Qué Economía

Abril 2016

Con soberanía alimentaria por construcción de la reforma agraria anticapitalista.

 

 


 

SITUACIÓN / CRISIS CIVILIZATORIA / ALTERNATIVAS

 

 

 Situación

 

Pensemos porqué es imprescindible el Nunca Más al poder real y a su democracia:

 

 

La República Unida de la Soja recargada

GRAIN | 12 junio 2013 | A contrapelo

En el año 2003, la corporación Syngenta publicó un aviso publicitando sus servicios en los suplementos rurales de los diarios argentinos Clarín y La Nación bautizando con el nombre de “República Unida de la Soja” a los territorios del Cono Sur en los que se sembraba soja -Integrados por Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia-. A partir de allí, esta declaración explícita de neocolonialismo quedó como “marca de fábrica” del proyecto que desde las corporaciones se estaba instrumentando.

Durante el año 2012 se produjo en estos países una embestida de las corporaciones del agronegocio sobre los territorios y las instituciones imponiendo nuevos transgénicos, mayores riesgos por aplicación de agrotóxicos y cambios en las políticas que sólo tiene precedentes en la primera imposición de los transgénicos, durante la segunda mitad de los años 90. Esta nueva avanzada corporativa se da en un marco distinto, ya que ahora ocurre con la presencia en toda la región (por lo menos hasta junio del año pasado) de gobiernos “progresistas” críticos del neoliberalismo y que en algunas de sus políticas han comenzado a modificar las políticas neoliberales impuestas en los años 90 con una mayor presencia del Estado regulando la economía y asumiendo un rol activo en aspectos sociales, educativos y sanitarios.

Sin embargo, en términos de modelo agrícola y producción de alimentos no sólo no ha habido en todo este tiempo un cambio de modelo ni una autocrítica a los problemas producidos por la implantación masiva del cultivo de soja transgénica con alto altos niveles de uso de agrotóxicos. Por el contrario, este modelo se ha ido consolidando y es defendido a rajatabla por todos los gobiernos de la región que lo asumen como política de Estado, en todos los casos. Los graves problemas que han surgido o se han agudizado, tales como los impactos de los agrotóxicos, los desplazamientos de campesinos y pueblos originarios, la concentración de la tierra o la pérdida de producciones locales, son considerados “efectos colaterales” y se abordan, cuando la presión social lo consigue, de manera fragmentada y puntual. No incluimos en este análisis a Bolivia, pues si bien la región de la “medialuna”, con Santa Cruz de la Sierra a la cabeza, es parte de la “República Unida de la Soja” las posiciones, políticas y debates planteados desde el Gobierno de Evo Morales se diferencian ampliamente del resto de los gobiernos (y esto le vale el enfrentamiento con estos sectores del poder de la medialuna que claramente han planteado su intención separatista).

Ya en otros A Contrapelo 1 2 3 hemos ido denunciando que este avance fue consolidando la imposición del modelo productivo de los agronegocios, y el Cono Sur se ha convertido en la región donde más transgénicos se siembran en el mundo y en la que mayor cantidad de agrotóxicos se aplican per cápita a nivel global. En este A Contrapelo intentaremos brindar algunas luces que ayuden a comprender cómo se está produciendo este avance y sus consecuencias a nivel de las comunidades campesinas y la sociedad en general.

Los impactos del “modelo” no reconocen fronteras entre el campo y la ciudad y se sienten profundamente en ambos espacios: las poblaciones fumigadas en los territorios rurales y en las zonas periféricas de las ciudades, las y los campesinas/os desplazadas que día a día migran para engrosar los cordones de pobreza de las grandes urbes, las economías regionales destrozadas con su correlato de los altos precios de los alimentos en las ciudades, los alimentos contaminados enfermando a unos y a otros. En fin, una catástrofe socio-ambiental que hace agua por todas partes y que ya no permite “mirar para otro lado”.

Los responsables de esta cadena destructiva son un puñado y tienen nombre y apellido: Monsanto y algunas corporaciones biotecnológicas más a la cabeza (Syngenta, Bayer); terratenientes y pooles de siembra que controlan millones de hectáreas (Los Grobo, CRESUD, El Tejar, Maggi son algunos de los principales); Cargill, ADM y Bunge transportando los granos al otro lado del mundo. Y, por supuesto, los gobiernos de cada uno de los países que apoyan de manera entusiasta este modelo. A ellos se suman un extenso número de empresas que aprovechan el “derrame” y proveen servicios, maquinaria agrícola, fumigaciones, insumos, etc. Leer

 

 

Advirtamos porqué todos los partícipes del  crecimiento económico a tasas chinas y de su relato elogioso deberán ser juzgados y condenados por posibilitar la criminalidad de lesa humanidad que se sintetiza a continuación:

 

 

¿Tierra yerma o “Granero del mundo”?
21 de agosto de 2014

Por Darío Aranda 

Desmontes, desalojos y masivo uso de agroquímicos son algunas de las consecuencias ya conocidas del modelo agropecuario. Otro factor fundamental, reconocido incluso por empresas y gobiernos, es el empobrecimiento de suelos. Con cada buque con soja se exportan 3.500 toneladas de nutrientes. “El exceso de soja en la matriz granaria atenta contra la conservación del suelo”. El cuestionamiento no proviene de una organización socioambiental ni de investigadores críticos al modelo agropecuario (que también advierten lo mismo), sino de un editorial del diario La Nación1, tribuna del agronegocio.

Es un hecho que ya nadie desmiente: los suelos dedicados al agronegocio se están empobreciendo a ritmo muy acelerado, lo que ya impacta en la productividad y marca los límites (y consecuencias) del modelo agroindustrial. Datos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) revelan que con cada barco con soja se fugan 3.500 toneladas de nutrientes.

El empobrecimiento de suelos y el modelo agropecuario como actividad minera extractiva significan lo mismo. Más que tierra.

El suelo está compuesto por polvo y minerales, pero al mismo tiempo es un ecosistema vivo y dinámico con miles de seres vivos microscópicos que contribuyen en la retención y proporción de nutrientes que son imprescindibles para que las plantas crezcan. El suelo es también materia orgánica (sustancias que son el resultado de la descomposición de materia animal y vegetal). Toda planta toma nutrientes del suelo, y todo resto de cosecha (organismos muertos que se descomponen) provee de nutrientes a las plantas en crecimiento. La materia orgánica del suelo es importante para evitar la erosión y volverlo más poroso, lo que ayuda a que absorba agua (y así evitar los escurrimientos rápidos, antesala de inundaciones).

Es todo parte de un proceso cíclico de acumulación que lleva miles de años. “La materia orgánica se encuentra sobre todo en la capa superior del suelo (la más fértil). La vida vegetal y la fertilidad del suelo son procesos que se propician mutuamente, y la materia orgánica es el puente”, explica la organización internacional GRAIN en su informe “Extractivismo y agricultura industrial o como convertir suelos fértiles en territorios mineros”. Soja Veinte millones de hectáreas. El 60 por ciento de la superficie cultivada de Argentina. Un sólo producto. La soja es la reina. Y en su crecimiento consume nutrientes. Ejemplo: en una producción de 4000 kilos por hectárea, la soja necesita 320 kilos de nitrógeno, que los toma del aire y del suelo. La soja también consume fósforo, potasio y azufre.

El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria es el organismo oficial más reconocido del agro argentino y fue (y es) el brazo técnico ejecutor de la instalación del agronegocio. Según el propio INTA2, en un barco cargado con 40 mil toneladas de soja se exportan 3.576 toneladas denutrientes. Si la carga es de trigo, los nutrientes se cuentan por 1.176 toneladas y, en el caso del maíz, 966 toneladas por cada barco.

Para el caso de la soja, las 3.576 toneladas de nutrientes extraídos (nitrógeno, fósforo, azufre, potasio y magnesio) se equiparan a 8.700 toneladas de fertilizantes (urea, superfosfato simple, cloruro de potasio y sulfato de magnesio). Cada tonelada de fertilizante tiene un costo promedio de 450 dólares y, que multiplicado por 8.700, son casi cuatro millones de dólares que se van del suelo argentino con cada barco de soja.

Con una cosecha estimada en 54 millones de toneladas, el costo de los nutrientes extraídos ronda 5.265 millones de dólares. Fortuna que se extrae del suelo argentino. El INTA lo llama el “costo oculto” del agro.

La ingeniera agrónoma Graciela Cordone, del INTA Casilda y una de las autoras del informe, ilustró la fuga de nutrientes: “Necesitaríamos 300 camiones para cargar los fertilizantes que contienen los nutrientes que se exportan en cada barco”. A esto habría que sumar la materia orgánica que se pierde, y que tiene relación directa con la calidad (que se pierde) del suelo. “Se debe tomar conciencia que el suelo se agotará si lo seguimos explotando con el actual sistema productivo. Debemos usarlo de modo sostenible para que nuestros hijos puedan seguir produciendo con buenos rendimientos”, alertó la investigadora del INTA.

El modelo
“Segundo Congreso Nacional de Ecología y Biología de Suelos (Conebios II)”, fue el nombre de un encuentro poco común, que reunió durante tres días a científicos preocupados por la crítica situación de las superficies explotadas. Se presentaron 74 trabajos científicos. “Se explota el suelo hasta el agotamiento y existe peligros de una virtual desaparición”, alerta su documento final. Remarcaron que el suelo es un bien social y, como tal, debe estar a disposición y en beneficio de todos.

Realizado en abril de 2011, el congreso fue la antesala de la conformación de la Sociedad Argentina de Biología y Ecología de Suelos, y en sus conclusiones destacó que la aplicación de agroquímicos reduce la abundancia y diversidad de las comunidades de animales del suelo (animales que regulan los procesos ecológicos del suelo y tienen relación con su fertilidad), una proporción considerable de plaguicidas pueden producir efectos dañinos sobre los microorganismos (bacterias y hongos) del suelo, y asegura que los agroquímicos más usados en los actuales sistemas dominantes de producción agropecuaria producen alteraciones en la fijación del nitrógeno.

Los investigadores recordaron que los suelos actuales son el resultado de procesos físicos, químicos y biológicos que han actuado durante miles de años y que su recuperación ante el actual deterioro puede ser extremadamente lenta o inexistente. “El suelo debe considerarse a los fines prácticos como un recurso no renovable”, alerta el documento final del Congreso y afirma que el actual modelo agropecuario dominante “compromete el propio proceso productivo a mediano y largo plazo y afecta negativamente la integridad y funcionalidad del ecosistema del suelo y por lo tanto compromete la sustentabilidad”.

La organización internacional GRAIN tiene veinte años investigando y produciendo materiales sobre el impacto de la producción de alimentos en manos de corporaciones. “Extractivismo y agricultura industrial o cómo convertir suelos fértiles en territorios mineros”, es el nombre de su investigación sobre cómo el modelo agropecuario diezma los suelos. Precisa que en la segunda mitad del Siglo XX se impulsó la llamada “revolución verde”, un modelo de agroempresas (con luz verde de los gobiernos) en base a agroquímicos, semillas bajo control corporativo y monocultivos. “De un plumazo se intentó borrar diez mil años de construcción de saberes para poner a los suelos como sustrato muerto para el desarrollo de plantas con el aporte de nutrientes externos una vez que los del suelo se agotaran”, denuncia.

Analiza información oficial del INTA y precisa números del agro argentino: en la campaña 2006/07 se extrajeron 3.500 millones de toneladas de nitrógeno, fósforo, potasio y azufre. Traducido en dinero: 1.700 millones de dólares.

En cuanto a la soja, afirma que produce “una intensa degradación”, con una pérdida de entre 19 y 30 toneladas de suelo en función del manejo, la pendiente del suelo y el clima. En la temporada 2006/2007, con una producción de 47 millones de toneladas de soja, se extrajeron 1.149.000 toneladas de nitrógeno, 255.000 toneladas de fósforo, 760.000 toneladas de potasio. “La agricultura industrial es una actividad extractivista porque considera los suelos como un sustrato inerte del que se extraen nutrientes (proteínas y minerales) utilizando tecnología y productos químicos (fertilizantes, pesticidas, herbicidas, fungicidas)”, afirma GRAIN y la compara con la actividad minera con “la única diferencia que con la minería se extraen minerales en forma directa y con la agricultura industrial es a través un proceso biológico (el crecimiento de plantas que son las que contienen los nutrientes)”.

Y aporta más coincidencias entre agroindustria y minería a cielo abierto: destrucción territorial, devastación de la biodiversidad, contaminación masiva, extracción de volúmenes inmensos de agua y contaminación de las cuencas cercanas, impacto en la salud humana y animal, destrucción de las economías regionales y nula creación de empleos para la población local. Y concluye: “Ambas actividades son insustentables”. Propuesta empresaria

A diferencia de lo que sucede con las consecuencias de los agrotóxicos y de los transgénicos, hay unánime consenso del empobrecimiento de los suelos debido al modelo de agricultura industrial. Incluso los impulsores y sostenedores del modelo (como el INTA y los medios periodísticos del sector) alertan sobre la pérdida de nutrientes.

Lo que sí difiere enormemente es cómo actuar ante la agro-minería. Las empresas proponen redoblar su negocio: vender fertilizantes para intentar recuperar al menos parte de los nutrientes (y parte de la calidad del suelo). Es un círculo vicioso en el que un modelo empresario gubernamental empobrece suelos y, al mismo tiempo, prometen mejorarlos si compran sus productos. Un paralelo posible: las tabacaleras ofreciendo tratamientos para tratar el cáncer. Aún dentro de esa propuesta de solución, el mismo INTA alerta: “La Argentina sólo repone el 37 por ciento de los nutrientes del suelo”3. El diario La Nación hace lo propio: “El agro fertilizó menos y se agravó el déficit de nutrientes del suelo”, tituló en la edición del 4 de abril de 2013. Precisó que de los seis millones de toneladas de “fertilizantes extraídos no repuestos de la cosecha”, dos millones de toneladas corresponden a potasio y los otros cuatro millones a nitrógeno, fósforo y azufre. Lamentó que sólo se repusieron (vendieron) tres millones de toneladas de fertilizantes (15 por ciento menos que en la cosecha anterior). El estudio del INTA “Extracción de nutrientes en la agricultura argentina”, de Gustavo Cruzate y Roberto Casas, detalla que la “reposición” de nutrientes varía entre el 34 y el 41 por ciento en cada cosecha. La organización GRAIN resume la avalancha de críticas a la propuesta empresaria: “La gran paradoja es que el ‘ciclo’ de la agricultura industrial se completa incorporando fertilizantes que a su vez deben ser extraídos del suelo (el fósforo y el potasio por minería directa) o fabricarlos a partir del petróleo (como el nitrógeno). Ninguno de estos productos es renovable y a mediano plazo se agotarán. Pero igual de grave resulta que su uso masivo completa indefectiblemente la destrucción de los suelos”.

GRAIN descarta que una solución sea la aplicación masiva de fertilizantes y propone alimentar los suelos incorporándoles materia orgánica, diversificando cultivos, saliendo del modelo agroindustrial de monocultivos.

La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) lanzó el 24 de julio un “plan de acción para frenar la creciente degradación del suelo”. La FAO, muchas veces señalada por organizaciones campesinas de incentivar el agronegocio y boicotear la agricultura familiar y agroecológica, aprobó en Roma un cronograma de acciones para “regulaciones claras e inversiones correspondientes (de los Gobiernos) para la gestión sostenible de los suelos”. “El actual ritmo creciente de degradación del suelo amenaza la capacidad de las generaciones futuras para cubrir sus necesidades”, alertó la FAO y precisó que el 33 por ciento de los suelos cultivables del mundo se encuentran afectados por el agotamiento de los nutrientes, acidificación, salinización, compactación y contaminación química. Minería agrícola

La agencia de noticias oficial Telam hizo explícita la crisis del suelo el 26 de mayo pasado4. Tituló: “Impulsan un plan minero para abastecer al agro con minerales para optimizar la calidad del suelo”. El subtítulo reforzó el perfil de noticia como un hecho positivo: “El gobierno nacional impulsa el diseño de un programa destinado a optimizar la calidad y productividad de las tierras, en especial para la zona de la Pampa Húmeda”.

Detalló que la Secretaría de Minería y el Ministerio de Agricultura iniciaron un programa de “abastecimiento para el campo, con minerales que se destinen a optimizar calidades de suelos”.

Jorge Mayoral, secretario de Minería de Nación, señaló a Télam: “El suelo no es un recurso inagotable sino que cuando es utilizado por la agricultura pierde sus mejores micro y macro nutrientes, que son los minerales, y entonces hay que volver a ponerle minerales para que los rendimientos perduren y mejoren”. Aclaró que la iniciativa apunta a que “el país produzca más” y explicó que son necesarias maquinarias agrícolas diseñadas específicamente” para enriquecer suelos.

El artículo de la agencia oficial finaliza con una cita del secretario Mayoral, en tono triunfante: “Un agregado de la cadena de valor de este programa es que somos todos nacionales y populares. El campo, el chacarerismo que no tiene dólares para agroquímicos pero puede acceder a estos minerales que proveen productores locales y le permiten mejorar rendimiento y hacer mejores negocios”.

Como vemos la minería agrícola oficial ya está en marcha. Y el gobierno celebra.

1. http://www.lanacion.com.ar/1492219-sojizacion-de-nuestra-agricultura 2.http://intainforma.inta.gov.ar/?p=12116 3. http://intainforma.inta.gov.ar/?p=12116 4. http://www.telam.com.ar/notas/201405/64684-impulsan-un-plan-minero-paraabastecer-al-sector-agropecuario-para-optimizar-la-calidad-del-suelo.html

Ecoportal.net
Revista CTA julio-agosto 2014

Fuente: http://www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Suelos/Tierra_yerma_o_Granero_del_mundo

 

No hay beneficios en la agricultura basada en transgénicos
13 de julio de 2013

El modelo de agricultura industrial (transgénicos más agrotóxicos) que se está ejecutando en Argentina, a costa de nuestro presente pero sobre todo de nuestro futuro tiene una escala inédita.

Nuestros legisladores en un mix de complicidad de algunos e ignorancia de otros permiten que la actual forma de producir cereales sea asumida como la única posible cuando en realidad es la peor de las estrategias productivas imaginadas por el hombre, diseñada por un conjunto de empresas que intentan apropiarse del control de la alimentación de los humanos en el planeta, tal lo ha declarado recientemente Monsanto.

Si se analizan los datos de la realidad, despojados de la cosmética marketinera de las beneficiarias podemos ver con claridad que somos víctimas de una estafa a escala global, la mayor de la historia humana, implementada por actores maquiavélicos y partenaires cómplices, estos últimos en su gran mayoría impúdicamente ignorantes.

Las presuntas “bondades” de la agricultura en base a transgénicos/glifosato no resiste el menor análisis porque cuando veamos la información cruda que ofrece nuestra realidad, la mentira queda reveladoramente descubierta.

-Rinde menos: La campaña de soja 1996/7, fue la última anterior a la aprobación del glifosato (1996)  en ella el rinde promedio del cultivo de soja a nivel país fue 2.693 Kg. por hectárea, en las siguientes campañas, usando el veneno, 1997/2012 el rinde promedio ha sido mas bajo: 2.560 kg/ha.

-No es inocuo: También se probó que las afirmaciones acerca de la inocuidad y desaparición en el ambiente de los tóxicos empleados eran mentiras que la empresa difundía arteramente a pesar que conocía su falsedad, dado que éstos permanecen y se incorporan, alterándolos, en todos los organismos vivos.

-Pérdida de soberanía alimentaria: En el ínterin nuestros agricultores perdieron la independencia de producir sus propias semillas, lo que ahora por complicidad de los legisladores con las empresas es delito penado por ley.

- No aumenta las ganancias: Tampoco la suba internacional de precios es consecuencia de esta situación, sino que se debe al aumento de la demanda por el ingreso de miles de millones de consumidores de Oriente que dejaron de ser agricultores y pasaron a ser obreros industriales especialmente en China e India en los últimos lustros.

-Aniquila la fertilidad: No menos grave y quizás lo peor a mediano y largo plazo sea la pérdida de la fertilidad de la Pampa Húmeda que los monocultivos a repetición están provocando inexorablemente.

-Incrementa la pobreza: Las consecuencias socioeconómicas no quedan en zaga dado que este modelo desaloja del campo a centenares de miles de pequeños propietarios rurales arrojándolos a los cordones de miseria de las ciudades, concentrando la propiedad de las tierras y la riqueza en manos de consorcios financieros supranacionales.

-Destruye la naturaleza: El uso de semillas transgénicas esta corrompiendo masivamente los equilibrios biológicos ancestrales reemplazándolos por engendros pergeñados por una ciencia macabra al servicio de la rentabilidad inmediata que no toma en cuenta las consecuencias.

 

EL CASO DEL MAIZ BT DE MONSANTO

 

Sólo a modo de ejemplo mencionamos esta variedad que controla  más de la mitad del área sembrada con maíz en nuestro país, sin embargo ha sido prohibido en Alemania, Francia, Italia, Austria, Grecia, Hungría, Luxemburgo, Polonia e Irlanda por su extrema peligrosidad ambiental

El maíz Bt es un tipo de maíz transgénico que produce una proteína de origen bacteriano el Bacillus thuringiensis, tóxica para las larvas de insectos barrenadores del tallo, que mueren al comer hojas o tallos de maíz Bt.

Entre otras consecuencias provoca la contaminación de ecosistemas hídricos, los residuos agrícolas del maíz Bt  llegan a los ríos, esta vía de toxicidad de los cultivos Bt no se había tenido en cuenta anteriormente, y ha sido ignorada en la evaluación actual de riesgos ambientales, a pesar de su importancia para la cadena trófica acuática y, en última instancia, para el buen estado de los ecosistemas acuáticos.

Como perjuicio adicional hace resistentes a los insectos combatidos lo que obliga, para volver a sembrarlo, a envenenar los suelos con productos más tóxicos aún.

El espacio de la nota no permite extendernos en un abrumador listado de argumentos disponibles, sólo queremos recordar una vez más que en Europa los legisladores impidieron que este modelo se implantara y obligaron a Monsanto a abandonar ese continente, pero aquí, los legisladores nuestros, no solo lo habilitan sino que facilitan con los instrumentos legales que aprueban que nos envenenen a mansalva.

En nosotros esta impedirlo, difundamos de todas las formas posibles el escándalo de la autorización legal para fumigar sobre la naturaleza y las personas que están legislando senadores entrerrianos.

Fuente: http://www.fundavida.org.ar/web2.0/2013/07/13/no-hay-beneficios-en-la-agricultura-basada-en-transgenicos

 

 

 

Porqué los cultivos transgénicos son una amenaza a

los campesinos, la soberanía alimentaria, la salud y la biodiversidad en el planeta
7 de agosto de 2014

Por Ana María Primavesi y col. 

 

            

Introducción

 

Casi veinte años de cultivos transgénicos ¿Qué nos han dado? Al contrario de lo que prometían las empresas, la realidad de los cultivos transgénicos, basada en las estadísticas oficiales de Estados Unidos –el mayor productor de cultivos transgénicos a nivel global– muestran que éstos han tenido menor productividad por hectárea que las semillas que ya estaban en el mercado, pero han significado un aumento exponencial en el uso de agrotóxicos. (Benbrook, 2012; Gurian-Sherman, 2009).

 

Esto se tradujo además en fuertes impactos negativos tanto en salud pública[1] como en el medio ambiente en todos los países donde se han cultivado a gran escala. Los cultivos transgénicos han sido un instrumento clave para facilitar la mayor concentración corporativa de la historia de la alimentación y la agricultura.

 

Seis empresas transnacionales controlan el total de los transgénicos sembrados comercialmente en el mundo. Las mismas seis son los mayores fabricantes globales de agroquímicos, lo cual explica que el 85% de los transgénicos sean cultivos manipulados para resistir grandes dosis de herbicidas y plaguicidas, ya que este es el rubro que les deja mayores ganancias. (ETC Group, 2013b).

 

¿Han servido para aliviar el hambre en el mundo? No. Además, producto del avance de la industrialización de la cadena alimentaria a manos de las corporaciones de agronegocios, desde 1996, año en que se comienzan a sembrar transgénicos, aumentó la cantidad de personas malnutridas y obesas, fenómeno que ahora es sinónimo de pobreza, no de riqueza. (FAO, 2012; OMS, 2012).

 

La siembra de transgénicos aceleró el desplazamiento de productores chicos y medianos, empobreciéndolos, al tiempo que sustituyeron gran parte de la mano de obra por maquinaria, aumentando el desempleo rural. Por ejemplo en Argentina, los transgénicos y sus llamados “pools de siembra” llevaron a una verdadera “reforma agraria al revés”, eliminado una gran parte de los establecimientos agrícolas pequeños y medianos. Según los censos de 1988 y 2002 en esos años desaparecieron 87 000 establecimientos, de los cuales 75 293 eran menores de 200 hectáreas, proceso que continúa con la misma tendencia. (Teubal, 2006). La secuela es que en la actualidad, el 80% de la superficie cultivada está arrendada por 4 000 fondos de inversión: no se trata de un modelo para alimentar, es una plataforma agrícola para especular.

 

Han agravado los problemas para las bases de supervivencia del planeta. En el mismo período en que se comenzaron a sembrar cultivos transgénicos, se agudizó seriamente la crisis climática y se agravaron ocho de los nueve problemas ambientales más graves del planeta definidos por el Stockholm Resilience Center como los “límites planetarios” que no podemos transgredir si queremos que La Tierra sobreviva. Siete de ellos: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos, la contaminación y agotamiento del agua dulce, la erosión de suelos, la excesiva cantidad de fósforo y nitrógeno vertidos a mares y suelos y la contaminación química, están directamente relacionados con el sistema industrial corporativo de producción de alimentos, en el cual los transgénicos son su paradigma central. (Rockström, 2009; ETC Group, 2013a, GRAIN, 2011).

 

¿Necesitamos cultivos transgénicos? Una gran diversidad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala son los que actualmente alimentan al 70 % de la población mundial: 30-50 % de esa cifra lo aportan parcelas agrícolas pequeñas, las huertas urbanas entre el 15 y el 20 %, la pesca artesanal un 5-10 % y la caza y recolección silvestre un 10-15 %. (ETC Group, 2013a). Es una producción de alimentos más saludable, en su gran mayoría libre de agrotóxicos y transgénicos. Los alimentos del sistema alimentario agroindustrial, por el contrario, sólo llegan al 30 % de la población, pero usan el 75-80 % de la tierra arable y el 70 % del agua y combustibles de uso agrícola. (GRAIN, 2014). De la cosecha a los hogares, el 50 % de los alimentos de la cadena industrial van a parar a la basura.

 

Para alimentar al mundo no se necesitan cultivos uniformes, de alta tecnología y alto riesgo, en sistemas industriales. Se necesita una diversidad de semillas, en manos de millones de campesinos y productores pequeños y medianos. El avance de las corporaciones de agronegocios, con transgénicos y agrotóxicos, amenaza gravemente esta opción, que es la que ya alimenta a los más pobres y a la mayoría de la humanidad.

 

1. Tecnología llena de incertidumbres e inexacta

 

Al contrario de lo que afirma la industria biotecnológica, la tecnología de los transgénicos es una técnica inexacta, sobre la cual no se tiene control de sus consecuencias. Es bastante sencillo aislar distintas secuencias de ADN de diferentes organismos y pegarlos para formar un transgene. Sin embargo, es imposible hasta ahora introducir esta secuencia intacta en un determinado locus del genoma. Tampoco es posible controlar cuantas copias intactas o partes de la secuencia modificada serán integradas en el genoma del organismo huésped. Y aún más difícil es evitar cualquier interacción de estas secuencias con los demás genes del huésped. Es imposible controlar la expresión génica de los transgenes insertados, o la dispersión o ruptura de los transgenes en nuevos lugares del genoma.

 

Por todo ello, es imposible predecir cual será el impacto de los transgenes en los genomas u organismos modificados genéticamente y en los ambientes en donde estos se liberan. En estos organismos modificados artificialmente se han roto restricciones de la vida, límites que ni siquiera están bien comprendidos en la ciencia. Darán pie a formas inéditas de interacción y evolución biológica con consecuencias e incertidumbres para la biodiversidad que tampoco podemos enumerar. (Filipecki y Malepszy, 2006). El liberar organismos transgénicos al ambiente implica un experimento global que impacta la dinámica natural de la vida y de la humanidad entera, unilateralmente decidido por un puñado de corporaciones y algunos gobiernos.

 

En contraste con la evidencia científica que sustenta lo anterior, los sectores que defienden la modificación genética de organismos asumen como cierto que los organismos genéticamente modificados (OGM) tendrán los mismos comportamientos a los observados en laboratorio una vez liberados en la naturaleza, es decir que son equivalentes a los organismos no genéticamente modificados.

 

Afirman que los OGM “son naturales” y que “son nuevas variedades” asumiendo que la técnica experimental empleada es precisa, segura y predecible y que es equivalente al mejoramiento convencional que se hace en la agricultura.

 

Esto es un grave error y muestra un “desconocimiento” por parte del campo biotecnológico de las teorías y conocimientos de la biología contemporánea. En la concepción que los que generan OGM no se consideran las restricciones naturales a la recombinación genética, el rol del tiempo en la génesis de la diversidad y la valoración de los mecanismos naturales que la sostienen a través de la evolución orgánica. Tanto el proceso evolutivo como las variedades de las especies se sustentan en la reproducción sexual, la recombinación de material genético, y mecanismos biológicos y ambientales que restringen y regulan la dinámica del genoma dentro de cada generación y a través de ellas durante la evolución. La biotecnología de ADN recombinante, en cambio, ha roto restricciones importantes a la recombinación evolutiva del material genético, sin que aún entendamos la naturaleza o el papel de muchas de estas restricciones que se han establecido por la propia evolución orgánica.

 

Es crucial comprender que en cualquier modificación del genoma mediante ingeniería, desaparecen, en aras del procedimiento tecnológico, el tiempo biológico necesario para estabilizar las variedades y el proceso evolutivo y la historia de la especie —que no se alteran en el mejoramiento por métodos convencionales. Esto sucede porque se apela a la instantaneidad de la manipulación del genoma con el objeto de obtener “nuevas variedades”.

 

Insistir en que los procedimientos de adaptación tradicional de cultivos y mejoramiento de especies alimentarias pueden ser equiparados con las técnicas de modificación genética de organismos por diseño planteadas por la industria, es una idea reduccionista, obsoleta y poco seria, dado el nivel de conocimiento que tenemos actualmente.

 

Proclamar que el mejoramiento realizado por los seres humanos durante 10 000 años en la agricultura y la modificación por diseño de laboratorio son lo mismo, es ignorar la cultura agrícola humana, desarrollada por millones de campesinas y campesinos en miles de situaciones biogeográficas y climáticas diferentes, que ha respetado los mecanismos naturales durante todo ese tiempo, seleccionando nuevas variedades de poblaciones originadas por entrecruzamiento hasta encontrar y estabilizar el fenotipo adecuado. Estos procesos de adaptación y adecuación de las características de los cultivos realizados por comunidades agrarias a lo largo de años también ponen a prueba, de manera permanente, sus impactos en la salud humana y en los ambientes en donde se generan las nuevas variedades.

 

Pero más importante es que este mejoramiento no es consecuencia del simple cambio de la secuencia del ADN, o de la incorporación o pérdida de genes, sino la consolidación de un ajuste del funcionamiento del genoma como un todo (noción de genoma fluido) que respeta las restricciones del mismo frente a la recombinación, que por lo tanto, hace a la variedad resultante útil y predecible (por eso se convierte en una nueva variedad). Este ajuste puede involucrar genes asociados al nuevo fenotipo, pero acompañados por muchos ajustes de carácter epigenético (factores no genéticos o procesos químicos del desarrollo de los organismos) y que en su mayoría desconocemos. Entonces, una nueva variedad representa una mejora integral del fenotipo para una condición determinada donde seguramente todo el genoma fue afectado, dada su fluidez, con un ajuste fisiológico en concordancia con el tiempo de la naturaleza y el respeto por la historia de cada especie.

 

Estos nuevos conocimientos sobre genética no se toman en cuenta en el análisis, proyección y evaluación de riesgos de los OGM que se desarrollan y liberan, ya que para el marco conceptual que sustenta los transgénicos un gen o un conjunto de genes introducidos en un embrión vegetal o animal en un laboratorio, son elementos de análisis suficientes. No se respetan, por definición, las condiciones naturales de los procesos biológicos naturales de regulación y “ajuste fino” epigenético que conducen a la construcción de los fenotipos en la naturaleza, como sucede en el mejoramiento tradicional y en la evolución natural de los organismos.

 

En realidad la tecnología de organismos genéticamente modificados viola los procesos biológicos usando los procedimientos rudimentarios, peligrosos y de consecuencias inciertas que supone la mezcla de material genético de distintas especies. La transgénesis no solo altera la estructura del genoma modificado, sino que lo hace inestable en el tiempo, produce disrupciones o activaciones no deseadas de genes del huésped y afecta directa o indirectamente el estado funcional de todo el genoma y las redes regulatorias que mantienen el equilibrio dinámico del mismo, como lo demuestra la variación de la respuesta fenotípica de un mismo genotipo, frente a los cambios ambientales. (Álvarez-Buylla 2009, 2013).

 

El concepto clásico del gen entendido como unidad fundamental de un genoma rígido, concebido como un “mecano”, como una máquina predecible a partir de las secuencias de los genes y la suposición de que sus productos pueden ser aislados, recombinados y manipulados sin consecuencias, es expresión de un reduccionismo científico obsoleto, que ha sido ampliamente rebatido y cuya falsedad ha quedado demostrada. Este nivel epistemológico ha sido abundantemente criticado por pensadores como Richard Lewontin[2] y otros, y sustentado por diversos artículos científicos sobre la importancia de las interacciones entre los genes, la importancia de los mecanismos de regulación de su expresión a nivel epigenético, que constatan cambios dinámicos de los efectos de los propios genes de un organismo y también de los genomas en sus respuestas al medio ambiente e incluso a la alimentación.

 

La insistencia en términos epistemológicos de considerar a los OGM como variedades “naturales” en lugar de asumirlos como cuerpos extraños o artefactos industriales, que instalados por la mano humana en la naturaleza alteran el curso de la evolución, más que una posición científica es una postura arrogante e omnipotente, que no toma en cuenta el propio conocimiento científico más actualizado. Esta aparente ignorancia en la mayoría de los casos está animada por conflictos de interés, ya que existen relaciones de financiación directa o indirecta de quienes sostienen esas posturas con transnacionales de los agronegocios que lucran con los transgénicos. En otros casos, los científicos pro-transgénicos defienden su carrera, anclada en paradigmas ya superados y su prestigio, que depende de los mismos intereses agroindustriales, así como su posibilidad de hacer negocios a partir de licenciar sus patentes a las grandes empresas.

 

La complejidad no es una posición teórica, sino una configuración integral de la naturaleza. En el proceso de conocerla, desarmar lo natural en pedazos fragmentados “para su comprensión”, es cada vez más insuficiente.

 

Lo que pretende la industria de la transgénesis evitando el debate sobre la lógica que la sostiene, es hacer un cierre virtuoso de una tecnología que nació en los laboratorios para comprender limitadamente procesos a nivel molecular, expandiéndola en la naturaleza sin criterios creíbles ni predecibles.

 

El proceso de generación de organismos, repetimos, es inasible. Podemos estudiarlo, pero debemos tener en cuenta los límites que la fisiología del genoma fluido viene mostrando. Alterar un organismo con un pedazo de ADN propio o ajeno impactará en toda su fisiología y usar el medio ambiente natural —o la alimentación humana— como laboratorio, es un experimento inaceptable.

 

Hay varios estudios de este tipo de alteraciones impredecibles. Uno muy ilustrativo da cuenta de la alteración en el perfil de proteínas de una variedad de maíz transgénico (MON810) que expresa 32 proteínas diferentes, comparado con la expresión proteica del maíz convencional. (Agapito-Tenfen et al, 2013).

 

Los OGM, hoy en el ojo de la tormenta, ponen en primer plano esa extraña y cada vez más evidente relación del pensamiento científico reduccionista con la ideología que sustenta la hegemonía neoliberal. La necesidad de instalar desde la ciencia un relato legitimador que desmienta cualquier impacto de los OGM en la naturaleza o la salud, que sostenga la simplificación de que existe equivalencia entre alimentos no modificados y los OGM, que los defina sencillamente como nuevas variedades, es el equivalente a los silencios sobre la complejidad del genoma y las consecuencias de interferir en ello.

 

En el concepto de “fluidez del genoma”, los genes pierden su definición ontológica y pasan a ser parte de una complejidad relacional que desafía la linealidad jerárquica de la genética clásica, para reemplazarla por una red funcional compleja. Allí están como ejemplos de complejidad, entre otros, los cambios controlados durante el desarrollo de ADN (amplificación o reducción) en células embrionarias normales bajo la regulación del medio celular, la herencia epigenética transgeneracional, o la red de procesos regulatorios moduladores (citoplasmático y/o nuclear) de los productos de la transcripción, que sostienen la variabilidad de los fenotipos. Son ejemplos de la fluidez del genoma donde los genes aparecen subordinados a las señales celulares para esculpir cada fenotipo. (Fox Keller, 2013).

 

En síntesis, la agricultura industrial y su introducción de cultivos transgénicos no solo llenaron de agrotóxicos el ambiente y transformaron la producción alimentaria global en una mercancía para los intereses de las transnacionales, sino que además crearon el artilugio de una ciencia que legitimara los procedimientos usados para la modificación genómica, ignorando sus incertidumbres y riesgos.

 

Este colonialismo genético ignora adrede el conocimiento genético actual para poder justificar la manipulación genómica, desafiando la integridad de los ecosistemas y colocando en riesgo a los seres humanos. La transgénesis como procedimiento industrial volcado en la naturaleza tiene poco de científico y mucho de rudimentario.

 

Las tecnologías “de punta” para generar OGM no solo colisionan con el conocimiento campesino y saberes ancestrales, sino con las miradas científicas más actuales sobre la complejidad biológica. Esta fragilidad conceptual interpela el soporte científico de la transgénesis y la desplaza del terreno de la ciencia al de la especulación lucrativa.

 

2. Los cultivos transgénicos, más que una tecnología agrícola, son un instrumento corporativo de control de la agricultura

 

Nunca en la historia de la agricultura y la alimentación ha habido una concentración tan grande de las semillas, llave de toda la red alimentaria, en tan pocas corporaciones. Las seis mayores fabricantes de agroquímicos a nivel mundial controlan el 76% del mercado global de agrotóxicos. Las mismas seis están entre las mayores corporaciones de semillas a nivel global, controlando el 60% de ese mercado. Y éstas seis controlan el 100% del mercado global de semillas transgénicas. (ETC Group, 2013a y 2013b).

 

En tanto que prácticamente las mismas empresas controlan el desarrollo de los transgénicos y el comercio de agrotóxicos y de las semillas, transgénicas y no transgénicas, dan prioridad a la promoción de los transgénicos por dos razones:

 

a)     al ser resistentes a ciertos herbicidas, aseguran las ventas de semillas y de insumos;

 

b)    por ser un producto de ingeniería, las semillas son patentadas, por lo que para los agricultores, guardar una parte de la propia cosecha para la próxima estación de siembra se convierte en ilegal, asegurándole a las empresas nuevas ventas cada estación e incluso ganancias extras al llevar a juicio a los agricultores cuyas parcelas se “contaminen” de transgenes patentados. Se han realizado cientos de juicios por esta razón contra agricultores en Estados Unidos y ese es el camino que sigue para todos los países que los adopten. (Center for Food Safety, 2013).

 

Para asegurarse de controlar totalmente a los agricultores, las corporaciones de agronegocios desarrollaron también una tecnología que actúa como una “patente biológica”: las Tecnologías de Restricción del Uso Genético (GURT por sus siglas en inglés), popularmente conocidas como tecnologías “Terminator”. Con este método se desarrollan semillas suicidas: se pueden plantar, dan grano, pero se vuelven estériles una vez cosechadas, obligando a los agricultores a comprar semillas nuevas para cada siembra. Esta tecnología fue condenada internacionalmente por inmoral y hay una moratoria en Naciones Unidas contra ella, pero por presión de las empresas, podría legalizarse en Brasil en los próximos meses. (Convenio sobre la Diversidad Biológica, 2000; ETC Group, 2014).

 

Por todo esto, permitir los transgénicos en un país es entregar la soberanía, la decisión sobre un aspecto vital de la supervivencia, como es la alimentación, a unas pocas transnacionales. Atenta contra los derechos de los agricultores a resembrar su propia semilla, reconocimiento consignado incluso en la FAO, por el legado de 10 000 años de agricultura con que han contribuido las y los campesinos para el sustento de toda la humanidad.

 

3. La realidad: producen menos

 

Existen varios estudios académicos sobre productividad de los cultivos transgénicos (de las universidades de Kansas, Nebraska y Wisconsin, entre otras), que muestran que los cultivos transgénicos, en promedio, producen menos por hectárea que los cultivos híbridos.

 

El estudio sobre productividad de los transgénicos más amplio y detallado hasta el momento es el coordinado por el Dr. Doug Gurian-Sherman, de la Unión de Científicos Preocupados de Estados Unidos, titulado “Failure to Yield”, donde se analizan 20 años de experimentación y 13 años de comercialización de maíz y soya transgénica en Estados Unidos, basado en cifras oficiales de ese país. (Gurian-Sherman, 2009).

 

Muestra que los cultivos transgénicos jugaron un rol marginal en el aumento de la producción agrícola en Estados Unidos y en cambio los híbridos convencionales o los cultivos orgánicos contribuyeron significativamente al aumento de los rendimientos agrícolas en las cifras totales del país.

 

En el caso de la soja, los transgénicos disminuyeron la producción por hectárea en términos netos (dato que se repite en todas partes) mientras que en maíz tolerante a herbicidas no hubo ni disminución ni aumento, y en maíz insecticida (con la toxina Bt) hubo un ligero aumento del 0.2-0.3% anual, lo cual acumulado resulta en un 3-4% en los 13 años analizados. Este aumento se registró en zonas de ataques muy frecuentes de la plaga para la cual están manipulados, plaga que prácticamente no existe en los países del Sur.

 

El dato más significativo es que el aumento total de productividad por hectárea de maíz en esos años, en todo Estados Unidos, fue de 13 %, o sea que 75-80% del aumento se debió a variedades y enfoques de producción no transgénicos. Resumiendo: si no se hubieran sembrado transgénicos en Estados Unidos, el total de producción de maíz hubiera sido mayor.

 

4. Usan mucho más agrotóxicos, cada vez más peligrosos.

 

Los cultivos transgénicos han significado un aumento sin precedentes del uso de agrotóxicos (herbicidas y plaguicidas cada vez más tóxicos). Esto se traduce en gravísimos problemas ambientales y de salud pública. En los tres países que son los principales productores de cultivos transgénicos (Estados Unidos, Brasil y Argentina) que en conjunto producen casi el 80% de la cosecha global, existen ya claras y preocupantes evidencias de ello.

 

Un informe científico publicado en 2012 (Benbrook) analiza el uso de agrotóxicos en Estados Unidos en soya, maíz y algodón transgénico de 1996 a 2011 y demuestra que las variedades transgénicas aumentaron el uso de agrotóxicos en más de 183 millones de kilogramos en esos dieciséis años. Estados Unidos es el mayor y más antiguo productor de transgénicos, por lo que los datos del desempeño de los transgénicos en ese país son significativos a nivel global. El informe especifica que si bien los cultivos con la toxina Bt podrían haber reducido el uso de plaguicidas en 56 millones de kg, los cultivos tolerantes a herbicidas provocaron un incremento de 239 millones de kg en el uso de esos agrotóxicos, lo que explica el promedio general de aumento de 183 millones de kilos de agrotóxicos en 16 años.

 

El estudio muestra que la reducción en el uso de herbicidas con los cultivos Bt —que ha sido usada por la industria biotecnológica para argumentar difusamente que los transgénicos disminuyen el uso de agrotóxicos—, se ha ido minimizando cada año, ya que debido a la resistencia generada en las pestes, se necesita usar cada vez más cantidad de plaguicidas. Por otra parte, la industria está sacando del mercado las semillas que solamente contienen el gen Bt. Las nuevas generaciones de semillas transgénicas son una combinación de toxina Bt y genes de tolerancia a uno o más herbicidas, primando así el uso pesado de éstos agrotóxicos. En el caso del maíz Bt, la magnitud del aumento de herbicidas cada vez más tóxicos “anula cualquier modesta reducción puntual en los agrotóxicos que haya ocurrido en los 16 años analizados.” (Benbrook, 2012).

 

Por otro lado, debido al uso tan intensivo de herbicidas existen decenas de malezas resistentes a los agrotóxicos lo que ha motivado que las empresas manipulen genéticamente los cultivos para hacerlos tolerantes a herbicidas cada vez más fuertes, como el 2-4,D (uno de los componentes del Agente Naranja usado como arma biológica en la guerra de Vietnam); el glufosinato de amonio, el dicamba y otros. Esta nueva generación de herbicidas es mucho más tóxica y tiene mayor potencial carcinogénico. Agricultores en Estados Unidos han manifestado expresamente su oposición porque al fumigar secan los cultivos de predios vecinos. Charles Benbrook sostiene que si se aprueban cultivos resistentes al 2-4,D, el uso de este potente agrotóxico se incrementará en un 50%. (Union for Concerned Scientist, 2013).

 

En Brasil, a partir de la siembra de transgénicos en 2003, el consumo de tóxicos agrícolas aumentó más de 200% y sigue aumentando aproximadamente 15% al año. Brasil se transformó en el mayor consumidor de agrotóxicos del globo desde 2008, usando más de 850 millones de litros anuales, equivalente al 20% de la producción mundial de éstos. El índice de consumo de agrotóxicos promedio en Brasil es de 5.2 kg de ingrediente activo por hectárea, lo cual, junto a Argentina, está entre los promedios más altos del mundo. (Menten, 2008).

 

En estudios realizados en Mato Grosso, el estado de Brasil que concentra el mayor volumen de producción agrícola industrial y también de soja transgénica, se han comprobado serios daños ambientales y a la salud por esta causa, no solamente en áreas rurales sino también urbanas. En 2006, en el municipio de Lucas do Rio Verde, MT, ocurrió una lluvia tóxica sobre la zona urbana a causa de la fumigación del área con paraquat que realizaban los hacendados para secar la soja para su cosecha. El viento diseminó la nube tóxica secando millares de plantas ornamentales y jardines, 180 canteros de plantas medicinales y todas las hortalizas en 65 chacras alrededor de la ciudad, que cuenta con 37 mil habitantes. (Pignati, Dores, Moreira. et al.: 2013). Posteriormente, estudios realizados entre 2007 y 2010 en el mismo municipio encontraron contaminación por varios agrotóxicos en 83% de los pozos de agua potable (ciudad y escuelas), en 56% de las muestras de agua en patios escolares y en 25% de las muestras de aire tomadas durante 2 años. También se encontraron porcentajes altos de residuos de uno o más agrotóxicos en leche materna, orina y sangre humana. (Pignati, Dores, Moreira et al.: 2013).

 

En Argentina existen 23 millones de hectáreas de transgénicos sobre 33 millones de ha cultivadas, lo cual se tradujo en un aumento exponencial del uso de agrotóxicos, particularmente glifosato. Se usan 250 millones de litros por año de glifosato sobre un total de 600 millones de litros totales de agroquímicos, en una superficie ocupada por 11 millones de habitantes, lo cual en promedio significa 6 litros de glifosato y 10 litros de agroquímicos por habitante. En 2012 se aprobaron nuevas versiones de semillas de soja y maíz que llevan varias modificaciones genéticas “apiladas”, es decir combinan la expresión de la toxina insecticida Bt con la resistencia a los herbicidas glifosato y glufosinato (éste último induce, por competición con la glutamina, malformaciones en animales de laboratorio). Esto habilitará a los productores en un futuro cercano a fumigar esos cultivos con ambos químicos al mismo tiempo, lo que incrementará el nivel de contaminación y el riesgo para la salud ambiental y humana.

 

5. Implican altos riesgos a la agrobiodiversidad y al ambiente

 

Supermalezas. Está documentada la existencia de al menos 24 malezas o hierbas invasoras resistentes a glifosato y otros agrotóxicos, resultado directo del aumento masivo del uso de venenos que conllevan los transgénicos. En un estudio publicado en diciembre 2013, la Unión de Científicos Preocupados de Estados Unidos señala que existen malezas resistentes en 50% de las fincas agrícolas, y en estados sureños, donde el problema es mayor, se encuentran una o más malezas resistentes al glifosato en 92% de los establecimientos. (Union of Concerned Scientists, 2013). Situaciones similares se repiten en Argentina, Brasil e India, donde las malezas invasoras resistentes son un problema cada vez mayor, tanto en cantidad de especies como en dispersión geográfica.

 

Contaminación de semillas nativas y criollas. La erosión y alteración potencialmente irreversible de la biodiversidad natural y agrícola es un problema global serio, que se acentúa aceleradamente con los cultivos transgénicos. (Alvarez Buylla, Piñeyro Nelson, 2009). La biodiversidad y el conocimiento local y campesino son las claves para la variedad y diversidad de adaptaciones al cambio climático. Con la contaminación transgénica, esta diversidad está amenazada, tanto por las consecuencias en las plantas, como por dejar a los campesinos con semillas dañadas, con secuencias recombinantes (transgenes) patentadas o sin acceso a sus semillas.

 

Es importante enfatizar que los transgénicos no son “una opción más”, como podría decirse de los híbridos. Una vez que los cultivos transgénicos están en campo, es inevitable la contaminación de otros cultivos no transgénicos y la acumulación de las secuencias recombinantes en los genomas de las variedades, sean éstas híbridas, nativas o criollas; sea por polinización a través de vientos e insectos o por trasiego, transportes y almacenaje de granos y semillas.

 

Además de afectar la biodiversidad, la contaminación transgénica es motivo de juicios legales por “uso indebido” de los genes patentados promovidos por las corporaciones de agronegocios. Aunque la siembra comercial de cultivos transgénicos solo está permitida en 27 países y el 98% de su siembra está en solo 10 países, se han encontrado 396 casos de contaminación transgénica de cultivos en más de 50 naciones. (GeneWatch 2013).

 

La contaminación de semillas criollas encarna un nuevo riesgo para éstas: los transgénicos contienen genes de especies que nunca se cruzarían naturalmente con los cultivos. Existen estudios científicos (Kato, 2004) que indican que la acumulación de transgenes puede tener efectos dañinos graves, incluyendo que las variedades nativas o criollas se deformen o se vuelvan estériles al producirse un rechazo del material genético desconocido en la especie.

 

Esto deriva en graves impactos económicos, sociales y culturales sobre las campesinas, campesinos e indígenas que son quienes han creado todas las semillas de que hoy disponemos y son quienes las siguen conservando. Particularmente preocupante es la contaminación transgénica en los centros de origen y diversidad de los cultivos, tales como el maíz en Mesoamérica y el arroz en Asia.

 

En México, centro de origen del maíz, se trata de la contaminación transgénica del reservorio genético y de biodiversidad de uno de los tres granos más importantes de la alimentación para todo el planeta, por lo que las consecuencias no son solamente locales sino globales. Igual sucedería con la liberación de arroz transgénico en Asia. (ETC Group, 2012).

 

En México se encontró contaminación transgénica del maíz desde antes de que se autorizara su siembra experimental. Ante la inminencia de liberación comercial, la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad, UCSS-México, elaboró un informe sobre los múltiples riesgos a la biodiversidad, la alimentación, la salud y la soberanía alimentaria, que la liberación de maíz transgénico conlleva. Con base en este informe la UCSS entregó un llamado al presidente de ese país a no permitir la liberación comercial del cultivo. El informe y el llamado fueron apoyados por más de 3 000 científicos en México y el mundo. (UCCS 2012). En 2013, la UCCS y varias universidades del país publicaron un extenso compendio de los problemas relacionados con la liberación de maíz transgénico en México, con la participación de 50 especialistas científicos en el tema. (Álvarez-Buylla y Piñeyro-Nelson, 2013).

 

Además de una gran parte de los científicos, la vasta mayoría de la población en México, incluyendo sus 60 pueblos indígenas, las organizaciones de campesinos y agricultura familiar, de consumidores, sindicatos, intelectuales, artistas y muchos otros movimientos y organizaciones sociales, culturales y educativas se oponen a la liberación de transgénicos en su centro de origen, posición que comparten también los organismos técnicos del Estado Mexicano corresponsables de las políticas sobre biodiversidad.

 

Contaminación de agua y suelo. El uso masivo de agrotóxicos, así como los coadyuvantes y surfactantes que se le agregan han producido una contaminación acelerada y profunda de aguas y suelos incluso mucho más allá del lugar de siembra. El problema de la contaminación con agroquímicos ya existía debido al modelo de agricultura industrial pero con los transgénicos, por ser manipulados para resistir agrotóxicos y por ello multiplicar los volúmenes usados, el problema ha adquirido proporciones devastadoras que también se reflejan en impactos muy fuertes sobre la salud.

 

En Mato Grosso, Municipio de Lucas de Rio Verde, se encontraron residuos de varios tipos de agrotóxicos en 83% de los pozos de agua potable y en dos lagunas, así como en la sangre de sapos de estos lugares. La malformación congénita de esos animales es cuatro veces mayor que las muestras tomadas en una laguna de control. Además, se encontró presencia de agrotóxicos en el 100% de la muestras de la leche de madres que amamantaban en ese momento. También se encontraron residuos de agrotóxicos (glifosato, piretroides y organoclorados) en la orina y sangre del 88% de los profesores analizados en escuelas de ese municipio. (Pignati, Dores, Moreira et al., 2013).

 

6. Riesgos a la salud

 

El discurso de las empresas es afirmar que “no se han encontrado evidencias de que los transgénicos tengan daños a la salud”. Abusan de una lógica invertida, porque para comercializarlos, se debe demostrar que los alimentos son sanos, no que aún no se ha encontrado evidencia de daños. En el caso de los transgénicos es imposible demostrar que sean productos inocuos. Por ello, para evitar demandas, las corporaciones se refieren con esa lógica invertida a los impactos en la salud humana y cada vez que hay un estudio científico que muestra daños potenciales, lo atacan ferozmente. El impacto más evidente y posiblemente el más obvio de los transgénicos sobre la salud está relacionado al aumento sin precedentes del uso de agrotóxicos. Los venenos que requieren los cultivos transgénicos se acumulan a las cantidades de agroquímicos que ya existían por la agricultura industrial, pero incrementando los volúmenes, concentración de principios activos y residuos en alimentos, en forma exponencial.

 

Al contrario de lo que afirma la industria, existen crecientes evidencias de afectaciones negativas para la salud. La Academia de Medicina Ambiental de Estados Unidos hizo pública su posición sobre los transgénicos en 2009, exhortando a las autoridades, “por la salud y la seguridad de los consumidores” a establecer urgentemente una “moratoria a los alimentos derivados de cultivos genéticamente modificados y la instauración inmediata de pruebas independientes y de largo plazo sobre su seguridad”. (American Academy of Environmental Medicine, 2009).

 

Una importante conclusión en la que basan su toma de posición es que, a partir de decenas de artículos científicos analizados, “hay más que una relación casual entre alimentos transgénicos y efectos adversos para la salud”. Explican que según los criterios de Bradford Hill, ampliamente reconocidos académicamente para evaluar estudios epidemiológicos y de laboratorio sobre agentes que puedan suponer riesgos para la salud humana, “existe causalidad en la fuerza de asociación, la consistencia, la especificidad, el gradiente y la plausibilidad biológica” entre el consumo de alimentos transgénicos y los efectos adversos a la salud.

 

Entre los efectos negativos, comprobados a partir de diversos estudios en animales, mencionan “riesgos serios”, como infertilidad, desregulación inmune, envejecimiento acelerado, desregulación de genes asociados con síntesis de colesterol y regulación de insulina, cambios en el hígado, riñones, bazo y sistema gastrointestinal. Citan entre otros, un estudio del 2008 con ratones alimentados con maíz transgénico Bt de Monsanto, que vincula el consumo de maíz transgénico con infertilidad y disminución de peso, además de mostrar la alteración de la expresión de 400 genes. (American Academy of Environmental Medicine, 2009).

 

Coincide con otra revisión independiente de artículos científicos realizada por los investigadoresArtemis Dona y IoannisS. Arvanitoyannis de las Universidades de Atenas y Tesalia, Grecia, que muestran que los cultivos transgénicos aparecen asociados a efectos tóxicos, hepáticos, pancreáticos, renales, reproductivos y a alteraciones hematológicas e inmunológicas, así como a posibles efectos carcinogénicos (2009).

 

Efectos sobre la salud de transgénicos con la toxina Bt

 

El uso de la toxina Bt en los transgénicos es muy diferente del uso de la bacteria en totalidad que se realiza para control de plagas en diversos sistemas agroproductivos, ya que en los organismos genéticamente modificados la toxina Bt está presente durante todo el ciclo de la planta e incluso permanece en el suelo hasta 240 días después de la cosecha. (Saxena, Flores, y Stotzky: 2002) Fuerza a una exposición a la toxina en dosis y tiempos nunca antes vistos. Existen estudios y casos documentados de alergias a la toxina Bt en humanos, y hay pruebas de alimentación con maíz transgénico Bt a ratas y cerdos que demuestran la inflamación de estómago e intestino así como daño a tejidos, sangre, hígado y riñones (Schubert, 2013).

 

Impactos a la salud de transgénicos resistentes a agrotóxicos:

 

El 85% de los transgénicos son manipulados para hacerlos resistentes a uno o mas herbicidas, separados o en combinación con genes insecticidas. Esto ha causado un aumento sin precedentes del uso y concentración de agrotóxicos, lo cual ha multiplicado por cientos de veces el nivel de residuos en los alimentos. Una prueba de ello es que para autorizar la soja transgénica, varios gobiernos debieron cambiar sus normas para permitir hasta 200 veces más cantidad de residuos de glifosato en los alimentos. (Bøhn y Cuhra, 2014).

 

La contaminación de fuentes de agua con agrotóxicos y los residuos en alimentos ya eran un problema para la salud en zonas de producción rural intensiva, que ahora se tornó dramático con el aumento en el uso de herbicidas debido al cultivo de transgénicos, además de expandirse a zonas urbanas.

 

En 2013 grupos de voluntarios urbanos de Mar del Plata, Argentina, mostraron contaminación positiva de uno o más agroquímicos cuando se hicieron pruebas en la sangre. En Europa, donde el consumo de soja transgénica es alto a través de alimentos procesados y animales alimentados con pienso transgénico, se encontraron trazas de glifosato en la orina del 45% de ciudadanos muestreados en 18 ciudades en 2013. (Friends of the Earth Europe, 2013).

 

Malformaciones y cáncer por glifosato en cultivos transgénicos

 

Experimentos científicos con animales y estudios publicados en revistas arbitradas, muestran que el glifosato, el herbicida más usado con los cultivos transgénicos, tiene efectos teratogénicos, o sea, es capaz de producir deformaciones congénitas. (Carrasco, Paganelli, Gnazzo et al 2010; Antoniou, Brack, Carrasco et al, 2010; Benachour y Séralini, 2009).

 

En 2009 un experimento sencillo en modelos animales (aves y anfibios) en Argentina, mostró que diluciones de RoundUp (la fórmula comercial del glifosato más difundida) o la introducción en el embrión de un equivalente a 1/200 000 de glifosato presente en las formulaciones comerciales, producía efectos sobre la expresión de genes durante el desarrollo embrionario, capaces de inducir malformaciones durante períodos tempranos del mismo. (Carrasco, Paganelli, Gnazzo, et al 2010).

 

Sabemos que el glifosato inhibe la producción de aminoácidos aromáticos en las plantas y éstas mueren. En animales, el glifosato inhibe enzimas del grupo de las citocromo P450 (CYP) que tienen un rol crucial en el funcionamiento de los mecanismos de desintoxicación de sustancias xenobióticas (sintéticas), actuando sobre los residuos de toxinas incorporadas al organismo. En este contexto, el glifosato inhibiría formas de P450 asociadas a la degradación y distribución del ácido retinoico en el embrión, provocando un aumento del mismo en el embrión en desarrollo, y por consiguiente el efecto teratogénico: el incremento del ácido retinoico es capaz de alterar el desarrollo normal de los tejidos cuando se altera su síntesis o su degradación en el embrión.

 

Las malformaciones inducidas experimentalmente son la evidencia más cercana con lo que se observa en campo y deberían motivar por parte de las autoridades sanitarias correspondientes la aplicación estricta del principio precautorio, para resguardar la salud humana y animal, algo que sin embargo han evitado sistemáticamente. En el Chaco, Argentina, se ha reportado un incremento de malformaciones del 400%. (Carrasco, 2010). En Santa Fe se ha observado la duplicación de malformaciones, abortos y bajo peso en los últimos 10 años, un porcentaje similar al comprobado en áreas de Mato Grosso, Brasil.

 

Otra enfermedad crónica relacionada al glifosato es el cáncer. La relación mas fuerte entre glifosato y cáncer surge del hecho que el glifosato es capaz de bloquear el sistema enzimático de reparación de ADN en las células, lo cual induce la acumulación de daños en el material genético. Esto puede detectarse con pruebas de alta sensibilidad que detectan el grado de daño. Los tests de genotoxicidad en animales muestran que en las poblaciones de individuos expuestos, los valores aumentan varias veces respecto a los controles de individuos no expuestos. (López, Aiassa, Benítez-Leite, et al.,2012).

 

Estas evidencias de daño del genoma por la exposición a agrotóxicos, en particular al glifosato, son una alerta a posibles efectos crónicos y la puerta de entrada a la enfermedad oncológica. Tanto en Brasil como en Argentina se ha reportado un incremento muy significativo de malformaciones congénitas y cáncer en los estados o provincias con mayor producción de transgénicos.

 

Localidades de la provincia de Santa Fe, Argentina, muestran un incremento de cáncer que duplica la media nacional normal de 206 casos por cada 100 mil habitantes. En Chaco, Argentina, varias localidades en zonas agrícolas muestran un incremento de 30 a 40% de malformaciones y cáncer comparadas con localidades dedicadas a la ganadería. (Informe presentado al Ministerio de Salud).

 

Más recientemente Samsel y Teneff (2013b) mostraron la relación entre el incremento del uso del glifosato y numerosas enfermedades metabólicas como consecuencia de la inhibición de las P450 y los desbalances de los procesos fisiológicos de desintoxicación que estas enzimas llevan cabo. Esto muestra que la interferencia con las enzimas CYP por parte del glifosato actúa sinérgicamente con la disrupción de la biosíntesis de aminoácidos aromáticos por la flora intestinal junto al impedimento en transporte sulfato sérico. Como consecuencia, estos procesos influyen en un variado grupo de enfermedades: gastrointestinales además de obesidad, diabetes, enfermedades cardiacas, depresión, autismo y cáncer entre otros padecimientos.

 

En su última publicación ambos investigadores asocian el incremento de la enfermedad celiaca asociada al uso del glifosato, estableciendo que se debe a la inhibición de enzimas CYP que produce el aumento de ácido retinoico, uno de los responsables de la intolerancia al gluten. Esto refuerza el mecanismo de acción propuesto para la inducción de malformaciones. (Samsel y Seneff, 2013a).

 

Las decisiones políticas que promueven un modelo de producción que combina la siembra directa de semilla genéticamente modificada con todo su paquete tecnológico que incluye alto uso de herbicidas, significan la aprobación de un gran experimento a cielo abierto, de enorme impacto para la salud humana, para favorecer los intereses económicos de las empresas transnacionales de agronegocios.

 

Censura y persecución a quienes demuestran impactos preocupantes de los transgénicos en la salud humana

 

Un caso reciente de censura que ha tenido mucha publicidad se refiere a los estudios del Dr. Gilles-Eric Séralini, en el CRIIGEN, en la Universidad de Caen, Francia. Séralini realizó los estudios de alimentación de ratas de laboratorio con maíz transgénico, cultivado sin agrotóxicos, más extensos hasta el momento, ya que cubrieron todo el ciclo de vida de las ratas, lo que podría compararse con el consumo durante muchos años en humanos. Sus resultados incluyeron que un 60-70 % de las ratas alimentadas con un maíz transgénico de Monsanto desarrollaron tumores, contra 20-30 % en el grupo de control, además de problemas hepato-renales y muerte prematura.

 

El estudio es tan relevante que la industria biotecnológica comenzó inmediatamente una campaña de desprestigio a través de científicos afines, quienes argumentaron, entre otras cuestiones, que el estudio fue hecho con insuficiente cantidad de ratas y que las ratas usadas en el experimento tenían tendencia a desarrollar tumores. Sin embargo, Séralini usó las mismas ratas y mayor cantidad que las que usó Monsanto en las pruebas que presentó a la Unión Europea para aprobar ese mismo tipo de maíz transgénico, solo que Monsanto hizo el experimento por únicamente tres meses, siendo que los efectos negativos se comenzaron a mostrar a partir del cuarto mes. La presión de la industria consiguió incluso que la revista científica donde se publicó el estudio se retractara, aunque el editor admitió que el artículo de Séralini es serio y “no peca de incorrecto” pero afirma que sus resultados “no son concluyentes”, algo que es parte del proceso de discusión científica y atañe a gran cantidad de artículos científicos. Séralini y sus estudios recibieron el apoyo de centenares de científicos en el mundo. (Bardocz, Clark, Ewen, S. et al, 2012) y el artículo original fue publicado posteriormente, por otra revista científica.

 

El estudio y el caso de Séralini es grave porque muestra que el consumo de alimentos derivados de transgénicos puede tener efectos negativos muy serios y que se deberían realizar muchos más estudios, más extensos, antes de ponerlos en los mercados. La posición de la industria de los transgénicos y los científicos que los apoyan es que ante la duda de inocuidad, de cualquier forma deben ponerse en circulación, colocando a los consumidores en el papel de ratas de laboratorio, pese a que existen abundantes alternativas para producir los mismos cultivos, incluso industrialmente, sin transgénicos. [3] (Séralini, 2012)

 

7. ¿Hay ventajas con los cultivos transgénicos?

 

La realidad, no las promesas de la industria biotecnológica, es que después de casi 20 años en el mercado, más del 99 % de los transgénicos plantados en el mundo siguen siendo únicamente cuatro cultivos (soja, maíz, canola y algodón); todos son commodities, o sea mercancías industriales para exportación, todos son manejados por grandes empresas, desde la semilla a la comercialización; todos son para forrajes de animales en confinamiento, agrocombustibles u otros usos industriales.

 

El 98% de los cultivos transgénicos está sembrado en solamente 10 países. 169 países no permiten su siembra comercial.Los transgénicos que se cultivan actualmente tienen sólo 2 caracteres genéticamente diseñados: resistencia a uno o varios agrotóxicos (85 %) insecticida autoproducido con cepas de la toxina Bt. (International Service for the Acquisition of Agri-biotech Applications, 2013)

 

Cualquier otro tipo de transgénicos tienen más bien un papel propagandístico, no se han consolidado en la realidad. Por ejemplo, los cultivos resistentes a la sequía o los cultivos con manipulaciones genéticas para mejorar su calidad nutricional, como el llamado “arroz dorado”, que aportaría vitamina A, no están en el mercado, principalmente porque no funcionan.

 

En ambos casos, esta falla de funcionamiento está relacionada con lo que describimos en el punto 1 sobre lo rudimentario que es la tecnología de los transgénicos. Tanto en el caso de la resistencia a la sequía como en los de producción de sustancias vitamínicas, se trata de características multifactoriales, que no dependen de un solo gen, ni del genoma mismo. Debido a la complejidad involucrada y las limitaciones de la visión reduccionista de quienes promueven los OGM, estos proyectos han fracasado y seguirán fracasando. Pero tristemente ello no significa que no los pondrán en los mercados, si sus promotores llegan a tener la oportunidad, pese a sus riesgos y a los pobres y nocivos resultados obtenidos.

 

La característica de resistencia a sequía que encontramos en cultivos no transgénicos es producto de una adaptación ambiental y local de largo plazo hecha por campesinos, lo cual se puede favorecer sin transgénicos ni grandes costos de investigación. Por ser producto de una multiplicidad de factores, tratar de reducirlo a una manipulación genética es una hazaña costosa, insegura, y que en el mejor de los casos solo serviría para algunas zonas, no para la gran diversidad de áreas y situaciones bio-geo-climáticas donde trabajan los campesinos pobres y la mayoría de agricultores de pequeña escala.

 

Los proyectos de investigación de las transnacionales con algunos centros internacionales de investigación parten, justamente, de la apropiación del conocimiento campesino, ya que las empresas usan y patentan genes de plantas que han sido domesticadas y adaptadas por campesinos. Convierten esos cultivos que estaban adaptados, accesibles y de uso colectivo, en el producto de procesos tecnológicos muy costosos, pese a lo cual sus resultados son extraordinariamente escasos y de eventual aplicación insegura y muy estrecha. (Union of Concerned Scientists, 2012).

 

Si lo que se necesita es afirmar la capacidad de los cultivos de adaptación a la sequía, esto en cualquier caso no se puede hacer centralmente para todo el planeta, sino que se debe favorecer los procesos diversificados campesinos y la colaboración con centros nacionales de investigación pública, sin introducir los riesgos que significan los transgénicos.

 

El mito del arroz dorado

 

El caso de los cultivos con supuestos beneficios nutricionales agregados por transgenia, como el del “arroz dorado” o arroz con pro-vitamina A, adolece del mismo tipo de fallas. Se trata de una investigación costosa, financiada con inversiones público-privadas, con múltiples problemas. Implica todos los riesgos de los transgénicos que ya mencionamos, y suma otros por el tipo de manipulación que se hace, diferente de las que ya existen en el mercado.

 

El primer tipo de arroz con beta-caroteno (GR1) que se anunció en el año 2000, desarrollado por Ingo Potrykus y Peter Beyer del Instituto Suizo de Tecnología, fue un accidente. Los investigadores buscaban otro resultado con ingeniería genética en arroz, pero “para su sorpresa” según ellos mismos declararon, se produjo un precursor de beta-caroteno. Esto ya de por sí debería haber sido una llamada de atención a esos investigadores de que su trabajo no tenía en cuenta muchas variables de la complejidad del proceso. Por el contrario, lo dieron a conocer como si fuera un gran éxito, pese a que para obtener la mínima cantidad diaria de vitamina A que necesita un niño, debía comer varios kilogramos de ese arroz diariamente. Posteriormente, estos investigadores licenciaron la investigación a la multinacional Syngenta, que a su vez en 2004 donó la licencia a la plataforma Golden Rice Humanitarian Board, a la cual se integró la Fundación Syngenta; sin embargo la empresa retuvo los derechos comerciales. En el año 2005, Syngenta anunció un nuevo evento transgénico del llamado arroz dorado (Paine, Shipton, Chaggar, S. et al., 2005) que tendría mayor contenido de pro-vitamina A (GR2). Sin embargo, tampoco en este caso está demostrado que la pro-vitamina sea estable en ese arroz, ya que una vez cosechado y en el proceso normal de almacenaje, se oxida fácilmente, disminuyendo al 10% el contenido de pro-vitamina A declarado.

 

Después de 20 años y muchos millones dólares invertidos en esta investigación, según el Instituto Internacional de Investigación en Arroz, el “arroz dorado” está aún lejos de su comercialización. Esto se debe a las dificultades que implica tratar de crear una ruta bioquímica totalmente nueva a través de ingeniería genética (IRRI, 2013). En efecto, el arroz dorado no es una operación de transgenia como las que ya existen, sino que se trata de manipular un paso metabólico, lo cual implica complejidades, incertidumbres y riesgos adicionales a los que ya se conocen sobre los otros transgénicos. No hay seguridad de que los constructos genéticos sean estables o que el paso metabólico sintético no actúe de forma diferente de cuando crece en la planta, o que afecte otras rutas metabólicas con consecuencias impredecibles para las plantas, el ambiente y los que lo consuman. De hecho estos ejemplos ya han sucedido en experimentos de laboratorio. (Greenpeace, 2013). Ademas, podría aumentar o disminuir el contenido de beta-caroteno y promover otros precursores simultáneamente, con consecuencias que pueden ser graves para la salud humana. Existen evidencias científicas de que el proceso desde beta-caroteno a vitamina A también puede generar componentes dañinos a la salud humana si ocurre en altas cantidades (Schubert, 2008). Este tipo de componentes secundarios pueden bloquear señalamientos celulares importantes para los organismos (Eroglu, Hruszkewycz, Dela Sena et al., 2012). Los resultados metabólicos de este tipo de ingeniería genética están escasamente comprendidos. Como si fuera poco, la forma cómo este tipo de beta-caroteno del arroz dorado sería procesado en el cuerpo humano y qué componentes secundarios podría producir, a diferencia de lo que sucede con el beta-caroteno natural, son completamente desconocidos.

 

En suma, además de los problemas ya demostrados con los transgénicos de uso común (el cultivo insecticida Bt y los cultivos resistentes al glifosato), existen serios problemas potenciales a la salud relacionados con el control de los niveles de ácido retinoico y otros retinoides del proceso. El beta-caroteno se transforma en retinal en presencia de la enzima oxigenasa, pero se reduce a retinol, más conocido como vitamina A. Sin embargo, el retinal también se oxida, formando ácido retinoico, que en altas cantidades se convierte en un potente teratógeno. (Hansen, 2014).

 

El arroz es componente esencial de la dieta cotidiana de Asia y de una gran parte de la humanidad, por lo que estos riesgos son graves e innecesarios. Además sería un arroz que se pretende introducir justamente en su centro de origen. Si así se hiciera, inevitablemente ocurriría contaminación transgénica del arroz campesino, lo cual tendría impactos tanto sobre las semillas nativas, como en los derechos de los agricultores y en la salud de los campesinos que lo consumieran. Pese a que el arroz no tiene polinización abierta, hay muchas vías de contaminación en almacenaje, trasiego y transporte. Estudios en China ya han encontrado contaminación transgénica del arroz silvestre y parientes. (Canadian Biotechnology Action Network, 2014)

 

El proyecto del arroz dorado transgénico ha consumido más de 100 millones de dólares de instituciones y “filantropía”, entre otros de la Fundación Bill y Melinda Gates y varias instituciones nacionales e internacionales de ayuda al desarrollo, dinero con el cual se podría haber atendido de forma sustentable y sin alta tecnología, la deficiencia de vitamina A en muchos de los países donde existe.

 

Por ejemplo, la vitamina A existe en diferentes hierbas que acompañan los cultivos, que son de consumo común entre campesinos que cultivan arroz. Si el arroz se produce en plantaciones uniformes industriales y con agroquímicos, ese tipo de hierbas que contienen muchos más nutrientes que solamente una vitamina, desaparecen. Es decir, la supuesta “solución” crea nuevos problemas. Es lo mismo con el caso del maíz transgénico cultivado en el área Mesoamericana. Además, se puede obtener la dosis de vitamina A necesaria diversificando cultivos y con diferentes frutas y vegetales cuya siembra esté adecuada a cada lugar, situación que puede ser resuelta por campesinos sin caer en la dependencia, sea del mercado o de programas públicos que cambian según los cambios de políticas gubernamentales. Sin embargo, inducir la dependencia quizá sea una intención de las transnacionales con este proyecto, ya que su finalidad como empresas no es la caridad.

 

El amaranto, la espinaca, la col y muchos otros vegetales comunes en la cocina asiática tienen, como mínimo, más de cinco veces el contenido de beta-caroteno que tendría el arroz dorado en una porción normal de alimento. (Shiva, 2014).

 

¿Los transgénicos públicos son mejores?

 

La Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária (Embrapa), institución brasileña de investigación agrícola, manipuló genéticamente un frijol común para hacerlo resistente al mosaico dorado, una enfermedad que puede ser plaga de esta especie. Este evento, llamado Embrapa 5.1, se presenta como un caso emblemático, porque aunque está patentado, es producto de la investigación pública y hasta ahora no se ha licenciado a transnacionales. Sin embargo, su aprobación por parte de la comisión de bioseguridad de ese país (CNTBio) fue poco “pública”, ya que partes significativas de la investigación y de la información sobre el constructo transgénico se marcaron como “confidenciales”, de tal modo que ni otros científicos independientes, ni algunos revisores de bioseguridad tuvieron acceso a toda la información. (Agapito y Nodari, 2011).

 

Este frijol transgénico también se encuadra en las incertidumbres e impactos potenciales que describimos sobre la ingeniería genética en el punto 1. Pero igual que el “arroz dorado”, agrega nuevos factores de riesgo, ya que se desarrolló con una tecnología que no ha sido utilizada para difusión a gran escala en ningún país del mundo.

 

La tecnología usada en el frijol 5.1, llamada pequeño ARN de interferencia – siRNA– produce una reacción directa al virus patógeno. La planta produce una molécula que va al silenciar o interferir con la producción de una molécula en el virus patógeno evitaría que se replique en las células de las plantas. Pero esta molécula de siRNA puede también afectar la expresión de otros genes en diversos organismos ya que su mecanismo de acción aún no está bien comprendido.

 

Hay evidencia científica que señala posibles riesgos asociados con este tipo de tecnología. En 2006 se publicó una revisión de artículos sobre el uso de esta tecnología en plantas transgénicas, en la revista científica Genes and Development. Se describe que los agentes de RNA son capaces de moverse entre los tejidos de las plantas y por tanto su acción no sólo afecta a la célula en la que se producen, sino que puede detonar otras reacciones. (Vaucheret, 2006).

 

Hay pruebas de que estas moléculas pueden afectar a otras moléculas no objetivo, con resultados inesperados y potencialmente negativos. (Agapito y Nodari, 2011). Estudios posteriores, incluyendo los de dos investigadores de la agencia oficial de Estados Unidos EPA (Agencia de Protección Ambiental) confirman estas proposiciones. (Lundgren y Duan, 2013).

 

Nuevamente, el frijol es un componente básico de la alimentación en Brasil. Los agricultores de pequeña escala son responsables de más de dos terceras partes de lo que se produce. En lugar de ofrecer una alta tecnología, que coloca nuevos riesgos al ambiente y a la salud, y de la cual ni siquiera está comprobada su efectividad, se debería apoyar a los campesinos y agricultores familiares a reforzar sus estrategias propias, agroecológicas y adecuadas a una diversidad de situaciones, para enfrentar la plaga del mosaico dorado y otros problemas.

 

8. ¿Quién gana y quién pierde con los transgénicos?

 

No hay duda de que los que más se benefician con los cultivos transgénicos son las seis transnacionales que controlan el 100% de las semillas transgénicas a nivel global: Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow Agrosciences, Bayer y Basf. Son las seis mayores corporaciones de producción de químicos y juntas controlan el 76% del mercado mundial de agrotóxicos y el 60% del mercado mundial de todo tipo de semillas. Además, dominan el 75% de toda la investigación privada sobre cultivos.

 

Nunca antes en la historia de la alimentación había ocurrido tal grado de concentración corporativa en un sector esencial para la sobrevivencia. Esta configuración también explica que los transgénicos signifiquen un enorme aumento del uso de agrotóxicos, ya que es lo que les reporta mayores ganancias: el mercado de venta de agrotóxicos es mucho mayor que el de venta de semillas.

 

La industria biotecnológica afirma que los transgénicos son los cultivos “más analizados” de la historia. Es falso, porque en los países donde se han autorizado, se basan en los estudios y conclusiones de las propias empresas. En Europa, donde se requieren estudios adicionales, prácticamente no se cultivan transgénicos y varios países europeos han optado incluso por prohibir su siembra.

 

La realidad es que los cultivos transgénicos están llenos de incertidumbres y riesgos a la salud y al ambiente y no aportan ninguna ventaja frente a los cultivos que ya existían. La semilla es mucho más cara, rinden menos en promedio, usan mucho más agrotóxicos y al estar patentados, la contaminación transgénica es un delito para las víctimas. Adicionalmente, según datos de los analistas de la industria, la investigación y desarrollo de una semilla transgénica cuesta en promedio 136 millones de dólares, mientras que el desarrollo de una semilla híbrida cuesta un millón de dólares. (Phillips McDougall, 2011).

 

La única razón para comercializar transgénicos es que las empresas obtienen mayores ganancias aunque sean un producto más deficiente que los híbridos que ya existían. Un producto que en la diversidad de terrenos y variaciones climáticas y geográficas de la gran mayoría de agricultores de pequeña escala en el mundo, ni siquiera funciona.

 

Frente a estos datos, la pregunta que muchos se hacen es ¿cómo consiguió esto la industria? Ha sido un proceso de varias aristas. Por un lado, en las últimas tres décadas, grandes empresas transnacionales han ido comprando las empresas nacionales y regionales de semillas y agronegocios para obtener el control del mercado. Paralelamente convencieron a los gobiernos de que la ingeniería genética era un gran progreso para la agricultura y alimentación, pero que por sus costos y riesgos, sólo tenían capacidad de desarrollarla y evaluarla dentro de la propia industria, por lo que había que apoyarlos, en desmedro de los análisis de riesgo independientes y de otras alternativas de investigación agronómica pública. La investigación agrícola pública ha sido desmantelada progresivamente. Y para apoyar a la industria “a alimentar al mundo”, los gobiernos han ido adoptando leyes nacionales e internacionales de propiedad intelectual, de semillas y de bioseguridad que garantizan el bienestar de los cárteles oligopólicos. (ETC Group, 2008).

 

Si los productores de Estados Unidos y Canadá siguen plantando transgénicos, es porque no pueden elegir otra opción: las mismas corporaciones de agronegocios controlan todo el mercado de semillas y solo multiplican las que quieren vender, por lo que a la hora de sembrar, sólo encuentran oferta de semillas transgénicas. Una situación similar se repite en los mercados industriales de Brasil, India y Argentina (esos 5 países cubren el 90% del mercado mundial de transgénicos) con agregados de situaciones particulares, como el bajo pago de regalías porque los agricultores multiplican su propia semilla –contra la voluntad de las empresas; u otros recursos que no tienen que ver con “ventajas” de los transgénicos, sino con el poder económico de mercadeo y control de las transnacionales sobre los gobiernos.

 

Los que perdemos con los transgénicos somos la mayoría de los pueblos del planeta, desde los campesinos y agricultores pequeños, a los consumidores de las ciudades, pasando por los investigadores públicos y todos los que tenemos que sufrir la contaminación química de alimentos, agua y suelos.

 

En todo el mundo, las encuestas confirman que la gran mayoría de los consumidores no quiere comer transgénicos. Las corporaciones lo saben, por eso se oponen al etiquetado de sus productos, gastando decenas de millones de dólares para impedirlo. Si los transgénicos no conllevaran perjuicios, como ellos afirman, no deberían tener problema en que se etiquetaran.

 

La vasta mayoría de los campesinos y agricultores familiares se oponen a los transgénicos porque representan una amenaza más a su precaria situación económica, desplazando sus mercados, contaminando las semillas, tierra y agua.

 

Como describimos en la introducción de este documento, son los pequeños proveedores de alimentos (campesinos, pescadores artesanales, huertas urbanas, etcétera) los que alimentan a más del 70% de la población mundial. La industria de los transgénicos los desplaza y amenaza sus semillas y sus formas de producción por muchas vías, y con ello aumenta el hambre y la desnutrición mucho más que lo que cualquier semilla tecnológica “milagrosa” podría jamás atender.

 

Existen muchas alternativas de sistemas agrícolas, diversas y más acordes con la naturaleza, que no crean dependencia con las transnacionales, que fortalecen la soberanía y las diferentes formas de desarrollo local, que favorecen a los pobres del campo y de la ciudad, que aumentan las oportunidades de trabajo, los mercados y agroindustrias locales, sin riesgos para la salud y el ambiente, y mucho más económicas y éticas.

 

* Por encomienda de la Vía Campesina, este documento fue entregado al Papa Francisco, el 30 de abril de 2014, por Ana María Primavesi, Andrés E. Carrasco, Elena Álvarez-Buylla, Pat Mooney, Paulo Kageyama, Rubens Nodari, Vandana Shiva y Vanderley Pignati

 

 Bibliografía y referencias: (..)

 

- See more at: http://www.alainet.org/es/active/76040#sthash.AXDoHnNH.dpuf

 

En consecuencia, la «reforma agraria integral» sólo puede concretarse como proceso de afirmación territorial de nuestra emancipación del capitalismo e imperialismo. Que ya está caminando:

 

Hacia una Agenda de Acción para la Soberanía Alimentaria

Nyéléni 2007 Foro para la Soberanía Alimentaria

23 - 27 de febrero 2007, Sélingué, Malí

Por: El Comité de Pilotaje Internacional (CPI)

 

(...)El Marco Político de la Soberanía Alimentaria

La soberanía alimentaria es una propuesta política. Después de varios años desarrollándola, La Vía Campesina la presentó a nivel internacional durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996. De allí en adelante, muchos movimientos sociales, organizaciones y otros la han adoptado y participado en desarrollar la manera en la cual se describe a la soberanía alimentaria y cómo se la puede implementar. En los debates constantemente se tocan asuntos y desafíos nuevos. La soberanía alimentaria provee el espacio para una rica diversidad de propuestas concretas adecuadas a las situaciones locales y nacionales, a las diferentes culturas, y a las aspiraciones y necesidades de pueblos diferentes. Coloca a los/as agricultores/as, los/as pastoralistas/ pastores/as, los/as pescadores/as, los pueblos indígenas, y otros/as productores/as de alimentos al igual que a los/as consumidores/as en el centro del desarrollo de las políticas alimentarías y agrícolas en lugar de centrarse en las demandas de los mercados y la producción corporativa de alimentos. La soberanía alimentaria incluye y defiende los intereses de las generaciones futuras. La Soberanía Alimentaria representa una agenda contrapuesta a las políticas neoliberales del comercio globalizado y la “seguridad alimentaria” actualmente definidas por el régimen alimentario establecido por las corporaciones y sus modelos de producción agro-industrial. Ofrece tanto una estrategia para resistir y desmantelar dicho régimen, como también ofrece direcciones para mejorar los sistemas alimentarios, agrícolas, pastorales/pastoralistas, y pesqueros.

La soberanía alimentaria no está en contra del comercio ni de la seguridad alimentaria per se. Es mas, la soberanía alimentaria estipula una seguridad alimentaria verdadera y un comercio justo dando prioridad a los mercados, productores/as y consumidores/as locales. La soberanía alimentaria apoya a la agricultura liderada por los/as agricultores/as, la pesca enfocada en los/as pescadores/as, el pastoreo/pastoralismo liderado por los/as pastores/as, todo esto en base a la sostenibilidad medioambiental, social y económica, en contraposición a la producción de alimentos dirigida por los agronegocios industriales y las corporaciones. La soberanía alimentaria promueve la formulación de políticas y prácticas de comercio al servicio del derecho de los pueblos y la gente a producir y cosechar alimentos inocuos, saludables, y ecológicamente sustentables.

 

La Soberanía Alimentaria ha sido descrita de la siguiente manera:

• el derecho de los individuos, los pueblos, las comunidades y los países a definir sus propias políticas agrícolas, laborales pesqueras, alimentarias, y de gestión de la tierra y los recursos hídricos, que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias particulares;

• el verdadero Derecho a la Alimentación y a producir alimentos, lo que significa que todos tienen el derecho a alimentos inocuos, nutritivos y culturalmente apropiados, a los recursos para producir alimentos, y la posibilidad de mantenerse a si mismos y a sus sociedades;

• el derecho a proteger y a regular la producción y el comercio interno y a impedir el dumping de alimentos y la innecesaria ayuda alimentaría en los mercados nacionales;

• autosuficiencia alimentaria hasta el punto deseado;

• el manejo del uso, los derechos y el control sobre los recursos naturales – la tierra, el agua, las semillas, las razas de ganado y toda la biodiversidad agrícola, sin restricciones por los derechos de propiedad intelectual y sin OGMs ;

• basada en y apoyando la producción y la cosecha ecológicamente sustentables, principalmente la producción agro-ecológica y la pesquería artesanal. •

Para controlar la producción alimentaria, los/as pequeños/as agricultores/as y los/as campesinos, los/as pastores/as y pastoralistas, los/as pescadores/as, la gente que vive en los bosques, los pueblos indígenas y otros/as productores/as de alimentos a pequeña escala tienen que ser activa y decisivamente involucrados/as en el proceso de formulación de políticas. Las mujeres productoras de alimentos, juegan un papel primordial en su producción, el mantenimiento de la diversidad agrícola y la nutrición familiar. Ellas específicamente tienen que ser involucradas directa y activamente en la toma de decisiones políticas y en la definición de las prioridades de investigación, si éstas van a responder a sus necesidades y en consecuencia a las necesidades de la comunidad entera.

Como un marco amplio que incluye la producción, la distribución, el intercambio y el consumo, la soberanía alimentaria tiene también implicaciones importantes para los/as jóvenes rurales. El reavivar y fortalecer las economías locales y asegurar que las comunidades rurales tengan los recursos necesarios para ser autosuficientes, significa que los/as jóvenes tendrán oportunidades para desarrollarse y tener trabajo.(...)

 

 

 

Requiere ir organizando otra sociedad, otro país, otro mundo ya que progresa:

 

 

Fortaleciendo el diálogo entre sectores

Objetivo 2: “fortalecer el diálogo y la construcción de alianzas entre diferentes sectores y grupos de interés buscando mejorar el entendimiento de sus análisis, metas y estrategias.”

En este momento, organizaciones en los diferentes sectores (los/as campesinos/as/agricultores/as, los/as pescadores/as, los pueblos indígenas, los/as pastores/as-pastoralistas, los/as consumidores/as/ movimientos urbanos y trabajadores/as) trabajan juntos en niveles diferentes. Aunque dicha colaboración está creciendo, todavía hay una fuerte necesidad de fortalecerla. El Foro nos ofrece una oportunidad importante para ayudarnos a crear un espacio y un proceso más fuerte para el diálogo entre sectores y la colaboración después de Nyéléni. Los sectores y las organizaciones pueden lograr un mejor entendimiento de las metas y estrategias de cada uno, ser capaces de fortalecer y apoyarse en sus respectivas luchas y de definir prioridades conjuntas realizables para las estrategias y acciones que se definan.

Las discusiones sobre los conflictos de intereses que existen entre sectores son de crucial importancia, por ejemplo los conflictos entre los/as pequeños/as agricultores/as y los/as pastoralistas o los pueblos indígenas. Tenemos que identificar mecanismos para analizar estos conflictos y encontrar maneras de resolverlos o de tratarlos de manera equitativa en nuestras luchas colectivas. Para hacer esto, podemos aprender de las muchas experiencias existentes a nivel nacional. Un Grupo de Trabajo Temático va a enfocarse específicamente y a profundizar en este asunto, pero todos/as van a tratarlo de cierto modo, ya que cada grupo de trabajo temático incluirá delegados/as de todos los sectores.

 

Formulando estrategias colectivas y una agenda de acción

Objetivo 3: “establecer estrategias conjuntas, una agenda de acción conjunta y aumentar nuestro compromiso conjunto en la lucha por la soberanía alimentaria.”

Tenemos que encontrar formas de aumentar la presión sobre el modelo de desarrollo neoliberal dominante y forzarlo a batirse en retirada. Esto permitiría los cambios en las políticas y acuerdos nacionales e internacionales que son urgentemente necesarios para alcanzar la soberanía alimentaria para todos los pueblos. Por eso, tenemos que ponernos de acuerdo en compromisos políticos claros y conjuntos para las estrategias y las luchas que serán llevados adelante bajo la responsabilidad compartida de todos los sectores. Tenemos que definir prioridades colectivas reales, prioridades que son prioridades para TODOS los sectores en vez de elaborar un catálogo de pedidos en el que cada sector, región u organización añade las prioridades que le atañen. Esto requiere un debate intenso dentro y entre los sectores y un análisis profundo del contexto actual. Para decidir dónde enfocar nuestra energía COLECTIVA, tenemos que ponernos de acuerdo en las prioridades colectivas a las que pueden contribuir todos los sectores.

 

Fuente: http://www.nyeleni.org/spip.php?article136

 

 Crisis civilizatoria

 

Advirtamos cómo el poder real y sus democracias, en Nuestra América, atacan hasta la supervivencia de los pueblos. En Argentina el nuevo Código Civil y Comercial, que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner apuró su entrada en vigencia, quita el derecho humano del acceso al agua potable. Leer

 

El agua y los alimentos: una batalla existencial para México
1 de noviembre de 2014

Por Alberto Vizcarra Osuna (Rebelión)

 

Por cerca de tres décadas, desde que el Presidente José López Portillo concluyó su sexenio, México ha perdido espacios significativos de soberanía nacional en todos los órdenes de su vida política y económica. Los gobiernos que le sucedieron al sexenio concluido en 1982, han aceptado en forma incondicional las políticas económicas derivadas de un sistema financiero internacional que respalda su sobrevivencia en la obtención de flujos de liquidez a costa de suprimir el desarrollo económico de las naciones. El resultado de esta sumisión es el desmantelamiento de la economía nacional, decrecimiento económico, desempleo, pobreza creciente; y lo más preocupante la pérdida de control por parte del Estado en el manejo de los recursos naturales estratégicos.

En esta tendencia, acentuada durante la última década, cobraron fuerza los denominados esquemas de inversión público-privados, bajo los cuales -y sin mucha sutileza- dependencias como CONAGUA pretenden entregarle el manejo del agua y el control de cuencas hidrológicas a corporativos privados que descaradamente reclaman el manejo de lo que cínicamente denominan “el prometedor mercado del agua”.

Asegurar que el agua siga siendo propiedad de la nación, y se conserve tal y como todavía la define la Constitución, como un bien estratégico y como un insumo fundamental para el desarrollo económico y el bienestar general de la población, es sin duda un asunto de orden existencial para el futuro inmediato del país y para las posibilidades mismas de todo programa económico que se oriente a recuperar a la nación del caos en el cual se encuentra. Perder el control soberano sobre el agua sería tan grave como perder la rectoría del Estado en el manejo del petróleo.

La nueva “Cultura del Agua”            

La docena panista en el Gobierno Federal, se convirtió en un instrumento facilitador para que el país se entregara a los intereses financieros internacionales que bajo el eufemismo de la “Nueva Cultura del Agua”, le clausuraron a la nación toda política de gestión de más agua -impidiéndole la construcción de grandes obras de infraestructura hidráulica- y le impusieron el esquema fatalista de que México debe ajustar sus posibilidades de crecimiento solamente al agua lograda con la infraestructura existente, mejoras en la administración de lo disponible, reciclaje, y lo más importante, que el manejo del recurso pase a manos de intereses privados al consecionarles la construcción y operación de obras con ese propósito específico.

Bajo este esquema, el país ha venido sufriendo desde la desaparición de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, y la creación de la Comisión Nacional del Agua en 1984, una serie de reformas a la Ley Nacional de Aguas, dirigidas a desregular el manejo del recurso y a crear los espacios para su privatización. Desde la creación de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), esta tendencia alcanzó mayor profundidad y tales dependencias empezaron a operar como virtuales enclaves de intereses financieros internacionales que, con ropaje ecologista, se han dado a la tarea de suprimir y negarle recursos a aquellos proyectos de infraestructura que pudieran fortalecer las capacidades nacionales de crecimiento económico y producción de alimentos; para sólo respaldar aquéllos que les permitan control sobre recursos naturales y negocios especulativos que debilitan a la economía nacional.

Por ejemplo, desde principios del sexenio de Vicente Fox, la SEMARNAT estableció convenios con el World Wildlife Fund (WWF), Fondo Mundial para la Defensa de la Vida Silvestre, una fachada ecologista del Imperio Británico y sus intereses financieros. En el convenio también participó el corporativo CARSO, propiedad del mega especulador Carlos Slim. Con ese convenio México se ajusta a las consideraciones ambientalistas a modo de quienes están tomando control de nuestros recursos naturales.

Después de estos acuerdos, ocurridos cuando José Luís Luege Tamargo ocupaba la SEMARNAT, la CONAGUA como entidad dependiente de esa secretaría y ahora dirigida por David Korenfeld, quedó totalmente sometida a los criterios del WWF en el manejo del agua, y a partir de entonces el mismo Grupo Carso ha venido exigiendo que se le entregue el manejo del mercado del agua en el país.

La envoltura de toda esta operación está normada en el proyecto global lanzado por el WWF bajo el candoroso título de la Nueva Cultura del Agua. Los funcionarios de la SEMARNAT y de la CONAGUA explican muy bien el contenido esencial de esa Nueva Cultura cuando dicen que los viejos parámetros que estimaron el agua como un insumo para la producción de bienes útiles para el consumo de la población, especialmente los alimentos, deben ser sustituidos por esquemas “más eficientes” donde el uso del agua se mida por su resultado en dinero. Y lo hacen explícito: el ex subdirector de la dependencia, Sergio Soto Priante, en su momento dijo que reditúa más dinero un metro cúbico de agua en la alberca de un hotel, que el utilizado en el riego de una planta de maíz o trigo.

 

Las Buenas Obras de Carlos Slim

A la sombra de la Nueva Cultura del Agua, uno de los principales beneficiarios ha sido Carlos Slim. Protegido por los corruptos esquemas de inversión publico-priva, el hombre-dinero propietario del Grupo Carso, aparece recurrentemente en proyectos hidráulicos orientados a los negocios y a la especulación, y por supuesto ajenos al desarrollo nacional. Así se observa su presencia en la construcción de un acueducto de cerca de setenta kilómetros, para abastecer a Ciudad Juárez Chihuahua, donde el mismo Slim, ya adquirió buena parte del Centro Histórico de esa ciudad. Al mismo tiempo el gobernador de ese estado, César Duarte, a principios del 2011 dio a conocer que la consultoría que lo asesora para los proyectos hídricos de esa entidad es el Grupo Carso, que también se propone construir una hidroeléctrica sobre el río papigochi, uno de los principales afluentes de la Cuenca del Río Yaqui que abastece a un millón de habitantes en el Sur del Estado de Sonora e irriga al Valle del Yaqui principal productor de trigo en el país.

La empresa IDEAL, también propiedad de Carlos Slim, fue favorecida con el contrato de construcción de la planta tratadora de aguas residuales ubicada en Atotonilco Hidalgo y considerada la más grande del mundo. El proyecto le daría tratamiento a las aguas residuales de la Ciudad de México y su área metropolitana.

 

Al Asalto del Río Yaqui

Previo a la aparición abierta del Grupo Carso con el gobernador de Chihuahua -anunciando los planes de tomar control sobre uno de los principales afluentes de la Cuenca del Río Yaqui- en Sonora, el Gobernador Guillermo Padrés, desde principios del 2010 anunció el propósito de construir un acueducto desde la Presa el Novillo, ubicada en la Cuenca del mismo Río Yaqui, para desviar el agua a la Ciudad de Hermosillo. Inicialmente el Grupo Carso aparecía como uno de los posibles beneficiados con la construcción y operación de la obra, pero las denuncias masivas de una poderosa oposición a la realización de esta obra en el Sur del estado de Sonora, obligaron a Carlos Slim, a dar una retirada táctica y el gobernador decidió entregarle la construcción de la obra a una fachada de empresas que podrían estar funcionado como mampara del mismo Grupo Carso.

La característica de esta política es subvertir el principio en que se cimentaron las bases mismas de la existencia de la nación. Lograr niveles crecientes de autosuficiencia alimentaria bajo la ecuación agua-alimentos, contrario a la que hoy se nos está tratando de imponer: el esquema agua-dinero. Lo que se pretende hacer con las aguas de la Cuenca del Río Yaqui, tipifica los planes criminales que estos intereses tienen diseñados para el país entero.

Supeditados a lo impuesto por el WWF en México, el gobierno federal y las dependencias relacionadas, han renunciado a toda política de gestión de más agua. Lo que es peor operan como saboteadores de los grandes proyectos de infraestructura hidráulica que México trazó desde los años sesenta para aprovechar más del cincuenta por ciento de los escurrimientos nacionales que aún siguen retornando al mar.

En torno a la política de de supeditación al manejo y administración del agua disponible, se quiere hacer valer la falacia de retirarle agua a la producción de alimentos para supuestamente proteger el consumo humano. Contrario a lo absurdo de estos dichos, la realidad es que somos deficitarios en cuanto a disponibilidad de agua, y que necesitamos más agua para consumo humano y para consumo agrícola. Porque a la hora de consumir un huevo, de comer una tortilla o de consumir un pedazo de carne, estamos ingiriendo metros cúbicos de agua. Estas falacias, pretenden encubrir el hecho de que quieren convertir el agua en mercancía a costa de destruir la capacidad nacional de producir los alimentos que la nación necesita.

Si estos planes se consuman en Sonora, y avanzan en otras partes del país, se le ocasionará una herida a la nación de la que difícilmente se recuperará. Evitarlo es tarea de quienes aún viendo a la nación aplastada, humillada y aterrada, sabemos que está viva y su futuro es posible. 

Alberto Vizcarra Osuna. Representante del Movimiento Ciudadano por el Agua

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=191501

 

 

Constatemos cómo el capitalismo e imperialismo, a través de gobiernos como el de Cristina Kirchner y de ministros como Kicillof, intensifica la destrucción de las posibilidades de producción de alimentos.

 

 

Información, opinión y denuncia de Latinoamérica y el Tercer Mundo
ARGENTINA /último momento

NO FALTA NADIE… (ESTOS TAMBIÉN SON BUITRES PELIGROSOS)

 

Biocombustibles: fantasía y realidad
28 de agosto de 2014
 

Por Hira Jhamtani y Elenita Dano / Red del Tercer Mundo 



La falsa noción de que los biocombustibles son la panacea para la crisis energética y el calentamiento del planeta tiende a imponerse. Mientras que los países ricos se niegan a modificar su producción y sus modelos de consumo insustentables, los países en desarrollo que se embarcan en el cultivo de biocombustibles en gran escala inician un camino destructivo y peligroso.

Actualmente hay un gran bombo publicitario a escala internacional en torno a los biocombustibles. Estos materiales son considerados una de las soluciones a la crisis mundial de energía y el problema del cambio climático causado por las emisiones de gases de efecto invernadero. La Unión Europea ve a los biocombustibles como una fuente de “energía sostenible”, mientras que Estados Unidos los considera “una forma de salir de la adicción y la dependencia” del petróleo extranjero, y también como solución tecnológica al cambio climático. A medida que aumenta la demanda, muchos países en desarrollo ven en los biocombustibles una nueva mercancía de exportación.

Los biocombustibles implican en gran medida la producción de etanol derivado de plantas, como sustituto del combustible diesel derivado de fósiles. Muchas de las fuentes actuales de biocombustibles se derivan de cultivos alimenticios como el maíz, la caña de azúcar, la palma aceitera, la soja y las semillas de colza. Ante la enorme preocupación por el aumento de los precios de los alimentos debido a la competencia por la producción de combustible, se estudian las posibilidades de una nueva generación de combustibles producidos a partir de desechos agrícolas y forestales, que todavía no son comercialmente viables.

El biocombustible no es una nueva fuente de energía. Muchas comunidades de todo el mundo la han utilizado en el pasado, aunque en pequeña escala y en general en el ámbito doméstico.
En muchas partes del mundo, los biocombustibles han demostrado potencial para aumentar el acceso de los pobres a la energía e incluso ofrecer fuentes de ingreso para los hogares rurales, en especial los encabezados por mujeres.

Sin embargo, la gran fanfarria armada en torno a los biocombustibles tiene un objetivo diferente, que no es precisamente ayudar a los pobres, cuyo limitado acceso a la energía y a los alimentos está gravemente amenazado. Los biocombustibles que tanto entusiasman a todo el mundo no se producen a escala doméstica sino industrial, en la dimensión del mercado internacional y en un mundo cada vez más globalizado. Lo más preocupante es que este paradigma del mercado se basa en la falsa creencia de que los biocombustibles ofrecen una solución tecnológica rápida a la crisis mundial de la energía.

A medida que los países dependientes de importaciones de combustibles fósiles se esfuerzan por encontrar alternativas más económicas y que los países productores de biocombustibles buscan capturar su posible porción del mercado, se alimenta la ilusión de que nuestro insustentable sistema de producción, de consumo y de vida puede mantenerse con biocombustibles “limpios”, en lugar de los costosos y contaminantes combustibles fósiles. El énfasis se pone en la atención de la enorme demanda de las industrias y de los países industrializados. Esto genera algunas preocupaciones muy importantes en los países en desarrollo y en el resto del mundo.

 

Seguridad alimentaria

Los biocombustibles actuales se producen principalmente a partir de soja, maíz y maní, y también de mandioca, caña de azúcar, palma aceitera y semillas de colza. Por lo tanto, se prevé que la competencia entre el biocombustible y el suministro de alimentos se manifieste tanto en los recursos agrícolas como en el precio.

Competencia por la tierra y los recursos agrícolas. El cultivo en gran escala de productos para usar como biocombustible generará una nueva competencia por recursos agrícolas y/o aumentará la competencia actual entre la producción de alimentos y la de biocombustibles, principalmente por agua y tierra. Deberían asignarse más tierras a la producción de biocombustibles, en especial de cereales y otros cultivos alimenticios, a fin de atender la creciente demanda y controlar así los precios disparados.

El problema es que el planeta dispone de poca tierra para destinar al cultivo de alimentos, mucho menos para destinar al cultivo de biocombustibles.
Según estimaciones, más de un tercio de todas las tierras agrícolas deberían convertirse a la producción de biocombustible para que la participación de éste en el consumo de combustibles para transporte aumente a diez por ciento.

El aumento de la producción de biocombustibles a escala comercial y la expansión de zonas agrícolas incrementarán sustancialmente la demanda de agua para fines agrícolas, que ya insumen noventa y tres por ciento del agua dulce disponible en el planeta. Ya se proyecta que la cantidad de agua necesaria para la producción de alimentos aumente de sesenta a noventa por ciento en los próximos cincuenta años, especialmente si no mejora la productividad de agua. Si a esto agregamos la demanda de producción de biocombustibles y las consecuencias del cambio climático sobre el suministro de agua, el planeta se enfrentará a una nueva crisis.

En la competencia entre alimentos y combustibles, los pobres, que tienen acceso limitado al control sobre la tierra y que deben luchar por el agua en muchos casos, llevan todas las de perder.

 

Aumento de los precios de los alimentos.

Se prevé que los cultivos alimenticios, en particular los cereales, se producirán más como combustible que como alimento humano o animal. Aunque la segmentación de precios en el mercado internacional de productos básicos pueda no ser un problema, la creciente demanda de productos que se venden también como alimento humano o animal naturalmente elevaría su precio. En 2006, los precios del azúcar se duplicaron -impulsados en parte por el uso de caña azucarera como combustible en Brasil- y los del maíz y el trigo aumentaron veinticinco por ciento. Se proyecta que, si se mantiene el actual ritmo de aumento de la demanda de biocombustibles, para 2020 el precio del trigo aumentará treinta por ciento, el del maíz cuarenta y uno por ciento, y el de las semillas oleaginosas 76,6 por ciento.
Para las personas más pobres del mundo, que destinan al menos la mitad de sus ingresos a la compra de alimentos, el aumento del precio de los cereales puede significar una amenaza para la subsistencia. Los precios más caros marginarían todavía más a los pobres del mundo, cuyo acceso fundamental a los alimentos suele verse obstaculizado por fluctuaciones de la oferta, la demanda y los precios. Se desviarían así fuentes de carbohidratos y proteínas de las personas al mercado de la energía. Asimismo, los altos costos de los alimentos para animales dejarían a los productores ganaderos y avícolas fuera del negocio, privando a millones de familias pobres de su fuente de sustento.

El aumento de ingresos que los agricultores previsiblemente obtendrán por la subida de los precios de sus cosechas si plantan para producir biocombustibles será contrarrestado entonces por los altos precios que deberán pagar para alimentar a sus familias. Seguridad alimentaria bajo amenaza. En definitiva, lo que está en juego es la seguridad alimentaria del mundo. La reiterada afirmación de que el mundo produce el doble de alimentos de lo que su población necesita puede dejar de ser verdad ante la competencia de los biocombustibles.

Con los pésimos sistemas de distribución de alimentos y el acceso desigual a ellos, los pobres del mundo sufrirán más las consecuencias de la producción masiva de biocombustibles.

Problemas ambientales

Los biocombustibles han sido promovidos como una fuente de energía “limpia”. Pero un análisis de su eficiencia y de su ciclo de vida, desde la producción hasta el uso y las emisiones, demuestra lo contrario. Lamentablemente, el impacto ambiental de la producción de biocombustible ha sido ignorado en medio del entusiasmo por la promesa de una alternativa “limpia” a los combustibles fósiles.

En realidad, la producción comercial de biocombustibles requiere más combustibles fósiles. La relación de energía de los biocombustibles (la cantidad de energía fósil que insume la producción de biomasa comparada con la energía que produce) no es nada prometedora. Según los investigadores David Pimentel y Tad Patzek, esa relación sería negativa. Para otros investigadores, el retorno sería de apenas 1,2 a 1,8. El del etanol sería el más alto. Los expertos no se muestran optimistas en cuanto a los biocombustibles de celulosa.

Paradójicamente, la producción de biocombustibles a escala industrial dependerá de los combustibles fósiles para el funcionamiento de las plantas de procesamiento y de los camiones y buques cisterna que transportarán los productos finales a sus respectivos destinos. En la hipótesis más pesimista, lo que se pueda ahorrar de emisiones de gases de efecto invernadero gracias a la adopción de biocombustibles podría ser contrarrestado por el aumento del uso de combustibles fósiles para la producción de biocombustibles a escala industrial.

Mayor dependencia de insumos agrícolas basados en combustibles fósiles.

En un giro paradójico, la producción comercial de biocombustible basada en sistemas de monocultivo industrial e intensivo aumentará el uso de nsumos agrícolas basados en combustibles fósiles, como los fertilizantes inorgánicos y los pesticidas químicos, con los consiguientes problemas de contaminación del agua y del suelo. La producción industrial de maíz, por ejemplo, exige altas cantidades de fertilizantes de nitrógeno químico y del herbicida atrazina. La soja requiere también enormes cantidades del herbicida no selectivo Roundup, que altera la ecología del suelo y produce “superhierbas”. La producción intensiva y los monocultivos provocan una gran erosión de la capa superficial del suelo y del agua superficial y subterránea, debido a la escorrentía de pesticidas y fertilizantes. Cada litro de etanol insume de tres a cuatro litros de agua en la producción de biomasa.

Cultivos modificados genéticamente. El bombo publicitario sobre los biocombustibles presenta una lucrativa oportunidad para la promoción de cultivos modificados genéticamente (transgénicos). Actualmente, cincuenta y dos por ciento del maíz, ochenta y nueve por ciento de la soja y cincuenta por ciento de la canola que se plantan en Estados Unidos son transgénicos, y gran parte se usa ya para la producción de biocombustible. La expansión de los cultivos de semillas oleaginosas y cereales transgénicos para biocombustible puede contaminar el suministro de alimentos, como quedó demostrado por numerosos ejemplos de introducción de cultivos transgénicos no destinados al consumo humano en la cadena alimentaria, incluso fuera del país en que tuvo lugar la contaminación.

Asimismo, los árboles manipulados genéticamente para que crezcan más rápido, destinados a transformarse en biocombustible, presentan riesgos ambientales que no han sido adecuadamente evaluados. Por ejemplo, poco se sabe sobre las posibles consecuencias de la introducción de estos árboles sobre otras especies forestales, así como sobre la biodiversidad forestal en general.

Deforestación.

Además, existe el problema de la deforestación en los países en desarrollo tropicales. Indonesia es el mejor ejemplo. Este país proyecta ampliar las plantaciones de palma aceitera para satisfacer la demanda nacional y extranjera de biocombustible. Las plantaciones de palma aceitera están asociadas con incendios forestales y de otras tierras que, en los últimos veinte años, han causado un grave daño a la biodiversidad, además de empeorar la degradación ecológica y provocar nubes transfronterizas de humo tóxico que pone en riesgo la salud humana y causan pérdidas económicas. Aunque el problema de los bosques y los incendios forestales permanece sin resolver, la creciente demanda de aceite de palma de Europa para su uso como biocombustible ha generado una nueva presión sobre los bosques de Indonesia.

De manera similar, los monocultivos de soja de gran escala han dañado más de treinta y siete millones de hectáreas de bosques y pasturas en Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay. Para satisfacer la demanda mundial, solo Brasil tendría que talar sesenta millones de hectáreas más de bosques. Esta tala aumentaría el impacto de la deforestación de bosques tropicales, con consecuencias que abarcarían desde inundaciones hasta sequías y erosión. Una vez más, esta tendencia contraría el propósito de los biocombustibles como alternativa más limpia y ambientalmente sustentable que los combustibles fósiles.

Más importante aún, la desforestación sigue amenazando la supervivencia de pueblos indígenas, residentes de zonas forestales y pobres rurales cuyo sustento e identidad cultural dependen de los bosques.

¿Quién se beneficia?

Sin un cambio fundamental del paradigma, un mero ajuste tecnológico podría agravar la inequidad entre ricos y pobres. Esto se aplica también a los biocombustibles. Una transición a los biocombustibles basada en el fundamentalismo de mercado no logrará aumentar el acceso de los pobres a la energía. Por el contrario, simplemente repetirá la experiencia mundial sobre la energía derivada de los combustibles fósiles, en la que los subsidios, los mecanismos del mercado y el control de las grandes empresas sobre la tecnología condujeron a un acceso desigual a la energía, precios distorsionados, operaciones cartelizadas y problemas ambientales.

Sin un cambio simultáneo en los modelos de producción y consumo, los países en desarrollo estarán produciendo combustibles para otra industria subsidiada del Norte y fomentando estilos de vida insustentables, e ignorando a la vez las necesidades básicas de energía de sus propios pueblos. Es obvio que la Unión Europa, Estados Unidos y quizá otros países industrializados, como Japón, no pueden producir todo el biocombustible que necesitan. Sus empresas se están expandiendo hacia países en desarrollo, donde hay abundante tierra, mano de obra barata, y normas ambientales y sociales poco estrictas.

 

Y después de la “moda” del biocombustible, ¿qué?

Algunas proyecciones demuestran que el entusiasmo por los biocombustibles puede ser transitorio, según el precio y la oferta de combustibles fósiles. A medida que más y más países en desarrollo entren en el mercado de los biocombustibles, los precios inevitablemente comenzarán a bajar. El mundo en desarrollo podría terminar con millones de hectáreas plantadas con cereales y semillas oleaginosas, y esto podría provocar un desplome de los precios y el consiguiente abandono de las plantaciones, como ocurrió en el centro de Filipinas en los años ochenta con la caña de azúcar, cuando se popularizó el azúcar de maíz y el precio de la caña azucarera cayó estrepitosamente. Ese daño sería irreparable, dado que reconvertir esas tierras para cultivos alimenticios sería demasiado costoso, si no imposible. Los países en desarrollo corren riesgo de reproducir la desastrosa experiencia de la década del ochenta, cuando un país tras otro, por consejo del Banco Mundial, ingresó en el mercado de los productos básicos con los mismos cultivos, lo que provocó un desplome de los precios.

Para prevenir otra catástrofe similar, los países en desarrollo debería hacer un análisis cuidadoso de las trampas que tienen en su camino. En lugar de apostar todo su esfuerzo y sus limitados recursos a una opción tecnológica, los gobiernos auténticamente preocupados por la crisis mundial de energía deberían estudiar todas sus fuentes nacionales de energía limpia, como el viento, el sol, el agua y el biogás de los desechos, principalmente mediante una producción comunitaria, para incrementar el acceso de los pobres a la energía y brindar oportunidades de sustento a los pobres rurales, en especial a las mujeres. El autoabastecimiento debe ser el paradigma de cualquier avance tecnológico en materia de energía.

Hira Jhamtani y Elenita Dano son investigadoras asociadas de Third World Network (TWN) residentes en Bali (Indonesia) y Mindanao (Filipinas), respectivamente.

 

RESUMEN LATINOAMERICANO
y del Tercer Mundo
Diarios de Urgencia

Director: CARLOS AZNAREZ

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LA CONTRAINFORMACIÓN AL DÍA

Fuente: http://webs.chasque.net/~rapaluy1/transgenicos/Biocombustible/Fantasia_realidad.html

 

En consecuencia, los de abajo y a la izquierda en Nuestra América precisamos construir la «reforma agraria integral» para ir arraigando nuestra emancipación social e internacional del capitalismo. Esto nos interpela a responsabilizarnos de "desmantelar el control de la tierra, los bosques y las fuentes de agua en manos de grandes empresas, y los Estados y las sociedades deben reconocer los derechos fundamentales de las poblaciones locales a gobernar y velar por los bienes comunes". Implica generalizar la toma de conciencia sobre:

 

La crisis climática y la Tierra
12 de abril de 2011

 

Por Shalmali Guttal y Sofía Monsalve

 

La tierra, los bosques y el agua deben ser protegidos como riqueza social común y se debe garantizar la seguridad de la tenencia de los recursos a los pequeños agricultores, los pescadores, los pastores trashumantes y las comunidades indígenas, a través de una reforma agraria integral. Los recursos y las políticas públicas deben reorientarse para apoyar el uso de la tierra y las prácticas agrícolas que enfrían el planeta, nutren la biodiversidad y ahorran energía. De esta forma se podrá controlar el calentamiento global, alcanzar la soberanía alimentaria y reducir la angustiosa emigración rural hacia las zonas urbanas.

Cuando hablamos de la crisis del cambio climático, generalmente nos referimos a las alteraciones recientes y futuras de los sistemas del clima del planeta que pueden atribuirse a actividades humanas (1). A la cabeza de estas actividades encontramos la quema de los combustibles fósiles, la explotación de los recursos naturales y la producción y consumo de energía y bienes industriales. Todos estos sectores son grandes emisores de gases de efecto invernadero (GEI). El incontenible calentamiento del clima mundial resultante del aumento de las concentraciones de GEI en la atmósfera, ya ha provocado distorsiones en las condiciones del tiempo en las cuatro estaciones y en los patrones de las precipitaciones, así como el derretimiento de glaciares, cambios en los ciclos hidrológicos y mayor incidencia de eventos climáticos extremos, con graves consecuencias para los ecosistemas, la producción agrícola, la seguridad alimentaria y la seguridad del abasto y acceso al agua, y para los medios de sustento de las comunidades pobres urbanas y rurales en todo el mundo.

La tierra y el agua son elementos centrales de la crisis del clima. La industrialización y el crecimiento económico dependen en gran medida de la explotación de la tierra y el agua, y su acaparamiento para servir a la producción de energía, la minería, la industria, la agricultura, los parques tecnológicos, el turismo, la recreación y la expansión urbana, continúa de manera irrefrenable en todas partes del mundo. Los cambios en la cobertura de la Tierra y los cambios en el uso del suelo son los impactos mundiales más antiguos de la humanidad y han producido cambios significativos en la cantidad de carbono que se almacena y se libera en la atmósfera. Los bosques y los humedales almacenan más carbono que las praderas, las que, a su vez, almacenan más carbono que los cultivos. Los bosques naturales del mundo, las sabanas y los humedales han contribuido durante mucho tiempo a mantener el balance en el ciclo del carbono, pero su conversión a otros usos ha reducido gravemente este servicio crucial de estos ecosistemas. Hay estudios, incluidos los del Panel Internacional sobre Cambio Climático (PICC o IPCC por su sigla en inglés), que muestran que el uso del suelo y los cambios en el uso del suelo son responsables de más del 30 por ciento de las emisiones de GEI que atrapan el calor en la atmósfera de la Tierra y ocasionan el calentamiento global.

Las plantas, las especies animales y la vida marina están amenazadas o desapareciendo a un ritmo sin precedentes debido a los efectos combinados del calentamiento global y la explotación industrial. La vida en su conjunto está en peligro por el descenso de la disponibilidad de recursos de agua dulce. Ya hay más de mil millones de personas que viven sin acceso a agua potable segura y más de un millón de personas –la mayoría niños- mueren cada año de enfermedades como la diarrea, la disentería y el cólera, que están relacionadas con la falta de una higiene adecuada y de agua potable segura.

Las evaluaciones del PICC indican que, a nivel mundial, se prevé que los impactos negativos del cambio climático sobre los sistemas de agua dulce serán enormes. Las proyecciones indican que, a partir de 2050, se duplicará o más el área de tierra sometida al creciente estrés hídrico. Se prevé que el aumento en la intensidad y variabilidad de las precipitaciones incremente los riesgos de inundaciones y sequías en muchas áreas y afecte negativamente la recarga de los acuíferos subterráneos, reduciendo así las reservas hídricas de las napas freáticas. Debido a los cambios en la temperatura y el patrón de lluvias, las sequías han venido sucediéndose de manera más frecuente desde 1970. Se prevé que los cambios en la cantidad y calidad de agua debidos al cambio climático determinen una disminución de la disponibilidad de alimentos y un aumento de la vulnerabilidad de las comunidades rurales pobres, en especial en los trópicos áridos y semiáridos, y en los mega-deltas de Asia y África. Está previsto también el ascenso de los niveles del mar, que modificará la vida de las comunidades costeras, generando mayores desplazamientos en el interior de los países y entre países -en particular en Asia y África- y desatará nuevos conflictos por la tierra y el agua.

La destrucción causada por el calentamiento global va más allá de lo físico. Las condiciones del tiempo impredecibles y constantemente cambiantes cuestionan los conocimientos y la resiliencia local que han sido la base de un buen manejo de la agricultura y los ecosistemas en coproducción con la naturaleza, los que deberán ser reconstruidos a nuevo para ajustarse a las nuevas condiciones climáticas. En el período de transición, sin embargo, es probable que las comunidades rurales se tornen más vulnerables y dependientes de insumos y técnicas externas, y pierdan su preciado conocimiento local sobre los alimentos, las plantas medicinales, los suelos y el manejo costero, la protección de los bosquesy la biodiversidad, etc.

Agricultura industrial

La agricultura y las pesquerías son sumamente vulnerables al cambio climático. Hoy, el 75 por ciento de los pobres del mundo viven en zonas rurales en los países en desarrollo y dependen de la agricultura familiar minifundista, la pesca artesanal y el pastoreo trashumante. Independientemente de las variaciones regionales, se prevé que el cambio climático tendrá impactos negativos sobre estas comunidades. Mientras se proyecta que enormes superficies en Rusia, Canadá y China se convertirán en tierras de cultivo, en las regiones tropicales y semitropicales el cambio climático probablemente conduzca a un descenso importante de los rendimientos de la producción agrícola, acelere la degradación de las tierras de cultivos y la línea costera, aumente la desertificación y provoque el desplazamiento de millones de pequeños productores rurales minifundistas.

La agricultura y otros sectores cuya actividad se basa en el uso del suelo son también grandes emisores antropogénicos de GEI a nivel mundial: la agricultura da cuenta de alrededor del 13,5 por ciento de las emisiones, aunque, contando el transporte, el procesamiento y la distribución de los productos agrícolas, esta cifra aumenta considerablemente; los cambios en el uso del suelo y la silvicultura representan el 17,4 por ciento (2), y la deforestación es responsable del 25 al 30 por ciento de las emisiones mundiales de GEI (3), aunque una investigación reciente muestra que la contribución combinada de las emisiones de la deforestación y la degradación de los bosques y las turberas da cuenta de alrededor del 15 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, una participación similar a la del sector del transporte (4). La tierra agrícola ocupa entre el 40 y el 50 por ciento del total de la superficie continental del planeta y da cuenta del 60 al 80 por ciento de las emisiones de óxido nitroso (N2O) y entre el 50 y el 55 por ciento de las emisiones de metano (CH4) (5). La producción pecuaria da cuenta del 70 por ciento del uso de la tierra agrícola y los cultivos para forraje y alimento animal representan el 33 por ciento del total de la tierra arable. Un informe de la FAO estima que las emisiones de GEI provenientes de los cultivos comerciales de forraje y alimento animal, el transporte de estos alimentos y de los productos de origen animal, la fermentación entérica y las emisiones de CH4 y N2O derivadas del estiércol animal son responsables del 18 por ciento de las emisiones de GEI (FAO, 2006). Hay estudios que indican que las emisiones antropogénicas de GEI provenientes de la agricultura están aumentando debido al uso creciente de fertilizantes nitrogenados y a la cría de un número cada vez más grande de animales, en particular ganado vacuno. Las infraestructuras urbanas, los rellenos sanitarios, la disposición de residuos, el saneamiento, y la quema de biomasa son otras fuentes importantes de emisiones de GEI.

Sin embargo, no toda la agricultura acelera el calentamiento global. Según la Evaluación Internacional del Papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola (IAASTD, 2009), la más alta intensidad de emisiones del sector agrícola está asociada a la agricultura industrial y a los monocultivos intensivos, que incluyen la producción de cultivos comerciales, alimentarios y bioenergéticos a mediana y gran escala y con uso intensivo de productos químicos, las plantaciones (de monocultivos de árboles) y la cría industrial de animales. Esta agricultura de uso intensivo de recursos reconfigura la forma en que se usan la tierra y el agua, y tiene impactos complejos y multidimensionales en los bosques, los ecosistemas, las cuencas hídricas, el clima, la seguridad alimentaria y las formas de sustento.

Los suelos agrícolas son tanto fuentes como sumideros de carbono. En las regiones de bosques tropicales húmedos, el comercio mundial y la intensificación de las economías de mercado impulsan la destrucción de los bosques para dar paso a los cultivos industriales y pasturas para la industria ganadera. Brasil sufrió una deforestación de 93.700 km2 entre 2001 y 2004, en gran parte debido al crecimiento de la demanda mundial de soja y carne vacuna. El bioma brasileño conocido como Cerrado –una zona de tierras secas, que ha sido reconocida como uno de los lugares de gran biodiversidad en alto riesgo—se encuentra particularmente amenazado. Más del 50 por ciento del Cerrado ha sido transformado para dar paso a la agricultura intensiva y la producción ganadera. De manera semejante, el sudeste asiático perdió 23.000 km2 de bosques entre 1990 y 2000 a manos de la tala maderera y la expansión agrícola. Cuatro quintos de los bosques húmedos indonesios han desaparecido desde la década de 1960, en su mayor parte a manos del cultivo de la palma aceitera, el caucho y otros monocultivos. En Sumatra, Kalimantan y Papúa, se estima que el ritmo de la deforestación se traduce en la pérdida de 400 campos de fútbol por día, la tasa más alta de deforestación del mundo.

La agricultura industrial y los monocultivos destruyen los procesos naturales que son necesarios para almacenar el carbono en la materia orgánica del suelo, y los sustituyen por procesos basados en fertilizantes y fitosanitarios químicos cuya producción insume grandes cantidades de combustible fósil. También destruyen características importantes del paisaje como los cercos vivos, las arboledas, las cuencas de captación de agua, hileras de árboles o arbustos, pequeños bosques naturales y otros hábitat naturales que brindan servicios ecosistémicos cruciales, como la recarga de los acuíferos y las cuencas hídricas, la retención de los nutrientes del suelo y el almacenamiento de carbono.

Acaparamiento de tierras

En los países en desarrollo, las necesidades diarias de alimentos de la mayoría de las familias rurales se satisfacen fundamentalmente a través de la producción localizada y las actividades de recolección a cargo de las mujeres. El agotamiento de los recursos naturales socava el conocimiento que tienen las mujeres de los usos tradicionales de las plantas silvestres como alimentos, forraje y medicina, aumentando su carga de labor en la tarea de satisfacer las necesidades alimentarias y de salud de sus familias. El uso intensivo de fertilizantes y fitosanitarios (plaguicidas, herbicidas y fungicidas) químicos produce estragos en la biodiversidad, contamina los suelos, los ríos y los cursos de agua, las fuentes de agua subterránea y los manantiales, y afecta gravemente la salud de las comunidades y los ecosistemas. Cuando se destruyen las fuentes de alimentos silvestres y se envenenan los ríos y los pozos de agua y desaparecen los peces y la pequeña fauna marina, las comunidades rurales se quedan prácticamente sin fuentes de alimento y agua.

La sustitución de los cultivos alimentarios de los agricultores minifundistas por la agricultura industrial y la transformación de los bosques para ese uso exacerban la inequidad del acceso a la tierra y a los recursos naturales entre las comunidades y entre hombres y mujeres, especialmente en el caso de los cultivos bioenergéticos y otros cultivos comerciales de gran valor. A medida que se expropian bosques y tierras agrícolas para la instalación de empresas agrícolas industriales y plantaciones, las comunidades locales van siendo arrinconadas en parcelas más pequeñas y menos fértiles, y se ven obligadas a depender de una base de recursos más reducida para resolver sus necesidades de alimentos e ingresos. Las reservas de agua dulce son monopolizadas y en algunos casos agotadas, creando y exacerbando la escasez de agua. Esto ha desatado conflictos por el agua entre poblaciones locales, en particular, entre campesinos, pescadores y comunidades indígenas que se ven privados de sus derechos al agua. Los derechos de los pueblos indígenas al control, uso, administración y preservación de sus tierras ancestrales son particularmente afectados. La política agresiva de compra de cada vez más tierras por quienes tienen dinero ha multiplicado los precios de la tierra y ha generado pujantes mercados de tierras en los cuales los pequeños agricultores empobrecidos son presas fáciles de la especulación y los intermediarios.

Las familias que son desplazadas o expulsadas de sus tierras no tienen otro remedio que mudarse a zonas boscosas o de monte, y despejar nuevas tierras para cultivo. Allí compiten con otras comunidades que habitaban esas zonas desde antes, por el acceso a una base de recursos cada vez más estrecha. Las plantaciones comerciales a gran escala atraen a las poblaciones migrantes -que son a menudo poblaciones que fueron desplazadas de otras partes- a trabajar como mano de obra asalariada, habitualmente por sueldos magros. La infraestructura creada al servicio de la agricultura industrial –como las carreteras, el transporte, la electrificación, etc.—promueve la urbanización y facilita la penetración de las fuerzas del mercado en todos los ámbitos del ecosistema.

Las crisis mundiales alimentaria y financiera han transformado a las tierras agrícolas y la infraestructura para la producción agraria en bienes estratégicos de gran valor. Los países ricos que no pueden satisfacer sus necesidades alimentarias a través de la producción nacional –por ejemplo, Japón, Corea del Sur, China, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Libia y Arabia Saudita- están adquiriendo enormes extensiones de tierras de cultivo (y las fuentes de agua que contienen) mediante contratos de arrendamiento a largo plazo en Asia, África y América Latina, con el propósito de garantizarles alimentos a sus propias poblaciones y materias primas a sus industrias agroalimentarias. Al mismo tiempo, las empresas de agronegocios y las compañías financieras como Morgan Stanley, AIG, Deutche Bank, Goldman Sachs, Renaissance Capital y Landkom, también han adquirido tierras (y recursos hídricos) en el Sur, para asegurarse ganancias en futuras inversiones. Para los financistas aquejados de problemas, la tierra, el agua y la infraestructura agrícola son paraísos relativamente seguros: con el cambio climático, una población mundial en crecimiento, y la previsión de escasez de alimentos, asegurarse el control del suministro futuro de alimentos promete ser un negocio sumamente rentable.

Estos negocios de tierras socavan la biodiversidad, la salud humana y ambiental, y la capacidad de las sociedades de asegurarse sus alimentos por sus propios medios. Incluso si son los Estados los que adquieren tierras de cultivo, ellos tercerizan la producción efectiva de los alimentos a empresas de agronegocios y de la industria agroalimentaria. Las empresas privadas que adquieren tierras suelen invertir en los cultivos que dan más ganancia: soja, trigo, maíz y otros cultivos bioenergéticos. Las comunidades rurales no sólo pierden el acceso a las fuentes locales de alimentos, agua y medicinas e ingresos, también desaparecen las pequeñas granjas de agricultura campesina y familiar diversa, los bosques, las pasturas abiertas y otros bienes comunes que son acaparados para la producción industrial de enormes extensiones de monocultivos agrícolas que perpetúan prácticas de producción ecológicamente destructivas, aumentan las emisiones de GEI y aceleran el calentamiento global.

Lucrando con la crisis

Los instrumentos de mercado, tales como el comercio de derechos de emisión y el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), han sido promovidos a través del Protocolo de Kioto y por diversas agencias internacionales como herramientas para enfrentar la crisis climática. Mediante estos mecanismos, los países del Norte y sus empresas (responsables del grueso de las emisiones de GEI) pueden comprar "derechos de emisión" a los países del Sur que tienen menores niveles de industrialización, y financiar sumideros de carbono (incluyendo plantaciones de árboles) y proyectos de "desarrollo sustentable" en el Sur, como una alternativa lucrativa a la reducción de las emisiones en el Norte. El Banco Mundial ha asumido de manera agresiva el liderazgo de los programas de ‘financiamiento del carbono’, entre otros, a través del Fondo Prototipo de Carbono, los Fondos de Carbono para el Desarrollo Comunitario, el Fondo BioCarbon, el Fondo Paraguas para el Carbono y el Fondo Cooperativo para el Carbono de los Bosques. Muchos de estos programas proclaman que reducen las emisiones de GEI provenientes de la deforestación en los países en desarrollo, al vender créditos de carbono de los bosques en el mercado internacional de emisiones. El 3 de noviembre, el Banco Mundial firmó un acuerdo con el Proyecto de Carbono Agrícola de Kenia para comprarles créditos de carbono del suelo a los agricultores keniatas a través del Fondo BioCarbon (6).

Entre las iniciativas de carbono de los bosques se destaca el programa de Naciones Unidas para la Reducción de Emisiones derivadas de la Deforestación y Degradación de los bosques (REDD), que aparentemente apunta a recompensar a los gobiernos y los propietarios de los bosques en los países en desarrollo por proteger los bosques y no talarlos, reduciendo así las emisiones de GEI. El Banco Mundial apoya activamente la iniciativa REDD, al igual que distintas agencias internacionales de conservación ambiental y compañías privadas de comercio de carbono. Los críticos de REDD señalan que la definición de Naciones Unidas de los bosques no distingue entre bosques y plantaciones de árboles, dejando así la puerta abierta para que inversionistas privados y gobiernos conviertan a los bosques en plantaciones de árboles, y que además se les pague por hacerlo.

REDD implica graves consecuencias para los pueblos indígenas, las comunidades rurales, los bosques y la biodiversidad. Un asunto particularmente polémico es el de la tenencia. ¿De quién son los bosques? y ¿a quién hay que recompensar por protegerlos y no talarlos? A pesar del lenguaje eufemístico adoptado, los proyectos para la "conservación y manejo sustentable de los bosques" frecuentemente implican el desalojo de las comunidades locales de las áreas boscosas y la autorización de la tala comercial en determinados tramos de bosques; además, la "mejora de las reservas de carbono del bosque" puede incluir plantaciones industriales de árboles que reducen la calidad ambiental de numerosas maneras.

Los gobiernos del Sur comúnmente proclaman la propiedad sobre todos los recursos en sus territorios soberanos y hacen tratos allí donde puedan obtener más ganancias, sea a través de los programas de REDD, o con las compañías madereras, de energía o minería o de agronegocios. Las reivindicaciones de las comunidades rurales, entre ellas las de los pueblos indígenas, que reclaman el uso y poder de decisión sobre los bosques que ellos han manejado y cuidado durante tanto tiempo, no son reconocidas por los gobiernos ni la industria de la conservación ambiental.

REDD no respeta algunos instrumentos cruciales de los derechos humanos como la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas o el concepto de derecho al consentimiento previo, libre e informado. Los pueblos indígenas y otras comunidades rurales temen que REDD y las iniciativas asociadas al programa fomentarán los acaparamientos de tierra y brindarán nuevos incentivos a los gobiernos y los grandes terratenientes para aplicar un enfoque del tipo o "pagas o talo" a cada hectárea de bosque que han logrado sacarle a los pueblos indígenas y los campesinos sin tierras. Tanto en los proyectos REDD como en los proyectos MDL, las tierras, las cuencas hídricas y los bosques se valoran más en términos económicos monetarios que en términos de la diversidad de vida que sustentan.

Hasta la fecha, sin embargo, ninguno de estos programas ha logrado una reducción neta sustantiva de las emisiones de GEI, ni han detenido la deforestación. Por el contrario, el clima ha sido ‘financierizado’ y las tierras y los bosques están siendo manipulados económicamente para permitir que los inversionistas lucren con la crisis del clima. Grandes proyectos de infraestructura, energía e industrias, a menudo de dudosa calidad ambiental, pueden asegurarse financiamiento internacional, mientras los países ricos obtienen acceso a abundantes “créditos de carbono” baratos que los ayudan a evitar adoptar penosas reducciones de emisiones en sus propios territorios. Igualmente importante, el comercio del carbono de los bosques y los suelos no reducirá el calentamiento global, sino que al contrario, creará mayores incentivos y oportunidades para la mercantilización de los bosques en los mercados internacionales de carbono. Las burbujas y la inestabilidad de estos mercados pueden determinar que preciosos recursos naturales queden expuestos y vulnerables a los riesgos del mercado, dado que cualquier caída de precios puede significar incentivos perversos para retirarle protecciones legales a los bosques.

Otra supuesta panacea muy elogiada contra el calentamiento global son los agrocombustibles. Los gobiernos y las empresas de agronegocios siguen promoviéndolos como ambientalmente benignos y como una alternativa limpia a los combustibles fósiles, sin evaluar integralmente sus costos sociales, económicos y ambientales. La producción de agrocombustibles -por ejemplo, los monocultivos de maíz, caña de azúcar, palma aceitera, soja y jatrofa- implica una reestructuración del uso del suelo, el desplazamiento y la desposesión de las comunidades rurales de sus fuentes de sustento, la expansión de la frontera de la agricultura industrial a costa de bosques y ecosistemas nativos, la contaminación de las aguas y una degradación mayor de los suelos. También implica dejar de producir alimentos en valiosas tierras de cultivo para dedicarlas a cultivos energéticos, que son adquiridos por empresas nacionales y extranjeras a menudo violando las normas consuetudinarias de gobernanza de la tierra y las leyes ambientales nacionales.

La producción de agrocombustibles está estimulada con incentivos financieros que los Estados otorgan al sector privado para mantener estilos de vida de alto consumo, a pesar de los costos que esto genera en comunidades y medioambientes de otras partes del mundo. Por ejemplo, Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y otros países de la OCDE han establecido metas obligatorias y apoyos financieros para promover la producción de agrocumbustibles de primera y segunda generación (7). También están invirtiendo fuertemente en la investigación y experimentación con agrocombustibles, incluyendo el desarrollo y ensayo de cultivos y árboles genéticamente modificados. La UE se fijó la meta vinculante de reemplazar el 20 por ciento de los combustibles fósiles y el 10 por ciento del combustible para el transporte por biomasa, energía hidroeléctrica, eólica y solar al 2020.

Mientras los países ricos cumplen sus metas de energía “limpia”, cientos de millones de campesinos y pequeños agricultores, pastores trashumantes y pueblos indígenas son expulsados de las tierras y bosques de los que dependen para sobrevivir. Todas las tierras que están en la mira o que ya han pasado a manos de grandes empresas son tierras que las comunidades locales ya utilizaban de una forma u otra. Los gobiernos y las empresas pueden argumentar que muchas tierras no forestadas que se han convertido en plantaciones de agrocombustibles son ”tierras yermas” o "tierras marginales” que deberían ser aplicadas a un uso productivo. En realidad, sin embargo, es muy probable que esas tierras hayan sido usadas de manera colectiva comunitaria o según los usos y costumbres tradicionales y las normas consuetudinarias desde hace muchas generaciones, y sean cruciales para el sustento de las comunidades locales. Las mujeres, que son las principales productoras de alimentos del mundo, son las más proclives a trabajar en las llamadas "tierras marginales", debido a la discriminación de género histórico-tradicional, y son por eso más fácilmente desprovistas de sus tierras que los hombres.

El cambio de uso de las tierras arables y los bosques (degradados o no) a la producción comercial de agrocombustibles tiene consecuencias severas para los pueblos y las personas que ya gastan más de la mitad de sus ingresos en alimentos. La crisis alimentaria mundial se debe, al menos en parte, a la carrera vertiginosa en pos de los agrocombustibles y la producción de forraje y alimento animal. Estudios recientes demuestran que la sustitución de ecosistemas nativos por plantaciones de agrocombustibles tendrá por efecto un aumento del calentamiento global, en vez de mitigarlo. El carbono que se libera en el desmonte y conversión de bosques húmedos, turberas, sabanas o praderas supera los "ahorros de carbono" derivados de los agrocombustibles. Por ejemplo, los procesos de conversión para producir maíz o caña de azúcar para etanol, o palma aceitera o soja para biodiesel liberan entre 17 y 420 veces más carbono que los ahorros anuales derivados de la sustitución de combustibles fósiles. Los estudios científicos muestran además que no todos los agrocombustibles son fuentes de energía "limpia" o "eficiente. Muchos agrocombustibles de etanol han demostrado ser bastante menos "eficientes" que otros combustibles, medidos por unidad de energía producida. La producción de cultivos para agrocombustibles (particularmente en el caso del etanol) y del propio combustible son procesos con uso intensivo de químicos, agua e incluso combustible fósil, que contaminan la tierra, el suelo y el agua, y destruyen la biodiversidad natural y agrícola.

La defensa de la tierra, los bienes comunes, los territorios y la dignidad

Las discusiones oficiales sobre el cambio climático y el hambre tienden a inclinarse por soluciones tecnológicas y de mercado, en vez de apuntar a los problemas estructurales socio-políticos, como el de los campesinos sin tierra, la alta concentración de la propiedad de las tierras agrícolas y el agua, y los modos industriales de producción y consumo que están en el corazón de las crisis. Las crisis del clima y los alimentos se han transformado en oportunidades de lucro empresarial, y la tierra, el agua y otros recursos naturales están siendo monetizados, reevaluados y explotados como nunca antes.

El lucro de la agricultura industrial proporciona al corto plazo grandes ganancias a las grandes empresas, los inversionistas ricos y las clases adineradas, en contraste con la agricultura campesina agroecológica, cuyas ganancias van en su mayor parte para las comunidades locales, la sociedad en su conjunto y las generaciones futuras. Las investigaciones muestran que los pequeños productores de granjas familiares minifundistas producen más de dos tercios de los alimentos básicos en Asia, África y América Latina. A través de la recolección, el cultivo, la pesca, el pastoreo y actividades de procesamiento localizadas, la producción de los pequeños agricultores es la fuente primaria de una amplia variedad de alimentos para las familias de bajos ingresos en las zonas rurales y urbanas. Las investigaciones también indican que las pequeñas granjas, especialmente las que se basan en poli-cultivos tradicionales, son mucho más productivas que las grandes explotaciones agrícolas, en términos de su productividad total, incluyendo, granos, fibras, frutas, verduras, forraje y productos animales, todos ellos cosechados en los mismos campos o huertos.

El policultivo de los pequeños agricultores minifundistas suele utilizar la tierra, el agua, la biodiversidad, la energía y otros recursos agrícolas de manera mucho más eficiente que la agricultura industrial y los monocultivos, y es mucho menos contaminante y mucho más benigno para el clima. Proporciona servicios ecosistémicos vitales y tiene gran potencial de almacenaje de carbono en la biomasa, tanto la que crece sobre el suelo como la del subsuelo. En términos de conversión de la riqueza natural del planeta en “productos", la sociedad obtiene mucho más ganancias con los pequeños productores minifundistas que con las empresas de agronegocios y las operaciones de la industria agroquímica.

La mayoría de los modelos del cambio climático prevén que los daños afectarán desproporcionadamente a las regiones pobladas por pequeños agricultores, especialmente a aquellos que hacen agricultura sin riego y que dependen de las lluvias en el Sur. Al mismo tiempo, las prácticas de cultivo diversificadas de los agroecosistemas tradicionales los hacen menos vulnerables a las pérdidas masivas de cosechas cuando hay desastres naturales. El conocimiento y las tecnologías tradicionales que aplican los pequeños agricultores, campesinos, pastores trashumantes, pescadores y comunidades indígenas constituyen un verdadero almacén de enseñanzas y lecciones de capacidad de adaptación y resiliencia a los fenómenos del tiempo y el cambio climático. Estas capacidades y conocimientos se verán afectados en gran medida, y hasta pueden perderse completamente, si el proceso de conversión del uso de la tierra continúa al ritmo actual.

Los esfuerzos mundiales para reducir las emisiones de GEI no pueden darse el lujo de seguir la lógica continuista de “negocios como siempre”, ni basarse en los artilugios de la tecnología o las iniciativas de mercado. La decisión recientemente adoptada por los gobiernos en la décima Conferencia de las Partes del Convenio sobre Diversidad Biológica celebrada en Nagoya, Japón, que estableció que ante la ausencia de mecanismos regulatorios efectivos y en aplicación del enfoque precautorio, no se debe realizar ninguna actividad de geo ingeniería relacionada con el clima que pueda afectar la biodiversidad, es un paso a saludar en este sentido.

Es urgente desmantelar el control de la tierra, los bosques y las fuentes de agua en manos de grandes empresas, y los Estados y las sociedades deben reconocer los derechos fundamentales de las poblaciones locales a gobernar y velar por los bienes comunes. La tierra, los bosques y el agua deben ser protegidos como riqueza social común y se debe garantizar la seguridad de la tenencia de los recursos a los pequeños agricultores, los pescadores, los pastores trashumantes y las comunidades indígenas, a través de una reforma agraria integral. Los recursos y las políticas públicas deben reorientarse para apoyar el uso de la tierra y las prácticas agrícolas que enfrían el planeta, nutren la biodiversidad y ahorran energía. De esta forma se podrá controlar el calentamiento global, alcanzar la soberanía alimentaria y reducir la angustiosa emigración rural hacia las zonas urbanas. www.ecoportal.net

Artículo escrito por Shalmali Guttal* y Sofía Monsalve**  con aportes de Mary Ann Manahan y Rebecca Leonard . *Es miembro de Focus on the Global South. **Es la coordinadora de los temas de la tierra de FIAN International. Rebecca Leonard y Mary Ann Manahan son investigadoras que trabajan con Focus on the Global South.

Referencias: (…) Notas: (…) Fuente: http://www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Cambio-Climatico/La_crisis_climatica_y_la_Tierra

 

 

 

 Alternativas postcapitalistas

 

Tengamos en cuenta que el poder real y sus democracias e intelectuales desinforman sobre cómo, abajo y a la izquierda, se están creando posibilidades de otra sociedad, mundo.

Agroecología: ciencia para  agriculturas más sostenibles

Por Francisco Roberto Caporal 

 

Para iniciar esta reflexión 

Aunque sea reciente el enfoque teórico que  aborda el desarrollo rural y la agricultura, la  Agroecología viene consolidándose rápidamente como una nueva ciencia del campo de  la complejidad. Este nuevo enfoque teórico  surge en respuesta a la crisis civilizatoria evidenciada por las sucesivas crisis económicas  del capitalismo y por las crisis sociales y ambientales que se agravan cada día en América  Latina y en el mundo. Esta ciencia tiene sus orígenes en el reconocimiento de que las culturas tradicionales  acumularon sabidurías que aseguraron la reproducción socioeconómica de distinguidos  grupos sociales a lo largo de la historia. Estos  saberes, transformados en prácticas mejoradas a partir de tentativas, ensayos, errores,  aciertos y nuevos aprendizajes, conformaron  diferentes sistemas agrícolas más sostenibles.  Estas experiencias campesinas pasaron a ser  objeto de estudio de las ciencias formales  impulsando una nueva aproximación entre  Agronomía y Ecología, que pudo progresar a  partir de los aportes de otros campos de conocimiento como la Sociología, la Antropología,  la Física, la Economía Ecológica, entre otros.  Desde sus orígenes, la Agroecología busca incorporar importantes contribuciones sobre las  racionalidades ecológicas asociadas a distintas  culturas y pueblos, que se materializaron en  la forma de sistemas productivos campesinos  y que se mostraron más sostenibles a lo largo  del tiempo. Influenciada por los movimientos ecologistas y por la Ecología política, la  Agroecología pasaría a incorporar una visión  crítica a los modelos impuestos por la agronomía convencional y en especial a las prácticas  agrícolas de la Revolución Verde. Para escapar de las confusiones conceptuales,  se optó por iniciar este artículo afirmando que  la Agroecología no es un tipo de agricultura.  No es un sistema de producción. No es un  modelo nuevo de cultivar o de criar animales, no es un movimiento social, aunque existan movimientos sociales agroecológicos. La  

Agroecología tampoco es la misma cosa que  las agriculturas alternativas, orgánicas, biológicas, etc., así como no es una práctica agrícola, aunque existan prácticas agrícolas basadas en principios agroecológicos.  

 

La Agroecología es una ciencia que busca conocimientos de diferentes fuentes sea el conocimiento empírico o las contribuciones de  muchas disciplinas científicas para, a partir  de la integración de esos distintos saberes y  conocimientos, adoptar un enfoque holístico y  un abordaje sistémico, capaces de contribuir:  1) A la comprensión de las razones y elementos que determinan la insustentabilidad de los  modelos dominantes de desarrollo rural y de  agricultura convencional y, 2) proponer principios que puedan conducir a formas de desarrollo rural y a estilos de agriculturas más compatibles con los ideales de sustentabilidad. Por lo tanto, la Agroecología es una ciencia  que incorpora una concepción de sustentabilidad que va mucho más allá de los conceptos  ecotecnocráticos del desarrollo sostenible.  

 

La sustentabilidad agroecológica está fundamentada en las nociones de solidaridad intra  e intergeneracional. Por eso, es necesario  destacar algunos elementos esenciales desde  el punto de vista conceptual de la Agroecología que contribuyan a las luchas de todos aquellos que están comprometidos en la construcción de procesos de desarrollo capaces de  asegurar: distribución de las riquezas y de los  recursos de los territorios, justicia e inclusión  social, protección ambiental, seguridad y soberanía alimenticia, respeto a las diferencias  étnicas y raciales y a la equidad de género. Así, el debate conceptual sobre Agroecología  se orienta en el sentido de que este nuevo enfoque científico pase a reorientar los procesos  productivos agropecuarios y las estrategias  de desarrollo rural. En esta perspectiva, la  Agroecología aparece como una ciencia para  un futuro más sostenible. Una ciencia transdisciplinaria capaz de ofrecer herramientas  que pueden contribuir a minimizar los impactos ambientales generados por la agricultura  convencional y, a la vez, orientar estrategias  para alcanzar un desarrollo socialmente más  pertinente y que preserve la biodiversidad y  la diversidad sociocultural. 

 

Sobre el concepto de Agroecología 

Al contrario de otras ciencias que quieren parecer neutras, la Agroecología nace comprometida con la idea de que necesitamos cambiar el rumbo del desarrollo enfocado sólo en  el crecimiento económico, hacia una estrategia en defensa de la vida y del derecho de  todos a vivir con dignidad, lo que incluye el  derecho de las futuras generaciones. Por eso,  antes de teorizar es importante dejar en claro que la construcción de la sustentabilidad  a partir de la Agroecología implica la necesidad de subordinar la Economía a la Ecología  y no mantener por más tiempo la idea inconsecuente de que es posible continuar en un  camino de creciente producción y consumo,  en un modelo económico capitalista que se  sostiene en la idea del crecimiento infinito.  

 

No existe ninguna oportunidad para eso. Según Sevilla Guzmán y González de Molina  (1996)1 , “la Agroecología corresponde a un  campo de estudios que pretende el manejo ecológico de los recursos naturales, para -a  través de una acción social colectiva de carácter participativa, de un enfoque holístico y de  una estrategia sistémica- reconducir el curso  alterado de la coevolución social y ecológica,  mediante un control de las fuerzas productivas que represe selectivamente las formas degradantes y expoliadoras de la naturaleza y de  la sociedad”. En tal estrategia, dicen los autores, “juega un  papel central la dimensión local, por ser portadora de un potencial endógeno, rico en recursos, conocimientos y saberes que facilitan  la implementación de estilos de agriculturas  potenciadoras de la biodiversidad ecológica  y de la diversidad sociocultural”. Por esto  mismo, cuando se habla de Agroecología, se  habla de una orientación cuyas contribuciones  van mucho más allá de aspectos meramente  tecnológicos o agronómicos de la producción,  incorporando dimensiones más amplias y complejas, que incluyen tanto variables económicas, sociales y ambientales, como variables  culturales, políticas y éticas de la sustentabilidad. Por otro lado, Gliessman (2000) enseña que  el enfoque agroecológico puede ser definido  como “la aplicación de los principios y conceptos de la Ecología en el manejo y diseño  de agro-eco-sistemas sostenibles”, en un horizonte temporal (de mediano y largo plazo),  partiendo del conocimiento local que, integrado al conocimiento científico, dará lugar a  la construcción y expansión de nuevos saberes socioambientales, alimentando así el proceso de transición agroecológica. Para eso,  la Agroecología, adopta el agro-eco-sistema  como unidad de análisis, sin perder de vista  el conjunto de conocimientos locales, de los  valores y expresiones culturales de los que son  portadoras las personas que viven y manejan  cada agro-eco-sistema. Como vemos, los autores antes citados coinciden en muchos aspectos, pero, además de  esto, es importante decir que sus conceptos  son corroborados en su perspectiva agroecológica, por investigadores como Norgaard y Sikor (2002), para quienes los científicos en  general “no han sido verdaderamente capaces  de oír lo que los agricultores tienen que decir,  porque las premisas filosóficas de la ciencia  normal no confieren legitimidad a los conocimientos y a las formas de aprendizaje de  los agricultores” y, con eso, no son capaces  de romper con la supuesta superioridad de la  ciencia convencional. De los conceptos antes mencionados, para los  fines de este texto, es importante destacar algunos aspectos relevantes. Primero, el hecho  de que, en Agroecología, conocimiento científico y saber popular tienen el mismo valor,  ninguno es superior al otro. Ambos son importantes, aunque hayan sido construidos por  metodologías distintas y, muchas veces, para  alcanzar objetivos diferenciados. El segundo aspecto a destacar, que se desprende del anterior, es la importancia de la dimensión local en las estrategias de desarrollo,  pues ella es portadora de una historia y de conocimientos específicos sobre cada agro-ecosistema, que no son los mismos que alimentan  las decisiones tecnocráticas y ni aún aquellos  generados en estaciones experimentales. Al  contrario de las iniciativas tomadas de arriba  hacia abajo, que caracterizan nuestras políticas y programas, en Agroecología deben ser  respetados e incorporados los conocimientos  y saberes local e históricamente acumulados. En tercer lugar, se destaca el hecho de que  el manejo de los agro-eco-sistemas y, por lo  tanto, la agricultura, es resultado de prácticas eminentemente sociales. Por lo tanto, no  es posible entender una agricultura sin agricultor, una agricultura transformada en industria, pues ésta ya no será una agricultura. De  ahí la razón por la cual la Agroecología enfoca  sus intereses en la agricultura familiar campesina y defiende las luchas por la reforma  agraria, ya que el pensamiento agroecológico,  coincide con la lógica campesina que considera la actividad agrícola como un modo de  vida, de reproducción social y de transmisión  de componentes de valores de distintos grupos  y no sólo con la perspectiva de producción de  alimentos y materias primas para el mercado. 

 

Mirar el todo 

Cabría también destacar otros aspectos importantes de la conceptualización de la Agroecología, como el énfasis en una visión holística  y un enfoque sistémico. Al contrario de las  ciencias convencionales, atomísticas y cartesianas, que miran las partes, en Agroecología  lo que importa es mirar el todo y las relaciones entre las partes además de sus interfaces  con otros sistemas y subsistemas. Por esto, la  propuesta agroecológica genera resistencia en  muchos sectores. Ella implica, por ejemplo,  la necesidad de cambios profundos en las formas convencionales de investigación, de enseñanza y de extensión rural, marcados por la  división disciplinaria. Otro aspecto que merece realce es el hecho  de que el enfoque agroecológico también  presta atención a la dimensión del consumo.  Como se sabe, las cadenas agroalimentarias,  marcadas, cada vez más, por la distancia entre producción y consumo, amplían la insustentabilidad ambiental. Al contrario, desde la  Agroecología se defiende la prioridad de los  circuitos cortos de comercialización y consumo, pues además de asegurar mejor calidad  nutricional a los alimentos, son ecológicamente más sostenibles en la medida en que dependen menos de gastos de energía para el  transporte de mercancías. Y en tercer lugar,  cabe destacar la noción de la “acción social  colectiva”, que implica aspectos de distribución y acceso a los resultados de las actividades desarrolladas, así como formas diferenciadas de relaciones sociales, de organización y  lucha por derechos. 

 

Tres dimensiones 

Visto esto, se enfatiza que los elementos centrales de la Agroecología pueden ser agrupados en tres dimensiones: a) ecológica y técnico-agronómica; b) socio-económica y cultural;  y c) socio-política. Estas dimensiones no son  aisladas. En la realidad concreta ellas se en-trecruzan, influyen unas a otras, de modo que  estudiarlas, entenderlas y proponer alternativas a partir de ellas supone, necesariamente,  un abordaje inter, multi y transdisciplinario,  razón por la cual los agroecólogos y sus pares  echan mano de las enseñanzas de los diferentes campos del conocimiento (Sevilla Guzmán  y Ottmann, 2004). Sin embargo, la Agroecología, stritu senso,  propone una nueva aproximación entre la  Agronomía y la Ecología, de modo que podamos entender mejor el funcionamiento de los  agro-eco-sistemas y rediseñarlos en consonancia con las funciones ecológicas horizontales  y verticales que puedan ser potenciadas a  partir de las características de cada bioma y  agro-eco-sistema, tomando en cuenta los elementos de cultura y los saberes locales que  influyen en el establecimiento y en el manejo  de las agriculturas de cada zona y convergen  en una sinergia positiva para conferir mayor  sustentabilidad a los procesos agrícolas.  Como enseña Gliessman (2000), las agriculturas más sostenibles, desde el punto de vista  agroecológico, son aquellas que, teniendo  como base una comprensión holística de los  agro-eco-sistemas, sean capaces de atender,  de manera integrada, a los siguientes criterios: a) baja dependencia de inputs comerciales; b) uso de recursos renovables localmente  accesibles; c) utilización de los impactos benéficos o benignos del medioambiente local;  d) aceptación y/o tolerancia de las condiciones locales, antes que la dependencia de la  intensa alteración o tentativa de control sobre  el medioambiente; e) mantenimiento, a largo  plazo, de la capacidad productiva; f) preservación de la diversidad biológica y cultural;  g) utilización del conocimiento y de la cultura de la población local; y h) producción de  mercancías para el consumo interno antes que  producir para la exportación. Según este autor, mientras más un agro-ecosistema manejado por el hombre se aproxima  al paisaje y diseño del ecosistema donde él  está insertado, más la agricultura se aproxima  a la sustentabilidad. De ello se desprende que  toda la agricultura de monocultivo está en el  extremo opuesto de lo que se puede entender  como agricultura sostenible. Para Altieri (2002), la expresión agricultura  sostenible se refiere a la “búsqueda de rendimientos duraderos, a largo plazo, a través del  uso de tecnologías de manejo ecológicamente  adecuadas”, lo que requiere la “optimización  del sistema como un todo (la productividad total de todas las actividades/tierras/unidades  productivas) y no sólo el rendimiento máximo  de un producto específico”. Por su parte, el Centro de Agroecología de la  Universidad de California, Campus de Santa  Cruz (EE.UU.), definió a la agricultura sostenible como “aquella que reconoce la naturaleza sistémica de la producción de alimentos,  forraje y fibras, equilibrando, con equidad,  preocupaciones relacionadas a la salud ambiental, justicia social y viabilidad económica, entre diferentes sectores de la población,  incluyendo distintos pueblos y diferentes generaciones” (Gliessman, 2000). 

 

Bases para una transición  agroecológica 

Como se puede observar, en la perspectiva  agroecológica, cuando se habla de agriculturas más sostenibles, no se está tratando sólo  de la sustitución de insumos contaminantes y  prácticas depredadoras de recursos. Se trata  de la necesidad de caminar en dirección a rediseñar los agro-eco-sistemas según principios  ecológicos y numerosas variables sociales, culturales y políticas. Es por esta razón que en  Agroecología no existen paquetes, ni modelos.  La aplicación del enfoque agroecológico puede llevar a tantos tipos de agriculturas cuantos  sean los acomodos posibles entre las condiciones de cada agro-eco-sistema y los sistemas  culturales de las personas involucradas. A partir de los conceptos y enfoques metodológicos, presentados aquí, de forma bastante  resumida, es que la Agroecología viene aportando conocimientos capaces de ofrecer las bases para una transición agroecológica, sin  perder de vista la necesidad de producción  de alimentos de forma estable y permanente para atender las necesidades alimenticias  de una población que sigue creciendo. La  Agroecología aparece como un abordaje promisorio, no solamente para la pequeña producción ecológica, sino que ofrece elementos  de conocimiento empírico y científico para la  ecologización de la agricultura, a fin de hacer  que todos los sistemas productivos sean más  sostenibles, contribuyendo a una producción  más limpia y menos agresiva, sin pérdidas económicas y con muchas ganancias socioambientales. (Traducción: ALAI)

*Francisco Roberto Caporal es Ingeniero  agrónomo, Master en Extensión Rural  (CPGER/UFSM), Doctor por el Programa de  “Agroecología, Campesinado e Historia”  (Universidad de Córdoba – España).  Profesor de la Universidad Federal Rural de  Pernambuco (UFRPE). Miembro del Núcleo  de Agroecología y Campesinado – NAC y del  Observatorio de Extensión Rural (Oservater)  de la UFRPE.  

  

Fuente: http://www.iade.org.ar/uploads/c87bbfe5-249f-edaf.pdf

 

 

Lo medular de nuestra lucha frente al ataque capitalista e imperialista contra los pueblos planetarios está explicitado en:

 

 

Declaración sobre la Biodiversidad para el Sustento:

¡Debemos detener ya la destrucción de las bases de nuestra subsistencia!

14 de mayo de 2014

 

Alianza por la Soberanía Alimentaria de los Pueblos de América Latina y el Caribe

 

Nosotros, campesinas y campesinos, pescadoras y pescadores artesanales, pastoras y pastores, recolectoras y recolectores, indígenas, mujeres y jóvenes y otras organizaciones de la sociedad civil de todo América Latina y el Caribe denunciamos la apropiación de nuestros sistemas alimentarios y de subsistencia por parte de un sistema corporativo, que con la complicidad de gobiernos y organismos internacionales, busca convertir los alimentos en mercancías y especular con ellos, para obtener cuantiosas ganancias.

Los sistemas industriales de producción agrícola, ganaderos y pesqueros y acuicultura intensiva junto con el avance de mega proyectos extractivos de infraestructura, turísticos y políticas de explotación, están llevando a la humanidad a un callejón sin salida, que se caracteriza por la destrucción de los ecosistemas naturales y de la depredación de los recursos, los conocimientos tradicionales, la forma de vida campesina, pesquera y la biodiversidad.

 

Esta situación requiere de una acción urgente de parte de gobiernos y organismos internacionales, que vaya más allá de tibias declaraciones y aborde los problemas de fondo y las causas centrales. Requiere además que las comunidades tomen en sus manos la defensa irrestricta de sus sistemas de producción autónoma y soberana.

 

Se trata de una guerra contra los pueblos, que desde el comienzo de los tiempos han subsistido y alimentado a la humanidad, para apropiarse de sus territorios, sus semillas, sus conocimientos y su biodiversidad que ya ha demostrado sus nefastas consecuencias.

 

A lo largo del Siglo XX y lo que va del Siglo XXI se ha producido la mayor destrucción de la biodiversidad agrícola construida a lo largo de 12 mil años de agricultura, con una pérdida del 75% de ella. La agricultura industrial es la principal responsable, según las cifras de la FAO. Desde los comienzos de la agricultura se han cultivado o recogido más de 7.000 especies de plantas para la obtención de alimentos, muchas de ellas, con miles de variedades, que han sido recreadas en el diálogo de los seres humanos con la naturaleza.

En la actualidad únicamente 30 cultivos proporcionan el 95% de los alimentos del ser humano, y tan sólo cuatro de ellos – el arroz, el trigo, el maíz y las papas – suministran más del 60 %.

La ganadería campesina y familiar ha realizado una contribución de más o menos 4.500 razas a partir de 40 o más especies animales y desarrolladas durante los últimos 12.000 años. Seis razas de animales por mes están desapareciendo. Estas razas representan al conjunto remanente de diversidad genética animal, que debería suplir las demandas alimentarias futuras. Informaciones recientes sugieren que el 30% de las razas del mundo están en peligro de extinción. La causa principal es el avance brutal de sistemas de producción industrial que se basa en apenas tres especies (vacas, cerdos, gallinas) y que ocupan territorios, contaminan el ambiente, generan nuevas enfermedades, amenazan a razas criollas y a los seres humanos.

La inmensa diversidad hidrobiológica en mares y ríos, es el principal sustento para la pesca artesanal. Por miles de años está produciendo alimentos para los pueblos de manera sustentable, y se encuentra seriamente amenazada por el avance de sistemas industriales de pesca que han arrasado con la diversidad hidrobiológica .Hoy el panorama nos muestra que más del 50 % de las poblaciones marinas mundiales están completamente explotadas, un 17 % sobreexplotadas y un 8% agotadas debido al uso abusivo. La producción de las pesquerías de aguas continentales se ve a menudo afectada por la pesca indiscriminada por la flota industrial de arrastre que destruyen los fondos marinos y las biomasa y lo más grave es la destrucción de los ecosistemas y contaminación ambiental de la acuicultura intensiva y la modificación de las cuencas fluviales, que afectan a la capacidad de la producción pesquera y a la biodiversidad.

 

Finalmente los bosques, ríos, mares, manglares, selvas, montes, praderas y otros ecosistemas naturales - que dan sustento a miles de comunidades pesqueras y de pueblos indígenas, recolectores y campesinos en el mundo - están sufriendo un severo ataque por el avance del modelo descrito. Cada año se pierden 13 millones de hectáreas de bosques, principalmente por su conversión a otros usos de la tierra.

 

Toda esta destrucción se haya profundamente vinculada y está relacionada con un sistema productivo que ha perdido el rumbo.

Este sistema se caracteriza por:

- La mercantilización de los bienes naturales, la expansión de los monocultivos, el uso de semillas híbridas y transgénicas y la aplicación consiguiente de agrotóxicos.

- Una concentración corporativa sin precedentes que hace que en la actualidad la mayor parte de los diferentes nichos de mercado esté controlado por un puñado de corporaciones.

- La utilización de tecnologías peligrosas como el uso de agrotóxicos, de semillas transgénicas, y de la agricultura de precisión, que tienen como objetivo el control corporativo del sistema agroalimentario. A ello se suma el peligro de adopción de nuevas tecnologías como las semillas Terminator, los nuevos cultivos transgénicos resistentes a herbicidas altamente peligrosos, la biología sintética y otras.

- La aplicación de los derechos de propiedad intelectual sobre la vida (patentes, derechos de obtentor y otros) y las normas que obligan a registrar y certificar semillas y la producción agroecológica, como mecanismos para la monopolización de la agricultura, las semillas, y la vida en general. En este terreno el impulso de Leyes de Semillas a partir de UPOV 91, ha adquirido en estos últimos años una virulencia inusitada en todo el Continente.

- El impulso de mecanismos de mercado como la “Economía Verde” se están imponiendo desde las esferas internacionales y nacionales, que propagandizan falsas soluciones a la crisis alimentaria.

- La homogeinización de la producción como paradigma productivo, social y cultural. Esta homogeinización privilegia el consumo de bienes materiales uniformes a nivel global y está llevando adelante una profunda destrucción de la diversidad de culturas que la humanidad ha desarrollado por miles de años.

- La contaminación producida por los sistemas productivos agroindustriales e industriales, que no asumen ninguna responsabilidad sobre los impactos que provocan.

- La deslocalización de los sistemas productivos y de las comunidades como mecanismo para el control empresarial.

- La apropiación de conocimientos, territorios, culturas para su mercantilización y comercialización.

- El desplazamiento de millones de personas en todo el mundo hacia las grandes urbes para convertirlas en meras consumidoras pasivos y sin raíces.

- La acumulación por despojo para ocupar, por cualquier medio, los territorios de los pueblos y comunidades pesqueras y convertirlos en espacios de saqueo.

- La especulación financiera como mecanismo para colocar a todos los bienes en el mercado y maximizar ganancias corporativas.

- La utilización de las crisis climática, energética, de biodiversidad, alimenticia y ambiental, para la creación de nuevos negocios y nuevos mecanismos de despojo.

-Desvalorización e invisibilización de los modos de producción de los conocimientos a nivel de las comunidades.

Nosotros decimos ¡BASTA! y exigimos que se ponga fin a este proceso de exterminio de la naturaleza y de nuestros sistemas de vida. Exigimos incorporar a los diagnósticos técnicos, un análisis político que ponga nombre y apellido a los responsables de este crimen y que se establezcan los pasos a seguir para juzgar a los responsables, detener su accionar y restablecer sistemas productivos sustentables, que estén en manos de las comunidades.

 

Como mínimo un plan de acción para la Diversidad para el Sustento debería contener los siguientes aspectos:

- Desmantelar el poder corporativo que sustenta a los sistemas productivos industriales de producción de alimentos, que están destruyendo nuestros sistemas de vida, como única posibilidad de supervivencia de la humanidad.

- La eliminación completa de todos los mecanismos de derechos de propiedad intelectual y de las leyes de semillas “Monsanto” que se están impulsando en casi todos los países de la región para avanzar con el proceso de apropiación de la vida y de los conocimientos de los pueblos, liquidar la agricultura campesina, la pesca artesanal y expandir la agricultura, pesca y acuicultura industrial.

- La prohibición de todos los desarrollos tecnológicos, exploración sísmica y explotación hidrocarburífera y minera que conllevan a la desaparición de las especies más sensibles, amenazan a los sistemas naturales, agrícolas y hidrobiológicos y a la producción soberana de alimentos.

- La declaración de América Latina como un Territorio Libre de Transgénicos evitar el ingreso de especies exóticas a nuestros mares y aguas interiores, la restauración integral de los ecosistemas ya afectados por estas tecnologías, la identificación de los responsables de su adopción y la puesta en marcha de las medidas necesarias para concretar esta decisión.

-La prohibición y retiro del mercado de los agrotóxicos, comenzando por los plaguicidas extremadamente peligrosos, para caminar hacia una transición agroecológica.

- El desmantelamiento de todos los mecanismos de especulación financiera con los alimentos, en aplicación del Derecho Humano a la Alimentación como un Derecho Humano Básico, que no puede estar sujeto a mecanismos de mercado.

- El establecimiento de políticas públicas basadas en la Soberanía Alimentaria a partir de la participación de las comunidades locales y el respeto a la diversidad cultural, social y ecológica.

- La puesta en marcha de una profunda Reforma Agraria Integral y Popular que devuelva la tierra a quienes producen alimentos, así como el reconocimiento del derecho al acceso a los recursos, como un derecho humano fundamental.

- El reconocimiento del derecho de los pueblos de pescadores artesanales y recolectores a los territorios hidrobiológicos, su cultura y la diversidad como base para la continuidad de su sustento y comercialización.

-La implementación de políticas públicas de apoyo de la producción agroecológica incluyendo el establecimiento y fortalecimiento de mercados locales.

- La defensa de las Semillas como Patrimonio de los Pueblos al Servicio de la Humanidad y de toda la diversidad animal y acuática como base fundamental del sustento de nuestras futuras generaciones.

Al mismo tiempo nosotros, las organizaciones aquí presentes, nos comprometemos a seguir produciendo alimentos para la humanidad como los hemos venido haciendo desde los comienzos de la historia y como lo seguimos haciendo hoy, cuando con apenas un 24 % de las tierras, producimos el 70% de los alimentos que alimentan a toda la humanidad.

Más información sobre la IV Conferencia Especial para la Soberanía Alimentaria

Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Principal/Secciones/Documentos/Declaracion_sobre_la_Biodiversidad_para_el_Sustento_!Debemos_detener_ya_la_destruccion_

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Declaración de la reunión de Mujeres de América Latina y el Caribe

IV Conferencia Especial de la Alianza por la Soberanía Alimentaria de los Pueblos de América Latina y el Caribe.

"Ratificamos los aportes políticos de la soberanía alimentaria como un principio. Valoramos y reconocemos los esfuerzos anteriores realizados a esta Conferencia, en cuyo proceso y desde la realización de la Conferencia Mundial sobre la alimentación realizada en Mali bajo el nombre de mujer Nyeleni, donde nuestras propuestas inciden en el reconocimiento de derechos para construir y socializar con un enfoque de género."

En Santiago de Chile, el día 2 de mayo, reunidas las mujeres campesinas, rurales, pescadoras, pastoras, asalariadas agrícolas e indígenas en la Conferencia Especial de Soberanía Alimentaria de América Latina y el Caribe declaramos que:

Ratificamos los aportes políticos de la soberanía alimentaria como un principio. Valoramos y reconocemos los esfuerzos anteriores realizados a esta Conferencia, en cuyo proceso y desde la realización de la Conferencia Mundial sobre la alimentación realizada en Mali bajo el nombre de mujer Nyeleni, donde nuestras propuestas inciden en el reconocimiento de derechos para construir y socializar con un enfoque de género.

Como asimismo, consideramos un avance en este procesos de más de 20 años de construcción,de agendas para la defensa de la soberanía alimentaria de los pueblos, la constitución de esta Alianza y su documento fundacional, debe seguir avanzando para que este y otros documentos se transformen en políticas públicas.

Destacamos el trabajo de las mujeres del campo y la pesca artesanal de la acuicultura, maricultura en todos los ámbitos: productivo, reproductivo, del cuidado de las personas, los bienes comunes y la naturaleza, Las mujeres somos históricamente trasmisoras de la cultura, a través de los valores, las resistencias culturales, la defensa del idioma, lenguas, vestuario, costumbres ancestrales y comunitarias.

Ratificamos la importancia de la movilización social como herramienta de acción y posicionamiento político de incidencias y resistencias porque los pueblos tenemos el derecho a decidir libremente sobre los modos de vida producción comercialización e intercambio que queremos en oposición al modelo agroindustrial, extractivista y de concentración que afecta principalmente a las mujeres en sus condiciones de trabajo, de vida y su impacto en las labores productivas, reproductivas y en las condiciones para el cuidado de la vida y la naturaleza. El trabajo flexible y precario impacta con mayor intensidad a las mujeres.

Denunciamos que existiendo convenios internacionales que prohíben el trabajo de los niños, se sigue vulnerando este derecho de los niños y niñas en la agroindustria, privándolos de vivir una infancia plena y feliz con educación y salud garantizada por los Estados.

Exigimos a los gobiernos de América Latina y el Caribe y la FAO: que adopten el enfoque de bienes colectivos para referirse a nuestros territorios: tierra, agua ecosistemas y biodiversidad.

Los gobiernos deben asegurar a todos los pueblos el acceso a los bienes colectivos y garantizar su protección. Respetar las normas definidas por los instrumentos internacionales y convenios internacionales, como la CEDAW (Convención internacional contra todo tipo de discriminación contra las mujeres). En este sentido nos declaramos en campaña permanente en contra de la violencia hacia las mujeres en todas sus formas (sexual, psicológica, económica, intrafamiliar e institucional)

Exigimos a los Estados y a los organismos internacionales que garanticen el cumplimiento de los derechos legítimos de las mujeres.

Exigimos cumplimiento efectivo del Convenio de 169 de la OIT y La Declaración de las Naciones Unidas, sobre los derechos de los pueblos indígenas y el respeto a los derechos consuetudinarios. Hacer efectivo el mecanismo de la consulta previa libre e informada sobre todo lo que afecta a nuestros territorios. Fomentar la certeza jurídica para la tenencia de la tierra para las mujeres defender el derecho inalienable e inembargable.

Reconocer la cosmovisión de los pueblos indígenas, la solidaridad, reciprocidad y complementariedad.

Valorar, reconocer y respetar los saberes de las mujeres y hombres productores garantes de la soberanía alimentaria de los pueblos, a través de la Reforma Agraria integral.

Incorporar en las políticas públicas la economía solidaria que fomenta la asociatividad, fortaleciendo el abastecimiento, acopio y comercialización, bajo otras formas de intercambio propias de los territorios.

No permitir la privatización de los bienes comunes, ni el patentamiento de toda forma de vida. Nos oponemos a la ley de obtentores vegetales, la propiedad intelectual sobre las semillas, las hierbas medicinales y la intervención genética que rompe con el ciclo ecológico de la naturaleza.

Incluir mecanismos de reparación integral para las mujeres víctimas de violación de los derechos humanos y en America Latina y el Caribe..

Fortalecer el papel fiscalizador de los parlamentos para hacer avanzar las políticas de soberanía alimentaria.

Reconocer a la Alianza por la Soberanía Alimentaria como contraparte en la discusión y las decisiones ante los países y la FAO.

Las mujeres representantes instamos a nuestras organizaciones a comprometernos a:

Valorizar el papel de las mujeres en la preservación, conservación y desarrollo de nuestras culturas.

Fortalecer la formación política de las mujeres para la soberanía alimentaria y avanzar en la creación de un programa regional de la formación.

Socializar la información acerca del año de la Agricultura Familiar Campesina e Indígena, y su importancia para alimentar el mundo y cuidar el planeta..

Fortalecer y ampliar nuestras organizaciones articulándonos en acciones comunes.

Realizar el seguimiento y evaluación de los gobiernos de América Latina y el Caribe y de la FAO, para la implementación de los acuerdos y compromisos alcanzados. Estaremos atentas a los diversos procesos políticos y trabajaremos juntas para que los movimientos sociales en su conjunto realicemos ese seguimiento.

No permitiremos la manipulación e instrumentalización de la soberanía alimentaria.

Seguiremos construyendo alianzas con las mujeres urbanas, sus organizaciones y otros sectores para mantener relaciones equilibradas entre la producción y la comercialización de los alimentos.

“Resistencia y rebeldía, las semillas por la vida”

 

Más información sobre la IV Conferencia Especial para la Soberanía Alimentaria

 Fuente: http://www.biodiversidadla.org/Principal/Secciones/Documentos/Declaracion_de_la_reunion_de_Mujeres_de_America_Latina_y_El_Caribe_-_IV_Conferencia_Especial_para_la_Soberania_Alimentaria

 

En consecuencia, es crucial a 40 años el Nunca Más al poder real. Desafío que nos exige "la movilización social como herramienta de acción y posicionamiento político de incidencias y resistencias hacia poner en práctica que los pueblos tenemos el derecho a decidir libremente sobre los modos de vida producción comercialización e intercambio que queremos en oposición al modelo agroindustrial, extractivista y de concentración".

 

En atención a ese objetivo, la «reforma agraria integral» enfoca la tierra que hoy "ya no es de ninguna manera ni sólo la agricultura, ni sólo el territorio – es la reserva de la biodiversidad – que es un problema completamente diferente. Es la reserva agrícola, la reserva del agua, los acuíferos, y es también la tierra que hoy es la base de la gran orgía de los recursos naturales en la que nos encontramos. Todo el extractivismo vino también a territorializar las relaciones económicas y políticas y es esa la gran contradicción de la globalización, ya que si se pensaba que ésta iba a desterritorializar todo".

 

Democratizar el territorio, democratizar el espacio. Entrevista a Boaventura de Sousa Santos

 

Por Susana Caló

(...)Para los pueblos indígenas el territorio no es simplemente la tierra agrícola, sino la raíz misma de su identidad cultural. Son sus antepasados, su cultura, sus árboles sagrados, sus ríos sagrados, es, por lo tanto, toda una memoria histórica que fue destruida o casi destruida por el colonialismo y el capitalismo, y que ellos quieren recuperar.  Y recuperaron al punto de que en la Constitución de Bolivia de 2009 y en la de Ecuador de 2008 se asumió la idea de que los pueblos son plurinacionales, es decir, que los pueblos indígenas tienen derecho a una autonomía  territorial, también en términos geopolíticos. No son territorios independientes, pero tienen una autonomía que no es apenas la autonomía que posee la región de Madeira, por poner un ejemplo, es otro tipo de autonomía que no es meramente administrativa o política de carácter euro-céntrico, sino que se asienta en el reconocimiento de que hay otras cosmovisiones, otras culturas, otras formas de administrar el territorio, que deben ser reconocidas como tal. Por lo tanto, la lucha por la tierra y por el territorio, hoy, es una lucha contra la herencia colonialista y capitalista en este espacio.

 

Susana Caló – Las luchas en torno al derecho a la tierra y al territorio han sido uno de los principales tópicos de diversos movimientos sociales por el mundo entero, contra aquello que se designa de fascismo territorial – formas de dominación y explotación del territorio con carácter colonial – y defendiendo también concepciones ecológicas de la territorialidad, véase el caso del petróleo o de la extracción minera. ¿Le parece imposible la implementación con suceso de reformas agrarias, así como su mantenimiento, frente a presiones capitalistas?

 

Boaventura de Sousa Santos – Es una excelente pregunta porque la cuestión de la tierra y del territorio mudó y no apenas en la dimensión en la que hablamos, es decir, de una lucha por una distribución de la tierra como un recurso agrícola para una construcción política de un territorio con una identidad cultural propia. Pero la tierra, hoy, ya no es de ninguna manera ni sólo la agricultura, ni sólo el territorio – es la reserva de la biodiversidad – que es un problema completamente diferente. Es la reserva agrícola, la reserva del agua, los acuíferos, y es también la tierra que hoy es la base de la gran orgía de los recursos naturales en la que nos encontramos. Todo el extractivismo vino también a territorializar las relaciones económicas y políticas y es esa la gran contradicción de la globalización, ya que si se pensaba que ésta iba a desterritorializar todo: hoy viajamos, los productos son hechos en cualquier parte del mundo, el reloj es hecho es seis partes del mundo, ¿qué interés tiene el territorio? Parece que ninguno pero,  al mismo tiempo, una serie de factores nos obligan a pensar que al final la desterritorialización es apenas uno de los lados de nuestra condición. El otro lado es, en contraposición a ella, la reterritorialización… Hay cosas fundamentales que sólo pueden ser producidas en ciertos lugares: la grabadora que estamos usando, su ordenador que tiene metales especiales raros que sólo existen en ciertos lugares, etc. Tenemos nuevamente en América Latina y África una carrera por los recursos naturales que ejerce una enorme presión sobre la tierra y que crea un nuevo conflicto entre aquellos que quieren la tierra para extraer los minerales y los agricultores y campesinos que allí viven.

 

Yo acabo de regresar de Mozambique y vi exactamente eso, las grandes empresas como la Rio Tinto o la Vale do Rio Doce están desalojando a poblaciones enteras para expandir sus minas de carbón. Aquí, la tierra no es para la agricultura, aquí, la tierra es para la explotación minera. Y también tenemos hoy otro problema que es lo que las Naciones Unidad designan ya como “land grabbing” que es la acumulación de tierra, la compra y la ocupación masiva de la tierra por países extranjeros y no sólo por empresas. Este es el caso de Arabia Saudí, y de Kuwait que han comprado grandes extensiones de tierra en África como reserva alimentar y reserva de agua. Por este motivo, la tierra hoy está dentro de una geopolítica del territorio  mucho más compleja que aquella que habíamos construido anteriormente como el mundo rural.

 

Ahora, su referencia al fascismo territorial coloca otra cuestión que me ha tenido  muy ocupado. Yo realicé mi tesis doctoral en la Universidad de Yale, mi trabajo de campo fue vivir en una favela de Rio de Janeiro, precisamente para intentar analizar las relaciones sociales y el espacio social dentro de una favela donde vivían 60.000 personas. Fue ahí que desperté para la idea del fascismo territorial. Las propias ciudades son hoy atravesadas por una lógica de territorio que acaba por fracturarlas, creando dentro de las ciudades una línea abismal entre las zonas que yo llamo civilizadas, las urbanizaciones que son cada vez más contra el espacio público (urbanizaciones privadas), y las zonas salvajes donde viven las clases populares en los suburbios, en los guetos y en las favelas.  Estas zonas salvajes obviamente proliferan en el mundo, una vez que las ciudades no poseen la capacidad de acomodar de una manera urbanísticamente razonable, social y políticamente decente a las poblaciones que llegan a las ciudades huyendo de la violencia rural, de la desertificación, de la guerra, o de la ocupación salvaje de sus tierras.

 

Es por eso que existen todas esas formas de fascismo territorial, que constituyen una división dentro de los países que son homogéneos desde el punto de vista político, (en el que las leyes son las mismas) pero en el que, sin embargo, la policía es capaz de actuar de una forma totalmente diferente dependiendo del lado de la línea, según considere el territorio enemigo o no, civilizado o salvaje. Es decir, en la construcción de nuestros países, estamos asumiendo conceptos que eran conceptos de guerra contra los extranjeros. El territorio del enemigo interno puede ser una favela, un barrio de lata, pueden ser grupos terroristas o llamados terroristas. Los propios territorios internos de los países están hoy sujetos a formas de geopolítica interna que parecen una importación de relaciones internacionales para el propio territorio. Así, tenemos también territorios que dentro del propio país reproducen relaciones coloniales, que es un concepto que viene de los años 60, de la América Latina, de un gran sociólogo llamado Pablo González Casanova que habrá sido probablemente uno de los primeros en escribir sobre el colonialismo interno.

 

Cuando los países latinoamericanos se independizaron, el colonialismo no terminó porque la independencia no fue conquistada o entregada a las poblaciones originarias, pero si a los descendientes de los colonos que habían ido para allí. Y estos fueron en ocasiones más racistas que los propios colonos. En algunos países el genocidio de indígenas fue superior después de la independencia dando lugar a la creación de relaciones internas de colonialismo.

 

Susana Caló – Ha trabajado mucho sobre la importancia de hacer visibles y valorizar la diversidad de saberes e de experiencias del mundo en la perspectiva de las epistemologías del Sur. La creciente relevancia política de los movimientos indígenas de América del Sur ha abierto el camino al diálogo y a la coexistencia entre diferentes saberes y modos de vida. ¿Cómo ve estos avances?

 

Boaventura de Sousa Santos – Estos nuevos protagonismos políticos que han surgido en América Latina dejaron una cosa clara. Que para ciertos grupos sociales no hay dignidad sin territorio. Es la gran reivindicación de los pueblos indígenas que no imaginan el respeto de su cultura y de sus saberes sin el respeto por sus territorios, porque sus saberes están inscritos en sus territorios. Por lo tanto, no hay cualquier posibilidad de garantizar su dignidad sin garantizar la autonomía territorial. Este reconocimiento es un gran avance histórico. ¿Está en peligro ese avance? Si, ha sido siempre contestado y está en peligro en los países que precisamente progresaran en dirección a ese reconocimiento.

Son los casos de Bolivia y de Ecuador porque, si políticamente existe este reconocimiento debido al protagonismo de estos movimientos sociales y una consagración constitucional, por otro lado, esto ocurre en un auge de presión neo-liberal por los recursos naturales debido sobre todo al desarrollo de China. Y por lo tanto, China va a provocar lo que llamamos de reprimarización de la economía, es decir, una vuelta a aquella idea, que es la maldición de América Latina desde el colonialismo, de que América Latina exporta naturaleza, exporta commodities, exporta recursos naturales, exporta materias primas, y no bienes industriales.

Países enteros intentaron salir de esa maldición, como es el caso de Brasil. Y el propio Brasil, en este momento, está explotando más los bienes primarios que los bienes industriales. Esto por la presión del desarrollo chino y de otras presiones internacionales sobre los productos alimenticios y la especulación sobre los minerales y por consiguiente, la presión sobre la tierra y el territorio está haciendo con que todas las conquistas políticas estén siendo minadas por los propios gobiernos que las instituyeron. Porque las presiones del neo-liberalismo, de las agencias internacionales, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de la Organización Mundial del Comercio, les están diciendo que su ventaja comparada son los recursos minerales y que deben ser explotados ya.  Por este motivo, iniciativas extraordinarias que habían sido diseñadas para este continente están retrocediendo como, por ejemplo, una gran iniciativa de Ecuador que pretendía alterar por completo el modelo de desarrollo basado en el extractivismo, renunciando a la explotación petrolífera en un territorio que es un territorio indígena. Es el territorio de mayor diversidad del mundo y se llama Yasuní- ITT que es un parque nacional grande y en el que Ecuador se propone no extraer el petróleo para proteger la biodiversidad y a los pueblos indígenas, pero pidiendo a la comunidad internacional que indemnice a Ecuador por la mitad de las pérdidas que va a tener por renunciar a la explotación del petróleo.  Esto es algo totalmente nuevo, una innovación extraordinaria para el mundo, pero es evidente que el mundo desarrollado, que es el que podía financiar este proyecto, no sólo no tenía mucha voluntad política, como entró en una crisis financiera y, por consiguiente, comienza a ser evidente que este proyecto Yasuní- ITT no va a seguir adelante.

 

Aquí está una gran innovación basada en una nueva idea de territorio. Porque el problema es que para la lógica capitalista, ahora neo-liberal, pero capitalista desde siempre, el territorio sólo es válido en la medida en que es explotado. Un territorio dejado a su suerte, es decir, que  no es explotado, no tiene valor comercial y el capitalismo no entiende la lógica de los campesinos. Para la lógica campesina está muy claro: la tierra se cansa, por este motivo, la gente tiene varias parcelas de tierra y en un año se planta en una y en el otro en otra, para que la tierra descanse. Lo que el capitalismo no acepta es que la tierra descanse, como tampoco acepta que descanse el trabajador. ¿Cuál fue la innovación? Obviamente los fertilizantes, los insecticidas y los pesticidas que han conseguido que la tierra está siempre en constante producción. Esta es una gran alteración que se da a principios del siglo XX en la concepción que nosotros tenemos de la tierra, porque anteriormente había una concepción, si se quiere, más humana del territorio y de la tierra.

 

Susana Caló - ¿A qué nos referimos si hablamos de la importancia de defender y promover un diálogo horizontal de los saberes y de las prácticas en Europa en el contexto actual? ¿Cómo se traducen esas problemáticas para Europa? ¿Puede el problema ser colocado de la misma manera en Europa y en América del Sur?

 

Boaventura de Sousa Santos – Esas son las preguntas que pretendo responder en un gran proyecto europeo, financiado por el European Research Council, que estoy comenzando, el proyecto ALICE (http: // alice.ces.uc.pt/en /). Llegué a la conclusión en mi trabajo de que el Norte Global y Europa en especial, tienen muy poco que enseñar al mundo y que el colonialismo los incapacitó para aprender con la experiencia del mundo. El colonialismo creó una arrogancia tal en el continente europeo, que se desprecian todas las innovaciones que puedan venir del Sur Global, porque en el fondo siempre fueron considerados inferiores. La reacción a cualquier cosa que venga de Brasil es “ah, esto viene de Brasil, no se aplica a nosotros”, y si viene de la India, peor aún. Ahora bien, yo defiendo que puede existir un aprendizaje. No se trata de una lección del Sur, no es una inversión tipo “ahora el Sur enseña al Norte”, sino que se trata de intentar crear un clima intelectual en Europa – y ahí son fundamentales para mí las epistemologías del Sur y la ecología de los saberes, a la par de los conceptos paralelos que estoy usando, que son la sociología de las ausencias, de las emergencias, y de la traducción intercultural – un contexto epistemológico que, en el fondo, permita a Europa reconocer más experiencias del mundo y valorizar sus orígenes.  ¿Cómo se hace esto? Reconociéndolas en sus propios términos, según los criterios de validez cognitiva y normativa en que se desarrollaron y, por consiguiente, sin depender apenas del filtro del conocimiento y de la normativa eurocéntrica.

Cuando examino una economía indígena, yo la examino desde el punto de vista de aquello que ella consigue traer en términos de preservación de la biodiversidad y cultivo de la tierra. Siempre existirán extractivistas, en la selva, en el Amazonas. El gran activista brasileño, Chico Mendes, asesinado por latifundiarios, era un extractivista, siringuero, pero ecológicamente orientado. Es decir, fueron siempre los indígenas, los siringueros,  y las poblaciones en las riberas del Amazonas, las que utilizaron de una manera ecológicamente sustentable la floresta y los recursos naturales. Ahora bien, las epistemologías del Norte privilegian formas de conocimiento y de actuación orientadas para que apenas interese saber cuánto es lo que se produce por año y cuánto más se puede producir.

Por eso, una de las cinco ecologías tratadas en A Gramática do Tempo es la ecología de las productividades. Implica tener otro concepto de productividad de la tierra que no el meramente basado en el ciclo de producción que promueve el uso negligente de pesticidas. Existe aquí una gran transformación en donde la conquista de la diversidad y de la biodiversidad están en el punto de mira de un desarrollo neoliberal.

 

Recientemente tuve dos experiencias personales de gran impacto: la que ya mencioné, en Mozambique, donde fui informado de la expulsión de poblaciones campesinas de sus tierras para avanzar con el proceso de extracción mineral y, otra, cuando atravesé la Pampa argentina en mayo, totalmente conquistada por la cultura de la soja transgénica y los pesticidas. Pasamos por allí y no nos ocurrió nada, pero ya existe una consecuencia perversa y trágica: Río Cuarto, que es una ciudad de la Pampa, y Córdoba, que eran los grandes centros de la producción de miel, vieron como caían sus producciones. La miel acabó porque las abejas fueron todas envenenadas al alimentarse de polen transgénico. Por lo que, estas luchas, tienen una triple dimensión. Tienen una dimensión colonial que se mantiene – el colonialismo continua bajo otras formas-, existe una dimensión capitalista del uso de la tierra, y existe ahora la dimensión ecológica que son los límites ecológicos del capitalismo en el siglo XXI. La naturaleza está hablando, y nos dice que “así no puede continuar”, es el calentamiento global, es el deshielo. Las fuerzas que no quieren parar son las que dominan el mundo en este momento.  Por lo tanto, los movimientos tienen que continuar su lucha, pero esencialmente se trata del esfuerzo de convencer a las clases medias europeas de que lo que está en causa es un cambio de civilización que nos va a obligar a cambiar nuestros hábitos de consumo. Y esta ha sido nuestra dificultad.

 

Susana Caló – Ya oí decir que la teoría no debe ser una teoría de la vanguardia, sino de la retaguardia, en el sentido en que debe tratar de facilitar, acompañar y aprender con las transformaciones sociales. Eso parece esencial, pensar la teoría y el conocimiento como una práctica que abre espacios a la multiplicidad y a la diversidad, en la medida en que mantiene esa ligación a lo social. Pensando aún en esa traducción para Europa, ¿existe un lugar importante en las universidades, teniendo en cuenta que son un espacio tan privilegiados entre nosotros?

 

Boaventura de Sousa Santos – Sin lugar a dudas, la universidad es un espacio tan privilegiado como problemático.  Es un espacio que se asienta sobre la idea fundamental de privilegiar un cierto tipo de conocimiento, el conocimiento que triunfó a partir del siglo XVII, el conocimiento científico y la tradición filosófica eurocéntrica. Hasta que en el siglo XIX “descubrimos” que la filosofía occidental era toda griega, destruyendo así todas las ligaciones con África y el Medio Oriente. Llevamos a cabo una ruptura a partir de Grecia, eliminando o dejando en la sombra el desarrollo filosófico y toda la creación cultural de una región del mundo bastante más vasta.

 

La universidad fue la gran consagración del conocimiento vencedor y, por lo tanto, del conocimiento de los vencedores, aquellos que tienen más progresos en la ciencia y en la filosofía. Para no hablar ya de las ciencias y de las filosofías orientales, hay muchas otras formas de conocimiento en circulación en la sociedad, conocimientos legos, populares muchas veces vinculados a las luchas sociales. El conocimiento popular, rescatado por las ecologías de los saberes, es un conocimiento que muchas veces, está inserido en una práctica que nace de la lucha, es un conocimiento born in struggle, y sólo existe en los contextos prácticos en los que existe y no en las instituciones de producción de conocimiento. Por lo tanto, la universidad tiene esa especificidad de haber separado la práctica y el conocimiento y de haber transformado el conocimiento en una práctica en sí mismo. Aún así, lo separó de todas las prácticas y es por este motivo que la universidad nos permitió también –la otra cara de la moneda- crear ideas revolucionarias en un contexto reaccionario, porque aisló a los académicos del resto del mundo, en la tal torre de marfil. Ahora bien, mi objetivo ha sido el de intentar mostrar cuáles son las virtudes de la propia universidad para criticar la idea de que hay apenas un tipo de conocimiento. Hay diversos tipos de conocimiento y quizás deberíamos tener afiliados dentro de la universidad llegados de los ciudadanos, de los movimientos y organizaciones sociales, portadores de otras formas de conocimiento que deberían ser reconocidas. Hay experiencias, hoy, por todo el mundo, donde esto se está llevando a cabo. El caso de Brasil, por ejemplo, donde algunas Facultades de Medicina, sobre todo en las universidades del Amazonas, ya incluyen medicinas y métodos tradicionales, que complementan la biomedicina moderna. Por lo tanto, es esta ecología de saberes médicos, arquitectónicos, urbanísticos, o jurídicos, que estamos estudiando en el proyecto ALICE, y que desde mi punto de vista, puede traer alguna esperanza a las propias universidades, porque gran parte del conocimiento de hoy, se lleva a cabo en otras instancias que no las universidades convencionales. De ahí la propuesta que he venido a avanzar en el Fórum Social Mundial, de una universidad popular de los movimientos sociales, que vaticina justamente otra manera de unir a científicos y artistas con los movimientos sociales.

 

Susana Caló  – Se ha referido a este momento en que las personas salen a las calles y a las plazas como un periodo post-institucional, en el que las instituciones ya no consiguen acomodar los ecos de las nuevas generaciones, lo que de algún modo hace que nuevas y diversas formas de actuación estén posicionándose en el espacio urbano, abriendo nuevos espacios políticos. ¿Cree que estos movimientos que vienen de abajo abren la posibilidad de una nueva idea de espacio público? Y ¿cómo se pueden articular estos movimientos con las instituciones?

 

Boaventura de Sousa Santos  Creo que hay ahí dos cuestiones. Una de ellas es ver la contradicción que se fue generando, sobre todo, en las últimas décadas, en términos de las relaciones socio-espaciales, y lo que yo llamo de espacio autoritario y espacio democrático.

 

Las concepciones espaciales autoritarias se desarrollan en gran parte en el momento en que la polarización social y la desigualdad social comenzaron a poner en peligro la gobernabilidad. Los espacios autoritarios son los espacios dominantes que intentan defenderse de una reacción popular, las urbanizaciones privadas son exactamente un buen ejemplo, entre otros. Otros ejemplos en la organización espacial de la ciudad son el abandono de los espacios públicos, u organizarlos de manera a que se dificulte la aglomeración de las personas, o el distanciamiento de las universidades de los centros de las ciudades con la creación de los campus universitarios.

Esto en América Latina es absolutamente evidente, se crearon espacios para que el movimiento estudiantil no pudiera tener un carácter perturbador del poder político y confinaron a los estudiantes en espacios más o menos segregados.  Por lo tanto, la lógica de la gestión del espacio dominante fue la de crear un espacio que, siendo público, fuese autoritariamente construido, es decir, es un público restrictivo y selectivo. El propio espacio hace difícil cualquier articulación del movimiento social.

 

James Holston de la Universidad de Berkeley, que hace poco tiempo estuvo en el CES, escribió un libro fundamental sobre Brasilia en el que de algún modo, criticaba toda la lógica modernista de Brasilia, una ciudad a la que voy muchas veces, pero con la que no consigo identificarme, porque precisamente es una ciudad donde es muy difícil el espacio público y la movilización social contestataria organizada, a pesar de haber sido construida por arquitectos comunistas. Los espacios físicos entre las partes edificadas son tan vastos, que lejos de favorecer la creación de espacios públicos, crean desiertos de ciudadanía, zonas social y políticamente neutralizadoras.

 

Así que, el espacio autoritario estuvo siempre ahí, y después existe el espacio de los excluidos, digamos, que es la respuesta al autoritario y que son las favelas, los suburbios – no los suburbios americanos, sino los latinoamericanos – los guetos, que fueron una respuesta no a modo de confronto, sino de adaptación. Entretanto, empezaron a surgir las luchas por el espacio público. Estas luchas tendrán muchas dimensiones hasta llegar al momento actual, desembocando en los movimientos a los que asistimos hoy.  El espacio público fue utilizado para llevar a cabo reivindicaciones en las que lo público no era en sí mismo una reivindicación: era el nuevo código de trabajo, los derechos de las mujeres, y de ahí en adelante. El espacio público era usado para servir a las reivindicaciones…

 

Susana Caló – Como un palco.

 

Boaventura de Sousa Santos – Exactamente, como palco. Hoy ya no es así. El espacio público del movimiento de los indignados hoy es el espacio  en sí mismo, el propio espacio es el valor, es la cuestión de la arena política. La lucha política tiene lugar en ese espacio porque los indignados creen que los espacios institucionales fueron colonizados por el neoliberalismo, neutralizando el derecho a la manifestación política dentro de las instituciones. De ahí viene mi concepto de post-institucionalidad. El espacio público surge como una situación de transición espacial paradigmática, de un espacio que es palco o es vehículo, para un espacio que es entidad en sí mismo. Es presencia, por eso digo que a veces no debemos hablar de movimientos, sino de presencias colectivas en la ciudad y en los espacios públicos, se trata de un tipo distinto de reivindicación del espacio.

 

Ahora bien, su segunda pregunta se refiere a saber si este momento es el momento, en términos dialécticos, de un entendimiento diferente con las instituciones y con los espacios institucionales. En este caso, todo va a depender de la fuerza de nuestra democracia, porque si la democracia tuviera aún un mínimo de vitalidad, la democracia sería el gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo. Ahora bien, si el pueblo va para el espacio no institucional, está diciendo a las instituciones que no son democráticas y que no están cumpliendo su misión, porque si ellas no se desviasen de sus funciones no era necesario esto.

 

Anteriormente, existían los parlamentos, y la movilización popular en la calle servía para que actuasen los parlamentos. Pero estamos en una fase en la que actuamos en la calle para producir resultados políticos en la calle, porque sabemos que los parlamentos no responden, ellos están cooptados, están tomados por la troika y por otros valores e intereses que no son los intereses de la población. Pero, si la democracia tiene aún esa semilla de la vitalidad, creo que habrá reformas políticas que responderán a esta situación, a la que las instituciones con su configuración actual, no consiguen dar respuesta. Vamos a desarrollar formas de democracia participativa, vamos a permitir que la democracia no sea apenas elegir gente para el parlamento, y vamos a tener también ciudadanos organizados en los municipios, que participen en las decisiones. Esto también podría ser facilitado por las vías actuales, como las redes sociales y los medios electrónicos disponibles que permiten formas de democracia electrónica. Es toda una nueva realidad que está ahí, de un espacio público virtual, que es un espacio con un potencial enorme.

Pero esto va a depender de la capacidad que tenga la democracia de dar respuesta. El pueblo fue expulsado de las instituciones, por eso se manifiesta en las calles. No se trata de no querer las instituciones, no hay que olvidar que la lucha de los indignados es una lucha por una democracia real. Por lo tanto, no se trata de alguien que recusa la democracia, sino que es alguien que se siente expulsado de una democracia, que ya no sirve a sus intereses. Lo que se  reivindica es una entrada, sólo que esa entrada implica una reforma fundamental de las instituciones. Y esa es la transición en la que nos encontramos en este momento y que torna toda la lucha histórica muy incierta.

 

Susana Caló – En Portugal. Ensaio contra a Autoflagelação, escribe sobre la necesidad de democratizar la democracia. ¿Cree inminente la democratización del espacio como vehículo para la democratización de la democracia? Es muy revelador cómo en los movimientos de ocupación de espacios, o de reutilización para fines comunitarios, las personas hablan de un “hacer” de la comunidad y de una sensación renovada de lo colectivo.

 

Boaventura de Sousa Santos  Absolutamente, creo que es lo esencial. Hay que democratizar el espacio, porque éste ha sido privatizado de varias formas, no apenas por los proyectos inmobiliarios, sino también a través de una respuesta meramente represiva a la criminalidad. El espacio público tiene que ser reconstruido con un sentido de colectividad. Es el espacio de la convivencia, el espacio de la emoción, de la confianza, es el espacio del mirar, y es el espacio del abrazar. Son todos espacios que deben ser construidos y, por lo tanto, ese espacio es una gran conquista en este momento. Porque lo que hicimos con el modelo neo-liberal fue ir para el espacio privado y salir del espacio público, y hoy vemos que cuando abandonamos el espacio público las crisis financieras y las crisis ecológicas nos entran dentro de casa. Es decir, no ganamos mucho refugiándonos en el espacio privado, porque ahora estamos sin empleo, o entonces estamos comiendo productos envenenados. Y, por eso, tenemos que volver al espacio público. Pero es necesario reconquistarlo. Por lo tanto, democratizar la democracia para mí tiene un sentido muy amplio. Todas las relaciones sociales son espacio-sociales, pero lo son de diferentes formas. En A Crítica da Razão Indolente, distingo seis modos de producción del poder, del conocimiento y del derecho: son el espacio doméstico, el espacio de la producción, el espacio de la ciudadanía, el espacio de la comunidad, el espacio de consumo y el espacio mundial. Son todos estos geo-espacios los que deben ser democratizados. Ahora bien, lo que ocurre es que en el modelo occidental que tenemos, sólo el espacio de la ciudanía fue relativamente democratizado. Nuestra democracia trabaja apenas al nivel del espacio público de la ciudadanía, no está en la familia, no está en la fábrica, no está en el consumo, no está en la comunidad, ni en las relaciones mundiales. La democracia representativa que lo que tenemos, en el fondo, es una isla de democracia hoy muy fragilizada, en un archipiélago de despotismos, en la familia, en la fábrica, en la calle, en la comunidad y en el consumo. Por lo tanto, democratizar la democracia es democratizar esos espacios y todos ellos tienen, a mi modo de ver, una dimensión de espacio público. Es decir, la familia hoy  no puede ser entendida como un espacio privado, porque está regulada públicamente.

 

Nosotros creamos la idea de que la propiedad privada no se toca. Pero esto obliga también a repensar todos los otros conceptos de propiedad inmobiliaria e inclusive la propiedad de la tierra.  ¿Qué es importante tener como espacio público para una ciudad? ¿Cuáles son los criterios de valorización? ¿Por qué los planos maestros son continuamente violados? Y ¿por qué siempre que se necesita se van a buscar a ese potencial espacio público otras valoraciones, sobre todo ahora con la crisis financiera? La cuestión del espacio se mide exactamente con la cuestión del tiempo. El espacio público es el espacio de los largos tiempos, de la convivencia, de la confianza, que no se crea de un día para otro. Se crea de aquí a un año, dos años…porque muchas veces se crean espacios y después decimos que las personas no los usan. Claro que no, porque tiene que pasar algún tiempo para que las personas se habitúen y disfruten otras concepciones de espacio. Es un largo tiempo, y si antes nuestros políticos gobernaban cuatro años, ahora gobiernan dos, y con latroika gobiernan meses, lo que es un tiempo muy breve, y juega totalmente contra cualquier idea de espacio público.

 

Susana Caló - ¿Cómo ha acompañado eventos recientes en Portugal de retoma y ocupación de espacios abandonados para un potencial uso por parte de la población, por ejemplo, el caso del movimiento es.col.a en Oporto, y la creciente voluntad de auto-gestión colectiva de ciertos espacios de la ciudad?

 

Boaventura de Sousa Santos –Es un movimiento que tiene obvias razones sociológicas y políticas en el contexto en el que vivimos, y que ha ocurrido en otros contextos, solo que cada contexto determina cuál el perfil de un movimiento. Por ejemplo, después del 25 de Abril, en el periodo revolucionario, hubo muchos movimientos de ocupación, porque había una carencia de vivienda en el país – y estoy hablando sólo del movimiento urbano, porque también hubo ocupación de las tierras en el Alentejo y la creación de las cooperativas agrícolas-, pero en la ciudad existían muchos espacios vacios, había edificios construidos que nunca habían sido ocupados, y había mucha gente sin una vivienda digna. Por otro lado, hubo una gran presión habitacional con las transformaciones políticas, con la llegada de los retornados, 500 mil personas en el plazo de un año, entraron en un país de 10 millones de habitantes, obviamente un fenómeno de población significativo. Y de ahí se deriva toda una transformación política que tiene lugar en el país y que permite energías de ocupación, o sea, de violación de las normas jurídicas, porque lo que la ocupación tiene de característico es violar una regla fundamental: el respeto por la propiedad privada. La propiedad privada es el áncora de todo el derecho moderno y de toda la democracia burguesa. En el periodo revolucionario de 1974-1975 – o de crisis revolucionaria, nunca le llamé propiamente una revolución, sino una crisis revolucionaria, de igualdad del poder, en la que ni hubo poder popular, ni poder burgués –creamos una brecha que permitió, de una forma masiva y organizada, ocupaciones. Este es, por lo tanto, un contexto.

 

Otro contexto de los últimos 40 años es un contexto que no es de modo alguno revolucionario, sino quizás contra-revolucionario. Es el contexto que ocurre dentro de la democracia que entre tanto fue institucionalizada por el 25 de Abril, en el que se dieron enormes expectativas de bienestar a la población portuguesa; se reclamaron y reconocieron derechos políticos y sociales y,  muy repentinamente, y por razones que la población no entiende, tales expectativas están siendo frustradas y los derechos confiscados. Ahora bien, en un contexto contra-revolucionario, se frustran las expectativas, las instituciones democráticas no responden, los ayuntamientos no tienen dinero, los gobiernos están cerrando colegios, etc., y, por lo tanto, ese movimiento de ocupación es más una dimensión de aquello a que llamo movimiento post-institucional, que en este caso es la violación o de la propiedad privada o de la propiedad pública. La propiedad privada es del dueño, la propiedad pública está sujeta a las reglas del Estado, por lo que, quien no cumple las reglas no puede ocupar, son esas las dos dimensiones de la propiedad. Porque la propiedad pública entre nosotros es la propiedad estatal, sobre todo en términos de espacios edificados, no hay un espacio público edificado no-estatal. Podía ser un espacio comunitario, pero no lo es –la escuela lo es, por ejemplo, del Ministerio de Educación. Y, por lo tanto, estamos asistiendo a un momento post-institucional que se traduce también en esa ocupación de espacios, y la lógica es la misma: es una respuesta política a una situación de frustración de expectativas que fueron construidas en los últimos 40 años. Y obviamente no acreditando en las instituciones, ni en los derechos que las sustentan, se viola el derecho de la propiedad privada y se viola el derecho de la propiedad pública. No son movimientos de la misma dimensión, son movimientos más pequeños, son organizaciones más pequeñas, son en ocasiones lo que la gente hoy denomina de movimientos espontáneos – claro que no hay movimientos propiamente espontáneos, tiene que haber una agregación, ni que sea a través de las redes sociales – pero es evidente que hay aquí otro tipo de movilización cuya connotación política es muy difícil de identificar, o que hasta son totalmente hostiles a la política, lo que no ocurría en 1974 y 1975.(...)

 

(Esta entrevista, traducida por Pilar Pereila Martos, tuvo lugar el 27 de julio de 2012 en el Centro de Estudios Sociales, en Coimbra, Portugal).

Publicado 27th November 2013 por Lobo suelto

http://anarquiacoronada.blogspot.com.ar/2013/11/democratizar-el-territorio-democratizar.html

 

 

 

La unión programática para el Nunca Más al poder real o concentrado implica "la tarea  de organizar la sociedad y la economía asegurando  la integridad de los procesos de la naturaleza,  garantizando los diversos flujos de energía y de otros  materiales en la biosfera, sin dejar de preservar la biodiversidad del planeta. Por lo tanto, no se trata de continuar por la senda  del tradicional progreso en su deriva productivista y del desarrollo como dirección única, sobre todo en su visión mecanicista de crecimiento económico, en sus  múltiples sinónimos.  Es necesario plantear caminos diferentes, mucho más ricos en contenidos y, por cierto,  más complejos y concretos".  

 

 

 

Otra economía  para otra civilización

Julio-septiembre de 2013 

 

 

Por Alberto Acosta*

 

Cualquier cosa que sea contraria a la Naturaleza

 lo es también a la razón, y cualquier cosa que sea

 contraria a la razón es absurda. Baruch de Spinoza (1632-1677)

Dejemos sentado desde el inicio que no hay  alternativa alguna dentro del capitalismo.  Son inviables opciones dignas en una  civilización en esencia depredadora y  explotadora que «vive de sofocar a la vida y al mundo  de la vida».  La Humanidad, entonces, tiene que superar  tal civilización, que además está en crisis. Y no se  puede esperar que ésta abra la puerta a los cambios;  ellos deben ser construidos e impulsados como parte  de una acción política preconcebida que se aproveche  de la crisis del capitalismo. En ese sentido, es muy importante estar atentos  a aquellos elementos que configuran la esencia  civilizatoria de ese sistema, para no insistir en ellos  y dar paso, dentro de él, a la construcción de una  alternativa. La salida del capitalismo se cristalizará  incluso arrastrando, inicialmente, algunas de sus  taras propias. Pero eso no es suficiente. Hay que transitar del  actual antropocentrismo al sociobiocentrismo. Lo  anterior exige un proceso de mutación sostenido  y plural, como requisito fundamental para llevar a  cabo una gran transformación civilizatoria. La tarea  es organizar la sociedad y la economía asegurando  la integridad de los procesos de la naturaleza, garantizando los diversos flujos de energía y de otros  materiales en la biosfera, sin dejar de preservar la biodiversidad del planeta. Por lo tanto, no se trata de continuar por la senda  del tradicional progreso en su deriva productivista y del desarrollo como dirección única, sobre todo en su  visión mecanicista de crecimiento económico, en sus  múltiples sinónimos.  Es necesario plantear caminos diferentes, mucho más ricos en contenidos y, por cierto,  más complejos y concretos.

 

Elementos de una economía solidaria  y sustentable 
Cuando se acepta que una economía debe sustentarse  en la solidaridad y en la sustentabilidad, se busca la  construcción de otro tipo de relaciones de producción,  intercambio, cooperación y también de acumulación  del capital y de distribución del ingreso y la riqueza. En el ámbito económico se requiere incorporar  criterios de suficiencia antes que sostener la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación  material cada vez más acelerada. De ello se desprende  una indispensable crítica al fetiche del crecimiento  económico, que es apenas un medio, no un fin. Esto  plantea también, como meta utópica, la construcción  de relaciones armoniosas de la colectividad, y del  individuo con la naturaleza.  El objetivo final es establecer un sistema económico  sobre bases comunitarias y orientadas hacia la  reciprocidad, que debe ser sustentable; es decir, debe  asegurar procesos que respeten los ciclos ecológicos  y que puedan mantenerse en el tiempo, sin ayuda  externa y sin que se produzca una escasez crítica de  los recursos.  Para lograr este objetivo múltiple será preciso  dejar atrás paulatinamente las lógicas de devastación  social y ambiental dominantes. El mayor desafío de las  transiciones  se encuentra en superar aquellos patrones  culturales asumidos por la mayoría de la población que  apuntan hacia una permanente y mayor acumulación  de bienes materiales; una situación que no asegura

necesariamente un creciente bienestar de todos los  individuos y las colectividades.  No sólo hay que consumir mejor y en algunos casos  menos, sino que se debe obtener mejores resultados con  menos, en términos de mejorar la calidad de vida. Es  imprescindible construir otra lógica económica, que  no radique en la ampliación constante del consumo en  función de la acumulación de capital. En consecuencia,  esta nueva propuesta tiene que consolidarse superando  el consumismo, e inclusive el productivismo, sobre  bases de creciente autodependencia comunitaria  en todos los ámbitos. No se trata de minimizar la  importancia que tiene el Estado, pero sí de ubicarlo  en su verdadera dimensión, es decir, asumir sus  limitaciones y repensarlo desde lo comunitario.   Subordinar el Estado al mercado implica supeditar la  sociedad a las relaciones mercantiles y al individualismo  ególatra. Si bien el mercado total no es la solución,  tampoco lo es el Estado por sí solo. Debe tenerse  presente, como un aspecto medular, que no todos los  actores de la economía actúan movidos por el lucro. Y  que tampoco la burocracia estatal puede suplantar las  expresiones de las comunidades, en la medida en que  ella no garantiza la participación popular en la toma  de decisiones, ni el control democrático.  

 

Eso lleva a comprender que en una economía  solidaria, como parte de una sociedad plenamente  democrática, no puede haber formas de propiedad  capitalista monopólica u oligopólica, y tampoco puede  la empresa pública o estatal totalizar la economía,  al ser considerada la forma de propiedad principal  y dominante. Existen modos distintos de propiedad  y organización: cooperativas de ahorro y crédito, de  producción, de consumo, de vivienda y de servicios,  así como mutuales de diverso tipo, asociaciones de  productores y comercializadores, organizaciones  comunitarias, unidades económicas populares y  empresas autogestionarias. En este universo habrá que  incorporar una gran multiplicidad de organizaciones  de la sociedad civil, que pueden acompañar una  transformación que no se improvisa, e incluso ser su  base. Tal economía parte de una marcada heterogeneidad  de formas de propiedad y de producción. Desde  donde se deberán ir construyendo otras relaciones de  producción y de control de la economía. El Estado y  el mercado tendrán un importante papel; este último  podría ser repensado desde la visión de una economía  socialista de mercado. El objetivo, ya desde la fase de transición, será  impulsar la satisfacción de las necesidades actuales  sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras. No se trata solamente de defender la fuerza de  trabajo y de oponerse a su explotación.

 

Está en juego la  defensa de la vida misma.

Así, los objetivos económicos subordinados a las leyes de funcionamiento de los  sistemas naturales, deben conciliarse con el respeto a la  dignidad humana y la mejoría de la calidad de vida de  las personas, las familias y las comunidades. No puede  sacrificarse la naturaleza y su diversidad; el ser humano  forma parte de ella y no tiene derecho a dominarla,  mercantilizarla, privatizarla, destruirla.  

 

El autocentramiento en la base  de las transiciones 

Las transiciones, entendidas como rutas hacia  una nueva civilización, deben ser pensadas sobre  todo desde las nociones de autocentramiento. En esta  aproximación las dimensiones locales quedan muy bien  situadas, lo que supone una estrategia de organización  de la política y de la economía construida desde abajo y  desde dentro, desde lo comunitario y solidario; donde,  por ejemplo, cobran fuerza las propuestas productivas  resultantes de los barrios y las comunidades. Adoptar esas nociones implica tomar decisiones  políticas colectivas, para lo cual debe seguirse un  camino gradual que vaya desde lo regional a lo nacional, y luego al mercado mundial. Este empeño  será mucho más fácil si se cuenta con el respaldo del  gobierno central y si hay una estrategia de integración  regional autónoma, es decir, que no esté normada por  las demandas del capital transnacional.8   

El fundamento básico de la vía autocentrada es el  desarrollo de las fuerzas productivas endógenas, que  incluye capacidades humanas y recursos productivos  locales y el correspondiente control de la acumulación  y centramiento de los patrones de consumo. Todo esto  debe venir acompañado por un proceso político de  participación plena, de manera tal que (sobre todo en  los países donde el gobierno no está sintonizado con  esta visión) se construyan «contrapoderes» (económico  y político) que puedan impulsar paulatinamente las  transformaciones a nivel nacional.  Esto implica ir gestando, desde las localidades,  espacios de poder real en lo político, lo económico y lo  cultural. A partir de ellos se podrán forjar los embriones  de una nueva institucionalidad estatal, así como diseñar  y construir una renovada lógica de mercado, en el  marco de una nueva convivencia social. Estos núcleos  de acción servirán de base para la estrategia colectiva  que dé lugar a un proyecto de vida en común, el cual no  podrá ser una visión abstracta que descuide los sujetos  y las relaciones presentes al reconocerlos tal como son  y no como se quiere que sean. Una propuesta de transición desde el autocentramiento  —en lo económico— prioriza el mercado interno.  Esto no significa volver al modelo de «sustitución de  importaciones» que procuró beneficiar, y de hecho  favoreció, a los capitalistas locales, con la expectativa de fomentar o fortalecer una inexistente «burguesía  nacional».

 

En este nuevo contexto, mercado interno  quiere decir mercados heterogéneos y diversos, así  como de masas. En el último predominará el «vivir con  lo nuestro y para los nuestros», al vincular el campo  con la ciudad, lo rural y lo urbano, para desde allí  evaluar las posibilidades de reinsertarse en la economía  mundial.  No es posible desarrollar proyectos económicos  sin involucrar activamente a la población en su  diseño y gestión. Es necesario fomentar a la vez  la creación y el fortalecimiento de unidades de  producción autogestionarias, asociativas, cooperativas  o comunitarias (desde las familias, pasando por  las «microempresas» a nivel local, hasta llegar a los  proyectos regionales). Tal propuesta exige de modo  imperioso el fortalecimiento de dichos espacios  comunitarios. Así, por ejemplo, los productores  agrícolas deberían formar asociaciones que les  permitan manejar temas claves de manera conjunta,  como el acceso a mercados, créditos, tecnologías,  capacitación, etcétera. Hay que crear, por igual, las condiciones para  propiciar la producción de (nuevos) bienes y servicios,  sobre la base de tecnologías adaptadas y autóctonas.  Esta política debe favorecer a empresas colectivas,  familiares o incluso individuales, pero sin dar paso al  surgimiento y consolidación de estructuras oligopólicas  y menos aún monopólicas. Tales bienes y servicios  deben estar acordes con las necesidades axiológicas  y existenciales9  de los propios actores del cambio, a  fin de estimular el aprendizaje directo, la difusión y  el uso pleno de las habilidades, la motivación para  la comprensión de los fenómenos y para la creación  autónoma. En lo social la transición propone la revalorización  de las identidades culturales y el criterio autónomo de  las poblaciones locales, la interacción e integración entre  movimientos populares y la incorporación económica  y social de los ciudadanos en general. Estos deben  dejar su papel pasivo en el uso de bienes y servicios  colectivos y convertirse en propulsores autónomos  de los servicios de salud, educación, transporte, entre  otros, impulsados coordinada y consensuadamente  desde la escala local-regional. Por último, en lo político, tales procesos  contribuirían a la conformación y fortalecimiento de  instituciones representativas y al desarrollo de una  cultura democrática y de participación, para lo cual  habrá que fortalecer los de tipo asambleario, propios  de los espacios comunitarios. 

 

Estos procesos demandan el cambio de los patrones  tecnológicos para recuperar e incentivar alternativas  locales, sin negar los valiosos aportes que pueden  provenir del exterior, sobre todo de las llamadas tecnologías intermedias y «limpias». Hay que entender  que gran parte de las capacidades y conocimientos  locales están en manos de comunidades y pueblos  que por decisión, tradición o marginación, se han  mantenido fuera del patrón occidental. En dichos  segmentos del aparato productivo se utilizan e inventan  opciones para facilitar el trabajo y el consumo de  productos locales, artesanales y orgánicos.  Numerosas prácticas tradicionales tienen tal  grado de solidez que el paso del tiempo parecería  solo afectarlas en lo accesorio y no en lo profundo.  Además, si se observa con detenimiento hay respuestas  productivas, como las de la agricultura orgánica, con  mejores rendimientos económicos en términos amplios  que las promocionadas actividades convencionales.

 

La  construcción de un nuevo patrón tecnológico implica  rescatar, desarrollar, o adaptar viejas y novedosas  

tecnologías, que, para ser liberadoras, no deberán  generar nuevos modelos de dependencia (a través de  los transgénicos, por ejemplo), tendrían que ser de  libre circulación y de bajo consumo energético, así  como emitir CO2  en reducidas cantidades, muy poco  contaminantes, al tiempo que aseguran la creación de  abundantes puestos de trabajo de calidad. Ahora bien, hay que tener presente que un proyecto  de organización social y productiva, sustentado en la  dignidad y la armonía, como propuesta emancipadora,  requiere una revisión del estilo de vida vigente, sobre  todo a nivel de las élites, que sirve de marco orientador  (inalcanzable) para la mayoría de la población en  el planeta. Igualmente habrá que procesar, sobre  cimientos de equidades reales, la reducción del tiempo  de trabajo y su redistribución, así como la redefinición  colectiva de las necesidades axiológicas y existenciales  del ser humano en función de satisfactores singulares  y sinérgicos, ajustados a las disponibilidades de la  economía y la naturaleza.

 

Las limitaciones del extractivismo  desbocado 

Esta transición económica debería hacerse extensiva  a aquellas formas de producción, como la extractivista,  que sostienen las bases materiales del capitalismo  y que ponen en riesgo la vida misma. Los países  productores y exportadores de materias primas, es  decir, de naturaleza, son funcionales al sistema de  acumulación capitalista global y son también, indirecta  o directamente, causantes de los problemas ambientales  mundiales.  Aunque pueda resultar contradictorio, la actual  crisis múltiple y mutante del capitalismo y el manejo  que se le ha dado, fundamentado en multimillonarias  inyecciones de recursos financieros para salvar la  banca, mantienen elevados —vía especulación— los  precios de muchas materias primas, como el petróleo y  los minerales, e incluso de muchos alimentos; situación  que ya estuvo presente en los años anteriores a la crisis  como parte de la lógica especulativa del capital ficticio. Así estos recursos ya no solo están destinados a atender  la demanda energética o productiva o alimenticia,  sino que se han transformado en activos financieros  en medio de una economía mundial dominada por  fuerzas y tendencias especulativas. Por lo tanto, caminar hacia el socialismo, como reza  el discurso oficial de algunos gobiernos «progresistas», alimentando las necesidades —incluyendo las  demandas especulativas— del capitalismo global,  a través de la expansión del extractivismo, es una  incoherencia.

El extractivismo no es compatible con  una economía solidaria y sustentable porque depreda  la naturaleza y devasta comunidades, al mantener  estructuras laborales explotadoras de la mano de obra,  que no aseguran un empleo adecuado.  En países en los que aquel prima, la dinámica  económica se caracteriza por prácticas «rentistas».  Su estructura y vivencia social está dominada por las  lógicas clientelares. Mientras que la voracidad y el  autoritarismo caracterizan la vida política. Esto explica  la contradicción de países ricos en materias primas  donde, en la práctica, la masa de la población está  empobrecida. Parece que somos pobres porque somos  ricos en recursos naturales. 

El ser humano en el centro de la otra  economía 

 

Aquí él debe ser el centro de la atención y su factor fundamental, siempre como parte de la naturaleza. Si este es el eje de dicha economía, el trabajo es su sostén. Lo anterior plantea el reconocimiento en igualdad de condiciones de todas las formas de trabajo, productivo y reproductivo. La economía solidaria es entendida también como «la economía del trabajo».14 Así éste es un derecho y un deber social. Por lo tanto, ninguna forma de desempleo o subempleo puede ser tolerada. No sólo se trata de producir más, sino de hacerlo para vivir bien, que el trabajo contribuya a la dignificación de la persona. Habrá que asumirlo como espacio de libertad y de goce. Y en este contexto habrá incluso que pensar en distribuirlo de otra manera, pues cada vez es más escaso, proceso que vendrá atado con una nueva forma de organizar la economía y la sociedad. A su vez, tendrían que fortalecerse los esquemas de auto y cogestión en todo tipo de empresas, para que los trabajadores y las trabajadoras decidan en la conducción de sus unidades productivas.

El objetivo final es establecer un sistema económico sobre bases comunitarias y orientadas hacia la reciprocidad, que debe ser sustentable; es decir, debe asegurar procesos que respeten los ciclos ecológicos y que puedan mantenerse en el tiempo, sin ayuda externa y sin que se produzca una escasez crítica de los recursos.

Al rescate de algunas lógicas económicas 

Para empezar una acción transformadora hay que  reconocer que -en el capitalismo- lo popular y solidario  convive y compite con la economía capitalista y con  la pública.  El sector de la economía social y solidaria está  compuesto por el conjunto de formas de organización  económica-social en las que sus integrantes, colectiva o  individualmente, desarrollan procesos de producción,  intercambio, comercialización, financiamiento y consumo de bienes y servicios. Tales formas  de organización solidaria incluyen en el sector  productivo y comercial cooperativas, asociaciones y  organizaciones comunitarias, así como diversos tipos  de unidades económicas populares. A estas se suman  las organizaciones del sector financiero popular y  solidario, que tienen en las cooperativas de ahorro  y crédito, en las cajas solidarias y de ahorro y en los  bancos comunales sus pilares. Inclusive habría que  rescatar valiosas experiencias con dinero alternativo,  controlado por las comunidades, que han servido no  sólo para resolver problemas en épocas de crisis agudas,  sino que han sido de enorme utilidad para descubrir y  potenciar las capacidades locales existentes.  

Organizaciones como estas casi siempre sustentan  sus actividades en relaciones de solidaridad, cooperación  y reciprocidad y ubican al ser humano como sujeto y  fin de toda actividad económica, por encima del lucro,  la competencia y la acumulación de capital. Desde  esa lógica es necesario romper con las expresiones de  paternalismo, asistencialismo o clientelismo, por un  lado; y por otro, con toda forma de concentración y  acaparamiento; prácticas que han dominado la historia  de la región.  El Estado tiene mucho que hacer en este campo.  Por ejemplo, invertir en infraestructura y generar las  condiciones que dinamicen a los pequeños y medianos  productores, los cuales, con una pequeña inversión,  sacan mucho más rédito a la unidad monetaria  invertida que a la que invierten los grandes grupos de  capital. Su problema es que no poseen capacidad de  acumular. Ganan muy poco y viven en condiciones de  inmediatez económica, subordinados muchas veces al  gran capital. Tampoco tienen, mayoritariamente, una  adecuada preparación profesional y técnica, dado que  el Estado no se ha preocupado en ofrecer capacitación  para la apropiada gestión de este sector productivo.  Igualmente, hay que favorecer la cooperación  entre estas empresas de propiedad social, en lo que  se denominan «distritos industriales populares».

Al  respecto, existen numerosas experiencias. Lo que  toca es profundizar y ampliar este tipo de prácticas,  para que sean más las empresas que compartan costos  fijos (maquinaria, edificios, tecnologías, entre otros)  y aprovechen así economías de escala, lo que les  aseguraría una mayor productividad. Por ello se vuelve impostergable una reconversión de la matriz productiva. Esta decisión exige el ejercicio  soberano sobre la economía, la desprimarización de su  estructura, fomentar —e invertir en ella— la innovación  científico-tecnológica estrechamente vinculada con el  nuevo aparato productivo (y no en guetos de sabios);  también demanda la inclusión social, la capacitación  laboral y la generación de empleo abundante y bien  remunerado. Este último punto es crucial para evitar  el subempleo, la desigual distribución del ingreso, el  desangre demográfico que representa la migración,  entre otras patologías inherentes al actual modelo  primario-exportador de acumulación. Las estrategias de transición tendrán que ser  necesariamente plurales. Teniendo como horizonte la  vocación utópica de futuro hay que desplegar acciones  concretas para resolver problemas concretos. Y en ese  empeño, rescatar y potenciar las prácticas y los saberes  ancestrales, así como todas aquellas visiones y vivencias  sintonizadas con la praxis de la vida armónica y en  plenitud, que apunten en dicha dirección. Otro aspecto fundamental es reconocer que esta  nueva economía no puede circunscribirse al mundo  rural o a los sectores populares urbanos marginados.  Uno de los mayores desafíos radica en repensar las  ciudades, rediseñarlas y reorganizarlas, al tiempo que  se construyen otras relaciones con el mundo rural,  pensar formas diferentes de organizar la vida para y  desde las ciudades.  condiciones de todas las formas de trabajo, productivo  y reproductivo.

La economía solidaria es entendida  también como «la economía del trabajo».14 Así este es  un derecho y un deber social. Por lo tanto, ninguna  forma de desempleo o subempleo puede ser tolerada.  No solo se trata de producir más, sino de hacerlo para  vivir bien, que el trabajo contribuya a la dignificación  de la persona. Habrá que asumirlo como espacio de  libertad y de goce. Y en este contexto habrá incluso que  pensar en distribuirlo de otra manera, pues cada vez es  más escaso, proceso que vendrá atado con una nueva  forma de organizar la economía y la sociedad. A su vez, tendrían que fortalecerse los esquemas  de auto y cogestión en todo tipo de empresas, para  que los trabajadores y las trabajadoras decidan en la  conducción de sus unidades productivas. 

 

Construcción paciente vs. improvisación irresponsable 

La civilización capitalista ha favorecido el  individualismo, el consumismo y la acumulación  agresiva de bienes materiales, lo que ha exacerbado  la competitividad entre iguales. Científicamente se  ha demostrado la tendencia natural dominante de  los humanos a la cooperación y la asistencia mutua.  Es necesario recuperar y fortalecer esos valores y  aquellas instituciones sustentadas en la reciprocidad  y la solidaridad.  Hay que valorizar los postulados feministas de una  economía orientada al cuidado de la vida, basada en las  virtudes antes mencionadas. La soberanía debe aflorar  con fuerza en varios ámbitos, como el monetario, el  financiero, el energético o el alimentario. Por ejemplo,  en este último, será un pilar fundamental de otra  economía, que se sustentará en el derecho que tienen  los agricultores a controlar la tierra y los consumidores  su alimentación. Esta debe entenderse como un derecho  humano. Y ello empieza por erradicar el hambre a  través de una verdadera revolución agraria.  Es imprescindible el acceso democrático a la tierra,  que constituye un bien público. Dicha estrategia  demanda respuestas participativas, descentralización  efectiva, reconocimiento de tecnologías propias y  ancestrales. Los campesinos y sus familias serán los  protagonistas de este proceso, sobre todo a través  de asociaciones de productores, comercializadores y  procesadores de alimentos.  El Estado —tanto el gobierno central como los  descentralizados— debe establecer las políticas  adecuadas para fomentar el cultivo ético de la tierra,  desprivatizar el agua y asegurar la gestión social del  riego, implementar adecuados mecanismos de crédito,  impulsar tecnologías apropiadas para el entorno,  fomentar los sistemas de transporte y los mercados  justos, promover la reforestación y cuidar las cuencas  hidrográficas, apoyar los procesos de capacitación de  los campesinos, alentar el establecimiento de industrias  locales para procesar los productos agrícolas.  

Lo anterior requiere una política de aprovechamiento  de los recursos naturales orientada a «transformar antes  que transportar», tanto para artículos tradicionales  de exportación como para la producción de consumo  interno. Es fundamental proteger el patrimonio genético e  impedir el ingreso de semillas y cultivos transgénicos.  Ello evitará la pérdida de diversidad genética en  la agricultura, la contaminación de variedades  tradicionales y la aparición de superplagas y malezas.  Y por supuesto resulta intolerable la producción de bio  o agrocombustibles. Las finanzas deben apoyar el aparato productivo  y dejar de ser simples instrumentos de acumulación  y concentración de la riqueza, realidad que alienta  la especulación financiera. De ahí que sea preciso  construir una nueva arquitectura en este campo, en la  que los servicios financieros sean de orden público. En  ella, las finanzas populares, por ejemplo las cooperativas  de ahorro y crédito, deberán asumir un papel cada vez  más preponderante como promotoras del desarrollo,  en paralelo con una banca pública de fomento, que  aglutine el ahorro interno e impulse las economías  productivas de características más solidarias. Las  instituciones financieras privadas deberán dejar su  espacio de predominio a favor de ese otro tipo de  estructura. Esta nueva economía consolida el principio del  monopolio público sobre los recursos estratégicos,  pero, a la vez, establece una dinámica de uso y  aprovechamiento de ellos desde una óptica sustentable.  Asimismo, son necesarios mecanismos de regulación  y control en la prestación de los servicios públicos.  La propiedad privada, comunitaria, pública o estatal  deberá cumplir su función social y ambiental. 

 

Los planteamientos expuestos marcan un derrotero  para una nueva forma de organización y de economía.  Quizás convenga rescatar el postulado de Carlos Marx  en su Crítica al Programa de Gotha, en 1875: «de cada  cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus  necesidades». Y todo esto aceptando que los seres  humanos formamos parte de la naturaleza. Estas palabras pueden parecer una utopía. De eso se  trata; hay que escribir todos los borradores posibles de  una utopía por construir, una que implique la crítica de  la realidad desde los principios plasmados en la filosofía  de la vida plena. Una utopía que, al ser un proyecto  de vida solidario y sustentable, constituya una opción  alternativa colectivamente imaginada, políticamente  conquistada y construida, para ser ejecutada por  acciones democráticas. 

Notas (…) 

*Economista. Profesor e investigador. FLACSO-Ecuador.  

 Fuente: http://www.rebelion.org/docs/177518.pdf