Qué Economía

Agosto 2017

Con el sistema de deuda eterna y la sociedad de consumo ocultando el crecimiento de la pobreza estructural.

 


 

SITUACIÓN / CRISIS CIVILIZATORIA / ALTERNATIVAS

 

 

 Situación

 

La miseria planificada ( que anticipara Rodolfo Walsh) se efectiviza -durante toda la democracia tutelada- en forma importante mediante el regresivo régimen tributario y el privilegio estatal al pago de la estafa. Reflexionemos:  

 

Argentina

Una deuda con los derechos de los pueblos

21 de julio de 2017

 

Conferencia FES, 3 de mayo 2017.

Por Beverly Keene

Algunos aspectos de la actualidad argentina están sujetos a diversas interpretaciones y merecen debates profundos, pero en materia de deuda pública no parecen caber dudas que vamos de mal en peor, y rápidamente. Mal, porque pese al promocionado “desendeudamiento” de los últimos años, venimos desde tiempos de la dictadura sin quebrar el ciclo de endeudamiento y hegemonía que sigue implicando su propio 2 x 1: cada dólar recibido en préstamo remite como mínimo 2 de ganancias, y otros más en calidad de poder de dominación |1|. Peor, porque mientras la economía se estanca con un profundo ajuste en curso y todos los indicadores de empleo, ingresos, bienestar social en franco retroceso, la deuda pública financiera ya dio un salto de 35 mil millones de dólares en 2016 y el presupuesto 2017 contempla un nuevo incremento de 38 mil millones de dólares |2|. A modo de comparación, durante las gestiones Kirchner, el promedio de aumento anual de la deuda pública era de aproximadamente 10 mil millones de dólares.

Esta tasa de aumento (13%) en un contexto de recesión refleja centralmente la firme decisión política de gobernar con un ritmo de endeudamiento imposible de pagar, realmente inédito -aun comparando con el período de la última dictadura. Esta política beneficia directamente no solo a los prestadores, que cobran suculentos intereses, sino también a los colocadores de la deuda, que cobran importantes comisiones. Así, se deja atado el modelo productivo y todo el diseño de política económica a sectores del gran capital cada vez más concentrado y extranjerizado (incluso cuando su origen sea local).

Hay que resaltar que la nueva deuda pública no significa más inversión social, sino todo lo contrario. Se endeuda para cubrir el déficit fiscal que, pese a las promesas electorales de Mauricio Macri, se ha incrementado, tanto por la rebaja de las retenciones mineras y agropecuarias y otros regalos fiscales, como por el hecho de que crece el peso de los pagos de intereses. Lo que no tan eufemísticamente se llama “servicio de la deuda”, desde hace varios años se ha convertido en uno de los rubros presupuestarios más grandes y que más crece. El presupuesto 2017 prevé que 20% del gasto total de la Administración Central, 1 de cada 5 pesos, se aplique no para satisfacer los derechos humanos de la población -salud, educación, agua, vivienda o generación de empleo- sino para servir la deuda. Este pago de intereses, 30 millones de pesos por hora, equivale a un hospital completo cada día, insume más que el gasto federal en educación y deportes, salud, interior, obras públicas y vivienda –todo junto |3|.

La experiencia argentina reciente nos ha mostrado que el costo de servir la deuda es altísimo: más alto incluso que los posibles costos de cuestionar esa servidumbre. Son los grandes prestamistas y sus organismos – sean estos el Citibank, Paul Singer, China, el FMI, el Banco Mundial o quiénes más- quienes avasallan con sus requerimientos toda pretensión de soberanía y democracia en aras de acrecentar la explotación, el saqueo y la destrucción ambiental |4|. Es importante insistir: la deuda no sirve a los fines del desarrollo nacional, sino que constituye, hoy como ayer, una herramienta privilegiada del capital transnacional para llevar adelante sus procesos de despojo.

 

No podemos olvidar que fue la dictadura militar-corporativa que impuso a sangre y fuego el ciclo de endeudamiento ilegítimo e ilegal que el gobierno Macri ahora profundiza, no casualmente a favor de muchas de las mismas empresas e intereses. Tampoco debe sorprender, entonces, la actualidad de una de las denuncias de ese período confirmadas por el Juez Ballestero en la Causa Olmos, cuando afirma “la existencia de un vínculo explícito entre la deuda externa, la entrada de capital externo de corto plazo y altas tasas de interés en el mercado interno y el sacrificio correspondiente del presupuesto nacional desde el año 1976” |5|.

 

Esa estafa original ha atravesado diversos momentos: la década perdida de los ’80 (con el fallido intento del club de deudores), la entrega del patrimonio público en los ’90, la crisis de 2001 y la política de “pagador serial” de los gobiernos del kirchnerismo –incluyendo las concesiones al Club de París, al CIADI, o a Repsol, entre otras. Las formas del endeudamiento fueron cambiando, pero no su esencia de constituirse en poder de dominación –que vulnera democracia y soberanía- ni el hecho de que su costo siempre lo paga el pueblo con sus derechos. Así, mientras más se profundiza el sistema de endeudamiento perpetuo, más se incrementan las deudas con el pueblo: la deuda social, la deuda ecológica, la deuda democrática, la deuda con las mujeres, la deuda con los pueblos originarios, la deuda con la niñez. En fin, la dicotomía es entre una deuda ilegal e ilegítima, y las deudas que son legítimas, que tienen al pueblo por acreedor. (...)

En consecuencia, la «acumulación gran capitalista» se hace a expensas de desmantelar o desfinanciar el Estado social. 

Beverly Keene concluye: “Necesitamos articular las diversas resistencias y propuestas contra el ajuste social, el extractivismo, el “libre” comercio, la impunidad corporativa, las megarepresas y los megaeventos, la criminalización de la protesta, la militarización, el avasallamiento de los pueblos originarios… vincular a todas y todos quienes pelean por la soberanía y la autodeterminación en defensa de nuestros derechos humanos, de los pueblos y de la naturaleza. No hay tiempo que perder para avanzar en la misma, reconociendo que forma parte del igualmente impostergable desafío de construcción hacia un nuevo proyecto popular superador del colonialismo, del capitalismo, del imperialismo y del patriarcado y en armonía con la naturaleza”.

 

Argentina

Una deuda con los derechos de los pueblos

21 de julio de 2017

 

Conferencia FES, 3 de mayo 2017.

Por Beverly Keene

 

(...)¿Qué hacer?

Ante este escenario, se plantea el gran desafío desde el campo popular de reconocernos como verdaderos acreedores, y dejar de pagar lo que no debemos. Podríamos incluso decir que, en esta era de la pos-verdad, todavía luchamos por desmitificar muchos conceptos de la pre-verdad. Seguimos escuchando, por ejemplo, a pesar de todas las pruebas en contra, que el país se endeuda para tener recursos para invertir, para desarrollarnos. O que existe margen para endeudarnos porque la relación deuda / PIB es baja, o que hay que aprovechar la posibilidad de endeudar el país en el exterior – pues los inversores estarían amigables con el gobierno de Macri, que hizo “los deberes” para “retornar” Argentina a la supervisión del FMI y al mundo del mercado, o al mercado mundial. Y desde luego, se insiste, las deudas no solo hay que pagarlas, sino que es necesario “honrarlas” y “servirlas”. El lenguaje no es neutro.

 

Al finalizar la dictadura, el futuro presidente Raúl Alfonsín hizo campaña sobre la promesa de no pagar la deuda ilegítima, y su primer ministro de economía intentó realizar una investigación en ese sentido, pero fue abandonada ante las demandas del FMI y demás prestamistas. Luego, en especial en los ’90, después de que la deuda sirvió de palanca y palo para la imposición de la agenda neoliberal como salida a la crisis, la mera mención de la deuda era un tabú. Al día de hoy continúa siendo difícil incorporar la problemática en la agenda popular y el debate político, incluso hemos sumado nuevos obstáculos a su tratamiento en los años recientes.

 

Cuando Néstor Kirchner planteaba que era bueno pagar la deuda –mediante su reestructuración en 2005, o más aún con el pago anticipado al FMI – se operó un golpe muy certero a la opinión progresista, que, aunque no lograba materializar el cómo, hasta ese entonces mantenía incólume el convencimiento que el no-pago era lo justo y necesario. Poco después, con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, sobrevino el relato del “desendeudamient y cundió la sensación que la deuda –salvo aquella ligada a los fondos buitre– había dejado de existir, cuando en realidad lo que había sucedido era una importante conversión de deuda pública externa en deuda pública interna, política revertida ahora por el gobierno Macri. Es decir, no significó una disminución ni del stock de deuda pública ni del costo de su servicio, sino todo lo contrario. Dado el cerrazón de los mercados internacionales de capitales y sobre la base del pleno reconocimiento de una deuda probadamente fraudulenta |6| y la reafirmación de condiciones gravosas -como la cesión de jurisdicción a tribunales extranjeros y la renuncia a la inmunidad soberana -, se trató, en fin, de un traspaso del grueso de la deuda ilegítima de manos de prestamistas extranjeros al pueblo argentino entero, mediante su conversión en deuda intra-Estado. El 60% del fondo de garantía del ANSES, por ejemplo, está ahora prestado al Tesoro Nacional, para que éste pagara el servicio de una deuda que la justicia argentina ya había dictaminado fraudulenta.

 

Por todo lo anterior, el primer paso en esta nueva fase pasa por reconocer que la política de endeudamiento permanente es un problema, y que no es nuevo, sino que viene de lejos y perpetúa ganancias y privilegios para los prestadores. No huelga reconocer además que la experiencia argentina, si bien tiene particularidades, es compartida con gran parte de América latina y el Caribe, así como otros países del Sur global donde el endeudamiento público, que sostiene el despojo neocolonial y la dependencia, define los modelos productivos bajo los ejes comunes de empobrecimiento, desigualdad y destrucción ambiental y cultural. Hay que enfatizarlo: la deuda no es un simple problema de liquidez o de solvencia, sino una herramienta de dominación que acentúa la extracción de nuestros bienes comunes y pone en riesgo la democracia, nuestros derechos humanos, la naturaleza; en fin, la vida de los pueblos en todas sus dimensiones.

 

Así también resulta necesario construir conciencia crítica de que el problema de la deuda se trata en realidad de un sistema de endeudamiento perpetuo, que la convierte en ilegítima, ilegal, odiosa e impagable. Desde la red de Jubileo Sur hemos planteado siempre esta ilegitimidad, fundamental a la hora de plantear la necesidad de romper con la lógica de este sistema, tan bien explicada en tan pocas palabras por ese gran escritor y compañero, Eduardo Galeano: “más pagamos, más debemos, menos tenemos”. Una deuda ilegítima es una deuda que no debemos, y que tenemos derecho a no pagar |7|.

 

¿Hay alternativas?

Tanto frente a la deuda existente, como ante la profundización del sistema de endeudamiento perpetuo, hay alternativas de corto, mediano y largo plazo. Impulsar la realización de auditorías integrales de las deudas es una estrategia que ha dado resultados importantes en contextos diversos, incluyendo Brasil en los años ’30, Ecuador y Grecia más recientemente. El caso ecuatoriano es particularmente significativo, pues entre 2007 y 2008 se realizó una Auditoría Integral del Crédito Público, que tuvo por efecto inmediato una fuerte devaluación de los bonos - los prestadores se saben dueños de títulos ilegales – y un posterior ahorro al tesoro nacional. Ecuador no tuvo por ello problemas para volver a emitir deuda o recibir inversiones, y fue de los países de mayor crecimiento en la región, contra lo que sugieren quienes critican las auditorías. En el caso argentino, la recuperación económica posterior al colapso de 2001 fue construida sobre la base de la suspensión de pagos de la mitad de la deuda pública, durante 3 años: una reacción tardía, incompleta y temporaria que, aun así, permitió frenar el drenaje de riqueza y bienes comunes y empezar a revertir el desastre provocado.

 

Teniendo la exhaustiva base probatoria que ya existe en Argentina, a partir de la Causa Olmos y otros juicios que duermen en distintos tribunales federales, es cuestión de actualizar y completar el proceso de identificar a cada paso la corrupción y las responsabilidades |8|. Es preciso trabajar para que el poder judicial asuma su obligación de juzgar y sancionar los crímenes cometidos, y el poder legislativo su responsabilidad de contralor. Mientras tanto, se debe suspender todo pago sobre una deuda cuya legitimidad y legalidad no han sido comprobadas. Es esencial quebrar la lógica del sistema de endeudamiento que requiere cada vez más deuda, para servir a la deuda vieja.

En el largo plazo, la construcción de soberanía financiera pasa por la consolidación de un régimen fiscal más justo y la aplicación de controles al movimiento de capitales. Al respecto, es vital desandar el andamiaje de normas nacionales e internacionales que el gran capital ha establecido en estos años para facilitar su operatoria sin trabas: desde el FMI al GAFI (Grupo de Acción Financiera Internacional), impulsores de la desregulación financiera y las leyes antiterroristas; los tratados de protección a las inversiones y de “libre” comercio –que solo liberan los movimientos de capitales y bienes, sin libertades para las personas-; los mecanismos para la resolución de conflictos (como el CIADI), que menoscaban la soberanía de los Estados y habilitan la acción de tribunales foráneos o árbitros privados vinculados a los intereses corporativos, entre otras. Es necesario que los Estados asuman la primacía de los derechos humanos por sobre las demandas del capital y que, entre todos, creemos la fuerza y mecanismos necesarios para asegurar su protección.

 

Una ventaja de estas luchas, como ocurrió con el ALCA hace poco más de una década, es que permiten construir alianzas amplias en toda la región, y más allá también. Ahí está nuestro gran desafío: para construir las alternativas que queremos, cobra vital importancia la lucha de los pueblos. Por eso la centralidad de impulsar una gran campaña popular hacia el financiamiento soberano, contra el sistema de endeudamiento perpetuo, tal como acordamos en la I Conferencia Internacional sobre Deuda, Bienes Comunes y Dominación – Resistencias y Alternativas hacia el Buen Vivir, realizada aquí en Buenos Aires, hace dos años |9|. Para ello, es necesario articular las diversas resistencias y propuestas contra el ajuste social, el extractivismo, el “libre” comercio, la impunidad corporativa, las megarepresas y los megaeventos, la criminalización de la protesta, la militarización, el avasallamiento de los pueblos originarios… vincular a todas y todos quienes pelean por la soberanía y la autodeterminación en defensa de nuestros derechos humanos, de los pueblos y de la naturaleza. No hay tiempo que perder para avanzar en la misma, reconociendo que forma parte del igualmente impostergable desafío de construcción hacia un nuevo proyecto popular superador del colonialismo, del capitalismo, del imperialismo y del patriarcado y en armonía con la naturaleza.

Notas: (…)

Beverly Keene, Diálogo 2000-Jubileo Sur Argentina

Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/...

 

 

Partamos de Beverly Keene cuando señala:  "en especial en los ’90, después de que la deuda sirvió de palanca y palo para la imposición de la agenda neoliberal como salida a la crisis, la mera mención de la deuda era un tabú. Al día de hoy continúa siendo difícil incorporar la problemática en la agenda popular y el debate político, incluso hemos sumado nuevos obstáculos a su tratamiento en los años recientes".Este problema a resolver requiere, de modo esencial, que el no pago de la estafa  ses obra de los pueblos en insurrección.  Reflexionemos:

 

 

Sector externo y deuda externa

20 de marzo de 2016

 

Por Rolando Astarita

En otras entradas y en algunas respuestas en Comentarios sostuve que el no pago de la deuda externa, si no está enmarcado en un programa de medidas de conjunto, no resuelve los problemas fundamentales del capitalismo argentino: el atraso tecnológico, la baja productividad relativa de la economía, la fuga de capitales y la no reinversión del excedente. Además, planteé que en la medida en que no se supere esta situación, la deuda va a permanecer. Y van a producirse, periódicamente, crisis vinculadas a la situación externa. La publicación (18/03) por parte del INDEC de los “Resultados del Balance de Pagos del cuarto trimestre de 2015”, (http://www.indec.gov.ar/uploads/informesdeprensa/bal_03_16.pdf) brinda la oportunidad de “bajar a tierra” lo anterior. Para ayudar a los no economistas, resumo en el siguiente apartado algunas cuestiones básicas. (…)

 

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2016/03/20/sector-externo-y-deuda-externa/

 

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Serie: Centenario de la revolución rusa y del repudio de las deudas

Rusia: el repudio de las deudas en el núcleo

de las revoluciones de 1905 y de 1917

29 de junio de 2017

 

Por Eric Toussaint (CADTM)

En febrero de 1918, el repudio de las deudas por el gobierno soviético sacudió las finanzas internacionales y provocó una condena unánime por parte de los gobiernos de las grandes potencias.

Esa decisión de repudio estaba enmarcada en la continuidad del primer gran movimiento de emancipación social que sacudió al imperio ruso en 1905. Ese amplio levantamiento revolucionario había sido provocado por la conjunción de varios factores: el desastre ruso en la guerra con Japón; la cólera de los campesinos que exigían tierras, el rechazo de la autocracia, las reivindicaciones obreras… El movimiento comenzó por unas huelgas en Moscú en octubre de 1905, y se extendió como un reguero de pólvora a todo el imperio, adoptando diversas formas de lucha. En el transcurso del proceso de autoorganización de las masas populares nacieron los consejos (sóviets en ruso) de campesinos, consejos de obreros, consejos de soldados…

En su autobiografía, León Trotsky, que presidió el Soviet de San Petersburgo —capital de Rusia hasta marzo de 1818—, explica la detención de toda la dirección del Sóviet de San Petersburgo el 3 de diciembre de 1905 por la publicación de un manifiesto en el que los miembros de ese consejo elegido llamaban al repudio de las deudas contraídas por el régimen del Zar. Explica también que este llamamiento de 1905 al no pago de la deuda acabó por concretarse a comienzos del año 1918, cuando los sóviets aprobaron el decreto de repudio de las deudas zaristas:

A mí me detuvieron al día siguiente de haberse publicado el llamado “Manifiesto financiero”, en que proclamábamos que la bancarrota de la Hacienda zarista era inevitable, declarando categóricamente que el pueblo victorioso no reconocería las deudas contraídas por los Romanov. |1|

El manifiesto del sóviet de los diputados obreros declaraba bien claro lo siguiente:

«La autocracia no ha tenido jamás la confianza del pueblo, ni ha recibido de éste mandato alguno. Decretamos, por tanto, que no hemos de consentir que sean saldadas las deudas nacidas de todos esos empréstitos emitidos por el Gobierno zarista, en abierta guerra contra el pueblo ruso.»

A los pocos meses, la Bolsa francesa contestaba a nuestro manifiesto abriendo al Zar un nuevo empréstito de dos mil doscientos cincuenta millones de francos. La prensa reaccionaria y la liberal se burlaban de aquella amenaza fanfarrona que los Sóviets dirigían a la Hacienda zarista y a los banqueros europeos. Pasado algún tiempo, el manifiesto cayó en olvido. El mismo se encargó de aflorar nuevamente a la memoria del mundo, en momento oportuno. El derrumbamiento militar del zarismo fue acompañado por la bancarrota financiera del régimen, que venía gastándose desde muy atrás. Al triunfar la revolución, los Comisarios del pueblo, el 10 de febrero de 1918, decretaron que quedaban canceladas totalmente las deudas zaristas. Este decreto sigue en vigor
. |2|

Se equivocan los que dicen que la revolución rusa viene a dejar incumplidas las obligaciones. ¡Las suyas, no! La obligación que contrajo ante el país el día 2 de diciembre de 1905, con el manifiesto de los diputados obreros de Petrogrado, quedó cumplida íntegramente el 10 de febrero de 1918. Y la revolución puede decir con justicia a los acreedores del zarismo: “¿De qué os quejáis, señores? ¡Bien a tiempo se os advirtió!

En esto, como en otras muchas cosas, el año 1905 no hizo más que preparar el advenimiento del 17.»

(Fuente: https://www.marxists.org/espanol/tr...)

En el libro titulado 1905, L. Trotsky describe la sucesión de acontecimientos que llevó a la aprobación del Manifiesto financiero con que el Sóviet, órgano de la democracia revolucionaria, llamaba a rechazar el pago de las deudas contraídas por el Zar.

Un amplio campo de actividad se abría pues ante el Sóviet; en su derredor se extendían inmensos baldíos políticos, que solamente hubiera sido preciso trabajar con el fuerte arado revolucionario pero faltaba el tiempo. |3| La reacción, febrilmente, forjaba cadenas y podía esperarse, de hora en hora, un primer golpe. El comité ejecutivo, a pesar de la masa de trabajos que tenía que realizar cada día, se apresuraba en ejecutar la decisión adoptada por la asamblea el 27 de noviembre 1905. Lanzó un llamamiento a los soldados y en una conferencia con los representantes de los partidos revolucionarios aprobó el texto del manifiesto “financiero” (…).

«El 2 de diciembre 1905 el manifiesto fue publicado en ocho periódicos de San Petersburgo, cuatro socialistas y cuatro liberales. He aquí el texto de este documento histórico:

«El gobierno llega a la bancarrota. Ha hecho del país un montón de ruinas, lo ha sembrado de cadáveres. Agotados, hambrientos, los campesinos ya no están en situación de pagar los impuestos. El gobierno se ha servido del dinero del pueblo para abrir créditos a los propietarios. Ahora no sabe qué hacer con las propiedades que le sirven de garantías . Ni los talleres ni las fábricas funcionan. Falta el trabajo. Por todas partes vemos el marasmo comercial. El gobierno ha empleado el capital de los empréstitos extranjeros en construir ferrocarriles, una flota, fortalezas, en hacer provisión de armas. Al agotarse las fuentes extranjeras, los pedidos del Estado no se reciben más. El comerciante, el gran proveedor, el empresario, el fabricante que ha cogido la costumbre de enriquecerse a expensas del Estado, son privados de sus beneficios y cierran sus despachos y sus fábricas. Las quiebras se suceden y se multiplican. Los bancos se derrumban. Todas las operaciones comerciales se han restringido hasta el último límite.

«La lucha del gobierno contra la revolución suscita perturbaciones incesantes. Nadie está seguro del día siguiente.

«El capital extranjero pasa en sentido contrario la frontera. El capital “puramente ruso” también se esconde en los bancos extranjeros. Los ricos venden sus bienes y emigran. Las aves de rapiña huyen del país, llevándose lo que es del pueblo.

«Desde hace tiempo el gobierno gasta todos los ingresos del Estado en mantener el ejército y la flota. No hay escuelas. Las carreteras están en un estado espantoso. A pesar de lo cual, falta el dinero, incluso para la alimentación del soldado. La guerra nos ha dado la derrota, en parte porque carecíamos de municiones. En todo el país son señaladas sublevaciones del ejército reducido a la miseria y hambriento.

«La economía de las vías férreas está obstaculizada por el fango; gran número de líneas han sido devastadas por el gobierno. Para reconstituir la economía de los ferrocarriles, serán precisos cientos y cientos de millones.

«El gobierno ha dilapidado las cajas de ahorro y ha hecho uso de los fondos depositados para el sostenimiento de los bancos privados y de empresas industriales que, con frecuencia, son absolutamente dudosas. Con el capital del pequeño ahorro, juega a la bolsa, exponiendo los fondos a riesgos cotidianos.

«La reserva de oro del Banco del Estado es insignificante en relación a las exigencias que crean los empréstitos gubernamentales y a las necesidades del movimiento comercial. Esta reserva será reducida a polvo si se exige en todas las operaciones que el papel sea cambiado contra moneda de oro.

«Aprovechando que las finanzas carecen de todo control, el gobierno acordó tiempo atrás empréstitos que sobrepasaban en mucho la solvencia del país. Mediante nuevos empréstitos, paga los intereses de los precedentes.

«El gobierno, de año en año, establece un presupuesto ficticio de ingresos y gastos, declarando éstos como aquellos por debajo de su importe real, a su voluntad, acusando una plusvalía en lugar del déficit anual. Los funcionarios no controlados dilapidan el Tesoro ya bastante agotado.

«Solo una Asamblea Constituyente puede poner fin a este saqueo de la Hacienda, después de haber derribado a la autocracia. La Asamblea someterá a una investigación rigurosa las finanzas del Estado y establecerá un presupuesto detallado, claro, exacto y verificado de los ingresos y los gastos públicos.

«El temor del control popular que revelaría al mundo entero la incapacidad financiera del gobierno fuerza a éste a fijar siempre para más tarde la convocatoria de los representantes populares.

«La quiebra financiera del Estado procede de la autocracia, del mismo modo que su quiebra militar. Los representantes del pueblo estarán intimidados y obligados a pagar lo antes posible las deudas.

«Tratando de defender su régimen con malversaciones, el gobierno fuerza al pueblo a llevar a cabo contra él una lucha a muerte. En esta guerra, cientos y miles de ciudadanos perecen o se arruinan; la producción, el comercio y las vías de comunicación son destruidos de arriba abajo.

«No hay más que una salida: es preciso derribar al gobierno, arrebatarle sus últimas fuerzas. Es necesario cerrar la última fuente de donde extrae su existencia: los ingresos fiscales. Esto es necesario no sólo para la emancipación política y económica del país, sino, en particular, para la puesta en orden de la economía financiera del Estado.

«En consecuencia, decidimos que:

«No se efectuará ninguna entrega de dinero por rescate de tierras ni pago alguno a las cajas del Estado. Se exigirá, en todas las operaciones como pago de salarios y contratos, moneda de oro y cuando se trate de una suma de menos de cinco rublos, se reclamará moneda sonante.

«Se retirarán los depósitos hechos en las cajas de ahorro y en el Banco del Estado, exigiendo el reembolso íntegro.

«La autocracia nunca ha gozado de la confianza del pueblo y no estaba en modo alguno fundada en ella.

«Actualmente el gobierno se conduce en su propio Estado como en país conquistado.

«Por estas razones decidimos no tolerar el pago de las deudas sobre todos los empréstitos que el gobierno del zar ha concertado mientras llevaba a cabo una guerra abierta contra todo el pueblo.»

(Fin del Manifiesto)

Al pie del Manifiesto, publicado en la prensa el 2 de diciembre de 2005, figuraba la siguiente lista de las organizaciones que apoyaban este llamamiento a rechazar el pago de la deuda zarista y a asfixiar financieramente a la autocracia:

«El Sóviet de Diputados obreros.

»El Comité Principal de la Unión Panrusa de Campesinos.

»El Comité Central y la Comisión de Organización del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.

»El Comité Central del Partido Socialista Revolucionario.

»El Comité Central del Partido Socialista Polaco.»

Trotsky añade un comentario final: «Lógicamente, este manifiesto no podía por si mismo derrocar el zarismo ni a sus finanzas. (…) El manifiesto financiero del sóviet no podía servir más que de introducción a los levantamientos de diciembre 1905. Apoyado por la huelga y por los combates que se libraron en las barricadas, encontró un poderoso eco en todo el país. Mientras que, para los tres años precedentes, los depósitos hechos en las cajas de ahorro en diciembre rebasaban los reembolsos en 4 millones de rublos, en diciembre de 1905 los reembolsos superaron a los depósitos en 90 millones: ¡El manifiesto había sacado de la reservas del Estado, en un mes, 94 millones de rublos! Cuando la insurrección fue aplastada por las hordas zaristas, el equilibrio se restableció en las cajas de ahorro…» (Fuente: https://issuu.com/centromarx/docs/t... p. 212-215)

Conclusión: la denuncia del carácter ilegítimo y odioso de las deudas zaristas jugó un papel fundamental en las revoluciones de 1905 y de 1917. El llamamiento a no pagar la deuda acabó por concretarse en el decreto de repudio de la deuda zarista aprobado por el gobierno soviético y por los consejos de obreros, campesinos y soldados en febrero de 1918.

Traducido por Griselda Pinero

Notas:

|1| Este extracto del libro Mi vida, disponible en http://www.marxistsfr.org/espanol/t...

|2| Trotsky redactó este texto en 1930

|3| Este extracto del libro 1905 está disponible en: http://www.elsoca.org/pdf/libreria/...

Eric Toussaint es maître de conférence en la Universidad de Lieja, es el portavoz de CADTM Internacional y es miembro del Consejo Científico de ATTAC Francia. Es autor de diversos libros, entre ellos: Procès d’un homme exemplaire , Ediciones Al Dante, Marsella, 2013; Una mirada al retrovisor: el neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad , Icaria, 2010; La Deuda o la Vida (escrito junto con Damien Millet) Icaria, Barcelona, 2011; La crisis global , El Viejo Topo, Barcelona, 2010; La bolsa o la vida: las finanzas contra los pueblos , Gakoa, 2002. Es coautor junto con Damien Millet del libro AAA, Audit, Annulation, Autre politique , Le Seuil, París, 2012. Este último libro ha recibido el premio Prix du livre politique, otorgado por la Feria del libro político de Lieja. Ultimo libro: Bancocracia Icaria Editorial, Barcelona 2015. Es coordinador de las publicaciones Comisión de la Verdad Sobre la Deuda.

http://www.cadtm.org/Rusia-el-repudio-de-las-deudas-en
Fuente:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=228516

 

 

 Crisis civilizatoria

 

"La economía debe subordinarse a las demandas de la sociedad y de la ecología. El ser humano antes que el capital, implica, a la vez, que el ser humano debe vivir en armonía con la Naturaleza. Por una razón muy simple, la Naturaleza establece los límites y alcances de la sustentabilidad y la capacidad que poseen los sistemas para auto regenerarse, de las que dependen las actividades productivas y sociales. Es decir, que si destruye la Naturaleza se destruye la base de la economía y de la sociedad misma.

Escribir ese cambio histórico, es decir el paso de una concepción antropocéntrica a una socio-biocéntrica (en realidad se trata de una trama de relaciones armoniosas vacías de todo centro), es el mayor reto de la Humanidad. Un reto que no será enfrentado por el G-20, que configura una suerte de gobierno global de los poderosos interesados en defender sus privilegios, un gobierno legitimado exclusivamente por el poder de unas pocas naciones".

 

Tanto la sociedad de consumo como la honra de la estafa oficializada como deuda externa pública nos alejan, a los diversos de abajo, de los buenos vivires convivires. Es hora de generalizar la atención sobre: 

 

Las deudas abiertas de Hamburgo

18 de julio de 2017

Por Alberto Acosta (Rebelión)

 

Compromisos en extremo generales, con muy escaso contenido concreto, caracterizan la declaración de clausura de la cumbre del G-20 en Hamburgo. Más allá de las tradicionales lecturas y análisis sobre los resultados obtenidos, que arrancaron apenas se despidieron los gobernantes de los países más poderosos del mundo, quedó absolutamente claro que en algunos puntos no se avanzó nada y en otros los problemas fueron ignorados olímpicamente.

En el tema de los acuerdos ambientales de París, los EEUU mantuvieron su posición y el cuestionado gobernante turco anticipó que su parlamento no ratificaría dichos acuerdos. Esto es lamentable para la Humanidad. Lo que se logró en la capital francesa a fines del 2015 era muy tibio. Lo que impulsa Donald Trump es grave: no sólo más de lo mismo, sino más de lo peor…

 

Otro asunto es el relativo al endeudamiento externo. Esta cuestión afecta críticamente a 116 países en todo el mundo, como se desprende del informe anual de la organización alemana erlassjahr.de. Una situación que se explica sobre todo por el sistema imperante, que ha transformado históricamente a la deuda externa en una herramienta de dominación de las grandes potencias. Es lamentable que en este punto, cuando parecía haber algunos avances en la pasada reunión de ministros de finanzas del G-20 también en Alemania, en la ciudad hanseática ya no se dijo nada. Recordemos que en marzo del presente año, en el conocido casino de Baden-Baden, los ministros de finanzas hablaron de un esquema referencial:Operational Guidelines for Sustainable Finance, que se esperaba serviría para normar de alguna manera la concesión de créditos.

 

A la final de tanta palabrería en la cumbre organizada por la canciller Angela Merkel sabemos que los problemas no sólo que seguirán siendo los mismos, sino que, con seguridad, aumentarán. Aceptémoslo, junto a la deuda externa financiera, emergen y se consolidan otras deudas, también externas: las deudas social y ecológica. Y todas esas deudas demandan nuevas y creativas luchas democráticas, al margen de la sinrazón destructora de unos cuantos que con su miopía alimentan y hasta dan pábulo para que se “justifique” la violencia estatal en todas sus formas.

Conocemos la miseria y la pobreza que provocan las crisis de la deuda financiera externa y lo que ocasionan las políticas fondomonetaristas para intentar -casi siempre inútilmente- resolverlas. Esos impactos sociales configuran una enorme deuda social, en la que los acreedores de la deuda financiera son los deudores de la deuda social. A la par, las grandes potencias económicas deberían asumir su corresponsabilidad por los destrozos provocados a la Naturaleza, en otras palabras deben aceptar y pagar su deuda ecológica.

No se trata simplemente de una deuda climática. La deuda ecológica encuentra sus primeros orígenes con la expoliación colonial –que empezó con la extracción de recursos minerales en Potosi o con la tala masiva de los bosques naturales, por ejemplo–, se proyecta tanto en el “intercambio ecológicamente desigual”, como en la “ocupación gratuita del espacio ambiental” de los países empobrecidos por efecto del estilo de vida depredador de los países industrializados.

Aquí cabe incorporar las presiones provocadas sobre el medio ambiente a través de las exportaciones de recursos naturales –normalmente mal pagadas y que tampoco asumen la pérdida de nutrientes y de la biodiversidad, para mencionar otro ejemplo– provenientes de los países subdesarrollados, exacerbadas por los crecientes requerimientos que se derivan del aperturismo comercial a ultranza y por el servicio de la propia deuda externa financiera. La deuda ecológica crece, también, desde otra vertiente interrelacionada con la anterior, en la medida que los países más ricos han superado largamente sus equilibrios ambientales nacionales, al transferir directa o indirectamente contaminación   (residuos o emisiones) a otras regiones sin asumir pago alguno.

A todo lo anterior habría que añadir la biopiratería, impulsada por varias corporaciones transnacionales que patentan en sus países de origen una serie de plantas y conocimientos indígenas. En esta línea de reflexión también caben los daños que se provocan a la Naturaleza y a las comunidades, sobre todo campesina, con las semillas genéticamente modificadas, para mencionar otro ejemplo. Por eso bien podríamos afirmar que no solo hay un intercambio comercial y financieramente desigual, sino que también se registra un intercambio ecológicamente desigual, que resulta desequilibrado y desequilibrador.

 

La crisis provocada por la superación de los límites de la Naturaleza nos conlleva necesariamente a cuestionar la institucionalidad y la organización sociopolítica. Tengamos presente que, “en la crisis ecológica no sólo se sobrecargan, distorsionan agotan los recursos del ecosistema, sino también los ‘sistemas de funcionamiento social’, o, dicho de otra manera: se exige demasiado de las formas institucionalizadas de regulación social; la sociedad se convierte en un riesgo ecológico” (Egon Becker). Este riesgo amplifica las tendencias excluyentes y autoritarias, así como las desigualdades e inequidades tan propias del sistema capitalista.

 

Ante estos retos, la tarea radica en el conocimiento de las verdaderas dimensiones de la sustentabilidad y en asumir la capacidad de la Naturaleza de soportar perturbaciones, que no pueden subordinarse a demandas antropocéntricas. Una nueva ética para organizar la vida misma es cada vez más necesaria. Se precisa reconocer que el desarrollo y el progreso convencional nos conducen por un camino sin salida. Los límites de la Naturaleza, particularmente exacerbados por las demandas de acumulación del capital, están siendo superados de manera acelerada.

 

La labor parece simple, pero es en extremo compleja. En lugar de mantener el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano, hay que propiciar su reencuentro, algo así como intentar atar “el nudo gordiano” roto por la fuerza de una concepción de vida depredadora y por cierto intolerable, especialmente desde la implantación de patrones civilizatorios de corte patriarcal.

La economía debe subordinarse a las demandas de la sociedad y de la ecología. El ser humano antes que el capital, implica, a la vez, que el ser humando debe vivir en armonía con la Naturaleza. Por una razón muy simple, la Naturaleza establece los límites y alcances de la sustentabilidad y la capacidad que poseen los sistemas para auto regenerarse, de las que dependen las actividades productivas y sociales. Es decir, que si destruye la Naturaleza se destruye la base de la economía y de la sociedad misma.

Escribir ese cambio histórico, es decir el paso de una concepción antropocéntrica a una socio-biocéntrica (en realidad se trata de una trama de relaciones armoniosas vacías de todo centro), es el mayor reto de la Humanidad. Un reto que no será enfrentado por el G-20, que configura una suerte de gobierno global de los poderosos interesados en defender sus privilegios, un gobierno legitimado exclusivamente por el poder de unas pocas naciones.

Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Exministro de Energía y Minas.
 Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229227

En consecuencia, aclaremos sobre:

 

¿Qué significa el "vivir bien"?
10 de diciembre de 2009

Por Rafael Bautista S. (Bolpress)

 

Marx ecologista: el capitalismo sólo sabe desarrollar el proceso de producción y su técnica socavando las dos únicas fuentes de riqueza:

el trabajo humano y la naturaleza

El contexto en el cual se produce la reflexión acerca de lo que significaría un "vivir bien", es la crisis civilizatoria mundial del sistema-mundo moderno. La modernidad aparece como sistema-mundo (mediante la invasión y colonización europea, desde 1492), subordinando al resto del planeta en tanto periferia de un centro de dominio mundial: Europa occidental.

Desde ese centro se desestructura todos los otros sistemas de vida y se inaugura, por primera vez en la historia de las civilizaciones, un proceso de pauperización a escala mundial, tanto humano como planetario. Se trata de una forma de vida que, a partir de la conquista y la colonización del Nuevo Mundo, marca el inicio de una época que, en cinco siglos, ha producido los mayores desequilibrios, no sólo humanos sino también medioambientales. Es decir, una forma de vida que, para vivir, debe matar constantemente.

Para encubrir esto, debe producir conocimiento encubridor; el conocimiento que produce, en cuanto ciencia y filosofía deviene, de ese modo, en la formalización y sofisticación de un discurso de la dominación, elevado a rango de racionalidad: Yo vivo si tú no vives, Yo soy si tú no eres. La forma de vida que se produce no garantiza la vida de todos sino sólo de unos cuantos, a costa de la vida de todos y, ahora, de la vida del planeta.

 

La economía depredadora que se deriva del proyecto moderno, el capitalismo, no sólo produce la pauperización acelerada del 80% pobre del planeta sino destruye el frágil entorno que hace posible la vida humana; de esto se constata una constante que retrata al capitalismo: para producir debe destruir.

Por eso la sentencia de un Marx, ecologista avant la lettre, es categórica: el capitalismo sólo sabe desarrollar el proceso de producción y su técnica, socavando a su vez las dos únicas fuentes de riqueza: el trabajo humano y la naturaleza. Se convierte en una economía para la muerte; y su proyecto civilizatorio objetiva eso, de tal modo, que, por ejemplo, cuando la globalización culmina en un proceso de mercantilización total, la posibilidad misma de la vida, ya no de la humanidad entera sino de la vida del planeta mismo, se encuentra amenazada. Por lo tanto, la constataci

ón de la crisis, no es sistémica, y no supone reformas superficiales sino que reclama una trasformación radical. Lo que está en juego es la vida entera. Una forma de vida que, por cinco siglos, se impuso como la naturaleza misma de las cosas, es ahora el obstáculo de la realización de toda vida en el planeta.

 

Quienes optan por esta forma de vida, no toman conciencia de la gravedad de la situación en la que nos encontramos, no sólo por ignorancia sino por la ceguera de un conocimiento que produce inconsciencia. En este sentido, el sistema-mundo moderno genera una pedagogía de dominación que, en vez de formar, deforma. Desde la inconsciencia no se produce una toma de conciencia. Esta toma de conciencia sólo puede aparecer en quienes han padecido y padecen las consecuencias nefastas de esa forma de vida: la modernidad.

La toma de conciencia produce la crítica al sistema. La crítica, si quiere ser crítica, sólo puede tomar como punto de referencia, la perspectiva de quienes padecen las consecuencias nefastas de un sistema basado exclusivamente en la exclusión, negación y muerte de su vida; es decir, las víctimas de este sistema-mundo: los pueblos indígenas. Ellos nos constatan (en la pauperización sistemática que sufren) a dónde nos conduce esa forma de vida. Se trata de un lugar epistemológico que tiene la virtud de juzgar al sistema como un todo. La referencia trascendental se encuentra como presencia de una ausencia: el grito del sujeto. Pero en este grito el sujeto incluye otro grito aun más radical: el grito de la Madre tierra, la pacha Mama, el lugar donde se origina la vida.

 

Es decir, es la vida en su conjunto la que grita. Y ese grito es sólo posible de ser atendido, como grito humano; es decir, la responsabilidad por transformar el desequilibrio y la irracionalidad de este proyecto de la muerte, es responsabilidad humana. La Madre delega esa responsabilidad a sus hijos.

Y se trata de un grito, no sólo porque es desesperado; sino porque la forma de vida en la que nos hallamos sumidos hace prácticamente imposible escuchar; por eso sucede la aporía: en la era de las comunicaciones, ésta es cada vez menos posible.

Se trata de una forma de vida que nos vuelve sordos. Ya no somos capaces de escuchar, por eso se devalúan las relaciones humanas; incapaces de escuchar nos privamos de humanidad. La mercantilización de las relaciones humanas hace imposible cualquier cualificación de nuestras relaciones; todas se diluyen en la cuantificación utilitaria de los intereses individualistas. El ismo del ego moderno es el que le ciega toda responsabilidad, al individuo, de sus actos. Incapaz de responsabilizarse de las consecuencias de sus actos y sus decisiones, el individuo colabora, sin saberlo, en la destrucción de la vida toda, incluso la suya propia. Se convierte en suicida. Todos al perseguir su bienestar exclusivamente particular, colaboran en el malestar general. Toda aspiración choca con la otra, de modo que las relaciones se oponen de modo absoluto. Sin comunidad, los individuos se condenan a la soledad de un bienestar que se transforma en cárcel.

 

Los seres humanos se atomizan, aparece la sociedad. Esta viene a ser un conjunto en continuo desequilibrio, porque se funda en el despliegue de una libertad que, para realizarse, debe anular las otras libertades. La sociedad es el ámbito del individuo sin comunidad; es un desarrollo que no desarrolla, un movimiento que no mueve, cuya inercia consiste en el desgaste que significa permanecer siempre en el mismo sitio, pero agotado. Su no movilidad empieza a mostrarse como el carácter de una época que debe de cambiar siempre para no cambiar.

Por eso produce cambios que no cambian nada. La moda es el reflejo de ese carácter: lo nuevo no es nuevo sino variaciones de lo mismo. La pérdida de sentido de la vida produce el sinsentido del cambio superficial: se cambian las formas pero seguimos siendo los mismos de siempre, se produce el maquillaje exagerado de una sociedad que, para no mostrarse lo podrida que está, debe continuamente negarse la posibilidad de verse de frente a los ojos. Se le nubla la visión, ya no sabe mirar lo sustancial y sólo atiende a las apariencias, la sociedad se vuelve un mundo de las apariencias.

La constatación de esta anomalía produce el desencanto, pero también una lucidez macabra. Porque si el ser humano es aquél que para ser lo que es debe transformarse siempre, la incapacidad de transformación se vuelve en resistencia y negación de un cambio real. La tendencia conservadora empieza a manifestarse no precisamente en los viejos sino en los jóvenes. No cambiar significa, en consecuencia, afirmar el yo y sus certezas, cerrarse a toda apertura. La tendencia conservadora es la que afirma el orden imperante y empieza a perseguir a todos aquéllos que sí proyectan cambios necesarios.

Si el afán de cambio no trastorna lo establecido entonces ese afán es tolerado, es más, es deseado, porque el sistema requiere siempre de reformas que lo adecuen a las circunstancias. Pero si ese afán persigue un cambio total, entonces la reacción no tarda en aparecer. Si la forma de vida es la que hay que cambiar entonces no hay otra que cambiar de forma de vida. Si lo que se halla en peligro es la vida misma, entonces la reflexión en aquello que consiste la vida, empieza a cobrar sentido.

Si los sentidos se diluyen entonces precisamos dotarnos de un nuevo sentido, que haga posible el seguir viviendo: sin sentido de vida no hay vida que valga la pena ser vivida. Aquello que precisamente ocurre en la forma de vida moderna, cuyos sentidos se diluyen en puras formas sin contenido alguno. El mundo de las apariencias nos priva lo sustancial de la vida. Se aprende a ver sólo las apariencias; de modo que lo sustancia y esencial desaparece de nuestra visión.

Incapaces de poder advertir lo que realmente importa, nuestras propias vidas empiezan a carecer de importancia. Nos movemos en lo frívolo y lo superfluo. Pero ese movimiento no es un movimiento real; porque un movimiento real implica necesariamente un movimiento de la conciencia, pero en lo frívolo lo que se mueve son exclusivamente las cosas, las mercancías, quedando los seres humanos en meros portadores de estas: el movimiento de las cosas es el que ordena el movimiento humano. La humanidad se devalúa en la fetichización. Si la conciencia empieza a carecer de movimiento entonces adviene el retraso mental. La desidia es el reflejo de la incapacidad de movimiento de la conciencia.

La pereza no desea moverse de su lugar, aunque está dispuesta a movilizar su cólera, con tal de regresar a su letargo inicial. Por eso, la fuerza no es una demostración de poder sino la ausencia de éste. El poder real es aquel que es voluntad. La voluntad no necesita determinarse como fuerza. Su fuerza está en la capacidad de proyección que tenga. Proyectar significa exponerse, mostrar de lo que se es capaz, persuadir y convencer. La fuerza pura no hace nada de esto, su única exposición consiste en clausurarse. Clausurando a los demás se clausura a sí mismo.

 

En una situación colonial, la clausura del individuo es la constatación de la clausura que, como país, ha acontecido. Incapaz de proyectar un desarrollo propio, nos condenamos a depender, es decir a subdesarrollarnos. La clausura es incapacidad de ser sujeto. Quien no enfrenta el desafío de ser sujeto, se condena a ser objeto del desarrollo ajeno.

Una digresión. Bolivia ha sido un sueño proyectado siempre al borde de la muerte. Aún como sueño, nunca ha podido ver la luz del día, porque en ese parto, soñado una y otra vez, ha muerto no sólo la criatura, sino también la Madre. La muerte, en el sueño, no es definitiva, es una variante que muestra el sueño para proyectar su sentido. Pero el sueño proyecta no sólo variantes, también recurre a su reinvención y, entre una de ellas, se encuentra la imagen de la huida, del escape (de la muerte).

 

Escapar, en este caso, significa el mantenerse fiel en la espera; el que espera es el que tiene esperanza y se mantiene en la esperanza el que no ha perdido la fe: la madre y el niño son la posibilidad de lo imposible. Son la vida que alumbra la vida y le da sentido a la persistencia por vivir.

Quien levanta a la madre y al niño es aquel que toma la responsabilidad de preservar la vida, porque la vida se encuentra amenazada y la amenaza, precisamente, aquel que se pone en lugar de dios y pretende decidir quién vive y quién muere. Quien apuesta por la vida de la madre y el niño, apuesta por la vida en sentido eminente, porque no toda vida se encuentra amenazada, sino siempre la vida de los débiles. El poderoso es aquel que asegura su vida a costa de la vida de los débiles; devalúa la vida a la persecución de otras vidas, de tal modo que, la afirmación de su vida, significa la negación de las otras.

Esta afirmación tiene necesariamente que pretenderse divina para, de algún modo, mitigar su finitud. Recurrir a la idolatría del poder no es sólo una recurrencia maniática, es el fundamento mismo que asegura al poder repartir vida y muerte a granel. Quien decide quién vive y quién muere no es otro que dios y el hombre, que se pone en lugar de dios, no comete nunca asesinato, sólo cobra la deuda que impone su divinidad al resto de los mortales.

 

La madre es la posibilidad de la vida, en este caso, el niño; éste, a su vez, es el sentido de esta posibilidad. El sentido es lo que puede proyectarse, una vez que su posibilidad está asegurada; a partir del sentido es que se puede concebir lo que viene por-venir, el futuro. La Madre es también actualidad, es el nutrimento, el regazo que procura la vida; por eso la madre es símbolo de la tierra: pacha Mama. La tierra es actualidad pero, como actualidad, es actualidad del pasado: el desde donde toda proyección cobra sentido. Apostar por la vida de la madre y el niño es apostar por la continuidad de la vida, por hacer posible la continuidad de la vida.

Pero el poderoso considera la vida de todos como una imposibilidad y busca, por todos los medios, mostrar esta imposibilidad como real. En lenguaje moderno, la recurrencia a este principio se manifiesta en el principio económico de no factibilidad o el principio político de inviabilidad. Todo proyecto que aspire a asegurar la vida de todos y, de estos, la vida de los más débiles es, en consecuencia (desde el legalismo del poder), no factible e inviable; porque asegurar la vida significa tanto como relativizar la presencia misma del poder.

Porque sólo hay ejercicio del poder cuando hay sobre quien ejercerlo y, mientras éste no sienta amenazada su vida, no tiene sentido tal ejercicio. Esa es la dialéctica del amo y el esclavo. Es el circuito por el cual toda dominación se reproduce ad infinitum, porque no hay otra forma de liberarse sino buscar otro a quien dominar. Bajo esta dialéctica toda liberación no es real sino pura ilusión porque, bajo la lógica del poder como dominio, toda liberación es un eufemismo por el que otra dominación se hace posible.

Por eso la apuesta por una nueva forma de vida trastoca todo y produce la resistencia feroz de lo conservador que permanece como lastre en un proceso de cambio. La tendencia conservadora, en este sentido, no sólo se encuentra en la otra vereda sino en la propia. La transformación que no es transformación subjetiva, es decir, transformación del sujeto, no es transformación real.

El cambio tiene, de ese modo, una precisión: es un cambio de transformación estructural: del Estado colonial al Estado plurinacional. El sujeto del cambio produce esta alternativa desde una toma de conciencia: la historia hecha conciencia. Sólo puede proyectar futuro desde su memoria hecha conciencia, es decir, producir una política coherente con su propia historia.

En este contexto, la alternativa que se nos presenta, proyecta su sentido como algo, cuyo contenido, viene señalado por nuestro propio horizonte de sentido. Lo que se persigue no es algo que viene de afuera sino algo que ha estado siempre entre nosotros. La ceguera consistía en no haber producido nunca el conocimiento adecuado para darnos cuenta de que las respuestas no están afuera sino adentro; que las preguntas que hacíamos eran falsas preguntas porque no eran preguntas que se deducían de nuestros problemas sino una ciega asunción de lo que se pensaba afuera.

Presos de una colonización subjetiva, nunca supimos cómo desplegar una forma de vida que asegure la vida de todos nosotros; presos del resplandor moderno de las mercancías, también nos devaluamos, aun en nuestra miseria, a desear aquello que nos sometía, como nación y como pueblo.

Nunca nadie nos enseñó cómo "vivir bien". Porque quienes nos podían haber enseñado aquello, eran quienes padecían el peso real del sometimiento estructural, sobre los cuales depositábamos las consecuencias de nuestras adicciones: insertarse en la globalización representó, y representa, "morir como perros para que otros coman como chanchos". Para mirar adentro hay que aprender a ya no mirar exclusivamente afuera; lo cual señala una propedéutica, ya no sólo ser conscientes sino autoconscientes. Pasar de la conciencia a la autoconciencia significa, pasar del deseo de cambio a lo que significa el cambio efectivo.

 

El "vivir bien" es un modelo que, como horizonte, da sentido a nuestro caminar el proceso. Hacia lo que tendemos, no es una invención de laboratorio o de escritorio sino lo que permanece como sustancia en todas nuestras luchas, ya no solamente como luchas emancipatorias criollas sino como lo que ha hecho posible inclusive a ellas: las revueltas emancipatorias indígenas. Por eso pervive el modelo como horizonte: el sumaj q'amaña.

El q'amaña, el vivir, es cualificado por el sumaj, es decir, no se trata de un vivir cualquiera sino de lo cualitativo del vivir. Por eso el sumaj no sólo es lo dulce sino lo bueno, es decir, la vida se mide de modo ético y también estético. Una buena vida se vive con plenitud moral y rebosante de belleza. Por eso atraviesa todo el conjunto de los hábitos y las costumbres. Se trata de una normatividad inherente al mismo hecho de vivir, no como meros animales sino como verdaderos seres humanos.

 

Recuperar nuestro horizonte de sentido no es, entonces, un volver al pasado sino recuperar nuestro pasado, dotarle de contenido al presente desde la potenciación del pasado como memoria actuante. El decurso lineal del tiempo de la física moderna ya no nos sirve; por eso precisamos de una revolución en el pensamiento, como parte del cambio. El pasado no es lo que se deja atrás y el futuro no es lo que, de modo inerte, nos adviene. Cuanto mayor pasado se hace consciente, mayor posibilidad de generar futuro. El problema de la historia no es el pasado sino el presente, que tiene siempre necesidad de futuro.

El presente que nos toca vivir tiene esa demanda, porque estamos en la posibilidad de producir autoconciencia, ya no sólo nacional sino plurinacional. La revolución nacional, fracasada en el 52, sería ahora posible, pero ya no como nacional sino como plurinacional. Esto es: lo que hemos estado produciendo, en definitiva, ya no responde a demandas sectoriales o corporativas, ni siquiera particulares, como es siempre una nación, sino: el carácter cualitativo de esta transformación (el primer proceso de descolonización radical del siglo XXI) estaría mostrando la contradicción fundamental de esta época moderna, como verdadero diagnóstico de una situación planetaria: vida o capital. Lo que significa: vida o muerte.

 

Para que la vida tenga sentido vivirla, ésta no puede carecer de proyecto; pero el proyecto no es algo privado sino lo que se proyecta como comunidad, en este caso, como comunidad en proceso de liberación. El sentido de la liberación significa un echar por tierra toda relación de dominación. "Vivir bien" querría decir: vivir en la verdad. Por eso, el que "vive bien", camina "el camino de los justos", el qapaq ñan. La transformación estructural es también transformación personal: tener la capacidad de ser y comportarse como sujeto. Por eso: se es sujeto relacionándose con el otro como sujeto, en el reconocimiento absoluto de la dignidad absoluta del otro.

"Vivir bien" sería el modo de comportarse como decía el Che: como un hombre nuevo, capaz de sentir en su propia carne el ultraje que se comete contra un hermano al otro lado del planeta. El "hombre nuevo" ya no sería como el modelo educativo prescribe: un ser inteligente.

El hombre nuevo es un ser humano justo y liberador. Por eso su proceso de transformación es continuo; porque su condición no es la permanencia en un estado inactivo sino en una obstinada apetencia por trascenderse siempre. De este modo, el "vivir bien", proyecta un sentido que establece el por qué del vivir. De éste se desprende el cómo vivir. Del criterio se establece una normatividad.

No se vive por vivir sino se vive de modo metódico, que es el modo organizado de un vivir auténtico. Caminar en la verdad es caminar en la justicia; por eso no es un caminar cualquiera. Se trata de la responsabilidad del caminar en el ejemplo. La política puede ahora transformarse, de la suciedad que empaña toda pretensión liberadora a la liberación como proceso de purificación de toda pretensión de dominación. La capacidad crítica de este proceso radica en la capacidad que se tiene de autocrítica.

El "vivir bien" no se deriva de algún valor metafísico que se impone a la situación presente. Se deduce de la historia y del propio mundo de la vida, como una presencia de la ausencia: lo imposible para el Estado colonial, la justicia, es lo que permite su transformación. El norte de la transformación queda indicado por esa ausencia presente en el grito de las víctimas. Su grito señala siempre un cielo a donde se grita. Lo imposible en la tierra se proyecta como utopía en los cielos. Del alajpacha, epistemológicamente, pasamos al qauquipacha. Del arriba al más allá en términos de utopía. Los cielos, en este sentido, pasan a ser el locus epistemológico de conocimiento. La presencia de esa ausencia se establece, así, en términos de utopía. Proyección que es, en definitiva, proyectada desde la historia hecha contenido de una conciencia liberadora. Por eso en el "vivir bien", en su proyección, pernoctan todos aquellos a quienes debemos esta situación privilegiada.

En este cielo pernocta no sólo el dolor, pernoctan también los sueños y las esperanzas; la muerte de aquellos que daban lo único que tenían, para que todos pudiésemos tener lo que nunca tuvieron ellos. Su lucha es ahora nuestra lucha. Nuestra responsabilidad es también para con ellos, para que no sea también su muerte una muerte inútil. Nada nos garantiza que este proceso concluya triunfante; por eso precisamos volver la mirada, hacer nuestra la fuerza de nuestros mártires, ser fieles con aquello que nos encomendaron sus vidas.

 

Ahora es nuestro turno. Por eso nos acompañan. Porque somos comunidad; al devolvernos el sentido de comunidad, nos ha sido devuelto el sentido de humanidad. Nuestra lucha es por la vida; eso es lo que nos hace más solidarios, más justos, pero, también, más responsables, es decir, más humanos. Eso es lo que hay que agradecer: la oportunidad histórica que tenemos de redimir, ya no sólo a un país sino a lo humano en general. Por eso, si no desarrollamos este nuestro proceso de transformación, le estaremos privando, a nosotros y al mundo entero, de la posibilidad de un mundo mejor, más humano y más justo. De nuestro triunfo o fracaso depende, en última instancia, el triunfo o fracaso del planeta entero. Si la vida toda está en peligro, no nos sirve producir para nosotros un arca para salvarnos. La salvación, o es de todos o no es de nadie.

 

No hay sujeto sin autoconciencia. Esta nos lleva a manifestar al mundo nuestra palabra: la lucha por la Madre tierra es lucha por la humanidad; esta lucha es de aquel que asume la responsabilidad de un vivir en la verdad y la justicia. "Un mundo en el quepan todos" es un mundo donde todos vivan dignamente, es decir, donde el sumaj q'amaña sea el norte de toda política y toda economía. Por eso nos encontramos en el tiempo del pachakuty (o tiempo mesiánico). Nuestra es ahora la oportunidad histórica de producir aquello que nos legaron nuestros mártires: un mundo más justo. Si el occidente moderno no se hizo nunca cargo de la humanidad y del planeta, nosotros tenemos ahora que hacernos cargo de aquello. Nuestra lucha ya no es particular sino profundamente universal. La responsabilidad es ahora nuestra. Por eso: los mejores años de nuestras vidas, es lo que se nos viene, de aquí en adelante.

* Autor de "PENSAR BOLIVIA DEL ESTADO COLONIAL AL ESTADO PLURINACIONAL" / rafaelcorso@yahoo.com
Fuente original:   http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2009120803 Fuente: http://rebelion.org/noticia.php?id=96739

 


 

 

 Alternativas postcapitalistas

 

Las siguientes propuestas de superación de la gravísima situación de una creciente mayoría parecen ser posibles y efectivas por tratar soluciones dentro del capitalismo. Procuran la fuerza de la unidad para:

 

a) Presionar al gobierno a reconocer la emergencia social y asumir sus obligaciones:


Que paguen las deudas con el pueblo, no con los saqueadores

12 de agosto de 2017

 

Por Diálogo 2000-Jubileo sur Argentina (CADTM)

 

 

En el día de San Cayetano, en Argentina, miles de personas rezarán por un milagro de trabajo. Miles también marcharán por reclamar sus derechos más básicos como lo son el trabajo, la alegría, el pan, la tierra, el territorio, el agua, la salud, vivienda, respeto…

Mientras tanto, el gobierno Macri y sus beneficiados – grandes bancos y empresas, familiares, funcionarios, amigotes y CEOs - continúan ajustando la soga al cuello del pueblo. El saldo inmediato es más despidos y desempleo, más hambre y represión, más inseguridad acerca de cómo tener luz y agua, pagar los remedios, lograr una vida digna.

 

Hay que seguir construyendo fuerza popular y unidad para lograr que el gobierno reconozca la emergencia social y asuma sus obligaciones para cumplir con todos los derechos humanos, sobre todo del 60% de la población joven que está creciendo en la pobreza total. Pero también es necesario lograr que se reviertan las políticas que están llevando al pueblo a la desesperación, favoreciendo a una pequeña minoría a costa de las grandes mayorías.

 

Entre esas políticas se destaca la decisión del gobierno M de gobernar con Deuda. Deuda interna, Deuda externa, Deuda eterna…, casi 100 mil millones de dólares de deuda nueva en dos años, un verdadero récord mundial, condenando a pagar suculentos intereses y comisiones durante por lo menos 100 años más, al pueblo más empobrecido, a quienes más pagan impuestos y más sufren el aumento y recorte de servicios, junto a nuestras hijas, nietos y así sucesivamente.

Esta deuda nada tiene que ver con el bien del pueblo o el tan mentado desarrollo del país, sino todo lo contrario. Sirve para atarnos cada vez más fuerte a un modelo productivo que produce hambre y empobrecimiento, precarización y desempleo, saqueo y contaminación. Se usa para fugar capitales y pagar intereses cada vez más abultados sobre la deuda vieja, una estafa que se sigue restructurando sin solución de continuidad desde tiempos de la dictadura corporativa-militar- eclesiástica, renovando el colonialismo de antaño de las garras de los buitres actuales, tanto de adentro como de afuera.

 

·         Llamamos a encaminar acciones a favor de una verdadera soberanía financiera, en contra de esta patria financiera reciclada, la perpetuación del endeudamiento y el pago continuo de una deuda ilegítima. Una deuda que el pueblo no debe y sin embargo nos trae la pérdida de soberanía y el aumento de la dependencia, menos recursos para la salud, el trabajo, la educación, más explotación y extractivismo, más criminalización y represión: en suma, la violación sistemática de todos nuestros derechos como personas y como pueblos, así como también los derechos de la naturaleza.

·         Reclamamos al Gobierno cambiar sus prioridades y políticas, y al Parlamento que asuma de una vez su responsabilidad constitucional en relación a la deuda. Hay que poner fin al endeudamiento perpetuo y suspender todo pago hasta no completar una auditoría integral y participativa que permite separar lo ilegítimo e ilegal. Al Poder Judicial que juzgue y sancione a los responsables de tamaña corrupción, como lo es la estafa de la deuda, y que deje de criminalizar a quienes sufren sus consecuencias.

·         Llamamos también a los Partidos y Candidatos que ahora compiten por nuestra atención y voto, a comprometerse y a explicarnos cómo plantean rescatar la Soberanía financiera del país y asegurar el pago de las únicas deudas legítimas: las deudas sociales y ecológicas, históricas y democráticas, de las cuales somos nosotros los acreedores. Es hora de pagar al pueblo y no a los saqueadores.

http://www.cadtm.org/Que-paguen-las-deudas-con-el

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=230184

 

 

b) Establecer:

La jornada laboral, el reparto de las horas y la relación de fuerzas

12 de agosto de 2017

 

Por Paula Bach (La Izquierda Diario)

Una campaña que roza un sustrato profundo. La técnica y el trabajo. “Mercado laboral”, capitalismo y neoliberalismo. Lo posible y lo imposible en polémica con Rolando Astarita.

La campaña por la reducción de la jornada laboral, trabajando seis horas, cinco días a la semana y repartiendo las horas existentes entre todas las manos disponibles, con un salario mínimo equivalente al costo de la canasta familiar, caló hondo. La muy buena recepción en amplios sectores de trabajadores y jóvenes, el repudio de la ortodoxia con el ataque público del economista neoliberal Javier Milei a Nicolás Del Caño, así como la insistencia periodística sobre la imposibilidad de realizar tales medidas, resultan sintomáticos. Ponen de relieve que el asunto roza un sustrato profundo, incómodo y controversial. El tiempo de trabajo pero también su contratara, el tiempo libre, en tanto problema social, político y económico, adquiere protagonismo debido a la convergencia de varios factores que se cuecen en la arena internacional. Veamos.

La crisis económica mundial de 2008/9 que arrastra un crecimiento muy poco dinámico desde 2010, dejó a su paso un nuevo tendal de desocupados estructurales y amenaza el empleo de millones. Esta condición le sumó presión a una de las mayores “obras” del neoliberalismo: la degradación salarial asociada a una inédita división de la clase trabajadora expresada en multiplicidad de modalidades de contratación quizás nunca puestas de manifiesto de una manera tan perversamente diversa y chocante. El trabajo excesivo en un polo con la marca de la alienación, la insatisfacción y la falta de tiempo de disfrute se entrelaza con multiplicidad de formas de trabajo precario acompañado de salarios míseros y contrasta con la ausencia parcial o total de trabajo en otro extremo.

La amenaza de una “revolución tecnológica” que abreva en el auge efectivo de nuevas tecnologías, desentona con el escaso dinamismo de la economía mundial -regional y nacional- y con un crecimiento particularmente débil de la inversión. Innovación y aplicación, no son sinónimos. Si la aplicación tecnológica es un fenómeno en curso que en determinados sectores y países expulsa mano de obra, el riesgo de desempleo creciente resulta una amenaza más real por el lado de una profundización de la crisis que por el de una inversión masiva en nuevas tecnologías. No es el exceso de trabajo humano sino más bien la escasez relativa de mano de obra barata lo que se constituye nuevamente en uno de los dilemas centrales del capital ¿Qué explicaría de otro modo los ataques en curso destinados a incrementar la explotación del trabajo asalariado? ¿Cuál sería el fundamento de la reforma laboral de Temer, de la que prepara Macron en Francia o la administración Macri –por sólo dar algunos ejemplos- o de la presión internacional por el aumento de la edad jubilatoria –más años de trabajo y no menos- si la economía capitalista realmente pudiera crecer prescindiendo del trabajo humano?

Hace unos días una editorial de La Nación conectaba con poca sutileza la reforma laboral con el avance de la “robótica”: “La llegada del siglo XXI ha empezado a demostrarnos que las economías de los países pueden crecer sin empleo, merced a la inusitada velocidad de los cambios tecnológicos y a la robotización. Frente a esta realidad no se puede desconocer que la mejor defensa de un trabajador ya no pasa por una legislación laboral inflexible y meramente protectora de las fuentes de trabajo, sino por su permanente capacitación profesional, por su capacidad por adaptarse a los cambios y por normas que estimulen su contratación”. La operación que vincula la “amenaza robótica” junto al reciclado de la vieja tesis del “fin del trabajo” por un lado y la “necesidad” de una legislación laboral aún más flexible por el otro, resulta bastante evidente.

Resulta innegable que las nuevas tecnologías poseen la extraordinaria capacidad “útil” de producir la misma cantidad de bienes empleando una menor cantidad de trabajo. Pero entre aquella tendencia histórica y las necesidades específicas del capital, media una brecha profunda. La ganancia capitalista depende del trabajo asalariado y es por ello que el capital convierte lo que podría ser una bendición para la clase trabajadora, en una catástrofe. La tecnología en manos del capital deviene un arma de varios filos: instrumento de amedrentamiento de cara a la necesidad de abaratar la fuerza de trabajo, herramienta de disciplinamiento frente a la huelga y finalmente elemento simultáneamente creador de plusvalía relativa en un extremo, desempleo en otro y trabajo precario más allá. La expulsión de mano de obra en un polo se traduce en la contratación de una masa creciente en otro y la extracción de mayor trabajo excedente en general. En el curso de la aplicación tecnológica, la destrucción de antiguas tareas y trabajos, contrasta con la creación de nuevos. El resultado final –lejos del “crecimiento sin empleo”- redunda en una fuerza de trabajo con nuevas huestes de desempleados estructurales, con progresivas divisiones internas y mucho más precarizada en su conjunto. Es historia conocida, las décadas neoliberales dejaron claras enseñanzas al respecto.

La cuestión del “trabajo” se transforma en piedra angular. A medida que las ventajas neoliberales se agotan, el capital agitará todos los fantasmas y desatará su furia para convertir a la clase trabajadora en una masa aún más dividida y amorfa, incapaz de enfrentar sus designios. Garantizar la unidad deviene una tarea urgente.

 

Libre competencia (o divide y reinarás)

La libre competencia en el “mercado de trabajo” constituye uno de los anhelos sustanciales e históricos del capital. Que la oferta de mano de obra resulte lo más “infinita” o “ilimitada” posible es la estrategia privilegiada para presionar por un constante precio a la baja. Podría decirse que en este mercado tan particular, el capital puja por vulnerar el “principio de la escasez” que según la teoría oficial –neoclásica- explica la existencia de los precios en los mercados de bienes y servicios. En este mercado se busca –dicho esto con apenas un poco de ironía- que el precio de la fuerza de trabajo “tienda a cero”.

Al calor de las últimas décadas neoliberales la obra fue perfeccionada puntillosamente. El tradicional ejército de desempleados se refuerza con una miríada de pobres urbanos, subocupados, trabajadores precarios e informales que garantizan a su turno la existencia de sobretrabajo bajo todas las modalidades de contratación, incluidas las formales. La crisis económica internacional que se arrastra desde hace nueve años contribuye a sostener este statu quo, engrosando el ejército de reserva.

La presencia de un “otro” siempre dispuesto a aceptar circunstancias peores es la base del temor a que el rechazo de las condiciones existentes, la rebelión o la huelga, sean causantes de despido y constituye un elemento clave que garantiza la regencia del capital. Una regencia asentada en el nada original pero muy apropiado “divide y reinarás” que infunde sistemáticamente el fantasma de ese “otro” acechante e imbuido de múltiples rostros. No se trata tan solo del desocupado, del pobre, del precario o del que está en negro, sino también del inmigrante –un sitio recurrente en particular en los momentos más críticos del capitalismo- así como de las “nuevas tecnologías” que bajo su forma “humanoide” -el “robot”- muestran incluso mayor plasticidad física para adquirir ese lugar de “el otro”.

Mientras la “libre competencia” en el mercado de bienes y servicios resulta limitada sistemáticamente por las estructuras monopólicas y oligopólicas de la oferta, la “libertad” -o la ausencia de condiciones “monopólicas” en el mercado laboral- representa la meta constante del capital. El único “mercado” en el que los dueños del capital y la teoría económica oficial fomentan con fanatismo la “libre competencia” que pregonan en los manuales, es el “mercado” de trabajo en el que, por otra parte, la patronal adquiere características de monopsonio –monopolio de la demanda.

 

El monopolio de la fuerza de trabajo

En términos estrictamente económicos, maximizar la jornada de trabajo y minimizar el salario es el objetivo de los propietarios del capital porque en la diferencia entre la duración de la jornada y el tiempo que el trabajador dedica a reproducir los bienes equivalentes a su salario, se encuentra el sustrato de la ganancia. Incluso el capital se las ingenia para que la aplicación de nueva tecnología responda en última instancia –aunque de una manera más sofisticada- al mismo movimiento. Sin embargo, la burguesía y el Estado encuentran periódicamente límites para la explotación del trabajo asalariado. Marx expuso magistralmente esas demarcaciones en el capítulo La jornada laboral en el primer tomo de El Capital. En primer lugar se trata de las cuestiones relativas a las necesidades biológicas de preservación de la fuerza de trabajo. En segundo lugar, el mundo real no está habitado por “agentes económicos” sino por clases sociales. Y esas clases sociales son fuerzas en pugna que determinan lo posible y lo imposible desde el punto de vista de las necesidades de explotación del capital.

La organización sindical representa un límite evidente a la anhelada “libre competencia” en el mercado laboral e introduce elementos de lo que alegóricamente podríamos llamar “monopolio” de la oferta de la fuerza de trabajo. Sin detenernos aquí a hacer historia, desde los sindicatos por oficio a los sindicatos por rama hay evidentemente un desarrollo de esos elementos parciales de “monopolio”. La organización de los trabajadores en tanto tiende a la unidad, es la fuerza que orada aquel modelo de “libre competencia”, oponiendo elementos de “monopolio” de la oferta de fuerza de trabajo y estableciendo límites a las necesidades del capital.

Aquellos límites adquirieron variadas expresiones a través de la historia tanto en la progresiva reducción de la jornada laboral –cuyo hito generalizado más “reciente” es la lejana conquista de la jornada legal de ocho horas- como en las modificaciones en el valor de la fuerza de trabajo que, tal como señalaba Marx, incluye un componente “histórico moral”. Ambas demarcaciones dependieron ciertamente de las relaciones de fuerzas entre las clases expresadas tanto a través del crecimiento de las organizaciones sindicales como del surgimiento y desarrollo de partidos obreros de masas, del triunfo de la Revolución Rusa, de las condiciones abiertas por la Segunda Posguerra mundial y del ascenso de fines de los años ‘60. La contrarrevolución neoliberal fortalecida por el proceso de restauración capitalista en Europa del Este, la URSS y China, escenificó una relación de fuerzas inversa.

Pero volviendo a las organizaciones sindicales, su límite principal consiste en que aquella tendencia a la unidad que en su concreción plena anularía las condiciones esenciales de la ganancia capitalista, resulta permanentemente coartada por la injerencia de la burguesía y el estado. La creación de una casta burocrática corrupta que vive de las migajas patronales y adquiere poder de policía al interior de los sindicatos, pervierte sistemáticamente la organización de los trabajadores y vela por impedir el avance hacia aquella unidad. Los sindicatos resultan así organizaciones a la vez necesarias pero limitadas, de carácter parcial, adaptadas -y cómplices sus cúpulas dirigentes- a las condiciones impuestas por los propietarios del capital. Es lo que explica su carácter parcial que se manifiesta en el hecho de que reúnen sólo una parte de los trabajadores -habitualmente aquellos que están en blanco. Los desocupados, los trabajadores en negro –como suele contratarse a gran parte de los inmigrantes- o una gran porción de los trabajadores precarios, están excluidos de los sindicatos cuando su integración desplegaría la potencia máxima de la clase trabajadora como tal y la conformación de una suerte de “monopolio” de la oferta de fuerza de trabajo que en su dinámica concreta pondría en cuestión la existencia misma de la ganancia capitalista.

Necesidad urgente

Superar los límites de la organización sindical conquistando la unidad, resulta una necesidad histórica pero por sobre todas las cosas, urgente. No se trata de una abstracción sino de un problema candente habida cuenta tanto del legado del neoliberalismo como del inicio turbulento de su declinación. Un descenso que se puso de manifiesto como una de las mayores crisis de la historia capitalista. En su desarrollo y al tiempo que no pueden descartarse nuevas catástrofes bélicas en las cuales las modernas tecnologías hallarían un amplio campo de aplicación, la flexibilización laboral, el incremento de la edad jubilatoria y el engaño del fin del trabajo, son sólo pequeños anticipos de que el capital necesita asestar una nueva estocada sobre las espaldas de la clase trabajadora.

Desde aquella lejana conquista de las ocho horas -vapuleada con particular saña durante las pasadas décadas- significativos avances científicos y tecnológicos en la organización de la producción de bienes y servicios coexistieron con la progresiva desintegración de la clase trabajadora y el incremento de su explotación -si se la considera de conjunto. Frente a la crisis económica y las nuevas amenazas, la reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas, deviene una tarea defensiva urgente. Distribuir el tiempo de trabajo existente, liberando a millones de la sobrecarga y permitiendo que otros tantos accedan a una jornada completa, con un salario acorde a las necesidades sociales, resulta una necesidad para preservar la integridad de la clase trabajadora como tal. Una unidad indispensable para conquistar el frente único obrero contra el capital y su estado. En su desarrollo ulterior aquella tarea puede y debe transformarse en ofensiva, vehículo necesario destinado a colocar las nuevas tecnologías al servicio de la humanidad y no de un puñado de propietarios del capital.

La humanidad crea permanentemente las herramientas para producir idéntica cantidad de valores de uso –ya sea bienes o servicios- en una cantidad menor de tiempo, pero en su necesidad ontológica de acumular trabajo excedente –no pago- el capital las convierte sistemáticamente en una amenaza y un arma empuñada contra la clase trabajadora y el pueblo pobre. Resulta materialmente posible –como racionalmente necesario- utilizar las capacidades de la técnica para emplear a todas las personas dispuestas a trabajar por una cantidad de horas reducidas y con un salario que cubra las necesidades histórico-morales. El único límite es la irracionalidad social de la ganancia capitalista que sistemáticamente busca convencer a los trabajadores de que creando las herramientas que podrían liberarlos del trabajo rutinario, están en realidad fabricando las palancas que los lanzarán al basurero de la historia.

 

Lo posible y lo imposible

El marxista argentino Rolando Astarita, en una seguidilla de posteos en su blog -uno de ellos reproducido acríticamente por Jorge Altamira- discute que mientras la reducción de la jornada laboral es clave para preservar la fuerza de trabajo y su posibilidad depende de las relaciones de fuerzas entre las clases, resulta una ilusión suponer que dicha reducción puede acabar con el desempleo ya que la utilización capitalista de las máquinas está al servicio de mantener a raya a los obreros y mientras exista la propiedad privada del capital, esta presión sobre el trabajo se renueva una y otra vez. Sugiere además que quienes relacionan la reducción de la jornada con la lucha contra el desempleo, crean falsas ilusiones, transformándola en una panacea y en un mensaje apologético del capitalismo que se convierte incluso en reaccionario. Vayamos por partes.

El planteo de Astarita viene con doble trampa: por un lado oculta que en nuestra formulación la reducción de la jornada está indisolublemente unida al reparto de las horas de trabajo y que sólo de esa combinación se deriva la posibilidad de acabar con el desempleo. En segundo lugar, nos quiere achacar el disparate de pretender armonizar el fin del desempleo con la propiedad privada del capital. Por todo lo dicho hasta aquí se hace harto evidente que en modo alguno sostenemos que la eliminación del ejército de reserva resulte compatible con la ganancia y por tanto, con la existencia misma del capitalismo. No cabe duda alguna de que mientras una reducción de la jornada de trabajo es teóricamente compatible con la existencia del capitalismo, la eliminación del ejército de reserva no lo es. Sin embargo, la dialéctica de lo “posible” y lo “imposible” merece reevaluarse más allá de las construcciones teóricas puras y más cerca de las relaciones de fuerza entre las clases a las que refiere el mismo Astarita.

 

Empecemos por la reducción de la jornada laboral. Reflexionado en los términos concretos del aquí y ahora ¿sería realmente posible una reducción de la jornada sin rebaja salarial –manteniendo la propiedad privada del capital- en el contexto concreto, específico de una de las mayores crisis del capitalismo mundial? Probablemente Astarita nos responda: “depende de la relación de fuerzas”. Sí, exacto, pero supongamos por un momento el desarrollo de un ascenso social de la magnitud suficiente como para imponer tal demanda ¿está el capitalismo del “estacamiento secular”, el de la crisis de 2008, el que pierde las ventajas de los salarios miserables, las jornadas inagotables y los espacios para la acumulación en China –por sólo dar un ejemplo- en condiciones de absorber semejante demanda? Probablemente no y con seguridad semejante desarrollo conduciría a escenarios bastante menos pacíficos que el actual y a enfrentamientos más agudos entre las clases que pondrían en cuestión la existencia misma de la propiedad privada de los medios de producción. En un sentido tampoco es cierta la probabilidad de obtener una jornada reducida manteniendo el salario y preservando a la vez el estado actual de cosas. Vale la pena recordar que la lucha por las ocho horas constituyó una demanda profunda de la Revolución Rusa nacida mucho antes de Octubre. Es necesario considerar además que la lucha defensiva/ofensiva por la reducción de la/88 jornada es cualitativamente más revulsiva y anticapitalista en una situación de crisis económica nacional y mundial como la actual. De modo que posibilidad teórica no es siempre sinónimo de probabilidad concreta. Lo que es teóricamente posible puede volverse concretamente improbable en los márgenes de un capitalismo necesitado de nuevas fuentes de mano de obra barata y destrucción masiva de fuerzas productivas. Una situación de agudización de la lucha de clases como la esbozada, desencadenaría múltiples escenarios y sin lugar a dudas llevaría inscripta la posibilidad de desbordar al capitalismo en la práctica.

Y ¿qué con el reparto de las horas de trabajo y el fin del desempleo? Bueno, un proceso como el planteado más arriba resulta impensable sin un programa que responda a las necesidades de los múltiples sectores en los cuales se encuentra dividida la clase trabajadora: los millones hartos de la sobrecarga de trabajo –algunos de los cuales llegan a una canasta familiar a costa de dejar la vida y otros que aún así no alcanzan siquiera la canasta alimentaria-, los que no pueden acceder a una jornada laboral completa, los precarios, los que trabajan en la economía informal, los que apenas consiguen changas, los desocupados y pobres urbanos. Aquel programa deberá unir la necesidad de reducir la jornada con la de repartir las horas de trabajo incorporando otras demandas como un salario mínimo equivalente a la canasta familiar, el 82% móvil para los jubilados y la escala móvil de salarios y jubilaciones frente a la inflación. Si una fuerza arrolladora de ese tipo se instalara en las calles, el capitalismo se vería en un verdadero apuro y a ciencia cierta lo que estaría en cuestión es quién detenta el poder. El “divide y reinarás” se daría vuelta y la unidad de aquellos cuya división garantiza la explotación, le impediría al capital el libre ejercicio del poder. Necesariamente el desarrollo de esa fuerza plantearía la necesidad y posibilidad concreta de un gobierno de trabajadores -perspectiva que el Frente de Izquierda defiende abiertamente- para llevar hasta el final aquellas demandas.

Dice bien Trotsky en el Programa de Transición refiriéndose a la cuestión de la escala móvil de las horas de trabajo: "los propietarios y sus abogados demostrarán el carácter irrealizable de estas reivindicaciones (...) la cuestión no está en una colisión normal entre intereses materiales opuestos. La cuestión está en preservar al proletariado del deterioro, la desmoralización y la ruina. (...) Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen inevitablemente de las calamidades generadas por él mismo, dejémosle perecer. Lo realizable y lo irrealizable es en este caso una cuestión de relación de fuerzas que sólo la lucha puede resolver." En última instancia, la propia existencia del capitalismo es un problema de relación de fuerzas. Depende en gran parte de la experiencia de lucha, de la organización de la clase trabajadora y de su capacidad para convertirse en clase dirigente del conjunto de los sectores oprimidos. Sobre esa bisagra pivotea el método del Programa de Transición.

Por nuestra parte, luchamos por unir las filas de los trabajadores e imponer una nueva relación de fuerzas que cuestione la existencia misma de la propiedad privada de los medios de producción. Parafraseando unas ya muy lejanas palabras -y salvando las distancias- si no pretendemos conquistar en forma inmediata la reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo, al menos empezamos a conquistar a un sector de trabajadores para esas banderas. No es poco y en momentos más álgidos puede ser decisivo. Sin embargo incomoda a quien le sobra energía para tergiversar posiciones y le falta entusiasmo para convocar a pelear por algo. Lo que no podemos hacer quienes nos consideramos marxistas es abstraernos de la lucha (¡Pepsico!) y no proponer un programa que enfrente la ofensiva que amenaza degradar cada vez más a la clase mayoritaria de la sociedad.

Fuente: ww.rebelion.org/noticia.php?id=230196

 

 

La primera propuesta se contradice con su conciencia de que "sirve para atarnos cada vez más fuerte a un modelo productivo que produce hambre y empobrecimiento, precarización y desempleo, saqueo y contaminación. Se usa para fugar capitales y pagar intereses cada vez más abultados sobre la deuda vieja, una estafa que se sigue restructurando sin solución de continuidad desde tiempos de la dictadura corporativa-militar- eclesiástica, renovando el colonialismo de antaño de las garras de los buitres actuales, tanto de adentro como de afuera".

 

 Ambas abordan problemas fundamentales y soluciones de  justicia social pero  mientras la primera cree en la institucionalidad burguesa, la segunda mantiene al proletariado en el sindicalismo y supone que el anticapitalismo surgirá de cuestionar la propiedad privada de los medios de producción.  Ninguna de las dos hace centro en el extractivismo o en el modo predominante de producción en Nuestra América. Antes de comprobar porqué luchar contra el sistema destructor de nuestro país-continente, consideremos que en una nota anterior a la de Paula Bach, Rolando Astarita aporta:

 

 

 

Agitación trotskista contra la desocupación y Rosa Luxemburgo

9 de agosto de 2017

Por Rolando Astarita

 

 

En varias entradas he planteado que es imposible eliminar la desocupación en tanto se mantenga la propiedad privada del capital (véase aquí y siguientes). He dicho que esto se desprende de la teoría de la explotación de Marx y de la experiencia histórica. Y agregué que los marxistas deben explicarlo a las masas. Claramente, lo escribí en crítica a lo que están haciendo en esta campaña electoral los candidatos del FIT y de Izquierda al Frente (al menos, la mayoría de ellos). Es que cuando hablan en la TV, o en los medios masivos, no dicen que en el marco de las relaciones capitalistas el ejército de desocupados siempre tiende a recrearse. Sí lo admiten en sus periódicos, pero no cuando se dirigen a la opinión pública en el sentido más amplio. Y no lo dicen porque si lo hicieran su discurso terminaría en la incoherencia. ¿Por qué? Pues porque es absurdo pedir el voto para que en el Parlamento se apruebe una ley para acabar con la desocupación, diciendo al mismo tiempo que es imposible acabar la desocupación con esa ley.

En otros términos, para responder a las críticas (y conservar el espíritu “rojo”) las organizaciones trotskistas admiten que la desocupación es inherente al capitalismo (véase http://www.laizquierdadiario.com/La-jornada-laboral-el-reparto-de-las-horas-y-la-relacion-de-fuerzas). Pero cuando sus candidatos van a los medios, disimulan la imposibilidad de acabar la desocupación en tanto subsista el capitalismo. Por eso el mensaje habitual en la TV y otros medios masivos es “en el Congreso vamos a proponer la ley del reparto de las horas de trabajo” y “la ley de prohibición de despidos”, para lo cual “te pedimos el voto”. El discurso de Del Caño es muy ilustrativo al respecto. Repito: lo que estoy planteando es que digan, pública y abiertamente, que la desocupación, en el sistema capitalista no se suprime votando candidatos de izquierda al Parlamento. Los diputados de izquierda ayudan a las luchas obreras y por las libertades, pero su acción parlamentaria siempre será impotente para torcer, en algún sentido fundamental, las leyes económicas del capitalismo.

Esta última idea está en la tradición del socialismo revolucionario. Por ejemplo, en Reforma o revolución, de Rosa Luxemburgo. En este libro explica, de forma sencilla y accesible para cualquier trabajador, por qué los sindicatos no pueden gobernar las leyes del capitalismo. Dice que no pueden controlar:

·         la demanda de trabajo (que depende del nivel de producción);

·         la oferta de trabajo, creada por la proletarización de las capas medias de la sociedad y la reproducción de la clase obrera;

·         el nivel de productividad.

Esto significa que el valor de la fuerza de trabajo y el nivel de empleo dependen del sistema económico, no del sistema legislativo. O sea, la explotación, dentro del sistema de trabajo asalariado, no se basa en leyes parlamentarias. Por eso Rosa Luxemburgo dice que  “…las relaciones fundamentales de la dominación de la clase capitalista no pueden transformarse mediante la reforma legislativa, sobre la base de la sociedad capitalista, porque estas relaciones no han sido introducidas por las leyes burguesas, ni han recibido forma legal” (énfasis agregado).

Este sencillo mensaje es vital en la lucha por la independencia de clase y contra las ilusiones en la democracia burguesa. Subrayo la idea: las relaciones fundamentales de dominación de clase no pueden transformarse mediante reformas legislativas. Debería llegar a la opinión pública, sin vueltas.

Descargar el documento: [varios formatos siguiendo el link, opción Archivo/Descargar Como:
Agitación trotskista contra la desocupación y Rosa Luxemburgo

Fuente: https://rolandoastarita.blog/2017/08/09/agitacion-trotskista-contra-la-desocupacion-y-rosa-luxemburgo

 

Examinemos:

 

 

La economía y la ciencia tecnología del capitalismo menosprecian:

 

"Las recientes inundaciones en las cuencas de los ríos Paraná y Uruguay cobraron notoriedad por dejar a miles de familias evacuadas. Pero también mostraron las consecuencias de un persistente deterioro ambiental, la incapacidad de los gobiernos en coordinar sus políticas en ambiente y aguas, y el avance del desarrollo convencional.

Se han esgrimido varias razones para explicar las inundaciones que ocurrieron a fines de 2015 e inicios de 2016. Muchos identificaron el fenómeno climático conocido como El Niño como el principal responsable de las intensas lluvias producidas en la cuenca, pero otras voces señalaron la falta de planificación en la urbanización de ciudades ribereñas, las escasas obras de contención para evitar los desbordes, la ausencia de sistemas de alerta y de estrategias de evacuación y los efectos de las represas.

Otro factor identificado como responsable son las estrategias extractivistas promovidas en los últimos años en la región, en particular el monocultivo de soja que provocó una severa deforestación eliminando (como sostiene Darío Aranda[1]). En efecto, durante lo que va del siglo se intensificó en los cuatro países de la cuenca del Paraná y Uruguay el monocultivo de soja a gran escala destinado a la exportación. Los impactos sociales y ambientales de esa estrategia han sido debidamente estudiados y denunciados en varias oportunidades".

 

 

 

Inundaciones sudamericanas

Ecología política del caos hídrico

15 de enero de 2016

Por Gonzalo Gutiérrez Nicola (Alai)



 

Las recientes inundaciones en las cuencas de los ríos Paraná y Uruguay cobraron notoriedad por dejar a miles de familias evacuadas. Pero también mostraron las consecuencias de un persistente deterioro ambiental, la incapacidad de los gobiernos en coordinar sus políticas en ambiente y aguas, y el avance del desarrollo convencional.

Se han esgrimido varias razones para explicar las inundaciones que ocurrieron a fines de 2015 e inicios de 2016. Muchos identificaron el fenómeno climático conocido como El Niño como el principal responsable de las intensas lluvias producidas en la cuenca, pero otras voces señalaron la falta de planificación en la urbanización de ciudades ribereñas, las escasas obras de contención para evitar los desbordes, la ausencia de sistemas de alerta y de estrategias de evacuación y los efectos de las represas.

Otro factor identificado como responsable son las estrategias extractivistas promovidas en los últimos años en la región, en particular el monocultivo de soja que provocó una severa deforestación eliminando (como sostiene Darío Aranda[1]). En efecto, durante lo que va del siglo se intensificó en los cuatro países de la cuenca del Paraná y Uruguay el monocultivo de soja a gran escala destinado a la exportación. Los impactos sociales y ambientales de esa estrategia han sido debidamente estudiados y denunciados en varias oportunidades (por ejemplo, desde CLAES en Lapitz, Evia & Gudynas [2]).

A su vez, un factor que también ha sido señalado, aunque con menos énfasis de lo que se debería, es la pérdida de humedales y zonas de bañados en los países de la región (ver por ejemplo la posición de los Guardianes del Iberá, Argentina [3]). Los humedales se sitúan en tierras bajas y actúan como una esponja natural capaz de contener grandes cantidades de agua. La pérdida de estas áreas con fines productivos –principalmente para el cultivo de arroz y la forestación– ha provocado cambios en el régimen hídrico, y las aguas llegan a nuevos sitios, inundándolos.

La irrupción de estas grandes inundaciones y sus miles de evacuados dejan muy en claro la gravedad del problema. Pero también muestra que hay muchos factores intervinientes, y se vuelve muy difícil indicar si uno fue el más importante. Por lo tanto, estamos ante escenarios caóticos en el manejo y gestión de los sistemas hídricos en la región. En unas regiones llovió en demasía, en otros sitios desaparecieron los humedales y bosques que amortiguan el crecimiento de los cursos de agua, y en otras zonas los sectores más pobres invaden las orillas de los ríos. A su vez, se autorizan distintas canalizaciones, desecaciones, deforestaciones y otras intervenciones en los ecosistemas. Las estrategias productivas basadas en monocultivos han provocado severos impactos en los ecosistemas, alterando la dinámica del agua a escala regional. Todos estos componentes interactúan y se entremezclan en distinto grado.

 

Las perspectivas convencionales tienen muchas dificultades para lidiar con estos fenómenos que involucran a muchos factores sobre el ambiente. Es que las posturas tradicionales piensan usualmente en relaciones directas entre unas pocas causas y sus efectos. En estos casos, en cambio, interactúan múltiples procesos, no hay necesariamente vínculos simples causa-efecto, y todos ellos se derraman en enormes áreas geográficas. A su vez, la visión simplista pone toda su fe en unas pocas respuestas, olvidando que muchas veces las estrategias paliativas pueden contribuir a agravar el problema. Por ejemplo, una solución a escala local (como puede ser construir defensas para evitar las crecidas), podría agravar la problemática a escala regional. Finalmente, tampoco puede olvidarse que los tiempos políticos son muy distintos de los tiempos de los ecosistemas.

Algunos de estos factores son globales, como El Niño, pero la mayor parte de los otros son de resorte nacional e incluso local, como tolerar la deforestación o permitir desecar humedales. Los gobiernos involucrados en estas inundaciones han acusado a El Niño e incluso al cambio climático global, ya que eso les permite desviar la atención sobre sus responsabilidades nacionales y locales.

A su vez, mientras estas inundaciones se manifiestan como un drama regional, afectando a cuatro países, no existen buenos mecanismos de coordinación entre los estados para lidiar con el manejo del agua y los ambientes compartidos. No ha sido posible lograr en el seno del MERCOSUR efectivas gestiones de cuenca.

 

La propia cobertura en los medios de prensa convencionales es sintomática de la mirada fragmentada que se tiene sobre el tema; en particular en Argentina y Uruguay se señala a la inundación como un fenómeno que “viene de afuera” y sobre el que poco podemos hacer más allá de tomar recaudos para minimizar sus impactos. Las referencias a otros países no van más allá del conteo de evacuados y alguna referencia puntual, como la evacuación de los leones de un zoológico en una ciudad uruguaya. No se dimensiona ni se responsabiliza a las estrategias productivas utilitaristas sobre el ambiente promovidas desde todos los países de la cuenca.

A diferencia de la mirada convencional, debe entenderse que problemas como estas inundaciones, sin duda pueden estar agravados por una transformación global (cambio climático), pero sobre todo son consecuencia de decisiones tomadas en cada país. En tanto los efectos se vuelven regionales, es necesario trascender las lógicas nacionales, para pensar y diseñar las soluciones entre los cuatro países involucrados (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay). Sus contenidos no pueden ser solamente las respuestas en la emergencia, tales como los planes para lidiar con miles de evacuados, sino también organizar planes de acción para evitar que ocurran esas inundaciones y que si suceden, evitar que afecten a miles de familias.

En el centro de esa discusión deberán estar las implicancias de estrategias de desarrollo basadas en los extractivismos, y entre ellos, en los monocultivos que se aplican en toda la región. También la falta de planificación en los usos del suelo y en la urbanización. Los responsables aquí son los gobiernos nacionales como municipales.

 

Es necesario generar mecanismos que permitan la participación de la ciudadanía en la discusión y fortalecer el vínculo entre las comunidades de la cuenca. Aquí una vez más la visión fragmentada promovida por los gobiernos y los medios ha consolidado un nacionalismo estrecho. Se amplifican las diferencias entre comunidades que tienen mucho en común desde el punto de vista cultural e histórico, y que obtendrán mayores beneficios en el trabajo conjunto antes que en la confrontación. La perspectiva de bioregiones es una alternativa a tener en cuenta, en la línea de desarrollar estrategias de complementariedad ecológica y productiva entre los países.

Los gobiernos de la región han minimizado –cuando no ridiculizado– las advertencias de organizaciones ambientalistas y de la academia; otro tanto han hecho con las miradas de las comunidades locales e indígenas. Pero la discusión e investigación sobre las inundaciones como fenómeno socioambiental debe ser un asunto prioritario y darse en un marco muy amplio, donde sean escuchadas todas las voces y los actores involucrados.

En la medida en que prevalezcan miradas sesgadas con énfasis utilitaristas –sean promovidas por gobiernos progresistas o por gobiernos de derecha– que consideren a la naturaleza como un conjunto de recursos destinados al consumo humano, seguiremos asistiendo año a año a los efectos de cada nueva inundación sobre las comunidades y el ambiente.

 

Referencias

[1] Aranda, Darío. La mano humana tras el agua. Página 12, 29 diciembre 2015 http://goo.gl/y9A50o

[2] Lapitz, R., Evia, G. y Gudynas, E. (2004) Soja y carne en el Mercosur. Comercio, ambiente y desarrollo agropecuario. Editorial Coscoroba, Montevideo. Disponible en http://agropecuaria.org/sojacarne/index.html

[3] Argentina: Inundaciones, arroceras y forestaciones agravan la situación del incremento de cuerpos de agua en Corrientes. BiodiversidadLA http://goo.gl/qvdFGm

- Gonzalo Gutiérrez Nicola es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). www.ambiental.net

URL de este artículo: http://www.alainet.org/es/articulo/174730

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207844

 

 

 

La clase política, los partidos de izquierda y la mayoría de los científicos e intelectuales posibilitan que:

 

"No haya discusión en torno del impacto directo de este esquema “productivo” con la debacle de las inundaciones recientes en la zona del litoral y norte argentino, que además son las más importantes en los últimos 60 años.(...)

 

Con la reciente catástrofe de las inundaciones, uno de las provincias más afectadas, Entre Ríos, y una de sus ciudades, Concordia, demuestran en la práctica que este esquema de desmonte ,que en 7 años arrasó con 2 millones de hectáreas, de las cuales 620000 eran bosques protegidos, y en la que, como decíamos más arriba, Entre Ríos, destruyó 85000, no tiene razón de seguir como hasta ahora; recordemos que la situación de Selva Misionera, atravesada por los ríos Uruguay, Paraná e Iguazú, es crítica ya que sólo queda un 7% de la superficie original de bosques, un ejemplo vivo de lo que hasta ahora ocurrió.
 

El agravamiento de la situación en el litoral y el norte de nuestro país, recicla un esquema de la dependencia y de desidia. El sitio del desastre es una zona geo- estratégica para la región y se constituye como un sector territorial en el cual han puesto los ojos los países más importantes del mundo, incluido EEUU como el principal.

La Cuenca del Plata acopia el 82% del caudal de los ríos de Argentina, entre ellos Paraná, Paraguay, Uruguay y de La Plata, en Sudamérica es el tercer reservorio de agua dulce y la quinta cuenca hídrica más grande del globo. Es decir, su importancia es central en cuanto de la preservación del ecosistema que lo rodea, incluido los cinco países que atraviesa.

Tener uno de los sistemas más biodiversos del mundo requiere un sistema de preservación y sustentabilidad, acotado a sus propios requerimientos naturales, desequilibrar éste, trae lo que hasta ahora hemos visto, un éxodo enorme de pobladores nativos viviendo en condiciones de hacinación y desesperanza, hasta ahora son 20000 los evacuados, para algunos solo un número". 

 

 

Una lógica que produce inundación y daño ambiental

Acumulación y desmonte
1  de enero de 2016

Por R. Gómez Mederos (Rebelión)

Desde los tiempos de la brutal conquista de Nuestramerica hasta nuestros días, el proceso de construcción histórica de nuestros territorios ha estado atravesado por un constante esquema de acumulación de territorio, acotado a los esquemas de los estilos de desarrollo propuestos por los centros hegemónicos de poder capitalista contemporáneos ,que impusieron sucesivamente un determinado modelo de país. 

Desde siempre el avasallamiento sobre grandes contingentes humanos fue uno de los modos de apropiación del territorio; fueron las naciones originarias las primeras en sufrir el éxodo constante y el embate de la violencia de la conquista.

Según el Banco Mundial, en estos últimos años se está produciendo un boon comprador por parte de corporaciones de grandes extensiones de tierras en países en vías de desarrollo, los cálculos son 50 millones de hectáreas; el resultado: extranjerización, acaparamiento, reordenamiento y zonificación, con una fuerte re diagramación de la distribución de las aéreas de cultivo intensivo, minero y maderero respectivamente.

Desmonte y tragedia

Es más que evidente la relación directa entre el modelo de desmonte y extensión de la frontera agropecuaria hacia zonas extra-mesopotámicas, pero también la tala de bosques nativos hacia las zonas “estipuladas pretenciosamente” como de exclusividad agrícola industrial.

No hay discusión en torno del impacto directo de este esquema “productivo” con la debacle de las inundaciones recientes en la zona del litoral y norte argentino, que además son las importantes en los últimos 60 años.
 

La sojización provoca la falta de drenaje de superficies como consecuencia del monocultivo y la intensificación de su impacto se hace sentir de manera brutal, la dinámica del desmonte como consecuencia de la ampliación de la frontera agrícola, avanzó sobre 85000 hectáreas de monte nativo solamente en la provincia de Entre Ríos, una de la provincias más afectadas por las inundaciones. Pero estas no solamente se han producido a la orilla del Río Uruguay y toda la zona del litoral, sino que además en los límites con Brasil y Paraguay, dos países con las mismas características en cuanto del esquema productivo que han adoptado, lo que hasta ahora ha causado la evacuación de 170000 personas en los tres países.

La conservación de un equilibrio biodiverso es la garantía de una estabilidad climática local, pero el impacto de la modificación eco geográfico, la modificación del paisaje y el uso abusivo de la tierra no respetando el ciclo natural de descanso, pero fundamentalmente cambiando el uso de la tierra, en el 80 % de los casos, provocando un vergonzoso desmonte, dibujan un escenario futuro con pocas chances de cambiar, las bajas a las retenciones del campo dan aún más vía libre a un incentivo mayor al aumento de la productividad y la súper explotación de las tierras de cultivo, con las ya sabidas consecuencias.


Aunque hasta ahora el panorama presente y futuro es por demás desalentador, no termina ahí la desgracia; según un informe de la ONU, Argentina es el país número 10 en la tala de sus árboles, para distintos usos, pero fundamentalmente para ampliar su frontera agroindustrial, solamente por año se talan nada menos que 300000 mil hectáreas, contrariamente , Argentina vende commodities baratos a países como China, el que aumenta 1,5 millones de hectáreas de sus bosques , la misma cantidad que perdió nuestro país entre el año 2010 y 2015 ; hacia el año 1990 Argentina contaba con casi 35 millones de hectáreas de bosques , hoy solo tiene 27 millones ,es decir que en 25 años perdió la cuarta parte de ellos.

Con la reciente catástrofe de las inundaciones, uno de las provincias más afectadas, Entre Ríos, y una de sus ciudades, Concordia, demuestran en la práctica que este esquema de desmonte ,que en 7 años arrasó con 2 millones de hectáreas, de las cuales 620000 eran bosques protegidos, y en la que, como decíamos más arriba, Entre Ríos, destruyó 85000, no tiene razón de seguir como hasta ahora; recordemos que la situación de Selva Misionera, atravesada por los ríos Uruguay, Paraná e Iguazú, es crítica ya que sólo queda un 7% de la superficie original de bosques, un ejemplo vivo de lo que hasta ahora ocurrió.
 

El agravamiento de la situación en el litoral y el norte de nuestro país, recicla un esquema de la dependencia y de desidia. El sitio del desastre es una zona geo- estratégica para la región y se constituye como un sector territorial en el cual han puesto los ojos los países más importantes del mundo, incluido EEUU como el principal.

La Cuenca del Plata acopia el 82% del caudal de los ríos de Argentina, entre ellos Paraná, Paraguay, Uruguay y de La Plata, en Sudamérica es el tercer reservorio de agua dulce y la quinta cuenca hídrica más grande del globo. Es decir, su importancia es central en cuanto de la preservación del ecosistema que lo rodea, incluido los cinco países que atraviesa.

Tener uno de los sistemas más biodiversos del mundo requiere un sistema de preservación y sustentabilidad, acotado a sus propios requerimientos naturales, desequilibrar éste, trae lo que hasta ahora hemos visto, un éxodo enorme de pobladores nativos viviendo en condiciones de hacinación y desesperanza, hasta ahora son 20000 los evacuados, para algunos solo un número. 

 

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207388

 

 

Los poderes político, científico, médico y mediático se desentienden de la criminalidad de lesa humanidad del modo de producción.

"En efecto, no se ha considerado que los agrotóxicos de mayor uso de este modelo de producción agro industrial como el 2,4-d y Glifosato, han sido declarados agentes cancerígenos por la Agencia de Investigación sobre el Cáncer (IARC) - órgano asesor de la Organización Mundial de la Salud (OMS) - y otros de igual peligrosidad como el carbofurano, clorpirifós y la atrazina   han sido prohibidos como dominosanitarios por el Ministerio de Salud de la Nación en virtud de evidencias científicas.

En contrasentido a esas valoraciones de rigor científico que demandan medidas de protección y un replanteo del uso de agrotóxicos en la agricultura, el proyecto de ley que pretende aprobar la cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires, estipula disminuir las distancias de las fumigaciones aéreas con agrotóxicos, de 2km a 500 metros (en relación a las plantas urbanas) para productos clase III y IV. Al mismo tiempo, establece distancia cero de protección para las fumigaciones terrestres. Esto permitirá el uso casi sin restricciones de varios formulados con los agrotóxicos mencionados más arriba.

Desde nuestros espacios de lucha acompañamos esta denuncia, y mostramos seria preocupación por la ofensiva que el estado provincial está llevando adelante con el fin de continuar consolidando un modelo de agronegocio que nos está matando.

Consideramos que este proyecto de ley intenta avanzar sobre las luchas que han logrado cristalizar sus triunfos en ordenanzas municipales que establecen distancias ejemplares de fumigación e intenta doblegar nuestros esfuerzos por garantizar el cumplimiento de nuestros derechos humanos y políticos.

El modelo productivo basado en el uso de agrotóxicos es insostenible desde la perspectiva de la salud humana y el cuidado del ambiente".

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"Los gobiernos del Mercosur alarman con la amenaza del Zika y sus microcefalias y proponen más de lo mismo. El agronegocio ofrece los servicios de la Fuerza Aérea Sojera para rociar ciudades y pueblos.(12) El monocultivo, el uso masivo de agrotóxicos, el desmonte, la destrucción de la flora y fauna, el desequilibrio ecológico, el cambio climático, la desigualdad, no son considerados como causa del problema.
A la desigualdad social estas epidemias le suman desigualdad sanitaria, los gobiernos con agresión química generan desigualdad ambiental".-

 

 

 

COMUNICADO

Noviembre 2015

Las Organizaciones, Asambleas y personas que suscriben el presente documento, informamos que  el día 27 de Octubre de 2015 se ha llevado adelante una presentación ante el Presidente de la Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires bajo Nro Leg 141/ 15-16, con el fin de denunciar el intento de aprobación express de un Proyecto de Ley que busca modificar la actual ley de agrotóxicos provincial N° 10.699, presentado por el Senador Coll Areco.

En la presentación se denuncia que el tratamiento de este proyecto no sólo contiene irregularidades en el procedimiento de aprobación, sino que además, desconoce principios jurídicos y derechos reconocidos por la Constitución Nacional Argentina.

La Cámara de Senadores intenta aprobar el proyecto en tiempo record, sólo con el dictamen favorable de la Comisión de Ambiente, evitando el giro correspondiente a las Comisiones de Salud Pública, Organización Territorial y Derechos Humanos y Garantías aún cuando el mismo texto del anteproyecto reconoce que “el objetivo de esta ley es la propensión a la protección de la salud humana y de los ecosistemas, optimizando el manejo y la utilización de agroquímicos”.

Además de violar procedimientos legales básicos para la aprobación de una ley, la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires intenta ignorar la obligación de los poderes del estado de establecer lineamientos para una democracia participativa (establecidos en la Constitución Nacional de 1994) y el objetivo presente en la Ley General del Ambiente (N°25.675) que consagra la participación ciudadana como elemento central de la política ambiental.

Finalmente, este proyecto de ley viola el orden público ambiental que establece el principio de no regresión, es decir que ninguna nueva ley puede hacer retroceder derechos ambientales ya consagrados por una ley anterior. Asimismo vulnera los principios de precaución y prevención.

En efecto, no se ha considerado que los agrotóxicos de mayor uso de este modelo de producción agro industrial como el 2,4-d y Glifosato, han sido declarados agentes cancerígenos por la Agencia de Investigación sobre el Cáncer (IARC) - órgano asesor de la Organización Mundial de la Salud (OMS) - y otros de igual peligrosidad como el carbofurano, clorpirifós y la atrazina   han sido prohibidos como dominosanitarios por el Ministerio de Salud de la Nación en virtud de evidencias científicas.

En contrasentido a esas valoraciones de rigor científico que demandan medidas de protección y un replanteo del uso de agrotóxicos en la agricultura, el proyecto de ley que pretende aprobar la cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires, estipula disminuir las distancias de las fumigaciones aéreas con agrotóxicos, de 2km a 500 metros (en relación a las plantas urbanas) para productos clase III y IV. Al mismo tiempo, establece distancia cero de protección para las fumigaciones terrestres. Esto permitirá el uso casi sin restricciones de varios formulados con los agrotóxicos mencionados más arriba.

Desde nuestros espacios de lucha acompañamos esta denuncia, y mostramos seria preocupación por la ofensiva que el estado provincial está llevando adelante con el fin de continuar consolidando un modelo de agronegocio que nos está matando.

Consideramos que este proyecto de ley intenta avanzar sobre las luchas que han logrado cristalizar sus triunfos en ordenanzas municipales que establecen distancias ejemplares de fumigación e intenta doblegar nuestros esfuerzos por garantizar el cumplimiento de nuestros derechos humanos y políticos.

El modelo productivo basado en el uso de agrotóxicos es insostenible desde la perspectiva de la salud humana y el cuidado del ambiente.

En la actualidad millones de litros de agrotóxicos son utilizados en este proceso agro industrial que provocan contaminación en el ambiente, afectan seriamente la biodiversidad y representan un grave riesgo de daño grave e irreparable a la salud humana, tanto por la exposición directa de la población  a las fumigaciones con  agrotóxicos, como la exposición indirecta por el consumo de alimentos con residuos de aquellos.

Los legisladores de la provincia de Buenos Aires no sólo dan vuelta la cara a las evidencias concretas de cómo los agrotóxicos nos enferman y nos matan en los campos, en los pueblos, en las escuelas rurales de nuestra provincia, sino que además intentan avasallar nuestro derecho a participar en decisiones de carácter público que atentan directamente contra los intereses de nuestra ciudadanía. 

Por todo esto las Organizaciones Sociales y Ambientales de la Provincia de Buenos Aires y de la Argentina(*) decimos:

·    Exigimos que se frene el tratamiento de este proyecto de ley provincial y que se abra un real debate público sobre la problemática de los agrotóxicos.

·         Convocamos a los ciudadanos y ciudadanas a participar de esta denuncia  enviando el formulario on line(...)

Fuente: http://www.naturalezadederechos.org/rechazoproyecto.htm

 

 

 

El esclarecimiento mutuo, entre las izquierdas, respecto al progresismo y a Venezuela en particular es crucial para las luchas emancipatorias.

 

 

Debatir Venezuela… Debatir el “ciclo progresista”

Extractivismo y dialéctica de la dependencia
2 de agosto de 2017

 

Por Horacio Machado Aráoz (Rebelión)

 

 “La construcción del socialismo es para nosotros razón de vida (…) No se trata sólo hoy ya de un impulso político, moral, ético, ideológico. Se trata, mucho más que eso, de salvar la vida en este planeta. Porque el modelo capitalista, el modelo desarrollista, el modelo consumista que desde el Norte han impuesto al mundo, está acabando con el planeta Tierra”.

(Comandante Hugo Chávez, cumbre contra el ALCA, Mar del Plata, Noviembre de 2005)

 

Para nosotros es claro que el proceso bolivariano constituye la enunciación más radical y potente del ciclo de movilizaciones y luchas populares que irrumpieronen nuestra región para fracturar lo que hasta entonces era la monolítica geografía política del neoliberalismo. Si en algunos países esas luchas fueron dinamizadas y sostenidas por movimientos sociales fuertes y arraigados, en Venezuela ese proceso hubiera sido inimaginable sin la descomunal fuerza carismática y el liderazgo disruptivo del comandante Chávez. No perdamos de vista que ese histórico proceso insurgente en Nuestra América/Abya Yala se levantó no sólo para impugnar el ‘orden’ neoliberal, sino para cuestionar y poner en crisis el propio capitalismo, como proyecto civilizatorio colonial-occidentalocéntrico, impuesto como modelo presuntamente único, universal, a seguir y alcanzar. Y -a diferencia de la suerte que estos procesos corrieron en otros países, a diferencia del resto de los gobiernos progresistas y el oficialismo de ‘izquierda’ circundante-, el movimiento bolivariano nunca olvidó ni dejó de tener como horizonte la construcción del “socialismo del siglo XXI”.

 

A nuestro entender, la gran osadía de Chávez (la del chavismo) fue la de haber encarnado la convicción política de la necesidad histórica de construir un horizonte social radicalmente post-capitalista, como única salida para nuestros pueblos. Volver a hablar de la revolución, en serio, en términos realistas y sin ambages, como proyecto histórico y como programa de gobierno; encima, en pleno apogeo de la era de la resignación posmoderna/neoliberal… Y, decisivamente, haber hecho de la revolución -así concebida radicalmente como un movimiento histórico de superación del capitalismo-, no una entelequia, sino un proyecto político popular, masivo, abrazado y asumido por millones de cuerpos humanos vivientes, dentro y fuera de Venezuela, y más allá de nuestro continente, una fuerza históricamente actuante en pleno siglo XXI, en eso consiste la grandeza de su figura y el carácter perenne y vigente de su legado.

 

Por eso mismo, el chavismo en particular, el movimiento bolivariano más abarcativamente, no pueden ser reducidos ni asimilados a lo que hoy es y representa el actual gobierno venezolano. Si bien sería inconcebible sin el liderazgo de Chávez y si bien también fue predominantemente gestado desde el Estado (lo cual forma parte de los problemas), nos parece fundamental ver y reconocerlo como un proceso histórico colectivo que ha trascendido a sus gestores y que hoy va más allá de quienes se atribuyen la responsabilidad de “dirigirlo” desde el gobierno estatal. Hablamos de un proceso y un movimiento mucho más denso y complejo que ha hecho de la construcción del socialismo del siglo XXI su horizonte de sentido histórico, su proyecto político y núcleo identitario.

 

Por eso mismo también, lo que está en debate en torno al “caso venezolano” excede largamente la escala espaciotemporal de los próximos años en ese país, e incluso de las próximas décadas en la región y en el mundo. En función de la increíble condensación y nucleamiento de energías revolucionarias que el proyecto bolivariano ha concitado, lo que resulte de él afectará, para bien o para mal, las posibilidades transformativas de los pueblos a nivel del sistema-mundo.Por eso será vital lo que seamos capaces de rescatar y de sostener de ese proceso.

 

Ahora bien, ese desafío no tiene nada que ver con “sostener a como dé lugar, el gobierno de Maduro”, sino con la necesidad de re-pensar profundamente esta experiencia y aprender de ella, para recuperar y fortalecer a futuro las capacidades colectivas de transformación radical. Inspirándonos en las potencialidades emancipatorias que ha abierto, hoy más que nunca, necesitamos hacer los aprendizajes históricos de este proceso; ser capaces de ver sus equívocos y sus puntos ciegos, para -a partir de allí- re-encauzar el rumbo de nuestras luchas y redefinir el horizonte de nuestros sueños. Porque lo que está en juego no es apenas una cuestión de “cambios de gobierno”, sino de transformación civilizatoria.

 

En ese sentido, como venimos insistiendo desde diversos movimientos y colectivos para quienes la aspiración de un cambio revolucionario, de un horizonte civilizatorio postcapitalista, es más que un deseo político, una necesidad histórica de supervivencia de la especie, el punto ciego determinante del proceso bolivariano -la falla insalvable del “ciclo progresista”- ha sido la cuestión del (mal llamado y peor entendido) “extractivismo” [1].  

 

Siembra de petróleo… Cosecha de tempestades.

 

“Somos una casa invadida por las termitas. Por fuera, todo se mira bien. Ahora se construye mucho, se hacen grandes carreteras con el dinero del petróleo, se hará mañana una gran ciudad, hasta cambiarán por otra a nuestra Caracas, pero la procesión va por dentro, hijo. El suelo se sostiene sobre el aire. El corazón de la tierra ha sido perforado, y a medida que sacan el petróleo, queda vacío. Se va la soberanía y con el dinero vienen los vicios…”. (Mario Briceño Iragorry, “Los Riberas”, 1957) [2]

 

A esta altura de los acontecimientos, ante el panorama desolador del descalabro socioeconómico y político que está viviendo la sociedad venezolana, pocas dudas caben que el error histórico del Chavismo (acá enunciado como conjunto de políticas aplicadas desde la gestión gubernamental del Estado) ha sido la continuación y profundización de esa forma extrema de los regímenes extractivistas que constituye el rentismo petrolero.

 

Pese al carácter históricamente extraordinario de su liderazgo, la siembra de Chávez, fue en gran medida, mal que nos pese, siembra de petróleo[3] . La revolución bolivariana ha sido inicialmente detonada como una gran siembra de petróleoy, a pesar de todas las advertencias en contra, el proceso bolivariano -en su curso fundamental- no ha logrado salirse de la inercia histórica de una sociedad una economía y una estructura de poder asentada sobre esa letal trampa. En el ejercicio del gobierno, el chavismo no ha sido capaz de modificar un ápice la matriz petro-dependiente de la economía venezolana; al contrario, a lo largo de casi dos décadas que lleva en el control del Estado, ha intensificado y profundizado a niveles insólitos la dependencia del funcionamiento general de la sociedad de las exportaciones petroleras [4] .

 

Por cierto, el proceso bolivariano no puede ser reducido a sólo una apropiación y redistribución estatalista de la renta petrolera. Para bien y para mal, ha sido y ha implicado mucho más que eso. Pero ha sido justamente el nervio principal del proceso, y se trata, por tanto, del problema de fondo. De un lado, la redistribución de la renta petrolera ha sido el mecanismo que en lo inmediato permitió en su momento, una tan necesaria como urgente reparación histórica de una larga cadena de privaciones, humillaciones y ultrajes acumulados en los cuerpos de los sectores populares. Ese acto de reparación dinamizó un vigoroso proceso de movilización y concientización política que, en definitiva, fue la base del poder popular y la energía revolucionaria insurgente que caracterizó al chavismo, sobre todo en su primera etapa.

 

Del otro lado, sin embargo, lo que debiera haber sido un punto de partida transitorio, se fue constituyendo en un factor cada vez más importante y condicionante, que terminó obnubilando el rumbo del proceso. Si bien permitió “salir de la pobreza a millones de pobres”, la fenomenal redistribución de la renta petrolera realizada por el chavismo -hasta antes de la crisis de la cotización internacional del crudo-, lejos de ir abriendo paso a las transformaciones radicales (económicas, políticas y culturales) que implicaba ir progresivamente dejando atrás una formación social capitalista-dependiente (por caso, la reapropiación colectiva de los procesos y medios de producción, cambios a nivel de las fuerzas productivas y mediaciones tecnológicas, de la orientación, el sentido y los valores sociales que regulan los procesos económicos, en fin, de cambios a nivel de las subjetividades que -como productores y consumidores- agencian la (re)producción material de la sociedad en su conjunto), fue, por el contrario,abriendo las puertas del infierno.

 

La pretendida “dignificación popular a través de la renta petrolera” derivó, en el seno de la revolución bolivariana, en el “renacimiento del Petro-Estado Desarrollista” (Terán Maontovani, 2014). Se terminó alentando la fantasía de la socialización del consumismo importador como presunta vía de salida de la opresión histórico-estructural. Y esa fantasía duró poco; duró lo que duraron las altas cotizaciones internacionales del crudo. Sus efectos perversos, en cambio, serían profundos y duraderos; cada vez más gravosos, hasta llegar a la actual situación de debacle y crisis terminal generalizada.

 

La mentada “guerra económica” a la que alude el oficialismo para explicar la actual situación de caos social y económico que se vive, no es producto de planes desestabilizadores de la derecha, ni tampoco de las impericias políticas del actual gobierno. Aunque estos factores están operando y contribuyen a agravar aún más la crisis, no son por sí mismos suficientes para dar cuenta de ella. Más allá de las maniobras conspirativas de la oligarquía interna, de la hartera injerencia norteamericana, y más allá de la corrupción, la ineficiencia que atraviesan al gobierno de Maduro, el desabastecimiento de bienes básicos, la falta de alimentos, de medicamentos y de otros productos elementales para la vida cotidiana, la generalización de la especulación, el contrabando, los mercados paralelos y la proliferación de la economía delictual, etc., son síntomas extremos de cómo en las dos últimas décadas el rentismo petrolero ha erosionado el tejido productivo interno y hasta el suelo mismo de la sociabilidad.

A esta altura de los acontecimientos, es claro que el problema no es (sólo) quién siembre, sino también cómo siembra y, fundamentalmente qué siembra. La “indigestión de divisas” como advirtiera emblemáticamente el “Padre de la OPEP”, terminó una vez más, hundiendo a la sociedad venezolana en “el excremento del diablo” (Pérez Alfonzo, 1976). Y no es sólo que, como ya fuera advertido por una gran cantidad de lúcidos economistas de la región, que la “inundación de divisas” está asociada inexorablemente a una serie de graves alteraciones monetarias y macroeconómicas (depreciación de la moneda nacional, presiones inflacionarias internas, incremento del consumo de bienes finales importados y sustitución de la producción interna vía importaciones, fuga de divisas, endeudamiento externo, incentivos a mecanismos de corrupción en el sector público y privado); lo que Alberto Acosta (2009) caracterizó como “la maldición de la abundancia”. Es, además, que esos problemas no son sólo “económicos”, sino que tienen graves y peores connotaciones o dimensiones políticas y culturales.

 

En el curso de la “revolución bolivariana” se fue dando una desproporción manifiesta y creciente entre el “desarrollo” (expansión del consumo interno y de la infraestructura pública bajo los patrones de consumo y usos sociales preexistentes) vía políticas redistributivas estadocéntricas y petrodependientes, respecto de las políticas de impulso de economías populares alternativas, medios de producción y emprendimientos productivos bajo el control y al servicio de la ampliación de las capacidades autonómicas de producción y satisfacción de necesidades vitales. La “economía de las grandes Misiones” no sólo le ganó por lejos a la “economía de las Comunas”, sino que terminó asfixiando y aplastando estructuralmente todo lo que de allí podría haber germinado en términos de poder económico y político popular, autogestión solidaria, concientización ecológico-política, consumo responsable, comercio justo, expansión y valorización de la economía del cuidado, igualdad de género en las condiciones de producción, en fin, soberanía alimentaria, hídrica y energética, justicia ambiental. La economía de las Comunas fue resultando un pequeño conjunto de islotes con diferentes grados de vulnerabilidad, sin capacidad real para el abastecimiento interno autonómico, en un mar de consumismo importador moldeado bajo los patrones hegemónicos de “estándares de vida” del mercado mundial.

 

Si económicamente esto gatilló un dispositivo en el que cada nueva cuota de “redistribución del ingreso” paradójicamente iba a la hoguera de las importaciones, quemando así posibilidades y capacidades productivas endógenas y, por tanto, atentando contra una sustentabilidad básica del proceso, políticamente la siembra de petróleo vía las Misiones fue erosionando desde su propia base material, el crecimiento del poder autogestionario, la soberanía económica popular, la democratización y descentralización de los procesos de toma de decisiones (económicas y políticas en general), los mecanismos de autogobierno, democracia directa y participativa. La redistribución de la renta petrolera, lejos de fortalecer el poder popular, fue un poderoso dispositivo de acentuación de la (vieja) matriz burocrática, verticalista y centralizada del Estado. En lugar de avanzar en la socialización/comunalización, la gestión/ producción de la Vida en Común fue concentrándose cada vez más en una élite(vale decir, en una minoría privilegiada; aunque se diga “revolucionaria”). Están ahí puestas las bases para la arbitrariedad, los abusos del poder y la corrupción generalizada.

 

Esto que fuera tempranamente advertido por diversos estudiosos del “problema venezolano” (Juan Pablo Pérez Alfonzo, Rodolfo Quinteros, Orlando Araujo, Fernando Coronil, Edgardo Lander, entre otros) volvió a resurgir como maleza en el suelo mismo de la revolución bolivariana. Como señala Terán Mantovani: “El tipo de esquema de poder asimétrico y monopolizado que conforma la estructura del Petro-Estado y la economía rentista en general, determina que los procesos políticos de distribución de la renta produzcan y reproduzcan la polarización y estratificación social, en la cual el pueblo aparece como altamente dependiente respecto de las élites políticas y económicas. Por un lado, los nuevos gestores de la ‘siembra del petróleo’ son envueltos por esta marejada de petrodólares. Se produce un ensanchamiento del Estado y de la ilusión de “desarrollo”, motorizada por la renta, lo que a su vez nos ha llevado a la formación de una nueva burguesía corporativa en el seno de la Revolución bolivariana, que mantiene una relación contradictoria con su pueblo aliado” (2014: 15).

 

Por fin, culturalmente, los efectos perversos de la “siembra de petróleo” sobre las subjetividades y las sociabilidades son tanto o más ruines que los ya mencionados. Como ha sido largamente señalado y a estas alturas es o debiera ser algo obvio, el consumo (bajo las pautas hegemónicas vigentes) funciona como el gran útero de gestación y reproducción de subjetividades capitalistas. Si algo define al capitalismo neoliberal es su mutación como régimen de consumo, más que de producción: estamos ante un sistema cuya dinámica funciona menos como un “modo de producción de objetos-mercancías” que como un “modo de producción de sujetos-mercantilizados/mercantilizables”. La expansión del consumismo de mercado es algo absolutamente contraindicado para impulsar, siquiera sostener, el más mínimo esfuerzo o voluntad social transformadora; es el máximo depredador de las energías revolucionarias. En el caso del proceso bolivariano, esto no fue una excepción. La siembra de petróleo infectó esferas cada vez más amplias de la vida social con la letal toxina de la mercantilización. 

 

Extractivismo progresista, ¿post-neoliberal y anti-imperialista?

 

“Para luchar contra el imperialismo es indispensable entender que no se trata de un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino por el contrario, forma el terreno en el cual esta sociedad hunde sus raíces y constituye un elemento que la permea en todos sus aspectos”. (Ruy Mauro Marini, Prefacio a la 5° edición de “Subdesarrollo y revolución”, 1974).

 

Lo que señalamos para el caso bolivariano -la expresión de la voluntad política más audaz y ambiciosa del último ciclo de rebeliones populares en NuestraméricaAbyayalense-, es perfectamente aplicable a todos y a cualquiera de las experiencias de los gobiernos progresistas del reciente ciclo. Las razones de la profunda crisis que hoy se cierne sobre Venezuela son en gran medida las razones del ocaso y del “fin de ciclo progresista”. Por cierto, con matices, pero sin diferencias en lo fundamental, lo dicho y analizado sobre el rentismo petrolero es válido para la soja, la pasta de celulosa, el cobre, el litio, el hierro, la palma aceitera, en fin, para cualquier commodity. El capitalismo, desde sus orígenes hasta la fecha, se ha caracterizado por sembrar en sus periferias países-commodities, economías coloniales que le abastecen los imprescindibles subsidios ecológicos que precisa para alimentar la voracidad insaciable del “molino satánico” (Polanyi, 1949) de la acumulación sin fin/como fin en sí mismo.

Estamos hablando en todos los casos de la configuración de regímenes extractivistas, de los cuales, (tratándose del excremento del diablo), el extractivismo petrolero es el peor y más extremo de los modelos. Así, el gran yerro no sólo de los conductores estatales del proceso bolivariano, sino de las experiencias de los gobiernos progresistas en general, fue haber pretendido pensar y/o construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática sobre la base de la profundización del extractivismo.

 

Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina . Sencillamente, porque el extractivismo no es una característica pasajera de una economía nacional, sino que da cuenta de una función geometabólica del capital, fundamental e imprescindible para el sostenimiento continuo y sistemático de la acumulación a escala global.

 

“Extractivismo” no se circunscribe a las economías primario-exportadoras, sino que refiere a esa matriz de relacionamiento histórico estructural que el capitalismo como sistema-mundo ha urdido desde sus orígenes entre las economías imperiales y “sus” colonias; se trata de ese vínculo ecológico-geográfico, orgánico, que “une” asimétricamente las geografías de la pura y mera extracción/expolio, con las geografías donde se concentra la disposición y el destino final de las riquezas naturales. La apropiación desigual del mundo, la concentración del poder de control y disposición de las energías vitales, primarias (Tierra/materia) y sociales (Cuerpos/trabajo), en manos de una minoría, a costa del despojo de vastas mayorías de pueblos, culturas y clases sociales, eso es lo que el extractivismo asegura y hace posible.

 

En definitiva, este fenómeno da cuenta de la dimensión ecológica del imperialismo, como factor fundamental y condición de posibilidad material del sostenimiento del sistema capitalista global. La economía imperial del capital ha precisado -como condición histórico-material de posibilidad- la constitución de regímenes extractivistas para poder afianzarse y expandirse hegemónicamente como sistema-mundo. Nuestro continente “nació” (fue, en realidad, violentamente incrustado al naciente sistema-mundo) como producto de un zarpazo colonial que nos constituyó, desde fines del siglo XV hasta la fecha, como una economía minera, zona de sacrificio.Desde entonces, nuestras sociedades se con-formaron bajo el formato de regímenes extractivistas, más aún incluso, a partir de las “guerras de independencia” y la constitución de nuestros países como “estados nacionales”.

 

Así, el extractivismo en América Latina no significa apenas un tipo de “explotación de los recursos naturales”, sino que da cuenta de todo un patrón de poder que estructura, organiza y regula la vida social en su conjunto en torno a la apropiación y explotación oligárquica (por tanto, estructuralmente violenta) de la Naturaleza toda, (incluida, esa forma especialmente compleja y frágil de la Naturaleza que son los cuerpos humanos vivientes). El extractivismo en nuestra región es la perenne marca de origen de nuestra condición colonial, que no se ha borrado sino que se ha afianzado, durante nuestra etapa ‘post-colonial’.El extractivismo ha permeado nuestra cultura, ha moldeado nuestra institucionalidad, nuestra territorialidad e ‘idiosincrasia nacional’; ha dejado su huella indeleble en la estructura de clases, en las desigualdades racistas y sexistas; en fin, en la naturaleza de los regímenes políticos, el tipo de estructura de relaciones de poder y sus modalidades de ejercicio y reproducción. En una palabra, los regímenes extractivistas son, ni más ni menos, que la base estructural de las formaciones geo-sociales (Santos, 1996) propias del capitalismo colonial-periférico-dependiente; expresan la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia.

Por eso, en todo caso, la profundización, ampliación o intensificación del extractivismo, es la profundización, ampliación e intensificación de nuestra condición periférico-dependiente, colonial, dentro del capitalismo mundial. El extractivismo funciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo; está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia.Esto significa que, en nuestras sociedades, la expansión del crecimiento económico va insoslayablemente aparejado a la profundización de la dependencia y a la intensificación de los mecanismos estructurales de expropiación. La razón progresista ha sido ciega a este elemental (y viejo) problema constitutivo de nuestras formaciones sociales.

 

Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities”(Svampa, 2013). Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas. La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.

Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.

Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de las economías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.

 

Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente, imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.  

Ecologismo popular y radicalización de la praxis revolucionaria

 

“El cambio supone una subversión gradual de las necesidades existentes, es decir, un cambio en los mismos individuos, de manera que, en los propios individuos, su interés por la satisfacción compensatoria ceda ante las necesidades emancipatorias. (…)) Evidentemente, la satisfacción de estas necesidades emancipatorias es incompatible con las sociedades establecidas de estados capitalistas y estados socialistas”. (Herbert Marcuse,1979).

 

“Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como bonipatres familias, a las generaciones venideras”. (Karl Marx, 1867).

 

Las gravosas e insoslayables consecuencias económicas, políticas y culturales del extractivismo sobre nuestras sociedades, es lo que desde un amplio y diverso conjunto de actores (no sólo intelectuales, investigadores, sino movimientos sociales, pueblos originarios, comunidades campesinas, organizaciones sociales de base comunitaria, colectivos asamblearios nucleados en torno al ecologismo popular) hemos venido tan insistente como infructuosamente planteando al interior de estos procesos políticos en nuestra región. Nuestras luchas contra el extractivismono procuraban “hacerle el juego a la derecha”, ni erosionar la base de sustentabilidad económica y política de los gobiernos progresistas, sino al contrario. En todo caso, buscaron siempre mantener claridad en el sentido y el rumbo de la práctica revolucionaria.

 

El oficialismo de izquierda, en particular los “intelectuales orgánicos” que se abroquelaron acríticamente detrás de una defensa impermeable de esos gobiernos, hoy en su ocaso, desconsideraron absolutamente esas advertencias. Por negligencia o conveniencia, con soberbia y/o necedad, ignoraron sistemáticamente los planteos provenientes de los movimientos del ecologismo popular; muchas veces con mala fe, los asimilaron a los planteos del ambientalismo nórdico. Desde la oficialidad del poder, se apropiaron del nuevo lenguaje emancipatorio arduamente construido desde las luchas: el Buen Vivir o SumajKawsay, Plurinacionalidad, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes, Socialismo del Siglo XXI. Lo usaron, sin embargo, como una nueva retórica para solapar el viejo imaginario (colonial y políticamente perimido) del desarrollismo “nacional y popular”, centrado en un “Estado fuerte” que “controla al mercado” y comanda el proceso de “crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza”. Lo que nació como expresión de un nuevo paradigma civilizatorio radicalmente post-capitalista, descolonial, despatriarcal y ecologista, fue sencillamente banalizado y vaciado de contenido.

 

Hasta hoy en día, esa izquierda oficialista sigue mostrándose completamente ciega ante el extractivismo y su dialéctica de la dependencia. No sólo no entienden la relevancia, gravedad y urgencia de la problemática ecológica, sino que tampoco entienden, al parecer, que el extractivismo no es sólo un problema regional, sino global; no es sólo “ambiental”, sino civilizatorio.Como muestra dolorosamente la coyuntura crítica de la sociedad venezolana (la de América Latina toda, pero también la dramática situación del planeta en general), el problema del extractivismo no es “sólo” la cuestión de la devastación ecológica de ciertos territorios, sino, en el fondo, la cuestión de raíz de la depredación capitalista del mundo de la vida como tal.

La lección histórica que nos deja este amargo fin de ciclo, es que, de una vez por todas, deberíamos ya definitivamente desafiliarnos de la religión colonial del “progreso”, despejar de nuestro imaginario la ilusión fetichista de que sería posible desacoplar el engranaje de la producción (capitalista de riqueza) del de la devastación (de las fuentes y formas de Vida). Pues, en plena Era del Capitaloceno, en la que nos hallamos, está a la vista que ambos mecanismos forman parte inseparable del mismo “molino satánico”. El aprendizaje histórico que deberíamos ser capaces de hacer de la frustrada experiencia del “ciclo progresista” es que el (neo)desarrollismo de ninguna manera es una alternativa válida para nuestros pueblos; lejos de ser una vía siquiera ‘transitoria’ hacia el “socialismos del Siglo XXI”, fue un atajo que nos hundió aún más en las condiciones estructurales de subalternidad y súper-explotación propias de nuestra posición colonial-periférico-dependiente dentro del capitalismo global.

No se trata de una cuestión de “reforma” o “revolución”. No es que los cambios “iban bien”, pero que faltó “seguir avanzando” en la misma dirección. Se trata de tomar nota de que la política de “crecimiento con inclusión social” no sólo no alcanza como horizonte político de cambio social revolucionario, sino que en realidad es una política completamente errada e históricamente perimida, si a lo que aspiramos es a un verdadero proceso de emancipación social. Un programa político basado en la pretensión de la satisfacción (así sea “para todos y todas”) de las necesidadesexistentes, es como tal un programa reaccionario, que inhibe de raíz la posibilidad de imaginar y avanzar en la dirección de los cambios que precisamos realizar. El sistema justamente nos constituye como sujetos-sujetados a su reproducción a partir de la estructuración misma de las necesidades (y la colonización de los deseos): las necesidades existentes son, en realidad, las que el sistema necesita para su reproducción; son, por tanto, un aspecto clave de lo que precisamos cambiar.

Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.

Si a mediados del siglo XIX podría haber sido todavía comprensible, la ceguera ante la crucial cuestión ecológica de fuerzas sociales que se dicen revolucionarias, anti-capitalistas, resulta, en el siglo XXI, lisa y llanamente inadmisible. La crisis ecológica, las desigualdades e injusticias socioambientales, los impactos tóxicos y destructivos del industrialismo, el urbanocentrismo, el patrón energético moderno, la producción a gran escala y el consumismo (no sólo sobre los ecosistemas, sino sobre la condición humana), no pueden no estar en la agenda de un programa que se proponga seriamente la construcción del socialismo del siglo XXI. Como lo dijera el comandante Chávez, la construcción del socialismo es, en este siglo, “razón de vida”.

El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.

Hay que tomar seriamente -en términos políticos y epistémicos- que estamos viviendo los momentos extremos de la Era del Capitaloceno (Altvater, 2014; Moore, 2003), una era signada por las huellas prácticamente irreversibles que la destructividad intrínseca del capitalismo ha impreso sobre la Biósfera, la Madre Tierra. Justamente por ello, el sentido de la acción política y el cambio social que como especie, como comunidad biológica, asumamos, signará decisivamente nuestras posibilidades de sobrevivencia, o no. Ese es el escenario en el que nos hallamos. No se trata de ‘catastrofismo’, sino del más crudo realismo.

Como lo advierte Donna Haraway (2016), el Capitaloceno no es una “nueva” era geológica, otro horizonte espacio-temporal de larga duración; al contrario, el Capitaloceno designa un “evento límite”, es decir, un momento de la historia de la Tierra cuyos presupuestos y condiciones ecológicas y políticas lo hacen inviable: o se transforman esos presupuestos, o se extingue.

 

La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, es así crucial para la sobrevivencia de la especie. Por eso mismo, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como ‘cambio de políticas/políticas redistributivas’, ‘cambio de gobierno’ o ‘toma del Estado’, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio. Es decir, el escenario del Capitaloceno, la posibilidad cierta de un colapso terminal de las condiciones ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta como consecuencia de la huella ecológica provocada por el capitalismo, nos desafía a pensar el cambio revolucionario completamente en otra escala; una escala espacio-temporal mucho más amplia que la que hasta ahora se ha considerado. Necesitamos pensar la revolución como un cambio de Era Geológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica.

Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria que nos saque de la era insostenible del Capitaloceno. El ecologismo popular -los sujetos y movimientos sociales que lo encarnan- se toma seriamente este desafío; piensan/pensamos la revolución como cambio sociometabólico, como una radical transición socioecológica hacia un absolutamente nuevo modo de producción social (de la vida), que supone y requiere no apenas “oponernos al neoliberalismo” sino deconstruir de raíz las formas elementales del capital.

En este punto, hallamos la convergencia fundamental entre el chavismo y el ecologismo popular. Si algo precisamos rescatar y recuperar del movimiento bolivariano, si en algo reside su originalidad, su pertinencia histórica y su potencia revolucionaria, es en la centralidad que se le ha querido dar a las comunas como nuevas bases ecobiopolíticas y unidades de producción de la vida social. Eso que ha sido su gran aporte histórico, ha sido también -hoy lo podemos ver con claridad- su límite y su contradicción: construir el socialismo comunal ha quedado sólo como una expresión de deseos. El chavismo en el gobierno siguió el camino de la “siembra del petróleo”, en lugar del sendero alter-civilizatorio de la comunalización. Lejos de favorecer la germinación del poder popular, esa siembra de petróleo lo intoxicó y lo fue asfixiando cada vez más.

En las horas aciagas que corren, sería de gran utilidad volver y juntar fuerzas en torno a ese proyecto político que fue truncado. “Comuna o nada” es un lema que resume el legado perenne del comandante Chávez y es también un principio elemental clave para orientar el cambio revolucionario, la transición socioecológica hacia una nueva era Civilizatoria y Geológica.

 

Comunalizar es el verbo donde convergen el chavismo y el ecologismo popular como fuerzas sociales revolucionarias; es lo que tenemos en común, como horizonte guía y aspiración transformadora. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Avanzar hacia un socialismo comunal no implica un “Estado comunal”, sino la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar es des-privatizar y desmercantilizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios. No basta con suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”; tenemos que suprimirla de la faz de la tierra; hacer que llegue el día en el que “la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados” sea un absurdo inaceptable.

Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra;es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.

Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica. Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.

 

En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana” (Marx, 1981: 1045).

Claro, somos conscientes de que el giro sociometabólico del que hablamos como medio y proceso revolucionario, constituye un desafío ideológico, existencial y emocional no apenas para la derecha, sino también para amplios sectores que se consideran de “izquierda”; claramente es así para la izquierda oficialista. Todavía estos sectores siguen anclados en el socialismo (realmente in-existente) del siglo pasado: concibiendo la revolución como “desarrollo de las fuerzas productivas”, creyendo que el imperativo de la liberación pasa por “industrializarnos”, “crear puestos de trabajo”, “aumentar salarios”, construir más carreteras” y “ampliar las políticas sociales”.

Esos sectores, esa izquierda no percibe aún “los límites de la civilización industrial” (Lander, 1996); no puede ver más allá del muro mental de la colonialidad progresista. Justamente, no pueden ver que más allá de esos muros, hay mucha comunalidad viviente; personas, organizaciones, comunidades enteras que no demandan más asfalto ni quieren “progresar”, que no sueñan con “salir de shopping” ni luchan por el aumento de su “poder adquisitivo”… Sujetos colectivos que, por el contrario, se hallan movilizados por la defensa de sus territorios, congregados por los desafíos de la gestión autonómica de la vida en común, por la producción de la soberanía alimentaria, por la justicia hídrica, la democratización y sostenibilidad energética.

Esos sujetos -tenemos la esperanza y la convicción- son quienes que están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo.  

 Bibliografía:

 

Acosta, Alberto (2009). “La maldición de la abundancia”, CEP, Ed. Abya Yala, Quito.

Altvater, Elmar (2014). “El Capital y el Capitaloceno”. En “Mundo Siglo XXI”, revista del CIECAS-IPN, N° 33, Vol. IX.

Haraway, Donna (2016). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Criticos Animales, Año III, Vol. I.

Lander, Edgardo (1996). “El límite de la civilización industrial. Perspectivas latinoamericanas en torno al posdesarrollo”. FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

Marcuse, Herbert [1979] (1993). “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. Revista Ecología Política N° 5. Icaria, Barcelona.

Marini, Ruy Mauro (1974). “Subdesarrollo y revolución”. Ediciones Era, México.

Marx, Karl [1867] (1981). “El Capital”. Siglo XXI, México.

Moore, Jason (2003). “Capitalism as World-Ecology: Braudel and Marx onEnvironmentalHistory”. Organization&Environment 16/4 (December).

Pérez Alfonzo, Juan Pablo [1979] (2009). “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Fund. Editorial El perro y la rana, Caracas.

Polany, Karl [1949] (2003). “La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”. Fondo de Cultura Económica, México.

Santos, Milton (1996). “De la totalidad al lugar”. Tau, Barcelona.

Svmpa, Maristella (2013). “Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina”. Revista Nueva Sociedad N° 244.

Terán Mantovani, Emiliano (2014). “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Carac 

Notas:

[1] Decimos “mal llamado y peor entendido” porque generalmente se ha empleado el concepto de extractivismo para referir a un sector, un tipo de actividades y/o una fase de los procesos económicos; a lo sumo, se lo ha usado para caracterizar a economías específicas (locales, nacionales o regionales) basadas en la sobre-explotación exportadora de materias primas. Eso es ver apenas una parte del fenómeno, lo que es lo mismo que no entender el problema como tal, que, a nuestro juicio, tiene que ver con la dinámica geometabólica del capitalismo como economía-mundo.

[2] Cita extraída de Emiliano Terán Mantovani, “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas: 2014.

[3] Esa expresión remite a una nota publicada por Arturo Uslar Pietri en el periódico “Ahora” en 1936 y que, desde entonces, se ha convertido en una pieza emblemática de una visión nacional-desarrollista basada en la idea de invertir la efímera renta petrolera en la gestación de otros sectores productivos más sostenibles. Un fragmento de dicha nota dice: “Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.” (Arturo Uslar Pietri, “Sembrar el petróleo”, 14 de julio de 1936). Al día de hoy, el lema de PDVSA y el título del Boletín oficial es “Siembra petrolera…. Cosechando Patria”.

[4] Las exportaciones petroleras venezolanas pasaron del 65 % en 1998 al 96 % en el año 2014.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229785

En consecuencia, la reforma social progresista reforzó nuestro subdesarrollo en todos los países que la experimentaron y la Venezuela de hoy prueba que persiste en ese sistema de saqueo pese a la crisis del país rentístico.

 

Los peligros del Arco Minero del Orinoco: un breve análisis desde la economía ecológica
9 de mayo de 2016

 

Como prácticamente todo en este país, lo del Arco Minero ha desatado una polémica. Sin embargo, a diferencia de prácticamente todas las demás, puede que en este caso se trate de una polémica productiva.

Y es que dando por descontado el uso maniqueo del cual tampoco escapa, lo cierto del caso es que a lo interno de los sectores más progresistas de la sociedad, el tema ha dado para un debate crucial sobre los modelos de desarrollo,  los costos de los mismos y sus alternativas posibles dentro del marco de la sostenibilidad social y natural.

Con la publicación del escrito de Emiliano Terán Los peligros del Arco Minero del Orinoco: un breve análisis desde la economía ecológica, abrimos en 15 y Último un espacio para este debate, el cual continuará en los próximos días con otras contribuciones. Esperemos les sea de utilidad en el espíritu de los trabajos que nos caracterizan acá, hechos no para decir qué pensar, sino para poner a pensar.

 

Por Emiliano  Terán Mantovani [1

 

En numerosas ocasiones se ha invocado la “irreversibilidad” de la revolución. Pero si había algo más esencial y fundamental que invocar, era la sostenibilidad del proceso. Es decir, que los medios básicos para reproducir la vida cotidiana, el agua, la energía, los alimentos, entre otros, puedan estar en un mínimo equilibrio respecto a los seres humanos que habitamos el país, y con las generaciones venideras. Sin esto, la utopía revolucionaria sencillamente no subsiste.

La situación que vivimos en la actualidad no es sólo consecuencia de un conflicto político a escala nacional, con sus respectivas injerencias imperiales. Es también el reflejo de la inviabilidad del capitalismo rentístico venezolano, de su crisis histórica, de su reformulación en la Revolución Bolivariana, y del desborde de la notable vulnerabilidad alimenticia, hídrica y energética que este modelo produce.

Como respuesta a esta crisis, el Gobierno nacional está promoviendo un megaproyecto de minería sin precedentes en el país, el llamado Arco Minero del Orinoco (AMO). En realidad esta propuesta es un salto al vacío, que no sólo nos atornillaría al rentismo y al extractivismo, sino que nos enrumbaría a un terrible camino de insostenibilidad, deteriorando enormemente las condiciones para la reproducción de la vida cotidiana de millones de venezolanos.

 

Numerosos artículos han ya circulado mencionando las características y perjuicios que provocaría el AMO. En este artículo, les propondremos un breve análisis crítico desde la economía ecológica, para plantear una relectura de las diferentes valoraciones económicas que están en juego, resaltando no solo las nefastas consecuencias que este megaproyecto tendrá con la naturaleza y los pueblos indígenas del sur del Orinoco, sino también la afectación de la vida integral del país, incluyendo las enormes poblaciones urbanas venezolanas. Presentaremos a continuación algunos de estos aspectos, profundamente interrelacionados, los cuales consideramos de gran relevancia.

 

1.- Contabilidad ecológica en déficit: la vida se vuelve precaria

El lenguaje que ha prevalecido en la economía contemporánea ha sido expresado constantemente en dinero (con una orientación crematística). El valor que se impone es el monetario, las contabilidades de la “riqueza de las naciones” están monetarizadas –ej. PIB–, y hace que prevalezca un sistema económico metafísico que pretende explicarse a sí mismo a partir del dinero. De esta manera se invisibilizan otros valores esenciales para la vida (ecológicos, culturales, afectivos). Esto nos ha creado una ilusión de riqueza, o la esperanza de resolverlo todo con dinero, que ha sido muy perjudicial.

Pero la economía –la “administración de la casa”, según su etimología– es más que eso. Desde una visión integral de la vida, se trata no sólo de lo que se encuentra dentro del “mercado”, sino también, y en esencia, de la distribución de flujos de energía y materia, los cuales nos mantienen vivos. La economía es fundamentalmente un ámbito de la vida ecológica, un sistema abierto muy complejo.

La histórica promesa de “sembrar el petróleo” se ha centrado en la riqueza monetaria. En la actualidad, el Gobierno nacional ha justificado reiteradamente el enorme sacrificio para la población y la naturaleza que supondría el AMO, en nombre de obtener más divisas, ocultando con dinero el extraordinario empobrecimiento socioecológico que este conllevará.

Si valuáramos las 7.000 toneladas de oro que podría poseer Venezuela en sus reservas, tendríamos dos valores para contrastar: por un lado, unos 280.000 millones US$ en ganancia para el Estado, y por el otro, unos 3,1 a 7,4 billones de litros de agua que serían usados y potencialmente contaminados para extraer todo ese oro (entre 1 millón 240 mil a 2 millones 960 mil piscinas olímpicas, que puestas una seguida de la otra podrían darle casi 4 vueltas a la Tierra).

 

¿Vale toda esta agua, toda esta vida, 280.000 millones US$? Este monto es casi igual a los ingresos totales de PDVSA solo en 2012 y 2013, y actualmente lo que tenemos es un país endeudado y en severa crisis económica. ¿Qué podría hacer un multimillonario sin agua? Si acabáramos con la principal fuente de agua del país (la cuenca del Orinoco), ¿qué haríamos con ese dinero obtenido?

 

¿Si reformuláramos la contabilidad económica dándole valor a los bienes comunes para la vida? ¿Si reflejáramos que esta destrucción de vida es una destrucción de riqueza, es producción de pobreza? Si hiciéramos un ejercicio crematístico, planteando que cada litro de agua vale 1 US$, ¿sería este un proyecto económicamente viable?

Una cosa es el déficit fiscal –que en Venezuela sigue creciendo notablemente–, el cual podría resolverse con nuevos préstamos, la emisión de bonos y/o devaluaciones de la moneda. Otra cosa muy diferente es un déficit físico, y mucho más cuando se trata de “recursos” imprescindibles para la vida, recursos no renovables o que su capacidad de regeneración está siendo superada por los niveles de consumo. Estos déficits pueden producirse por degradación de los bienes comunes naturales en grandes cantidades, degradación de su productividad, o bien por la incapacidad o insuficiencia para su suministro.

Los déficits físicos (biodiversidad, agua, energía, etc.) suelen ser reflejo de un sistema insostenible. Resolverlos es mucho más complicado (no bastan préstamos o emisión de dinero). Las consecuencias suelen ser drásticas y plantean escenarios de colapso sistémico, lo cual es imperiosamente necesario evitar.

 

2.- El metabolismo social crece

El metabolismo entre la naturaleza y la sociedad, es decir, el régimen social específico que sintetiza los procesos de apropiación, procesamiento, circulación, consumo y desecho de los recursos, energías, materias, o los llamados “servicios ambientales”, ha crecido en Venezuela a la par de su desarrollo capitalista/rentista. Una de las consecuencias históricas de este desarrollo es la configuración de un sistema de consumo intensivo por la vía de la distribución (siempre desigual) de la renta petrolera.

Esto se expresa en la actualidad en diversos indicadores, como por ejemplo el hecho de que somos el segundo país de América Latina (sin contar el Caribe) que consume más electricidad per cápita, según la CAV y CEPAL; o el país que más CO2 per cápita emite en toda la región (exceptuando el Caribe), según el Banco Mundial.

 

El desarrollo de este metabolismo social nos ha llevado a la situación de “translimitación ecológica”. Según el “Informe Planeta Vivo” de la WWF, Venezuela tiene una de las dos huellas ecológicas más altas de Latinoamérica y es uno de los dos países de la región que han superado el límite de su capacidad eco-regenerativa, es decir, que consume más naturaleza de la que sus ecosistemas son capaces de regenerar, por lo que nos encontramos en situación de “déficit ecológico”. En este sentido, cabría reconocer por ejemplo que, además de otros factores, la crisis del Guri se debe también al aumento de la demanda de energía en Venezuela.

 

Conviene pues, evaluar tres elementos: el primero, la transformación del metabolismo social en el sur del Orinoco que va a provocar la depredadora megaminería del AMO –se estima que en general de 4 a 1 toneladas de materiales son removidos para obtener un gramo de oro, a lo que se suma la enorme cantidad de energía empleada y disipada–, lo cual a su vez va a impactar en todo el metabolismo social venezolano.

 

El segundo elemento tiene que ver con los patrones de consumo. Como ejemplo, es importante resaltar que cuando la inclusión social está representada en el consumo masivo de electrodomésticos y otros aparatos vinculados al american way of life, se produce una paradoja en términos de “bienestar” e insostenibilidad socioambiental. Las rentas mineras suelen orientarse, como forma de compensación social, y de domesticación de la población, a este tipo de consumos.

Los profundos daños del AMO tratarían de ser endulzados con este tipo de gasto, reproduciendo estos patrones metabólicos. Una política de ahorro energético para enfrentar la crisis de este sector entra en conflicto con este largo proceso de incorporación masiva al consumo, tomando además en cuenta la gran incidencia que tiene el sector residencial en el consumo eléctrico nacional (aproximadamente una tercera parte del total).

 

El tercer elemento tiene que ver con el marco socioeconómico de este creciente metabolismo: el extractivismo. Esto implica que toda la energía consumida no se dirigirá a un proceso productivo y de soberanía energética, sino al incremento de la disipación de la misma (entropía) y la dependencia ecológica.

 

3.- Afectación de la fertilidad de la tierra y de la productividad de los ecosistemas

Cuando Marx analizó en El Capital la renta de la tierra, hizo alusiones a la afectación de la productividad de la misma a raíz de los métodos depredadores de producción agrícola. De esta forma, se producía no solo un empobrecimiento del proletariado, sino también de la tierra. Este ha sido uno de los principales argumentos de John Bellamy Foster para sostener el argumento de la faceta ecológica de Marx (y las bases de un marxismo ecológico).

Nosotros planteamos aquí el análisis no solo de la tierra, sino de los ecosistemas y sus ciclos. Las depredadoras consecuencias de la megaminería en el AMO, no solo afectarían la riqueza de la vida en términos cuantitativos –avance en el número de hectáreas devastadas, especies afectadas, cantidades de agua o partículas de aire contaminadas– sino también cualitativos.

Daños ambientales irreversibles podrían afectar la productividad ecológica y por ende comprometer aún más las condiciones generales de la vida. Por citar un ejemplo, el déficit energético ha sido analizado en Venezuela, en buena medida, a partir de las fallas en la capacidad instalada, o bien por el fenómeno del Niño. Aunque estos factores hacen parte del problema, también cabría reconocer que se ha venido produciendo un déficit (en términos de falta o escasez) en el caudal del río Caroní, producto, entre otras cosas, de procesos de deforestación en la zona. Se trata de una expresión del déficit ecológico que tiene su proyección en la economía, en la medida en la que este caudal tiene una importancia estratégica para la producción hidroeléctrica en el Guri, y por tanto para la vida en las ciudades y el sector industrial y comercial. Todo este fenómeno de merma de la productividad ecológica, si lo pensamos desde la sostenibilidad, pone en riesgo también los medios de vida de generaciones futuras.

 

4.- Déficit físico en el comercio internacional

Las economías extractivistas latinoamericanas como la venezolana, usualmente se caracterizan por exportar cantidades desproporcionadamente mayores de naturaleza (general pero no únicamente medida en toneladas) de las que se importan, sin que esto garantice ganancias comparables a las de los países centro del sistema global, o bien que nuestras economías puedan salir de la dependencia del extractivismo. Esto en cambio, se traduce en un balance ecológico negativo, que tiene repercusiones domésticas.

 

Más allá del déficit de la balanza comercial de Venezuela (para el tercer trimestre de 2015 según el BCV), la expansión del megaproyecto del AMO supondría una mayor cantidad de exportación neta de naturaleza. Si a esto se suma que los recursos podrían exportarse mucho más baratos que en años anteriores (dadas las bajas expectativas de repunte de los precios de las commodities), lo que afecta notablemente las importaciones a la baja, tendremos también un incremento del déficit ecológico nacional.

El relanzamiento del extractivismo por parte del Gobierno nacional se basa en una propuesta presente en varias de las declaraciones oficiales: “el impulso a las exportaciones” (no sólo minería, sino gas y pesca). Esto en realidad indica que la economía nacional será relanzada con orientación al mercado global, marcado claramente por los patrones de acumulación neoliberal.

Toda esta “fuga de naturaleza” hacia el mercado internacional no solo no resuelve los problemas de fondo, sino también canaliza un saqueo de recursos que compromete los medios de reproducción de la vida de numerosas venezolanas y venezolanos. En los períodos de baja, recesión o depresión, el capital buscará ajustar los procesos de acumulación en el AMO, para evitar afectar la tasa de ganancia. Este ajuste se cargará progresivamente sobre el país, sus ecosistemas, recursos y población.

 

5.- Después de la devastación ambiental, ¿quién se queda con la renta?

La expansión del extractivismo suele justificarse con la idea de que necesitamos más divisas, rehuyéndole normalmente al debate sobre la distribución de la riqueza y activos existentes y del manejo de los excedentes monetarios. Ahora que el país se encuentra muy mermado económicamente, y ante el terrible relanzamiento del AMO, cabría preguntarse dónde están los dineros públicos provenientes de la devastación ambiental de los últimos años (la importancia de una auditoría de todas las cuentas públicas).

 

No tiene sentido hablar de “expansión” y “crecimiento” sin analizar la distribución de la riqueza existente. Por ejemplo, ¿cuál es la capacidad instalada industrial y cuánto de ella se utiliza?, ¿a la luz de esta crisis, qué hacer con el 40% de las tierras nacionales que han sido declaradas improductivas?, ¿qué otros tipos de uso de la tierra podría dársele a los territorios del AMO, sin que esto tenga que conllevar a la devastación ambiental y la insostenibilidad social? Muchos más ejemplos como estos podrían darse. Queda claro que hay varias alternativas a ser estudiadas antes que entregar nuestros territorios a la voracidad del capital foráneo.

Por último, con un poco de suspicacia surge la pregunta: ¿qué se hará con la renta minera obtenida? La ampliación de la cuenta corriente tiene entre sus principales asignaciones el pago de la deuda y la compra de productos importados. Y si hubiese algún excedente, ¿quién lo va a manejar?, ¿para qué será usado?, ¿qué poder de decisión tiene la gente común sobre esa administración? Los patrones capitalistas de apropiación de la riqueza plantean serias amenazas de empobrecimiento a la población.

 

6.- Buen Vivir y debates sobre el consumo

Queda para otro espacio y ocasión planteamientos más definidos sobre alternativas a este terrible proyecto minero. Sin embargo, es importante recalcar, ante los desafíos de un déficit ecológico, la importancia de nuevos paradigmas sociales, nuevas escalas de valoración, nuevos patrones culturales que interpelen nuestras concepciones sobre la riqueza y sobre la pobreza, tomando en cuenta que esta última está vinculada, en primera instancia, a la indisponibilidad e incapacidad social para el acceso a los bienes comunes para la vida.

Al menos tres interrogantes se nos plantean al respecto: ¿hasta qué medida es posible un cambio radical de la política de “los de arriba” que revierta este tránsito hacia la acentuación de la inviabilidad del modelo?, ¿qué grupos sociales y políticos deben impulsar una transformación cultural como la mencionada?, y, ¿qué estrategias deben ser propuestas para transformar patrones culturales tan vinculados históricamente al american way of life sin sufrir amplio rechazo social por algunas medidas “impopulares”?

Por último, creemos importante que en los debates sobre bienestar social, o Buen Vivir, no sólo se reivindique un ideal abstracto deseable, sino también referentes que se adecuen a la crisis ambiental global. En este sentido, parece que un verdadero objetivo revolucionario es incrementar nuestra resiliencia, es decir, nuestra capacidad de soportar y recuperarnos ante perturbaciones significativas de los entornos y ecosistemas en los cuales habitamos. Nuevos tiempos suponen nuevos desafíos y, por tanto, nuevas maneras de pensarnos y organizarnos.

 

[1] Emiliano Terán Mantovani es sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, mención honorífica del Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2015 y hace parte de la Red Oilwatch Latinoamérica.

Fuente: http://www.15yultimo.com/2016/05/09/los-peligros-del-arco-minero-del-orinoco-emiliano-teran-mantovani/