que tuvo la petroquímica durante este periodo. En el mismo momento en que se constituyó mundialmente el patrón energético y petroquímico basado en los hidrocarburos, se consolidó la presencia abrumadoramente hegemónica de Estados Unidos por el control indiscutible del sector. Pero el grado actual del poder hegemónico de Estados Unidos, en referencia a las otras potencias, no está dado sólo por su presencia en el sector de los hidrocarburos; se conjugan también su capacidad militar, técnico-productiva y de innovación en general, su preeminencia económica y financiera, e incluso, su influyente industria cultural. Sin embargo, y sin discutir por ahora la presencia hegemónica de Estados Unidos en el conjunto de estas capacidades, ni su conexión con el poder petrolero, basta con mencionar que por la enorme dependencia de la sociedad respecto del petróleo (no sólo como energético sino como materia prima que teje la reproducción social), y por el control que su empresas ejercen en el sector, es incuestionable que Estados Unidos tiene aún una gran ventaja sobre sus rivales más cercanos. Por ahora, el horizonte terminal de la hegemonía de Estados Unidos —que se vislumbra más próximo— pareciera estar, no en la confrontación interhegemónica al interior del patrón petrolero, sino en el propio límite de la civilización material que ha construido.

 

La estrategia petrolera imperial

Es importante señalar que, al margen de las diferencias en las proyecciones de agotamiento del recurso, si el actual ritmo de consumo petrolero continúa, las reservas probadas y probables serán suficientes para no mucho más de 50 años. Esto determinaría horizontes temporales para la civilización material petrolera sumamente cortos y supondría una catástrofe social por su agotamiento y consecuente encarecimiento. Actualmente, no se vislumbran alternativas tecnológicas factibles que sustituyan masivamente al petróleo como fibra del tejido social en el mediano plazo, como ya sucede con la energía. Sin embargo, si observamos que los usos no energéticos de los hidrocarburos son cubiertos sólo con el 7% de la producción mundial (Chow, 2003), se ve claramente que si el capitalismo petrolero consigue trasformar para sí el patrón energético, no necesitaría impulsar en el corto y mediano plazo una trasformación tecnológica total. Al parecer, la apuesta hegemónica de Estados Unidos en el largo plazo se basaría, en parte, en mantener para sí el control del abasto petrolero hacia la industria petroquímica mundial, mientras se consolida el predominio sobre el nuevo patrón energético que reemplace al petrolero. Fuentes petroleras y vulnerabilidad energética Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial con ventaja técnica y de control territorial sobre los yacimientos petroleros respecto de Inglaterra, Holanda, Alemania y Japón. Una superioridad que mantiene pese al ascenso de países productores periféricos.

 

Durante casi 50 años, sólo el bloque de la Unión Soviética pudo mantenerse al margen del dominio estadounidense gracias a sus yacimientos de gas y petróleo y al mercado paralelo que representó el bloque “socialista” durante la Guerra Fría.5 Durante toda la segunda mitad del siglo el control de los hidrocarburos árabes del Golfo Pérsico fue para Estados Unidos. Sin embargo, en un escenario de agotamiento de hidrocarburos, donde asciende China como potencia productiva, y se reactiva Rusia como potencia energética, Estados Unidos requiere afirmar su control en esta región. Actualmente, todas las potencias mundiales tienen un enorme déficit energético, exceptuando China, que con el alza de los precios del petróleo cubre esta insuficiencia con producción propia de carbón (principal productor y consumidor global), y Rusia, potencia exportadora de gas y petróleo (principalmente dirigidos a la Unión Europea). Estados Unidos, primer consumidor de hidrocarburos, cubre casi el 80% de su consumo con producción propia y de países americanos (Canadá, México y Venezuela en esencia), mientras que el 20% restante lo importa de Oriente Medio y África. Pese a que Estados Unidos es el principal productor de energía, también es el de mayor déficit energético; para subsanar esta vulnerabilidad, la estrategia desplegada por el imperio estadounidense dirigida al control de las fuentes de hidrocarburos se desdobla en dos temporalidades: en el corto y mediano plazo se dirige a conservar el continente americano como su abastecedor estratégico de hidrocarburos6 (tupe el territorio de prospección y producción petrolera e impulsa el desarrollo técnico para acceder a fuentes de hidrocarburos alternas y de difícil acceso), mientras castiga a China, su más cercano competidor, con el alza de precios del petróleo y gas.

Esta estrategia tiene un límite en el mediano plazo: previendo el agotamiento de los hidrocarburos americanos, Estados Unidos busca el control hegemónico de los yacimientos del Medio Oriente, los más importantes del planeta (ahí se ubican 25 de los 33 yacimientos supergigantes conocidos hasta la fecha, de fácil acceso y no explotados intensamente). De esta manera pretende someter —aún más— a las potencias que ya dependen de los energéticos de esta región (como la Unión Europea y Japón), mientras aumenta el control sobre China y Rusia. La Comunidad de Estados Independientes es menos vulnerable a esta estrategia, ya que cuenta con recursos suficientes para autoabastecerse en el largo plazo (posee las reservas probadas de gas natural más importantes del planeta). El caso de China no es semejante, su necesidad de energéticos la ha llevado a aliarse con Rusia para garantizar su abasto energético y así contrarrestar la presión que ejerce Estados Unidos.

La creciente demanda petrolera de China (la economía más pujante del mundo), aunada a la codicia estadounidense por controlar los energéticos de la región del Golfo Pérsico, ha llevado a Estados Unidos a plantear escenarios de conflicto entre China y Japón para disputar la energía rusa, e incluso, de confrontación militar entre China y Estados Unidos por el abasto de Oriente Medio hacia 2025 (Schwartz y Randall, 2003). El resto de las potencias muestran mayor vulnerabilidad energética respecto de esta región. Japón se abastece casi por completo de energía árabe y en menor medida del Mediterráneo Asiático, mientras que la Unión Europea intenta romper su vulnerabilidad al diversificar las fuentes de abasto entre Rusia, Oriente Medio y África. La inestabilidad actual del Oriente Medio responde, evidentemente, a la estrategia imperial estadounidense para controlar los hidrocarburos de la región. Mientras castiga con el alza de los precios a los países con déficit energético, construye garantías militares, políticas, económicas, comerciales y culturales suficientes para controlar los yacimientos conocidos más importantes del planeta. Los países americanos desempeñan todavía su papel central como abastecedores estadounidenses como lo hacen desde 1980, garantía que no tiene el resto de los países hegemónicos. Muchos de los avances técnicos (para prolongar la vida útil de los yacimientos, de perforación en aguas profundas y ultraprofundas y de utilización de fuentes de hidrocarburos no convencionales) están dirigidos a ampliar los plazos que Estados Unidos tiene para conseguir instalarse hegemónicamente en el nuevo patrón energético y mantenerse en el petroquímico.

 

Geopolítica petrolera energética y no energética

El tablero geopolítico energético de los hidrocarburos, que se define en torno a la estrategia de Estados Unidos para mantener su hegemonía, permite ver dos tendencias claras: el intento por alargar lo más posible el patrón energético petrolero, además de garantizar su permanencia hegemónica en el patrón energético futuro. Dentro de la lógica del patrón energético petrolero se compite por desarrollar tecnologías que permitan mayor eficacia energética, acceder a yacimientos difíciles como los de aguas profundas y ultraprofundas8 o de ambientes hostiles como los del Ártico, además de perfeccionar mecanismos para utilizar yacimientos no convencionales (arenas petrolíferas, en Alberta, Canadá y Maturín, Venezuela, y esquistos bituminosos, en las Rocallosas occidentales). Los países americanos se mantienen como eje de la estrategia imperial, sea aportando avances técnicos o nuevos yacimientos (convencionales o no). Sin embargo, dado que el horizonte inmediato de esta estrategia busca reemplazar el petróleo por gas, Rusia se mantiene aún como la potencia energética menos vulnerable por sus enormes reservas, al tiempo que se acentúa la importancia del conflicto potencial de Estados Unidos con Irán (país que posee las segundas reservas probadas de gas natural en el mundo, sólo por debajo de la Federación Rusa y por encima de las de Arabia Saudita). Por su parte, la estrategia para trasformar el patrón energético camina por senderos distintos.

 

Actualmente, las fuentes técnicas alternativas se concentran en completar el déficit energético no cubierto por los hidrocarburos — principalmente mediante hidroelectricidad y energía nuclear y, en mucha menor medida, eólica, solar y de biomasa. En el largo plazo, el desarrollo tecnológico para generar energías alternativas tiene como objetivo trasformar por completo el patrón energético. Las actuales potencias en generación de energía alternativa al patrón petrolero son: en hidroelectricidad, Canadá, Brasil y China, y en menor medida Estados Unidos (aunque la región que cubre mayor porcentaje de sus requerimientos energéticos con hidroelectricidad es América Latina); en energía nuclear, Estados Unidos produce y consume el 30.1%, por 16.2% de Francia, su más cercano perseguidor, con todo, si se mira a la Unión Europea en su conjunto utiliza el 36.8% de la energía nuclear producida en el mundo, sin contabilizar el potencial de las naciones pertenecientes a la Comunidad de Estados Independientes (BP, 2005). En el largo plazo, parece que el hidrógeno tendrá un papel central en el escenario energético, aunque el gobierno de George W. Bush parece apostar nuevamente al desarrollo de la energía nuclear. La definición, en el largo plazo, del patrón energético que supla al petrolero, ocurrirá en torno del proyecto imperial que busca mantener el monopolio energético dentro de la civilización material petrolera. Hasta aquí, no se ha mencionado aún la estrategia para dirigir el cambio completo del patrón productivo petrolero. Independientemente del cambio de energético dominante, el tejido material de la reproducción social de base petroquímica continuará, al parecer, varias décadas después de la transformación del patrón energético. Hasta ahora, los intentos por suplir el patrón petroquímico son parciales por no cubrir el enorme abanico de materiales resultantes del petróleo y sometidos, casi por completo, a la lógica del patrón petrolero.

 

Es el caso de la biotecnología y la nanotecnología que se desarrollan e impulsan principalmente desde las industrias petroquímicas y desde centros de investigación en Estados Unidos. Se trata en realidad, de tecnologías aún subordinadas al poder de este sector económico, principalmente estadounidense. Cabe preguntarse entonces, si el fin de la hegemonía estadounidense vendrá con la pérdida del dominio sobre el patrón energético o si podrá retenerla. Parece que Estados Unidos prepara el tránsito del patrón energético en un horizonte de mediano plazo, que le permita mantener la hegemonía petrolera para abastecer el tejido de la reproducción social. La estrategia que se adivina es retardar el tránsito del patrón energético, que aún define su permanencia hegemónica, hasta garantizar el control de los yacimientos de Medio Oriente y así mantener el dominio del recurso para alimentar la petroquímica. La presencia hegemónica de Estados Unidos se mantendría, incluso en el supuesto de que el dominio del nuevo patrón energético sea compartido por varias naciones, por el poder que le daría el control de los yacimientos petroleros y la petroquímica. En este escenario a largo plazo, el gas ruso e iraní pierde su importancia relativa.

 

III. Margen de la geopolítica de la civilización petrolera capitalista

El recorrido puntual de cada una de las contradicciones y crisis ocasionadas por la lógica de acumulación de capital al interior de la civilización petrolera nos obliga a cuestionar su capacidad para reproducir la sociedad en el largo plazo, y en las múltiples agresiones a las que nos somete. Sean de orden laboral, social, de soberanía nacional o de índole ambiental (externas e internas), estas contradicciones generan límites que exigen pensar una geopolítica no subordinada a los intereses del capital petrolero, que la critique desde dentro y fuera, pero que se instale desde una reflexión crítica para la reproducción social global comunitaria y colectiva. Límites de la geopolítica al interior de la civilización petrolera capitalista En los albores del presente siglo, la civilización petrolera ha puesto de manifiesto, no sólo su contradictoriedad, sino además, el limitado alcance de las estrategias que urden las potencias del Norte global (empezando por Estados Unidos, pero incluyendo a Europa, Japón, Rusia y China) para garantizar nuestra reproducción, aunque mediante el afianzamiento de su poder —incluso si se las piensa desde una perspectiva que no impugne la dinámica pasada y presente de acumulación de capital. Cada uno de los límites de la civilización petrolera capitalista confluye en una crisis global de la reproducción social que se extiende ya, a todo lo largo y ancho del planeta y que no se va a resolver, en el futuro próximo, sólo sustituyendo el petróleo, como energético, por gas, hidrógeno, hidroelectricidad o energía nuclear, o los polímeros y demás petroquímicos por materiales nano o biotecnológicos, de los que se conocen ya muchos de sus efectos nocivos sobre el ambiente, la salud y la seguridad de la población (Grupo ETC, 2002), a pesar de que son promovidos como “la solución” a todos los males del planeta. Así, el problema de fondo no es únicamente quién y cómo detenta hoy o en el futuro la hegemonía capitalista, sino también qué implica para la población mundial que esta hegemonía se sostenga y, si para hacerlo, es necesario que todos paguemos el altísimo costo que ello representa: la posibilidad de que el capitalismo se colapse ambientalmente y con él, la vida.

 

El discurso geopolítico tradicional parece ser ámbito exclusivo de quienes actúan dentro de las esferas empresarial, académica, estatal o militar y, en el mejor de los casos, los movimientos sociales y las comunidades locales sólo podemos recoger e interpretar las formulaciones o aportes de los “verdaderos teóricos geopolíticos” y criticarlos o adoptar sus ideas (según convenga) o, en el peor, descartar este tipo de enfoques por su evidente carga ideológica, porque no nos representa y, en última instancia, porque nuestros objetivos no son imperiales. En todo caso, se han puesto a debate cuestiones que no son menores: ¿Cómo entender que el discurso geopolítico tradicional hace abstracción de los pueblos que construyen el espacio que cada nuevo proyecto imperialista sueña con dominar? ¿Es útil la geopolítica para pensar procesos que no implican la construcción y mantenimiento de hegemonía económica, política y militar? ¿En que medida puede plantearse una geopolítica de los movimientos y organizaciones sociales y de la sociedad en general, es decir, una geopolítica desde abajo?

 

El margen de la civilización petrolera: la geopolítica desde fuera

Resulta evidente que para una geopolítica desde abajo sí tiene sentido pensar los procesos de expansión territorial de los poderes económicos y políticos. En principio, desde la perspectiva de las propuestas nacionales de acumulación petrolera en la periferia, los movimientos geopolíticos implican la posibilidad de garantizar condiciones suficientes para mantener la reproducción social y un intercambio más equitativo entre el norte y el sur (es el caso de la reciente nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia que posibilita el reparto, hacia la población, de los excedentes por su exportación). Por su parte, los movimientos ambientalistas que enfrentan la depredación territorial y humana de los capitales petroleros en el planeta (por medio de luchas jurídicas, denuncias de desastres ecológicos, campañas que difunden la búsqueda de nuevas culturas de consumo, etc.), contribuyen a mantener y restaurar condiciones materiales mínimas de existencia, en otro momento a cargo de los Estados. Tanto los movimientos nacionalistas y ambientales, como muchos otros que se realizan en contra de las contradicciones de la civilización petrolera (luchas salariales, por mejores condiciones de trabajo y derechos económicos, sociales y culturales), en lo particular y de conjunto, son expresiones no sólo de la competencia de los Estados, sino también de movimientos y organizaciones sociales de base. Pese a la utilidad histórica de cada una de estas luchas, mientras no se vinculen desde una propuesta que considere la crítica profunda a la civilización petrolera, serán insuficientes para gestionar la reproducción social y ambiental global en el largo plazo. Para pensar desde abajo no basta saber cómo se proyecta e instrumenta la gestión capitalista petrolera, es necesario identificar y aprovechar las resquicios y vacíos resultantes de su confrontación, para que la aplicación de las alternativas sea factible. Esto se traduce en la necesidad de formas alternativas para la elaboración de diagnósticos geopolíticos y su correspondiente vinculación práctica con procesos en marcha (desde, de y para los de) abajo, sin ignorar la estrategia petrolera. Las movilizaciones globales de millones de personas en 2003 contra la invasión estadounidense en Irak, al grito unificado de no blood for oil, exhibe claramente este límite, pero también abre la vía a la construcción de alternativas sociales planetarias en la reproducción social futura.

En este sentido, los saberes locales y tradicionales que las comunidades de todo el mundo han generado históricamente son, por definición, espaciales, y pueden servir a otros propósitos, a otra finalidad. Estos saberes implican, en todo caso, una noción distinta de la territorialidad, una que posibilita vincular orgánicamente al sujeto social con el medio natural, porque el territorio es la comunidad y la comunidad el espacio que produce (ocupa, nombra, fracciona, trabaja, habita, etc.). Asimismo, constituyen un instrumento indispensable para la reconstrucción del tejido social que la civilización petrolera ha rasgado desde sus inicios, así como para dotar a sus habitantes de una autonomía productiva, técnica (e incluso política) que el capitalismo petrolero ha minado sistemáticamente y hasta abolido militarmente. Lo que las comunidades locales defienden en la Amazonia, el delta del Níger, el sur de México o Irak contra las trasnacionales (incluidas las petroleras) no es un retorno atávico a un pasado idílico, sino el derecho a existir y reproducir su vida sin tener que pedir permiso al capital petrolero. En el campo y la ciudad, por medio de luchas territoriales, ambientales, laborales, por la salud, en contra de la guerra, etc., lo que se defiende es el derecho de todos a decidir sobre los usos posibles de los recursos, la gestión de la salud y la alimentación y, en general, sobre su vida; es decir, se trata de la lucha por el derecho a la autodeterminación colectiva y directa de nuestra reproducción, que el capital petrolero nos ha robado. En suma, los desafíos para la sociedad actual (y su reproducción futura y posible) incluyen, entre otros, el de dar respuesta a la necesidad social de comprender los procesos y las estrategias que el capital hegemónico (estadounidense) y sus adversarios/aliados geopolíticos (Europa, Japón, China o Rusia) despliegan para mejor dominar cada momento de nuestra reproducción. Pero comprenderlos no supone justificarlos (ni mucho menos legitimarlos), sino reconocerlos para poder captar el alcance y límite de cada una de sus dimensiones (por separado o de conjunto) y su insoslayable impacto sobre nuestra vida, así como para dar paso a la articulación de las luchas locales, nacionales y globales sobre la base de una geopolítica crítica desde y para la reproducción social. En esta tarea, la academia comprometida tiene hoy mucho por decir. Referencias.(...)

Fuente: https://upcommons.upc.edu/bitstream/handle/2099/3074/geopolitica%20critica%20de%20la%20civilizacion%20petrolera.pdf?sequence=1&isAllowed=y

En consecuencia, es honrar a nuestr@s 30.000 comprometernos con la:

 

 

CAMPAÑA MUNDIAL CONTRA LA CIVILIZACIÓN DEL PETRÓLEO.
2 de Enero de 2006

 

Una invitación a un diálogo para juntar nuestras luchas y lanzar una Campaña mundial contra la civilización del petróleo.

En estos últimos diez años, en Oilwatch hemos construido una red fuerte y activa de resistencia a los impactos negativos de la industria del petróleo y del gas sobre los pueblos y su medio ambiente ya que al cabo de décadas de extracción de hidrocarburos el balance es siempre negativo. Con organizaciones miembros en más que 50 países, somos dedicados de desarrollar estrategias globales de las comunidades afectadas por actividad petrolera y de apoyar los procesos de resistencia de las comunidades que no quieren ver sus territorios afectados, trabajar por la sustentabilidad y los derechos colectivos.

 

Hemos trabajado duro en el intercambio de información sobre las operaciones de las compañías petroleras en cada país, sus prácticas de operación y los distintos movimientos de resistencia y campañas internacionales contra compañías específicas. También, Oilwatch busca aumentar la conciencia ambiental a nivel global desentrañando los impactos que tiene la actividad petrolera sobre los bosques tropicales y sobre las poblaciones locales, estableciendo además el vínculo con la destrucción de la biodiversidad, con el cambio climático, con la violación a los derechos humanos. 


Durante estos mismos años, sabemos que su organización ha desarrollado su propia red de resistencia en su lucha para trabajadores y familias trabajadoras en todo el mundo. 

Nunca como ahora se han visto tan claro, miradas a la distancia nuestras luchas, resulta difícil no mirar la profunda conexión que cada una de éstas guarda entre sí. 

La defensa de la salud y de la alimentación, la lucha para trabajos que nos respetan y tiene un futuro para nuestras familias, la lucha por fuentes de energía sanas, por una agricultura sustentable y soberana, la lucha por la descontaminación y contra el calentamiento global, la búsqueda de una química verde asociada a nueva política de materiales, la lucha contra las empresas transnacionales que explotan nuestro labor y expropian los recursos naturales y el uso sustentable de nuestras naciones, la lucha por la soberanía nacional y por la paz en el mundo... depende en gran medida de que seamos capaces de arrinconar de forma unificada a la industria petrolera y a la civilización que le sostiene. 

Nunca como hasta ahora se han visto tan claros y cercanos los límites del modelo de desarrollo actual basado en los hidrocarburos. 

Nunca como ahora se ha entendido mejor la relación del petróleo y las redes de poder que controlan el mundo, ni se han sido tan evidentes las relaciones del petróleo con las principales desgracias que afectan a la humanidad.

·         Tras las peores guerras del último siglo y del que comienza,

·         Tras el despilfarro económico de industrias y recursos financieros,

·         Tras la inestabilidad y empobrecimiento de muchas naciones,

·         Tras incontables golpes de Estado, dictaduras y manipulación de democracias,

·         Tras el secular sometimiento de los trabajadores,

·         Tras la deuda financiera internacional de los últimos treinta años,

·         Tras las industrias químicas más riesgosas,

·         Tras la extinción implacable de incontables pueblos indígenas,

·         Tras la contaminación del agua dulce del mundo, el agua de los siete mares y del aire de las ciudades,

·         Tras la destrucción de numerosos bosques,

·         Tras la acumulación de cantidades descomunales de basura química y de plásticos,

·         Tras el cambio climático, que incluye ciclones, inundaciones y huracanes cada vez mas peligrosos,

·         Tras la aparición y masificación de numerosas enfermedades degenerativas,

·         Y, por ende, tras la extinción de la vida del planeta y como principal causa de muertes humanas en el mundo, 

Está el petróleo.


El siglo XX fue el siglo del envenenamiento y de la muerte masiva de la gente y de la vida del planeta. Este envenenamiento es el producto no sólo de los desechos producidos durante la extracción de crudo, sus derrames por tierra y mar y su acidificación de las lluvias. Son además consecuencia de los agroquímicos, los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), los combustibles, los hidrocarburos policíclicos aromáticos, los fármacos, los desechos hospitalarios y otros compuestos que se producen a partir del petróleo y que se descargan y se acumulan en el planeta... y están matando a la Tierra y nosotros. Mientras, confrontaba y exterminaba a miles de culturas tradicionales, de usos y costumbres sanas y ecológicas. Sólo unas cuentas han logrado sobrevivir, de manera cada vez más aislada, empobrecida e indefensa. 

En el siglo XX las peores amenazas a la soberanía de las naciones y de los pueblos han salido de las guerras e intrigas por petróleo. Pues los grandes imperios definen sus principales formas de poder económico y militar en tomo a la posibilidad de tener en su propio suelo oro negro, o de lograr en otras regiones el acceso seguro al mismo. Este se erigió como la era del poder supremo de las transnacionales, en donde con la presión, la manipulación y la corrupción, también se empuja a la renuncia de las soberanías nacionales. Por ello mismo, uno de los pasos más osados de las naciones del sur fue la constitución de la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP). Para el Sur del mundo el modelo petrolero significó hacer perpetuo el intercambio desigual, la dependencia tecnológica, el endeudamiento, y el empobrecimiento. Como consecuencia, la deuda ecológica del Norte con el Sur, que se inició con la conquista, se incrementó. 

Se construyó una sociedad que basó su desarrollo y acumulación en la adicción al petróleo y dio lugar a que éste literalmente invada los campos, las mentes, la estética, las calles, el aire, los mares. 

Y mientras esto ocurría, hemos aceptado sufrir por separado cada una de estas agresiones. O peor aun, enfrentados unos contra otros: como trabajadores contra comunidades indígenas, como habitantes de un país en guerra con otro, como trabajadores petroleros contra comunidades indígenas, como pueblos del norte y el sur, como empobrecidos de las ciudades contra indígenas y campesinos, como enfermos de consumo contra pacifistas, como los que proponen contra los 
que critican….y así sucesivamente. 

La crisis de la civilización petrolera ya llegó a su cima. Pero la salida de esta crisis no está en marcha. Por el contrario, su salida se retrasa mientras los rasgos más decadentes de la crisis se subrayan de forma cada vez más letal. 

Entre tanto, resulta evidente que la transición a una nueva civilización, requiere de la creación de alternativas técnicas, científicas, ambientales y culturales que no son completamente evidentes. Así como de nuevos mecanismos macroeconómicos, financieros, políticos y culturales apropiados muy complejos, que permitan reconstruir la paz y la equidad entre los pueblos, recuperar la salud de todos y restaurar el medio ambiente, renegociar la deuda financiera internacional y compensar el saqueo de los países del sur, asegurar la justicia y la democracia verdadera en todos lados. 
No es suficiente entonces, el tránsito hacía energías alternativas, seguramente en manos de las transnacionales, sino el tránsito a otro tipo de sociedad. 

Para nosotros, la lucha de las comunidades campesinas, de pescadores e indígenas, que dan una batalla frontal contra la globalización y el neoliberalismo, al defender su derecho a vivir en sus tierras, con autonomía, sin agresiones físicas, culturales, ambientales, poniéndose al margen incluso de los que se consideran "símbolos del progreso", nos señala un camino claro. Pero hace falta escuchamos entre todos, para poder pensar en soluciones que consideren de forma global los problemas de todos. 

¿Cuáles son las organizaciones y redes que podemos iniciar una colaboración positiva en una lucha contra la civilización petrolera? ¿Cuáles son los movimientos locales y globales más importantes que no podemos ignorar en nuestro esfuerzo? ¿Cuáles los convenios internacionales y agendas que mejor podríamos aprovechar en este proceso? ¿Cuáles las nuevas iniciativas que podríamos y deberíamos inventar? 

Para responder a estas y otras necesidades Oilwatch invita a las redes amigas a iniciar un diálogo para juntar nuestras luchas v lanzar una Campaña mundial contra la civilización del petróleo. 

Les invitamos a compartir sus opiniones, reflexiones e ideas que aclaren este concepto, y para que podamos construir un camino juntos, así podremos fijar estrategias de trabajo 
coordinado y una campaña común, donde podamos ver reflejadas cada una de las luchas que hoy llevamos por separado y donde todas y cada una de nuestras batallas cobren una nueva dimensión.
 


Fuente: http://www.oilwatchsudamerica.org/documentos/26-declaraciones/507-campana-mundial-contra-la-civilizacion-del-petroleo.html

 

 

 

Es honrar a nuestr@s 30.000 identificarse con Oilwatch en su objetivo de "prestarse a la construcción de alianzas con las organizaciones urbanas para promover juntos nuevas formas de convivencia, armoniosas con la naturaleza, respetuosas de las sociedades, que construyan solidaridad, democracia y planes de vida en común y por el bien colectivo".

 

 

 

Declaración del Oilwatch por un Hábitat despetrolizado
 

26 de octubre de 2016

 

La Asamblea General de Oilwatch, celebrando sus 20 años de existencia, reunida en Quito en el marco del Foro Social Resistencia al Hábitat III declara:

  1. Las Conferencias de Naciones Unidas sobre Asentamientos Humanos realizados en Vancouver en 1976, Estambul en 1996, y Quito en 2016 son un testimonio claro de la relación entre la industria petrolera y la agenda de la urbanización planetaria: las ciudades crecientes son motor, justificación y destino de los hidrocarburos y sus derivados; se constituyen en fuente de energía; y permiten incrementar los ingresos y el poder de la industria del petróleo, gas y carbón, de la abrumadora industria automotriz, la petroquímica, la minería, así como del capital financiero especulativo. Este modelo urbano es una expresión de la civilización petrolera y está profundamente vinculado con la crisis ambiental mundial.
  2. La Nueva Agenda Urbana, lema y objetivo del Hábitat 3, abre la puerta a nuevos patrones de producción, distribución y consumo “sostenibles y responsables”, calificativos que ocultan la obsolescencia, la explotación de la naturaleza y del trabajo humano; el sacrificio de los cuerpos y de territorios como consecuencia de la extracción de petróleo, gas y carbón, fuentes de energía y de insumos para la petroquímica.
  3. Hábitat III promueve e imagina un futuro global esencialmente urbano, desconociendo la importancia de los territorios rurales y el aporte de las comunidades indígenas y campesinas en la sustentación de la vida en el planeta. Justifica el despojo territorial de pueblos ancestrales; el vaciamiento de los territorios para proveer con materia prima a la industria; la urbanización de las selvas, bosques y comunidades campesinas a través de proyectos de “vivienda para los pobres”, “ciudades del milenio” u otros proyectos que se presentan como parte de las agendas sociales, de conservación o de “compensación”.
  4. Para enfrentar la crisis del hábitat, se propone la economía verde, se impone el discurso de la sostenibilidad y se promueven proyectos como los de compensación de la biodiversidad y absorción de carbono, que son más bien estrategias para perpetuar la primacía del mercado y permite que los responsables de esta crisis puedan evadir sus responsabilidades. Estos proyectos justifican la destrucción, desmovilizan y desplazan las comunidades, y enriquecen a las empresas con nuevos negocios, mientras se mantiene y fortalece el capitalismo petrolero.
  5. Los agresivos procesos de urbanización, siempre organizados alrededor de millones de automóviles, provocan desalojos, desplazamientos, invasiones tanto en las fronteras de las ciudades como en los territorios de extracción. La agenda de crecimiento urbano con la construcción de carreteras y la supervehiculación de las sociedades, es sobre todo funcional a la expansión de las fronteras extractivas de nuevas y viejas empresas de hidrocarburos, con viejas y nuevas tecnologías.
  6. Es de especial preocupación para Oilwatch en el marco de la petrolización del hábitat, la ausencia de discusión sobre:

I. El uso y fomento de energías extremas para apuntalar la urbanización agresiva

Las nuevas tecnologías de la industria de petróleo, gas y carbón ligadas a la búsqueda, extracción, transformación, y manejo de desechos,  en lugar de proteger la naturaleza,   y respetar los derechos de las comunidades aumentan los riesgos y los impactos.  La extracción de crudos extrapesados, el gas y aceite del fracking, la extracción de gas asociado al carbón, la minería de carbón y petróleo, la explotación de aguas superprofundas, la biotecnología para la industria petrolera y la expansión de la petroquímica tienen los mismos y peores impactos de los ya observados en el planeta.

II. La creación de nuevas zonas de sacrificio

Las nuevas fronteras de extracción de petróleo, gas y carbón son parques nacionales, territorios indígenas, arrecifes de coral, mares profundos, glaciares y otras zonas de extrema vulnerabilidad, así como los cuerpos de los trabajadores y las poblaciones cercanas a estos proyectos. Destruir estas zonas no solo implica la pérdida de un patrimonio de la humanidad, sino que desatará fuerzas incontrolables de la naturaleza. Las industrias ligadas a los hidrocarburos, incluyendo las petroleras, las de servicios, la minera, la automotriz y la petroquímica están ejerciendo  presiones criminales sobre el planeta y su gente. Se hace indispensable establecer las redes de responsabilidad  que actúan frente a este ecocidio y etnocidio.

La frontera extractiva se expande incluso en las ciudades, causando accidentes, derrames, contaminación, despojo de tierras, entre otros impactos adversos, con riesgos enormes para la vida en el planeta.

III. El análisis sobre las causas del cambio climático y los riesgos de sus efectos sobre las ciudades

La extracción de carbón, petróleo y gas no sólo ha provocado la crisis climática planetaria sino que está provocando desastres extremos, en gran parte, por el carácter experimental de las tecnologías que se usan. Por ejemplo, el fracking está asociado a la generación e incremento de sismos y temblores. La perforación en aguas profundas y la combustión in situ implica graves riesgos para trabajadores y el territorio. Las ciudades cada vez más grandes, son vendidas como espacios de seguridad, bienestar y salvación para las poblaciones que se pretende desplazar, pero son realmente espacios de colapso, en donde se están desatando las peores crisis climáticas.

IV. El exterminio de poblaciones de extrema vulnerabilidad

Los últimos pueblos indígenas aislados que habitan la selva amazónica y el Gran Chaco sudamericano, las comunidades del bosque de la cuenca del Congo, los pueblos pastores del continente africano, las minorías étnicas de Arakan en el sudeste asiático, los pescadores artesanales y recolectoras entre otros, están siendo acorralados por los planes de desarrollo y  extracción de minerales e hidrocarburos.

En los últimos meses en Bolivia, Ecuador y Perú en territorios en donde se realizan actividades de exploración sísmica y de extracción de crudo se ha reportado la presencia de estos pueblos aislados. Siendo estos una prioridad de protección para las Naciones Unidas, urgen acciones inmediatas y la paralización de los proyectos petroleros que amenazan su existencia.

NUETRA AGENDA POR EL HABITAT ES:

Oilwatch trabaja por una civilización post-petrolera, para desfosilizar la economía y descentralizar y diversificar la energía, despetrolizar el sistema alimentario industrial, desurbanizar las vidas de las sociedades, desautomovilizar el transporte, proteger los territorios/comunidades y recuperar las aguas, cuerpos y las selvas.

Oilwatch demanda a las Naciones Unidas bloquear la influencia de empresas en los escenarios de decisión internacional, controlarlas y sancionarlas por sus delitos, transparentar las relaciones de la industria de hidrocarburos y de automóviles con la agenda de crecimiento urbano.

Oilwatch reconoce que los defensores y defensoras de la naturaleza son los únicos que están actuando en responsabilidad con nuestro Hábitat, y demanda parar inmediatamente su criminalización, hostigamiento, estigmatización, desprestigio y judicialización.

Oilwatch celebra las formas cómo la naturaleza se rebela reencauzando los ríos a sus cauces naturales, impidiendo el hallazgo y extracción de los fluidos de la tierra (la sangre de la tierra de acuerdo a los pueblos indígenas) y poniendo frenos a la expansión urbana.

Oilwatch se presta a la construcción de alianzas con las organizaciones urbanas para promover juntos nuevas formas de convivencia, armoniosas con la naturaleza, respetuosas de las sociedades, que construyan solidaridad, democracia y planes de vida en común y por el bien colectivo.

Quito, 20 de octubre de 2016
Fuente: http://www.opsur.org.ar/blog/2016/10/26/declaracion-del-oilwatch-por-un-habitat-despetrolizado/

 

 

 

 Alternativas postcapitalistas

 

 

Dejemos de situarnos exclusivamente en contra del gobierno de Mauricio Macri y enfoquemos que:

 

Estamos viviendo una profunda crisis civilizatoria
21 de enero de 2010

Por Edgardo Lander 

 

La construcción de alternativas capaces de caminar hacia la construcción, no sólo de sociedades democráticas y equitativas, sino igualmente compatibles con la preservación de la vida en el planeta, necesariamente tienen que ser anti-capitalistas.

A pesar de que una elevada proporción de la población no tiene acceso a las condiciones básicas de la vida, la humanidad ya ha sobrepasado los límites de la capacidad de carga de la Tierra. Sin un freno a corto plazo de este patrón de crecimiento desbordado y una reorientación hacia el decrecimiento, la armonía con el resto de la vida y una radical redistribución del acceso a los bienes comunes del planeta, no está garantizada la continuidad de la vida humana a mediano plazo. El actual modelo depredador de sometimiento sistemático de la naturaleza a las exigencias faústicas de un crecimiento sin fin está destruyendo las condiciones que hacen posible la vida en el planeta Tierra. El calentamiento global es sólo la expresión más visible de procesos de destrucción sistemáticos que están reduciendo la diversidad genética, devastando bosques tropicales, sobre explotando los mares, contaminando las aguas… Sin respuestas efectivas y a corto plazo, con toda seguridad los problemas ambientales se harán cada vez más severos, produciéndose alteraciones irreversibles en los patrones climáticos a no muy largo plazo.

 

Dadas las severas y crecientes desigualdades existentes hoy en el planeta, las alteraciones climáticas afectan en forma profundamente diferenciada a diferentes regiones y poblaciones del planeta (afectando en forma más directa a quienes han sido menos responsables, los pobres del Sur). Son radicalmente desiguales las capacidades de respuesta/adaptación a estos cambios. Todo esto augura un futuro inmediato de creciente violencia, de guerras por el control de los bienes comunes de la vida, de migraciones masivas de millones de desplazados ambientales, el incremento de las políticas racistas de muros y represiones a los migrantes en intentos inútiles por preservar los privilegios mediante un creciente apartheid global.

 

No son éstas proyecciones apocalípticas referidas a cosas que podrían ocurrir en el futuro. Según la FAO, en el año 2009 más de mil millones de personas, casi la sexta parte de la población del planeta, padece de hambre.

 

Todo esto exige extraordinarias urgencias en las respuestas.

 

La velocidad con la cual se están destruyendo las condiciones que hacen posible la vida en el planeta no sólo no se ha frenado, sino que se ha acelerado en las últimas décadas a pesar del reconocimiento global de que este modelo de producción/distribución y consumo es absolutamente incompatible con la preservación de la vida en el planeta. Los cambios climáticos no operan en términos lineales. No es posible prever en qué momento alteraciones graduales pueden llegar a puntos de quiebre, a rupturas con efectos catastróficos que pongan en peligro la vida a corto plazo. Adicionalmente, mientras mayores sean las dinámicas destructivas, menores serán las posibilidades de respuesta y adaptación a estas nuevas condiciones planetarias.

 

En lo que puede ser caracterizado como el asalto final del capital a la llamada “naturaleza”, las principales resistencias a este modelo depredador, a este proceso de acumulación por desposesión, ocurre en pueblos y comunidades campesinas e indígenas en todo el planeta, particularmente en el Sur. Son estas experiencias, estas memorias colectivas de que es posible vivir de otra manera, las principales reservas políticas y culturales con las cuales cuenta la humanidad para cuestionar y resistir el avance de este modelo depredador y destructor de la vida. Y sin embargo, la sobrevivencia misma de estas comunidades está siendo amenazada por el avance de este proceso de asalto global a los bienes comunes.

 

A pesar del aparente consenso internacional sobre la profundidad de la crisis ambiental, en particular sobre la necesidad de frenar las dinámicas productoras del cambio climático, la forma como se construye el debate internacional a través del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático es un acotamiento que distorsiona por completo lo que está en juego, y propone soluciones que no tienen posibilidad alguna de permitir salidas a los problemas que hoy confrontamos. Obviando por completo las implicaciones de un patrón de crecimiento sin fin en un planeta finito, y la urgente necesidad de una redistribución radical en el acceso a los bienes comunes de la vida, como condición de sobrevivencia a corto plazo de centenares de millones de personas, se buscan soluciones desde arriba que ignoran la multiplicidad de opciones que pueblos y comunidades en todo el planeta están formulando como alternativas al modelo civilizatorio en crisis.

 

Las respuestas de mercado, las soluciones tecnológicas (tecnological fix), -únicas opciones presentes en los debates intergubernamentales actuales- implican apostar a la misma lógica de mercado, y los mismos patrones de conocimiento que nos han conducido a la actual crisis. Las respuestas del llamado keynesianismo verde y otras propuestas de reformas “verdes” del capitalismo buscan salidas a la crisis económica por la vía de la creación de fuentes de inversión y de innovación tecnológica que, al no cuestionar los supuestos básicos del crecimiento sin fin, no pueden sino profundizar los problemas que confrontamos. Algunas de estas iniciativas como los biocombustibles, o los llamados mecanismos de desarrollo limpio (MDL), por otro lado, están contribuyendo a profundizar las desigualdades, están afectando la producción de alimentos, y haciendo que los sectores más pobres del planeta sean quienes carguen sobre sus hombros los costos de la crisis.

 

Para amplios movimientos sociales en todo el planeta está cada vez más claro que confrontamos una profunda crisis civilizatoria, que estamos ante la crisis terminal de un patrón civilizatorio basado en la guerra sistemática por el control y el sometimiento/destrucción de la llamada “naturaleza”. Está claro que es imposible la pretensión del crecimiento sin límite en un planeta finito. Esto quedó ampliamente expresado en el Foro Social de Belém do Pará en enero de 2009, compartiéndose como sentido común entre los participantes.

 

Sin embargo, la batalla por una nueva hegemonía que incorpore este reconocimiento está muy lejos de ser ganada. Las repuestas a la crisis financiera/económica de los años 2008/2009 señalan claramente que no hay un reconocimiento de las implicaciones de la crisis ambiental, ni de lo que implica haber sobrepasado la capacidad de carga del planeta. Todas las políticas de “recuperación” de la economía han estado orientadas a retomar el crecimiento económico. La inyección masiva de fondos públicos precisamente a los mismos bancos que a través de la especulación financiera aceleraron la crisis, permite constatar la medida en que las respuestas a la crisis son más de lo mismo.

 

El caso de la industria automotriz es ilustrativo en este sentido. Ha sido ésta una de las ramas de la actividad económica que globalmente ha sido más afectada por la crisis económica que se profundizó a partir del año 2008, entre otras cosas, por la extraordinaria sobre capacidad de producción de automóviles existente a escala global, así como el sostenido incremento que han tenido los precios de la gasolina en los últimos años. Es igualmente una industria directamente identificada con el patrón de consumo de hidrocarburos que está en el centro de los debates sobre el cambio climático.

 

La quiebra o amenaza de quiebra de algunas de las más grandes empresas automotrices, y la disposición de muchos gobiernos a gastar miles de millones de dólares para auxiliarlas, constituyó una coyuntura extraordinariamente favorable en la cual hubiese sido posible no sólo reconocer la inviabilidad de continuar con el modelo de transporte del auto individual, sino actuar en consecuencia. Algunas de estas empresas fueron reestructuradas y/o redimensionadas radicalmente. En algunas -es este el caso de la General Motors- los trabajadores pasaron a ser dueños de una elevada proporción de las acciones de la empresa. Sin embargo en estas negociaciones no se aborda el tema de la relación entre lo que producen estas plantas y la crisis global. No se considera la posibilidad de aprovechar la crisis, las reestructuraciones, las masivas inversiones públicas, para reorientar dichas instalaciones para la producción de otros bienes, como por ejemplo, sistemas de transporte colectivo. Lo que se busca es la recuperación de estas empresas para que puedan volver a ser rentables.

 

Existe hoy una extraordinaria distancia entre lo que se ha venido convirtiendo en sentido común de los movimientos en resistencia, en particular de los movimientos, organizaciones, comunidades y pueblos indígenas y campesinos, y la actuación de los gobiernos llamados progresistas y/o de izquierda, aún de los más radicales. Las nociones de crecimiento, de progreso y desarrollo, que están en la base del carácter insostenible de la organización actual de la economía siguen orientando las políticas públicas. En toda América Latina se produjo un amplio movimiento de rechazo al neoliberalismo y fue esta ola de luchas populares lo que condujo a la elección de los actuales gobiernos. Existía por lo tanto la expectativa de que con estos nuevos gobiernos con discursos anti-neoliberales se produjesen reorientaciones básicas en las lógicas extractivistas que han caracterizado históricamente la inserción de las economías del continente en el mercado global. Sin embargo esto no ha ocurrido, no se han producido reorientaciones en los modelos de desarrollo imperantes. Con los gobiernos de izquierda y progresistas que han gobernado a la mayoría de los países de Sudamérica en la última década, no sólo no se ha frenado, sino que se ha acentuado un modelo de inserción en el mercado mundial basado en la extracción de bienes primarios, en el asalto a los bienes comunes de la vida. El monocultivo de soya transgénica que hoy ocupa aproximadamente la mitad de las tierras cultivadas en Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia, los millones de hectáreas de caña de azúcar destinados a la producción de biocombustible y al monocultivo de eucaliptos (extractivismo agrícola), la profundización de la dependencia de la economía venezolana en el petróleo, la apertura de grandes extensiones territoriales a la explotación minera, ilustran los modelos productivos dominantes en todo el continente. Las políticas sociales y el mayor control estatal sobre los recursos mineros y energéticos no han estado acompañados de reorientaciones en los patrones productivos.

 

Hay dos países del continente, Ecuador y Bolivia en cuyos procesos constituyentes jugó un papel medular la presencia de los pueblos indígenas. El buen vivir (sumak kawsay) quechua y el vivir bien (suma qamaña) aymara son los ejes en torno a los cuales se arman los respectivos textos constitucionales. En Ecuador, por primera vez en la historia, que una constitución reconoce derechos de la naturaleza. Y sin embargo, las tensiones entre las visiones extractivistas de desarrollo y progreso y otros modos de vida continúan atravesando estos procesos políticos tanto en las políticas de la oposición, como al interior de los propios gobiernos.

 

La construcción de alternativas capaces de caminar hacia la construcción, no sólo de sociedades democráticas y equitativas, sino igualmente compatibles con la preservación de la vida en el planeta, necesariamente tienen que ser anti-capitalistas. El capitalismo requiere de un crecimiento (acumulación) sostenido. No es posible un capitalismo de crecimiento cero y menos aún un capitalismo de decrecimiento. Lo que está en juego no es si podrá o no sobrevivir el capitalismo. El problema fundamental está en si la vida en el planeta Tierra podrá sobrevivir al capitalismo.

 

No basta, sin embargo, un horizonte normativo anti-capitalista. El socialismo del siglo XX nos demostró que era posible, con otras relaciones de propiedad, un régimen productivo tan depredador y devastador de las condiciones que hacen posible la vida, como el capitalismo. Sólo una profunda trasformación civilizatoria puede hacer posible la continuidad de la vida.

 

- Edgardo Lander es profesor titular de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela y forma también parte de la secretaría del Consejo Hemisférico del Foro Social de las Américas. Texto preparado para el seminario 10 años después: desafíos y propuestas para otro mundo posible, Porto Alegre, Brazil, enero de 2010.

 Fuente: http://www.alainet.org/es/active/35669

 

 

"Tanto este futuro cercano que amenaza a toda la humanidad, como el presente lamentable que afecta a muchos miles de millones de seres humanos, deben ser objeto de análisis respecto de en qué tipo de sociedad vivimos y hacia dónde vamos, a la hora de pensar nuestra responsabilidad como ciudadanos comprometidos y nuestras acciones para contribuir al urgente e imprescindible cambio social.

Pero además de los grandes males humanos y ambientales provocados por la expansión del capitalismo en su actual etapa neoliberal, el propio sistema capitalista se enfrente a una profunda crisis que le impide volver a generar un crecimiento sostenido, y eso tiene consecuencias a nivel global, que es necesario considerar".

 

 

 

Crisis mundial del capitalismo y crisis civilizatoria de la humanidad
13 de octubre de 2015

    

Por Luis Lafferriere

En la década y media que lleva de transcurrido el siglo XXI se pueden observar con claridad la grave situación que vive la humanidad y la profunda crisis que sufre el sistema capitalista internacional. Es preocupante que no se haya tomado conocimiento y plena conciencia de los peligros inminentes que se aproximan, pero tampoco se tenga la más mínima consideración de la miserable existencia de miles de millones de seres humanos condenados a vivir y a morir en condiciones lamentables.

 

Todo esto pone de relieve la efectividad de los medios de comunicación y los sistemas educativos que predominan en el mundo y en nuestro país, que son garantes esenciales a nivel cultural de un sistema social que no tiene nada que ofrecer a la gran mayoría de la población mundial, que no sea una creciente marginalidad y una mayor depredación global de los bienes comunes del planeta.

En especial la ausencia de un serio debate sobre esta realidad en amplios sectores que vienen luchando de distintas maneras contra las consecuencias de la expansión del capitalismo y la profundización de sus principales tendencias estructurales, constituye una grave falencia dados los momentos históricos excepcionales que vivimos y los que se avecinan, donde la humanidad se enfrenta a situaciones inéditas, a peligros inminentes y a futuros de catástrofes.

La estructura social y la dinámica del funcionamiento del sistema nos muestran que vivimos profundos cambios, con gravísimos problemas actuales y más graves aún peligros futuros. Ya no es sorpresa ver cómo numerosos estudios de las diversas disciplinas sociales coinciden en afirmar que estamos ante una crisis civilizatoria sin precedentes, donde las dificultades estructurales del sistema socioeconómico que rige en casi todo el planeta (el capitalismo) se suman a los horrores generados por ese mismo sistema en términos de sus gravísimas consecuencias sociales y ambientales.

Aunque ya son evidentes algunos de los efectos de la grave crisis, lo que hemos visto hasta ahora es apenas una muestra superficial de la magnitud de las transformaciones globales que se producirán en todos los niveles de la vida, desde las relaciones sociales hasta la manera de interactuar con la naturaleza de la cual formamos parte, incluyendo por supuesto nuestra visión de la realidad, la cultura y las políticas públicas.

Un análisis más serio de la situación actual y de las perspectivas futuras, tanto a nivel de las contradicciones y obstáculos que enfrenta el sistema por sus propias lógicas, como de los impactos del mismo sobre la sociedad, puede ayudar a comprender qué tipo de cambios aparecen como necesarios y urgentes, y de qué manera se debería construir alternativas económicas, políticas, sociales y culturales, que ayuden a transitar hacia destinos más humanos y sustentables.

 

 

Un mundo en crisis y la humanidad en peligro

 

La crisis mundial actual es innegable, y su gravedad implica peligros que no podemos ignorar a la hora de pensar en impulsar actividades y formas de interacción alternativas al sistema vigente. Esta crisis mundial es la sumatoria de varias crisis coincidentes (alimentaria, sanitaria, energética, laboral, económica, cultural, ambiental, humanitaria, etc), y puede sintetizarse en dos grandes cuestiones: crisis del sistema como tal y crisis de la humanidad. (1)

La marcha del capitalismo como forma de organización social que se ha impuesto prácticamente en todo el planeta (con escasísimas excepciones) ha llegado a situaciones límites en términos de su propia lógica de funcionamiento, pero también en función del impacto horroroso que genera sobre la humanidad y sobre el entorno que permite nuestra supervivencia. Y si toda crisis supone siempre una situación de transición que desemboca en nuevas realidades (muy diferentes a las preexistentes), la actual no es una excepción. Todo lo contrario, lo más probable es que casi nada quedará igual.

Dentro de sus tendencias estructurales, este sistema tiende a y requiere de un crecimiento permanente, fenómeno que involucra un proceso de extracción cada vez más grande y más rápido de muy diversos recursos, a la vez que genera desechos que contaminan de forma irreversible el ambiente. A la vez, para mantener ese crecimiento permanente necesita de un consumo cada vez más masivo e irracional, que cumple la función de ser fuente de demanda imprescindible para que la máquina voraz se mantenga en movimiento. Pero ese crecimiento permanente no puede continuar de manera indefinida puesto que se produce en el marco de un planeta finito. Y según el consenso científico, esos límites inexorables e insuperables que pone la finitud de los recursos disponibles están siendo superados por la actividad económica desenfrenada.

 

Desde la década del ’70 del siglo XX sobrepasamos la capacidad del planeta de soportar las altas tasas de extracción de recursos y de absorber la gigantesca cantidad de desechos y residuos que arrojamos. Hoy la huella ecológica negativa supera en un 50% las posibilidades que tiene nuestro único hogar para permitirnos continuar en él, lo que es lo mismo que decir que si deseamos que las futuras generaciones puedan habitar la Tierra deberíamos disminuir un 50% el nivel de actividad actual. No obstante, la casi totalidad de los países del mundo tienen una prioridad en sus políticas: lograr el máximo crecimiento posible (porque además, así lo requiere la lógica de este sistema demencial). Por lo que la decisión de los gobiernos es suicida: más o peor de lo mismo.

 

Entre los varios límites que ya hemos superado se puede señalar en primer lugar al cambio climático. Según el Panel de Expertos Intergubernamentales por el Cambio Climático de las Naciones Unidas, la emisión de gases de efecto invernadero ha sido de tal magnitud que está elevando la temperatura media del planeta, temperatura que permitió el surgimiento y la evolución de los humanos (y de muchas otras vidas) por cientos de miles de años. En estos días los gobiernos de todos los países están preparando su participación al encuentro mundial a realizarse en diciembre próximo en París, con un objetivo básico y esencial: comprometerse a reducciones efectivas y significativas de sus emisiones de gases de efecto invernadero. Será quizás una de las últimas oportunidades de actuar antes de pasar el límite del no retorno.

 

Sin embargo, los científicos coinciden en señalar que queda muy escaso margen para evitar que en pocas décadas se alcance y superen los dos grados que se toman como límite, superado el cual no se sabe como va a reaccionar el planeta ni cómo serán los efectos sinérgicos y en cadena que pueden generarse. Porque las emisiones ya realizadas comienzan a tener efecto en una o dos décadas y permanecen por cientos de años en la atmósfera. En tanto que la cantidad de gases de efecto invernadero alcanzaban a 280 partes por millón (ppm) hasta hace poco más de un siglo, la revolución industrial y el uso masivo de combustibles fósiles ha elevado peligrosamente ese porcentaje. Y si se pensaba que el límite máximo seguro no debía superar las 350 ppm, ya hemos alcanzado las 400 ppm. De ahí que las estimaciones del consenso científico de lo que sucederá con el ambiente para las próximas décadas sean muy pesimistas. (2)

 

Otro de los límites que aparecen como ya superados y con graves consecuencias para un futuro muy cercano, tiene que ver con el seguro colapso energético. La energía es esencial para la vida, y tanto a nivel mundial como en nuestro país la base del consumo energético actual está en los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) que representan alrededor del 85% del consumo total. Si bien es cierto que la utilización masiva e irracional del petróleo ha significado un cambio sustancial en las condiciones de vida para una parte de la humanidad, esos recursos están disponibles luego de procesos naturales que llevaron decenas de millones de años para generarse. Y los estamos liquidando en menos de dos siglos. Ya llegamos al cénit del petróleo (alrededor del 2006), y en poco tiempo más llegaremos al cénit del gas y luego del carbón. Pero no existe ni remotamente la posibilidad de reemplazar ese elevadísimo consumo por otras fuentes energéticas, lo que nos conducirá a escenarios de catástrofes, que requieren urgentes y profundos cambios si se desean evitar las peores perspectivas. (3)

 

También se están poniendo de manifiesto otros graves problemas ambientales, vinculados a la pérdida constante e irrecuperable de suelo fértil, que hará cada vez más difícil producir alimentos para todos, existiendo estimaciones que señalan que muchos de los nutrientes que no se reponen dejarán poco margen para mantener la producción mínima necesaria para el futuro. Algo más grave aún sucede con el agua potable, elemento esencial para la vida, y que está siendo contaminada en cantidades gigantescas, en un proceso que no se detiene ni un instante en todo el mundo; mientras por otro lado se van destruyendo las fuentes generadoras, que son los glaciares de altas montañas (por el calentamiento global y la megaminería, entre otros procesos) y los humedales (ya se han destruido un 50% de los existentes a nivel mundial). Según organismos internacionales, ya existe un déficit de abastecimiento de agua potable en condiciones higiénicas para más de dos mil millones de personas, que hoy deben beber aguas contaminadas, con todos los riesgos sanitarios que ello implica.

 

Por otro lado, seguimos arrojando desechos y productos en cantidades crecientes que no pueden ser absorbidos por la naturaleza, y provocan graves daños en el ambiente. Sucede con los plásticos, cuyos desechos en el medio del Océano Pacífico han conformado el llamado “séptimo continente”, con una superficie similar a la península ibérica (España más Portugal). Sucede con los desechos electrónicos, que se acumulan peligrosamente y no aparecen vías de solución a la vez que se siguen generando, usando y tirando a ritmos cada vez más veloces. Se pueden mencionar además muchos otros males, como la destrucción de los ecosistemas y de los servicios que brindan a la vida, la pérdida de la biodiversidad tan imprescindible para mantener el equilibrio ecológico, la creciente acidificación de los océanos y los enormes impactos que pueden provocarse, la desaparición masiva de especies vegetales y animales, etc, etc.

 

Estamos hablando entonces de que en términos de un par de décadas podemos tener que enfrentar a “la tormenta perfecta”: calentamiento global por encima de los límites máximos, colapsos energéticos que dejen sin transporte ni electricidad a grandes urbes y países enteros (con el consiguiente caos y disolución social), carencia creciente de alimentos y agua potable para varios miles de millones, y el peligro mayor que es la posibilidad concreta del fin de la humanidad en el planeta.

 

¿No merece este futuro cercano, con sus graves peligros, que pongamos en debate hacia dónde vamos, qué mundo queremos, y qué podemos hacer para incidir en el logro del necesario cambio de rumbo?

 

 

La cuestión social y la crisis humanitaria

 

Esta forma tan brutal de destrucción masiva de nuestro único hogar “está llevando a la humanidad hacia el precipicio, y estamos apretando el acelerador” (como lo ha declarado de manera reiterada el Secretario General de la ONU, Ban Ki Moon).

Pero no se trata de que somos demasiados humanos habitando un planeta que no alcanza para todos, sino de la responsabilidad del modo en que vivimos, producimos y consumimos, al que nos ha conducido la lógica de este sistema. Menos del 15% de la población del mundo es responsable de más del 85% del consumo, de la extracción de recursos y de la contaminación global. Es su modo de vida irracional y depredador y la lógica ciega del sistema, la que nos lleva al precipicio. Esto tiene relación con el otro grave problema actual: la crisis humanitaria.

Somos alrededor de 7.200 millones de seres humanos que habitamos la Tierra, pero más de la mitad de ellos viven en situación de pobreza estructural. No hablamos de cien, de mil o de un millón de pobres, lo cual por supuesto que sería preocupante. Hablamos de más de cuatro mil millones de personas que viven en condiciones de carencias e insatisfacción de sus necesidades básicas. Y en ese grupo, alrededor de dos mil millones (según la FAO) pasan hambre todos los días. Dos mil millones de indigentes que sobreviven miserablemente y que mueren de la misma forma. De las 120 mil personas que mueren diariamente en el mundo, se estima que entre 40 y 50 mil son los que se mueren de hambre… cada día. Seguramente a esta masa gigantesca de excluidos les preocupe muy poco que hablemos del peligro del fin de la humanidad para dentro de pocas décadas, porque su final está ahí mismo, al fin del día o de la semana. Pero además de los pobres y hambrientos, están los millones afectados por la inseguridad, los conflictos bélicos, la desocupación, la falta de perspectivas futuras, los acosados por los múltiples males de este sistema desigual y destructor de sociedad, de humanidad, de ambiente y de vida en general. (4)

Desde el inicio de la etapa del capitalismo neoliberal (años ’70 y ’80 del siglo pasado), un proyecto político impulsado por los capitales más poderosos del mundo, los problemas sociales se han venido agravando. La tendencia a la concentración y centralización de capitales, y la tendencia al crecimiento polarizado y desigual, han llevado a nuevos escenarios de crecientes desigualdades en la distribución del ingreso y la riqueza, a nuevas vueltas de tuerca que terminan beneficiando no ya al tercio superior de la población, sino apenas al 5% y al 1% del total, que acumula riquezas gigantescas.

 

Se fueron destruyendo poco a poco los “estados del bienestar”, hasta alcanzar al “centro” del capitalismo “desarrollado”. Se van desmantelando los servicios sociales y se expulsan de los beneficios del “progreso” no sólo al tercio histórico de menores ingresos, sino a las amplias capas medias que crecieron al impulso del modelo fordista-keynesiano de la segunda posguerra. En EEUU, la potencia más rica del mundo, viven 50 millones de pobres, que se alimentan con bonos estatales. En la rica Unión Europea se acumulan decenas de millones de desocupados, pobres y hasta hambrientos.

Mientras en simultáneo, crecen las fortunas de los multimillonarios, y la riqueza se concentra en un puñado de bancos poderosos y de gigantescas corporaciones transnacionales (diversos estudios publicados informan sobre el tema). Y esta realidad no es estática, sino que los dueños del mundo van y vienen por más, poniendo en peligro la supervivencia de cada vez más amplios sectores de la población y el bienestar de la gran mayoría de los seres humanos en todo el planeta. (5)

Tanto este futuro cercano que amenaza a toda la humanidad, como el presente lamentable que afecta a muchos miles de millones de seres humanos, deben ser objeto de análisis respecto de en qué tipo de sociedad vivimos y hacia dónde vamos, a la hora de pensar nuestra responsabilidad como ciudadanos comprometidos y nuestras acciones para contribuir al urgente e imprescindible cambio social.

Pero además de los grandes males humanos y ambientales provocados por la expansión del capitalismo en su actual etapa neoliberal, el propio sistema capitalista se enfrente a una profunda crisis que le impide volver a generar un crecimiento sostenido, y eso tiene consecuencias a nivel global, que es necesario considerar.

 

 

La crisis del sistema capitalista internacional y sus contradicciones

 

La contraofensiva neoliberal de los sectores más concentrados del capitalismo, iniciada entre los años ’70 y ’80 del siglo XX, logró imponerse con un éxito notable en casi todo el planeta. Anta la caída gradual de la tasa de ganancia en las actividades productivas en los países capitalistas centrales, sucedida hacia fines de la década del ’60, las grandes corporaciones impulsaron un proceso de reestructuración que tuvo resultados tan efectivos que no sólo lograron recomponer la tasa de ganancia a niveles extraordinarios, sino que originaron dos grandes problemas para la lógica del propio sistema (6).

Por un lado, la sobreacumulación de capitales líquidos y las gigantescas burbujas financieras no pueden sostenerse sin una economía que genere de manera creciente nuevas riquezas materiales. Pero por otro lado, la sobreacumulación de capacidad productiva existente no puede desplegarse plenamente sin un mercado que demande una mayor producción. Y eso no es factible luego de la contrarrevolución neoliberal, que dejó mercados agónicos y miles de millones de seres humanos excluidos del ‘progreso’.

 

El capitalismo necesita expandirse permanentemente, pero si se pensara en algún proyecto neokeynesiano universal, que incorpore una porción significativa de la población mundial al consumismo capitalista, el efecto de ese movimiento se daría de narices con la limitación física que significa un planeta finito que ya no soporta la depredación actual. Y en ese dilema se debate hoy el sistema, donde los sectores más poderosos y concentrados (los dueños del mundo) siguen impulsando acciones y políticas que les reportan enormes beneficios, pero en rumbo de colisión por la falta de sustentabilidad de ese proceso demencial.

 

Durante el proceso de reestructuración de la economía mundial, que incluyó una nueva revolución tecnológica y un cambio en las estrategias productivas de las grandes empresas transnacionales, se reorganizaron las actividades para alcanzar mayor eficiencia y más altos márgenes de ganancias. No sólo la robotización de los procesos industriales y el desarrollo de la informática aplicada a todo nivel, contribuyeron al logro de ese objetivo. También el cambio tecnológico en la producción de alimentos, de la mano de la transgénesis y la monoproducción en gran escala, permitió obtener inmensos beneficios a las corporaciones del sector que dominan los diferentes eslabones de toda la cadena. Se hizo a costa de la destrucción de vastos sectores campesinos y de la pérdida de la diversidad productiva en muchas regiones del planeta.

También la persistencia del proceso de crecimiento y acumulación a escala mundial agravó el saqueo y la depredación de recursos valiosos existentes en muchas regiones de la periferia del capitalismo, que van a ser objeto de nuevas ofensivas contra sus territorios y los pueblos que los habitan, generando los denominados procesos extractivistas que hoy predominan en la mayoría de los países latinoamericanos, más allá de los gobiernos de diferentes matices partidarios.

 

 

La Argentina y las próximas décadas

 

Nuestro país no está al margen de ese mundo en crisis. Somos parte del sistema capitalista, aunque estamos insertos de manera dependiente. Y nuestra historia como Nación ha sido la continuidad de ese estado, aunque pasando por fases diferentes tanto en su estructura social y dinámica interna, como en su inserción dentro del sistema capitalista internacional. No vamos a estar al margen de los colapsos futuros, pero vamos a tener nuestras particularidades nacionales que es necesario reconocer.

Luego de la profunda crisis a la que fue sometida la sociedad argentina durante más de dos décadas (a partir de mediados de los años ’70), y que llevó al fin de la ISI (industrialización por sustitución de importaciones, una sociedad con significativos avances en comparación al resto de los países de la región), se gestó un nuevo modelo de acumulación (últimos años de la década del ’90), mucho más regresivo, que se va a desplegar con fuerza hacia finales del 2002. Y a partir de entonces vamos a ver una nueva estructura económica y social, con una nueva manera de insertarse en el capitalismo global, que es necesario considerar para prever los escenarios futuros.

 

Vivimos los años de un modelo de capitalismo dependiente caracterizado por la falta de un auténtico proyecto nacional, puesto que los sectores impulsores del crecimiento surgen de planes y estrategias de las corporaciones transnacionales. Pero a diferencia de la etapa histórica previa a la crisis (modelo ISI), este modelo es extractivista depredador, con peso de las actividades que saquean las riquezas del territorio y no tienen ninguna posibilidad de sustentabilidad en el mediano plazo. Son además capital intensivo y con escasa generación de empleo genuino. Presentan problemas estructurales que en la fase expansiva inicial se pudieron ocultar detrás de los precios extraordinarios de los productos exportados por la Argentina (en especial la soja) y del rol activo del Estado como empleador (sea en forma directa, con trabajos precarios o con cientos de miles de subsidios clientelares).

 

Pero ni los defensores más acérrimos de las actividades extractivas depredadoras ocultan la falta de perspectivas de las mismas. Los principales defensores del modelo de monoproducción de soja transgénica vienen desde hace años llamando la atención por el creciente deterioro del suelo fértil (ya que no se reponen ni el 30% de los nutrientes que se llevan las cosechas). Las propias megamineras muestran en sus folletos que sus emprendimientos (de destrucción masiva y contaminación) tienen una duración de alrededor de 20 años (en ese lapso después de dinamitar una montaña y contaminar con cianuro los acuíferos, sacan todo lo que encuentran), aunque la formación del mineral en las rocas haya llevado entre 8 y 12 millones de años.

 

Algo peor sucede con el fracking, donde el recurso que se alcanza con la perforación y la explosión subterránea se extrae en un 80% en los dos primeros años, por lo que se requiere hacer nuevos pozos en forma permanente, hasta agotar el suelo y destruir lo que haya con vida en el territorio (donde cada pozo requiere inyectar 20 millones de litros de agua con un cóctel de 600 químicos contaminantes, y pone en peligro los acuíferos de la zona).

 

Tampoco se puede esperar demasiado de la armaduría automotriz (donde un auto terminado tiene poco más del 20% de insumos nacionales) ya que el fin del petróleo afectará antes que nada al transporte automotor; ni de la mal llamada “industria nacional” de bienes electrónicos, que son islas artificiales que no tienen perspectivas de sostenerse si no es con ingentes e insostenibles subsidios públicos.

 

La eventualidad del fin de este ciclo expansivo, que ni aún en su etapa “gloriosa” pudo resolver los graves problemas estructurales económicos y sociales, nos obliga a considerar cuáles son los futuros escenarios y qué podemos hacer en ese contexto. Ante este panorama, que no es para nada alentador, surgen múltiples acciones de resistencia pero también muchas ideas, propuestas y prácticas, que buscan alternativas a los horrores que ofrece el capitalismo neoliberal. Acciones y propuestas que deberían potenciarse para impulsar un urgente y necesario cambio de rumbo. Y es en ese marco que creo debería analizarse y debatirse nuestro futuro común, con un mundo y un país que van a cambiar y mucho.

En resumen, sigo pensando que vamos hacia un mundo totalmente distinto al que vivimos hoy, que aparecerá de manera abrupta en cualquier momento. Y que nosotros deberíamos debatir esos probables escenarios, puesto que nos daría mucho más claridad a la hora de definir las cuestiones esenciales de nuestra militancia.

Julio de 2015

Fuente: http://contrahegemoniaweb.com.ar/crisis-mundial-del-capitalismo-y-crisis-civilizatoria-de-la-humanidad/

En consecuencia, abajo y a la izquierda, nos urge generalizar la toma de conciencia sobre la criminalidad de lesa humanidad del capitalismo. Pero mejor valoremos qué nos advierte Renan Vega Cantor:"el capitalismo. Y a éste es al que debe responsabilizarse en solitario como el responsable de las transformaciones, con repercusiones geológicas, que se han producido en las últimas décadas. Este ya no tiene enemigos de peso a quien culpar por el ecocidio planetario en marcha, se encuentra sólo ante su misión destructiva. Como consecuencia de la expansión mundial del capitalismo aumentó producción de CO2, metano (CH4), se redujo la capa de ozono, se incrementó la temperatura promedio en el planeta, disminuyó la biodiversidad y se dio paso a la sexta extinción de especies. Este es el resultado, sencillamente, de una de las leyes de la ecología, propuestas por Barry Commoner, que indica que “nada es gratis”. Esos son los costos, ya para nada ocultos, de la expansión del capitalismo en las últimas décadas, de la colonización mercantil del último rincón del planeta y del desaforado desarrollo de las fuerzas productivas-destructivas".

 

El capitaloceno
27 de febrero de 2017

Por Renan Vega Cantor

 

Al borde del precipicio

Varias informaciones recientes indican el acelerado proceso de destrucción de la naturaleza y de trastorno climático en el mundo, así como de la miseria de millones de seres humanos, afectador por catástrofes que se pretenden naturales pero que tienen un claro origen social, aunque eso no sea evidente a primera vista. Sin pretender ser sistemáticos recordemos algunas de las noticias que se registraron en el 2016 sobre caos climático, extinción de especies, pérdida de biodiversidad y las mal llamadas “catástrofes naturales”. (...)

 

Homo Sapiens catalogado como responsable genérico y la pretendida emergencia del Antropoceno

La información presentada en el primer parágrafo puede aparecer como un registro caótico de hechos inconexos y sin explicación lógica, pero el trasfondo del asunto se llama capitalismo. Esta cuestión de fondo la retomamos en la tercera parte de este ensayo. Por ahora, es necesario referirse a la tendencia dominante que asegura que la destrucción de la naturaleza y las aceleradas modificaciones climáticas son culpa del hombre en general, del homo sapiens. Esa postura liberal le echa la culpa a todos para no inculpar a nadie y mucho menos al sistema capitalista. Esta interpretación no sólo es dominante en los medios de desinformación, sino entre círculos científicos (de las ciencias naturales y de las ciencias sociales). Connotados investigadores (biólogos, geólogos, climatólogos, antropólogos, geógrafos...) responsabilizan al homo sapiens como un todo y señalan que nosotros hemos sido destructivos desde que existimos. Citemos dos autorizadas afirmaciones al respecto. El célebre biólogo estadounidense Edward Wilson dice: “…la humanidad ha iniciado la sexta gran convulsión de extinción, haciendo que una gran fracción de las especies con las que compartimos la tierra se apresuren a entrar en la eternidad en una sola generación”21. El paleontólogo Richard Leakey y el antropólogo y bioquímico Roger Lewin sostienen en el mismo sentido: “El homo sapiens está maduro para ser el destructor más colosal de la historia, sólo superado por el asteroide gigante que chocó con la tierra hace sesenta y cinco millones de años, barriendo en un instante geológico la mitad de las especies de entonces”22. En los dos libros mencionados, no se nombra ni una vez al capitalismo como si este no existiese. Eso demuestra que el terreno dominante de la investigación científica parece ser cierta la afirmación de Frederick Jamenson de que es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo. Puede pensarse que esta ausencia u ocultamiento se debe al “analfabetismo político” de los científicos, o al hecho de no atreverse a romper con los marcos dominantes de la lógica del conocimiento imperante en el mundo occidental. Pese a efectuar notables investigaciones, la ciencia dominante, como la representada por los autores mencionados, pareciera vivir en un territorio aséptico políticamente. Las referencias que hemos señalado, a modo de ejemplo, indican una manera dominante de afrontar los problemas ambientales, cuya característica principal se sustenta en la utilización de un equívoco e impreciso lenguaje de tipo genérico, con la finalidad de responsabilizarnos a todos por igual y sostener que en todas las épocas históricas ha habido destrucción de especies y ecosistemas, siendo homo sapiens el directo responsable.

 

Con esa lógica se acuñó el término Antropoceno, por Paul Creutzen, un químico holandés y Premio Nobel. Este vocablo proviene del griego antropos, hombre, y de kainos, nuevo, y querría decir algo así como la “nueva época del hombre”. Se plantea como un sustituto del holoceno, actual época del periodo cuaternario en la historia de la tierra. El holoceno comenzó hace 11.700 años antes del presente y se caracteriza por tener un clima estable, luego de la última glaciación. Terminaría con la irrupción del Antropoceno, vocablo que indica que las acciones humanas tienen una incidencia directa sobre el planeta tierra, hasta el punto que podría considerarse como una nueva era geológica. Los que utilizan el término Antropoceno no están de acuerdo con su fecha de origen. Para Paul Creutzen comenzó con la revolución industrial, es decir, hacia 1750. Para otros se inició en1945, con la invención y utilización de la bomba atómica, cuyos residuos radiactivos se han expandido a lo largo y ancho del planeta. Para Jan Zalasiewicz, presidente del Grupo de Trabajo del Antropoceno "la importancia del Antropoceno radica en el hecho de que fija una trayectoria diferente para el sistema terrestre integrado por los humanos". Para Colin Waters, geólogo jefe del Instituto Geológico del Reino Unido y secretario del Grupo de Trabajo, “poder identificar ese intervalo de tiempo nos indica hasta qué punto las actividades humanas tienen un impacto sobre nuestro planeta: "La noción del Antropoceno consigue englobar todas las ideas relativas al cambio climático". Para Chris Rapley, experto en cambio climático ex director del Museo de Ciencia de Londres "el Antropoceno define un nuevo periodo en el que las actividades de los humanos dominan el funcionamiento del planeta"23.

 

Siempre referencias etéreas, en las que no se hace ninguna alusión a un determinado modo de producción caracterizado por cierto tipo de relaciones sociales y tampoco al modo de vida que se deriva de dicho modo de producción. Desde luego, en una especie de disonancia cognitiva resulta fácil mirar para otro lado, no ver al capitalismo, y centrar la atención en el homo sapiens, como si las responsabilidades en la destrucción del planeta tierra fueran simétricas, como si no existiese desigualdad social y económica, tanto entre países, como dentro de cada uno de ellos, que conduce a que sea una minoría insignificante de la población mundial (el 1 por ciento) la que se beneficia en forma directa de la expoliación de la naturaleza.

 

Ahora bien, incluso a muchos “científicos puros” les preocupa que se emplee el término Antropoceno por varias razones. Sus dudas se refieren, en primer lugar, a una percepción temporal, hasta cierto punto lógica, que se apoya en dudar de la importancia geológica que pudiera tener un breve periodo de tiempo (de doscientos años o un poco más) si se le compara con los millones de años de duración de las eras geológicas. En ese mismo sentido, se cuestiona que se dé por concluido el Holoceno, tan sólo 11.700 años después de su inicio, lo que es en términos geológicos una bicoca de tiempo. En segundo lugar, los geólogos se centran en los registros estratigráficos y la mayor parte de ellos duda que las acciones humanas de hoy pudieran dejar huella fósil. Estos cuestionamientos tienen poco sustento, porque es evidente que el capitalismo significa un cambio histórico sin precedentes, hasta el punto que tiene impactos que quedan en el registro fósil, tales como el uso de las armas nucleares, la producción de plásticos que pueden durar miles de años en degradarse, o la generación de altos niveles de nitrógeno y de fosfato en los suelos, que proceden de la utilización intensiva de abonos artificiales.

 

Existen dos tipos de argumentación para achacar al homo sapiens la responsabilidad en la destrucción de la naturaleza. Por un lado, el señalar que siempre ha habido esa destrucción y, por otro, indicar que ha habido sociedades que han colapsado en diversos momentos del pasado. En cuanto al primer argumento, quienes señalan con el dedo acusador al homo sapiens indican que desde nuestra aparición hemos arrasado la naturaleza y hemos contribuido a la desaparición de especies vegetales y animales, como sucedió con la megafauna hace varios miles de años. Se sostiene que, en este sentido, no habrían diferencias entre lo que sucede hoy y lo que sucedió en sociedades anteriores: todas serían igualmente destructivas y ecocidas. Elizabeth Kolbert afirma al respecto: Suele decirse que el Antropoceno comenzó con la revolución industrial, o incluso más tarde con el crecimiento explosivo de la población que siguió a la segunda guerra mundial. Según esta visión, los humanos sólo nos hemos convertido en fuerzas capaces de alterar el mundo gracias a la introducción de las modernas tecnologías, como las turbinas, los ferrocarriles y las motosierras. Pero la extinción de la megafauna sugiere que no es así. Antes de que los humanos aparecieran en escena, ser grande y reproducirse lentamente era una estrategia de gran éxito, y los animales de enorme tamaño dominaban el planeta. […] Aunque sea bonito imaginar que hubo un tiempo en que el hombre vivía en armonía con la naturaleza, no está claro que eso haya pasado nunca24.

 

Este tipo de argumentación es bastante discutible, por la sencilla razón que la destrucción de la naturaleza, la extinción de especies, la alteración de ecosistemas que se dieron en otros momentos de la historia humana no tuvieron, de ninguna manera, el alcance, impacto, escala y velocidad de lo que produce el capitalismo. Su alcance fue limitado a casos puntuales, y aunque se hayan aniquilado especies animales y vegetales, nunca se pusieron en riesgo miles de especies o se redujo la biodiversidad en forma brutal como ahora. Su impacto fue limitado en términos espaciales, sin cobijar al mundo entero y a todo tipo de ecosistemas. Su escala en términos cuantitativos y cualitativos es reducida si se compara con lo que acontece en la actualidad, cuando confluyen un sinnúmero de factores negativos a nivel del mundo (extinción masiva de especies, acidificación de los océanos, reducción de la biodiversidad, aumento de la temperatura, deshielo del Ártico, incremento en los gases de efecto invernadero, destrucción de los corales, contaminación….). Su velocidad fue muy lenta, puesto que, para señalar solo un aspecto, el grado de extinción de especies en épocas anteriores no tiene ni punto de comparación con lo que sucede en la actualidad. Edward Wilson lo reconoce en forma explícita cuando precisa que “la tasa de extinción probablemente sea hoy cincuenta o quinientas veces mayor que en los tiempos anteriores al hombre. Casi con seguridad, esa tasa aumentará y alcanzará un orden de magnitud de mil o diez mil si las especies que están en peligro en la actualidad desaparecen y se destruyen los últimos vestigios de algunos ecosistemas, lo que acarreará la destrucción total de las especies que son exclusivas de ellos”25.. Sobre este asunto sostiene el científico Will Steffen, director del Instituto de Cambio Climático de la Universidad Nacional de Australia: "Estamos llevando al planeta a unas condiciones que no han existido en el pasado para la especie humana y nos estamos acercando a unos puntos críticos que será mejor no atravesar. En el pasado, se han rebasado varias veces estos límites a nivel local. La diferencia estriba en que ahora estamos rebasando los límites planetarios a escala global"26.

 

En cuanto al segundo argumento, el del colapso, se sostiene que a lo largo de la historia humana han desaparecido diversas sociedades, y se trae a colación el caso de los mayas (Mesoamérica), los habitantes de la Isla de Pascua (Océano Pacífico), los Anasazi (Sudeste de los actuales Estados Unidos)… El principal representante de esta interpretación es Jared Diamond, quien nunca nombra al capitalismo (ni una vez, en un voluminoso libro de 750 páginas) y cuya base explicativa se basa en sostener que unas sociedades buscan el éxito y otras el fracaso, como si existiese una elección social al margen de los contextos, limitaciones y características de los modos de producción y las formas de organización social. Su análisis apunta a que en el mundo actual, si se toma conciencia de los colapsos de otras épocas, algunas empresas pueden ser ecológicamente responsables y no contaminar ni destruir y los Estados Unidos son presentados como el lugar en donde la agricultura es la más eficiente, lo que no considera su costo energético, que la hace la más ineficiente de todas las que han existido en la historia de la humanidad. Además, no se destaca lo suficiente que el colapso de anteriores sociedades fue localizado, y producto en la mayor parte de los casos de factores exógenos, como colonización y conquista, mientras que el probable colapso de la civilización capitalista tendrá un impacto mundial y se debe a la lógica interna de funcionamiento del capitalismo y a sus diversas contradicciones, que se desprenden de la sed de ganancias, crecimiento ilimitado y explotación intensiva de seres humanos27.

 

Will Steffen, el científico antes mencionado, sin nombrar el capitalismo –porque parece que su nombre quema– sostiene que el actual "sistema económico que nos está llevando de cabeza hacia un futuro insostenible y en el que a cada generación le será más difícil sobrevivir […] La historia nos demuestra que hay civilizaciones que surgieron y colapsaron porque no fueron capaces de cambiar a tiempo: en ese punto es donde estamos hoy en día"28. En definitiva, Antropoceno es un apelativo muy benigno porque en lugar de indicar la responsabilidad del capitalismo, se centra en culpabilizarnos a todos por igual de la destrucción ambiental del planeta y del vuelco climático en marcha. Por eso, no resulta extraño que hasta un órgano ideológico y propagandístico del capitalismo mundial, como la revista The Economist, haya publicado un dossier especial con título “Bienvenidos al Antropoceno”.

 

Estamos en el Capitaloceno

La noción de Antropoceno no da pie para diferenciar responsabilidades y no tiene en cuenta la existencia de unas relaciones sociales, profundamente desiguales, injustas y explotadoras, la característica esencial del capitalismo, y eso pese a que a la hora de ubicar cronológicamente al Antropoceno exista una coincidencia plena con el capitalismo industrial, como es evidente en la propuesta de Paul Creutzen, el inventor del término: Parece adecuado asignar el término “Antropoceno” a la actual era geológica, dominada de muchas formas por el ser humano, como complemento del Holoceno –el período cálido de los últimos 10-12 milenios. Podría decirse que el Antropoceno comenzó en los últimos años del siglo XVIII, cuando los análisis del aire atrapado en el hielo polar muestran el principio de las concentraciones globales de CO2 y metano. Esta fecha también coincide con el diseño de la máquina de vapor de James Watt en 1784 29. ¿Por qué si existe tal simetría temporal, se utiliza una noción genérica que involucra a los seres humanos en su conjunto, de hoy y de ayer, como si en efecto todos fuéramos igualmente responsables de la transformación destructiva del planeta tierra? ¿Si el capitalismo es el modo de producción dominante a nivel mundial y se reconoce la coincidencia plena, de tipo histórico y cronológico, de lo que se denomina Antropoceno con el origen del capitalismo, porque se emplea un nombre tan vaporoso como el mencionado?

 

Nos parece, en concordancia con lo señalado, que es hora de empezar a hablar de capitaloceno, que significa la “época del capitalismo”. Esta época ya no solo histórica, sino también geológica (más adelante veremos por qué), no empieza propiamente con la Revolución Industrial inglesa, a fines del siglo XVIII, sino unos siglos antes. A ese período anterior se le suele llamar como la época del capitalismo mercantil, o en el lenguaje usado por Karl Marx la “acumulación originaria de capital”. Podría denominársele también con el nombre de capitalismo de guerra, como lo bautiza el historiador Steven Beckert en un extraordinario libro sobre la historia del algodón. Este autor divide la historia del capitalismo en dos fases: el capitalismo de guerra, referido al estadio en que la esclavitud y la conquista colonial fueron la norma y sentaron las premisas para la otra fase, la del capitalismo industrial. La segunda no hubiera sido posible sin la primera, o dicho de otra forma, la industria no hubiera podido surgir sin la esclavitud30. El capitalismo de guerra impulsó la expansión mundial del naciente capitalismo mercantil a gran parte del mundo, mediante la colonización, la violencia y el sometimiento. Esa misma fase coincide con la destrucción de pueblos enteros en África y América, pero también con una conquista biológica que alteró ecosistemas, introdujo nuevas especies y trajo consigo nuevas enfermedades. Este “imperialismo ecológico”, como lo llama Alfred Crosby, tuvo dos consecuencias principales: arrasó con los habitantes de dos continentes y alteró sus ecosistemas; y fue fundamental en el desarrollo del capitalismo industrial en Europa unos siglos después. Desde la perspectiva actual, nuevas investigaciones indican que la transformación ambiental del mundo se aceleró con la conquista de América, que sentó las premisas para la revolución industrial31.

 

De tal manera que esos dos momentos no pueden separarse, ambos forman parte del capitaloceno. El segundo momento arrancaría con la revolución industrial a finales del siglo XVIII y se extendería hasta 1945, cuando desde Inglaterra el capitalismo se expande por el mundo entero, a través del colonialismo y del imperialismo. Desde 1945, con la consolidación del fordismo, se podría hablar, como hacen algunos científicos, de la “gran aceleración”, que condujo a la fase actual del capitaloceno, y comenzó tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando aumenta exponencialmente la población, el PIB mundial, la construcción de represas, el uso de agua, minerales e hidrocarburos, la producción y utilización de fertilizantes, el surgimiento de megaciudades en todos los continentes, el consumo de papel, la producción de automóviles, aviones y motocicletas, el número de teléfonos, el turismo internacional. Aunque una parte de esta fase coincide con la existencia de la URSS, como un sistema que se pretendía diferente al capitalismo, dado su desaparición y la derrota del proyecto que encarnaba –así como la conversión de China al capitalismo– lo que finalmente queda es el capitalismo. Y a éste es al que debe responsabilizarse en solitario como el responsable de las transformaciones, con repercusiones geológicas, que se han producido en las últimas décadas. Este ya no tiene enemigos de peso a quien culpar por el ecocidio planetario en marcha, se encuentra sólo ante su misión destructiva. Como consecuencia de la expansión mundial del capitalismo aumentó producción de CO2, metano (CH4), se redujo la capa de ozono, se incrementó la temperatura promedio en el planeta, disminuyó la biodiversidad y se dio paso a la sexta extinción de especies. Este es el resultado, sencillamente, de una de las leyes de la ecología, propuestas por Barry Commoner, que indica que “nada es gratis”. Esos son los costos, ya para nada ocultos, de la expansión del capitalismo en las últimas décadas, de la colonización mercantil del último rincón del planeta y del desaforado desarrollo de las fuerzas productivas-destructivas.

 

 

La “gran aceleración” del fordismo, el camino hacia el abismo, comenzó con los “treinta gloriosos” y tiene un segundo momento después de 1989, cuando se universaliza el capitalismo tras la corta experiencia del socialismo burocrático. La denominación de “gran aceleración” no puede ser entendida si no hace referencia al capitalismo, puesto que un elemento clave de la lógica capitalista es la aceleración temporal y la contracción del espacio, un proceso que tiene consecuencias positivas para el capital y los capitalistas, al incrementar la tasa de recuperación de la ganancia, reduciendo costos (mediante, por ejemplo, la destrucción acelerada de ecosistemas, bosques, paramos, apertura de nuevas minas…), pero que tiene efectos catastróficos para la mayor parte de seres humanos y para las diversas formas de vida. Eso implica un choque de temporalidades, entre el tiempo del capital (inmediato, de corto plazo, medido en mercancías y dinero) y el tiempo de la naturaleza. Un ejemplo claro de esa gran aceleración temporal es el de la extracción de petróleo, que se formó durante millones de años (tiempo geológico) y cuyas fuentes se agotan en un breve período histórico de apenas un siglo.

 

El asunto del tiempo es decisivo a la hora de considerar la manera cómo el capitalismo ha producido alteraciones irreversibles. Debe resaltarse que la máxima mercantil “el tiempo es oro” resume a la perfección la lógica esencial del capitalismo, que se basa en la búsqueda de ganancia inmediata, sin medir las consecuencias que ello pueda tener. Los tiempos de la naturaleza son largos, a menudo de millones de años, mientras que el tiempo del capitalismo es fugaz, instantáneo, inmediato. En ese sentido, cuanto más rápido se gasten los bienes comunes de la naturaleza se incrementara el crecimiento económico y se supone que eso traerá más progreso y bienestar. Pero ese es un prejuicio de corto plazo: Se llega a pensar que cuanto más velozmente se emplean los recursos de la naturaleza, tanto más avanza el progreso […]. Pero este concepto de “tiempo tecnológico o económico” es exactamente al “tiempo entrópico”. La realidad natural obedece a leyes diferentes a las económicas y reconoce el “tiempo entrópico”, es decir, cuanto más rápidamente se consumen los recursos y la energía disponible del mundo, tanto menor es el tiempo que queda para nuestra supervivencia. El tiempo tecnológico es inversamente proporcional al tiempo entrópico; el tiempo económico es inversamente proporcional al tiempo biológico32.

 

El tiempo del capitalismo se sustenta en la búsqueda de la productividad máxima, que es una simple obsesión por “ganar tiempo”: producir siempre más en menos tiempo y con menos trabajo de los seres humanos. Eso ha llevado a la fantasía de “doblar el tiempo”, como se intenta hacer hoy con los artefactos microelectrónicos, y principalmente con los teléfonos celulares, que significa la pretensión de realizar varias cosas a vez, todas mal, sin poderse concentrar en ningún, tal como manejar un automóvil y hablar por celular; trabajar y consultar el celular cada dos minutos; atravesar una avenida repleta de automóviles, con el semáforo en rojo para el peatón con el phone pegado a la oreja; estar en una de clase y chatear… chismosear… Eso no es gratis, porque genera un gasto desmesurado de materia y energía y constituye una brutal aceleración temporal, que destruye los ecosistemas y unifica las sociedades bajo los parámetros mercantiles del consumo y mata la lentitud y la calma. Esto viene acompañado de la mercantilización total del tiempo, lo cual está relacionado con la destrucción ambiental, porque los celulares se construyen con materia y consumen energía a gran escala, puesto que estamos hablando de la existencia de varios miles de millones de celulares, los que al parecer ya superan en cantidad al número de seres humanos. Eso significa que para mantener las conversaciones basura y el consumo mercantil del tiempo es necesario construir nuevas plantas energéticas, que se alimentan con petróleo, carbón, uranio… Como dice Jorge Riechmann: “para preservar el internet móvil mercantilizado que nos promete constante distracción y compañía, así, para salvar ese perverso orden de prioridades, devastaremos la biosfera y destruiremos el mundo humano” 33.

 

Las características del capitalismo, su lógica de funcionamiento, explican que se haya convertido en una destructiva fuerza, que ataca a la mayor parte de los seres humanos y destruye la naturaleza, habiendo originado el capitaloceno (La época del capitalismo). Algunos de los elementos centrales de su funcionamiento son los siguientes:

  • Primer elemento: la acumulación capitalista que crece en forma exponencial e ininterrumpida en la búsqueda insaciable de ganancias. Para obtener ganancias se debe explotar intensivamente a los trabajadores y expoliar el medio ambiente, sin interesar si se destruyen a otras formas de vida. Se supone que puede haber crecimiento al infinito, como requisito de la acumulación de capital, en una tierra cerrada y limitada en recursos.
  • Segundo elemento: para obtener ganancias el capital rebasa las fronteras nacionales y se expande por el mundo en búsqueda de fuentes de materias primas, trabajo barato y nuevos mercados de inversión y consumo. Incluso, algunos lunáticos hoy hablan de la “colonización de Marte”, como forma de huir de la tierra. Esta expansión tiene como motor principal la competencia desenfrenada de capitales, que primero compiten a escala local y luego en el mundo entero.
  • Tercer elemento: obtener réditos en el corto plazo, porque, como decía Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos. Esto supone que no se tienen en cuenta los tiempos de la naturaleza, sino los tiempos del capital y los negocios. Como consecuencia se aniquila a los ecosistemas, tal y como lo evidencia la explotación mineral o de hidrocarburos, ya que no se tiene en cuenta el tiempo de reposición de los ecosistemas (cuando hablamos de bienes renovables) y se actúa en contra de los límites naturales.
  • Cuarto elemento: para conseguir el incremento de ganancia en forma permanente se produce un crecimiento ininterrumpido de las fuerzas productivas-destructivas, lo que se expresa entre otras cosas en el desarrollo de la tecnociencia, lo que lleva a inventar tecnologías más potentes, y que consumen mayores cantidades de materia y energía, para extraer más materia y consumir hasta la última porción de energía disponible. Esto genera una particular forma de arrogancia tecnocrática, para la cual no hay límites naturales, ni de ninguna otra índole, y que postula que tarde o temprano se encontraran las soluciones técnicas a los problemas que ha generado el capitalismo.
  • Quinto elemento: se estructura una jerarquía de valores que exaltan la competencia, el individualismo, el egoísmo, la codicia, la sed de ganancias, el consumismo, la explotación de otros seres humanos, como propias de la “naturaleza humana”. Esos valores son inculcados desde la escuela, y por los medios de comunicación, lo que legitima al capitalismo, que es visto como el orden natural de las cosas, un sistema eterno e insustituible.
  • Sexto elemento: la producción de mercancías obliga a su consumo, para poder obtener ganancia por parte de los capitalistas. Esto conduce a impulsar el consumo, creando necesidades artificiales e innecesarias, como puede verse hoy al examinar gran parte de las mercancías que se generan en el capitalismo, muchas de las cuales son inherentemente nocivas.

 

Con estos elementos, puede concluirse sin mucho esfuerzo que el capitalismo es insustentable a corto plazo. Como indican Fred Magdoff y John Bellamy Foster: El sistema capitalista mundial es insustentable en: (1) su búsqueda por una acumulación sin fin de capital tendiente a una producción que debe expandirse continuamente para obtener ganancias; (2) su sistema agrícola y alimentario que contamina el ambiente y sin embargo no garantiza el acceso cuantitativo y cualitativo universal de comida; (3) su desenfrenada destrucción del ambiente; (4) su continua reproducción y aumento de la estratificación de riqueza dentro y entre los países; y (5) su búsqueda por la “bala de plata” tecnológica para evadir los crecientes problemas sociales y ecológicos emergentes de sus propias operaciones34.

 

El término capitaloceno hace referencia a un periodo de tiempo reciente, una nueva era geológica, y a una categoría analítica y explicativa. En el primer sentido, establece una cronología para englobar un conjunto de procesos cuyo nexo articulador es la existencia y el predominio de la relación social capitalista, desde el momento mismo de su génesis, como capitalismo de guerra en el siglo XVI, en algunos lugares de Europa y que luego, se expande por el resto del mundo durante los últimos siglos, adquiriendo una fuerza e impacto mundial tras la revolución industrial a finales del siglo XVIII. En el segundo sentido, es una noción que se dirige a dar una explicación de los fundamentos de funcionamiento del capitalismo y sus impactos destructivos sobre el planeta tierra. Busca explicar en forma racional las raíces de lo que sucede. Aunque el capitaloceno representa un período muy corto, su impacto es tal que la mayor parte de las transformaciones que ha generado tienen un carácter de irreversibles. El capitalismo es una fuerza geofísica global, eminentemente destructora, aunque se suponga que es creadora, su carácter devastador es de tal dimensión que puede catalogarse como un nuevo meteorito, pero de origen social, similar al meteorito que se estrelló contra el Golfo de México hace 65 millones de años y que produjo la quinta extinción de especies y arraso con el 90 por ciento de la vida que por entonces existía en la tierra35.

 

Al hablar de capitaloceno no importa tanto que se le conciba como una época histórica o una era geológica, y lo menos interesante es argüir que hoy no pueden leerse los registros estratigráficos que demuestren su existencia. Es poco importante que exista un reconocimiento estratigráfico del capitaloceno. Lo fundamental es el sentido político del término y al desafío cognitivo de orden colectivo que debería generar, que conduzca no solamente a cambiar nuestra comprensión de la realidad, sino lo que es más importante y decisivo, nuestro accionar como sociedades. El asunto es crucial, no es una cuestión terminológica ni una querella entre geólogos. Tiene que ver con el esclarecimiento de las razones y de las causas que producen la destrucción de la naturaleza, la extinción de especies, el vuelco climático, la acidificación de los mares, la destrucción de los corales…. El capitaloceno si está dejando huellas de tipo geológico. Al respecto, uno de los cambios geológicamente más significativos, aunque aparezca casi invisible para nosotros, es la modificación en la composición de la atmosfera: las emisiones de bióxido de carbono (CO2), cuya contribución al calentamiento global es innegable –lo que produce cambios climáticos, concretamente elevación de la temperatura, que no se presentaban hace millones de años– y que permanecen durante miles de años en la atmósfera. Asimismo, el desplazamiento de plantas y animales hacia los polos, un movimiento migratorio forzado por el aumento de la temperatura, que ya se está presentando, va a dejar su registro fósil, en idéntica forma que la elevación del nivel del mar en varios metros, con lo cual se hundirán ciudades completas.

 

Es probable que mucho tiempo después de que nuestros autos, ciudades y fábricas se hayan convertido en polvo, las consecuencias de quemar carbón y petróleo equivalente a miles de millones de toneladas sean claramente ostensibles. El bióxido de carbono calienta el planeta y, al mismo tiempo, se cuela en los océanos y los acidifica. En algún momento de este siglo serán tan ácidos que los corales ya no podrán construir arrecifes, lo que se registrará geológicamente como "un hiato de arrecifes". Estos hiatos han marcado cada una de las últimas cinco extinciones masivas principales. La más reciente, que se cree fue causada por el impacto de un asteroide, tuvo lugar hace 65 millones de años, al final del periodo Cretácico; no solo eliminó a los dinosaurios, sino también a los plesiosaurios, los pterosaurios y los ammonoideos. La escala de lo que les está sucediendo ahora a los océanos es, de acuerdo con muchos expertos, incomparable desde entonces. Para los geólogos futuros, dice Zalasiewicz, nuestro impacto podría parecer tan repentino y profundo como el de un asteroide. (Bienvenido al Antropoceno, la era del hombre36.

 

Entre algunos de los cambios que ha generado el capitalismo se encuentran: un aumento en la tasa de extinción de la fauna y la flora a niveles sin precedentes desde la aparición del homo sapiens; aumento en los niveles de C02 en la atmosfera, que modifica el clima y aumenta las temperaturas, de tal forma que no había sucedido hace 66 millones de años; producción masiva de plásticos, que inundan ríos, lagos y océanos, interfiriendo en la vida de miles de especies; la utilización de fertilizantes ha duplicado la cantidad de nitrógeno y de fosforo en las tierras de cultivo. Se calcula que esto puede causar un impacto sobre el ciclo de nitrógeno que no se presentaba hace 2.500 millones de años; “la presencia de una capa permanente de partículas transportadas por el aire en los hielos glaciares y sedimentos, como por ejemplo carbono negro procedente del consumo de combustibles fósiles” 37. Con estas evidencias, advierten algunos geólogos, "Muchos de estos cambios son geológicamente duraderos y algunos son efectivamente irreversibles"38.

 

Los rasgos distintivos del capitaloceno no apuntan a señalar en abstracto al ser humano como una fuerza geológica en sí misma de extinción masiva, sino al sistema capitalista, como una forma de organización social e histórica particular, cuyo funcionamiento ocasiona los problemas que vivimos en la actualidad. Como tal, desde su origen Homo sapiens ha vivido en diversas formas de organización social, y en ninguna de ellas se puso en peligro global la supervivencia de la misma humanidad y de otras formas de vida a una escala masiva, como hoy acontece. Uno de los aspectos que suele resaltarse cuando se habla de Antropoceno es el tamaño de la población humana, cuyo número creció en forma exponencial en los últimos dos siglos, tras la Revolución Industrial y en forma más veloz en los últimos cincuenta años. Este crecimiento está asociado a las energías fósiles, porque sin ellas no hubiera sido posible, algo que se deriva entonces del mismo desarrollo del capitalismo. Pero un elemento adicional que no puede ser negado es que no todos los seres humanos que hoy vivimos en el planeta tierra tenemos el mismo grado de responsabilidad, puesto que hay una asimetría evidente entre una ínfima minoría de grandes capitalistas y el resto de la población mundial.

 

En otros términos, existe una segmentación en términos de producción y consumo entre unos pocos países y el resto, y más en general, entre los más ricos entre los ricos y millones de pobres y miserables. Oxfam lo ha dicho en sus informes de enero de 2016 y de enero de 2017. En este último proporciona algunos datos sobre la aterradora desigualdad social y económica en el mundo: 1. Cuando una de cada diez personas en el mundo sobrevive con menos de dos dólares al día, la inmensa riqueza que acumulan tan sólo unos pocos resulta obscena. Sólo ocho personas (concretamente ocho hombres), poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, 3.600 millones de personas. […] 2. Siete de cada diez personas vive en un país en el que la desigualdad ha aumentado en los últimos 30 años. 3. La desigualdad extrema tiene un enorme impacto en las vidas de las mujeres, sobrerrepresentadas en los sectores con peores salarios y que sufren mayores niveles de discriminación en el ámbito laboral y asumen la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado. Al ritmo actual, llevará 170 años alcanzar la igualdad salarial entre hombres y mujeres. 4. La evasión y elusión fiscal por parte de las grandes multinacionales priva a los países pobres de al menos 100.000 millones de dólares cada año en ingresos fiscales, dinero suficiente para financiar servicios educativos para los 124 millones de niños y niñas sin escolarizar o servicios sanitarios que podrían evitar la muerte de al menos seis millones de niños y niñas cada año39.

 

Con datos como estos, resulta muy amañado seguir diciendo que la población en sí misma es el problema, cuando este estriba en la desigualdad social y económica, lo que conduce a marcados desniveles de apropiación de la producción y el consumo dentro de los países y a nivel mundial40. Claro que debe plantearse un control en el crecimiento de la población, ante la reducción acelerada de los bienes comunes de la naturaleza, pero algo más crucial radica en señalar la destrucción que significa el consumo de los ricos, y el costo ambiental que esto trae para el planeta. No es tanto la reducción de los pobres lo que necesita el planeta tierra, sino más bien la reducción de los ricos y su consumo y despilfarros ostentosamente obscenos. En el capitaloceno la pregunta esencial no es cuánto le cuesta un pobre al medio ambiente, sino cuánto le cuesta un rico, cuestión que apunta a vincular la desigualdad con la destrucción ambiental. Si Antropoceno es una palabra que genera algún rechazo, Capitaloceno va a ser un término absolutamente denostado y ocultado, porque apunta a señalar al sistema capitalista como el responsable de las catástrofes climáticas y ambientales que destruyen diversas formas de vida, asesinan diariamente a millones de seres humanos (pobres y explotados) y pone en peligro la misma supervivencia de nuestra especie. Y plantea, por supuesto, que la única alternativa para que la humanidad pueda sobrevivir es rebasar el capitalismo. En conclusión, nos encontramos en la Era Catastrozoica, del Período “Cabernario”, Época del capitaloceno y el nuevo meteorito que destruye nuestro planeta no viene del espacio exterior, El meteorito de nuestro tiempo se llama capitalismo y resulta inútil tratar de cambiarle el nombre.

Notas:(…) Fuente: http://www.rebelion.org/docs/223396.pdf

 

 

En confrontación con el capitalismo involucrémonos en pensar y actuar como:

"Si nos arrancan de nuestra tierra o territorio, de nuestras fuentes de subsistencia, y nos deshabilitan nuestros medios más creativos para resolver por nosotros mismos lo que podría dispararnos al centro de un futuro de justicia, subsistencia, creatividad y autonomía, tenemos que revertir ese proceso y promover directamente que podamos resolver por nuestros propios medios, y con sus medios creativos las cosas que más le importen."

 

 

Momento de reivindicar e implicarnos
1 de marzo de 2017

 

Vivimos en las sombras de una pasado que se desvanece,
atrapados en los fuegos del tiempo

Bob Dylan

 

Por Ramón Vera*

 

El pasado no se desvanece, aunque así nos quiera hacer sentir el capitalismo, porque nuestro tiempo de la conciencia es más vasto que la cuchara positivista con que nos quieren medir, normar, cuadrar, estabular, estamentar, calificar en los sistemas de pesos y medidas, y escolaridades, e institucionalidades, oficiales y de izquierda y derecha en la supuesta crítica. El pasado nos lo quieren borrar. Quieren que olvidemos. Nos quieren imponer el olvido.

 

Podemos llevar dentro varios pasados que afloran al tiempo que resolvemos presentes simultáneos o secuenciados, mientras realizamos futuros en presente para transformar nuestra realidad hacia algo más digno, más iluminado, más significativo, más gozoso, más creativo, más justo. Reivindiquemos el presente que es el pasado acumulado y el futuro agolpándose por ser.

Pero parte de lo que debemos recordar, tener como memoria viva, es que el ataque que nos tienen destinado y que preparan y perpetran de muchos modos cotidianos va por todo y por todas y todos. Nadie podría decir que no nos toca y que mejor refugiarnos en un rincón a verlo pasar hasta que amaine. Ni siquiera es posible la irresponsabilidad porque nos arrasan con sus tóxicos, sus ingredientes activos, sus acaparamientos, sus corrupciones, sus seducciones, sus incongruencias y mentiras.

Hoy el Mal (así con mayúsculas, de dimensiones bíblicas, míticas, épicas), se plantó ante los micrófonos del planeta y vino a manotear, a dar de zapatazos, a gritonear y vociferar, buscando ver a quién incomoda, a quien excluye, a quién le quita algo, a quién le recorta algo, a quién secluye, a quien desaparece, a quien despide. Todo a los gritos y con gestos estrambóticos, fuera de centro, desencajados y sin hilación.

 

El mal no es sino hacernos creer que todo está bien mientras proponen y perpetran todo tipo de destrucciones.

Por eso, entre otras cosas, “en conmoción no hay decisión”, como dicen que decía Ignacio de Loyola. Tenemos que comenzar por recuperar la respiración, exhalar con lentitud hasta bajar el pulso respiratorio para poderle ver de frente la jeta al monstruo: uno que tiene muchos rostros.

 

Reivindiquemos entonces, primero que nada nuestra respiración, aunque la maldita contaminación nos enferme y nos llene de humos y plomo, y vapores fétidos y dañinos. Reivindiquemos nuestra propia mirada. Decía Leonardo da Vinci que somos lo que alojamos, lo que nos configura, es decir lo que en la mirada comenzamos a tejer con el mundo. Nuestra mirada recibe de todo el universo, pero también nosotros podemos hacer surgir mundos y situaciones de nuestro ojo mágico. Esto es político, no esotérico.

 

Debemos entonces reivindicar nuestro lugar. El situacionismo tenía razón. Desde nuestra propia circunstancia, reivindicar el rincón de donde surgimos es reivindicar que somos un centro desde donde puede reconstruirse el mundo para muchas y muchos. Cada rincón es un centro, decimos y repetimos como decía el maraka’ame wixárika don Pedro de Haro que había que insistir: “ustedes repitan como borrachitos las cosas importantes hasta el cansancio”, nos decía.

 

También tenemos inescapablemente que reivindicar nuestra historia, nuestras condicionantes, nuestros sesgos, nuestros dolores, nuestros temblores, nuestras nubes y sombras, pero sin imponerlas como muleta o bastón para que las demás personas nos “consideren”, porque todo se vuelve berrinche, imposibilidad, plañiderismo. Reivindicar nuestro sesgo nos permite plantarnos en nuestra verdad, y desde la tranquilidad de decirla poder ir prendiendo “velas de vida”, o sea vínculos de trabajo y entrañamiento.

 

Además de revindicar, busquemos implicarnos.

Necesitamos retejer el cuerpo social. Reconstituir a los sujetos, a la comunidad, como pregona con firmeza el CNI. No hay nada más urgente que la reconstitución de los sujetos.

Que entendamos las condiciones que pesan sobre nosotros, y que nos preparemos en la lucidez más amplia posible para enfrentar y darle la vuelta a todos los ataques, a todas las dependencias, a todas las trampas del sistema y las dependencias, y sus intermediarios, y sus represiones. Para eso es menester buscar y ser autónomos.

 

Necesitamos implicarnos al tiempo de buscar y reivindicar la autonomía, y la paradoja más interesante es que la autonomía nos acerca a la comunidad. Requerimos reinvindicar el tejido de relaciones que nos acerquen , que nos permitan regresar al cuerpo social, como decía Iván Illich.

 

La paradoja que plantea Illich es fuerte porque en realidad todo lo que de alguna manera nos enajene o nos arranque de la situación social en donde podemos incrustarnos o estamos incrustados, no es una herramienta convivial, no es un proceso convivial y nos deja aislados. Quien reivindique el individualismo tal vez suponga que eso lo libera, cuando en realidad lo pone solo o sola ante la ley, antes las fuerzas que nos atacan y nos aprisionan.

En cambio, todo lo que nos mueva a la creatividad, a la autonomía; que nos promueva autonomía, al mismo tiempo nos devuelve al cuerpo social. Ésa es la paradoja.

 

Pero para muchas personas cínicas, lo malo humano regresa siempre una y otra vez y entonces no puede haber nada limpio, nada puro. Esta idea de la pureza y la limpieza y la higiene para todo lo que hacemos, es muy preocupante. Hay, entre gente que hace crítica a la izquierda, el orgullo de descubrir que no era limpia la comunidad, la convivialidad, que como humanos recaemos. Hacen a la izquierda la crítica que no se atreven a hacer a la derecha. Y su “superioridad” aumenta con cada ojeadita en el espejo. Diría un amigo, “se pasan de listos”. Cuando esas personas constatan que la gente puede ser jodida, descansan.

 

Pero no hay nunca nada puro, porque la pureza es más un sueño culpógeno en sí mismo. Lo que podemos es ofrecer nuestro intento.

Como dice Rafael Sandoval: “estamos implicados o no estamos implicados”. Implicarnos significa proponernos actuar, pensar, reflexionar juntos, y si nos equivocamos a ratos y otras veces le atinamos, ahí iremos equilibrando y re-equilibrando nuestros intentos. Implicarnos es estar dispuestos a intentar juntos. El intento es más real que cualquier idea de pureza. Suponer que de por sí todos los procesos están jodidos porque de por sí la gente es mala y traicionera, es desperdiciar muchas vidas, muchos intentos, muchos corazones.

 

Cualquier enajenación, cualquier erosión, cualquier menosprecio, cualquier ruptura de saberes y relaciones es imposición, es aplastamiento de nuestra autonomía, de nuestro ejercicio como personas y colectivos hacia el mundo. Hasta que el sentido que construíamos juntas y juntos se rompa en serio y lleguemos a la urgencia de reconstruir y reconstituirnos de verdad, la gente parece no moverse.

Pero el tiempo va llegando. No puede posponerse, porque todo se desabarrancará. Estamos en un momento en que ante el desbarrancamiento que se avecina requerimos retejer, plantear los nudos nuevos, de relaciones más significativas y horizontales. Reconocernos en comunidades y personas, de región a región y hacer un tejido real por abajo.

 

Un tejido de libertades, de autonomías.

Si nos arrancan de nuestra tierra o territorio, de nuestras fuentes de subsistencia, y nos deshabilitan nuestros medios más creativos para resolver por nosotros mismos lo que podría dispararnos al centro de un futuro de justicia, subsistencia, creatividad y autonomía, tenemos que revertir ese proceso y promover directamente que podamos resolver por nuestros propios medios, y con sus medios creativos las cosas que más le importen. Tenemos que promover una creatividad individual, pero sobre todo una creatividad mutua.

El llamado del CNI a la organización, pasa por abrir espacios de diálogo que profundicen los modos de hacer posible esta autonomía, porque todo lo que fuerza dependencias está jodido. Necesitamos ver cómo podemos independizar nuestros esfuerzos y al mismo tiempo implicarnos en entender, reconstruyendo los escenarios y las condiciones del sometimiento y el encierro. Hay que reconstruir comunidad.

* Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca y Grain.

Desinformémonos

Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Principal/Secciones/Documentos/Momento_de_reivindicar_e_implicarnos